textos, pretextos y otras mentiras...

..

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo 

En el dramático contraste entre eternidad e historicidad media una entidad fundamental: la conciencia humana. El hombre histórico lo es no por otra cosa que por la conciencia que tiene de sí como tal; la misma que en algún caso lo llevó a comer el fruto del árbol prohibido y, en algún otro, a robar el fuego a los dioses. Salvo por los matices propios del contexto cultural y, desde luego, las inclinaciones estéticas de cada quien, no hay mucha diferencia entre ser arrojado del paraíso y ser encadenado a la piedra eterna de la existencia finita. El hombre ha dado inicio a su tortuosa experiencia del tiempo. Conciencia e historicidad son términos inseparables, y la experiencia de lo humano perecedero un corolario del horror por la historia. Normalmente, el hombre eterno es un ingenuo, y el histórico un horrorizado mortal consciente de sí mismo como especie. No se trata de horror circunstancial ante la guerra, epidemia, masacres y demás abominaciones a las que nos ha acostumbrado la historia en cualquiera sus momentos, épocas o edades. Es horror cosmogónico, existencial. Mas que horror por los horrores de la historia, el hombre histórico padece el hecho, históricamente incomprensible, de que exista historia y ser el protagonista fundamental de su drama. A este hombre histórico no le horroriza tanto el espectáculo de la muerte, como el de él mismo muriendo.

Ahora bien, llamo aquí conciencia histórica a la percepción humana de lo perecedero, y horror por la historia a la imposibilidad consciente de asignarle un sentido histórico. Intento así diferenciar entre conciencia histórica, mera y comúnmente horrorosa experiencia de lo perecedero, y pensamiento histórico, que supone cultura, erudición y actitud individual. Aquella no siempre ha dado lugar a éste y, por ende, a la historiografía. Sólo a veces, y muy tardíamente, por cierto. Por el contrario, la más de las veces, la conciencia histórica ha dado lugar a la metafísica, entendida aquí como cualquier forma de fuga de lo histórico, de aspiración metafísica de eternidad. En cualquier caso, desde el punto de vista histórico, es preciso suponer que el mito no es anterior a la conciencia histórica, sino síntoma y negación de ella.

Si partimos de que la función fundamental del mito es conjurar el horror por la historia elevando la existencia humana al plano atemporal, el pensamiento histórico originario, al margen de la filosofía, pero igualmente conducido por el discernimiento racional, sería un proceso de desmitificación de la realidad. El hombre vive a conciencia de la muerte sin que pueda extraer de dicha conciencia ninguna significación que proporcione sentido a su existencia histórica. El mito bíblico nos enseña que el hombre así lo decidió por propia voluntad, y La Ilíada que ello es inherente a una existencia fatal. En cualquier caso, estamos ante un hombre horrorizado, fuera de la eternidad, cargando a cuestas su limitada y fugaz finitud vacía de sentido en medio de un universo sin límites lleno de eternidad.

Ahora bien, como se sabe, históricamente hablando, hay dos formas clásicas de ser arrojado del paraíso, ambas igualmente crueles, y en virtud de las cuales el hombre se ve a sí mismo fuera de la eternidad, sumido en el tiempo, sujeto a su cronología,. Una de ellas se desprende de lo que se ha dado en llamar el mito del Eterno Retorno y que da lugar a una concepción cíclica de la historia, común a la cosmogonía de casi todos las comunidades ”primitivas”, implícita en la historiografía grecolatina, pero aún presente en ciertas cosmogonías como la del hinduismo. La otra, también surgida en el marco de la comunidad primitiva, se desprende de la forma mítica particular desarrollada por el judeocristianismo en el Próximo Oriente y representada en el Antiguo Testamento. Ella dio lugar a una concepción lineal de la historia que, tras la decadencia del imperio y la teología agustiniana, da lugar a la filosofía de la historia propiamente dicha y la historia teleológica

Es esta última la que ha dominado casi todo el desarrollo historiográfico posterior hasta nuestros días. Y es a partir de ella que el historiador de la historiografía supone que, las culturas orientales en general y el mundo antiguo, en particular, han carecido de una perspectiva histórica. Primera paradoja en la historia de la historiografía: imputar falta de perspectiva histórica a culturas que. como la griega, desde el siglo V a.C. dieron lugar al nacimiento de ía historiografía, y lo hicieron con obras de historia que marcan una inequívoca ruptura con el mito. Mientras que, hasta principios del siglo IV d C, con Eusebio de Cesárea, la teleología judeocristiana no arroja su primera obra historiográfica, y lo hace en tan estrecha vinculación con lo mítico que la historia comienza con Adán y Eva.

Yo pienso que la tradicional distinción entre culturas históricas y culturas no históricas, que atiende a esta diferencia cosmogónica, es un falso dilema. El hombre siempre ha vivido en la historia, y la experiencia de lo perecedero supone alguna forma de percibir el devenir, es decir, alguna forma de conciencia histórica. Al mismo tiempo. el hombre siempre ha ideado formas de ”salvarse” del tiempo, de dar sentido a la temporalidad proyectándose a sí mismo en la posibilidad, históricamente indefinible, de la atemporalidad. Para el mundo greco romano tal atemporalidad está en el pasado, el arquetipo original; para el judeocristianismo y las teleologías de él derivadas, en el futuro, la recuperación del pasado paraíso perdido.

En este sentido, el paso del mito al establecimiento de la existencia histórica del hombre, inherente a la historiografía, supone siempre, en alguna medida, acceder al pasado a través del prisma de la racionalidad, según una muy peculiar actitud individual que se interesa más por los hechos de la historia que por el hecho mismo, único, total y, por tanto, inexplicable históricamente, de la historicidad humana. La pérdida del sentimiento de eternidad y el intento de recuperarlo, bien por la vía del ciclo, bien por la de la teofanía quedan descartados como ámbitos del discernimiento en la historiografía originaria. Y cuando, en un contexto muy distinto al del humanismo griego, el historiador vuelva a retomar estos temas, ya estará actuando más como filósofo de la historia que como historiador. La historiografía, en gran parte, se va a ocupar de los horrores de la historia, mientras que el horror por la historia seguirá siendo sitio idóneo para el florecimiento del mito y la poesía. Así, en sus orígenes, adscrita al racionalismo humanístico, la historiografía es expresión de una actitud intelectual que fragmenta el todo cósmico, arremete contra la inútil e insufrible magnificencia de un universo imposible de comprender de un solo golpe, para dedicarse a los ínfimos detalle y la menudencia de una existencia terrena. En cierto modo, la aparición del cosmogónicamente insignificante oficio puede considerarse una de las mas sutiles y mayores rebeliones del hombre contra un orden cósmico que, durante milenios, se basó en la quieta y temerosa contemplación horrorizada. Desplazada la atención del dramático y conflictivo contraste entre lo eterno y lo histórico para dedicarse a lo histórico por sí mismo, la conciencia histórica ha dado lugar al pensamiento histórico. Con ello, el hombre histórico, para el mito sujeto de condena o salvación, se ha convertido en objeto de observación.

