textos, pretextos y otras mentiras...

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Buenaventura ¿Qué será eso que silba como viento seco y se enreda por entre cada uno, seres y cosas, admirables, curiosamente regados como piedras en las arenas de la derrota? ¡Uy, impresionante! El Comisario Romero en plena crisis de inspiración. ¿Qué pasa contigo, Romero? Parece que lo de Montenegro... Siempre pasa y, cuando pasa, le da por ver y escuchar más allá de lo que sus ojos alcanzan ver y sus oídos escuchar ¿O será cierto que escucha silbar al viento y ve el reguero en las arenas? A ver. Seres y cosas. Puede ser. ¡Cuánto puede caber en un cerebro ocioso ¿eh?! ¿No quieres tu cuaderno, Romero? ¿eh? Así lo apuntas todo, no pierdes detalle y las más célebres estampas de tu cursilería quedarán perpetradas por el resto de tu vida que, esperamos todos, no sea mucha. Si te viera Amanda, ¡qué te digo! Quizás, más que un cuaderno, lo que el comisario requiere sea una mujer que caiga rendida ante los ácueos humores de sus ocurrencias. La Clarita, quizás, sea la única en los actuales momentos capaz de tomarte en serio ¿No te parece? Las mujeres son como los cuadernos, aguantan todo hasta que se acaban. Amanda se acabó. Sí, Amanda se acabó ¿Qué esperabas? Y ese cuaderno también se te va a acabar. Ahora sigue, o llegarás tarde. Además, mira que apenas son las ocho de la mañana. Así que guarda algo para el resto del día. A ver. Ese policía que va por allí mas bien parece arqueólogo venido a husmear por estos desiertos, entretenido en contemplar sus tesoros inútiles abiertos como ofrendas a los dioses torpes, ciegos y majaderos de la nada. Muy romántico, Romero, muy romántico. Sigue, pues. ¿Por qué siempre has de tomar el camino más engorroso? Vas a tardar el doble en llegar. Pobre Romero. Hay que reconocer que la idea de imaginar a dios como un torpe, ciego y majadero es muy buena ¿De qué otra forma se puede ser dios? Yo agregaría, incluso, aburrido, así como tú, comisario de mierda. Pero ya habrá tiempo. Por ahora, sigue. Ya tendrás tiempo de apuntarlo en el cuaderno. Eso es lo que, en realidad, quieres. Nunca te vas a deshacer del maldito cuaderno, pero se te va acabar, Romero, se te va acabar. Ahora, si no apuras el paso, llegarás tarde a lo de Medina. Las ocho y cinco. Ya voy.

Durante la mañana, envuelto en el manto aún fresco con que empezaba el día, Martín Romero observaba el recorrido del sol sobre la cresta de los cerros y, tras cuidadosas y reiteradas comparaciones, había logrado conocer la hora con gran exactitud. No se conformaba con dudosas aproximaciones. Apostaba en su interior y, frente a las posibles diferencias, se proponía un castigo, con el que no siempre cumplía. Por cada minuto de diferencia, una manzana más de recorrido por las calles de Buenaventura. El que se quejaba era Colmenares, cuando iba con él. ¿Otra vez, Jefe? Éste como que anda medio loco. En fin, Jefe es Jefe. Pero a veces se me hace que no está bien de la cabeza. Un tipo simpático, sí. Pero cuando se pone a dar vueltas una y otra vez por la misma manzana, no sé. Vaya uno a saber qué anda buscando o en que está pensando.

Martín Romero siempre hacía sus comprobaciones horarias parado en la esquina sureste de la plaza ¿Qué pasó, Jefe? Nada ¿Qué hay allá arriba? Nada, nada. Sólo ese azul manchado del tibio naranja rosa de la mañana. Las ocho y diez. No. Nueve. Un minuto menos. Las ocho y nueve, más bien. Casi siempre, desde ese mismo sitio podía ver a los hombres que el mar devolvía a la playa bajar de sus lanchas. Los contaba. A ver. Uno, dos, tres, cuatro. Falta El Indio. Hace días que no se le ve. Se la pasa encerrado en lo de Rita. Pereza. Tal vez. Rita dice que no le gusta para nada su cara. La verdad que anda cabizbajo, El Indio. Le sienta mal andar así. Hay a quienes una mirada taciturna más bien los enaltece, como si su oscuridad interior los iluminara desde dentro con la cristalina negrura de la resignación. Pero al Indio. Pero si El Indio más bien parece que cargara sus pesares de alma directamente sobre los hombros. Treinta, cuarenta kilos, lo menos. Debe ser el peso lo que lo hace lucir más rechoncho. Hay quienes necesitan de apoyo, y quienes de llevarlos en carretilla. Rengifo debía estar aquí para asumir la tarea. Ah, Rengifo, tan cuadrado de ánimo. Debería pasársela por esta calle para sentir cómo abolla su vacío. Su gente, la de Rengifo, digo. Esa es mi gente, decía, cuando hablaba del Indio y del Moise. Gente sencilla, pero llena de fuerza y esperanza. Los tomaba de frente, por los hombros, como para trasmitirle su propia fe, o recibir la de ellos; seguramente las dos cosas. Debe ser. Interconexión, confluencia de fuerzas y esperanzas ¿Cuánto podrían resistir las duras carnes del futuro el espeso caldo de la camaradería humana cuando de creer se trata? Rengifo. Se entiende. Un día le preguntaré qué fue de los huesitos chupados.

