Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.
Carbonell ha expresado tal ambigüedad de la siguiente manera:
”la tendencia del espíritu griego al antropomorfismo favorece la emergencia de la historia ( .) se pierde la frontera entre leyenda y realidad. Cosa imposible en otras civilizaciones en la que los dioses supieron guardar más distancia, una especie de historia vaga fue elaborada, lanzada como un puente entre el presente de los hombres y el pasado de los dioses. Cuando el hombre devenga medida de todas las cosas, las historias se convertirán en historia.”...1
Ciertamente, pero al final un puente pese al cual la historiografía coloca al hombre a mirar hacia un mundo distinto de lo divino, ajeno a él, al margen de los dioses, a solas en la pretendida mirada racional con la que pretende contemplar el universo de lo humano. Así pues, entre el pensamiento mítico y el pensamiento histórico se extiende el espacio del pensamiento y la cultura presocráticos, para nuestro gusto quizás todavía muy inseguro, un tanto agreste, pero entre cuyos más tardíos pobladores esta la reciente historiografía.
Podríamos intentar ser un poco más precisos, centrarnos en el siglo V, auge de Atenas. En parte resultado de los más rápidos y profundos cambios históricos que hubiera conocido la polis hasta entonces ¿es de extrañar el que la Grecia Clásica tuviera un historiógrafo, es decir, alguien que, como Heródoto, prestara atención a ese pasado inmediato del que la ve surgir? Acaso lo extraño sea, precisamente, que no haya habido más de uno. Y, ciertamente, como se ha afirmado, es posible pensar que tras diez años de guerra contra Persia y que se tradujeron en la consolidación de la autonomía griega y la hegemonía ateniense en Grecia, hayan impulsado el interés por conocer la historia de ese significativo pasado reciente. Sin embargo, los escritos de Heródoto se remontan a un tiempo muy anterior a las guerras médicas y abarcan aspectos mucho más amplios que este conflicto bélico. Además, pese a la simpatía que Heródoto deja traslucir respecto a la democracia ateniense, nada autoriza a pensar que el propósito de dichos escritos sea, como, por ejemplo, el de la historiografía nacionalista moderna, el de ensalzar y legitimar el proceso de independencia griega a costa de la condena del enemigo persa. En este sentido, no se puede afirmar, pues, que la inicial historiografía griega obedezca a un requerimiento ideológico de este tipo, al menos. La historiografía, como tal, hizo su aparición en un escenario cultural que no parece tener para ella propósito específico predeterminado, nada a qué servir, como será, posteriormente, por ejemplo, la moral para la tardía historiografía romana, la religión para la apocalíptica historiografía cristiana, o el nacionalismo para la historiografía política del mundo Moderno y Contemporáneo.
No tenemos ninguna certeza acerca del entusiasmo que puedan haber suscitado los escritos de Heródoto en su època. Podemos imaginar, quizás, grupos de espectadores sin duda atraídos por la curiosidad y el asombro que en ellos despertaran los relatos de tierras lejanas. Pero Heródoto no tuvo epígonos, no generó nada parecido a una escuela historiográfica, y cuando Tucídides retome el oficio se dedicará a algo muy distinto. ¿Comentarios respecto a la historiografía? Ninguno, salvo el bastante tardío de Aristóteles que, como sabio, opina que en el historia no hay sabiduría. La historiografía en sus orígenes y durante mucho tiempo es una isla intelectual en el extenso y profuso mar del humanismo de la Grecia Clásica. Nada en el mundo griego de la época, al parecer, la demandaba o exigía, al menos que se tenga al entretenimiento y la curiosidad por una exigencia.
Así como Heródoto, más etnógrafo que historiador, es el historiador de los orígenes de la Grecia Clásica, Tucídides, mas psicológico y abstracto, lo es de su final. Pero igual, también en este caso, sólo uno. Pareciera que, habiéndose apartado, hasta donde pudo hacerlo, de la imaginación mítica, el pensamiento histórico, en su afán de mostrar al hombre el reino de este mundo se topara de frente con el hecho de que el hombre, más que saber del mundo, necesita justificarlo, para lo cual la poesía, el arte dramático y la filosofía siguieron siendo mucho más útiles y eficaces.
Como sea, la historiografía hubo de inventar su propia necesidad de ser: recoger la mayor cantidad posible de hechos, husmear en el modo de ser y vivir de los hombres, indagar, sin más, la llamó Heródoto. No hay imperativo político, social o intelectual que arrastre al hombre al quehacer historiográfico, ni que haga de tal quehacer tarea digna del sabio. La historia se hace para ser leída en la plaza, en voz alta, de trozo en trozo. La historia no es el camino hacia la sabiduría, sino acaso una forma de desentenderse de ella. Más que el saber acerca de las cosas, la historiografía parece una forma de saber de ellas, sin penetrarlas, de tomarlas enteras para enterarse.
