textos, pretextos y otras mentiras...

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Los adecos te trajeron a Buenaventura y la revolución te ha sacado de ella —dijo entre risas el viejo Rangel, en el momento en que el autobús se ponía en marcha, la mañana en que nos fuimos de Buenaventura. Lo hicimos con el convencimiento de que, por mi parte, no volvería jamás. Y, cuando, veintitrés años, volví, en efecto, tal convencimiento fue lo primero que recordé: intacto, como si esos años no hubiesen pasado y sólo yo hubiese envejecido, ese convencimiento seguía allí, pleno en su inutilidad, paseándose ocioso y burlón por la memoria de quien alguna vez lo hiciera suyo. Pasa que para recordar no basta pasar. Se precisa, también, de envejecer; es decir, morir, dejar se ser lo suficiente como para contemplar aquello en lo que una vez se puso tanto empeño y hoy se venga de nuestra voluntad con su indiferencia. Lo cual me indica que la mismísima mierda no está aquí o allá, sino en el movimiento mismo de las cosas yendo y viniendo. No es un destino, sino ls mueca del pasar mismo creyendo hacernos de uno. Es el sello de nuestra temporalidad. 

Ahora, siendo el futuro de aquél pasado, me toca, pues, verme volver de Buenaventura convencido de que jamás volvería a Buenaventura, y esto hacer desde este ahora —narrativo— en que, veintitrés años después, pese aquél convencimiento, he vuelto a Buenaventura. Y he de hacerlo como arte y parte que soy de una misma historia; ésta, la que escribo, acerca del hecho de narrar historias. Con lo cual, me va quedando cada vez más claro que el tiempo es la cada vez más engorrosa yuxtaposición de momentos basados en la memoria y que nos deja ver el pasar finito a través del infinito prisma de los ahoras. Tenemos una idea muy ingenua del pasado y del futuro, determinada por las formas adverbiales del pasar a las que queda sujeto y delimitado el ser temporal según sus respectivas acepciones: lo que ya no es y lo que aún no es. Pero uno se va curando de ello a medida que advierte que, en realidad, somos, a un mismo tiempo, lo uno y lo otro. Día a día, hora a hora, segundo a segundo, o cualquiera sea el instante infinitesimal que imaginemos, a la hora de ser —temporalmente hablando— no hay separación real entre pasado y futuro. Esto sólo es posible en la dimensión narrativa de las historias, sólo en cuya ficción puede el pasar gozar de esas formas adverbiales que, aplicadas por la presencia a la expectación y a la memoria, colocan al futuro adelante y al pasado atrás. Pero, en realidad, nada hay delante ni atrás; nuestra presencia en y ante el pasar siempre es, a un mismo tiempo, futuro de lo que ya no es y pasado de lo que aun no es.

No se ha penetrado el ser de la mismísima mierda hasta que uno se dispone a regresar por el mismo camino por el que se ha largado a ella. Y no se termina de advertir cuánto uno ha arribado a ella, hasta que se empiezan a deshacer los nudos que te atan a ella. Regresar es como largarse, pero en retroceso, y con la diferencia de que no lo mueve a uno la voluntad y el ímpetu de la largada, sino la resignación y el cálculo del regreso. Lo más curioso es haber tenido que volver a Buenaventura para saberlo, y que me tomara más de veinte años en ello. Pasa que la existencia, además de finita, es corta. Lo largo es comprender tal cortedad en el haz infinito de sus posibilidades, que, más allá del mero durar, la convierte en arte y parte del laberinto. Por eso el tiempo es el único modo de penetrar nuestra finitud y mortalidad. Es el concepto lo que nos hace temporalmente aptos para comprender nuestra finitud y mortalidad en tanto que parte del pasar total. No se trata de cuánto dura lo que existe, sino de cómo, para vivir su duración, ha de hacerlo muriendo, y de cómo, para morirla, ha de hacerlo viviendo. Sé muy bien que la forma verbal —morirla— no es correcta, ya que morir es intransitivo. Pero es la única que en este premeditado contexto narrativo puede tener sentido. Y nunca tuvo más sentido el morir que cuando advertimos que vivimos muriendo, ya que, sólo así, es posible morir viviendo. No hay otro modo de ser histórico que asumir narrativamente nuestra temporalidad. Cuando se entiende esto, hemos alcanzado el hacho de nuestra propio existir, desde el que cada quien atisba el inmenso mar de la mismísima mierda y, para dejar constancia de su conciencia, hace sus señales de fuego a la nada cósmica.

Ahora bien. Antes mencioné los nudos que me ataban a Buenaventura y las cosas con las que tuve que romper tras mi partida. En mi caso, los tales nudos estaban en las cosas más elementales que habría que romper: el chinchorro, Perro, Mudito. Y digo cosas a romper, y no con las que hay que romper, como normalmente decimos, porque para romper con algo primero hay que romperlo en nuestro propio haber, y es a esto último, precisamente, a lo que aquí me refiero. Por eso no incluyo en el rompimiento cosas como el mar, o los cerros, que siempre me han hecho un sitio en la ensenada. Esas nunca se rompen. Es uno el que se va rompiendo frente ellas, mientras las admira en su permanencia aparentemente estática. Tampoco incluyo los vientos, que es el modo en que el pasar se hace cargo de cuanto se rompe existiendo.

En esto del rompimiento, tengo que incluir, sí, el chinchorro. Que, en mi caso, es lo más cercano a lo que Bergson llamara la curvatura del alma; sobre todo si se tiene en cuenta que yo nunca he tenido una. Ni siquiera puedo, pues, ser un desalmado. Aparecí materia y, hasta ahora, sólo me voy desmaterializando. Al menos en mi caso, el no tener alma no es carencia, sino naturaleza. En cierto modo coincido con el vampiro literario. Sólo que, a diferencia de éste, sí que me reflejo en los espejos; y lo suficiente como para que el cadáver que en potencia soy no pueda privarme del espectáculo de mi envejecimiento. Puesto en los zapatos de Dorian Grey, no he sido nunca más que el retrato. Frente al espejo, el vampiro literario es siempre un narcisista frustrado. Y yo no más que la máscara temporal de un cadáver en potencia.

Empero, y pese a haber estado tentado a ello en más de una oportunidad, a este cadáver en potencia no puedo llamarlo alma. Y no sólo porque no sea eterno —y sí, por el contrario, la negación de toda eternidad— sino, mucho más que eso, porque ese cadáver en potencia es la imposibilidad de separar conciencia y cuerpo: es lo que soy, la materia misma en su proceso. Después de todo ¿qué más se puede esperar del proceso que es la vida sino la gracia de morir completo? Es cuestión de inteligencia inherente a la existencia temporal misma; sin lo cual, no hay gracia. Ese chinchorro es, pues, la curvatura del alma que no tengo. Y como sea que Bergson nada dice del alma, sino de su curvatura, entiendo yo que ésta es lo importante, y aquella lo de menos. 

De hecho, el chinchorro no se rompió nunca. Quedó allí colgado. Tal y como lo dejé aquella mañana en que me fui de buenaventura, y que para no volver nunca, lo conseguí veintitrés años después, a mi regreso, en mi cuarta venida a Buenaventura, cuando hube de cambiarlo por uno nuevo. Ya que, sí, estaba deshecho, hasta en su curvatura. Sólo que hube de tocarlo para darme cuenta de ello y sentir cómo lo desleía entre mis dedos. El verbo desleír no es aquí el más apropiado, ya que implica la disolución de algo sólido en un líquido, que no es el caso. Sin embargo, en su pretérito imperfecto equivale a desleer, que, por supuesto, no existe. Empero, de ser posible tal acción, volver a tocar aquél chinchorro fue como desleer el libro de su curvatura, que, años atrás, tanto sueño y molicie había puesto yo en leer. En todo caso, esta forma verbal imperfecta, pero que, leída como verbo incorrecto, me satisface mucho más metafóricamente que su autorizada imperfección gramatical, es la forma más sublime de romperse de una curvatura sin alma: sentir esos hilos que, antes de llegar a tener ser en la memoria, eran polvo de la deslectura imposible de mis dedos. No se puede pedir más a un ahora pasado que con tanta generosidad tributa a este ahora narrativo.

