Los adecos te trajeron a Buenaventura y la revolución te ha sacado de ella —dijo entre risas el viejo Rangel, en el momento en que el autobús se ponía en marcha, la mañana en que nos fuimos de Buenaventura. Lo hicimos con el convencimiento de que, por mi parte, no volvería jamás. Y, cuando, veintitrés años, volví, en efecto, tal convencimiento fue lo primero que recordé: intacto, como si esos años no hubiesen pasado y sólo yo hubiese envejecido, ese convencimiento seguía allí, pleno en su inutilidad, paseándose ocioso y burlón por la memoria de quien alguna vez lo hiciera suyo. Pasa que para recordar no basta pasar. Se precisa, también, de envejecer; es decir, morir, dejar se ser lo suficiente como para contemplar aquello en lo que una vez se puso tanto empeño y hoy se venga de nuestra voluntad con su indiferencia. Lo cual me indica que la mismísima mierda no está aquí o allá, sino en el movimiento mismo de las cosas yendo y viniendo. No es un destino, sino ls mueca del pasar mismo creyendo hacernos de uno. Es el sello de nuestra temporalidad.
Ahora, siendo el futuro de aquél pasado, me toca, pues, verme volver de Buenaventura convencido de que jamás volvería a Buenaventura, y esto hacer desde este ahora —narrativo— en que, veintitrés años después, pese aquél convencimiento, he vuelto a Buenaventura. Y he de hacerlo como arte y parte que soy de una misma historia; ésta, la que escribo, acerca del hecho de narrar historias. Con lo cual, me va quedando cada vez más claro que el tiempo es la cada vez más engorrosa yuxtaposición de momentos basados en la memoria y que nos deja ver el pasar finito a través del infinito prisma de los ahoras. Tenemos una idea muy ingenua del pasado y del futuro, determinada por las formas adverbiales del pasar a las que queda sujeto y delimitado el ser temporal según sus respectivas acepciones: lo que ya no es y lo que aún no es. Pero uno se va curando de ello a medida que advierte que, en realidad, somos, a un mismo tiempo, lo uno y lo otro. Día a día, hora a hora, segundo a segundo, o cualquiera sea el instante infinitesimal que imaginemos, a la hora de ser —temporalmente hablando— no hay separación real entre pasado y futuro. Esto sólo es posible en la dimensión narrativa de las historias, sólo en cuya ficción puede el pasar gozar de esas formas adverbiales que, aplicadas por la presencia a la expectación y a la memoria, colocan al futuro adelante y al pasado atrás. Pero, en realidad, nada hay delante ni atrás; nuestra presencia en y ante el pasar siempre es, a un mismo tiempo, futuro de lo que ya no es y pasado de lo que aun no es.
No se ha penetrado el ser de la mismísima mierda hasta que uno se dispone a regresar por el mismo camino por el que se ha largado a ella. Y no se termina de advertir cuánto uno ha arribado a ella, hasta que se empiezan a deshacer los nudos que te atan a ella. Regresar es como largarse, pero en retroceso, y con la diferencia de que no lo mueve a uno la voluntad y el ímpetu de la largada, sino la resignación y el cálculo del regreso. Lo más curioso es haber tenido que volver a Buenaventura para saberlo, y que me tomara más de veinte años en ello. Pasa que la existencia, además de finita, es corta. Lo largo es comprender tal cortedad en el haz infinito de sus posibilidades, que, más allá del mero durar, la convierte en arte y parte del laberinto. Por eso el tiempo es el único modo de penetrar nuestra finitud y mortalidad. Es el concepto lo que nos hace temporalmente aptos para comprender nuestra finitud y mortalidad en tanto que parte del pasar total. No se trata de cuánto dura lo que existe, sino de cómo, para vivir su duración, ha de hacerlo muriendo, y de cómo, para morirla, ha de hacerlo viviendo. Sé muy bien que la forma verbal —morirla— no es correcta, ya que morir es intransitivo. Pero es la única que en este premeditado contexto narrativo puede tener sentido. Y nunca tuvo más sentido el morir que cuando advertimos que vivimos muriendo, ya que, sólo así, es posible morir viviendo. No hay otro modo de ser histórico que asumir narrativamente nuestra temporalidad. Cuando se entiende esto, hemos alcanzado el hacho de nuestra propio existir, desde el que cada quien atisba el inmenso mar de la mismísima mierda y, para dejar constancia de su conciencia, hace sus señales de fuego a la nada cósmica.
Ahora bien. Antes mencioné los nudos que me ataban a Buenaventura y las cosas con las que tuve que romper tras mi partida. En mi caso, los tales nudos estaban en las cosas más elementales que habría que romper: el chinchorro, Perro, Mudito. Y digo cosas a romper, y no con las que hay que romper, como normalmente decimos, porque para romper con algo primero hay que romperlo en nuestro propio haber, y es a esto último, precisamente, a lo que aquí me refiero. Por eso no incluyo en el rompimiento cosas como el mar, o los cerros, que siempre me han hecho un sitio en la ensenada. Esas nunca se rompen. Es uno el que se va rompiendo frente ellas, mientras las admira en su permanencia aparentemente estática. Tampoco incluyo los vientos, que es el modo en que el pasar se hace cargo de cuanto se rompe existiendo.
En esto del rompimiento, tengo que incluir, sí, el chinchorro. Que, en mi caso, es lo más cercano a lo que Bergson llamara la curvatura del alma; sobre todo si se tiene en cuenta que yo nunca he tenido una. Ni siquiera puedo, pues, ser un desalmado. Aparecí materia y, hasta ahora, sólo me voy desmaterializando. Al menos en mi caso, el no tener alma no es carencia, sino naturaleza. En cierto modo coincido con el vampiro literario. Sólo que, a diferencia de éste, sí que me reflejo en los espejos; y lo suficiente como para que el cadáver que en potencia soy no pueda privarme del espectáculo de mi envejecimiento. Puesto en los zapatos de Dorian Grey, no he sido nunca más que el retrato. Frente al espejo, el vampiro literario es siempre un narcisista frustrado. Y yo no más que la máscara temporal de un cadáver en potencia.
Empero, y pese a haber estado tentado a ello en más de una oportunidad, a este cadáver en potencia no puedo llamarlo alma. Y no sólo porque no sea eterno —y sí, por el contrario, la negación de toda eternidad— sino, mucho más que eso, porque ese cadáver en potencia es la imposibilidad de separar conciencia y cuerpo: es lo que soy, la materia misma en su proceso. Después de todo ¿qué más se puede esperar del proceso que es la vida sino la gracia de morir completo? Es cuestión de inteligencia inherente a la existencia temporal misma; sin lo cual, no hay gracia. Ese chinchorro es, pues, la curvatura del alma que no tengo. Y como sea que Bergson nada dice del alma, sino de su curvatura, entiendo yo que ésta es lo importante, y aquella lo de menos.
De hecho, el chinchorro no se rompió nunca. Quedó allí colgado. Tal y como lo dejé aquella mañana en que me fui de buenaventura, y que para no volver nunca, lo conseguí veintitrés años después, a mi regreso, en mi cuarta venida a Buenaventura, cuando hube de cambiarlo por uno nuevo. Ya que, sí, estaba deshecho, hasta en su curvatura. Sólo que hube de tocarlo para darme cuenta de ello y sentir cómo lo desleía entre mis dedos. El verbo desleír no es aquí el más apropiado, ya que implica la disolución de algo sólido en un líquido, que no es el caso. Sin embargo, en su pretérito imperfecto equivale a desleer, que, por supuesto, no existe. Empero, de ser posible tal acción, volver a tocar aquél chinchorro fue como desleer el libro de su curvatura, que, años atrás, tanto sueño y molicie había puesto yo en leer. En todo caso, esta forma verbal imperfecta, pero que, leída como verbo incorrecto, me satisface mucho más metafóricamente que su autorizada imperfección gramatical, es la forma más sublime de romperse de una curvatura sin alma: sentir esos hilos que, antes de llegar a tener ser en la memoria, eran polvo de la deslectura imposible de mis dedos. No se puede pedir más a un ahora pasado que con tanta generosidad tributa a este ahora narrativo.