Este historiador originario sabe que el camino que se propone la historia, a diferencia del de la filosofía, nada sustancial sugiere a la humana posibilidad de conocer. Como cualquier vecino, piensa o siente que el hombre está condenado a un transcurrir y un quehacer temporal, pero no sabe a qué imputar esa condena. Según la poesía y el arte dramático, sabe que los dioses juegan un papel determinante en ello, pero tal papel no es de su interés fundamental. No obstante, también sabe que la mente de los hombres está llena de creencias absurdas, como el hecho de imputar las guerras a los raptos de mujeres. No es filósofo pero sí racional. Muy poco nos puede decir acerca del ser de las cosas, pero es capaz de discernir acerca de su acontecer y de desmitificarlo. Nadie hasta entonces se ha interesado por las apariencias y él se ha dispuesto a registrarlas una a una. Nadie aprende a vivir de memoria, pero él está dispuesto a salvar el recuerdo de las cosas. Es éste un extraño quehacer intelectual que abre un camino directo al espectáculo del devenir, se confunde con él y se pierde en él. Heródoto lo anduvo, y esto no es sólo metáfora, con el propósito de contemplar no al hombre, sino a los hombres: no al ser, sino a la cultura. Con él la historiografía es un sabio encogerse de hombros ante la sabiduría, la más natural distracción del ser ante los secretos impenetrables del ser y la naturaleza.
Hablando en un estricto sentido, la historia, en lo albores del oficio, es quehacer de vagabundo. afán por enterarse y anotar lo que, ya se sabe, dejará de ser. La única certeza que tiene el historiador sobre las cosas es la muerte de las cosas, la consigna de su desaparición en el espacio y el tiempo falso por perecedero, copia de una eternidad que carece de eternidad. Sólo las apariencias son temas de la historia. Más allá, una dimensión impenetrable, el final del camino donde hay que devolverse. ¿Y acaso no es la historia un ir y venir entre la vida y la muerte, el ascenso y la decadencia. el poder y la ruina? Ningún absoluto que desentrañar en su decurso. No hay, ciertamente, historia, sino historias. No una sabiduría, sino multiplicidad del relato. No hay un destino, sino mil y una versiones de la misma condena al destino. No hay verdad en la historia, aunque pueda haber pedagogía, y no sea lícito hablar de las cosas que no acontecieron.
El historiador piensa, como Heráclito, que el devenir es un todo, hecho de fuego y contradicción, y que todo es devenir. Pero, a diferencia de Agustín y Hegel, las cumbres de la teleología judeocristiana, no sabe para qué todo deviene. Su percepción de la realidad como entidad histórica quedó atrapada en sí misma, atravesada por una rígida esencialidad que nos recuerda a Parménides y la escuela de los eleatas, y nos aleja de la tentación de lo trascendente implícita en toda teleología. Se trata de una historia muy distinta de la que nos acostumbró a degustar el cristianismo, desprovista de progresos y metas, sin futuro ni salvación. Metafísicamente desierta, el hombre histórico de esta primera historiografía es uno que, como Sísifo, transita una y otra vez un segmento de tiempo interminable entre dos nadas.
Desde bastante antes de que Heródoto aparezca con lo que mucho tiempo después se conocerá como Los Nueve Libros de la Historia, el pensamiento griego ha venido cubriendo un trecho significativo de su evolución que lo ha preparado para cualquier cosa, incluso para algo tan metafísicamente insignificante como la historiografía, mucho más que la poesía y el teatro, formas artísticas características con las que coexiste y hasta comparte una misma concepción de la vida. La aparición de la historiografía forma parte del esplendor de la cultura griega, de su vitalidad presocrática, y si Heródoto hubiese intentado alguna forma de filosofía muy probablemente habría repetido antes a Heráclito que a Parménides, anunciado a Nietzsche antes que a Platón o a Hegel. Mientras que la historiografía es síntoma de su ascenso, la cima del pensamiento filosófico griego anuncia la decadencia de la cultura griega. Aristóteles es !a lápida intelectual bajo la que yacen sus mas notables e imperecederas manifestaciones del espíritu humano: la historiografía, entre ellas. Heródoto y la historiografía viven el presente de Pericles y el imperialismo ateniense. Aristóteles y la metafísica el de Alejandro Magno y la expansión macedónica. Aquél mira hacia el pasado heroico del que nace el espíritu heleno; éste hacia un difuso e indescriptible porvenir por el que el griego no sabe sentir interés alguno y que hoy conocemos como cultura occidental. Y si bien la cultura griega, ya no helena sino helenística, siguió ejerciendo un gran peso intelectual en esa enorme síntesis histórica entre oriente y occidente que es el Imperio Romano, fue más a través de la filosofía que de la historiografía. Así como produjo grandes filósofos y matemáticos, Alejandría no cuenta entre su lista de grandes pensadores un sólo historiador.. Mediocre o prácticamente olvidada, hasta Polibio no volveremos a ver al historiógrafo en la escena de la evolución intelectual del mundo antiguo en la persona de un gran historiador griego de Roma. Y, aunque influenciada por Aristóteles, su ”Historia Universal” lleva la marca indeleble del estoicismo. La historiografía romana es el subproducto de un helenismo tardío, desdibujado en el cosmopolitismo de un imperio que cada vez más depende del despotismo y el ejército que de sus sabios y sus instituciones. Sus historiadores, al igual que Heródoto, miran hacia un pasado glorioso, pero donde buscan, a diferencia de aquel, más que la recreación, el refugio, la justificación y hasta la regeneración de un presente corrompido. La historiografía romana es, como dice Carbonell, una obra colectiva sobre la grandeza y decadencia de Roma2. La historiografía se ha convertido en un dictamen de la moral. Así como con el cristianismo lo será de la teología, con el positivismo de la ciencia y así sucesivamente, la historia de la historiografía expresa las múltiples formas en que la historia pierde su libertad original para convertirse en respuesta a una necesidad que nada o muy poco tiene de historiográfica, el empeño atávico de dar con la verdad. Entonces. la historia de la historiografía, se dirá, es una tragedia griega. Algo de eso hay, o debe haber.
