Buenaventura ¿Qué será eso que silba como viento seco y se enreda por entre cada uno, seres y cosas, admirables, curiosamente regados como piedras en las arenas de la derrota? ¡Uy, impresionante! El Comisario Romero en plena crisis de inspiración. ¿Qué pasa contigo, Romero? Parece que lo de Montenegro... Siempre pasa y, cuando pasa, le da por ver y escuchar más allá de lo que sus ojos alcanzan ver y sus oídos escuchar ¿O será cierto que escucha silbar al viento y ve el reguero en las arenas? A ver. Seres y cosas. Puede ser. ¡Cuánto puede caber en un cerebro ocioso ¿eh?! ¿No quieres tu cuaderno, Romero? ¿eh? Así lo apuntas todo, no pierdes detalle y las más célebres estampas de tu cursilería quedarán perpetradas por el resto de tu vida que, esperamos todos, no sea mucha. Si te viera Amanda, ¡qué te digo! Quizás, más que un cuaderno, lo que el comisario requiere sea una mujer que caiga rendida ante los ácueos humores de sus ocurrencias. La Clarita, quizás, sea la única en los actuales momentos capaz de tomarte en serio ¿No te parece? Las mujeres son como los cuadernos, aguantan todo hasta que se acaban. Amanda se acabó. Sí, Amanda se acabó ¿Qué esperabas? Y ese cuaderno también se te va a acabar. Ahora sigue, o llegarás tarde. Además, mira que apenas son las ocho de la mañana. Así que guarda algo para el resto del día. A ver. Ese policía que va por allí mas bien parece arqueólogo venido a husmear por estos desiertos, entretenido en contemplar sus tesoros inútiles abiertos como ofrendas a los dioses torpes, ciegos y majaderos de la nada. Muy romántico, Romero, muy romántico. Sigue, pues. ¿Por qué siempre has de tomar el camino más engorroso? Vas a tardar el doble en llegar. Pobre Romero. Hay que reconocer que la idea de imaginar a dios como un torpe, ciego y majadero es muy buena ¿De qué otra forma se puede ser dios? Yo agregaría, incluso, aburrido, así como tú, comisario de mierda. Pero ya habrá tiempo. Por ahora, sigue. Ya tendrás tiempo de apuntarlo en el cuaderno. Eso es lo que, en realidad, quieres. Nunca te vas a deshacer del maldito cuaderno, pero se te va acabar, Romero, se te va acabar. Ahora, si no apuras el paso, llegarás tarde a lo de Medina. Las ocho y cinco. Ya voy.
Durante la mañana, envuelto en el manto aún fresco con que empezaba el día, Martín Romero observaba el recorrido del sol sobre la cresta de los cerros y, tras cuidadosas y reiteradas comparaciones, había logrado conocer la hora con gran exactitud. No se conformaba con dudosas aproximaciones. Apostaba en su interior y, frente a las posibles diferencias, se proponía un castigo, con el que no siempre cumplía. Por cada minuto de diferencia, una manzana más de recorrido por las calles de Buenaventura. El que se quejaba era Colmenares, cuando iba con él. ¿Otra vez, Jefe? Éste como que anda medio loco. En fin, Jefe es Jefe. Pero a veces se me hace que no está bien de la cabeza. Un tipo simpático, sí. Pero cuando se pone a dar vueltas una y otra vez por la misma manzana, no sé. Vaya uno a saber qué anda buscando o en que está pensando.
Martín Romero siempre hacía sus comprobaciones horarias parado en la esquina sureste de la plaza ¿Qué pasó, Jefe? Nada ¿Qué hay allá arriba? Nada, nada. Sólo ese azul manchado del tibio naranja rosa de la mañana. Las ocho y diez. No. Nueve. Un minuto menos. Las ocho y nueve, más bien. Casi siempre, desde ese mismo sitio podía ver a los hombres que el mar devolvía a la playa bajar de sus lanchas. Los contaba. A ver. Uno, dos, tres, cuatro. Falta El Indio. Hace días que no se le ve. Se la pasa encerrado en lo de Rita. Pereza. Tal vez. Rita dice que no le gusta para nada su cara. La verdad que anda cabizbajo, El Indio. Le sienta mal andar así. Hay a quienes una mirada taciturna más bien los enaltece, como si su oscuridad interior los iluminara desde dentro con la cristalina negrura de la resignación. Pero al Indio. Pero si El Indio más bien parece que cargara sus pesares de alma directamente sobre los hombros. Treinta, cuarenta kilos, lo menos. Debe ser el peso lo que lo hace lucir más rechoncho. Hay quienes necesitan de apoyo, y quienes de llevarlos en carretilla. Rengifo debía estar aquí para asumir la tarea. Ah, Rengifo, tan cuadrado de ánimo. Debería pasársela por esta calle para sentir cómo abolla su vacío. Su gente, la de Rengifo, digo. Esa es mi gente, decía, cuando hablaba del Indio y del Moise. Gente sencilla, pero llena de fuerza y esperanza. Los tomaba de frente, por los hombros, como para trasmitirle su propia fe, o recibir la de ellos; seguramente las dos cosas. Debe ser. Interconexión, confluencia de fuerzas y esperanzas ¿Cuánto podrían resistir las duras carnes del futuro el espeso caldo de la camaradería humana cuando de creer se trata? Rengifo. Se entiende. Un día le preguntaré qué fue de los huesitos chupados.
