Carta de Rengifo. Otra. Se habrá vuelto a morir Montenegro. El próximo sobre ni siquiera lo abriré. Qué digo lo abriré. Lo tomaré con pinzas, lejos de las emanaciones de su posible mensaje, y lo dejaré allí, perfecto en el rectángulo de su cuerpo plano, en sus cuatro dobleces y en el cierre de su lengua adherente. Tendrás que hacerte de una gaveta para este tipo de cosas, Romero. Sí, así se hará. Tesoros despreciables que no está bien arrojar. Hay que colocarlos allí, con el cuidado y la sabia sutileza del que ha aprendido a estar por encima de su curiosidad. Estas manos jamás los tocarán. Todo cuanto llegue permanecerá allí, al cobijo de la fresca oscuridad de la gaveta, sagrado, a salvo de la profana curiosidad. El treceavo mandamiento: no actuarás. La curiosidad... ¿acaso no lo es? ¿no es qué? El Pecado. Ah, sí; el original. El que nos trajo hasta aquí. Puede que el cura tenga razón. Nada hay fuera de la historia que nos pueda salvar de ella. Así que, como siempre, el tiempo se encargará de todo lo demás. El próximo sobre se tornará amarillento, y el papel, lo que envuelve y lo envuelto, fundidos en un solo y abandonado cuerpo plano, irá perdiendo su fibra, se tornará seco, endurecido; y ya sin la flexibilidad de la pulpa: quebradizo, liviano, presto a deshacerse y dejarnos no más al ser mirado, incluso recordado. Así será ¿Y la gaveta? Mierda. Ni una en toda la casa. Pero tienes casa.
Si Amanda supiera. Una casa sin gavetas: se quejaría, seguramente. Lo que ella no entiende es que, en realidad, no tengo casa. La casa me tiene a mí. Me metí adentro, sólo eso. Aún parado en la puerta, mirada al salón rectangular, pelado. De un lado el hueco sin puerta que llevaba a la cocina. Al fondo el pequeño rectángulo que llevaba a las únicas dos habitaciones, entre ambas, la puerta del baño. Del otro lado una vieja hamaca que colgaba quieta. Pensó en dejarse caer allí, pero no lo hizo. Más bien terminó de sacar la carta del sobre.
¿Qué pasa contigo, Romero? ¿Por qué no respondes?
Martín Romero echó la carta en la mesa, junto con las otras cosas que había desempacado días antes al llegar a la casa y que había dejado allí. Y allí se quedarán. El revólver, el cuaderno, un bolígrafo, una botella de ron. Mas latas. Y mi pocillo. Nunca lo olvidaría. Lo sé. Por qué, no lo sé. Creo que aquí, en Buenaventura, he llegado a desarrollar cierto afecto por aquello de los objetos personales. Nunca pensé en esas cosas sino como cosas, instrumentos para cualquier cosa. Pero ahora creo entender esa manía de algunos de ser enterrados con sus cosas, incluso con sus esclavos y sus mujeres. Cosas. Claro, dudo que hoy alguno quiera llevarse a la mujer consigo ¿Imaginas? Llevarte a Amanda. Allí, junto al quieto cadáver, con sus enormes senos en medio de una irreparable espera. No. Un cuaderno, un revolver, este pocillo pasa. Pero quien te ama no debe ser buena compañía en el más allá. La muerte es individual, acto de sublime y soberbia soledad, y brutal ensimismamiento; cualquier cosa, más allá de lo que muere, lo profana. Los muertos son porcelana. Lloriqueo y lamentaciones, baba de lo aún vivo y que aún durante algún tiempo más se derrama por fuera de su impenetrable acabado. Mira al Moise. Ese sí que no se llevó nada. Lo demás, nos lo ha dejado en generoso testamento de silencio. Nadie lo lloró, nadie lo lamentó. Hasta las oraciones estuvieron de más. El cura tenía razón.
Ese cuaderno. Me gustaría llevármelo a la tumba. Y no precisamente por lo que haya escrito en él. Quizás porque simboliza éste, mi íntimo ser nada. Mira ese lomo mugriento y pelado. Pobre. Se parece a ti, Romero. El revólver. También. Aún no he matado a alguien con él. Pero es como el cuaderno, anda conmigo sin ejercer. Mis objetos reflejan, acaso sin querer, mi propia ineficacia. Son mis objetos para nada, sólo para ser míos. Los objetos personales. Debe ser. Algo reciente y relativamente nuevo para mí. Nunca me había sucedido, de adulto, quiero decir. Porque de niño, creo que sí. Ese bulto escolar estaba lleno de ellos. De haber tenido que morir entonces, me lo habría llevado conmigo a la tumba; seguro que sí. Así lo recuerdo ahora ¿Añoranza? No lo creo. No es el bulto y sus objetos en lo que se fija mi recuerdo, sino en lo que sentía de niño hacia ellos, por el simple hecho de pertenecerme, supongo. Los aires de buenaventura, como dice el cura, debe ser lo que me torna tan extrañamente cercano a tan familiares como lejanas sensaciones.
Cosas que jamás sospeché siguieran allí, al alcance de la memoria, parecen huchear desde los rincones más inmundos del pasado al pasar y llamarme. Ah, con que tú por aquí. Mira qué cosas ¿eh? Pájaro de mar por tierra ¿no es que se dice en estos casos? Policía de mierda sin querer se detiene a sentir lo que sentía cuando llevaba de la mano su bulto escolar. Vaya. Descubrió que quería llevárselo a la tumba. Y ¿también recuerdas el día que partiste aquel delicioso helado y la mitad con la que no pudiste la guardaste en el bolsillo derecho del bulto? Cuatro horas más tarde, cuando metiste la mano en el bulto para buscar, ahora sí, aquella otra mitad ¿recuerdas lo que sentiste? Sí, estúpido. Me habría llevado un carrito de helados completo para la eternidad.
Ahora sí. El policía se dejó caer en la hamaca, colgada al otro extremo del salón. Hasta allí, a través de la puerta abierta, se metía la brisa tibia que traía olor a salitre y leves sonidos que imaginaba como venidos del mar. Aunque del todo flácido de voluntad y empeño, aquella era ya, a decir de Martín Romero, otra guardia, en la que el policía realizaba el recorrido por las oscuras calles de su ánimo. Es como estar en una ciudad mugrienta, dónde no se ve la mugre, pero se la siente detrás de la paredes, allende el corazón de la gente. Una ciudad llena del humo antiguo de nuevas vanidades, papeles sucios de impolutas verdades y argumentos. Cuánto crimen perpetrado en contra de la nada. A la vuelta de la esquina, cualquier cosa puede pasar en sus inmediaciones. Hay que ir a paso lento y sigiloso, como si uno no quisiera llegar a ninguna parte, que así es. Sólo girar y girar entre esquinas y calles de ésta, mi ciudad inmunda en la que me soy, sin nada ser. Los recuerdos asaltan como ladrones a sueldo o borrachos pedigones en medio de una noche demasiado larga para mis ambiciones, demasiado aburrida para mi conciencia aburrida. A ver. Esa podría ser Amanda, siempre con su cara circunspecta e inconforme en medio de ese torrenete hormonal. ¡Oh! Su inolvidable carga de papas y ese enorme trasero acongojado. Romero, Romerito. Detrás de Amanda, Susana. La pobre. Su cara triste y llena de vida, y ya ha comenzado a adaptarse tan bien al lento ritmo geológico del fósil. Te amo. Susana aún no ha dicho eso. Pero lo dirá. El futuro es también un fósil incrustado en la roca milenaria de mi memoria. Aquel otro podría ser Rengifo, por la panza, digo. Un poco más, ya. Perfecto. Ya debe ser un abogado de la República. Hasta aquí se siente la hediondez del orgullo académico. Es inconfundible. Se le siente como sopa de sobre; inicialmente suculento y, segundos después, ya se sabe de lo que se trata. Hurra por Rengifo. Ojo, Rengifo, dije hurra, y no surra. Lo que pasa es que una palabra te lleva a otra, sin querer, tú sabes. Corre de todo por el sumidero del subconsciente. Y también pasa con las imágenes. La de Rengifo, me lleva al señor tequeño, ahí, triste frente a su sola muerte, desprendiéndose de su microondas. Tan oportuna la desgracia del señor tequeño para yo quedar bien con los Martínez. Como nuevo, en caja y todo. Y la coincidencia me lleva a Salvador y sus panquecas, o las de su mujer, mejor dicho, que él tiene que comerse. Y las panquecas, en torre, derramando mermelada por los bordes, me llevan a la sonrisa de Salvador, derramando, también, esa melosa desolación entre dos por los bordes del amor. Ah, los mendigos del alma, puedo llamaros así, aunque esto, en realidad, no es un alma, sino el espléndido barrio abandonado de ser sí mismo cuando, como yo, nada se es. Voy bien. Voy por una calle y me regreso por otra. Agazapado, espero ver pasar a mis fantasmas, les salto al frente. Barbas blancuzcas, ojos enrojecidos, ropas enormes y raídas que dejan ver dentro el cuerpo desnudo y esmirriado. Su falso policía. Y, asustados, desaparecen.