Este fenómeno tiene lugar en un ámbito cultural sujeto, desde un punto de vista cosmogónico, a la doctrina del eterno retorno, respecto a la cual vale la pena detenerse para hacer algunas precisiones. Yo suelo regresar eternamente al Eterno Retorno, dice Borges en un ensayo en el que se propone considerar, según algunas ilustraciones históricas, las tres variantes fundamentales de esta cosmogonía1.

La primera es imputable a Platón, deducida del trigésimo noveno párrafo de El Timeo, en el que se afirma que los siete planetas, equilibradas sus diversas velocidades, retornarán al punto de partida. Este ciclo constituiría el año perfecto. A esta variante Borges la llama astrológica, e indica que, con el tiempo, de ella se derivó la conjetura, imputada también a Platón, de que, si los periodos planetarios son cíclicos, la Historia Universal también lo es.

La segunda variante es imputable a Nietzsche, y está basada en el razonamiento de que un número ”n” de objetos es incapaz de un número infinito de variaciones. Ello supone, pues, la finitud de la materia, A decir de más de un párrafo del Zaratustra, esta variante también supone una repetición cíclica de la historia. Borges no le asigna un nombre específico, aunque. en un articulo precedente indica que Nietzsche ”buscó la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres”. Sin embargo, (de esto Borges no dice nada) creo que la idea de voluntad de poder establece una significativa diferencia entre la variante astrológica y la filosofía de la historia de Nietzsche, diferencia que lo aproxima más a Heráclito que a Platón

Y es precisamente Heráclito uno de los que integra el ”catálogo infinito de autoridades” que representa lo que Borges llama el modo ”menos pavoroso y melodramático, pero también el único imaginable” de concebir el Eterno Retorno, y que ve la historia como una concepción de ciclos similares, mas no idénticos. En atención a esta última variante se dirá que la cosmogonía del Eterno Retorno no supone la repetición de un determinado conjunto o fragmento de hechos históricos que tiene lugar cíclicamente, al igual que un planeta cumple con una órbita predeterminada, sino el hecho mismo de la existencia histórica del hombre. Lo que se repite no es este o aquel hecho, este o aquel fragmento único de historia siempre igual a sí misma, sino el hecho único, incomprensible históricamente. de que exista historia. Vista así, la concepción del Eterno Retorno lo que supone es la simple, elemental idea de una historia sin principio ni fin, dicho de otro modo, una historia sin finalidad, o una historia cuya finalidad reside en si misma.

Ahora sí, a la luz de esta históricamente particular cosmogonía es preciso establecer cierta diferencia respecto a lo que es, mitológicamente hablando, el hombre histórico y según la cual no es lo mismo comer del árbol prohibido que ser encadenado a la eterna piedra de la finita historicidad o llevarla una y otra vez, caída tras caída, a la cima. El hombre del eterno retorno no es sólo un exiliado de la eternidad, sino, aún más, de la salvación, es decir, de la posibilidad de recuperar la eternidad. A diferencia de la cosmogonía judeocristiana, el eterno retorno no deja sitio a ella. La diferencia es fundamental, pues de ella se desprende una concepción de la historia que, como la historiografía griega original, carece de idea de progreso, así como de posibilidades cosmogónicas para crear una filosofía de la historia.

A lo largo y ancho de la riquísima mitología griega podemos hallar las más diversas versiones de ese hombre histórico condenado por su propia historicidad. Recordemos a Ixión, a Tántalo y a Sísifo, los tres legendarios pecadores que yacen eternamente en el Tártaro2 como paradigmas de castigo ejemplar. Así Ixión3, cuya ingratitud hacia Zeus le valió la tortura de permanecer eternamente atado a una rueda que gira en el mundo inferior. Tántalo4, luego de ser el mortal más privilegiado por los dioses, se le condena eternamente a padecer hambre y sed, con alimentos aparentemente a su alcance hasta que éste intenta llegar a ellos. Por último Sísifo5, acaso el más paradigmático de todos estos modelos de condena, empuja por una empinada pendiente una enorme roca que vuelve a caer cuando está a punto de llegar a la cima. Todos estos castigos tienen en común una misma noción: la permanencia infinita del hombre en la dimensión finita de su tiempo histórico según ciclo que se repite monótonamente una y otra vez. Al parecer, la mentalidad griega no pudo imaginar más terrible condena que la de morir históricamente y continuar, pesea ello, eternamente sujeto a la historicidad.

Yo creo que esta simbología expresa, sin duda alguna, el horror que aquel hombre antiguo siente por la historia, por su propia historicidad. Anclado en el espacio y encadenado al transcurrir del tiempo, el hombre histórico es, en la cosmogonía del eterno retorno, una falsedad incomprensible e injustificable por sí misma; mera apariencia, sombra de ausencia, un no ser que se reproduce infinitas veces según un ritmo de tiempo finito y perecedero. Por sí mismo, este hombre histórico ni aprehende lo perecedero ni aprende de ello, lo padece. Incapaz de significar históricamente la historia, es presa del horror por ella. Este hombre histórico no tiene futuro, y carece, por lo tanto, de salvación respecto a su historicidad. Se entiende que para él la muerte histórica pueda ser un bien supremo, por el simple hecho de que deja de padecer la historia. Más allá de este mundo, pues, el mayor bien concebible no es, como para la cosmogonía judeocristiana, la vida eterna, sino la ausencia de historicidad. El mito del eterno retorno es así una forma históricamente peculiar de negar la historia y en la que el tiempo se vuelve ”ciclo” el espacio ”simbolismo del centro”6. Arquetipo presente en casi todas las comunidades ”primitivas” es, hasta la aparición de la historiografía, el único modo de enfrentar psicológicamente la historia: revertir la ”conciencia histórica”, aguijoneada por el sufrimiento y angustia existencial, hasta convertirla en impulso hacia su propia negación. El arquetipo no es, insistamos, ausencia de conciencia histórica, sino de pensamiento histórico, imposibilidad filosófica de acceder a la realidad histórica y, en consecuencia, no ver en el devenir otra cosa que fuente de horror.

