¿Hermoso? No. En realidad, no. Apenas perfecto, podría ser, y ello sólo en un sentido muy geométrico de líneas falsas que, como lo recto, no existen en la naturaleza. La naturaleza, advertía una vez el viejo Rangel, en pleno curso a las cinco y media de la tarde, es de un belleza hecha de crimen y locura; de lo demás se hace cargo la contemplación, y se quedó mirando a los árboles que se erguían desde abajo y cuyas copas se elevaban hasta el segundo piso. Es hora de jubilar a Rangel. Eso dicen todos, lo sé. También sé que uno alcanza el pensar posible sólo cuando sientes que tienes un pie fuera de la academia y los colegas empujan desde atrás para que termines de sacar el otro. Y ¿qué le hacemos, Romerito? El pensamiento. Cosa extraña ¿no? Mientras más inútil más profundo ¿O meor al revés? Bueno, así es. Dime ¿has visto algo más inútil que Aristóteles, eh, Romero? Ahora entiendes lo que te digo ¿no? ¡Bah! Ni siquiera has terminado de leerlo, si es que alguna vez empezaste, como dices. Bueno. La verdad, es de esos que nunca se terminan de leer. Pero no es tu caso, Romerito. No es tu caso. Tú lo sabes. Lo tuyo es otra cosa. Desidia, creo que puede llamarse. Debías aprovechar un poco más esa cabezota ¿eh? Bien. No te jodo más.
Eso fue después, en la noche, mientras bebíamos cerveza en lo de Manolo, a donde íbamos a morir cada día. Como decía Rangel, lo importante es tener donde morir cada día. Mañana empezaremos de nuevo. Aquella tarde, en el salón de clases, todos estuvimos callados por largo rato, mientras volteamos a mirar hacia donde él miraba luego de decir lo que siempre decía de la naturaleza. Volúmenes verdes. El incomprensible, persistente, monótono e insaciable verde. Muy bien, viejo verde ¿Y ahora qué? ¿Seguimos o nos quedamos como idiotas contemplando la verde arbitrariedad de lo natural? Uno aprende cosas inútiles que, de pronto, ya olvidadas, recordamos como útiles sólo cuando nos topamos con nosotros mismos abismados en plena inutilidad. Así que no exageremos. Hermoso nada. Rangel tenía razón. Es esencial a la naturaleza esa inocultable crueldad en virtud de la cual la belleza se traga a la belleza. Sin esta insaciable voracidad nada puede haber de natural. Ahora, si la naturaleza fuese un museo, se vería así. Eso sí. Cielos, cualquiera diría que este jardinero cuenta cada día una a una cada hoja los trescientos sesenta y cinco días del año con el degenerado propósito de mantener un equilibrio que sólo una mente perversa es capaz de concebir ¿Cómo hará ese muchacho para podar así las matas, que mas bien parecen formas disecadas, y mantener el césped de manera que parezca no grama, sino alfombra? Mira nada más, pobre pino, que ya no parece pino, y el modo en que su esencial masculinidad ha quedado subsumida en el caprichoso lucimiento de una falda de quinceañera. A aquellos otros le sucede algo parecido, sólo que con la falda completamente hacia arriba. Recuerdan a aquella muchachita retaquita… ¿cómo se llamaba? la que hoy ha de ser una vieja retaca más… muy recatada ella, siempre sabihonda y sentada en la primera fila, que en el último rincón del patio de recreo se lanzaba desde lo alto del murito para que todos, boquiabiertos, le viésemos las pantaletas. A que hoy son blancas. A que hoy rosadas. A que hoy azules. A que hoy negras. Venga esa apuesta y la Mabel, se llamaba, creo, brazos abiertos para abajo falda arriba y la pelea entre todos porque eran blancas, que rosadas, que azules, que negras. Habría que haber lanzado a Mabel desde un edificio de cincuenta pisos para ver todo lo que era preciso ver, de una sola vez, aunque fuese una sola vez, un sólo blanco, rosado, azul, negro que llenara nuestros ojos para siempre, y no insistir en este falso suicidio repetido de medio metro diario. Mabel, si así se llamaba, creo ¿quién recuerda hoy el color de aquellas pantaletas, eh? Pero, también, quién quita, pudo haber sido Mabel, si así se llamaba, creo, en pantaletas, toda ella retaquita y sabihonda, siempre en primera fila, como ella hubiera querido, para siempre inolvidable. Y estos pinos qué. Allí, falda arriba, y nada que ver, salvo ese tronco, pelado y fibroso, quieto; sometidos a una impudicia por la que sólo el jardinero en su sabihondez, y quienes la celebran, no puede sentir pena. Bueno, pero es un buen jardinero. Eso sí. Nadie como él para quienes, como Montenegro, estén dispuestos a pagar por un costoso y perfecto jardín de mierda. Perfecto, sí; claro que perfecto.
El mediodía se metía en diagonal y bañaba con intensa luz el frío salón. Martín Romero permanecía parado al pie del ventanal que daba al jardín. Todo dentro de la mansión era sosiego y, sobre todo, sosiego de cada cosa, y él otra cosa. Si los había, los ruidos se callaban en sus muros, que lo separaban de la calle como del otro lado de la vida. Martín Romero miró el reloj de péndulo sobre la vitrina de madera que guardaba fina platería. La caja era también de madera, en forma de campana de gaus que le proporcionaba un semblante ligeramente triste y afeminado, como si se arrepintiera de ser reloj y padeciera la condena de mover esas negras manecillas de hierro una vuelta entera, y otra vez, al ritmo de un péndulo que se mueve según la acción combinada de la gravedad y la inercia y que, por cierto, se dio cuenta entonces Martín Romero, era lo único que sonaba en aquella casa. Si te esfuerzas y pones toda tu atención en ello, lo escucharás. Sí, claro, allí está. Almuerzo con Montenegro en una hora. Espera. Mi primera misión de hoy. Sentarme frente al viejo y verlo mover las mandíbulas, el modo en que lo que traga baja lentamente por su cuello. No serán más de tres a cinco bocados durante todo el almuerzo. Hoy, a que retira el plato antes de llegar al cuarto. No, mejor al quinto. Tengo que pensarlo. Cuando nos sentemos, cuando nos sentemos. Ya veremos. No es lo mismo calcularlo desde aquí, a distancia, contando apenas con el recuerdo de la última vez y la imaginación de la próxima. Este tipo de cálculo requiere la precisión del instante, captar lo que se ha dado en llamar el lenguaje corporal; el artrítico mascullar en el caso del viejo. Debo, pues, estar cerca para no fallar, tenerlo al frente; la enclenque mano moviendo con extremo recelo el tenedor por entre la comida servida en el plato, como si cada porción pudiera estar contaminada con veneno. Luego, la porción seleccionada va subiendo, observada por los severos ojos de Montenegro, hasta que se deja engullir por su boca desganada. Sí, debo estar más cerca para no fallar. Así, casi nunca fallo. Bueno, a veces sí, claro, como aquella vez que yo había apostado a cuatro y el viejo se me atoró en el primero. Primero se puso rojo, y yo mirándolo sin saber qué hacer, y él que me pelaba los ojos y yo que miraba hacia los lados, y el Moisés, que almorzó con nosotros ese día, se encogía de hombros para decir que no sabía lo que le pasaba al viejo, y entonces me di cuenta que algo le pasaba y me paré lo más rápido que pude con la intención de golpearlo por la espalda, y cuando ya iba a darle el primero el viejo me detiene: está bien Romero, está bien, decía el viejo desde el otro lado de su garganta, al mismo tiempo que se retorcía tosiendo. Ese día me equivoqué, pero por causa que yo no podía controlar, como que el viejo se fuese a atorar con una miserable concha de tomate. Tómate unas vacaciones el resto de tu vida, fue lo que le salió ese mismo día a la pobre cocinera. Mis cálculos no incluyen imprevistos de este tipo. Es más, aún persiste en mí la idea de que, de no haber sido por algo así, en condiciones normales, como se dice ¿no?, el viejo hubiera retirado el plato lejos de sí al cuarto bocado, como yo suponía hasta que sobrevino el incidente en que por poco se va al otro mundo. Claro, no puedo demostrarlo, lo sé muy bien. Pero tal es algo que pasa hasta con las grandes ideas, como Dios, por decir lo menos. Que suceda con las manías menores, no es algo que pueda apesadumbrar a nadie.
Silencio. Del otro lado de la puerta, biblioteca, silencio también. Viejo escudriña papeles y forja matemáticos planes en su mente encuadrada en grandes cifras. Diez ahora. Diez veces diez después. Ambición logarítmica, la del viejo, digo. La conozco de memoria. Cuenta poco para mí. Cuando veo su cara, o pienso en su cara vienen a mi mente las tablas en la contraportada de los cuadernos escolares de mi infancia. Suma, resta, multiplicación y división, comenzando por el ángulo superior izquierdo y terminando por el inferior derecho, en el sentido de las agujas del reloj. Así es el señor Tablas. Hasta cuando se le ve de culo. Siempre en el sentido de las agujas del reloj. Así es el señor Tablas. Por cierto, que el nombre le ha durado más de lo que yo hubiese supuesto nunca. Pero, en realidad, no ha habido ocasión para cambiarlo. Y esa es la regla: crear o cambiar el nombre sólo cuando la ocasión así lo impone. Es algo evidente, incuestionable, que la realidad te susurra al oído ¿no ves que éste tiene cara de tablas? Claro. El señor Tablas. No es cuestión de pensarlo uno desde sus adentros, sino de que, asomado al borde del afuera, caiga, por su propio peso, en el abismo del adentro. Una vez allí, el señor Tablas, o a quien toque, ya puede caminar a sus anchas con nombre propio por las callejas sin ley del pequeño e íntimo infierno en que consistimos.
Pero dejemos, pues, al señor Tablas permanecer aún del otro lado de la puerta que, de un momento a otro, se abrirá para que Romero haga su entrada triunfal al propio infierno del viejo. Buenos días, diría él. Buenos días, diría. Esto si aún nos saludáramos, como lo hicimos la primera vez. Pero desde hace tiempo ya que lo del saludo está sobreentendido. Entonces me instalaré frente a él, luego de haberme mirado de arriba a abajo, como siempre hace, como si fuese, una vez más, la primera vez. Por ahora, de este lado, paciencia. Es cuanto me sobra ¿Qué cosa, no? Me lo digo, así, y ya no es, como hace tiempo ya, fuente de impotencia e indignación, sino mero episodio cotidiano en ésta mi rutina de andar blando de cerviz. Sí, qué cosa ¿hace cuántos años ya? nueve, diez. Cuando vine la primera vez, el señor Tablas, que todavía era el extraño Montenegro a secas, aún no había sido sentado por el destino en la silla de ruedas. Todavía estaba en la etapa del bastón. Luego vino la andadera, pero no le duró. Un poco más y pasa directo a la del cajón, dice él; así que hay que dar gracias a Dios cuando, primero, te deja pasear en una de éstas ¿no cree UD. Romero? ¿Romero? Romero no cree nada. Sólo toma la silla y lleva al viejo a donde vaya. Si hay que meterlo en el carro, lo carga. Para bajarlo, lo carga de nuevo. Espera cuanto haya que esperarlo ¿Listo? Listo. De nuevo al carro. De vuelta a casa. Hasta mañana, dice el señor Tablas ya cansado. Menos mal y no pesa mucho; muy poco, cada vez menos. Menos mal y nunca se le ha ocurrido descontarme del sueldo los gramos que va perdiendo. Bueno, digo yo que no se le ha ocurrido. Seguro que ya ha pensado en ello, pero no ha querido hacerlo. Yo creo que puedo considerarlo todo un indudable gesto de generosidad de su parte. La verdad, es más fácil que cargar un niño, y mucho menos engorroso, porque no se mueve lo más mínimo. Es como cargar una tabla. Cuando lo conduzco en la silla, puedo ver la piel pecosa del cuero por entre los escasos cabellos blancos peinados de lado. Y cuando lo cargo, los enormes huecos de sus orejas; un poco más y le veo el cerebro entero. Así que, hay que decir también que, si yo cobrara por lo que veo, el viejo debía elevarme el sueldo. Y eso, seguramente, también lo ha pensado. De modo que, estamos a mano. Ni el me debe, ni yo le debo. Nuestras generosidades se compensan mutuamente.