Por su parte, Perro se rompió por sí mismo. A ese ahora tampoco puedo pedir más. Es como si con su muerte la víspera de mi largada en retroceso, el perro me hubiera ahorrado la ruptura por mi parte y dejado sólo la tarea de recoger los pedazos aquella mañana, cuando lo enterré en el montarral atrás de la ensenada. Los perros son así; inteligentes hasta el conmovedor extremo. Luego siguió Mudito, esa misma mañana, cuando yo emergía del montarral, cabizbajo y con mi pala de enterrador al hombro, mientras iba pensando en lo que ahora —es decir, entonces— me empujaba a volverme de la mismísima mierda por donde mismo había venido. Entonces clavé la pala en la arena, como si lo hiciera en el corazón de la mismísima mierda.

Si de lo que se trata es de esperar la muerte —ya sabes, por mi no hay prisa— y lo que realmente deseas es quedarte, Romero, sólo tienes que negarte a la salvación de la que te ha hacho objeto el viejo Rangel; estamos juntos en eso. Eso decía el cadáver que en potencia soy. Nunca me ha terminado de convencer del todo ese tono condescendiente que a veces emplea en lo que dice. Pero ese día no reparé en ello. Sólo en su decir. Y hoy, veintitrés años después, el mismo cadáver me lo recuerda, con las mismas palabras, cuyo ecos resuenan en las cuevas de mi memoria, donde revolotean como murciélagos por entre sus paredes y sombras. Lo cual era tan cierto como ese sol que, aquel día, pese a la nubosidad, se iba haciendo paso a codazos, acaso para ser testigo de la certeza contra la que me había colocado mi propio cadáver en potencia. Es más —insistía— quien se ha negado a la salvación divina y, orgulloso de su autocondena, tanto se ha ejercitado en el desprecio a la mostrenca eternidad ¿a cuenta de qué flaquear ante una oferta de mucho menor calado como la del viejo Rangel pretendiendo encaramarte en el estrado? Se trataba del típico toque de exageración, casi cómico, que solemos poner en los argumentos con que pretendemos convencernos de algo de lo que aún no estamos convencidos.

Pasa que el viejo Rangel es humano —demasiado humano— y que por su intermedio no habla el soso decir de la eternidad, sino el demonio de la temporalidad. Y yo me he contagiado. En este preciso momento en que ahora lo escribo, sólo tengo una forma de decirlo: el mismo demonio que una vez tentó a Adán a comer del árbol prohibido me tienta a mí a escribir libros. Es tan simple como eso. Si se me hubiera ocurrido antes, el viejo Rangel se habría ido a la tumba más que complacido. Aunque, en realidad, esta historia, como cualquier historia —incluso las sagradas— no es el fruto del pecado, sino el pecado mismo en pleno ejercicio narrativo. Al menos esto lo tengo claro. De su dios Adán sólo podría decir lo que de Frankenstein su engendro: tú me has creado; pero yo soy tu dueño. Empero ya sabemos que este Adán no es más que un pusilánime, Algo así como un engendro ingenuo y chiquito; lo más parecido a un niño, como le gustan las criaturas a este dios. Si me hubiera creado a mí, se las vería con un viejo vampiro que se refleja en los espejos de su morir completo, y que —lamentablemente para este dios— le hace su sitio en esta historia acerca del hecho de escribir historias. Pasa que, para ser tales en su eternidad, los dioses, primero, han de ser personajes en el todo temporal de una narración. Este es el talón de aquiles que hace de cada uno de ellos el gran talón de la eternidad. En todo caso, este dios no puede haber creado el tiempo, ya que ha sido creado por él y desde él. Por suerte para este dios, no soy su criatura, sino, más bien, él la mía. De lo cual no puedo arrepentirme. De haberme creado, sería este dios el que, a estas alturas, se habría arrepentido. Creado en acto narrativo, no es este dios, sino el tiempo, lo que da dimensión —histórica— a la existencia. Dicho en otros términos, no he sido creado, sino desafiado por el pasar a darme ser. A diferencia de esta silla o esta mesa, no tengo destino alguno. Más me valdría, hacerme de uno.

Pero esto lo pienso ahora, cuando, veintitrés años después, me veo, como digo, en el ahora de aquella mañana en que me fui de buenaventura, tras haber enterrado a Perro, y haberme quedado viendo a Mudito mientras se acercaba. Tampoco entonces hubiera podido describir, como ahora, a Mudito cuando, de súbito, reparó en la pala clavada en la arena: se palalizó. No es error, aún cuando pueda lucir aberración. Pasa que no tengo otra manera de referir el lenguaje corporal del muchacho durante el prolongado rato en que permaneció viendo la herramienta clavada en el suelo y sobre cuya empuñadura descansaba mi mano mientras lo observaba acercarse y, de repente, se detuvo a un escaso metro de distancia. Ciertamente, se paralizó. Pero, además, más allá de la parálisis, su pose, su gesto y su mirada eran de palo; como los de la pala en cuyo empuñadura descansaba mi mano. La pregunta que procede acá, como es obvio: ¿acaso puede un palo tener y disponer de cosas como pose, gesto y mirada? Por supuesto que no. Pero si tal cosa fuese posible, el palo en cuestión sería lo que Mudito en el momento en que se paralizó. Al permitirme aludir esta posibilidad, el lenguaje es evidencia de ello. Por eso el tropo, en cualquiera de sus formas: metáfora, sinécdoque, o metonimia: para penetrar una realidad ante la que la lógica desespera y se agota. De manera que —insisto— Mudito se palalizó.

También podría decir que la tristeza lo empaló. Y ahora que lo menciono, por cierto, creo que la tristeza tiene ese poder; al menos es lo que percibo en este momento, cuando me veo aquella mañana tras pasar la mayor parte de la noche en vela y despertar junto al perro advirtiendo que había muerto sentado. Y, como sucedería mucho tiempo después con el viejo Rangel, Perro también tuvo su velorio en el que me tocó ser el único deudo; sólo que no podría haber establecido la analogía hasta después de la muerte del viejo. Al que también enterré; aunque bien lejos de aquí, en un montarral a más de trescientos kilómetros de la ensenada. Pero, al fin y al cabo, montarral, y del mismo atrás que sigo siendo en este ahora narrativo. 

Este verme en este ahora narrativo viendo a Mudito en aquella mañana de nubosidad agrietada por la luz, me sugiere que el antes y el después no son meros puntos fijos del transcurrir, sino, por el contrario, lo propiamente dinámico de nuestra presencia en su percepción del pasar. Si somos capaces de percibir el pasar como ese transcurrir de cosas en curso que normalmente llamamos acontecer, es gracias a estas formas adverbiales con que la conciencia temporal lo asocia a un punto ficticio: fijo, congelado, inamovible; pero que lo distingue del movimiento puro. Ficticio, desde el punto de vista de la realidad del pasar, pero realista desde el punto de vista narrativo, ya que sólo sujeto a narratividad puede tener significado el movimiento, cuya realidad por sí misma nada dice. Si el tiempo está en las formas temporales del verbo, el pasar lo está en las formas modales del adverbio. Pero tal fijación del pasar a partir de un antes y un después, no se limita al punto por sí solo, sino que implica la intencionalidad de percibir el ser en curso de una determinada cosa. De manera que, en realidad, el antes y el después, más que puntos cronológicamente fijados, son visuales o puntos de mira, sólo desde los cuáles es posible apuntar al todo y hacer del mero pasar un acontecer. 