La aparición de la historiografía, lo que Heródoto y su obra representan en la evolución del pensamiento humano, es una ilustración histórica de este tipo. En la medida en que forma parte de una misma actitud humanística y racionalista que incluye al arte y a la filosofía de aquella cultura griega antigua, representa una ilustración histórica del eterno retorno secularizada, racionalizada, ocupada de un hombre histórico cuyo destino último, más allá de la historicidad que lo condena, es tema que no la ocupa. El hombre histórico de esta historiografía es voluntad, acción en constante desencadenamiento. Se trata de un hombre que, a diferencia del de la filosofía, está hecho de hechos, más que de principios y verdades absolutas. Alejada lo más posible de las entelequias, la historiografía intenta, hasta donde puede hacerlo, palpar con su torpe y curiosa mano humanística las fugaces y temporalmente corpóreas apariencias en las que históricamente se expresa la existencia. A su manera muy peculiar, desde su pequeña trinchera racionalista y pragmática, ha demolido el mito: mide el tiempo, narra hechos, describe cultos y tradiciones, descubre causas, argumenta razones y hasta acepta el hecho de que hay cosas sobre las que nada puede decir.

Así, historiografía y filosofía son parte característica de un humanismo griego que, desde finales del período arcaico, ha comenzado a desplazar al tradicional pensamiento mítico predominante desde la época gentilicia. Mas no por sobreponerse históricamente al arquetipo, la filosofía griega en general y la historiografía en particular dejan de compartir con él los mismos fundamentos cosmogónicos. En esta ruptura con el mito, así el filósofo como el historiador, si bien desmienten la verdad de sus contenidos, se apoyan en su significado metafísico. El racionalismo filosófico, en búsqueda de lo que es sustancial al hombre y la naturaleza, seguirá sujeto a una dimensión atemporal del ser. En cierto modo el historiador emula al filósofo en su fascinación por lo sustancial. Algo debe no cambiar para ser verdadero. El devenir, mera apariencia, no proporciona sentido por sí mismo. De allí que ascenso y descenso, azar y necesidad, expansión y contracción sean datos constantes de un ser de la historia que, pese al acontecer, no cambia y que imprime ese tono trágico tan característico a la historiografía griega.

Sin embargo, es preciso resaltar que, vistos en el marco de este común enfoque humanístico, lo que distingue al historiador del filósofo no es sólo su interés por el devenir, sino, además, y sobre todo, su humanización, es decir el concepto del tiempo según la idea de un pasado temporal, de naturaleza distinta al atemporal pasado mítico. El racionalismo filosófico se va a colocar al margen de lo que para la historiografía va ser dimensión única de su definición como tal: el tiempo histórico. Veamos con algún detenimiento este contraste entre lo mítico y lo historiográfico.

La Ilíada7 se ubica en el último año de una guerra que ha durado diez como si se tratara de un único instante, y cuando el héroe logra, por fin, retornar a su casa8, diez años más, tras superar las más duras adversidades e, incluso, renunciar al ofrecimiento que los dioses le hacen de vida eterna, no está más viejo que cuando salió, ni siquiera se le nota un poco más calvo, por decir algo. Nosotros, lectores modernos, podemos intuir su decadencia física, aunque no la encontremos expresamente indicada en la narración. Pero esta intuición se corresponde con una lectura histórica de ella. Y es que sólo los maridos históricos envejecen, sólo ellos no pueden aceptar un embarazo de diez años, símbolo de leal y tenaz espera de su feliz retorno a casa. Pero, se entiende que, en el ahistórico ámbito del tiempo mítico todo esto es posible de acontecer al hombre histórico. Lo que sucede es que, en realidad, en el tiempo mítico no acontece nada. La trama del mito no está hecha de hechos, sino de representaciones de la voluntad humana que alimentan con candente pasión un drama que constituye y simboliza, por sí mismo, el objeto moral de la narración mítica.

En efecto, para la poesía épica la guerra nos es más que un telón de fondo. Su objeto no es de orden político o militar, sino didáctico y moral. Su interés no es el análisis, sino la semblanza. La Ilíada no nos habla de hechos humanos, sino de la condición humana sujeta a inexorables pasiones y dilemas imposibles de resolver, que no tienen solución histórica. No hay en ella buenos y villanos; Aquiles, Agamenón, Príamo y los demás personajes son víctimas de un universo trágico y cruel. En La Odisea, por el contrario, sí encontramos la antítesis entre bien y mal, y una historia en la que el mal es derrotado, en la que triunfa la justicia y la familia, tristemente separada, se reúne de nuevo. La astucia racional, particularmente la de Odiseo, actúa como fuerza motriz a través de todo el relato. Pero, igualmente, se trata de una historia sin tiempo, en la que los hechos, sólo tienen interés como escenario para la representación simbólica y moral, propósito fundamental de la narración.

En suma, las acciones del relato épico, de manera similar a como sucederá posteriormente en el arte dramático, dan lugar a hechos sin tiempo, como si la voluntad del hombre histórico estuviera suspendida en el tiempo, no sujeta a duración ni consecuencia alguna, al margen de la cronología y el contexto. En ella, el hombre histórico es, como en la realidad histórica, incluso mortal, pero existe sólo como símbolo de historicidad y no como realidad temporal. La historiografía, por el contrario, pone a nuestro alcance un hombre histórico sujeto a un tiempo que puede medirse, cuyo transcurrir es cuantificable y se corresponde con un espacio específico. El tiempo de la historiografía es aquel que ya se otorga a sí mismo la peculiar significación de lo acontecido. Es un tiempo antropológico, integrado a la dimensión del hombre histórico y su finitud. Por ello es un tiempo coherente, recreado al margen de la irracionalidad inicial de la conciencia histórica y subsumido como concepto en el pensamiento histórico, acorde con un criterio práctico, analítico, y racional. Es éste, que dude cabe, un pobre tiempo, donde la estrechez metafísica no deja espacio para la sublimación, muy poco estimable para la filosofía o la teología; sólo un relojero podría fijarse en algo así.