Tenemos un historiador que si nació, como suele afirmarse, en el año 484 a C y murió en el 425, vivió en el llamado Siglo de Oro o Siglo de Pericles, es decir en el siglo V, el primero de los dos siglos con que normalmente se identifica en Historia Antigua el periodo de la Grecia Clásica, el que se inicia con las guerras médicas, que marcan la independencia de Grecia frente al Imperio Persa y que, pasando por las guerras del Peloponeso, termina con la sumisión de ella frente al Imperio macedónico. Heródoto vive, pues, el momento inicial de este periodo, el del prestigio y poderío de Atenas como la mas alta cima política y cultural de todo el mundo heleno.
Este historiador griego nació en Halicarnaso (actual Bodrum. en Turquía) Era de noble familia y se cree que hacia el 457 a C fue exiliado por conspirar contra el gobierno de la ciudad, favorable a los persas. Y, ciertamente, de su obra, como se ha dicho, puede deducirse una indiscutible simpatía por el régimen democrático, pero nada que nos recuerde el tono melancólico del exiliado. Y esto es un primer contraste interesante si se piensa, corno siempre se ha afirmado, que un profundo sentido de pertenencia a la polis era característico del hombre griego antiguo. Los Nueve Libros expresan en la realidad del discurso histórico todo lo contrario del retorno de Ulises en la Odisea. Ese sentimiento de angustia y desarraigo que sólo logra superar el héroe de la Odisea al encontrarse de nuevo en casa, está por encima, anula cualquier fascinación proveniente de su experiencia frente a lo extraño y desconocido. Las Historias, por el contrario, nos hablan de un inspirado por curiosidad, de una mentalidad que para salir de casa no amerita ser requerido por grandes hazañas, porque, después de todo, el tiempo vivido de cada hombre es ya toda una hazaña digna de ser conocida.
De Halicarnaso probablemente Heródoto pasó a Samos desde donde comenzó sus viajes por Asia Menor. Babilonia Egipto y Grecia. La dirección y extensión de sus viajes no se conocen con exactitud, pero sin duda le proporcionaron valiosos conocimientos de primera mano de casi todo el antiguo Próximo Oriente. Hacia el 447 a C. llegó a Atenas, entonces el centro cultural del mundo griego, donde tuvo amistad con figuras tan distinguidas corrió el gran político ateniense Pericles y el dramaturgo Sófocles. En el 443 a C Heródoto se instaló en la colonia griega de Turios (Thurioi), fundada en el sur de Italia por iniciativa de aquél. Se dedicó el resto de su vida a completar su gran obra, conocida como Historias, cuyo título, como se sabe. deriva de la palabra griega historia (”investigación” ’búsqueda” ’indagación”).
Aparte de estos escuetos señalamientos, nada mas sobre Heródoto. En cuanto a su obra ésta es, como toda obra del mundo antiguo, una reconstrucción, y constituye la fuente fundamental, por única, de toda posible reflexión acerca de los orígenes del pensamiento historiográfico. La obra fue dividida por estudiosos posteriores en nueve libros, en cada uno de los cuales se encuentran referencias a los mas diversos tópicos de la vida (lo político lo social lo militar, lo religioso. lo filosófico, lo institucional, lo biológico, lo psicológico etc. ) de los diversos pueblos y culturas de los que va teniendo noticia Heródoto (medos, persas, asirios, babilonios, egipcios, indios, griegos etc.). A simple vista, los Nueve Libros constituyen un verdadero mosaico de narraciones, lo que permite ubicar a Heródoto dentro de un rango de valoraciones que va desde el comentarista disperso a un historiador de la cultura.
Pero acaso esta forma de valoración según espectro lineal no sea la más apropiada al caso y la obra de Heródoto ajuste mejor a esa perspectiva que Vayne3 ha calificado de geometral, para referirse al conocimiento histórico y en virtud de la cual los Nueve Libros nos ofrecerían una amalgama de aspectos, intrigas y puntos de vista del extenso campo que tocaron las indagaciones de Heródoto. El problema aquí estriba en precisar qué entendió Heródoto por Historia, en qué consiste la enorme distancia que separa su idea de la Historia de la nuestra. Y no es éste solamente un mero problema de contexto y época, sino, además. yo diría. para expresarlo en términos más modernos, pero también mas precisos y profundos, de método.
La indagación es, ante todo, ruptura con lo mítico, interés por lo humano al margen de lo divino. El mito reproduce una verdad simbólica y, por lo tanto, arquetípica. La indagación busca una verdad circunstancial, particular y, por lo tanto, histórica. En tal sentido, la indagación expresa una actitud intelectual a la que son inherentes al menos dos cosas: el desconocimiento de cómo viven otros hombres y, sobre la base de la conciencia que esta interrogante despierta, es decir, que otros hombres viven o pueden vivir de una manera diferente a la que yo conozco de mi mismo, la disposición a conocer esa otra manera de ser. La indagación es, por definición, una ruptura consciente y voluntaria respecto a lo mítico y, al mismo tiempo, con la idea de la unicidad de la especie. El objeto de las indagaciones de Heródoto es el todo de la cultura humana, incluyendo la geografía y el entorno ecológico en que esta tiene lugar. El pasado no constituye, por sí sólo, el objeto que define la indagación. Indagar el pasado es una forma, entre muchas otras, de saber del hombre.