¿Paciencia? Ah, sí. En eso pensaba. Paciencia. Es cuanto me sobra. Me sorprende darme cuenta de cuánto ¿Cinco o seis? Cuanto sea, esta espera en la que ahora me aquieto, siempre repetida así, recién llegado me torturaba inútilmente. Tiempo atrás, habría sido yo entonces presa de las más criminales disposiciones. Todavía recuerdo, como si lo viera tensarse frente a mí en éste momento, el casi incontrolable empuje de derribar a puntapiés esa puerta, entrar a la biblioteca, arrancar al viejo de su sillón y, mientras lo sostuviera al aire por el cuello... ¿qué? ¿qué, Romero? ¿vas a leerle la carta de los derechos del hombre y el ciudadano al señor Tablas, que para entonces aún era el maldito viejo a secas? El problema del odio es que no te deja ejercer a tus anchas la imaginación. A ver ¿Qué más habría podido hacer que clamar? Clamar. Se clama justicia. Se clama libertad ¿Amor? Bueno, un poco de eso también se puede clamar. Pero un clamor así ya suena feo. Para quien, como yo, clama inercia, mejor callar. Esperar es mi trabajo, la faena de existir en esta casa lujosa como chofer, guarda y custodia del señor Tablas de mierda. Paciencia. Debe ser que con el tiempo uno aprende a cuidar la mierda y, sobre todo, que cuidar la mierda no es mero, vulgar trabajo; mas bien una misión. Es el tipo de cosas que ni Rengifo, ni Amanda, entenderán nunca. No es que sean brutos. Es que no les toca, como a mí, entenderlo.
Visto así, no está bien romper esa puerta. Para nada. Hela ahí, en sus dos pesadas hojas de madera pulida y labrada. Pienso en el jodido artesano que la hizo y me pregunto quién se habría entregado a algo así, sometido cuerpo y alma a la servil ambición de halagarnos con su arte, si pensara que el primer iracundo y recalentado moralista iba a patearla a nombre de cualquier ideario ¿eh? No. Ciertamente, este ebanista, que parece que estuviera aquí en este mismo momento con sólo contemplar esa puerta, ha de tener una mente conservadora, incluso hasta retrógrada, pero no más que la de cualquier artista o estadista cada vez que piensa que la obra que realiza es para toda la vida. Hay muchas formas de trascender, todas igualmente vulgares con tan sólo habérnoslas propuesto alguna vez, pero que requieren un trabajo que, de meticuloso, agotador y exhaustivo, raya en lo soez. Así, hay quienes requieren de la luz de Dios, de la música o de la poesía. A éste sujeto le bastó una puerta. El verdadero artista nos convierte en meros esclavos de su soberbia. Quien haya hecho esta puerta se retrató con una fuerza tan aplastante como la del tiempo cuando nos trae el fósil de la especie en la roca. Todo él ha quedado retorcido en la mismísima beta de la madera y sus artificiosos relieves. El muy maldito, se ha creado a sí mismo, como diría Dios. ¡Qué carajo! El muy maldito se perpetró en una puerta así. La verdad, habría sido una lástima romperla, y mucho menos a nombre de la Revolución Francesa o cualquier otro de esos episodios que desde hace dos siglos componen la interminable novela de la libertad humana. Ya se abrirá; la puerta, quiero decir.
Martín Romero encendió un cigarrillo y se puso otra vez a contemplar el jardín. Amanda estaba afuera cortando rosas para llenar los centros de mesa. Aunque ese no era su trabajo, solía hacerlo porque, según decía, le proporcionaba placer. Quizás lo que le proporcionara el placer del que hablaba era la charla con el nuevo jardinero: joven, delgado, que venía todos los jueves en una camioneta destartalada y vestido con una braga anaranjada a cuidar de las perversas formas a las que había ido condenando cada árbol en aquél jardín. Manipulaba las herramientas con curiosa y nada común delicadeza para el oficio, y soñaba con poseer el vivero más grande del mundo. Martín Romero los observaba a través del cristal, mientras el muchacho, que señalaba hacia las distintas plantas, debía estar dictando una cátedra sobre cada una. Al parecer, Amanda se recuperaba de la decepción que Martín Romero le había causado e ingresaba, por la puerta grande, al lugar de los sueños de aquel muchacho. Amanda debería hacerle más caso. Al menos, llegará el día en que tendrá un verdadero jardín, porque lo que es éste le arranca flores a un palo de escoba y con su mágica poda convierte a un árbol en cualquier cosa. Ahí viene. Lleva zapatos del tipo mocasín, blancos, y el vestido azul claro ligeramente ceñido. Parece casi una enfermera. Es un atuendo a lo Montenegro, que debe llevar desde el día que la traje aquí. Puede que ya me empiece a odiar hasta por eso. Se nota su esfuerzo por disimular que va en uniforme de servicio. Ella quisiera que ese estudiado descuido y su acentuada coquetería nos hiciera a todos pasar por alto el dato de la esencial miseria de oficio que la marca y de la que tanto desearía librarse. Pero quizás sea el modo en que los aires del infortunio cruzan de largo a largo el paraíso de su hermosura lo que la hace más deseable. La miseria tiene un toque erótico, propio, imagino, de su natural crueldad. La primera vez que vi a Amanda iba en chancletas y pantalón corto, las tetas remarcadas por una franela de colores chillones y sin mangas. Su cabello corto en redondo le caía graciosamente sobre la cara y con gran esfuerzo subía las escaleras con sendas bolsas en cada mano y cuyo peso se reflejaba en los dedos blancos de tan tensos. Miraba hacia el piso, escalón por escalón, y de su frente vi caer una gota de sudor, y luego otra. Me crucé con ella a la altura del tercer piso. Aún le faltaban dos, pensé, y con gusto la habría seguido, asomando mi cabeza por un lado para seguir contemplando el espectáculo del sudor de su frente, el empleo de los más costosos elementos femeninos en la consecución del podrido fin de llevar las papas al quinto piso. Ella ni me vio. Es decir, apenada, se hizo la que ni cuenta se dio, se entiende. Concentrada en aquél infame y penoso esfuerzo, nada podía distraerla. Hermosa, dije ya desde abajo. Pero hay algo que falta, agregué. No sabía qué, aunque en los días subsiguientes me detuve en cada detalle una y otra vez. Lo supe días después, tras someter a una meditación concienzuda la azarosa escena de la escalera. Claro, me dije una noche a oscuras, echado en la cama, mientras pensaba en el asunto y con el rostro, imagino, invadido por la satisfacción de quien ha resuelto un misterio: un kilo más de papas.
Martín Romero volvió su mirada una vez más hacia la puerta de la biblioteca. Amanda entró con una nutrida dotación de flores. Y Martín Romero, que la siguió hasta perderse tras la puerta de la cocina, volvió a fijar la mirada en la puerta, aún cerrada, de la biblioteca. No hablará. Ella sabe que la observo, pero no hablará. Ni siquiera mira. Ni cuenta se ha dado. Se entiende que eso es lo quiere que yo entienda. Allí viene de nuevo. Ha recortado los tallos y salpicado con agua los botones de rosa. Grande manojo adorna esa graciosa indiferencia que hoy luce. Va calmadamente de florero en florero. Parsimonia adrede. Se sabe mirada sin mirarme. Por más que me empeñe en desnudarla con mis ojos, todo indica que no alcanzaré sacarle ni una de esas miradas furtivas, hechas de la sombra de lo escondido, como a hurto. Y, si no hay mirada que de esos ojos se venga hasta mí, no habrá desnudez. Desnudo sí. Imagen muerta de cuerpo sí. El mismo que ya sé de memoria. Pero no desnudez. Un cuerpo en pelotas es sólo pelotas. Puedo suponerlo entero, hasta en sus más ínfimos detalles. Pero algo así no es más que vulgar memoria p, como quien dice, sacar a la luz de este mediodía el hermoso y somnoliento cadáver femenino de la última vez. Me conformaré. Fugaz tropiezo tras la puerta de la biblioteca. Miradas, sondeos. Revolotean invisibles aves en el cielo invisible. Cada mano va a atajar su pedazo de cuerpo en la repetida rapiña del deseo. Ésta, que ahora recuerdo como de ayer, es, en este instante, la última vez. Ardiente y torpe, la propuesta se enreda en los hilos engorrosos del jaleo. Marchémonos. Arriba. Abajo. Su espalda fría suda contra la puerta. Sus nalgas en mis manos sudadas se resbalan ¿A dónde? Qué importa. Claro, tirando quién va a pensar en espacio ni tiempo. Meras vulgaridades de la física. Si el bosque, los árboles se inclinarán generosos para concedernos su fruto maduro. Si el mar, los peces nadarán hasta nuestra espera para dejarse tragar por nuestras bocas hambrientas ¿Y los impuestos? ¿Los qué? Los impuestos. Su boca se sella y su sudor se corta como si el grifo maestro de la desilusión cerrara los poros de su piel. Cesa el jaleo. Empuja hacia atrás. Sus manos en mi pecho. Ya ni siquiera hay con qué poder terminar. Acabemos de una vez.
−Te burlas ¿verdad, Romero? Sólo quieres esto, y más de esto, y un poco más de esto ¿o no? ¿Acaso me equivoco? No tienes ojos para nada más ¿eh? –dice Amanda en tono irónico y molesto.
−¡Por Dios!, Amanda. No es necesario que hables así de eso. −dice Romero
−Pero es verdad. Es la pura y desnuda verdad, Romero. Aunque no te guste y prefieras disimular en silencio. Porque, para disimular, llamen a Romero, que, si de callar se trata, es el primero en llegar. No importa lo que se le pregunte. Él sólo dirá: y ¿qué quieres que te diga? Pues no. Hablemos como hay que hablar. Lo que te gusta es una puta ¿o no? Bien. Así hablan las putas ¿Qué tal? −dice Amanda.
−En realidad, no tienes puta idea de lo que es una puta. Puede que hables como puta, o que creas hacerlo. ¡Qué sé yo! Pero no te sientes como tal. −dice Romero por decir algo, pues, en realidad, iba a decir “y ¿qué quieres que te diga?”.
−¿Que no? ¿Qué puedes saber tú? Claro que me siento como una misma puta. A ver, tú, que te la sabes todas, dime ¿cómo se siente una puta? Pues, me imagino que, para saberlo, habrás trabajado en un burdel, o algo así ¿no? −pregunta Amanda.
−No. Tú tampoco has trabajado en uno. Yo, sin embargo, los conozco mejor que tú. Y ese es el punto. Que para ser puta, es preciso no sentirlo. −dice Romero.
−Pues yo, querido, que soy mujer, y aunque no me la pase como tú de burdel en burdel, te digo que no es así. Tú crees que te la sabes todas, pero no es así ¿Sabes lo que pienso? Que no tienes idea de lo que es una mujer, ni dentro ni fuera de un burdel. Y yo, para que lo sepas, me siento simplemente manoseada… −dice Amanda.