Por su parte, Perro se rompió por sí mismo. A ese ahora tampoco puedo pedir más. Es como si con su muerte la víspera de mi largada en retroceso, el perro me hubiera ahorrado la ruptura por mi parte y dejado sólo la tarea de recoger los pedazos aquella mañana, cuando lo enterré en el montarral atrás de la ensenada. Los perros son así; inteligentes hasta el conmovedor extremo. Luego siguió Mudito, esa misma mañana, cuando yo emergía del montarral, cabizbajo y con mi pala de enterrador al hombro, mientras iba pensando en lo que ahora —es decir, entonces— me empujaba a volverme de la mismísima mierda por donde mismo había venido. Entonces clavé la pala en la arena, como si lo hiciera en el corazón de la mismísima mierda.
Si de lo que se trata es de esperar la muerte —ya sabes, por mi no hay prisa— y lo que realmente deseas es quedarte, Romero, sólo tienes que negarte a la salvación de la que te ha hacho objeto el viejo Rangel; estamos juntos en eso. Eso decía el cadáver que en potencia soy. Nunca me ha terminado de convencer del todo ese tono condescendiente que a veces emplea en lo que dice. Pero ese día no reparé en ello. Sólo en su decir. Y hoy, veintitrés años después, el mismo cadáver me lo recuerda, con las mismas palabras, cuyo ecos resuenan en las cuevas de mi memoria, donde revolotean como murciélagos por entre sus paredes y sombras. Lo cual era tan cierto como ese sol que, aquel día, pese a la nubosidad, se iba haciendo paso a codazos, acaso para ser testigo de la certeza contra la que me había colocado mi propio cadáver en potencia. Es más —insistía— quien se ha negado a la salvación divina y, orgulloso de su autocondena, tanto se ha ejercitado en el desprecio a la mostrenca eternidad ¿a cuenta de qué flaquear ante una oferta de mucho menor calado como la del viejo Rangel pretendiendo encaramarte en el estrado? Se trataba del típico toque de exageración, casi cómico, que solemos poner en los argumentos con que pretendemos convencernos de algo de lo que aún no estamos convencidos.
Pasa que el viejo Rangel es humano —demasiado humano— y que por su intermedio no habla el soso decir de la eternidad, sino el demonio de la temporalidad. Y yo me he contagiado. En este preciso momento en que ahora lo escribo, sólo tengo una forma de decirlo: el mismo demonio que una vez tentó a Adán a comer del árbol prohibido me tienta a mí a escribir libros. Es tan simple como eso. Si se me hubiera ocurrido antes, el viejo Rangel se habría ido a la tumba más que complacido. Aunque, en realidad, esta historia, como cualquier historia —incluso las sagradas— no es el fruto del pecado, sino el pecado mismo en pleno ejercicio narrativo. Al menos esto lo tengo claro. De su dios Adán sólo podría decir lo que de Frankenstein su engendro: tú me has creado; pero yo soy tu dueño. Empero ya sabemos que este Adán no es más que un pusilánime, Algo así como un engendro ingenuo y chiquito; lo más parecido a un niño, como le gustan las criaturas a este dios. Si me hubiera creado a mí, se las vería con un viejo vampiro que se refleja en los espejos de su morir completo, y que —lamentablemente para este dios— le hace su sitio en esta historia acerca del hecho de escribir historias. Pasa que, para ser tales en su eternidad, los dioses, primero, han de ser personajes en el todo temporal de una narración. Este es el talón de aquiles que hace de cada uno de ellos el gran talón de la eternidad. En todo caso, este dios no puede haber creado el tiempo, ya que ha sido creado por él y desde él. Por suerte para este dios, no soy su criatura, sino, más bien, él la mía. De lo cual no puedo arrepentirme. De haberme creado, sería este dios el que, a estas alturas, se habría arrepentido. Creado en acto narrativo, no es este dios, sino el tiempo, lo que da dimensión —histórica— a la existencia. Dicho en otros términos, no he sido creado, sino desafiado por el pasar a darme ser. A diferencia de esta silla o esta mesa, no tengo destino alguno. Más me valdría, hacerme de uno.
Pero esto lo pienso ahora, cuando, veintitrés años después, me veo, como digo, en el ahora de aquella mañana en que me fui de buenaventura, tras haber enterrado a Perro, y haberme quedado viendo a Mudito mientras se acercaba. Tampoco entonces hubiera podido describir, como ahora, a Mudito cuando, de súbito, reparó en la pala clavada en la arena: se palalizó. No es error, aún cuando pueda lucir aberración. Pasa que no tengo otra manera de referir el lenguaje corporal del muchacho durante el prolongado rato en que permaneció viendo la herramienta clavada en el suelo y sobre cuya empuñadura descansaba mi mano mientras lo observaba acercarse y, de repente, se detuvo a un escaso metro de distancia. Ciertamente, se paralizó. Pero, además, más allá de la parálisis, su pose, su gesto y su mirada eran de palo; como los de la pala en cuyo empuñadura descansaba mi mano. La pregunta que procede acá, como es obvio: ¿acaso puede un palo tener y disponer de cosas como pose, gesto y mirada? Por supuesto que no. Pero si tal cosa fuese posible, el palo en cuestión sería lo que Mudito en el momento en que se paralizó. Al permitirme aludir esta posibilidad, el lenguaje es evidencia de ello. Por eso el tropo, en cualquiera de sus formas: metáfora, sinécdoque, o metonimia: para penetrar una realidad ante la que la lógica desespera y se agota. De manera que —insisto— Mudito se palalizó.
También podría decir que la tristeza lo empaló. Y ahora que lo menciono, por cierto, creo que la tristeza tiene ese poder; al menos es lo que percibo en este momento, cuando me veo aquella mañana tras pasar la mayor parte de la noche en vela y despertar junto al perro advirtiendo que había muerto sentado. Y, como sucedería mucho tiempo después con el viejo Rangel, Perro también tuvo su velorio en el que me tocó ser el único deudo; sólo que no podría haber establecido la analogía hasta después de la muerte del viejo. Al que también enterré; aunque bien lejos de aquí, en un montarral a más de trescientos kilómetros de la ensenada. Pero, al fin y al cabo, montarral, y del mismo atrás que sigo siendo en este ahora narrativo.
Este verme en este ahora narrativo viendo a Mudito en aquella mañana de nubosidad agrietada por la luz, me sugiere que el antes y el después no son meros puntos fijos del transcurrir, sino, por el contrario, lo propiamente dinámico de nuestra presencia en su percepción del pasar. Si somos capaces de percibir el pasar como ese transcurrir de cosas en curso que normalmente llamamos acontecer, es gracias a estas formas adverbiales con que la conciencia temporal lo asocia a un punto ficticio: fijo, congelado, inamovible; pero que lo distingue del movimiento puro. Ficticio, desde el punto de vista de la realidad del pasar, pero realista desde el punto de vista narrativo, ya que sólo sujeto a narratividad puede tener significado el movimiento, cuya realidad por sí misma nada dice. Si el tiempo está en las formas temporales del verbo, el pasar lo está en las formas modales del adverbio. Pero tal fijación del pasar a partir de un antes y un después, no se limita al punto por sí solo, sino que implica la intencionalidad de percibir el ser en curso de una determinada cosa. De manera que, en realidad, el antes y el después, más que puntos cronológicamente fijados, son visuales o puntos de mira, sólo desde los cuáles es posible apuntar al todo y hacer del mero pasar un acontecer.
