textos, pretextos y otras mentiras...

..

Las tres, indica el reloj sobre la vitrina. Ya no aparecerá Amanda. Claro que no. Lo sé. No importa cuanto permanezca aquí, cuanta mirada gaste en esa puerta que da a la cocina, cuanta pudiera gastar imaginando la que, más allá, conduce a su habitación. Estrecha habitación. Apenas uno entra y directo a la cama. Amanda reía cuando se lo decía, al oído, en voz baja, mientras caía sobre sus espaldas, y ella reprimía las carcajadas para que nadie nos escuchara, sin saber que por ahí andaba el pequeño Moisés, los ojos y los oídos de esta casa. Quizás Amanda esté del otro lado, haciendo lo mismo, mirando la misma puerta o imaginando la de más acá, mientras se dice lo mismo: éste no aparecerá. Claro que no. Lo sé. La puerta que no se abre. La distancia que no se acorta. Quizás sean cosas algo tristes y que, sin embargo, nos salvan de la trampa de estar algo más cerca. El calor humano; bien, vaya y pase. Pero el fuego del amor, ya es demasiado. Feliz achicharramiento, y nos achicharramos.

Me gusta ese tictac. Va al ritmo de mi corazón, y me trascenderá. Dentro de miles de años, su persistente, monótono y mecánico sonido aún traducirá todo cuanto significo: tictac, tictac, tictac. El señor tictac. No hombre, Romero. A éste no le viene ni le va nombre alguno. Pero, si quieres, podemos llamarlo así. Es lo malo de los relojes modernos: son tan malos que uno hasta le pierde respeto al tiempo. Con éste no sucede igual. Basta escucharlo, atender a su ritmo pendular para recordar en qué consiste esto de seguir vivo. Las tres y algo más. Aún así, Martín Romero permaneció por un rato más sentado en el salón, mientras fumaba un cigarrillo, asomado al gris espectáculo de su propio aburrimiento. Sonrisa. Cuando de súbito volteó a ver a la puerta de la biblioteca y pensó en eso de volver a Buenaventura. Bueno, mejor que Amanda no aparezca. Cuando sepa que, al fin y al cabo, me voy al inmundo lugar, sólo habrá lugar para sus recriminaciones, salidas como hidras del mar de su desconsuelo. Ya puedo imaginar sus ojos desorbitados. No exageres, Romero. Lo que imaginas es cómo se siente esa mirada salida de sus ojos. Lo cual es otra cosa. Cierto. Y yo, al final, nunca he aprendido a manejar ese tipo de situación ¿Y qué quieres que te diga? Es lo más que logra sacarme. La pobre. Me odia cuando me escucha decir eso. Y lo peor es que, muy a su pesar, no tengo mucho más qué decir y, por lo tanto, se entiende, lo digo de todo corazón. O quizás ya sabe que te vas, en cuyo caso no aparecer es, precisamente, su recriminación, a la que, por suerte, no tienes que contestar; o podrías hacerlo diciendo ¿y qué quieres que te diga? Ella ya lo habrá imaginado por su parte. No digo yo. Parece un juego. O lo es, Romero, lo es. La más de las veces el silencio no es más que juego de mudas palabras, insensibles sensaciones ¿En qué andaba? Ah, sí, que me voy a Buenaventura. Debes tener más cuidado. Comienzas a pensar en una cosa y terminas en otra, y otra y, al final, ni puta idea de dónde andábamos. Ya lo decía no recuerdo quién: el que no sabe a donde va, llega lejos. Tú, por lo pronto, a Buenaventura.

Sí, eso de que me voy a Buenaventura también parece un juego. O lo es. Nunca imaginé que volvería allí. Y el Medina, que resultó sobrino de Montenegro -legal, no consanguíneo. Vaya que es chico el maldito mundo, como quien dice. Si Rengifo supiera ahora sí que hace lo imposible por no dejarme partir. Pero yo, por el contrario, ahora sí que siento verdadera curiosidad por estar allá ¿Cómo será Medina, ahora? Sólo recuerdo la textura fría de su piel cuando lo tomé por la mano para alzarlo y sacarlo del rancho aquella noche. Vaya que es una noche lejana cuando intento recordarla. Manos de rana. Con el tiempo, ése ha sido el nombre que le adjudiqué al Medina aquella noche, y nunca he tenido la ocasión, ni pensé que la tendría, de confirmarlo. Ahora podré hacerlo. Sólo por eso quisiera ir allá. Para mí es más que suficiente. En medio de la madrugada, manos de rana. Afuera la luna brillaba. No había frío, pero la humedad del monte me llegaba a la cara como antesala de la llovizna que al rato nos empapó. Pobre Medina. Cómo temblaba el señor manos de rana. De vacaciones, como llama Montenegro a mi misión de cuidar su mierda de proyecto. Pero también tengo mis propias, modestas misiones personales, como la de estrechar la mano del señor manos de rana luego de veinticinco años y de haber tenido la misión de ejecutarlo a nombre del mundo mejor. Sé que los decepcioné a todos, pero es que si hubiera tenido que matar a todos los que, como Medina (para entonces no era aún el señor manos de rana), obstaculizan el mundo mejor, habría tenido yo que ejecutar a la humanidad entera, incluyéndome, claro está. Lo cual ciertamente es, por una parte, técnicamente, imposible, y por la otra, existencialmente también, ya que el suicidio nunca ha estado, técnicamente, en mis planes. Si, como creo, la vida es un suicidio en cámara lenta, se trata, precisamente, de que lo contemplemos en sus detalles, hasta el final. Claro que, con argumentos así, jamás convencería al pragmático de Rengifo. El pragmatismo que lo arrastró a la revolución, es el mismo que lo apartó de ella. En aquella oportunidad me acusó de traicionar lo que él llamaba la misión que me adjudicaba la historia. Hoy casi me bendice por lo que considera una mera estupidez. Todavía estuviéramos en la cárcel, dice cuando hablamos del tema; habría arruinado nuestra vida. O sea que, digo yo, con no matar a Medina, triunfamos. Curiosa lógica. ¡Bah!, contigo no se puede, Romero. Así dice siempre Rengifo. Y no sólo él, por cierto.

Aventura con Joe, Rengifo y los demás. ¡Ja!. Romero blande la filosa espada de su voluntad a través del tupido bosque de la nada para trazar el luminoso sendero de la historia. No digo yo. Los hombres no saben que hacen la historia. No claro; que si tuvieran la más puta idea de la envergadura de su estupidez, se detendrían al momento. Pero, en fin, allí va Romero protagonizando su aventura. Todavía la recuerdo en sus detalles, pero detalles que, durante veinticinco años, han sido como fijaciones y fragmentos de un sueño prolongado y absurdo que transcurre en esos días en que, corrida la lápida del recuerdo, la memoria insiste en exhibir su vacío sarcófago abierto al cielo perezoso de mi mente. Entonces hasta puedo escuchar el lamento de los muertos vivos que no terminan de yacer en paz. Pensarlos es como matarlos una vez más. No sin cierto toque melancólico, habría que agregar, para precisar mejor ese tipo de día. Soy el último de la escuálida columna comandada por Rengifo que, a los efectos, no era tal, sino Patiño, como se hacía llamar en Buenaventura.

 

−¿Y tú, Romero? −pregunta Rengifo en tono seco y con especial rudeza. Lo hacía a propósito; era de los que cree que los demás están allí para ponerlos a prueba.

−¿Yo qué? −replico.

−¿Cuál será tu nombre? −pregunta Rengifo.

−Romero estará bien. −respondo.

−No puede ser. −advierte con aspereza Rengifo.

−¿Por qué? −pregunto.

−Cuestión de elemental seguridad. −asegura él y, luego de pensarlo unos segundos, agrega −Colmenares estará bien.

 

Colmenares. Así me bautizó el comandante Rengifo. Digo, Patiño. Durante toda el viaje se molestó conmigo porque tenía que llamarme tres y cuatro veces para que yo, distraído, atendiera. Es mi problema. No puedo decir no, y trato de pasar por debajo de la mesa. En algún momento, te golpeas la cabeza.

