Allá va, pudo decir quien lo vio. Una cabeza chica agigantada por la cabellera gris, mustia y abundante. Unos hombros de niño que nunca terminaron de crecer. Unas manos huesudas y largas que asomaban temblorosas por las mangas del saco. Unos ojos hundidos, vivaces y al mismo tiempo temerosos que miraban con recelo bajo las cejas exageradamente peludas. El ánimo descabezado del que permaneció postrado en la cama durante tres días. El caminar del burócrata. El burócrata. Era una larga y estrecha calle ligeramente empinada que se iba curvando poco a poco hacia la derecha y desde la que se podía ver la parte alta de los cerros que a lo lejos asomaban sus lomos rugosos y amarillos. Calzadas a lado y lado, también estrechas, y sendas hileras de casas pegadas la una de la otra, de ventanas y puertas alargadas que, abiertas en las paredes de tono pastel, seguían el monótono pasar de los transeúntes. sin que ninguno pareciera notar el discreto desprecio con que lo han hecho durante años. Pero, quien sabe, quizás y este viejo estuviera cerca de notarlo. Quizás de allí esa sensación de incomodidad que lo embargaba desde el mismo momento en que, tras cerrar la puerta al salir, puso el pie en la calle. Hileras de casas de lado a lado por entre las que su vista se perdió como si intentara asir la lejanía. Pero qué lejanía, si estaban allí, al alcance de la mano. Eran casas como las de aquella maqueta de su sueño, advirtió Medina, que iba por el medio de la calle. Pero ahora no era un sueño. No, claro que no, se decía Medina mientras se rascaba levemente el muslo derecho con la mano metida en el bolsillo.
Al salir, de haber mirado hacia la izquierda, hacia abajo, como se dice en Buenaventura cuando se hace referencia en dirección al mar, hubiese alcanzado ver el brillo de la placa de concreto del malecón, y más allá el modo en que el azul marino se mezclaba con el azul demacrado del cielo. Por alguna razón que no logró precisar, no quiso mirar, como siempre lo había hecho al salir de casa, en tal dirección. Se puso directamente camino a la oficina, como si del otro lado no hubiese mar ni cielo, y aquella incomprensible enormidad más bien le pesase como un aplastante encierro. Unos cuantos pasos y se cruzó con un grupo de pescadores descamisados, charlatanes y patones que, recién terminada la jornada, bajaban por la misma calle camino al mercado y lo acosaban con su repentino silencio. Era ésa, ahora asfaltada, la misma calle de polvo y barro por la que regresó aquél día que ahora le parecía tan próximo, como si acabara de llegar, como si más de treinta años hubiesen transcurrido en menos de veinticuatro horas. Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable. Que mierda. La misma pestilencia de corral y desilusión humana, las mismas miradas de soslayo, las pieles envejecidas de antemano, esos huesos y esos músculos que andan solos, las casas cerradas tras el calor, y él mismo, vivo por un día más. Siguió de largo, sin mirar a los lados ‒o haciéndolo de reojo‒ al tiempo que se sentía mirado desde puertas y ventanas. Fantasma encarnado o carne enfantasmada, lo que fuese aquella cosa erecta apoyada en sus dos pies, nadie imaginó que Medina volvería a ver el sol. Pero allí iba. El sol caía sobre sus espaldas, lo acogían los colores del día, invadidos por su gris venido de la tumba del anoche.
Allí va, pudo decir quien lo vio. De uno en uno, cada quién a su manera iba lanzando su ojeada sobre el espectro, seguida de acucioso asombro ante lo que no podía creer. Y así, cuando todos lo suponían muerto, Medina aparecía, como de costumbre, camino a su oficina ¿Y qué dicen ahora? No lo creen ¿eh? Pues sí. Aquí tienen al maldito viejo otra vez de pie. Me halagan esas caritas de mierda hechas de espanto y duda. Disimulo ¿Será un fantasma o qué coño será éso? Lo que sea. No logran disimular esa inquietud que les inspira y los arranca de la vil modorra. Vamos. A moveros todos, sanguijuelas. Fuera de vuestras cuevas craneales. Hace rato, no sé en qué momento o mundo, pasaba el viejo por aquí, a rastras, arrastrando las piernas varadas. Pero eso era sólo un sueño, o al menos eso creo. Ahora sí que estáis allí, todos y cada uno ¿Y si esto también es un sueño? Ah, no lo creo. Si hasta puedo sentir la punta de sus hocicos asomados a las puertas y ventanas. Y esto que pellizco aquí abajo es mi pierna derecha. No. Esto no es un sueño. Aquí voy, como siempre, camino a mi oficina. Allá debe estar, como siempre, el Licenciado Valbuena. Quién sabe. El maldito gordo; hasta puede que ya haya ocupado mi escritorio. Pero me va a escuchar, el maldito gordo. No. Esto no es un sueño. Lo que pasa es que este pueblucho es así. Se da aire de cementerio; algo así como su antesala. Eso, Una sala de espera. Uno va por aquí y por allá, y sabe que allí abajo, del otro lado, está la tierra sembrada de muertos. Bueno, pues Buenaventura está sembrada de vivos. La semilla de la vida ¿dónde escuché eso? Ah, sí, claro. Clase de Biología. Los granos de caraota aprisionados contra la pared de vidrio se agitaban y soltaban aquellos hilos blanquecinos que parecían gusanos. Mamá los recorría con su dedo, al tiempo que me miraba pensando, digo yo, que el muchacho ése iba a ser médico. La semilla de la vida que, al fin y al cabo, primero hay que enterrarla, como a los muertos. Y por eso ahora a los muertos no se los entierra, sino que se los siembra, como si fueran matas, según dicen los chavistas de mierda.
