textos, pretextos y otras mentiras...

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−¡Está ocupado! −gritó el que, del otro lado, a decir de su voz, debía ser un hombre luego de que Martín Romero tocara a la puerta. A esperar. Martín Romero echó una mirada en torno al patio interior de la “Pensión Rita”, que, acaso por el fuerte sol que lo bañaba a media mañana, le pareció más grande que la tarde anterior, cuando arribó, al atardecer. Cuando salió de la habitación no había nadie por los alrededores. Caminó por el pasillo aún estaba vacío y en sombra. Las diez, calculó, tras advertir la posición del sol. Ya no tardaba en empujar la sombra en el pasillo. Iba a encender un cigarrillo, pero los había dejado en la habitación. Aunque lo pensó, no se animó a devolverse a la habitación. Tomó la toalla que traía bajo el brazo, la miró como si hasta entonces no se hubiese dado cuenta de que la llevaba allí, giró media vuelta a la izquierda hacia el patio, regresó la toalla a dónde estaba y esperó. Giró media vuelta más, y ahora quedó mirando de nuevo el pasillo por donde había venido, y más allá la entrada principal, y por sobre el muro el lomo terroso y polvoriento de un cerro lejano. Por un rato, a intervalos prolongados, estuvo mirando alternativamente la puerta del baño y el lomo del cerro.

Hay ruindades de la vida cotidiana, como hacer gárgaras o sacarse los mocos, acaso mucho más íntimas que el pensamiento, el sexo o las indecibles cosas que sólo borracho se dicen ante el mudo espejo y sin creerlo. Pero el energúmeno de allá adentro no parece pensar lo mismo que tú, Romero ¿Se estará practicando un exorcismo a sí mismo o qué? Paciencia, Romero, paciencia. Que este conjuro de moco y baba ya levanta un enjambre de visiones. Es cuestión de tomar el tiempo al asunto, y dar con el momento más despejado para acometer la vil rutina. Siempre hay un momento despejado. Sí, la muerte es el momento despejado de cualquier vida. Está bien. Eso ya lo sabemos. Pero aquí no se trata de entrar al otro mundo, sino al baño; y de hacerlo antes de que te mees los pantalones. A ver. Mira lo que viene por allá, a lo largo del pasillo que hoy parece más largo. El reverso de la señora tetas nalgas secas. Parece más chica que vista de frente, por el modo en que ha encogido los brazos, inclinado la cabeza y sujeta con la manos el palo con el que mueve el coleto de un lado para otro del piso del pasillo. No vemos los brazos ni las manos; sí apenas el ligero bulto del cabello gris atado en la nuca. Percibimos el pendular del palo a un lado y otro de las rectas y desiguales piernas de palo de la señora tetas nalgas secas. Eso sí lo vemos. El paso lento y descompasado hacia atrás. Se posa el pie izquierdo; el derecho tarda más. Casi no se nota por lo lento, pero allí están esos centímetros de más, o de menos, dependiendo de la pierna que se considere. Eso sí lo percibimos. La ausencia de carne, el silencioso espectáculo de la grandiosa materia venida a menos, el alma, si la tiene, allí pelada, como una segunda piel asida a la piel asidos a los huesos. Quizás por eso parece más chica. Subsumida la sola espalda en un movimiento pausado sin brazos ni manos. Aunque, también, es posible que se haya achicado más desde ayer. Sí, es posible que durante la noche la señora tetas nalgas secas haya vivido un centímetro cúbico más en favor de la nada cósmica y que, según ley universal, ha de ser restado de su volumen corporal. Se acerca. Ha alcanzado poco más de la mitad del pasillo. Sabe que estoy aquí. Me ha de haber visto desde que salió de la cocina. Sin embargo no se ha volteado a mirar hacia acá. Se viene de espaldas, sujeta al palo en incesante movimiento pendular, se diría que armoniosamente descompasada ¿Y qué? ¿Nos quedamos aquí parados a esperar que nos pase por encima? La señora tetas nalgas secas no pasa por encima de las cosas; las atraviesa y sigue de largo, al margen de nuestra vana corporeidad, como si no estuviésemos aquí. Quién sabe, Romero, quién sabe. Puede que ni siquiera estemos. Pero, de todas maneras, por qué no te arrimas un poco hacia allá y le haces paso. Mira que si la vieja se tropieza, se va al suelo con palo y todo, y termina con los huesos rotos. Ya no mires más esa puerta, que el maldito no va a salir. Escúchalo. Ahora canta bajo la ducha.

 

Mamita, mamita

No hay día en que

Yo no sueñe

Con esa cara bonita

 

Buenos días, Comisario. Buenos días, señora tetas nalgas secas ¿Amaneció bien, el Comisario? No. El comisario amaneció como la mierda. Bueno, que, como quien dice, nadie amanece. UD. entiende ¿no, señora tetas nalgas secas? Pasa que el día se nos mete a empujones por los ojos. Si éste al que ve aquí parado con esa cara de pocos amigos mientras aguarda su turno al baño fuera el amanecer, aún sería de noche en Buenaventura. Noche cerrada. Se lo aseguro. Me alegro que esté bien. Nosotros también.

 

−¿Esperando turno, Comisario? −sorprendió Rita, que habló justo cuando Martín Romero miraba hacia la puerta del baño.

−¿Yo? Ah sí. Esperando −respondió Martín Romero, al tiempo que se encogía de hombros y se cambiaba de brazo la toalla.

−Es lo malo de tener un sólo baño. −dijo Rita. Luego agregó −Y si éste sigue cantando…!Bueno. Aquí afuera están esperando, ¿eh?! −gritó Rita al de adentro.

−No hay problema. Déjelo. Puedo esperar un poco más. −dijo Martín Romero.

−Se lo he dicho mil veces. Los clientes primero. Pero él, no. Él se mete en la ducha a cantar. No digo yo. −habló Rita molesta, mientras con la mano señalaba la puerta del baño.

 

De súbito, mamita, mamita… se esfumó. Adentro se detuvo el ruido que producía al caer el agua de la ducha. Crujió la tranca metálica de la puerta del baño. Al salir, el Indio obsequió unos amables buenos días que en muy poco coincidían con el mal humor de Martín Romero. Por su parte fue como haberlos tirado ahí, en el piso de aquel ánimo que apenas alcanzó para un medio responder del medio policía …ños días. El otro siguió de largo, retaco, vientre redondo, cara redonda, rasgos brutales, cabello largo, lacio, de ese amarillento con que el sol y el salitre manchan luego de mucho tiempo. Ya se había alejado y todavía podía escucharse el plat plat plat…de las enormes chancletas en las que iban metidos… ¿los pies? Bueno. La verdad no los había visto. No importa. Quien viera aquella cara ya podía imaginarse aquellos los pies ¿no? Plat, plat, plat.. el hombre nuevo circunda el círculo de su eterno futuro, dijo para sí Martín Romero mientras cerraba la puerta del baño. Un poco más gordo y más viejo, le pareció hoy, en relación a lo que recordaba de ayer, cuando iba en el autobús. Sólo eso. El camino correcto. Siempre se sigue uno. Lo mejor es hacerlo en chancletas.

