textos, pretextos y otras mentiras...

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El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

Ciertamente. Si crear es acción y, como toda acción, implica transcurrir ¿cómo ha podido este dios crear el pasar si no pasando él mismo? Y si el tiempo -esa forma de todos los fenómenos, decía Schopenhauer- es la forma que el pasar adquiere en la medida en que sí y sólo sí es captado y medido por conciencia del pasar ¿cómo ha sido posible a este dios crear el tiempo si no tenía conciencia del pasar y era sujeto de tal? Dicho de otra manera, ante semejante portento de voluntad y acción como el que este dios representa, y que lo coloca, en tanto que ser pleno y eterno, saliendo de sí mismo para hacer-se a sí mismo, la pregunta incómoda es ¿cómo pudo un ser que actúa -y que, por tanto, no es pleno- hacerlo sin pasar y sin tiempo no previos a su acción misma?

Aunque torpe y de muy mal gusto desde el punto de vista literario, históricamente está muy bien la épica que hace de Dios una suerte de héroe hacedor de justicia frente a las tinieblas y el abismo. Desde el punto de vista narrativo, este dios se presta a hacer de inicio. Sin embargo ¿qué de las tinieblas y el abismo, del todo oscuro e impenetrable del que él mismo emerge como inicio? Porque de suyo que sin oscuridad no puede haber luz, ni cielo sin abismo. Pasa que, como digo, sólo narrativamente cabe a un dios hacer de inicio en la historia de un universo total. Sin embargo, si es eterno, a dicho dios no cabe pasar. Luego, ontológicamente, esta historia miente. Y sólo como mentira sublimada religiosamente puede ser sagrada. En otras palabras, en tanto que historia, el Génesis no es más que una estafa ontológica. Yo, que también tengo una historia, pero que la tengo sólo gracias a que siempre he sido y sigo siendo en el abismo en que no cabe la de este dios, soy testigo de ello.

En efecto. Antes de que este dios se diese cuenta y terminara de pestañear, ya había yo dejado en las meras ramas el árbol que plantó en medio del Eden. Allí debe estar todavía, pelado y reseco, crujiendo al azote de los vientos del pasar. Vengo del abismo; yo sí que sé lo que es emerger de las tinieblas que la tenue luz de su divina bombilla no alcanza iluminar. Y al abismo voy. Finito y mortal, no sólo muero, sino que soy la muerte misma en dos patas y de paseo por el pasar en que este dios pretende reinar. Sólo que dicho pasar es lontananza cósmica, demasiado grande para la pequeña huerta de su eternidad. No basta un árbol. Soy la plaga del paraíso, la temporal langosta que arrasó con las cosechas atemporales de su histórica eternidad. Soy el azote de un dios que, incapaz de morir por sí mismo, pende de muerte ajena. Y, pregunto yo ¿en universo en el que nada escapa al movimiento y en el que sólo es posible ser dejando de ser, qué podría hacer más vulnerable a un ser que no ser dueño de su propio morir mientras camina a ésa, la más extrema posibilidad de ser que la muerte es para todo cuanto vive? Con historia, pero sin muerte, este dios es un contrasentido. Es como una historia con inicio, pero sin final. Soy, pues, el Atila ontológico de este reino inconcluso, diferido y a la espera. El árbol: lástima que este dios plantara solo uno. Porque, si de pecar se trata, me hubiese cargado el bosque entero. En cualquier caso, me lo comí todo, y quiero más.

Para lo cual, por cierto, nunca jamás he requerido de tentación ni demonio alguno, pues soy el demonio mismo de mi propia conciencia temporal. De bien poco se vanagloria este dios. No he sido condenado al tiempo; soy temporal y, en tanto que tal, él único ente capaz de crear tiempo en un pasar sin inicio y sin final. Nada tengo de inocente, ni de criatura. Absurdo cmo el que más, gracias al tiempo -sólo susceptible a un universo en movimento- con sólo pasar, sé que paso. Soy, pues, inteligencia, memoria y voluntad; ente temporal -finito y mortal- que, para ser, ha de hacer su no ser caminando hacia su propia muerte.