Dicho en otros términos, más allá de su fijación cronométrica, el antes y el después conforman la visual de la presencia en y ante el pasar, desde la que se configura una parte del devenir total como acontecer; es decir, se le asigna al devenir forma de hecho, como parte de un todo específico en curso. A dicho todo se le puede llamar vida, haber, biografía, historia, etc. Como quiera que se le llame, requerimos de este todo narrativo, configurado a partir del antes y el después, para existir históricamente. Esta posibilidad de configurar el pasar a partir de nuestra propia temporalidad y, con ello, identificarlo desde nuestra propia presencia de un modo especifico,, la debemos a la más elemental de las facultades de los entes temporales con memoria y conciencia de tiempo: determinar y concebir a un mismo tiempo eventos que han tenido lugar en tiempos distintos.

Hay aquí, pues, en esto que ahora relato, un antes y un después entre los que media más de veinte años; veintitrés, para ser un poco más exacto. Pero, a su vez, en aquél ahora, el relatado, también hay un antes y un después de Mudito, cuando apareció a lo lejos con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro, que se le fue, con rostro y todo, a la mismísima mierda no más llegó y se palalizó. De la misma manera que también hay un antes y un después del yo parte del mismo relato, cuando presencia a Mudito palalizarse. Sólo que, en ambos casos, para que esto sea así, en aquél ahora narrado, el antes y el después son determinados como tales en este ahora —narrativo— en el que escribo mi relato; que es el ahora −y no ya aquél− al que corresponde interpretar la gesticulación de Mudito con la metáfora del palo. En otras palabras, es la metáfora de hoy la que ilumina, de un modo específico, el pasar que, a tales efectos, es comprendido en un determinado ayer de hace veintitrés años. En este sentido, todo ahora narrativo es, por definición, configuración, desde el futuro —ausencia que el pasar ha convertido en presencia— de ahoras pasados —presencia que el pasar ha convertido en ausencia. La percepción del pasar implica siempre esta relación presencia-ausencia. Desde este punto de vista —el de la visual del antes y el después— el pasado-presente-futuro con el que concebimos y percibimos el pasar es una dialéctica de los ahoras. De manera tal que, más que un diálogo entre pasado y presente, la historia, que también lo es del futuro, es una hermenéutica.

Todo lo cual me confirma en mi obsesión de que la existencia temporal es el propio laberinto al que el pasar —vida y movimiento— empuja la conciencia: la vida está allí para interpretarla; no para descubrir—nos su sentido más allá de ella, sino para que le asignemos uno viviéndola en nuestro morir, o muriéndola en nuestro vivir. Esto es lo que hace de la conciencia temporal esa máquina de expectación, percepción y memoria de la que dependemos los entes temporales para existir históricamente. El eterno presente de Joyce —o el triple presente de Agustín— no es un instante o segmento continuo, sino la más completa y abigarrada confluencia día a día de expectación, percepción y memoria, que jamás alcanzamos desentrañar del todo. Aún así, hay que pretender que lo hacemos; vivir como si lo hiciéramos, pues es la única manera de darnos ser histórico, que es lo que la existencia exige a los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad. No nos debemos a más allá alguno. Con semejante tarea como la que nos impone el laberinto al que hemos sido arrojados temporalmente y reta nuestra finitud y mortalidad, es más que suficiente. Por eso vivimos muriendo y morimos viviendo; no para perder el tiempo buscando un dios, sino para ganarlo como ser —histórico. No es la idea de dios la que da ser, mucho menos vida eternba, sino el tiempo, que nos los da a la vez que nos lo quita, pues es la única forma de ser históricos. Sólo que, para que nos los dé, primero hemos de crearlo —narrativamente hablando. El ser histórico es narratividad respecto de nuestra entidad temporal. Y toda historia, un manual del laberinto.

Por lo demás, no se puede salir del laberinto en el que hasta los dioses mismos, por trascendentes y/o omnipotentes que se los pueda imaginar, no son sino rehenes de temporalidad. Lo cual, por cierto, es mucho más lógico de lo que la teología nos deja suponer. Pues no se participa de la existencia temporal para salir de ella, ni para trascender-la, sino para darle algún sentido, tan histórico como la existencia misma. Lo que es muy otra cosa. Si, como hasta ahora ha quedado demostrado, el pasar no lleva a ninguna parte distinta del pasar mismo, es porque existir temporalmente sólo puede encontrar sentido —histórico— en sí mismo. Por eso nos hacemos de un futuro, con lo cual no nos estamos garantizando un más allá del laberinto, sino nuestro propio haber sido en el mismo. No vivimos al son de un destino predeterminado de antemano, sino que al vivir nuestra muerte y a morir nuestra vida, nos hacemos del que nosotros mismos, intencionalmente, forjamos. Esto no se aprende en el Antiguo Testamento, ni en el nuevo. Tampoco en el Corán, ni en ninguno de esos monumentos sacro-míticos de las llamadas culturas del libro; sino en Heródoto, Tucídides o Polibio.

Mucho me temo que esto sea apenas el esbozo de cosas sobre las que habrá que volver una y otra vez a largo de esta historia. Pero no me preocupo mucho por ello. Cuando sea, será. Por ahora sólo pienso que el pasar es, en esencia, el modo en que todo se va a la mismísima mierda; eso es el movimiento, que tanto horror inspira al Platón que todos llevamos dentro. Y yo creyéndome muy original con mis idas y venidas a Buenaventura. Se puede saber todo acerca de las cosas que se van a la mismísima mierda −y son todas, incluido el todo en el que creemos comprenderlas− menos cómo lo hacen. No es tan simple y obvio como montarse en un camastro con ruedas y rodar trescientos y no sé cuántos kilómetros hasta Buenaventura y volverse por donde mismo se arribó. En el proceso, la cosas no caminan, no corren, no vuelan. Tampoco caen, por empujón o tropiezo, ni se estrellan contra el suelo con el propósito de romperse. Si de la mismísima mierda se trata, hablamos de un irse sin distancia, un lejos a la vuelta de la esquina, un llegar sin fondo ni reposo. La piedra muda de un decir arrojada contra el negro cristal del silencio, al que tanto se refería Beckett: puede que largarse a la mismísima mierda no sea sino eso. En todo caso, se trata una suerte de transfiguración. Si no me equivoco, dícese del estado en que Jesucristo se apareció a tres de sus discípulos en el monte Tabor. Y puede que sea lo que el demonio del pasar hace a través de todas las cosas: transfigurarse en el monte de la mismísima mierda ante las cosas mismas.

Mientras pienso en ello como forma de perpetrar este ahora continuando esta historia, Mudito, en aquel ahora, dejó de ver la pala, y yo hube de dejar de ver a Mudito para seguir su mirada lanzada en derredor y que se perdió en la lejanía que a ambos nos circundaba aquella mañana nubosa y agrietada de luz. Un cada vez más amenazador anuncio de lluvia iba subsanando las grietas con porciones de nubes cada vez más grises. Alguna vez llamé a esas nubes que preludian tormenta sábanas de hospital. Pero, vistas desde este ahora, lo único que tienen de hospital es el ser algodones con los que el cielo intentaba contener aquella mañana una hemorragia de luz. Lo que a la postre lograría, con total éxito; hasta que, por fin, reventó el aguacero.

Mientras Mudito trataba de adivinar dónde había quedado Perro, yo soltaba la pala y señalaba con la mano hacia atrás de mí, al lugar en que había enterrado al perro. Y como quiera que no lograba que el muchacho fijase su mirada hacia donde yo señalaba, me acerqué hasta él, tomé su mano, la apunté en la dirección apropiada y puse su cabeza en la misma línea. Por fin, Mudito se quedó quieto. Por un momento hizo el amague de ir hasta el sitio señalado. Pero, al final, no se movió. Volvió a fijar la mirada en la pala, que ahora estaba de largo a largo en el suelo. Entonces lo solté y, con un un paso atrás, tomé la pala y retorné a mi posición inicial. Desde allí quedé mirando la figura de Mudito, ahora confundida en la opacidad del ambiente.