Los motores apagados dejaban tras de sí una estela de humo azul cada vez más tenue, a la que seguía la espuma sucia flotando en círculo por los alrededores, el hedor del aceite quemado, la pestilencia del esfuerzo humano mezclada con la de peces convulsionados que la muerte, por fin, iba convirtiendo en pescado arrojado desde dentro de las conchas de madera para caer en las maderas babosas del muelle. Tras un movimiento acompasado de brazos largos en mecánico vaivén, volaban al aire los cuerpos fríos, caían y se iban formando las pilas, espejo de pieles escamadas, gracias a la cual el sol podía seguir, como si nada hubiera pasado, arrancando destellos de viva luz a los cuerpos muertos. Diecisiete, dieciocho ¿dieciocho? Ya perdí la cuenta. Pero, cuanto sea, la cosa va mal. El otro día conté cincuenta y tres. Cincuenta y tres golpes de carne tiesa y fría al caer sobre la carne tiesa y fría. Sonido sutil, que llega hasta aquí, cuando afino el oído. Es un sonido seco de cuerpo mojado. Pas. No. Tas. Tampoco. Qué sé yo. No puedo saber cómo suena. No se me ocurre el vocablo apropiado que signifique este sonido de cuerpo de pescado cayendo sobre cuerpo de pescado. Paf. Menos. Aletean y caen. Ojos fijos. Brillo fijo. Si fuese por el aleteo uno no sabría si están muertos. Ese sonido al caer es como una antesala. Su inamovilidad es más fría y total que la misma muerte. Algo así debe ser.

Como si nada hubiese pasado. Pasaban los días y nada pasaba en Buenaventura. Crees tú. Para Martín Romero nada pasa en ninguna parte, sólo que en Buenaventura es más fácil darse cuenta de algo así. Eso crees tú. Pero pasa, pasa. Claro que pasa. Un día, ya verás, tras cinco mil millones de años, ese sol se habrá apagado, y la estructura molecular de esa enorme roca de allá ya no será tal. Y algo así ¿qué le puede importar al Comisario de Buenaventura?. Este policía es como los dinosaurios: un día se extinguirá. Bien. La naturaleza siempre sabia, claro. Por ahora deambula por la arena y por entre las piedras de su propia era cuan lagarto en dos patas, el Comisario de Buenaventura. Hasta sonríe como los dinosaurios. Ah!, si tuviera una enorme cola la utilizaría para apoyarme y descansar. Dos pasos, y a pararse. Una mirada en derredor, dos pasos más, y vuelto a pararme apoyado sobre mi enorme cola. Pasicorto, además. Lo sé, no me vería muy bien. Y fumando, menos. Los niños saldrían corriendo. Y también los adultos. Pero, no sería mala idea... la verdad que no sería mala idea disponer de una enorme y fuerte cola aserrada. No le haría daño a nadie. Lo juro. La utilizaría sólo para apoyarme y poder descansar de pie. En realidad soy inofensivo, y hasta propenso a los vegetales. Ahora me gustaría comerme esas hojas y esos tallitos de allá arriba. No se ven nada mal. Quién sabe. Puede que no fueses tan manso, acaso fueses un bicho muy feroz y habrías más bien de zamparte media docena de ésos tipos en el muelle allá atrás, con lancha y todo. ¡Puaj! Con esas patas blancuzcas y esos vientres hinchados. Prefiero la torta de frutas de Rita. Si te viera Amanda ¿De dónde sacas tantas pasguatadas? Pareces un niño estúpido, Romerito ¿No te das cuenta? ¿Qué tienes allí adentro? Nunca asentarás cabeza, Romerito. Sí. Cuando muera, mi cabeza quedará asentada.

 

−Jefe −Martín Romero escuchó el motor detenido del jeep y vio la cabeza pelada y rojiza de Colmenares asomar por la ventana. −¿vas a lo de Medina?−preguntó Colmenares.

−¿Medina? −preguntó distraído Martín Romero

−Valbuena estuvo por el comando muy temprano, y preguntó que si ibas a lo de Medina. −insistió Colmenares.

−Sí, Medina. Voy para allá. ¿Qué hora es? −preguntó Martín Romero.

−Ocho y veinte, casi. −respondió Colmenares

−No, no. Dame la hora exacta −dijo Martín Romero

−A ver. Las ocho y veintidós −dijo Colmenares, de entrecejo arrugado, mientras miraba con cuidado el reloj.

−¡Mierda! Dos vueltas más. −dijo Martín Romero entre dientes.

−¿Cómo? −preguntó Colmenares.

−Nada, nada. ¿Qué pasa con el gordo? −preguntó Martín Romero

−El gordo acaba de pasar por el comando, a eso de las ocho y algo. Andaba apurado. Insistía mucho en que habías quedado en lo de Medina a las ocho. Yo le dije que estaba bien, que ya llegarías, que estarías ocupado, o algo te habría detenido. De todas maneras salí por si acaso, y la verdad que no pensaba encontrarte por aquí. Supuse que te habrías quedado dormido. Iba a pararme en lo de Rita. −respondió Colmenares, sin saber qué más agregar.

−Casi media hora de retraso. −dijo Martín Romero.

−Bien ¿Te llevo, Jefe? −preguntó Colmenares.

−No son más de tres cuadras. Ya voy.

 

Respondió Martín Romero, y se quedó mirando a lo largo de la calle que, desde la esquina de la plaza, lo conduciría hasta la casa de Medina. Amarilla. Casa amarilla ¿A quién se le ocurre? A Medina. El amarillo es como él. No puede ser de otro color. Amarillo pastel. Pastel no. Amarillo torta de frutas en lo de Rita. Así sí. Se ve larga, esa calle. Nunca me había fijado en eso. Larga. Al final se estrecha un poco y se torna curva hacia la izquierda, se cierra, se pierde en esa curvatura engorrosa, más allá de la cual, hacia la derecha, se abre el caminito hacia el “Claro de Luna”. Un caminito estrecho, abierto entre el monte enano y suave y que se abre en la explanada del “Claro de Luna”. Quizás por eso esta calle se vea más larga de lo que realmente es, sobre todo para quien ya sabe lo que hay más allá: una sinuosa carretera que se pierde en su propio trazado abierto en el cerro. Es una de las dos calles principales de Buenaventura, la que se va. ¿Y si te vas? Puede que Rengifo tenga razón. Ya nada hay que hacer aquí. La verdad, nunca ha habido nada que hacer aquí, pero mientras Montenegro estuvo vivo eso no importaba ¿Y ahora? Mierda, con Montenegro, venirse a morir en este momento. El señor ojos blancos manos de noche. Muerte, ahora sí ¿Quién iba a pensarlo? Vamos, Romero ¿acaso no lo pensaste nunca? Vaya con la frasecita. Diste en el blanco. Yo era, como quien dice, feliz mientras no tuviera que hacerme cargo de nada que no fueran los miserables detalles involucrados en sus ambiciones y sus proyectos. Yo era sólo un misionero, nunca un hacedor de misiones. Ahora debo ocuparme de mis propios miserables detalles, mis propias misiones sin razón de ser. Miro al cielo, y cuento minutos; al muelle, y cuento pescados. Todos míos. Para mí solito ¿Cuánto queda de dinero? Mierda. Quizás Rengifo tenga razón ¿Cómo saberlo? No soy yo quién para discernir este tipo de cosas. Eso de a dónde ir es el tipo de cosas de las que nunca me ha gustado hacerme cargo. Eso siempre fue asunto de Montenegro. El libre albedrío no me sienta bien.