Mucho más lentos y perezosos, Adán y Eva comieron lo que dejé. Para pecar, bastó con las sobras. Tras lo cual, fueron echados del reino. De la eternidad al tiempo. Ya que, al parecer, en esta historia la eternidad es una suerte de saco sin fondo, en el que Dios, a discreción, a ratos recoge lo que se encuentra en su camino; a ratos se deshace de ello. No podría ser de otra manera para un dios que, en lugar de crear, se topó lo hecho. Y por eso, así como condenó a la serpiente a ser serpiente, condenó al mortal a ser mortal. En todo caso, el par de mocosos que en esta historia aparecen como los primeros en pecar sí que necesitaron de un empujón para caer. Yo no. Yo lo hice por mis popios pies. Y no una, sino que lo sigo haciendo, una y otra vez.

Este dios no ha creado el universo ni la criatura a la que llama suya. Todo él no es sino proyecto. Aristóteles lo llamaría dios en potencia. Con lo cual, no obstante, ya no sería dios, sino una entelequia que participa de forma y materia. Como héroe de su propia historia, este dios no ilumina, sino que, con su actuar, queda reducido a mera valoración moral del abismo. En tal sentido, lo que este dios sí ha hecho es convertir la mortalidad en delito de conciencia y la muerte en puerta abierta al más allá en el que espera sentado por el retorno de su criatura, que ya no es la misma inocente que creó, sino una muy otra, que ha degenerado y devenido pecador. La historia vendría a ser síntoma de dicho delito y el alma de dicha puerta.

Sin embargo ¿cómo queda Dios en todo este proceso? Ya que, para tener una historia, no cabe ser eterno; hay que ser sujeto de temporalidad. El problema con un dios que, como éste, se historiza es que su eternidad se torna vulnerable a la narrativa. Con lo cual la caída pasa a ser mucho más que la eventual desgracia de la criatura, y se convierte en la mismísima trampa narrativa en que ha caído este dios. ¿Cómo pudo, desde su eternidad, crear el tiempo y el pasar en dónde arrojar su criatura si tiempo y pasar no eran previos a su condena misma? Es decir, si no lo eran ¿cómo pudo haber tenido lugar la acción narrada de la caída?

El delito que este dios imputa a su inocente criatura ya había sido perpetrado desde mucho tiempo atrás; por mí, que vengo del abismo y al abismo voy. El demonio -que no es sino conciencia temporal penetrando el reino- no es más que el chivo expiatorio en esta comedia protagonizada por un inocente que no es tal. Soy testigo de la estafa con la que esta historia sagrada nos vendió la muerte como la marca con que Dios herró a su rebaño. Cuando el rebaño, en verdad, ya tenía dueño: se llama tiempo, pasar, duración, finitud y mortalidad; en suma, movimiento. Dios lo sabe bien. Llegó tarde. Cuando todo estaba hecho y en pleno movimiento. La vida no esperó por él. Y, con su historia, sólo ha pretendido sumarse a la fiesta como el centro de atracción.

El problema es que, como digo, al hacerlo, se ha historizado a sí mismo. Y ya no puede deshacer el entuerto. No es el tiempo el que requiere de un dios que lo haya creado, sino este dios el que requiere aparecer como su creador. Sólo que, para ello, y pese a ser dios, ha de comportarse como el personaje temporal de una narración. Su eternidad se ha contaminado de finitud. Su reino, que ahora pende de la mortalidad y de la muerte, se ha convertido en proyecto y él en dios que no muere. En tanto que dios-héroe, no es más que objeto narrativo, ya no es eterno; tan solo duradero. Y, aunque dure eternamente, ha quedado fuera de su eternidad. Ya no hablamos de si este dios creó o no creó el mundo y la historia, sino de que, dadas las consecuencias ontológicas del acto creador, más le valdría no haberlo hecho.