 

−Oye, Romero, me estás dejando mal con estos dos. Te llamo, y tú como que si no fuese contigo. Ellos se quedan mirando, luego me miran a mí, y yo como un idiota: Colmenares, y tú nada que volteas. A ver si pones más cuidado ¿quieres? −advierte Rengifo, que va delante de mí en la fila y detrás de Salvador.

 

Los otros dos son Joe y el Moise, que caminan delante de nosotros indicando el camino. El corpulento de Salvador no me permite verlos sino a retazos. Salvador, luego de intercambiar su posición con la de Rengifo, me comenta en voz baja

 

−Oye, Romero ¿y de dónde ha salido este mamarracho? −mientras señala disimuladamente hacia el Moise.

−Más respeto cuando te refieras al hombre nuevo. −le indico con censura.

−No seas payaso, Romero. −replica Salvador.

−Colmenares. Colmenares. Mas cuidado. −advierto a Salvador.

−Está bien, está bien. Pero igual. No seas payaso ¿eh? Dime a dónde vamos a parar con estos ¿eh? Mira nada más: somos cinco idiotas a monte traviesa. Aquí no hay nada que buscar, Romero ¿Por qué no nos devolvemos, ahora que todavía nos queda algo de dignidad, sin contar nada a nadie, para conservarla, eh? −pregunta Salvador en tono burlón consigo mismo.

−A Buenaventura. −respondo.

−¿Buenaventura? ¿Y qué pasa con Buenaventura? −pregunta Salvador.

−Allá vamos. −digo.

−Eso ya lo sé. −dice Salvador.

−Tú preguntaste. −digo.

−Bueno, sí. Pero ¿y dónde está la gente; “mi gente”, como dice el Joe? −insiste Salvador.

−No lo sé. Rengifo… digo, Patiño, dice que nos uniremos a ellos mas adelante. −respondo.

−No seas payaso. Ni el mismo Rengifo cree en lo que dice, y tú lo sabes. −refunfuña Salvador.

−Patiño. −corrijo.

−Sí, está bien. Patiño. El comandante Patiño. No te digo yo ¿Sabes cuántas horas llevamos caminando por este monte? ¿Por qué no llegamos en carro, por la carretera, como cualquier mortal? Esto no es más que una payasada, y tú lo sabes, Romero. Lo que pasa es que le sigues la corriente a Rengifo. Y me parece que lo estás disfrutando. −dice Salvador.

 

Miro fríamente a Salvador. Vamos, Romero ¿qué es eso de mirar fríamente? En el mejor de los casos, querrás decir aburrido, obstinado, atribulado. Es verdad. En realidad jamás he sabido lo que es una mirada fría, pero, según lo que recuerdo de mi ánimo en aquél momento, me parece que algo así fue lo que intenté hacer al mirarlo. Lo que fuese, Salvador sonrió, y miró a su alrededor: En realidad, hay que admitirlo, es éste un hermoso paisaje, dijo y volvió a sonreír. Imponente, dije yo. Imponente no, replicó; sólo paja a media altura. Claro, la cabeza de Salvador era la única que sobresalía del monte a lo largo de aquella larga caminata por el valle. Volvió a sonreír. El resto del viaje estuvo asomando aquella misma sonrisa de su boca. Ese pájaro, esa hoja, ese agua; todo, cualquier cosa, lo hacía sonreír. El señor sonrisa, lo hubiese nombrado si, para entonces, ya hubiese adquirido yo esa manía de renombrar las cosas según se dejen iluminar por las cambiantes sombras de mi ánimo. Bajo una llovizna ligera, continuamos nuestro camino a lo largo de la estrecha trocha abierta en el monte que cubre el valle y que luego de un par de horas nos llevaría a la montaña tras la cual se abre la rada de Buenaventura. Salvador tenía razón. Un hermoso paisaje. Volvió a decirlo cuando nos internamos en la montaña y dejamos atrás la paja a media altura para seguir el camino por entre tupida arboleda. Entonces no lo dijo más, hasta que alcanzamos la cima, y atisbó la playa y el modo en que el mar se confundía con los amarillos y los rosas del atardecer. Yo no sé lo que vio él, pero me lo imagino por su sonrisa.

 

−¿Y ahora qué? −pregunta Salvador.

−Esperaremos aquí hasta que anochezca. Entonces, nos vamos por ese sendero hasta el rancho. −dice Rengifo.

−Por ese no. Por éste. −interrumpe Joe.

−¿Por éste? −pregunta Rengifo.

−Ajá. −reafirma Joe.

–¿Y eso por qué? –pregunta Rengifo.

−Por allí llegamos a la carretera. Si no ¿cómo vamos a cazar al viejo? −dice Joe.

−¿Hoy mismo? −pregunta Rengifo.

−Hoy mismo. Para mañana, es tarde, como dicen. −dice Joe

−Y luego nos vamos por éste ¿No? −pregunta Rengifo.

−Eso. Al rancho −confirma Joe.

–Al rancho. −repite Rengifo, y nos mira ligeramente apenado.

−¿Y los demás? −pregunta Salvador.

 

Pero antes de que Rengifo contestase, si algo pensaba contestar, Salvador siente algo que lo toma por el brazo intempestivamente y, sorprendido, se sacude. Es el Moise, que le ofrece la botella de ron de la que el negro viene libando desde lo menos tres kilómetros atrás. Al tiempo que Salvador toma la botella de la mano del negro, lo mira sin saber qué decir.

Desde abajo, el negro miraba al otro sin que le importase para nada la enormidad del que lo miraba desde arriba y se preguntaba en silente curiosidad de dónde habría salido aquella cosa. Como quiera que el negro no terminaba de soltar la botella de licor, Salvador la soltó de repente y el negro se cayó. Joe y Rengifo soltaron la carcajada y, por su parte, Martín Romero se limitó a hacer un gesto de cansancio y fue a sentarse a un lado de la escena, sobre un viejo y húmedo tronco, donde se puso a fumar un cigarrillo. Salvador los miró uno a uno, se dio media vuelta y se dispuso a retirarse. Entonces el negro, que ya había logrado incorporarse de nuevo, lo tomó otra vez por el brazo y volvió a poner la botella en su mano. Esta vez, Salvador, molesto, se soltó con una violenta sacudida. Pero el negro volvió a sujetarlo, y Salvador, pese a su esfuerzo, no lograba sacárselo de encima. El hombre grande dio pasos en distintas direcciones, mientras se sacudía al chico. Pero éste, asido a su brazo con una mano, no dejaba de ofrecerle con la otro la botella. En medio de las risas, Salvador, exaltado, se detuvo, con el negro aún asido a su brazo:

 

−Con que gracioso ¿eh? Les parece muy gracioso. −dijo a todos, al tiempo que tomaba con fuerza al negro con una mano por la parte de atrás del cuello de la camisa y con la otra por la cintura del pantalón. Entonces, con el negro alzado, agregó −¿y si lo lanzo hasta allá abajo, que de una patada por el culo caiga allá, en la playa, o donde sea? Imagino que eso también les parecería muy gracioso ¿eh, comandante Patiño? −concluyó dirigiéndose expresamente a Rengifo, al que de súbito se le esfumó la risa.

−¡Déjalo, pues, hombre! que no es para tanto –exclamó Rengifo, y se acercó a ellos nerviosamente. De un empujón, el negro fue a dar una vez más al suelo.

−No es necesario que te violentes así. Sólo está borracho. –advirtió Rengifo, mientras intentaba levantar al negro del suelo.

−Levanta tu mamarracho y déjame en paz ¿quieres, Rengifo? −exclamó Salvador, mientras se acomodaba la camisa revuelta. Luego, mientras se fijaba en cómo se le resbalaba el negro a Rengifo, agregó −Si ése es tu hombre nuevo, como dice Romero, mejor habría sido la patada en el culo; contundente, como para que alcanzase el futuro ¿No te parece?.