Luego de un refrescante baño, cuando Martín Romero volvió a su habitación, se sorprendió a sí mismo inusitadamente animado. Venía pensando en el sujeto retaco, vientre redondo, cara redonda, rasgos brutales. Muy probablemente el Indio. No podría asegurarlo de manera absoluta, salvo porque Clarita lo había señalado como tal. Pero, después de todo, aunque la mujer no hubiese dicho nada al respecto ¿quién otro podría ser? Ah, la sensación de tenerlo allí, a la mano, arrancado de aquel pasado que transcurría como un sueño. El hombre nuevo, veinte años más viejo y más desarrapado, le proporcionaba un sutil pero inequívoco regocijo. Sería por esa sensación de estarse topando con antiguos fantasmas. Desfile de fantasmas. Ahí va el primero, flamante en sus enormes chancletas de caucho. A éste, cuando lo dejé por última vez, estaba borracho y vencido, que yo recuerde. ¡Vaya con el alboroto que armaba en el baño cada mañana el hombre nuevo! Intentó recordar otras escenas más sobre el Indio. Pero se confundía ¿Falla de memoria? Puede ser. Pasa cuando uno quiere recordarlo todo de una vez. Es como los sueños. No se les puede reconstruir con la coherencia que desearíamos. Hay que tener calma, y aguardar con paciencia, camuflado en un matorral del bosque del inconsciente, que se vayan devalando los detalles. El pasado, como los sueños, en algún momento siempre traiciona sus enigmas. Un día pierde todo pudor y muestra sus groseras intimidades. Las nuestras. Entonces intercalamos pasajes lógicos, artificios, que seguramente los tergiversan en su absurdo esencial, pero los colocan a nuestro alcance y de quien nos escucha. Yo, por ejemplo, tengo comprobada experiencia en luchar contra esos dinosaurios que, de pronto, aparecen en la plaza Bolívar. Siempre lo hago al amanecer y en calzoncillos. Y todos aplauden mi heroísmo. Menos Amanda, claro.

Al mismo tiempo, se interponía la imagen de Rita. Y en un impulso habitual sacó el cuaderno del maletín y se puso a escribir. Una nota a modo de informe ¿A quién? A nadie. Sólo una nota, a modo de informe, como las de los diarios, pero con un toque inequívocamente impersonal. Es decir, una nota no para la intimidad, sino, por el contrario, para la externidad. Además de incorrecto, sonaba feo. Sí. Pero, en el caso de Martín Romero, el mundo exterior al yo era una suerte de intimidad execrada, que había de arrastrar pese a todo el esfuerzo por desprenderse de ella. La otra, la intimidad propiamente dicha, era sólo la parte que todavía quedaba dentro y de la que ya daría cuenta también. A su tiempo. Eso es. Eso es lo que quería decir con la nota a modo de informe.

Me hospedé en la Pensión Rita. Así llama la dueña las cuevas esas que bordean el patio interior y cuyos techos de cinc brillan entre los árboles del lado este de la plaza. Durante la semana suele estar vacía. Sólo turistas de mala muerte y gringos aventureros las ocupan los fines de semana. La vieja desgreñada, de encías peladas y lívidas que se cierran en una línea babosa, como una segunda boca detrás de la boca, es Rita. Me acabo de topar con ella al final del pasillo, mientras aguardaba mi turno para entrar al baño. Sus ojos sanguinolentos no parecen, en verdad, de ella, sino de algo demoníaco que se abate dentro y lucha por salir. Algo demoníaco hay también en su nariz pequeña y puntiaguda, en sus orejas grandes, demasiado grandes para ser humanas. Estuvo parada frente a mí, mopa en mano. Veo su vientre abultado, los senos secos. Luego, al seguir, sus espaldas esqueléticas, las nalgas también secas. Lo demoníaco no es sino miseria. Viéndola bien, quien sabe si, en vez de crecerle las orejas, se le haya achicado la cabeza.

A ver cómo quedó. Mierda. Pero si es sólo una vieja. Cualquiera podría decirlo en términos bien sencillos: pobre vieja. Y Ya. Todo lo demás es invento tuyo. Lo hacen los poetas con el mar y con el cielo. Bien. Allá ellos. Pero Martín Romero tiene que hacerlo con la pobre vieja. Pobre vieja. No se necesita un cuaderno para eso, Romero. Senos secos. Nalgas secas. Siempre pasa. ¡Uy, y esas orejas picudas! ¿de veras te dan mucho miedo? La mopa puede ser su tridente. Pero seguro que ya se te ocurrió algo así. Vete a la mierda, Romero. A luchar a la plaza. Todos esperan que los salves del dinosaurio mañanero. Tus calzoncillos están listos. Por lo que a esta nota se refiere, si sigues así, tu informe se puede convertir, en el mejor de los casos y si no esquivas el camino correcto, en un tratado de paleontología. Espera un poco y ya tendrás las medidas exactas que necesitas. Metro y medio. Edad comprendida entre tantos y tantos miles de años. A ver. Sí. Sujeto de sexo femenino. Hay ciertas características óseas especiales para decir eso de un esqueleto. Y que cada quien imagine en donde iban las nalgas y las tetas. Hasta ahora pobre vieja. Ya puedes cerrar el maldito cuaderno. La señora tetas nalgas secas. Bueno, eso de ponerle nombre a las personas es otra cosa. Quizás lo único que has logrado en tu vida. Aunque, en este caso, tendrás que esforzarte más. Pero está bien. tetas nalgas secas está bien, por ahora. Igual ya puedes cerrar el maldito cuaderno ¿si?. Tampoco es necesrio para eso.

Martín Romero echó el cuaderno a un lado. Mera debilidad de su aburrimiento. Se vistió, cuando ya el sol comenzaba a calentar el techo y las paredes. Encajó en la cintura el revólver y la cabeza en la gorra. Se detuvo en lo de Rita para tomar café y fumar un cigarrillo. La señora tetas nalgas secas estuvo diciendo cosas que en realidad no escuchó. Hablaba de una gallina. O quizás lo pensó así por los trozos que manipulaba en sus manos para el aderezo. Pero en realidad sólo supo de un murmullo de mar lejano ahogado en el mar de su propia lejanía y ese ligero eco de silbido expectorante que venía del pecho de la señora tetas nalgas secas. Quién pudiera captar con palabras esos murmullos y esos ecos que traspasan las podridas carnes y sobreviven las podridas palabras esputo de cuanto se intenta decir. Podría llenar el cuaderno con todo lo que dice la señora tetas nalgas secas y jamás lograría ese tono de muerte parlante de la vieja parlando. La señora tetas nalgas secas no es más que una corneta. Un surtidor más de esos murmullos, esos ecos. Anda a ver cómo le haces con tu cuaderno lleno de palabras escritas con tu horrible letra. Es como si para decir del brillo y el movimiento de la sardina, destapáramos la lata. A la mierda con este oficio de llena–cuadernos y destapa–latas. Martín Romero salió de la “Pensión Rita” y se puso camino a la oficina de Medina.