Ahora le toca revertir lo hecho, y arrancar del pecador -ente temporal condenado a temporalidad- la eternidad desde la cual ser adorado. Por eso le asigna un alma, suerte de criatura en segundo grado que, descarnada, es lo que al morir sobra. Por eso lo de la salvación, suerte de caída al revés, de abajo hacia arriba, como para congraciarse con un devenir que atenta contra su ya decrépita desgracia de ser eterno o, más exactamente, de nunca morir, que es lo que cabe a un dios que se historiza. A estas alturas, digo yo, tiempo y pasar los que habrán sobrado a este dios para haber aprendido que es mejor morir que no haber sido nunca. Es lo que mejor se aprende en el abismo, al que este dios no se ha asomado nunca y desde el que tan fácil es advertir cómo le saca el culo.



La cuestión es que yo no fui arrojado del paraíso; me largué yo mismo, por la puerta de atrás, la que da al abismo del que siempre he venido y al que siempre vuelvo, antes de que este dios se diera cuenta. No esperé por la ira de Dios, ni por la tentación del demonio. Para demonio yo, capaz de asumir la temporalidad ante el que este dios recula. Hecho de tiempo y pasar, experto en muerte y en vivir la muerte que de hecho soy ¿qué podía agregar este dios a mi entidad? ¿Un alma? No sabría qué hacer con algo que ni para morir sirve.

En realidad, para largarme del paraíso, me bastó el paraíso mismo y un dios al que le basta ser adorado por la infame criatura que a los efectos se creó. ¿Cómo admirar a un dios así, incapaz de reconocerse como tal en su soledad cósmica y ávido del mas vil de los halagos, como es la oración? Este dios no sólo es incapaz de morir, sino que, si no se reconoce en su soledad, es incapaz de soportarse a sí mismo. Entonces, si no puede soportarse a sí mismo ¿cómo pretende que lo soporte yo y lo adore? Es mucho lo que a este dios le falta por madurar, me dije, ya al borde del abismo y con un toque de lástima que sún me repugna cuando lo recuerdo con mi memoria estomacal; es un principiante, un muchacho con inquietudes, un necio con poder infinito, como todos los necios. Entonces, me arrojé en silencio, dejándolo en el reino que él mismo se encargaría de terminar de asolar.

Por lo demás, no me hacen los aires de la eternidad. Se percibe allí un hedor a aburrimiento que ni los dioses mismos pueden soportar. Éste dios es evidencia de ello. Por eso el apuro de hacerlo todo en siete días. Y luego lo del árbol, a ver si pasaba algo en tan insoportable eternidad. Su historia no habla de su eternidad -lo que sería narrativamente imposible- sino de su aburrimiento; el de un ser que no es y tiene que hacer-se para ser a partir de su no ser. Pero, en su caso, esto no es más que vulgar temporalidad de un ente que, para ser, ha confundido eternidad con nunca morir. Y sólo por eso Dios se empeña en seguir siendo dios.

La inocencia tampoco me sienta bien. Eso es sólo para criaturas, y no para entes temporales, venidos del abismo y llamados a darse ser a sí mismos mientras el morir los vuelve al abismo. Lo cual, por cierto, sólo es posible ante el espectáculo de una existencia absurda, o sea, cuyo misterio no está allí para resolverlo, sino para ser-lo y participar de él. La vida no es sino movimiento, que acaso exija de los entes temporales con conciencia de pasar una historia, pero no razón de ser. La mentira más infame acerca de la vida la ha proclamado este dios por boca de su emisario: no la verdad -como asegura- sino el absurdo nos haría libres. Entender algo así es lo que hace la diferencia entre ente temporal y criatura.