El Comisario Martín Romero seguía mirando hacia la calle que lo conduciría a casa de Medina. De súbito se percató de que aún no se había movido de la misma esquina en la que lo dejó Colmenares. Ocho y venti… veintisiete. Un sutil toque de azar que siempre lo atrapa a uno. El hombre echó una mirada en derredor. Los pescadores ya se retiraban del muelle. De pronto recordó el modo en que, casi siempre, en la plaza o sus cercanías, se topaba con Medina, que salía de su casa minutos antes de las ocho, para estar a las ocho en punto en su oficina. Para saludarlo se llevaba la punta de los dedos a la visera de la gorra, pero sin llegar a tocarla, como si antes de terminar el saludo, iniciado con la mecánica intención de reconocer formalmente la jerarquía del viejo, se le desintegrara la jerarquía y sólo le quedara el viejo sin forma alguna. Era como entenderse directamente con su piel y sus huesos, y ése olor a tabaco negro venido de dentro. Allí, frente a él, con el brazo aún a media altura, pellejo y ropas gastadas se iban alejando hasta perderse tras las sombras de aquel despacho de jefe que Medina aún defendía. Extraño ese olor, el modo en que esa piel blanca y manchada parece quejarse del sol. No sé por qué he de extrañar cosas así. Pero, ahora, hacía días ya que Medina no portaba por allí. Y esta mañana tampoco. Era hora de presentarse en su casa. Sí, es hora de presentarme en esa casa amarilla. ¿A quién se le ocurre? A Medina. Cuanto más temprano mejor. Y ya llevaba media hora de retraso. Ocho y venti…treinta y dos.

Le diré, señor, que no me inspira ninguna confianza este sujeto. Las palabras del secretario Valbuena retumbaban desde el lunes en la mañana en la mente de Medina. Había dejado al secretario en la sala y se fue al cuarto, donde, al filo de la ventana, observaba la calle desierta por la que, esperaba, debía llegar el Comisario Martín Romero. Yo no tengo que ir a buscarlo. Él es el que tiene que venir a hablar conmigo. Claro, Señor, así es. Luego de semanas de espera, durante las cuales apenas cruzó saludo con el Comisario, había encomendado a Valbuena reunirse con él, a ver qué le sacaba. Y eso es todo lo que el gordo había traído: le diré, Señor, que no me inspira ninguna confianza este sujeto ¿Y si el gordo, por su parte, está jodiendo a su manera? Es posible. Siempre ha hecho lo mismo, el maldito gordo. Manso, quieto ¿Cuántos años? Al acecho. Siempre a la distancia, en ese tonito formal, oculto tras una expresión de hueco respeto que no le inspiraba ninguna confianza. Por qué lo he mantenido tantos años conmigo, no lo sé. Tampoco sé por qué me lo pregunto ahora. Será porque me siento débil y enfermo. Eso debe ser. Cuando uno enferma ve cosas que los demás no ven. Así decía mamá cuando me miraba con los ojos hundidos hundida en la cama. Y el miedo que me daba. Pero quizás tenga razón, el gordo. Salvo la primera vez, este policía de mierda no se ha dignado pasar ni una sola vez por el despacho ¿Qué es eso? ¿Quién es el Jefe aquí? ¿Quién se cree que es este policía de mierda? Viene con su cara muy lavada, entrega el sobrecito de mierda y ya. Pasan los días, y nada. Yo quiero un informe completo. Bien encarpetado. Todas las hojas perfectamente ordenadas. Detalle a detalle. Los detalles nunca sobran. En el momento menos pensado, ahí está el detalle que faltaba. Día a día. Y como si contara los días, la rabia le iba aumentando en los ojos, o al menos algo así le parecía a Medina, porque sentía cómo si la masa ocular le vibrara levemente, casi un cosquilleo. Al rato se hubo de sentar en la cama y golpear varias veces con el puño sobre la mesa de noche mientras tosía acaloradamente.

Si éste sigue así, se muere, reventado. El viejo. Detrás de la puerta el carraspeo ahogado y esa porción de saliva que no logra despejar de entre las paredes de la garganta. Nada, sigue allí. Mejor tragárselo y no insistir. El viejo. Ya no está para estas cosas. Debería reconocerlo. Pero es mula ¿Que qué hora es? La hora a la que al Licenciado Valbuena, apoltronado en el Sofá, ya comienza a sudarle el trasero.

 

−¿Está seguro que éste dijo que venía a las ocho? −preguntó Medina al Licenciado Valbuena, mientras salía impaciente de la habitación.

−Sí, Señor. En eso quedamos. Pero, no sé. Parece que no se lo tomó muy en serio. El tipo dice cosas raras. El fue el que se empeño en venir hoy martes. Porque los lunes y que... qué sé yo, como que le entra algo raro en el cuerpo. Manías. −respondió el secretario, que permanecía inmutable sentado en un sillón de la sala.

−¿Y qué se trae, entonces? −preguntó Medina.