Cuando llegó a la oficina de Medina no había nadie, o al menos eso fue lo que pensó hasta que, de súbito, se percató de que, semioculto, tras la puerta, alguien refunfuñaba en voz baja. Esta mierda está fría. Maldición. Voz entrecortada, ronca. La maldición no coincidía con la entonación de aquella voz, más bien rutinaria. Lo que fuese que estuviese frío, o no lo estaba tanto o simplemente ya se había acostumbrado a ello y sólo por hábito lo maldecía. Martín Romero ahora podía observar la espalda y el trasero medio asomados. El señor culo plano. Acto seguido, su cara. Barba escasa y embarrada de gris sucio, bigotes abigarrados, ojos de párpados caídos y bordeados de la sombra de unas incorregibles ojeras. Cuando el hombre se quitó la gorra para enjugase el sudor mostró la frente amplia hasta convertirse en calva. El señor bola arrugada. También podría ser. Pero le sobraba esa barba y esas ojeras. No te engañes, Romero. Fallaste. Esa barba y esas ojeras son mucho más significativas que esa calva a medias y que no termina de triunfar en el campo de batalla de aquel aspecto. Aquí no hay nada decidido. Éste está desmadrado, pero no lo suficiente como para despachar el asunto tan rápido. Por ahora lo conoces al reverso. De frente sigue siendo un completo desconocido. Quizás haya que inventar dos nombres para éste. Uno para cuando viene. Otro para cuando se va. Un caso de doble personalidad. Ya veremos. El hombre miró con sorpresa a Martín Romero:

 

−Buenos días. Martín Romero. −dijo Martín Romero.

−¿El Comisario Romero? Si me hubieran avisado a tiempo, hubiera ido a buscarlo yo mismo. Me dijeron que había llegado. Me enteré casi al anochecer, al terminar la guardia de ayer. Me volví al comando, pero me dijeron que por allí no había ido ningún comisario. Me vine a lo de Medina, y tampoco ¿Entonces?, me pregunté. ¿Qué podía hacer? Pensé que era pura habladuría. UD. sabe, la gente habla sin saber. −dijo Colmenares en medio de un infantil nerviosismo.

−Clarita ¿no? −interrumpió Martín Romero.

−¿Clarita? −replicó Colmenares

−Sí. Imagino que fue ella quien le habló de mí. −aclaró Martín Romero

−Ah, sí. Clarita me estuvo contando que en el autobús venían Uds. Hablando…

−Y dijo que yo estaba medio loco, o algo así. −volvió a interrumpir Martín Romero.

−Bueno, no…ella dijo…un tipo raro. Eso fue lo que dijo. La verdad no sé qué quiso decir. −comentó Colmenares apenado.

−Bueno, eso quise decir. Es lo mismo. No tiene importancia. Entiendo que Clarita dijera algo así. Que no parece un policía ¿No dijo eso, o algo por el estilo? −preguntó Martín Romero. Colmenares calló por un momento, al tiempo que buscaba determinar en la mirada del otro el ánimo con que hacía la pregunta. Luego habló.

−La verdad, sí. Eso fue lo que dijo. Pero, Clarita, en realidad ¿qué va a saber? ¿qué puede saber una mujer de policías y demás, eh?

−Quién sabe, Colmenares, quién sabe. Tú eres Colmenares ¿no? −se interrumpió a sí mismo Martín Romero.

−¿Yo? Sí, claro. Colmenares, para servirle, Jefe −dijo el otro, mientras se aproximaba a darle la mano derecha. Luego, mientras mostraba el vaso de café que llevaba en la otra mano y al tiempo que señalaba hacia la cafetera en un rincón de la pared, agregó −Le ofrecería un poco. Pero está como muerto. Se lo advierto. Si no le importa. UD. dirá. −agregó,

−No hay problema, Colmenares. Gracias, de todas formas. Recién acabo de beber café en lo de Rita. Es bueno el café en lo de Rita. Ya lo creo que es bueno. Anoche bebí tanto, que quizás por eso no pude pegar un ojo. Esas cafeteras son la mierda. −comentó Martín Romero señalando a su vez la cafetera.

−Vainas de Medina, Jefe. Yo también lo prefiero colado a mano en bolsita. Pero a Medina siempre le han gustado las cosas modernas. Tiene obsesión por los aparatos. Con decirle, que en su casa tiene hasta dos microondas, sin que haya podido utilizar ninguno de los dos porque, según el médico, esos aparatos son mortales para quienes sufren del corazón. Ésta la compró a un árabe que solía traer todo tipo de coroto fiado aquí a Buenaventura. Hasta que un día el tipo se fue por un voladero. Luego de rescatarlo casi muerto, estuvimos tres días sacando peroles de allá abajo. El tipo no volvió más nunca. Perdimos el único contacto con la civilización, recuerdo que dijo Medina un día que comentábamos el asunto. −narró Colmenares.

−Ésta es la oficina de Medina ¿no?. −dijo Martín Romero, mientras echaba una mirada en derredor.

−Sí. Medina y el Licenciado Valbuena están allí, reunidos en su despacho desde temprano. −Colmenares señaló hacia la puerta cerrada del fondo.

−Esperaremos, entonces. Imagino cuán ocupados deben estar Medina y el secretario ¿Cómo dijiste que se llamaba? −preguntó Martín Romero.

−Valbuena. −respondió Colmenares, y correspondió con una sonrisa leve la ironía de su interlocutor.

−¿Puedo sentarme allí? −preguntó Martín Romero al tiempo que señalaba hacia una silla.

−Por supuesto, Jefe. −se apresuró a decir Colmenares. −¿Ya estuvo por la comisaría?

−Aún no −respondió Martín Romero −Preferí venir primero por acá. Después de todo, Medina es la máxima autoridad ¿o no? −dijo Martín Romero.

−Ah sí, claro. −dijo Colmenares, y sonrió de nuevo igual que antes. Luego añadió −Que mucho trabajo no hay aquí, Jefe. En verdad, que éste es un pueblo tranquilo. Con decirte que jamás lo he usado. −y señaló hacia el revólver que llevaba al cinto.