A diferencia del pasado mítico, que flota en la vaga atemporalidad sin límites del mito, el pasado histórico está nutrido de hechos concretos, de voluntad humana discernible a partir de sus huellas y vestigios y, en base a ello, apta para su registro. El pasado mítico es el que nunca acontece, en el sentido de que se consuma y, por lo mismo, se repite, harto conocido, eternamente igual a sí mismo en la simbología arquetípica de los orígenes. El pasado histórico es el que ya aconteció, irrepetible, irremediablemente consumado e históricamente desconocido, y que constituye, sólo por ello, el objeto de la indagación. Para ésta, la historiografía originaria, el hombre histórico sigue siendo, como Sísifo, un condenado a la historicidad, pero la definición de un pasado temporal abrirá las puertas de su interés a la acción humana y su condición de fuente generadora de cultura. El historiador puede ahora apartar por un rato su mirada de la cruel y desolada grandiosidad universal de la condena, para fijarse en los detalles: Sísifo, sus pecados, y sus penas, esa cima, ese esfuerzo y ese sudor, la mismísima y sutilmente irónica circunspección con la que realiza su tarea, la monotonía del día a día, la constancia, esa enorme piedra.

No es difícil suponer que la definición de un pasado temporal era inherente a la indagación y su interés por la cultura. Si tomamos en cuenta el doble papel que el pasado juega en la estructura de la obra de Heródoto9 el pasado temporal es una noción inseparable del concepto de cultura. Además, ella supone que el hombre es, más allá de los elementos esenciales que la filosofía pudiera definir respecto a su existencia y naturaleza, lo que ha sido, lo que ha dejado de ser. La parentela de esta concepción del hombre y la cultura con la cosmogonía del eterno retorno es la que imprime ese tono incesante y casi agotador con que percibimos al hombre histórico en los Nueve Libros, cuya acción y voluntad no tienen, al parecer, final y, sobre todo, carecen de finalidad. Este primer hombre histórico es lo más parecido a mil sísifos haciendo lo mismo que Sísifo, aunque lo realicen con diferentes piedras y escalen diferentes pendientes. Es el pasado temporal, el tiempo histórico, el recurso intelectual que proporciona la posibilidad de percibir tal diversidad en la interminable tarea de existir del hombre histórico. La historiografía originaria, pese a continuar compartiendo los mismos principios del arquetipo mítico, igualmente presentes en la poesía posterior y la filosofía, se aleja de sus nociones universales para poder acceder a las particularidades del contexto cultural. El interés por la cultura inherente a la indagación, supone un tiempo histórico y un hombre histórico considerado en sus expresiones diversas y sujeto a un criterio genético, a una realidad transcurrida en términos de causa y efecto.

Nada de esto está, desde luego, claramente expresado en los Nueve Libros, sino que forma parte de su naturaleza como vestigio intelectual de aquel pasado humanismo racionalista del mundo antiguo. Allí ya no percibiremos ese transcurrir en edades sin cronología al estilo de la Teogonía de Hesíodo, donde una edad sustituye a la otra de un plumazo, sin solución alguna de continuidad y sin ninguna relación entre lo que es y lo que ha dejado de ser. Y esto puede ilustrarse con la estructura misma de los Nueve Libros. El plan de la obra es claro y relativamente sencillo: relatar el conflicto entre Grecia y Persa como parte de un tiempo que se remonta a los primeros imperios conocidos. Al respecto dice Luisa María de Makiel10 que la obra muestra una unidad completa entre el libro segundo, que recoge los inicios de la historia de Persia, y el libro noveno, quedando fuera de ella el libro primero dedicado al Imperio de los Lidios y que Heródoto incluiría por mera curiosidad. Hay que decir también que, de acuerdo a la interpretación de esta autora, los Nueve Libros exponen una evolución del pensamiento de su autor desde lo más etnográfico, representado por al amplias y diversas descripciones contenidas en las primeras partes de la narración, hasta lo propiamente histórico, que aparece hacia los tres últimos libros.

Creo que es muy natural que una obra tan amplia y que debe haber durado mucho tiempo en ser escrita, presente, sin duda, cambios en el pensamiento de su autor a lo largo de su desarrollo. Pero yo creo hallar el Heródoto histórico en los inicios mismos de la obra, incluso en mismo libro primero, aparentemente fuera o mero accesorio del plan general de misma. Ciertamente, este libro está dedicado a los Lidios y los más diversos detalles de un reino para siempre desaparecido y que para nada cuenta en el conflicto greco-persa. Desde este punto de vista sería, para la estructura de una obra sobre las guerras médicas, del todo prescindible. Pero, además de que no considero que éste sea el tema que define la obra de Heródoto, encuentro, también, que, sin embargo, aquel primer libro, aparentemente, accesorio recoge la historia de un niño que ha sido mandado a matar por su padre, de cuya muerte lo salvan por amor a su belleza y secretamente unos campesinos serviles criadores de ganado y que este niño, que crece bajo el vulgar apodo de “criador de vacas” y es siempre el primero y más fuerte en todos los juegos, es Ciro, el futuro rey de Persia; el mismo que, ya en el libro segundo y tras el enfrentamiento con Creso vence a los lidios, con lo que Persia se convierte en el más grande Imperio de todo el Próximo Oriente.

Visto así, este libro primero no parece, pues, tan accesorio, sino que, por el contrario, forma parte de la historia de Persia, particularmente de sus orígenes y primeras manifestaciones históricas, de lo que los historiadores, en términos más modernos, nos gusta llamar su contexto. Porque Heródoto, igual que cualquier historiador que se jacte de serlo, y contrariamente a lo que hace Hesíodo con sus edades divinas, no se conforma con sacar sus hechos y personajes de la nada, sino que requiere ubicarlo como parte de un todo temporal más o menos concreto. Puede que, para nuestro gusto moderno, ubicar los inicios del imperio persa en un relato trazado en las vicisitudes de un destino personal no nos parezca proporcionado a las complejidades políticas, institucionales y económicas que dichos orígenes deben suponer. Pero para una historiografía que no está obligada a rendir culto a tal complejidad, acaso porque para aquella época no era tal, y que es heredera de la visión dramática de la vida característica de la poesía y el arte dramático, ese destino personal, que parece imponerse por encima del mismo anonimato histórico de su protagonista, es algo más que un mero detalle biográfico. Como sea, el Imperio Persa ya está allí, en medio de los avatares de una historia que, hasta ahora, se ocupa del Lidio. Es un caso, casi imperceptible, un detalle sutil en medio del torrente de detalles; entre los mil hilos que entretejen la madeja de la historia, la de este niño es una línea a la que atiende el avisado, una subhistoria que tardará todavía unas cuantas líneas en reaparecer en toda su significación para la historia que no termina. Y para cuando esto sea así, para cuando ya nos demos cuenta de ello en el libro segundo, encontraremos, allí mismo, en la historia dedicada al gran Imperio Persa, una grandeza pasada, achicada por la derrota y la vejez. Noble e irónico a la vez, el destino que hizo grande al Rey de Persia ha hecho de Creso su sabio consejero. El que una vez fue rey de Lidia, vencido y desplazado, cuida hoy de su señor con sabiduría similar, casi idéntica, a la que él tuvo de Solón en el primer libro.