Dicho en otros términos, más allá de su fijación cronométrica, el antes y el después conforman la visual de la presencia en y ante el pasar, desde la que se configura una parte del devenir total como acontecer; es decir, se le asigna al devenir forma de hecho, como parte de un todo específico en curso. A dicho todo se le puede llamar vida, haber, biografía, historia, etc. Como quiera que se le llame, requerimos de este todo narrativo, configurado a partir del antes y el después, para existir históricamente. Esta posibilidad de configurar el pasar a partir de nuestra propia temporalidad y, con ello, identificarlo desde nuestra propia presencia de un modo especifico,, la debemos a la más elemental de las facultades de los entes temporales con memoria y conciencia de tiempo: determinar y concebir a un mismo tiempo eventos que han tenido lugar en tiempos distintos.
Hay aquí, pues, en esto que ahora relato, un antes y un después entre los que media más de veinte años; veintitrés, para ser un poco más exacto. Pero, a su vez, en aquél ahora, el relatado, también hay un antes y un después de Mudito, cuando apareció a lo lejos con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro, que se le fue, con rostro y todo, a la mismísima mierda no más llegó y se palalizó. De la misma manera que también hay un antes y un después del yo parte del mismo relato, cuando presencia a Mudito palalizarse. Sólo que, en ambos casos, para que esto sea así, en aquél ahora narrado, el antes y el después son determinados como tales en este ahora —narrativo— en el que escribo mi relato; que es el ahora −y no ya aquél− al que corresponde interpretar la gesticulación de Mudito con la metáfora del palo. En otras palabras, es la metáfora de hoy la que ilumina, de un modo específico, el pasar que, a tales efectos, es comprendido en un determinado ayer de hace veintitrés años. En este sentido, todo ahora narrativo es, por definición, configuración, desde el futuro —ausencia que el pasar ha convertido en presencia— de ahoras pasados —presencia que el pasar ha convertido en ausencia. La percepción del pasar implica siempre esta relación presencia-ausencia. Desde este punto de vista —el de la visual del antes y el después— el pasado-presente-futuro con el que concebimos y percibimos el pasar es una dialéctica de los ahoras. De manera tal que, más que un diálogo entre pasado y presente, la historia, que también lo es del futuro, es una hermenéutica.
Todo lo cual me confirma en mi obsesión de que la existencia temporal es el propio laberinto al que el pasar —vida y movimiento— empuja la conciencia: la vida está allí para interpretarla; no para descubrir—nos su sentido más allá de ella, sino para que le asignemos uno viviéndola en nuestro morir, o muriéndola en nuestro vivir. Esto es lo que hace de la conciencia temporal esa máquina de expectación, percepción y memoria de la que dependemos los entes temporales para existir históricamente. El eterno presente de Joyce —o el triple presente de Agustín— no es un instante o segmento continuo, sino la más completa y abigarrada confluencia día a día de expectación, percepción y memoria, que jamás alcanzamos desentrañar del todo. Aún así, hay que pretender que lo hacemos; vivir como si lo hiciéramos, pues es la única manera de darnos ser histórico, que es lo que la existencia exige a los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad. No nos debemos a más allá alguno. Con semejante tarea como la que nos impone el laberinto al que hemos sido arrojados temporalmente y reta nuestra finitud y mortalidad, es más que suficiente. Por eso vivimos muriendo y morimos viviendo; no para perder el tiempo buscando un dios, sino para ganarlo como ser —histórico. No es la idea de dios la que da ser, mucho menos vida eternba, sino el tiempo, que nos los da a la vez que nos lo quita, pues es la única forma de ser históricos. Sólo que, para que nos los dé, primero hemos de crearlo —narrativamente hablando. El ser histórico es narratividad respecto de nuestra entidad temporal. Y toda historia, un manual del laberinto.
Por lo demás, no se puede salir del laberinto en el que hasta los dioses mismos, por trascendentes y/o omnipotentes que se los pueda imaginar, no son sino rehenes de temporalidad. Lo cual, por cierto, es mucho más lógico de lo que la teología nos deja suponer. Pues no se participa de la existencia temporal para salir de ella, ni para trascender-la, sino para darle algún sentido, tan histórico como la existencia misma. Lo que es muy otra cosa. Si, como hasta ahora ha quedado demostrado, el pasar no lleva a ninguna parte distinta del pasar mismo, es porque existir temporalmente sólo puede encontrar sentido —histórico— en sí mismo. Por eso nos hacemos de un futuro, con lo cual no nos estamos garantizando un más allá del laberinto, sino nuestro propio haber sido en el mismo. No vivimos al son de un destino predeterminado de antemano, sino que al vivir nuestra muerte y a morir nuestra vida, nos hacemos del que nosotros mismos, intencionalmente, forjamos. Esto no se aprende en el Antiguo Testamento, ni en el nuevo. Tampoco en el Corán, ni en ninguno de esos monumentos sacro-míticos de las llamadas culturas del libro; sino en Heródoto, Tucídides o Polibio.
Mucho me temo que esto sea apenas el esbozo de cosas sobre las que habrá que volver una y otra vez a largo de esta historia. Pero no me preocupo mucho por ello. Cuando sea, será. Por ahora sólo pienso que el pasar es, en esencia, el modo en que todo se va a la mismísima mierda; eso es el movimiento, que tanto horror inspira al Platón que todos llevamos dentro. Y yo creyéndome muy original con mis idas y venidas a Buenaventura. Se puede saber todo acerca de las cosas que se van a la mismísima mierda −y son todas, incluido el todo en el que creemos comprenderlas− menos cómo lo hacen. No es tan simple y obvio como montarse en un camastro con ruedas y rodar trescientos y no sé cuántos kilómetros hasta Buenaventura y volverse por donde mismo se arribó. En el proceso, la cosas no caminan, no corren, no vuelan. Tampoco caen, por empujón o tropiezo, ni se estrellan contra el suelo con el propósito de romperse. Si de la mismísima mierda se trata, hablamos de un irse sin distancia, un lejos a la vuelta de la esquina, un llegar sin fondo ni reposo. La piedra muda de un decir arrojada contra el negro cristal del silencio, al que tanto se refería Beckett: puede que largarse a la mismísima mierda no sea sino eso. En todo caso, se trata una suerte de transfiguración. Si no me equivoco, dícese del estado en que Jesucristo se apareció a tres de sus discípulos en el monte Tabor. Y puede que sea lo que el demonio del pasar hace a través de todas las cosas: transfigurarse en el monte de la mismísima mierda ante las cosas mismas.
Mientras pienso en ello como forma de perpetrar este ahora continuando esta historia, Mudito, en aquel ahora, dejó de ver la pala, y yo hube de dejar de ver a Mudito para seguir su mirada lanzada en derredor y que se perdió en la lejanía que a ambos nos circundaba aquella mañana nubosa y agrietada de luz. Un cada vez más amenazador anuncio de lluvia iba subsanando las grietas con porciones de nubes cada vez más grises. Alguna vez llamé a esas nubes que preludian tormenta sábanas de hospital. Pero, vistas desde este ahora, lo único que tienen de hospital es el ser algodones con los que el cielo intentaba contener aquella mañana una hemorragia de luz. Lo que a la postre lograría, con total éxito; hasta que, por fin, reventó el aguacero.
Mientras Mudito trataba de adivinar dónde había quedado Perro, yo soltaba la pala y señalaba con la mano hacia atrás de mí, al lugar en que había enterrado al perro. Y como quiera que no lograba que el muchacho fijase su mirada hacia donde yo señalaba, me acerqué hasta él, tomé su mano, la apunté en la dirección apropiada y puse su cabeza en la misma línea. Por fin, Mudito se quedó quieto. Por un momento hizo el amague de ir hasta el sitio señalado. Pero, al final, no se movió. Volvió a fijar la mirada en la pala, que ahora estaba de largo a largo en el suelo. Entonces lo solté y, con un un paso atrás, tomé la pala y retorné a mi posición inicial. Desde allí quedé mirando la figura de Mudito, ahora confundida en la opacidad del ambiente.
