Las tres, indica el reloj sobre la vitrina. Ya no aparecerá Amanda. Claro que no. Lo sé. No importa cuanto permanezca aquí, cuanta mirada gaste en esa puerta que da a la cocina, cuanta pudiera gastar imaginando la que, más allá, conduce a su habitación. Estrecha habitación. Apenas uno entra y directo a la cama. Amanda reía cuando se lo decía, al oído, en voz baja, mientras caía sobre sus espaldas, y ella reprimía las carcajadas para que nadie nos escuchara, sin saber que por ahí andaba el pequeño Moisés, los ojos y los oídos de esta casa. Quizás Amanda esté del otro lado, haciendo lo mismo, mirando la misma puerta o imaginando la de más acá, mientras se dice lo mismo: éste no aparecerá. Claro que no. Lo sé. La puerta que no se abre. La distancia que no se acorta. Quizás sean cosas algo tristes y que, sin embargo, nos salvan de la trampa de estar algo más cerca. El calor humano; bien, vaya y pase. Pero el fuego del amor, ya es demasiado. Feliz achicharramiento, y nos achicharramos.
Me gusta ese tictac. Va al ritmo de mi corazón, y me trascenderá. Dentro de miles de años, su persistente, monótono y mecánico sonido aún traducirá todo cuanto significo: tictac, tictac, tictac. El señor tictac. No hombre, Romero. A éste no le viene ni le va nombre alguno. Pero, si quieres, podemos llamarlo así. Es lo malo de los relojes modernos: son tan malos que uno hasta le pierde respeto al tiempo. Con éste no sucede igual. Basta escucharlo, atender a su ritmo pendular para recordar en qué consiste esto de seguir vivo. Las tres y algo más. Aún así, Martín Romero permaneció por un rato más sentado en el salón, mientras fumaba un cigarrillo, asomado al gris espectáculo de su propio aburrimiento. Sonrisa. Cuando de súbito volteó a ver a la puerta de la biblioteca y pensó en eso de volver a Buenaventura. Bueno, mejor que Amanda no aparezca. Cuando sepa que, al fin y al cabo, me voy al inmundo lugar, sólo habrá lugar para sus recriminaciones, salidas como hidras del mar de su desconsuelo. Ya puedo imaginar sus ojos desorbitados. No exageres, Romero. Lo que imaginas es cómo se siente esa mirada salida de sus ojos. Lo cual es otra cosa. Cierto. Y yo, al final, nunca he aprendido a manejar ese tipo de situación ¿Y qué quieres que te diga? Es lo más que logra sacarme. La pobre. Me odia cuando me escucha decir eso. Y lo peor es que, muy a su pesar, no tengo mucho más qué decir y, por lo tanto, se entiende, lo digo de todo corazón. O quizás ya sabe que te vas, en cuyo caso no aparecer es, precisamente, su recriminación, a la que, por suerte, no tienes que contestar; o podrías hacerlo diciendo ¿y qué quieres que te diga? Ella ya lo habrá imaginado por su parte. No digo yo. Parece un juego. O lo es, Romero, lo es. La más de las veces el silencio no es más que juego de mudas palabras, insensibles sensaciones ¿En qué andaba? Ah, sí, que me voy a Buenaventura. Debes tener más cuidado. Comienzas a pensar en una cosa y terminas en otra, y otra y, al final, ni puta idea de dónde andábamos. Ya lo decía no recuerdo quién: el que no sabe a donde va, llega lejos. Tú, por lo pronto, a Buenaventura.
Sí, eso de que me voy a Buenaventura también parece un juego. O lo es. Nunca imaginé que volvería allí. Y el Medina, que resultó sobrino de Montenegro -legal, no consanguíneo. Vaya que es chico el maldito mundo, como quien dice. Si Rengifo supiera ahora sí que hace lo imposible por no dejarme partir. Pero yo, por el contrario, ahora sí que siento verdadera curiosidad por estar allá ¿Cómo será Medina, ahora? Sólo recuerdo la textura fría de su piel cuando lo tomé por la mano para alzarlo y sacarlo del rancho aquella noche. Vaya que es una noche lejana cuando intento recordarla. Manos de rana. Con el tiempo, ése ha sido el nombre que le adjudiqué al Medina aquella noche, y nunca he tenido la ocasión, ni pensé que la tendría, de confirmarlo. Ahora podré hacerlo. Sólo por eso quisiera ir allá. Para mí es más que suficiente. En medio de la madrugada, manos de rana. Afuera la luna brillaba. No había frío, pero la humedad del monte me llegaba a la cara como antesala de la llovizna que al rato nos empapó. Pobre Medina. Cómo temblaba el señor manos de rana. De vacaciones, como llama Montenegro a mi misión de cuidar su mierda de proyecto. Pero también tengo mis propias, modestas misiones personales, como la de estrechar la mano del señor manos de rana luego de veinticinco años y de haber tenido la misión de ejecutarlo a nombre del mundo mejor. Sé que los decepcioné a todos, pero es que si hubiera tenido que matar a todos los que, como Medina (para entonces no era aún el señor manos de rana), obstaculizan el mundo mejor, habría tenido yo que ejecutar a la humanidad entera, incluyéndome, claro está. Lo cual ciertamente es, por una parte, técnicamente, imposible, y por la otra, existencialmente también, ya que el suicidio nunca ha estado, técnicamente, en mis planes. Si, como creo, la vida es un suicidio en cámara lenta, se trata, precisamente, de que lo contemplemos en sus detalles, hasta el final. Claro que, con argumentos así, jamás convencería al pragmático de Rengifo. El pragmatismo que lo arrastró a la revolución, es el mismo que lo apartó de ella. En aquella oportunidad me acusó de traicionar lo que él llamaba la misión que me adjudicaba la historia. Hoy casi me bendice por lo que considera una mera estupidez. Todavía estuviéramos en la cárcel, dice cuando hablamos del tema; habría arruinado nuestra vida. O sea que, digo yo, con no matar a Medina, triunfamos. Curiosa lógica. ¡Bah!, contigo no se puede, Romero. Así dice siempre Rengifo. Y no sólo él, por cierto.
Aventura con Joe, Rengifo y los demás. ¡Ja!. Romero blande la filosa espada de su voluntad a través del tupido bosque de la nada para trazar el luminoso sendero de la historia. No digo yo. Los hombres no saben que hacen la historia. No claro; que si tuvieran la más puta idea de la envergadura de su estupidez, se detendrían al momento. Pero, en fin, allí va Romero protagonizando su aventura. Todavía la recuerdo en sus detalles, pero detalles que, durante veinticinco años, han sido como fijaciones y fragmentos de un sueño prolongado y absurdo que transcurre en esos días en que, corrida la lápida del recuerdo, la memoria insiste en exhibir su vacío sarcófago abierto al cielo perezoso de mi mente. Entonces hasta puedo escuchar el lamento de los muertos vivos que no terminan de yacer en paz. Pensarlos es como matarlos una vez más. No sin cierto toque melancólico, habría que agregar, para precisar mejor ese tipo de día. Soy el último de la escuálida columna comandada por Rengifo que, a los efectos, no era tal, sino Patiño, como se hacía llamar en Buenaventura.
−¿Y tú, Romero? −pregunta Rengifo en tono seco y con especial rudeza. Lo hacía a propósito; era de los que cree que los demás están allí para ponerlos a prueba.
−¿Yo qué? −replico.
−¿Cuál será tu nombre? −pregunta Rengifo.
−Romero estará bien. −respondo.
−No puede ser. −advierte con aspereza Rengifo.
−¿Por qué? −pregunto.
−Cuestión de elemental seguridad. −asegura él y, luego de pensarlo unos segundos, agrega −Colmenares estará bien.
Colmenares. Así me bautizó el comandante Rengifo. Digo, Patiño. Durante toda el viaje se molestó conmigo porque tenía que llamarme tres y cuatro veces para que yo, distraído, atendiera. Es mi problema. No puedo decir no, y trato de pasar por debajo de la mesa. En algún momento, te golpeas la cabeza.
