A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.
Atrapado en tal incertidumbre, no sé si es posible que, después de muerto y pese a ello, la conciencia que de sí pueda tener un determinado individuo perdure de alguna manera, más allá de la finitud que, en tanto que ser temporal, corresponde a su histórica existencia. Pero, de ser así, esta conciencia sin tiempo, la pesadilla de saber de sí y recordar por la eternidad nuestro haber sido en el mundo sensible, sin para nada sentir, salvo la ansiedad de no haber muerto completo, sería el verdadero infierno. No puedo imaginar otro más infame que el de contemplar infinitamente nuestra finita inutilidad y sin sentido en la existencia temporal desde fuera de ella. No. Por supuesto que no. No ha de haber un infierno más allá que el de morir sin haber muerto completo. ¿El alma? Me niego a poseer alguna, más allá de la que me ha dado forma entre nacimiento y muerte.
Desde hace rato ya que el sol se mete por entre los paños de la cortina que cubre la ventana. En línea recta, con su luminosidad aún opaca, divide en dos mi visual desde la cama. La podredumbre del esfuerzo cotidiano. que a esta hora ya se ha apoderado de la calle, trepa por las paredes del edificio hasta el quinto piso, se mete por la ventana, impregna el ambiente todo de la habitación. Si hasta el silencio que en ella todavía prevalece hiede a muchedumbre municipal y espesa, como decía el poeta en poema que no recuerdo. Pero, cualquiera haya sido aquel poema, menos mal y también lo leí a tiempo, porque en las condiciones en que me encuentro, aislado en esta dimensión desconocida −recuerdo que tal era el título de una serie de televisión que veía cuando niño, tomando el café con leche que mi madre preparaba a los efectos del evento− no habría podido describirla por mí mismo. Adentro, lo que allí yace, en esa cama tibia y aún envuelto en su cobija, soy yo. O, según mis cálculos, debería serlo. Ya veremos.
Hace un rato que mi mujer se levantó. Esto lo afirmo de memoria. Quiero decir, Lo de rato lo determino no por mi propio calculo en este ahora, sino porque lo asemejo a todos los ratos de este tipo que han tenido lugar a lo largo de los años y guardo en la memoria. Dijo que voy a llegar tarde a la oficina. Siempre lo dice así, sin mirar a ese yo que ya despertará, según ella. Y lo dice mientras, tras haberse levantado, se pone la bata y alisa su cabello. Es un hermoso cabello. Siempre ha sido un hermoso cabello mirado desde la horizontalidad de mi almohada. Acto seguido, salió de la habitación, no sin antes insistir, como siempre hace, en que voy a llegar tarde a la oficina. En unos instantes más lo repetirá desde la cocina. Ahora lo repite desde la cocina, mientras enciende la estufa y dispone todo lo necesario para colar el café. Y ya sabemos que habrá de repetirlo un par de veces más, antes de retornar a la habitación con la taza servida. Así me he vuelto de lento para salir de la cama. Por fin. Aroma de café. Eso debería ayudar. Ya debí haber abierto los ojos. Nada como el café para lograr algo así, pese a que lo que uno anhelaría es no lograrlo. Pero en realidad no podría asegurar si se trata de la percepción del aroma, o de su sola recordación.
Salvo por lo que de estos detalles me confunde, hasta ahora nada pareciera haber cambiado en una rutina que ya dura más de veinte años. Es la hora a la que normalmente ingreso al mundo, como siempre, por la puerta de atrás y mi taza de café en los labios. Nada más lejos del espíritu de Mr. Baldwin, mi maestro y jefe en el sórdido mundo de los seguros, cuando, mirándome con sus ojos vivaces y saltones desde detrás de los cristales gruesos y ovalados de sus anteojos, y al mismo tiempo que señalaba con el dedo gordo de su mano derecha el enorme ventanal ubicado detrás de él y desde el que se oteaba media ciudad, me decía: ¡allí el mundo; a por él! Cuanto me repelía ese tono retórico con que Mr Baldwin gustaba de exaltar la ambición. Aunque con esa sutil sonrisa que apenas dejaba entrever cuando bajaba la mirada de vuelta sobre los papeles del escritorio, me indicaba que sus palabras, si eran del todo una farsa, en algún grado la sugerían. Yo me esforcé cuanto pude. Y hasta alguna vez, concluida la negociación con la que la compañía se posesionó de una de las más apetecibles cuenta del ramo, llegó Mr Baldwin a decir, en su siempre retórico tono; bien sabía yo que esa cabeza no era sólo para llevar pelo. Más no habría yo de durar mucho tiempo en la cúspide de las expectativa de aquél hombre de negocios. Con más velocidad de la esperada, fui descendiendo por el tobogán del fracaso hacia la planicie de la vil inercia, hasta que el mismo Mr Baldwin se resignó a dejarme en paz e instalado para siempre en la mediocre quietud de mi escritorio. Yo creo que aquel hombre sentía por mí lo que el padre, ya manso de paciencia, por el hijo inútil y fracasado. Al menos eso fue lo que yo creí percibir cuando me miró desde su lecho de muerte, rodeado de la ambiciosa familia presta a descuartizar la herencia. Lo que Mr. Baldwin no supo nunca, ni yo, que apenas comienzo a saberlo ahora, es que jamás hubiera cambiado la placentera mediocridad de entrar al mundo por la puerta de atrás cada mañana −siempre y cuando lo hiciese asido al asa de esa taza de café− por el mundo todo que él me empujaba a conquistar cada mañana, cuando señalaba con su dedo gordo hacia el enorme ventanal. Quizás fue por éso ‒pienso ahora‒ que, para compensarlo de alguna manera, el empeño que siempre he puesto en no llegar arde al oficina. Cosa con la que he podido cumplir gracias a Amanda.