Tal y como esperaba, el cielo se había nublado por completo. Densas nubes se movían y cambiaban de forma; la punta de los cerros circundantes se internaban en las más bajas. El brillo de la arena se apagó con el soplo húmedo de los vientos, y yo me quedé mirando el gris ir y venir del mar que quedaba a espaldas de Mudito. En fin, el tiempo anunciaba tormenta. Pero no el tiempo al que me vengo refiriendo, sino el que designa las condiciones meteorológicas; el temporal o mal tiempo, Sin embargo, el tiempo de nuestra temporalidad también puede anunciar y desatar temporales, como el que yo venía atravesando desde la noche anterior con la muerte de Perro y que continuaba aquella mañana con la palalización de Mudito. El tiempo no sólo da ser; es parte del ser mismo que da. 

Acaso fuese por eso que se me ocurrió que aquel anuncio de tormenta también habría podido interpretarse como un modo de homenajear a Perro. Lo cual, literariamente hablando, habría sido, como pensaba en ese momento, mucho más interesante para esta historia. Pero, en realidad, intimidado como estaba por el cada vez más temible anuncio, opté por advertir a Mudito que el temporal se nos venía encima y convencerlo de que lo mejor sería largarnos de allí antes de que reventara el aguacero. Esto también es una forma de largarse a la mismísima mierda, antes de que el temporal te vuelva mierda. Y, casi que de inmediato, una fuerte brisa comenzó a soplar sobre nosotros, como si la inminente tormenta se hubiera propuesto sacarnos a empujones de la ensenada; su ensenada, el espacio que reclamaba libre de nuestra presencia para terminar de reventar y caer a plenitud. No todas las caldas son como las de Adán, ni representan el fracaso. También las hay grandiosas, plenas y muy por encima de las alturas desde la que cae lo que se precipita. Esto tampoco se aprende de escritura sagrada alguna; sólo de la lluvia. Bueno, y también de Frankenstein y las lecciones morales que el científico ha de aprender de su propio e infame engendro.

Mudito seguía sin moverse. El mar se encrespó, y en la cima de los cerros comenzaron a roncar los truenos. Yo me impacientaba. ¿Me estás oyendo, Mudito? Pregunté, al tiempo que con una mano tomaba la pala y con la otra empujaba al muchacho para emprender el camino de regreso. Pero nada. Hube de tomarlo por el brazo y ponerlo a caminar delante de mí. Igualmente absorto, Mudito caminaba maquinalmente y sin oponer resistencia. Cuando llegamos al promontorio rocoso, ya había reventado el aguacero. Entonces lo detuve, al iniciar la subida hacia las rocas: oye, Mudito, ten cuidado, ya sabes lo resbalosas que se ponen ¿Recuerdas aquél día, en que por poco y fuimos a parar allá abajo? Mejor atravesar esta vaina en cuatro patas. No es muy edificante, pero sí más seguro. Y, en efecto, nos agachamos e hicimos la travesía según lo indicado. Agárrate duro, Mudito. El mar estaba picado y nos salpicaba al golpear en las rocas bajas. La lluvia arreciaba y el agua nos chorreaba por la cara y los cabellos. Yo no apartaba la vista de las manos del muchacho. Aunque confiaba en su destreza, me preocupaba que, dado el estado en el que andaba, cometiese alguna torpeza. Por mi parte, hube de soltar la pala. Cuando por fin terminamos la travesía, del otro lado el aguacero había amainado. Nos miramos las ropas empapadas. Su atuendo era de un lamentable rojo rojito. Iba a decirle cuánto lo lamentaba, por él. Pero Mudito enseguida volvió la vista al promontorio, toda vez que advirtió que yo venía sin nada en las manos. Sí, —dije, mientras exprimía la gorra— necesitaba las manos para agarrarme. Sigamos a la casa. Pero Mudito seguí sin moverse. Estaba temblando de frío, con la franela roja pegada al cuerpo, la gorra chorreando agua por el borde de la visera y atrapado por unos brazos que no parecían suyos y lo circundaban como animales largos y huesudos. Era la desolación en dos patas. ¡Vamos, pues! Entonces fue la desolación en dos patas caminando delante de mí.

Para cuando llegamos, habla cesado el aguacero. Antes de arribar, vi al viejo Rangel asomado a la puerta de la casa. ¡Señor palo de agua! —exclamó— y me acercó la taza en la que bebía. La cotidiana frase retumbó en mi interior: así como la tristeza empala, los aguaceros apalean. Creí que era café —dije, mientras devolvía la taza a sus manos y advertía que se trataba de ron. Eso para después —concluyó el viejo— al tiempo que hacía un gesto de brindis al muchacho. ¿Tú no quieres un poco? —preguntó a Mudito. Te vas a resfriar. Un trago te hará bien. Mudito lo miró sin decir palabra, Pero no porque fuera mudo, sino porque de nuevo lo palalizaba la tristeza. Me di cuenta porque era la misma mirada que hacía rato había estado lanzando en la dirección en que yo le había indicado haber enterrado a Perro. Entonces me miró por un instante y, de súbito, salió corriendo. Lo observé hasta perderse, como siempre, en las postrimerías del malecón, donde ya no era posible distinguir entre desolación y lejanía. 

¿Y a éste qué bicho lo picó? —preguntó el viejo Rangel mientras pasábamos a la casa. Que está palalizado —respondí. ¿Que está qué? —insistió el viejo entre asombrado y risueño. Olvídalo —me limité a decir. ¿Quieres un palo? —preguntó entonces el viejo. Por supuesto. Falta que me hace. Y nos sentamos ambos a la mesa. Otra forma de ser palo entraba en escena; esta vez para designar el rigor del aguardiente. Pero yo pensaba en Mudito, desdibujado en una lejanía en la que también yo me iba desdibujando a medida que se consumaba mi partida de Buenaventura. No tenía duda de cuánto había afectado a Mudito lo del perro. Pero, al mismo tiempo, me preguntaba si aquella huida repentina había sido la despedida. De hecho, no volvería a verlo hasta que volví, veintitrés años después. Y no importa cuánto hoy aún me lo pregunte. No lo sabré nunca. Es algo por sí mismo insignificante. Sólo el no saberlo le da alguna significación a estas alturas. 

Y es lo que me pone a pensar en cómo seria esta historia de ser contada desde otras perspectivas distintas a la mía; como por el Mudito que salió corriendo esa mañana y al que no volví a ver hasta veintitrés años más tarde, o por la pala que dejé arrojada peñasco abajo y en medio del aguacero —y que también es muda, por cierto. Algo imposible de determinar respecto de quien, como Mudito o la pala, son personajes en esta historia. Pues Mudito o la pala no dicen; más bien son mi decir, o lo son en la perspectiva narrativa que impongo a esta historia para ser tal. Lo cual no quiere decir que Mudito o la pala no dirían lo que yo digo que dicen. Es más, hasta puede que, en esto, sea yo, si no el más verdadero, al menos el más verosímil de los narradores. Pero el punto acá es que soy yo el que dice lo que ellos dicen —incluso lo que dejan de decie— como modo de contribuir al todo del que sólo yo, en mi decir, y no ellos en el suyo, puedo ser intencionalmente consciente. Mudito, la pala y yo participamos del pasar —con lo que por igual nos vamos yendo día a día a la mismísima mierda— pero no lo presenciamos de la misma manera. Todos, reales o ficticios, somos personajes de un devenir que, percibido y configurado históricamente, ha devenido acontecer y, en tanto que tal, se debe al todo temporal y narrativo al que intencionalmente tributa. Toda historia es eso: un acto de presencia en y ante el pasar determinado por la especificidad del todo que identifica al que la narra como ente temporal. Toda historia es única e irrepetible. Ni aun cuando yo mismo volviese a narrarla, esta historia sería la misma, porque lo sería no de éste y único, sino de muy otro ahora narrativo.