Los motores apagados dejaban tras de sí una estela de humo azul cada vez más tenue, a la que seguía la espuma sucia flotando en círculo por los alrededores, el hedor del aceite quemado, la pestilencia del esfuerzo humano mezclada con la de peces convulsionados que la muerte, por fin, iba convirtiendo en pescado arrojado desde dentro de las conchas de madera para caer en las maderas babosas del muelle. Tras un movimiento acompasado de brazos largos en mecánico vaivén, volaban al aire los cuerpos fríos, caían y se iban formando las pilas, espejo de pieles escamadas, gracias a la cual el sol podía seguir, como si nada hubiera pasado, arrancando destellos de viva luz a los cuerpos muertos. Diecisiete, dieciocho ¿dieciocho? Ya perdí la cuenta. Pero, cuanto sea, la cosa va mal. El otro día conté cincuenta y tres. Cincuenta y tres golpes de carne tiesa y fría al caer sobre la carne tiesa y fría. Sonido sutil, que llega hasta aquí, cuando afino el oído. Es un sonido seco de cuerpo mojado. Pas. No. Tas. Tampoco. Qué sé yo. No puedo saber cómo suena. No se me ocurre el vocablo apropiado que signifique este sonido de cuerpo de pescado cayendo sobre cuerpo de pescado. Paf. Menos. Aletean y caen. Ojos fijos. Brillo fijo. Si fuese por el aleteo uno no sabría si están muertos. Ese sonido al caer es como una antesala. Su inamovilidad es más fría y total que la misma muerte. Algo así debe ser.
Como si nada hubiese pasado. Pasaban los días y nada pasaba en Buenaventura. Crees tú. Para Martín Romero nada pasa en ninguna parte, sólo que en Buenaventura es más fácil darse cuenta de algo así. Eso crees tú. Pero pasa, pasa. Claro que pasa. Un día, ya verás, tras cinco mil millones de años, ese sol se habrá apagado, y la estructura molecular de esa enorme roca de allá ya no será tal. Y algo así ¿qué le puede importar al Comisario de Buenaventura?. Este policía es como los dinosaurios: un día se extinguirá. Bien. La naturaleza siempre sabia, claro. Por ahora deambula por la arena y por entre las piedras de su propia era cuan lagarto en dos patas, el Comisario de Buenaventura. Hasta sonríe como los dinosaurios. Ah!, si tuviera una enorme cola la utilizaría para apoyarme y descansar. Dos pasos, y a pararse. Una mirada en derredor, dos pasos más, y vuelto a pararme apoyado sobre mi enorme cola. Pasicorto, además. Lo sé, no me vería muy bien. Y fumando, menos. Los niños saldrían corriendo. Y también los adultos. Pero, no sería mala idea... la verdad que no sería mala idea disponer de una enorme y fuerte cola aserrada. No le haría daño a nadie. Lo juro. La utilizaría sólo para apoyarme y poder descansar de pie. En realidad soy inofensivo, y hasta propenso a los vegetales. Ahora me gustaría comerme esas hojas y esos tallitos de allá arriba. No se ven nada mal. Quién sabe. Puede que no fueses tan manso, acaso fueses un bicho muy feroz y habrías más bien de zamparte media docena de ésos tipos en el muelle allá atrás, con lancha y todo. ¡Puaj! Con esas patas blancuzcas y esos vientres hinchados. Prefiero la torta de frutas de Rita. Si te viera Amanda ¿De dónde sacas tantas pasguatadas? Pareces un niño estúpido, Romerito ¿No te das cuenta? ¿Qué tienes allí adentro? Nunca asentarás cabeza, Romerito. Sí. Cuando muera, mi cabeza quedará asentada.
−Jefe −Martín Romero escuchó el motor detenido del jeep y vio la cabeza pelada y rojiza de Colmenares asomar por la ventana. −¿vas a lo de Medina?−preguntó Colmenares.
−¿Medina? −preguntó distraído Martín Romero
−Valbuena estuvo por el comando muy temprano, y preguntó que si ibas a lo de Medina. −insistió Colmenares.
−Sí, Medina. Voy para allá. ¿Qué hora es? −preguntó Martín Romero.
−Ocho y veinte, casi. −respondió Colmenares
−No, no. Dame la hora exacta −dijo Martín Romero
−A ver. Las ocho y veintidós −dijo Colmenares, de entrecejo arrugado, mientras miraba con cuidado el reloj.
−¡Mierda! Dos vueltas más. −dijo Martín Romero entre dientes.
−¿Cómo? −preguntó Colmenares.
−Nada, nada. ¿Qué pasa con el gordo? −preguntó Martín Romero
−El gordo acaba de pasar por el comando, a eso de las ocho y algo. Andaba apurado. Insistía mucho en que habías quedado en lo de Medina a las ocho. Yo le dije que estaba bien, que ya llegarías, que estarías ocupado, o algo te habría detenido. De todas maneras salí por si acaso, y la verdad que no pensaba encontrarte por aquí. Supuse que te habrías quedado dormido. Iba a pararme en lo de Rita. −respondió Colmenares, sin saber qué más agregar.
−Casi media hora de retraso. −dijo Martín Romero.
−Bien ¿Te llevo, Jefe? −preguntó Colmenares.
−No son más de tres cuadras. Ya voy.
Respondió Martín Romero, y se quedó mirando a lo largo de la calle que, desde la esquina de la plaza, lo conduciría hasta la casa de Medina. Amarilla. Casa amarilla ¿A quién se le ocurre? A Medina. El amarillo es como él. No puede ser de otro color. Amarillo pastel. Pastel no. Amarillo torta de frutas en lo de Rita. Así sí. Se ve larga, esa calle. Nunca me había fijado en eso. Larga. Al final se estrecha un poco y se torna curva hacia la izquierda, se cierra, se pierde en esa curvatura engorrosa, más allá de la cual, hacia la derecha, se abre el caminito hacia el “Claro de Luna”. Un caminito estrecho, abierto entre el monte enano y suave y que se abre en la explanada del “Claro de Luna”. Quizás por eso esta calle se vea más larga de lo que realmente es, sobre todo para quien ya sabe lo que hay más allá: una sinuosa carretera que se pierde en su propio trazado abierto en el cerro. Es una de las dos calles principales de Buenaventura, la que se va. ¿Y si te vas? Puede que Rengifo tenga razón. Ya nada hay que hacer aquí. La verdad, nunca ha habido nada que hacer aquí, pero mientras Montenegro estuvo vivo eso no importaba ¿Y ahora? Mierda, con Montenegro, venirse a morir en este momento. El señor ojos blancos manos de noche. Muerte, ahora sí ¿Quién iba a pensarlo? Vamos, Romero ¿acaso no lo pensaste nunca? Vaya con la frasecita. Diste en el blanco. Yo era, como quien dice, feliz mientras no tuviera que hacerme cargo de nada que no fueran los miserables detalles involucrados en sus ambiciones y sus proyectos. Yo era sólo un misionero, nunca un hacedor de misiones. Ahora debo ocuparme de mis propios miserables detalles, mis propias misiones sin razón de ser. Miro al cielo, y cuento minutos; al muelle, y cuento pescados. Todos míos. Para mí solito ¿Cuánto queda de dinero? Mierda. Quizás Rengifo tenga razón ¿Cómo saberlo? No soy yo quién para discernir este tipo de cosas. Eso de a dónde ir es el tipo de cosas de las que nunca me ha gustado hacerme cargo. Eso siempre fue asunto de Montenegro. El libre albedrío no me sienta bien.