−Estás exagerando. Yo no me la paso de burdel en burdel, como dices. Pero, dime una cosa ¿Y es tan malo sentirte así? −interrumpe Romero.
−No seas necio. O no te hagas, mejor dicho. Hablo de que me siento sola, abandonada, utilizada. Eso no es tan bueno como crees ¿oyes? Te lo aseguro, Romero. −dice Amanda.
−Entonces estamos hablando de otra cosa. −dice Romero.
−¿De qué? −pregunta Amanda.
−De ti...de tu abandono, tu soledad...en fin. Las putas no hablan de eso. No con el cliente, al menos. Si supieras lo herméticas y recatadas que son. Desde el punto de vista del oficio son, diríamos, existencialmente blindadas. Algo así. −dice Romero.
−No empieces, no empieces. Yo te conozco. Ya te vienes con tus cosas raras, lo mareas a uno, nada queda en claro. Yo estoy aquí ¿ves? En cuerpo y alma, y tengo sentimientos. Hay cosas que quiero, incluso a las que tengo pleno derecho. Hay cosas que duelen. Eso es concreto. No me vengas con tu filosofía barata. −dice con obstinación Amanda.
−Los impuestos... −susurra Martín Romero, como quien habla consigo mismo.
−¿Qué coño te pasa ahora con los impuestos? −pregunta Amanda.
−Los impuestos, digo, son algo muy concreto. Y acabas de molestarte mucho por eso. −replica Martín Romero.
−Vete a la mierda, Romero. Mira. Si no quieres nada en serio, está bien. Dilo, y ya. Puedes pasar el resto de tu vida aquí, oliéndole el culo al fósil ése, como si éste fuera tu destino. Pero no te valgas de algo así para justificarte frente a mí. Eso es ser ruin ¿me oyes? Ruin. No tiene otro nombre. O, quién sabe, puede que el señor Romero tenga otra forma mejor de llamarlo. Claro que, también, quizás prefiera meditarlo un poco allá en la biblioteca, y luego seguimos la pelea ¿no? Porque, al parecer, sólo para eso te sirven los libritos de mierda que te tragas allá adentro ¿Quieres consultar a Mefistófeles, quizás? −aclara Amanda.
−Aristóteles. −tiene que aclarar Romero.
−Como se llame. −corta Amanda.
−Mi destino −dice luego de un largo rato Romero− si es que alguna vez lo he tenido, es el de ser la sombra de ese "fósil", como tú lo llamas. −y señala hacia la puerta cerrada de la biblioteca.
−¿Por qué tienes que serle tan leal? Es sólo un trabajo, un maldito y estúpido trabajo. Cuando dijiste que viniera a trabajar aquí me pareció una buena idea; quiero decir, una oportunidad para cosas mejores. No lo hice porque pensara pasar de cocinera el resto de mi vida. −sentenció Amanda impaciente.
−Oportunidad. Hablas de oportunidad. No diré que te equivocas del todo, pero si hubieses visto la cara de aquella a la que reemplazaste pensarías con más cuidado en el modo cómo una concha de tomate puede cambiar tu destino. En cuanto a la lealtad, no es lealtad. Es que yo sólo soy la sombra del viejo. Eso es todo. Sólo digo eso. −precisa Romero.
−Concha de tomate, sombra del viejo… ¿Te estás escuchando, Romero? Siempre tienes alguna estupidez a la cual dedicarle tiempo. Y a ésta que se la lleve el diablo, claro. Pues yo −sentencia Amanda con rostro contrariado, mientras se abotona la blusa y se alisa la falda− no pienso pasar toda mi vida de cocinera. Eso es lo que te digo. Allá tú.
−Es una lástima. Privar a la humanidad de tus cocidos, es una verdadera lástima. Eso si es una catástrofe. −dice Romero, mientras sonríe tratando de bajar el ánimo de la discusión.
−Yo, donde tú me ves, voy a ser alguien. Hay grandes científicos, grandes políticos, grandes pensadores y grandes amantes, y hasta grandes asesinos, Pero ¿quién podría, a no ser estúpido, considerarse gran chofer, o gran sombra, como tú dices de tí mismo? No lo entiendo, Romero. Por ti sería capaz de muchas cosas, si realmente estuvieras dispuesto a proponerte y proponerme algo.
La mujer dice esto último con énfasis ambiguo, a medio camino entre la rabia y la impotencia, acaso porque el fracaso de un hombre siempre despierta en las mujeres un especial instinto maternal, hasta que se desprenden del hombre, y entonces logran verlo con la objetividad con que siempre se ve lo que ya no tiene remedio. Hasta entonces, creyó salvarlo. Por su parte, Romero queda viendo cómo la furia del profeta estalla en aquellos ojos redondos y graciosos que, rato atrás, lo habían mirado con la profunda, deliciosa estupidez del instante placentero ahora desmantelado por el orgullo y la esperanza de ser alguien. Pese a su cinismo (otra cuestión de rutina), Romero no cree en el destino, pero sí en la instintiva necedad humana de sentirse marcado por uno. De no ser porque le parece tan ridículo, hablaría de ello a Amanda y le describiría el suyo como el de un árbol nacido viejo plantado a la orilla de un caminó que nadie trazó; sus hojas se secan a sus pies, sus ramas se retuercen y pelan al vacío, los vientos se detienen antes de que él sienta que han pasado. Va bien, va bien. He mejorado un tanto. Cada vez que reproduzco aquella charla de memoria, afino algunos detalles. Quizás, después de todo, no sea yo tan malo para el teatro como lo soy para otras cosas. Rangel dice que los géneros son meras formas y la escritura una sola. Quizás tenga razón. Pero a mí, ni que me pongan delante una musa en pelotas lograrían los dioses sacarme la más mísera gota de inspiración. Y sin esto ¿qué? Bueno, quizás un día me anime a apuntarlo todo en el cuaderno. Sí, William, está bien. Algún día.
Una y media. Y a éste ¿qué le pasa? Dígame si ahora le ha dado por morirse allá adentro. Se habrá asfixiado en su flamante sillón. Cómodo, el silloncito. Si de morir se trata, no hay duda de que sería un buen lugar. Si lo sabré yo. Está como nuevo. Y es que, claro, con ese peso es como si no hubiese sido usado nunca. En lugar de goma espuma deben haberlo rellenado con carne de bebé recién nacido. Y ese cuero. también debe ser de bebé. Las veces que me he sentado allí no alcanzo leer diez páginas seguidas antes de que se apodere de mí la más profunda somnolencia. No exageres, Romero, no exageres; que fuera del sillón tampoco logras mucho más. Es cierto. Pero en ese sillón me importa menos. En ese sillón es muy poco lo que puede importar. Y si uno tira de la palanca del lado derecho, podría pasar allí el resto de la eternidad. No, el señor tablas no puede hacerme eso. ¡Diablos! Y cuando así sea ¿qué? Puede pasar en cualquier momento. Ése, en ese estado, no puede durar eternamente. No necesito que dure tanto. Un poco más será suficiente. Por otra parte, si no se ha muerto ya puede que no lo haga nunca. Quién sabe ¿Paciencia? La que, ahora, se me agota. Calma, Romero. Camina hasta la puerta de salida, estira la mano, toma el picaporte, ábrela y sal un rato al jardín. El jardinero se ha marchado. Veamos qué tal una vuelta por ese extraño mundo en el que hasta las disciplinadas hormigas deben andar ruborizadas.
−Si lo haces te destrozan; los perros. −dijo el pequeño Moisés, que apareció de súbito del otro lado de la puerta.
Mira nada más. La criatura observa y lo envuelve a uno en su siempre curiosa mirada ¿De qué estará hecha esa insoportable mirada? ¿De pegamento? La luz del mediodía se descomponía en tonalidades amarillentas al tocar la cabeza del niño obseso, mostrenco, cabello liso y aplastado. Unos ojos grandes y redondos que no se apartaban de Martín Romero, que, como petrificado, seguía sujetando el picaporte de la puerta. Tiene el porte siniestro del que sólo un niño es capaz. Pero es el único que ha logrado transportarme geológicamente. Basta verlo para quedar sumido en una atmósfera de otro tiempo; otro planeta, u otra dimensión, quizás, del todo hostil, en el que desde hace nebulosos e imprecisos milenios reina a sus anchas la increable criatura que Dios alguno se ha prestado a crear. Se entiende. Si yo fuese Dios, jamás hubiera creado eso, y de haberlo hecho, me pego un tiro o me cuelgo del mismísimo árbol prohibido. Suerte la que tuvo Dios cuando le tocó lidiar con Adán y Eva, y no con cualquiera de sus descendientes. Ya me lo imagino pidiéndole a éste que no coma el fruto del árbol prohibido. El pequeño Moisés se habría tragado el paraíso entero, y aún estaríamos esperando que el Todopoderoso, en medio del peladero, y en caso de que aún le quedasen ganas, volviese a crearlo todo de nuevo y hacernos, una vez más, la oferta que nunca podremos rechazar. Porque, además, Dios estará en todas partes, como dicen, pero, sin duda, realengo no es y no hay quien lo saque del paraíso, salvo el pequeño Moisés, con sus poderosas e incansables mandíbulas, su mirada de pegamento y esa manía que tiene de cagarse en los pantalones. ¡Termina de comerte toda esa mierda! habría sido el último y resignado anatema que el Señor habría lanzado sobre todos nosotros.
En efecto, entre las manías más asquerosas del pequeño Moisés contaba la de cagarse en los pantalones, sobre todo en los momentos de rabia e impotencia. Cosa que el abuelo −quien hubo de hacerse cargo de él− imputaba al trauma por la pérdida de sus padres, muertos en un accidente de tránsito cuando el niño contaba cuatro años de edad. La tragedia, se dijo para sí mismo Martín Romero el día en que Montenegro, en pleno almuerzo, estuvo dándole los más detallados pormenores del asunto y luego que hubo de mandar al baño al pequeño Moisés en plena comida, no está tanto en el terrible accidente, sino en que no se haya llevado también al cochino éste. El viejo había puesto a su alcance todo tipo de asistencia psicológica, pero, a decir de Martín Romero, no hubo terapia capaz de taponar el culo del pequeño Moisés. Freud, Jung, Lao Set… los grandes maestros de la mente humana… mientras no hayan tenido que vérselas con el culo del pequeño Moisés. Ahora su hedionda presencia ocupaba el jardín completo. Vestía una camisa arrugada, de cuadros deformados, abierta entre ojal y ojal porque la tela no fue suficiente para envolver por completo el exceso de tejido adiposo en que consistía su cuerpo. Martín Romero permanecía con el picaporte de la puerta en la mano y las ganas de cerrársela en la cara.
–Son asesinos. Sólo a mí obedecen.
Habló el niño con orgullo, al tiempo que miraba a los dos perros que estaban junto a él y mientras se acercaba y tomaba el brazo del hombre. Martín Romero terminó de abrir la puerta y salieron. Allí estaban los perros, observando a Martín Romero con feroz paciencia, mostrando sus recios colmillos por debajo del flácido y terso pellejo del hocico. En sus ojos los deseos de descuartizarlo; en sus patas la voluntad muscular contenida. El niño pronunció un par de palabras cortas y secas que Martín Romero no entendió, y las bestias se echaron, mansas, a sus pies.
−Gozas con eso ¿verdad? −pregunto Martín Romero
−¿Con qué? −replicó el muchacho.
−Humillarlos así. −precisó Martín Romero.