Resumiendo. Si el establecimiento de la existencia histórica del hombre es, como creo que puede afirmarse, la significación que tiene la aparición de la historiografía en la historia del pensamiento humano, ello tiene lugar en el marco del humanismo clásico griego y a través de un aspecto particular de la tendencia antropológica que tal humanismo supone: lo que Heródoto llamó la indagación, para expresar su interés por algo, hasta entonces tan desconocido, como el hombre en tanto que hacedor de cosas. Con ello tenía lugar, pues, la aparición del concepto de cultura, noción ésta a la que era inherente la concepción de un pasado temporal, un tiempo histórico racional, cuantificable, coherente con la caducidad y diversidad del hombre histórico y sus acciones.

De modo que, vencido el mito, filosofía e historia se hacen de los despojos cosmogónicos. Inicialmente ambos comparten un racionalismo humanístico en esa evolución común del pensamiento griego antiguo hacia una percepción antropomórfica de la realidad y la naturaleza. El filósofo conduce su interés y su visión hacia un plano atemporal, metafísico, buscando, a través de las ideas y la contemplación, la perfección apolínea del ser. El historiador, más tosco en sabiduría, cree hallar su derrotero en el dionisiaco devenir, donde la voluntad y acción del hombre histórico corrompe hasta casi acallar el silencio fundamental de la contemplación. Filosofía e historia, lo que las une en la ruptura con lo mítico, las separa en el desarrollo del humanismo. El filósofo y el historiador tienen al hombre como horizonte, y la razón como instrumento de percepción, pero sus tareas son inconfundibles. y en cierto modo irreconciliables El filósofo contempla el horizonte, el historiador camina hasta él. Mientras el filósofo piensa al hombre, el historiador lo interroga. El filósofo tiene por tema el ser, y el historiador la mera cultura. Al filósofo lo mueve la sabiduría, y al historiador la curiosidad y la memoria. Si el filósofo es, como se ha dicho, un artesano del ser, el historiador es el artesano del no ser. Mientras la filosofía se empeña en la verdad, el empeño de la historia apenas si alcanza para no mentir, su inteligencia es calva de sustancia, es curiosidad pura por lo impuro, justificación de lo injustificable.

Temporalidad y atemporalidad, lo que en el mito permaneció durante tanto tiempo unido y confundido por una representación de la acción humana con propósitos estrictamente morales, es separado por la divisoria entre filosofía e historia. Por eso ha afirmado Finley11, que el hombre antiguo no paso de la atemporalidad del mito a la temporalidad de la historia, sino a la atemporalidad de la filosofía. En dicho proceso, la historia es un remanente cultural, un derivado humanístico incapaz de proporcionar, como al arte o la filosofía, consuelo metafísico

Heródoto es, que sepamos, el primer historiador. Como tal, rompe con el pensamiento mítico; su atención está dirigida a dimensión de lo humano. Pero su humanismo apenas si lo separa ligeramente de la barbarie mítica. Su obra misma representa una suerte de síntesis entre mito e historia, y ello no tanto por la tan citada interferencia de lo divino en el discurso historiográfico, como por el modo en que concibe la realidad. Heródoto no parte de una realidad ordenada en claros esquemas, ni cuenta con alguna forma de teoría lo suficientemente desarrollada respecto a lo que la realidad es o puede ser. La filosofía no ha descubierto todavía las esencias universales, y falta toda la evolución del pensamiento ático para llegar, con Aristóteles, a la clasificación de la naturaleza y el ordenamiento de la realidad según lógica de principios inmutables. Lo que Heródoto ve y refleja como experiencia del mundo es una enmarañada red de sucesos particulares, tan fundamentalmente despreciables para el pensamiento filosófico como atractivos para su curiosidad etnográfica

Ahora bien, la historiografía antigua en general, y la que representa Heródoto como origen de ella, no careció. como suele decirse, de perspectiva histórica, sino de una filosofía de la historia, y el historiógrafo no la tuvo porque no la necesito. Eso de pensar en el hombre como esencia o sustancia será tema de la metafísica, e incluso de la poesía, pero extraño a los resultados que arroje la historiografía, A la larga. el pensamiento histórico posterior también se vinculará estrechamente a la filosofía, cuando éste comienza a estar al servicio de verdades no históricas, aunque sólo comprensibles y hasta cuestionables a través de la historia. Por ello, para una mentalidad, como la actual, ceñida a los moldes de la teleología, es difícil comprender, mucho más aún aceptar, un desinterés así. Pero para el hombre de la cultura antigua, la historia responde a la mera curiosidad, su derrotero la acerca más a la estética que a la ética. Ya la tenía Cicerón por una forma de dar relieve al discurso La historia no se hace en nombre del saber, sino de la memoria12. Es un ir y venir en lo superficial, un contemplar el oleaje menudo de lo aparente que recubre sin cesar el océano infinito e inmutable de lo eterno. Así, nacida, junto con la filosofía, de la misma ruptura respecto al mito, la historia supone, a su vez, una ruptura en segundo grado respecto a la filosofía. Su interés por el devenir sólo podría vincularla con Heráclito, el más atípico pensador de la filosofía griega. Y, aún así, tenue lazo cuando el devenir sólo se expresa en términos de pasado humano, el tiempo en cronología, el espacio en lugares. Digamos que podríamos considerar a Heródoto como una suerte de Heráclito caído del cielo de lo abstracto, dispuesto a lidiar con las menudencias, grandes o chicas, de la humana cotidianeidad

Ya sabemos de la grandiosidad sublime que el hombre va a adquirir en la mente de Platón o Aristóteles, según la imagen fundamentalmente racional que el clasicismo griego asigna al ser. Para entonces, la historiografía, confundida entre las ruinas todavía humeantes de la pasada grandiosidad de Atenas, ya no tiene ninguna significación. Sólo Aristóteles le dedica un mero párrafo en una obra dedicada a algo realmente importante y que, particularmente para Platón, si ha hecho tambalear la preeminencia de la filosofía como fuente del saber y la verdad: la poética.