−Oye, Romero, me estás dejando mal con estos dos. Te llamo, y tú como que si no fuese contigo. Ellos se quedan mirando, luego me miran a mí, y yo como un idiota: Colmenares, y tú nada que volteas. A ver si pones más cuidado ¿quieres? −advierte Rengifo, que va delante de mí en la fila y detrás de Salvador.
Los otros dos son Joe y el Moise, que caminan delante de nosotros indicando el camino. El corpulento de Salvador no me permite verlos sino a retazos. Salvador, luego de intercambiar su posición con la de Rengifo, me comenta en voz baja
−Oye, Romero ¿y de dónde ha salido este mamarracho? −mientras señala disimuladamente hacia el Moise.
−Más respeto cuando te refieras al hombre nuevo. −le indico con censura.
−No seas payaso, Romero. −replica Salvador.
−Colmenares. Colmenares. Mas cuidado. −advierto a Salvador.
−Está bien, está bien. Pero igual. No seas payaso ¿eh? Dime a dónde vamos a parar con estos ¿eh? Mira nada más: somos cinco idiotas a monte traviesa. Aquí no hay nada que buscar, Romero ¿Por qué no nos devolvemos, ahora que todavía nos queda algo de dignidad, sin contar nada a nadie, para conservarla, eh? −pregunta Salvador en tono burlón consigo mismo.
−A Buenaventura. −respondo.
−¿Buenaventura? ¿Y qué pasa con Buenaventura? −pregunta Salvador.
−Allá vamos. −digo.
−Eso ya lo sé. −dice Salvador.
−Tú preguntaste. −digo.
−Bueno, sí. Pero ¿y dónde está la gente; “mi gente”, como dice el Joe? −insiste Salvador.
−No lo sé. Rengifo… digo, Patiño, dice que nos uniremos a ellos mas adelante. −respondo.
−No seas payaso. Ni el mismo Rengifo cree en lo que dice, y tú lo sabes. −refunfuña Salvador.
−Patiño. −corrijo.
−Sí, está bien. Patiño. El comandante Patiño. No te digo yo ¿Sabes cuántas horas llevamos caminando por este monte? ¿Por qué no llegamos en carro, por la carretera, como cualquier mortal? Esto no es más que una payasada, y tú lo sabes, Romero. Lo que pasa es que le sigues la corriente a Rengifo. Y me parece que lo estás disfrutando. −dice Salvador.
Miro fríamente a Salvador. Vamos, Romero ¿qué es eso de mirar fríamente? En el mejor de los casos, querrás decir aburrido, obstinado, atribulado. Es verdad. En realidad jamás he sabido lo que es una mirada fría, pero, según lo que recuerdo de mi ánimo en aquél momento, me parece que algo así fue lo que intenté hacer al mirarlo. Lo que fuese, Salvador sonrió, y miró a su alrededor: En realidad, hay que admitirlo, es éste un hermoso paisaje, dijo y volvió a sonreír. Imponente, dije yo. Imponente no, replicó; sólo paja a media altura. Claro, la cabeza de Salvador era la única que sobresalía del monte a lo largo de aquella larga caminata por el valle. Volvió a sonreír. El resto del viaje estuvo asomando aquella misma sonrisa de su boca. Ese pájaro, esa hoja, ese agua; todo, cualquier cosa, lo hacía sonreír. El señor sonrisa, lo hubiese nombrado si, para entonces, ya hubiese adquirido yo esa manía de renombrar las cosas según se dejen iluminar por las cambiantes sombras de mi ánimo. Bajo una llovizna ligera, continuamos nuestro camino a lo largo de la estrecha trocha abierta en el monte que cubre el valle y que luego de un par de horas nos llevaría a la montaña tras la cual se abre la rada de Buenaventura. Salvador tenía razón. Un hermoso paisaje. Volvió a decirlo cuando nos internamos en la montaña y dejamos atrás la paja a media altura para seguir el camino por entre tupida arboleda. Entonces no lo dijo más, hasta que alcanzamos la cima, y atisbó la playa y el modo en que el mar se confundía con los amarillos y los rosas del atardecer. Yo no sé lo que vio él, pero me lo imagino por su sonrisa.
−¿Y ahora qué? −pregunta Salvador.
−Esperaremos aquí hasta que anochezca. Entonces, nos vamos por ese sendero hasta el rancho. −dice Rengifo.
−Por ese no. Por éste. −interrumpe Joe.
−¿Por éste? −pregunta Rengifo.
−Ajá. −reafirma Joe.
–¿Y eso por qué? –pregunta Rengifo.
−Por allí llegamos a la carretera. Si no ¿cómo vamos a cazar al viejo? −dice Joe.
−¿Hoy mismo? −pregunta Rengifo.
−Hoy mismo. Para mañana, es tarde, como dicen. −dice Joe
−Y luego nos vamos por éste ¿No? −pregunta Rengifo.
−Eso. Al rancho −confirma Joe.
–Al rancho. −repite Rengifo, y nos mira ligeramente apenado.
−¿Y los demás? −pregunta Salvador.
Pero antes de que Rengifo contestase, si algo pensaba contestar, Salvador siente algo que lo toma por el brazo intempestivamente y, sorprendido, se sacude. Es el Moise, que le ofrece la botella de ron de la que el negro viene libando desde lo menos tres kilómetros atrás. Al tiempo que Salvador toma la botella de la mano del negro, lo mira sin saber qué decir.
Desde abajo, el negro miraba al otro sin que le importase para nada la enormidad del que lo miraba desde arriba y se preguntaba en silente curiosidad de dónde habría salido aquella cosa. Como quiera que el negro no terminaba de soltar la botella de licor, Salvador la soltó de repente y el negro se cayó. Joe y Rengifo soltaron la carcajada y, por su parte, Martín Romero se limitó a hacer un gesto de cansancio y fue a sentarse a un lado de la escena, sobre un viejo y húmedo tronco, donde se puso a fumar un cigarrillo. Salvador los miró uno a uno, se dio media vuelta y se dispuso a retirarse. Entonces el negro, que ya había logrado incorporarse de nuevo, lo tomó otra vez por el brazo y volvió a poner la botella en su mano. Esta vez, Salvador, molesto, se soltó con una violenta sacudida. Pero el negro volvió a sujetarlo, y Salvador, pese a su esfuerzo, no lograba sacárselo de encima. El hombre grande dio pasos en distintas direcciones, mientras se sacudía al chico. Pero éste, asido a su brazo con una mano, no dejaba de ofrecerle con la otro la botella. En medio de las risas, Salvador, exaltado, se detuvo, con el negro aún asido a su brazo:
−Con que gracioso ¿eh? Les parece muy gracioso. −dijo a todos, al tiempo que tomaba con fuerza al negro con una mano por la parte de atrás del cuello de la camisa y con la otra por la cintura del pantalón. Entonces, con el negro alzado, agregó −¿y si lo lanzo hasta allá abajo, que de una patada por el culo caiga allá, en la playa, o donde sea? Imagino que eso también les parecería muy gracioso ¿eh, comandante Patiño? −concluyó dirigiéndose expresamente a Rengifo, al que de súbito se le esfumó la risa.
−¡Déjalo, pues, hombre! que no es para tanto –exclamó Rengifo, y se acercó a ellos nerviosamente. De un empujón, el negro fue a dar una vez más al suelo.
−No es necesario que te violentes así. Sólo está borracho. –advirtió Rengifo, mientras intentaba levantar al negro del suelo.
−Levanta tu mamarracho y déjame en paz ¿quieres, Rengifo? −exclamó Salvador, mientras se acomodaba la camisa revuelta. Luego, mientras se fijaba en cómo se le resbalaba el negro a Rengifo, agregó −Si ése es tu hombre nuevo, como dice Romero, mejor habría sido la patada en el culo; contundente, como para que alcanzase el futuro ¿No te parece?.