Tal y como esperaba, el cielo se había nublado por completo. Densas nubes se movían y cambiaban de forma; la punta de los cerros circundantes se internaban en las más bajas. El brillo de la arena se apagó con el soplo húmedo de los vientos, y yo me quedé mirando el gris ir y venir del mar que quedaba a espaldas de Mudito. En fin, el tiempo anunciaba tormenta. Pero no el tiempo al que me vengo refiriendo, sino el que designa las condiciones meteorológicas; el temporal o mal tiempo, Sin embargo, el tiempo de nuestra temporalidad también puede anunciar y desatar temporales, como el que yo venía atravesando desde la noche anterior con la muerte de Perro y que continuaba aquella mañana con la palalización de Mudito. El tiempo no sólo da ser; es parte del ser mismo que da.
Acaso fuese por eso que se me ocurrió que aquel anuncio de tormenta también habría podido interpretarse como un modo de homenajear a Perro. Lo cual, literariamente hablando, habría sido, como pensaba en ese momento, mucho más interesante para esta historia. Pero, en realidad, intimidado como estaba por el cada vez más temible anuncio, opté por advertir a Mudito que el temporal se nos venía encima y convencerlo de que lo mejor sería largarnos de allí antes de que reventara el aguacero. Esto también es una forma de largarse a la mismísima mierda, antes de que el temporal te vuelva mierda. Y, casi que de inmediato, una fuerte brisa comenzó a soplar sobre nosotros, como si la inminente tormenta se hubiera propuesto sacarnos a empujones de la ensenada; su ensenada, el espacio que reclamaba libre de nuestra presencia para terminar de reventar y caer a plenitud. No todas las caldas son como las de Adán, ni representan el fracaso. También las hay grandiosas, plenas y muy por encima de las alturas desde la que cae lo que se precipita. Esto tampoco se aprende de escritura sagrada alguna; sólo de la lluvia. Bueno, y también de Frankenstein y las lecciones morales que el científico ha de aprender de su propio e infame engendro.
Mudito seguía sin moverse. El mar se encrespó, y en la cima de los cerros comenzaron a roncar los truenos. Yo me impacientaba. ¿Me estás oyendo, Mudito? Pregunté, al tiempo que con una mano tomaba la pala y con la otra empujaba al muchacho para emprender el camino de regreso. Pero nada. Hube de tomarlo por el brazo y ponerlo a caminar delante de mí. Igualmente absorto, Mudito caminaba maquinalmente y sin oponer resistencia. Cuando llegamos al promontorio rocoso, ya había reventado el aguacero. Entonces lo detuve, al iniciar la subida hacia las rocas: oye, Mudito, ten cuidado, ya sabes lo resbalosas que se ponen ¿Recuerdas aquél día, en que por poco y fuimos a parar allá abajo? Mejor atravesar esta vaina en cuatro patas. No es muy edificante, pero sí más seguro. Y, en efecto, nos agachamos e hicimos la travesía según lo indicado. Agárrate duro, Mudito. El mar estaba picado y nos salpicaba al golpear en las rocas bajas. La lluvia arreciaba y el agua nos chorreaba por la cara y los cabellos. Yo no apartaba la vista de las manos del muchacho. Aunque confiaba en su destreza, me preocupaba que, dado el estado en el que andaba, cometiese alguna torpeza. Por mi parte, hube de soltar la pala. Cuando por fin terminamos la travesía, del otro lado el aguacero había amainado. Nos miramos las ropas empapadas. Su atuendo era de un lamentable rojo rojito. Iba a decirle cuánto lo lamentaba, por él. Pero Mudito enseguida volvió la vista al promontorio, toda vez que advirtió que yo venía sin nada en las manos. Sí, —dije, mientras exprimía la gorra— necesitaba las manos para agarrarme. Sigamos a la casa. Pero Mudito seguí sin moverse. Estaba temblando de frío, con la franela roja pegada al cuerpo, la gorra chorreando agua por el borde de la visera y atrapado por unos brazos que no parecían suyos y lo circundaban como animales largos y huesudos. Era la desolación en dos patas. ¡Vamos, pues! Entonces fue la desolación en dos patas caminando delante de mí.
Para cuando llegamos, habla cesado el aguacero. Antes de arribar, vi al viejo Rangel asomado a la puerta de la casa. ¡Señor palo de agua! —exclamó— y me acercó la taza en la que bebía. La cotidiana frase retumbó en mi interior: así como la tristeza empala, los aguaceros apalean. Creí que era café —dije, mientras devolvía la taza a sus manos y advertía que se trataba de ron. Eso para después —concluyó el viejo— al tiempo que hacía un gesto de brindis al muchacho. ¿Tú no quieres un poco? —preguntó a Mudito. Te vas a resfriar. Un trago te hará bien. Mudito lo miró sin decir palabra, Pero no porque fuera mudo, sino porque de nuevo lo palalizaba la tristeza. Me di cuenta porque era la misma mirada que hacía rato había estado lanzando en la dirección en que yo le había indicado haber enterrado a Perro. Entonces me miró por un instante y, de súbito, salió corriendo. Lo observé hasta perderse, como siempre, en las postrimerías del malecón, donde ya no era posible distinguir entre desolación y lejanía.
¿Y a éste qué bicho lo picó? —preguntó el viejo Rangel mientras pasábamos a la casa. Que está palalizado —respondí. ¿Que está qué? —insistió el viejo entre asombrado y risueño. Olvídalo —me limité a decir. ¿Quieres un palo? —preguntó entonces el viejo. Por supuesto. Falta que me hace. Y nos sentamos ambos a la mesa. Otra forma de ser palo entraba en escena; esta vez para designar el rigor del aguardiente. Pero yo pensaba en Mudito, desdibujado en una lejanía en la que también yo me iba desdibujando a medida que se consumaba mi partida de Buenaventura. No tenía duda de cuánto había afectado a Mudito lo del perro. Pero, al mismo tiempo, me preguntaba si aquella huida repentina había sido la despedida. De hecho, no volvería a verlo hasta que volví, veintitrés años después. Y no importa cuánto hoy aún me lo pregunte. No lo sabré nunca. Es algo por sí mismo insignificante. Sólo el no saberlo le da alguna significación a estas alturas.
Y es lo que me pone a pensar en cómo seria esta historia de ser contada desde otras perspectivas distintas a la mía; como por el Mudito que salió corriendo esa mañana y al que no volví a ver hasta veintitrés años más tarde, o por la pala que dejé arrojada peñasco abajo y en medio del aguacero —y que también es muda, por cierto. Algo imposible de determinar respecto de quien, como Mudito o la pala, son personajes en esta historia. Pues Mudito o la pala no dicen; más bien son mi decir, o lo son en la perspectiva narrativa que impongo a esta historia para ser tal. Lo cual no quiere decir que Mudito o la pala no dirían lo que yo digo que dicen. Es más, hasta puede que, en esto, sea yo, si no el más verdadero, al menos el más verosímil de los narradores. Pero el punto acá es que soy yo el que dice lo que ellos dicen —incluso lo que dejan de decie— como modo de contribuir al todo del que sólo yo, en mi decir, y no ellos en el suyo, puedo ser intencionalmente consciente. Mudito, la pala y yo participamos del pasar —con lo que por igual nos vamos yendo día a día a la mismísima mierda— pero no lo presenciamos de la misma manera. Todos, reales o ficticios, somos personajes de un devenir que, percibido y configurado históricamente, ha devenido acontecer y, en tanto que tal, se debe al todo temporal y narrativo al que intencionalmente tributa. Toda historia es eso: un acto de presencia en y ante el pasar determinado por la especificidad del todo que identifica al que la narra como ente temporal. Toda historia es única e irrepetible. Ni aun cuando yo mismo volviese a narrarla, esta historia sería la misma, porque lo sería no de éste y único, sino de muy otro ahora narrativo.