El Comisario Martín Romero seguía mirando hacia la calle que lo conduciría a casa de Medina. De súbito se percató de que aún no se había movido de la misma esquina en la que lo dejó Colmenares. Ocho y venti… veintisiete. Un sutil toque de azar que siempre lo atrapa a uno. El hombre echó una mirada en derredor. Los pescadores ya se retiraban del muelle. De pronto recordó el modo en que, casi siempre, en la plaza o sus cercanías, se topaba con Medina, que salía de su casa minutos antes de las ocho, para estar a las ocho en punto en su oficina. Para saludarlo se llevaba la punta de los dedos a la visera de la gorra, pero sin llegar a tocarla, como si antes de terminar el saludo, iniciado con la mecánica intención de reconocer formalmente la jerarquía del viejo, se le desintegrara la jerarquía y sólo le quedara el viejo sin forma alguna. Era como entenderse directamente con su piel y sus huesos, y ése olor a tabaco negro venido de dentro. Allí, frente a él, con el brazo aún a media altura, pellejo y ropas gastadas se iban alejando hasta perderse tras las sombras de aquel despacho de jefe que Medina aún defendía. Extraño ese olor, el modo en que esa piel blanca y manchada parece quejarse del sol. No sé por qué he de extrañar cosas así. Pero, ahora, hacía días ya que Medina no portaba por allí. Y esta mañana tampoco. Era hora de presentarse en su casa. Sí, es hora de presentarme en esa casa amarilla. ¿A quién se le ocurre? A Medina. Cuanto más temprano mejor. Y ya llevaba media hora de retraso. Ocho y venti…treinta y dos.
Le diré, señor, que no me inspira ninguna confianza este sujeto. Las palabras del secretario Valbuena retumbaban desde el lunes en la mañana en la mente de Medina. Había dejado al secretario en la sala y se fue al cuarto, donde, al filo de la ventana, observaba la calle desierta por la que, esperaba, debía llegar el Comisario Martín Romero. Yo no tengo que ir a buscarlo. Él es el que tiene que venir a hablar conmigo. Claro, Señor, así es. Luego de semanas de espera, durante las cuales apenas cruzó saludo con el Comisario, había encomendado a Valbuena reunirse con él, a ver qué le sacaba. Y eso es todo lo que el gordo había traído: le diré, Señor, que no me inspira ninguna confianza este sujeto ¿Y si el gordo, por su parte, está jodiendo a su manera? Es posible. Siempre ha hecho lo mismo, el maldito gordo. Manso, quieto ¿Cuántos años? Al acecho. Siempre a la distancia, en ese tonito formal, oculto tras una expresión de hueco respeto que no le inspiraba ninguna confianza. Por qué lo he mantenido tantos años conmigo, no lo sé. Tampoco sé por qué me lo pregunto ahora. Será porque me siento débil y enfermo. Eso debe ser. Cuando uno enferma ve cosas que los demás no ven. Así decía mamá cuando me miraba con los ojos hundidos hundida en la cama. Y el miedo que me daba. Pero quizás tenga razón, el gordo. Salvo la primera vez, este policía de mierda no se ha dignado pasar ni una sola vez por el despacho ¿Qué es eso? ¿Quién es el Jefe aquí? ¿Quién se cree que es este policía de mierda? Viene con su cara muy lavada, entrega el sobrecito de mierda y ya. Pasan los días, y nada. Yo quiero un informe completo. Bien encarpetado. Todas las hojas perfectamente ordenadas. Detalle a detalle. Los detalles nunca sobran. En el momento menos pensado, ahí está el detalle que faltaba. Día a día. Y como si contara los días, la rabia le iba aumentando en los ojos, o al menos algo así le parecía a Medina, porque sentía cómo si la masa ocular le vibrara levemente, casi un cosquilleo. Al rato se hubo de sentar en la cama y golpear varias veces con el puño sobre la mesa de noche mientras tosía acaloradamente.
Si éste sigue así, se muere, reventado. El viejo. Detrás de la puerta el carraspeo ahogado y esa porción de saliva que no logra despejar de entre las paredes de la garganta. Nada, sigue allí. Mejor tragárselo y no insistir. El viejo. Ya no está para estas cosas. Debería reconocerlo. Pero es mula ¿Que qué hora es? La hora a la que al Licenciado Valbuena, apoltronado en el Sofá, ya comienza a sudarle el trasero.
−¿Está seguro que éste dijo que venía a las ocho? −preguntó Medina al Licenciado Valbuena, mientras salía impaciente de la habitación.
−Sí, Señor. En eso quedamos. Pero, no sé. Parece que no se lo tomó muy en serio. El tipo dice cosas raras. El fue el que se empeño en venir hoy martes. Porque los lunes y que... qué sé yo, como que le entra algo raro en el cuerpo. Manías. −respondió el secretario, que permanecía inmutable sentado en un sillón de la sala.
−¿Y qué se trae, entonces? −preguntó Medina.