−A lo mejor no viene. Debe andar por allí, dando vueltas por Buenaventura. Siempre lo hace. Todo el mundo dice que el tipo se la pasa dando vueltas por Buenaventura. Parece un perro callejero, digo yo. La verdad es que no pude sacarle nada. Parece palo. Ya le dije que, Señor, este sujeto...

−Sí, ya, ya, ya sé lo que UD. dijo Valbuena. −interrumpió bruscamente Medina. Encendió un cigarrillo. Tosió y luego continuó− Pero una cosa le aseguro: a mí este policía no me jode. Si el cree que yo...

−Señor −interrumpió el secretario Valbuena.

−Déjeme pensar, Valbuena, déjeme pensar ¿quiere? −interrumpió a su vez Medina, mientras volvía la mirada hacia la puerta de la habitación, que había dejado abierta al salir.

−Pero, Señor… −insistió el secretario.

−¿Qué pasa con UD., Valbuena? −dijo Medina

−Es que están tocando a la puerta −dijo el secretario, mientras señalaba hacia el zaguán que desembocaba en la sala.

−¿La puerta? −preguntó Medina en voz baja.

−Ajá −confirmó el Licenciado Valbuena.

 

Medina hizo señas al secretario para que no se moviera de su sitio. Medio agachado movía sus manos blancuzcas delante del secretario Valbuena que, sin moverse del sillón, seguía el movimiento mudo de sus gestos. Apenas el secretario hacía al amague de mover el trasero, Medina lo detenía en seco. Las palmas abiertas, como si empujaran con desesperación el aire. Pobre viejo. Aquí. Está bien, está bien. Aquí me quedo. Eso. ¿Qué le pasa, al viejo? Un poco más y le da un infarto. Está bien, está bien. Ni me muevo. Pero si yo no he dicho nada. Anda a la mierda, viejo. Acto seguido, Medina fue a buscar al fondo a Susana, que salió de entre la sombra húmeda del lavadero olorosa a detergente y con los brazos cubiertos hasta arriba de espuma ¿Qué? La puerta. Está bien, la puerta. Ya voy, ya voy. Y él mismo, por su parte, mientras la muchacha se sacudía la espuma de los brazos, volvió a la habitación de la que acababa de salir. Por tercera vez sonaron los golpes que Martín Romero daba a la puerta. Con suerte, y Medina también pasó a mejor vida el fin de semana. Dios, ¿por qué me has abandonado? ¿Y eso? Ahora sí que estás mal, Romero. El tono bíblico. Tiene una extraña fuerza inusual, como si uno se entendiera directamente con la gran incertidumbre del universo. Es un tono feo, falto de decencia, pero poderoso; el más miserable de los seres puede sentirse gloriosamente interpretado en su miseria ¿Es eso? ¿Qué más? Bien, pero vuelve a tocar. La verdad no crees que el viejo se haya muerto. No. No lo creo.

Entonces se abrió la puerta y apareció el cuerpo menudo de Susana. Lo primero que Martín Romero vio fue los pies descalzos. Lindos. Mas bien graciosos, se entiende. Lo lindo que unos pies, humanos al fin, pueden ser. Iba vestida con un pantalón corto, ancho, por el que salían una piernas delgadas que, a esa altura de su dimensión corporal, le daba apariencia de varón, y una franelilla también ancha, bajo la cual podía uno imaginar los recién aparecidos senos de la muchacha. Graciosos, también. Llevaba el cabello recogido en un descuidado moño atado con una peineta grande y cuya punta pinchuda se alzaba por encima de la cabeza redonda, como si asomara para ver desde atrás. Martín Romero sonrió y volvió a bajar la mirada hacia los pies descalzos. Susana encogió los dedos y colocó uno de los pies detrás del otro. Martín Romero volvió a sonreír, y preguntó:

 

−¿Y Medina?

−¿Tú eres el Comisario? −preguntó Susana mientras veía alternativamente la gorra del policía y el revólver en la cintura.

−Sí, yo soy ¿Y Medina? ¿Está aquí? −preguntó el policía.

−Yo pensaba que eras más alto. −dijo Susana.

−No. No soy más alto. −respondió con ligera impaciencia Martín Romero.

−Y también creí que eras más gordo. Por ahí la gente dice...

−Para, para. Dime si está Medina. −interrumpió el policía.

−Sí está. Dijo que pasaras a la sala. −replicó Susana.

 

Y, mientras esto decía, Susana, luego de señalar hacia el interior de la casa, cruzó las manos a la espalda y se puso a caminar en retroceso. Martín Romero miraba alternativamente sus pies, que iniciaban en puntillas cada paso al revés, y su cara en la que se dibujaba esa extraña alegría con la que algunos parecen haber nacido y que en lo esencial no cambia, ni siquiera cuando revientan de tristeza o de mal humor.

Ya en la sala, Martín Romero miró hacia el Licenciado Valbuena, que comtinuaba apoltronado en el sofá, y, alternativamente, hacia el largo pasillo por el que Susana, que siguió caminando de revés, se perdió. En medio del patio se alzaba un pequeño almendrón casi pelado luego de haber sacudido sus frutos al suelo. Al poco rato, la puerta que estaba al inicio del pasillo se abrió y por allí salió Medina. Un penetrante olor a tabaco negro. Un carraspeo. Otro carraspeo. El viejo en bata de casa. Marrón claro, con ribetes marrón oscuro. Le alcanzaba hasta las pantorrillas. El viejo plano y, al mismo tiempo, encogido como cartón mojado. Debajo de la bata el pijama ancho. Amarillo como la casa. El viejo caminando con lentitud. Disimulando, sin embargo, la lentitud, el lenguaje agotador de sus temblorosas manos. ¡Mierda! Y éste ¿de qué féretro escapó?

 

−Comisario Romero, por fin se ha dignado UD. hacer una visita a la máxima autoridad en Buenaventura. −dijo el viejo, tras una forzada sonrisa, mientras se ajustaba la bata en la que iba vestido. Luego agregó− Hace bien en haber venido, hace bien. Al mismo tiempo, el Licenciado Valbuena, que permanecía sentado del otro lado, observaba insistentemente su reloj.