−Te diré algo, Salvador: te estás pasando de la raya ¿no te parece? −replicó Rengifo, luego de voltear con violencia para mirar a Salvador. En el acto, el negro, al que casi había logrado poner de pie, se le fue al piso de nuevo. Lo miró y hubo de soltarlo por completo para continuar. Entonces siguió hablando −Qué el sujeto te molestó. Está bien. Convengo en que está bastante fastidioso, por lo borracho. Pero vaya y pase. Se acabó. Eso no te da ningún derecho a expresarte de esa manera. Este negro es como cualquiera de nosotros. Que tu seas demasiado fino, o más bien, debería decir, demasiado burgués, eso es otra cosa. Pero te advierto que aquí no estamos en uno de esos clubes a los que tanto te gusta asistir para compartir con tus colegas doctorcitos.
−¿Y eso qué es? ¿De qué se trata, mi querido comandante? ¿El discurso de la envidia o sólo el que te favorece para quedar bien con “tu gente”, como dices desde que emprendimos esta estúpida travesía? −preguntó Salvador.
−Éste, al acabas de calificar de “cosa” –se apresuró a responder Rengifo, al mismo tiempo que señalaba al Moise que, como pudo, se había sentado en el suelo −es igual que tú, yo o cualquiera de nosotros. Eso es lo primero que aprende un revolucionario ¿o no? Acaso seas el más preparado de todos nosotros. Por esi deberías dar el ejemplo.
–Sí. En realidad, tienes razón. Tan estúpido como cualquiera de nosotros. Hay que reconocerlo. Pero ¿a cuenta de qué te vienes tú con esa semblanza doctrinal? Sólo me lo quité de encima, y ya. Si quieres dale tu brazo y que se la pase colgado de allí el resto de la fiesta. Pero anda a la mismísima mierda con tu moralismo de la igualdad ¿eh? −sentenció Salvador.
−Te diré algo. Intenta tomarme como hiciste con éste, para que pruebes lo que es irse a las mismísima mierda −retó Rengifo, mientras sacaba la pistola que llevaba al cinto.
−Ya sabes por donde te puedes meter esa mierda. −dijo Salvador, mientras hacía una señal de desprecio con su mano.
−Sí, claro que lo sé. Pero primero puede que te vuele esa cabeza de mierda. −insistía Rengifo.
−Calma, señores, que de seguir creciendo esta montaña de mierda, terminamos todos embarrados. −dijo Martín Romero, que, habiéndose acercado a Rengifo, golpeaba la mano en la que éste tenía la pistola.
−Guarda esa vaina ¿quieres? −dijo Joe a Rengifo. Luego se acercó hasta donde seguía sentado el negro y tomó la botella que aún llevaba éste en la mano. Acto seguido se aproximó a Salvador, y le dijo −Éste pobre diablo, camarada, sólo quería que UD. bebiera un trago, que compartiera de la botella. −Joe bebió un trago de la botella de ron que había quitado al negro de las manos y luego la ofreció a Salvador, que la rechazó igualmente. Joe se encogió de hombros y ofreció la botella Rengifo. Ésta bebió un trago y la ofreció a Martín Romero. Éste hizo lo mismo y se quedó con la botella en la mano, sin saber qué hacer, hasta que la retornó a Rengifo.
−Sucede, mi querido camarada −de nuevo Joe hablando a Salvador− que este negro, donde UD. lo ve, quizás sea muy poca cosa. Eso no lo discutiré. Sin embargo, le diré que, muy a pesar de lo que UD. y yo podamos pensar de tan extrema sencillez, que quizás este sujeto esté más dispuesto que cualquiera de nosotros a dar su vida por la revolución. Yo digo que una verdadera revolución nos expone a cuestiones cruciales. Se está con el pueblo o no. Sin duda, ésta es una de ellas.
–Bien, bien, Indio. Puede que para ti estar con el pueblo sea beber de esa misma mierda. Yo tengo otra forma de ver el asunto, que no creo que tenga algún interés para ti en este momento. Pero te recuerdo que fuiste tú quien nos trajo aquí, porque, según insistías, tenías a la gente, al pueblo, como tú lo llamas. No dijiste que te referías a este pobre diablo que no puede ni sostenerse en pie. Muy bien, aquí estamos, mi querido camarada: el mismísimo pueblo de mierda y cuatro pendejos de mierda encaramados en este cerro. Eso es lo que querías ¿no? Complacido. Ahora ¿por qué no buscamos dónde dormir? Mañana estamos de vuelta y se acabó el asunto. −concluyó Salvador, y se alejó.
Yo también creí que, en efecto, allí acababa el asunto. Por mi parte, me quedé en el tronco, a donde había retornado como mi lugar en aquella escena, fumando. Por su parte, desde hacía rato que El Moise roncaba la pea. Rengifo y Joe dijeron algo que no escuché, y se alejaron. Permanecí allí, sin moverme, casi hasta la media noche. Aunque aún no comenzaba a llover, el viento húmedo y el cielo encapotado anunciaban como cruel tormenta lo que, en realidad, más tarde, fue un agua mollina que casi hasta el amanecer cayó menuda y blanda. Ahora me sorprende que, ante semejante amenaza de lluvia, cuando debí haberme levantado de inmediato, sacudir a Salvador y prepararnos para guarecernos, no hice, sin embargo, nada en ese sentido. Por el contrario, miraba hacia Salvador, y me parecía que no debía molestar lo que a todas luces indicaba ser un profundo y placentero sueño. El Moise seguía en el medio, medio muerto. Respecto a Rengifo y el otro, supuse que no volverían; quizás habían caído cerro abajo o simplemente se batían a duelo en la revolución. En lo que a mí refiere, el sólo posible hecho de mover el culo era una faena para la cual me sentía incapaz por completo. No era cuestión de pereza, aunque, lo reconozco, la molicie me invadía desde hacía rato ya. No. Era, más bien, digo yo, asunto de quietud, obsesión de quietud, como la que se consagra en los cuerpos muertos. Me quedaría quieto, totalmente quieto, como muerto, viéndome a mí mismo en la quietud de todo cuanto me rodeaba y sin alcanzar, sin embargo, distinguirme de todo ello. Ahora pienso que aquella fue la primera vez que percibí el desdoblamiento: yo y el cadáver de lo que digo ser son más o menos la misma cosa, sólo que, a veces, y sin saber cómo ni a cuenta de qué, se contemplan y acusan entre sí. Fue mucho después cuando lo definí así. Pero siempre recuerdo aquella primera vez, sentado bajo aquella llovizna que, sin yo advertirlo, hacía rato ya que me llegaba al rostro. Tampoco me di cuenta de cuándo llegaron Rengifo y Joe, que traían a un tercero atado de manos y con el rostro cubierto. Medina, me dije, debe ser ¿Qué hora es? Las cuatro y cuarto. Pero, por los momentos, dejemos la historieta aquí. Hay un toque de melancolía en esta retrospectiva que no me agrada per me aflige ligeramente, y que me hace sentir más cansado de lo que realmente creo estar. Quizás tenga que ver con Amanda.
No supo de dónde saltó ese fantasma de melancolía que, mientras transcurría la tarde, seguía hucheando por entre los montes sordos de su pereza. Cuando reconsideró por última vez el hecho de que Amanda no aparecería, tomó el teléfono y llamó un taxi. A los pocos minutos, escuchó la corneta y salió. Afuera estaban sentados el pequeño Moisés y los dos perros. Miró hacia el taxi que se acababa de estacionar. Miró de nuevo hacia el trío. Cerró la puerta, atravesó el jardín hasta la verja y abordó el taxi que lo esperaba en la calle.
−Al centro. −indicó Martín Romero.
−Enseguida, señor −respondió el conductor.
El hombre chico, cuya cabeza apenas sobresalía por encima de la línea del volante lo suficiente como para no estrellar el vehículo, empezó a descender la sinuosa pendiente que los llevaría, de nuevo, al mundo plano de los mortales. Atrás quedaba la enorme mansión del señor ojos blancos y manos de noche, con la criada, el nieto y los dos perros. Echó una mirada sobre los blancos de su silencio,
−Muy fresco, por acá ¿verdad? −habló de súbito el chofer y, luego de un instante, prosiguió respondiéndose a sí mismo −Sí, muy fresco. Uno no parece estar en la ciudad. Mire esos árboles. Y todo ese silencio. Todo silencioso y muy fresco ¿verdad? Pero, al final, nadie se escapa. Siempre hay que ir al centro. El pasajero seguía sin decir nada.