Al llegar a la plaza, Medina dobló a la derecha. Podía oler la brisa marina que venía por el lado izquierdo. Pero no miró en esa dirección. Sí pensó que probablemente la brisa marina fuese la única diferencia entre Buenaventura y los cementerios. Pasó frente a la Iglesia. Por el mismo sitio por el que había pasado corriendo aquella madrugada de hacía más de veinte años, cuando se escapó de sus secuestradores. Malditos. La sensación era la misma siempre que pasaba por allí. La maldición también. Pared de tres paños color barro claro. Puerta de madera en arco, bajo torre triangular más ancha que alta, y flanqueada por dos columnas blancas de base más ancha y plisada. La torre central está flanqueada por dos torres laterales, más pequeñas y en forma de campana y que simulan apoyarse en sendas columnas que enmarcan la pared frontal. A lado de cada una de estas columnas, sobresalen dos torres enanas en comparación con la pared frontal y con las que se acentúa esa sensación de aplastamiento que predomina en todo el cuerpo de la edificación. Como está colocada dos escalones por encima del nivel de la plaza y tres por encima del de la calle, luce relativamente alta. Pero se trata, en realidad, de una edificación enana para ser iglesia, al menos. Quién sabe, después de todo, quizás el Padre Claudio tenía razón y esas torres falsas y esas columnas falsas que sostienen el arco falso en dinteles falsos, estaban de más. Él dice que esas son pendejadas del Mediterráneo que lucen como la mierda de este lado. Aquí las cosas son peladas o no son. En fin, siempre jodiendo, el cura. El siempre prefirió la edificación pelada. Pero al final aceptó el proyecto de restauración. De mala gana, pero lo aceptó.
Y eso ¿qué es? Mujer encorvada. Ha de haver sido la mano de la desolación la que la insertó en ese vestido negro con lunares blancos, y la e la desesperanza la que dejó su cabeza envuelta en ese manto negro. Ahora emerge como un fantasma del interior de la iglesia lleno de sombra fresca. Y sobre ella cae el inclemente sol. ¡Pobre Bernarda! No se recuperará nunca del trauma. Aunque, en realidad, el niño no murió. Nació muerto. Vaya uno a saber lo que pasa en ese vientre. Pero de allí, nada ha salido vivo. Rita siempre le echó al culpa del asunto al Moise, como todos por acá. Pero, la verdad, ese vientre está jodido de mucho antes. El cura ha de habérsela calado completa. De llanto en llanto. Dicen que está medio tarada. Y fea no es. En fin, ese es su trabajo, Padre. Cada quien ha de atenerse al suyo. Míreme a mí. Aquí voy, a seguir lidiando con los menesteres de este pueblucho. La misma miseria y desolación. Sólo Dios sabe cuánto habría querido yo cambiar toda esta mierda apilada durante generaciones sobre una mina de oro. Pero nadie me tomó en serio jamás. Hasta he llegado a pensar que ni el mismísimo Montenegro hablaba en serio. El cura me lo advirtió una vez. Entonces fui yo quien no tomó en serio al cura. Pero es que me contradice en todo, así como lo hizo con la restauración ésta. Que, al final, tan mal no quedó, pese a lo que piense el cura. Pero ahora habrá que pintarla de nuevo. Mira esas paredes todas escarapeladas. Ya hablaré con el cura.
El cura. Debe estar allí en este momento ¿Será que paso de una vez a verlo? No. Mejor luego. Primero a la oficina. Yo mismo lo saqué de la cama aquella madrugada que iban a matarme los muy malditos. Casi no lo recuerdo. Yo estaba obnubilado. Pero me parece que no me tomó muy en serio, el curita ¿o es ahora que lo siento así? Pero, eso sí, me prestó atención. Conmigo también se la caló esa mañana. Me dio el librito. También debe haberle dado uno a la Bernarda, supongo. Claro. El librito. Las oraciones. El Cura. Debe haber sido él ¿Quién más? Esas deben haber sido aquellas palabras que escuchaba anoche. Voz murmurando allí, junto a la oreja del viejo. Creo que sí. Supongo que debo pasar a verle. Más tarde. Hay tiempo para todo. Que mucho no me aprecia el cura. Santo de su devoción no soy. Bien lo sé. Pero es hombre que sabe cumplir con su deber. Hay que reconocerlo.
De nuevo a la derecha. Brisa y rumoreo marino a la espalda. Cartel destartalado. Pensión Rita. Se alquilan habitaciones. Y, también, se come mierda. Porque no me jodas, vieja, esa sopa ya no es lo que era. Eso sólo es menjurje perfumado para turistas que se han creído eso de la magia del pescado. Pescado azul, el abundante en grasa, como la sardina. Pescado blanco, el poco graso, como la merluza y el lenguado, recomendado para sanos regímenes alimenticios. Pescado para la inteligencia y el corazón. Pescado para la energía sexual. A la mierda. Los turistas comen mierda, y juran regenerarse aquí, zambulléndose en tu sopa de pescado. Yo no creo en eso. Yo siempre creí en tu cruzado. Cazuela bíblica. Por sobre la superficie turbia, grasosamente natural, salpicada aquí y allá de verdes hojas lustrosas partidas en tres gajos dentados, asoman sus cuerpos rugosos las verduras y las carnes múltiples y huesudas del reino animal. Allí debes estar. Tengo hambre. De regreso veré qué hay. Pensión Rita. Se alquilan habitaciones. Y, también, se come mierda. Pero eso es lo que hay.
Jefatura Civil. Se podía leer en la placa de la entrada. Aunque Medina no lo leyó. Sólo supo que la placa seguía allí. Pequeño salón cuadrado, de cuatro metros por lado, con piso de baldosas verdes y una estrecha ventana junto a la puerta. A un costado, un largo y viejo sillón de cuero que Medina se trajo consigo cuando regresó. Al otro, una larga biblioteca cuyos anaqueles estaban atiborrados de libros, carpetas y documentos que se trajo en el mismo camión. Antesala, llamó Medina este salón desde el día de su regreso, luego de haberlo mandado a pintar todo de blanco y colgar esa gran litografía de Rómulo, de punta en blanco, pipa en mano y borsalino a la cabeza, en el lado de la pared que la puerta y la ventana dejaban libre. Si éste pudo, con esa cara, ¿por qué yo no? Se decía siempre Medina cuando miraba a aquél personaje rechoncho, lujosamente forrado en el traje blanco, pañuelo doblado en pico en el bolsillo y sombrero ladeado, fumando su pipa y mirando desde sus ojos hinchados y fijos tras los gruesos y redondos anteojos. Los hombres mueren de soledad o ambición. A la mierda con Montenegro. Pero tenía razón.