−Te diré algo, Salvador: te estás pasando de la raya ¿no te parece? −replicó Rengifo, luego de voltear con violencia para mirar a Salvador. En el acto, el negro, al que casi había logrado poner de pie, se le fue al piso de nuevo. Lo miró y hubo de soltarlo por completo para continuar. Entonces siguió hablando −Qué el sujeto te molestó. Está bien. Convengo en que está bastante fastidioso, por lo borracho. Pero vaya y pase. Se acabó. Eso no te da ningún derecho a expresarte de esa manera. Este negro es como cualquiera de nosotros. Que tu seas demasiado fino, o más bien, debería decir, demasiado burgués, eso es otra cosa. Pero te advierto que aquí no estamos en uno de esos clubes a los que tanto te gusta asistir para compartir con tus colegas doctorcitos.

−¿Y eso qué es? ¿De qué se trata, mi querido comandante? ¿El discurso de la envidia o sólo el que te favorece para quedar bien con “tu gente”, como dices desde que emprendimos esta estúpida travesía? −preguntó Salvador.

−Éste, al acabas de calificar de “cosa” –se apresuró a responder Rengifo, al mismo tiempo que señalaba al Moise que, como pudo, se había sentado en el suelo −es igual que tú, yo o cualquiera de nosotros. Eso es lo primero que aprende un revolucionario ¿o no? Acaso seas el más preparado de todos nosotros. Por esi deberías dar el ejemplo.

–Sí. En realidad, tienes razón. Tan estúpido como cualquiera de nosotros. Hay que reconocerlo. Pero ¿a cuenta de qué te vienes tú con esa semblanza doctrinal? Sólo me lo quité de encima, y ya. Si quieres dale tu brazo y que se la pase colgado de allí el resto de la fiesta. Pero anda a la mismísima mierda con tu moralismo de la igualdad ¿eh? −sentenció Salvador.

−Te diré algo. Intenta tomarme como hiciste con éste, para que pruebes lo que es irse a las mismísima mierda −retó Rengifo, mientras sacaba la pistola que llevaba al cinto.

−Ya sabes por donde te puedes meter esa mierda. −dijo Salvador, mientras hacía una señal de desprecio con su mano.

−Sí, claro que lo sé. Pero primero puede que te vuele esa cabeza de mierda. −insistía Rengifo.

−Calma, señores, que de seguir creciendo esta montaña de mierda, terminamos todos embarrados. −dijo Martín Romero, que, habiéndose acercado a Rengifo, golpeaba la mano en la que éste tenía la pistola.

−Guarda esa vaina ¿quieres? −dijo Joe a Rengifo. Luego se acercó hasta donde seguía sentado el negro y tomó la botella que aún llevaba éste en la mano. Acto seguido se aproximó a Salvador, y le dijo −Éste pobre diablo, camarada, sólo quería que UD. bebiera un trago, que compartiera de la botella. −Joe bebió un trago de la botella de ron que había quitado al negro de las manos y luego la ofreció a Salvador, que la rechazó igualmente. Joe se encogió de hombros y ofreció la botella Rengifo. Ésta bebió un trago y la ofreció a Martín Romero. Éste hizo lo mismo y se quedó con la botella en la mano, sin saber qué hacer, hasta que la retornó a Rengifo.

−Sucede, mi querido camarada −de nuevo Joe hablando a Salvador− que este negro, donde UD. lo ve, quizás sea muy poca cosa. Eso no lo discutiré. Sin embargo, le diré que, muy a pesar de lo que UD. y yo podamos pensar de tan extrema sencillez, que quizás este sujeto esté más dispuesto que cualquiera de nosotros a dar su vida por la revolución. Yo digo que una verdadera revolución nos expone a cuestiones cruciales. Se está con el pueblo o no. Sin duda, ésta es una de ellas.

–Bien, bien, Indio. Puede que para ti estar con el pueblo sea beber de esa misma mierda. Yo tengo otra forma de ver el asunto, que no creo que tenga algún interés para ti en este momento. Pero te recuerdo que fuiste tú quien nos trajo aquí, porque, según insistías, tenías a la gente, al pueblo, como tú lo llamas. No dijiste que te referías a este pobre diablo que no puede ni sostenerse en pie. Muy bien, aquí estamos, mi querido camarada: el mismísimo pueblo de mierda y cuatro pendejos de mierda encaramados en este cerro. Eso es lo que querías ¿no? Complacido. Ahora ¿por qué no buscamos dónde dormir? Mañana estamos de vuelta y se acabó el asunto. −concluyó Salvador, y se alejó.

Yo también creí que, en efecto, allí acababa el asunto. Por mi parte, me quedé en el tronco, a donde había retornado como mi lugar en aquella escena, fumando. Por su parte, desde hacía rato que El Moise roncaba la pea. Rengifo y Joe dijeron algo que no escuché, y se alejaron. Permanecí allí, sin moverme, casi hasta la media noche. Aunque aún no comenzaba a llover, el viento húmedo y el cielo encapotado anunciaban como cruel tormenta lo que, en realidad, más tarde, fue un agua mollina que casi hasta el amanecer cayó menuda y blanda. Ahora me sorprende que, ante semejante amenaza de lluvia, cuando debí haberme levantado de inmediato, sacudir a Salvador y prepararnos para guarecernos, no hice, sin embargo, nada en ese sentido. Por el contrario, miraba hacia Salvador, y me parecía que no debía molestar lo que a todas luces indicaba ser un profundo y placentero sueño. El Moise seguía en el medio, medio muerto. Respecto a Rengifo y el otro, supuse que no volverían; quizás habían caído cerro abajo o simplemente se batían a duelo en la revolución. En lo que a mí refiere, el sólo posible hecho de mover el culo era una faena para la cual me sentía incapaz por completo. No era cuestión de pereza, aunque, lo reconozco, la molicie me invadía desde hacía rato ya. No. Era, más bien, digo yo, asunto de quietud, obsesión de quietud, como la que se consagra en los cuerpos muertos. Me quedaría quieto, totalmente quieto, como muerto, viéndome a mí mismo en la quietud de todo cuanto me rodeaba y sin alcanzar, sin embargo, distinguirme de todo ello. Ahora pienso que aquella fue la primera vez que percibí el desdoblamiento: yo y el cadáver de lo que digo ser son más o menos la misma cosa, sólo que, a veces, y sin saber cómo ni a cuenta de qué, se contemplan y acusan entre sí. Fue mucho después cuando lo definí así. Pero siempre recuerdo aquella primera vez, sentado bajo aquella llovizna que, sin yo advertirlo, hacía rato ya que me llegaba al rostro. Tampoco me di cuenta de cuándo llegaron Rengifo y Joe, que traían a un tercero atado de manos y con el rostro cubierto. Medina, me dije, debe ser ¿Qué hora es? Las cuatro y cuarto. Pero, por los momentos, dejemos la historieta aquí. Hay un toque de melancolía en esta retrospectiva que no me agrada per me aflige ligeramente, y que me hace sentir más cansado de lo que realmente creo estar. Quizás tenga que ver con Amanda.

No supo de dónde saltó ese fantasma de melancolía que, mientras transcurría la tarde, seguía hucheando por entre los montes sordos de su pereza. Cuando reconsideró por última vez el hecho de que Amanda no aparecería, tomó el teléfono y llamó un taxi. A los pocos minutos, escuchó la corneta y salió. Afuera estaban sentados el pequeño Moisés y los dos perros. Miró hacia el taxi que se acababa de estacionar. Miró de nuevo hacia el trío. Cerró la puerta, atravesó el jardín hasta la verja y abordó el taxi que lo esperaba en la calle.

 

−Al centro. −indicó Martín Romero.

−Enseguida, señor −respondió el conductor.

 

El hombre chico, cuya cabeza apenas sobresalía por encima de la línea del volante lo suficiente como para no estrellar el vehículo, empezó a descender la sinuosa pendiente que los llevaría, de nuevo, al mundo plano de los mortales. Atrás quedaba la enorme mansión del señor ojos blancos y manos de noche, con la criada, el nieto y los dos perros. Echó una mirada sobre los blancos de su silencio,

 

−Muy fresco, por acá ¿verdad? −habló de súbito el chofer y, luego de un instante, prosiguió respondiéndose a sí mismo −Sí, muy fresco. Uno no parece estar en la ciudad. Mire esos árboles. Y todo ese silencio. Todo silencioso y muy fresco ¿verdad? Pero, al final, nadie se escapa. Siempre hay que ir al centro. El pasajero seguía sin decir nada.