Cuando Heródoto se propone indagar, se propone obtener alguna información (prefiero no hablar por ahora de conocimiento) no solamente sobre quiénes han sido los reyes egipcios o lidios, las batallas que han librado y los territorios que han perdido o ganado. También pretende enterarse de cómo piensan o cómo cuecen sus alimentos, así como de si existen allí animales o plantas desconocidos, dioses o formas de culto extraños, costumbres y tradiciones diferentes a las griegas. Heródoto no se ha preparado para indagar sobre una determinada materia, menos aún una determinada materia del pasado, sino para apuntar noticias acerca de la cultura humana. entre otras, inclusive, las relativas a su pasado. Basta que algo sea desconocido y extraño para que despierte su interés y conmueva su asombro.
La indagación, pues, se interesa tanto por lo muerto como por lo vivo, incluso por el modo cómo lo vivo sobrevive. persigue o es perseguido por lo muerto, Éste es, a mi gusto, uno de los aspectos más fascinantes de la obra; el modo cómo el pasado siempre, aunque no nos demos cuenta de ello, sigue estando obstinadamente presente en la vida de los hombres. Mas que un objeto por sí mismo de la indagación, el pasado es la impronta de la indagación acerca de lo humano. Para Heródoto es tan importante lo que ha dicho Hecateo, o algún rey todavía vivo como cualquier cosa que escuche al pasar por el más inadvertido escondrijo, o lea en la más olvidada y polvorienta esquela funeraria. Un sueño, un presagio o una mera historia de horror puede arrojar una idea más completa del hombre que lo que los hombres dicen que son. El enorme peso que en su relato tienen las caprichosas fuentes orales, los mudos monumentos y los enigmáticos oráculos, no es sólo una cuestión de escasez heurística y de limitación técnica, sino, por encima de ésta para nosotros inevitable debilidad de su obra, una cuestión de propósito intelectual inherente al espíritu mismo de la acción indagadora.
Para el historiador moderno es sinónimo de eficiencia y pragmatismo desechar aquello que simplemente no sirve como argumento para el desarrollo del un tema que ha sido prefijado de antemano. En efecto, sabemos que la elección de cualquier tema supone haber fijado, pues. un espacio, un tiempo y un campo o plano de estudio determinados. Y también sabemos que, aún cuando estos parámetros previos de la investigación a realizar no deben asumirse como una camisa de fuerza, quien no se atenga a ellos corre el peligro de alejarse de su objeto y dispersarse. Ahora bien ¿Quien no ha salido de un archivo, luego de horas y horas de manosear legajos, con cara de decepción porque apenas si logró dar con dos o tres párrafos que acaso puedan alimentar cierta certeza en relación a la hipótesis de su investigación? ¿O quien no se ha distraído de su tema fijando la atención en los más fascinantes testimonios, pero completamente inútiles para la hipótesis que se ha propuesto? Heródoto, sin embargo, se ganó el título de Padre de la Historia sin haber padecido este tipo de conflictos propios de la especialización. Para Heródoto, mas que historiador, indagador, o. si se quiere, historiador sin tema (salvo que se considere tal la ambigüedad que llamamos cultura) nada es desechable de antemano. Vista desde la perspectiva de un historiador moderno, es decir, de la indagación en cuanto que indagación del pasado estrictamente hablando, la obra de Heródoto es una historia imposible. y lo es para nosotros como lo sería para Heródoto en su época.
Porque el problema aquí, insisto, no es de época, sino de propósito intelectual. Si se quiere parangonar la obra de Heródoto no se piense en un libro de historia como debe ser, sino, más bien, en una enciclopedia. Esto ya ha sido dicho. Sin duda que Heródoto tiene más de Voltaire que de Taine. Heródoto no sólo podría ser el padre de la historia, sino también, del periodismo o la etnografía. Y quien sabe si hasta de la botánica y la zoología. Claro que nadie forzaría a estos oficios tan especializadas de hoy a reconocer una progenitura tan poco consistente como la que representan a la luz de la ciencia moderna los Nueve Libros. Pero lo que separa al biólogo o al zoólogo de ellos es una distancia de naturaleza no esencialmente distinta de la que separa al historiador de hoy. La concepción herodotiana original de la indagación sigue siendo el hecho histórico fundamental de tales diferencias. Heródoto no trabaja con hipótesis. Las escasas y elementales premisas de las que parte, en realidad, las comparte con la Tragedia. Son premisas que, a diferencia de nuestras hipótesis, nunca logran autonomía del todo cósmico en el que están subsumidas: poder, justicia, costumbre y tradición, pasión y moral, equilibrio son, entre otros, los referentes fundamentales respecto a los cuales se ejerce la razón herodotiana cuando, indagando, observa el comportamiento del hombre. En los Nueve Libros hallaremos, estrechamente vinculados por las mas imperceptibles sutilezas del discurso historiográfico, narración y filosofía, pero no teoría de la Historia. Heródoto escribe de los hombres para los hombres, no para el especialista o el estudioso.