−A lo mejor no viene. Debe andar por allí, dando vueltas por Buenaventura. Siempre lo hace. Todo el mundo dice que el tipo se la pasa dando vueltas por Buenaventura. Parece un perro callejero, digo yo. La verdad es que no pude sacarle nada. Parece palo. Ya le dije que, Señor, este sujeto...
−Sí, ya, ya, ya sé lo que UD. dijo Valbuena. −interrumpió bruscamente Medina. Encendió un cigarrillo. Tosió y luego continuó− Pero una cosa le aseguro: a mí este policía no me jode. Si el cree que yo...
−Señor −interrumpió el secretario Valbuena.
−Déjeme pensar, Valbuena, déjeme pensar ¿quiere? −interrumpió a su vez Medina, mientras volvía la mirada hacia la puerta de la habitación, que había dejado abierta al salir.
−Pero, Señor… −insistió el secretario.
−¿Qué pasa con UD., Valbuena? −dijo Medina
−Es que están tocando a la puerta −dijo el secretario, mientras señalaba hacia el zaguán que desembocaba en la sala.
−¿La puerta? −preguntó Medina en voz baja.
−Ajá −confirmó el Licenciado Valbuena.
Medina hizo señas al secretario para que no se moviera de su sitio. Medio agachado movía sus manos blancuzcas delante del secretario Valbuena que, sin moverse del sillón, seguía el movimiento mudo de sus gestos. Apenas el secretario hacía al amague de mover el trasero, Medina lo detenía en seco. Las palmas abiertas, como si empujaran con desesperación el aire. Pobre viejo. Aquí. Está bien, está bien. Aquí me quedo. Eso. ¿Qué le pasa, al viejo? Un poco más y le da un infarto. Está bien, está bien. Ni me muevo. Pero si yo no he dicho nada. Anda a la mierda, viejo. Acto seguido, Medina fue a buscar al fondo a Susana, que salió de entre la sombra húmeda del lavadero olorosa a detergente y con los brazos cubiertos hasta arriba de espuma ¿Qué? La puerta. Está bien, la puerta. Ya voy, ya voy. Y él mismo, por su parte, mientras la muchacha se sacudía la espuma de los brazos, volvió a la habitación de la que acababa de salir. Por tercera vez sonaron los golpes que Martín Romero daba a la puerta. Con suerte, y Medina también pasó a mejor vida el fin de semana. Dios, ¿por qué me has abandonado? ¿Y eso? Ahora sí que estás mal, Romero. El tono bíblico. Tiene una extraña fuerza inusual, como si uno se entendiera directamente con la gran incertidumbre del universo. Es un tono feo, falto de decencia, pero poderoso; el más miserable de los seres puede sentirse gloriosamente interpretado en su miseria ¿Es eso? ¿Qué más? Bien, pero vuelve a tocar. La verdad no crees que el viejo se haya muerto. No. No lo creo.
Entonces se abrió la puerta y apareció el cuerpo menudo de Susana. Lo primero que Martín Romero vio fue los pies descalzos. Lindos. Mas bien graciosos, se entiende. Lo lindo que unos pies, humanos al fin, pueden ser. Iba vestida con un pantalón corto, ancho, por el que salían una piernas delgadas que, a esa altura de su dimensión corporal, le daba apariencia de varón, y una franelilla también ancha, bajo la cual podía uno imaginar los recién aparecidos senos de la muchacha. Graciosos, también. Llevaba el cabello recogido en un descuidado moño atado con una peineta grande y cuya punta pinchuda se alzaba por encima de la cabeza redonda, como si asomara para ver desde atrás. Martín Romero sonrió y volvió a bajar la mirada hacia los pies descalzos. Susana encogió los dedos y colocó uno de los pies detrás del otro. Martín Romero volvió a sonreír, y preguntó:
−¿Y Medina?
−¿Tú eres el Comisario? −preguntó Susana mientras veía alternativamente la gorra del policía y el revólver en la cintura.
−Sí, yo soy ¿Y Medina? ¿Está aquí? −preguntó el policía.
−Yo pensaba que eras más alto. −dijo Susana.
−No. No soy más alto. −respondió con ligera impaciencia Martín Romero.
−Y también creí que eras más gordo. Por ahí la gente dice...
−Para, para. Dime si está Medina. −interrumpió el policía.
−Sí está. Dijo que pasaras a la sala. −replicó Susana.
Y, mientras esto decía, Susana, luego de señalar hacia el interior de la casa, cruzó las manos a la espalda y se puso a caminar en retroceso. Martín Romero miraba alternativamente sus pies, que iniciaban en puntillas cada paso al revés, y su cara en la que se dibujaba esa extraña alegría con la que algunos parecen haber nacido y que en lo esencial no cambia, ni siquiera cuando revientan de tristeza o de mal humor.
Ya en la sala, Martín Romero miró hacia el Licenciado Valbuena, que comtinuaba apoltronado en el sofá, y, alternativamente, hacia el largo pasillo por el que Susana, que siguió caminando de revés, se perdió. En medio del patio se alzaba un pequeño almendrón casi pelado luego de haber sacudido sus frutos al suelo. Al poco rato, la puerta que estaba al inicio del pasillo se abrió y por allí salió Medina. Un penetrante olor a tabaco negro. Un carraspeo. Otro carraspeo. El viejo en bata de casa. Marrón claro, con ribetes marrón oscuro. Le alcanzaba hasta las pantorrillas. El viejo plano y, al mismo tiempo, encogido como cartón mojado. Debajo de la bata el pijama ancho. Amarillo como la casa. El viejo caminando con lentitud. Disimulando, sin embargo, la lentitud, el lenguaje agotador de sus temblorosas manos. ¡Mierda! Y éste ¿de qué féretro escapó?
−Comisario Romero, por fin se ha dignado UD. hacer una visita a la máxima autoridad en Buenaventura. −dijo el viejo, tras una forzada sonrisa, mientras se ajustaba la bata en la que iba vestido. Luego agregó− Hace bien en haber venido, hace bien. Al mismo tiempo, el Licenciado Valbuena, que permanecía sentado del otro lado, observaba insistentemente su reloj.