−¿Humillarlos? ¿Cómo que humillarlos? ¡Ja! ¿Qué dices tú? Ya quisieras llevar la vida de estas bestias. Estos animales comen mejor que tú. Si vistieran, no usarían esos trapos que llevas puestos. Los entreno, todos los días, lo menos dos horas. Mi abuelo dice que tú dejaste la universidad y que no piensa que vuelvas alguna vez a ella.
−¿Eso dice? −preguntó Martín Romero.
−Ajá. Ese Romero, dice, es una especie de máquina poderosa pero incapaz de llegar a ningún lado. Es capaz de todo y no sirve para nada ¿Y por qué dejas entrar a un extraño así aquí a la biblioteca? Le pregunté un día ¿Y sabes qué dijo? A Romero puedes dejarlo aquí, frente a una caja abierta llena de montones de dinero, y no se interesará por ello. Puede que ni siquiera lo advierta. −relató el pequeño Moisés.
−¿Dijo eso? −preguntó Martín Romero.
−Exactamente. Mi abuelo ni siquiera teme que vayas a robarlo. Así que no sé porqué hablas de humillar a estos perros. Los cuido. He hecho de ellos unos excelentes perros. De los mejores, creo yo. No creo que conozcas alguno más fiero y disciplinado que uno de éstos. −dijo el pequeño Moisés.
−Peor. Hasta en su virtud son esclavos. −insistió Martín Romero.
−Esclavo tú de mi abuelo. −atacó el pequeño Moisés.
−¿Por qué lo dices? −preguntó Martín Romero.
−¿Por qué? Tienes casi dos horas paradote como un mismo idiota allí, en la ventana. Volteas y te quedas mirando a la biblioteca. Luego, otra vez a la ventana. Debes tener hambre y fastidio, pero no te moverás de allí hasta que te deje mi abuelo. −dijo el pequeño Moisés.
−Mejor cierro la boca. −concluyó Martín Romero, y esperó a que el muchacho hablase de cualquier otra cosa.
−Yo creo que es mejor. Haces todo lo que él te dice, sin chistar. Te he visto. Cuando te bajas del carro, vas atrás, abres la puerta y lo sacas cargado hasta la silla. Luego lo empujas con cuidado hasta la sala y allí lo vuelves a cargar. Cuando se encierran allí, en la biblioteca, no haces más que subir y bajar la cabeza, así. Todo el tiempo. Casi ni hablas. Así. Al menos ellos enseñan los dientes. Pero tú, ni eso. Estos perros no tienen que cargarme a mí. −amplió el pequeño Moisés.
−Para eso habría que ser no esclavo, sino montacargas −murmuró Martín Romero entre dientes.
−¿Cómo dices? −preguntó el pequeño Moisés.
−Nada. Pero, dime, acaso ¿husmeas a tu abuelo? −preguntó Martín Romero, pensando que, con ello, captar en el muchacho alguna señal de pena.
−Sé todo lo que pasa en esta casa. Incluso lo tuyo con la mucama. −agregó el pequeño Moisés, en medio de una sonrisa irónica. Uno no sabe si es peor cuando se ríe o cuando se caga, pensó Martín Romero. Luego, ante la insistente mirada del muchacho, dijo.
−No sé de qué hablas.
−¿Que no? Si quieres te digo todo lo que hiciste…a ver… el martes de la semana pasada, en la biblioteca, precisamente. Ella tiene pantaletas...déjame adivinar… blancas. El otro día eran...a ver...rojas, con un huequito en forma de corazón… ¿te digo dónde? −preguntó el pequeño Moisés, envuelto en la misma sonrisita.
−Está bien. Cállate ya ¿quieres? No quiero hablar de eso, ni quiero que tú lo hagas. −ordenó Martín Romero.
−¿Quieres que adivine lo que hacías por el huequito ése? −preguntó el pequeño Moisés.
−No. −dijo Martín Romero.
−Está bien, está bien. Total tú lo sabes y yo también. Sé muchas cosas ¿sabes? Todos aquí creen que soy estúpido; pero sé muchas cosas, lo sé todo. −dijo el pequeño Moisés.
−Es la ventaja de que te crean estúpido. −dijo Martín Romero.
−¿A ti también? −preguntó el muchacho.
−¿A mí también qué? −preguntó Martín Romero.
−¿Te creen estúpido? −preguntó el muchacho.
−La verdad… creo que sí. Y no sólo por aquí, por cierto. −dijo Martín Romero.
−¿A no? ¿Dónde más? −preguntó el muchacho.
−El planeta entero, supongo. −dijo Martín Romero.
−¡Bah! Eso no sirve. Jamás podrías saber lo que pasa en el planeta entero. Una casa sí, por grande que sea, como ésta. Uno se mueve por aquí y por allá. Pero ¿el planeta? Es bobo lo que dices. Pero dime una cosa ¿por qué casi siempre la biblioteca? Yo sé que casi siempre te la pasas allí hurgando los libros. Que si yo fuera mi abuelo, no lo permitiría, te lo digo. Pero en esta casa hay sitios más cómodos, creo yo. En fin. Sabrás tú. −el muchacho calló por un instante y luego, mientras miraba a los perros echados, agregó.
−Oye, creo que me debes la vida ¿no crees tú? De no haber sido por mí, ahora estaríamos recogiendo tus pedazos por todo el jardín.
−Jirones −dijo Martín Romero.
−¿Cómo dices? −preguntó el pequeño Moisés.
−Jirones de carne. −aclaró Martín Romero.
−Ah sí, por allí. −Y la mano regordeta del muchacho hacía señas en distintas direcciones.
−Algo que te agradaría mucho −agregó Martín Romero
Inútil tono de recriminación. Moisés era de los que se burlan, y por lo tanto disfrutan, de las recriminaciones. Se encogió de hombros, sin responder, pero diciéndolo todo con su cara risueña de niño pervertido. Al rato, volvió a la carga.
−¿Quieres acariciarlos? Me pregunto si no te gustaría acariciarlos. Debes aprovechar ahora ¿eh? Ahora están, como quien dice, mansos. En realidad, no tienen nada de mansos. Pero no te harán daño por ahora, te lo aseguro. Mientras yo esté aquí y según lo que les he indicado, no te harán daño. Créeme. No te fijes en su cara. Acarícialos ¿sí?. −Y Martín Romero debió arrancar con fuerza sus manos de las del muchacho.
−¿Tienes miedo? Sí, estás muerto de miedo. −dijo el pequeño Moisés.
Y la infame, más que humana geológica criatura se hundió en sus interminables carcajadas.
−¡Moisés!. −irrumpió Amanda
En su cara la mueca de asco que no podía contener cada vez que se topaba con el pequeño Moisés en cualquier punto de la casa. Los tres volvieron adentro. Mientras Amanda se retiraba en busca de un café, el niño volvió a azotar con su mirada a Martín Romero. Si lo dejaran, pensaba Martín Romero, con que gusto me arrojaría a los perros.
El muchacho tomó una caja de música que tenía frente a sí, le dio cuerda y volvió a ponerla en la mesita de centro. La bailarina giraba sobre la sola pierna derecha. Los giros eran cada vez más lentos, pero la mujer conservaba la misma expresión hierática. De súbito, antes de que la música se apagase del todo, el niño saltó sobre la cajita y la tomó para sí. Le dio cuerda con brusquedad, mientras seguía mirando a Martín Romero, cada vez con más fuerza, hasta que se escuchó el crujir de la perilla al reventarse, saltaron los resortes, la cajita cayó de sus manos, abierta en el suelo mostraba la bailarina aún parada en una sola pierna.
−Mira lo que has hecho, Moisés. A tu abuelo no le ba a gustar nada lo que has hecho con la cajita. Era de su mamá −agregó Amanda al retornar de la cocina y dirigiéndose a Martín Romero.
−No vas a decir nada ¿verdad? −dijo el muchacho.
−Ya veremos. −replicó Amanda.
−Tu no vas a decir nada. Porque, si lo haces... −insistió el muchacho, mientras miraba a Martín Romero.
−¿Qué es lo que te pasa? −preguntó Amanda
Amanda se quedó callada por un momento, mientras Moisés la vigilaba como un perro. Luego, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero, la mujer dijo:
−Le esperan en la biblioteca, Señor Romero.
Amanda no pudo ocultar del todo su inquietud delante de Martín Romero. Lo trató con la mayor frialdad posible. El pequeño Moisés se reía de aquello y volvió afuera con los perros. Martín Romero se levantó, miró por un instante a la mujer. Ahora sus ojos si enviaban contra él aquella, la mirada que antes no vio. Pero ahora Martín Romero se retiró en dirección a la biblioteca que, por fin, abría sus puertas. Me gusta ese distanciamiento que acorta la distancia; ese disimulo que no logra disimular; esa frialdad que se derrite antes de llegar a ser tal. Sólo en las sutilezas somos soportables. Incluso, sólo en las sutilezas, puede que hasta anhelados.
Martín Romero abrió la puerta de la biblioteca y, una vez dentro, la cerró. Gesto automático. Esa era la forma, desde hace años. Una vez que giró, su mirada fue primero al plano de fondo: anaqueles llenos de libros. Luego pasó a un plano anterior: Montenegro sentado al escritorio. Esa también era la forma, desde hace años. No incluía saludo ni voz alguna, ni por su parte ni por la del viejo, como si ya se hubiesen saludado en algún otro momento anterior. Quizás un sólo primer saludo era suficiente para tan curiosa relación. Si éste era el caso, a Martín Romero se le olvidó cuando, y cuándo fue la última vez que había pensado en ello. Tampoco lo hizo esta vez.
El viejo: un poco más muerto y más calvo que el mes anterior, observó Martín Romero. Sentado al escritorio, su rostro ajado husmeaba entre las hojas desplegadas del diario matutino. Mientras, su calva se hacía cargo de vigilar los alrededores. Martín Romero se sentó rente a él, Se le habían agrandado las bolsas bajo los ojos, desmanchado las manos, aflojado por completo las comisuras de la boca, y los huecos de las orejas y la nariz se le habían llenado de pelo. Tantos años cuidando las espaldas de este viejo y cada vez va quedando menos de él. Ojalá y dure un poco más, o me quedaré sin destino, y sin trabajo, que en este caso es más o menos lo mismo. Amanda no lo entiende, pero yo sé lo que me digo. Estoy bien así, con éste, el cadáver que en potencia soy, y para ello necesito que este viejo no se muera. Amanda no lo entiende, pero, a la hora de cargar con la existencia, mi potencial cadáver es mucho más liviano que sus sueños de mujer amada: besito en la nariz en la mañana al salir de casa, besito en la nariz al llegar a casa, besito en la nariz al acostarse. Hasta allí, todo muy bien. Sólo que, de besito en besito, sus planes de ser alguien me aterran. Muy lindo orgullo de pobre. Sí, como no. Y el resto de la vida pagando cuotas por cada mierda que se ha de adquirir para poder ser alguien. Con este viejo es distinto. Por él querer ser alguien, es él quien ha tenido que cargar con toda la mierda, yo mismo incluido. En realidad. no siento ni desprecio ni admiración por él. Un poco de lástima, a veces, lo cual es lo suficientemente superficial como para disfrutarlo. Si siempre hay que sentir algo, como aseguran los sentimentales, ha de ser lo que menos pese. Uno debe tomar los sentimientos como la carne en la vidriera de la carnicería: la porción con menos pellejo y sólo la que se consume a diario; si llevas demasiado a casa, o te atragantas o se te pudre en las manos. Juntos, el viejo y yo vivimos una sensación de incomodidad ya conocida. Como si te encerrarán en un baño con un desconocido, periódicamente. Pero es una sensación que se aligera en la medida que sabemos que es sólo por un momento y que podemos estar uno frente al otro sin hablar. Desde que descubrimos y aceptamos ese silencio todo es armonía entre ambos. Nos dirigimos sólo las palabras precisas. Esto, aquello, cuándo, cómo, ajá. Para nada nos interesa expresiones que puedan ir más allá. El viejo sabe que, más allá, sólo la muerte y, en su caso, no es sutileza. Cuando estamos muy prolijos, algunos comentarios adicionales. Hace calor: algo. Qué le parece lo del eclipse: interesante. La guerra en Próximo Oriente: se pone caliente. El mundo se cae a pedazos: alguien tendrá que recogerlos. Sé que también le sirvo para eso. El viejo cerró el periódico.