Sí. Aroma de café. Aunque no pueda saber si viene de las manos de mi mujer a punto de colocar la taza sobre la mesa de noche, o de esa otra mesa que mi memoria es en medio de la noche de un universo sin mujer. En cualquier caso, cada mañana, esa dulce amargura ha dado inicio a mi rito de iniciación en el culto de la imperturbable cotidianidad. El mismo ritual, la misma puerta, la misma estrechez anónima por la que ingresan todos los mediocres que, como yo, han hecho del deber una rutina y de la rutina el despliegue silente, sordo y contumaz de su fracaso. Después de todo ¿qué es la rutina de cada cual sino el suceso lastimoso, inopinado y aciago de su propia cotidianidad? Es un hecho: la conciencia sólo sirve para advertir la existencia que con la rutina perpetramos, sin que haya modo alguno de deshacernos de lo uno ni lo otro.
Es la hora ‒o debe serlo‒ a la que, sentado a una orilla de la cama, mientras me estiro y bostezo, soy un viejo reptil saliendo de entre el matorral de la noche a la turbia ensenada de la jornada. Así, sigiloso, voy completando poco a poco mi acto de aparición en las arenas del día a día para el que me he entrenado toda una vida. Conozco el proceso de memoria. Me sé de arena. Sólo que hoy, pese a la paciente y rutinaria insistencia de mi mujer, ya no pienso en llegar tarde a la oficina. Por lo que puedo deducir, llegué a donde todo tiene que llegar. Será necesario algo más que café para sacarme de la cama. Mi mujer se encargará.
Sin embargo, parada a un lado de la cama, aún con la taza de café en las manos y mientras la coloca con cuidado en la mesita de noche, ella vuelve a insistir en que llegaré tarde a la oficina. Lo cual está dentro del calculo de probabilidadesl. Cómo me conoce. Ahora dejará que suene el despertador. Siempre pendiente de que el despertador suene media hora antes de lo necesario, porque ya sabemos lo lento que soy para salir de la cama. Un día, le dije, eso no será necesario, pues algún día no tendré que salir más de la cama. Recuerdo esa sonrisa inmaterial mientras yo, como siempre, asía la taza de café de la mesita y tomaba el primer sorbo. Quizás ese día haya llegado. Pero ella sigue esperando que yo abra los ojos, agarre la taza y, tras el primer sorbo de café, inicie mi relato.
Tengo la costumbre de relatar a mi mujer los sueños que me acontecen mientras duermo. Es el tipo de hábito que adquieres sin saberlo y sin proponértelo; por el simple hecho de compartir los mismos cincuenta metros cuadrados durante toda una vida. Lo cual lo hace mucho menos simple de lo que se piensa cuando está inserto en lo que se comparte, pero que, isto a cierta distancia, como ahora puedo verlo, muestra sus más sorprendentes cuando no espeluznantes detalles. Ahora puedo advertir que, a los efectos, mi relato de cada día viene a llenar ese vacío que se abre entre dos que ya no tienen nada qué decirse. No creo que esto sea algo malo; sólo algo que indica que un relato puede ser mucho más real que la realidad que creemos compartir. Esto es algo que se nota más cuando no sueño y, por lo tanto, nada tengo qué decir o, más bien, que nada tenemos qué decirnos, pues, en lo que atañe a mi mujer, no es lo mismo el silencio de quien escucha un relato que el silencio de quien nada tiene qué decir. Dicho en otros términos, convierto mi sueño en un relato que habla por los dos. Al menos así ha sido hasta hoy.
