...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.
Aristóteles.
De la memoria y del recuerdo.
Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.
San Agustín.
Confesiones
...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.
...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.
Henri Bergson.
La evolución creadora
En la cotidianeidad memoria y recuerdo han pasado a ser términos indistintos. El diccionario ha contribuido mucho a que esto sea así, al definir la memoria como la “facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Este concepto circunscribe la memoria a dos aspecto fundamentales: retener -lo que en neurofisiología se denomina fijar y consolidar la información- y recordar, es decir, evocar o traer a la consciencia los recuerdos almacenados. Este concepto, que asocia la memoria a la imagen de un almacén de información del que se la recupera según los requerimientos, ha sido rechazado tanto desde el punto de vista fisiológico como filosófico. Excesivamente simplista, es ésta una concepción que no se corresponde con un mecanismo que, como la memoria, es componente fundamental de un mismo proceso cognitivo, junto con la percepción y el aprendizaje. Sin experiencia no hay memoria, y sin memoria no hay experiencia. Ya lo dijo tempranamente Aristóteles.
Sin embargo, en el uso común, es tal la asociación de los términos memoria y recuerdo, que han terminado por ser prácticamente sinónimos. Ello es consecuencia de esa imagen que tenemos de la memoria como mero reservorio pasivo, que no participa de manera decisiva en la elaboración de nuestras nociones y nuestra forma de ser. Nos manejamos con una falsa disociación entre memoria y ser, cuando, en realidad, no somos más que la memoria de lo que hemos sido. Sin duda, no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos, ha dicho Bergson. Por lo demás, cuando nos referimos a la memoria -o al recuerdo- obviamos algo que es fundamental en toda relación con el pasado: el olvido. Todo recuerdo es una selección, consciente o inconsciente, respecto a lo acontecido. Recordar es, al mismo tiempo, olvidar. No hay lugar a lo uno sin que tenga lugar lo otro. El recuerdo es al olvido lo que la luz a la oscuridad: se implican mutuamente. El recuerdo sólo es en un horizonte de olvidos. De modo que la memoria no es el recuerdo, sino lo que nos queda del pasado, aquello con que construimos el recuerdo y que, al mismo tiempo, la constituye. Desde este punto de vista, habrá que definirla como la relación entre recuerdo y olvido en la que se basa nuestro concepto de ser en el tiempo. Somos animales históricos, en el sentido en que Aristóteles afirmaba que para recordar es preciso tener conciencia del tiempo. Lo cual hace de la memoria un tema de conciencia y de lenguaje.
Esto tiene, como es obvio, decisivas implicaciones en el tema de la memoria, así como en los conceptos y presupuestos que utilizamos para referirnos a ella. Si la memoria, como tantas veces se ha dicho, es la base de la identidad, esto es tanto como decir que somos en el tiempo porque sólo somos y podemos ser en la memoria. O, para insistir en ello, la memoria no reside en el alma; es el alma, la única que puede tener ese animal histórico que el hombre es; somos lo que hemos sido, y podemos seguir siendo sólo a partir de lo que somos, incluso hasta para dejar de ser lo que hemos sido y con el propósito de ser otra cosa. Somos memoria, la síntesis de la misteriosa dialéctica entre recuerdo y olvido; de sus cavernas venimos. Por eso en la antigua Grecia se identificaba al recuerdo con la vida y a la muerte con el olvido. Los muertos no yacen; son espectros que vagan del otro lado del Leteo sin memoria alguna de sí. Los vivos son los que desde esta orilla aún no lo han remontado, no han realizado el viaje al Hades y sin regreso.
Somos en la memoria y el recuerdo. Dejar de ser es olvidar. La tensión entre recuerdo y olvido es lo que llamamos conciencia histórica. En el plano de la existencia individual, ella tiene un sustrato material, es función de la estructura neurofisiológica del cerebro humano. En el plano de la existencia social se expresa como una relación social entre individuos, a la que llamamos memoria social o colectiva. Por eso es preciso distinguir entre el concepto de memoria como facultad individual, inseparable de su estructura neurofisiológica e inserta en el proceso cognitivo -percepción, aprendizaje, memoria- y el concepto de memoria como relación social en la que tiene lugar dicho proceso cognitivo. La tensión entre recuerdo y olvido puede significar salud neurofisiológica en el ámbito de la memoria individual, así como conflicto y hegemonía en el plano de la memoria social, o una forma de administración del orden social desde el estado como generador de política de memoria. Desde el punto de vista científico sabemos más de nuestra capacidad de recordar que de la de olvidar, o de cómo sabemos que algo no está en nuestra memoria. Desde el punto de vista social el tema ha dado lugar a una amplísima literatura, así como a complejas y no pocas veces contradictorias interpretaciones. Durante las últimas décadas, la oleada posmodernista ha dado un pronunciado y hasta entonces desconocido relieve al tema.
