Durante casi todo el día se estuvo escuchando los más insólitos comentarios acerca de la reciente aparición del Moise. Tanto tiempo, y de nuevo por aquí ¿Por qué vendrá ahora? Ese negro no descansará en paz hasta que no cobre lo suyo. Medina debe estar que no pega un ojo. Por eso se ha enfermado. Ya casi no sale de casa. Que va a salir. Te imaginas toparse con el negro. Y que duerme con el revólver bajo la almohada ¿De verdad? Anoche mismo y que se le apareció en la ventana. ¿El negro? ¿Quién dijo? Dijeron, no más. Una sombra gigante y ras, ras, ras en la puerta y las paredes ¿Qué otra cosa podía ser? ¿Por eso los tiros? Debe ser. Pero cuando el viejo salió, nada, ni sombra ni nada. Negro de mierda, y que gritaba. A lo mejor lo que quiere el negro es pegarle candela a la casa, con el viejo adentro, digo yo. Se sabe de casos así. Los negros rabiosos queman casas. Debe ser. Viste cómo se le escapó a la policía. Sí. El cura y el Comisario lo llevaban y de pronto zás, un descuido y ya no estaba allí el negro. Se da maña, el negro, se da maña. Que si se da. ¿Acaso no se le escapó al mismísimo Medina del hueco? Ese negro es una vaina ¿Cómo crees que ha sobrevivido hasta hoy? Habrá vuelto al monte. Hay quien eso dice. Pero yo no creo. Para mí anda por aquí mismo. Quién sabe.
Salidas de las bocas abiertas y los ojos asustadizos, las palabras y las señales de incertidumbre viajaban por los aires de Buenaventura y dejaban tras de sí rostros llenos de silencio, miedo o asombro. Todo ello se mezclaba con el colorido y la algarabía de los turistas regados por la playa y las calles. Curioso contraste. A lo mejor esto contribuyó acentuar aquella atmósfera de absurdo en la que, ya para el mediodía, se veía del todo sumido el Comisario Martín Romero. El Moise, el hombre nuevo. Otro al que el futuro le ha tomado el pelo. Pobre. Todavía lo recuerdo aquella noche. Sonreía en medio de la borrachera. Sonrisa de hombre nuevo. Todavía tenía la dentadura completa entonces. La recuerdo con una claridad sorprendente. Quizás este estúpido rumoreo me halla refrescado y aclarado la memoria. Puede ser. La luna le bañaba el rostro de una luminosidad gris brillante. El negro estaba brillante. Si estos miserables supieran. Parecen moscas. En fin. Tengo hambre.
Después de la una, el Comisario Martín Romero hizo un alto en la Pensión Rita para almorzar. Rita sirvió un enorme tazón de hervido de pescado. Las manos huesudas de la señora tetas nalgas secas cruzaron por frente al rostro sudado del policía. Animales prehistóricos de reseca costra adheridos al blanco liso del tazón humeante. Huele bien. Buen apetito. A comer. ¿Cómo? ¿No se va? No. La señora tetas nalgas secas no se va. Se queda allí parada, al lado del policía, que, luego de morder un trozo de pan, se dispone a llevar la primera cucharada a la boca. Más comentarios acerca de la aparición del Moise. Dale. No lo sé. Eso no es cierto. ¿Quién dice que se escapó? El Moise no se ha escapado. Nosotros lo dejamos ir ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Además, el pobre diablo no ha hecho nada ¿Por qué no lo dejan en paz? Que apestosos sois todos. Hasta Rita se ha vuelto más majadera que todos. Señora tetas nalgas secas ¿por qué no cierra UD. esa boca?. Desdentada. Encías peladas y lívidas. Al abrirse y cerrarse, dejan ver una mínima porción de la oscuridad de adentro. Si pudiera le lanzaría algo allí. Una bola de pan o una papa hirviendo. Por fin se va. Gracias al señor. Al señor de allá, el gordo de peludos sobacos sentado en la mesa de la esquina, rodeado de un colorido séquito familiar y al que se le asoman los rollos por debajo de la franela hecha con un retazo de bandera estadounidense y que desde hace rato está clamando por más pan. Desde hace rato que levanta los brazos muy alto y los cruza arriba, hasta que Rita, por fin, lo ha advertido. Gracias al gordo. No tendré en cuanta esas miradas de recelo y censura que me lanza. Después de todo, gordito, soy el Comisario de Buenaventura. Bien, mi gordito, ahí tienes el pan con que seguir llenándote. Así. Mandíbulas prodigiosas. Ahora vuelve el hocico al tazón. Así está mejor. El aroma y los vapores que se elevaban del plato en la mesa de Martín Romero, volvían a ser, como al inicio del almuerzo, agradables. El Comisario comió con fruición.
De la Pensión Rita, el Comisario Martín Romero se puso en camino al Comando Policial. Pero no en camino directo. Nunca el camino es directo, y si quien lo hace es Martín Romero, siéntate a esperar. Todos se quejan de lo mismo. Ve directo al asunto. No puedo. ¿Cuándo vas a sentar cabeza? No puedo, salvo en la almohada. Quiero una respuesta concreta. No puedo. Dio un largo rodeo. Como si no quisiera ir allá, al comando. Una forma de ayudar a la digestión del almuerzo. Sí, quizás. Sin embargo, en el fondo, tú y yo sabemos que no quieres ir ¿Por qué será? Bah!. Al entrar, la misma habladuría. Mierda. Y todos callan de repente.
−UDS. también jodiendo con lo del Moise. −dijo Martín Romero− Se han vuelto locos todos aquí en este pueblo de mierda.
−Lo que pasa es que Medina estuvo temprano por aquí, Jefe −dijo Colmenares, mientras le entregaba un sobre.