−Se nota, Colmenares, se nota. Mejor así. Pero dime ¿desde cuándo no limpias esa vaina?. −replicó Martín Romero.

 

Colmenares se quedó viendo el viejo y opaco treinta y ocho enfundado, mientras intentaba recordar la última vez que lo había sacado de la funda. Le vino el recuerdo del Moise; el negro metido dentro del saco mientras lo ataba, el tiro rasante, la voz trémula del negro que desde adentro susurró ¡comandante, aún no estoy muerto! Luego fue el sonido seco del saco al caer al fondo de la tumba…fue la primera… y la última…

 

−Por lo que veo, viejo, mucho más de lo que yo creía ¿eh? Hay que tener cuidado con eso. Buenaventura puede ser muy tranquilo. Y mejor así. ¿Pero una vaina es tu arma de reglamento, y otra una pieza de museo? ¿No crees tú? −interrumpió Martín Romero la evocación del subalterno.

−La limpiaré no más vuelva a la comisaría. −aseguró Colmenares.

 

Martín Romero se sentó en una de las sillas de hierro colocadas a lo largo de la antesala. La luz de las once y media se metía por la ventana y desdibujaba un enorme manchón amarillento sobre el piso de baldosas verdes y marrones. Al frente había un escritorio abarrotado de carpetas y papeles cuyo orden, si lo tenía, sólo el mismísimo secretario Valbuena podría descifrar. Entre policías y burócratas se sostenía ese ambiente hostil de oficina pública del que ya, desde el mismo momento en que puso pie en la oficina, comenzó a sentirse parte. Bienvenido, Romero. Puedo escuchar ese silencio aplanado entre las quietas hojas de las carpetas, en su tono de disimulo y bellaquería. Aunque los escritorios de la policía son, en realidad, distintos. Siempre pelados, vacías sus gavetas, como si nadie los ocupara nuca. Pero, igual, la tardanza voluntaria de su decir.

En el anaquel de hierro situado detrás del escritorio del secretario Valbuena, se había ido acumulando un lote de libros. Polvorientos y arrumbados, mostraban sus bordes sucios de cosa que nadie leyó nunca. Martín Romero se levantó y se aproximó hasta el anaquel, mientras Colmenares lo observaba con adormilada curiosidad. Al rato, volteó para ver al Licenciado Valbuena, que salía silencioso de la oficina de Medina. Lo siguió con la mirada hasta que se detuvo junto a Martín Romero.

 

−La típica literatura que a nadie interesa. −dijo el secretario. El señor cerdito. Qué otra cosa cabe. Estoy de acuerdo contigo, Romero. Con este no hay problema. Es igualmente redondo por donde se le mire. No importa si va o si viene. Es tu día de suerte, Romero. Si todo en la vida fuese tan fácil de identificar ¿eh?

−Compilaciones de documentos y discursos. Es lo más que hallará allí. −prosiguió el secretario, luego de percatarse de la curiosa mirada de Martín Romero− Salidos una vez de alguno de esos sótanos de archivo público, llenos de personas momificadas y máquinas que en treinta años no han movido una tecla. Ya sabe cómo es. Allí conoció Medina la virtud democrática de haber envejecido mascullando comentarios en contra de los tiempos de la dictadura, al frente de cuatro o cinco subalternos que, mientras compartían obligadamente su sueño de pasado heroísmo, seleccionaban y organizaban papeles viejos. Yo era uno de los cuatro o cinco.

−¡Coño, Valbuena!, el Comisario Romero apenas acaba de llegar y ya te vienes tú con tus majaderías. Deja que al menos el hombre se aclimate ¿no? −dijo Colmenares desde su silla. El secretario volteó y lo miró con indiferencia. Entonces replicó:

−¿Y qué debo hacer? −luego, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero− A lo mejor lo que Colmenares sugiere es que yo le hable de las bondades de Buenaventura, de lo bien que nos la pasamos aquí. Cuando esté en la calle, Comisario, y sienta la brisa (eso es lo que sobra en Buenaventura) no piense UD. en el clima, la topografía o la posible tormenta. Es Buenaventura, que avanza. −Martín Romero sonrió, y luego preguntó, mientras volvía la mirada a los viejos anaqueles.

−Tiene UD. bastante tiempo trabajando con Medina ¿no?

−Yo digo que son un matrimonio de toda la vida −insertó Colmenares con sorna. Luego aclaró −Aunque el Licenciado es casado, como Dios manda.

−Era una bóveda larga, profunda, llena de hongos, polvo y gruesos tomos. Medina la abrió y me dijo: aquí hay trabajo para toda la vida, Valbuena (no era yo todavía licenciado), así que, lo mejor es que comience cuanto antes. Hace ya casi cuarenta años. Y aquí sigo. Yo creo que en el continuo y monótono transcurrir de todos los días, los hay especiales respecto al resto. Uno no se da cuenta. Los vive todos como si fuese iguales. Pero no es así. Los hay de valor específico; para bien o para mal, marcan nuestro destino hasta el final. Aquel día, parado yo a la puerta de aquella bóveda, fue uno de esos días. Me lo digo ahora, casi cuarenta años después. Entonces no me dije nada. Era un día más. Necesitaba el trabajo, era lo único que me importaba, y pasé al interior de aquella cueva. −concluyó el secretario.

−Bueno, Valbuena. Tampoco te quejes tanto. Después de todo no te ha ido tan mal. Medina nunca te ha abandonado. Siempre has tenido trabajo. Y si no es así ¿por qué, digo yo, no lo has mandado al carajo de una vez? −dijo Colmenares.

−No, habla más alto, para que el viejo nos escuche ¿eh? −dijo el secretario. Luego, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero −Como puede ver, Comisario, para la gente aquí, en Buenaventura, las cosas son simples al extremo. Si te gusta por qué no lo dejas. Si te quejas para qué sigues. Es un síntoma de barbarie ¿no lo cree, Comisario? Quien haya vivido en las grandes ciudades, sabe que las cosas no son tan simples. Uno no sabe si está haciendo algo por obligación o propia voluntad ¿no le ha pasado?

−Por supuesto. −dijo Martín Romero.

