La madrugada conspira contra todos nosotros. Desde hace rato ya que emplea sus últimos fríos en empujar esos cuerpos amodorrados y aún envueltos en tibia lencería a las fauces del amanecer. Los pesados párpados se niegan a dar paso a la luz aún perezosa y lánguida del nuevo día. Que, en realidad, si uno lo piensa bien, nada tiene de nuevo. Lo nuevo sería que no amaneciera para cada quien. Que esa luz pasara de largo y nos dejara aquí, en medio de la noche como la muerte pero sin serlo; permanecer, como la de los espectros del Hades, sin rumbo y sin memoria. Pero el día nunca hará algo así. Condenado a su propio destino, le toca iluminar cada mañana la condena de cada quien al suyo. Como Ulises, nos traerá la sangre prestada que nos reanima y, durante ese rato que llamamos, seguiremos siendo los díscolos personajes de la misma narración cuyo autor desconocemos.
Lo conozco de memoria. Al día, digo. Venido del otro lado del Leteo, inicia su faena de a poquito, como para que nadie se dé cuenta, paulatinamente y en proceso de degradación del negro nocturno al blanco sucio de la alborada urbana. Sé de memoria ese frío en la nariz. Esa luminosidad percudida en los ojos. Ese tedio que, mucho más allá del frío, cala hasta más allá de los huesos. Éste no me engaña; ya no engaña a nadie. Como un payaso sin repertorio y que a nadie hace reír ya, éste ya no sabe qué hacer con su narizota de luz cada mañana repetida. Debería inventarse otro número, Pero, como digo, a éste ya se le debe haber agotado el repertorio. Aún así, insiste, una y otra vez. Contumaz. Pronto caeremos todos en su juego. Y, expulsados del reino de la inercia al infierno del quehacer, emprenderemos la faena. Es un hecho. Para qué abrir los ojos. Aún no lo veo y sé que está allí, presto a mostrarme la plena sonrisa de su luz por el plano hueco y opaco de lo que hasta hace poco era mi negra ventana.
Olor a fritura, sudor y monóxido de carbono que trepa por las paredes del edificio hasta el quinto piso, se mete por la ventana y todo lo impregna. Hasta las paredes interiores de mi desgastado cráneo se han ido recubriendo de esa grasa requemada durante años. Los reaños, de mi durar. Mi redurar, aquí en el quinto. Remierda; que es como la mierda, pero en el tono sublime de un objeto inútil expuesto en la vitrina de un museo.
La señora Josefina. Ahí se viene. Cielos. Casi puedo ver sus pies recién salidos de la cama, las rollizas pantorrillas bajando más abajo de la parte baja de la bata, el esfuerzo que se ahoga en sus ojos somnolientos cuando intenta despegar el culo del mullido colchón. Debe echar una mirada al otro lado aún no vacío de la cama mientras se pregunta si éste de hoy será el día en que muera su marido. Entonces se le contrae el corazón. El del señor Josefina quizás ya se haya roto. La señora Josefina es de las que debe lavarse los ojos con la punta de los dedos. Así, en los vértices lagañosos, raspa la punta húmeda del índice. Luego se alisa el cabello tupido, se envuelve la cabeza en el pañuelo de lunares y sale de la habitación. Entra a la cocina. No. Primero entra su brazo gordo y ciego en la cocina a oscuras, hasta que su mano regordeta presiona el interruptor. Hágase la luz. La luz se hace y las espantadas cucarachas se dispersan y huyen a ponerse a resguardo de su creador en los escondrijos de aquel universo inmundo. Ahora sí. Entra el resto de la Josefina. Nuestra vecina ya se dispone obsequiar a todo el edificio con las emanaciones de su cocido. ¡Venga, Josefina. La paciencia y obstinación de todos te desafían una vez más!
¡Hola a todos! Muy buenos días mis guerreros del otro lado de la vida. Con que todavía en la cama ¿eh?. Os pesa ese cuerpecito amodorrado que se empeña en quedarse allí, enrollado en la cobija, y que se niega a enfrentar el mundo, ¿eh? Pues no, no, no noooooooooo. A despojarse todos de esas cobijas, que afuera nos aguarda la aventura de un nuevo día. Martín Romero dio medio giro en la cama y estiró la cobija hasta taparse la cabeza. Así es más difícil respirar y, encima, se le llena a uno la cara del vaho de su propio aliento. Hoy hemos preparado para todos, amigos y amigas del planeta de los sueños, la receta de la felicidad: un kilo de ánimo, un kilo de esperanza y, lo más importante, un kilo de voluntad, y a batir…una, dos, tres…voy a triunfar; otra vez, una, dos tres…voy a triunfar. Sí señor, respirar profundo; una dos tres… Mierda ¿cómo hará éste sujeto para llegar a esta hora a esa sala de trasmisión y moverse así delante de todos? Debe tener un dispositivo especial. Algo así no puede ser humano. Tengo que desactivar ese aparato. Desde el día que Amanda lo programó, se prende solo cada mañana y aparece este sujeto con el culo fundido en esos pantaloncillos de goma bailando al ritmo del un, dos, tres del nuevo día. Hasta hace poco aparecía la bruja del horóscopo; todo un esperpento, como venido del futuro, pero muy preferible a esto. Aunque con la misma intención de condenarlo a uno al fragor del triunfo. En fin. Lo cierto es que Amanda programó esa vaina y yo no sé como volverlo a su estado normal de cosa inanimada que sólo habla cuando uno lo requiere y se lo hace saber por medio de un botón. Amanda. De vaina sabe leer y escribir. Pero que destreza para manipular el control remoto del televisor. Con una sola mano. Pisa no sé cuantos botones y nunca se equivoca. Yo no he logrado nunca activar uno solo, salvo el de encendido, que es el mismo para apagar. Como sea. No debió haberse ido dejando esa vaina programada. Creo que ha sido su forma peculiar de vengarse de mí. Lo sabe, sí. Sabe muy bien lo inútil que soy para estas cosas y cuánto las padezco. Sí, debe haber sido su venganza. No lo había pensado así.
Allá abajo la señora Josefina recalienta la palangana de manteca cuajada. Quienes creen que el infierno es lugar destinado por la divina justicia para eterno castigo de los réprobos, es porque nunca han siquiera imaginado la faena de Josefina frente a su caldero. Ya quisieran las empanadas y los tequeños que allí cuece ser lanzados al último círculo del infierno. ¡Ah, no, pero que va! No soy de los que se impresionan con los poéticos castigos bellamente imaginados por una mente teológica. Si los traidores son los destinados al último círculo del infierno, es porque Dante no supo nunca lo del caldero de Josefina: el décimo círculo. Así que, traidor que no haya pasado por aquél caldero no ha padecido aún el merecido tormento. Así que Bruto, no te alegres; aún te falta descender un círculo más.
Es, pues, la hora en que la gran mentada de madre unísona y silente se eleva desde todos los rincones para luego descender, íntegra y majestuosa, hasta el primer piso y caer sobre la obesa y enfermiza señora Josefina, que suda la gota gorda y tempranera frente a la estufa. Injusto, sí. No es posible, no. Hasta cuándo. Qué sé yo: hasta siempre. Y pensar que yo mismo puse mi granito de arena para que le renovaran el permiso. Hazlo por la vieja, Rengifo; me da lástima ¿Lástima? Pero si no haces más que lanzar mentadas de madre cada mañana con el olor rancio que se mete por la ventana. Bueno, sí, pero me da lástima. Después del mediodía, me da lástima. Te lo juro. ¿Qué quieres que te diga? Lástima. Si mis vecinos se enteran, me lanzan al caldero. Claro que la denunciamos, hace tiempo ya. Pero, al fin y al cabo, el sudor de su frente, su enorme culo, sus rollizos y peludos brazos, el amargo acento del tono gallego al hablar, su inútil marido que vende las cochinadas que ella cuece en su inmundo caldero, su cara rojiza como si llorara siempre, quien sabe si hasta la muerte que alberga su corazón apelotonado bajo aquellas anchísimas tetas. ¿Qué se le va a hacer? ¿Qué más podía yo hacer? Apostemos a la bendición del pronto infarto. Ya está a punto de llevarse al marido. Quizás la señora Josefina no resista y vuele a reunirse con él de inmediato. Desahuciados por ante la autoridad municipal y traicionados por nuestro compungido corazón, ¡oh Señor!, lo dejamos todo en tus sabias manos: arráncala de la estufa y llévala en paz a tu reino. Si el lugar a tu diestra aún está ocupado, hazle un espacio, al menos, a la siniestra. Donde cabe uno caben varios, y más aún si la carcasa material no cuenta. En fin, acomódala donde quieras, pero úncela al carro de tu eternidad, sígnala con tus bendiciones. Pero llévatela, Señor. Esperamos. Religiosa espera que, cuando mira al cielo con ojos de desgracia, es esperanza. Pero nada. Hasta allá arriba deben llegar las emanaciones del arte culinario de la señora Josefina, y nada ¿Por qué nos has abandonado? En fin, Dios sabe lo que hace. Por lo que también debe saber lo que no hace. Dura, Josefina dura, sólo gracias a Dios. Bien, venga pues, Josefina, el ajo y el tocino; esperamos oiros chirriar y abrasarnos en tu tormento matutino. Estamos listos. No nos hagas esperar más. Así.