La importancia de este hábito ha llegado a ser tal que a veces, no lo sé, creo que sueño para yo tener algo que decir y ella algo que escuchar, de modo de no tener que vernos forzados al mutuo silencio. El silencio de uno puede ser, incluso, virtud. Pero entre dos no es más que una trascendencia más absoluta que la misma muerte. Hace tiempo ya que mi mujer y yo dejamos de creer en el cliché de la comunicación. Cuando un hombre y una mujer tienen algo que comunicarse es porque no se conocen y pretenden decírselo todo, o porque se conocen lo suficiente como para saber que nada tienen que decirse. Sólo creo en el relato. La convivencia no es otra cosa que un relato acerca de cómo sobrevivir entre dos a la cruda realidad de vivir juntos. Pero esto es algo que ya escapa a mi control como narrador y que mi esposa, como oyente, tendrá ahora que determinar por sí sola. Estoy seguro de que sabrá sobrevivir.
Como sea, lo cierto es que con el tiempo he perfeccionado mi relato. Siempre comienzo con un resumen claro y preciso del asunto. Normalmente, esta primera fase no toma más tiempo que el que dura tomar mi café. La narración prosigue mientras me acicalo y me visto. Si es preciso, incluyo comentarios al margen, que no son en sí mismos parte del sueño, pero que, junto con los ajustes artificiales que hago al nudo de la corbata o el trenzado de los zapatos, me permiten matizarlo, achicarlo o agrandarlo a nuestra mutua conveniencia. Entiendo que los escritores hacen algo parecido, acaso no con la corbata y los zapatos. Pero jamás ha pasado por mi mente convertirme en uno de ellos. Yo no narro para ser escritor, sino para sobrevivir hasta el divorcio o la muerte, lo que sobrevenga primero. Sobrevivir no es otra cosa que hacerlo en la narración que nos hemos de inventar para vivir. Antes de despedirme con el beso de costumbre, mi relato queda concluido. Ni un minuto más ni un minuto menos. Nada que falte o sobre. Y nunca llego tarde a la oficina.
Mas si hoy no hay relato no será porque no haya soñado. Sin embargo, hoy mi rutina ha colapsado. El tema de hoy es que anoche me acosté vivo y soñé que había muerto. No hay en mi sueño acción de muerte en sí. Simplemente, tras abrir la puerta de una fría sala de laboratorio, me he topado con mi propio cadáver. Antes de terminar de entrar en esa sala en la que yazgo, quedo contemplando ese cuerpo que ahora soy tendido de largo a largo en su desnuda biología inanimada. Observo la sola carne yerta, blanca sobre el blanco de la mesa, que, por sí mismos considerados, no son el mismo blanco, pero que, de conjunto, se definen entre sí. Mi horizontalidad es perfecta, como sólo la de un cadáver puede serlo. Entonces terminé de entrar a aquella sala. Llevo bata blanca de laboratorio y mis manos van insertas en guantes de cirujano. Sin angustia ni apresuramiento alguno, procedo con la disección y desecado, como habría hecho con cualquier otro animal. Es esto una de las cosas que más me sorprende ahora: realizo mi tarea con la mayor frialdad y parsimonia, pese a que se trata de mi propio cadáver. Pero como los sueños sueños son, según dijo alg{un otro poeta al que quedo igualmente agradecido, sigo con mi rutinaria tarea. De tal manera que, al final, donde una vez hubo irracional movimiento ahora hay algodón apretujado, y donde una vez ojos cuentas de vidrio. Los párpados han sido forzados a sostenerse abiertos y, desde esa artificial apertura, sostener la idea de que desde allí dentro algo mira. Otra de las cosas que igualmente me sorprende es que, hasta el momento en que sobreviene la oscuridad, soy al mismo tiempo el taxidermista y la pieza. Una vez terminado el trabajo, apago la luz y salgo de la habitación. Con lo que dejo a solas el cadáver que yo era al entrar y desde el que ahora me digo lo que me estoy diciendo desde que me marché. Espero que, cuando se lo explique, mi mujer lo entienda. Pragmática como siempre es, no le gustan los relatos enrevesados. Pero, en este caso, no es mi culpa. Esto, por supuesto, dicho en caso de que hoy haya relato, Lo que, por lo pronto, no pareciera ser el caso. Aunque mi mujer insista en que voy a llegar tarde a la oficina, al parecer, para mí no hay tiempo. De lo cual deduzco que, por eso, puedo ser dos al mismo tiempo, taxidermista y objeto. Sé bien que mi mujer no disfruta de la lógica retorcida. Yo tampoco, hasta ahora, en que he debido emplearla a fondo para dilucidar la curiosa circunstancia en que me encuentro desde hace ya … Todavía no me acostumbro a que no tengo tiempo. En fin. Habré de ingeniármelas para narrar este sueño, si es que todavía hay la posibilidad de hacerlo. Eso es en lo que ahora pienso.