Tono excesivamente cortés. Cuando suben hasta la mansión del señor ojos blancos y manos de noche, siempre presumen de su tosca amabilidad. Derrochan disposición al cabal servicio una vez que, visto el lujoso lugar, piensan que de allí debe provenir una excelente paga. El hombre quiere agradar. Alabado sea Dios, y el sujeto éste con aspecto de burro con sueño que me toca llevar al centro. Quiere contagiar todo con su entusiasmo, que nada quede a salvo de esa sonrisa dibujada en los labios ¿De dónde la sacará? ¿Será una cada vez, o la misma siempre? ¿La guardará bajo el asiento, o allí mismo detrás de la mandíbula? Se le ve tan estúpida y natural. Lo hace lucir realmente cómodo allí doblado, como si hubiera nacido detrás de ese volante sujeto a sus pequeñas manos y que gira a una lado y al otro ¿Cómo podría alguien afirmar que es un gesto falso? El señor volante. Así podría llamarse, si volviera a verlo alguna vez. El amable y cortés señor volante está feliz porque lleva al señor burro con sueño a su cueva de mierda en el quinto. Veremos si logro deshacerle esa sonrisa antes de bajar. Todo un reto, me parece.
−El centro se ha vuelto una locura. −volvió a hablar el hombre luego de un prolongado silencio −Es extraño que vaya UD. allá a esta hora. ¿Trabaja UD. allí?
−Vivo allí. −dijo Martín Romero.
−Ah. Yo creía que UD... −dijo a medias el chofer.
−Vivía en la mansión de allá atrás. −interrumpió Martín Romero.
−Bueno, sí. Nunca he recogido a ninguna persona allí. Es la primera vez que voy hasta allí. −dijo el chofer.
Poco a poco se acerca. Hay que dejarlo hablar. Me dará alguna oportunidad. Las palabras pueden ser cosas peligrosas. De pronto, sin uno saberlo, pueden adquirir una extraña existencia; algo fantasmal, creo yo, inasible y sutilmente torturador, como si nos recordaran la esencial torpeza que jamás remontaremos. Quizás sea por eso que no termino nunca nada de lo que apunto en el maldito cuaderno. Hablada, la palabra se esfuma, se pierde en los vapores del ánimo de cada quien. Pero escrita es otra cosa. Una huella imborrable. La huella de un crimen frustrado o algo así. Hablada, la palabra vuela. Pero escrita, se perpetra.
−Como le digo, el centro: un desastre −insistió el hombre al volante.
−Pues yo vivo en el centro. −repitió Martín Romero.
−No lo envidio, la verdad. Imagino lo pesado. −se lamentó el chofer.
−No tanto. Un poco hediondo, un poco ruidoso, un poco miserable. Allí toda va junto. −dijo Martín Romero.
−Uno se acostumbra, supongo ¿trabaja allí? −preguntó el chofer.
−Soy policía. Trabajo en todas partes, digamos. −Al mismo tiempo, Martín Romero tomó la credencial que en la mañana le había dado Rengifo y se la mostró al hombre. Ambos siguieron en silencio.
Nada. Déjalo correr. Ya dejamos la autopista, y nada. No le hables. Déjalo a él arrimar las palabras. Paciencia. Aún queda una buena cantidad de cuadras. Todavía se esconde tras la sonrisa de siempre. Todavía la sola paga es suficiente para sentirse libre de todo percance. Si te callas ahora, un poco de silencio llamará su atención y lo inquietará.
−Ánimas, me dijo ¿no? Esa esquina debe su nombre a una leyenda que surgió en la Caracas del siglo pasado. Imagine UD. cuanta oscuridad y soledad por esas calles. A la gente se le despierta la imaginación ¿no? Entonces alguien dijo que a altas horas de la noche se escuchaban voces fúnebres y monótonas, que iban entonando el rosario. Hasta que la gente terminó viendo las sombras con túnicas blancas, que llevaban antorchas encendidas y qué sé yo. Ánimas del Purgatorio, en penitencia ¿qué más? Es curiosa la obsesión de la gente por los muertos. −relató el chofer.
Por ahí va. Esta puede ser una buena oportunidad. Calla un poco más, ahora, que espera escuchar tu respuesta. Esa mirada de reojo lo dice todo. Ésta puede ser la oportunidad que esperabas. Ánimas. Buena palabra, suena bien. Es ligera, con contenido lúgubre y mucho movimiento. Es perfecta. A ver qué sueltas.
−Es cierto. −aseguró Martín Romero
−¿Cómo dice? −preguntó el chofer.
−Digo que lo de las ánimas es cierto. −insistió Martín Romero.
−No le entiendo. −dijo el chofer.
−No quiere entender, que no es lo mismo. O sea que ha entendido UD. perfectamente. Digo que lo de las ánimas es cierto. No diré tanto como que de carne y hueso, porque perdería la gracia. Aunque, quizás, podría decirlo. Bueno, como sea. Digo que lo de las ánimas es cierto. Yo mismo las he visto, con estos ojos que si no se comen hoy los buitres amanecerán de nuevo mañana llenos de lagañas en una angosta y mugrosa habitación del quinto piso en el centro. −dijo Martín Romero.
El sujeto ha hecho mutis. Su sonrisa ha desaparecido como por encanto. Quizás haya optado por el camino del abandono. Mejor dejarlo así. ¡Me toca cada loco! No sé para qué abrí la boca. Te lo digo, siempre te lo digo: lleva a donde haya que llevar al cliente, y más nada. Pero tú no. Tienes que abrir la bocota.
−Ud. no me cree. Lo sé. Pero he hablado con ellas, incluso. –retornó Martín Romero −Y no es, por cierto, letanías de rosario lo que entonan. No, señor.
−¿No? −preguntó el chofer con mueca de asombro
–No, señor. No son letanías. Son ¿cómo decirle? ¿como muertos aburridos? Creo que así podría llamárseles. Lo que sea, han de haberse hartado de sus tumbas. Inmóviles, horizontales: de pronto andan a dos pies. Demasiado silencio y quietud, digo yo. Hablan de cualquier cosa y cantan cualquier cosa. Ahora son como esos vagos que no tienen nada que hacer y se la pasan el día jodiendo en una esquina. Algo así. Harían cuanto sea, cualquier cosa, con tal y no volver a su sitio bajo tierra.
Con esa cara, de un momento a otro me pide que me calle o que me baje de una vez. No tengo ningún derecho. Seguro que él es un hombre serio y trabajador, con hijos y una enorme mujer. Apuesto a que tiene la foto de todos en la cartera. Que lindo: una prole de hermosos boquiabiertos que le aman y, a cambio, debe partirse el culo doce horas sentado a su volante para poderlos mantener. Lindo. Fervor. Comer y joder.
−UD. no habla en serio ¿verdad? −dijo el chofer en medio de una tímida sonrisa.
−¿Qué no? −preguntó Martín Romero.
−Me toma UD. el pelo, señor. −dijo el chofer, con rostro serio.
−De ninguna manera ¿Por qué lo dice? Además, siempre están allí, de día o de noche, a ojos vista. Incluso se han ido esparciendo hacia otras partes de la ciudad. Ya las hay por todos los rincones. Mire. Ah no, eso no, es sólo una bolsa negra. Yo creía... Pero yo que se lo digo. Mire esa que va allá. −dijo Martín Romero, al tiempo que señalaba a una mujer que iba por la acera.
−¿Cuál? −preguntó el chofer.
−La anciana, la del cuello más abajo de los hombros ¿La ve? Vestida de marrón hasta las pantorrillas y embutida en medias blancas que no quiero ni pensar a dónde le llegan. −dijo Martín Romero.
−¿Qué pasa con ella? −preguntó el chofer.
