textos, pretextos y otras mentiras...

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Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Carbonell ha expresado tal ambigüedad de la siguiente manera:

la tendencia del espíritu griego al antropomorfismo favorece la emergencia de la historia ( .) se pierde la frontera entre leyenda y realidad. Cosa imposible en otras civilizaciones en la que los dioses supieron guardar más distancia, una especie de historia vaga fue elaborada, lanzada como un puente entre el presente de los hombres y el pasado de los dioses. Cuando el hombre devenga medida de todas las cosas, las historias se convertirán en historia.”...1

Ciertamente, pero al final un puente pese al cual la historiografía coloca al hombre a mirar hacia un mundo distinto de lo divino, ajeno a él, al margen de los dioses, a solas en la pretendida mirada racional con la que pretende contemplar el universo de lo humano. Así pues, entre el pensamiento mítico y el pensamiento histórico se extiende el espacio del pensamiento y la cultura presocráticos, para nuestro gusto quizás todavía muy inseguro, un tanto agreste, pero entre cuyos más tardíos pobladores esta la reciente historiografía.

Podríamos intentar ser un poco más precisos, centrarnos en el siglo V, auge de Atenas. En parte resultado de los más rápidos y profundos cambios históricos que hubiera conocido la polis hasta entonces ¿es de extrañar el que la Grecia Clásica tuviera un historiógrafo, es decir, alguien que, como Heródoto, prestara atención a ese pasado inmediato del que la ve surgir? Acaso lo extraño sea, precisamente, que no haya habido más de uno. Y, ciertamente, como se ha afirmado, es posible pensar que tras diez años de guerra contra Persia y que se tradujeron en la consolidación de la autonomía griega y la hegemonía ateniense en Grecia, hayan impulsado el interés por conocer la historia de ese significativo pasado reciente. Sin embargo, los escritos de Heródoto se remontan a un tiempo muy anterior a las guerras médicas y abarcan aspectos mucho más amplios que este conflicto bélico. Además, pese a la simpatía que Heródoto deja traslucir respecto a la democracia ateniense, nada autoriza a pensar que el propósito de dichos escritos sea, como, por ejemplo, el de la historiografía nacionalista moderna, el de ensalzar y legitimar el proceso de independencia griega a costa de la condena del enemigo persa. En este sentido, no se puede afirmar, pues, que la inicial historiografía griega obedezca a un requerimiento ideológico de este tipo, al menos. La historiografía, como tal, hizo su aparición en un escenario cultural que no parece tener para ella propósito específico predeterminado, nada a qué servir, como será, posteriormente, por ejemplo, la moral para la tardía historiografía romana, la religión para la apocalíptica historiografía cristiana, o el nacionalismo para la historiografía política del mundo Moderno y Contemporáneo.

No tenemos ninguna certeza acerca del entusiasmo que puedan haber suscitado los escritos de Heródoto en su època. Podemos imaginar, quizás, grupos de espectadores sin duda atraídos por la curiosidad y el asombro que en ellos despertaran los relatos de tierras lejanas. Pero Heródoto no tuvo epígonos, no generó nada parecido a una escuela historiográfica, y cuando Tucídides retome el oficio se dedicará a algo muy distinto. ¿Comentarios respecto a la historiografía? Ninguno, salvo el bastante tardío de Aristóteles que, como sabio, opina que en el historia no hay sabiduría. La historiografía en sus orígenes y durante mucho tiempo es una isla intelectual en el extenso y profuso mar del humanismo de la Grecia Clásica. Nada en el mundo griego de la época, al parecer, la demandaba o exigía, al menos que se tenga al entretenimiento y la curiosidad por una exigencia.

Así como Heródoto, más etnógrafo que historiador, es el historiador de los orígenes de la Grecia Clásica, Tucídides, mas psicológico y abstracto, lo es de su final. Pero igual, también en este caso, sólo uno. Pareciera que, habiéndose apartado, hasta donde pudo hacerlo, de la imaginación mítica, el pensamiento histórico, en su afán de mostrar al hombre el reino de este mundo se topara de frente con el hecho de que el hombre, más que saber del mundo, necesita justificarlo, para lo cual la poesía, el arte dramático y la filosofía siguieron siendo mucho más útiles y eficaces.

Como sea, la historiografía hubo de inventar su propia necesidad de ser: recoger la mayor cantidad posible de hechos, husmear en el modo de ser y vivir de los hombres, indagar, sin más, la llamó Heródoto. No hay imperativo político, social o intelectual que arrastre al hombre al quehacer historiográfico, ni que haga de tal quehacer tarea digna del sabio. La historia se hace para ser leída en la plaza, en voz alta, de trozo en trozo. La historia no es el camino hacia la sabiduría, sino acaso una forma de desentenderse de ella. Más que el saber acerca de las cosas, la historiografía parece una forma de saber de ellas, sin penetrarlas, de tomarlas enteras para enterarse.