−¿Te das cuenta, Colmenares? Es lo que siempre digo. Aquí todos son como animales salvajes. No es por ofender, que para nada es esa mi intención. UD. me entiende, Comisario. −dijo el secretario. Se dio el tiempo necesario para tomar un libro de los anaqueles, y prosiguió. −Medina siempre habló de aquella bóveda como si albergara el más caro de los tesoros. No había allí gran hombre que no hubiese aportado su cuota de sacrificio desde el estrado, el púlpito o la mismísima plaza pública para levantar esta patria del agreste y perezoso catre de la nada. No olvido esas frases, no podría olvidarlas nunca, allí, en medio de la penumbra que se repartí entre el pasillo de la oficina y el interior de la bóveda. Parecía un sacerdote. Hasta se lo dije un día. No sé de dónde me salió, pero se lo dije. Sacerdote menor en el sagrado templo de la burocracia, replicó Medina. Por aquí, agregó, sólo verá viejos ociosos y estudiantes aburridos. Si unos y otros tuvieran otra cosa qué hacer, jamás los veríamos por aquí. Pero, nuestro trabajo, es cuidar de esta bóveda, y eso haremos ¿Le parece, Valbuena? Creo que fue la primera vez que me llamó por mi nombre (ya era yo licenciado), o eso sentí yo, y también sentí sobre mí la terrible amenaza de quedar sin trabajo Sus manos, suaves, temblorosas y manchadas de nicotina no cesaban de manipular gruesos volúmenes que su dedo índice recorría veloz, casi de memoria. ¡Valbuena! Este no es. Tráigame el tomo trescientos veinticinco. Y allá iba Valbuena con el tomo trescientos veinticinco hasta la mesa de Medina. La primera constitución, el primer presupuesto, el primer acto internacional de reconocimiento, la primera celebración. Todo estaba allí, hasta su primer discurso, pronunciado en una sesión clandestina y que terminó en desbandada cuando llegó la policía. No desaprovechaba Medina oportunidad alguna de mostrar aquella versión rouseaumana de dos páginas acerca de la libertad. Estos eran sus héroes. −concluyó el secretario, al tiempo que indicaba una fotografía del libro que había tomado y que acercó a Martín Romero.

−El Rómulo y los demás. −aseveró convencido Colmenares.

−Ja. Éste lo dice como si se tratara de un delincuente al que estamos buscando. −exclamó el secretario.

−Nadie lo está buscando, pero… −dijo Colmenares.

−A ver si te escucha Medina. −advirtió el secretario.

−¿Se molesta Medina? −preguntó Martín Romero.

−Según él, el único político de verdad de este país. Se conoce de memoria todos los discursos y cartas. Yo mismo debía estar pendiente de cuanto papelucho original pudiera aparecer en aquella bóveda. Veinte años hurgando entre hojas mohosas de aquella bóveda de la democracia, como quien desconcha un coco reseco. Y, le digo, hubiera seguido haciéndolo, si un brusco e inesperado cambio de partido en el poder no nos hubiera lanzado fuera de aquella bóveda y puesto a peregrinar de oficina en oficina, con nuestras impecables credenciales de demócratas y que nos otorgaban el privilegio de mendigar un cargo público. En fin, uno aprende que en la democracia, el partido político opuesto podía ser más vil que el más vil de los dictadores. Así dice Medina. Un día volvió a Buenaventura, según mandato de algún alma benévola y anónima que, compadecida del gran demócrata, le facilitó el nombramiento de Jefe Civil. Y yo me vine con él. Qué otra cosa podía hacer. Es lo que le digo. Hay días que marcan el destino de uno, sin uno saberlo sino hasta mucho más tarde. Todos esos libros, incluido el anaquel, se lo trajo Medina. ¿Y para qué?, le pregunté entonces. Nada me respondió. Para que su oficina estuviera adornada, imagino. Pero soy yo el que debo limpiar esta vaina todo el tiempo. −concluyó el secretario, y fue a sentarse a su escritorio.

−Tampoco te quejes mucho de eso. Mira que polvero. −observó Colmenares. El secretario nada respondió.

 

Martín Romero siguió observando un rato la fotografía, que resumían la historia del siglo XX: generación del 28, casi todos muertos, enterrados como baluartes del régimen, en aquel entonces jóvenes de cabello atusado y mirada encendida de heroísmo decimonónico y antiimperialismo. Luego, demócratas por convicción, funcionarios de corazón, anticomunistas y generación del cincuenta y ocho.

 

−Hoy, carcamales. −sentenció con desprecio Medina, mientras asomaba su cabeza gris por el lado en que Martín Romero sostenía el libro.

−Todos muertos. O casi −advirtió Martín Romero señalando la fotografía.

−Bueno, sí. Pero tienen sus epígonos. A eso me refiero. Sólo que son como ratas en el albañal de la política. Husmean en los más recónditos escondrijos del poder y andan siempre prestos a acomodar el trasero donde mejor les quepa. −aclaró Medina.

−Es la política ¿no? −sonrió Martín Romero.

−¿Es esa opinión de ciudadano o de policía? −preguntó Medina.

−No lo sé. Nunca lo he pensado. Creo que es lo mismo, en mi caso.

−respondió Martín Romero.

−Bien. Como sea, no debería ser. Sí, es la política. Pero no debería ser. Es la cagada en que se ha convertido el político. Por eso digo que no debería ser. La política, sin el más leve tono de grandeza, Comisario ¿a dónde cree que nos va a conducir? No soy un moralista, ni mucho menos. Pero ya lo verá. Todos lo verán. Mientras esos políticos de hoy se la pasan negociando cargos y prebendas (porque no es otra cosa lo que hacen) va a llegar un día en que se van a quedar sin nada. El día menos pensado un militar alzado, un fascista o hasta los mismísimos comunistas, se los ganan. Que lo diga el zambo ése. Lo sacaron de la cárcel, y mire. Yo que se lo digo. Hoy todos se llenan la boca hablando de Oxford y liberalismo. Pero no son más que mendigos de partido. Malcriados herederos. Pero se van a joder. El zambo los va a joder. Ya verá cómo se van a joder, por puticas. −dijo Medina.

−Quizá exagera un poco UD. −dijo Martín Romero.

−¿Exagero? ¿Piensa UD. que exagero? ¡Ah, omisario. Bien se ve que está UD. al margen de la política! −exclamó Medina

−Que no sé nada sobre ello, quiere decir −interrumpió Martín Romero

−Eso. Perdone UD. −dijo Medina.

−No hay por qué. En realidad es así. No sé nada sobre el asunto. −insistió Martín Romero

−Pero yo sé muy bien lo que le digo. Si digo que el burro es gris es porque tengo los pelos en la mano. Claro que nadie tomará en serio a un viejo. Sólo es cuestión de tiempo para que en este país todo se vaya a la mierda. Luego los veremos lamentándose, a estos políticos. Puticas, sólo eso. En este país ya no hay clase política, como se dice. Sino puticas.

 

Martín Romero, advirtiendo la cara de paciencia y modorra del Licenciado Valbuena, que continuaba sentado a su escritorio, atrás de Medina, notó que lo que el viejo decía lo hacía ya más por costumbre que por rabia, y sintiéndose al margen más por la lejanía de Buenaventura que por sus principios morales. Y cuando esto hacía, comprobaría muchas veces después, tras un leve encogimiento de hombros, terminaba concluyendo que él también podría, de habérselo propuesto, haber sido presidente. Seguramente era a este tipo de cosas al que se refería Rita cuando hablaba de Medina y su perdición por la boca. Medina encendió un cigarrillo y un olor a tabaco negro se esparció rápidamente por el ambiente. De pronto, el viejo, como si se hallara perdido, se volteó buscando la cara de su secretario.

