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Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado. 

En efecto, lo que a Dios ahora se le viene encima no es la mera ignominia de aquél que una vez pretendió ser su igual. Lo que ahora ha de enfrentar es a una criatura que, una vez marcada con el pecado, y precisamente gracias a ello, ya no pretende algo así, ni mucho menos ocupar su lugar. En vez de la ignominia inicial de la criatura, lo que le toca padecer es su apartamiento y abandono. Y a estas alturas del proceso, este dios debe saber ya que pretender ser su igual, de parte de una criatura que estaba allí para adorarle, es, sin duda, falta muy grave, pero un juego de niños, comparado con no aspirar algo así, por parte de quien se niega a adorarle y hasta reniega de haber sido creado a su imagen y semejanza. Yo no sólo vengo del mono, sino que me dispongo ir hacia él, con tal y la gracia de este señor no me alcance jamás. Como todo tirano, este dios ha de vivir de la envidia de aquel al que, como Adán, tiraniza. Pero yo no soy Adán. Tengo plena conciencia de mi desnudez, y jamás he tenido que disimular inocencia ante los encantos de una fémina. Si la envidia ho ha lugar, la tiranía de este dios no tiene sentido, y es al tirano a quien toca padecer su propio desacierto. Antes de que me arroje de su paraíso, me arrojo yo mismo.

Yo no sólo vengo del mono, sino que me dispongo ir hacia él, con tal y la gracia de este señor, que, a diferencia de lo que supone, no es acreedor de mi devoción ni objeto de mi ambición, no me alcance nunca jamás. Una apreciación así de pasar por la mente del par de mocosos en pelotas con que este dios hubo de dar inicio a la historia. Pero, más temprano que tarde, al tenor de la experiencia histórica, la perspectiva habría de cambiar. Si, como ha quedado consignado en las sagradas escrituras, comer del fruto prohibido fue el resultado de la tentación que, a su vez, condujo a la supuestamente inocente criatura a tentar a la muerte, todo ello quedó en el amague. El escándalo que Dios armó entonces no permitió a nadie fijarse en los detalles del evento, que solamente la perspectiva histórica, como siempre pasa, permite apreciar con más calma y objetividad de la que a este dios conviene. En todo caso, aspirar a la conciencia no fue, en realidad, una rebelión, sino una mera provocación, que las sagradas escrituras, en su rancio estilo antifeminista de narrar al servicio del patriarcado, imputan, como era de esperar, a la mujer. Pero si es eficaz y verdadera, la rebelión no podría conducir a otra cosa que a la autocondenación. Para ello no basta con haber caído; se precisa, además, de aborrecerse como criatura y reivindicarse como pecador. He ahí la auténtica y única rebelión posible ante un dios que se vale y vabngloria de las caídas de los inocentes.

En efecto. Como sabemos, la condena de Dios consiste en excluir a la criatura del reino de la eternidad, única dimensión en la que puede haber perfecta comunión con el creador, y del que ha sido apartada por las razones ya expuestas. De modo que el pecador es ya, en sí mismo, un condenado a la finitud de una existencia determinada por la muerte y, por lo tanto, temporal. Es Pedro. en el Apocalipsis, quien distorsiona este planteamiento original de la condena, mostrando ese infierno de fuego y rechinar de dientes al que, según él, será destinado el pecador que se niegue a sí mismo la gracia divina. De modo que podemos hablar de una condena en primera instancia, determinada por el relato de la Caída en el Antiguo Testamento, y una en segunda instancia -de sufrimiento eterno en el inframundo- de la que se hace cargo Pedro, el sucesor de Dios, en el Nuevo. Si Dios consideró que una existencia marcada por la finitud y la muerte era lo suficientemente infernal como para cumplir con el espíritu de su condena. Pedro, que no sólo se limita a administrar los asuntos de su señor en la tierra, sino que, por la vía del hecho, se considera, más que su igual, superior a él, consideró que tal infierno no era suficiente. Entonces, más que como santo, como ideólogo, se inventó ese relato obsceno e infantil del infierno como eternidad paralela a la del paraíso, con el que pretende infundir al hombre histórico −respecto al cual tiene mucha más experiencia histórica de la que pueda tener cualquier dios− el terror. Con lo cual Pedro nos viene a confirmar que la mala literatura no había dado todo lo que tenía que dar de sí. Y, una vez más, la vemos interviniendo en favor de la tiranía; incluso, corrigiéndole la plana al tirano.