Nada mas alejado de Heródoto, pues, que el espíritu de especialización que hoy nos dignifica perdonando nuestra vasta ignorancia respecto a lo mucho en favor de la mucha sabiduría respecto a lo poco. Es el espíritu que, desde hace tiempo ya, ha ido moldeando el oficio de indagar en las más diversas áreas del conocimiento, incluso las de la Historia. Y en esto Heródoto es un autentico representante de su época, de esa la polis del siglo V en que el ciudadano no es solo aquel jurídicamente definido como tal, sino al que todos los asuntos de la comunidad le son inherentes. A nosotros puede parecernos, y no sin razón, que la especialización es síntoma de progreso, por cuanto que ella no es otra cosa que una forma de sistematizar una realidad cada vez más compleja según instrumentos técnicos y teóricos que nos proporcionan más información de ella. Pero para el griego del siglo V a C la especialización fue síntoma de decadencia. Frente a la compleja realidad, la sencillez y naturaleza elemental de la polis la condenaba a la desaparición. Los atenienses del siglo IV, herederos de un imperio nacido a la sazón del crecimiento comercial y la colonización de la época arcaica, vencedores en Maratón y Salamina frente a uno de los más grandes imperios orientales, ya no supieron qué hacer frente a su propia condición como potencia hegemónica de la hélade y la expansión macedónica. Recordemos que ante el fenómeno de los “nuevos tiempos” todas las propuestas de los grandes pensadores de entonces, democráticas, como las de Demóstenes, o monárquicas, como las de Isócrates, significaban, de una u otra manera, la abolición de la polis como tal. Los Nueve Libros de la Historia pasaron, desde entonces, a ser cosa del pasado, se hundieron, como el prestigio de Atenas, del que fueron expresión, en el mundo de la ruina y lo arqueológico.
Así como la polis fue y seria imposible en un mundo mas complejo, en la misma medida los Nueve Libros se convirtieron en una historia imposible. Quien mucho abarca aumenta sus riesgos de error y no solamente de error, sino de validación del conocimiento. Heródoto hoy tiene más valor arqueológico que histórico. Sus indagaciones nos proporcionan datos para acometer muestra verdadera historia, es decir, la que aceptamos y reconocemos como tal, aquella para la que la indagación es indagación del pasado, una forma especializada de indagación asentada en firmes bases teóricas. Como frente a cualquier anaquel lleno de tomos y legajos, estamos capacitados técnica, metodológica y epistemológicamente para desechar lo inútil. ¿De qué nos servirá, por ejemplo, la descripción de flora y fauna, o el asombro ante las hormigas gigantes de los desiertos de la india, o los oráculos que ceban el monstruo de la incertidumbre humana ante la posibilidad de hacer o dejar de hacer, o la desafortunada afirmación de que el camello tiene cuatro rodillas en las patas traseras (error que ya tempranamente el mismo Aristóteles se encargó de corregir)? Inútil. Todo esto es inútil. El discurso herodotiano es, como el hierro oxidado, molécula vencida por el transcurrir del tiempo. Valoramos las partículas, los átomos de hierro porque, por vencidos que estén, nos indican que allí hubo hierro, pero desechamos la masa, la cáscara anatómica de una historia que nos parece tan venerable como carcomida.
Para una época en la que no existían Internet, o las agencias de noticias, o la botánica o la psicología habrá que reconocer que los Nueve Libros están muy bien; todo un portento recreativo e informativo que, con razón, embelesaba a quienes, en plenos festejos olímpicos, escuchaban los relatos acerca de la existencia en tierras lejanas. He aquí otro argumento fundamental para establecer y observar el contraste entre la indagación de Heródoto y la indagación en tanto que indagación del pasado: las historias no son para ser leídas, sino escuchadas. Los lectores de historia, así como los historiadores, también son lectores especializados, mientras que el público de la obra herodotiana. quienes en aquella época se interesan por aquellas historias. son, mas que lectores, espectadores.
Heródoto fue, pues, mucho más que un historiador de hoy, aunque un historiador de hoy puede ser mucho mejor historiador que Heródoto. Es preciso ver a Heródoto como un polígrafo, un enciclopedista, un literato y un cuentista que. en sus dilatados viajes desde el norte de África al Mar Negro, de Persia a Egipto reunió un gran cúmulo de noticias sobre todo lo que halló de interesante y digno de saberse en el mundo de entonces. Heródoto no indagaba el pasado, sino la cultura y su entorno. No se pida a Heródoto que discrimine entre la importancia de la teoría política y una historia de horror como las que tan cuidadosamente se esfuerza en reconstruir. Por ejemplo, el famoso diálogo de los Persas que, dispuestos junto con Darío a derrocar a Esmerdis, el mago que ha usurpado el trono, se detienen a disertar acerca de cuál es la mejor forma de gobierno entre la monarquía, la oligarquía y la democracia habrá que considerarlo como una de esas facetas de su discurso en las que Heródoto, en el más dramático estilo griego, expone el ambiente político de su época. Porque, históricamente, en el marco de lo que García Pelayo ha llamado el Imperio Mundial, dicho diálogo no tiene ningún sentido y ante nuestros ojos no pasa de ser un mero cuento increíble, una fantasía que, pensamos en respetuoso y condescendiente silencio, deja entrever una pasmosa ingenuidad por parte de Heródoto como historiador. Pero, al mismo tiempo, en el relato de la venganza de Astiages sobre Arpagón, a quien aquél da de comer a su propio hijo, logra Heródoto hacer coincidir de tal manera el cinismo de la autoridad y la circunspección del servidor que, ante el dramatismo de la escena, pierden toda su significación los detalles históricos.
El problema de esta historia imposible es que para Heródoto todo es importante o digno de mención, y por eso esta historia pretende contarlo todo y, mas que contarlo, pintárnoslo, escenificárnoslo, por decirlo así. El cuento, realimente acontecido o literariamente concebido, es sólo el pincel, el argumento de la obra. Y he aquí que, si bien la indagación en tanto que indagación del pasado es, como antes se ha dicho, sólo una de las formas de conocer lo humano, juega un papel particularmente único en la obra de Heródoto. En efecto, todo el desarrollo de los Nueve Libros se asienta sobre un argumento histórico temporal o, dicho en otros términos, el relato del pasado es el escenario que da estructura y unidad a la obra, la única unidad posible para una historia imposible porque pretende contarlo todo.