Este historiador originario sabe que el camino que se propone la historia, a diferencia del de la filosofía, nada sustancial sugiere a la humana posibilidad de conocer. Como cualquier vecino, piensa o siente que el hombre está condenado a un transcurrir y un quehacer temporal, pero no sabe a qué imputar esa condena. Según la poesía y el arte dramático, sabe que los dioses juegan un papel determinante en ello, pero tal papel no es de su interés fundamental. No obstante, también sabe que la mente de los hombres está llena de creencias absurdas, como el hecho de imputar las guerras a los raptos de mujeres. No es filósofo pero sí racional. Muy poco nos puede decir acerca del ser de las cosas, pero es capaz de discernir acerca de su acontecer y de desmitificarlo. Nadie hasta entonces se ha interesado por las apariencias y él se ha dispuesto a registrarlas una a una. Nadie aprende a vivir de memoria, pero él está dispuesto a salvar el recuerdo de las cosas. Es éste un extraño quehacer intelectual que abre un camino directo al espectáculo del devenir, se confunde con él y se pierde en él. Heródoto lo anduvo, y esto no es sólo metáfora, con el propósito de contemplar no al hombre, sino a los hombres: no al ser, sino a la cultura. Con él la historiografía es un sabio encogerse de hombros ante la sabiduría, la más natural distracción del ser ante los secretos impenetrables del ser y la naturaleza.

Hablando en un estricto sentido, la historia, en lo albores del oficio, es quehacer de vagabundo. afán por enterarse y anotar lo que, ya se sabe, dejará de ser. La única certeza que tiene el historiador sobre las cosas es la muerte de las cosas, la consigna de su desaparición en el espacio y el tiempo falso por perecedero, copia de una eternidad que carece de eternidad. Sólo las apariencias son temas de la historia. Más allá, una dimensión impenetrable, el final del camino donde hay que devolverse. ¿Y acaso no es la historia un ir y venir entre la vida y la muerte, el ascenso y la decadencia. el poder y la ruina? Ningún absoluto que desentrañar en su decurso. No hay, ciertamente, historia, sino historias. No una sabiduría, sino multiplicidad del relato. No hay un destino, sino mil y una versiones de la misma condena al destino. No hay verdad en la historia, aunque pueda haber pedagogía, y no sea lícito hablar de las cosas que no acontecieron.

El historiador piensa, como Heráclito, que el devenir es un todo, hecho de fuego y contradicción, y que todo es devenir. Pero, a diferencia de Agustín y Hegel, las cumbres de la teleología judeocristiana, no sabe para qué todo deviene. Su percepción de la realidad como entidad histórica quedó atrapada en sí misma, atravesada por una rígida esencialidad que nos recuerda a Parménides y la escuela de los eleatas, y nos aleja de la tentación de lo trascendente implícita en toda teleología. Se trata de una historia muy distinta de la que nos acostumbró a degustar el cristianismo, desprovista de progresos y metas, sin futuro ni salvación. Metafísicamente desierta, el hombre histórico de esta primera historiografía es uno que, como Sísifo, transita una y otra vez un segmento de tiempo interminable entre dos nadas.

Desde bastante antes de que Heródoto aparezca con lo que mucho tiempo después se conocerá como Los Nueve Libros de la Historia, el pensamiento griego ha venido cubriendo un trecho significativo de su evolución que lo ha preparado para cualquier cosa, incluso para algo tan metafísicamente insignificante como la historiografía, mucho más que la poesía y el teatro, formas artísticas características con las que coexiste y hasta comparte una misma concepción de la vida. La aparición de la historiografía forma parte del esplendor de la cultura griega, de su vitalidad presocrática, y si Heródoto hubiese intentado alguna forma de filosofía muy probablemente habría repetido antes a Heráclito que a Parménides, anunciado a Nietzsche antes que a Platón o a Hegel. Mientras que la historiografía es síntoma de su ascenso, la cima del pensamiento filosófico griego anuncia la decadencia de la cultura griega. Aristóteles es !a lápida intelectual bajo la que yacen sus mas notables e imperecederas manifestaciones del espíritu humano: la historiografía, entre ellas. Heródoto y la historiografía viven el presente de Pericles y el imperialismo ateniense. Aristóteles y la metafísica el de Alejandro Magno y la expansión macedónica. Aquél mira hacia el pasado heroico del que nace el espíritu heleno; éste hacia un difuso e indescriptible porvenir por el que el griego no sabe sentir interés alguno y que hoy conocemos como cultura occidental. Y si bien la cultura griega, ya no helena sino helenística, siguió ejerciendo un gran peso intelectual en esa enorme síntesis histórica entre oriente y occidente que es el Imperio Romano, fue más a través de la filosofía que de la historiografía. Así como produjo grandes filósofos y matemáticos, Alejandría no cuenta entre su lista de grandes pensadores un sólo historiador.. Mediocre o prácticamente olvidada, hasta Polibio no volveremos a ver al historiógrafo en la escena de la evolución intelectual del mundo antiguo en la persona de un gran historiador griego de Roma. Y, aunque influenciada por Aristóteles, su ”Historia Universal” lleva la marca indeleble del estoicismo. La historiografía romana es el subproducto de un helenismo tardío, desdibujado en el cosmopolitismo de un imperio que cada vez más depende del despotismo y el ejército que de sus sabios y sus instituciones. Sus historiadores, al igual que Heródoto, miran hacia un pasado glorioso, pero donde buscan, a diferencia de aquel, más que la recreación, el refugio, la justificación y hasta la regeneración de un presente corrompido. La historiografía romana es, como dice Carbonell, una obra colectiva sobre la grandeza y decadencia de Roma2. La historiografía se ha convertido en un dictamen de la moral. Así como con el cristianismo lo será de la teología, con el positivismo de la ciencia y así sucesivamente, la historia de la historiografía expresa las múltiples formas en que la historia pierde su libertad original para convertirse en respuesta a una necesidad que nada o muy poco tiene de historiográfica, el empeño atávico de dar con la verdad. Entonces. la historia de la historiografía, se dirá, es una tragedia griega. Algo de eso hay, o debe haber.