Mudito, o la pala, hacen y dicen cosas en esta historia. Más no están en lo que hacen o dicen, sino en lo que yo narro. No importa a los efectos cuán reales o ficticios pudieran ser. Si contaran esta historia, se trataría de otra historia, aunque versase sobre lo mismo, y en la que serían su propio decir, sujetos, como narradores, a la perspectiva que habrían de autoimponerse para ello. Eso de que los personajes de una historia adquieren vida propia tiene algún sentido sólo hasta cierto punto y, particularmente, en lo que atañe al desarrollo del proceso mismo de su escritura; más allá de lo cual raya en rimbombante exaltación emocional de dicho proceso y que obvia lo más esencial del acto narrativo: soledad total en responsabilidad total; digo, haciendo uso del modo en que Sartre definía la libertad. 

Más bien, los personajes de una narración son como los espectros con los que Odiseo se encuentra en el Hades y que vagan en el olvido sin saber quiénes son, de dónde vienen ni a dónde van, y que, momentáneamente, recuperan la memoria gracias a la sangre prestada que el héroe les ha proporcionado. Así es cómo los personajes de una narración adquieren vida propia: con la sangre prestada de una presencia, que es lo que Odiseo simboliza en este pasaje de la Odisea. No otra cosa hace el narrador que remontar el leteo de su propio pasar. Y esto es hazaña que, como Odiseo, hay que acometer en soledad total y en responsabilidad total. Escribir una historia es un viaje al hades de la ausencia en el que, siendo, consiste el pasar. Y la porción de expectación, percepción y memoria de que el narrador se vale para ello, no es otra cosa que la sangre narrativa con que han de ser reanimados sus espectros.

En realidad, nunca hay versiones de una misma historia acerca de un mismo objeto en curso, sino las mil y una historias posibles que se lanzan a desgarrarlo con el propósito de tejer con los jirones ese posible todo temporal que llamamos ser histórico y que sólo tiene de ser la ficción de un determinado sentido, pero que nos es fundamental para existir —históricamente. Desde este punto de vista, toda historia es ficcional —en el sentido que le atribuye Gibbon cuando afirma que todo en ella es imaginación— incluso las más rigurosas y verdaderas; sobre todo las más rigurosas y verdaderas, respecto a las cuales hay guardar más recelo y suspicacia, como bien advierte Aristóteles en la Poética. Y si es ficcional es única: presencia en acto narrativo; voluntad que remonta el leteo del pasar que la separa del hades de la ausencia. Y, por cierto, hades del que tampoco se vuelve jamás, salvo que, como Odiseo, el escribidor logre sobrevivir a la misión que él mismo se ha impuesto como tal.

¿En qué piensas, Romero? —preguntó el viejo Rangel. Cuánto me gustaría haber estado pensando en aquél ahora en el que el viejo pregunta, lo que pienso en éste en que lo escribo sin que el viejo pueda tener ya la mas puta idea de lo que pienso; ni siquiera de cuánto, como digo, hubiera querido estarlo pensando para decírselo y disfrutar de cuánto él hubiera agregado para procesarlo completo. Quererlo así también es parte de este ahora —tanto como lo que pienso y escribo— pero lo hace inseparable de aquél en el que el viejo pregunta por lo que yo pensaba en aquél ahora y no por lo que pienso en éste. Inseparables ahoras que, por lo imposible de unirlos, forman parte de una misma historia de la que, en este ahora, siento estar escribiendo sólo la mitad de la que hubiera escrito si en aquél ahora, del que a su vez formo parte, hubiera yo estado pensando en lo que digo: soledad, responsabilidad, hades, leteo, espectros, sangre… y ese sombrero del todo y del que, gracias a la magia del narrar, siempre sale el conejo del ser —histórico— que el tiempo da. Así es la dialéctica de los ahoras: magia que arrastra en una misma corriente de ficción presencia y ausencia. Ficción sin la cual sería imposible existirt; o sea, ser el no ser del devenir en que consistimos en tanto que entes temporales.

En que nos vamos mañana —fue cuanto respondí a la pregunta del viejo Rangel por lo que yo pensaba. Era eso en lo que pensaba: Perro, Mudito, pala… Entonces levantamos las tazas en que bebíamos nuestro ron y brindamos por ello. Luego, enseguida reconocí ese brillo en los ojos del viejo por haberme colocado en el camino correcto. Y, aun cuando yo no estuviese tan seguro de que esto fuese así, me había entusiasmado a creerlo así, por el simple hecho de estar el viejo Rangel de por medio. Y en verdad que no me arrepiento de ello. Pues, gracias a ello, de alguna manera he aprendido que, tratándose de caminos, ninguno puede ser correcto, porque todos son posibles, y el que se sigue es sólo inevitable, por el simple hecho de seguirlo y porque, a la postre, nos tocará apreciarlo como un destino. Pero sólo a la postre. Ya que, en realidad, nada hay predestinado en el pasar. Muy a diferencia de lo que pretenden los dioses —esa suerte de pecadores al revés destinados a la eternidad— en el laberinto de la existencia temporal —en el que el futuro no es sino el camino más corto para arribar al pasado— todo es más bien posdestinado. 

Me levanté por un momento. Fui hasta el cuarto del fondo y tomé aquél cuaderno —el que ahora llamo el viejo, en contraposición al amasijo, que ni siquiera es cuaderno y no le he dado tiempo de envejecer en la quietud del desuso. También lo llamo el mugroso. Mas esto no tiene nada que ver con el desuso, sino con el haber andado pegado a mi, como parte de la mugre existencial que implica el andar mismo por los confines de la mismísima mierda. Acaso porque estaba viviendo la víspera de mi partida, la de mi largarme en retroceso, no lo puedo asegurar; lo cierto es que, por primera vez, pensé en la posibilidad de deshacerme de él, como si fuera la prueba del delito de haberme largado a la mismísima mierda alguna vez.

Sin embargo, de regreso al salón, cuando miré al viejo, que, sentado a la mesa, seguía bebiendo en silencio, me dio por implicarlo en el asunto. Entonces volví con el cuaderno y, al tiempo que me sentaba en la silla, lo arrojé sobre la mesa. El mugroso quedó en medio de los dos, mostrando sus bordes carcomidos y su cuerpo hinchado, como el de un animal muerto. El viejo miró al cuaderno, luego a mí, y de vuelta al cuaderno. Lo llamo el mugroso —dije. Luego, tras terminar de un solo trago lo que quedaba en la taza, agregué: he cargado con él, de un lado para otro, desde que salí de la universidad —un poco antes, quizás. Hasta hoy, nunca había pensado deshacerme de él. Y, sin embargo, no sé cuántas veces he debido salvarlo del cesto de la basura. Y no será por lo que va apuntado. Sólo notas y tachaduras. Debe ser por la manía de cargar siempre con él por lo que nunca me he desecho de él. Es parte inseparable de mis idas y venidas a la mismísima mierda. Pero, como mañana nos vamos, debe ser por eso que hoy lo he pensado. También lo usaba para apuntar los nombres que ponía a las personas y las cosas. Una suerte de obsesión por la nomenclatura. No sé por qué, pero siento que hay algo mágico en los nombres que se asigna a las cosas. Para bien o para mal, nombrar algo es un conjuro.