Heródoto comienza su relato desde donde se lo permiten las fuentes orales, es decir la memoria individual de testigos aún presentes. Esta es su fuente fundamental. A veces utiliza referencias escritas como las de Hecateo de Mileto y en muy pocos casos hace referencia a la fuente mítica, como, por ejemplo a Homero, de cuya existencia incluso, al igual que nosotros, duda. Obviamente que el no recurrir a lo mítico, como hará posteriormente la historiografía cristiana, deja claro que Heródoto se plantea un relato en el plano de lo temporal, al que da inicio en un momento del pasado tan remoto como hasta donde logra ver a través del confuso prisma de la memoria de los testigo que interroga o de las escuetas referencias con las que cuenta. Heródoto no violenta los límites d su oficio. A diferencia de Tácito o Eusebio de Cesárea, se aparta resignadamente de la posibilidad de conocer los orígenes, campo que seguirá reservado a la mítica y donde la historiografía no tiene nada que decir. Para su propósito, el relato mítico de nada le sirve, al menos en lo que a la indagación de los inicios del pasado humano se refiere. Empieza así su historia con los lidios e intenta sostenerla en un cierto orden cronológico, no en el sentido de precisar fechas (los Nueve Libros carecen de cronología) sino de venir de lo más lejos en el pasado a lo más cercano en el presente, de su presente claro está, que es la Grecia Clásica y, ya al final, luego del triunfo de Grecia sobre los Persas, el relato vuelve a Asia, a donde ya no hay nada qué contar, sólo una sutil reflexión a nombre del vencido cuya fuente de inspiración la encontramos en Esquilo. Al terminar su historia Heródoto ha vuelto al punto de partida, desmintiendo así a quienes ligeramente sólo vieron capricho, descuido, ingenuidad y dispersión y no han advertido que los Nueve Libros han sido construidos como una enorme y gran tragedia cuyo argumento principal es la confrontación entre griegos y persas.
De allí que, como se ha dicho, los Nueve Libros, pensados en conjunto, parecieran la representación de un tiempo hecho de necesidades y azares hacia la consumación del gran enfrentamiento entre Europa Y Asia, y con ello el florecimiento de la Grecia que le tocó vivir a quien los escribió. De allí también que, así como a Tucídides se le conoce como el historiador de las Guerras del Peloponeso, a Heródoto se le haya llamado el historiador de las Guerras Medicas.
Sin embargo, Heródoto no es el historiador de las guerras medicas en el mismo sentido que Tucídides lo es de las del Peloponeso. Lo que en éste es ya tema de estudio, lo que define la unidad del todo hacia el que apunta el discurso histórico en Las Guerras del Peloponeso, es en aquél un aspecto del relato, un agregado que fragmenta el todo hacia el que apuntan los Nueve Libros ¿Quien puede asegurar que la importancia de las guerras médicas en los Nueve Libros está por encima de las que, tras la toma de Egipto, Babilonia o cualquier otra plaza, afianzaron la expansión Persa? Heródoto dedica más páginas a las vicisitudes del anillo de Polícrates, o el lacerante papel de Zópiro en el sitio de Babilonia que a Maratón y Salamina juntas. Claro que, como se sabe, la incapacidad de Heródoto en el tratamiento de cuestiones militares sólo es comparable a la maestría de Tucídides. Pero éste no es el punto aquí. Se trata de que Heródoto no es el historiador ni de esto ni de aquello. Incluso es una exageración decir, como se ha dicho, que de los Nueve Libros los tres últimos están dedicados a las guerras médicas, pues están dedicados a muchas cosas más, además de este conflicto.
Heródoto se vale de lo histórico para dar pie a un retrato de esto o aquello según un ambicioso e inevitablemente ambiguo plan de aproximar al hombre a lo humano. Algo muy distinto logra Tucídides cuando, a través del retrato psicológico que nos proporciona de la guerra, ésta se trasciende a sí misma como tema militar, se enriquece y se profundiza hasta dar pie, incluso, a planteamientos teóricos que nos hacen tributarios de su pensamiento histórico. Eso no va a suceder en lo Nueve Libros con Maratón, ni con ninguna de las guerras a las que se hace referencia, y yo no me atrevería a decir que es por falta de penetración psicológica de Heródoto. Mas me atrevo a pensar que la guerra, en este sentido, no es su tema, el relato se corta sin consecuencias, nos deja a solas frente a una imagen sincrónica, como frente a una fotografía.
Esto convierte a la obra de Heródoto en una amalgama de momentos sin duración. A lo largo de sus páginas la realidad histórica aparece como una sincronía incesante de lo mutilado. Echamos en falta. aparte de la cronología, el análisis, la síntesis, la formulación de problemas ciaros. el modo en que el historiador se expone a sí mismo y, con ello. se nos torna genial o torpe, pero siempre vulnerable para nuestra observación. Heródoto, por el contrario, es su propio muro insalvable. Sabemos que está allí, en cada piedra colocada, línea a línea, pero no lo asimos. Desde el punto de vista práctico de la lectura esto es agotador, y desde el punto de vista metodológico le ha valido a Heròdoto la acusación de superficial y disperso. Pero desde el punto de vista estético los Nueve Libros son un monumento literario elevado en el templo de lo terreno. Y aunque eso no nos parezca hoy buena historia, es la única obra histórica que lo ha hecho. No esperamos, en verdad, que la pirámide de Queops nos proporcione un análisis del Antiguo Egipto. Tampoco lo esperemos de los Nueve Libros. Heródoto es, en este sentido, tan silencioso como los arquitectos de las monumentales tumbas faraónicas. No es superficial, pero si es el historiador de lo superficial ...cuento lo que vi digo lo que me dijeron.