Tenemos un historiador que si nació, como suele afirmarse, en el año 484 a C y murió en el 425, vivió en el llamado Siglo de Oro o Siglo de Pericles, es decir en el siglo V, el primero de los dos siglos con que normalmente se identifica en Historia Antigua el periodo de la Grecia Clásica, el que se inicia con las guerras médicas, que marcan la independencia de Grecia frente al Imperio Persa y que, pasando por las guerras del Peloponeso, termina con la sumisión de ella frente al Imperio macedónico. Heródoto vive, pues, el momento inicial de este periodo, el del prestigio y poderío de Atenas como la mas alta cima política y cultural de todo el mundo heleno.

Este historiador griego nació en Halicarnaso (actual Bodrum. en Turquía) Era de noble familia y se cree que hacia el 457 a C fue exiliado por conspirar contra el gobierno de la ciudad, favorable a los persas. Y, ciertamente, de su obra, como se ha dicho, puede deducirse una indiscutible simpatía por el régimen democrático, pero nada que nos recuerde el tono melancólico del exiliado. Y esto es un primer contraste interesante si se piensa, corno siempre se ha afirmado, que un profundo sentido de pertenencia a la polis era característico del hombre griego antiguo. Los Nueve Libros expresan en la realidad del discurso histórico todo lo contrario del retorno de Ulises en la Odisea. Ese sentimiento de angustia y desarraigo que sólo logra superar el héroe de la Odisea al encontrarse de nuevo en casa, está por encima, anula cualquier fascinación proveniente de su experiencia frente a lo extraño y desconocido. Las Historias, por el contrario, nos hablan de un inspirado por curiosidad, de una mentalidad que para salir de casa no amerita ser requerido por grandes hazañas, porque, después de todo, el tiempo vivido de cada hombre es ya toda una hazaña digna de ser conocida.

De Halicarnaso probablemente Heródoto pasó a Samos desde donde comenzó sus viajes por Asia Menor. Babilonia Egipto y Grecia. La dirección y extensión de sus viajes no se conocen con exactitud, pero sin duda le proporcionaron valiosos conocimientos de primera mano de casi todo el antiguo Próximo Oriente. Hacia el 447 a C. llegó a Atenas, entonces el centro cultural del mundo griego, donde tuvo amistad con figuras tan distinguidas corrió el gran político ateniense Pericles y el dramaturgo Sófocles. En el 443 a C Heródoto se instaló en la colonia griega de Turios (Thurioi), fundada en el sur de Italia por iniciativa de aquél. Se dedicó el resto de su vida a completar su gran obra, conocida como Historias, cuyo título, como se sabe. deriva de la palabra griega historia (”investigación” ’búsqueda” ’indagación”).

Aparte de estos escuetos señalamientos, nada mas sobre Heródoto. En cuanto a su obra ésta es, como toda obra del mundo antiguo, una reconstrucción, y constituye la fuente fundamental, por única, de toda posible reflexión acerca de los orígenes del pensamiento historiográfico. La obra fue dividida por estudiosos posteriores en nueve libros, en cada uno de los cuales se encuentran referencias a los mas diversos tópicos de la vida (lo político lo social lo militar, lo religioso. lo filosófico, lo institucional, lo biológico, lo psicológico etc. ) de los diversos pueblos y culturas de los que va teniendo noticia Heródoto (medos, persas, asirios, babilonios, egipcios, indios, griegos etc.). A simple vista, los Nueve Libros constituyen un verdadero mosaico de narraciones, lo que permite ubicar a Heródoto dentro de un rango de valoraciones que va desde el comentarista disperso a un historiador de la cultura.

Pero acaso esta forma de valoración según espectro lineal no sea la más apropiada al caso y la obra de Heródoto ajuste mejor a esa perspectiva que Vayne3 ha calificado de geometral, para referirse al conocimiento histórico y en virtud de la cual los Nueve Libros nos ofrecerían una amalgama de aspectos, intrigas y puntos de vista del extenso campo que tocaron las indagaciones de Heródoto. El problema aquí estriba en precisar qué entendió Heródoto por Historia, en qué consiste la enorme distancia que separa su idea de la Historia de la nuestra. Y no es éste solamente un mero problema de contexto y época, sino, además. yo diría. para expresarlo en términos más modernos, pero también mas precisos y profundos, de método.

La indagación es, ante todo, ruptura con lo mítico, interés por lo humano al margen de lo divino. El mito reproduce una verdad simbólica y, por lo tanto, arquetípica. La indagación busca una verdad circunstancial, particular y, por lo tanto, histórica. En tal sentido, la indagación expresa una actitud intelectual a la que son inherentes al menos dos cosas: el desconocimiento de cómo viven otros hombres y, sobre la base de la conciencia que esta interrogante despierta, es decir, que otros hombres viven o pueden vivir de una manera diferente a la que yo conozco de mi mismo, la disposición a conocer esa otra manera de ser. La indagación es, por definición, una ruptura consciente y voluntaria respecto a lo mítico y, al mismo tiempo, con la idea de la unicidad de la especie. El objeto de las indagaciones de Heródoto es el todo de la cultura humana, incluyendo la geografía y el entorno ecológico en que esta tiene lugar. El pasado no constituye, por sí sólo, el objeto que define la indagación. Indagar el pasado es una forma, entre muchas otras, de saber del hombre.