−Un cuarto para las nueve ¿no? No, espere, déjeme adivinar. Cuarenta y tres minutos para las nueve. −dijo Martín Romero, mientras señalaba el reloj en la muñeca del Licenciado Valbuena.
−Cuarenta y cuatro −dijo el secretario.
Mierda. Otra vuelta más. Hoy no pego una. Y, por las caras de éstos, no es algo que vaya a mejorar. Bien, máxima autoridad de Buenaventura, ¿qué te traes? La verdad que el viejo no tiene nada de temible. Más bien parece un turrón inmasticable.
−Bueno, bueno. No es algo que importe mucho ya. Minutos más minutos menos. No incomodemos al comisario, −dijo Medina con amabilidad y, luego, mientras se dirigía hasta donde estaba parado el policía− El Lic. Valbuena es muy meticuloso en estas cosas, Comisario. Jamás ha llegado tarde a la oficina. Imagínese ¿Cuántos años, Valbuena? En fin, eso no importa. A lo que me refiero... UD. comprende ¿verdad? En fin. Pero siéntese, Comisario, siéntese. −y tomó al policía del brazo para conducirlo hasta el sillón.
No. Nada de terrible, el señor manos de rana. Conozco ese brazo. Esa mano temblorosa y ese aroma a nicotina. El señor manos de rana. Inconfundible. No fue así el primer día, cuando llegué a Buenaventura. El primer día fue cuestión de mera conciencia, de saber que ése era Medina. Me lo dijeron. Lo vi. Sí, es el viejo. Cumplí mis órdenes: aparecí, me presenté, entregué el sobre. Ya. Pero ahora lo vivo como aquella vez en medio el monte, cuando yo fui a buscarlo, cuando yo mismo lo hice objeto de mi estúpida misión. El señor manos de rana. Tenerlo aquí ahora, sujetando mi brazo, es como repetir aquella remota sensación. Babosa sensación ésta, que tiene que ver con el recuerdo, pero es algo más que el mero recuerdo. El recuerdo, por vivo que sea, es seco, como un trozo de palo. Esta, por el contrario, es una experiencia que, basada en el recuerdo, es húmeda, recorre este finito esqueleto de tiempo como una ilación gelatinosa que, remontándose a lo más pasado, llega hasta lo más reciente. De eso hace ya veinticuatro años, Romero. Vamos. ¿Qué pasa contigo, viejo? Quizás pase que también estoy viejo. Nos jodimos.
−¿Me escucha UD., Comisario? −¿preguntó Medina.
−¿Cómo dijo? –preguntó a su vez Martín Romero.
−¿Dije que si quería UD. tomar algo fresco. A esta hora de la mañana el día comienza a calentar, y es mejor prevenir el calor desde temprano. Yo que se lo digo. ¿No es verdad, Valbuena? −¿preguntó Medina
−Cierto, Señor, muy cierto. −respondió el secretario, que ya sudaba copiosamente y permanecía inmutable en el mismo sillón.
−Aunque quizás prefiera UD. café. −advirtió Medina.
−¿Algo fresco? −preguntó Martín Romero.
−Un jugo, digo. Susana hace unos jugos estupendos, se lo aseguro. −dijo Medina con orgullo.
−Un jugo estará bien −dijo Martín Romero.
El viejo tenía los pies juntos, en medias, sumidos en unas pantuflas grandes de cuero. Todos permanecieron por un rato en silencio. Mientras, se escuchaba el ajetreo de Susana en la cocina batiendo la fruta. Medina levantaba una ceja cada vez que sonaba un objeto al caer. El cuchillo. Eso debe ser el cuchillo. Viejo maldito. Mi niña, prepara un buen jugo para los amigos aquí. Toma, toma, toma. Troceaba Susana las ruedas de piña. El Licenciado Valbuena miraba las cejas peludas de Medina y, por su parte, Martín Romero los tobillos flacos que asomaban por el borde del pantalón amarillo claro de la pijama. Medina miró hacia el Licenciado Valbuena, y éste, algo sonrojado, como siempre sucedía cuando el viejo lo sorprendía en sus soporífero gesto de contemplación, cambió bruscamente la dirección de su mirada y la colocó sobre Martín Romero. El policía, por su parte, elevó la mirada desde el suelo y se topó con el perfil del viejo. Un pequeño continente desvencijado en el inmenso océano de las nueve de la mañana. Las nueve. Debe ser. Visto de perfil, el viejo mostraba en todo su tenor el pronunciado entrecejo. Cornisa de pelo. Éste, cuando piensa, los pensamientos se le deben enredar allí, en la tupida maraña grisácea. Es gracioso. Y quizás sea consecuencia de una gracia así esta sutil, fría y distante ternura que colma como agua sucia la ya espesa ciénaga de mi ánimo. Esto también es gracioso. Bravo, Romero. Quieto, quieto. Por ahora haré caso omiso de tu burla recurrente. Pasa que llama mucho mi curiosidad lo que un tipo despreciable como yo es capaz de sentir por este despreciable viejo. Mira, las orejas también se le han llenado de pelo. Eso sí no lo recuerdo. Deben habérsele llenado después, o simplemente no me fijé aquella noche. Después de todo, así es la vejez. La calvicie hondea la horrenda bandera de su victoria en la colina más alta, desde donde todo el mundo la pueda ver, pero los asquerosos orificios se llenan de pelo. Bueno, pero éste, calvo no es. No. La verdad, no. Medina es hombre de pelo en pecho, en las narices y las orejas ¿matarías a un hombre así? No. Para algo así se requiere de algo más que el manso desprecio que pesa en mis ojos al mirar. En aquél entonces yo creí que lo tenía. Ahora ya no lo creo. Por lo tanto, ahora, ya no lo tengo, y esto me hace saber que, entonces, por aquél entonces, tampoco lo tenia como creí. Pero ¿no que la revolución? No. Era sólo manso desprecio. Sólo eso.