Y en cuanto a lo disperso Heródoto no es tan ingenuo como suponemos. Heródoto, en ese ir de lo más viejo a lo más nuevo, se sostiene de manera premeditada, nos proporciona el relato cuando él considera que debe proporcionarlo. En mas de una ocasión anuncia algo que retomará después o nos recuerda, a propósito de algún después, que está dando continuidad a lo previamente anunciado. El héroe herodotiano, hombre o pueblo, nunca deja de padecer lo que previamente le ha pasado. El destino de los hombres no está escrito, no hay elegidos, en el sentido bíblico, pero consumando sus acciones, los hombres, para bien o para mal, se eligen a sí mismos. Aquí, como es de esperar, Heródoto se ajusta al concepto filosófico y estético de la tragedia griega. En todo quehacer humano hay una dosis de condena que, más allá del margen que Heródoto deja a la intervención de lo divino, reivindica. página tras página. la voluntad humana. Heródoto, como los novelistas, deja hablar a sus personajes, en el sentido literal, y también metafórico, de la frase.
Así, el pasado juega un doble papel en los Nueve Libros. Por una parte, en cuanto a !o que la indagación tiene de indagación del pasado, nos proporciona la noticia de las acciones humanas en el espacio y el tiempo. En esto, el relato histórico no se distingue como dato de otras descripciones como la biología, el tipo de clima, los usos y tradiciones religiosas etc. Pero, por otra parte, el párrafo dedicado al relato histórico es, al mismo tiempo que la intención de darnos a conocer lo que pasó, la ocasión para que el discurso entre a relacionar las más diversas noticias acerca de lo humano, incluso, la descripción geográfica en la que se desenvuelven los pueblos que va describiendo. Éste es el patrón que monótonamente domina a todo lo largo de la obra y la mantiene en el plano de lo ”isocrónico”. sin puntos altos ni bajos, sin tensiones en cuanto a su estructura. Desde éste punto de vista, el de la estructura del discurso, el relato histórico es único en comparación con los demás datos, es el dato que sirve de escenario a los demás datos. el que les da entrada y salida, y el que les permite. si es el caso, permanecer. El papel de lo histórico es fundamental, pues, en cuanto que es el que define esta estructura en la obra. Heródoto no tiene forma de clasificar los animales y las plantas de las que habla, como tampoco las religiones o las instituciones políticas. Heródoto no tiene ni zoología ni sociología. Sólo cuenta con el relato histórico, es decir la dimensión espacio y tiempo, como forma de articular su discurso.
Este doble papel de la historia como indagación del pasado y la historia como argumento de la obra es el eje conductor de los Nueve Libros. Proporciona la estructura más sencilla posible a la propuesta intelectual más compleja y ambiciosa posible. Porque, al final, lo que Heródoto se ha propuesto, acaso sin tener forma de saberlo, es una historia universal (entiéndase de la cultura en su más amplio sentido), un relato acerca de lo humano y su entorno en el que la historia vendría a ser el único elemento de articulación. Esta historia universal está muy lejos de la que, mucho tiempo después, se planteó Polibio, basada en la expansión romana como entidad político administrativa y de su precisa idea de totalidad. Heródoto no sabe cómo construir el todo de lo histórico, porque en su idea de indagación como la visión más amplia posible de la cultura, no sabe cómo deshacerse de la partes. Para construir su universo de lo humano Heródoto no sabe abstraer, sino sumar. Después de todo, como nos dice expresamente desde el comienzo, está en su intención la búsqueda incesante de agregados.
En los Nueve Libros un hermético substancialismo nos hace ir de relato en relato como si, a pesar de ello, las cosas no pasaran, y en esto Heródoto es un fiel representante de la cultura griega antigua y su filosofía. Y el discurso herodotiano está, sin duda alguna, impregnado de filosofía. Sin embargo, su idea de indagación es, por añadidura a lo ya dicho al respecto, una forma de buscar al hombre en acción, más allá de las fronteras de lo contemplativo. En este sentido, la historiografía es un oficio, en sus orígenes, reñido con la filosofía. No fue Heródoto, sino Aristóteles, como sabemos, el primero en dejar inequívoca constancia racional de ello.
Pero este alejarse de lo contemplativo y aproximarse a la voluntad y lo particular, si bien resta a la obra de Heródoto, según el gusto de la filosofía clásica griega, rango epistemológico, le asigna una muy peculiar significación en la historia del pensamiento humano; la aparición del concepto de cultura. En la medida en que la indagación supone, por una parte, una secularización del pensamiento, un ir de lo mítico hacia el discernimiento racional y, por otra, una aproximación y captación de la voluntad humana expresada a través de las acciones del hombre en el espacio y el tiempo, la reciente historiografía está creando una nueva dimensión de la realidad en el marco del humanismo clásico griego y en la que el peso de lo antropológico no viene dado tanto por el hombre genérico como por la especificidad de la especie humana como creadora de civilización. Este concepto de cultura tiene, incluso, un perfil bastante claro, aunque no esté, desde luego, expresamente definido en ninguna parte de los Nueve Libros. Si hubiese que definir sus características implícitas como recurso intelectual para percibir lo humano, yo apuntaría al menos tres: diversidad, ecuanimidad y tolerancia.