 

−¡Valbuena! Ah, ahí está. No sé qué magia se da para estar como si no estuviera. Éste Valbuena. Lo ve, Valbuena −dijo Medina señalando a Martín Romero con los dedos entre los que sostenía el cigarrillo recién encendido− siempre hay alguien que muestra interés por la historia. No todos son tan indolentes como en Buenaventura. Las verdades de la historia sólo enseñan a quienes curiosean entre los escombros por lo que ya nadie se interesa ¿No es así, Comisario? Cómo era que decía…

−Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. −dijo Martín Romero que, por si acaso, había abierto su baúl de frases hechas.

−Eso, eso mismo es ¿Quién lo dijo? −preguntó Medina

−No lo sé. Pero tanto se ha repetido. −dijo Martín Romero

−Bueno. No importa quién lo haya dicho. Importa que es así. Aunque nadie se lo tome en serio. −dijo Medina que, sin darse cuenta, se había separado dos o tres pasos de Martín Romero .

 

Martín Romero se dio vuelta, con el propósito de volver el libro al lugar de dónde lo había tomado el secretario. Se volvió hacia Medina, que ahora estaba de espaldas e indicaba algo al secretario Valbuena. Escuchó el carraspeo de su laringe tupida de moco y nicotina. Medina era un fósil sostenido en pie más por vanidad y ambición de nunca dejar de ser el mandamás de Buenaventura, que por sus huesos y músculos. Medina daba chupadas al cigarrillo. Se volvió hacia Martín Romero. Su rostro de pellejo y amargura quedaba envuelto en el humo tras cada bocanada. Otra chupada. Aquel si que era un rostro escapando de la muerte, pero lleno de su sombra. Si éste no se ha muerto, no será por falta de condición física. Alma debe tener. Porque, lo que es cuerpo…sería más útil en el cielo que en una sala de anatomía. El viejo, luego de que se esfumase la bocanada de humo, se quedó viendo fijamente a Martín Romero:

 

−Tal cual, me dije al verlo: el Comisario Martín Romero. −y alargó su mano para estrechar la del policía.

 

Y pensar que era esto lo que había que matar para conquistar el mundo mejor. Está medio loco, el pobre viejo. Mano blanca. Mano larga. Mano fría. Es como acariciar una rana que se consume en medio del sofocante calor ¿El señor rana? Puede ser. Ya veremos. El mismísimo Medina. Reconocería esa debilidad babosa aunque me vendaran los ojos y él fuese vestido con armadura de hierro. La misma de hace años no sé cuántos años, cuando lo correteé tomado del brazo por entre aquel monte nocturno. Entonces creí que era miedo, natural miedo. Pero es baba. Natural baba. Y ese tono de desdén y, al mismo tiempo, de amabilidad que fluye torpemente de su boca: también es baba. Cuanto de él recuerdo o pueda recordar, será baba. Lo que en verdad pretende es demostrar ante el visitante que, pese a su porte amilanado, la poca jerarquía e insignificante autoridad, la oficina pobre y su condición de enfermo y fracasado, es hombre suspicaz, de carácter inconmovible, conocedor de la naturaleza humana y, por lo tanto, capaz de saber en cinco minutos todo lo que tenga que saber de mí. Más baba.

¿Lo habría reconocido en alguna medida? Martín Romero no podía saber cuánto. Acaso Medina lo hubiera reconocido en algo, o su actitud fuese mera farsa. Y antes de distraerse con la duda apeló al sobre que Montenegro le había dado y lo entregó a Medina. Este ni siquiera lo miró. Intuía lo que contenía el sobre y que, con el gesto, el nuevo Comisario no estaba dispuesto a sometérsele. Lo pasó, sin más, al secretario. Para Martín Romero era el mismo hombre que hacía veinte años había dejado escapar una madrugada en medio del monte. Había envejecido prematuramente, por la enfermedad quizás. Pero igual le era fácil recordar aún esa carne temblorosa en medio de la noche. Un pasado insignificante y que creía muerto, aplastado e incapaz de tomar forma de recuerdo, ahora, sin él habérselo propuesto, revivía con tan sólo mirarlo a través de los pliegues de la senectud, escucharlo correr como piedra por rl riachuelo de su ronquera, confundir su fantasmal brillo en la fumarada de tabaco negro. Medina, una vez más al alcance de su mano. Vivir dos veces la misma estupidez, la agigantaba, la tornaba más estúpida y más sublime.

 

−Ya conoció al Licenciado Valbuena, mi secretario… −un acceso de tos de Medina lo interrumpió bruscamente. Al rato, cuando se hubo calmado, prosiguió.

−Es el cigarrillo. Demasiados años. Puede que me decida a dejarlo ahora. El Licenciado Valbuena siempre me lo dice, y creo que tiene razón. Pero, UD. sabe cómo es esto. Un día de estos…y cuando menos te das cuenta, a la mierda con la decisión. A uno se le olvida. −dijo Medina

−Quizás no sea necesario −dijo Martín Romero, pensando ahora que Medina se moriría antes de sufrir la supresión del vicio al que imputaba la tos.

−¿UD. también fuma, Comisario? −preguntó entonces Medina.

−Algo. −respondió Martín Romero.

−Comenzamos a coincidir. Eso es bueno, Comisario. Como comprobará por UD. mismo, este pueblo no es lo suficientemente grande como para que quepan los desacuerdos. Yo espero que nos entendamos. −y mientras hablaba, tomó al Comisario por el brazo y lo condujo a su oficina. Cerró la puerta con paciencia. Martín Romero observaba sus movimientos lentos y compulsivos. Invitó a Martín Romero a sentarse. El viejo se sentó al escritorio, del otro lado. Martín Romero esperó a que se acomodara. Entonces dijo:

−Yo también.

−¿UD. También qué, Comisario? −preguntó Medina como si recién apareciera en escena.

−UD. decía que esperaba que nos entendiéramos. Yo digo que también espero eso. −aclaró Martín Romero

−Ajá. −se quedó Medina absorto e intentando recordar. Luego continuó. −Disposición, claro. Eso es lo que cuenta. Y, desde luego, que cada quien haga su trabajo, lo justo necesario. Ni más allá ni más acá ¿No le parece? Siempre lo he dicho: las cosas comienzan a andar mal entre los hombres cuando confunden sus tareas. Pero si cada quien se dedica a lo suyo, el resultado es muy diferente. Siempre lo he inculcado a mi gente. El Licenciado Valbuena lo sabe ¿Ya conoció al Licenciado Valbuena?.