−¿Y? −preguntó Martín Romero
−Se quejó de que hubiéramos dejado ir al Moise. Que por qué no poníamos orden en este asunto. Que para eso está la policía… en fin, tú sabes, Jefe...
−¿Y qué pretende el muy cretino? ¿Qué le pegue el tiro que él no atinó? El pobre diablo no ha hecho nada y se le deja en paz. Se acabó el tema. Le dices a Medina que se vaya a la mismísima mierda. −ordenó Martín Romero.
−Está bien, Jefe. −dijo Colmenares he hizo señas a los demás para que se retiraran.
−Es una orden −insistió el Comisario
−¿Una orden? −preguntó Colmenares
−Sí. Que se vaya a la mismísima mierda; es una orden −reafirmó Martín Romero. Luego preguntó, en referencia al sobre que Colmenares en ese momento le entregara −¿Y esto?
−Pues una carta, supongo. −dijo Colmenares. De seguida agregó −Afuera dice: Comisario Martín Romero.
El comisario Martín Romero leyó su propio nombre, dobló el sobre y se lo llevó a un bolsillo. Luego habló Colmenares de nuevo.
−El Padre está en tú oficina, Jefe. Llegó hace un rato, preguntó por el Comisario y dijo que lo esperaría. Yo le dije que no sabía a qué hora volverías. Pero él dijo que esperaría. Y allí está.
−Bien. −respondió Martín Romero y fue hasta su oficina. Allí encontró al cura sentado frente al pelado escritorio, bañado en sudor.
−Hace calor aquí ¿no? −dijo Martín Romero al entrar.
−Ah!, por fin Comisario. Menos mal. Ya estaba yo perdiendo la esperanza. Y no sé si acaso tenga cinco o diez minutos aquí. Qué si hace calor. Un poco más y me derrito, creo. Rita me dijo que lo encontraría aquí, Comisario −dijo el cura.
–Almorcé por allá, y luego me entretuve dando una vuelta por allí. UD. conoce los platos de Rita ¿no? Es bueno pasearlos un poco antes de sentarse. Temo que no me pararía nunca más si no lo hago. Por cierto ¿ha visto cómo anda la gente por aquí con lo del Moise? Rita como que también enloqueció ¿Qué les pasa? Me tienen hasta aquí de pendejadas acerca del Moise. Hasta el mismo Medina, según me acaba de informar Colmenares, está dispuesto a joder, por lo que veo. Dice que estuvo por aquí.
−Algo escuché desde aquí. Imagino su molestia, por lo de la orden, digo. −dijo el Padre Claudio
−¿La orden? −preguntó Martín Romero, e inmediatamente agregó tras una sonrisa− Ah, eso. Es la única forma de poner orden en este tipo de cosas. Yo no pienso discutir con Medina que si el negro apareció o no apareció.
−Ya sabe que Medina tiene sus obsesiones con eso. Siempre que el negro aparece se le crispan los nervios. −confirmó el cura.
−Sus buenas razones tendrá. Pero, dígame, Inesperada visita, Padre. ¿En qué puedo servirle? −dijo Martín Romero.
−La verdad, Comisario, no quiero importunarlo. Si está ocupado hablamos en otro momento. −dijo el cura ,a punto de volverse y marcharse.
−No lo hace, de veras. Si algo hay que sobra en Buenaventura parece que es el tiempo. Por ahora me disponía a abrir este sobre. Pero es algo que puede esperar. No me agradan las noticias. Los sobre cerrados siempre me han inspirado recelo. No me gustan. Pero igual puedo hacerlo luego. De hecho, cuando escuché el cuchicheo, me disponía a salir otra vez. Además, aquí hace mucho calor. No es mi día, me temo −Insistió Martín Romero.
−Es cierto. Un calor infernal. −dijo el cura mientras se secaba el sudor.
−Materia de su especialidad −dijo Martín Romero
−¿Especialidad? −preguntó el cura distraído
−El infierno, digo −aclaró el comisario.
−Ah, eso. −dijo el cura. Sonrió, y luego agregó− Bueno, si no le importa, entonces, lo acompaño un rato. Mejor salir.
−Claro −dijo Martín Romero y, en señal de cortesía, indicó la salida.
Cura y policía caminaron durante un rato sin pronunciar palabra. El sol de las cuatro ya comenzaba a rayar con trazos amarillentos y naranjas el cielo. Los turistas empezaban a levantar sus improvisadas tiendas de fin de semana y algunos vehículos se dirigían hacia la salida de Buenaventura. Por fin se largan. Detesto sus caras grasientas y rojizas, sus nalgas medio asomadas al camino de sus pasajeras alegrías de culos libres. Al mismo tiempo, mientras caminaban a paso lento, Martín Romero confirmaba sus impresiones de días anteriores según las cuales el cura le pareció un hombre agradable, incluso noble, concluyó luego, con una expresión en el rostro como quien piensa en un extraño y curioso espécimen con el que se acaba de topar. Su mirada se cruzó por un momento con la del cura, y éste dijo:
−Me preocupa lo del Moise, Comisario. De eso quería hablarle.
−¿A qué se refiere? −preguntó Martín Romero
−UD. mismo ha percibido el ambiente, los comentarios de la gente... −continuó el cura mientras miraba alrededor.
−Todo el día. En lo de Rita no se hablaba de otra cosa. Supercherías. No creo que haya que darle importancia. Así son estas cosas. En realidad, le diré, el Moise parece un espanto. No diré que creo o comparto las tonterías que se dicen sobre él, pero entiendo que la gente invente esas cosas. El Moise no será nada de lo que ellos dicen, pero simboliza el espanto, la desolación… qué sé yo, el tipo de cosas que la gente no soporta y siempre busca conjurar.