¿Hablas en serio? —preguntó el viejo. Por supuesto que sí. ¿Por qué, si no, por ejemplo, al perro lo llamé Perro? Si lo piensas —al perro, quiero decir— y lo observas bien, no cabía llamarlo de otra manera. Perro era el único nombre digno de su condición de perro; pero, sobre todo, de cómo ejercía como perro. No sé cómo explicarlo mejor. En todo caso, lo que quiero decir es que no empiezas a conocer a alguien hasta que sabes su nombre, o hasta que le asignas uno realmente apropiado para tu conocer. Y, aunque no vuelvas a saber de ese alguien, ya lo das por conocido para siempre. Y si sigues sabiendo de ese alguien durante diez años más, te será imposible imaginarlo con un nombre distinto. Se dirá que en ello está la fuerza de la costumbre. Pero quién asegura que no en otra cosa consiste el conjuro que en ese posicionamiento ante el otro, gracias a su nombre, o al nombre que uno mismo, como otro, le asigne. Como digo, no puedo explicarlo mejor. Pero los nombres apuntados allí es lo que hace a esas personas personajes inolvidables para mí. Y, ahora que lo pienso —concluí— quizás se trate de eso: la diferencia entre persona y personaje la hace el nombre. El viejo entonces estalló en una carcajada, ante lo que calificó de curiosa dialéctica. Luego agregó: pero tiene sentido. Después de todo, persona viene del latín persōna, con el que se alude a la máscara de los actores en el teatro, o al personaje teatral mismo y su papel; es decir, la personalidad, El término latino viene del etrusco φersu, y este del griego πρόσωπον prósōpon.

Acostumbrado como estaba a la erudición del viejo Rangel, para nada me extrañaron aquellas precisiones. De hecho, en ese momento le dije: no sé qué voy a hacer cuando no estés. Un amigo se consigue en cualquier parte; mira a Perro, aunque ya no esté. Pero quien resuelva detalles tan áridos como los de la etimología, es otra cosa. ¡Bah! Para eso están los diccionarios —acotó el viejo. Sí, es cierto —repliqué— sólo que con los diccionarios no se puede compartir un palo; son un palo. Bien —concluyó el viejo— entonces sigamos palalizándonos, que todavía nos queda con qué. Y, acto seguido, sirvió otras dos tazas. Como digo, en aquél ahora, no me extrañaron aquellas precisiones etimológicas. Pero vistas a la distancia, desde éste, se las siente como venidas de otro mundo; acaso a importunar una molicie que, como ahora bien sé, no es sólo mía, sino que comparto con toda Buenaventura. Tras hacérselos escribir al viejo en una hoja en blanco amarillento del mugroso, me gravé aquel etrusco φersu, así como el prósōpon griego, con los que desde entonces suelo jugar cuando me cruzo con las personas, toda vez que, como los personajes que son —que somos— más me intereso por el ser de su máscara que por la máscara de su ser. 

Estuvimos durante un largo rato riendo y pasando las páginas del mugroso, llenas, como digo, de notas y tachaduras acumuladas durante años y en total desorden. El señor ojos blancos, manos de noche. ¿Y ese quién es? —preguntó el viejo Rangel, tras haber pasado las primeras paginas. Montenegro. ¿No te acuerdas? Trabajé para él. Primero como su chofer. Lo cargaba del carro a la silla de ruedas, y viceversa. Luego me envió aquí, a Buenaventura, como policía. Yo era sus ojos y oídos. Sólo que antes de yo ver y escuchar, él murió. Antes, me dejó esta casa, que nunca terminó. Primero lo llamé señor tablas. Supongo que por lo tieso y seco. En fin, no se me ocurrió nada mejor. Hasta que un día lo vi en el fondo de su propia muerte. Ya sabes, lo muertos miran sin mirada, porque no la necesitan. Sus manos eran blancas hasta el artificio; como crisantemos en la noche. Pero el viejo Rangel no escuchó nada de esto último, sacudido, como estaba, por una estruendosa carcajada, cuando leyó: el señor tequeño; érase una vez un tequeño gigante movido por un marcapasos. ¿Te acuerdas del gordo; el dueño de la lunchería, abajo, junto a la entrada del edificio donde yo vivía? Otro muerto. En este caso, sí que asistí al sepelio. Aunque a tres cuadras del final del cortejo.

Luego nos detuvimos en algunos otros nombres. El señor manos de rana, para designar a Medina. La señora tetas nalgas secas, para la vieja que en Buenaventura preparaba el mejor café del mundo. Tras matar a Medina, hube de irme de Buenaventura, para lidiar con los asuntos legales que el evento implicaba. Entonces, no volver a tomar ese café fue una de las cosas que más lamenté. Y cuando, al poco tiempo, regresé de nuevo a Buenaventura, fue una de las cosas que mas me impulsó a hacerlo. Pero la vieja había muerto. Poco tiempo después viene este viejo de mierda a salvarme. ¿De qué? —pregunté. No lo sé. Supongo que de ti mismo —respondió el viejo Rangel, mientras, con gesticulación ridícula e infantil, batía el cuaderno muy cerca de mi cara. 

Para el viejo Rangel, ese cuaderno era evidencia de mi perdición Pero creo que poner nombres a las cosas era como apropiármelas, en tanto que personajes de una historia que no era mía, y en la que yo mismo hacía de policía. Narrarla la habría arruinado como escenario, y a mí mismo como personaje. Yo prefería vivirla. Y, en cierto modo, lo sigo sintiendo así. Seguir vivo sólo ha servido para seguir contando muertos —viejo Rangel incluido— y agregar algo más al enclenque mugroso; como quien dice, para que engorde, hasta convertirse en obeso amasijo. Entre lo uno y lo otro ha de haber una diferencia sustancial. Debe ser que sólo matando se aprende que una cosa es el acto de dar muerte, y muy otra la acción de narrarlo.

A Susana, sin embargo, nunca asigné nombre alguno. No sé por qué. Ni siquiera lo intenté. Pero siempre he pensado que, de haberlo hecho, no se me habría ocurrido alguno. A veces pasa. El nombre ha de ser perfecto, encajar como anillo al dedo en lo nombrado; convencerte de que no habría otro posible, y de que no hay otra manera de que lo nombrado tenga algún sentido. No obstante, siempre me he preguntado si, en el caso de Susana, la pasión no tuvo algo que ver en ello y haya actuado en mí como una inhibición. Me gustaba verla en la ensenada a la luz de la luna, dormir con ella en el chinchorro y, en la madrugada, mientras permaneciera despierto fumando, escuchar su respiración. Sentí por ella lo que por un cachorro cuando te mira, vivaz; que juega a morder y sale corriendo. Cuando me pidió matar a Medina, supe que, también para ella, era yo un ejecutor. No me tomé en serio su demanda. Pero cuando se vino a la casa, que echó al mugroso a la basura y cambió mi pocillo de peltre por una taza de porcelana, supe que, además de ejecutor, tenía dueño.

Además de ello, Susana no quería ver a Perro ni a Mudito por los alrededores. Nada de eso me gustó. En realidad, a la postre, nunca hubo forma de poner nombre a algo así. Dulcinea, hubiera estado bien, de haber habido en mí algo de Don Quijote. Pero para cuando pensé en ello, Susana se había marchado y no la he vuelto ver nunca más. El día que maté a Medina, mi historia aquí en Buenaventura había terminado. Cuando volví, sólo encontré a Mudito, como siempre, pateando sus arenas, y a Perro, que se había instalado en la casa hasta ese día, en que llegó el viejo Rangel, con nueva urdimbre para la trama de un regreso y un litro de ron en la mano. 

Cuando apareció el nombre del perro, el viejo se detuvo y puso el índice sobre el papel: Perro —dijo, sonriendo. Perro —acoté— es un perro que hace el papel de perro. Todavía no me encuentro con otro que lo haga mejor que él. Era y, aunque enterrado, todavía lo es —precisó el viejo Rangel. Al final, el cuaderno quedó cerrado, en el centro de la mesa. Entonces el viejo, tras beber lo que restaba en la taza, preguntó por qué no lo había hecho. ¿Hacer qué? —pregunté yo. Echarlo al cesto la basura —dijo el viejo, mientras señalaba con el dedo al mugroso quieto en centro de la mesa. Es que ni siquiera tengo cesto —respondí, y quedamos por otro rato en silencio. Luego agregué: puede que ahora estés reconsiderando cuán bueno podría ser para eso de escribir libros.