Martín Romero se levantó de la hamaca y regresó a la mesa.
¿Qué pasa contigo, Romero? ¿Por qué no respondes?
Dos dedos más de ron. Un sorbo. Quizás sea cuestión de inspiración. Sí, que te lo creíste, Romero. Mira ese cuaderno.
A ver. Mataron al negro. Qué vaina.
Tal era, en el caso de Martín Romero, lo más parecido a una oración. Bueno, pero ¿y qué más podría yo decir en este caso, aunque creyese en Dios todo poderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, su único hijo, que está sentado a la diestra…? No es por aguarle la fiesta a nadie, pero si éste se va al cielo no es cosa que me embargue de felicidad y, si tal ocurre, será por su propio peso. Yo no me atrevería empujar a nadie hasta allá. Lo llevamos hasta el cementerio y lo echamos al foso. No más. Más allá, nada hay de mi jurisdicción. Y si las cosas son, como dice el cura, divididas por el abismo entre cielo y tierra, menos. La verdad que el cura ha resuelto un dilema tan fundamental de una manera tan banal. Solito y aquí en Buenaventura. Ha de ser un genio, el condenado cura. Tachadura en el cuaderno. Rengifo puede pensar que me estoy burlando. Bueno, pero ¿y qué si es así? No, Romero. No. Las amistades, sobre todo la de aquellos que no pensamos volver a ver nunca más, no deben tomarse a la ligera. Arregla eso. Dos dedos de ron en el pocillo. Un sorbo.
También se murió el indio Joe.
Sí, es verdad, también. Bueno, pero éste sí, ni que le recen mil padres nuestros creo que vaya a subir. Este sí que se murió. Quiero decir, se mató. Yo mismo lo descolgué del techo. Pesado, el muy condenado. Otra razón para no subir al cielo. Así que cuidado si tu panza sigue progresando. No. No creo que a Rengifo le guste encontrarse con este tipo de cosas. Se preocupa por mí, y no debe ser uno cruel con alguien así. Y, entonces ¿qué le digo? ¿Ves por qué no respondo? Nunca sé qué decir cuando alguien concreto me exige una respuesta concreta ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué no respondes? Vete a la mierda, Rengifo. No, tampoco. Puede que éste no capte la sutileza. A ver. Otra tachadura en el cuaderno. Otro sorbo. Comencemos de nuevo. Estimado Rengifo. No. Muy frío. Querido Rengifo. Menos. Rengifo. Pelado. A secas. Mejor así. Bien. Muy bien. Qué rotundidad. Qué inteligencia. Bien ¿y ahora qué? Bueno, yo… !Hurra por el comisario Romero! El David de su esfuerzo a punto de vencer al Goliat de la indolencia. ¡Es tuyo, Romero, es tuyo! Y éste, que no es capaz de escribir una carta, va a escribir un libro entero. Vete a mierda, Romero. Me voy. Martín Romero Volvió a meterse en la hamaca. Somnoliento, alcanzó ver, aún, la luz crepuscular, afuera ¿Hermoso atardecer? No es mi asunto.
Al rato, casi al anochecer, el licenciado Valbuena llegó a casa del Comisario Martín Romero. Tocó a la puerta y, apenas con el primer contacto, ésta se entreabrió. El secretario terminó de empujarla, metió la cabeza y quedó viendo el salón pelado. A la derecha, entre las sombras aún no del todo densas, la hamaca que se mecía pesadamente. Silencio total. Silencio de piedra, y sobre él se derramaba, como sobre una piedra, el agua, el ruido del mar, el canto de los últimos pájaros, la respiración tibia del policía. Allí se sentía el mismo olor de siempre a casa vieja, abandonada, mezclado con el del salitre y alga. Sobre la mesa en un rincón, junto a la ventana, el licenciado Valbuena encontró una botella de ron a medias, un plato vacío, unas migas de pan, el cuaderno, el pocillo hasta la mitad de café. Mira nada más ¿Quién puede vivir así? Es un energúmeno. Se estiró y miró hacia las habitaciones. Se acercó hasta la cocina. Retornó a la mesa. Se estiró para mirar hacia la hamaca, que seguía meciéndose pesadamente.
−Comisario −dijo en voz baja. Pero nadie respondió. Esperó un rato y luego pasó− Comisario− insistió el Licenciado Valbuena, pero sin recibir respuesta. Entonces se volvió hacia la mesa. Tomó el cuaderno y, aprovechando las últimas luces, se puso a leer al azar algunas notas. Allí no vas a encontrar nada, gordito. El libro sagrado de las tachaduras. Acaso habría sido yo un escritor. Pero el trabajo no me va, y el talento menos.
A medida que la temperatura bajaba y la humedad de la noche penetraba en el lugar, crujía maderamen del techo. Absorto en aquellas notas, el licenciado Valbuena, que esperaba descubrir algo comprometedor respecto al policía, arribó a una total confusión. Si ése era, como habían supuesto él y Medina, el hombre de Montenegro, menuda esperanza tenían de hacer el más jugoso negocio de su vida en Buenaventura. Cada frase escrita allí había sido tachada, menos una. Montenegro: muerto el viejo. Luego unas cuantas tachaduras más. El secretario se sintió burlado. Para quien se había hecho a la ilusión de que comisario era el sujeto indicado, el sujeto parecía ahora un loco y un estúpido. Su curiosidad se fue apagando, al mismo tiempo que en su ánimo derrotado iba ganando terreno el desprecio hacia el policía. Por primera vez sintió inútiles todo su temor y recelo para con él y se convenció que el miedo que le inspiraba no era el de los hombres poderosos, sino el fútil, banal susto que inspiran los espantapájaros. Y con esta imagen de Martín Romero como un palo encajado en el suelo y vestido de harapos, el secretario Valbuena se dispuso a cerrar aquel cuaderno y arrojarlo de nuevo a la mesa de la que lo había tomado.
De pronto, el licenciado Valbuena sintió el cañón frío en su cuello. Martín Romero lo apoyaba con cierta presión que, de haber correspondido a su ánimo, lo habría hecho enterrar el revólver por completo entre los pliegues de aquel cuello rollizo, hasta la empuñadura, con puño y todo. Petrificado, un sudor copioso cubrió la cara al secretario, que dejó caer el cuaderno cuando, con voz temblorosa y apenada, dijo:
−Yo llamé, Comisario; varias veces, se lo juro. Pensé que UD. dormía. Deje que le explique por lo que he venido, Comisario. −suplicó el licenciado Valbuena
−No se inquiete, UD. Valbuena. No voy a matarlo por haber leído eso. −dijo Martín Romero luego de retirar el arma. El policía recogió el cuaderno y lo volvió a la mesa, donde también dejó el revólver. Luego fue hasta el cuarto y trajo una silla. La cedió al secretario. Después ue hasta la cocina y retornó con una taza, en la que vertió parte del café que había en el pocillo y la ofreció al visitante. Por último, antes de terminar de sentarse, dijo:
−Está frío, pero es todo lo que tengo. Al menos que quiera un trago de ron. Tampoco es mucho lo que queda, como puede ver.
−Con el café es suficiente. Gracias, Comisario. −dijo el licenciado Valbuena todavía visiblemente temeroso.
Ambos guardaron silencio un rato. Por alguna razón, el licenciado Valbuena se sintió más tranquilo de lo que cupiera esperar. El policía, le pareció, era como el cuaderno ese, algo desconocido e inhóspito, pero que no le haría daño. No era más que un espantapájaros. Sin embargo, no dejaba de mirar de vez en cuando al arma sobre la mesa. Bebió su café frío con calma. La compostura retornó poco a poco a su rostro. Hasta que, de pronto, el secretario volvió a inquietarse, como si el espantapájaros, en medio de aquel silencio que se tornaba más profundo segundo a segundo hubiera ido adivinando hasta el más mínimo de sus pensamientos. Entonces habló:
−No he leído nada, Comisario.
−¿Y cómo lo haría, si todo ha sido tachado? −respondió el policía.
−No todo dijo el secretario.
¿A no? −preguntó el policía
−Lo de Montenegro no −dijo el secretario y señaló el cuaderno. Luego agregó −UD. me entiende.
−A ver. −dijo Romero mientras pasaba las hojas del cuaderno y buscaba la frase de la que hablaba el gordo− Es cierto. −dijo cuando la encontró y mientras lanzaba una mirada medio risueña al hombre. Tomó el bolígrafo y agregó− listo, ya está tachado. Pero no. No entiendo. −continuó el policía.