 

Tono excesivamente cortés. Cuando suben hasta la mansión del señor ojos blancos y manos de noche, siempre presumen de su tosca amabilidad. Derrochan disposición al cabal servicio una vez que, visto el lujoso lugar, piensan que de allí debe provenir una excelente paga. El hombre quiere agradar. Alabado sea Dios, y el sujeto éste con aspecto de burro con sueño que me toca llevar al centro. Quiere contagiar todo con su entusiasmo, que nada quede a salvo de esa sonrisa dibujada en los labios ¿De dónde la sacará? ¿Será una cada vez, o la misma siempre? ¿La guardará bajo el asiento, o allí mismo detrás de la mandíbula? Se le ve tan estúpida y natural. Lo hace lucir realmente cómodo allí doblado, como si hubiera nacido detrás de ese volante sujeto a sus pequeñas manos y que gira a una lado y al otro ¿Cómo podría alguien afirmar que es un gesto falso? El señor volante. Así podría llamarse, si volviera a verlo alguna vez. El amable y cortés señor volante está feliz porque lleva al señor burro con sueño a su cueva de mierda en el quinto. Veremos si logro deshacerle esa sonrisa antes de bajar. Todo un reto, me parece.

 

−El centro se ha vuelto una locura. −volvió a hablar el hombre luego de un prolongado silencio −Es extraño que vaya UD. allá a esta hora. ¿Trabaja UD. allí?

−Vivo allí. −dijo Martín Romero.

−Ah. Yo creía que UD... −dijo a medias el chofer.

−Vivía en la mansión de allá atrás. −interrumpió Martín Romero.

−Bueno, sí. Nunca he recogido a ninguna persona allí. Es la primera vez que voy hasta allí. −dijo el chofer.

 

Poco a poco se acerca. Hay que dejarlo hablar. Me dará alguna oportunidad. Las palabras pueden ser cosas peligrosas. De pronto, sin uno saberlo, pueden adquirir una extraña existencia; algo fantasmal, creo yo, inasible y sutilmente torturador, como si nos recordaran la esencial torpeza que jamás remontaremos. Quizás sea por eso que no termino nunca nada de lo que apunto en el maldito cuaderno. Hablada, la palabra se esfuma, se pierde en los vapores del ánimo de cada quien. Pero escrita es otra cosa. Una huella imborrable. La huella de un crimen frustrado o algo así. Hablada, la palabra vuela. Pero escrita, se perpetra.

 

−Como le digo, el centro: un desastre −insistió el hombre al volante.

−Pues yo vivo en el centro. −repitió Martín Romero.

−No lo envidio, la verdad. Imagino lo pesado. −se lamentó el chofer.

−No tanto. Un poco hediondo, un poco ruidoso, un poco miserable. Allí toda va junto. −dijo Martín Romero.

−Uno se acostumbra, supongo ¿trabaja allí? −preguntó el chofer.

−Soy policía. Trabajo en todas partes, digamos. −Al mismo tiempo, Martín Romero tomó la credencial que en la mañana le había dado Rengifo y se la mostró al hombre. Ambos siguieron en silencio.

 

Nada. Déjalo correr. Ya dejamos la autopista, y nada. No le hables. Déjalo a él arrimar las palabras. Paciencia. Aún queda una buena cantidad de cuadras. Todavía se esconde tras la sonrisa de siempre. Todavía la sola paga es suficiente para sentirse libre de todo percance. Si te callas ahora, un poco de silencio llamará su atención y lo inquietará.

 

−Ánimas, me dijo ¿no? Esa esquina debe su nombre a una leyenda que surgió en la Caracas del siglo pasado. Imagine UD. cuanta oscuridad y soledad por esas calles. A la gente se le despierta la imaginación ¿no? Entonces alguien dijo que a altas horas de la noche se escuchaban voces fúnebres y monótonas, que iban entonando el rosario. Hasta que la gente terminó viendo las sombras con túnicas blancas, que llevaban antorchas encendidas y qué sé yo. Ánimas del Purgatorio, en penitencia ¿qué más? Es curiosa la obsesión de la gente por los muertos. −relató el chofer.

Por ahí va. Esta puede ser una buena oportunidad. Calla un poco más, ahora, que espera escuchar tu respuesta. Esa mirada de reojo lo dice todo. Ésta puede ser la oportunidad que esperabas. Ánimas. Buena palabra, suena bien. Es ligera, con contenido lúgubre y mucho movimiento. Es perfecta. A ver qué sueltas.

 

−Es cierto. −aseguró Martín Romero

−¿Cómo dice? −preguntó el chofer.

−Digo que lo de las ánimas es cierto. −insistió Martín Romero.

−No le entiendo. −dijo el chofer.

−No quiere entender, que no es lo mismo. O sea que ha entendido UD. perfectamente. Digo que lo de las ánimas es cierto. No diré tanto como que de carne y hueso, porque perdería la gracia. Aunque, quizás, podría decirlo. Bueno, como sea. Digo que lo de las ánimas es cierto. Yo mismo las he visto, con estos ojos que si no se comen hoy los buitres amanecerán de nuevo mañana llenos de lagañas en una angosta y mugrosa habitación del quinto piso en el centro. −dijo Martín Romero.

El sujeto ha hecho mutis. Su sonrisa ha desaparecido como por encanto. Quizás haya optado por el camino del abandono. Mejor dejarlo así. ¡Me toca cada loco! No sé para qué abrí la boca. Te lo digo, siempre te lo digo: lleva a donde haya que llevar al cliente, y más nada. Pero tú no. Tienes que abrir la bocota.

 

−Ud. no me cree. Lo sé. Pero he hablado con ellas, incluso. –retornó Martín Romero −Y no es, por cierto, letanías de rosario lo que entonan. No, señor.

−¿No? −preguntó el chofer con mueca de asombro

–No, señor. No son letanías. Son ¿cómo decirle? ¿como muertos aburridos? Creo que así podría llamárseles. Lo que sea, han de haberse hartado de sus tumbas. Inmóviles, horizontales: de pronto andan a dos pies. Demasiado silencio y quietud, digo yo. Hablan de cualquier cosa y cantan cualquier cosa. Ahora son como esos vagos que no tienen nada que hacer y se la pasan el día jodiendo en una esquina. Algo así. Harían cuanto sea, cualquier cosa, con tal y no volver a su sitio bajo tierra.

Con esa cara, de un momento a otro me pide que me calle o que me baje de una vez. No tengo ningún derecho. Seguro que él es un hombre serio y trabajador, con hijos y una enorme mujer. Apuesto a que tiene la foto de todos en la cartera. Que lindo: una prole de hermosos boquiabiertos que le aman y, a cambio, debe partirse el culo doce horas sentado a su volante para poderlos mantener. Lindo. Fervor. Comer y joder.

 

−UD. no habla en serio ¿verdad? −dijo el chofer en medio de una tímida sonrisa.

−¿Qué no? −preguntó Martín Romero.

−Me toma UD. el pelo, señor. −dijo el chofer, con rostro serio.

−De ninguna manera ¿Por qué lo dice? Además, siempre están allí, de día o de noche, a ojos vista. Incluso se han ido esparciendo hacia otras partes de la ciudad. Ya las hay por todos los rincones. Mire. Ah no, eso no, es sólo una bolsa negra. Yo creía... Pero yo que se lo digo. Mire esa que va allá. −dijo Martín Romero, al tiempo que señalaba a una mujer que iba por la acera.

−¿Cuál? −preguntó el chofer.

−La anciana, la del cuello más abajo de los hombros ¿La ve? Vestida de marrón hasta las pantorrillas y embutida en medias blancas que no quiero ni pensar a dónde le llegan. −dijo Martín Romero.