No obstante, esto no afecta, en lo esencial, el concepto de condenación que Dios se viera forzado a elaborar en un arranque de ira. Sin duda que, al hacer de la muerte una encrucijada entre dos eternidades, la opción de vivir eternamente en el infierno, equivalente a una finitud sin final entre llamas, azufre y rechinar de dientes, empuja a que el pecador vea en la existencia temporal a la que fue condenado casi que un paraíso y no una condena propiamente dicha. Y si bien generaciones de sucesores de Pedro han hecho uso de su espíritu literario, no es menos cierto que, en tiempos más recientes, ni siquiera ellos lo toman muy en serio. En todo caso, en cualquiera de sus versiones o instancias, la condenación es exclusión de la vida eterna en comunión perfecta con Dios. Mover la frontera del infierno un poco más allá o más acá, no es sino regulación del terror, que en nada cambia el concepto mismo. Como tampoco cambia el que sólo la gracia de un dios puede rectificar la condena y, en consecuencia, el que la autocondenación sea el proceso de conciencia en virtud del cual el pecador se niega a recibirla.

Obviamente, la autocondenación es un eherccio de conciencia que torna el juicio final mero accesorio y ornamento de una escatología de neuróticos. Este dios puede seguirlo siendo por y en la eternidad. Pero su reino ya no puede competir en significación con uno que, como, el histórico, nunca la ga tenido y que, al quedar, tal y como él mismo lo determinara, sujeto al tiempo sólo puede ser justificado como objeto de arte y de lenguaje. Nada que ver con la gracia. De tal manera que, más que expulsar a su criatura del reino, lo que este dios ha hecho es obsequiarla con uno en el que ella pudo darle la espalda y del que, ahora, arrepentido, se esfuerza en arrancarla. El problema, para este dios, es que el pecador le tomó el pulso como modelo a imitar. A la postre, se ha hecho su igual porque, en plena impotencia, de ser a su imagen y semejanza, se ha convertido en su adversario.

Se condena quien, aspirando la vida eterna y la salvación, por mala conducta o predestinación, no es objeto de la gracia de Dios. Para lo cual, desde luego, hay que desear la gracia que tal dios, en realidad, no ofrece, sino que impone. En muy otro sentido, se autocondena no aquél a quien Dios niega la gracia, sino quien se niega a recibirla, en correspondencia con su negativa de retornar al reino del que una vez se largó por cuenta propia. El autocondenado se define a sí mismo como un des-graciado, no por ser objeto de abandono y castigo divinos, sino por voluntad propia, resultante de un ejercicio de conciencia y reivindicación de su propia historia como sede cosmogónica. El autocondenado sólo aspira al mundo en que respira. Sólo lo insalvable y lo que, como la muerte, no tiene remedio, es capaz de seducirlo.

Quien fuera expulsado del paraíso acaso albergue la esperanza de que Dios, de regreso de su ira y en su discreta misericordia, acceda a proporcionarle de nuevo cobijo. Para aspirar a lo cual, obviamente, primero ha de comprometerse a no volver a defraudar a su tirano. En suma, ha de concederle la razón y, así, relevarlo en su arrepentimiento como creador con el arrepentimiento de sí mismo como criatura. Éste es el único modo en que el orden eterno podría ser restablecido. Hasta tal punto depende este de dios de su pecador. En tal sentido, la gracia de Dios salva al hombre. Pero la salvación a quien salva es al mismísimo Dios.

De tal manera que, quien fue expulsado del paraíso acaso aspire a la salvación. Pero el que se largó por sí mismo no lo hizo para salvarse, sino para morir, porque la muerte es el único modo de reconciliarse consigo mismo. Entonces, si la muerte es su signo ¿a cuenta de qué ha de despreciarse el pecador a sí mismo? Para quien es histórico porque sólo así puede existir -tener ser- ¿cómo podría ser liberación trocar su mortalidad en nunca morir? Sólo la mala literatura puede haber sido capaz de insertar rdta falacia en la mente de este dios. ¿Misericordia por la muerte de lo mortal, por el fin de lo finito; por lo que pasa del pasar? Esto no es misericordia, sino capricho. Sólo en virtud de lo cual se puede entender su ira y la mezquina generosidad con que pretende corregirla.