 

−Un cuarto para las nueve ¿no? No, espere, déjeme adivinar. Cuarenta y tres minutos para las nueve. −dijo Martín Romero, mientras señalaba el reloj en la muñeca del Licenciado Valbuena.

−Cuarenta y cuatro −dijo el secretario.

 

Mierda. Otra vuelta más. Hoy no pego una. Y, por las caras de éstos, no es algo que vaya a mejorar. Bien, máxima autoridad de Buenaventura, ¿qué te traes? La verdad que el viejo no tiene nada de temible. Más bien parece un turrón inmasticable.

 

−Bueno, bueno. No es algo que importe mucho ya. Minutos más minutos menos. No incomodemos al comisario, −dijo Medina con amabilidad y, luego, mientras se dirigía hasta donde estaba parado el policía− El Lic. Valbuena es muy meticuloso en estas cosas, Comisario. Jamás ha llegado tarde a la oficina. Imagínese ¿Cuántos años, Valbuena? En fin, eso no importa. A lo que me refiero... UD. comprende ¿verdad? En fin. Pero siéntese, Comisario, siéntese. −y tomó al policía del brazo para conducirlo hasta el sillón.

 

No. Nada de terrible, el señor manos de rana. Conozco ese brazo. Esa mano temblorosa y ese aroma a nicotina. El señor manos de rana. Inconfundible. No fue así el primer día, cuando llegué a Buenaventura. El primer día fue cuestión de mera conciencia, de saber que ése era Medina. Me lo dijeron. Lo vi. Sí, es el viejo. Cumplí mis órdenes: aparecí, me presenté, entregué el sobre. Ya. Pero ahora lo vivo como aquella vez en medio el monte, cuando yo fui a buscarlo, cuando yo mismo lo hice objeto de mi estúpida misión. El señor manos de rana. Tenerlo aquí ahora, sujetando mi brazo, es como repetir aquella remota sensación. Babosa sensación ésta, que tiene que ver con el recuerdo, pero es algo más que el mero recuerdo. El recuerdo, por vivo que sea, es seco, como un trozo de palo. Esta, por el contrario, es una experiencia que, basada en el recuerdo, es húmeda, recorre este finito esqueleto de tiempo como una ilación gelatinosa que, remontándose a lo más pasado, llega hasta lo más reciente. De eso hace ya veinticuatro años, Romero. Vamos. ¿Qué pasa contigo, viejo? Quizás pase que también estoy viejo. Nos jodimos.

 

−¿Me escucha UD., Comisario? −¿preguntó Medina.

−¿Cómo dijo? –preguntó a su vez Martín Romero.

−¿Dije que si quería UD. tomar algo fresco. A esta hora de la mañana el día comienza a calentar, y es mejor prevenir el calor desde temprano. Yo que se lo digo. ¿No es verdad, Valbuena? −¿preguntó Medina

−Cierto, Señor, muy cierto. −respondió el secretario, que ya sudaba copiosamente y permanecía inmutable en el mismo sillón.

−Aunque quizás prefiera UD. café. −advirtió Medina.

−¿Algo fresco? −preguntó Martín Romero.

−Un jugo, digo. Susana hace unos jugos estupendos, se lo aseguro. −dijo Medina con orgullo.

−Un jugo estará bien −dijo Martín Romero.

 

El viejo tenía los pies juntos, en medias, sumidos en unas pantuflas grandes de cuero. Todos permanecieron por un rato en silencio. Mientras, se escuchaba el ajetreo de Susana en la cocina batiendo la fruta. Medina levantaba una ceja cada vez que sonaba un objeto al caer. El cuchillo. Eso debe ser el cuchillo. Viejo maldito. Mi niña, prepara un buen jugo para los amigos aquí. Toma, toma, toma. Troceaba Susana las ruedas de piña. El Licenciado Valbuena miraba las cejas peludas de Medina y, por su parte, Martín Romero los tobillos flacos que asomaban por el borde del pantalón amarillo claro de la pijama. Medina miró hacia el Licenciado Valbuena, y éste, algo sonrojado, como siempre sucedía cuando el viejo lo sorprendía en sus soporífero gesto de contemplación, cambió bruscamente la dirección de su mirada y la colocó sobre Martín Romero. El policía, por su parte, elevó la mirada desde el suelo y se topó con el perfil del viejo. Un pequeño continente desvencijado en el inmenso océano de las nueve de la mañana. Las nueve. Debe ser. Visto de perfil, el viejo mostraba en todo su tenor el pronunciado entrecejo. Cornisa de pelo. Éste, cuando piensa, los pensamientos se le deben enredar allí, en la tupida maraña grisácea. Es gracioso. Y quizás sea consecuencia de una gracia así esta sutil, fría y distante ternura que colma como agua sucia la ya espesa ciénaga de mi ánimo. Esto también es gracioso. Bravo, Romero. Quieto, quieto. Por ahora haré caso omiso de tu burla recurrente. Pasa que llama mucho mi curiosidad lo que un tipo despreciable como yo es capaz de sentir por este despreciable viejo. Mira, las orejas también se le han llenado de pelo. Eso sí no lo recuerdo. Deben habérsele llenado después, o simplemente no me fijé aquella noche. Después de todo, así es la vejez. La calvicie hondea la horrenda bandera de su victoria en la colina más alta, desde donde todo el mundo la pueda ver, pero los asquerosos orificios se llenan de pelo. Bueno, pero éste, calvo no es. No. La verdad, no. Medina es hombre de pelo en pecho, en las narices y las orejas ¿matarías a un hombre así? No. Para algo así se requiere de algo más que el manso desprecio que pesa en mis ojos al mirar. En aquél entonces yo creí que lo tenía. Ahora ya no lo creo. Por lo tanto, ahora, ya no lo tengo, y esto me hace saber que, entonces, por aquél entonces, tampoco lo tenia como creí. Pero ¿no que la revolución? No. Era sólo manso desprecio. Sólo eso.