Claro que para un dios que sólo pretende ser adorado, ésta ha de ser la más incómoda de las verdades. De allí su amor a la criatura, porque no somos más que sus criaturas. Es lo que este dios ama: lo que ha creado con el propósito de ser adorado. Con lo cual este dios se define a sí mismo como un fetiche que clama idolatría. De allí su odio a los idólatras que no lo idolatren. En todo caso, por amor acaso sea yo capaz de terminar en la misma acera junto al más sarnoso de los perros. o en la misma cama junto a las más podrida de las prostitutas. Pero jamás compartiría el mismo reino con dios alguno, y mucho menos me despojaría de mi condición mortal para adornar sus jardines. Siendo, pues, la muerte el estilo de la existencia temporal y pecar devenir según ejercicio de la voluntad ¿qué otra cosa podía yo hacer que largarme de aquél inhóspito lugar? Así que, como digo, me arrojé yo mismo. Y si acaso este dios fuese capaz de salvarme, me volvería a arrojar. No estoy aquí para adorarlo, sino para existir. Hay que seguir, voy a seguir, dice Beckett por boca del innombrable.

Demasiado cuanto este dios depende de una narrativa épica en la que caída y salvación hacen de eventos grandiosos y trascendentes. Pero, evento al fin y devenir de por medio, caer es tanto como bajarse de la cama del mito, y salvarse equivalente a volver a ella hasta el día siguiente, cuando sólo cabe bajarse otra vez. Iniciada la historia, sólo cabe seguir, y bien poco lo que puede un dios hacer para cambiar eso. El misterio no está en qué le ha dado inicio, sino en el ente temporal que ha de darse ser a sí mismo y que ha de hacerlo históricamente. Cualquier dios puede emerger del abismo para montar su carpa aparte. Pero la gracia -no la divina, sino la de existir- está en ser abismo. Este dios es un yerro de cabo a rabo. La historia es narrativa que da forma al pasar. Por lo que sólo sirve para seguir, y no para establecer huertos inmutables, pero sin eternidad, y sólo aptos para dioses que, incapaces de morir, sólo sirven para durar. La muerte está en mí, pero no como castigo añadido por un dios incapaz de morir, sino como una inteligencia superior que determina mi seguir hasta la extrema posibilidad de ser. Me soy, diría Pessoa, con ese acierto antigramatical del que sólo la buena narrativa es capaz. En realidad, no podría complacer a este dios ni que me lo propusiera. Pues, más que un pecador, soy el pecado mismo que, erguido, se pasea a sus anchas por las calles sin salida del abismo.

Pero volvamos a la historia de este dios, que ante el abismo recula y ha hecho de su reino tienda aparte: esa pequeña huerta en la que se pasea como un viejo en bata, cuidando de su cosecha y espiando al par de mocosos en pelotas que codician el fruto de su árbol preferido, que es, precisamente, el prohibido. En realidad, no hay que ser dios todopoderoso para presumir que más temprano que tarde le van a echar diente. Dios sabe que ese árbol es la puerta a la finitud y mortalidad de la existencia temporal, que coexiste con su recien creado reino. La trampa está tendida. Como todo en este reino, caer es cuestión de tiempo. Pero la historiade este dios nada dice de ello. No nos habla de nuestra entidad como mortales, sino de la muerte imaginada como castigo de la criatura que se ha rebelado y pretende ser su igual; es decir, que pretende saber aquello de cuyo conocimiento su creador la ha privado con el propósito de ser adorado:

"Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal."

Es lo que dice la serpiente a Eva. De modo que la mujer -que consciente de lo que hacía por advertencia previa de su señor, y que ahora confirma por tentación de la serpiente- come del fruto prohibido a sabiendas de ello. Luego quien peca es de todo menos inocente. Por eso peca, porque tiene conciencia de su acción como pecado. Eñ inocente pede cometer un yerro, es decir, una acción equivocada. Pero el pecador nunca; el pecador la perpetra. Y Eva, además de ser mujer -lo que en el vernáculo machismo bíblico es sinómimo de potencial demonio- es tan consciente de su acción que, incluso, percibe aquel fruto como deseable para alcanzar nada más y ada menos que la sabiduría. Y, al pecinirlo así, se convierte ella misma en demonio, pues arrastra en su acción a su pareja.

"Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella."

De manera que ni el que tendió la trampa, ni los que cayeron en ella, llegan en blanco a protagonizar la escena más importante de esta historia. Dios lo ha indicado claramente a Adán y Eva, cuando, al referirse al árbol plantado en medio del huerto, indicó: "no comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis", según refiere la misma Eva a la serpiente que la tienta. La serpiente insiste, y lo hace diciendo: "no moriréis", es decir, asegurándole que, si lo que teme es morir, que tome el fruto, pues no ocurrirá lo que Eva ya teme que pueda ocurrir si lo hace. Tal situación no deja ninguna duda a la hora de inferir, como yo infiero, que Eva tenía plena conciencia de muerte. Y conciencia de muerte es conciencia de lo perecedero, de la existencia temporal; conciencia histórica, en suma. De hecho, su temor no es otra cosa que un síntoma de tal conciencia. Sin embargo, según el Génesis, era tal la inocencia del primer hombre y la primera mujer, que sólo tras comer de aquél árbol descubrieron su desnudez.

"Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales."

¿Cómo es eso que quien no sabe ni siquiera que está desnudo es consciente del tiempo y de la muerte? Eso sólo es posible en una historia como la del Génesis, basada en una curiosa ontología, según la cual la diferencia entre inocencia y conciencia, criatura y pecador, eternidad y temporalidad la hace un delantal. Pero, según esta historia, éste seria, popiamente hablando, el instante que da inicio a la historia, segun conviene a un dios que precisa del pecado como el cepo moral al que someter al ente temporal con inteligencia, memoria y voluntad. Por lo demás, dicho propósito está claramente precisado, cuando Dios, tras lanzar su lista de maldiciones a la pareja, concluye:

"El hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre."

Sólo que, si ha venido a ser, es porque de la creación a la caída las cosas transcurren y la criatura se transforma; o sea, que hay devenir en esta supuesta eternidad. Lo cual confirma que la criatura -que deviene- no puede ser inocente, así como que el reino que este dios se ha forjado para se adorado en la eternidad es mucho más histórico de lo que cabría esperar. Dicho en otros términos, sólo la inteligencia, memoria y voluntad de la criatura pueden dar sentido y razón de ser a la rebelión. Todo lo demás -árbol, serpiente, hojas de parra y hasta la iracundia de este dios- es sóĺo paja narrativa que esconde el grano ontológico. Con lo que este dios y su reino quedan atrapados en su propia historia fallida.

De manera que si esta criatura, lo que podríamos llamar la primera y equivocada versión del hombre, era realmente inocente ¿cómo se explicaría tan premeditada actitud como la que describe el mismo inicio del pecado? ¿Cómo es eso que quien no tiene noción siquiera de su desnudez, es capaz, sin embargo, de ambicionar el conocimiento y de concebir el derrocamiento de su señor? ¿Y cómo entender el cinismo de esta inocente criatura que, una vez descubierta, se empeña en seguir apareciendo como como tal ante los ojos de aquel cuya confianza ha traicionado? Adán culpa a su mujer: la mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí, le dice a su Señor. La mujer, a su vez, culpa a la serpiente: la serpiente me engañó, y comí, dice a su señor. La inocente criatura, una vez profanado el orden divino, es tan consciente de su responsabilidad que, incluso, la evade. Y esto no es un detalle menor, pues Dios arremete incluso contra la misma serpiente que, al parecer, era un animal astuto, nada más, todavía sin rango de demonio, como el que comienza a tener a partir de entonces, según maldición divina:

"Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida."