¿Qué le parece lo de Chávez? Aquí viene el comentario profundo de hoy. A ver. Algo sencillo y escueto. Cada día un paso más. De seguir así, en víspera de las elecciones éste amanece de primero. Claro. Bien. Quedó perfecto. Sanjado el tema político. Basta con agregar a ese vertical claro una muy ligera movida vertical de cabeza, así, y listo; estamos de acuerdo. Martín Romero encendió un cigarrillo, y el viejo, en respuesta, tosió. Una mueca de desagrado le empezó en la nariz, le levantó el labio superior, y se le fue en punta hasta el centro de la barbilla.
−Perdón −dijo Martín Romero.
−El corazón. Entre otras cosas. UD. sabe. Por cierto, debería dejar de fumar, Romero. −observó de súbito Montenegro.
−Un día de estos. −dijo Martín Romero, y apagó el cigarrillo.
−Respuesta de fumador. Siempre dice lo mismo, Romero, y sabe bien que nunca lo hará ¿no es cierto? Qué cosa ¿no? Hay cierta magia en las palabras cuando afirman lo que uno, en realidad, niega, y que las hace curiosamente cómplices. −advirtió el viejo. Martín Romero, ligeramente sorprendido, se quedó mirando al viejo por un momento, luego a la botella de güisqui que estaba delante de él. Al final, agregó.
−Ya sabe cómo es cuando del fumador se trata. Condenado que defiende a muerte su condena. Sin embargo, debo decir que se le ve bien esta mañana. Quién sabe. A lo mejor hasta me sobrevive. −dijo Martín Romero, al tiempo que sonreía y se preguntaba a sí mismo de dónde había sacado aquella bobería tan natural y que le había sonado tan bien.
−Si sigue fumando así, es posible. Pero, en fin, yo no me fío. Uno nunca sabe cuánto tiempo le queda. −dijo el viejo.
−Nunca lo sabremos. Pero nunca será mucho. Eso sí lo sabemos. −secundó Martín Romero, sin darse cuenta de que se lo decía al viejo. Cuando lo advirtió, ya era tarde, pensó.
−No sea retórico conmigo. Una cosa es saber las posibilidades de duración de un ser, como eso que llaman promedio de vida, y otra tener la certeza de que se va uno a morir de esto o de aquello; si no hoy, dentro de un par de días. No hay día en que uno no piense, al menos una vez, en la muerte, sobre todo en la noche, al acostarse, en el preciso instante en que el sueño le va cerrando a uno los ojos, y uno se pregunta si despertará mañana. Imagino que nunca le ha pasado ¿cierto? Hay que estar enfermo para ello, y su experiencia en el tema no creo que pase de un catarro, por lo que veo. Pero, yo que se lo digo, es incómodo, incierto, uno se llena de preguntas que de otro modo no se haría jamás. Nunca termina uno de acostumbrarse. Así es estar enfermo. Lo demás, es accesorio. Uno debería morir sano ¿no le parece? Claro que sí. Vivir la muerte sin necesidad de padecer la víspera. A veces, se lo juro, intento no hacer caso del asunto. Pero eso no es posible. Siempre creí que sería más fácil; nunca hice mucho caso a mis debilidades. Sabía que estaban allí, en medio de esas monótonas conversaciones que a uno toca sostener con el médico una vez por semana, pero siempre me consideré por encima de ellas y, en cierto modo, ha sido así. Pero, de pronto, de un día para otro, los temores, las dudas ¡bah!; no es lo mismo vivirlo que decirlo. Además, dígame si no es lógico lo que digo. Si no, me pregunto yo ahora ¿con qué objeto, alguien, enfermo, se dispondría a ver el mundo como si no lo estuviera? Eso, me parece, es renunciar al dudoso privilegio de ver cosas que de otra manera no pueden ser captadas. Un ojo saludable vierte a su alrededor su salud. Ni la charca más inmunda detiene su mirada. Pero el ojo de un enfermo percibe lo enfermo. Todos sabemos que moriremos. Pero los enfermos lo sabemos más y mejor; nos detenemos en los miserables detalles hechos de color amarillento, flujo sanguinolento y deterioro muscular. Pienso que, si fuese un poco menos lento, morir sería un poco menos asqueroso. Los enfermos, como todos, sabemos que vamos a morir; sólo que, digamos, hemos comenzado a hacerlo día a día ¿Entiende?
Martín Romero insistió en el silencio. ¿Qué es lo que le pasa a este viejo? ¿Estará hablando conmigo, de verdad, o sólo pensando en voz alta? No me gusta ese tono ni esa mirada. Son del todo extraños para mí, ni me cuadran con ese estar allí detrás del escritorio. Casi nunca me mira cuando me siento aquí, en esta misma silla, cada vez que nos reunimos en la biblioteca ¿Por qué hacerlo ahora con esa relativa insistencia? Parece un muñeco del que se obstinó el ventrílocuo, y lo dejó allí, en el sillón; que se las arregle por sí solo. Lo de amarillento es muy cierto. Pero, lo que sea el sujeto que ahora tengo al frente, nunca lo había visto así, y jamás lo habría imaginado pensando ese tipo de cosas. Montenegro. Que va. Es más bien parco y soso. Es lo que siempre me ha gustado de él, creo; lo que lo hace tan indiferentemente soportable. Pero así, parlanchín y sensible al tema de la muerte, me toma por sorpresa. No estoy preparado para éste tipo de cosas. Soy rutinario hasta la molicie, y cambios así, bruscos, me incomodan y tornan molesto. Sé que está enfermo. Pero eso no es algo nuevo ¿A cuenta de qué, entonces, ese discurso, viejo? De repente. De la noche a la mañana. Hace apenas dos o tres días que no lo veo, y ahora se viene con esto. Quizás sea lo que él mismo dice. Hay cosas que sólo se ven si uno está enfermo. Y sean cuales sean sus males, a éste lo aquejan de cuerpo entero. Mira nada más esos brazos y ese cuello. Si tuviera que cargarlo ahora, mucho me temo que se desintegraría en mis brazos.
−Estoy convencido de que sí. −continuó el viejo.
−¿Qué sí qué? −preguntó Martín Romero.
–Estoy convencido de que UD. me entiende, y muy bien; mucho mejor de lo que podría hacerlo cualquier otra persona. No me pregunte por qué. Quién sabe. Puede que, a lo largo de los años, en medio de la distancia y la frialdad, quizás hallamos confraternizado más de lo que cabría esperar. −continuó diciendo el viejo luego de un largo rato de espera.
−¿Y eso por qué? −preguntó Martín Romero.
−Yo diría que es como hablar solo, sin estarlo ¿Nunca le ha pasado con alguien? −respondió el viejo.
−Me temo que no. Pero ¿acaso es eso un halago? −preguntó Martín Romero.
−Creo que podría tomarse así. Entre UD. y yo, al menos, podríamos tomarlo así, me parece. Pero no es algo que, en realidad, lo preocupe. Halago más, halago menos; no es cosa que le quite el sueño a Martín Romero ¿Me equivoco? Claro que no ¿Sabe? Pese nuestras grandes diferencias, UD. y yo, mi querido Romero, tenemos algo en común: nunca esperamos consuelo, ni siquiera reconocimiento. Dígame si no. Ni en la silla eléctrica parpadearíamos. −dijo Montenegro.
−No exagere. −dijo Martín Romero.
−Pero acierto en lo que digo ¿eh? Por alguna razón que no alcanzo dilucidar, UD. se me semejaba como una suerte de fantasma. No se ría. Y lo sigue siendo, en el sentido melodramático, se entiende ¿no? El día que lo contraté, a sugerencia de…
−Rengifo. −se adelantó Martín Romero.
−Ése. Rengifo ¿Cómo está él, por cierto? −preguntó el viejo.
−Bien, bien. Acabo de verlo en la mañana. Por cierto, me dio esto para UD. −respondió Martín Romero, y aprovechó para colocar en el escritorio el sobre que le había entregado Rengifo en la mañana.
−Está bien. Le decía que el día que lo contraté estuve dando una larga ojeada a su expediente. Ya sabe; soy mas o menos meticuloso en estas cosas. Y ¿qué encuentro? Militancia ideológica, matrimonio, carrera universitaria; todo lo iniciado había sido dejado a mitad de camino ¿Y esto qué es? Me sorprendió que Rengifo me hubiese traído un tipo como UD. Vaya vida sin vocación ni horizonte, me dije. Lo más parecido a un cajón de juguetes por los que el niño ha ido perdiendo la fascinación. Y eché la carpeta sobre el escritorio. En este mismo escritorio, allí mismo, donde UD. acaba de colocar ese sobre, por cierto. Entonces, el señor Rengifo, sentado allí mismo donde está UD. ahora, esperó un rato y me dijo: piénselo bien, señor Montenegro. Lo que UD. dice es muy cierto. Yo mismo puedo dar fe de ello. Durante el tiempo que trabajamos juntos, Romero no pasó de ser un mediocre subinspector trasnochándose detrás de criminales de poca monta. Así que no diré que el sujeto es un modelo de sentido común y sensatez, ni que tenga claramente trazado su camino. De acuerdo. Pero, seamos prácticos. Lo que UD. requiere, según me ha indicado, es de un tipo a su entera disposición; uno que, bien pagado, cumpla al pie de la letra y de manera eficaz sus encomiendas; sin discutir, ni siquiera preguntar ¿cierto? Pues, siendo así, yo pienso que éste es el sujeto perfecto, aunque de perfecto no tenga nada, es verdad, lo sabemos. Pero quién dice que ello no sea más ventajoso para UD. que un tipo de claras ambiciones y sentido de futuro. Si no, dígame: sin vocación para nada, vagando de aquí para allá, siempre ocupando cargos de segunda o por debajo ¿a dónde puede ir un sujeto así? Es como la mujer realenga ¿Qué ha necesitado toda su vida?: amor; déselo, y la tendrá para toda su vida. Romero, bien pagado, yo que se lo digo, hará lo que UD. diga, sin chistar y lo tendrá para toda la vida. De modo que, como yo lo veo, lo que necesitamos aquí no es un santo, el Mesías o un responsable padre de familia. Para nada. Un ejecutivo. O, mas bien, un ejecutor, diría yo. El hombre como que pensó unos segundos sobre lo de ejecutor, y añadió ¿A quién importa la naturaleza mas virtuosa o más vil de quien opera la guillotina? Lo que necesitamos es que la cuchilla corte la cabeza ¿o no? −habló Montenegro con toda paciencia.
−¿Eso dijo Rengifo? −preguntó Martín Romero que, hasta entonces, se había mantenido inmutable en su asiento.