−Allí dice que está muerto −señaló el gordo.
−Ah, eso. −dijo el policía, sin prestar la atención que el secretario esperaba para con un asunto. Luego de mirar en derredor, el secretario se inclinó hacia donde estaba el policía y en voz baja y firme respondió.
−No diré nada. Se lo aseguro. Puede confiar en mí −nsistió el secretario.
Martín Romero lo observaba sin decir palabra. Siempre le habían causado gracia los ojos diminutos y los pómulos rosados del secretario. Parece un cerdito con barba. No es exageradamente gordo, pero sí lo suficientemente redondo y digno de gracia como los gordos. Entonces se inclinó también y, en voz igualmente baja, preguntó:
−¿No dirá nada de qué?
−De Montenegro. −dijo el secretario.
−Se refiere a que... −dijo el policía mientras miraba hacia el cuaderno.
−Sí, pero esté tranquilo. −insistió en medio de una forzada sonrisa el secretario. Luego volvió la mirada al cuaderno que estaba sobre la mesita, al lado del cual colocó la taza vacía que hasta entonces había sostenido entre sus manos. Por su parte, Martín Romero estalló en carcajadas. El licenciado Valbuena no tuvo más remedio que contagiarse de la risa, mientras decía:
−Y el viejo Medina que ha estado preparando informes para Montenegro. −dijo el secretario.
−¿Ah si? Supongo que siempre lo hace ¿no?. −dijo el policía.
−Lo hacía, hasta hace días atrás. Sí, una versión tras otra. Una y otra vez cambiaba las palabras. Se cuidaba de los más insignificantes detalles. Y, antes de enviarlo, me lo pedía para volverlo a revisar él mismo. Cuestión de imagen, Valbuena, cuestión de imagen, decía, y entonces pasaba horas de nuevo encerrado en su oficina retocando el maldito informe. Sobre todo en el último UD. no quedaba muy bien parado, por cierto.
−Ah, con que me jodia, el viejo Medina. Y por escrito ¿me insultaba o qué? −interrumpió el policía.
−Bueno, insulto no, no directamente, quiero decir. Pero, UD. no le parecía un buen sujeto. Nunca le pareció un buen sujeto. Me lo ha dicho. Mi estimado Montenegro, le escribía al viejo, puede UD. confiar en que guardo el más absoluto respeto para con sus disposiciones y lejos de mi ánimo el intentar cuestionarlas gratuitamente. Pero, considero, que el señor Romero...
−Comisario Romero −dijo el policía, que volvió a reír.
−No, no. Precisamente. Me ordenaba expresamente que le quitara lo de Comisario. Así, decía, sin decir nada excesivamente insultante, el sujeto quedará más expuesto, como despojado de antemano de su investidura ¿comprende? El simple sujeto. Este sujeto… UD. sabe. En fin ¿qué mas da? ¿Verdad? Majaderías, las del viejo. Nosotros somos profesionales y no tenemos por qué prestar atención a majaderías de viejo. Ahora que somos socios, Medina no cuenta para nada. Estará UD. de acuerdo conmigo, supongo. −concluyó el secretario.
−Se sorprendería de lo majadero que puedo ser yo, el sujeto, mi querido secretario. Pero dígame algo: ¿Socios? ¿Quiénes? −preguntó el policía.
−Pues nosotros ¿quiénes más? −afirmó el gordo.
−No entiendo nada de lo que dice, Valbuena. No sé qué pretende, pero le diré que no me interesa. −dijo el policía.
−Claro, claro. Entiendo. Al Comisario le gusta que uno vaya al grano. Eso me gusta. Le diré que Medina ya no se levanta de la cama. No se ha muerto todavía, al menos hasta hace poco más de media hora, que yo sepa. Desde hace tres días que el viejo no porta por el despacho. Y no creo que pase de mañana. Según lo que he escuchado, su pronóstico no da pa más. El médico ha dicho que no hay nada qué hacer, sino esperar. Ya sabemos lo que eso significa ¿verdad? En este mismo momento vengo de allá. Hablé con el cura, quien iba a lo de Medina, y cuando el cura se hace cargo… bueno, ya sabemos. UD sabe, es cuestión de cumplir ciertas formalidades para con el moribundo, y esas cosas. −explicó el secretario.
−¿Qué formalidades? −preguntó el policía.
−¿Cómo dice? −preguntó el secretario.
−¿Qué formalidades? −insistió el policía.
−Qué sé yo, Comisario… extremaunción, dijo el cura… pero, y algo así ¿qué puede importar? −preguntó el gordo.
−No lo sabía. −dijo Martín Romero.
−¿No sabía qué? −preguntó el gordo.
−Que Medina estuviese tan mal −respondió el policía.
−Pues sí. odo parece indicar que no pasa de esta noche. −insistió el gordo.
−¿Y el Padre Claudio fue hasta allá, a encargarse del asunto? −preguntó el policía.
−¿Quién más? Es el cura de Buenaventura ¿o no? ¿Qué de raro puede tener que vaya a hacer lo que tiene que hacer? −preguntó el secretario.
−Nada, Olvídelo, Valbuena. −dijo el policía. Luego preguntó− ¿más café?
−Sí, está bien. −dijo el secretario.
−Sabe a mierda ¿no le parece?− preguntó el policía, mientras lo lanzaba por la puerta.
−No, está bien así− respondió el secretario Valbuena, mientras el policía agregaba un poco de ron al pocillo que acababa de vaciar bruscamente. Esperó a que el policía terminara de beber el primer trago y luego continuó− Bien. Pues, así las cosas, es obvio que yo soy el próximo Jefe aquí ¿No le parece?
−Por mí, mi querido secretario, se puede cagar en Buenaventura entero. −dijo el policía.
−No tiene UD. por qué decir eso. −reclamó el secretario.
−¿Y qué esperaba? ¿Qué salga con una pancarta a la calle y lo lleve en hombros hasta su despacho? −preguntó el policía.
−No, claro que no. Sólo que valore cuanto le conviene el asunto.
−¿Qué asunto? −preguntó el policía.
−Que yo sea el nuevo jefe aquí. De hecho, hoy estuve haciendo algunos arreglos en el despacho. Necesitaré un secretario, pero aún no sé a quien designar. Ya pensaré en ello. Aquí no es fácil ¿sabe? Esta gente... en fin. Pero es sólo un detalle. De manera, Comisario, que está UD. hablando con quien de hecho debe hablar. Conmigo, su secreto estará bien guardado.
−¿Y a qué se refiere con eso de mi secreto? −preguntó el policía.
−Pues a lo de Montenegro. Lo de la carta que UD. trajo fue genial. Hasta yo quedé convencido. Lo confieso: nos engañó a todos; no sólo al viejo Medina. −dijo el gordo.
−¿De qué carta habla? −preguntó el policía.
−De la que entregó a Medina el día que llegó ¿Hay otra, acaso? −dijo el secretario.
−Pues esa carta es auténtica. Me la entregó Montenegro, de su puño y letra, para que me presentara ante Medina, −dijo el policía.
−Vamos, Comisario, a mí también me gustan las cosas claras. Por lo demás, puede confiar en mí. Ya le digo: somos socios ¿o no? −dijo el gordo.
−Qué socios de mierda ni qué nada, Valbuena. Vine aquí porque Montenegro me mandó, y me dio esa carta para que se la entregara a Medina. Nada más. Si UD. va a ser el próximo Jefe de esta mierda, lo felicito, me alegro mucho. Pero me sabe a mierda. ¿Soy lo suficientemente claro para su gusto? −dijo el policía.
−Pero, un momento. Entonces UD. no… −dijo el secretario.
−¿Yo qué, Valbuena? −interrumpió impaciente el policía.
−Montenegro… Yo creí que UD… −balbuceó el secretario.
−¿UD. creyó qué, Valbuena? ¿Está tratando de decirme que yo maté a Montenegro, o algo así? ¿Cree que me inventé lo de la carta para impresionar a UD. a Medina, y hacerles creer que él me enviaba, cuando en ralidad estaba muerto para cuando llegue aquí? −preguntó el policía. Esperó. Y cuando vio al gordo bajar los ojos y mover la cabeza en gesto de franca decepción, continuó− Por todos los rayos, Valbuena, que es UD. estúpido. Lo dice por lo que vio en ese cuaderno. Ese es mi secreto. −el policía tomó al gordo por el cabello, y lo hizo subir la cabeza. El hombre tuvo que mirarlo directo a los ojos. Entonces agregó −No sea UD. tan imbécil, Valbuena.