Volvamos a aquella sala. ¡Pero qué digo volvamos, si ni siquiera he salido de ella! Intenté moverme y sacudirme esta quietud autoimpuesta. Me habría conformado con mirar, oír, tocar, oler o saborear cualquier cosa. Pero nada. El aroma de café, como digo, no sé si viene de la taza a de la memoria. Pero cada vez me convenzo más de que el olvido hubiera sido un bien en mí, si lo hubiera tenido. Siempre me dije que la vida no tenía sentido alguno. Pero de lo que ahora se trata no es del sentido de la existencia, sino de que carezco de todo sentido que me conecte con ella. Mi sueño ha cortado toda relación con el mundo sensible pero, al mismo tiempo, guardo memoria de esta relación. Esto sí que es no tener sentido y ser consciente de ello. Entonces el aroma de café no venía de la taza con que mi mujer entró en la habitación y que, como es costumbre, depositó en la mesita de noche, sino de la memoria según experiencia acumulada. O sea que no es aroma, sino una imagen −en este caso, olfativa. Como probablemente lo sean la luminosidad del amanecer, los ruidos de la avenida y los silencios de la habitación, y hasta mi mujer alisando su cabello, la hermosura de su cabello, y la voz con la que intenta sacarme a tiempo de la cama para que no llegue tarde a la oficina.
Ahora bien. Desde el momento en que se apagó aquella luz, lo he revisado todo una y otra vez. Al salir por la puerta por la que entré, ha dejado de haber puerta. En mi horizontalidad sé que el más ínfimo detalle podría hacer añicos esta quietud, desintegrar ese planeta de mi cadáver vagando en el universo de mi conciencia en que este sueño me ha convertido. Para ello bastaría encender esa luz y que volviera a iluminarse esta sala, o que el más rastrero de los bichos dejara escuchar el sutil rasgueo de sus patas al cruzar el suelo. El más simple detalles, cualquier percepción me haría retornar al mundo sensible del que este sueño me ha sacado. Despertaría y hasta puede que pudiera llegar a la hora a la oficina. Sólo un instante sería suficiente para escapar de esta pesadilla. Pero no hay instante donde no hay tiempo. Y donde no hay tiempo nada sucede. Mis piernas y mis brazos no responden porque, en realidad, no son míos, sino del cadáver que preparé y, al salir, dejé en aquella sala, sobre aquella mesa, tras apagar la luz, sin tiempo. ¿Qué duda puede caber? Soy presa de mi propia pesadilla. En la que no hay salida porque estoy metido en ella; en la salida, digo.
Conclusión. Los surrealistas decían que el sueño es la otra posibilidad de ser. Borges y otros pensaban lo mismo. Agreguemos que Cioran decía que pasamos toda la vida haciéndonos de una conciencia para descubrir, con horror, que no sabemos qué hacer con ella ni cómo deshacernos de ella. Horror éste que, en esencia, no ha de ser muy distinto del de la pesadilla, proveniente, precisamente, de la conciencia que tenemos de estar soñando y, pese a ello, no poder despertar. La pesadilla, entonces, bien podría ser un estado de sobre-conciencia en virtud del cual no estamos en el infierno, sino que somos el infierno de nuestra propia conciencia. Ésta es la hipótesis que hoy he podido comprobar. De ella puedo deducir que este mesón en el que ahora reposo muy bien podría ser mi cama, el laboratorio mi habitación. Por lo tanto, sé que bien podría levantarme, tomar, como siempre hago, la taza de café que mi mujer ha dejado en la mesita, y dar inicio a mi relato de hoy. Ni siquiera hay por qué llegar tarde a la oficina. Yo, mi mujer, y hasta la memoria de Mr. Baldwin quedarían satisfechos con que fuese así. Todo es cuestión de abrir los ojos, como mi mujer espera que haga. Lo único que me queda por resolver es que estos ojos están ya abiertos, y son de vidrio.