Ya, pues, en su despacho, parado en medio de aquella antesala, mientras la luz brillante que entraba por la ventana creaba un contraste que no permitía distinguir bien el rostro del viejo, el primero en estregarse los ojos ante aquella aparición fue el Lic. Valbuena, su secretario, que tan rápido se había acostumbrado a la ausencia de su jefe, según pudo advertir el propio Medina.
‒Buenos días –balbuceó el secretario.
‒Buenos días –respondió Medina, y siguió de largo hacía la puerta de su oficina.
El Licenciado Valbuena lo siguió con la mirada confusa y la boca abierta. Medina iba moviendo las mandíbulas ligeramente, como si mascullara su propio silencio. Al entrar a su oficina cerró la puerta. Invadido por el nerviosismo, el Licenciado Valbuena se secó el sudor, sin dejar de ver hacia aquella puerta cerrada. Aquello no podía ser ¿O se estaría volviendo loco por los efectos de la mala conciencia? ¿Mala conciencia? Pero si yo no he hecho nada malo. Sólo pongo las cosas en orden ¿En orden? Que se lo creyó el viejo. El Licenciado Valbuena miraba la torre de carpetas y papeles que recién había sacado de la oficina de Medina y amontonado en uno de los anaqueles de la biblioteca. Pensaba revisarlos después, a ver si, antes de echarlos a la basura, encontraba algo que valiera la pena conservar. Le pareció que aquellas carpetas, medio abiertas, se burlaban de él. Bueno, echar a la basura únicamente lo que se sabe que no sirve. Sí, claro, que se lo creyó el viejo. Ahora vas y le das un beso para que sepa lo feliz que te hace su regreso. Bueno, pero y quién dice que ha regresado. Será ficción mía. Estaré viendo cosas que no son. Después de tantos años…qué sé yo. Al poco rato, se escuchó del otro lado el doble carraspeo automático de la garganta del viejo, y, en seguida, se percibió el olor del tabaco negro del cigarrillo sin filtro que, como siempre hacía, encendió Medina antes de comenzar sus tareas ese día.
–Y tú ¿qué haces aquí? –preguntó el Licenciado Valbuena.
–¿Qué yo qué? Vine porque tú me lo pediste. ¿O ya se te olvidó? Anoche dijiste que querías que te ayudara aquí, arreglando este desastre. Eso fue lo que dijiste ¿o no? –dijo la mujer, mientras dejaba sobre el escritorio del Licenciado Valbuena una pequeña caja.
–Ssssssssh…No hables en voz alta –advirtió el Licenciado Valbuena.
–¿Qué pasa contigo? Mira como estás sudando, y todavía ni siquiera has almorzado ¿Viste un espanto, o qué? –preguntó la mujer en voz baja.
–La verdad, no lo sé. Ahora que lo mencionas...quién sabe. –dijo el Licenciado Valbuena mientras, de nuevo, miraba hacia la puerta cerrada del consultorio de Medina.
–Oye, oye…soy yo, Josefina, tú mujer ¿eh? Aquí, desde el planeta tierra, querido ¿Sabes dónde queda eso, verdad? ¿Todavía te suena familiar, espero? Bien. Ahora ¿Quieres decirme qué pasa contigo? –replicó la mujer.
–Está allí –dijo en voz baja el Licenciado Valbuena, al tiempo que señalaba tímidamente la puerta cerrada de la oficina de Medina. La mujer volteó para mirar hacia la puerta. Luego volvió a mirar de nuevo al Licenciado, y le preguntó:
–¿Quién se supone que está allí?.
–Medina. –respondió el Lic. Valbuena.
–¿El viejo? –preguntó la mujer.
–Ajá. –dijo el Licenciado Valbuena.
–¿Estás borracho o qué? –replicó la mujer.
–Acaba de pasar por aquí, en frente mío, hace un momento. Lo vi. –dijo el Licenciado Valbuena.
–¿Estás hablando en serio? –preguntó la mujer con dureza.
–Claro que sí. –respondió el Lic. Valbuena.
–Pero tú me dijiste anoche que estuviste en casa de Medina, y que ya el asunto era un caso acabado, que hasta el cura hubo de ser llamado. Entonces anoche no hablabas tan en serio.
–Por supuesto que sí. Cuando salí de lo de Medina, el cura…
–El cura cuernos –interrumpió con brusquedad la mujer– ¿Sabes qué? Estoy harta. Hace no sé cuántos años me vine contigo a Buenaventura (y sabrá Dios por qué hice algo así) a cuenta de que aquí todo iba a ser diferente. Tengo más de quince años escuchando tus cuentos acerca de un futuro mejor. ¿Recuerdas el mismísimo maldito día que llagamos? Estábamos paseando por allá abajo, por el malecón. Te detuviste y dijiste ¿cómo fue? ¿lo recuerdas? Mi amor, si uno ve el asunto desde aquí, mirando hacia esos cerros, dice que buenaventura es el último rincón del mundo. Pero si lo ve mirando hacia éste otro lado, hacia donde brilla la inmensidad del horizonte, habrá que decir que es la entrada al mundo ¿no te parece? No, si lo recuerdo como si fuese ayer. ¿Tienes idea de cuanta palabrería he debido escuchar calladamente acerca de proyectos y proyecciones de futuro? La última vez fue con el policía ése. El Comisario Romero esto, el Comisario Romero lo otro ¿Qué Comisario Romero? Ese no es más que un loco, un ladrón huyendo vaya uno a saber de qué, o qué sé yo. No, si no más llegó el Comisario Romero, llegó le civilización a Buenaventura. Anoche Medina estaba en camino a la tumba. Hoy está en su oficina. Todos ustedes no son más que unos pobres diablos. –concluyó la mujer, y salió.