Valbuena, el secretario. Cuánto tiempo a la espera del momento en que se sentaría en la fría silla de Medina ¿Y para qué? Un día. Algún día. Y, sin darse cuenta, ese, ahora inmerso en la noche de sombras turbias, había sido, sin más, el día. Medina podía morirse mil veces más, y allí seguiría el maldito día como cualquier día. Será el policía, digo. Siempre me pareció un sujeto atolondrado. Pero es peor que eso. Es como un trapo. Lo pones aquí, o allá. Estriegas esto, o aquello. Si lo dejas en cualquier sitio, enrollado y húmedo, amanece tieso y seco, dispuesto a que lo vuelvas a mojar para seguir estregando. Le gusta así, creo. Es un enfermo. Por eso vive así, como un perro. El muy perro.
−¿Por qué me mira así, Valbuena −preguntó el policía.
−Si no fuese mucho pedir, aceptaría ese trago de ron. −dijo el secretario. Esperó a que el policía se levantara, sirviera la bebida en las mismas tazas de café que habían quedado vacías, y volviera a su lugar, aunque un poco más retirado, notó. Entonces. Mientras miraba hacia afuera por la ventana, agregó −¿Y por qué ha venido a Buenaventura, entonces?
−Qué sé yo. Montenegro me mandó. Yo obedecí. Es lo que hacen los sujetos apropiados. Cuando lo hice, el viejo aún estaba vivo. Hace apenas unos días que supe de su muerte. −respondió el policía.
−¿Y qué hará ahora? −preguntó el secretario.
−Tampoco lo sé. Desde que desapareció Montenegro no tengo a dónde ir, nada que decidir. No. No es así, en verdad. En verdad yo nunca he decidido algo. Durante mucho tiempo él tomó las decisiones. Es como Dios ¿entiende? Si Dios es, en consecuencia ya todo está decidido, nada tenemos que decidir. De lo contrario, no sería Dios. Esa es la gran ventaja de Dios, o de tipos como Montenegro. No voy a decir que el viejo fuese una especie de padre para mí, o algo por el estilo. Es algo peor, en lo que no está involucrado el amor o la admiración hacia otro, sino, simplemente, uno mismo. Me quedé sin destino, con la sola conciencia de que no sabría hacerme de uno por mí mismo. Y mucho me temo que Uds., mi querido secretario, aquí en Buenaventura, se han quedado un poco ogual. Es más o menos lo mismo ¿no le parece?
El secretario no volvió a hablar. Rato después, el policía se levantó. Sintió algo de lástima y de desprecio, todo al mismo tiempo, por el gordo. Tomó el revólver y se lo ajustó en la cintura. Mirada vaga en derredor. Gordo mudo sin decir palabra mientras manipula la taza vacía entre las manos. Bueno y ¿éste qué? ¿No se va? Si sigue así voy a tener que empujarlo hasta afuera. Fuera.
−¿Cómo dice, Comisario? −preguntó el gordo.
−¿Yo? Nada. Dólo que tengo que irme. −respondió el policía.
−Ah sí. Yo también me voy. Aunque, la verdad, no quisiera irme. Me pesa volver de nuevo a casa ¿Sabe? Es como si observara de antemano el lado vacío de la cama que me tocara ocupar junto a mi mujer. No le agradará lo que tengo que decirle, y no sé qué decirle. A veces la sola presencia de una mujer en nuestra vida pesa horriblemente. −comentó el secretario como si estuviera hablando solo.
−Sé de lo que habla, Valbuena. Pero váyase tranquilo. En realidad, no es tan grave como parece. Así son las mujeres. Siempre se quejan, nunca se van. Y, cuando se van, se siguen quejando. Pero no se detenga a sufrir por ello. Véale el lado bueno, que siempre lo tiene.
Mientras esto decía, Martín Romero, que acompañaba al secretario hasta fuera de la casa, le iba dando palmaditas en el hombro. Hombros y espaldas gordos, como almohadillas. El borde del cuello rollizo asoma por sobre el borde del cuello de la camisa. Cuando mueve la cabeza todo el engranaje gira. Derecha. Izquierda. Parece uno de esos frascos gruesos con que las mujeres gustan adornar la cocina y sirven para conservar los alimentos. Azúcar, arroz, harina. Éste los lleva todo adentro. Normalmente son decorados con florcillas, enseres y motivos culinarios. A éste lo decoraron con barba y corbata.
−De todas maneras, Comisario −dijo de pronto el licenciado Valbuena− si va a seguir por aquí, en Buenaventura, espero verlo por el despacho.
−Por supuesto. −respondió el policía. Luego agregó −Su despacho ¿no?
−Todo depende de lo que pase de aquí a mañana. −respondió el secretario.
−Sí. Todo está en manos del señor, del señor Medina, digo. Oremos porque el muy cretino se muera de una vez. −sentenció Martín Romero.
El secretario levantó la mano en señal de despedida y se marchó. El policía se quedó viendo cómo se alejaba el gordo, al tiempo que lo invadía un ligero y ajeno pesar. El pobre, se las va a ver de rodillas para verle el lado bueno a la gorda. En fin, el sabrá. Debe ser como amar un pernil. Vayan con él mis palabras de aliento. Mañana, si la cosa es tan grave como dicen, se le pasará no más se siente en el despacho de Medina. Por mi parte, heme aquí. Otra ronda veinticuatro por veinticuatro en pro de la defensa del orden en Buenaventura. Primero, café de siete a ocho en lo de Rita. Después, ya se verá. A la muerte del Moise ha seguido una paz casi mortuoria por aquí. Esperemos, como dice Colmenares, que tampoco hoy haya novedades. Libres del Moise, imagino que así será. Mientras, la esperanza, ya un poco gastada, es verdad, pero esperanza al fin de otra oportunidad para arrancar unos cuantos gemidos más de placer de la raja de Susana. Allá voy. Hace días que no la veo. Ni siquiera el mudito ha traído recado. Quizás no vuelva a verla nunca más. Quizás aparezca hoy una vez más, por la playa. Aún dura ese blanco lunar derramado en el cuerpo inmaterial de la oscuridad. Puede que aparezca en cualquier punto de la arena, como venida de ella. Me gusta así, a la media noche, como un fantasma. Su piel, en medio de la transparencia, se acerca y, a medida que se acerca, se mezcla con la transparencia, como si la noche la invadiera con el trivial propósito de ser besada.
Ir y venir por la acera. El policía llegó de pronto a las puertas de la “Pensión Rita”. El único que pisa la “Pensión Rita”. Atraviesa el corredor de mesas y sillas amontonadas a los lados. Penetra en el silencio de su patio. Pisa y tras cada paso cruje la hojarasca. Se dice que nadie ha vuelto por aquí. Será el Indio Joe el que ahora, muerto, desde la ausencia que llena su habitación, los espanta. Esta gente. Así lo dice el cura. Medina y el gordo, también. Yo, igual, lo haré. Después de todo todos somos esta gente. Espantados o espantos. Es mas o menos igual. Por cierto, ¿será Medina, el que sigue? Quien sabe. A lo mejor y me doy una vuelta luego por lo del viejo. Pobre, el cura, metido allí, si es como el gordo dice.
Así, como todas las tardes. Martín Romero se fue hasta la "Pensión Rita". Mientras más se acentuaba el presentimiento de que los ociosos días de su existencia en Buenaventura tocaban a su fin, más atraído se sentía por el silencio de sus puertas y paredes, la ausencia de lo humano tras ellas, la ruina sublime de su patio cubierto de hojas secas, la renuncia placentera y complaciente que reinaba en su interior como en el de un moribundo que ha dejado de luchar contra la muerte. Sin empeñarse, se sentía parte de la nada de aquella casa, como nunca se había sentido parte de algo, empeñándose. Y ello no sólo cuando iba a tomar su café. Igualmente, cuando pasaba por el frente y veía desde la calle los manchones de la claridad cayendo por entre las ramas de los árboles, o deslizándose por las paredes.
Rita miró al policía llegar e hizo el gesto de siempre con la mano y que indicaba al hombre que terminara de pasar. Martín Romero siempre esperaba, primero, el mismo gesto. La mano huesuda de Rita, a medio alzar, se abría y cerraba muy levemente. Una, dos veces. No más. Quien sabe. A lo mejor temía que le faltasen veces para volverlo a saludar. No era una invitación afectuosa, ni siquiera cortés. Sólo ritual, monótona. Si, como suele decirse, la muerte nos espera, pensaba Martín Romero, ese debe ser el tono. Ya no era, desde que el policía se fue de la pensión, la señora tetas nalgas secas, quizás porque, al irse, la vieja había perdido su condición de casera. Esa noche se convirtió, sin duda alguna y sin esfuerzo mental alguno, según apreció Martín Romero, en la señora muerte nos espera. La ocurrencia se vino sola y se instaló en el portal de su ánimo. Sí. Vista desde allí, qué duda puede haber sobre la autenticidad de la señora muerte nos espera. Ya voy. Ya voy. No se impaciente. No, hombre. Quién dijo que la señora muerte nos espera se impacienta. Mírala ahí, tan quieta y entera ella. He aquí a su fantasma favorito, el de todos los días, entre siete y ocho. Las palabras de siempre salieron, pocas y precisas, de la boca desdentada de Rita:
–Adelante, Comisario.