Por su parte, Heródoto nos proporciona una idea completamente distinta de la grandiosidad humana, basada, no como la de la filosofía, en la profundidad estática del razonamiento, sino, por el contrario, en la superficialidad dinámica de la voluntad y naturaleza humanas. A diferencia del filósofo, Heródoto, que ha visitado tantos lugares y conocido tantos y diversos modos de pensar, no piensa gran cosa del hombre en general. Con evidente asombro comprueba que hay gentes que cumplen su palabra y que, en efecto, vuelven si han prometido volver13 y gente restituye el depósito que se les ha confiado14 y, con no menos evidente resignación, que no siempre es dable ser justo15, A Leotiquidas, suplantador de Demarato en el trono de Esparta, le sobrevino una fatalidad: se dejó sobornar y le cogieron in fraganti, sentado sobre la bota que contenía el oro16. Los servidores de Cambises salvan la vida de Creso contra la orden de su señor, pensando que cuando llegue la hora del arrepentimiento su previsión les será premiada y que si no llega, siempre habrá tiempo de matarle, si, en efecto, Cambises se arrepiente, pero en lugar de recompensarles los mata por desobedientes, ¿qué prueba esto si no la imprevisible variedad de la vida, que anula el cálculo más sutil?

Reducida a la mera veracidad, sometida a un análisis de su conducta a tono con su entorno cultural humanístico, la verdad de la historiografía es una forma de desmitificación del hombre. Por esa misma veracidad Heródoto no olvida que un hombre ilustre no se reduce a la función que lo ilustra, sino que es, además, hombre lleno de quehaceres y curiosidades, de impulsos grandes y pequeños ¿Qué variadas andanzas las de Democedes17 inconcebibles en un romano que hubiese merecido los honores de la historia ¿Qué iría a hacer el noble Aristeas, poeta épico, a un lavadero?18 y el embajador de Esparta a la forja donde el azar puso en sus manos el objeto de su embajada19. Heródoto, viajero sagaz, sin desconocer lo grande conoce la importancia de lo pequeño. El mundo es tan complejo que el divino azar puede entregar, por medio de una plática trivial en una forja, los huesos mágicos del héroe que dará la victoria a Esparta: una liebre que corre entre las filas de los escitas puede hacer desistir a Darío de su expedición20. y de las orejas del mago Esmerdis depende el sosiego del imperio persa21. Entre las causas menudas que mueven el mundo, las Historias recuerdan en sus primeras páginas a unas mujeres livianas – lo, Europa, Medea. Helena – que han encendido la querella entre dos continentes. Porque entre lo mucho que sabe de mujeres, Heródoto sabe, como Tirso y Cervantes, que ninguna mujer ha sido raptada a su pesar, sabe también que es inicuo cometer un rapto y necio tomarlo a lo trágico22, que las mujeres aprenden idiomas más pronto que los hombres23 y los aprenden mal (IV, I 17) . que son, a veces, ingeniosas y generalmente infieles, como las egipcias que experimentó el faraón ciego24. Heródoto muestra toda piedad ante la ”dolorosa espera” femenina, la de las mujeres feas que en Babilonia quedan largos años sin cumplir el rito de Milita25, la de las doncellas tímidas que, en Escitia, por no resolverse a un homicidio, llegan a viejas sin casarse26. Tamaña desventura conmueve a Heródoto al punto de que, para subrayar la piedad filial de la hija del tirano Polícrates (porque desde Polícrates hasta Tirano Banderas la mitificación popular exige, junto al tirano, la figura decente de la hija), desee ésta !a seguridad del padre a trueque de perpetua doncellez27.

Así, esta primera historiografía recogida en los Nueve Libros, se aparta del mito, y de la filosofía, para penetrar con equilibrado racionalismo los más variados detalles del quehacer humano y que ilustran la condición humana no a la luz de la moral y los principios filosóficos universales, sino del tiempo histórico real, transcurrido, consumado de manera diversa por el hombre histórico. Desde luego, esta historiografía no carece de un importante trasfondo moral y filosófico, que comparte con la poesía épica y el arte dramático. El pensamiento histórico ha operado una transferencia de lo religioso a lo abstracto racional que sirve de telón de fondo al discurso historiográfico. Pero, al dejar fuera del ámbito de la indagación el pasado atemporal, el hecho de lo eterno, el tiempo que no transcurre, ha convertido lo profano, aquello que ya no es y, sin embargo, puede conocer y registrar hasta donde le es posible, en objeto de discernimiento y percepción. Sabe que no cuenta con asistencia metafísica ¿acaso no ha renunciado a ella? La existencia del hombre histórico es, como el mito o la poesía, drama constante, pero el objeto primordial del historiador ya no será la semblanza moral respecto a la historicidad, sino la recreación de un todo temporal y diverso en sus manifestaciones, que es reproducción constante de si mismo a través del ciclo: ya no el incomprensible curso de los acontecimientos sin significación, sino sus causas ¿Mito empobrecido? Toda historia lo conlleva. No se apuesta a lo humano, sin perder en lo divino.

Este telón de fondo no es, como cualquier fondo, algo evidente. Sus sutiles contornos se disimulan entre las afirmaciones rotundas de lo histórico. De Heródoto a Polibio, la historiografía griega se perfecciona, exorciza lo terreno de la interferencia celestial, sólo en el hombre y sus acciones cree hallar su propio camino. Sin embargo, su substancialismo la mantendrá atada a lo atemporal, ese lugar vedado en el que el historiador, una vez que se ha exiliado, nada tiene qué buscar ¿Y el futuro? En la historiografía griega no hay futuro, porque no hay idea de progreso, sino sentido de la tragedia

Como dice Artabano a Jerjes, ”no todo fin está manifiesto de antemano”, y si lo estuviese ¿habría forma de saberlo? Solo luego de repetidas y cautelosas consultas al oráculo, que le aseguraban que destruiría un gran Imperio. se decide Creso a ir contra los persas y, pese a ello, se arruina en el intento, pues cumpliendo los designios que creía conocer destruye, en efecto, un gran imperio: el suyo mismo. La ambición de poder, móvil fundamental del acontecer en la historiografía herodotiana, supone la inestabilidad incorregible del acontecer, la imposibilidad de conocer como destino manifiesto su curso, sus resultados, el modo en que el azar dictaminara sobre cada uno de los hombres. pueblos, reinos o países que protagonizan el interminable juego de la historia. El poder constituye el auténtico pathos del devenir, llama eternamente viva de un acontecer que es muerte, suma de fuerzas encontradas que se aniquilan mutuamente, dando lugar a inusitados desenlaces que llenan de contenido lo temporal. No estaba, pues, escrita la caída del imperio de Creso. En realidad, sólo el rey, en su humano convencimiento, mas que conocimiento, dio lugar a ella. La pitia no transcribe mensajes del cielo. ni informa al hombre de su destino; lo tienta con enigmas y sugerencias a construirlo. Sólo consumándose a sí mismo el devenir es susceptible de ser conocido. Sólo podemos imputar causas a lo irremediable. El devenir humano es drama. La tragedia no está en los hechos, sino en el hecho inagotable de transcurrir. Una única ley rige el devenir humano, el eterno retorno, el que siempre algo acontecerá. El hecho de que exista historia es el único hecho dado de la historia.