Cuando Heródoto se propone indagar, se propone obtener alguna información (prefiero no hablar por ahora de conocimiento) no solamente sobre quiénes han sido los reyes egipcios o lidios, las batallas que han librado y los territorios que han perdido o ganado. También pretende enterarse de cómo piensan o cómo cuecen sus alimentos, así como de si existen allí animales o plantas desconocidos, dioses o formas de culto extraños, costumbres y tradiciones diferentes a las griegas. Heródoto no se ha preparado para indagar sobre una determinada materia, menos aún una determinada materia del pasado, sino para apuntar noticias acerca de la cultura humana. entre otras, inclusive, las relativas a su pasado. Basta que algo sea desconocido y extraño para que despierte su interés y conmueva su asombro.

La indagación, pues, se interesa tanto por lo muerto como por lo vivo, incluso por el modo cómo lo vivo sobrevive. persigue o es perseguido por lo muerto, Éste es, a mi gusto, uno de los aspectos más fascinantes de la obra; el modo cómo el pasado siempre, aunque no nos demos cuenta de ello, sigue estando obstinadamente presente en la vida de los hombres. Mas que un objeto por sí mismo de la indagación, el pasado es la impronta de la indagación acerca de lo humano. Para Heródoto es tan importante lo que ha dicho Hecateo, o algún rey todavía vivo como cualquier cosa que escuche al pasar por el más inadvertido escondrijo, o lea en la más olvidada y polvorienta esquela funeraria. Un sueño, un presagio o una mera historia de horror puede arrojar una idea más completa del hombre que lo que los hombres dicen que son. El enorme peso que en su relato tienen las caprichosas fuentes orales, los mudos monumentos y los enigmáticos oráculos, no es sólo una cuestión de escasez heurística y de limitación técnica, sino, por encima de ésta para nosotros inevitable debilidad de su obra, una cuestión de propósito intelectual inherente al espíritu mismo de la acción indagadora.

Para el historiador moderno es sinónimo de eficiencia y pragmatismo desechar aquello que simplemente no sirve como argumento para el desarrollo del un tema que ha sido prefijado de antemano. En efecto, sabemos que la elección de cualquier tema supone haber fijado, pues. un espacio, un tiempo y un campo o plano de estudio determinados. Y también sabemos que, aún cuando estos parámetros previos de la investigación a realizar no deben asumirse como una camisa de fuerza, quien no se atenga a ellos corre el peligro de alejarse de su objeto y dispersarse. Ahora bien ¿Quien no ha salido de un archivo, luego de horas y horas de manosear legajos, con cara de decepción porque apenas si logró dar con dos o tres párrafos que acaso puedan alimentar cierta certeza en relación a la hipótesis de su investigación? ¿O quien no se ha distraído de su tema fijando la atención en los más fascinantes testimonios, pero completamente inútiles para la hipótesis que se ha propuesto? Heródoto, sin embargo, se ganó el título de Padre de la Historia sin haber padecido este tipo de conflictos propios de la especialización. Para Heródoto, mas que historiador, indagador, o. si se quiere, historiador sin tema (salvo que se considere tal la ambigüedad que llamamos cultura) nada es desechable de antemano. Vista desde la perspectiva de un historiador moderno, es decir, de la indagación en cuanto que indagación del pasado estrictamente hablando, la obra de Heródoto es una historia imposible. y lo es para nosotros como lo sería para Heródoto en su época.

Porque el problema aquí, insisto, no es de época, sino de propósito intelectual. Si se quiere parangonar la obra de Heródoto no se piense en un libro de historia como debe ser, sino, más bien, en una enciclopedia. Esto ya ha sido dicho. Sin duda que Heródoto tiene más de Voltaire que de Taine. Heródoto no sólo podría ser el padre de la historia, sino también, del periodismo o la etnografía. Y quien sabe si hasta de la botánica y la zoología. Claro que nadie forzaría a estos oficios tan especializadas de hoy a reconocer una progenitura tan poco consistente como la que representan a la luz de la ciencia moderna los Nueve Libros. Pero lo que separa al biólogo o al zoólogo de ellos es una distancia de naturaleza no esencialmente distinta de la que separa al historiador de hoy. La concepción herodotiana original de la indagación sigue siendo el hecho histórico fundamental de tales diferencias. Heródoto no trabaja con hipótesis. Las escasas y elementales premisas de las que parte, en realidad, las comparte con la Tragedia. Son premisas que, a diferencia de nuestras hipótesis, nunca logran autonomía del todo cósmico en el que están subsumidas: poder, justicia, costumbre y tradición, pasión y moral, equilibrio son, entre otros, los referentes fundamentales respecto a los cuales se ejerce la razón herodotiana cuando, indagando, observa el comportamiento del hombre. En los Nueve Libros hallaremos, estrechamente vinculados por las mas imperceptibles sutilezas del discurso historiográfico, narración y filosofía, pero no teoría de la Historia. Heródoto escribe de los hombres para los hombres, no para el especialista o el estudioso.