Por su parte. El Licenciado Valbuena, naufragando en el disimulo, intentaba mirar bajo la visera de la gorra cuya sombra cubría casi por completo el rostro del policía. No le parecía correcto que no llevara uniforme, como los demás ¿A cuenta de qué? Seguramente de que el Comisario no es de los que se toman las cosas muy en serio. Qué más. Claro. El pueblucho de mierda. Y la verdad es que, con esta gente, se entiende… pero, aún así: debería llevar su uniforme, como los demás. Policía es policía, aunque en pueblucho de mierda sea. Yo soy secretario, y no por eso voy a dejar de observa ciertas regla... en fin, las que sean, siempre las hay, se sobreentiende ¿o no?. Pero nuestro Comisario ¿nuestro? Pero este policía, nada; ni el uniforme. Los atuendos son más importantes de lo que la gente suele creer. Si respetara el atuendo, este Comisario sería, sí, nuestro. Y eso, ahora que lo pienso, es lo que pasa con este sujeto. Nada hace por congraciarse. Es tan extraño a todos como el primer día que llegó. Hasta un turista de fin de semana es más accesible. Parece que se fuera mañana ¿Será que se va mañana? Pero, según la carta que trajo de Montenegro, nada indica que el sujeto esté sólo de paso. No. No lo creo. Muy probablemente éste sea como yo: no tiene a donde ir. Estoy seguro de eso. Cuando me vine a Buenaventura, tampoco me gustó, y miraba a mi alrededor con desdén. Hasta que pronto me dije: no tienes a dónde ir, así que mejor te preparas para estar cómodo aquí. Es jodido, ya lo creo que sí. Pero, en fin. Estoy aquí. Pero éste como que cree que se las sabe todas. Bien, bien mi querido Comisario. Pero el día menos pensado pisa en falso y cataplum, al suelo, como todos los que creen que se la saben todas. Entonces cambian de cara, bajan ese tono de insolencia y se vuelven mansos. Yo esperaré. Sus puntos débiles aparecerán, ya aparecerán, claro que sí. Y no sé por qué se me hace que este sujeto es, todo él, un gran punto débil. Por lo pronto, tengo tiempo. Viejo y comemierda, como sea, tendrá que ganarse a Medina, cosa por la que no ha hecho mucho esfuerzo, que se diga. Y, en eso, por lo demás, le llevo años de ventaja. Eso está, pues, a mi favor. Ya veremos.
Por sobre el pesado silencio que entre los tres se había acumulado durante largos minutos, comenzó a correr un leve tintineo de los cristales y rozamiento de los pies descalzos de Susana. Los tres hombres levantaron la mirada para verla aproximarse por el pasillo. Medina mostró una sonrisa de alivio. Cuando Susana llegó hasta la mesa de centro, donde colocó la jarra de jugo y los tres vasos, todos se reacomodaron en sus asientos y, los otros dos sumaron a la de Medina sus sonrisas de alivio.
−Ah, gracias a mi niña −dijo Medina, mientas se acercaba a tomar el primer vaso de los tres que había servido la muchacha. Luego, con la mirada dirigida a Martín Romero, agregó: −¿Ya conoce UD. a Susana, Comisario? Primero Martín Romero observó con cuidado el rostro complacido del viejo, esa triste felicidad que se confundía entre los desgraciados pliegues de su rostro. Se refirió a la muchacha como si tratara de un cofre lleno de alhajas, o cualquier suerte de tesoro parecido. Luego respondió:
−Sí, claro, claro que sí, hace un rato, a la entrada. Ella −¿cómo te llamas? −interrumpió, al tiempo que miraba a la muchacha.
−Susana.
−Eso. Susana… hace un rato, a la entrada, digo…ella fue quien abrió. Tiene UD. una hermosa nieta −sentenció Martín Romero, al tiempo que hacía un sutil movimiento de cosquilleo sobre la cabeza de la muchacha.
−¿Cómo dice? −preguntó Medina. Martín Romero dejó la cabeza de la muchacha. Miró a Medina y, acto seguido, al secretario Valbuena ¿Qué dije? La pusiste, Comisario, la pusiste. Le has dado al viejo en el mero centro. Él te habla de la putica preferida de su vida, el tierno bizcocho para sus podridas encías, y tú lo halagas como orgulloso abuelo. Estás muy lejos de ganarte al viejo.
−Y tú ¿Qué haces descalza? −preguntó Medina, y señaló con sus labios al suelo, a los pies de Susana.
−Estoy en la casa ¿no? −respondió Susana− Tú dijiste que no debía andar por la calle sin zapatos −insistió.
−Pero tampoco en la casa. Menos aún si hay visita, muchachita. −sentenció Medina, y señaló hacia la puerta del cuarto de donde había salido. Susana se dio media vuelta y se marchó.
−Creo que éso no era necesario −opinó Martín Romero. Luego comenzó a beber el jugo del vaso que había tomado de la mesa.
−¿Cómo dice? ¿Qué UD. cree qué cosa? Le diré, Comisario Romero, que en cuanto a esta muchachita, nadie más que yo sabe lo que le conviene o no. ¿Me entiende UD., Comisario? −advirtió Medina y, durante unos cortos segundos, antes de que lo sacudiera un fuerte ataque de tos, siguió su advertencia de una mirada llena de furia con la que, según Martín Romero, quiso fulminarlo el viejo.
Pero mas bien parece que es él el que se está quemando por dentro. Mierda, va a vomitar el cerebro. Alguien que le dé una palmada al viejo. Tú mismo, Romero. Allá voy. Con cuidado, no vayas a romperle la espalda. Calma, calma. Conozco esa furia impotente. Ya la vi una vez, aquella noche. Eso también lo recuerdo con claridad, en medio de la penumbra del rancho. Mas bien, es como vivirlo otra vez, como ser tocado en el brazo, hace rato. Manos de rana, furia de enfermo. Por qué no me matas. No tienes cojones para hacerlo. Cojones, no lo sé. Pero nunca tuve la intención de algo así. Ni aquella noche ni esta mañana. Me aburre tanta pasión inútil. Así aquella noche, así esta mañana.
