Epílogo
Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:
...vemos con dolor que todavía la historia de la Independencia sólo sirve de tema a cantos épicos y a romances heroicos; que se da el nombre de Historia a voluminosas compilaciones de documentos oficiales; que nuestras viejas luchas civiles no arrancan a la pluma sino polémicas incendiarias, o conceptos completamente erróneos; y en tanto nuestro pueblo, el pueblo que ha derrochado su valor y sus energías en las bregas sin gloria de las guerras civiles, continúa siendo un enigma para los mismos que hablan enfáticamente de su regeneración...
Bolívar es un hombre de guerra, incluso en la paz, es un guerrero. Hasta en la muerte es un guerrero en la plenitud de su postración, que franquea el más allá para declarar su perdón y dictaminar las condiciones según las cuáles bajará tranquilo al sepulcro. Hasta entonces, la huesa estará vacía, a modo de desafío a la eternidad, de conciencia inútil o voluntad de más. Última proclama, o mas bien último parte de guerra. Toda la existencia de este hombre histórico lo es. El lenguaje es su espada en la guerra cósmica de los símbolos. El discurso no es cuestión de escritorio y biblioteca. Viaja con lo pertrechos, siempre a la mano, hasta en el campo de batalla que fue su lecho de muerte. Pero esta vez se trata de la relación de la batalla en la que aquél que una vez emprendió el camino de la gloria ha debido derrotarse a sí mismo, a solas y a un costado del camino de la vida.
Como afirma Miguel de Unamuno, Bolívar fue un guerrero, y no un catedrático en la ciencia militar; fue un guerrero más que un militar1. Bolívar es voluntad de poder, en el sentido que daba Nietzsche a esta idea y no, por cierto, una mera abstracción nietzscheana, de los que quieren y presumen, pero no logran, para insistir en lo que dice Unamuno2. Bolívar no es, en efecto, una mera abstracción nietzscheana. Sin embargo, es el tipo de personaje histórico que ilustra perfectamente lo que Nietzsche define como voluntad de lo trágico:
...existe una voluntad de lo trágico y del pesimismo, que es un signo tanto de severidad como de vigor intelectual (gusto, sentimiento, conciencia). Con esta voluntad en el corazón no se teme lo que hay de temible y problemático en cualquier especie de existencia; se busca en ella, incluso, éstas cualidades. Detrás de una voluntad semejante está el valor, el orgullo, el deseo de un gran enemigo...3
Éste es el Bolívar por el que me he interesado aquí, con el que me topé una día en el fondo destartalado de una bóveda, y que me llevó mucho tiempo terminar de descubrir. No es que me pasara día y noche afanado en la tarea, sino que durante mucho tiempo no tuve la suficiente madurez y perspicacia para hacerlo, y que para hacerlo tuve que aprender del mismo objeto que como historiador pretendía definir. De hecho aprendí más de Bolívar como hombre histórico acerca de qué es la historia, que de todos los cursos de teoría y método a los que una vez asistí, y de más treinta años de vida académica. Sobre todo aprendí lo necio de enseñar historia, cuando la historia es una experiencia y un desafío personal.
No cabe concluir sin hacer un obligado y preciso comentario al siempre controvertido tema del culto. No es malo, ni imposible, pretender un Bolívar histórico que ande entre nosotros. Pero para que ello sea posible, habremos primero nosotros de aprender a andar con él. Para lo cual es mucho lo hay que elevarse, en vez de conformarnos con hacerlo descender a él de su grandeza hecha de pasado para ponerlo a compartir nuestra mediocre cotidianidad hecha de presente. Y con ello no pretendo hacer de Bolívar el superyo que el culto ha inyectado en la conciencia y memoria colectiva. Pero si el Bolívar histórico no es un desafío a nuestro propio presente ¿es, en realidad, histórico o sólo una mera metáfora de ocasión?
De ello me fui dando cuenta a medida que advertía que el Bolívar histórico que buscaba no era cuestión de heurística, no estaba allí, entre los pliegues de testimonio y documento, sino en mi propia conciencia de mí mismo como hombre histórico. Yo pretendía de aquél que fue lo que no advertía en mi mismo siendo. De ello sólo puede resultar un diálogo entre pasado y presente que, en realidad, no pasa de ser, en el mejor de los casos, el infructuoso monólogo de una tan rica como estéril documentación. El documento es importante, y puede que hasta contundente. Pero el escritor que se somete a él se pierde como escritor. Cuanto gana en erudición lo pierde en estilo. Cuando la riqueza, importancia o significación del documento se sobrepone al discurso, estamos ante la triste prueba de que el discurso ha fracasado. No se puede escribir acerca de la historia sin ser históricos, y serlo en el sentido ya indicado por Nietzsche; ni se puede captar en el pasado el heroísmo sin heroicos. Cuánta razón tenía Gibbon al asombrarse de que la historia pareciese tan aburrida, cuando todo en ella es imaginación.
Yo no abogo por una historia mítica y presa de la curiosidad tenebrosa de la que hablaba Vallenilla Lanz. Soy de los que piensa que la historiografía tiene que salir del impoluto mausoleo de la academia a embarrarse los pies en los mil barrios que se entrecruzan en la realidad, sin temer a ese diálogo entre pasado y presente que siempre comienza como -y nunca deja de ser- un conflicto con nosotros mismos. Pero tampoco abogo por una que, vistiendo las galas caras de la ciencia, no es sino la parienta rica de la que tanto desprecia, menos aún si, en aras de un pervertido sentido de la popularidad con el que asegura estar comprometida, cree realizar su tarea haciéndose de la vista gorda respecto al mantuano, al aristócrata atribulado o el dandy arrogante que hay en Bolívar, de modo que éste quepa, sin desentonar, en el ficticio encuadre de un pueblo en cuyo centro aparece el libertador, como digo, comiendo mangos, cuando la exquisita fruta ni siquiera existía. Siempre será mucho más auténtico un Bolívar histórico que se muestre en las múltiples dimensiones que se solapan en la existencia heroica de un general en su laberinto y que, como el de García Márquez, come guayabas.
1Miguel de Unamuno. “Don Quijote Bolívar” en Manuel Trujillo (compilador) Bolívar. Biblioteca Ayacucho. p. 35
2Idem
3Nietzsche. Humano, demasiado humano. p. 31