Del otro lado de la puerta cerrada de la oficina y mientras escuchaba la voz lejana de la mujer, sin entender del todo lo que decía, Medina fumaba su cigarro de tabaco negro. Bola de humo se disipa sobre el vacío escritorio que durante un rato Medina estuvo contemplando: pelado, lleno de peladuras. Yo no lo dejé así. Aquel escritorio siempre había estado lleno de papeles que asomaban sus bordes sucios por las ranuras de las gavetas, o que cubrían en pequeños y amorfos montículos la superficie de la mesa. Como fuese, sucios, amarillentos, inútiles, totalmente desconocidos o difícilmente recordados, aquellos papeles habían representado el papel de Medina en el vida. Sus cuerpos lisos y planos, enfermos de tinta y palabra que padecían hasta en la última coma el coma de su inutilidad, eran, sin él saberlo, todo para él. Allí estaba su secreto, el aristotélico ser de su universo inamovible hasta hoy. Blancos, azules, rosados o amarillos. Medina vivía de memoria los tonos descoloridos, las urgencias vencidas y hundidas en el pozo de las tramitaciones inconclusas. Seguramente el Licenciado Valbuena los había recogido, clasificado y dispuesto según el parecer de su propio ritual de inoperancia. Aquellos papeles, sus papeles. Lo que más hubiera anhelado Medina aquella mañana era encontrarlos allí, donde siempre. Maldito gordo ¿Qué espera para presentarse aquí, en mi oficina? ¿O es que acaso ya no es mi oficina? Bien, gordo. Puedes tomarte el tiempo que quieras. Algún día tendrás que entrar aquí. Veremos qué traes.
Cuando el Lic. Valbuena entró al despacho, Medina estaba parado junto a la ventana y con el dedo índice hacía surcos en el polvo acumulado sobre el vidrio. Aunque sabía que el secretario estaba allí, detrás suyo, no se volteó a mirarlo. Gordo. Tu rostro enrojecido suda encerrado entre los trazos redondos de la barba. Tus ojos brillan, un poco asustados, pero quietos y dispuestos a quedar bien. Te repones por fuera. Pronto tendrás lista, a mano, disponible esa cortesía inorgánica que te ha salvado durante toda tu gorda vida. Gordo. Mi secretario. Hombre de confianza, que le dicen. El segundo de a bordo en este barco varado. Pero ahí vamos. El viejo continuó haciendo trazos extraños que, salidos de su mano temblorosa, captaron la atención del Licenciado Valbuena. Círculos que no terminaban de cerrarse, líneas retorcidas que se cruzaban entre sí como si el viejo jugara a la vieja consigo mismo. Pero Medina dejaba casi todos los recuadros vacíos, mientras que, a su vez, el Lic. Valbuena iba ocupando imaginariamente las posiciones que le permitirían trazar la línea recta de la victoria.
–Valbuena, ¿no hay quien limpie las ventanas de esta oficina? –preguntó Medina.
–No, Señor ...digo, sí. –respondió el Licenciado Valbuena.
–¿Entonces? –preguntó el viejo
–¿Entonces qué, Señor? –replicó el gordo.
–Que las limpien de inmediato, Valbuena. –ordenó el viejo.
–Sí, señor. –acató el gordo y se dispuso a salir. Pero apenas había puesto la mano en el picaporte de la puerta, Medina volvió a hablar.
–Valbuena.
–¿Señor? –dijo el gordo.
–¿A dónde va? –preguntó el viejo.
–A buscar quien limpie las ventanas. –respondió el gordo.
–¿Y quién? –preguntó el viejo.
–Normalmente lo hace Rita. Lo ha hecho durante muchos años. Limpia aquí y en su casa. –dijo el gordo.
–Eso ya lo sé. UD. me habla como si fuese la primera vez que estoy aquí. –dijo el viejo.
–Pero UD. me preguntó a dónde iba ¿no? –replicó el gordo.
–Está bien. Pero dígame, Valbuena ¿Por qué Rita no ha venido a limpiar las ventanas? –preguntó el viejo.
–No lo sé, Señor. –respondió el gordo.
–¿Desde cuando no viene? –preguntó el viejo.
–Desde…–dijo el gordo.
–No me lo diga. Déjeme adivinar. Desde hace tres días ¿o no? –dijo el viejo.
–¿Desde hace tres días? Sí, mas o menos. –respondió el gordo. Luego agregó –Pero lo descontaremos de su paga.
–Está bien, Valbuena. Olvídelo por ahora ¿Y la agenda de hoy? –preguntó el viejo.
–¿La agenda, Señor? –respondió el gordo, que hubiese querido salir en lugar de seguir siendo interrogado.
–Sí, Valbuena, la agenda. Siempre hemos diseñado una ¿o no?. Siempre ha estado aquí, sobre mi escritorio, en la mañana, al empezar el día. Es cierto que, dirá UD., muchas veces ni siquiera la he ojeado. Pero siempre ha estado aquí, al empezar el día. Y ahora que no está, uno se siente extraño ¿Sabe, Valbuena? Es como un ritual. Uno no lo sabe hasta que desaparece. Pero, cuando desaparece, entonces comienzan a aparecer cosas en las que uno no había pensado. Por ejemplo, me pregunto ¿por qué mi secretario no habrá dejado aquí, en mi escritorio, la agenda, como todos los días? ¿Se le habrá olvidado? ¿Y desde cuando no lo hace? No me responda. Déjeme adivinar: desde hace tres días. Y sigo percibiendo aquí extrañas ausencia ¿Será que mi secretario tiene, digamos, tres días, levantando mi oficina? Déjeme ver algo ¿Es esta mi silla? Por lo que veo sí. Todavía no se la ha llevado. Imagino que pensaba cambiarla por la suya ¿o no? UD. no cabe en ésta.
Sin saber qué contestar, el secretario se ruborizó. Empezó a rascarse la espesa barba que le circundaba la cara. Abría y cerraba los ojos diminutos, más diminutos cuando, por el efecto del cristal, se ponía los anteojos para volvérselos a quitar. Sudaba copiosamente. Medina se sentó, encendió otro cigarrillo, y continuó.