Por otra parte, muy a diferencia de Adán, quien se arroja a sí mismo del reino de este dios ingenuo y malcriado no disimula su desnudez, ni se avergüenza de ella. Y mucho menos culpa de su caída a la mujer que su señor le adjudicó. Desde la perspectiva de Dios, el sujeto debió haber sido castigado, sin duda. Pero no por haber comido del árbol prohibido, sino por pusilánime. Pero esto es algo a lo que ya me he referido. Quien se arroja a sí mismo del reino de este dios no espera que tirano venga a leerle la cartilla, ni mucho menos procura aparecer como víctima tras cometer el crimen de rebelarse contra él. Respecto a su crimen, quien se arroja a sí mismo del paraíso entiende que no es suficiente haber cometido el crimen: ha de perpetrarlo a modo de destino y vivir la historia completa al que dicho crimen ha dado lugar. La caída sólo puede tener sentido si, como la muerte, es completa, irreversible y sin regreso. De lo contrario, sólo habrá sido un paseo de muchacho de vacaciones por los alrededores del reino. Ante tan burdo cuadro de mediocridad ontológica, el autocondenado clama como Beckett: dejádme ir al infierno; sólo eso os pido.

Comer del árbol prohibido no podía ser menos. Uno no se rebela para recular bajando la cabeza, sino para que se la corten, y de un tajo. La Caída es la guillotina del tiempo cercenando la cabeza de la eternidad con la que habría sido agraciada la criatura. La guillotina es la única revelación para quien, por propia voluntad, se ha rebelado adelantándose a la rebelión de la Caída. Si en vez de la historia de Adán el Génesis relatara la mía, todo este asunto habría terminado allí. La caída habría sido, como en efecto denbó ser, el fin de la eternidad para la criatura, y de cualquier otra posible vinculación de ésta con su creador. Pero para ello se ameritaba de uno que se tomara la cosa algo más en serio. Entonces habría tenido lugar el gran borrón cosmogónico y, de nuevo en medio de la nada, este dios hubiera tenido a sus pies toda una eternidad para crearse otro reino que, al tenor de sus soberbias apetencias de adoración, funcionase mejor. Pero no. Y en lugar de aceptar con parsimonia y sabiduría el fracaso de su proyecto, se empeñó en perpetuarlo. Ha pasado otras veces en la historia. Los dioses mayas y los aztecas, debieron repetir la creación varias veces, porque les salía mal. Incluso, cada cierto tiempo, todo debía ser destruido, para empezar de cero. Claro que, para ello, la eternidad de tales dioses no podía depender, como la de Dios, de la temporalidad de sus infames criaturas. Vaya reino el de este dios, que la súbita ocurrencia de una serpiente y un par de mocosos bastó para sabotear. Por eso la artimaña de la salvación, esa suerte de restauración cosmogónica de un reino que, no más estrenarlo, el primer necio descalabró. Insistir en ello no puede ser sino un despropósito. De requerir yo la gracia, me lo pensaría muy bien antes de confiar el alma que no tengo a la que pudiera otorgarme un dios así. Prefiero seguir siendo un desalmado,

La caída no es más que una apuesta a lo histórico en la, quien cae, se juega la eternidad a sabiendas de que la perderá. Mirando desde su malogrado reino, a este dios, al parecer, sólo le ha quedado contemplar el espectáculo de un jugador empedernido. Con ello, en cierto modo, al caer, la criatura ha arrastrado a su creador en su caída. Es como el jugador cuyo vicio arrastra a su familia. Si Dios se lo hubiera pensado bien y no fuese un sentimental, se hubiera tragado su ira. Lanzar su condena fue un acto del todo irresponsable que puso el orden cósmico en manos de un irresponsable mortal. Pero quien se arroja a sí mismo del reino de este dios, inicia, pues, su camino, de espaldas a él y de cara al polvo. No espera gracia ni salvación, si es que ese dios se guía por la doctrina de la predestinación de San Agustín, para quien, independientemente del obrar bien o mal de cada quien, Dios tiene este asunto resuelto de antemano. Lo cual es indiferente para el autocondenado, quien también ha resuelto el asunto por su cuenta. Sí, como reza la condena de Dios en el Génesis, del polvo vienes y en polvo te convertirás, el autocondenado no hace otra cosa que cumplir con el ciclo; sólo que, como digo, por cuenta propia.