−Exactamente. No se me ha olvidado. La forma en que lo describió a UD. me convenció or entero. Creo que por eso no se me ha olvidado ni un palabra. Aparte de que tengo muy buena memoria, se lo aseguro. Y, bueno, el asunto es que me convenció el Sr. Rengifo. No sé bien por qué, pero me llamó la atención esa forma de llamarlo, ejecutor. Un ejecutivo, como bien sabemos, es un tipo emprendedor, con visión de futuro, sobre sí mismo y sobre lo que realiza. Pero un ejecutor no es así. Ejecuta, sin más; no importa el sentido o la visión. Como dijo su amigo Rengifo en aquella oportunidad ¿a quien le importa lo que piense o sienta quien opera la guillotina? Genial ilustración. Muy bueno el Sr. Rengifo para vender. Muy bueno ¿no le parece, Romero? −preguntó el viejo.
−Sí, es muy buen vendedor, el Rengifo. No hay duda. Vendería a su mamá, como se dice. −dijo Martín Romero.
−Vamos, Romero ¿Qué le pasa? Lo vendió a UD., en el buen sentido del término, quiero decir. Cosa que, habrá de reconocer, Romero, es trabajo mas o menos arduo ¿no le parece? Lo que yo quería era un sujeto de confianza. Si el Sr. Rengifo se guía por el manual, UD. no tendría trabajo. −insistió el viejo.
−¿Y se arrepiente de ello? −preguntó Martín Romero.
−De ninguna manera. Por supuesto que no. El Sr. Rengifo tenía toda la razón. −aseguró el viejo.
−Bien. Pero, y todo esto ¿a qué viene?... si puedo saber −preguntó Martín Romero con notoria curiosidad.
−Paciencia, mi querido Romero. Le ruego me tenga un poco de paciencia, que ni yo mismo lo sé muy bien. Por lo pronto, le diré que me recuerda a un hermano, por parte de padre, que murió hace mucho años y al que dejé de ver muchos años antes de que muriera. Imagínese, que UD. me lo recuerde ahora, es digno de curiosidad, lo menos. Pero, primero, dígame algo: ¿qué es para UD. un hombre rico? −preguntó el viejo.
−Un hombre rico…−se quedó pensando Martín Romero.
−Se sobreentiende que lo de rico tiene que ver con la acumulación de dinero, fortuna y poder, y que no es por algo así por lo que pregunto ¿eh? −aclaró el viejo.
−Un hombre rico…–volvió a decir Martín Romero.
−To se lo diré, Romero: alguien que ha encontrado un modo preciso de medirse en la escala que va del fracaso al éxito y viceversa. −se adelantó el viejo impaciente.
De pronto, notaba Martín Romero, que lo que una vez fue rostro hecho de soberbia y desolación, comenzaba a mostrarse resignado. Un rasgo aquí, otro más allá; la blanda carne de la resignación expuesta a la carnicería de la desolación. Se quiebra, el viejo. La misma cabeza forrada de arrugas y canas; la misma artritis que lo ha postrado en la silla; los mismos ojillos criminales que brillan bajo las cejas blancas y finas; la misma boca recta, de labios delgados que intentan sostenerse firmes y a ratos se les nota el cansancio por el esfuerzo, cuando no hay dolor, o lo olvidaba porque su desolación de hombre todopoderoso es mayor. Todo es igual, lo mismo, pero desgastado y opaco.
El viejo tomó la botella, observó que faltaba casi la mitad, al tiempo que miraba a Martín Romero como para confirmar el nivel del contenido, y sirvió otro trago. Luego dijo:
−No me negará UD. que para quien, durante tantos años, hubo de hacer este tipo de cosas cuidándose de los excesos y considerando siempre las estrictas prescripciones médicas, media botella es todo un reto a la muerte. Yo que se lo digo. Y pensar que mi mujer murió cuidándome hasta el último día de su vida. Si me viera ahora. No diré que su muerte fue una liberación. Pero puedo imaginar la reprimenda. −y el viejo volvió a colocar la botella sobre el escritorio.
−Debe tener cuidado con eso. −dijo Martín Romero.
−Eso mismo diría ella, sólo que con mucho menos frialdad, claro. Pero, vamos, Romero, no exagere UD. A ella no se lo dría, pero a UD. sí puedo: a mi edad y en mis condiciones, el suicidio no puede tener ninguna significación. No voy a quitarme una vida que la artritis me ha ido amputando en cuotas. Es sólo que, durante los últimos días, me he sentido un poco más cansado que de costumbre y, si es de confesarlo con toda franqueza, le diré: la muerte ha estado por aquí, la he visto de frente, allí mismo donde está UD. sentado ahora. Acérquese uno de esos vasos de allá, y sírvase también ¿quiere? −dijo el viejo.
Martín Romero se levantó para traer el vaso. Ya está perdiendo las facultades, pensó Martín Romero, sin saber qué responder, pues se había acostumbrado a los crudos y realistas razonamientos del viejo, la parquedad de sus palabras y lo conciso de sus instrucciones. En ese contexto se sentía cómodo. Pero en el áurea locuaz que el viejo mostraba ese día era todo lo contrario. No estaba preparado para algo así. Nunca se había visto forzado a decir mucho más que "entiendo"; "así se hará"; "por supuesto", aderezado con algún comentario fútil. Pero eso de ver a la muerte allí mismo, sentada en la silla donde él mismo estaba −Martín Romero se miró, y luego volvió a mirar al viejo− era ridículo; pero, sobre todo, incómodo. Se jodió el viejo. Te jodiste, Martín Romero. Si éste sigue así, la próxima visita será en el manicomio, si no que en el cementerio. A ver con que viene ahora.
−¿UD. no me cree, verdad? −preguntó el viejo mientras observaba a Martín Romero sirviéndose el trago que le había indicado. Luego agregó −¡Je! Yo tampoco lo creería. Sólo que anoche estuve sentado allí mismo, durante un rato. Luego, me senté aquí y, pese a ello, me era fácil imaginarme allí, frente a mí, como si estuviera frente a un espejo. No sé cómo llamar a eso. Lo que sí sé es que me veía allí, como si yo fuese otro; así, como lo veo a UD. ahora, sólo que era yo. ¡Diablos!, sueno como a filósofo ¿verdad? Que ironía. Uno se vuelve mierda y, cuando habla de ello, parece un mero juego de palabras, y quizás sea así. Quien sabe, Romero. Puede que ésta sea su última misión: escuchar al viejo. Anoche, acosado por los dolores, dormí a retazos, inquieto. No sé si lo que le digo, en realidad, lo imaginé o sólo lo soñé ¿Y eso qué puede importar? Como fuese, allí estaba la muerte ¿qué otra cosa podría ser, eh? He visto el blanco de sus ojos moverse en la masa quieta de la noche, sus manos como tenazas de la oscuridad. Cuando hace un rato la criada anunció que UD. esperaba en la sala, aún tenía mi propia imagen allí sentada. Hasta que me dije: lo mejor será continuar como que si nada. Y entonces lo hice llamar. −terminó diciendo Montenegro en voz baja, mientras miraba el fondo del vaso que tenía en la mano.
Ojos blancos y manos de noche. Pobre. Aunque pensándolo bien, no suena mal. Muerte: ojos blancos y manos de noche. Qué más. Tiene un toque ingenuamente tosco, como de aparición de feria, y lo suficientemente quieto, como el silencio y, al mismo tiempo, transparente y sonoro. Dice lo suficiente para lo que hay que decir al respecto. Ojos blancos y manos de noche. Mas tarde lo apuntaré en mi cuaderno. Aunque no sé para qué. Nunca paso de apuntar cosas que me suenan bien. Bueno, lo anote o no, lo que sí es cierto es que acaba de cambiar el nombre del viejo. Ya no más el señor tablas. Ahora, el señor ojos blancos, manos de noche. Por supuesto. Sí, lo veo desde aquí y no me cabe la menor duda. Lejano. Ya cayó en el fondo de su propia lejanía. Ya nada podrá rescatarlo.
−Pero, en fin, ya ve. Aquí sigo. Ya es más de mediodía y todavía sigo hablando del asunto. −continuó al rato el viejo. Se detuvo de nuevo para mirar a Martín Romero acuciosamente, y agregó −Una pregunta, Romero ¿Desde cuándo trabaja para mí?
−Diez años, creo −respondió Martín Romero, mientras veía al señor ojos blancos y manos de noche. Ya había metido el cuerpo inútil dentro del ataúd. A pudrirse por la eternidad. Ahora se entendía con aquél significado.
−Eso calculo yo también. Pasa el tiempo, como dicen. Pasa el tiempo ¿Sabe, Romero? Voy a ascenderlo. −dijo el viejo.
A Martín Romero no le gustó aquello. Había estado lo suficiente junto al viejo como para saber que el personal de confianza no tiene rango, sino el obligado privilegio de acceder a esa sutil intimidad que surge entre amo y esclavo cuando ambos pierden el pudor de compartir los aspectos más cuestionables de su trabajo; no se le asciende ni se le desciende, se le utiliza o desecha. Luego de un breve momento de silencio, apenas atravesado por la tos que Montenegro contuvo con gran esfuerzo y por el suficiente tiempo como para que Martín Romero reacomodara el trasero en el sillón, el viejo continuó.
−No me mire así. Me refiero a eso de enviarlo a Buenaventura −esto lo dijo el viejo mientras señalaba con el dedo el sobre que Martín Romero había dejado sobre el escritorio hacía rato. −Es una forma de burlarme de todo el asunto. Hasta hace días atrás, se trataba para mí de un ambicioso y antiguo proyecto. Debe ser fácil de imaginar para UD., supongo. Yo iba a empezar diciéndole que es UD., Romero, el único en quien puedo confiar, y que ese chiquillo gordo de mi nieto…en fin. Entiendo que ya está todo arreglado. Bien. También iba a decirle que se trata de en un pueblucho miserable y olvidado, pero que no fuese UD. a subestimar la importancia del encargo, y que nos jugamos millones, allí. Que, hasta ahora, no es más que un lugar lleno de miserables mandados por funcionarios mediocres pero que son los que con más intensidad vibran cuando escuchan la música del dinero, pero que lo convertiremos en un paraíso. A ellos, como a cualquiera hoy día, tampoco les importa de dónde venga el elixir que los cure del atraso y la miseria. Y la verdad ¿qué diferencia hay en que el capital, como Uds. los marxistas gustan decir técnicamente al vulgar y tradicional dinero, venga del tráfico de esclavos, o del tráfico de cocaína? La plusvalía es amoral, pero, si hay que moralizarla, personalmente pienso que lo primero es mucho más "inmoral" ¿No cree UD.? En fin, todo eso iba yo a decir. Y, de pronto, me estoy preguntando si enviar a Martín Romero a semejante lugar olvidado del planeta y comenzar todo esto, puedo considerarlo un triunfo o un fracaso. La verdad, es que sé que no viviré para verlo. Eso creo.
−¿Por qué precisamente allí? −preguntó Martín Romero.
−Buenaventura ¿Le dice algo? −preguntó el viejo.
−Para nada −respondió Martín Romero.
−Ya conocerá el lugar. Desde hace muchos años he tenido la idea de convertirlo en paraíso de turistas. Ya le he hablado de ello alguna vez. Es lo que debía hacer ahora, otra vez. Pero, como le digo…−dijo el viejo, y se quedó mirando el sobre.