Mientras tanto, los engranajes de la esperanza y el esfuerzo han comenzado a extender su ronquido comunitario. Por aquí ya se puede oír el agua correr por la tubería empotrada en las paredes. Esa tubería que nos une a todos. Por la vena costrosa de sus múltiples brazos corre la sabia de esta gran comunidad de fracasados. A cada quien sus tantos litros diarios. A cada quien el silbido cruel de su grifo por el servicio suspendido. Es una rotura. Rotura la de la madre que parió al alcalde. Nos abraza el calor de las maldiciones del condominio contra los anónimos funcionarios del suministro municipal. A cada quien su porción de barro y herrumbre cuando lo vuelven a activar. Gracias a Dios. Cada quien puede volver a la ducha y estregarse la mugre acumulada. Lo que el viento se llevó: por ahora otras tantas mentadas de madre proferidas con todo nuestro corazón.
Incipiente bullicio. Grifos abiertos. Los primeros vehículos raudos al pasar. Los primeros portazos. Los primeros pasos. Esos tacones son los que calzan los hombrunos pies de Glamour: a diferencia de los demás, que se van, la primera en llegar. Casi siempre le quedan chicos. A veces, al verla subir las escaleras, he notado el reborde áspero de sus talones sobredimensionados. Un día me confesó ése, su gran prejuicio, la parte odiada y penosa. Seguro de lo que me respondería, a propósito le pregunté qué se cambiaría para ser feliz. Pero me equivoqué, no era lo que yo pensaba: los pies, dijo. Todos tenemos un talón de Aquiles. Glamour tiene dos. Mentada de madre imprevista, estridente, que desentona con la escala homogénea que caracteriza el inicio del día. Silencio breve de todos para que todos escuchemos mejor. Hasta los grifos callan. Que sincronía la nuestra para atender lo que sucede del otro lado de la pared. Pero Glamour también ha callado. Seguramente tapa su boca con una mano y la de su amante con la otra. Apuesto a que tiene un ojo morado, el amante, digo. Lo que prometía ser una soberbia bronca no termina de estallar. Continuemos.
Yo soy el que aquí adentro, envuelto en la sábana, aún yace ¿Soy yo? Sí, claro, el mismo pendejo de ayer, empeñado exactamente en la misma vaina, enrollado en la misma sábana ¿Qué esperabas? ¿El hombre nuevo, acaso? Por cierto, hay que cambiarla ¿La cara? No, hombre; la sábana. No lo he hecho desde que Amanda se fue. Si Amanda estuviera aquí me estaría pinchando con la aguja de su ánimo. Gracias al cielo. No hay alivio más grande que apartarte del camino de quien te quiere salvar. Somnolienta carne humana tibia todavía que el sueño de una noche más no ha logrado digerir. Indigesto deshecho arrojado a la vigilia una vez más. Ecce Homo. La vez que, en situación similar a ésta, lo pronuncié en voz baja, Amanda, que venía desnuda del baño con tupido pubis al aire, me miró con dureza desde el otro lado de la cama: mas mono serás tú. Me reí mucho ese día, pero quizás tenía razón. Mono sin pelo. Mono sin árbol al que subir. Cuando Amanda habla de amor, yo pienso en espulgarme. Cuando habla de superación, pienso en los árboles. Cuando habla de crecer, me toco la panza. Cuando habla de caer bajo, también pienso en los árboles. Cuando habla de las raíces de nuestros sentimientos, pienso en tubérculos. Cuando habla de Dios pienso en el aburrimiento del solitario. Cuando no habla, entonces soy, al fin, esa ausencia de pensar el silencio que tanto la impacienta cuando habla.
Bien. El día ya se ha instalado por completo. El pobre sujeto del televisor sigue lidiando con el espíritu de todos los que estamos de este lado de la pantalla. Según él, no debemos alterarnos y, si es el caso, respirar profundo; ojos cerrados, pecho erguido. Por lo que entiendo, es algo así como una gran mentada de madre lanzada hacia dentro de uno mismo. Menudo trabajo ése de preparar todo el escenario del amanecer. Ya puedo sentir los indecentes empujones de su luz. Es la hora a la que normalmente he debido abrir los ojos, protagonizar entre todos el trastazo en ésta, la repetida farsa de empezar un nuevo día. Empecemos, pues, por abrir los ojos. Primero uno. Después otro. Estos primeros pasos siempre se hunden en el lodazal de un incontrolable bostezo. El bostezo es algo así como el tema musical que siempre acompaña mis más decididas intenciones. Luego, quizás aún sobre tiempo para meditar acerca del mejor modo de sacar los pies de la cama.
Con los ojos aún cerrados en el infructuoso empeño de no despertar, Martín Romero revisaba la agenda iniciada mentalmente al acostarse y que el sueño le había impedido terminar: tomar café y comprar cigarrillos en lo de Josefina, esperar papeles que Rengifo debe traer hoy, almuerzo con Montenegro, tarde libre, al menos que Amanda, en imprevisto estado ánimo femenino, quizás le diera por joder (falta que hacía); en la noche cumpleaños de Salvador, comprar algo para no aparecer en el festejo con las manos vacías. Tomó los cigarrillos que estaban en la mesa de noche, sobre un grupo de facturas pendientes: mierda, además pagar eso. Demasiadas cosas juntas para quien se había acostumbrado a hacer una a la vez y, preferiblemente, ninguna.
Con el cigarrillo colgando de la boca, Martín Romero debía decidir entre caminar dos pasos hasta la ventana o tres hacia el baño. Optó por lo primero, lo que siempre hacía, después de todo, notó. Al pasar, aprovechó estirar el brazo para apagar el televisor. No requiero hacer nada de lo que dice; con sólo escucharlo y verlo ya se agotan mis reservas caloríficas. Ya en la ventana, se asomó al abismo que se abría recto entre las edificaciones circundantes. Hermosa vista. Ni horizonte, ni lejanía. Nada de sublimes distancias con las cuales engordar la imaginación. Casi se puede tocar con la mano el muro de enfrente cubierto de manchones negruzcos y babosos que durante tanto tiempo ha producido el agua de lluvia que chorrea sobre el friso corrugado. Y, casi que si estiras un poco más el brazo, meterla por aquella ventana y manotear al pelón que hunde el hocico entre el montón de papeles. Oh pelonía la que, impúdica, va dejando al desnudo el rojizo y desolador cuero. Quizás haya sido un error haber perdido el pelo; un exceso de evolución que a la larga hemos de pagar como un desacierto estético. Si lo sabrán los gorilas y los perros. El pelón, siempre está haciendo lo mismo. Es contador, o algo así, creo. Me asombra que existan quienes se dedican a cosas así. Uno, dos, tres, cuatro… La desesperanza en chancletas ¿no? Quizás sea contador de cuentos: un cuento, dos cuentos, tres cuentos, cuatro cuentos… En fin ¿para qué seguir? No es mucha la diferencia. Hasta hace pocas semanas atrás, a esta misma hora, aún se le veía parado junto a la estufa, de saco y corbata, maletín en mano, tomar el café antes de salir a la oficina. Ahora, trabaja en su casa, en calzoncillos, porque, con lo que gana, según se queja él mismo, ya no le alcanza para pagar la oficina dos cuadras más arriba. Así que, al final, se trajo todas sus carpetas y se hizo un lado allí mismo, en el mesón enlosado de la cocina. Juró al arrendador que surgiría sin él y que un día lo vería arrodillarse e implorar ¿Qué? nadie sabe; que contara hasta mil, o diez mil. Quién sabe. Al mediodía, la mujer chilla porque no tiene donde servir el almuerzo ¿Y tú que quieres que yo haga? ¿eh? En algún sitio tengo que sentarme; ni modo que trabaje de pie ¿Qué quieres que haga? ¿eh? Que quemes toda esa mierda. El pelón intenta entonces sostener a duras penas su rictus racional, pero que se le raja por las costuras ¿Y cómo crees que vas a poder, entonces, comer tú esa mierda? Mierda la que traes tú a esta casa. Mierda esta casa. Sobrecoge la capacidad de síntesis de quienes en plena dialéctica de la miseria aún se aman. De las ventanas cuelgan colgaderos de alambre en los que cada quien muestra lo que tiene. El pelón está mal, sin duda. Usa calzoncillos anchos, blancos, de algodón, cada día más curtidos. Y si por la ropa interior femenina es, razón tiene en quejarse la pobre mujer. Pronto no habrá otra cosa que colgar allí más que la cruda mierda.