Nada mas alejado de Heródoto, pues, que el espíritu de especialización que hoy nos dignifica perdonando nuestra vasta ignorancia respecto a lo mucho en favor de la mucha sabiduría respecto a lo poco. Es el espíritu que, desde hace tiempo ya, ha ido moldeando el oficio de indagar en las más diversas áreas del conocimiento, incluso las de la Historia. Y en esto Heródoto es un autentico representante de su época, de esa la polis del siglo V en que el ciudadano no es solo aquel jurídicamente definido como tal, sino al que todos los asuntos de la comunidad le son inherentes. A nosotros puede parecernos, y no sin razón, que la especialización es síntoma de progreso, por cuanto que ella no es otra cosa que una forma de sistematizar una realidad cada vez más compleja según instrumentos técnicos y teóricos que nos proporcionan más información de ella. Pero para el griego del siglo V a C la especialización fue síntoma de decadencia. Frente a la compleja realidad, la sencillez y naturaleza elemental de la polis la condenaba a la desaparición. Los atenienses del siglo IV, herederos de un imperio nacido a la sazón del crecimiento comercial y la colonización de la época arcaica, vencedores en Maratón y Salamina frente a uno de los más grandes imperios orientales, ya no supieron qué hacer frente a su propia condición como potencia hegemónica de la hélade y la expansión macedónica. Recordemos que ante el fenómeno de los “nuevos tiempos” todas las propuestas de los grandes pensadores de entonces, democráticas, como las de Demóstenes, o monárquicas, como las de Isócrates, significaban, de una u otra manera, la abolición de la polis como tal. Los Nueve Libros de la Historia pasaron, desde entonces, a ser cosa del pasado, se hundieron, como el prestigio de Atenas, del que fueron expresión, en el mundo de la ruina y lo arqueológico.

Así como la polis fue y seria imposible en un mundo mas complejo, en la misma medida los Nueve Libros se convirtieron en una historia imposible. Quien mucho abarca aumenta sus riesgos de error y no solamente de error, sino de validación del conocimiento. Heródoto hoy tiene más valor arqueológico que histórico. Sus indagaciones nos proporcionan datos para acometer muestra verdadera historia, es decir, la que aceptamos y reconocemos como tal, aquella para la que la indagación es indagación del pasado, una forma especializada de indagación asentada en firmes bases teóricas. Como frente a cualquier anaquel lleno de tomos y legajos, estamos capacitados técnica, metodológica y epistemológicamente para desechar lo inútil. ¿De qué nos servirá, por ejemplo, la descripción de flora y fauna, o el asombro ante las hormigas gigantes de los desiertos de la india, o los oráculos que ceban el monstruo de la incertidumbre humana ante la posibilidad de hacer o dejar de hacer, o la desafortunada afirmación de que el camello tiene cuatro rodillas en las patas traseras (error que ya tempranamente el mismo Aristóteles se encargó de corregir)? Inútil. Todo esto es inútil. El discurso herodotiano es, como el hierro oxidado, molécula vencida por el transcurrir del tiempo. Valoramos las partículas, los átomos de hierro porque, por vencidos que estén, nos indican que allí hubo hierro, pero desechamos la masa, la cáscara anatómica de una historia que nos parece tan venerable como carcomida.

Para una época en la que no existían Internet, o las agencias de noticias, o la botánica o la psicología habrá que reconocer que los Nueve Libros están muy bien; todo un portento recreativo e informativo que, con razón, embelesaba a quienes, en plenos festejos olímpicos, escuchaban los relatos acerca de la existencia en tierras lejanas. He aquí otro argumento fundamental para establecer y observar el contraste entre la indagación de Heródoto y la indagación en tanto que indagación del pasado: las historias no son para ser leídas, sino escuchadas. Los lectores de historia, así como los historiadores, también son lectores especializados, mientras que el público de la obra herodotiana. quienes en aquella época se interesan por aquellas historias. son, mas que lectores, espectadores.

Heródoto fue, pues, mucho más que un historiador de hoy, aunque un historiador de hoy puede ser mucho mejor historiador que Heródoto. Es preciso ver a Heródoto como un polígrafo, un enciclopedista, un literato y un cuentista que. en sus dilatados viajes desde el norte de África al Mar Negro, de Persia a Egipto reunió un gran cúmulo de noticias sobre todo lo que halló de interesante y digno de saberse en el mundo de entonces. Heródoto no indagaba el pasado, sino la cultura y su entorno. No se pida a Heródoto que discrimine entre la importancia de la teoría política y una historia de horror como las que tan cuidadosamente se esfuerza en reconstruir. Por ejemplo, el famoso diálogo de los Persas que, dispuestos junto con Darío a derrocar a Esmerdis, el mago que ha usurpado el trono, se detienen a disertar acerca de cuál es la mejor forma de gobierno entre la monarquía, la oligarquía y la democracia habrá que considerarlo como una de esas facetas de su discurso en las que Heródoto, en el más dramático estilo griego, expone el ambiente político de su época. Porque, históricamente, en el marco de lo que García Pelayo ha llamado el Imperio Mundial, dicho diálogo no tiene ningún sentido y ante nuestros ojos no pasa de ser un mero cuento increíble, una fantasía que, pensamos en respetuoso y condescendiente silencio, deja entrever una pasmosa ingenuidad por parte de Heródoto como historiador. Pero, al mismo tiempo, en el relato de la venganza de Astiages sobre Arpagón, a quien aquél da de comer a su propio hijo, logra Heródoto hacer coincidir de tal manera el cinismo de la autoridad y la circunspección del servidor que, ante el dramatismo de la escena, pierden toda su significación los detalles históricos.

El problema de esta historia imposible es que para Heródoto todo es importante o digno de mención, y por eso esta historia pretende contarlo todo y, mas que contarlo, pintárnoslo, escenificárnoslo, por decirlo así. El cuento, realimente acontecido o literariamente concebido, es sólo el pincel, el argumento de la obra. Y he aquí que, si bien la indagación en tanto que indagación del pasado es, como antes se ha dicho, sólo una de las formas de conocer lo humano, juega un papel particularmente único en la obra de Heródoto. En efecto, todo el desarrollo de los Nueve Libros se asienta sobre un argumento histórico temporal o, dicho en otros términos, el relato del pasado es el escenario que da estructura y unidad a la obra, la única unidad posible para una historia imposible porque pretende contarlo todo.