Por su parte. El Licenciado Valbuena, naufragando en el disimulo, intentaba mirar bajo la visera de la gorra cuya sombra cubría casi por completo el rostro del policía. No le parecía correcto que no llevara uniforme, como los demás ¿A cuenta de qué? Seguramente de que el Comisario no es de los que se toman las cosas muy en serio. Qué más. Claro. El pueblucho de mierda. Y la verdad es que, con esta gente, se entiende… pero, aún así: debería llevar su uniforme, como los demás. Policía es policía, aunque en pueblucho de mierda sea. Yo soy secretario, y no por eso voy a dejar de observa ciertas regla... en fin, las que sean, siempre las hay, se sobreentiende ¿o no?. Pero nuestro Comisario ¿nuestro? Pero este policía, nada; ni el uniforme. Los atuendos son más importantes de lo que la gente suele creer. Si respetara el atuendo, este Comisario sería, sí, nuestro. Y eso, ahora que lo pienso, es lo que pasa con este sujeto. Nada hace por congraciarse. Es tan extraño a todos como el primer día que llegó. Hasta un turista de fin de semana es más accesible. Parece que se fuera mañana ¿Será que se va mañana? Pero, según la carta que trajo de Montenegro, nada indica que el sujeto esté sólo de paso. No. No lo creo. Muy probablemente éste sea como yo: no tiene a donde ir. Estoy seguro de eso. Cuando me vine a Buenaventura, tampoco me gustó, y miraba a mi alrededor con desdén. Hasta que pronto me dije: no tienes a dónde ir, así que mejor te preparas para estar cómodo aquí. Es jodido, ya lo creo que sí. Pero, en fin. Estoy aquí. Pero éste como que cree que se las sabe todas. Bien, bien mi querido Comisario. Pero el día menos pensado pisa en falso y cataplum, al suelo, como todos los que creen que se la saben todas. Entonces cambian de cara, bajan ese tono de insolencia y se vuelven mansos. Yo esperaré. Sus puntos débiles aparecerán, ya aparecerán, claro que sí. Y no sé por qué se me hace que este sujeto es, todo él, un gran punto débil. Por lo pronto, tengo tiempo. Viejo y comemierda, como sea, tendrá que ganarse a Medina, cosa por la que no ha hecho mucho esfuerzo, que se diga. Y, en eso, por lo demás, le llevo años de ventaja. Eso está, pues, a mi favor. Ya veremos.

Por sobre el pesado silencio que entre los tres se había acumulado durante largos minutos, comenzó a correr un leve tintineo de los cristales y rozamiento de los pies descalzos de Susana. Los tres hombres levantaron la mirada para verla aproximarse por el pasillo. Medina mostró una sonrisa de alivio. Cuando Susana llegó hasta la mesa de centro, donde colocó la jarra de jugo y los tres vasos, todos se reacomodaron en sus asientos y, los otros dos sumaron a la de Medina sus sonrisas de alivio.

 

−Ah, gracias a mi niña −dijo Medina, mientas se acercaba a tomar el primer vaso de los tres que había servido la muchacha. Luego, con la mirada dirigida a Martín Romero, agregó: −¿Ya conoce UD. a Susana, Comisario? Primero Martín Romero observó con cuidado el rostro complacido del viejo, esa triste felicidad que se confundía entre los desgraciados pliegues de su rostro. Se refirió a la muchacha como si tratara de un cofre lleno de alhajas, o cualquier suerte de tesoro parecido. Luego respondió:

 

−Sí, claro, claro que sí, hace un rato, a la entrada. Ella −¿cómo te llamas? −interrumpió, al tiempo que miraba a la muchacha.

−Susana.

−Eso. Susana… hace un rato, a la entrada, digo…ella fue quien abrió. Tiene UD. una hermosa nieta −sentenció Martín Romero, al tiempo que hacía un sutil movimiento de cosquilleo sobre la cabeza de la muchacha.

−¿Cómo dice? −preguntó Medina. Martín Romero dejó la cabeza de la muchacha. Miró a Medina y, acto seguido, al secretario Valbuena ¿Qué dije? La pusiste, Comisario, la pusiste. Le has dado al viejo en el mero centro. Él te habla de la putica preferida de su vida, el tierno bizcocho para sus podridas encías, y tú lo halagas como orgulloso abuelo. Estás muy lejos de ganarte al viejo.

−Y tú ¿Qué haces descalza? −preguntó Medina, y señaló con sus labios al suelo, a los pies de Susana.

−Estoy en la casa ¿no? −respondió Susana− Tú dijiste que no debía andar por la calle sin zapatos −insistió.

−Pero tampoco en la casa. Menos aún si hay visita, muchachita. −sentenció Medina, y señaló hacia la puerta del cuarto de donde había salido. Susana se dio media vuelta y se marchó.

−Creo que éso no era necesario −opinó Martín Romero. Luego comenzó a beber el jugo del vaso que había tomado de la mesa.

−¿Cómo dice? ¿Qué UD. cree qué cosa? Le diré, Comisario Romero, que en cuanto a esta muchachita, nadie más que yo sabe lo que le conviene o no. ¿Me entiende UD., Comisario? −advirtió Medina y, durante unos cortos segundos, antes de que lo sacudiera un fuerte ataque de tos, siguió su advertencia de una mirada llena de furia con la que, según Martín Romero, quiso fulminarlo el viejo.

Pero mas bien parece que es él el que se está quemando por dentro. Mierda, va a vomitar el cerebro. Alguien que le dé una palmada al viejo. Tú mismo, Romero. Allá voy. Con cuidado, no vayas a romperle la espalda. Calma, calma. Conozco esa furia impotente. Ya la vi una vez, aquella noche. Eso también lo recuerdo con claridad, en medio de la penumbra del rancho. Mas bien, es como vivirlo otra vez, como ser tocado en el brazo, hace rato. Manos de rana, furia de enfermo. Por qué no me matas. No tienes cojones para hacerlo. Cojones, no lo sé. Pero nunca tuve la intención de algo así. Ni aquella noche ni esta mañana. Me aburre tanta pasión inútil. Así aquella noche, así esta mañana.