Serví otro par de tragos. Acto seguido, levanté la botella, dejando el fondo a la vista, en clara señal de que apenas quedaba para una ronda más. Entonces intercambiamos la lúgubre mirada de borracho que corresponde en tales casos, y volví la botella a la mesa. Tras lo cual el viejo reanudó la charla, imprimiendo cierta gravedad a lo que decía. Lo que nunca estuve seguro de atribuir al reproche o a la ironía. Razón por lo cual, pese a la turbulencia etílica que envuelve mi recuerdo, pero que también es el recuerdo mismo, me empeño en transcribir sus palabras y las mías con la mayor exactitud. Aunque sé que algo así es imposible. El recuerdo es vínculo presencial entre dos ahoras temporales contaminados por la intención de un haber sido. Nada se recuerda al margen de esta conciencia intencional.

Nada hay que reconsiderar. Pero sí te puedo decir que ese cuaderno simboliza el muro que has levantado ante ti mismo desde que saliste de la universidad —concluyó el viejo. Se detuvo para beber de un golpe lo que restaba de ron en su taza, y luego agregó: y no sé por qué te has empeñado en algo así −concluyó de nuevo. Miró el fondo vacío de la taza, como si buscara allí las razones de mi empeño. ¡Qué sé yo por qué coño te has empeñado en ello! Lo que si puedo decir es que fuiste el más lúcido alumno que pasó por mis manos. Así lo pensaba entonces y así ahora. Por eso he venido hasta acá. Te lo aseguro. Me conoces bien. De no ser así no lo habría hecho. Pasa que, pese a tí, sigo empujando en la misma dirección; aunque tú lo hagas en sentido contrario. En fin. Si me hubieras hecho caso, Romero, ya serías profesor de planta. Aunque no lo creas, la ventaja de enseñar es que se aprende muchísimo más de lo que realmente se enseña. Y ello por el simple —y no siempre grato— hecho de pretender hacer comprensible lo que uno mismo no comprende. Es un curioso arte.

Por mi parte, no tenía razón alguna para dudar de la sinceridad del viejo. Ni siquiera de la autenticidad de lo que decía. No obstante, pese al halago, el tono grave que, como digo, nunca he sabido si imputar al reproche o la ironía, me incomodaba. Y aunque recuerdo muy bien que traté de disimular aquella incomodidad —pues no hacerlo me parecía descortés— ahora no sé hasta qué punto lo logré. El viejo nunca dijo nada al respecto. Sólo regresando de su tumba —aquella en la que yo mismo lo enterré, muy a pesar de mi y de él— podría hacérmelo saber. Y cuánto me gustaría que lo hiciera, para satisfacer la expectativa que este ahora me genera acerca de aquél. Como se ve, la expectación no es sólo en relación al futuro; en relación con lo que aun no es, sino, también, en relación con que ya no es, precisamente, porque ha sido sin saberlo y, para saberlo, hemos de ir al pasado con la misma expectativa con la que lo hacemos al futuro. En este sentido, por sí mismo, todo ahora pasado carece de aquello que sólo es posible ver desde el ahora futuro. Cuanta razón tiene el héroe de Gardel que adivina el parpadeo de la luces que a lo lejos marcan su retorno. Si el futuro no es sino presencia mordiéndose la cola de su pasado.

Como digo, no quise mostrar mi incomodidad. Aunque, ahora que lo pienso mejor, no sé si fue esto, precisamente, lo que hice con mi elaborada respuesta. En cualquier caso, primero la anuncié, como para que el viejo se dispusiera a escucharla completa: Está bien, viejo —comencé. Sólo que yo no he levantado muro alguno que ya no estuviera allí, entre la academia y yo. Lo único que he hecho desde que salí de la universidad es colocarme del otro lado; eso sí. Es decir, del mío. ¿Quieres saber cómo se sale de una escuela en la que se enseña que la historia es una ciencia para aprender que no lo es? Yo mismo te lo voy a explicar. Presentas una tesis sobre filosofía de la historia, que es tanto como desafiar la molicie cientificista de la casi absoluta mayoría- Ya sabes, hablamos de una ciencia basada en una ficha bien hecha. Es fácil darte cuenta de tu impertinencia, por el modo en todos coinciden en sacarte el culo. Y cuando estás a punto de renunciar y largarte a la mismísima mierda sin haberte graduado siquiera, alguien te salva en la raya —allí entras tú— y, para graduarte, te enjuician los que te sacaron el culo. El resultado es que, a duras penas, puñetazos en la mesa incluidos, te otorgan un lánguido distinguido —cuando a lo mejor hasta lo que merecías era ser reprobado— y ya estás listo; ahora sí, para irte a la mismísima mierda; sólo que con diploma y todo. Como decían por allí, salí con honores de policía. Y, después de todo ¿no me vine aquí, a Buenaventura, como si fuese uno? ¿Un qué? —preguntó el viejo Rangel. Un policía —respondí. ¡Ah, eso!. 

Yo sentía que había ido al meollo del asunto y que, de esta manera, quedaba zanjado. Pero el viejo continuó. De tal manera que, si no lo paro, me hubiera hecho arrepentirme de la decisión que ya había tomado de volverme con él. Cuando dijo: lo que pasa es que tú también, Romero; mira que escoger precisamente a Nietzsche ¿es que no habían otros? Yo me limité a interrumpir con un gesto que indicaba que no quería hablar más de ello, y a señalar con el dedo el fondo de la botella, que anunciaba el inminente final de aquella jornada.

Veintitrés años después, habiendo sido interrumpida en aquél ahora, la jornada ha sido reanudada en éste, en el que la relato. Pero reanudada sólo por mí, que, aunque también tengo parte en aquel ahora, sigo vivo y, como quien dice, jugando a que el viejo se anime a regresar por un rato de la muerte para que la reanudemos. No obstante, en realidad, estoy tan sólo en esto y en este ahora como él en su tumba. De modo que ya no hay jornada. O la hay, si se quiere; sólo que de muy otro tipo. Una que, habiendo empezado en aquél ahora, se ha transformado en este ahora narrativo. Ciertamente, Ahora, en el hades de este amasijo, no está el viejo Rangel; sólo yo, que me encuentro con su espectro y que, en la medida en que lo alimento con la sangre consciente del lenguaje, adquiere, hasta donde la ausencia del viejo lo permite, ser prestado de mi memoria: el viejo es hasta donde el recuerdo me deja ser su ausencia. No se puede hacer más por los espectros. Ni ellos más por nosotros que prestarse a esta interacción entre presencia y ausencia. Porque los espectros son en el ahora desde el que se proporciona ser al ahora en que fueron, y quien narra no puede ser más en aquél, en el que ya fue y en el que lo sido, por sido, es de su propio espectro. No tendría caso que el viejo volviera de la tumba, pues también yo, que sigo vivo, soy, por ausente, un espectro en aquel ahora que alimento desde este en el que escribo. No es la muerte lo que nos convierte en espectros, sino la ausencia que sigue a nuestro pasar mismo, como la cola al cometa, y del que la muerte no es más que su desintegración. De modo que, en realidad, como digo, no reanudo aquella jornada. Sólo agrego a aquél, su ahora, lo que en este ahora —en que, escribiéndola, la recreo— pienso y me separa de él; por cierto, tanto como la ausencia misma del viejo me separa del viejo en el pasar, al tiempo que nos une en el narrar. 