Comisario da unos pasos más al frente y, apoyado en el mostrador, se pone a esperar su café. Mostrador vacío. Ya no hubo más torta de frutas. Martín Romero supo entonces que la idea había sido de Joe cuando volvió a Buenaventura. Una torta entera, decía, e ilustraba lo que decía con las manos regordetas simulando una circunferencia, picada así, y así y así, trozos grandes, demasiado grandes, pensaba Rita, pero nada decía. Multiplicado por diez. Ah sí, claro, claro. Ponla allí. Martín Romero miraba la bandeja vacía allí.
−Su café. –dijo la vieja.
−Gracias –respondió el policía.
−Y ese insomnio ¿cómo va? –preguntó la vieja.
−Va. Va. El adelante y yo detrás. UD. sabe, uno se acostumbra. Yo no creo, como dicen todos, que tenga que ver con el café. Hay días en que he bebido café para acostarme, precisamente antes de irme a la cama, y he dormido como un topo. No. El insomnio es otra cosa. La gente le huye, y con razón. Son terribles sus estragos. Pero es otra cosa distinta al mero efecto de la cafeína. Una especie de llamada desde la tumba del día a día. Una voluntad que subvierte todo el orden de nuestra amada mediocridad. Para los que piensan es la oportunidad de pensar. Y para los que no piensan, la oportunidad de no pensar. Qué se yo. Si no me para UD. no voy a parar. Y UD. ¿cómo anda hoy? −preguntó el Comisario
−Ya ve. No hay mucho. Igual que ayer. Bueno, aunque sí: estuve en lo Medina.
−¿Hoy? −preguntó Martín Romero
−Sí. Hace poco. Vengo de allá. −dijo la vieja.
−¿Y qué hay con Medina? Dicen que la cosa está mal. −comentó el policía.
−Muy mal. Casi dos días que no se mueve de la cama. Pero, le diré, Comisario, la verdad yo no creo que Medina se vaya a morir aún. Todo el mundo piensa que sí. Medina no pasa de esta noche, dicen por allí. Pero yo no lo creo −dijo Rita.
−El licenciado Valbuena dice eso mismo. −intervino el policía.
−Ése. Es el primero que lo dice. Está pendiente de la misma silla. UD. sabe. En fin. Lo cierto es, Comisario, que yo pienso que no será así. −insistió la vieja.
−¿Y porqué lo piensa así, en contrario, si hasta el mismo médico parece sugerirlo? −preguntó el policía.
−No estoy segura. O no lo estaba. Pasé allí casi toda la tarde. Vi a Medina varias veces en su habitación. El médico, cada vez que salía, decía que la cosa estaba mal. Incluso cuando el cura le preguntó, dijo que no creía que pasara de esta noche. Pero para mí hay algo que me dice lo contrario. Conozco bien a Medina. Y ese reposo es un reposo extraño.
−¿Cómo es eso? −pregunto con interés Martín Romero.
−¿Cómo le explico? Es un reposo del cuerpo. Es verdad. Uno lo ve, allí de largo a largo, en medio de la cama que le queda grande. Pero Medina no puede engañar a quien le conoce tan bien como yo le conozco. Y a pesar de tanto reposo, hay una señal: como si Medina, casi muerto, estuviera pensando en otra cosa, como si estuviera peleándose con la muerte.
−A lo mejor es así, quién sabe −asintió el policía.
−Se lo dije al Padre. Pero UD. sabe cómo es. Ya te vienes tú con tus cosas, Rita, me dijo, no más le hablé del asunto. No insistí. Aquí, entre nosotros, Comisario, yo no sé qué le pasa a ese cura. Antes no era así. Lo escuchaba a uno. Ahora, no más uno le dice algo, se enfuruña, el cura, y lo mira a uno como quien mira a un loco. Eso no es justo ¿no le parece, Comisario? −preguntó la vieja.
−Bueno, UD. sabe, yo no creo que sea un hombre malo. Tiene sus cosas, es verdad. Pero todos las tenemos ¿no le parece? −dijo el policía.
−Sí. Pero éste cura, no más uno le habla de cosas que no se ven a simple vista, y salta como si lo fueran a matar. −dijo la vieja.
−No exagere, no exagere −dijo el policía.
−No exagero, Comisario. UD. vio cómo se puso con lo del Moise. Al final, nadie podía hablarle del asunto. Esta vez fue igual. Yo diría que peor. Con decirle que me fui de allí. Yo pensaba acompañarlo, UD. sabe cómo son estas cosas. Pero que va. Me fui. −dijo la vieja con evidente molestia.
−¿Se quedó solo allí, el cura? −preguntó Martín Romero.
−Bueno, solo por completo no. Allí estaba Susana. Pero esa muchachita… −se calló la vieja.
−¿Qué pasa con la muchachita? −preguntó Martín Romero, sin darse por aludido, pero esperando sacarle algo al respecto a la vieja.
−Ha estado toda la tarde dando vueltas por la casa y arreglándose frente al espejo. Siempre caminando para atrás, la Susana. −dijo la vieja
–¿Frente al espejo? Irá a algún lado, entonces −insistió Martín Romero.
−Vamos, Comisario, claro que se va. Y UD. sabe muy bien a dónde. −dijo la vieja categórica.
−¿Y qué sé yo? ¿a dónde? −preguntó Martín Romero.
−Ella dijo que se iba con UD. Todo el mundo lo sabe ¿o no? −dijo la vieja.
−Ah. Eso dijo. −dijo el policía, y pidió más café. Rita sirvió otra taza y la colocó de nuevo en el mostrador. Esperó a que el Comisario encendiera un cigarrillo, que soltara la primera bocanada, y continuó:
−Como yo lo veo, Comisario, Medina no se muere, no hoy, al menos. Mañana, o pasado, lo veremos por allí de nuevo. Entonces será UD. o Medina. Lo que sea, pero una desgracia más se avecina por aquí.
−¿Quién lo dice? −preguntó el policía.
−o lo digo. −respondió la vieja.
El comisario Martín Romero terminó de tomar su café, ya frío, tras lentos sorbos, mientras se contemplaba en el mutismo que selló los labios de la vieja. Por un instante, el policía bajó la mirada, y luego volvió a posarla sobre el su rostro sus cabellos estirados hacia atrás, cenizos, amarillentos, casi sin labios, las comisuras remarcadas, la barbilla puntiaguda, los huesos de su cara apenas simulados tras el pellejo que aún cubría la viva calavera. Todo aquello graciosamente adornado por las mismas dos enormes orejas de la primera vez que la vio. Pero, ahora, la señora muerte nos espera. Ya voy. Ya voy. No se impaciente. No. Ella nunca se impacienta.
Llegó la hora de marcharse. Rita no diría más. Allí la dejó Martín Romero, muda. Acaso podían oírse los alaridos de ese silencio. Se fue al "Claro de Luna", con la vaga intención de dejarse arrastrar por Clarita hasta la pieza. Esta vez no fue el semen, que no empujaba, apenas si goteaba como el agua terrosa de un grifo descompuesto. Lo que quería, supuso, era la tibieza y desolación de un cuerpo desnudo. No estando a mano el de Susana, quién decía que el de Clarita no podría servir igual. Así estaba ahora, en la pieza de burdel que era su mente cuando no dormía y contemplaba los sueños que no soñaba. Así caminó en línea recta hasta los muelles, subió en línea recta hasta la iglesia, hizo una cuadra a la derecha, hasta la casa de Medina, bordeada por el amplio solar en que había crecido más de lo usual el monte. De seguir creciendo, se tragaría aquella casa con viejo y todo dentro. El viejo se había apartado de todo, hasta de la fachada de su casa. De allí, en leve ascenso, anduvo hasta dar con la calleja sinuosa, larga y estrecha, hasta que apareció la bombilla roja, la penumbra, la humedad del zaguán, el olor a cigarro y orines viejos, el murmullo de voces adentro del "Claro de Luna". Clarita estaba a la entrada. La puta lo obsequió con una clásica sonrisa, a la que el policía correspondió con un clásico apretón de nalgas.
−El patrimonio más valioso de Buenaventura. −dijo el policía.