Ahora bien. Toda vez que la autocondena viene a ser la auténtica reivindicación del pecador, el concepto de pecado sobre el que se basa, requiere algo más de precisión. Como es bien sabido, el dogma cristiano nos indica que la consecuencia directa de la Caída fue el pecado; esto es, la irreparable disolución de la comunión del hombre con Dios y la eternidad, y, como correlato, su sujeción a la finitud y la muerte. Digo irreparable porque, a partir de entonces, todo lo que Dios haga por su criatura es hacerlo por un pecador, que ya no es propiamente tal, sino oveja descarriada de un rebaño que habrá de ser recontituido al final del tiempo con entes temporales salvados de su temporalidad. En alguna medida, la salvación es el modo en que este dios muestra su generosidad, actuando en favor de que quien no la merece. La disolución de la comunidad dios-criatura, en virtud de la ambición de conocimiento, es lo que se conoce como pecado original; pecado angélico, lo llama Melmoth, con más sentido poético. No obstante, en el Nuevo Testamento los comentarios acerca de lo relatado en el Génesis a este respecto son tan ambiguos como escasos. Algo se encuentra en Romanos 5:12, donde Pablo dice:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Lo cual, desde el punto de vista de la justicia divina, luce un tanto agarrado por los pelos. Pero, como todos descendemos del par de mocosos aquellos y, como reza el dicho que aquí se origina, han de pagar justos por pecadores, vaya y pase. Es poco, pero creo que suficiente para entender que el pecado no se refiere sólo al acto perpetrado por el primer hombre contra Dios, sino, además y sobre todo, al estado en que, a partir de aquél acto, se encuentra el hombre como criatura por el simple hecho de serlo: su mortalidad. Las precisiones de la doctrina al respecto se deben principalmente a San Agustín y su idea de la predestinación, así como, posteriormente, a las conclusiones del Concilio de Trento (1545-1563), para el que todo hombre nacido después de la expulsión del Edén es continuador del mismo pecado iniciado con la ignominia de Adán y Eva. Aunque, en refutación a las tesis de San Agustín, el concilio sostuvo que el buen obrar del hombre podía contribuir a su salvación. ya que el pecado original, pese a haberla dañado en su esencia, no había destruido por completo la naturaleza de la criatura. Según el concilio, pues, el daño es reparable, y el hombre puede ayudarse a sí mismo en el camino a la salvación. Lo que para Agustín, como ya se ha indicado, no cuenta.

De lo dicho creo que es fácil deducir que el concepto de pecado original es la base fundacional de todo el edificio cosmogónico cristiano. No es gratuito que buena parte de la disputa teológica gire en torno de este tema. Por lo demás, nociones no menos esenciales como la de salvación están en directa e íntima conexión con él; son, sin más, su corolario. Al parecer, este dios no sólo creó al hombre, sino que, al esto hacer, construía un puente entre su reino divino y la profana historia. Con la Caída se rompió el puente que, con la salvación, ha de ser restaurado. Con lo que tenemos que la Creación es un sólo proceso cosmogónico que aún no ha terminado.

En efecto, del pecado original a la salvación por la gracia, la creación describe un proceso dialéctico cuyo propósito, filosóficamente hablando, es el de subsumir la historia humana en un entorno divino. La idea del reino de Dios se corresponde así con un concepto dialéctico de totalidad. Como todo, este dios y su proyecto incluyen la historia, que viene a ser algo así como la cantera temporal de donde el creador toma las piedras para re-edificar su eternidad. La Caída es el elemento táctico en la propuesta estratégica de posesionarse de la historia. De modo que lo que el Génesis relata como maldición es, en realidad, la cabeza de playa de este dios en la conquista del mundo histórico. Y la primera tarea en esta misión de conquista ha sido la de convertir el devenir en el obligado e inevitable camino del hombre hacia el ser divino. En esencia, he ahí la genialidad del cristianismo como propuesta religiosa. A diferencia de los dioses en la culturas politeístas, que pasarán a ser paganas a medida que el monoteísmo bíblico se expande, el dios cristiano no juega con un particular acontecer a su capricho. Este dios se ha encaprichado con la historia entera como dimensión de la existencia. Nada quiere tanto este dios único del hombre como su maldita historicidad. La salvación ve en ella la pieza más valiosa del museo de la eternidad.

Puede uno concluir que Dios es tal no tanto por haber creado al hombre (lo que en nada o muy poco afectaría la historia de éste, como de hecho sucede en la mayoría de los mitos politeístas, en los que los dioses son algo así como el signo de la fortuna en un cosmos de incertidumbre) sino, sobre todo, por ser el único que se ha asignado a sí mismo la exclusiva misión de sacarlo del foso temporal en que él mismo lo ha arrojado. Este es, a mi entender, el meollo del asunto. Mientras que para la mayoría de las mitologías no cristianas lo divino y lo histórico son líneas paralelas, que nunca se tocan, para el cristianismo se juntan en un proceso dialéctico. El cosmos es así una suerte de encrucijada, dimensión en la que confluyen ser y devenir, eternidad y tiempo. Lejos estamos de la rigurosa divisoria que Platón, en el Timeo, traza entre lo uno y lo otro.