Es irresistible no reconocer en Heráclito el maestro metafísico de la historiografía. el modo en que el mito del eterno retorno ilumina la historia desde lo no histórico. El pasado humano no es un proceso, porque nada hay en él de destino manifiesto, La tragedia no es el pasado, que no existe ya, sino el modo de percibirlo como perecedero, lo eterno siempre repetido en ciclos temporales, juego dionisiaco, lo no histórico que le da sentido.

Está claro. y así nos lo hace saber Heródoto a través de Solón, clásica figura del sabio, que la vida humana está marcada por el capricho de la divinidad y el cambio perpetuo. Nada en la historia, ni en los hombres que transitan sus días una y otra vez está dicho hasta la venida de la muerte

A mí que sé que la divinidad toda es envidiosa y turbulenta me interrogas acerca de las fortunas humanas Al cabo de largo tiempo, muchas cosas es dado ver que uno no quisiera, muchas también le es dado sufrir. Yo fijo en setenta años el término de la vida humana. Estos años dan veinticuatro mil doscientos días, sin contar ningún mes intercalar. Pero si queremos añadir un mes cada dos años, para que las estaciones vengan a su debido tiempo, resultarán treinta y cinco meses intercalares, y por ellos mil y cincuenta días más. Pues en todos estos días de que constan los setenta años, que son veintiséis mil doscientos y cincuenta. no hay uno solo que traiga sucesos enteramente idénticos a los otros. Así, pues, Creso, el hombre es todo azar. Bien veo que tienes grandes riquezas y reinas sobre muchos pueblos, pero no puedo responder todavía a lo que me preguntas antes de saber que has acabado felizmente tu existencia. El hombre muy rico no es más feliz que el que vive al día, si la fortuna no lo acompaña hasta acabar su vida en toda su prosperidad. Muchos hombres opulentos son desdichados, y muchos que tienen hacia la moderada son dichosos. El que es muy rico pero infeliz, en dos cosas aventaja solamente al que es feliz pero no rico, mientras este aventaja aquel en muchas. Es más capaz de satisfacer sus deseos y de hacer frente a una gran calamidad. Pero el otro lo aventaja en muchas cosas. si no es tan capaz frente al deseo y la calamidad, su fortuna se los aparta, no tiene achaques ni enfermedades, está libre de males, es dichoso en sus hijos, es hermoso. Si además termina bien su vida, he aquí el hombre que buscas, el que merece llamarse feliz; pero antes de que llegue a su fin. suspende el juicio y no le llames feliz sino afortunado28.

Vida trágicamente breve para el hombre común, apenas es para el avisado más que sucesión de infortunios, de tal suerte que aquella trágica brevedad es su único bien. Ante la queja de Jerjes ”...me llené de compasión al considerar cuán breve es toda vida humana, ya que de tanta muchedumbre ni uno solo quedará al cabo de cien años”, responde otro sabio, esta vez Artabano, recordándole el modo en que la divinidad, capricho del todo cósmico. se muestra envidiosa frente al hombre

.. Otras cosas más dignas de compasión que ésa padecemos en la vida, pues en tan corto tiempo ningún hombre hay tan feliz a quien no ocurra muchas veces y no una sola, preferir el morir al vivir. Porque las calamidades que sobrevienen y las enfermedades que nos afligen. aún siendo breve la vida la hacen parecer larga Así, por ser la vida trabajosa, la muerte es para el hombre el más deseado refugio. Dios da a gustar lo dulce de la vida. pero le hallarnos envidioso de su mismo don...29

Esta dinámica de la historia como drama y sujeta al eterno retorno como principio cósmico del todo, estará igualmente presente en Tucídides y Polibio. las cumbres del pensamiento historiográfico griego30. Seguidor de las máximas de Heráclito, el pensamiento histórico antiguo nos pone de cara a un hombre histórico incapaz trascender su historicidad. En los Nueve Libros, al menos, la historia nos muestra del hombre no su esencia o razón última de ser, sino su persona, máscara de espacio y tiempo. Protagonista en una escena finita de un drama que se repite infinitamente, el hombre del discurso historiográfico originario vive la historia no como proyecto, sino como personaje de ese drama del que desconoce el autor y sus intenciones. pues estas se pierden en lo inconmensurable metafísico o en el capricho de los dioses. Vista así, desde sus nociones iniciales, la historia bien puede ser, como diría más tarde Mallarmé, un juego jugado por un idiota, la historiografía ejercicio de la memoria individual, manía de temporalidad, estética y literatura, oficio de correveidile. Muchas cosas podríamos decir respecto a una historiografía que hoy se nos torna ingenua, pese a su racionalismo, muy vinculada todavía al ambiente mítico que la vio nacer. Sin teoría y sin filosofía… de la historia. Pero es ésta una historiografía que cumplió con su original cometido humanístico: el establecimiento de la existencia histórica del hombre, o, lo que es lo mismo, recrear un hombre histórico a la luz de su propia voluntad, tal cual lo encontró, solo, sin dioses, sin verdades absolutas, diverso y sin salvación. ¿Y el sentido de la historia? Quizá éste sea el precio que hubo de pagar el hombre histórico para poder ser reivindicado como especie.

1 J. L. Borges. Ensayos. p. 43

2 En la mitología griega, la región más baja de los infiernos. Según Hesíodo y Virgilio, Tártaro está tan debajo del Hades como la tierra lo está con respecto al cielo, y está cerrado por puertas de hierro. En algunos relatos Zeus, el dios supremo, después de conducir a los dioses a la victoria sobre los titanes, desterró a su padre, Cronos, y a los demás titanes al Tártaro. El nombre Tártaro llegó a usarse a veces como sinónimo de Hades, o de los Infiernos en general, pero con más frecuencia como el submundo donde se castigaba a los malvados después de la muerte.