–UD. no ha preparado la agenda para hoy, Valbuena. Supongo que no lo consideró necesario ¿verdad? Claro, para qué, si el viejo no vuelve a esta oficina. Que todo se llene de polvo y mierda.
–Lo que sucede, Señor ...es que... –intentó hablar el gordo.
–Ni agenda, ni papeles ...nada. Mi escritorio vacío, las ventanas sucias y UD. mirándome como un bobo, como quien ve a un fantasma. Ya no hay quien mande aquí ¿No es así? ¿0 sí?
–Lo que sucede, Señor... es que...
–Yo sé bien lo que sucede, Valbuena. –dijo el viejo.
–Yo pensaba...
–Claro que lo sé –siguió Medina sin parar mientras se levantaba fatigosamente de la silla –hace ya tiempo que lo sé. Yo diría, para que todo no quede en mera majadería de viejo enfermo, que lo sé desde el día que escuché a Montenegro decir que los hombres mueren de ambición o de soledad. No le presté mucha atención entonces. Pero, con el pasar del tiempo, aquel decir como que me invadía, las más de las veces sin yo darme cuenta, y le daba vueltas, una y otra, para, al final, concluir en cuánta razón tenía el maldito. Una y otra vez. Así fue esta mañana. Yo era un tipo tranquilo, en paz. UD. mismo lo debe recordar ¿no? Cuando fue a parar a la biblioteca ¿lo recuerda? Aquel era un lugar tranquilo, afable, frío, a veces demasiado frío, quizás ¿recuerda la sinusitis de Ojeda? El pobre. Aquella pelota en el cuello y todo el día paseando su nariz apestosa por el edificio. Pero, en fin, era un lugar tranquilo. Así lo recuerdo siempre. Es la sensación que más fresca tengo, desde que volví a Buenaventura. Porque, le diré, mi querido secretario, que ni en Buenaventura me he sentido así. Aquí en Buenaventura, hay tranquilidad, por supuesto. Claro que sí. Demasiada, diría yo. Pero es una tranquilidad… cómo decirle ¿recuerda los libros de historia en la escuela? Esos rostros y esos párrafos como piedras ¿verdad? Bueno, la de Buenaventura es una tranquilidad así, de libro que cuenta cosas pasadas hace mucho. Allá, en la biblioteca, era otra cosa. Transcurrían las horas, y uno tenía la sensación de que no había pasado nada. Aquel era un lugar así, como yo era. Ni siquiera pensé en casarme alguna vez, UD. sabe, para evitar problemas. Entonces, sin saber cómo, me topé de nuevo un día con Montenegro, es decir, el tío Segismundo, el mismo, al que nunca pude volver a llamar así. Cuando supo que yo aún seguía en la biblioteca, me mandó llamar. Y tú sigues allí, dijo. Si lo hubiese sabido antes. El viejo estaba desecho. Aún no andaba en silla de ruedas, pera ya caminaba con bastón y mucha dificultad. Eso sí: podrido en dinero, el maldito. Ahora quería explotar la mina de oro que, según él, era Buenaventura. Al principio me mostré indiferente. Incluso hablé de lo cómodo que me hallaba en la biblioteca. Hasta hubiese podido ser presidente, me atreví a decir, pero preferí la tranquilidad de la biblioteca. Entonces el viejo pegó la carcajada. Quien lo iba a engañar con esas soberbias mediocres. No digo yo. Quién sabe, me dije por dentro. A lo mejor ésta es tu oportunidad, Medina, insistía esa voz estúpida que al final me trajo de nuevo a Buenaventura. Lo demás UD. lo conoce. Una larga espera que ha compartido conmigo. Hasta que, entonces, uno empieza a desaparecer. UD. me entiende, Valbuena ¿o no? Uno puede desaparecer aunque siga allí, delante de todos. Todos ven a algo que no miran. Ah sí, el viejo ¿qué dijo? Ah sí, el viejo. Nadie te toma en serio. Hasta que uno mismo, sin darse cuenta, comienza a ver esa cosa extraña que todos ven y no se toman en serio. Así ha sido desde hace rato, mientras venía para acá. No me parecía venir yo, sino una cosa extraña, que ya no soy yo y que sólo me dediqué a seguir por curiosidad ¿Cree que estoy loco, verdad, Valbuena? Pues le diré que los hombres mueren de ambición o de soledad. Quizás de las dos cosas, digo yo. Quizás se trate de caras de la misma mierda ¿No cree UD.? –el viejo se calló por un momento, y encendió otro cigarrillo. El secretario Valbuena lo miraba como a un loco y sin decir palabra. Loco no. Escapado de la tumba.
–Vamos, Valbuena, no continúe mirándome UD. así, como si le estuviera hablando desde el otro mundo. –dijo Medina tras soltar la primera bocanada de humo. –Ya quisieran algunos que hubiera yo dado el salto. Pero le digo que mientras estuve metido en esa cama ni por un segundo perdí la conciencia de estar vivo. Quieto sí, como muerto sí. Pero nunca me abandonó la idea de volver al mundo de los vivos. –concluyó Medina, simulando un toque de orgullo o dignidad muy poco convincente.
–¿Algunos quiénes, Señor? –preguntó el Licenciado Valbuena.
–No tema, Valbuena, no me refiero a UD. Al menos no por ahora. ¿Quiere un cigarrillo? –preguntó el viejo.
–UD. sabe, Señor, que no fumo. –respondió el gordo.
–Ah sí. No sé por qué pregunté eso. Yo estaba pensando en… Pasa que hay cosas que sé, es decir, las recuerdo, pero las siento como nuevas. En fin, yo estaba pensando…
–Montenegro – se adelantó el secretario.
–No, no en él. En UD. –dijo el viejo.
–¿En mí? –preguntó el gordo.