−Policía de mierda −respondió la mujer, al tiempo que estampaba un beso en la boca del hombre. Lo tomó de la mano como a un niño y lo llevó hasta la barra. Por lo pronto, el "Claro de Luna" estaba casi vacío. Cuatro negros de pantalón corto y franela larga que jugaban al dominó en una mesa; un par de putas aburridas jugaban al aburrimiento en otra. Martín Romero pidió una cerveza y se puso a escuchar la perorata de Clarita.
−Esa muchachita te tiene por lo pelos, Romerito. Cada vez se te ve menos por aquí. Yo sé cómo son esas cosas. Ustedes, los policías, así como son duros para quemarse a un tipo se vuelven un majarete cuando se tiran una mujer. Pero, en fin ¿En qué andas ahora? No me digas: estás preparando la casa para cuando te lleves la muchachita ¿no?
−¿Qué pasa contigo, mujer? Mejor hablamos de otra cosa ¿No te parece? −replicó Martín Romero aturdido.
−No es que sea asunto mío, lo sé. Pero, Romerito, cuando parecía que ibas a tener Medina para rato, mira que vaina: el viejo se muere. Qué suerte la tuya ¿no? Sí, suerte la que tienes, Romerito. Tú andas por allí como que si nada, como si fueras inmortal o algo así. Pero el viejo lo sabía todo, y si algo hay peligroso es un viejo traicionado ¿Sabes? Hay quien dice por allí y que la Susana le mandó hacer un trabajo especial al viejo para sacárselo de encima. Y, por lo que se ve, la cuestión funcionó. Y que no pasa de esta noche, el viejo. Merecido que se lo tiene, después de todo ¿no?.
−Déjate de joder. El viejo no se ha muerto todavía, y si se muere, como dicen todos por allí, no será por trabajos especiales y esas vainas. ¿No que Medina estaba enfermo? −preguntó Martín Romero.
−Bueno, sí. Pero no está de más asegurarse. Yo sé que tu no crees en estas cosas. Pero mira, que para duro, el viejo ¿no? Está casi muerto. Pero, tú mismo lo has dicho, no se ha muerto todavía. Debes tener cuidado, Romerito. Debes tener mucho cuidado. −dijo la mujer.
Quisiera creer en esas cosas, en todas las cosas. Qué fácil es para quien cree en cosas dar respuesta a las cosas. Simular el vacío contra el que se empeña la voluntad de cada día. Todo un arte para el que me falta la mínima destreza. Mírala ahí. Su boca llena de esa risita que sólo las mujeres son capaces de sostener, una risita estúpida, graciosa y molestosa a la vez, que supura como baba, como si rieran desde la boca desdentada y lívida de la vagina. Hay que tener vagina para algo así. La gran ventosa que permite a la especia mantenerse adherida, por vacío, a la existencia. Es verdad que las mujeres tienen un sexto sentido. Pero no sé para qué tanto. Les bastaría con utilizar los otros cinco. En fin, imagino que por ese sexto sentido ella sabe que al menos por esta noche no conseguirá nada de mí. Se aleja y, en su paulatina lejanía, aún sonríe. Mañana, o cuando sea la próxima vez, lo intentará de nuevo.
El policía pidió otra cerveza y se puso a detallar las paredes, decoradas con recortes de paisajes y mujeres desnudas. Curioso contraste entre aquellas texturas verdes y rosadas con la de los pies terrosos, gruesos y encallecidos de los hombres que iban entrando, pedían su cerveza, vagabundeaban un instante por el salón; algunos pasaban directo al patio trasero, donde hombres y mujeres discutían de formas y precios al aire libre. Así es Buenaventura, luz y tierra embadurnando el ya gastado lienzo de la existencia. Debe ser eso lo que me ata aquí. Los aires de Buenaventura, como dice el cura. Sí, eso debe ser. Luz y tierra revueltos por los vientos que soplan en todas direcciones. Uno me trajo aquí. Otro me llevará. Pero igual siempre quedaré. A todos os dejaré la cochina señal de mi presencia. Cada quien aporta su íntima versión del infierno al infierno vital que a todos nos sostiene. Hasta el cielo se nos viene encima como la más hermosa de las maldiciones. Ahora entiendo al cura. El que vino se queda. De aquí nadie se va, aunque muera. No hay un camino al cielo y otro al infierno. La insalvable permanencia. De aquí nadie se va. No sólo su espíritu permanece, con nosotros, sino, incluso, la mera hediondez de su ausencia.
Antes de salir del "Claro de Luna", el policía quiso asomarse al patio. Clarita era la del cabello liso, peinado hacia atrás y atado arriba en un modo gracioso. Cuando se volteaba, era la de la nuca larga cubierta de una pelusilla invisible pero que él sabía allí, la espalda descubierta hasta la cintura y, más abajo, siguiendo el camino hacia la tierra prometida, la del trasero más plano de lo que parecía según él había comprobado. El forcejeo concluiría cuando Clarita pronunciase la frase de rigor. Vamos a la pieza. Y se fueron. Entonces recordó que la primera vez que entró al "Claro de Luna" fue directo a los muslos de Clarita, porque sólo así se terminaba de entrar allí, a través de aquellos labios gruesos como los de su boca, escondidos en la selva de cuyas profundidades emana un aire caliente y sulfuroso, y hasta un silbido sutil que lo llama a uno. Los aires de Buenaventura. Debe ser.
Ya fuera del “Claro de Luna”, el comisario se topó con Colmenares.
−Jefe. Ya sabía que te iba a encontrar por aquí a esta hora. −dijo Colmenares.
−¿Y qué hora es? −preguntó el Comisario.
−Casi las doce −respondió Colmenares.
−¿Las doce? −insistió con asombro Martín Romero
−Sí. Faltan tres minutos. −respondió Colmenares.
−Sí. Me he vuelto un tipo predecible. Aquí, en Buenaventura, todos somos predecibles. Somos pocos y nos conocemos mucho ¿no es así que se dice? −dijo Martín Romero mientras montaba en el “jeep”.
−Es cierto ¿A dónde vamos, Jefe? −preguntó Colmenares.
−¿Y qué sé yo? Da una vuelta, por allí. −respondió Martín Romero tras cerrar la puerta.
−Por el comando, todo bien. Y por lo que veo, el resto aquí igual ¿Ya supiste lo de Medina, supongo? −preguntó Colmenares.
−Sí. Todo el mundo habla de ello. Valbuena fue el primero. −dijo Martín Romero.
−¿Estuvo por tu casa, el gordo? −preguntó Colmenares.
−Esta tarde. −respondió Martín Romero
−El gordo. Se está aceitando el culo para sentarse en lo de Medina. Es un cretino.
−¿Por qué lo dices? ¿Quién es Medina? −preguntó Martín Romero. Luego agregó −Por cierto. Detente aquí. Aquí, frente a lo de Medina.
−¿A dónde vas? −preguntó Colmenares.
−Aquí, a ver a Medina. Entiendo que el padre Claudio también está aquí. Hablaré con el cura.
−Pero yo acabo de ver al cura entrando a su casa cuando venía para acá.−advirtió Colmenares.
−¿De veras? −preguntó Martín Romero.
–Sí. Hace un momento. Estaba abriendo la puerta de su casa. No creo que haya tenido tiempo de volver a lo de Medina. −dijo Colmenares.
−Se habrá muerto el viejo. −pensó Martín Romero en voz alta.
−Quien sabe. −dijo Colmenares.
−Bueno. De todas maneras me quedo. Tu vete al comando. Si hay alguna novedad, te aviso ¿De acuerdo? −dijo Martín Romero.
−Está bien Jefe. −dijo Colmenares y partió.
Cuando Martín Romero se dispuso a tocar a la puerta, notó que estaba abierta. ¿El último en entrar o en salir? ¿Cura, muchacha o viejo? Mete el hocico por allí, a ver, por entre la abertura. Abertura, y no apertura, como se jactan de decir estos políticos de la revolución cada vez que se abren las puertas de un supermercado o las de la mismísima historia. Apertura esta incertidumbre, ese sigilo con que mueven tus pies, esa cabeza de falso policía asomada a los adentros de la casa a oscuras, esa oscuridad: cerrada en el zaguán y que poco a poco se torna cada vez más transparente a medida que la mirada se dirige al patio interior, en cuyo suelo se refleja el blanco de la luna. En esta apertura, Romero, sólo faltaría el hombre lobo. Pero nos conformaremos con el policía. Pasa de una vez. El policía metió un pie, luego el otro, cerró la puerta con cuidado y, en unos cuantos pasos rápidos, recorrió el zaguán, al final del cual lo detuvo la cautela y la tenue luz de una lámpara que muy probablemente venía de la habitación de Medina e iluminaba muy débilmente el corredor. Pensó en retroceder, más que por temor, por la sensación de estupidez que lo invadía. Después de todo, en el miedo siempre hay algo de estúpido ¿no te parece, Romero? Una vez más pensó en retroceder, pero la curiosidad lo empujaba hacia adentro. Si el viejo te encuentra aquí te aniquila. Sería la gran oportunidad para librarse de ti, como un ladrón. Después de todo, en eso te has convertido, aunque sin querer, hay que decirlo. Lo haría, eso es lo que el viejo haría. Más no creo que tenga fuerzas para algo así. Si está tan mal como dicen, no podría. Sin embargo ¿y si no es así? Quién asegura que ese terrible mal que ha de llevárselo al otro mundo esta misma noche en realidad no sea más que una artimaña suya para hacerte venir aquí y enviarte a tí al otro mundo. La verdad, no lo creo. Y si no lo creo ¿por qué estoy aquí, entonces? Quizás el viejo me conozca mas de lo que yo creo conocerlo. Rita: es UD. o Medina. La voz de la vieja, ahora, aquí, me asusta. Y sus ojos. Y el gesto aquel de todos los días antes de pasar a tomar mi café. Y el obstinado silencio en que se encierra. La señora muerte nos espera. Que sea lo que ella quiera. Pero yo entro. Bien. Sigamos, entonces.