−¿Qué pasa con ella? −preguntó el chofer.

−¿Como qué pasa? Parece un cuervo en bata ¿o no? −dijo Martín Romero.

−Bueno, la verdad parece un cuervo, la vieja... −dijo el señor volante sin poder contener la risa.

−¿Ve lo que le digo? De pronto ha dejado de ser la venerable anciana que UD. montaría en su vehículo para llevarla al lugar indicado. Es sólo la vieja cuervo. Podemos llamarla la señora cuervo. ¿Qué puede importar a dónde va? Si ahora mismo se topara con ella camino a su casa la saludaría en silencio, para sí mismo: buenas tardes, señora cuervo ¿Dígame si no? Ella, claro, no respondería. Pero UD. tampoco sabrá nunca del posible saludo de ella hacia UD., algo así, y lo digo sólo por decir: buenas tardes, señor volante.

−Entiendo. −dijo el chofer secamente.

−¿Entiende? −preguntó Martín Romero.

 

Entiende cuernos. Simplemente no me va a llevar la corriente. Esa sonrisa ya no es tal. Una mueca. Eso es lo que le va quedando en la boca. El policía está loco de remate. Martín Romero, Comisario. Loco el que le dio esa placa. ¡Dios! ¿en manos de quién está esta ciudad de mierda? ¿Y si no es policía? Vaya uno a saber de dónde se escapó éste. Tranquilo. Mantén la calma. Síguele la corriente. Este sujeto puede ser muy peligroso. Un par de cuadras más, a la izquierda. Estación de policía. Tratemos de acercarnos hacia allá sin que se dé cuenta.

 

−Ahora demuéstreme que la venerable anciana, la señora cuervo, no es un ánima. −insistió Martín Romero.

−¿Cómo? −preguntó el chofer.

−¿Lo ve? No puede. Lo que pasa es que nos topamos con ellas a diario y no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta ¿No ha pensado UD. que pueda ser yo una de ésas? Hasta UD. pudiera ser una. Si de penar se trata un taxi es tan bueno como cualquier esquina. A ver. Demuéstreme que no lo es. −inquirió Martín Romero.

El taxista comenzaba a incomodarse. De entre tanta gente como había trasladado en su vida de un lugar a otro, había de todo. Refunfuñones, desmadrados, inocentes, borrachos, silenciosos y pare de contar. Pero éste estaba de remate. Quién sabe si, en realidad, no era tan loco, sino, más bien, uno de esos expertos en no pagar. Pero a esos los conocía bien. Normalmente comenzaban a hablar de sus penurias, alguna madre, padre, abuela o mujer muy enfermas y cosas así. Al final, corazón reblandecido, descuento merecido. Pero éste lo que daba era miedo. Y si no era más que un vulgar ladrón, muy gracioso, pero ladrón. A lo mejor lo que esperaba era que él sacara la cartera para mostrarle la cédula y poder calcular así si valía la pena, o simplemente arrebatársela, sin más. Diablos. Y faltaban lo menos diez cuadras para llegar hasta Ánimas. Maldito tráfico. Mejor botarlo aquí mismo. O doblar a la izquierda. ¡Maldición! ésta la de largarse una carrera desde tan lejos para no cobrar.

 

−Mire al flaco, ése, el alto, parado a la puerta de la tasca, con el saco ancho ¿Lo ve? El señor perchero. Tiene cara de impaciente. Se diría que no quiere que lo observen. Le encantaría que la ciudad estuviera completamente vacía y que no corrieran por sus aceras esos ríos sucios de gente. Ah, pero ¿qué tenemos? La señorita percha se le cuelga de los hombros. Coño, se lo va a tragar. Ya. Se llevó al señor columpio. Allá dentro se lo termina de masticar. −dijo Martín Romero.

−Hoy es viernes. UD. sabe, cada oveja con su pareja, como dicen. −comentó con timidez el chofer.

−Como puede constatar, mi querido amigo, a todos se les ve mas o menos lo que nos gusta llamar normales. Ese es el truco. Aquí vamos, uno detrás de otro. Al lado, el señor aire acondicionado. Imagine su cara. Del otro lado ¿qué tenemos? Ah, la plaza llena de gente, grandes y chicos ¿Qué, en realidad, piensa UD. que son esos niñitos salidos de esos vientres que ahora los miran jugar? Estos muchachos de aquí beben café bajo los toldos de colores, ríen, beben café y helado, vuelven a reír, piden más café y más helado. Aquellos cuelgan de los autobuses como racimos de mierda humana ¿ha visto algo más normal que colgar de un autobús? Estos que cruzan delante de nosotros se llevan a sus casas las mentadas de madre del desmadrado que por poco los aplasta. Todos nos llevamos siempre alguna a casa ¿ha visto algo más normal que una mentada de esas, dichas de todo corazón? Podrían ser coleccionadas. ¡Dígame UD.! que se la pasa fuera diez horas diarias. UD. sí que podría abrir el museo de la mentada. Yo que se lo digo, amigo: no es precisamente el rosario lo que entonan esas ánimas. −dijo Martín Romero.

−¿UD. baja en Ánimas, no? −preguntó el chofer.

−¿Por qué pregunta? ¿Por qué volverlo a preguntar? UD. sabe que me bajo allí. Pero no quiere seguir. Preferiría que me bajara aquí mismo. −aseguró Martín Romero.

−De ninguna manera. Lo llevo hasta allá. −dijo el chofer.

−Hagamos mejor una cosa. Deténgase allí adelante, junto al señor espera. Debe ser el tercer autobús de mierda el que lo ha vuelto a dejar. Quizás tenga suerte y le pida a UD. que lo lleve. UD. sabe cómo es esto: el bus es más barato, pero, a la tercera, ya le sabe a uno mierda lo que tenga que pagar. Bien. Tenga. Guarde el cambio. Caminaré lo que falta. −dijo Martín Romero y abrió al puerta del vehículo.

−Muchas gracias, señor... −dijo el chofer en tono aliviado.

−Por estos lados me conocen como el imbécil del quinto. −dijo Martín Romero ya asomado por la ventanilla.

−Gracias, gracias −repetía impaciente el taxista.

−Una cosa más. −dijo Martín Romero a punto de retirarse.

−Dígame. −dijo el chofer con notable amabilidad.

−Buuuuuuuuuuuuuuuuuhhh! −exclamó Martín Romero.

 

El taxista arrancó violentamente, dobló a la izquierda y se perdió para siempre. El hombre que estaba parado en la acera y que aguardaba a que se desocupara el taxi para abordarlo, se quedó en gesto interrogante viendo a Martín Romero.

 

−Está un poco chiflado, me parece. −dijo Martín Romero, y se puso a caminar.

 

El clásico aroma mezcla de sudor y monóxido se le fue a la nariz. La tarde se había ido plagando de dichosos rostros de ánimas, recién salidos de sus huecos en los altos edificios y demás escondrijos donde realizaban sus labores durante la semana. Se asomaban por todas las salidas a la calle. Miraban a un lado y otro. Libres de la gris jornada, sus sonrisas se iban encadenando a la alegría de fin de semana. Los vendedores agitaban sus manos e imponían a los transeúntes sus estridentes voces de oferta.

Martín Romero caminaba a paso lento por entre gente que iba y venía. La ciudad hedía a cosa humana, fin de jornada, habladuría y retorno a casa. Hubo de detenerse ante un grupo de empleados bancarios perfectamente uniformados que permanecían atravesados en plena acera e intercambiaban cuchicheos y risitas a la entrada de una pizzería en la que no habían suficientes mesas libres ¿Le dijiste así mismo? Claro que sí. Se quedó mutis. Tú sabes que ésta no tiene pelos en la lengua. Además, el gordito ése es un pasado. No sabe con quién se está metiendo. Nada más y nada menos que con la gordita chica de pelo ensortijado y manos regordetas, metida en el estrecho chaleco de su uniforme azul y marrón claro por cuyos bordes se asomaba el enorme bulto que cada quien imaginaba como tetas y que lanzaba a todos una soberbia mirada, y no tenía pelos en la lengua, mira tú ¿Gordito hizo mutis? Quizás escurría el bulto. La señorita bulto. Pero también Martín Romero recibió lo suyo. Una dosis de aquella mirada soberbia se le vino encima mientras esperaba para poder seguir por la acera.