–Sí. Pero, igual, sigamos con Montenegro, a quien, después de todo, todo ha terminado por pertenecerle aquí, cosas y hombres. En realidad, siempre le han pertenecido, quiero decir. Hay hombres así. El siempre ha dicho quién sí y quién no, cuándo y a cuanto, sin haber pronunciado palabra, sin haber estado nunca. Nunca volvió a Buenaventura ¿Ha pensado en ello, Valbuena? Vivimos de esperarlo. Mierda ¿Sabe que, luego de haber vuelto yo a Buenaventura, le he visto dos o tres veces en mi vida? Hace años ya, y nunca lo he olvidado. La última vez que lo intenté fue el día que me secuestraron los malditos comunistas. Cuando niño me parecía uno cualquiera. Lo que más me agradaba era montarme en el flamante Ford. Después, mucho tiempo después, cuando ya quería parecerme a él, las pocas veces que lo vi frente a mí no dejé de admirar su traje. !Vaya que iba vestido el desgraciado!. Demacrado, debilucho, lleno de marchitas, casi una mujercita enferma. Pero ¿qué importancia pueden tener detalles así cuando se va metido en un traje así? Era viejo, más que yo ahora, creo. Sólo en eso he llegado a parecerme. Entonces éramos menos viejos. Bebimos güisqui, yo casi la botella entera, él no más de un trago. Esa era su medida, decía cada vez que yo, luego de preguntar si quería más, me servía uno, y otro. Quizás por eso me sentía tan cortejado como una dama, como una puta, diría ahora. Yo le contaba de Buenaventura. En tono casi poético le describía las hileras de casuchas, los cocoteros, el verdinegro del mar… qué se yo, tenía la boca llena de güisqui y aquel discursillo de agencia de viajes. Fue divertido.
–Sí, fue divertido –asintió Valbuena y reafirmó con mecánica carcajada. Medina nunca dejó de sorprenderse por el modo cómo aquel hombre podía reír en cualquier momento, inventar carcajadas sin ningún esfuerzo, en cualquier clase de circunstancia.
–¿Cómo dice? –preguntó el viejo.
–Que sí, que fue divertido –replicó el gordo.
–¿Y UD. cómo lo sabe, si no estaba allí? –preguntó el viejo.
–Ya me lo ha contado otras veces, Señor. –respondió el gordo, apenado.
–¿Ya se lo he contado? ¿Está seguro? Eso no lo recuerdo. Tengo la sensación de que es la primera vez que hablo del asunto ¿También le conté lo del revólver? –preguntó el viejo.
–¿El revólver? –preguntó el gordo.
–Sí, el Smith que me regaló…–dijo el viejo.
–Ah, eso. Claro. –dijo el gordo.
–¿Le conté? –preguntó Medina.
–Sí, claro, por supuesto. Hace tiempo. Me había olvidado del asunto ¿Todavía lo conserva UD? La última vez que el arma fu en su casa, mientras la limpiaba. Pero eso fue hace mucho tiempo.
–¿Qué cosa? –preguntó el viejo.
–El revólver, digo –replicó el gordo.
–Sí. Aún lo conservo. Esta mañana lo saqué de su caja. No sé por qué. Lo tomé, nada más. Estaba allí, donde siempre, y lo tomé. Yo pensé… No, olvídelo, yo no pensé nada. ¿Le decía… ? –dijo el viejo.
–Que Montenegro… –dijo el gordo.
–Sí. Que, al final, decía yo, todo Buenaventura había sido transformado como por mandato divino. Donde yo había puesto el “Claro de Luna”, Montenegro, corriendo hacia un lado ese bar de pieza, había construido un "Nigth Club" lleno de pistas de baile y salas de juego. En lugar de la pensión de Rita, un enorme Hotel de cinco estrellas. La ranchería convertida en condominios. Nada de viajeros conmovidos por gaviotas y conchas marinas. Montenegro pensaba en turistas de mar adentro, en busca de aire puro, pasiones caras y cocaína. Yo era la pieza central del rompecabezas de todo aquel proyecto. Así me llamó Montenegro, !Y cuánto brindamos por ello!… –de súbito, la voz del viejo se apagó.
El Lic. Valbuena continuaba sin decir palabra. Olor a tabaco negro. Aliento medicinal. Esputo que lucha por salir. Carraspeo incesante. La vida debe continuar. El Lic. Valbuena sólo dejaba que el viejo, mientras pudiera, hablara, que soltara sus palabras de delirio. Mientras, el secretario, atento, reparaba en cuán velludas eran las cejas del viejo. Nunca se había puesto a observar con detenimiento aquellas cejas, aquella frente chica y rajada, el modo cómo la boca se le torcía hacía el lado derecho cuando pronunciaba las aes y se asomaba en el vértice de la comisura la saliva. Sólo ahora, que el viejo parecía un muerto momentáneamente escapado de la tumba, le parecía el más extraño de los seres. Nada significaban más de veinticinco años compartiendo con él la misma oficina, el mismo oficio, la misma dedicación a la tarea inútil. De haber surgido algo de intimidad durante tantos años, le habría sugerido, ahora, que se recortara un poco aquellos gusanos peludos adheridos a los arcos superciliares.
–No hay nada de eso– interrumpió de pronto el Lic. Valbuena.
–¿Qué dice? –preguntó el viejo.
–Que no hay nada de eso. –replicó el gordo.
–¿Hace cuanto volvimos aquí, Valbuena? –preguntó el viejo.
–Veinticinco años, mas o menos. –dijo el gordo.
–Veinticinco años esperando la gran oportunidad, y cuando aparecen los billetes estoy fuera. O siempre he estado fuera. Siempre hemos estado fuera ¿Qué le parece? –dijo el viejo.
–Me refiero a Montenegro. –insistió el gordo.
–¿Qué pasa con él? –inquirió el viejo, luego de mirar al gordo con curiosidad..
–Está muerto. –dijo el gordo.
–¿Quién lo dice? –preguntó el viejo.
–El mismo Martín Romero. –respondió el gordo.
–¿Habla en serio? –preguntó el viejo.
–Hablo en serio. –reafirmó el gordo.
–Y ¿por qué no me lo había dicho? –preguntó el viejo.