−Acaba de presentármelo allá afuera. −dijo Martín Romero.

−Ah sí, claro. ¡Licenciado Valbuena! −Medina pegó un destartalado alarido a su secretario. Esperó.

−Creo que no hay nadie allá afuera. Salían cuando UD. cerró esa puerta −observó Martín Romero

−Sí. No me acostumbro, pero así es el Licenciado Valbuena. Las doce en punto. Su estómago funciona como un reloj. −dijo Medina apenado. Luego, intentando reparar la pena, agregó −¿Ya son las doce?

−Y unos minutos más −respondió Martín Romero

−Sí, las doce −dijo Medina mientras observaba su propio reloj.

−Lindo reloj −observó Martín Romero, tras recordar que era el mismo reloj que Medina llevaba aquella noche.

−Bueno, UD. sabe, Comisario, como son estas cosas. Uno no siempre cuenta con el equipo idóneo. ¡Ah, que no habría hecho yo de haber contado con el equipo apropiado!. Puede que hasta hubiese llegado a Presidente. ¿Por qué no? La verdad, le confieso, nunca he tenido ambiciones en ese sentido, así que no culpo a nadie. Pero hay que reconocer que, en una república donde los presidentes han salido de los más remotos escondrijos del país, ser presidente es ambición de provinciano. Cualquiera puede lograrlo ¿No le parece? Lo que se requiere es un buen equipo. Y yo, la verdad, no lo he tenido. ¡Valbuena! –agregó Medina al final, como si cantara.

 

Ante el silencio sepulcral del otro lado de la oficina, la cara del viejo mandamás de Buenaventura volvió a ser invadida por la pena. En el cajón de su mente se revolvían como trastos pensamientos, ideas, fantasías y recuerdos con los que pudiera prologar su discurso que, al principio, tenía el sutil propósito de incluir al Comisario en lo que llamó "su gente", pero que luego sólo fue una forma de dar tiempo a ver si aparecía el maldito secretario. La indiferencia de Martín Romero aumentaba la contrariedad de Medina, y lo iba convenciendo cada vez más de que el nuevo Comisario no era más que un cancerbero de Montenegro. Entonces decidió cambiar de actitud:

 

−Sí. Valbuena se debe haber ido ya. UD. Comisario ¿nunca ha querido ser presidente? −preguntó de pronto Medina.

−¿Yo qué? Jamás. −respondió concluyente Martín Romero.

−Lo dice como si sólo el pensarlo fuese pecado. Se ve que nunca lo ha querido, de verdad. −dijo Medina. Esperó un momento, y continuó −Y a propósito ¿cómo está el Sr. Montenegro? Hace tiempo que no recibo noticias suyas.

−Si con todos los sobres que recibe hace lo que con aquel… −dijo Martín Romero, al tiempo que señalaba hacia fuera de la oficina, indicando con ello que el sobre había quedado sin abrir sobre el escritorio lleno de papeles del secretario. Medina hizo caso omiso de la alusión, y continuó.

−Yo diría que el Sr. Montenegro es...−Medina sentía que se hundía en el fango de su propia adulación, particularmente pesada por lo inútil. La adulación, sabía Medina, es un instrumento fundamental de la política. Al populacho se le adula siempre, y a los hombres en el momento preciso. Este no era el momento preciso, su disposición a la adulación era estúpida, y tal estupidez lo hizo sentirse parte del populacho.

−Un hombre de bien, diría yo −abrevió Martín Romero en tono irónico que Medina, al parecer, omitió.

−Sí. Eso iba yo a decir. Un hombre de bien. En otras oportunidades he hablado largamente con él acerca del gran potencial que tiene Buenaventura como centro turístico. UD. habrá podido comprobarlo por sí mismo. Es algo obvio. Esas playas, esas montañas. En fin. En eso siempre hemos coincidido. Pero claro está, y como UD. bien comprenderá, creo, Comisario, no se puede medir todo según las estadísticas de la economía de mercado. Hay también factores humanos, culturales, geográficos y naturales que tomar en cuenta. Yo no me niego al progreso y, desde luego, creo que Buenaventura debe abrirse al mundo moderno, pero hay que hacerlo con prudencia. No todo en la vida es cuestión de dinero ¿Un cigarrillo?

Medina hablaba de Montenegro como si estuviese en la oficina de al lado esperando por las más profundas y meditadas resoluciones de su prudencia. La idea de un Montenegro paciente, caminando de un lado para otro, con una enorme bolsa dé dinero que pondría en sus manos no más Medina se dignara abrir la puerta de Buenaventura al progreso como si abriera la de su oficina, durante mucho tiempo había alimentado la vanidad del viejo burócrata, ayudado a mantenerlo en pie y soportar la espera. Y aunque no había vuelto a ver a Montenegro, ahora, frente a su emisario, hablaba como si estuvieran en plenos trámites, dando los últimos toques a aquel proyecto de progreso y ya estuviera en camino el camión del que bajarían obreros y máquinas que arrasarían con medio poblacho de mierda para levantar un Buenaventura completo. Desde la ventana de su oficina, Medina señalaba en distintas direcciones, donde, según su dedo y su esperanza, iban apareciendo edificaciones que emergían enhiestas, blancas e impecables del fondo de la tierra pedregosa y colorada. Estas apariciones iban acompañadas de secas estadísticas acerca de costos, tiempo, administración, generación de empleo y demás expresiones numéricas que las revestían con el manto de seriedad y sensatez del cálculo matemático y hacían de toda aquella fantasmagoría aprendida de memoria una proyección científica del futuro de Buenaventura ¿De dónde habrá sacado todo eso? Ha de haber pasado año tras año revisando los mismos cálculos y las mismas propuestas, una y otra vez. Que yo sepa Montenegro apenas ha pensado en algunas posibilidades, como dice. Tan turbias como ambiguas y nada más. Éste, en realidad ¿se creerá todo lo que dice? Porque si es así, de verdad que está de remate, el pobre Medina. Ajá, sí, un gran condominio ¿Dónde? Allí mismo. Hotel y restauran ¿En lo de Rita? El sitio es estratégico, comercialmente hablando ¿Y Rita? Rita entenderá. Esa mano de rana, blanca, temblorosa y burocrática seguía apuntándolo todo con el índice.

Al final el pobre Medina quedó exhausto, y, para rematar, un nuevo ataque de tos, que lo puso tan colorado como aquella tierra inhóspita por cuyo futuro siempre había velado, lo hizo concluir en tono compulsivo:

 

−Por ahora le pido me excuse UD., Comisario. Pero ceo que por ahora es suficiente pata mí. Debo volver a casa. Estoy demasiado cansado. Colmenares... por cierto, ¿ya conoció a Colmenares?