 

Cuando Medina logró recuperarse, Martín Romero volvió a su asiento, Ya sentado, advirtió que Susana se había asomado por la puerta de la habitación. El viejo, con el cabello alborotado y las ropas desencajadas, se afanaba en recobrar la compostura. El Licenciado Valbuena no se había movido de su asiento. Medina miró al gordo primero y luego al policía. Acto seguido, volteó bruscamente hacia la puerta de la habitación, que Susana acababa de cerrar otra vez. Entonces se sentó, cayó de cansancio.

 

−Bueno –exclamó el viejo− ¿En qué estábamos?

−Puede continuar con su ataque de tos −murmuró Martín Romero

−¿Cómo dice? −preguntó Medina

−El Comisario Romero, Señor, ha venido con el propósito de aclarar algunas cosas −intervino el Licenciado Valbuena.

−¿Qué cosas? −preguntó Martín Romero, se levantó la visera de la gorra, y luego agregó −Yo no he venido a nada, Valbuena. UD. me pidió que viniera aquí. Sólo UD. sabe para qué. Vaya al grano ¿quiere?

−De acuerdo −el gordo comenzó levantándose del asiento. Una vez de pie, repitió− De acuerdo, Comisario. Pasa que queremos saber de qué se trata todo este asunto.

−¿Qué asunto? −preguntó el policía, mientras golpeaba contra la uña un cigarrillo.

−¿Cómo qué asunto? ¿A qué ha venido UD. aquí, a Buenaventura? −preguntó el gordo.

−Me mandó Montenegro. Ya UDS. Lo saben ¿o no? −respondió Martín Romero, mientras buscaba el encendedor.

−Obviamente, eso lo sabemos, Comisario Romero. Por lo demás, UD. nos entregó aquella carta el día que llegó. Nadie duda que lo haya enviado Montenegro. Pero pasan los días ¿Cuántos ya? −cuando esto se preguntó, el gordo miró hacia Medina, cuyo agotamiento parecía haberlo sacado por completo de escena. Entonces el secretario continuó− más de tres semanas. Casi un mes. Pasado mañana, doce de octubre, se cumple un mes ¿no? −volvió a mirar a Medina, que permanecía en la misma posición, con la mirada perdida y sin decir palabra. Entonces retornó su mirada al policía.

−No lo sé. No llevo la cuenta. −dijo Martín Romero.

−Bueno, nosotros sí −reafirmó el gordo. Un mes, pasado mañana. Y no sabemos absolutamente nada. UD. nada dice. El Señor Medina piensa que debía UD., al menos, pasársela de vez en cuando por su despacho ¿No lo cree?

−No −respondió Martín Romero. Mientras encendía el cigarrillo.

−¿Cómo dice? −preguntó el licenciado Valbuena

−Que no. −insistió el policía.

−No comprendo. −dijo el gordo, y se tocó la frente con la punta de los dedos.

−¿A qué? No tengo nada que decir, o qué informar, como UD. desea. −dijo Martín Romero.

−¿Y qué dice Montenegro? −preguntó el secretario

−No lo sé. Ni siquiera sé si dice algo −respondió Martín Romero

−¿No ha hablado con él? −preguntó el gordo

−No −respondió el policía.

−¿Desde que está aquí no ha tenido ninguna comunicación con Montenegro? –insistió el gordo.

−Le he dicho que no ¿Cómo quiere que se lo repita, Licenciado? −replicó el policía.

−Un momento, Comisario. Yo entiendo que Montenegro ha estado durante cierto tiempo interesado en grandes proyectos de inversión aquí, en Buenaventura. Entiendo que de ello ha hablado en más de una oportunidad con el Señor Medina. Entiendo, además, que, según sus más recientes conversaciones, la cuestión era ya prácticamente un hecho, y que, por eso, precisamente, está UD. aquí. De hecho, algo así indica Montenegro en la carta que UD. nos entregó a su llegada ¿Estoy equivocado en algo? −terminó preguntando el Licenciado Valbuena.

−No lo sé. Si UD. entiende todo eso, así será. −dijo Martín Romero.

−Entonces, de Montenegro nada. −dijo el gordo.

−De Montenegro nada −repitió el policía.

−¿Y UD. espera que creamos eso, Comisario? La cosas no funcionan así, perdóneme UD. −y volvió el gordo a ver a Medina. Pero el viejo, nada.

−Yo no espero nada, Valbuena. Pero, si insiste, le diré cómo funcionan las cosas. Montenegro me indica lo que hay que hacer. Yo lo hago. Y punto. Ni opino ni pregunto. No es mi trabajo. Sólo espero órdenes. Y, hasta ahora, desde que llegué aquí, ninguna. Rigurosamente hablando, Licenciado, puedo decir que soy el mismísimo ejecutivo..- casi un ejecutor. −Martín Romero y el gordo miraron hacia Medina, que había levantado la cabeza y dicho algo que nadie terminó de escuchar.

−Comisario ¿y El Moise? ¿Qué hay de el negro? −preguntó Medina, mientras miraba directamente al policía. El Licenciado Valbuena no pudo evitar un grosero gesto de aborrecimiento. Elevó los brazos, se restregó el rostro, y se fue de nuevo a su sillón.

−¿Qué con él? −replicó el policía

−Dicen que estuvo por aquí, de nuevo −dijo Medina.

−Ah, sí. Hace unos días. −respondió el policía.

−¿Y lo dejó ir? ¿Por qué? −preguntó Medina.

−¿Y qué otra cosa debía hacer?. No hay nada en contra de ese hombre. El pobre diablo parece un fantasma. Lo tuvimos un par de días en el comando. El Padre Claudio...

−Sí, sí… ya lo imagino, al Padre Claudio. −interrumpió Medina. Luego, mientras se paraba del sillón con cierto esfuerzo, continuó −El pobre diablo, Comisario, es un convicto, por si no lo sabía.

−¿Convicto? −preguntó el policía entre risas.