Debió haberse quejado. ¡Claro que sí! Las aceras son para caminar libremente, y nadie, por entretenido que esté en sus cuchicheos, puede obstaculizar el paso. Pero Martín Romero sólo hizo mutis, se retiró de la escena, igual que debió haber hecho aquél gordito. Pasó. No, nunca pasa. La rabieta se queda allí, su estupidez toda llena el corazón para llevarla a casa. Así es este ciudadano. Ya sonará una vez más su eterno quejido: ¡este país es una mierda!. El único derecho constitucional que todos reconocen: mandarlo todo a la mierda. Perdón, señora. Qué manía esa de golpear hombro a hombro. Vaho, sopor, sombrajos los unos para los todos. Mejor parar un momento. Falta mucho...pero a este paso. Un café. A ver. No, aquí no. Demasiado calor, muy poco espacio y todos esos pedigüeños brazos alzados. No hay modo de saber si piden café o su cabeza. El pobre diablo no se dará a vasto lo menos durante las dos próximas horas. Buen café, sí. Pero, preferible beber agua sucia en un lugar más desolado. Tenga. No es necesario que me cuente su historia. Con esos harapos hediondos y una pierna podrida es suficiente para mí. Le daré el doble si se calla. Ni así. Mejor cambiar de acera. El Mesón. Demos una vuelta por allí.

Martín Romero no quería entrar. Pero hubiera entrado a cualquier lugar con tal y dejar por un momento la calle. Al abrir la puerta le llegó de golpe el sonido del televisor a todo volumen: Barcelona y Real Madrid. No importó. Martín Romero cerró la puerta. Afuera quedó la calle, el mendigo y la voz del mendigo ahogándose en el ruido de la calle. No importó el olor a humedad y polvo acumulados que el destartalado aparato del aire acondicionado se llevaba calientes y devolvía fríos. No importó esas nubes de humo azul que salido de las bocas se disipaba bajo las bombillas amarillentas. No importó el olor a aceite rancio de la fritanga de sardina. Martín Romero fue y se encaramó en uno de los taburetes de la barra, un poco retirado de los tres de siempre que discutían entre ellos mientras el dueño miraba el partido. Una cerveza. Tampoco importó que estuviera medio caliente.

 

−Mira, Instructor, dime algo ¿cuánto de los que han pasado por el cursillo de mierda ése han dejado de ser nadie, eh? Francamente ¿te atreverías a hacer una encuesta completa, si fuese posible? ¿De verdad te crees toda esa mierda? Yo creo que es tu trabajo, y nada más. Hasta ahí, bien. Pero no estamos en horario de trabajo; se acabó, por el fin de semana, al menos ¿Por qué no dejas toda esa mierda para el lunes? −dijo el más viejo al hombrecillo de cabello rizado y bigote espeso, que se empeñaba constantemente en demostrar que la vida era como un partido de béisbol; no importa cómo se hagan las carreras, lo único que cuenta es hacerlas. Y para reafirmar la idea de que sólo importan los resultados, daba palmaditas en el bolsillo derecho de su pantalón.

−Permítame que le diga, Profesor, que lo que UD. llama cursillo de mierda es lo último en psicocibernénica aplicada... −dijo Instructor

−¿No le digo? Puro conductivismo de mierda, elixir ideológico para ayudar a cargar con el complejo de culpa de ser un don nadie ¿Lo ve? Lo conozco, se lo aseguro, Instructor. −interrumpió el viejo.

−Eso, eso... el profesor sabe lo que dice...−dijo el tercero, el más borracho de los tres, y cuyo rostro Martín Romero no alcanzó ver ya que estaba de espaldas. Sólo vio la incipiente calva del hombre largo cuyo inicio del trasero asomaba por el borde del pantalón que se le había bajado más de la cuenta.

−Quizá sea demasiado sencillo para que personas muy complejas como el profesor puedan captarlo.−aseguró Instructor en claro tono irónico.

−Pues voy a decirle algo: sencillo un párrafo de la Metafísica o la receta de Joaquín para el escabeche. Pero eso a lo que UD. se refiere es literatura de mierda con la que los gringos de clase media aprenden a ser alguien. −sentenció el viejo.

−Precisamente: se trata de metafísica. −aseveró el instructor.

−No. Espera. Tú eres uno más de los pendejos que identifican metafísica con la balandronada ésa de la superación, y la luz al final del camino, y todo está en tu pensamiento, y querer es poder, y qué sé yo. El traje azul, el traje azul, el traje azul... Me lo digo al amanecer y al anochecer. Me lo repito mil veces al día. Un día aparezco metido en un traje azul. He logrado mi meta. Y en verdad creen que, de ser posible una estupidez así, se es mejor por una estupidez así. La meta, si realmente se la tiene, en el fondo se la desconoce; quien se cree frente ella debe estar dispuesto a suicidarse en el intento. Quien no acepta el suicidio como una posibilidad, no está frente a nada. Si alcanzo ver un traje inequívocamente azul en el futuro, ya pierdo todo interés por él. −dijo el viejo.

−¡Mierda! −exclamó el dueño encolerizado, al tiempo que lanzaba el trapo que tenía en las manos contra el suelo.

−¿Qué pasó? −preguntó Instructor temeroso.

−¡El jodido de Hierro la volvió a cagar! Así no se puede. Estamos jodidos.

−¡Metafísica!. −continuó el viejo, y se quedó mirando al techo. Luego, mientras golpeaba con el codo al más borracho, agregó −Cierra los ojos y, mientras aprietas el culo, piensa en el podrido futuro, ése, el que tanto anhelas, de trajecito azul. Bien. Ya tienes clara tu sublime meta. Ahora, aprieta un poco más el culo y tómalo con tu mano; el culo no, bestia: el futuro ¿Ves? Todo tuyo. Bien. Ahora puedes metértelo por el culo. ¡Metafísica! ¡Joaquín!. Otra cerveza.

−Eso, eso... −balbuceaba el tercero, el más borracho, prácticamente doblado de lado sobre el mesón y, al mismo tiempo, reacomodando el ancho trasero en el estrecho taburete cuyas largas patas se movían de un lado para otro a punto de caer.

 

El encolerizado dueño trajo otra cerveza. Luego recogió el trapo del suelo, limpió la desgastada superficie de la barra. También sirvió otra a Martín Romero. De ese lado también paso el inmundo trapo. El Instructor, que iba, como siempre, impecablemente vestido, se mantenía de pie y alisaba los bigotes. A cada instante miraba hacia abajo, recorriendo así su lujoso traje azul desde el pecho hasta la punta de los zapatos pulidos. Martín Romero lo observaba en el preciso momento en que, cuando nadie, según él, lo veía, lustraba la punta rozándola con la tela parte de las piernas del panralón. Al mismo tiempo, el viejo insistía:

 

−Metafísica. Vas lindo, Instructor, vas lindo. Esa metafísica te ha permitido meterte en ese lindo traje azul. Muy lindo, hay que reconocerlo.

−Ha dicho lo del traje por sólo joder ¿verdad? −dijo el instructor.

–Cámbialo por un auto rojo, si lo prefieres. Tu metafísica sólo sirve para pensar en aquello que se adquiere en cuotas. Por cierto ¿cuánto costó el trajecito ése? −preguntó el viejo que, en ese instante, advirtió que el Instructor, que había captado la mirada de Martín Romero, se reacomodó en su posisición. Entonces el viejo volvió la mirada hacia el otro lado de la barra:

−¡Eh! Martín Romero ¿Desde cuándo estás aquí, carajo? −preguntó a gritos el viejo mientras elevaba el brazo para saludar a Martín Romero.

−Hace un rato −respondió Martín Romero, al tiempo que saludaba con la mano al viejo Rangel.