La ventana a la izquierda de la mía sigue vacía. El casero los echó. Otro caso de crueldad en el que, también, intenté poner mi granito de arena, pero esta vez no funcionó. Sólo logré colocar a Amanda en casa de Montenegro. Y, por cierto, eso como que no fue una buena idea. Desde entonces comenzó a machacar con que hay que superarse. Hay que crecer, decía. Yo no sé si fue el lujo que la rodeaba, o qué. Lo cierto es que ella quería crecer, y quería que yo creciera, y que nuestro amor tenía que ser una forma de crecer ¿Más? Quizás aquella mansión era demasiado grande, y de allí la necesidad que sentía de crecer, digo yo. Pero jamás había visto yo una manía tan grande de gigantismo. Pero si estamos bien así, enanitos; con tal que andemos parejos ¿no? Cuando Amanda vivía allí, en el cuarto, se la pasaba pegada a la ventana, la cara incrustada por entre los barrotes de hierro. Desde allí llamaba. Romerito, Romerito. Entonces, si yo no contestaba, sabía que yo no había llegado, y esperaba hasta el anochecer, a veces hasta la madrugada. Creí que no ibas a llegar nunca. Montenegro me tuvo rodando todo el día. Sacaba su mano por la reja y la estiraba como si me pudiera tocar. Esta mierda es tan chica. Mi prima, los tres niños, su marido y el loro maldito que no para de cotorrear. Y la primera vez que entró aquí se dio cuenta de que esta mierda era mucho más chica. Pero poco le importó. Se la pasaba pegada de mí todo el día. Éramos un monstruo de dos cabezas, ocupando entre dos lo que normalmente era irrespirable para uno. Quizás fue por eso que no le importó: donde cabe uno caben dos, decía. Sí, donde vive uno puede vivir otro montado encima, claro que sí. Entonces me empujaba, con violencia, pero nunca muy lejos. No había espacio para algo así. Hasta allí, bien. Pero luego, en casa de Montenegro, no se perdía uno de esos programas en que enseñan a la gente a estirar la autoestima para que le alcance el día completo. El sistema es mas o menos lingüístico. Que eres un palo de bruto; no, para nada. Eres inteligente, lo pronuncias una y otra vez, mientras vas en el autobús o en el ascensor. Y si eres francamente un rolo de bruto, lo apuntas en un papel para que no se te olvide y puedas tenerlo a mano en el autobús o en el ascensor. Pero Amanda, mi amor, decía yo, si la inteligencia requiere métodos así ¿no será mejor seguir siendo discretamente estúpidos? Yo, por mi parte, te juro que no quiero ser Aristóteles; me basta con leer un trocito de vez en cuando. Además: sólo sé que no sé nada. ¡Bah!. La de horas que te la pasas metido en esa biblioteca y ¿qué? Es que nada de lo que lees, al parecer, sirve para tu provecho personal ¿Cómo es eso que no sabes nada? ¿Es que se te olvida lo que lees o qué? A lo mejor necesitas un poco de sopa de rabo o de hígado de bacalao. Es muy bueno para la memoria. Pero no es posible que digas algo así; uno lee para crecer. Yo no leo para eso; apenas para distraerme, diría yo ¿Ves? ¿Y piensas pasar la vida sólo distrayéndote, haciéndote el loco, como si el asunto no fuera contigo? ¿Qué asunto? Lo pregunté en serio, de todo corazón. Y la mujer me miró con una cara que jamás olvidaré. Ese es, precisamente, tu problema, Romerito. Tienes una muy baja autoestima. Yo no sé quién es el sujeto ése; pero te puedo asegurar que no es mejor que tú el Mefistófeles, o como se llame el de los trocitos esos que a veces lees para distraerte. Es sólo un tipo con la autoestima bien puesta, me limité entonces a decir.
La ventana de Glamour, también a la izquierda, un piso abajo, es otra cosa. Colorido. Diseño. Atrevimiento. La exagerada e ingenua exageración transexual. Con las zapatillas lanudas adornadas en la punta con cabeza de risueños conejos, gatos o perritos se le ha visto hasta en el abasto y la panadería. A cien metros uno puede decir: allí viene Glamour, y cien metros después, luego de haber girado uno sobre su propio eje: allá va Glamour ¿Cómo dices que se llama? Glamour. Vaya que son rebuscados estos maricos ¿no? Mira que nombre, mira qué chancletas. Ahí viene de vuelta. Romerito ¡¿Cómo que Romerito, Romero?! Un codazo, y aquí Rengifo, un amigo. Glamour estira la mano de hombre como para que se la besen como a una mujer. Y Rengifo, cara de asco y muy nervioso, que se mantiene a lo lejos, sin corresponder. Ah, el señor Gladiolo, mucho gusto, mucho gusto, dice Rengifo mientras mira hacia los lados como si fuese a salir corriendo. Imagino que tienes amigos un poco más gente ¿no, Romerito? Chaos ¿Y qué es lo que se cree este marico? Glamour, Rengifo, te dije Glamour. Bueno me equivoqué, está bien. Sólo quise ser amable. Y le dijiste señor. Bueno, me equivoqué ¿Y qué esperaba ese marico? La culpa es de él ¿no? Que se vaya a la mierda, el gladiolito. Mira que nombre. Mira qué chancletas. Tienen la ventaja de que le cubren los pies hasta el tobillo. Medias llenas de huecos enganchadas a sus respectivos ligueros. Cientos. Esto de tirar sí que da dinero, dicen las mujeres por aquí. Como casi todas son prendas muy escasas en telas, le caben hasta diez en una misma hilera. Vaya uno a saber de dónde sacó ese lote de conjunto con pinta de tigre. Tigres rosados. Tigres verdes. Tigres amarillos. Todos de Bengala. Y esos pantaloncillos que sin ponérselos y ya sugieren cuánto debe haber por allí en costosa carne de nalga, trenzados a los lados, también de tigre. Ya se le pasará. Tiempo atrás le daba por las flores. Esta debe ser su fase agresiva. Cuestión de luna y personalidad, digo.
Porque, aunque no lo parezca, pese a la homogeneidad de nuestras miserias, cada quien conserva su individual personalidad. Ello se percibe en las mentadas de madre. Las de Glamour son desgañitadas, como si alguien correteara violentamente a un pavo desde su interior. El furor de su voz se le rompe en la garganta, ronca pero artificialmente siempre forzada a los tonos altos. Hombre y mujer hablan al mismo tiempo, como siempre. Pero, en el mismo cuerpo. Pobre. Lo peor de ambos reunido en la misma existencia biológica, condenados no ya a la misma habitación, sino a la mismísima anatomía. Pobres. Las de Josefina ni siquiera se escuchan. Pero imagino cómo deben sonar hacia adentro, sus ecos entre aquellas paredes de grasa.
Más abajo, al fondo, Josefina. Josefina la otra, la del pelo rojo y reseco, lleno de pinchos por la mañana, forzadamente alisado a laca por la tarde. ¿Cuántas habrá por allí? Es la mitad de gorda. Debería ser la mitad de desgraciada. Pero eso queda compensado, ya que es el doble de alta. Pero Glamour es muy suspicaz en cuanto a la efectividad de tan temible corpulencia. Ella dice que no. Eso de no tener marido es la peor desgracia. Josefina, la otra, tiende la ropa en el patio. Se adueñó del patio ¿Con qué derecho? La conserjería no le da derecho. Además, las prendas que caen de arriba no las devuelve: pantaleta que cayó pantaleta que se jodió ¿No la ha visto por aquí? No, allí no hay nada. Y entonces ¿dónde puede haber caído? ¿Insinúas que me la agarré? La guardará como trofeo, porque lo que es ese fundillo no cabe allí. Vieja bribona. Sus mentadas de madre son como de hombre. Y su mirada, vista desde aquí, como la de un animal adentro amenazante y que lucha por salir. Ya saldrá. Mira hacia arriba, con descaro, porque sabe que la observo mientras barre la hojarasca del pequeño jardín. Es mi jardín, maldito estúpido ¿por qué no bajas, a ver si logras sacarme de aquí, eh? Es fácil imaginar el placer que sentiría si yo le diera la oportunidad de enterrarme los ocho pinchos del rastrillo en la cabeza. Es hora de bajar.
Martín Romero no lo esperaba. Pero ahí estaba. Era el mismo señor Josefina en su lonchería. Lo encontró de espaldas, mientras el hombre se afanaba en arrancar el letrero que decía si usa marcapaso no pase: microondas. El señor Josefina reparado. Lo primero: esconder esa cara de asombro; a nadie le gusta ver el asombro en los demás porque resulta que uno sigue vivo. Buscar otra cara. Amabilidad de transeúnte con matices fríos. Eso proporcionará a éste rostro aburrido la suficiente cortesía que requiere el caso. Así. A ver. Muy buenos días. No, por favor. Buenos días, nada más, a secas mejor. No esperaba verlo por acá. Sí. Eso cabe. Pues ya UD. ve, vecino, de nuevo por aquí. Y el cómo se siente. Cuidado. Puede ser muy hiriente. Es obvio que, con esa cara, el desgraciado se siente como la misma mierda. Para qué preguntar. A lo que viniste, y ya. Café.