−¿Como qué pasa? Parece un cuervo en bata ¿o no? −dijo Martín Romero.
−Bueno, la verdad parece un cuervo, la vieja... −dijo el señor volante sin poder contener la risa.
−¿Ve lo que le digo? De pronto ha dejado de ser la venerable anciana que UD. montaría en su vehículo para llevarla al lugar indicado. Es sólo la vieja cuervo. Podemos llamarla la señora cuervo. ¿Qué puede importar a dónde va? Si ahora mismo se topara con ella camino a su casa la saludaría en silencio, para sí mismo: buenas tardes, señora cuervo ¿Dígame si no? Ella, claro, no respondería. Pero UD. tampoco sabrá nunca del posible saludo de ella hacia UD., algo así, y lo digo sólo por decir: buenas tardes, señor volante.
−Entiendo. −dijo el chofer secamente.
−¿Entiende? −preguntó Martín Romero.
Entiende cuernos. Simplemente no me va a llevar la corriente. Esa sonrisa ya no es tal. Una mueca. Eso es lo que le va quedando en la boca. El policía está loco de remate. Martín Romero, Comisario. Loco el que le dio esa placa. ¡Dios! ¿en manos de quién está esta ciudad de mierda? ¿Y si no es policía? Vaya uno a saber de dónde se escapó éste. Tranquilo. Mantén la calma. Síguele la corriente. Este sujeto puede ser muy peligroso. Un par de cuadras más, a la izquierda. Estación de policía. Tratemos de acercarnos hacia allá sin que se dé cuenta.
−Ahora demuéstreme que la venerable anciana, la señora cuervo, no es un ánima. −insistió Martín Romero.
−¿Cómo? −preguntó el chofer.
−¿Lo ve? No puede. Lo que pasa es que nos topamos con ellas a diario y no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta ¿No ha pensado UD. que pueda ser yo una de ésas? Hasta UD. pudiera ser una. Si de penar se trata un taxi es tan bueno como cualquier esquina. A ver. Demuéstreme que no lo es. −inquirió Martín Romero.
El taxista comenzaba a incomodarse. De entre tanta gente como había trasladado en su vida de un lugar a otro, había de todo. Refunfuñones, desmadrados, inocentes, borrachos, silenciosos y pare de contar. Pero éste estaba de remate. Quién sabe si, en realidad, no era tan loco, sino, más bien, uno de esos expertos en no pagar. Pero a esos los conocía bien. Normalmente comenzaban a hablar de sus penurias, alguna madre, padre, abuela o mujer muy enfermas y cosas así. Al final, corazón reblandecido, descuento merecido. Pero éste lo que daba era miedo. Y si no era más que un vulgar ladrón, muy gracioso, pero ladrón. A lo mejor lo que esperaba era que él sacara la cartera para mostrarle la cédula y poder calcular así si valía la pena, o simplemente arrebatársela, sin más. Diablos. Y faltaban lo menos diez cuadras para llegar hasta Ánimas. Maldito tráfico. Mejor botarlo aquí mismo. O doblar a la izquierda. ¡Maldición! ésta la de largarse una carrera desde tan lejos para no cobrar.
−Mire al flaco, ése, el alto, parado a la puerta de la tasca, con el saco ancho ¿Lo ve? El señor perchero. Tiene cara de impaciente. Se diría que no quiere que lo observen. Le encantaría que la ciudad estuviera completamente vacía y que no corrieran por sus aceras esos ríos sucios de gente. Ah, pero ¿qué tenemos? La señorita percha se le cuelga de los hombros. Coño, se lo va a tragar. Ya. Se llevó al señor columpio. Allá dentro se lo termina de masticar. −dijo Martín Romero.
−Hoy es viernes. UD. sabe, cada oveja con su pareja, como dicen. −comentó con timidez el chofer.
−Como puede constatar, mi querido amigo, a todos se les ve mas o menos lo que nos gusta llamar normales. Ese es el truco. Aquí vamos, uno detrás de otro. Al lado, el señor aire acondicionado. Imagine su cara. Del otro lado ¿qué tenemos? Ah, la plaza llena de gente, grandes y chicos ¿Qué, en realidad, piensa UD. que son esos niñitos salidos de esos vientres que ahora los miran jugar? Estos muchachos de aquí beben café bajo los toldos de colores, ríen, beben café y helado, vuelven a reír, piden más café y más helado. Aquellos cuelgan de los autobuses como racimos de mierda humana ¿ha visto algo más normal que colgar de un autobús? Estos que cruzan delante de nosotros se llevan a sus casas las mentadas de madre del desmadrado que por poco los aplasta. Todos nos llevamos siempre alguna a casa ¿ha visto algo más normal que una mentada de esas, dichas de todo corazón? Podrían ser coleccionadas. ¡Dígame UD.! que se la pasa fuera diez horas diarias. UD. sí que podría abrir el museo de la mentada. Yo que se lo digo, amigo: no es precisamente el rosario lo que entonan esas ánimas. −dijo Martín Romero.
−¿UD. baja en Ánimas, no? −preguntó el chofer.
−¿Por qué pregunta? ¿Por qué volverlo a preguntar? UD. sabe que me bajo allí. Pero no quiere seguir. Preferiría que me bajara aquí mismo. −aseguró Martín Romero.
−De ninguna manera. Lo llevo hasta allá. −dijo el chofer.
−Hagamos mejor una cosa. Deténgase allí adelante, junto al señor espera. Debe ser el tercer autobús de mierda el que lo ha vuelto a dejar. Quizás tenga suerte y le pida a UD. que lo lleve. UD. sabe cómo es esto: el bus es más barato, pero, a la tercera, ya le sabe a uno mierda lo que tenga que pagar. Bien. Tenga. Guarde el cambio. Caminaré lo que falta. −dijo Martín Romero y abrió al puerta del vehículo.
−Muchas gracias, señor... −dijo el chofer en tono aliviado.
−Por estos lados me conocen como el imbécil del quinto. −dijo Martín Romero ya asomado por la ventanilla.
−Gracias, gracias −repetía impaciente el taxista.
−Una cosa más. −dijo Martín Romero a punto de retirarse.
−Dígame. −dijo el chofer con notable amabilidad.
−Buuuuuuuuuuuuuuuuuhhh! −exclamó Martín Romero.
El taxista arrancó violentamente, dobló a la izquierda y se perdió para siempre. El hombre que estaba parado en la acera y que aguardaba a que se desocupara el taxi para abordarlo, se quedó en gesto interrogante viendo a Martín Romero.
−Está un poco chiflado, me parece. −dijo Martín Romero, y se puso a caminar.
El clásico aroma mezcla de sudor y monóxido se le fue a la nariz. La tarde se había ido plagando de dichosos rostros de ánimas, recién salidos de sus huecos en los altos edificios y demás escondrijos donde realizaban sus labores durante la semana. Se asomaban por todas las salidas a la calle. Miraban a un lado y otro. Libres de la gris jornada, sus sonrisas se iban encadenando a la alegría de fin de semana. Los vendedores agitaban sus manos e imponían a los transeúntes sus estridentes voces de oferta.
Martín Romero caminaba a paso lento por entre gente que iba y venía. La ciudad hedía a cosa humana, fin de jornada, habladuría y retorno a casa. Hubo de detenerse ante un grupo de empleados bancarios perfectamente uniformados que permanecían atravesados en plena acera e intercambiaban cuchicheos y risitas a la entrada de una pizzería en la que no habían suficientes mesas libres ¿Le dijiste así mismo? Claro que sí. Se quedó mutis. Tú sabes que ésta no tiene pelos en la lengua. Además, el gordito ése es un pasado. No sabe con quién se está metiendo. Nada más y nada menos que con la gordita chica de pelo ensortijado y manos regordetas, metida en el estrecho chaleco de su uniforme azul y marrón claro por cuyos bordes se asomaba el enorme bulto que cada quien imaginaba como tetas y que lanzaba a todos una soberbia mirada, y no tenía pelos en la lengua, mira tú ¿Gordito hizo mutis? Quizás escurría el bulto. La señorita bulto. Pero también Martín Romero recibió lo suyo. Una dosis de aquella mirada soberbia se le vino encima mientras esperaba para poder seguir por la acera.