Heródoto comienza su relato desde donde se lo permiten las fuentes orales, es decir la memoria individual de testigos aún presentes. Esta es su fuente fundamental. A veces utiliza referencias escritas como las de Hecateo de Mileto y en muy pocos casos hace referencia a la fuente mítica, como, por ejemplo a Homero, de cuya existencia incluso, al igual que nosotros, duda. Obviamente que el no recurrir a lo mítico, como hará posteriormente la historiografía cristiana, deja claro que Heródoto se plantea un relato en el plano de lo temporal, al que da inicio en un momento del pasado tan remoto como hasta donde logra ver a través del confuso prisma de la memoria de los testigo que interroga o de las escuetas referencias con las que cuenta. Heródoto no violenta los límites d su oficio. A diferencia de Tácito o Eusebio de Cesárea, se aparta resignadamente de la posibilidad de conocer los orígenes, campo que seguirá reservado a la mítica y donde la historiografía no tiene nada que decir. Para su propósito, el relato mítico de nada le sirve, al menos en lo que a la indagación de los inicios del pasado humano se refiere. Empieza así su historia con los lidios e intenta sostenerla en un cierto orden cronológico, no en el sentido de precisar fechas (los Nueve Libros carecen de cronología) sino de venir de lo más lejos en el pasado a lo más cercano en el presente, de su presente claro está, que es la Grecia Clásica y, ya al final, luego del triunfo de Grecia sobre los Persas, el relato vuelve a Asia, a donde ya no hay nada qué contar, sólo una sutil reflexión a nombre del vencido cuya fuente de inspiración la encontramos en Esquilo. Al terminar su historia Heródoto ha vuelto al punto de partida, desmintiendo así a quienes ligeramente sólo vieron capricho, descuido, ingenuidad y dispersión y no han advertido que los Nueve Libros han sido construidos como una enorme y gran tragedia cuyo argumento principal es la confrontación entre griegos y persas.

De allí que, como se ha dicho, los Nueve Libros, pensados en conjunto, parecieran la representación de un tiempo hecho de necesidades y azares hacia la consumación del gran enfrentamiento entre Europa Y Asia, y con ello el florecimiento de la Grecia que le tocó vivir a quien los escribió. De allí también que, así como a Tucídides se le conoce como el historiador de las Guerras del Peloponeso, a Heródoto se le haya llamado el historiador de las Guerras Medicas.

Sin embargo, Heródoto no es el historiador de las guerras medicas en el mismo sentido que Tucídides lo es de las del Peloponeso. Lo que en éste es ya tema de estudio, lo que define la unidad del todo hacia el que apunta el discurso histórico en Las Guerras del Peloponeso, es en aquél un aspecto del relato, un agregado que fragmenta el todo hacia el que apuntan los Nueve Libros ¿Quien puede asegurar que la importancia de las guerras médicas en los Nueve Libros está por encima de las que, tras la toma de Egipto, Babilonia o cualquier otra plaza, afianzaron la expansión Persa? Heródoto dedica más páginas a las vicisitudes del anillo de Polícrates, o el lacerante papel de Zópiro en el sitio de Babilonia que a Maratón y Salamina juntas. Claro que, como se sabe, la incapacidad de Heródoto en el tratamiento de cuestiones militares sólo es comparable a la maestría de Tucídides. Pero éste no es el punto aquí. Se trata de que Heródoto no es el historiador ni de esto ni de aquello. Incluso es una exageración decir, como se ha dicho, que de los Nueve Libros los tres últimos están dedicados a las guerras médicas, pues están dedicados a muchas cosas más, además de este conflicto.

Heródoto se vale de lo histórico para dar pie a un retrato de esto o aquello según un ambicioso e inevitablemente ambiguo plan de aproximar al hombre a lo humano. Algo muy distinto logra Tucídides cuando, a través del retrato psicológico que nos proporciona de la guerra, ésta se trasciende a sí misma como tema militar, se enriquece y se profundiza hasta dar pie, incluso, a planteamientos teóricos que nos hacen tributarios de su pensamiento histórico. Eso no va a suceder en lo Nueve Libros con Maratón, ni con ninguna de las guerras a las que se hace referencia, y yo no me atrevería a decir que es por falta de penetración psicológica de Heródoto. Mas me atrevo a pensar que la guerra, en este sentido, no es su tema, el relato se corta sin consecuencias, nos deja a solas frente a una imagen sincrónica, como frente a una fotografía.

Esto convierte a la obra de Heródoto en una amalgama de momentos sin duración. A lo largo de sus páginas la realidad histórica aparece como una sincronía incesante de lo mutilado. Echamos en falta. aparte de la cronología, el análisis, la síntesis, la formulación de problemas ciaros. el modo en que el historiador se expone a sí mismo y, con ello. se nos torna genial o torpe, pero siempre vulnerable para nuestra observación. Heródoto, por el contrario, es su propio muro insalvable. Sabemos que está allí, en cada piedra colocada, línea a línea, pero no lo asimos. Desde el punto de vista práctico de la lectura esto es agotador, y desde el punto de vista metodológico le ha valido a Heròdoto la acusación de superficial y disperso. Pero desde el punto de vista estético los Nueve Libros son un monumento literario elevado en el templo de lo terreno. Y aunque eso no nos parezca hoy buena historia, es la única obra histórica que lo ha hecho. No esperamos, en verdad, que la pirámide de Queops nos proporcione un análisis del Antiguo Egipto. Tampoco lo esperemos de los Nueve Libros. Heródoto es, en este sentido, tan silencioso como los arquitectos de las monumentales tumbas faraónicas. No es superficial, pero si es el historiador de lo superficial ...cuento lo que vi digo lo que me dijeron.