−Puede que tenga razón. Pero ¿quién asegura que esa “simbología” de la que UD. habla, que esa sed de “conjura” no le valga al pobre diablo la misma muerte?. Eso es lo que me preocupa. ¿Curioso, no? Tanto progreso, tanto marchar en pro de un mundo mejor… marcha y marcha, incansable y, digo yo, los hombres no logran dejar atrás sus más viles imaginerías. Curioso, digo, muy curioso.
−Sentémonos un rato aquí ¿Quiere? −sugirió el Comisario cuando llegaron a la plaza. Ya en el banco, el Comisario Romero ofreció un cigarrillo al cura. Ambos fumaron en silencio las primeras bocanadas. Luego Martín Romero continuó. −Le diré algo, Padre. No quiero parecer impertinente, pero me parece que UD. se preocupa no sólo por lo que pudiera ocurrir al Moise, sino por el Moise mismo. No sé cómo decirlo, pero es algo así como si se sintiera culpable de la misma condición del negro. Lo noté cuando estaba con el negro en la celda ¿Recuerda?
−En cierto modo −aceptó el cura
−No sé por qué le digo esto. Pero tenga cuidado. Si se carga de culpa en el caso del Moise, por qué no hacerlo en el caso de todos los hombres ¿Sabe? Yo creo que todos, poco más poco menos, somos un poco el Moise. Quizás nos vestimos un poco mejor y nos bañamos más a menudo. Pero nada más. Mire a todos estos habladores. De resto, vivimos como él, deambulamos sin rumbo, desolados, como espantos, expuestos a que la muerte acabe de una buena vez con nuestro caso y lo dé por olvidado. Somos el Moise que todos llevamos dentro, como quien dice. −El cura miró con curiosidad al policía.
−No me mire UD. así. Bueno, quizás me pasé con UD. Lo lamento, yo no quise...
−Está bien, está bien… Sólo me llama la atención escucharlo de UD., Comisario. No es el tipo de cosas propias de un policía ¿No le parece? −advirtió el cura
−Bueno. Quizás yo no sea tan policía, después de todo. −dijo Martín Romero, mientras apartaba la mirada de la del cura.
−Sí, y quizás yo no tan cura.
Cuando Martín Romero retornó la mirada, el cura ya había apartado la suya del sitio donde lo había dejado. Quizás trabajar para Montenegro no sea muy distinto que hacerlo para el Papa. La distancia. La divina distancia. El extraño mecanismo inaprensible que teje nuestro destino sin que sepamos cómo, ni queramos saberlo. Saberlo sería romper la magia de la soberbia y anónima burocracia que nos guía y nos empuja al hacer. Mientras miraba al cura de perfil, Martín Romero pensó que hervir en el caldo de la indignación ante una civilización que trataba a los hombre como máquinas y números databa, lo menos, de los tiempos del romanticismo. Podía leerse en Blake, aunque él no lo había leído, sólo oído decir acerca de su desprecio por la Inglaterra industrial. Pero sí lo había leído en Dickens, incluso, antes de que el libro se le tomase aburrido y llegase casi a la mitad; lo suficiente para recordar el modo insistente en que Gradgind hablaba sólo de "realidades". Estuvo a punto de decírselo, pero no lo hizo por temor a parecer impertinente o pedante, y no quiso echar a perder la simpatía que, según creyó, le inspiraba de manera recíproca. Eso de pensar en los hombres como en una tuerca de un enorme y perfecto engranaje o un veinticinco en medio del universo infinito de Z era lamentable. Pero, bien vista su lamentable condición, ¿qué más podía decirse de un hombre que no sonara como dicho por una gran tuerca o un gran veinticinco? Y este cura, si no lo fuera, si la teología no censurara su notoria inteligencia, tendría que reconocer que la religión era una concepción tipo engranaje del mundo y la salvación que propugnaba para la humanidad un plan que nada tenía que envidiarle como tal al cálculo matemático ¿O acaso no estaba todo previamente calculado por la más calculadora de las mentes? De no ser así, menudo embrollo debía sacudir el alma de aquel cura.
Y mientras pensaba en esto Martín Romero notó que con el cura le había pasado lo mismo. Pese a la simpatía que le inspiraba, su discurso se le iba tomando aburrido a medida que avanzaba. Y así, en una rápida revisión, se dio cuenta de las muchas cosas que, como un libro gordo, apenas comenzaban, comenzaba dos o tres páginas más allá su temor al aburrimiento. Bastaba que algo requiriera de su atención, que él sintiera que le era inherente y que participaba, para que no tardara en distinguir a lo lejos, en el horizonte de su ánimo la inconfundible niebla de la indiferencia y el torpor característico, ineludible ya del aburrimiento. Acto seguido, pasaba a ocupar su atención un también ya leve sentimiento de culpa, al principio muy agudo, pero con el que había aprendido a coexistir, hasta el punto de no saber cuán grande podría parecerle si lo experimentara por primera vez. Sentimiento de culpa que, seguramente, también habría experimentado más de una vez ese cura tan hundido, como él, en la absurda atmósfera de Buenaventura pero que no por ello había dejado de quejarse según debía exigir su agotada conciencia cristiana.
−Le diré algo, Padre, que quizás entienda UD. mucho mejor que yo mismo. Una de las ideas fundamentales de ésta, nuestra querida civilización: el amor al prójimo, según el cual cristianos, socialistas, demócratas y demás cancerberos del futuro se quejan de la civilización y el progreso. Pero, si uno lo piensa bien, ¿no luce un tanto hipócrita tanto quejarse de la civilización cuando ella consiste, precisamente, en aquello de lo que nos quejamos? −preguntó Martín Romero.