A continuación, lo que no dije en aquel ahora de la jornada que relato y que, habiendo transcurrido en la misma mesa en que lo hago, ha debido esperar veintitrés años para ser, no reanudada, pero, al menos, terminada. Primero, no debí haberme planteado un trabajo en torno a la cuestión filosófica y, en todo caso, de empeñarme en algo así, debí haberme inventado un trabajo sobre Kant, Hegel o Marx. Eso decían los que me sacaron el culo, como era de esperar en una escuela de neokantianos, neohegelianos y neomarxistas que acaso no tenían la más puta idea de que lo eran, pero sí de que, como buenos neokantianos, neohegelianos o neomarxistas, que Nietzsche era un loco de mierda que nadie podía tomarse en serio. Pero te diré algo, viejo; de este Nietzsche, del que siempre se dijo que era mejor filósofo fuera que dentro de Alemania —bien que lo saben españoles y latinos, por cierto— se puede decir cualquier cosa, incluso que es fuente para el nazismo, tal y como me lo enrostraron los excelsos progresistas de aquella escuela de cuyo nombre no quiero acordarme y a la que sólo se va a enseñar que la historia es una ciencia para aprender que no lo es. Pero lo que nadie puede negar es hasta qué punto, gracias al lenguaje —que no otro era el famoso martillo con que el que filosofaba— penetró la existencia temporal. Desde Parménides y Platón, la filosofía ha sido una forma de enfrentar al demonio del tiempo y el pasar, y la metafísica un conjuro. Pero la hay del tipo que no enfrenta al demonio, pues es el demonio mismo en actitud de filosofar. Zaratustra nunca te dirá de dónde vienes ni a dónde vas, porque no es una narración acerca del pasar, sino el pasar narrándo-se a sí mismo. Todo Nietzsche consiste en la misma metáfora: el laberinto de la temporalidad. Desde este punto de vista, el sujeto tiene párrafos tan brillantes como, también, los tiene tediosos. Pero, cualquiera sea el apego o la repulsión que inspire, ese loco de mierda marca toda la literatura filosófica de Heidegger a Foucault. Para la fenomenología y sus epígonos —que son muchos más de lo que solemos sospechar— es tan caro o más que el mismísimo Agustín. Y qué decir de los surrealistas: le deben mucho más de lo que a Freud o Bayron. Los existencialistas, esos fenomenólogos de posguerra, le deben más al loco de mierda que al mismísimo Kierkegaard, del que son de alguna manera epígonos. Y el postmodernismo, de White a Ricoeur −por hablar de lo más valioso− rezuma leche nietzscheana por los cuatro costados. La creciente llama filosófica de Bergson a finales del siglo XIX, que tanto debe a su obsesión por el tiempo y la memoria, la apagó Einstein al principio del XX, como quien sopla una vela. Mientras que el eco de los martillazos de este loco de mierda siguen retumbando en las paredes del XXI. Pero en esa escuela de historia, a donde se debería ir menos a fichar el pasado, y más a plantar cara literaria y filosófica al mismísimo demonio del tiempo y el pasar, no se tiene la más puta idea de todo esto. Allí sólo se va a aprender que la historia es una ciencia. Y cuanta razón tienes, viejo: enseñar es el mejor modo de comprender lo que no se comprende. Y es allí a donde me fui, es decir, me regresé; a una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme y a dónde sólo se va a enseñar que la historia es una ciencia, para aprender −enseñándola− que no lo era. Esto es a lo que, ahora, en este mismísimo ahora, llamo, con toda propiedad, largarse a la mismísima mierda, pero al revés, en retroceso.

Durante los siguiente veintitrés años, de esto hablaría con el viejo Rangel en más de una oportunidad; sobre todo en nuestros cada vez más reiterados encuentros en El Mesón, a los que seguramente habré de referirme en más de una ocasión a lo largo de esta historia. Pero aquella noche, la víspera de mi regreso de Buenaventura, no hablamos más del asunto. Ya cansado, el viejo se fue al chinchorro. Yo, que me quedé un rato más en la mesa, frente a la botella vacía y el mugroso cerrado, ya me encontraba otra vez del otro lado del muro. Inevitable pregunta: ¿cómo se enseña historia? ¿recitando de memoria los libros de historia que uno lee? ¿o relatando lo que uno imagina acerca de lo que lee y, sobre todo, de lo que no lee? Supuse que siempre sería algo a medio camino entre ambas cosas. Pero lo que sí no podría imaginar nunca es cómo se hace para enseñar la ciencia de la historia. ¿Cómo hacer de un tema de memoria e imaginación, un problema de teoría y método? Dicho en otras palabras, tal y como se lo preguntaría ahora al viejo Rangel ¿cómo hacer de la experiencia temporal mera epistemología? Es como empobrecer la hermenéutica hasta quedarnos con la mera heurística.

Los ronquidos del viejo Rangel se sumaron a los del viento y el rumoreo marino, dándole a la noche ese tono humano artificioso, del que normalmente no disfruto, ya que los míos, como es obvio, no los puedo escuchar. Vencido por el sueño, me dispuse a echarme en el catre. Pero antes, me quedé mirando al mugroso, que seguía cerrado en la mesa cuando me levanté. Hoy me parece una suerte de amasijo en miniatura, del que nunca me deshice, ni siquiera aquella noche en que lo pensé por primera vez, luego de haber enterrado a Perro, compartir con Mudito el intenso aguacero, y estar hasta muy tarde bebiendo y charlando con el viejo Rangel. Ya en la madrugada había optado, como siempre había hecho, por conservarlo. Y sólo ahora creo saber por qué. Si ese cuaderno actuaba como una suerte de barrera que me impedía seguir escribiendo más allá de borrones, notas y tachaduras. no era tanto por impotencia, como por cinismo y burla respecto a mí mismo como posible escribidor. Casi treinta años después, guardando las diferencias relativas que el tiempo y la experiencia imponen, sé que mucho de lo que va en este amasijo lo debe al mugroso. No hay que dejarse engañar por diferencias de estilo y de contenido. Para comenzar, por decir cualquier cosa, Rangel aún no estaba muerto, lo cual cambia de modo significativo mi percepción de él como personaje de esta historia. Sin embargo, más allá de todas las páginas que pueda agregar —y, a los efectos, me he hecho de unas cuantas resmas que guardo en el cuarto del fondo— ello en nada cambiaría lo esencial: si el amasijo es el cuerpo que engordo con una historia imposible, el mugroso es el imposible mismo. No hay otro muro. Sólo de ello puede ser símbolo. Borrones, notas, tachaduras. Así se mofa y mofará siempre del escribidor; si hasta puedo escuchar su huchear de fantasma oculto entre los bosques del indecible silencio que pretendo desafiar. Hoy lo digo así: si el mugroso me parece un amasijo en miniatura, el amasijo me parece un mugroso gigante.

Lo cierto es que, antes de irme a dormir, tomé el cuaderno y, en lugar de lanzarlo a la papelera —que, en verdad, nunca he tenido— lo metí en el bolso que recién había preparado para emprender mi regreso. Al poco rato, estando ya más del lado del sueño que de la vigilia, me encontré volcado boca abajo, tal y como solía hacer en la ensenada, diciéndome con una voz cada vez más lejana y que no parecía mía: los adecos te trajeron a Buenaventura y la revolución te ha sacado de ella, tal y como diría el viejo Rangel al día siguiente, al partir, muy temprano en la mañana, como si hubiese estado metido en mi sueño.

Desde entonces hasta hoy; desde la ausencia de aquel ahora al que tiendo los hilos de mi narración desde el ovillo de éste, he aprendido que, en realidad, uno no se larga a la mismísima mierda; al menos no en línea recta; sino que siempre se sigue, según el capricho del laberinto temporal en que consistimos, yendo a y viniendo de ella. La mismísima mierda no está en el destino que cree alcanzar lo que se mueve, sino en el movimiento mismo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.