Y en cuanto a lo disperso Heródoto no es tan ingenuo como suponemos. Heródoto, en ese ir de lo más viejo a lo más nuevo, se sostiene de manera premeditada, nos proporciona el relato cuando él considera que debe proporcionarlo. En mas de una ocasión anuncia algo que retomará después o nos recuerda, a propósito de algún después, que está dando continuidad a lo previamente anunciado. El héroe herodotiano, hombre o pueblo, nunca deja de padecer lo que previamente le ha pasado. El destino de los hombres no está escrito, no hay elegidos, en el sentido bíblico, pero consumando sus acciones, los hombres, para bien o para mal, se eligen a sí mismos. Aquí, como es de esperar, Heródoto se ajusta al concepto filosófico y estético de la tragedia griega. En todo quehacer humano hay una dosis de condena que, más allá del margen que Heródoto deja a la intervención de lo divino, reivindica. página tras página. la voluntad humana. Heródoto, como los novelistas, deja hablar a sus personajes, en el sentido literal, y también metafórico, de la frase.

Así, el pasado juega un doble papel en los Nueve Libros. Por una parte, en cuanto a !o que la indagación tiene de indagación del pasado, nos proporciona la noticia de las acciones humanas en el espacio y el tiempo. En esto, el relato histórico no se distingue como dato de otras descripciones como la biología, el tipo de clima, los usos y tradiciones religiosas etc. Pero, por otra parte, el párrafo dedicado al relato histórico es, al mismo tiempo que la intención de darnos a conocer lo que pasó, la ocasión para que el discurso entre a relacionar las más diversas noticias acerca de lo humano, incluso, la descripción geográfica en la que se desenvuelven los pueblos que va describiendo. Éste es el patrón que monótonamente domina a todo lo largo de la obra y la mantiene en el plano de lo ”isocrónico”. sin puntos altos ni bajos, sin tensiones en cuanto a su estructura. Desde éste punto de vista, el de la estructura del discurso, el relato histórico es único en comparación con los demás datos, es el dato que sirve de escenario a los demás datos. el que les da entrada y salida, y el que les permite. si es el caso, permanecer. El papel de lo histórico es fundamental, pues, en cuanto que es el que define esta estructura en la obra. Heródoto no tiene forma de clasificar los animales y las plantas de las que habla, como tampoco las religiones o las instituciones políticas. Heródoto no tiene ni zoología ni sociología. Sólo cuenta con el relato histórico, es decir la dimensión espacio y tiempo, como forma de articular su discurso.

Este doble papel de la historia como indagación del pasado y la historia como argumento de la obra es el eje conductor de los Nueve Libros. Proporciona la estructura más sencilla posible a la propuesta intelectual más compleja y ambiciosa posible. Porque, al final, lo que Heródoto se ha propuesto, acaso sin tener forma de saberlo, es una historia universal (entiéndase de la cultura en su más amplio sentido), un relato acerca de lo humano y su entorno en el que la historia vendría a ser el único elemento de articulación. Esta historia universal está muy lejos de la que, mucho tiempo después, se planteó Polibio, basada en la expansión romana como entidad político administrativa y de su precisa idea de totalidad. Heródoto no sabe cómo construir el todo de lo histórico, porque en su idea de indagación como la visión más amplia posible de la cultura, no sabe cómo deshacerse de la partes. Para construir su universo de lo humano Heródoto no sabe abstraer, sino sumar. Después de todo, como nos dice expresamente desde el comienzo, está en su intención la búsqueda incesante de agregados.

En los Nueve Libros un hermético substancialismo nos hace ir de relato en relato como si, a pesar de ello, las cosas no pasaran, y en esto Heródoto es un fiel representante de la cultura griega antigua y su filosofía. Y el discurso herodotiano está, sin duda alguna, impregnado de filosofía. Sin embargo, su idea de indagación es, por añadidura a lo ya dicho al respecto, una forma de buscar al hombre en acción, más allá de las fronteras de lo contemplativo. En este sentido, la historiografía es un oficio, en sus orígenes, reñido con la filosofía. No fue Heródoto, sino Aristóteles, como sabemos, el primero en dejar inequívoca constancia racional de ello.

Pero este alejarse de lo contemplativo y aproximarse a la voluntad y lo particular, si bien resta a la obra de Heródoto, según el gusto de la filosofía clásica griega, rango epistemológico, le asigna una muy peculiar significación en la historia del pensamiento humano; la aparición del concepto de cultura. En la medida en que la indagación supone, por una parte, una secularización del pensamiento, un ir de lo mítico hacia el discernimiento racional y, por otra, una aproximación y captación de la voluntad humana expresada a través de las acciones del hombre en el espacio y el tiempo, la reciente historiografía está creando una nueva dimensión de la realidad en el marco del humanismo clásico griego y en la que el peso de lo antropológico no viene dado tanto por el hombre genérico como por la especificidad de la especie humana como creadora de civilización. Este concepto de cultura tiene, incluso, un perfil bastante claro, aunque no esté, desde luego, expresamente definido en ninguna parte de los Nueve Libros. Si hubiese que definir sus características implícitas como recurso intelectual para percibir lo humano, yo apuntaría al menos tres: diversidad, ecuanimidad y tolerancia.