Mudito, o la pala, hacen y dicen cosas en esta historia. Más no están en lo que hacen o dicen, sino en lo que yo narro. No importa a los efectos cuán reales o ficticios pudieran ser. Si contaran esta historia, se trataría de otra historia, aunque versase sobre lo mismo, y en la que serían su propio decir, sujetos, como narradores, a la perspectiva que habrían de autoimponerse para ello. Eso de que los personajes de una historia adquieren vida propia tiene algún sentido sólo hasta cierto punto y, particularmente, en lo que atañe al desarrollo del proceso mismo de su escritura; más allá de lo cual raya en rimbombante exaltación emocional de dicho proceso y que obvia lo más esencial del acto narrativo: soledad total en responsabilidad total; digo, haciendo uso del modo en que Sartre definía la libertad.
Más bien, los personajes de una narración son como los espectros con los que Odiseo se encuentra en el Hades y que vagan en el olvido sin saber quiénes son, de dónde vienen ni a dónde van, y que, momentáneamente, recuperan la memoria gracias a la sangre prestada que el héroe les ha proporcionado. Así es cómo los personajes de una narración adquieren vida propia: con la sangre prestada de una presencia, que es lo que Odiseo simboliza en este pasaje de la Odisea. No otra cosa hace el narrador que remontar el leteo de su propio pasar. Y esto es hazaña que, como Odiseo, hay que acometer en soledad total y en responsabilidad total. Escribir una historia es un viaje al hades de la ausencia en el que, siendo, consiste el pasar. Y la porción de expectación, percepción y memoria de que el narrador se vale para ello, no es otra cosa que la sangre narrativa con que han de ser reanimados sus espectros.
En realidad, nunca hay versiones de una misma historia acerca de un mismo objeto en curso, sino las mil y una historias posibles que se lanzan a desgarrarlo con el propósito de tejer con los jirones ese posible todo temporal que llamamos ser histórico y que sólo tiene de ser la ficción de un determinado sentido, pero que nos es fundamental para existir —históricamente. Desde este punto de vista, toda historia es ficcional —en el sentido que le atribuye Gibbon cuando afirma que todo en ella es imaginación— incluso las más rigurosas y verdaderas; sobre todo las más rigurosas y verdaderas, respecto a las cuales hay guardar más recelo y suspicacia, como bien advierte Aristóteles en la Poética. Y si es ficcional es única: presencia en acto narrativo; voluntad que remonta el leteo del pasar que la separa del hades de la ausencia. Y, por cierto, hades del que tampoco se vuelve jamás, salvo que, como Odiseo, el escribidor logre sobrevivir a la misión que él mismo se ha impuesto como tal.
¿En qué piensas, Romero? —preguntó el viejo Rangel. Cuánto me gustaría haber estado pensando en aquél ahora en el que el viejo pregunta, lo que pienso en éste en que lo escribo sin que el viejo pueda tener ya la mas puta idea de lo que pienso; ni siquiera de cuánto, como digo, hubiera querido estarlo pensando para decírselo y disfrutar de cuánto él hubiera agregado para procesarlo completo. Quererlo así también es parte de este ahora —tanto como lo que pienso y escribo— pero lo hace inseparable de aquél en el que el viejo pregunta por lo que yo pensaba en aquél ahora y no por lo que pienso en éste. Inseparables ahoras que, por lo imposible de unirlos, forman parte de una misma historia de la que, en este ahora, siento estar escribiendo sólo la mitad de la que hubiera escrito si en aquél ahora, del que a su vez formo parte, hubiera yo estado pensando en lo que digo: soledad, responsabilidad, hades, leteo, espectros, sangre… y ese sombrero del todo y del que, gracias a la magia del narrar, siempre sale el conejo del ser —histórico— que el tiempo da. Así es la dialéctica de los ahoras: magia que arrastra en una misma corriente de ficción presencia y ausencia. Ficción sin la cual sería imposible existirt; o sea, ser el no ser del devenir en que consistimos en tanto que entes temporales.
En que nos vamos mañana —fue cuanto respondí a la pregunta del viejo Rangel por lo que yo pensaba. Era eso en lo que pensaba: Perro, Mudito, pala… Entonces levantamos las tazas en que bebíamos nuestro ron y brindamos por ello. Luego, enseguida reconocí ese brillo en los ojos del viejo por haberme colocado en el camino correcto. Y, aun cuando yo no estuviese tan seguro de que esto fuese así, me había entusiasmado a creerlo así, por el simple hecho de estar el viejo Rangel de por medio. Y en verdad que no me arrepiento de ello. Pues, gracias a ello, de alguna manera he aprendido que, tratándose de caminos, ninguno puede ser correcto, porque todos son posibles, y el que se sigue es sólo inevitable, por el simple hecho de seguirlo y porque, a la postre, nos tocará apreciarlo como un destino. Pero sólo a la postre. Ya que, en realidad, nada hay predestinado en el pasar. Muy a diferencia de lo que pretenden los dioses —esa suerte de pecadores al revés destinados a la eternidad— en el laberinto de la existencia temporal —en el que el futuro no es sino el camino más corto para arribar al pasado— todo es más bien posdestinado.
Me levanté por un momento. Fui hasta el cuarto del fondo y tomé aquél cuaderno —el que ahora llamo el viejo, en contraposición al amasijo, que ni siquiera es cuaderno y no le he dado tiempo de envejecer en la quietud del desuso. También lo llamo el mugroso. Mas esto no tiene nada que ver con el desuso, sino con el haber andado pegado a mi, como parte de la mugre existencial que implica el andar mismo por los confines de la mismísima mierda. Acaso porque estaba viviendo la víspera de mi partida, la de mi largarme en retroceso, no lo puedo asegurar; lo cierto es que, por primera vez, pensé en la posibilidad de deshacerme de él, como si fuera la prueba del delito de haberme largado a la mismísima mierda alguna vez.
Sin embargo, de regreso al salón, cuando miré al viejo, que, sentado a la mesa, seguía bebiendo en silencio, me dio por implicarlo en el asunto. Entonces volví con el cuaderno y, al tiempo que me sentaba en la silla, lo arrojé sobre la mesa. El mugroso quedó en medio de los dos, mostrando sus bordes carcomidos y su cuerpo hinchado, como el de un animal muerto. El viejo miró al cuaderno, luego a mí, y de vuelta al cuaderno. Lo llamo el mugroso —dije. Luego, tras terminar de un solo trago lo que quedaba en la taza, agregué: he cargado con él, de un lado para otro, desde que salí de la universidad —un poco antes, quizás. Hasta hoy, nunca había pensado deshacerme de él. Y, sin embargo, no sé cuántas veces he debido salvarlo del cesto de la basura. Y no será por lo que va apuntado. Sólo notas y tachaduras. Debe ser por la manía de cargar siempre con él por lo que nunca me he desecho de él. Es parte inseparable de mis idas y venidas a la mismísima mierda. Pero, como mañana nos vamos, debe ser por eso que hoy lo he pensado. También lo usaba para apuntar los nombres que ponía a las personas y las cosas. Una suerte de obsesión por la nomenclatura. No sé por qué, pero siento que hay algo mágico en los nombres que se asigna a las cosas. Para bien o para mal, nombrar algo es un conjuro.