−Seguro que sí. Y creo que sé bien lo que quiere decir, Comisario. ¿Sabe? cuando llegué a Buenaventura, y de eso hace ya bastante tiempo, me sentí a salvo de una hipocresía así. Fue, le digo, una suerte de liberación, podría decirse, no sólo como hombre, como cura, incluso. Campea por aquí… no sabría cómo llamarlo exactamente... una cruel inmediatez, quizás, que lo seduce a uno, lo enreda en su incomprensible sencillez y lo atrapa. Pero, con el tiempo, esa impresión inicial se gasta, pasa o nos queda corta. No se puede cubrir la conciencia con lo que ni siquiera alcanza para los pies ¿verdad?. En fin, uno queda meramente atrapado, sin saber en qué, presa de qué. Hasta el diálogo con uno mismo aburre. Lo sé. Ya le pasará, yo que se lo digo. Entonces, luego de ese primer deslumbramiento, uno empieza a preguntarse: ¿y para qué es que yo estoy aquí?. Ah, sí, claro, yo era cura.
−Sí, claro. Y ahora que lo dice, recuerdo que yo era policía −Martín Romero soltó la carcajada mientras miraba al cielo. Luego volteó para ver al cura y, con alivio, se percató de que él también reía. Entonces el cura, colocando su mano sobre el hombro del policía, como quien hablara a un muchacho, continuó.
−Se imagina, Comisario, que uno casi tenga que ir a buscar el viejo manual del oficio para ver de qué se trataba. Ah, este Buenaventura… qué le puedo decir… Últimamente hay días en que paso casi todo el día en mi cuarto, hurgando libros o viendo el techo. El tiempo se me hace interminable. Pobre Agustín, digo, si tal era su obsesión. No sé por qué le digo todo esto. Nunca lo he dicho a nadie. Se imagina lo que pensaría un colega, por ejemplo. De muchacho tuve un maestro que siempre recuerdo. Que envidiable manera de permanecer. Me enseñó casi todo lo que sé. Se convirtió en mi modelo, y todavía lo es, creo. Pero no sé cómo le hacía para permanecer tan fresco e inmutable.
−Quizás porque jamás pasó por Buenaventura. −sugirió Martín Romero.
−Es posible. En realidad, me parece que nunca salió de su biblioteca. Hermoso lugar. Yo tampoco lo habría hecho. Yo solía pasar largas horas allí. Nada que ver con la cueva esa en la que habito. No es que me moleste vivir allí, en verdad; pero es algo muy distinto. −el cura miró al cielo y luego continuó− Uno puede tener muchas ideas respecto al mundo, cuando se lo ve como una cosa en la que uno no está. Uno se entrega a la curiosidad sin límites. Pero las cosas cambian cuando se le mira desde adentro, como parte de él. Produce, lo menos, más aburrimiento que curiosidad. −el cura calló durante un instante. Luego habló en voz baja− Me agrada mucho hablar con UD., Comisario. De veras ha sido agradable. Pero ya tengo que irme, y no hemos hablado de aquello por lo que fui a buscarlo.
−El Moise −dijo el policía.
−El Moise. Precisamente. −confirmó el cura.
−¿Qué pasa con él? −preguntó el policía.
−Yo quería pedirle que si aparece de nuevo, lo cual es muy probable, tenga cuidado. Me refiero a que lo cuide de esta gente. Tengo un mal presentimiento, y puede que me equivoque; tanto mejor. Pero no está de más estar atento.
−Está bien, Padre. Esté tranquilo. Tomaré en cuenta lo que dice. No más aparezca lo mantendré al tanto. ¿De acuerdo? −aseguró el comisario Martín Romero.
−Bien, comisario, bien. Estoy seguro que así será de su parte. Bien. Ahora tengo que marcharme ¿Me haría un favor más? −preguntó el cura, ya de pie, a punto de iniciar la ida.
−Por supuesto −dijo Martín Romero.
−Un cigarrillo. −dijo el cura, y señaló el bolsillo donde el comisario llevaba la cajetilla.
−¿Un cigarrillo? Llévese esta caja. Tengo más. −dijo Martín Romero mientras sacaba la caja del bolsillo.
−No, no. De veras, no es necesario. En realidad no soy lo que se llama un fumador. Sólo en ocasiones especiales. Y esta ha sido una ocasión especial.
El policía dio el cigarrillo al cura, se lo encendió. Luego de la primera bocanada, el cura levantó la mano en señal de agradecimiento, se dio la media vuelta y se marchó. Martín Romero vio al cura alejarse, el modo en que su corpulencia se confundía con la penumbra del anochecer, cómo se encorvaba ligeramente tras cada uno de sus largos pasos. Martín Romero volvió al banco, en el que permaneció sentado por un rato más. Las palabras y la voz del cura habían dejado en el ambiente un ligero desasosiego y, al mismo tiempo, una placentera quietud. Este cura parece un buen sujeto. ¿Qué diría Rengifo? ¿Y de cuándo acá te entiendes con la iglesia, Romero? Así que intercambiando pasesitos ideológicos con el opio del pueblo. Bah!. Algo así diría, seguramente. Martín Romero volvió la mirada al camino por dónde se había ido el cura. Pero ya había desaparecido por completo. Me agrada este cura. A esa hora las calles estaban casi vacías. Ah, sí, claro, yo era policía. Tiene razón el cura, claro que sí. Ya me lo he dicho antes. Y ya va siendo hora de que me lo empiece a decir aquí, en Buenaventura. Veamos esa carta. A ver qué se trae Rengifo. Me huele… a mierda. Qué otra cosa.