Para Heródoto, la existencia humana es, ante todo, diversa, se consuma de manera concreta y particular, histórica en suma. Es tal diversidad la que exige la indagación y constituye, al mismo tiempo, su mayor desafío, pues no se trata sólo de enterarnos de las cosas sino, además, de establecer, hasta donde sea posible, la mayor certeza respecto de aquello de lo que nos enteramos o descubrimos. Por eso, en mas de una oportunidad, vemos a Heródoto indicar hasta qué punto está seguro o duda de aquello de lo que nos informa. Es ésta una historia en la que el historiador está obligado a contarlo todo, pero, claro está, no a creérselo todo. De allí que los Nueve Libros nos muestran, y se esfuerzan expresamente en ello, un colorido contraste de hazañas y acontecer donde la tradición y la costumbre juegan un papel de primera línea4. Lo que los románticos de la época de Walter Scott llamarían mucho más tarde el color local y sin el cual la historia no era más que una hierática exposición de cosas sin personalidad propia, va a ser en los orígenes de la historiografía una de las normas fundamentales del oficio. Se entiende que, tanto para el romanticismo como para Heródoto no fuese mera cuestión de estilo, sino, más bien, de método, quiero decir, inherente a la captación de una realidad de suyo múltiple y diversa.

Pero pese a que para los románticos su idea del color local era una clara reacción contra el racionalismo que predominó en la historiografía desde la época de la Ilustración, para Heródoto la captación de la realidad histórica debe estar sometida al discernimiento racional, incluso en aquellos casos en que tal discernimiento racional eche por tierra creencias tradicionales de un determinado pueblo o comunidad. Heródoto logra demostrar que muy a pesar de las creencias griegas, Heracles es Egipcio y que fueron los griegos quienes lo copiaron y no a la inversa5. Los Nueve Libros abundan en esfuerzos sostenidos en largas ilaciones racionalistas aplicadas a situaciones históricas aparentemente misteriosas o inexplicables. Independientemente de cuánto haya logrado Heródoto en este sentido, y de los errores que haya cometido, lo importante aquí es que la idea de que todo lo real es racional es otra norma del concepto de cultura en Heródoto. Lo histórico tiene para la indagación herodotiana calidad de explicable, y la explicación es resultado del discernimiento racional.

Si la existencia humana es diversa, y su explicación y comprensión es racional, entonces toda forma histórica particular de ella es legítima y digna de respeto. La tolerancia intelectual y el reconocimiento del otro, tan importantes para Montaigne y sus epígonos, es corolario de la diversidad de lo humano, Veremos en Heródoto una inequívoca simpatía por el régimen democrático ateniense a la que, curiosamente para el espíritu democratizante de nuestra época moderna, no es inherente una implacable condena de la monarquía persa. Y, pese a ser enemigos fundamentales, encontraremos tanta nobleza en Darío o Mardonio como en Leónidas o Temístocles. Quienes entierran a sus padres no son mejores que quienes se los comen y quien vence en una guerra no está por ello autorizado a ultrajar al vencido. Cambises es un loco y un estúpido por hacer lo que hizo con Apis6. Violentar las tradiciones y creencias de un pueblo no es sólo criminal, sino irracional. Heródoto se cuida de hacer con sus historias lo que, seguramente, muchas veces vio cometer a los hombres históricos con sus armas.

Si entendemos por cultura, en su acepción más amplia, simple y general, lo creado por el hombre en los múltiples planos de su existencia individual y colectiva, los Nueve Libros constituyen la primera obra que intenta captar en su toda su magnificencia, incluido lo pequeño y lo ruin, esta dimensión de la vida humana. Para ello fue preciso la ruptura con lo mítico y el establecimiento de la existencia histórica del hombre. Dicho en términos filosóficos, apartarse de la sublime eternidad del ser y aproximarse al cambiante devenir, husmear en lo perecido, resignarse con lo superficial, aparente y fugaz de la existencia. Este es el ámbito de aquella primera historiografía. Su tema, la voluntad humana.

1 Carbonell, Oliver. La Historiografía. p. 20

2 "No es, ciertamente, por razones morales por lo que escriben? Catón, el incorruptible, Salustio el desilusionado, Tito Livio el inquieto, Tácito el indignado y, bastante más tarde, Aminano Marcelino el soldado al que irritan las intrigas y las crueldades de la corte; todos deploran la crisis moral de que son testigos, todos buscan en el pasado ya la esperanza de un gran cambio, ya los elementos de una requisitoria. No es ésta la menor de las paradojas de la historiografía romana: su discurso pesimista sobre la decadencia de las costumbres, es la base de un discurso orgulloso, retrospectivo sobre la grandeza del primer pueblo de la tierra (Tito Livio) del pueblo rey (Floro). Lúcidos y patriotas, los historiadores romanos han escrito, a lo largo de seis siglos, una obra colectiva sobre la grandeza y decadencia de Roma" Oliver Carbonell, La Historiografía. p. 33

3 Véase P. Vayne ¿Cómo se escribe la historia? Ensayo de Epistemología.

4 Una indudable muestra de la intención de Heródoto de mostrar un intenso contraste entre las formas de existencia colectiva es el libro segundo, en buena parte dedicado a Egipto, que incluye listados completo de usos y costumbres entre griegos y egipcios.

5 Véase Heródoto II,45

6 Véase Heródoto II, 38

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.