Mientras escuchaba el soplido del vapor que salía de la máquina y percibía el aroma del grano molido, Martín Romero tomó un periódico del lote que un muchacho flaco había arrumado sobre el mostrador. Dirigencia política del país subestima supuesto alcance de la campaña de Hugo Chávez. El pueblo no prestará oídos al mensaje retrógrado y rimbombante de un golpista, señaló el dirigente adeco. Martín Romero pagó al muchacho y tomó el café que le trajo el señor Josefina.
–Hay que acostumbrarse, vecino. –dijo el señor Josefina.
–Sí, estos políticos creen que en política todo está dicho. Mire a éste indolente. El hombre toma cada vez mas espacio, en la prensa, en las encuestas… en fin, que no tienen ningún interés en favorecerlo, y él simplemente habla a nombre del pueblo, como si nada pasara. Crearon lo que para ellos es un monstruo aborrecible que anda suelto por las calles, y ellos dicen que no es con ellos y hablan a nombre de un pueblo que, según ellos, piensa igual. Si supieran la torta que están poniendo. Ya los veremos tirándose de los pelos entre ellos y rasgándose las vestiduras, cuando el monstruo los arase. −dijo Martín Romero.
−No me refería a eso −advirtió el señor Josefina.
−¿Cómo? ¿No? ¿A qué, entonces?− preguntó Martín Romero que, distraído, había dado por cerrado el caso, mientras levantaba la vista del periódico.
El señor Josefina hizo una señal hacia un lado de su pecho. Y luego procedió a romper meticulosamente el letrero que acababa de quitar de la pared.
−Puede que bajen las ventas. Y con lo endeudado que me dejó la operación. Hay veces en que uno entiende a esos locos que hablan de la muerte como una liberación ¿No los ha visto nunca? Hablan del asunto con una sonrisa en la boca. La verdad me parecen que se burlan de uno. Suelen pasar por aquí, con sus caras risueñas, metidos en sus batas anchas y larguiruchos. −dijo el señor Josefina.
−Seguramente. –respondió Martín Romero
−¿Sabe de alguien, vecino, que compre uno?– dijo el señor Josefina señalando hacia el microondas −Completamente nuevo. Ya ve, no tuve la oportunidad de usarlo siquiera la primera vez.
−Sí, entiendo. Es lamentable. Si sé de alguien, se lo haré saber. Se lo aseguro. −dijo Martín Romero.
−Por cierto. –dijo el señor Josefina.
−¿Sí? –preguntó Martín Romero.
−Quería agradecerle. A UD. y, sobre todo, a su amigo, el señor Rengifo. Si no es así, no me habrían renovado el permiso ¿Y qué habría yo hecho, entonces? Mis ahorros se los llevó el aparatico éste. Pero ya me recuperaré. −dijo el señor Josefina.
−Lo renovaron, entonces. −dijo Martín Romero
−Por cinco años. Mi mujer quiere que le agradezca de su parte, a UD. y al señor Rengifo. −insistió el señor Josefina.
−Ése, si le pagan lo suyo, es capaz de duplicar a su mamá. −dijo Martín Romero entre risas.
−Es efectivo, el señor Rengifo. Allá en la prefectura todo marchó como él siempre dice...
−Sobre ruedas. −se adelandó a decir Martín Romero.
−Sobre ruedas. −confirmó el señor Josefina. Y ambos parecieron rodar durante un instante.
−Está bien. Tendrá la oportunidad de agradecerle UD. mismo, si quiere. Debe venir por aquí de un momento a otro. Eso acordamos. Cosa en la que, por cierto, le diré, no es tan efectivo. A veces me parece que goza con hacer esperar a la gente. Ya veremos esta vez. −cortó Martín Romero.
−No exagere UD. −negó con cortesía el señor Josefina.
−Le parece que exagero. Bien. Le cuento: un día en que estaba yo en su oficina, a eso de las tres, le escuché jurar por teléfono al ingenuo del otro lado de la línea que lo vería, sin falta, a las cuatro. A las cuatro y media yo seguía todavía allí y ya le había oído decir varias veces: hay tiempo, hay tiempo. Lo peor es el modo en que lo dice: parsimonioso, calmo, flemático, cortés. Casi lo convence a uno de que hay tiempo, hay tiempo. Este Rengifo. −contó Martín Romero
−¿De veras, vecino? −advertía el incrédulo señor Josefina.
−Y eso que no le ha visto UD. llegar a un sitio en el que no pensaba encontrar a nadie. Con lamentación dice: disculpen la tardanza, iba a llegar más temprano pero...el tráfico esto… el ascensor lo otro ¿Y UD. que cree? Nadie lo esperaba, con nadie había acordado cita alguna. Pero Rengifo, por si acaso, siempre se disculpa. Es muy cortés, sin duda. −comentó Martín Romero.
−Pero es su amigo ¿o no? −se atrevió a inquirir el señor Josefina.
−Sí, claro. Cuando aparece. Puede que hasta el día del velorio nos eche el carro a todos. Pero, así es Rengifo. −dijo Martín Romero.
vBueno, lo importante es la amistad. A los amigos se les quiere con todo y defectos ¿no es así? −preguntó el señor Josefina.
−Claro. Con todo y defectos. Los defectos son la sal de la vida. −dijo Martín Romero, mientras volvía la mirada al periódico que tenía entre las manos.
−¿Cómo dice? −preguntó el señor Josefina.
Te pasaste, Romero, te pasaste. El gordo enfermo se ha dado cuenta de que nada de lo que has dicho lo has hecho en serio. Anda, termina de mostrar esa sonrisita leve y estúpida, a modo de disculpa. Mira la cara de resignación del gordo. Hasta de espaldas se le nota la resignación. Ahí va, todo él metido en los pantalones anchísimos sujetos con tirantes. El señor Josefina se retiró para recoger de la ventanilla por la que se metían los gordos brazos de la señora Josefina la bandeja atiborrada de empanadas y tequeños. Casi cinco años viviendo aquí y no puedo llamarle de otro modo. Es tan igual a ella. Hasta las mismas tetas. Sin embargo, no es que sean como gemelos, sino que parece hecho de una muestra de tejido adiposo de su mujer. A veces me he preguntado cuál será su nombre: Pedro, Carlos, Manuel. Averiguarlo me parece que sería invadir grotescamente su intimidad. Tenerlo así, como innombrable, o más bien designado con un nombre que indica su condición de sucursal existencial de la señora Josefina, me parece que es la única forma de guardar la debida distancia. A veces tiene cara de Manuel, o más exactamente de Manolo; Francisco, o más bien Pepe. Pero, en realidad, qué puede importar cómo se llame. Siempre será el señor Josefina, y él lo sabe, de alguna manera, aunque no sepa en realidad cómo lo llamo. Cuando mira lo hace como si clamara. Cuando habla, sus ojos, con voz sonora, añaden siempre la postrera palabra del silencio a cuanto dice. Cuando calla, ya no mira, sus ojos son de resignación. Cuando le hablo lo trato sólo de UD. Y el me responde y me trata sólo de UD, vecino. Tampoco él sabe mi nombre ¿Cómo me llamará?, me pregunto. El imbécil del quinto. Sí. Me sienta bien.
−¡Martín Romero!− dijo Rengifo mientras arrimaba un taburete para sentarse al lado del hombre y palmeaba su hombro. Primero colocó la carpeta y una caja que traía consigo hacia un lado. Luego continuó. −Disculpa la tardanza.
−¿La tardanza? −preguntó Martín Romero
−Las ocho −dijo Rengifo, como si hablara con el reloj.
−A las ocho quedamos. −replicó Martín Romero.
−Ah. −exclamó Rengifo.
−¿Ve lo que digo? −preguntó Martín Romero al señor Josefina, quien se acercaba con dos cafés.
−No haga mucho caso a lo que dice éste –se apresuró a intervenir Rengifo. −Es un majadero. Lo imagino hablando de mi dudosa puntualidad ¿No es así? Pero así es con la policía. Es como con los médicos: a última hora siempre salta un imprevisto. Pero, también tengo mis virtudes ¿o no? Soy seguro, preciso y concreto. −dijo Rengifo, a sabiendas de que el señor Josefina lo apoyaría, agradecido como estaba el hombre por los favores recibidos en el proceso de renovación de su permiso.
−Muy eficaz, y le estoy myt agradecido por ello. −dijo inmediatamente el señor Josefina.
−De nada, de nada. Fue para mí un placer ayudarlo. No más Romero me pidió que interviniera en su favor, no dude ni un momento en hacerlo. −Dijo Rengifo, Luego, mirando hacia Martín Romero, con un cigarrillo colgado de la boca y mientras hurgaba en sus bolsillo en busca del encendedor, agregó −¿Ves, Romero? No como aquellos que se pasan la vida pensando en lo que van hacer y nunca terminan de hacer las cosas ¿No es verdad, Romero? −Súbitamente, Rengifo se detuvo mientras miraba hacia la torre de tequeños. −¿Recién hechos? –preguntó Rengifo al señor Josefina.