Así, mientras la noche terminaba de caer, Martín Romero vagaba sin rumbo por el malecón. Una muy sutil claridad persistía adornando el borde de los cerros. El mar golpeaba en las rocas, arrastraba las piedras en su retirada, y volvía a golpear. Que monotonía la de éste. Es mejor que te vuelvas, Romero. Con el viejo muerto ya nada hay que hacer por allá. Un último grupo de turistas había recogido sus cacharros de fin de semana y pasaban colorados, de largo. Todavía pasaban por allí algunos recién acicalados que se disponían al regreso, luego de una merecida libertad de fin de semana. Ahora se les veía, con sus bolsos y almas recogidos, volver al planeta de los lunes de donde habían venido. Martín Romero, embutido de cabeza en su gorra y mirando hacia el mar, no los veía, pero podía sentirlos, como las piedras, supuso, de un planeta invadido sienten a los invasores que se van luego de haber advertido que allí no hay vida.
La carta que traía la noticia aún la llevaba en la mano. Firmado: Rengifo. Estimado Rengifo: he recibido con sorpresa esta noticia ¿Serías tan amable de confirmar esta información? No puedo creerlo ¿Cómo que se murió el viejo? ¿A quién se le ocurre? No seas majadero, Romero ¿Qué quieres? ¿Acaso que te envíe el cadáver para que lo creas? Vete a la mierda. Sí, Romero. El tipo tiene razón. Mejor que te vayas a la mierda. Es un hecho. A esta hora, además, claro, ya debe yacer cuatro metros bajo tierra. Por supuesto ¿Cuánto crees que tardó en llegar la carta ésa aquí, a Buenaventura? Se acabó. Se acabó. Hasta allá abajo se fue mi pequeño dios en miniatura, la rueca personal que tejía el aburrido tramado de mi destino. Ah, sí, claro, yo era policía. Y terminó por sentarse sobre uno de aquellos cañones que apuntaban hacia el mar.
Se sentía tan extraño como el primer día que apareció en Buenaventura, pero con una sensible diferencia; no sentía, como entonces, el impulso de volverse. Al igual que en los tiempos en que estuvo cerca de Montenegro, la ironía de un destino que no se había trazado desdibujaba toda huella que lo vinculara al pasado, los significados de sus propios pasos apilaban la pirámide inacabable del fracaso y volvía a verse, como de costumbre, sumido en un tiempo y un espacio absurdos, sin posibilidad de ser medidos y sin historia alguna que los significara. Hasta que Colmenares le entregara aquel sobre, todo encajaba perfectamente en el absurdo, a no ser por la muerte del viejo, la pieza que, tarde o temprano, lo desencajaría todo. Ojos blancos y manos de noche. Lo apunté en mi cuaderno aquél día, lo recuerdo bien. Allí debe estar. Cómo se te ocurre, Montenegro. Tan bien que me sonó entonces aquella frase, ahora me revuelve el ánimo de ánima del que me alimento desde hace ¿cuánto tiempo? A la mierda con el viejo. Nunca me jodió tanto de vivo como, ahora, de muerto. Si creyera en la justicia diría que no tenía derecho... ¿Derecho a qué? ¿A hacerte algo así? ¿Eso ibas a decir, Romero? Jah!. El comisario Martín Romero se siente como mujer abandonada. Quién sabe. Quizá sea algo así lo que sienten las mujeres cuando el imbécil al que juran amar zás, se escabulle por entre la maraña de las justificaciones ambiguas y sin sentido. Yo morí cuando Amanda juraba amarme, Montenegro muere cuando yo… ¿También lo amabas? Vete a la mierda, Romero. Bueno, no, pero igual que Amanda, si lo tuviera delante de mí, sacaría al maldito viejo del féretro y lo sacudiría hasta arrancarle las explicaciones que merezco. No se trata de explicaciones racionales. La razón sólo la merece quien está dispuesto a conformarse con que dos más dos son cuatro. Transportado al mundo de sus disquisiciones, que se iban apagando conforme se apagaba la luz mortecina de la tarde y el mar se iba tiñendo del gris turbio que antecede a la transparencia de su noche, el policía continuaba a la grupa de su cañón. La débil luz que aún prevalecía en el ambiente provenía de unos ambiguos trazos de claridad que semejaban heridas de un sol vencido por la oscuridad en el imperturbable campo de batalla del cielo. Y aunque nada podía tener de triunfal su imagen de guerrero a la grupa de un cañón desecho, Martín Romero podía sentir el silencio y la quietud como botín de guerra que, pese a los monótonos arrebatos de su inmensidad, el mar no lograba arrebatarle.
Pero bajo la enorme sombra del cielo, Martín Romero comenzó a escuchar algo que no venía del mar, y era bien distinto del rumor de las olas y los escarceos de la brisa. Como si alguien rasgara con mucho sigilo y a lentos intervalos una hoja de papel, lo que fuese que producía aquel sonido parecía acercarse poco a poco por detrás del hombre, que continuó en silencio, atento y sin moverse. Sus consideraciones y disquisiciones, de las que sólo iba quedando una vaga imagen, desaparecieron abruptamente, como si se las tragara el desierto nocturno de su propia inspiración. Pronto se perdieron de su mente los sonidos diversos que venían del mar, y también sus olores, la sombras que había dibujado en la oscuridad, así como la sensación de humedad y frío de su cara al contacto con la brisa. Pronto se diluyó todo aquello porque Martín Romero sólo tuvo atención para concentrarse en el sutil sonido que sentía extenderse a sus espaldas. No tuvo nada más en qué pensar, si pensar puede llamarse a esa especie de parálisis a la que fue cediendo cada parte de su cuerpo, comenzando por la espalda y el cuello, luego los brazos y las piernas, y que lo invadía como una muerte placentera. Sin embargo era cada vez más sensible a aquel sonido, más que sonido movimiento, y más que movimiento presencia como la de esas aves nocturnas que desde la insignificante rama en que se apoyan parecen dominar la noche entera. Pasaron los minutos. Martín Romero estuvo como hipnotizado hasta que el miedo se abrió paso y lo convirtió de contemplador en contemplado, de cazador de imágenes fantasmales en su propia imagen de fantasma cazado. Retornó a su existencia corporal y lo primero a lo que atinó fue en el bulto del revólver en la cintura. Allí fue su mano derecha, al mismo tiempo que se volteaba bruscamente y su mirada se topó de frente con la del mudito, una vez más entregado al rito de admirar la gorra del falso comisario de Buenaventura.