Cuando Medina logró recuperarse, Martín Romero volvió a su asiento, Ya sentado, advirtió que Susana se había asomado por la puerta de la habitación. El viejo, con el cabello alborotado y las ropas desencajadas, se afanaba en recobrar la compostura. El Licenciado Valbuena no se había movido de su asiento. Medina miró al gordo primero y luego al policía. Acto seguido, volteó bruscamente hacia la puerta de la habitación, que Susana acababa de cerrar otra vez. Entonces se sentó, cayó de cansancio.
−Bueno –exclamó el viejo− ¿En qué estábamos?
−Puede continuar con su ataque de tos −murmuró Martín Romero
−¿Cómo dice? −preguntó Medina
−El Comisario Romero, Señor, ha venido con el propósito de aclarar algunas cosas −intervino el Licenciado Valbuena.
−¿Qué cosas? −preguntó Martín Romero, se levantó la visera de la gorra, y luego agregó −Yo no he venido a nada, Valbuena. UD. me pidió que viniera aquí. Sólo UD. sabe para qué. Vaya al grano ¿quiere?
−De acuerdo −el gordo comenzó levantándose del asiento. Una vez de pie, repitió− De acuerdo, Comisario. Pasa que queremos saber de qué se trata todo este asunto.
−¿Qué asunto? −preguntó el policía, mientras golpeaba contra la uña un cigarrillo.
−¿Cómo qué asunto? ¿A qué ha venido UD. aquí, a Buenaventura? −preguntó el gordo.
−Me mandó Montenegro. Ya UDS. Lo saben ¿o no? −respondió Martín Romero, mientras buscaba el encendedor.
−Obviamente, eso lo sabemos, Comisario Romero. Por lo demás, UD. nos entregó aquella carta el día que llegó. Nadie duda que lo haya enviado Montenegro. Pero pasan los días ¿Cuántos ya? −cuando esto se preguntó, el gordo miró hacia Medina, cuyo agotamiento parecía haberlo sacado por completo de escena. Entonces el secretario continuó− más de tres semanas. Casi un mes. Pasado mañana, doce de octubre, se cumple un mes ¿no? −volvió a mirar a Medina, que permanecía en la misma posición, con la mirada perdida y sin decir palabra. Entonces retornó su mirada al policía.
−No lo sé. No llevo la cuenta. −dijo Martín Romero.
−Bueno, nosotros sí −reafirmó el gordo. Un mes, pasado mañana. Y no sabemos absolutamente nada. UD. nada dice. El Señor Medina piensa que debía UD., al menos, pasársela de vez en cuando por su despacho ¿No lo cree?
−No −respondió Martín Romero. Mientras encendía el cigarrillo.
−¿Cómo dice? −preguntó el licenciado Valbuena
−Que no. −insistió el policía.
−No comprendo. −dijo el gordo, y se tocó la frente con la punta de los dedos.
−¿A qué? No tengo nada que decir, o qué informar, como UD. desea. −dijo Martín Romero.
−¿Y qué dice Montenegro? −preguntó el secretario
−No lo sé. Ni siquiera sé si dice algo −respondió Martín Romero
−¿No ha hablado con él? −preguntó el gordo
−No −respondió el policía.
−¿Desde que está aquí no ha tenido ninguna comunicación con Montenegro? –insistió el gordo.
−Le he dicho que no ¿Cómo quiere que se lo repita, Licenciado? −replicó el policía.
−Un momento, Comisario. Yo entiendo que Montenegro ha estado durante cierto tiempo interesado en grandes proyectos de inversión aquí, en Buenaventura. Entiendo que de ello ha hablado en más de una oportunidad con el Señor Medina. Entiendo, además, que, según sus más recientes conversaciones, la cuestión era ya prácticamente un hecho, y que, por eso, precisamente, está UD. aquí. De hecho, algo así indica Montenegro en la carta que UD. nos entregó a su llegada ¿Estoy equivocado en algo? −terminó preguntando el Licenciado Valbuena.
−No lo sé. Si UD. entiende todo eso, así será. −dijo Martín Romero.
−Entonces, de Montenegro nada. −dijo el gordo.
−De Montenegro nada −repitió el policía.
−¿Y UD. espera que creamos eso, Comisario? La cosas no funcionan así, perdóneme UD. −y volvió el gordo a ver a Medina. Pero el viejo, nada.
−Yo no espero nada, Valbuena. Pero, si insiste, le diré cómo funcionan las cosas. Montenegro me indica lo que hay que hacer. Yo lo hago. Y punto. Ni opino ni pregunto. No es mi trabajo. Sólo espero órdenes. Y, hasta ahora, desde que llegué aquí, ninguna. Rigurosamente hablando, Licenciado, puedo decir que soy el mismísimo ejecutivo..- casi un ejecutor. −Martín Romero y el gordo miraron hacia Medina, que había levantado la cabeza y dicho algo que nadie terminó de escuchar.
−Comisario ¿y El Moise? ¿Qué hay de el negro? −preguntó Medina, mientras miraba directamente al policía. El Licenciado Valbuena no pudo evitar un grosero gesto de aborrecimiento. Elevó los brazos, se restregó el rostro, y se fue de nuevo a su sillón.
−¿Qué con él? −replicó el policía
−Dicen que estuvo por aquí, de nuevo −dijo Medina.
−Ah, sí. Hace unos días. −respondió el policía.
−¿Y lo dejó ir? ¿Por qué? −preguntó Medina.
−¿Y qué otra cosa debía hacer?. No hay nada en contra de ese hombre. El pobre diablo parece un fantasma. Lo tuvimos un par de días en el comando. El Padre Claudio...
−Sí, sí… ya lo imagino, al Padre Claudio. −interrumpió Medina. Luego, mientras se paraba del sillón con cierto esfuerzo, continuó −El pobre diablo, Comisario, es un convicto, por si no lo sabía.
−¿Convicto? −preguntó el policía entre risas.