Debió haberse quejado. ¡Claro que sí! Las aceras son para caminar libremente, y nadie, por entretenido que esté en sus cuchicheos, puede obstaculizar el paso. Pero Martín Romero sólo hizo mutis, se retiró de la escena, igual que debió haber hecho aquél gordito. Pasó. No, nunca pasa. La rabieta se queda allí, su estupidez toda llena el corazón para llevarla a casa. Así es este ciudadano. Ya sonará una vez más su eterno quejido: ¡este país es una mierda!. El único derecho constitucional que todos reconocen: mandarlo todo a la mierda. Perdón, señora. Qué manía esa de golpear hombro a hombro. Vaho, sopor, sombrajos los unos para los todos. Mejor parar un momento. Falta mucho...pero a este paso. Un café. A ver. No, aquí no. Demasiado calor, muy poco espacio y todos esos pedigüeños brazos alzados. No hay modo de saber si piden café o su cabeza. El pobre diablo no se dará a vasto lo menos durante las dos próximas horas. Buen café, sí. Pero, preferible beber agua sucia en un lugar más desolado. Tenga. No es necesario que me cuente su historia. Con esos harapos hediondos y una pierna podrida es suficiente para mí. Le daré el doble si se calla. Ni así. Mejor cambiar de acera. El Mesón. Demos una vuelta por allí.
Martín Romero no quería entrar. Pero hubiera entrado a cualquier lugar con tal y dejar por un momento la calle. Al abrir la puerta le llegó de golpe el sonido del televisor a todo volumen: Barcelona y Real Madrid. No importó. Martín Romero cerró la puerta. Afuera quedó la calle, el mendigo y la voz del mendigo ahogándose en el ruido de la calle. No importó el olor a humedad y polvo acumulados que el destartalado aparato del aire acondicionado se llevaba calientes y devolvía fríos. No importó esas nubes de humo azul que salido de las bocas se disipaba bajo las bombillas amarillentas. No importó el olor a aceite rancio de la fritanga de sardina. Martín Romero fue y se encaramó en uno de los taburetes de la barra, un poco retirado de los tres de siempre que discutían entre ellos mientras el dueño miraba el partido. Una cerveza. Tampoco importó que estuviera medio caliente.
−Mira, Instructor, dime algo ¿cuánto de los que han pasado por el cursillo de mierda ése han dejado de ser nadie, eh? Francamente ¿te atreverías a hacer una encuesta completa, si fuese posible? ¿De verdad te crees toda esa mierda? Yo creo que es tu trabajo, y nada más. Hasta ahí, bien. Pero no estamos en horario de trabajo; se acabó, por el fin de semana, al menos ¿Por qué no dejas toda esa mierda para el lunes? −dijo el más viejo al hombrecillo de cabello rizado y bigote espeso, que se empeñaba constantemente en demostrar que la vida era como un partido de béisbol; no importa cómo se hagan las carreras, lo único que cuenta es hacerlas. Y para reafirmar la idea de que sólo importan los resultados, daba palmaditas en el bolsillo derecho de su pantalón.
−Permítame que le diga, Profesor, que lo que UD. llama cursillo de mierda es lo último en psicocibernénica aplicada... −dijo Instructor
−¿No le digo? Puro conductivismo de mierda, elixir ideológico para ayudar a cargar con el complejo de culpa de ser un don nadie ¿Lo ve? Lo conozco, se lo aseguro, Instructor. −interrumpió el viejo.
−Eso, eso... el profesor sabe lo que dice...−dijo el tercero, el más borracho de los tres, y cuyo rostro Martín Romero no alcanzó ver ya que estaba de espaldas. Sólo vio la incipiente calva del hombre largo cuyo inicio del trasero asomaba por el borde del pantalón que se le había bajado más de la cuenta.
−Quizá sea demasiado sencillo para que personas muy complejas como el profesor puedan captarlo.−aseguró Instructor en claro tono irónico.
−Pues voy a decirle algo: sencillo un párrafo de la Metafísica o la receta de Joaquín para el escabeche. Pero eso a lo que UD. se refiere es literatura de mierda con la que los gringos de clase media aprenden a ser alguien. −sentenció el viejo.
−Precisamente: se trata de metafísica. −aseveró el instructor.
−No. Espera. Tú eres uno más de los pendejos que identifican metafísica con la balandronada ésa de la superación, y la luz al final del camino, y todo está en tu pensamiento, y querer es poder, y qué sé yo. El traje azul, el traje azul, el traje azul... Me lo digo al amanecer y al anochecer. Me lo repito mil veces al día. Un día aparezco metido en un traje azul. He logrado mi meta. Y en verdad creen que, de ser posible una estupidez así, se es mejor por una estupidez así. La meta, si realmente se la tiene, en el fondo se la desconoce; quien se cree frente ella debe estar dispuesto a suicidarse en el intento. Quien no acepta el suicidio como una posibilidad, no está frente a nada. Si alcanzo ver un traje inequívocamente azul en el futuro, ya pierdo todo interés por él. −dijo el viejo.
−¡Mierda! −exclamó el dueño encolerizado, al tiempo que lanzaba el trapo que tenía en las manos contra el suelo.
−¿Qué pasó? −preguntó Instructor temeroso.
−¡El jodido de Hierro la volvió a cagar! Así no se puede. Estamos jodidos.
−¡Metafísica!. −continuó el viejo, y se quedó mirando al techo. Luego, mientras golpeaba con el codo al más borracho, agregó −Cierra los ojos y, mientras aprietas el culo, piensa en el podrido futuro, ése, el que tanto anhelas, de trajecito azul. Bien. Ya tienes clara tu sublime meta. Ahora, aprieta un poco más el culo y tómalo con tu mano; el culo no, bestia: el futuro ¿Ves? Todo tuyo. Bien. Ahora puedes metértelo por el culo. ¡Metafísica! ¡Joaquín!. Otra cerveza.
−Eso, eso... −balbuceaba el tercero, el más borracho, prácticamente doblado de lado sobre el mesón y, al mismo tiempo, reacomodando el ancho trasero en el estrecho taburete cuyas largas patas se movían de un lado para otro a punto de caer.
El encolerizado dueño trajo otra cerveza. Luego recogió el trapo del suelo, limpió la desgastada superficie de la barra. También sirvió otra a Martín Romero. De ese lado también paso el inmundo trapo. El Instructor, que iba, como siempre, impecablemente vestido, se mantenía de pie y alisaba los bigotes. A cada instante miraba hacia abajo, recorriendo así su lujoso traje azul desde el pecho hasta la punta de los zapatos pulidos. Martín Romero lo observaba en el preciso momento en que, cuando nadie, según él, lo veía, lustraba la punta rozándola con la tela parte de las piernas del panralón. Al mismo tiempo, el viejo insistía:
−Metafísica. Vas lindo, Instructor, vas lindo. Esa metafísica te ha permitido meterte en ese lindo traje azul. Muy lindo, hay que reconocerlo.
−Ha dicho lo del traje por sólo joder ¿verdad? −dijo el instructor.
–Cámbialo por un auto rojo, si lo prefieres. Tu metafísica sólo sirve para pensar en aquello que se adquiere en cuotas. Por cierto ¿cuánto costó el trajecito ése? −preguntó el viejo que, en ese instante, advirtió que el Instructor, que había captado la mirada de Martín Romero, se reacomodó en su posisición. Entonces el viejo volvió la mirada hacia el otro lado de la barra:
−¡Eh! Martín Romero ¿Desde cuándo estás aquí, carajo? −preguntó a gritos el viejo mientras elevaba el brazo para saludar a Martín Romero.
−Hace un rato −respondió Martín Romero, al tiempo que saludaba con la mano al viejo Rangel.