−Por supuesto −reafirmó atento el señor Josefina.
La luz de la esperanza. Ha vuelto a los ojos hinchados del señor Josefina. Tímida, pero allí está. Hasta sus carrillos parecen mirar. El primer tequeño para comenzar a pagar la pesada deuda que lo aflige. El señor Tequeño. Sí. Buen nombre para lo que le espera el resto de la vida a quien tiene su destino escrito.
−Tráigame uno de ésos ¿quiere?. −Pidió Rengifo al señor Josefina, ahora señor Tequeñp. Entonces prosiguió, dirigiéndose a Martín Romero. −¿Entiendes a lo que me refiero? ¿o no?
El señor Tequeño trae en su mano pequeña y gorda el plato con el pequeño y gordo tequeño, y lo coloca frente a los ojos llenos de sombro de Rengifo, cuyo rostro, de inmediato, pasa del entusiasmo a la desolación. En la emoción del halago debe haber visto aquél rollo de harina y queso mucho más grande de lo que realmente era. Lo cierto es que ahora en su cara sólo queda espacio para la desaprobación de lo que aún ni siquiera ha probado. Demasiado generosa quizás su primera impresión respecto al señor Tequeño. Puede que el maldito gordo no sea más que un tacaño. Y, la verdad, lo está haciendo más chicos, ki que sebe ser leído como la parte infame de su estrategia según la cual unos cuantos gramos menos de masa pueden contribuir al pago de la enorme deuda adquirida si se trabaja con la misma intensidad que cuando los hacía más grandes.
−Traiga otro, por favor– ordenó Rengifo y, luego, dirigiéndose otra vez a Martín Romero −¿Vas a comer, no?
−No tengo hambre. Está bien con el café. −respondió Martín Romero.
−No importa. Me lo como yo. −dijo Rengifo.
−De todas maneras lo habrías pedido. El tamaño de ése se refleja como desgracia en tu rostro. Ya veo el por qué de esa barriga. −sentenció Martín Romero
−Ya estamos en los cuarenta y más, Romero −respondió Rengifo mientras daba cuenta de la primera mitad con el primer mordisco −Con barriga o sin barriga, esa pequeña desgracia es la que cuenta ¿No te parece? ¿No has pensado en eso? ¡Ah no, y para qué va a emplear Martín Romero su ilustrísimo cerebro en pensar ese tipo de cosas...¿banales?, creo que así te gusta llamarlas. Amor, trabajo...tú sabes: pendejadas. Mira, un día, como todos, te vas a morir, supongo. Te gusta mucho el tema ¿verdad? Pues yo te digo por dónde comienza el tema de la muerte: por un ataúd; una caja de mierda que, dependiendo de la madera con la fabriquen, te va a costar lo menos un ojo de la cara; dos, si es de mejor calidad ¿eh? ¿Qué te parece? Lindo tema ¿no? La muerte de mierda ¿no? A ver ¿quién coño te va a meter allí? ¿Quién coño te va a cargar hasta el podrido hueco en que te corresponda pasar el resto de la eternidad? −preguntó Rengifo.
−La eternidad ni pude tener resto. −dijo Martín Romero mientras miraba la taza de café.
−¿De qué habas? No te hagas el bobo. Responde lo que te digo. −reclamó Rengifo.
−Tú, supongo. −respondió Martín Romero mientras reía.
−¿Yo qué? −preguntó Rengifo.
−Tú me meterás en el hueco. −aclaró Martín Romero.
−Vete a la mierda. Hablo en serio. Por ti. Ayer hablaba con Salvador del asunto. Está de cumpleaños hoy, por cierto ¿Vas a ir?
−Ya me avisó. Ya compré el regalo. −dijo Martín Romero.
−¿Si? Y ¿qué es? −preguntó Rengifo.
−Un microondas. −dijo Martín Romero.
−Excelente. Le va a gustar. −dijo Rengifo.
−Sí. De haber dicho bomba atómica, dirías lo mismo: excelente. No seas ridículo. Debe haber como diez cosas de esas en casa de Salvador. Allí hay de todo, y por docenas. Debería montar un bazar. Todas las casas de familia lo son. Ya no me preocupo por ello. Compro cualquier cosa, lo más fácil. Él lo sabe y, conmovido, lo agradece de todo corazón. Se lo pasa a la mujer. Ella lo arruma. −dijo Martín Romero.
−Bueno. Lo que importa es el gesto ¿no? −dijo Rengifo.
−Sin duda ¿Y tú? −preguntó Martín Romero.
−Había pensado en algo así. Ya no será un microondas, claro. −dijo Rengifo meditabundo.,
−Uno más no importa. Te lo aseguro. −interrumpió Martín Romero.
−No cambies el tema. Salvador tiene razón. Te has vuelto esquivo. Pero dime ¿Te das cuenta que nunca has terminado nada? Salvador tiene razón: menos mal y no te metiste a albañil, o algo parecido que supusiera terminar cosas concretas ¿eh? Me la habría pasado librándote de caso en caso, por incumplimiento de contrato y qué se yo. −dijo Rengifo. De súbito calló, al ver el periódico que Romero aún tenía entre las manos. Entonces agregó:
−¿Ves? Lo que siempre estoy diciendo. Este loco no va a ninguna parte. Con ese discurso nacionalista, socialistoide, recalentado. Como que se quedó en el siglo XIX, el tipo. Hay que ser un poco idiota para tomar en serio lo que dice ¿no te parece, Romero? No es más que un caudillo militar y, además, fracasado como militar. Fracasado en su propio terreno ¿cuál no sería la cagada que pondría en política?.
−Hablas como si dieras por sentado que el tipo no va ganar. ¿Quién te lo asegura? −interrumpió Martín Romero.
−¿De verdad piensas que ese sujeto tiene alguna posibilidad? ¡Por favor, Romero! Así como el comunismo se vino al suelo, la época de las dictaduras militares quedó a atrás, mi querido Romero. A éste se le pasó su tiempo, y como que no se ha dado cuenta. Es cuestión de tiempo. A éste la cuerda no le dura más allá de las elecciones. Ya verás. No, algo así no pasará. No lo creo. Este pueblo no puede ser tan necio ¿Te imaginas, este país de mierda y, encima, caer en manos de este desquiciado? Dios nos agarre confesados. −dijo Rengifo con la intención de romper el cerco de silencio tras el cual se empeñaba en mantenerse Martín Romero.
–Pues ve confesándote, ahora que aún tienes tiempo. Quién sabe si acaso no sea un desquiciado lo que necesite este país para dejar de ser un país de mierda. Porque una cosa sí te digo, Rengifo, este desquiciado es, al menos, el pasaje seguro para que estos políticos de pacotilla se vayan a la mierda. Ya con eso pasaría a la historia, el desquiciado. Y puede que no pase de eso. En todo caso, esto −concluyó Martín Romero mientras mostraba la página al otro− es miedo, viejo; miedo. Ya verás cómo de aquí a diciembre se va elevando la histeria de estas mariquitas de la democracia. −soltó de súbito Martín Romero.
–¡Ja! Ahora sí que nos jodimos. Romero chavista. No digo yo. Oye ¿De cuando acá, eh? Definitivamente, mi amigo, tú estás mal de la cabeza. Mira que te gusta ir a contracorriente. Lo haces a propósito. Debe ser. Ya no me queda duda; lo haces sólo por joder a los demás. Cuando el comunismo y la revolución estaban de moda, andabas siempre con esa sonrisita escéptica ¿El hombre nuevo? Ah, sí claro. El hombre nuevo. Claro que sí. Ya éste tiene lo menos trescientos cincuenta mil años sobre el planeta. Mejor cambiarlo por otro ¿Recuerdas al joderdorcito? −preguntó Rengifo.
−Todas las cosmogonías hablan siempre de lo mismo ¿Acaso no es cierto? Éste ya no sirve; la verdad no ha servido nunca. Mejor cambiarlo por otro. Entonces empieza la revolución. Lo único malo es que las revoluciones siempre han de ser hechas por ejércitos de hombre viejos. −dijo Martín Romero.
−Precisamente, cuando hoy ya se acabó la cantaleta de la revolución, cuando Lenin, el “che” y Mao se fueron a la misma mierda, tú te detienes a contemplar las bondades de un comunista disfrazado de militar golpista, y fracasado. Cuando había que ser revolucionario, Romero era un escéptico, por decir lo menos. Ahora, cuando la historia nos ha colocado en otros tiempos, Romero es revolucionario ¿y de verdad crees que este asalta palacios es el hombre nuevo? No tienes remedio, Romero. No lo tienes. −Concluyó Rengifo.