–Me enteré hace unos días atrás. –respondió el gordo.
–Nos estafó, entonces, el policía. –comentó el viejo, mientras volvía la mirada hacia la ventana.
–Mas o menos. –dijo el gordo.
–¡Más o menos? ¿Por qué lo dice así?. –preguntó el viejo.
–UD. y yo sabemos que lo de Montenegro ya era una mera bola de humo. Quizás el Comisario Romero se aprovechó del asunto. Quizás, como él mismo dice, no tiene nada que ver con el asunto. Lo mandaron aquí y nada más. Como sea, no creo que haya mucha diferencia. Con Montenegro vivo, o muerto, en Buenaventura no iba a pasar nada nuevo. Eso es algo que UD. y yo sabemos desde hace tiempo. –concluyó el gordo.
De pronto, Medina, haciendo bruscamente a un lado su tono de añoranza, se mostró enérgicamente rabioso, hasta dónde su cuerpo se lo permitía.
–Ya veremos ¿En qué piensa, Valbuena?– preguntó Medina luego de encender otro cigarrillo
–¿Yo? –preguntó el gordo, evasivo.
–Sí ¿Hay alguien más aquí? Lo conozco, Valbuena. Casi puedo escuchar las voces que resuenan allí, dentro de su cabeza. –inquirió el viejo.
–Pues, si insiste, le diré, si me lo permite, lo que pienso. UD. odia al Comisario Romero no por lo de Montenegro. Mas bien por lo de Susana. UD. sabe que es cierto lo que digo. –cortó el gordo el seco.
–¿Y UD. por qué asegura algo así? –preguntó el viejo en tono de notoria resignación.
–¡Vamos, no porfíe! Dejemos de seguir jugando a la misma eterna mentira ¿no le parece? Ya se lo he dicho. Lo de Montenegro, lo sabemos desde hace mucho, es una bola de humo. Hace tiempo dejamos de creer en eso. Es cierto que, cuando llegó el Comisario Romero, volvimos a retomar viejas esperanzas y proyectos. De hecho, el hombre llegó con su carta y todo, y hasta yo mismo me animé. ¡Ja, que si me animé! Hasta convencí a la Josefina de que ahora sí ¿Ahora sí qué? Preguntó la pobre. ¡Saldremos de abajo!, juré, con una sonrisa a flor de piel. Seguramente que no me creyó, pero sonrió. Ella también sonrió. Pero algo me decía que la cosa, esta vez, tampoco iba en serio ¿Recuerda el día que hablamos en su casa, los tres, el Comisario, UD, y yo? Allí ya estaba claro que no había nada. De hecho, como ya le dije, y como supe tiempo después, para entonces, ese mismo día, ya Montenegro estaba muerto. No dije nada porque, para entonces, ya UD. estaba en cama. –dijo el gordo.
–Está bien, Valbuena. Será como UD. dice. Pero eso no le da derecho al policía éste a venir a abusar de la hospitalidad que se le ha brindado en Buenaventura ¿No le parece? –preguntó el viejo.
–Eso es otra cosa. –dijo el gordo secamente, y se dispuso a retirarse.
–¿A dónde va, Valbuena? –preguntó el viejo, al ver que el gordo iba a salir de la oficina.
–¿Yo? –preguntó el gordo mientras se señalaba a sí mismo con el dedo –La verdad, no sé. Aquí mismo, al lado, a mi escritorio, supongo ¿A dónde más? ¿Eh? Imagino que UD. quiere que traiga todas sus cosas de vuelta aquí ¿o no? Sí, creo que eso haré. Quiero decir, no sé si quiere que lo haga ahora, o más tarde. O, mejor, primero busco a Rita para que limpie esas ventanas, y luego yo traigo lo que haya que traer aquí. –dijo el gordo, en tono de resignación, mientras confirmaba que el viejo estaba tan vivo como de costumbre.
–No hay que engañarse, Valbuena ¿verdad? Ser el jefe no es más que calentarle la silla al que te va a joder. –dijo el viejo.
–Ahora sí que se refiere a mí. –aseguró el gordo.
–Sí. Pero no tema. Por ahora tengo cuentas más importantes en qué pensar. Déjeme sólo y que nadie me moleste. Aunque mi escritorio esté vacío, todavía soy el jefe aquí. –dijo el viejo. Calló un instante. Carraspeo. El Lic. Valbuena clavó su mirada en el movimiento de la garganta del viejo. Medina Prosiguió.
–Por cierto, quería preguntarle ¿Ha visto UD. al Padre Claudio? –preguntó el viejo.
–Ayer. En su casa. Todos estuvimos allí. –respondió el gordo.
–¿Y qué decían? –preguntó el viejo.
–¿Qué decíamos? –preguntó el gordo.
–Sí ¿De qué hablaban anoche? –insistió el viejo impaciente.
–Supongo que lo normal en estos casos. –dijo el gordo.
–¿Y qué es lo normal en estos casos? –insistía el viejo.
–No sé… –titubeó el gordo.
–¿Qué es lo normal cuando alguien se está muriendo? –insistía el viejo.
–Bueno. El médico dijo: no hay ya nada qué hacer, sino esperar. Todos nos miramos. –dijo el gordo con esfuerzo.
–Ajá ¿Y entonces? –dijo el viejo.
–Y entonces decidimos que había que llamar al cura. –agregó el gordo.
–¿Y qué dijo el cura? –preguntó el viejo.
–No mucho. Entró calladamente. En realidad, entramos juntos, quiero decir. Yo mismo salí a buscarlo. Miró a todos con paciencia, saludó levemente con la mano y todos le seguimos hasta la habitación.
–¿También el Comisario Romero? –interrumpió el viejo.
–No. A decir verdad, el Comisario Romero era el único que faltaba. Esperábamos que apareciera en cualquier momento, pero, que va. Nada. UD. sabe cómo es ese sujeto. –afirmó el gordo.
–¿Y cómo es? –interrumpió el viejo.