3 Ixión, en la mitología griega, el primer hombre que asesinó a un miembro de su familia. para evitar cumplir con la dote prometida dio muerte a su suegro . Pese a obtener la purificación de Zeus, el ingrato Ixión intentó seducir a Hera. Para desbaratar los planes de Ixión, Zeus creó una nube semejante a su mujer; engañado, Ixión hizo el amor con el fantasma y engendró a los monstruosos centauros. Como castigo, Ixión fue atado a una rueda que giraba eternamente en el Tártaro

4 Rey de Lidia e hijo de Zeus. Los dioses honraron a Tántalo más que a ningún otro mortal. Él comió a su mesa en el Olimpo, y en una ocasión fueron a cenar en su palacio. Para probar su omnisciencia, Tántalo mató a su único hijo, Pélope, lo coció en un caldero y lo sirvió en el banquete. Los dioses, sin embargo, se dieron cuenta de la naturaleza del alimento y no lo probaron. Devolvieron la vida a Pélope y decidieron un castigo terrible para Tántalo. Lo colgaron para siempre de un árbol en el Tártaro y fue condenado a sufrir sed y hambre angustiosas. Bajo él había un estanque de agua pero, cuando se detenía a beber, el estanque quedaba fuera de su alcance. El árbol estaba cargado de peras, manzanas, higos, aceitunas maduras y granadas, pero cuando estaba cerca de las frutas el viento apartaba a las ramas.

5 Rey de Corinto, hijo de Eolo, rey de Tesalia. Sísifo observó cómo el dios Zeus se llevaba a la hermosa joven Egina y le contó a su padre lo que había visto. Enfurecido con Sísifo, Zeus lo condenó al Tártaro, donde estaba obligado a llevar eternamente a la cima de una colina una piedra, que siempre caía rodando y, por tanto, su esfuerzo debía recomenzar.

6 Mircea Eliade. El Mito del Eterno Retorno. p. 23

7 La Iliada se sitúa en el último año de la guerra de Troya, que constituye el telón de fondo de su trama. Narra la historia de la cólera del héroe griego Aquiles. Insultado por su comandante en jefe, Agamenón, el joven guerrero Aquiles se retira de la batalla, abandonando a su suerte a sus compatriotas griegos, que sufren terribles derrotas a manos de los troyanos. Aquiles rechaza todos los intentos de reconciliación por parte de los griegos, aunque finalmente cede en cierto modo al permitir a su compañero Patroclo ponerse a la cabeza de sus tropas. Patroclo muere en el combate, y Aquiles, presa de furia y rencor, dirige su odio hacia los troyanos, a cuyo líder, Héctor (hijo del rey Príamo), derrota en combate singular. El poema concluye cuando Aquiles entrega el cadáver de Héctor a Príamo, para que éste lo entierre, reconociendo así cierta afinidad con el rey troyano, puesto que ambos deben enfrentarse a la tragedia de la muerte y el luto.

8 La Odisea narra el regreso del héroe griego Odiseo (Ulises en la tradición latina) de la guerra de Troya. En las escenas iniciales se relata el desorden en que ha quedado sumida la casa de Odiseo tras su larga ausencia. Un grupo de pretendientes de su esposa Penélope está acabando con sus propiedades. A continuación, la historia se centra en el propio héroe. El relato abarca sus diez años de viajes, en el curso de los cuales se enfrenta a diversos peligros, como el cíclope devorador de hombres, Polifemo, y a amenazas tan sutiles como la que representa la diosa Calipso, que le promete la inmortalidad si renuncia a volver a casa. La segunda mitad del poema comienza con la llegada de Odiseo a su isla natal, Ítaca. Aquí, haciendo gala de una sangre fría y una paciencia infinitas, pone a prueba la lealtad de sus sirvientes, trama y lleva a efecto una sangrienta venganza contra los pretendientes de Penélope, y se reúne de nuevo con su hijo, su esposa y su anciano padre.

9 Véase supra

10 Heródoto. Los Nueve Libros de la Historia. Estudio Introductorio

11 Véase E. Finley. Uso y abuso de la historia. pp. 17 y ss.

12 "Esta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso, para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes y maravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros, y, sobre todo, la causa por la que se hicieron la guerra." Heródoto, I, 1

13 Heródoto VI, 24

14 Heródoto, Vl, 164

15 No quiso serlo Meandrio y acabó por prender a traición a los notables de Samo, (asesinados luego por su hermano) y, por despecho hacia su sucesor, ¿no fue causa de que los persas exterminaran a la población? Heródoto, III, 142 y sigs

16 Heródoto, Vl, 72

17 Heródoto, III, 129-137

18 Heródoto, IV, 14

19 Heródoto, I, 68

20 Heródoto, IV, 134

21 Heródoto, III. 69

22 Heródoto, I, 4

23 Heródoto, IV, I 14

24 Heródoto, II, III

25 Heródoto, I. 169

26 Heródoto, IV. ll7

27 Heródoto, III 124

28 Heródoto I, 32

29 Heródoto, VII, 46

30 Menos pintorescos y etnográficos, más abstractos. la historia sigue estando sujeta al azar. Más preocupados. sin embargo, que Heródoto por explicar los acontecimientos que relatan, Tucídides y Polibio. llevan a su máxima expresión la idea de causalidad en historia, que comienza con una exclusión. prácticamente total, de la interferencia de lo divino como explicación en el curso de los acontecimientos La Guerra del Peloponeso y la Historia Universal nos hablan de la causa profunda, en el sentido de lo no evidente. Ninguna duda cabe de que. en cuestión de concepción y método. ello representa un paso adelante, que coloca a Tucídides y Polibio a la altura de cualquier historiador moderno. Sin embargo, el trasfondo cosmogónico sigue siendo el mismo. La historia va al pasado inmediato. no mira al futuro porque nada hay que ver allí. La expansión y contracción del poder sigue siendo el móvil fundamental de la historia, Polibio inaugura toda una historia de las instituciones, basada en los ciclos de ascenso y decadencia. y según la cual a la monarquía sigue la tiranía. a la aristocracia la oligarquía, a la democracia la oclocracia, nada hay en la historia que no genere su propia perdición, un ciclo que no de lugar a otro. La historia sigue siendo la carrera infinita de lo finito hacia el no ser. Con Heródoto el historiador es un presocrático, con Polibio un estoico que marcara el grueso de la historiografía latina Y, a todo lo largo del mundo antiguo, el hombre el eterno expulsado del paraíso que no existe, el protagonista atolondrado del ciclo cuyo único destino prefijado es el de reintegrarse a la nada cósmica.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.