−Sí. Allá fuera −dijo Martín Romero

−¡Colmenares! −volvió a gritar Medina

−Ya se han ido todos. −dijo Martín Romero. Pero de súbito, se abrió la puerta de la oficina y apareció el rostro de Colmenares.

−¿Y qué hora es? −preguntó Medina

−La una y cuarto −respondió Colmenares.

−La una y cuarto −dijo Medina, como tratando de recordar algo, mientras miraba su propio reloj.

−Lindo reloj −repitió Martín Romero a propósito.

−Bien. Colmenares lo llevará hasta el comando, Comisario. Yo me voy un poco más tarde. Luego hablamos. −dijo Medina, mientras señalaba hacia la puerta para salir.

 

Los dos policías salieron. Caminaron un poco sin hablar. Colmenares fue el primero en abrir la boca, para decir:

 

−Que no lo inquiete demasiado, Jefe. Ladra más de lo que muerde. Hoy está especialmente locuaz. Debe ser por UD. Siempre es así cuando habla con algún nuevo visitante. Así fue con el árabe aquél, aunque al tipo no se incomodaba mucho por ello, según aseguraba. Mientras más habla cliente, cliente más compra, decía siempre.

 

Era obvio que Colmenares quería que el Comisario no lo confundiera con un incondicional de viejo, y que tenía la suficiente sensatez como para tomar distancia de su atropellada habladuría. Sin embargo, Martín Romero preguntó:

 

−¿A quién te refieres?

−Pues a Medina, por supuesto ¿quién más? −respondió rápidamente Colmenares. Luego agregó −Yo creo que ya le ha pegado demasiado la vejez. A veces lo he sorprendido hablando solo. Pero, como si estuviese alguien delante de él, mueve los brazos y lo señala así.

−Todos hacemos eso, Colmenares −replicó Martín Romero.

−Sí. Pero no dando un discurso, por ejemplo. Lo he visto, justo allí, junto al anaquel de libros. No grita. Lo hace en voz muy baja, pero con los gestos de quien habla a una multitud. No me diga que eso es normal. Nadie ya se toma en serio nada de lo que dice el viejo. Esa es la verdad. Siempre ha sido muy hablador, y bastante embustero, por cierto. Nadie puede hablar tanto sin mentir ¿no le parece? Pero mientras más viejo, más disparatado. Desde que supo que UD. venía, volvió a entrarle al asunto ése del turismo en Buenaventura. Ya todos nos habíamos olvidado de eso. Hacía tiempo que no mencionaba el asunto. Yo no sé qué tiene que ver la policía con el turismo, pero desde que se supo de la venida del nuevo comisario, vuelta con los planes sobre el futuro de Buenaventura. Al pobre Valbuena lo ha tenido a monte. Que tráeme esta carpeta. Que no es esa. La del proyecto nuevo. Que todos son viejos. Han pasado horas encerrados en la oficina. Carpetas van, carpetas vienen. De pronto, uno escucha los gritos del viejo adentro, y al rato el pobre de Valbuena que sale rojo y sudado ¿Tú sabes algo del asunto, Jefe?

Martín Romero advirtió el súbito cambio del UD por el tú, lo que, por lo demás, le pareció muy apropiado, sobre todo porque Colmenares era mucho mayor. Tras una pausa prolongada, dijo:

 

−He escuchado a Montenegro hablar del asunto. Comentarios vagos. Nada en claro, y, la verdad, no me interesa. Es más ¿sabes qué pienso de algo así? Que, en caso de ser, lo que sea no será más que una lluvia de mierda para este pueblo. Cuando venía para acá, hablaba con Clarita del asunto.

−¿Clarita? −preguntó Colmenares.

−Sabes quién es ¿verdad? −dijo Martín Romero.

−Clarita. Sí, claro, por supuesto. −dijo Colmenares.

−Bueno. Ella se lamenta de que nunca llegue la civilización a Buenaventura. Lo dicen así, como si se tratara de construir casas y edificios, y soltar a la gente que va y viene. Ella se lamenta, como, me imagino, lo hace el secretario ése. Yo digo que habría que dar gracias al cielo por una bendición así. −dijo Martín Romero mientras miraba al cielo, justo en el momento en que ambos se detuvieron a la puerta del comando y se disponían a entrar.

−¿En verdad piensas eso, Jefe? −preguntó Colmenares tras una mueca de asombro.

−Sí. −confirmó Martín Romero.

−Que raro. Que lo piense yo, o uno como yo, se entiende, Pero, para ser citadino, es muy raro. Sin embargo, yo como que estoy de acuerdo contigo, Jefe. −dijo Colmenares.

−En fin. Como dice Medina, comenzamos a coincidir. −dijo Martín Romero, y ambos pasaron a la sede del comando policial.

 

Era una casa larga. Un pequeñísimo salón completamente vacío a la entrada, salvo por una pequeña mesita y silla de hierro ubicadas en el rincón izquierdo. El salón era seguido de un largo pasillo con tres dependencias laterales y que terminaba en otro salón similar al primero y separado por una reja que daba al patio de fondo, a la derecha del cual había una dependencia más. Viendo por entre los barrotes, Martín Romero preguntó.

 

−¿Y qué hay allí?

−El calabozo. −respondió Colmenares. Tomó las llaves y crujió la reja cuando el hombre abrió. El Comisario pasó. Colmenares se quedó atrás, junto a la reja. Martín Romero caminó lentamente a lo largo del hueco húmedo de unos ocho metros cuadrados, calculó. Se detuvo frente a la reja, se sujetó a ella y miró dentro durante largo rato las paredes escarapeladas, la estructura de cemento a lo largo de la pared del fondo, a modo de asiento o cama. Al fondo, detrás de la media pared, supuso estaría el excusado. Hacia arriba, por entre los barrotes del estrecho tragaluz, se abría paso la resolana del mediodía en la que, al invadir el húmedo interior de la celda, flotaban partículas de polvo. El techo, notó Martín Romero, también había sido fuertemente enrejado. Martín Romero se volvió hacia Colmenares, y luego ambos retornaron al interior del comando. Crujió de nuevo la reja cuando Colmenares cerró. Mientras caminaba por el pasillo, Martín Romero miraba hacia el interior de las habitaciones, ahora ubicadas al lado izquierdo. Sólo había escritorios y sillas vacías.

−Los de guardia hoy están por volver. No van a perderse el almuerzo, te lo aseguro. −dijo Colmenares entre risas. Y cuando llegaron a la primera habitación, la única con puerta y ventana al exterior, en la que había un sólo escritorio y una única silla, y donde aún logró el Comisario percibir el aroma del detergente de una reciente limpieza cuando la puerta se abrió, se detuvo el subalterno y agregó:

−Tu oficina, Jefe.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.