−Vaya, eres tú Mudito.−dijo Martín Romero con evidente tono de desprecio que, pese a sus esfuerzos, no pudo disimular. −Mira que hay que ser loco para acercarse a alguien así en medio de la noche ¿Qué tienes en la cabeza, eh?. Me refiero adentro −agregó, mientras el muchacho se pasaba la mano por los cabellos.
Luego de un prolongado rato de silencio, al que el policía contribuía con leves movimientos de su cabeza que denotaban impaciencia, y el mudito con miradas que, como cometas atolondrados describían las mas diversas trayectorias en el firmamento de la estupidez, ambos se pusieron en camino a la pensión de Rita. Al llegar, Martín Romero dijo:
−Toma. Que Rita te dé algo de comer. −Y dejó al muchacho parado a la entrada. Este se quedó mirándolo hasta que se perdió por la callejuela semi empinada y sinuosa que iba a parar al Claro de Luna.
El Claro de Luna era, propiamente hablando, el primer burdel Buenaventura, el que rompía, y al mismo tiempo coexistía, con la tradición según la cual con veinte cajas de cerveza cualquiera improvisaba uno el fin de semana en la misma casa donde convivía la familia de lunes a viernes. Visto de lejos era corno un cajón que alguien hubiera dejado a toda prisa en medio de los matorrales, dejándolo caer desde lo alto del cerro que que se erguía por detrás de la modesta edificación, hasta chocar contra la sima y hundirse por su propio peso. A diferencia de la mayoría de las paredes de Buenaventura, el frente estaba pintado de azul, y a lo largo de toda la parte inferior podía verse el clásico manchón de sucio que se va encostrando en las paredes donde se recuestan hombres solos. Colgada desde la parte alta, una bombilla de pocos vatios esparcía una luz amarillenta más allá de la cual, detrás del biombo metálico colocado a la entrada y en el que aparecía una rubia semi desnuda junto a una botella derramando espuma de cerveza, el "Claro de Luna" era un hervidero de charlatanería, humo y orines viejos. Al entrar, el comisario lanzó una mirada en derredor hasta que se topó de frente con la cara redonda y rojiza del secretario Valbuena, que lo miraba desde un rincón y le hacía señas para que se acercara a la mesa donde estaba sentado. Martín Romero se aproximó.
−Es poco, pero no me negará UD. que es un paso en la línea del progreso −comentó con estudiada ironía el Licenciado Valbuena. Cuando terminó de beber la cerveza que restaba en el vaso, agregó− Pero siéntese, Comisario, siéntese. Si piensa UD. permanecer en Buenaventura, más vale que empiece a sentir este antro como su casa. No hay más. Vengo aquí dos o tres veces por semana, y doy gracias al cielo por que, al menos, puedo hacer eso. Buenaventura no es distinto aquí adentro, y puede que hasta sea un poco más muerto. Pero, aún así, se escapa uno por un rato de su propia muerte. Esa es, según mi parecer, la virtud esencial de los burdeles. La nausea se la siente sólo al día siguiente.
Martín Romero se sentó y estuvo observando al hombre gordo mientras con sus manos cortas hacía señales a una mujer larga recostada del congelador para que trajera dos cervezas más.
−¿Y a qué debo la invitación? −preguntó Martín Romero
–A nada en especial, Comisario. Mera cortesía con quien, en más de tres semanas, no ha sido objeto de ninguna. Al menos no por parte de Medina, a quien tocaría hacerlo. Pero él, UD. sabe, cansado y viejo, se pierde el sentido de las proporciones. Ahora se la pasa más en su casa que en el despacho. En fin, qué vamos a hacerle. De todos modos, él quiere que vaya a visitarlo. Ya sabe, para conversar... no sé de qué exactamente. De todo un poco, imagino ¿Le parece bien mañana?
−¿Es lunes, no? −preguntó Martín Romero.
−Sí, lunes ¿Por qué? −replicó el Licenciado
−Mejor el martes −afirmó Martín Romero.
−Está bien, el martes. −Confirmó el Licenciado Valbuena.
−¿Sabe? A veces soy presa de alguna superstición. −aclaró Martín Romero luego de un momento de silencio.
−¿Ah sí? −inquirió el gordo con curiosidad.
−Los lunes, cada lunes, quiero decir, representa un inicio, un nuevo inicio ¿Me entiende? Es como si a uno le dieran un nueva oportunidad, como si a uno lo sometieran a una prueba a ver si esta vez lo hace bien. Y yo no quiero nada con las oportunidades ¿Me comprende UD? −decía Martín Romero en voz baja.
−Si. Bueno, en realidad yo nunca lo había visto así. No se me había ocurrido. −respondió el Licenciado Valbuena.
−No me gusta ese tipo de cosas. Me siento… no sé... ¿perseguido? ¿acosado? Creo que algo así podría decirse. −explicó el policía.