−No seas tan bruto, Rengifo. Te llenas la boca hablando del fracaso del sujeto, y no te das cuenta que allí, precisamente allí, está la gran fuerza del sujeto. Si Chávez hubiese tomado el poder, como tenía planeado, a la vuelta de seis meses, o menos, ya no habríamos oído hablar de él más nunca. Hubiera desaparecido para siempre del escenario. Pero el golpe, al no consumarse, creó, precisamente, el escenario para que hoy aparezca tan bien posicionado. Tú y los pendejos que se llenan la jeta acusándolo de golpista, no advierten que lo que ellos ven como un pecado es un testimonio de virtud para quienes lo siguen. Y si te parece que esto es un mera especulación sin fundamente, a ver, dime ¿de dónde sacó la momia de Caldera la fuerza para montarse una vez más en la silla? Expulsado del partido y, aún así, las chiripas lo montaron de nuevo en la silla ¿No te das cuenta? El escenario del tan por Uds. detestado chavismo tiene ya más de cinco años conformándose. El ascendente del golpista no es un milagro; es historia de carne y hueso, reciente, clara como el agua. Sólo los idiotas no lo ven. −dijo Martín Romero.
−Entonces yo soy un idiota. −interrumpió Rengifo.
−Hace rato, el idiota era yo, según tú. −replicó Martín Romero.
−Bueno, está bien. Supongamos que tienes razón en parte de lo que dices ¿Eso es suficiente para tu entusiasmo chavista? Ahora Romero sí cree en la revolución, lo que no parecía hace veinte años. −preguntó Rengifo.
−Se me puede acusar de muchas cosas; pero de entusiasta, lo dudo. No se trata aquí de lo que yo crea. Eso no tiene importancia. Observo la realidad, y veo cosas interesantes. Este sujeto es una de ellas. −dijo Martín Romero.
−Interesante. Ahora la cuestión es interesante. −comentó Rengifo.
−Es interesante que luego de cuarenta años de podrida democracia nos damos cuenta de que no hay en esta país lo que los políticos llaman “clase política”, sino la misma eterna pandillita del entorno gubernamental. Si este país, como tú dices, es una mierda, allí tienes la más poderosa de las razones para que así sea. Y este desquiciado, lo sabe, mucho mejor que tú y que yo. −insistió Martín Romero, mientras mostraba de nuevo el periódico al otro.
−¿Y eso te parece interesante o la mismísima cagada? −preguntó Rengifo.
−Las dos cosas. Vivir la mismísima cagada la hace interesante. Vociferar la crisis nunca será tan apasionante como verla pasar ante ti, desnuda; mezclándose, molécula a molécula, con tu propia materia vital. −dijo Martín Romero. Calló por un momento, y luego agregó −Dime algo ¿No te das cuenta de cómo el sujeto ha ido tomando los símbolos? Bolívar, la patria, la nación, la historia… en fin, todo lo que, a lo largo de los último cuarenta años (o más, si nos remontamos hasta la independencia) ha terminado por convertirse en chatarra ideológica, el tipo lo va recogiendo como un pordiosero inmundo en las calles inmundas de la historia política de este país. Y tú y todos los que creen sabérselas todas, se burlan, tal y como cómo suele hacerse con los pordioseros, sin percatarse de cómo este desquiciado se fortalece gracias a la miseria, y no sólo me refiero a la que causa el hambre, sino, sobre todo, a la que, ignorando el hambre, destruye la existencia política de cualquier nación. La constituyente; para ustedes una cantaleta más del soldadito fracasado. Pero ya verás, este desquiciado no se va a quemar las pestañas convenciéndote con un programa inserto en un librito de partido que nadie, sino los militantes, leen. Este va a hacer de la constitución El Libro, el libro no sólo jurídicamente impuesto, sino ideológicamente procesado. D modo tal que un día, no muy lejano, para saber cuál es el programa del golpista fracasado, leeremos la constitución. ¡Ja! Pero el pueblo no prestará oídos…−dijo Martín Romero.
−Desfasado y truculento. Ese es Romero ¿Qué duda cabe? −acotó Rengifo.
−Un profeta. −rió Martín Romero.
−Del desastre. −replicó Rengifo.
−¿Y si no es del desastre, qué gracia puede tener ser profeta? No, mi querido Rengifo. Eso lo sabemos. Ahí no puede haber profecía. La profecía se ejerce aquí, en el instante, por el que esté dispuesto a descubrir qué es lo que tiene debajo del culo ¿un asiento? ¿la bomba atómica? ¿su propia tumba? El futuro es mera distracción del imperecedero dilema que vivimos a diario. −dijo Martín Romero, mientras Rengifo echaba miradas debajo de su asiento.
−Salvador tiene razón. No tienes remedio. −dijo Rengifo.
−¿En verdad eso dice él? −preguntó con curiosidad Martín Romero.
−Bueno, no. Lo digo yo. Pero él se queda callado. Imagino que comparte lo que digo. −dijo Rengifo.
–Eso es otra cosa. Salvador no está del todo convencido. Sólo calla. Es algo que se aprende cuando uno está casado. −dijo Martín Romero.
−Y Tú ¿cómo lo sabes? −preguntó Rengifo.
−Salvador mismo me lo dijo. −respondió Martín Romero.
−Bueno. Igual nos preocupamos por ti. Somos tus amigos. Para eso están los amigos ¿no? No entenderlo así es grosero de tu parte. Ahora, de repente, te vienes con esta vaina de Buenaventura ¿A cuenta de qué? Eso es otro tiempo, Romero; se acabó. Muy lindo, la revolución esto, la revolución lo otro ¿Vas a seguir con esa vaina? ¿Qué caso tiene? ¿Vas a llevar el chavismo a Buenaventura, o algo así? Te digo francamente: no te entiendo. Yo pensé que lo tuyo con Amanda iba sobre ruedas, y que por fin sentarías cabeza ¿Qué coño vas a ser allá? −preguntó Rengifo, al tiempo que pedía al señor Tequeño que trajera más tequeños.
−Policía. Como tú. −respondió Martín Romero.
−Sí, eso ya lo sé. Aquí están los papeles. Si por eso es, el asunto está listo. Pero no digas como yo. Yo soy policía de profesión. He hecho todos los cursos habidos y por haber. En menos de un año, incluso, me gradúo de abogado. Hoy día, ser policía no es sólo tener una pistola y una placa. Hay que prepararse ¿sabes? La cuestión técnica. La cuestión legal. En fin, tú sabes. Tú, en cambio, no terminas nada. Diez veces empezaste la universidad, diez veces la abandonaste. Te pasas horas enteras en lo del viejo Montenegro. No sé cómo no te aburres hasta podrirte. Tú sólo eres guardaespaldas del viejo, y creo que ya no puede decirse ni eso. Ese viejo en cualquier momento se muere solo. −dijo Rengifo.
−Pero terminé aquél curso, junto contigo. Y en cuanto al viejo, mejor que no se muera. Su sola existencia, esté donde esté, me permite estar allí, como una cosa más en su solitaria mansión. Para mí está bien. Ahora el viejo quiere que me vaya a Buenaventura. Pues me voy. Para nada me interesa saber el por qué. Hasta me ha cedido una casa allá. ¿Lo creerías?
−¿En serio?
−Puede quedarse con ella, dijo.
−Bueno. Como sea. Eso es otra cosa. En todo caso, sí, terminaste el curso; dos años. Pero no creas que eso te hace policía. −aclaró Rengifo.
–No necesito que me haga nada, en verdad, como tú dices. Estás como Amanda. Si leo un trocito de la metafísica no es con el propósito de fundar una escuela filosófica, ni mucho menos. Pasé un par de horas. Para mí es suficiente. −dijo Martín Romero.
−Y ¿a ese paso qué? A ese paso el mundo no sería mundo. Aristóteles no habría escrito una línea, ni pensado dos cosas seguidas. −dijo Rengifo.
−Tanto mejor, quizás. −acotó Martín Romero.
−Ah , bueno. Lo tuyo ya es descaro, Romero. También terminamos aquél curso de tres meses: informática. Fortram. Lenguaje científico, que le decían ¿no?. Cortesía de los gringos para los países de mierda: Alianza al Progreso. En Principal ¿Recuerdas? −preguntó Rengifo.
−Sí −afirmó Martín Romero sin contener la carcajada −Claro que sí. Todo el que subía por aquellas escaleritas al lado del cine se ganaba la generosa beca. Hasta El Indio, Joe, se ganó una ¿lo recuerdas? −dijo Martín Romero.
−¿El Indio, también? −preguntó con asombro Rengifo.
−¿Qué? ¿No lo sabías, acaso? −preguntó Martín Romero
−De verdad que no. −insistió Rengifo.
−Vaya. Tu amigo y compañero de aventura. Tu lugarteniente. Ah, te sorprende que hasta al mismísimo indio del Joe le haya sido otorgada la mismísima llave de tresciento bolívares para abrir las puertas del progreso. Pues entérate. Veinte años después, pero entérate. Estás a tiempo. En verdad ¿no rlo ecuerdas? Lo conocimos allí mismo, en las escaleras del cine, con su pelo largo y liso, peinado hacia los lados y hacia abajo, y los ojillos maliciosos con que nos miró cuando dijo: camaradas. Estaba cantando su eterna alambra y hablaba como campesino uncido a la yunta de bueyes ¿Lo recuerdas, ahora? −insistía Martín Romero.