Esto hace de la memoria un concepto realmente complejo y, por lo demás, relativo a una de las funciones vitales para la existencia, tanto biológica como espiritual. En este sentido, la memoria toca un amplio espectro de la vida, tanto de hombres como de animales. Presente en cualquier organismo con sistema nervioso, extendido o central, la memoria participa en las más diversas expresiones del ser, desde los más básicos mecanismos de supervivencia, hasta las más elaboradas formas conceptuales del pasado. Sin la memoria, los peces no serían capaces de operar las branquias, las bestias de retornar a la madriguera, ni el hombre de almacenar y procesar la experiencia que expone en un mural conmemorativo o en un libro de historia. Sin la memoria, es decir, sin la capacidad de recordar y de olvidar, de hacer presente lo pasado según una correlación específica entre recuerdo y olvido, no seríamos capaces de historiar la experiencia y captar el presente como parte de un contenido en un tiempo extenso. Es quiere decir que, sin memoria, no habría, para ese ente temporal que el hombre es, la posibilidad de vivir históricamente.
Recordar es, pues, una función vital de la existencia, en cualquier orden que se le considere. Pero sin el olvido ello sería fatal. Aquí no se trata sólo de un posible exceso de recuerdo que la memoria, fisiológicamente hablando, está llamada a regular, sino de la calidad misma de la memoria desde el punto de vista conceptual y del modo como ello incide tanto en el contenido mismo de los recuerdos, como en las tareas fundamentales para la existencia humana que con ellos se realizan: el pensar y significar el hecho mismo de existir. Es aquí, en este aspecto del concepto de memoria, donde se evidencia su naturaleza como relación entre recuerdo y olvido.
Como se sabe, éste es el tema del famoso cuento de Borges, Funes, el memorioso. Capaz de percibir y retener en la memoria todo cuanto le acontece día a día, de instante en instante, la existencia de Funes arriba a una desolación total, sólo comparable con la inutilidad de una memoria. El recuerdo se vuelca sobre la memoria de Funes como un torrente sin significación alguna, en el que cada cosa vale lo mismo y, por o tanto, nada vale, haciendo de la memoria un mero receptáculo de impresiones sin sentido. Incapaz de discriminar y discernir en la masa total e interminable de recuerdos. En consecuencia, Funes es incapaz de pensar, reflexionar, elaborar conceptos que signifiquen de una u otra manera su experiencia. Por eso, sólo le queda resignarse a clasificarlos en orden cronológico. Pero no tarda en advertir que, antes de terminar apenas con los correspondientes a los primeros años de infancia, ya habrá muerto. Desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, la memoria de Funes es el espanto desolador de una existencia sin sentido alguno o vaciada de todo sentido por aquello que constituye la fuente de sentido de toda existencia.
Esta idea según la cual la memoria no es un mero receptor de impresiones, o mero acumulador de recuerdos, sino, más bien, un procesador de información que trabaja en función de nuestras particulares circunstancias y experiencia, la encontramos desarrollada en otro cuento del mismo autor: La Memoria de Shakespeare. Para dilucidar este asunto, la narración parte del supuesto de que a un sujeto le sea transferida la memoria de otro, en éste caso la de uno de los más insignes autores de la literatura. El ser heredero de algo tan sublime no puede menos que tenerse por privilegio o gracia que cualquiera envidiaría. Pero, por el contrario, la transferencia conduce a un resultado no menos nefasto que el que su prodigiosa memoria ha traído a Funes. Tal es el punto de partida para el desarrollo del argumento que hace de esta pieza literaria una de las referencias más incisivas e ilustrativas del concepto de memoria. El argumento de este cuento comienza con una comparación entre la memoria y una enciclopedia, de uso muy común en la existencia cotidiana, que nos aproxima a su naturaleza dinámica. Quien se hace de una enciclopedia, nos dice, no se hace de cada uno de sus contenidos, sino de la mera posibilidad de acceder a algunos de ellos, pues a nadie le está dado abarcar la totalidad de dicho material, en el mismo sentido que no le está dado acceder a la totalidad de su pasado.
...Ni a Shakespeare, que yo sepa, ni a mí, que fui su parcial heredero, nos depararon ese don. La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas.
...La memoria de Shakespeare no podía revelarme otra cosa que las circunstancias de Shakespeare. Es evidente que éstas no constituyen la singularidad del poeta; lo que importa es la obra que ejecutó con ese material deleznable.
La memoria lo es en relación con el entendimiento y la voluntad -lo que también es señalado en el cuento. La memoria es un proceso esencial dentro del proceso más amplio de la existencia. La memoria construye la experiencia, y a la vez es construida por ella. Individual o colectiva, está sujeta a un contexto particular que la determina y en virtud del cual realiza sus diversas y complejas tareas como procesador de información.