¿Hablas en serio? —preguntó el viejo. Por supuesto que sí. ¿Por qué, si no, por ejemplo, al perro lo llamé Perro? Si lo piensas —al perro, quiero decir— y lo observas bien, no cabía llamarlo de otra manera. Perro era el único nombre digno de su condición de perro; pero, sobre todo, de cómo ejercía como perro. No sé cómo explicarlo mejor. En todo caso, lo que quiero decir es que no empiezas a conocer a alguien hasta que sabes su nombre, o hasta que le asignas uno realmente apropiado para tu conocer. Y, aunque no vuelvas a saber de ese alguien, ya lo das por conocido para siempre. Y si sigues sabiendo de ese alguien durante diez años más, te será imposible imaginarlo con un nombre distinto. Se dirá que en ello está la fuerza de la costumbre. Pero quién asegura que no en otra cosa consiste el conjuro que en ese posicionamiento ante el otro, gracias a su nombre, o al nombre que uno mismo, como otro, le asigne. Como digo, no puedo explicarlo mejor. Pero los nombres apuntados allí es lo que hace a esas personas personajes inolvidables para mí. Y, ahora que lo pienso —concluí— quizás se trate de eso: la diferencia entre persona y personaje la hace el nombre. El viejo entonces estalló en una carcajada, ante lo que calificó de curiosa dialéctica. Luego agregó: pero tiene sentido. Después de todo, persona viene del latín persōna, con el que se alude a la máscara de los actores en el teatro, o al personaje teatral mismo y su papel; es decir, la personalidad, El término latino viene del etrusco φersu, y este del griego πρόσωπον prósōpon.
Acostumbrado como estaba a la erudición del viejo Rangel, para nada me extrañaron aquellas precisiones. De hecho, en ese momento le dije: no sé qué voy a hacer cuando no estés. Un amigo se consigue en cualquier parte; mira a Perro, aunque ya no esté. Pero quien resuelva detalles tan áridos como los de la etimología, es otra cosa. ¡Bah! Para eso están los diccionarios —acotó el viejo. Sí, es cierto —repliqué— sólo que con los diccionarios no se puede compartir un palo; son un palo. Bien —concluyó el viejo— entonces sigamos palalizándonos, que todavía nos queda con qué. Y, acto seguido, sirvió otras dos tazas. Como digo, en aquél ahora, no me extrañaron aquellas precisiones etimológicas. Pero vistas a la distancia, desde éste, se las siente como venidas de otro mundo; acaso a importunar una molicie que, como ahora bien sé, no es sólo mía, sino que comparto con toda Buenaventura. Tras hacérselos escribir al viejo en una hoja en blanco amarillento del mugroso, me gravé aquel etrusco φersu, así como el prósōpon griego, con los que desde entonces suelo jugar cuando me cruzo con las personas, toda vez que, como los personajes que son —que somos— más me intereso por el ser de su máscara que por la máscara de su ser.
Estuvimos durante un largo rato riendo y pasando las páginas del mugroso, llenas, como digo, de notas y tachaduras acumuladas durante años y en total desorden. El señor ojos blancos, manos de noche. ¿Y ese quién es? —preguntó el viejo Rangel, tras haber pasado las primeras paginas. Montenegro. ¿No te acuerdas? Trabajé para él. Primero como su chofer. Lo cargaba del carro a la silla de ruedas, y viceversa. Luego me envió aquí, a Buenaventura, como policía. Yo era sus ojos y oídos. Sólo que antes de yo ver y escuchar, él murió. Antes, me dejó esta casa, que nunca terminó. Primero lo llamé señor tablas. Supongo que por lo tieso y seco. En fin, no se me ocurrió nada mejor. Hasta que un día lo vi en el fondo de su propia muerte. Ya sabes, lo muertos miran sin mirada, porque no la necesitan. Sus manos eran blancas hasta el artificio; como crisantemos en la noche. Pero el viejo Rangel no escuchó nada de esto último, sacudido, como estaba, por una estruendosa carcajada, cuando leyó: el señor tequeño; érase una vez un tequeño gigante movido por un marcapasos. ¿Te acuerdas del gordo; el dueño de la lunchería, abajo, junto a la entrada del edificio donde yo vivía? Otro muerto. En este caso, sí que asistí al sepelio. Aunque a tres cuadras del final del cortejo.
Luego nos detuvimos en algunos otros nombres. El señor manos de rana, para designar a Medina. La señora tetas nalgas secas, para la vieja que en Buenaventura preparaba el mejor café del mundo. Tras matar a Medina, hube de irme de Buenaventura, para lidiar con los asuntos legales que el evento implicaba. Entonces, no volver a tomar ese café fue una de las cosas que más lamenté. Y cuando, al poco tiempo, regresé de nuevo a Buenaventura, fue una de las cosas que mas me impulsó a hacerlo. Pero la vieja había muerto. Poco tiempo después viene este viejo de mierda a salvarme. ¿De qué? —pregunté. No lo sé. Supongo que de ti mismo —respondió el viejo Rangel, mientras, con gesticulación ridícula e infantil, batía el cuaderno muy cerca de mi cara.
Para el viejo Rangel, ese cuaderno era evidencia de mi perdición Pero creo que poner nombres a las cosas era como apropiármelas, en tanto que personajes de una historia que no era mía, y en la que yo mismo hacía de policía. Narrarla la habría arruinado como escenario, y a mí mismo como personaje. Yo prefería vivirla. Y, en cierto modo, lo sigo sintiendo así. Seguir vivo sólo ha servido para seguir contando muertos —viejo Rangel incluido— y agregar algo más al enclenque mugroso; como quien dice, para que engorde, hasta convertirse en obeso amasijo. Entre lo uno y lo otro ha de haber una diferencia sustancial. Debe ser que sólo matando se aprende que una cosa es el acto de dar muerte, y muy otra la acción de narrarlo.
A Susana, sin embargo, nunca asigné nombre alguno. No sé por qué. Ni siquiera lo intenté. Pero siempre he pensado que, de haberlo hecho, no se me habría ocurrido alguno. A veces pasa. El nombre ha de ser perfecto, encajar como anillo al dedo en lo nombrado; convencerte de que no habría otro posible, y de que no hay otra manera de que lo nombrado tenga algún sentido. No obstante, siempre me he preguntado si, en el caso de Susana, la pasión no tuvo algo que ver en ello y haya actuado en mí como una inhibición. Me gustaba verla en la ensenada a la luz de la luna, dormir con ella en el chinchorro y, en la madrugada, mientras permaneciera despierto fumando, escuchar su respiración. Sentí por ella lo que por un cachorro cuando te mira, vivaz; que juega a morder y sale corriendo. Cuando me pidió matar a Medina, supe que, también para ella, era yo un ejecutor. No me tomé en serio su demanda. Pero cuando se vino a la casa, que echó al mugroso a la basura y cambió mi pocillo de peltre por una taza de porcelana, supe que, además de ejecutor, tenía dueño.
Además de ello, Susana no quería ver a Perro ni a Mudito por los alrededores. Nada de eso me gustó. En realidad, a la postre, nunca hubo forma de poner nombre a algo así. Dulcinea, hubiera estado bien, de haber habido en mí algo de Don Quijote. Pero para cuando pensé en ello, Susana se había marchado y no la he vuelto ver nunca más. El día que maté a Medina, mi historia aquí en Buenaventura había terminado. Cuando volví, sólo encontré a Mudito, como siempre, pateando sus arenas, y a Perro, que se había instalado en la casa hasta ese día, en que llegó el viejo Rangel, con nueva urdimbre para la trama de un regreso y un litro de ron en la mano.
Cuando apareció el nombre del perro, el viejo se detuvo y puso el índice sobre el papel: Perro —dijo, sonriendo. Perro —acoté— es un perro que hace el papel de perro. Todavía no me encuentro con otro que lo haga mejor que él. Era y, aunque enterrado, todavía lo es —precisó el viejo Rangel. Al final, el cuaderno quedó cerrado, en el centro de la mesa. Entonces el viejo, tras beber lo que restaba en la taza, preguntó por qué no lo había hecho. ¿Hacer qué? —pregunté yo. Echarlo al cesto la basura —dijo el viejo, mientras señalaba con el dedo al mugroso quieto en centro de la mesa. Es que ni siquiera tengo cesto —respondí, y quedamos por otro rato en silencio. Luego agregué: puede que ahora estés reconsiderando cuán bueno podría ser para eso de escribir libros.