−Sí, Comisario Romero. De rebelión e intento de homicidio. −insistió Medina. A su vez, el policía, se volteó para mirar al licenciado Valbuena. El gordo se encogió de hombros. Luego volteó de nuevo hacia Medina para escuchar lo que decía.

−Debería estar muerto, el negro −continuó Medina− o simplemente haberse perdido para siempre de aquí. Hace tiempo ya. Quince años, lo menos ¿No, Valbuena? Es culpa de Colmenares. Lo que siempre digo: si hubiera yo tenido el equipo apropiado ¿No, Valbuena? Pero no. Lo que UD. diga, Señor. Van y hacen las cosas a la mitad, o las hacen mal, o simplemente no las hacen. Ese negro se enredó con un grupillo de maleantes, y que comunistas, UD. sabe. Vienen por aquí y alumbran a estos bobos con sus recetas acerca del mundo mejor y demás mierda. Se lo dije a Colmenares: no me gustan estos tipos. Tres, cuatro semanas viniendo por aquí de seguidas. No me gustan estos tipos, Colmenares. También se lo decía a Valbuena. Hasta que un día, zás, capturado. Yo mismo, el mismísimo Medina ¿eh? ¿qué le parece?. ¿Y Colmenares? Bien gracias, en el “Claro de Luna”, supongo. No se pela un fin de semana en el “Claro de Luna”. Y Valbuena lo mismo ¿No es así?

−UD. mismo dijo que no volvería hasta el lunes. −dijo el gordo sin mirar a Medina.

−Bueno, sí. Es verdad. Creo que iba a una de mis primeras reuniones con Montenegro ¿no? −preguntó el viejo

−No lo sé. Nunca dijo nada, o no lo recuerdo. Pero de eso deberíamos hablar ahora, de Montenegro −dijo el gordo en tono reseco.

−Y casi hasta el lunes en la mañana me tuvieron allí los malditos. Eso sí que lo recuerdo bien. A la postre, dos semanas después, capturamos al negro y di por resuelto el asunto. Los coñitos comunistas no volvieron más, y si lo hubieran hecho los agarro también a ellos, se lo aseguro. Se van todos a la fosa, con el negro. Pero, por alguna extraña razón, desde hace casi un año para acá anda merodeando de nuevo por Buenaventura. Hay quienes dicen que, en realidad nunca se ha marchado, que siempre ha permanecido por aquí, transfigurado: árboles, animales, rocas, sombras... cualquier cosa. Nunca he dado mucho crédito a estas vainas, se lo aseguro. En fin, quién sabe, a estas alturas ya no sé ni qué pensar. Lo que pienso es que sea lo que haya sido eso que estuvo en el comando, no lo ha debido soltar. Pero claro, el Padre Claudio. Hasta el cura manda más que yo en esta mierda...

 

La voz del viejo se fue apagando antes de terminar las últimas palabras. El gordo y el policía se miraron. El primero hizo señas al segundo para que se marcharan. Martín Romero, a su vez, pidió al otro con la mano en alto que esperasen. El gordo volvió a su sillón. Medina, con un cigarrillo colgando de los labios, buscaba pacientemente en los bolsillos de la bata y el pijama el encendedor. Nadie te escucha, viejo. Nadie, en realidad, te toma en serio. Comunistas en Buenaventura. Vaya mamarrachada. A quién se le ocurre. Para mí que el viejo se quedó por allí, con alguna vieja, que lo peló. Tú sabes. Véngase, mi viejito lindo con mamita y no más te das la vuelta y te dejan en calzoncillos. Para mi que el viejo ya estaba un poco tocado, y va de mal en peor. Mira esa expresión en la cara, como si fuera chupando un limón. Para mí que El Moise es el mismo Diablo, y el viejo pactó con el. Eso es, claro. Y ahora no haya cómo rajarse. Al Diablo nadie lo mata. Ni el mismo Dios pudo con él. Medina lo va a joder. Sí, como no.

 

−¿Tiene fuego, Comisario? −preguntó Medina

 

Martín Romero se aproximó a él y encendió el cigarrillo que desde hacía rato el viejo llevaba en la boca. De nuevo Susana se había asomado por la misma puerta, entreabierta. De entre la sombra de adentro se podía distinguir su cabello amarillento y lo que martín Romero supuso era su mirada risueña. No vio los ojos. Sólo percibió esa mirada que tanto contrastaba con el cuadro desolador del que él mismo formaba parte en la sala. El viejo, que una vez más se percataba de la mirada distraída del policía, volteó hacia la puerta. Pero, otra vez, la halló cerrada.

 

−Creo que tendrá que disculparme, Comisario. Estoy cansado. −dijo Medina

−Ya me iba −respondió Martín Romero.

 

El gordo y el policía salieron. Ya afuera, antes de cerrar la puerta, escucharon el carraspeo y la tos del viejo. Valbuena cerró la puerta, y entonces dijo:

 

−Es lo que digo: éste ya no da para más ¿Se da cuenta, Comisario? Ni siquiera atendió a lo que hablábamos. Él mismo fue el que me dijo que lo trajera aquí, porque quería saber qué pasaba con Montenegro, y que ya UD. debía preparar un informe completo, y qué sé yo. Entonces se queda mutis, y dale con lo del Moise una vez más. En fin.

−Pero UD. acaba de decir que era yo el que había venido con el propósito de aclarar no sé qué cosas. −advirtió con sutil molestia el policía.

−Bueno, sí. Por lo mismo. Pensé que Medina reaccionaría. −dijo el gordo

−Para mí fue una estúpida manera de presionarme, Valbuena. −advirtió de nuevo Martín Romero.

−Le pido disculpas, Comisario. Pero también entenderá UD. que ese hermetismo suyo genera mucha suspicacia. Estará UD. de acuerdo conmigo en eso al menos. −replicó el Licenciado Valbuena.

−Si UD. quiere insistir, es su asunto. Ahora, le diré algo. En lo que yo tenga alguna noticia de Montenegro, se lo hago saber ¿De acuerdo? −propuso Martín Romero.

−De acuerdo −dijo el gordo más tranquilo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.