Mientras avanzaba por el corredor, el policía pensaba en Medina, su paz de viejo roto rota por él mismo años atrás. Le era fácil imaginarlo allí, dentro de aquella habitación, prolongando su rotura en forma de oscuridad y penumbra, vigilia y rabia, sueño e impotencia. Perdición y disposición a matar al policía de mierda. El policía sacó el revolver y tiró del percutor. Antes de llegar al tope, ya se había imaginado que el viejo tenía el suyo en el regazo, también listo, sobre todo ahora si es que, a lo mejor, ya sabía que el policía de mierda estaba allí, aproximándose por el corredor y del que podía sentir su presencia humana como un hedor. Así que si, en efecto, Medina no se movía ni hacía ruido alguno, no por ello iba a convencer al policía de estar durmiendo. Según el policía, era muy probable que el viejo estuviese esperando que él avanzase, que llegase hasta él para descargar su arma. Y lo que sin duda lo hacía más peligroso era que, a estas alturas, ya no le importase al viejo morir en el intento.
De modo tal que ya no era cuestión de preguntarse, como lo había hecho hacía veinte y tantos años, si valía la pena quemarse a Medina por la formidable justicia de un mundo mejor. Si este viejo si estaba allí, en su habitación, sin moverse pero totalmente consciente, no sería precisamente para congraciarse con el policía de mierda. Martín Romero advirtió que hasta entonces sólo había esperado la muerte del viejo, como se espera una hora del día o un mes del año. En realidad, nunca estuvo dispuesto a hacer otra cosa frente a Medina, ni antes por el mundo mejor, ni ahora por Susana. Sin embargo ahora, quizás, por el simple hecho de estar allí, en su propia casa, tuviera que disponer de Medina, sin razón alguna para ello que no fuese él mismo. Medina, el Jefe de Buenaventura, odiado y despreciado por todos, burócrata venido a menos, caído de la burocracia como sólo un viejo puede caerse de la vida... Con todo, nada en ese viejo le parecía causa suficiente para matarle. Ni siquiera era él mejor que el viejo, acaso un poco más joven, y por lo tanto un poco más dispuesto a defender el pellejo que a Medina se le había ido en arrugas y esperanza arremangada. Es curioso: la muerte, como la vida, siempre ha de justificarse. El militar dice que el patriotismo. El científico y el cura que la verdad. El político que la libertad y la justicia. ¿Qué dirá el inmundo policía que sólo cuenta con la razón última y sin apelación del criminal, a quien la muerte no salva y permanece condenado a ser un mero animal de supervivencia?. A ver.
Con el revolver aún empuñado, el policía pasó a la habitación. Mas volvió el arma a la cartuchera cuando, luego de unos minutos de observación, confirmó que el viejo, tal y como había dicho Rita, de largo a largo en la cama, no se movía. Se acercó más, y observó su cabeza hundida en la almohada y ese extraño rictus de solemnidad extrema que sólo la enfermedad es capaz de dibujar en el rostro de los enfermos. También observó la barbilla acentuada por los repliegues que iban desde la nariz y bordeaban la boca; los tendones subiendo como animales por su cuello; los largos brazos por sobre la sábana que cubría el resto del cuerpo; las manos casi unidas a la altura del vientre. Más abajo, la sábana, ligeramente elevada, indicaba que allí debían ir los pies. Razón tenía Rita cuando hablaba de la cama que le quedaba grande. Medina no sólo era chico, sino estrecho, y más se le notaba así, en pijama y sin las hombreras del saco. O a Medina le sobraba cama para morir, o a esa cama le faltaba muerte para llenar su propia inmensidad. Que desperdicio. Allí podrían expirar dos o tres medinas más. Ciertamente, Romero. Ahora que lo dices, este viejo podría llevarse consigo, lo menos, al gordo de su fiel secretario. Por otra parte, siendo tan chico y si de morir se trata, una silla hubiese sido más que suficiente, que si morir de pie es tenido por lo más honroso, hacerlo sentado no ha de desmerecer del todo. Pero Medina era así, siempre pensando en grande. Y ésta era una cama ciertamente grande. Si supiera lo ridículo que se ve allí, Medina jamás se hubiese bajado de la cuna. Bueno, Romero, que, en realidad, ninguno lo hubiéramos hecho, si fuésemos lo suficientemente sinceros a la hora de apreciar lo que hemos hecho después de haberlo hecho.
Un aire frío entró por la ventana abierta, cosa de la que el policía no se había percatado hasta entonces. La cortina se levantó ligeramente. Debe ser la muerte que llega. Siempre tan fresca y tan ligera ella; siempre ese inconfundible tono de sus silencios en armonía. Pero no, que va. Si era la muerte, pasó de largo. A lo mejor ni se percató de que Medina continuaba allí, tendido de largo a largo en la enorme cama. El policía tomó a Medina por la muñeca y notó que aún tenía pulso. Mas que del corazón, debe venir de las entrañas, el maldito soplo según el cual aún permanece. A lo mejor fuese sólo un aire frío. Sin magia. Cómo sea, no ha llegado todavía. Por lo demás, no se puede exigir puntualidad en un país donde todo el mundo llega tarde; más aún, aquí, en Buenaventura, donde las cosas se conducen según el lejano y extraño ritmo de las piedras. Por otra parte, si éste no está muerto ya, viéndolo bien, no lo necesita. Basta mirar esas manos para imaginar que son de rana. Hay texturas para las que la visión es mucho más rápida y eficiente que el mismo tacto. De éste, hasta la sangre debe ser fría. Quizás ni la misma muerte quiera cargar con Medina. La verdad es que si yo fuese la muerte y me asignaran esta encomienda, le largaba una trompetilla al Olimpo, me vestía de lobo y me echaba a un costado del camino a esperar pasar a Caperucita. Pero llevarme a Medina. Mierda. No. Creo que lo dejaría allí donde está.
No fue hasta entonces que el policía se fijó en el reguero ¿Y este desorden a cuenta de qué? La silla en medio. La lámpara caída. Los frascos volteados. ¿Y eso qué es? Mierda, la dentadura de Medina. Habrá sido el viejo. Quizás intentó levantarse. Después de todo ¿quién asegura que la vieja no tiene razón? Reposo del cuerpo. Uno lo ve, allí de largo a largo, en medio de la cama que le queda grande. Es verdad, hay aquí algo que no cuadra cuando de morir se trata ¿Cuál será la señal ésa de la que habla la señora muerte nos espera? No veo nada. Pero siento que, a mis espaldas, aquello que no veo se burla de mí. Debe ser eso. La dentadura. La esencia misma de Medina sumergida en cuatro dedos de agua. Lo que está allá, en la cama, sólo el hábitat. Pero y éste ¿se termina de morir o qué? No. No lo creo. Sin importar cuánto enfermen, hay quienes, como las cucarachas, no mueren hasta que se les mata. Medina debe ser de este tipo. Visto así, entiendo que Susana me haya pedido algo así. Claro. El viejo inmundo. Pero no seré yo quien se haga cargo. Hace veinte años tuve la encomienda, a nombre de la revolución de Rengifo. Hoy me la impone una muchachita que, a su vez, se ha impuesto a sí misma la de amarme. Como hormigas van y vienen trabajosamente los encomenderos de la interminable historia. Nobles causas. Nobles causas. Hasta yo lo entiendo. El mundo mejor. El amor. Pero por qué tengo que ser yo quien tiene que cargarse al viejo ¿Por qué el mundo mejor, el amor o cualquiera de las imposturas teleológicas que tanto halaga a quienes defienden con pasión la razón de ser de esta historia, no le hincan sus poderosas mandíbulas equipadas con los incisivos y terribles colmillos de la verdad y se lo tragan. Carne, hueso y cuero. No más de cincuenta y cinco kilogramos, según estimo. Por capas o por piezas. Masticado o entero. Me da igual. Ah, pero no. Amor y esperanza. Esperanza y amor. Feliz, feliz. Alegre, alegre, como siempre dice el gato idiota aquél de cuyo nombre no quiero acordarme porque, sin más, no me acuerdo. Pero lo dice. Bien que lo dice. A nombre de toda la especie, lo dice. Que nadie se quede por fuera del contubernio. Y el que no, sea sometido por la fuerza y obligado a ello. Feliz, feliz. Alegre, alegre. Y, de pronto, por cierto ¿el cochino viejo? No es problema. De eso se encarga el inmundo policía. No, si ya se lo creyeron. Pero, resulta, que el inmundo policía considera que si Medina es, como me temo, humano, no seré yo quien abogue por sus derechos, claro. Pero, que salte y dé la cara el primero que se atreva a negar que la humanidad se lo merece. Olvidado de Medina, el policía seguía mirando la dentadura del viejo. Mejor nos vamos, Romero. Bien, Medina. No es que te perdone la vida. Es que, una vez más, sigues vivo. Ya se te pasará.