Tiene la costumbre de acusarme a mí, su ejecutor, de marxista; como para perdonarme. Es ésta una manera de abusar de mi confianza y manosearme la paciencia, cosa por la que, desde hace tiempo, ya no me ofendo. Pero en esto hay que dar razón al viejo criminal ¿Por qué iba a ser más inmoral que la fortuna de un gran hombre se asentara en la destrucción de la salud mental de otro que en romperle los huesos y cualquier esperanza de vida? La verdad, hay mucho de alharaca moralista en esa manera cómo las postrimerías del podrido siglo XX ataca el lavado de dinero sucio. La droga destruye a la juventud tanto como lo hizo la máquina de vapor, el telar mecánico o la locomotora ¿Dónde está el libro de Young? Creo que fue allí, o alguno muy parecido…
−Estúpido aquél que no se dé cuenta de que hay que sumir al otro en la miseria para construir una fortuna. −dijo Martín Romero como si estuviera leyendo el libro.
−Paradójicamente, Romero, su marxismo aún es muy eficaz para describir el mundo. −celebró el viejo.
−No lo dijo Marx. −corrigió Martín Romero.
−¿No? ¿Y quien otro pudo haber sido tan crudo e inteligente? −preguntó el viejo.
−Un clásico de la economía clásica. −respondió Martín Romero.
−Ah ¿Está ese libro aquí? −preguntó el viejo, mientras se volteaba a ver a la biblioteca, que quedaba a sus espaldas.
−Allá arriba −dijo Martín Romero, al tiempo que señalaba hacia uno de los tramos más altos.
−Qué tiempos, Romero. Difícil distinguir entre un clásico y un subversivo. Pero no ha respondido mi pregunta. −retomó el viejo.
−No puedo responder a eso. −dijo Martín Romero.
−¿Por qué? −insistió el viejo.
−Porque, si realmente tuviera yo una respuesta, y si acaso me preocupara responder a ese tipo de pregunta, no sería yo, como dijo una vez mi amigo, Rengifo, el sujeto idóneo para este trabajo. Más de una vez habría entrado en conflicto con UD. y conmigo mismo, lo que sería mucho peor. Yo no estoy aquí para eso. Lo aprendí muy bien desde el día en que entré por esa puerta a trabajar con UD. Y ya me he acostumbrado. Estoy muy bien así, sin saberlo. −dijo Martín Romero.
−Pero las personas siempre se preguntan eso ¿o no? Digo yo, que las personas siempre intentan medir cuánto han logrado de lo que se han propuesto. −advirtió el viejo.
−Por supuesto, cuando se proponen algo. Y por eso siempre las personas cambian, o las cambian, de trabajo. Mire, recuerdo que una vez, mientras buscaba yo trabajo, una hermosa jefa de personal (y vaya que era hermosa la mujer) con mi ridículo currículo en sus primorosas manos, me dijo, mientras me miraba a los ojos con ese sutil desprecio del que sólo tales funcionarios son capaces: que muy estable UD. no es. Lo dijo casi con asco. Si yo hubiese sido un tipo empeñado en medir mi posición en el espectro que va del éxito al fracaso, y viceversa, como UD. dice, me habría retorcido en justificaciones para aparecer ante tsu desprecio lo menos fracasado posible. Pero tal era tarea de ella; no mía. Yo simplemente le repliqué con toda la rapidez de la que soy capaz: con esos sueldos y esas condiciones, serlo sería mera mediocridad. Y, en verdad, que yo lo creía así. Entonces sonrió, y me dijo que llamaría. −relató Martín Romero.
−¿Y llamó? −preguntó el viejo.
−No. Pero aún estoy esperando. Mientras tanto creo que lo mejor será seguir trabajando para UD. −dijo Martín Romero.
−Ah, mi querido Romero. Ya no necesita UD. responder mi pregunta y, más aún, no tiene ninguna significación hacerlo ¿eh? Claro. Tiene razón ¿Sabe, Romero? Le diré: no sé cómo le hace, pero siempre ha llamado mi atención ese toque tragicómico con que parece ponerse a salvo de todas las cosas. Es como si se esfumara en medio de la humareda de su propio discurso. Ya le digo; un fantasma. Imagino que por ello ha durado tanto trabajando para mí. La verdad que, quizás, si lo pienso un poco, y de tener yo algo más de tiempo, llegue hasta a envidiarlo, Romero. Mi hermano por parte de padre, Félix, del que antes le hablaba, era un poco así, creo. Un poco menos sutil, me parece. −dijo el viejo.
−¿Así cómo? –preguntó Martín Romero.
–Tragicómico. Con ello me refiero al hecho de que hay vidas que, vistas desde un ángulo mas o menos sensato, lucen como una tragedia, como si arrastraran en su propio acontecer la desgracia. Pero cuando uno se fija en el personaje, se siente burlado por él. Fue mi hermano quien me dio esa definición de hombre rico de la que antes le hablaba. La recuerdo como si la hubiese elaborado expresamente para mí, a sabiendas de que él no la utilizaría nunca. Como cuando uno se desprende de una pieza muy valiosa, pero del todo inútil, y decide, en consecuencia, regalarla a quien, de seguro, hará un mucho mejor uso de ella ¿comprende? −dijo el viejo.
−Alguien que ha encontrado un modo preciso de medirse en la escala que va del fracaso al éxito, y viceversa. −repitió Martín Romero.
−Exacto. ¡Vaya que se lo grabó ¿eh?! Siempre hace lo mismo, Romero. Piensa uno que Romero anda por allí, despistado. Pero no es así. Mi hermano sí que lo era, y cuánto ¿Sabe que no lo conocí durante mucho tiempo? A mi hermano, digo. Yo tenía…a ver…unos…veinte, y él ya pisaba los treinta y cinco, lo menos. Sí, era mayor que yo, aunque parecía más joven. Siempre fui un sujeto avejentado. En el colegio me decían viejo. Él era… −dijo el viejo.
−Hijo natural; quiero decir, habido fuera del matrimonio. −interrumpió Martín Romero.
−No. El habido fuera de matrimonio fui yo. Él era, según mi padre, un tarado. De cariño lo llamaba tara. Tara, ven para acá. Tara qué haces. Es que Tara nunca aprenderá ¿Y mi hermano qué? Se burlaba de aquello. Él cree que en verdad me importa, me dijo un día. Claro que soy una tara; su tara, no más me trajo al mundo. Si te duele la cabeza ¿ofendes al dolor de cabeza por acusarlo de dolor de cabeza? Y se reía haciendo una grotesca morisqueta metiéndose los dedos en la boca y estirándosela así ¿Ves a tu hermano?, decía mi padre; fíjate muy bien y sabrás lo que no debes ser. Su destino es ser un perdedor. Se detestaban y, en el fondo, creo que lo disfrutaban. Yo me sentía muy apenado por algo así. Sin embargo, notaba con extrañeza que mi hermano nunca se disgustó conmigo por ello. Por el contrario, un día en que yo me disculpaba con él por lo que mi padre decía, me dijo, con incontrolable entusiasmo, que yo era el preferido y que debía, lejos de avergonzarme, aprovechar la oportunidad. Dígame UD. ¿cómo entender que alguien se entusiasmara por algo así? −dijo el viejo.
−¿Qué hacía? −preguntó Martín Romero.
−¿Mi hermano? −preguntó el viejo.
−Sí. −reafirmó Martín Romero.
−Nada. Nada productivo, quiero decir. Era pintor, o él decía que lo era ¿Pintaba? Eso dice él, decía mi padre. En realidad, se dedicaba a ello. Había épocas en que casi no se le veía durante días o semanas. Yo no sé si en realidad lo era. No sé cómo se precisan esas cosas. Me gustaban sus cuadros. En total, no más de ocho o diez. −dijo el viejo, con la mirada, según Martín Romero, fija en los recuerdos, como si los estuviera leyendo uno a uno.
−¿Ocho o diez? ¿Cómo es eso? −preguntó Martín Romero.
−Y después, quizás, aún fuesen menos. Pintaba sobre el mismo cuadro, una y otra vez. Yo le decía; pero ¿y el otro cuadro? ¿dónde está? Bajo cualquiera de esos, decía él. Después de pintar algo ¿que queda? Pintar otra cosa ¿no? Y otra, y otra, sin fin ¿Qué importa dónde o sobre qué se haga? Además, agregaba, mientras manipulaba febrilmente pinceles y trapos sucios, si lo que pintas hoy es mejor que lo que pintaste ayer, quiere decir que lo que pintaste ayer no sirve; entonces ¿para qué conservarlo? ¿y cómo sabes que lo de hoy es mejor que lo de ayer? No lo sé, respondía; he de intentarlo para saberlo, y a lo mejor no lo es. Lo que sí sé es que es peor que lo de mañana. Siempre creí que estaba un poco loco. −relató el viejo.
−Diablos. Lo que podría llamarse un enfermizo instinto de superación ¿no? −observó Martín Romero.
−Puede ser. Pero, por otra parte, imposible medir el éxito o el fracaso. Entonces, imposible hablar de superación. −advirtió el viejo.
−Sí, entiendo. −dijo Martín Romero.
−Pero cuando se habla de fortuna y dinero, la cuestión es sencilla, precisa y hasta cuantificable. El dinero que gano hoy no es mejor ni peor que el que gané ayer o pueda ganar mañana. Es sólo más, o es menos. Un poco aburrido ¿no le parece? Bueno, así es la lógica, claro. Sabemos que dos más dos suman cuatro ¿qué más puede uno esperar de semejante certeza? En fin. Lo cierto es que me fui haciendo a este tipo de precisiones, más aún cuando, al ver mi hermano como un tipo sin remedio, más me aterraba verme en medio de tamaña incertidumbre. Sin embargo, al mismo tiempo, mientras más me aferraba a mi dos más dos y más me alejaba de mi hermano, no dejaba por ello de sentirme culpable, y hubo veces en que hasta llagué a preguntarme si no sería, precisamente, la actitud de mi padre lo que había desencadenado tan insensata conducta en mi hermano, situación que yo habría aprovechado tan oportunamente. Debo decir que, de no haber sido mi hermano un perdedor, como lo llamaba mi padre, quizás éste nunca habría pensado en mí. Fui un oportuno repuesto para quien carecía de un auténtico sucesor. No lo sé. Esa duda me la llevaré a la tumba. Como fuese, un ineludible deber y compromiso me ataba a mi hermano, el perdedor. Mientras más me convencía de que el sujeto nunca cambiaría, más me sentía en el deber de cuidar de él. Era algo así. −dijo el viejo, y calló por un momento.
−¡Vaya! Y uno piensa que hacer dinero es más sencillo. −aseveró Martín Romero.
−Y lo es. En realidad, lo es. Dos más dos suman cuatro; no hay más alternativa. De eso se trata la sencillez; descubrir la única alternativa, cosa en la que, si no interviene la matemática, no es. Sólo se habla en realidad del destino si se hace en términos algebraicos. Lo demás es palabrería. Así que si uno en verdad se lo propone, es porque ya sabe lo que tiene que hacer, y si ya lo sabe, es sencillo. No puede ser de otra manera. Lo que pasa es que se trata de una sencillez que se sobrepone a la compleja oscuridad en la que al final está sumida hasta el cuello toda existencia. Pero, como dicen, el dinero se hace con la cabeza. Si no, míreme UD. En esta silla, si hubiese yo necesitado de otra cosa, no habría producido un centavo en mi vida. −dijo el viejo.
−¿Hay algún cuadro de ese hermano suyo por aquí? −preguntó Martín Romero.
−En el sótano. Allí deben estar; los seis u ocho de siempre. Para mí no son cuadros. Sólo son cosas; sus cosas, las que trajeron aquí, cuando murió. Pagar todos los gastos del entierro. Fue lo último que hube de hacer por él. Y se acabó. De alguna manera, creo que me liberé. O me liberó él. Así es, a veces, digo yo, la muerte de las personas. −dijo el viejo.
−Y ¿Cuándo murió? ¿Hace mucho? −preguntó Martín Romero.