Para Heródoto, la existencia humana es, ante todo, diversa, se consuma de manera concreta y particular, histórica en suma. Es tal diversidad la que exige la indagación y constituye, al mismo tiempo, su mayor desafío, pues no se trata sólo de enterarnos de las cosas sino, además, de establecer, hasta donde sea posible, la mayor certeza respecto de aquello de lo que nos enteramos o descubrimos. Por eso, en mas de una oportunidad, vemos a Heródoto indicar hasta qué punto está seguro o duda de aquello de lo que nos informa. Es ésta una historia en la que el historiador está obligado a contarlo todo, pero, claro está, no a creérselo todo. De allí que los Nueve Libros nos muestran, y se esfuerzan expresamente en ello, un colorido contraste de hazañas y acontecer donde la tradición y la costumbre juegan un papel de primera línea4. Lo que los románticos de la época de Walter Scott llamarían mucho más tarde el color local y sin el cual la historia no era más que una hierática exposición de cosas sin personalidad propia, va a ser en los orígenes de la historiografía una de las normas fundamentales del oficio. Se entiende que, tanto para el romanticismo como para Heródoto no fuese mera cuestión de estilo, sino, más bien, de método, quiero decir, inherente a la captación de una realidad de suyo múltiple y diversa.
Pero pese a que para los románticos su idea del color local era una clara reacción contra el racionalismo que predominó en la historiografía desde la época de la Ilustración, para Heródoto la captación de la realidad histórica debe estar sometida al discernimiento racional, incluso en aquellos casos en que tal discernimiento racional eche por tierra creencias tradicionales de un determinado pueblo o comunidad. Heródoto logra demostrar que muy a pesar de las creencias griegas, Heracles es Egipcio y que fueron los griegos quienes lo copiaron y no a la inversa5. Los Nueve Libros abundan en esfuerzos sostenidos en largas ilaciones racionalistas aplicadas a situaciones históricas aparentemente misteriosas o inexplicables. Independientemente de cuánto haya logrado Heródoto en este sentido, y de los errores que haya cometido, lo importante aquí es que la idea de que todo lo real es racional es otra norma del concepto de cultura en Heródoto. Lo histórico tiene para la indagación herodotiana calidad de explicable, y la explicación es resultado del discernimiento racional.
Si la existencia humana es diversa, y su explicación y comprensión es racional, entonces toda forma histórica particular de ella es legítima y digna de respeto. La tolerancia intelectual y el reconocimiento del otro, tan importantes para Montaigne y sus epígonos, es corolario de la diversidad de lo humano, Veremos en Heródoto una inequívoca simpatía por el régimen democrático ateniense a la que, curiosamente para el espíritu democratizante de nuestra época moderna, no es inherente una implacable condena de la monarquía persa. Y, pese a ser enemigos fundamentales, encontraremos tanta nobleza en Darío o Mardonio como en Leónidas o Temístocles. Quienes entierran a sus padres no son mejores que quienes se los comen y quien vence en una guerra no está por ello autorizado a ultrajar al vencido. Cambises es un loco y un estúpido por hacer lo que hizo con Apis6. Violentar las tradiciones y creencias de un pueblo no es sólo criminal, sino irracional. Heródoto se cuida de hacer con sus historias lo que, seguramente, muchas veces vio cometer a los hombres históricos con sus armas.
Si entendemos por cultura, en su acepción más amplia, simple y general, lo creado por el hombre en los múltiples planos de su existencia individual y colectiva, los Nueve Libros constituyen la primera obra que intenta captar en su toda su magnificencia, incluido lo pequeño y lo ruin, esta dimensión de la vida humana. Para ello fue preciso la ruptura con lo mítico y el establecimiento de la existencia histórica del hombre. Dicho en términos filosóficos, apartarse de la sublime eternidad del ser y aproximarse al cambiante devenir, husmear en lo perecido, resignarse con lo superficial, aparente y fugaz de la existencia. Este es el ámbito de aquella primera historiografía. Su tema, la voluntad humana.
1 Carbonell, Oliver. La Historiografía. p. 20
2 "No es, ciertamente, por razones morales por lo que escriben? Catón, el incorruptible, Salustio el desilusionado, Tito Livio el inquieto, Tácito el indignado y, bastante más tarde, Aminano Marcelino el soldado al que irritan las intrigas y las crueldades de la corte; todos deploran la crisis moral de que son testigos, todos buscan en el pasado ya la esperanza de un gran cambio, ya los elementos de una requisitoria. No es ésta la menor de las paradojas de la historiografía romana: su discurso pesimista sobre la decadencia de las costumbres, es la base de un discurso orgulloso, retrospectivo sobre la grandeza del primer pueblo de la tierra (Tito Livio) del pueblo rey (Floro). Lúcidos y patriotas, los historiadores romanos han escrito, a lo largo de seis siglos, una obra colectiva sobre la grandeza y decadencia de Roma" Oliver Carbonell, La Historiografía. p. 33
3 Véase P. Vayne ¿Cómo se escribe la historia? Ensayo de Epistemología.
4 Una indudable muestra de la intención de Heródoto de mostrar un intenso contraste entre las formas de existencia colectiva es el libro segundo, en buena parte dedicado a Egipto, que incluye listados completo de usos y costumbres entre griegos y egipcios.
5 Véase Heródoto II,45
6 Véase Heródoto II, 38