Lo que esta dialéctica en realidad describe es una lucha por el poder entre Dios y hombre, que el dogma resuelve adjudicando a uno la facultad postrera de la gracia y al otro, entelequia de la des-gracia, la opción de reconocerla y aceptarla. Es la dialéctica amo–esclavo. Desde este punto de vista, puede considerarse el reino de este dios como la síntesis entre Dios y hombre; la consumación de la creación, edificada sobre la ruinas de lo temporal, según una curiosa lógica que hace de la eternidad ese estadio superior que sigue a la temporalidad. De allí que el reino de este dios sea una teleología, subsidiaria fundamental de la teología cristiana. Pero allí, donde está el meollo del asunto, también está la debilidad de un dios que ha hecho depender su poder y naturaleza como tal de aquello que se ha planteado destruir al final del tiempo: la historia misma como dimensión de la existencia. Y ¿tendrá tiempo?

Nadie sabe cuánto duró la criatura sin comer del árbol prohibido, es decir, cuánto tiempo tardó en rebelarse. Probablemente no lo sabremos nunca. Pero si, entre su creación y su rebelión, hubo algún transcurrir de la criatura, aunque no podamos medirlo, igual sólo una pregunta cabe: ¿cómo pudo haber tiempo en la eternidad? Quizás ello explicaría la conciencia de quien, pese a su inocencia, quiere saber y teme la muerte. Pero pondría de cabeza el concepto mismo de Dios como símbolo de eternidad. Una vez más, estamos lejos del Timeo, en el que el tiempo es una imagen móvil de lo que, por eterno y siempre igual a sí mismo, no se mueve.

Lo que sí sabemos es que, una vez acometida, la rebelión afectó a la criatura, que cambio de signo. Si Dios puso el árbol allí, con la advertencia de no comer bajo pena de muerte, es porque su criatura era eterna y él pretendía que se mantuviera como tal. Esto fue lo que la rebelión cambió: hizo a la criatura mortal. Pero al acarrear la mortalidad de la criatura, también acabó con las pretensiones del creador. Lo cual equivale tanto como a decir que el acto de la creación quedó a medias o fue saboteado. Al menos que asumamos que lo que Dios quiso desde un principio fuese crear un mortal. De modo que, si bien le había sido insuflada la vida, aún faltaba marcarlo con la muerte. Para eso puso allí el árbol, a sabiendas de la criatura no resistiría la tentación. Si tal fuese el caso, la serpiente no es más que el chivo expiatorio en una estratagema urdida por el Creador, y en la que el árbol es en sí mismo la tentación salida de las manos de Dios. Ello implicaría un largo proceso en el que para ser el hombre criatura de Dios ha de morir primero. Esto deja dos opciones: o este dios se ha equivocado y lo del hombre fue un rotundo fracaso, o la creación es acto que aún está en proceso, que no ha terminado todavía y que, incluso, falta por realizar la parte más difícil y tediosa, cual es arrancarlo de la historia y hacerlo coincidir con la eternidad.

Pero, además de esto, el tiempo y la muerte empujan a otras contradicciones jamás resueltas. Hasta ahora, a los ojos de Dios, si bien sacado del polvo, el pecador no ha hecho otra cosa que revolcarse en el polvo, tal cual Dios prescribió en su condena primera. Y así hasta el fin de los tiempos. Pero y ¿qué la muerte para el ente temporal que para existir ha de hacerlo históricamente si no el fin del tiempo? ¿en qué lugar y en qué condiciones aguardan los muertos que mueren antes del fin de los tiempos? Porque, hasta el juicio final, es decir, la revisión de la causa de la humanidad como especie, no tendría lugar el fin de lo tiempos. Sólo entonces, sin historia y sin tiempo, tapando la tronera que la Caída dejó abierta en el reino, puede tener lugar la verdadera eternidad y concluir, por fin, el acto de la creación.

Pero pasemos por alto estas contradicciones que surgen de no respetar, en cuestión religiosa, la frontera que el modelo platónico sabiamente estableció. De cumplirse los designios de un proyecto divino que se ha empeñado en juntar en el mismo destino dios y hombre, esto es, si este dios alcanza tomar a la criatura de las orejas y, a fuerza de terror, traerla de regreso al reino, entonces, rescatada de lo histórico, revertida su naturaleza pecaminosa heredada de su primer ancestro, sólo cabe la pregunta: ¿volverá este hombre a ser lo que la criatura antes de comer del fruto prohibido? Y no sólo esto, sino que ¿seguirá plantado en medio del huerto el árbol maldito? ¿o la experiencia histórica del salvado lo hará, como es esperar, del todo innecesario? ¿Puede este hombre, sacado una vez más de los infames polvos de la historia, ser un auténtico inocente, tal y como Dios lo quiso siempre, y aún lo requiere para ser adorado? Y, de ser así ¿qué caso tiene, entonces, haber acumulado toda su experiencia histórica, confirmado su conciencia de muerte y todo cuanto aprendió según libre albedrío, incluida la verdad de Dios como tal?