Serví otro par de tragos. Acto seguido, levanté la botella, dejando el fondo a la vista, en clara señal de que apenas quedaba para una ronda más. Entonces intercambiamos la lúgubre mirada de borracho que corresponde en tales casos, y volví la botella a la mesa. Tras lo cual el viejo reanudó la charla, imprimiendo cierta gravedad a lo que decía. Lo que nunca estuve seguro de atribuir al reproche o a la ironía. Razón por lo cual, pese a la turbulencia etílica que envuelve mi recuerdo, pero que también es el recuerdo mismo, me empeño en transcribir sus palabras y las mías con la mayor exactitud. Aunque sé que algo así es imposible. El recuerdo es vínculo presencial entre dos ahoras temporales contaminados por la intención de un haber sido. Nada se recuerda al margen de esta conciencia intencional.
Nada hay que reconsiderar. Pero sí te puedo decir que ese cuaderno simboliza el muro que has levantado ante ti mismo desde que saliste de la universidad —concluyó el viejo. Se detuvo para beber de un golpe lo que restaba de ron en su taza, y luego agregó: y no sé por qué te has empeñado en algo así −concluyó de nuevo. Miró el fondo vacío de la taza, como si buscara allí las razones de mi empeño. ¡Qué sé yo por qué coño te has empeñado en ello! Lo que si puedo decir es que fuiste el más lúcido alumno que pasó por mis manos. Así lo pensaba entonces y así ahora. Por eso he venido hasta acá. Te lo aseguro. Me conoces bien. De no ser así no lo habría hecho. Pasa que, pese a tí, sigo empujando en la misma dirección; aunque tú lo hagas en sentido contrario. En fin. Si me hubieras hecho caso, Romero, ya serías profesor de planta. Aunque no lo creas, la ventaja de enseñar es que se aprende muchísimo más de lo que realmente se enseña. Y ello por el simple —y no siempre grato— hecho de pretender hacer comprensible lo que uno mismo no comprende. Es un curioso arte.
Por mi parte, no tenía razón alguna para dudar de la sinceridad del viejo. Ni siquiera de la autenticidad de lo que decía. No obstante, pese al halago, el tono grave que, como digo, nunca he sabido si imputar al reproche o la ironía, me incomodaba. Y aunque recuerdo muy bien que traté de disimular aquella incomodidad —pues no hacerlo me parecía descortés— ahora no sé hasta qué punto lo logré. El viejo nunca dijo nada al respecto. Sólo regresando de su tumba —aquella en la que yo mismo lo enterré, muy a pesar de mi y de él— podría hacérmelo saber. Y cuánto me gustaría que lo hiciera, para satisfacer la expectativa que este ahora me genera acerca de aquél. Como se ve, la expectación no es sólo en relación al futuro; en relación con lo que aun no es, sino, también, en relación con que ya no es, precisamente, porque ha sido sin saberlo y, para saberlo, hemos de ir al pasado con la misma expectativa con la que lo hacemos al futuro. En este sentido, por sí mismo, todo ahora pasado carece de aquello que sólo es posible ver desde el ahora futuro. Cuanta razón tiene el héroe de Gardel que adivina el parpadeo de la luces que a lo lejos marcan su retorno. Si el futuro no es sino presencia mordiéndose la cola de su pasado.
Como digo, no quise mostrar mi incomodidad. Aunque, ahora que lo pienso mejor, no sé si fue esto, precisamente, lo que hice con mi elaborada respuesta. En cualquier caso, primero la anuncié, como para que el viejo se dispusiera a escucharla completa: Está bien, viejo —comencé. Sólo que yo no he levantado muro alguno que ya no estuviera allí, entre la academia y yo. Lo único que he hecho desde que salí de la universidad es colocarme del otro lado; eso sí. Es decir, del mío. ¿Quieres saber cómo se sale de una escuela en la que se enseña que la historia es una ciencia para aprender que no lo es? Yo mismo te lo voy a explicar. Presentas una tesis sobre filosofía de la historia, que es tanto como desafiar la molicie cientificista de la casi absoluta mayoría- Ya sabes, hablamos de una ciencia basada en una ficha bien hecha. Es fácil darte cuenta de tu impertinencia, por el modo en todos coinciden en sacarte el culo. Y cuando estás a punto de renunciar y largarte a la mismísima mierda sin haberte graduado siquiera, alguien te salva en la raya —allí entras tú— y, para graduarte, te enjuician los que te sacaron el culo. El resultado es que, a duras penas, puñetazos en la mesa incluidos, te otorgan un lánguido distinguido —cuando a lo mejor hasta lo que merecías era ser reprobado— y ya estás listo; ahora sí, para irte a la mismísima mierda; sólo que con diploma y todo. Como decían por allí, salí con honores de policía. Y, después de todo ¿no me vine aquí, a Buenaventura, como si fuese uno? ¿Un qué? —preguntó el viejo Rangel. Un policía —respondí. ¡Ah, eso!.
Yo sentía que había ido al meollo del asunto y que, de esta manera, quedaba zanjado. Pero el viejo continuó. De tal manera que, si no lo paro, me hubiera hecho arrepentirme de la decisión que ya había tomado de volverme con él. Cuando dijo: lo que pasa es que tú también, Romero; mira que escoger precisamente a Nietzsche ¿es que no habían otros? Yo me limité a interrumpir con un gesto que indicaba que no quería hablar más de ello, y a señalar con el dedo el fondo de la botella, que anunciaba el inminente final de aquella jornada.
Veintitrés años después, habiendo sido interrumpida en aquél ahora, la jornada ha sido reanudada en éste, en el que la relato. Pero reanudada sólo por mí, que, aunque también tengo parte en aquel ahora, sigo vivo y, como quien dice, jugando a que el viejo se anime a regresar por un rato de la muerte para que la reanudemos. No obstante, en realidad, estoy tan sólo en esto y en este ahora como él en su tumba. De modo que ya no hay jornada. O la hay, si se quiere; sólo que de muy otro tipo. Una que, habiendo empezado en aquél ahora, se ha transformado en este ahora narrativo. Ciertamente, Ahora, en el hades de este amasijo, no está el viejo Rangel; sólo yo, que me encuentro con su espectro y que, en la medida en que lo alimento con la sangre consciente del lenguaje, adquiere, hasta donde la ausencia del viejo lo permite, ser prestado de mi memoria: el viejo es hasta donde el recuerdo me deja ser su ausencia. No se puede hacer más por los espectros. Ni ellos más por nosotros que prestarse a esta interacción entre presencia y ausencia. Porque los espectros son en el ahora desde el que se proporciona ser al ahora en que fueron, y quien narra no puede ser más en aquél, en el que ya fue y en el que lo sido, por sido, es de su propio espectro. No tendría caso que el viejo volviera de la tumba, pues también yo, que sigo vivo, soy, por ausente, un espectro en aquel ahora que alimento desde este en el que escribo. No es la muerte lo que nos convierte en espectros, sino la ausencia que sigue a nuestro pasar mismo, como la cola al cometa, y del que la muerte no es más que su desintegración. De modo que, en realidad, como digo, no reanudo aquella jornada. Sólo agrego a aquél, su ahora, lo que en este ahora —en que, escribiéndola, la recreo— pienso y me separa de él; por cierto, tanto como la ausencia misma del viejo me separa del viejo en el pasar, al tiempo que nos une en el narrar.