−Sí, claro que lo recuerdo. Al principio el tipo no me cayó para nada bien. Después, bueno, el compañerismo, la revolución. Tú sabes. Es una atmósfera que embelesa ¿no? −dijo Rengifo. Luego de un momento de silencio en el que estuvo recordando, agregó −Nos embelesaba a todos con sus cuentos de guerrilla y sus entrevistas con el che Guevara ¿recuerdas?
−¿Supiste lo del encuentro con Douglas Bravo? −preguntó Martín Romero
−¿Con quién? No. A mí nunca me dijo nada. −respondió Rengifo.
−Fue luego que volvimos de Buenaventura. Nadie quiso volver a saber de Joe, después de eso. Yo, con sólo mencionártelo, te revolcabas en tu aborrecimiento ¿y tú qué haces viéndote con el estúpido ése? Ten cuidado. Te vas a idiotizar como él. No es más que un demente. Eso me decías, cuando yo te contaba que me había encontrado con Joe en una esquina. −dijo Martín Romero.
–Sí ¿Y qué esperabas? Aún después de esa estupidez, el tipo insistía en que la revolución esto, la revolución lo otro. Era un pobre disociado mental. −dijo Rengifo.
−Bueno, bueno. Estupidez ahora, barrigón a punto de graduarte de abogado. Pero entonces no pensabas así. −Martín Romero esperó a que Rengifo echase un vistazo a su vientre, y luego continuó −En fin, a lo que iba. Un día Joe se dirige al supermercado, a eso de las diez de la mañana. Compra huevos, porque desde la mañana, muy temprano, ha prometido a su mujer preparar una deliciosa tortilla. Al salir del supermercado y pasar junto a una cava estacionada afuera, se abre intempestivamente la puerta, salta un sujeto rápidamente, lo toma por detrás con violencia, y lo introduce en el camión ¿Quién era? −preguntó Martín Romero.
−Y qué se yo. −dijo Rengifo aburrido.
−El mismísimo comandante. −dijo Martín Romero.
−¿Y qué quería? −preguntó Rengifo.
−Consejo. El sabio consejo de Joe, el Indio. ¿Qué más puede querer un hombre que, como el comandante, vive en el eterno dilema que su posición de líder siempre le impone en el día a día de una vida destinada a la transformación social, eh? −dijo Martín Romero.
−Está bien, está bien. No exageres ¿eh? Consejo ¿y qué consejo le dio el pendejo? −preguntó Rengifo.
−Y qué sé yo. −dijo Martín Romero.
−Y, entonces ¿cuál es la gracia del cuento? −preguntó Rengifo.
−¿De veras crees que se lo pregunté, o me preocupé por eso? No. Yo estaba pendiente de otra cosa: ¿y qué pasó con los huevos, Joe? Eso es lo que me interesaba. −aclaró Martín Romero.
−¿Los huevos? −preguntó a su vez Rengifo.
−Claro. ¡Ah, los huevos!, dijo Joe sorprendido. Lo huevos…Los huevos, pues, se rompieron. En el forcejeo se volvieron añicos en la bolsita. Pero no dije nada, claro. No quise incomodar a Douglas por algo así. Esa es la versión de Joe. −dijo Martín Romero.
−Mojonero. Siempre fue un payaso, el Joe. −concluyó Rengifo.
−No del todo. Cuidado. No tan de prisa, Rengifo. Que hasta el mismísimo Fidel lo consultaba, no lo sé. Pero un día me lo encontré junto con la mujer. Ambos se aproximaban con sendas bolsas cargadas en los brazos. Salían del mismo supermercado. Era el tipo de cosa que lo apenaba, al Joe. Entonces me paro frente a ellos. Hola, Joe y, mirando hacia la mujer, ¿Cómo está UD., señora? ¿Cómo se porta éste sujeto? Aquí, como ve, haciendo las compras. Entre comentarios y bromas: porque si dejo que éste lo haga sólo (señala con el cuello estirado hacia Joe) me rompe hasta los huevos. −dijo Martín Romero.
−Joder, Romero ¿Y qué pasa con eso? −preguntó Rengifo.
−No lo ves ¿verdad? Bueno. Lo que digo: me inclino a pensar que lo de los huevos si era cierto. A ver ¿cuántas veces has roto los huevos y te has sentido el mismo estúpido? Ahora: imagina que insertas tu estupidez en una escena que la hace irrelevante como tal, que la trasciende y borra la cruda marca que, de otra manera, jamás podríamos borrar, o con la que nunca podríamos, por sí solos, coexistir. A eso llamo salvación. Sólo vivimos de romper huevos, rompiéndolos una y otra vez. Pero nunca lo aceptaremos. Escribimos libros. Hacemos revoluciones. Descubrimos a Dios en la carne visceral de nuestro baboso corazón ¿Y los huevos? ¿Los huevos? ¡Ah, los huevos! Se rompieron, sí. Pero nada decimos, para no incomodar a nuestros dioses con algo así.
A desalambrar, a desalambrar
que la tierra es tuya , mís y de aquél,
de Pedro , María
de Juan y José
−Podrido indio. Con razón y lo dejó la mujer. −retomó Rengifo.
−Se volvió a Buenaventura. −dijo martín Romero.
−Así supe. Tú mismo me lo dijiste. La verdad, nunca le tuve confianza del todo. Algo había en sus ojos que nunca me gustó. Vaya que me miraba feo el muy maldito cuando metía mi cuchara en los coritos de mierda que armábamos en las escaleras. Con ese porte de brujo, cualquiera lo consulta. −dijo Rengifo.
−Bueno, Rengifo, sólo por hacer justicia: no ayudabas en nada. Si la CIA se enteraba de esa vaina, nos quitaba la beca. −dijo Martín Romero.
−Sí, pendejo, muy gracioso. Eso también lo recuerdo: si éste sigue cantando olvídense todos del mundo mejor. Nos volvemos a la prehistoria. −dijo Rengifo.
−Ah, ¿lo recuerdas? –preguntó Martín Romero.
−Claro que lo recuerdo. Tú me jodías, y el coño del indio te seguía la gracia con su sonrisita de sabio consejero. Porque mira que el coño se creía un sabio ¿Recuerdas? Es preciso entender, camaradas, cuando la historia lo llama a uno. El hombre que no está atento a su alarma pasa por la vida sin haber vivido. Podrido indio. −dijo Rengifo con molestia.
−¡Pero mira que tienes buena memoria, Rengifo! Lo aprendiste todo completo. Yo no hubiera podido repetir eso. Hasta el tono. Dejó su huella, el podrido indio. Después de todo, cumplió su cometido. Eterno Retorno de la historia del coño. −celebró Martín Romero.
−¿Qué coño? −preguntó Rengifo.
−¿Nunca escuchaste hablar del Eterno Retorno? −preguntó Martín Romero.
−¿Ah. Eso. No sé. −¿respondió Rengifo.
−Ciro tuvo por consejeros a Solón y al mismísimo Creso. Alejandro a Aristóteles. Ellos conquistaron sus mundos. Nosotros a Joe, Salvador. Y conquistamos el nuestro. −dijo Martín Romero.
−¿Por qué siempre te empeñas en joderme con esas vaina que desconozco? Tú porque, sin nada qué hacer en lo del viejo, puedes pasártela hurgando en esa biblioteca. Pero yo tengo trabajo, mucho trabajo. No sé bien a lo que te refieres, pero cuerda de pendejos, todos nosotros, bola de pendejos ¿Conquistamos qué vaina? ¿Esta mierda? −preguntó Rengifo.
−Ajá. Toda nuestra. −dijo Martín Romero complacido.
−Joder, Romero. −exclamó Rengifo.
−Salvador también aportó lo suyo en la gran cruzada para conquistar esta mierda. En el desarrollo de su concepto de acumulación originaria, El Capital, tomo III, libro treinta y cuatro, Marx nos ofrece un claro panorama de lo que significó América en la expansión del capitalismo universal. Creo que, partiendo de dicha panorámica y a la luz de la ley de desarrollo desigual y combinado del camarada Trostky, tenemos a nuestra disposición un esquema teórico lo suficientemente dinámico como para comprender, desde el punto de vista del análisis histórico, nuestras condiciones actuales ¿Quién es? –preguntó Rengifo.
−Quién más: Salvador, entregado a sus salmos de teoría política. Nunca entendí un carajo. Te lo juro, Romero. Nadie entendió un carajo ¿En verdad crees que se leyó esa vaina completa? −preguntó Rengifo.
−¿El Capital? −aclaró Martín Romero.
−Ajá. −exclamó Rengifo.
−Me temo que sí. −dijo Martín Romero.
−Mierda. Yo lo intenté. Te lo juro. Él mismo me los dio, los tres libracos, así, de este calibre cada uno. Pero, joder, no encontré forma de entrarle. Prefería escuchar lo que él decía. −confesó Rengifo.