−Pues acércate por acá, coño. −el viejo esperó a que Martín Romero se acercara. Pasó su brazo por sobre sus hombros y, entonces, dijo al Instructor −A éste no le vendría nada mal una dosis de metafísica de ésa, Instructor. Aquí, donde tú lo ves: mi mejor alumno. Lo quiero mucho. Pero, por más que lo intenté, no pude lograr nada con él. A ver si tú logras si quiera que cambie de ropa. −soltaban la carcajada el viejo y Martín Romero.

−Quizás el señor ¿Cómo dijo que se llamaba? −preguntó el Instructor.

−Martín. Martín Romero −se adelantó el viejo.

−Quizás el señor Romero se ajustó mucho a los moldes académicos. Hay cosas que no se aprenden en la universidad. −dijo el instructor con un cierto desdén que provocó en el viejo Rangel el característico gesto de levantar una ceja en señal de advertencia.

−Sí. Es cierto. Algunas cosas sólo se aprenden en el infierno. −dijo Martín Romero.

−¡Todo tuyo, Instructor! −celebró el viejo Rangel.

−El infierno, es un estado personal. −continuó el Instructor con ensayada paciencia.

−Ya lo creo. Salga allá fuera y verá cuán personal es. −dijo Martín Romero.

−Yo me refería a un estado interior. −aclaró el Instructor.

−Yo también. Sólo que el mío dice que el infierno son los demás, que es lo que, asu vez, debe decir el estado interior de cada quien −insistió Martín Romero.

−Sartre −aclaró el viejo Rangel para el Instructor.

−Ves que si aprendo −aprovechó de decir Martín Romero, dirigiéndose al viejo.

−Cada quien escoge sus maestros. −dijo el Instructor.

−Que yo sepa, Aristóteles es el único maestro. −dijo el viejo Rangel.

−Eso, eso... −agregó el mas borracho, que ya se había postrado por completo sobre la barra.

−Éste se jodió. −sentenció el viejo Rangel.

−¿Y éste quién es? −preguntó Martín Romero al viejo Rangel.

−No sé. Es amigo del Instructor, supongo. −respondió el viejo Rangel.

−Yo no lo conozco. Cuando llegué ya estaba aquí. Creí que era amigo suyo. −replicó el Instructor.

−¿Así es la vaina? ¡Vaya que estás jodido, amigo −dijo el viejo Rangel al tiempo que palmeaba el hombro del postrado.

−Eso...eso... −refunfuñó el palmeado.

−¿Más cerveza? −le preguntó el viejo Rangel, que se acercó al casi muerto.

−¿Está Ud. loco? Éste pobre hombre ya no puede ni con su alma. −advirtió el Instructor.

−Vamos, Instructor. Desde que lo inventaron, no hay quien pueda con eso. ¡Joaquín! Más cerveza. −luego, dirigiéndose a los dos que quedaban en pie, el viejo Rangel continuó −El único que realmente está sufriendo aquí es Joaquín ¿Qué puede haber peor que una derrota del Real Madrid? Aquí, nuestro querido Instructor, Romero, dirá que el pobre Joaquín tiene un grave problema de estado interior. Y yo creo que es verdad: quiere matar al mismísimo hijo de puta del Hierro. Aprieta ese culo, Joaquín, aprieta ese culo y lo lograrás. −terminó diciendo el viejo Rangel al dueño del Mesón mientras servía otra ronda de cerveza.

−¡Déjate de joder, viejo! Que esta vaina va en serio −respondió el hombre, mientras trapeaba el mesón y se retiraba a un rincón aparte.

−Si mañana, cuando abran la página de deportes, encuentran la noticia de la muerte el jodido Hierro, ya saben dónde buscar ¿eh? −dijo Martín Romero en voz baja.

−Déjalo así. −advirtió el viejo Rangel.

−Sí, es mejor. Podemos dar vuelta al asunto toda la noche, y no llegaremos a nada. No hay disposición. −dijo el Instructor.

−¿A qué te refieres, Instructor? −preguntó el viejo Rangel.

−Lo que hablábamos, digo. La metafísica... −respondió el Instructor

−Ah, eso ¿Tú sigues con eso?. La cuestión como que viene con el traje ¿No te parece, Romero? −preguntó el viejo Rangel.

−¡Bah! −protestó el Instructor.

−Está bien. Está bien, instructor. Cálmate. Pero tendrás que dejar que te cuente sobre metafísica de mierda ¿Sí? −al mismo tiempo que esto decía, miraba a Martín Romero.

−¿Qué pasa? −preguntó Martín Romero.

−Como UD. quiera, profesor. −dijo al mismo tiempo el Instructor.

−¿Le cuento? −preguntó el viejo Rangel a Martín Romero

−¿Qué cosa? −Interrogó Martín Romero

−Lo de la mano aquella... −dijo en voz baja el viejo

−Ah, eso. −captó Martín Romero

−Ajá –esperó el viejo Rangel. Los dedos largos y huesudos de Martín Romero destriparon el cigarrillo en el cenicero. El reloj colgado en la pared de enfrente indicaba las siete y cuarto. Martín Romero se encogió de hombros. Entonces el viejo Rangel continuó. −Bien. Una pequeña historia que quizás te interese, Instructor.

−Ya estoy por irme. Pero podríamos tomar otra ¿Le parece? −preguntó el Instructor.

−¡Joaquín! −llamó el viejo Rangel, e hizo señas con la mano para que el dueño sirviera otra ronda de cerveza −Es uno que quiere escapar de la curiosa culpa de no ser nadie. Pasa todos los días.

−¡Otra vez con lo mismo! −exclamó el Instructor.

−Era una mano cualquiera. Por ahora quieta. Aunque ya un tanto picado de impaciencia, el hombre está decidido a continuar hasta el final, esperar cuanto sea necesario. Puede imaginarlo desde el amanecer, todavía a oscuras, cuando su dedo índice oprimió el botón que detuvo el despertador. Todavía en calzoncillos, y tras largo rato parado frente al escaparate, el tipo decide entre los dos únicos sacos, el azul o el marrón, digamos, ambos igualmente modestos, se entiende. Nada que ver con esa meta que UD. lleva puesta, instructor. El hombre descuelga uno de los sacos. Qué puede importar cuál ¿eh? ¿no le parece? Luego fueron los retortijones intestinales del hombre sentado en el retrete. No sé si lo sabe, Instructor, pero para quien está desempleado, amanecer y retortijones van juntos. Bueno, el asunto es: el hombre en el retrete. Esto es importante cuando se piensa en uno mismo ¿no le parece? −cortó por un momento el viejo Rangel.

−Sí, Pero eso es algo que uno puede aprender a dominar −aseguró con firme voz el instructor.

−Los retortijones del miedo cotidiano. −prosiguió el viejo Rangel.

−El miedo, quiero decir. El miedo es algo que se aprende a manejar −insistió el instructor.

−Bueno. Yo le diré lo que es el miedo: un mojón atravesado que, por imaginario que pueda ser, no termina de salir. Ahora, sigamos. Letrero: "Gerencia General" ¿Los ha visto UD., los letreros esos, no? Nuestro hombre ya no es sólo el hombre, sino el hombre apropiado, el sujeto disponible. Eso debe ser. El destino de los hombres no está en manos de los dioses, sino de los otros hombres. Quién sabe, ¿verdad?. Nuestro hombre quizás debió cortarse la yugular mientras se afeitaba, o sujetar hasta la asfixia perfecta el nudo de la corbata. Quién sabe si cualquier muerte hubiese sido preferible a este destino de sujeto disponible. Pero nuestro héroe está decidido a no dejar que sus tribulaciones lo distraigan. La mano destripa el cigarrillo. Forma de disimular la desnudez de quien desnudo resplandece como único sol en el firmamento de su fracaso. Otro cigarrillo. De un momento a otro traspasará aquella puerta. Pero ¿cuándo? La mano suda y se restriega contra la tela suave del asiento. El hombre se reacomoda en su asiento, rectifica el nudo de la corbata y las solapas del saco, alisa el cabello. Todo, supone, debe estar en el sitio apropiado, incluso el miedo. Y desde entonces fue aquella sonrisa anunciada. Lo llaman, De inmediato el hombre se levanta y, mientras la mano abotona el saco, estrena lo más amable, agradecido y dispuesto de aquella, su sonrisa prefabricada. Apenas pone pie en la oficina del gerente, busca los ojos del otro, el que decidirá su próximo destino de asalariado. No aparta la mirada de aquellos ojos ni un instante. Sólo observa aquellas pupilas oscuras que lo observan. Avanza nuestro héroe: cuerpo recto, digno, decidido y constante. Al mismo tiempo se prepara la mano que ha de estrechar la del otro. Se prepara ella sola, por su cuenta, como si tuviese vida propia, porque el resto del cuerpo se concentra en aquellas pupilas que lo observan desde que puso pien en la esterilizada oficina. Quizás fue por eso que al llegar al borde del escritorio y en el último impulso de su mano dispuesta al saludo y presentación de rigor, no advirtió la taza de café, que cayó sobre el otro. −terminó el viejo Rangel.