A partir del pecado original, la idea de la salvación plantea un problema frente al que la teología no puede sino hacerse de la vista gorda: ¿cómo es posible la vida eterna en quien, una vez arrojado al abismo de la historia y experimentado su propia existencia temporal, ha sido sacado de ella y convertido en sujeto de adoración y objeto de eternidad? ¿Cómo retorna a la inocente desnudez quién, como Adán, ya goza de la plena conciencia de ella? ¿Cómo puede el hombre con conciencia histórica vivir en la eternidad como si no la tuviera? Porque si la experiencia histórica y, por lo tanto, la conciencia de la muerte y lo perecedero, para nada cuentan en el reino de Dios o dimensión de la eternidad, significa que la salvación no es más que una condena a la amnesia total; suerte de lobotomía divina que no permitiría al hombre reconocerse en su propio camino –la historia– hacia Dios. Este amnésico total ni siquiera reconocería a Cristo y su estadía en la tierra, que es en sí misma la experiencia histórica en la que puede tener sentido su sacrificio como redentor.

Y para quien piense que estoy jugando con las palabras, me permito recordar que la salvación es gracia divina, independientemente de los matices que podamos encontrar en el espectro teológico que va del libre albedrío a la predestinación; que Dios es fuente única de gracia, y que, dado el pecado original, que es lo que define a la especie como objeto de redención, tal gracia sólo es a partir del paso de Cristo por la tierra, es decir, de su experiencia como hombre y suceso históricos. Insisto en el hecho según el cual, a diferencia de la mitología no cristiana, en la que los dioses tenían a la historia por mero espectáculo prescindible, del cual, incluso, como atestigua Zeus, podían aburrirse, al monoteísmo cristiano le es imposible prescindir de ella. Por el contrario, al posesionarse de la historia, este dios hizo de ella el cautiverio de la eternidad. No hay por qué dudar que a este dios le bastaría mover un dedo para destruirla. Sólo que, con ello, se quedaría nuevamente a solas en su reino. Lo que se fue a la historia el día de la Caída no fue sólo la criatura, sino el reino entero. La pregunta inevitable de nuevo: ¿salvado, cómo puede el hombre histórico reconocerse como tal en comunión con Dios, si la eternidad, al hacer de él de nuevo un inocente, lo priva de su conciencia histórica? Y si, por el contrario, no lo priva de ella ¿está este hombre realmente salvado? ¿es posible completar el acto de la creación con una criatura que se fue por el despeñadero de la historia y un dios que lo tolera y emula como única forma de rescatarlo?

Si, al crearlo, Dios no hizo sino crear la criatura equivocada en tanto que eminente pecador, al salvarla habrá creado, o recreado, en el mejor de los casos, un desmemoriado, o de nuevo se habrá equivocado, confirmando la versión original de un inocente que no es tal. Al arrojarlo del paraíso debió haberlo olvidado, tenerlo por error irreparable, dejarlo a solas con su historicidad y su muerte a cuestas como merecido castigo. Pero al irse tras él, perseguirlo en su caída, intentar salvarlo, este dios cayó en su propia trampa, se enredó en el infierno de la historicidad al cual lo condenó; de esta condena a la historicidad están hechas las cadenas temporales que sujetan su divinidad a voluntad y capricho humanos. Ciertamente, cuando la criatura comió del árbol, descubrió su desnudez. Mas cuando fue castigado por ello, Dios descubrió la suya. Así fue como este dios, al plantar el árbol, símbolo de tentación, estaba construyendo la trampa de una caída en el tiempo en la que él mismo terminaría cayendo.