−Mi díscolo hermano, vagaba por allí. Ya sabe, de cuando en vez una temporada en casa, cuando andaba falto de dinero. Un día se fue a Buenaventura. En aquellos tiempos, sólo el mismísimo Félix podría saber cómo llegar a un lugar así ¿Y eso dónde queda, pregunté? Es el lugar más hermoso del mundo. Habló de la luz. Estuvo lo menos diez minutos hablando de la luz. Mezcla de amarillos, verdes y azules. Los rosa, decía, son el tibio anuncio de la noche; eso nunca se me olvidó, no sé por qué. Pero nunca habló de dónde quedaba. Así era Félix. Hablaba de lo que quería, sin importar lo que le preguntaras. Muy buen interlocutor no era, pero uno escuchaba con atención su discurso salpicado de una locura sutil. No lo volvimos a ver durante un largo tiempo; un par de años, lo menos. Cuando murió mi padre, ni siquiera se enteró. Averigüé por mi cuenta dónde quedaba Buenaventura y un día me fui hasta allá. Fue por el tiempo en que los adecos llegaron por primea vez al poder, luego del golpe de octubre, lo que abrió muchas posibilidades para mí. Pero nunca logré sacarlo de allí ¿Qué hice, entonces? Hice construir una casa, para que, al menos, saliera de la pocilga en la que vivía, junto con la mujer y un muchacho raquítico y estúpido, que se quedaba absorto cuando yo llegaba. Saluda al tío Segismundo, decía la mamá al verme bajar del carro. Y el muchacho sólo me miraba, mudo, absorto en su mudez. El tío Segismundo puede que no sea más que un inmundo, gritaba Félix desde adentro. Perdónelo, decía mi tosca cuñada. Esta borracho de nuevo, decía, apenada, la mujer mientras me invitaba a pasar al rancho hediondo a leña y salitre. Había comenzado lo que, con el tiempo, he llamado la etapa de la venganza. −dijo el viejo.
−¿Y la pintura? −preguntó Martín Romero.
−Ya no pintaba, o al menos no hablaba de eso como antes. Ya no hablaba casi. Era yo el que hablaba. Jamás logré que ocupara aquella casa, que dejé a medio terminar. Todavía está allí. Que, por cierto, puede UD. disponer de ella. Eso estaría bien, creo. Se la cedo por completo; me encargaré de la documentación. Habrá que hacer arreglos allí, imagino. Pero le servirá, mientras esté en Buenaventura y, cuando no, la venderá o qué sé yo. En fin, no le costará nada. Sólo quiero obsequiarla a ID.. −dijo el viejo.
−Eso no es necesario. −replicó Martín Romero.
−Insisto. −dijo el viejo.
−Si es así, está bien. Lo tomaré como una orden, entonces. −dijo Martín Romero.
−Bien, Romero. Tómelo como quiera. Pero, dígame una cosa ¿Por qué es UD. tan esquivo? Creo que nos conocemos lo suficiente como para saber que si le hago ese ofrecimiento es porque así lo deseo. En realidad, se me ha ocurrido en este preciso instante, que vino a mi mente lo de la casa. En fin, es un obsequio, Romero; en nada me afecta hacerlo, y ello no lo compromete en nada que no quede claramente establecido entre nosotros ¿cierto? −preguntó el viejo.
−Muy cierto. −dijo Martín Romero.
−¿Y entonces? –preguntó el viejo.
–No es eso. Es sólo que ahí está la cosa. Bien, aparentemente no molesta. Por el contrario, aparentemente dispuesta a servirnos, como UD. dice. Pero, en realidad, nunca está uno seguro de cuánto se posee la cosa, cuánto la cosa lo posee a uno. Las cosas inanimadas lucen inofensivas. Pero jamás me he fiado de su quietud, del inerte desinterés con el que parecen mirar a su alrededor. Alguna vez leí en algún sitio sobre una enorme piedra que, según los cálculos científicos de quien la describía, ha de haber tardado no sé cuantos miles de millones de años en formarse. Cuanta paciencia, me dije. Y me pregunté ¿con qué propósito? Porque uno puede preguntarse, por ejemplo, dónde andará la cabeza sobre la que espera caer algún día. −dijo Martín Romero.
–Cielos, Romero. Es eso imaginación o majadería ¿eh? Lo que sea, entiendo que alguien como UD. sea del todo incapaz de producir dinero, como siempre le he escuchado decir. Para imaginar cosas así no se puede tener tiempo para otra cosa, digo yo. Y, por cierto, ahora que lo dice, esa casa, recuerdo me dijo una vez Medina, se ha convertido en el aposento de aparecidos y cosas así; UD. sabe. Yo no sé si UD. cree en estas cosas. La verdad, no puedo precisar muy bien el cuento en este momento. Hace mucho tiempo que no volví a ver al bocón de Medina. Algo pasado de tragos, sentado allí donde UD. está ahora, hablaba de un negro que pululaba por Buenaventura… cuyo espíritu se había instalado en aquella casa… qué sé yo. Medina, claro, decía que era lo que la gente de Buenaventura decía. No presté mucha atención al asunto; ya sabe cómo es. Supersticiones de la gente. Sí recuerdo la sonrisa tímida de Medina cuando hablaba sobre el asunto. Como si la estuviera viendo ahora. No sé por qué preciso cosas así, en este momento; detalles a los que nunca, me parecía, he dado importancia. −dijo el viejo.
−¿Quién es ese Medina del que haba? −preguntó Martín Romero.
−Sí. Me olvidaba de eso. Mi sobrino. −dijo el viejo.
−¿Sobrino? Pero Medina es apellido ¿o no? −advirtió Martín Romero.
−Ah, eso. Claro, entiendo. Para mí es Medina, tanto como para él yo soy Montenegro. Cabría decir que no es mi sobrino, sino, tan sólo, el hijo de mi hermano. Un día lo saqué de Buenaventura; su mamá decía que quería verlo médico. Medina médico; no digo yo. Siempre, desde chico, fue un bueno para nada. Ese sí que era un tarado. De chico no me quitaba la mirada de encima. Me miraba así, durante largo rato ¿Y qué? ¿Acaso tengo monos en la cara? Se lo juro; de no haber sido por Félix. Pero, en fin, ya sabe; eran los tiempos en que aún me sentía responsable por mi hermano. El tarado de Félix. Me pregunto cómo hizo para traer esa cosa al mundo. Durante el tiempo que vivió en esta casa, era raro cuando se le veía fuera de la habitación. Mi mujer decía que le causaba un poco de miedo. Un día dejó de crecer, como si se hubiese pasmado. Por último se marchó de aquí. Le conseguí trabajo en una dependencia gubernamental. Luego tomó su camino, como quien dice. Hasta donde sé, pululó por todos los rincones de la burocracia. Un día volvió a Buenaventura. Yo mismo se lo sugerí, en cierto modo pensaba que me sería útil allá, después de todo. Allí se hizo Jefe Civil. Lo vi en pocas ocasiones desde que Félix murió. Siempre quería que invirtiera en Buenaventura. Hablaba de progreso, Medina. Siempre lo hacía. Ya lo conocerá. −concluyó el viejo.
−O sea, a la postre, siempre voy a Buenaventura. −dijo Martín Romero.
−Sí, creo que es lo mejor. Yo estaba pensando…yo no sé en lo que estaba pensando. Vaya UD. allá, si cambio de planes ya lo sabrá. Lo que pasa es que tengo la sensación de que esto podría ser lo último que emprendo. Eso es lo que pasa. −dijo el viejo con la mirada distraída y cómo si acabara de despertar de un profundo sueño.
−Y ¿por qué como policía? −preguntó Martín Romero.
−¿Acaso le molesta? −replicó el viejo.
−No, para nada. Pregunto sólo por curiosidad. −dijo Martín Romero.
El viejo se detuvo para beber un sorbo del vaso, tragó, se dio tiempo para saborearlo, como si pensara largamente con la garganta, y entonces continuó:
−Verá, Romero. Tengo todo planificado. Desde hace tiempo. Lo he hecho durante largo tiempo. Carretera, edificaciones y demás para el diseño turístico más completo de este país. Visto desde aquí, ese pueblucho no es nada. Ruina y olvido. El último rincón del mundo. Lo he vivido en carne propia. Pero visto desde allá mismo, es la mismísima entrada al mundo al otro lado del mar. Se sorprendería al saber la de gente y dinero que puede llegar por ése lado. Pero no confío en Medina, como podrá imaginar. Necesito alguien de mi entera confianza y con cierta autoridad; un comisario de policía será suficiente por ahora. UD. será mis ojos y mis oídos allí, en Buenaventura. Observar y esperar mis instrucciones; es todo lo que tiene que hacer, por ahora. −dijo el viejo.
−La verdad, hace mucho que dejé de ser policía, y no veo nada atractivo en volver a ello. −dijo Martín Romero.
−Vamos, Romero. Hace mucho que UD. dejó muchas cosas. Nunca ha sido policía; ha hecho de policía. Por otra parte, no creo haberle exigido nunca nada que UD. no estuviera dispuesto a cumplir. No me haga creer que lo hago ahora. Lo mando como mi hombre de confianza, aunque vestido de policía ¿Qué le puede importar a UD. el traje? Lo necesito allí como jefe, de cualquier cosa ¿Si no de qué me sirve? Por lo demás ¿qué trabajo puede haber en cuidar un pueblucho como ese? La verdad, yo diría que lo mando de vacaciones.
−De acuerdo. Me iré de vacaciones. −respondió Martín Romero.
−Eso es todo lo que quiero oír. Ahora vamos a comer. −concluyó el viejo.
Como por arte de magia, se había disipado la atmósfera mortecina con que había empezado aquella entrevista. Si lo había visitado, la muerte, a decir de la cara del señor ojos blancos y manos de noche, era un trámite más. El viejo se levantó. Al hacerlo, mostró su cada vez más minada anatomía dentro de la camisa lujosa e impecable, pero se levantó sin quejarse. Su mano temblorosa señaló hacia un rincón, y Martín Romero le acercó la silla de ruedas. Luego, la misma mano detuvo a Martín Romero cuando se dispuso a tomar al viejo.
−Está bien, está bien, Romero. Creo que yo sólo puedo. Aunque cada vez esta cosa y yo somos más unidos ¿eh?. −dijo sonriendo con esfuerzo, y luego de sentarse agregó −Me olvidaba, Romero. Esto es para UD., para entregarlo a Medina, de mi puño y letra. Ya lo conocerá: todo un personaje. −dijo el viejo.
Martín Romero tomó el sobre y, antes de preguntar qué es, como si adivinara la pregunta, Montenegro aclaró:
−Su patente de corso. −dijo el viejo.
El pequeño Moisés, apenas escuchó el leve crujir de la cerradura manipulada por la mano inestable y débil del abuelo, (Montenegro había querido él mismo abrir la puerta) brincó de su asiento y, antes de que éste terminara de abrir la puerta, se la arrancó de las manos. En el rostro del hombre enfermo apareció una sonrisa irónica, en medio de ella una mueca de dolor, y por ultimo el beso que le estampó el niño en la mejilla.
−!A bañarse, cochino! −exclamó Montenegro
Como siempre, la comida fue tan espléndida como silenciosa. El pequeño cerdo se atragantaba sin decir palabra, hablaba el lenguaje especial de la gula. Una máquina de mejillas y manos embarradas de grasa, ojos ávidos que perseguían la presa muerta como si estuviera viva, la cabeza redonda girando atenta como un radar sobre los platos y bebidas que adornaban la mesa y que el viejo apenas probó. Lo dije. Al cuarto bocado.