−Sí, Comisario Romero. De rebelión e intento de homicidio. −insistió Medina. A su vez, el policía, se volteó para mirar al licenciado Valbuena. El gordo se encogió de hombros. Luego volteó de nuevo hacia Medina para escuchar lo que decía.
−Debería estar muerto, el negro −continuó Medina− o simplemente haberse perdido para siempre de aquí. Hace tiempo ya. Quince años, lo menos ¿No, Valbuena? Es culpa de Colmenares. Lo que siempre digo: si hubiera yo tenido el equipo apropiado ¿No, Valbuena? Pero no. Lo que UD. diga, Señor. Van y hacen las cosas a la mitad, o las hacen mal, o simplemente no las hacen. Ese negro se enredó con un grupillo de maleantes, y que comunistas, UD. sabe. Vienen por aquí y alumbran a estos bobos con sus recetas acerca del mundo mejor y demás mierda. Se lo dije a Colmenares: no me gustan estos tipos. Tres, cuatro semanas viniendo por aquí de seguidas. No me gustan estos tipos, Colmenares. También se lo decía a Valbuena. Hasta que un día, zás, capturado. Yo mismo, el mismísimo Medina ¿eh? ¿qué le parece?. ¿Y Colmenares? Bien gracias, en el “Claro de Luna”, supongo. No se pela un fin de semana en el “Claro de Luna”. Y Valbuena lo mismo ¿No es así?
−UD. mismo dijo que no volvería hasta el lunes. −dijo el gordo sin mirar a Medina.
−Bueno, sí. Es verdad. Creo que iba a una de mis primeras reuniones con Montenegro ¿no? −preguntó el viejo
−No lo sé. Nunca dijo nada, o no lo recuerdo. Pero de eso deberíamos hablar ahora, de Montenegro −dijo el gordo en tono reseco.
−Y casi hasta el lunes en la mañana me tuvieron allí los malditos. Eso sí que lo recuerdo bien. A la postre, dos semanas después, capturamos al negro y di por resuelto el asunto. Los coñitos comunistas no volvieron más, y si lo hubieran hecho los agarro también a ellos, se lo aseguro. Se van todos a la fosa, con el negro. Pero, por alguna extraña razón, desde hace casi un año para acá anda merodeando de nuevo por Buenaventura. Hay quienes dicen que, en realidad nunca se ha marchado, que siempre ha permanecido por aquí, transfigurado: árboles, animales, rocas, sombras... cualquier cosa. Nunca he dado mucho crédito a estas vainas, se lo aseguro. En fin, quién sabe, a estas alturas ya no sé ni qué pensar. Lo que pienso es que sea lo que haya sido eso que estuvo en el comando, no lo ha debido soltar. Pero claro, el Padre Claudio. Hasta el cura manda más que yo en esta mierda...
La voz del viejo se fue apagando antes de terminar las últimas palabras. El gordo y el policía se miraron. El primero hizo señas al segundo para que se marcharan. Martín Romero, a su vez, pidió al otro con la mano en alto que esperasen. El gordo volvió a su sillón. Medina, con un cigarrillo colgando de los labios, buscaba pacientemente en los bolsillos de la bata y el pijama el encendedor. Nadie te escucha, viejo. Nadie, en realidad, te toma en serio. Comunistas en Buenaventura. Vaya mamarrachada. A quién se le ocurre. Para mí que el viejo se quedó por allí, con alguna vieja, que lo peló. Tú sabes. Véngase, mi viejito lindo con mamita y no más te das la vuelta y te dejan en calzoncillos. Para mi que el viejo ya estaba un poco tocado, y va de mal en peor. Mira esa expresión en la cara, como si fuera chupando un limón. Para mí que El Moise es el mismo Diablo, y el viejo pactó con el. Eso es, claro. Y ahora no haya cómo rajarse. Al Diablo nadie lo mata. Ni el mismo Dios pudo con él. Medina lo va a joder. Sí, como no.
−¿Tiene fuego, Comisario? −preguntó Medina
Martín Romero se aproximó a él y encendió el cigarrillo que desde hacía rato el viejo llevaba en la boca. De nuevo Susana se había asomado por la misma puerta, entreabierta. De entre la sombra de adentro se podía distinguir su cabello amarillento y lo que martín Romero supuso era su mirada risueña. No vio los ojos. Sólo percibió esa mirada que tanto contrastaba con el cuadro desolador del que él mismo formaba parte en la sala. El viejo, que una vez más se percataba de la mirada distraída del policía, volteó hacia la puerta. Pero, otra vez, la halló cerrada.
−Creo que tendrá que disculparme, Comisario. Estoy cansado. −dijo Medina
−Ya me iba −respondió Martín Romero.
El gordo y el policía salieron. Ya afuera, antes de cerrar la puerta, escucharon el carraspeo y la tos del viejo. Valbuena cerró la puerta, y entonces dijo:
−Es lo que digo: éste ya no da para más ¿Se da cuenta, Comisario? Ni siquiera atendió a lo que hablábamos. Él mismo fue el que me dijo que lo trajera aquí, porque quería saber qué pasaba con Montenegro, y que ya UD. debía preparar un informe completo, y qué sé yo. Entonces se queda mutis, y dale con lo del Moise una vez más. En fin.
−Pero UD. acaba de decir que era yo el que había venido con el propósito de aclarar no sé qué cosas. −advirtió con sutil molestia el policía.
−Bueno, sí. Por lo mismo. Pensé que Medina reaccionaría. −dijo el gordo
−Para mí fue una estúpida manera de presionarme, Valbuena. −advirtió de nuevo Martín Romero.
−Le pido disculpas, Comisario. Pero también entenderá UD. que ese hermetismo suyo genera mucha suspicacia. Estará UD. de acuerdo conmigo en eso al menos. −replicó el Licenciado Valbuena.
−Si UD. quiere insistir, es su asunto. Ahora, le diré algo. En lo que yo tenga alguna noticia de Montenegro, se lo hago saber ¿De acuerdo? −propuso Martín Romero.
−De acuerdo −dijo el gordo más tranquilo.