−Decía Salvador y, recuerdo bien, que el Joe lo obsequiaba con acuciosa mirada analítica, a la par que dejaba ir descuidados tonos en la guitarra. −dijo Martín Romero.
−Sí. Nunca soltaba la maldita guitarra. −confirmó Rengifo.
−Sí. Y ¿qué te parece esto: con la teoría de Salvador y la práctica de Joe, estamos hechos. −preguntó Martín Romero?
−¿Quién dijo eso? −preguntó Rengifo sobresaltado.
−No te gustó oírlo ¿o qué? ¿Por qué preguntas así? No te hagas el bobo ahora. Lo dijiste tú. Me lo dijiste a mí, aquella noche que salimos bien pelados del Mesón y se te revolvió el pimentón relleno, allí mismo en la acera. Hasta vomitando guardabas un gran entusiasmo por el mundo mejor. Fuiste el más entusiasta cuando Joe propuso la genial idea de irnos a Buenaventura. El Che se fue a Bolivia ¿por qué no podemos irnos nosotros a…dónde, dice éste? A Buenaventura ¿Y eso dónde queda? Qué sé yo. Bien, nos vamos a Buenaventura. Ahora, en medio del deshecho, luces tu barriga con orgullo y un título para vivir mejor. Al final, la bequita de a trescientos de los gringos cumplió su cometido ¿eh? Pero eso es ahora. Antaño jurabas que, con Salvador y Joe, estábamos hechos. −dijo Martín Romero.
−Hechos una mierda. Mierda, que lo recuerdo. Más nunca volví a comerlo. −dijo Rengifo.
−¿Qué cosa? −preguntó Martín Romero.
−El pimentón relleno. −respondió Rengifo.
−Ah. Creí que te referías al mundo mejor. −aclaró Martín Romero.
−Fue idea de Salvador, que siempre anda rebuscando vainas raras. Así como es para las teorías, es para la comida. −dijo Rengifo.
−Un tipo con buen gusto. No se puede negar. −agregó Martín Romero.
−Pero eso pasó. El asunto es que no somos precisamente ingenieros de computación por algo así. Es lo que te digo. Un cursillo de mierda no te hace policía. −volvió a insistir Rengifo.
−Y un tratado completo, tampoco. Pero esos papeles que tienes allí sí. Sentido práctico. Efectivo, mi querido gestor, como dice el gordo éste. −dijo Martín Romero.
−Por supuesto. Como todo en este país de mierda. −ratificó Rengifo.
−Y ahora ¿qué le pasa al comisario Rengifo? ¿El gran gestor de Ánimas acusa golpes morales en las sublimes postrimerías del corrupto oficio? No me jodas, viejo. Mira, eres el mejor gestor del mundo. Podrías conseguir hasta el permiso para entrar al cielo, si alguien creyera aún en las indulgencias. Para mí es más que suficiente. −dijo Martín Romero.
−Está bien. Está bien, Romero ¿Más café? −preguntó Rengifo.
−Ajá. −aceptó Martín Romero.
Rengifo miró hacia el señor Tequeño, que se mantenía atento al más pequeño gesto de Rengifo.
−Dos cafés, y otros dos de esos. −Luego, dirigiéndose a Martín Romero, se adelantó −Tengo hambre, viejo. Al parecer tú sí que puedes prescindir hasta de la comida. Pero yo soy un mortal común, y si no como me muero. Ahora dime ¿por qué precisamente Buenaventura? Mira. Con esos papeles estás blindado. Hasta Scotland Yard envidiaría el currículo que te preparé. Por lo demás, no creo que llames la atención de nadie en aquél monte de mierda. Allí enseñas tu licencia de conducir, y pasa igual. Pero, insisto, ¿por qué precisamente Buenaventura?
−Montenegro. Él sabrá. −dijo Martín Romero.
−Y si te manda al infierno, allá vas tú. −dijo Rengifo, impaciente.
−Sí, señor. −se limitó a decir Martín Romero.
−¿Qué pasa contigo, Romero? Desde que entraste a trabajar con el viejo pareces una máquina. Te has imaginado alguna vez en qué puede andar el sujeto. Mira. Tengo para pensar que ese sujeto se está cocinando algo que tiene que ver con lavado de dinero, o algo muy parecido. No voy a joderte con detalles y rumores de pasillo, pero ¿tú crees que, en verdad, le puede interesar toda esa patraña del desarrollo turístico y demás? Yo no sé qué te habrá dicho para convencerte. Pero, yo sé lo que te digo; de ese pueblo de mierda no hay nada que sacar, pero es ideal para meter mentiras y distraer. La verdadera mierda corre por debajo. Pasa todo el tiempo: haciendas, casas vacacionales, fincas, agropecuarias. Cualquier vaina. Si las hurgaran un poco soltarían el mierdero. Y esto hiede. −advirtió Rengifo.
−Ya te dije que no me interesa. El viejo y yo…cómo decirte…nos entendemos. Creo que, en el fondo, somos como esos matrimonios en los que los cónyuges ya no se hablan, ni recuerdan bien cuál es el lazo que los une, y están bien así. Tranquilos y desmemoriados. Además, no vengas a quejarte ahora. Tú mismo me presentaste ante el viejo. Fue así como entré a su mundo y no veo ningún motivo para salir. −dijo Martín Romero.
–Te conseguí un maldito trabajo, nada más. Pero para ti parece que es un destino manifiesto, coño. Tú sabes que he hecho varias gestiones para el viejo. Un día dijo que necesitaba... ¿un chofer?, pregunté. Ya lo conocía. Siempre deja las frases a la mitad, y uno, con el apuro que siempre anda, dale a ver si acierta y sale de una vez del asunto. Un sujeto fiable, que sirva para todo, incluido chofer, dijo. Recuerdas que te lo dije. Palabras textuales ¿no? Y no me gustó mucho el asunto. Eso también te lo advertí. Pero tu te empeñaste en que sí. −recordó Rengifo.
−Necesitaba el trabajo. Y no me arrepiento ¿Ya llevo cuánto con él? −preguntó Martín Romero.
−Casi diez años, creo ¿Qué más da? −respondió Rengifo.
−Sobre ruedas. Nos entendemos a la perfección. No tengo razón alguna para dejarlo, y mucho menos para hacerlo en aras de luchar por un futuro mejor, como dice Amanda, y tú mismo, también −afirmó categórico Martín Romero.
−Pues tiene razón, la mujer. Por cierto ¿cómo está ella? −preguntó Rengifo.
–La verdad, no puedo decirte que esté. Hace días que no la veo. Cuando estoy en lo del viejo, se las ingenia para esquivarme. −dijo Martín Romero.
−A la mierda, Romero. No tienes remedio. En fin. El punto es que no tiene nada de sensato ir a meterte allá, en Buenaventura. Para mí es un pueblo maldio. Y también debería serlo para tí. Quizás no pase nada. Pero no sé por qué tiene que ser precisamente en Buenaventura ¿Ya te olvidaste de la bronca que armamos allá? −preguntó Rengifo.
−Hace tantos años ¿quién lo recuerda? casi veinticinco ¿no? −respondió Martín Romero.
−Sí ¿Y si alguien te reconoce? El viejo ¿Medina, es que se llamaba? ¿no? Ése ¿Qué tal si te reconoce? −preguntó Rengifo.
−No lo creo. Y si es el caso ¿qué? −respondió Martín Romero.
−Bien, es tu problema. No digas que no te lo advertí. Aquí tienes tus papeles. Dile al viejo que me envíe el cheque. Ahí está todo anotado. De todas formas él sabe cuánto.
−¿Y esto? −Preguntó Martín Romero mientras tomaba en sus manos la caja que Rengifo había colocado en el mesón, junto a la carpeta de papeles.
−¿Eso? Ábrelo. Cómo sabía que no te iba hacer cambiar de idea, se me ocurrió hacerte un regalo. Después de todo, esta vaina me suena a despedida. Así se lo dije a Salvador. Él piensa lo mismo. –dijo Rengifo.
Pausa. Una vez abierta, Martín Romero se quedó viendo el interior de la caja, mientras Rengifo continuaba:
−Tropper, 357, dos pulgadas, empavonado, cacha de goma. Si vas de comisario, no puede ser menos ¿eh?. Yo sé lo que te digo. Nuevo del todo. Completamente limpio y legal. Ahí tienes los papeles, también. Me devuelves el treinta y ocho, yo pongo la diferencia. Ese es mi regalo ¿Te gusta? −Preguntó Rengifo.
−¡Vaya! Sí que eres efectivo. Mucho mejor que un microondas. −dijo Martín Romero.
−Deja al pobre Salvador en paz. Nos vemos en su casa, a las ocho. −Dijo Rengifo, mientras se levantaba.
−¿A las ocho? −preguntó Martín Romero.
−Eso dijo él. −respondió Rengifo.
−Está bien. A las ocho. −confirmó Martín Romero.