Castigo que vaya uno a saber cómo tomarse en serio, pues ¿qué sentido puede tener condenar a la serpiente -que hemos de suponer, hasta entonces. en apariencia inocente- a arrastrarse, si realmente se trata de un mero ofidio y no de una forma de conciencia temporal que ha penetrado el reino de la eternidad en que este dios se dispone a ehercer como tal? ¿Qué habrá pensado la serpiente -sobre todo una sobre la que recae tamaña responsabilidad histórica y divina- de un dios que actúa de esta manera?

En fin, otro detalle menor. Más bien, si uno se fija en Adán, habría que preguntar por el tenor moral de la criatura que este dios ha creado, pues ¿quién era este pusilánime varón de poca monta que, ante las demandas de su señor, carece de la virilidad de reconocer su propio error y, por si fuese poco, disimula su culpa acusando a su mujer de lo que él mismo ha cometido y, por si fuese poco, dejando claro, además, que se trata de la que Dios le dio, con lo que se entiende que el muy cretino imputa su responsabilidad al mismo Dios por habérsela dado? ¿En verdad este dios a creado esta cosa a su imagen y semejanza? Porque, si ha sido así, no sólo hablamos de una criatura para nada inocente, sino, sobre todo, mal intencionada, moralmene corrompida y cuya semejanza con su señor deja a éste muy mal parado. Quién lo sabe, Después de todo, puede que, buena o mala, sólo la intención -y si Husserl no me engaña toda conciencia es intencional- explique a cuanta de qué plantó Dios el árbol en medio del Edén.

En cualquier caso, es lo que menos importa. Importa que dicho arbol representa una opción, y que dicha opción es, por sí misma, la del mal, de la muerte, de lo pasahero y perecedero; en suma, la no eternidad. Basta tocarlo y comer de su fruto para optar por ella. Ahora bien, es obvio que, de no haber comido de su fruto, tal abstinencia hubiese sido, igualmente, una forma de reconocer y optar entre el bien y el mal por parte de la criatura. Con lo que ni el mismo Dios, que ha demostrado cuánto se hace de la vista gorda cuando le conviene, creería en su inocencia. Sucede que no estamos ante la inocencia. Estamos ante una criatura que deviene; ente temporal y sujeto de conciencia histórica que no es, como nos pretende hacer creer esta historia, consecuencia de la rebelión -tras la pérdida de su inocencia- sino, por el contrario, su causa.

Además de este acto histórico perpetrado por la criatura contra creador. el pecado es una noción teleológica, que alude no sólo a su caída -inicio- en el tiempo, sino, sobre todo, a su proceso como pecador -ente temporal. Como se ve, a este dios no importa tanto el pecado cometido como la disposición a seguirlo cometiendo. De modo tal que, quien revise con cuidado el Génesis advertirá en la creación un acto fallido, o que este dios, en lugar de crear el mundo, se topó con uno que ya estaba hecho y del que intenta posesionarse a toda costa. Si se toma en cuenta que la inocencia es una falacia puesta en evidencia por el mismo relato mítico, la criatura que Dios creó con el propósito de ser adorado es ya una entidad histórica. De tal manera que, para ser adorado por ella, primero ha de despojarla de su historicidad. De hecho, al parecer, este dios no creó a su criatura de la nada, pues echarlo del Edén fue enviarlo al sitio de donde vino:

"Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás."

Dada su rebelión, cuando este dios comprobó que su criatura no funcionaba para lo que la había creada -ser adorado- ha debido devolverla al abismo temporal del que la tomó y, así, darse a sí mismo la oportunidad de hacerse de nuevo con ella, ya no por medio de la creación, sino de la salvación. En lugar de haber creado el mundo, este dios parece haberse topado con uno ya hecho y de cuya historia pretende ser fuerza inmanente y sentido trascendente. En este sentido, echada del paraíso, la criatura ha sido recreada como parte de una historia que, ahora, no le pertenece, sino que le ha sido prestada como castigo divino y en la que, ahora como pecador, le toca hacer de miserable protagonista, llamado a redimirse por humillación, esperanza y paciencia, nos indica Pablo en su epístola:

"Justificados, pues, por la fe, mantengamos la paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo: por el cual asimismo, en virtud de la fe, tenemos cabida en esta gracia, en la cual permanecemos firmes, y nos gloriamos esperando la gloria de los hijos de Dios. Ni nos gloriamos solamente en esto, sino también en las tribulaciones: sabiendo que la tribulación ejercita la paciencia: la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza..."