−Pues acércate por acá, coño. −el viejo esperó a que Martín Romero se acercara. Pasó su brazo por sobre sus hombros y, entonces, dijo al Instructor −A éste no le vendría nada mal una dosis de metafísica de ésa, Instructor. Aquí, donde tú lo ves: mi mejor alumno. Lo quiero mucho. Pero, por más que lo intenté, no pude lograr nada con él. A ver si tú logras si quiera que cambie de ropa. −soltaban la carcajada el viejo y Martín Romero.
−Quizás el señor ¿Cómo dijo que se llamaba? −preguntó el Instructor.
−Martín. Martín Romero −se adelantó el viejo.
−Quizás el señor Romero se ajustó mucho a los moldes académicos. Hay cosas que no se aprenden en la universidad. −dijo el instructor con un cierto desdén que provocó en el viejo Rangel el característico gesto de levantar una ceja en señal de advertencia.
−Sí. Es cierto. Algunas cosas sólo se aprenden en el infierno. −dijo Martín Romero.
−¡Todo tuyo, Instructor! −celebró el viejo Rangel.
−El infierno, es un estado personal. −continuó el Instructor con ensayada paciencia.
−Ya lo creo. Salga allá fuera y verá cuán personal es. −dijo Martín Romero.
−Yo me refería a un estado interior. −aclaró el Instructor.
−Yo también. Sólo que el mío dice que el infierno son los demás, que es lo que, asu vez, debe decir el estado interior de cada quien −insistió Martín Romero.
−Sartre −aclaró el viejo Rangel para el Instructor.
−Ves que si aprendo −aprovechó de decir Martín Romero, dirigiéndose al viejo.
−Cada quien escoge sus maestros. −dijo el Instructor.
−Que yo sepa, Aristóteles es el único maestro. −dijo el viejo Rangel.
−Eso, eso... −agregó el mas borracho, que ya se había postrado por completo sobre la barra.
−Éste se jodió. −sentenció el viejo Rangel.
−¿Y éste quién es? −preguntó Martín Romero al viejo Rangel.
−No sé. Es amigo del Instructor, supongo. −respondió el viejo Rangel.
−Yo no lo conozco. Cuando llegué ya estaba aquí. Creí que era amigo suyo. −replicó el Instructor.
−¿Así es la vaina? ¡Vaya que estás jodido, amigo −dijo el viejo Rangel al tiempo que palmeaba el hombro del postrado.
−Eso...eso... −refunfuñó el palmeado.
−¿Más cerveza? −le preguntó el viejo Rangel, que se acercó al casi muerto.
−¿Está Ud. loco? Éste pobre hombre ya no puede ni con su alma. −advirtió el Instructor.
−Vamos, Instructor. Desde que lo inventaron, no hay quien pueda con eso. ¡Joaquín! Más cerveza. −luego, dirigiéndose a los dos que quedaban en pie, el viejo Rangel continuó −El único que realmente está sufriendo aquí es Joaquín ¿Qué puede haber peor que una derrota del Real Madrid? Aquí, nuestro querido Instructor, Romero, dirá que el pobre Joaquín tiene un grave problema de estado interior. Y yo creo que es verdad: quiere matar al mismísimo hijo de puta del Hierro. Aprieta ese culo, Joaquín, aprieta ese culo y lo lograrás. −terminó diciendo el viejo Rangel al dueño del Mesón mientras servía otra ronda de cerveza.
−¡Déjate de joder, viejo! Que esta vaina va en serio −respondió el hombre, mientras trapeaba el mesón y se retiraba a un rincón aparte.
−Si mañana, cuando abran la página de deportes, encuentran la noticia de la muerte el jodido Hierro, ya saben dónde buscar ¿eh? −dijo Martín Romero en voz baja.
−Déjalo así. −advirtió el viejo Rangel.
−Sí, es mejor. Podemos dar vuelta al asunto toda la noche, y no llegaremos a nada. No hay disposición. −dijo el Instructor.
−¿A qué te refieres, Instructor? −preguntó el viejo Rangel.
−Lo que hablábamos, digo. La metafísica... −respondió el Instructor
−Ah, eso ¿Tú sigues con eso?. La cuestión como que viene con el traje ¿No te parece, Romero? −preguntó el viejo Rangel.
−¡Bah! −protestó el Instructor.
−Está bien. Está bien, instructor. Cálmate. Pero tendrás que dejar que te cuente sobre metafísica de mierda ¿Sí? −al mismo tiempo que esto decía, miraba a Martín Romero.
−¿Qué pasa? −preguntó Martín Romero.
−Como UD. quiera, profesor. −dijo al mismo tiempo el Instructor.
−¿Le cuento? −preguntó el viejo Rangel a Martín Romero
−¿Qué cosa? −Interrogó Martín Romero
−Lo de la mano aquella... −dijo en voz baja el viejo
−Ah, eso. −captó Martín Romero
−Ajá –esperó el viejo Rangel. Los dedos largos y huesudos de Martín Romero destriparon el cigarrillo en el cenicero. El reloj colgado en la pared de enfrente indicaba las siete y cuarto. Martín Romero se encogió de hombros. Entonces el viejo Rangel continuó. −Bien. Una pequeña historia que quizás te interese, Instructor.
−Ya estoy por irme. Pero podríamos tomar otra ¿Le parece? −preguntó el Instructor.
−¡Joaquín! −llamó el viejo Rangel, e hizo señas con la mano para que el dueño sirviera otra ronda de cerveza −Es uno que quiere escapar de la curiosa culpa de no ser nadie. Pasa todos los días.
−¡Otra vez con lo mismo! −exclamó el Instructor.
−Era una mano cualquiera. Por ahora quieta. Aunque ya un tanto picado de impaciencia, el hombre está decidido a continuar hasta el final, esperar cuanto sea necesario. Puede imaginarlo desde el amanecer, todavía a oscuras, cuando su dedo índice oprimió el botón que detuvo el despertador. Todavía en calzoncillos, y tras largo rato parado frente al escaparate, el tipo decide entre los dos únicos sacos, el azul o el marrón, digamos, ambos igualmente modestos, se entiende. Nada que ver con esa meta que UD. lleva puesta, instructor. El hombre descuelga uno de los sacos. Qué puede importar cuál ¿eh? ¿no le parece? Luego fueron los retortijones intestinales del hombre sentado en el retrete. No sé si lo sabe, Instructor, pero para quien está desempleado, amanecer y retortijones van juntos. Bueno, el asunto es: el hombre en el retrete. Esto es importante cuando se piensa en uno mismo ¿no le parece? −cortó por un momento el viejo Rangel.
−Sí, Pero eso es algo que uno puede aprender a dominar −aseguró con firme voz el instructor.
−Los retortijones del miedo cotidiano. −prosiguió el viejo Rangel.
−El miedo, quiero decir. El miedo es algo que se aprende a manejar −insistió el instructor.
−Bueno. Yo le diré lo que es el miedo: un mojón atravesado que, por imaginario que pueda ser, no termina de salir. Ahora, sigamos. Letrero: "Gerencia General" ¿Los ha visto UD., los letreros esos, no? Nuestro hombre ya no es sólo el hombre, sino el hombre apropiado, el sujeto disponible. Eso debe ser. El destino de los hombres no está en manos de los dioses, sino de los otros hombres. Quién sabe, ¿verdad?. Nuestro hombre quizás debió cortarse la yugular mientras se afeitaba, o sujetar hasta la asfixia perfecta el nudo de la corbata. Quién sabe si cualquier muerte hubiese sido preferible a este destino de sujeto disponible. Pero nuestro héroe está decidido a no dejar que sus tribulaciones lo distraigan. La mano destripa el cigarrillo. Forma de disimular la desnudez de quien desnudo resplandece como único sol en el firmamento de su fracaso. Otro cigarrillo. De un momento a otro traspasará aquella puerta. Pero ¿cuándo? La mano suda y se restriega contra la tela suave del asiento. El hombre se reacomoda en su asiento, rectifica el nudo de la corbata y las solapas del saco, alisa el cabello. Todo, supone, debe estar en el sitio apropiado, incluso el miedo. Y desde entonces fue aquella sonrisa anunciada. Lo llaman, De inmediato el hombre se levanta y, mientras la mano abotona el saco, estrena lo más amable, agradecido y dispuesto de aquella, su sonrisa prefabricada. Apenas pone pie en la oficina del gerente, busca los ojos del otro, el que decidirá su próximo destino de asalariado. No aparta la mirada de aquellos ojos ni un instante. Sólo observa aquellas pupilas oscuras que lo observan. Avanza nuestro héroe: cuerpo recto, digno, decidido y constante. Al mismo tiempo se prepara la mano que ha de estrechar la del otro. Se prepara ella sola, por su cuenta, como si tuviese vida propia, porque el resto del cuerpo se concentra en aquellas pupilas que lo observan desde que puso pien en la esterilizada oficina. Quizás fue por eso que al llegar al borde del escritorio y en el último impulso de su mano dispuesta al saludo y presentación de rigor, no advirtió la taza de café, que cayó sobre el otro. −terminó el viejo Rangel.