Puede que, como reza el dogma, lo haya echo por amor y por la generosidad de dotar a su criatura de libre albedrío. Lo cual, sin embargo, aparte de confirmarlo en su error, no es más que un argumento falaz, pues ¿qué puede significar el libre albedrío para aquél cuyo destino ha sido escrito por otro, aunque se tratede un dios? Si, parado frente al árbol prohibido, podía el hombre elegir entre el bien y el mal y, si además, dicha elección estaba en el campo del discernimiento humano y no sujeta al mero capricho divino, de no haber elegido la criatura el camino que tomó -es decir, el mal- ¿cómo habría podido saber que, al no hacerlo, optaba por la vida eterna? El libre albedrío es asunto de conciencia y experiencia, y si la criatura fue creada con este don, no podía ser, por definición, un inocente. Para vincular al hombre con Dios, es decir, para hacer de un dios la justificación de la existencia humana, era preciso exponerlo a la historia, haciendo de ella el vehículo hacia el reino de Dios. El Génesis queda así entrampado en la contradicción, que supone el acto creador, entre una criatura pura e ingenua, obediente de Dios y eterna, y el hombre histórico, que vendría a ser la misma criatura pero soberbia y pecadora, rebelada contra su señor y, por tanto, ni pura ni inocente. El libre albedrío supone el discernimiento ético, moral en el ejercicio de la voluntad humana accionando en la existencia temporal. Fuera de ésta, en el campo de la fe y el destino manifiesto según designio, es una falacia, un punto de vista mal empleado.

El concepto de pecado original no existe en la sagradas escrituras, ni siquiera en la patrística. Sin embargo, es preciso reconocer que en esto Agustín, aunque muchos más terrible que sus sucesores, es mucho más coherente al presentar el asunto en términos de predestinación. Para Agustín, no se trata de negar el libre albedrío, sino de apartarlo como esencia del mito de la creación y la salvación ¿Qué puede importar la conducta de un hombre que está condenado a la muerte?, se pregunta. Y con una pregunta así sólo pretende salvar, teológicamente, a Dios del error que éste pudiera haber cometido míticamente al plantar el árbol donde lo plantó. Agustín sabe que en este asunto para nada cuenta la criatura que Dios insufló, sino la que cayó. A Dios, como a Agustín, no obsesiona tanto el hombre puro, como el histórico. Y el libre albedrío no puede ser sino la reafirmación del hombre como entidad histórica. La eternidad, como paraíso o como infierno, sólo puede tener sentido como destino manifiesto, el inevitable y único camino que ha de concumar la especie hacia la trascendencia de la historia y la conjunción con el reino divino. Por ello la salvación no puede depender del discernimiento humano, sino de la gracia divina, o este estaría, al final, supeditado al hombre.

A la postre, pues, puede que Dios haya actuado por amor o libre albedrío. Pero, si así es, igual, sólo habrá confirmado su equivocación. El hombre histórico es, como tal, insalvable, irreducible en su mortalidad. Por otra parte, el tejido que una vez lo unió con la eternidad fue roto por la conciencia histórica inherente al pecado original, y no puede, por lo mismo, ser restituido, pues tal conciencia histórica hace de la eternidad sólo una posibilidad y de la Creación una obra inconclusa y que depende de la historia para ser concluida. Si, como dice Pablo, la muerte entró al mundo de manos de un pecador que marcó a toda su descendencia, con ello se cerraron las puertas del reino. Los querubines apostados al este del Edén, no eran, en realidad, necesarios. El pecador, con el que se inicia la historia tras la caída en el tiempo, no retornará jamás a sus orígenes, pues sólo sujeto de historicidad puede tener conciencia de Dios, amarlo y hasta morir por él. Pero jamás podrá coexistir con él en el mismo reino. La Caída no es más que historia y, como toda historia, irreversible. No se recupera la inocencia de la criatura porque se le despoje de la conciencia que lo condenó a la existencia temporal. Sólo desde la historia ha podido concebir la idea de dios, sujetarse a su proyecto, sentirse, incluso, en comunidad con él y aspirar a ser parte de su reino. Nada de esto cabía en su inocencia, si en realidad era tal la esencia de la criatura a la que este dios insufló la vida.

La teleología cristiana nos conduce así a la curiosa perspectiva según la cual la creación del hombre es un acto inútil por sí mismo, inconcluso, y al que sólo la historia puede dar significación, y que el pecado no es mera causal de castigo, sino un estado y una dimensión de la existencia temporal, sólo desde la cual es posible concebir y justificar a un dios como creador. El pecador no es sólo el hombre, el mero barro objeto del hálito divino, relamiéndose luego de comer del árbol que no debía, sino el hombre histórico, el eternamente caído en la temporalidad, el sujeto de la historia como fuente y dimensión de voluntad y conciencia humanas, y sin lo cual no puede haber proyecto divino, pues no habría a quién convocar para su realización. Acaso la vida eterna sea el más preciado bien con que la teleología cristiana seduce al pecador. Pero sólo desde la conciencia histórica puede un bien así tener sentido; el que jamás habría podido obtener en estado de inocencia. El pecador es, pues, el único modo de saber que sin historia la criatura no sería más que un imposible en medio de la posible eternidad en la que un dios la forjó a imagen y semejanza de sí mismo. Pero que, para ser hubo de pecar. Quen quiera sea este dios, se lo debe todo un pecador.