La dentadura, en silencio, dejó al policía alejarse. O al menos así la imaginaba Martín Romero cuando, de regreso por el zaguán en busca de la salida hacia la calle, se detuvo por unos segundos mientras volteaba hacia atrás. Obviamente allí no había ya nadie, incluyendo el cuerpo blancuzco y esmirriado que yacía en la enorme cama de aquella habitación. Allí sólo habitaba aquella sola dentadura postiza que, por los momentos, se había quedado sin hábitat, como un corazón salido de la concha, o más bien como un alma en pena en busca de una concha que volver a habitar. Ya rn la calle, el policía cerró tras de sí la puerta, sin reparar en el ruido que ocasionó al hacerlo.
Postiza. Postiza esta vida que, según parece, tan dispuesto estoy a defender, se dijo Martín Romero mientras palpaba la cacha del revólver que llevaba al cinto y decidía a dónde debía ir. De ir, a ninguna parte debo, es la verdad. La única que creo poseer. Voy porque no hay más remedio. Porque siempre hay que ir, sin que importe a dónde. Primero el gordo. Ahora el viejo. Los hubiera matado, lo sé, de ser preciso. Lo que ahora siento es el alivio, el simple alivio de no haberlo hecho. Y algo me dice que un alivio así es mejor que el de seguir vivo. Que contrariedad. Todos nos hemos salvado, gracias a Dios, sin que nadie sepa todavía de qué y para qué. El gordo ronca junto a la gorda. Medina, en su lucha a muerte contra la muerte, gana otra batalla y quietamente retorna desde el umbral del más allá. Yo voy. Ya voy. Ah, sí, Susana. Susana. Claro. En busca de la amada. El policía de mierda se pregunta ¿dónde andará la amada? Quizás una vuelta por allá, por la playa. Es capaz de andar por allí, como un fantasma. Eso quisiera, el policía de mierda. Pero si lo que dice la señora muerte nos espera es cierto, mucho me temo que no será así. Fantasma de carne y hueso. Brazos y piernas. Una cabeza de pelo liso y un entrepiernas rosado y pelón. Vaya salvación. Ya no tendré su imagen difusa en la noche, ambigua e inaprensible, que es la única forma en que todavía puedo tener la tenue sensación de tenerla. Ahora será su burda materialidad estúpida, penetrada, hecha a la medida de mi estupidez, como un traje de ésos de los que se dice queda bien. Nada más.
Avanzada la madrugada, Martín Romero penetró de vuelta como una sombra en las sombras de la que ahora su casa. Una presencia ajena rasgaba la quietud inorgánica que dejó encerrada al salir. Por un rato se quedó parado en el umbral de la puerta. La luna dibujaba una estrecha cuchilla de luz azulosa sobre el piso, y sobre ella estaba su propia sombra. Crujían los nudos del mecate que sostenía la hamaca, y podía distinguir en la oscuridad el leve bamboleo, el volumen amorfo pero inconfundible del cuerpo metido dentro. Entonces desenfundó el revólver y se dispuso a entrar. Ya adentro, se acercó a la hamaca, levantó una de las hojas que cubría el rostro de la posible víctima y colocó el cañón en su cabeza. El cuerpo dentro de la hamaca no se movió, y el policía pudo distinguir a tiempo la cabeza de Susana. Sin respuesta. Apenas un gruñido femenino salido de sus labios pegajosos cuando sintió el duro frío de la punta del cañón. La amada. Otra que se salva. Allí la dejó Martín Romero. Volvió el arma a la revolverá. Se restregó la frente contra las mangas de la camisa y, aún así, no dejaba de sudar. Retomó a la puerta, y un largo rato después apareció la muchacha.
−No te escuché llegar ¿Siempre son tan silenciosos, lo policías, eh? Estás cansado. Se te ve cansado. Mira esas ojeras. Si no te cuido, te pondrás viejo antes de tiempo. Ven. Vamos ¿sí? Lo que tú necesitas es dormir. −dijo la muchacha, mientras se agachaba y metía la cara en frente de la de Martín Romero a la caza de un beso.
−¿Qué haces aquí? −preguntó el policía.
−Dale un beso y un abrazo a tu putica. −dijo la muchacha.
−Me refiero a qué haces en mi casa. −insistió el policía. Advirtió que era la primera vez que se refería a aquel sitio como “su casa”. Que contrariedad. Desde que vine a Buenaventura nunca pensé que volvería a sentir esa sensación por la que, imagino, los animales mean cuando de marcar el territorio se trata. Cuando, junto a Amanda, me sentía así, yo le echaba la culpa a la casa. Pero, en momentos así, en realidad hasta el universo nos queda chico.
−¿No vas a decir nada? −insistió Martín Romero.
−Ahora tú eres mi hombre −dijo Susana en tono de desafío.
−Y eso quiere decir que ésta es tu casa. −dijo martín Romero.
−¿Quieres que me vaya? −preguntó la muchacha.
Se fue por la tangente. Se fue por la tangente no. Te sacó a ti. Ahora, a ver cómo haces para volver a entrar, o anda a morirte por allá, por la playa, a solas en la añorada transparencia de tu oscuridad, pelada y sin fantasma al cual creer tocar. Estás jodido, Romero. Otra vez Romero, romerito. Vuelta en círculo. De nuevo con el hocico metido en la misma trampa. El viejo truco de la culpa prestada. No te atreverás a decirle que se largue ¿o sí? En el inhóspito jardín de tu indiferencia, aún hay lugar para que florezca la carnívora planta de la culpa, dispuesta a engullirlo todo. Calla Romero, romerito ¿Quieres que me vaya? Ah, la lengua, Romero, como pesa, como pesa. Lengua de piedra ¿Qué si castigo del cuerpo? Como grillete. El enorme grillete del silencio. Romero, romerito no hablará.
−¿Quieres que me vaya? –preguntó otra vez Susana. Esta vez se levantó, en un claro gesto de inconformidad frente aquel silencio. Ella no sabe. Claro que no sabe. Ella volverá a preguntar ¿quieres que me vaya? Y tú seguirás mirando alternativamente al piso y a la braza encendida del cigarrillo que sostienes entre los dedos. Nunca le dirás que se largue. Pero tendrás que aflojar, Romero. Tendrás que aflojar.
−¿Quieres que me vaya? –insistió otra vez Susana. Ah, es que esta criatura es un genio. Jamás se irá, al menos que tú se lo pidas, y ya sabe que no se lo pedirás. Lo volverá a preguntar, cuantas veces sea necesario ¿Quieres que me vaya? No se rendirá. Esta batalla la tiene ganada. A ver ¿qué dirá ahora Romero, romerito? Deja que tu genio y tu voluntad se encarguen. Quien ha luchado y sometido al feroz dinosaurio que aparece en una plaza pública ¿va a amilanarse frente a esta salvaje muchachita de Buenaventura? Vamos, Romero, romerito, muéstrale lo que tienes.
−No dije eso –respondió Martín Romero en tono ridículamente seco.
−Entonces ven a dormir conmigo. −dijo la muchacha. Martín Romero. desde el suelo, mientras encendía otro cigarrillo, miró a Susana, semidesnuda, y se percató de que la muchacha salvaje se había graduado de mujer adulta, dotada de ese sentido práctico repugnante que sólo las mujeres son capaces de adjudicar a la existencia.
−Ya voy −dijo el policía, mientras sacaba la última bocanada al cigarrillo y arrojaba el cabo a un lado.