En su estricto sentido, como dogma y al margen de las imperfecciones reñidas con la lógica, la Caída no es otra cosa que un estado de conciencia asociado con el sufrimiento de un mortal que no sabe para qué vive y que tiene a la muerte por el peor de los males. El paraíso es una retorcida representación mítica de la inconsciencia total. Sumida en el infierno de su existencia temporal, la criatura, sólo mediante gracia de su señor, puede retornar a su inocencia original. Así, su camino ha sido trazado. Caer en el tiempo es ya morir. Reconciliarse con Dios es hacer méritos para ser devuelto a la eternidad. Con lo cual, la luz brilla al final del túnel para el iluminado. La muerte es fruslería que sólo atormenta al aterrado.

Pero yo, que nada tengo de lo uno ni de lo otro, me niego ir a semejante reino, suerte de hospicio para desmemoriados, y que, para retornar con su dios, han de pasar por la vida sin saber que han pasado. Aparte de que una existencia eterna ha de tener menos sentido aún que una temporal ¿qué sentido, que no sea el de la postrera humillación, puede haber en adorar al dios que te ha condenado a lo que ya eras, y que, por si fuese poco, lo ha hecho con la premeditación y alevosía de convertirse, gracias a ello, en tu salvador?

Puede que todo ello funcione para el que fue creado, arrojado del paraíso por el mismo que lo creó y del que ahora espera ser salvado. Pero para el que se largó por cuenta propia, caer no es cuestión de fe, sino de estilo. Oración o literatura; devoción o estética. Éste es el dios que, con su historia, lo pone a uno a elegir entre la luz que apenas alcanza iluminar el modesto huerto al que llama cielo y las infinitas posinilidades de un abismo -al que llama infierno. Y yo, mortal, he elegido, mucho antes de lo que él, incapaz de morir, pudiera haber previsto y de que, con su historia, hiciera de la muerte esa frontera mítica entre tiempo y eternidad. Vengo del abismo y al abismo voy, Mi muerte no es mítica, sino históricamente real, determinante y definitiva. Lo sé, porque la muero viviendo. Comer de su árbol no fue sino un aperitivo. Soy lo que este dios nunca podrá saber ser: el inicio y el final del tiempo mismo. Porque no hay creador del tiempo. Sólo entes temporales que, para existir, lo hacen como creadores de tiempo. Es lo que se aprende solo y sólo en el abismo.

Porque la muerte no es castigo, sino el estilo de la existencia temporal, morir no es desgracia, sino la mismísima gracia de un ente temporal al que sólo es dable ser dejando de dejar de ser; o sea, existiendo históricamente, y no en una supuesta eternidad en la que todo pasa y nada muere. Jamás he sido inocente y siempre he reivinicado mi ighnorancia. Tengo pleno derecho a las tinieblas y el abismo, que este dios ha pretendido arrebatarme, con la historia falaz del que ni siquera es capaz de morir. Experto en no saber de dónde vengo ni a dónde voy, jamás cambiaría el estilo de mi existencia temporal por el alma prestada de su eternidad, ni el mismísimo abismo que soy por cielo ajeno. En esto, soy peor que Beckett y todos los malditos históricos juntos. No sólo pido, como él, que me dejen ir al infierno. Demando jamás salir. Que para ir, no requiero de pacto con demonio alguno -ya que soy el demonio de mi propia conciencia temporal- y ni siquiera tengo alma que negociar. Y, para jamás salir, me basta con aquí, donde sigo, y quedo a morir completo. 

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.