–No sé. A veces me parece que no está bien de la cabeza, el Comisario. La verdad, siempre se lo he dicho a UD., el tipo nunca me inspiró mucha confianza. No me parece un mal sujeto. No. No es que me desagrade del todo. Sólo eso. Me parece algo deschavetado. Últimamente se la pasa por allí, caminando sólo. Lo siguen un perro y el muchacho aquél, no sé si medio hermano o medio primo del Moise; el que es mudo y medio tarado. En fin, lo que sea. Dígame UD. ¿qué hace un policía para arriba y para abajo con esos dos detrás pegados como un chicle? ¿eh? Si uno pregunta por él en el Comando, dicen: ¿El Comisario Romero? Está de guardia. UD. sabe. Lo dicen en tono de disimilada burla. Y tienen razón, me parece. Con un Jefe así. El único que aún guarda discreción al respecto es Colmenares. Cuestión de lealtad, supongo. Anoche mismo dijo que el Comisario Romero estaba de guardia. UD. sabe. –dijo el gordo.
–¿Y el cura? ¿Qué dijo? –preguntó el gordo.
–No mucho. Es de esos a los que, si no quiere, no se le puede sacar nada. UD. sabe. Le seguí un par de cuadras y luego entramos. Pasó a la habitación y…–se calló de súbito el gordo.
–¿Y qué? –preguntó el viejo.
–Nos sorprendimos de lo rápido con que zanjó la cuestión. –dijo el gordo.
–¿Qué cuestión? –preguntó el viejo.
–Bueno, se supone que iba a aplicar al sacramento, y que esas cosas tienen su tono sagrado. La extremaunción ¿no? Todo fue tan rápido que casi ni nos dimos cuenta. –dijo apenado el gordo.
–¿No rezó? –preguntó el viejo.
–La verdad, no. Cuando nos vinimos. Él se quedó en la casa. No sé qué habrá hecho entonces. –aclaró el gordo.
–Listo, habrá dicho UD. entonces. Cuando el cura aparece, no hay nada más qué decir. Eso es así. También es cierto que a este cura cada vez se le saca menos. Por lo que UD. dice, yo no pude sacarle ni un Padre Nuestro. Antes no era así. Recuerdo el día que me secuestraron los comunistas. Lo saqué temprano de la cama. Somnoliento y todo, el hombre prestó atención a todo cuanto yo decía. Y vaya que estaba yo molesto y desesperado, lleno de impotencia. Pero el hombre escuchaba y, aunque hablaba poco, su sola presencia era un consuelo, digo yo. Fue la primera vez que me dio uno de estos. –dijo Medina al tiempo que enseñaba el librito de oraciones al gordo. Luego preguntó:
–¿Será que ese cura ya no reza?
–Dicen que en el entierro del Moise no lo hizo. A ver si este negro puede pasar, y que fue todo lo que dijo. –dijo el gordo.
–Y en el del Indio parece que fue igual. Dicen que algo leyó de la Biblia, pero, como dice Rita, aquello no era una oración, sino algo de la boca para fuera. Este pueblo está jodido. Ni el cura ora por él. Será que estaba recién llegado a Buenaventura, el cura, digo yo. Lo cierto es que el cura cambió y, cuando habla, las pocas veces que se lo permite, parece hacerlo desde kilómetros de distancia. Parece como de piedra. Rita dice que la gente aquí se reseca, que el alma se le vuelve como de cartón. Quién sabe si la vieja tiene más razón de la que siempre le he concedido. Como sea, hay veces en que el cura me parece un loco ¿Recuerda el día que apareció el Moise? Y la vez que le hablé del proyecto Montenegro ¿sabe lo que dijo?: ¿progreso? Lo mejor de Buenaventura es lo que UD. llama estúpidamente atraso. Me llamó estúpido, el curita ¿Qué le parece? Tiene una forma muy especial para ofender, el cura ¿No le parece? Pero, le diré, que, en el fondo, me parece un buen tipo. No puedo negarlo. Quizás el sol, la molicie, la soledad… ‒no sabría asegurar qué‒ le hayan chamuscado un poco el cerebro. No sé. Me habría gustado verle el tiempo que permaneció allí, en la misma habitación. –comentó el viejo.
–Dicen que toda la noche. Pero dígame algo ¿No lo vio ni habló con él? UD. acaba de decir que siempre estuvo consciente. –advirtió el gordo.
–Bueno, sí. Pero… ¿cómo explicarle?… En realidad, yo no me movía. Estaba como muerto. Eso sí. Yo sentía como si el cuerpo hubiera muerto primero, y antes de morir completo uno se quedara pensando, como quien se va de viaje y, antes de cerrar la puerta, echa una ojeada atrás a ver qué se le olvida. Estaba, pues, quieto, completamente quieto. Hasta yo mismo me confundía con el asunto. Sin embargo, en medio de aquella quietud, percibía cosas. El olfato, el oído, la intuición… qué sé yo. Todo eso junto, quizás. Yo no sé si estaba yo, lo que se dice, consciente. Pero olía y escuchaba cosas. Sabía que estaban allí. Cosas que seguían vivas y vivían como si yo estuviera muerto, incapaz de olerlas y escucharlas. Creo que también soñaba. Olores, ruidos y presencias que se mezclaban con mi sueño. Pero si yo me daba cuenta de que soñaba es porque no todo era un sueño ¿no es cierto? Recuerdo un olor que ahora sé que era jabón. Y recuerdo también rumores, como de oración; quizás meras palabras dichas en tono bajo ¿Llevaba algo, el cura? –preguntó el viejo.
–¿El cura? –replicó el gordo.
–Sí, el cura. Cuando llegó a la casa y entró a la habitación ¿no vio si llevaba algo? –preguntó el viejo.
–No, que yo sepa. Bueno, sí. Un librito. Sólo un librito… que yo recuerde. No sé. –dijo el gordo.
–¿Uno así? –preguntó el viejo, al tiempo que le mostraba el librito de oraciones al gordo.
–Así parece. –dijo el gordo.
–Está bien, Valbuena. Puede retirarse. –dijo el viejo.