A continuación, lo que no dije en aquel ahora de la jornada que relato y que, habiendo transcurrido en la misma mesa en que lo hago, ha debido esperar veintitrés años para ser, no reanudada, pero, al menos, terminada. Primero, no debí haberme planteado un trabajo en torno a la cuestión filosófica y, en todo caso, de empeñarme en algo así, debí haberme inventado un trabajo sobre Kant, Hegel o Marx. Eso decían los que me sacaron el culo, como era de esperar en una escuela de neokantianos, neohegelianos y neomarxistas que acaso no tenían la más puta idea de que lo eran, pero sí de que, como buenos neokantianos, neohegelianos o neomarxistas, que Nietzsche era un loco de mierda que nadie podía tomarse en serio. Pero te diré algo, viejo; de este Nietzsche, del que siempre se dijo que era mejor filósofo fuera que dentro de Alemania —bien que lo saben españoles y latinos, por cierto— se puede decir cualquier cosa, incluso que es fuente para el nazismo, tal y como me lo enrostraron los excelsos progresistas de aquella escuela de cuyo nombre no quiero acordarme y a la que sólo se va a enseñar que la historia es una ciencia para aprender que no lo es. Pero lo que nadie puede negar es hasta qué punto, gracias al lenguaje —que no otro era el famoso martillo con que el que filosofaba— penetró la existencia temporal. Desde Parménides y Platón, la filosofía ha sido una forma de enfrentar al demonio del tiempo y el pasar, y la metafísica un conjuro. Pero la hay del tipo que no enfrenta al demonio, pues es el demonio mismo en actitud de filosofar. Zaratustra nunca te dirá de dónde vienes ni a dónde vas, porque no es una narración acerca del pasar, sino el pasar narrándo-se a sí mismo. Todo Nietzsche consiste en la misma metáfora: el laberinto de la temporalidad. Desde este punto de vista, el sujeto tiene párrafos tan brillantes como, también, los tiene tediosos. Pero, cualquiera sea el apego o la repulsión que inspire, ese loco de mierda marca toda la literatura filosófica de Heidegger a Foucault. Para la fenomenología y sus epígonos —que son muchos más de lo que solemos sospechar— es tan caro o más que el mismísimo Agustín. Y qué decir de los surrealistas: le deben mucho más de lo que a Freud o Bayron. Los existencialistas, esos fenomenólogos de posguerra, le deben más al loco de mierda que al mismísimo Kierkegaard, del que son de alguna manera epígonos. Y el postmodernismo, de White a Ricoeur −por hablar de lo más valioso− rezuma leche nietzscheana por los cuatro costados. La creciente llama filosófica de Bergson a finales del siglo XIX, que tanto debe a su obsesión por el tiempo y la memoria, la apagó Einstein al principio del XX, como quien sopla una vela. Mientras que el eco de los martillazos de este loco de mierda siguen retumbando en las paredes del XXI. Pero en esa escuela de historia, a donde se debería ir menos a fichar el pasado, y más a plantar cara literaria y filosófica al mismísimo demonio del tiempo y el pasar, no se tiene la más puta idea de todo esto. Allí sólo se va a aprender que la historia es una ciencia. Y cuanta razón tienes, viejo: enseñar es el mejor modo de comprender lo que no se comprende. Y es allí a donde me fui, es decir, me regresé; a una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme y a dónde sólo se va a enseñar que la historia es una ciencia, para aprender −enseñándola− que no lo era. Esto es a lo que, ahora, en este mismísimo ahora, llamo, con toda propiedad, largarse a la mismísima mierda, pero al revés, en retroceso.
Durante los siguiente veintitrés años, de esto hablaría con el viejo Rangel en más de una oportunidad; sobre todo en nuestros cada vez más reiterados encuentros en El Mesón, a los que seguramente habré de referirme en más de una ocasión a lo largo de esta historia. Pero aquella noche, la víspera de mi regreso de Buenaventura, no hablamos más del asunto. Ya cansado, el viejo se fue al chinchorro. Yo, que me quedé un rato más en la mesa, frente a la botella vacía y el mugroso cerrado, ya me encontraba otra vez del otro lado del muro. Inevitable pregunta: ¿cómo se enseña historia? ¿recitando de memoria los libros de historia que uno lee? ¿o relatando lo que uno imagina acerca de lo que lee y, sobre todo, de lo que no lee? Supuse que siempre sería algo a medio camino entre ambas cosas. Pero lo que sí no podría imaginar nunca es cómo se hace para enseñar la ciencia de la historia. ¿Cómo hacer de un tema de memoria e imaginación, un problema de teoría y método? Dicho en otras palabras, tal y como se lo preguntaría ahora al viejo Rangel ¿cómo hacer de la experiencia temporal mera epistemología? Es como empobrecer la hermenéutica hasta quedarnos con la mera heurística.
Los ronquidos del viejo Rangel se sumaron a los del viento y el rumoreo marino, dándole a la noche ese tono humano artificioso, del que normalmente no disfruto, ya que los míos, como es obvio, no los puedo escuchar. Vencido por el sueño, me dispuse a echarme en el catre. Pero antes, me quedé mirando al mugroso, que seguía cerrado en la mesa cuando me levanté. Hoy me parece una suerte de amasijo en miniatura, del que nunca me deshice, ni siquiera aquella noche en que lo pensé por primera vez, luego de haber enterrado a Perro, compartir con Mudito el intenso aguacero, y estar hasta muy tarde bebiendo y charlando con el viejo Rangel. Ya en la madrugada había optado, como siempre había hecho, por conservarlo. Y sólo ahora creo saber por qué. Si ese cuaderno actuaba como una suerte de barrera que me impedía seguir escribiendo más allá de borrones, notas y tachaduras. no era tanto por impotencia, como por cinismo y burla respecto a mí mismo como posible escribidor. Casi treinta años después, guardando las diferencias relativas que el tiempo y la experiencia imponen, sé que mucho de lo que va en este amasijo lo debe al mugroso. No hay que dejarse engañar por diferencias de estilo y de contenido. Para comenzar, por decir cualquier cosa, Rangel aún no estaba muerto, lo cual cambia de modo significativo mi percepción de él como personaje de esta historia. Sin embargo, más allá de todas las páginas que pueda agregar —y, a los efectos, me he hecho de unas cuantas resmas que guardo en el cuarto del fondo— ello en nada cambiaría lo esencial: si el amasijo es el cuerpo que engordo con una historia imposible, el mugroso es el imposible mismo. No hay otro muro. Sólo de ello puede ser símbolo. Borrones, notas, tachaduras. Así se mofa y mofará siempre del escribidor; si hasta puedo escuchar su huchear de fantasma oculto entre los bosques del indecible silencio que pretendo desafiar. Hoy lo digo así: si el mugroso me parece un amasijo en miniatura, el amasijo me parece un mugroso gigante.
Lo cierto es que, antes de irme a dormir, tomé el cuaderno y, en lugar de lanzarlo a la papelera —que, en verdad, nunca he tenido— lo metí en el bolso que recién había preparado para emprender mi regreso. Al poco rato, estando ya más del lado del sueño que de la vigilia, me encontré volcado boca abajo, tal y como solía hacer en la ensenada, diciéndome con una voz cada vez más lejana y que no parecía mía: los adecos te trajeron a Buenaventura y la revolución te ha sacado de ella, tal y como diría el viejo Rangel al día siguiente, al partir, muy temprano en la mañana, como si hubiese estado metido en mi sueño.
Desde entonces hasta hoy; desde la ausencia de aquel ahora al que tiendo los hilos de mi narración desde el ovillo de éste, he aprendido que, en realidad, uno no se larga a la mismísima mierda; al menos no en línea recta; sino que siempre se sigue, según el capricho del laberinto temporal en que consistimos, yendo a y viniendo de ella. La mismísima mierda no está en el destino que cree alcanzar lo que se mueve, sino en el movimiento mismo.