−Pero y ¿quién lo hace? −preguntó acucioso el secretario.
−¿Quién hace qué cosa? −replicó el policía
−Lo de ponerle la prueba de los lunes −respondió Valbuena
−Y qué sé yo. ¿Acaso se burla UD., Valbuena? Bueno, pero si quiere joder, jodamos. A ver ¿Cómo voy a saber quien me acosa? ¿Quién inventó el mundo? ¿Quién nos puso aquí a UD. y a mí, y toda la bola de pendejos que constituimos la especie?
−Ah. −exclamó el gordo.
−Dios o el diablo. Qué más da. Lo que importa es que los lunes trato siempre de pasarlos por debajo. Casi no hablo, ni pienso. Si puedo dormir de seguidas, mejor. La idea es aparecer directamente en el martes, cuando ya todos se han dado cuenta de que, pese a la sensación de inicio del lunes, siguen en la misma mierda. Nada ha cambiado. Cero reto y pruebas de fuego. Continuamos. Ahí me siento más a gusto. −concluyó Martín Romero.
Cuando la mujer llegó a la mesa con las dos cervezas, el Licenciado Valbuena se interrumpió a si mismo y, como si aquella fuese la gran oportunidad para reforzar su cortesía, dijo, luego de tomar la mano de la mujer y ponerla delante del policía:
−Clarita. Patrimonio de Buenaventura.
−Payaso. −se adelantó a decir la mujer, luego de retirar su mano, en tono de absoluto desdén. Sonrió a Martín Romero, y éste sonrió también. De pronto, el hombre gordo comenzó a hablar, como si alguien encendiera un radio:
−Bien Comisario, entiendo muy bien. Ya sabe lo que dicen: cada cabeza es un mundo. Si UD. prefiere los martes será el martes. No hay problema. Beba. −dijo el Licenciado Valbuena.
−Veo que no me toma UD. muy en serio. No importa. −se quejó levemente el policía.
−No diga eso, por favor. −dijo el secretario
−Lo que pasa es que aquí, en Buenaventura, no se siente la diferencia. Es como si todos los días fueran lunes. Sólo los fines de semana y los feriados se sienten distintos.
−Claro, por la afluencia de turistas. −interrumpió el Licenciado Valbuena.
−Sí. Y le aseguro que cada uno de esos miserables sí que sabe lo que es un lunes, tanto como yo, aunque nunca se lo digan a sí mismos. −el policía.
−Bueno, quizás exagera UD. un poco, mi querido Comisario. −dijo el gordo.
−No lo creo. −insistió el policía.
−¿Se imagina UD., si todos pensaran así, qué habría sido de la historia humana? −preguntó el gordo.
−La historia es únicamente humana. −sentenció Martín Romero.
−Exacto. Y no habríamos avanzado un paso. Viviríamos como los monos. Y ¿sabe qué pienso? Que aquí en Buenaventura nos ha pasado algo así. Nos hemos quedado como una tribu de monos. Esto es una mina que puede cambiar la vida de todos. Pero nadie tiene los cojones para enfrentar este tipo de dilemas con decisión. Hay que tener visión. −dijo el gordo.
−Visión de futuro −secundó el policía.
−¡Eso! El futuro. −recalcó el Licenciado Valbuena. Bebió de su vaso hasta el fondo, y pidió más cerveza. Luego continuó− ¿Quién puede vivir sin él, eh? ¿UD. cree, mi querido Comisario, que a esto puede llamarse vida? Tenemos todo a nuestros pies, allí, esperando que lo tomemos, y, sin embargo, mire UD. a su alrededor. !Vamos!, ya basta de tarantines. ¿Hasta cuando, digo yo, nos conformaremos de este lado del planeta con vivir como muertos de hambre, orgullosos de nuestras propias migajas? Buenaventura puede ser, como dice Montenegro, una mina, si se sabe dar con la beta. Ya basta de puticas que parecen más bien sirvientas, empanaditas de fogón acaso muy ricas pero que no son precisamente la industria más envidiada en el mundo de hoy, y de bellezas de la naturaleza regadas por allí como sueños de salvaje. La naturaleza, mi querido Comisario, es lo más pobre y cruel para un hombre si no se la pone a su servicio. ¿Dígame UD. quiénes son los grandes hombres? ¿Eh? Los que inventan, Comisario, los que inventan. E inventar siempre es ir en contra de la naturaleza, dar con lo que ella esconde o niega o desconoce, sacudirla hasta arrancárselo o imponérselo. Yo siento que Medina no está del todo convencido, y aprovecho la oportunidad para decírselo, por cierto. Este bar, como todo en Buenaventura, es una mierda. Con Montenegro daremos el salto. Ese sí que tiene visión de futuro. Buenaventura se convertirá en un paraíso. Seamos prácticos. Imagine nada más lo que puede ser éste mar y este cielo en manos de quien sabe lo que valen. Lloverá dólares en este lado salvaje del planeta. −dijo el Licenciado Valbuena y, mientras esto decía, se imaginaba las calles y el malecón llenos de turistas semidesnudos, risueños, y camirojos bajo el sol, vaciando sus billeteras.
−¿Progreso? ¿De verdad crees que este pueblucho cambiará? Bueno. Mientras ¿por qué no vienes a la pieza? Aprovecha ahora que es barato y puedes pagarlo −Soltó Clarita en ese tono de soberbia pueril con que la democracia ha entrenado a los desarrapados para que se sientan seguros en su derecho a la indignación. Luego agregó una de sus clásicas carcajadas que, salida de su boca enorme, se estrelló contra el Licenciado Valbuena. El gordo se limitó a decir
−Compórtate, mujer. ¿Sabes? tienes la boca más grande que la de un burro.