Si bien el concepto supone en alguna medida una regulación moral de la conducta humana, la salvación es independiente de lo humano y exclusiva facultad de orden divino. Al margen de los matices teológicos que puedan encontrarse entre los extremos de un espectro que va de la predestinación al libre albedrío, la salvación es, por definición, gracia divina. En tanto que pecador por maldición divina, el hombre no es merecedor de la gracia. Y como entidad moral poco puede hacer para ganársela, pues:

…”cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna”... (Tito 3:4-7, RV95)

Queda claro que la salvación, si bien tiene como propósito la restitución del hombre a la eternidad, no representa, desde ningún punto de vista, alguna forma de interrelación entre pecador y salvador. Por el contrario, reafirma la ruptura que, desde la Caída, ha tenido lugar entre Dios y su criatura. Sólo por misericordia sigue este dios pendiente de aquél que cayó. Ni siquiera Cristo representa un puente en el abismo que entonces se abrió, pues éste no es más que la encarnación de la gracia divina, algo así como la prueba histórica del poder divino y de la gracia como único vehículo de salvación.

No obstante, quien se autocondena sabe que la salvación pretende corregir el yerro de la Caída. El que por ira fue echado del paraíso, por misericordia ha de ser recuperado y devuelto a él. Sin embargo ¿cómo es eso que la misericordia es buena para el fin de los tiempos, pero no para sus inicios? Cuestión de designio divino, como tanto gustaba decir a Agustín. Pero, no obstante, llama la atención que lo que en el Antiguo Testamento no se tolera en el Nuevo se perdona. Sin duda algo tendrá que ver en esto el paso del pueblo elegido, según lo entendía el dogma judío, a la designación de la humanidad entera como pueblo elegido de Dios, según el dogma católico. Pero, por lo pronto, esto es harina de otro costal. Lo que me interesa aquí es desafiar a este dios que, luego de condenarme a la existencia temporal, pretende salvarme de ella.

No hallo gracia alguna en su gracia, pues para nada me parece graciosa la vida eterna. Ya vivir la historia es bastante estúpido, pero al menos tiene la dignidad de lo efímero, de lo que para ser ha de dejar de ser. No tengo a la muerte como desgracia, sino como dignidad y fuente de inspiración. Como carezco de alma, he de morir completo. La muerte no es sino la esencia, o más bien la especificidad, que otorga a la historia su rango como estilo, es decir, la posibilidad de ser apreciada como arte y hacerla inteligible mediante el lenguaje. La historia no requiere de ser trascendida; se justifica a sí misma como fuente de voluntad. Por eso, si para mí la eternidad no vale lo que una sinfonía de Bethoven, un párrafo de Pessoa o un pasaje del Quijote y jamás cambiaría cualquiera de estas efímeras experiencias históricas por una y mil vidas eternas ¿cómo podría ser salvado?

Lo único que hace a la inocencia tal es el ser, una vez perdida, irrecuperable. En la metáfora que este dios es, el paraíso quedó convertido en reino de paso, y la Caída en camino a ningún lugar al que siempre ha de conducir una historia sin final. Mi autocondena es un acto humanístico de libertad y una estética de la existencia temporal. Me propongo así desandar el camino correcto. Desandar, que no es lo mismo que caminar en reversa, en el mismo sentido que desaprender no es lo mismo que volver a ignorar. Con ello estoy diciendo que mi autocondena es, al final, como todo proceso de desandar lo andado, un estado relativo de conciencia. Con lo que se entiende que, pese a que este dios todo lo observa, ha devenido un objeto más en de mis contemplaciones. Sin importar donde esté, aunque incluso esté, como se dice, en todas partes, no puede ser más que un objeto de contemplación, una metáfora de mi propia existencia temporal. El reino de mi contemplación es lo único que queda a este dios luego de haberse jugado el suyo marcándome con el signo de la muerte. A mí, además de la muerte y gracias a ella, me queda la facultad de pensarlo, que no es más que la consecuencia de él haber perdido la apuesta en el garito del universo y el modo en que ha de pagar la deuda que ha contraído con mi inteligencia. Como dejo dicho, todo lo debe a un pecador. Y qué soy, todo yo, si no el pecado mismo en chancletas.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.