−Es una torpeza −dijo el Instructor
−Nuestro héroe −dijo el viejo Rangel mientras señalaba a Martín Romero.
−Puede pasarle a cualquiera ¿no? −insistió el instructor.
−¿Más cerveza? −preguntó el viejo Rangel.
−Yo me voy. Otro día. −dijo el Instructor. Se acomodó el traje y se fue hasta la puerta de salida.
−Creo que lo has decepcionado −dijo Martín Romero mientras miraba al Instructor retirarse.
−Una vez más, querrás decir. No hay quien no lo decepcione. Desde que trabaja para la firma ésa ¿cómo se llama?... no sé qué bussines, se ha dedicado a predicar el evangelio de la eficiencia y la eficacia traído allende los templos de la gerencia moderna. −dijo el viejo Rangel.
−¡Verga! Espeluznante. −dijo Martín Romero.
−Ya volverá. En realidad no tiene a dónde ir ¿Tú crees que si toda esa mierda sirviera para algo estaría ése pobre diablo aquí, en este antro, hablando con un viejo de mierda? −preguntó el viejo Rangel.
Al salir, el Instructor tropezó con otro que venía entrando y le pisaron la punta de sus zapatos. En la mirada del instructor se mezclaron la rabia y el desprecio antes de terminar de salir.
−Perdón −se escuchó decir al que entró. Era Rengifo.
−Mira quien anda ahí. −dijo Martín Romero.
−¡Vaya! ¿qué ven estos ojos? El dúo ineficiencia en plena conspiración ¿Qué dicen? Sólo entré a comprar cigarrillos ¿No que íbamos a lo de Salvador esta noche? −terminó preguntando Rengifo a Martín Romero.
−Aún hay tiempo, como dirías −respondió Martín Romero.
−Sí, es temprano, aún. Pero vas a ir ¿No? Es cumpleaños de los dos −dijo Rengifo al viejo Rangel.
−¿Estás de cumpleaños? −preguntó el viejo Rangel a Martín Romero. Y al rato continuó −Sigue así y te vas a morir. Cumplir años es peor que fumar.
−Este viejo es una mierda −intervino Rengifo− pero no le hagas mucho caso ¿eh? Mira que Salvador te espera. Hablé con él hace un par de horas, más o menos. Además, en unos días te largas, comisario Romero. Quien sabe si no te volvamos a ver. Hazlo por nosotros ¿si?
−¿En qué andas, Romerito? −preguntó el viejo Rangel.
−¿Qué? ¿No te ha dicho nada? De policía. En eso anda tu discípulo. −aclaró Rengifo.
−¡Estás loco! −sentenció el viejo Rangel.
−Es justo lo que le he dicho. Pero trata convencerlo. −dijo Rengifo.
−¿Cómo están Sofía y los niños? −preguntó Martín Romero.
−¿Sofía...? Ah, sí. Salvador dice que hace días peleó con Sofía. Todavía no sé ni por qué: así lo dice. Alguna de esas estupideces que primero te destripa la vesícula y luego te acostumbras a ella, se responde él mismo. −relató Rengifo.
−Clásico monólogo de uno que intenta resolver un problema sin solución habido entre dos. Conozco el drama de memoria −interrumpió el viejo Rangel.
−Bueno –continuó Rengifo− Total que el Salvador y que anduvo por allí, vagando, no sé por cuantos día, y sin querer volver a casa.
−Pero volvió ¿Qué te apuesto? −interrumpió el viejo Rangel.
−Sí. Claro que volvió ¿Déjame terminar, quieres? −dijo Rengifo dirigiéndose al viejo Rangel. Luego continuó −Volvió, incluso temprano.
−En realidad, el pobre diablo nunca hubiera querido volver a casa, donde todo huele a mujer perfecta, detergente y niños chillando. Nunca lo había sentido así y, muy probablemente, todavía se avergüenza de un sentimiento así, albergado en lo más oscuro de su puto corazón. Continúa. −dijo el viejo Rangel.
−¿Yo? ¿Y para qué coño? Sigue tú. −dijo Rengifo irónico antes de continuar. Pero, antes de poder seguir, el viejo Rangel le tomó la palabra.
−Es sencillo. En estos momentos ella, por alguna razón, se ha empeñado en congraciarse con el marido, como si hubiese adivinado lo que él sentía. El marido, por su parte, que ha adivinado lo que ella adivina se siente más culpable todavía que si hubiera pasado tres días metido en la cama con una puta. Lo de celebrar tu cumpleaños −agregó el viejo dirigiéndose a Martín Romero− que cae el mismo día que el de su marido (¡qué gran oportunidad de compromiso!) ha sido idea de ella ¿Dime si no? −preguntó a Rengifo
−En efecto −respondió Rengifo, sorprendido.
−¿Ves? Es gracioso ¿no? Ella piensa que él está dispuesto a largarse de casa, y él que ni siquiera se atrevería a pasar una noche fuera. El fracaso gris, señores, el fracaso gris. −concluyó el viejo Rangel.
−Está bien, iré −aseguró Martín Romero.
−Tú o una puta −intervino el viejo Rangel− Es igual. Sólo un poco de distracción intelectual. Anda a socorrer por un rato al sujeto. Es como ir a visitar a un enfermo. A todos nos parece odioso. Pero es sólo por un momento. Y hay que cumplir con ello.
−¿Tienes carro? −preguntó Martín Romero a Rengifo.
−Afuera. −respondió Rengifo.
−Bien. Espérame aquí un momento. Cuestión de media hora, y vuelvo. Cuida que no se mueva de esa silla el viejo −dijo Martín Romero y salió del Mesón.
Martín Romero anduvo dos cuadras hasta el cafetín del señor Tequeño. Cuando llegó, el hombre estaba a punto de cerrar.
−Vecino −dijo el señor Tequeño mientras sostenía en alto la santamaría a punto de bajar y verlo entrar a toda prisa.
−El microondas −dijo Martín Romero
−¿El microondas? −pregunto el señor Tequeño
−Sí. Ése. Lo está vendiendo. Esta mañana me dijo que lo estaba vendiendo. −dijo Martín Romero.
−A sí, claro, el microondas. −repitió el señor tequeño.
−Me lo llevo. Métalo en su caja. −indicó Martín Romero.
−Seguro, espere un momento. −dijo alegre el señor Tequeño− ¡Josefina! −gritó el hombre a través de la portezuela por la traían la comida desde dentro.
Martín Romero esperó. Encendió un cigarrillo mientras le empacaban el aparato. Una vez sobre el mostrador, sacó el dinero, lo entregó al hombre, tomó la caja, se llevó el cigarrillo a la boca, dio la mano al señor tequeño en señal de agradecimiento. Salió y, ya afuera, escuchó cerrarse la puerta a sus espaldas. Una brisa húmeda le cruzó el rostro. Treinta y nueve. Otra putadita del calendario. Aquí va Martín Romero. Hocico de su propio aburrimiento, se va hundiendo en la vagina hedionda de la noche. Y que llegará lejos, porque no sabe a dónde va.