−Ya quisieras tú, gordo apestoso, tener –que digo yo la boca– más grande que la de un burro.
Y al mismo tiempo que esto decía, la mujer retrocedió bruscamente la silla en la que se había sentado y se marchó a otra mesa. El Licenciado Valbuena quedó de nuevo a solas con él Comisario.
−¿Ve? Lo que siempre digo. A dónde ir con esta gente −repuso el Licenciado Valbuena al rato, en medio del cuchicheo y la algarabía de todos en el "Claro de Luna". Calló por un instante, para luego darse el mismo respuesta, como si respondiera al silencio del policía que se empeñaba en permanecer callado:
−Esta gente, mí querido Comisario, no cuenta.
−Más que una cortesía −se animó a decir Martín Romero− esto parece más bien una carta de presentación.
−Bueno, en todo caso, Comisario, fue UD. el que empezó hablar del lunes, el horror por los lunes y esas cosas. Quizás suceda que aquí la gente sienta cosas parecidas. Pero, ahora que lo dice, ¿Y por qué no una presentación? Yo no quisiera pasar, como los demás, por uno que no piensa ni tiene visión de futuro. Claro que no. Como yo lo veo, y si es cierto lo que Medina dice respecto a Montenegro, no hay que dejar pasar esta oportunidad. ¿Qué gracia tiene defender un burdel de pieza? Yo soy práctico en esto, Comisario. Y, la verdad, me temo que Medina pueda extraviarse en sus melancolías de viejo orgulloso y mandamás, y perder las perspectivas. Hay que ceder, en lo que haya que ceder. Si el quiere seguir siendo el hombre que manda en Buenaventura, tendrá que aprender a ser mandado por Montenegro. Venga de dónde venga, el dinero es dinero, y nosotros sólo tenemos esta selva inútil que mira al mar. Así de sencillo lo veo.
−Bien. Pero ¿por qué tan seguro que Montenegro es…
−¿La salvación? −interrumpió el Licenciado Valbuena.
−Sí, poco más, poco menos −dijo Martín Romero.
−¿Por qué pregunta eso? Hasta donde entiendo es así. Medina no habla de otra cosa que de eso. UD. no lo cree así. ¿Acaso no lo colocó aquí el mismísimo Montenegro?¿Por qué está aquí, entonces? −preguntó el licenciado Valbuena.
Martín Romero notó el modo en que el tono del Licenciado Valbuena se había tornado severo. Casi lo emplazaba. Vio la mano regordeta del hombre alzarse para pedir más cerveza. Luego vio sus ojos fijos esperando respuesta. Obsesión e ira. La obsesión y la ira de los que andan tras la tierra prometida, de los que son capaces de matar por ello y jurar amor eterno a quienes se hagan cómplice de ello.
−Quien sabe −reanudó el Comisario Martín Romero− quizás sea tan sólo una forma de escapar de los lunes.
−¡Vamos!, va UD. a seguir con eso, Comisario. Olvídelo ya. Manías, sólo manías. UD. y yo lo sabemos. Hablemos en serio ¿le parece?.
−Hablo en serio −insistió el policía
−Habla en serio. Está bien. Entonces ¿qué hacemos? Montenegro sabe lo que UD. está diciendo en este momento, supongo. Yo, por mi parte, voy y le digo a Medina: olvídelo todo, el Comisario Romero sólo está jodiendo. ¿Le parece?. Ahí sí que se termina de morir el viejo, se lo aseguro.
−Cosa que a UD. le vendría muy bien, supongo −observó Martín Romero.
−Y ¿a cuenta de qué lo dice? La verdad, sí que aspiro un día sustituir a Medina ¿y por qué no? ¿Acaso no tengo derecho, como cualquiera? No me apena decirlo, se lo juro. Pero, además, una cosa agrego: si yo estuviera en el cargo de Medina, le aseguro que este pueblucho tendría otra cara. Eso sí se lo digo, mi querido Comisario. Medina, en el fondo, es un dejado, un burócrata del pasado, que vive de glorias y luces que nunca fueron, o que ya dejaron de brillar hace mucho, si es que fueron. Yo tengo una idea muy distinta de las cosas. Creo en la eficiencia, los resultados prácticos y concretos. No me tome por un idiota. Así que no piense que me va a importunar con observaciones como ésa. Estoy muy claro en lo que quiero. Y, por un momento, pensé que UD. también. Ahora, si quiere que le hable con la verdad, ya no estoy tan seguro.
El Licenciado Valbuena se retiró. Martín Romero amaneció con Clarita en una pieza del Claro de Luna. De nuevo en la calle, hizo el recorrido de regreso hasta la pensión de Rita. Nada quedaba de su afán reflexivo salvo la sensación de haber sido el último cliente de la noche y el primer desconocido del día. Al entrar a la pieza sintió que dejaba atrás una mentira, y que con Clarita se convertía en otra. Una vez metido en la estrecha pieza, la mentira que era se agigantaba hasta quedarle chico el universo. Allí debe estar todavía, pensaba Martín Romero, mientras tomaba su café frente a Rita hablando sola del Moise, como muerta en el sueño muerto de la pieza que comenzaba a calentarse. Allí quedaron sus muslos macizos y sus senos erectos como perritos de circo, la boca enorme llena de chisme y cursilería, sus ojos de ladrona. Apenas amaneció, Martín Romero hizo el último símil estúpido entre la belleza de Clarita y la de la incipiente mañana. La mujer nada dijo. Continuaba inmutable en su sonrisa, acostumbrada a oír hablar de la belleza por hablar. Un culo es un culo, pero cuánto hay que mentir por él.