−Es una torpeza −dijo el Instructor

−Nuestro héroe −dijo el viejo Rangel mientras señalaba a Martín Romero.

−Puede pasarle a cualquiera ¿no? −insistió el instructor.

−¿Más cerveza? −preguntó el viejo Rangel.

−Yo me voy. Otro día. −dijo el Instructor. Se acomodó el traje y se fue hasta la puerta de salida.

−Creo que lo has decepcionado −dijo Martín Romero mientras miraba al Instructor retirarse.

−Una vez más, querrás decir. No hay quien no lo decepcione. Desde que trabaja para la firma ésa ¿cómo se llama?... no sé qué bussines, se ha dedicado a predicar el evangelio de la eficiencia y la eficacia traído allende los templos de la gerencia moderna. −dijo el viejo Rangel.

−¡Verga! Espeluznante. −dijo Martín Romero.

−Ya volverá. En realidad no tiene a dónde ir ¿Tú crees que si toda esa mierda sirviera para algo estaría ése pobre diablo aquí, en este antro, hablando con un viejo de mierda? −preguntó el viejo Rangel.

 

Al salir, el Instructor tropezó con otro que venía entrando y le pisaron la punta de sus zapatos. En la mirada del instructor se mezclaron la rabia y el desprecio antes de terminar de salir.

 

−Perdón −se escuchó decir al que entró. Era Rengifo.

−Mira quien anda ahí. −dijo Martín Romero.

−¡Vaya! ¿qué ven estos ojos? El dúo ineficiencia en plena conspiración ¿Qué dicen? Sólo entré a comprar cigarrillos ¿No que íbamos a lo de Salvador esta noche? −terminó preguntando Rengifo a Martín Romero.

−Aún hay tiempo, como dirías −respondió Martín Romero.

−Sí, es temprano, aún. Pero vas a ir ¿No? Es cumpleaños de los dos −dijo Rengifo al viejo Rangel.

−¿Estás de cumpleaños? −preguntó el viejo Rangel a Martín Romero. Y al rato continuó −Sigue así y te vas a morir. Cumplir años es peor que fumar.

Este viejo es una mierda intervino Rengifopero no le hagas mucho caso ¿eh? Mira que Salvador te espera. Hablé con él hace un par de horas, más o menos. Además, en unos días te largas, comisario Romero. Quien sabe si no te volvamos a ver. Hazlo por nosotros ¿si?

−¿En qué andas, Romerito? −preguntó el viejo Rangel.

−¿Qué? ¿No te ha dicho nada? De policía. En eso anda tu discípulo. −aclaró Rengifo.

−¡Estás loco! −sentenció el viejo Rangel.

−Es justo lo que le he dicho. Pero trata convencerlo. −dijo Rengifo.

−¿Cómo están Sofía y los niños? −preguntó Martín Romero.

−¿Sofía...? Ah, sí. Salvador dice que hace días peleó con Sofía. Todavía no sé ni por qué: así lo dice. Alguna de esas estupideces que primero te destripa la vesícula y luego te acostumbras a ella, se responde él mismo. −relató Rengifo.

−Clásico monólogo de uno que intenta resolver un problema sin solución habido entre dos. Conozco el drama de memoria −interrumpió el viejo Rangel.

−Bueno –continuó Rengifo− Total que el Salvador y que anduvo por allí, vagando, no sé por cuantos día, y sin querer volver a casa.

−Pero volvió ¿Qué te apuesto? −interrumpió el viejo Rangel.

−Sí. Claro que volvió ¿Déjame terminar, quieres? −dijo Rengifo dirigiéndose al viejo Rangel. Luego continuó −Volvió, incluso temprano.

−En realidad, el pobre diablo nunca hubiera querido volver a casa, donde todo huele a mujer perfecta, detergente y niños chillando. Nunca lo había sentido así y, muy probablemente, todavía se avergüenza de un sentimiento así, albergado en lo más oscuro de su puto corazón. Continúa. −dijo el viejo Rangel.

−¿Yo? ¿Y para qué coño? Sigue tú. −dijo Rengifo irónico antes de continuar. Pero, antes de poder seguir, el viejo Rangel le tomó la palabra.

−Es sencillo. En estos momentos ella, por alguna razón, se ha empeñado en congraciarse con el marido, como si hubiese adivinado lo que él sentía. El marido, por su parte, que ha adivinado lo que ella adivina se siente más culpable todavía que si hubiera pasado tres días metido en la cama con una puta. Lo de celebrar tu cumpleaños −agregó el viejo dirigiéndose a Martín Romero− que cae el mismo día que el de su marido (¡qué gran oportunidad de compromiso!) ha sido idea de ella ¿Dime si no? −preguntó a Rengifo

−En efecto −respondió Rengifo, sorprendido.

−¿Ves? Es gracioso ¿no? Ella piensa que él está dispuesto a largarse de casa, y él que ni siquiera se atrevería a pasar una noche fuera. El fracaso gris, señores, el fracaso gris. −concluyó el viejo Rangel.

−Está bien, iré −aseguró Martín Romero.

−Tú o una puta −intervino el viejo Rangel− Es igual. Sólo un poco de distracción intelectual. Anda a socorrer por un rato al sujeto. Es como ir a visitar a un enfermo. A todos nos parece odioso. Pero es sólo por un momento. Y hay que cumplir con ello.

−¿Tienes carro? −preguntó Martín Romero a Rengifo.

−Afuera. −respondió Rengifo.

−Bien. Espérame aquí un momento. Cuestión de media hora, y vuelvo. Cuida que no se mueva de esa silla el viejo −dijo Martín Romero y salió del Mesón.

 

Martín Romero anduvo dos cuadras hasta el cafetín del señor Tequeño. Cuando llegó, el hombre estaba a punto de cerrar.

 

−Vecino −dijo el señor Tequeño mientras sostenía en alto la santamaría a punto de bajar y verlo entrar a toda prisa.

−El microondas −dijo Martín Romero

−¿El microondas? −pregunto el señor Tequeño

−Sí. Ése. Lo está vendiendo. Esta mañana me dijo que lo estaba vendiendo. −dijo Martín Romero.

−A sí, claro, el microondas. −repitió el señor tequeño.

−Me lo llevo. Métalo en su caja. −indicó Martín Romero.

−Seguro, espere un momento. −dijo alegre el señor Tequeño− ¡Josefina! −gritó el hombre a través de la portezuela por la traían la comida desde dentro.

 

Martín Romero esperó. Encendió un cigarrillo mientras le empacaban el aparato. Una vez sobre el mostrador, sacó el dinero, lo entregó al hombre, tomó la caja, se llevó el cigarrillo a la boca, dio la mano al señor tequeño en señal de agradecimiento. Salió y, ya afuera, escuchó cerrarse la puerta a sus espaldas. Una brisa húmeda le cruzó el rostro. Treinta y nueve. Otra putadita del calendario. Aquí va Martín Romero. Hocico de su propio aburrimiento, se va hundiendo en la vagina hedionda de la noche. Y que llegará lejos, porque no sabe a dónde va.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.