Ingenuamente, yo había premeditado, como Thorpe, una biografía. No tardé en descubrir que ese género literario requiere condiciones de escritor que ciertamente no son mías. No sé narrar. No sé narrar mi propia historia, que es harto más extraordinaria que la de Shakespeare. Además, ese libro sería inútil. El azar o el destino dieron a Shakespeare las triviales cosas terribles que todo hombre conoce; él supo transmutarlas en fábulas, en personajes mucho más vividos que el hombre gris que los soñó, en versos que no dejarán caer las generaciones, en música verbal. ¿A qué destejer esa red, a qué minar la torre, a qué reducir a las módicas proporciones de una biografía documental o de una novela realista el sonido y la furia de Macbeth?
La memoria no es un almacén, una biblioteca o una enciclopedia. Es un complejo mecanismo de conservación y elaboración de experiencia a través del recuerdo y el olvido. Más que un deposito, semeja una fábrica. Más allá de su estructura, implica un proceso de percepción, elaboración y significación de experiencia que involucra no sólo al individuo como sujeto que recuerda, sino, además, su interacción social con el grupo a que pertenece. Como fuente de conciencia histórica, la memoria no es un mero repositorio de pasado, sino una relación de pasado y olvido a partir de la cual el hombre se relaciona con la existencia en devenir, y los hombres entre sí como parte del devenir.
Por otra parte, esta complejidad en el plano espiritual, cultural y social corre paralela a una complejidad no menor en el plano fisiológico. Desde este punto de vista, la memoria no es una estructura neurobiológica unitaria, sino la integración de múltiples sistemas de los que aún es mucho lo que se desconoce. Hoy se habla mucho de lugares de memoria: esa conmemoración, ese archivo, ese monumento. Pero hay otros lugares de memoria para que esto sea así: ese hipocampo, ese lóbulo, esa estructura neuronal. Probablemente sea la memoria la dimensión humana en la que lo biológico y lo espiritual, la física y la cultura, el tiempo físico y el tiempo histórico estén más cerca, viéndose cara a cara en su propio espectáculo. Grande es la virtud de la memoria, y algo que me causa horror, decía San Agustín.
Signo de esta complejidad es la amplia y extensa discusión que se ha suscitado en los últimos años respecto al tema, en la cual el contraste entre memoria e historia ha adquirido un marcado relieve. Y aquí es preciso hacer algunas observaciones respecto al uso de estos términos. La memoria social no es una facultad individual, en el mismo sentido en que la definía Aristóteles, San Agustín o Bergson. Lo que aquí llamo memoria social no es, en realidad, una memoria, al menos no en el mismo sentido en que lo es la facultad de recordar del individuo, sino una relación social en la que se inserta el ejercicio de esta facultad y que afecta a la facultad misma de la memoria y el recuerdo, tanto en su configuración como en sus contenidos. Aunque puede coincidir en algunos aspectos con ella, como la entiendo aquí, la memoria social no es lo mismo que la noción de memoria colectiva con la que Halbwachs abrió un amplísimo campo de trabajo para los estudios sociales. En lo fundamental Halbwachs se refiere al modo en que la experiencia común a los individuos de un mismo grupo puede generar recuerdos comunes, que reafirman su pertenencia al grupo y consolidan la permanencia del grupo como tal a través del tiempo. En este sentido, el pasado, como experiencia vivida en común, juega el papel decisivo en el proceso de recordación colectiva y su asociación específica con el espacio y el tiempo.
La noción de memoria social coincide con la de memoria colectiva en el papel relevante que el contexto social juega siempre en el ejercicio de la memoria como facultad individual. Pero no se centra, al menos no únicamente, en el ámbito de la experiencia común -vivida o heredada- a los individuos de un mismo grupo, sino al pasado como objeto de significación en el espacio público de regulación y control político de la sociedad. Digámoslo así, el concepto de memoria colectiva es más sociológico, y el de memoria social, como aquí lo planteo, es más histórico. De hecho, la memoria social es más una memoria histórica -aunque no historiográfica, sí bien en conexión con lo historiográfico- que una memoria propiamente colectiva, como la concibe Halbwachs. He preferido no llamarla histórica por la confusión que ello pudiera generar respecto a la connotación del término historia como oficio o historiografía, que es también una forma de construir memoria y por lo que se le ha llamado memoria erudita. Pero, además, porque la historiografía es una construcción individual de la memoria -que la emparenta con la memoria individual- mientras que memoria social acentúa el carácter de esta noción como relación social.
La memoria social es un referente del orden político y social, expresa una relación social entre individuos pertenecientes a un grupo, clase o sector, y entre estos y el orden político y social en el que actúan como individuos que recuerdan y olvidan, -socialmente hablando. Por lo tanto, lo determinante en su configuración, más que el grupo en sí mismo, es su grado de identidad con el orden político y social, en la medida en que en la definición de dicha identidad media un determinado concepto del pasado. Más que un dato dado, es un proceso en curso. conflictivo en la misma medida que la sociedad lo es. La memoria social es la instancia del ser social en la que unos construyen los recuerdos que todos han de recordar. No es una memoria, sino una relación social en la que se debate y combate por una visión del pasado y su hegemonía como tal. Por ello, en este sentido, el concepto de nación es el gran lugar de memoria del mundo contemporáneo.




