textos, pretextos y otras mentiras...

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El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

Claro que tal intención, aunque histórica, como toda forma de conciencia, no es historiográfica, sino teológica. Más esto no cambia el gran problema de un dios y su reino, que, al tener una historia, queda sujeto a pasar y tiempo, y que, pese a su temporalidad, pretende ser el sentido atemporal y trascendente de ese otro contrasentido conocido como historia universal. Todas las historias son particulares, y todos los dioses, por depender de ellas para saber de ellos, también. La que ahora nos ocupa es la de uno que, habiendose desecho de su criatura en un acto de iracundia, pretende recuperarla en uno de gracia. Como se ve, una historia completa. Su temporalidad no está hecha sólo de pasado, sino, igualmente, de futuro,

Venida del polvo, la criatura, a la que un día se le ocurrió poner a prueba su hasta entonces inútil inteligencia e inoperante voluntad, fue arrojada sin contemplación del paraíso en el que su creador la había puesto a morar por la eternidad con el propósito de ser adorado. Curioso dios éste, cuyo ser está sujeto a reconocimiento del otro inferior. Vaya y pase, El caso es que, sorprendida en su osadía, la criatura fue maldecida con la muerte. Finita y mortal, se convirtió en pecador. De este modo, con la caída, Dios rompió el lazo entre creador y criatura, que pretende restituir con la salvación. No obstante esta riptura pcasionada por la rebelión, al rebelde se le exige seguir adorando al que, implacable e iracundo, lo expulsó de su seno, so pena de nunca retornar al paraíso, y en el entendido de que si retorna es porque así lo quiere su dios, y no para otra cosa que para seguir adorándolo. Por mucho menos, el engendro de Frankenstein, también creado a la imagen y semejanza de su creador, se suicidó, Tal fue la forma de vengarse de su creador: hacer imposible la reconciliación. Pero mientras que el engendro de Frankenstein carece de historia -por eso no puede existir como ente temporal- a la criatura de Dios es lo que le sobra. Finita y mortal, no tiene por qué suicidarse, ni razón alguna para recuperar el reino del que fuera arrojado: como ente temporal, para existir sólo requiere de hacerlo históricamente; vale decir, con un inicio y un final, más allá del cual todo es de ultratumba. Más allá de toda historia, es este dios el que rerquiere que la historia continúe. De allí la salvación, con la cual pretende recuperar la criatrura para la vida eterna al final del tiempo. Como quien dice, aunque entre criatura y pecador la diferencia es nada más y nada menos que la historia, aquí nada ha pasado. No obstabte, ante tamaña sutilrza, habrá, pues, que considerar sus implicaciones.

Por otra parte, al parecer, el ahora pecador luce más duro de corazón de lo que cabía esperar el día de la maldición. Este dios, que como creador lo ha echado al abismo de la temporalidad, de una patada en el culo, como Salvador pretende traerlo de vuelta a casa, proporcionándole la escalera de la gracia. A los efectos, envía ese emisario de alto rango que llama Redentor, a ver si el muy infame entra por el aro y se decide de una buena vez a portarse como siempre ha debido hacerlo desde que fue creado: sumiso adorador. Como antes la Caída, ahora la Salvación coloca de nuevo a la criatura a decidir entre tiempo y eternidad. Suerte de caída al revés, con la Salvación ya no se trata de la maldición que empuja, sino de la gracia que jala. Los resultados definitivos de tal pugna entre cielo y tierra los veremos el día del juicio final, cuando Dios anuncie que la existencia temporal ha terminado, y proceda a repartir la ralea de pecadores entre el paraiso y el infierno. Mientras, empujada por la voluntad del pecador, la historia ha de continuar su curso, pero sólo como parte de un proyecto divino y trascendente al pecador mismo, y que éste, en esencia, desconoce. Veamos en qué puede consistir un proyecto semejante, llamado a dar a la historia el sentido trascendente del que por sí misma carece.

A codazos metafísicos -y no sólo metafísicos, por cierto- se hizo su sitio el dios cristiano en un universo pagano. Para ello, a partir del idealismo platónico, racionalizó la existencia temporal, haciendo de ella la parte superficial y evidente del inescrutable proyecto que la desencadena, la mueve y le otorga significación. El devenir, para el paganismo mero sujeto de la intervención irracional del azar y la fortuna, la teología cristiana lo convirtió en designio del Creador. Con ello, el mundo no dejaba de ser absurdo. Mas el absurdo ahora tenía dueño, y pasa a ser fuente de revelación y de fe, exclusivos de un dogma religioso. De modo que este dios no ha aportado lo más mínimo al despeje de la incógnita de la existencia temporal. Sin embargo, al adueñarse de la incógnita, la ha puesto a su servicio y transformado en la palanca de su expansión en el ámbito del mundo histórico. El sin sentido vital de la existencia temporal ha sido convertido en misterio de la teología. Por eso los antiguos no tuvieron un libro religioso ni sagradas escrituras que dieran cuenta de la existencia temporal. Para vivirla, les bastó la ciencia, el arte, y la filosofía.

Es el cristianismo el que hizo de la ciencia brujería, del arte veneración y de la filosofía teología. Así como la gracia es exclusiva prerrogativa de Dios, en la que el hombre para nada interviene, tampoco en lo desconocido ha de tener la inteligencia jurisdicción alguna. Vieja táctica la de este dios de oponerse a toda forma de conocimiento por parte de su criatura, ahora que la historia se le ha ido de las manos sólo le queda posesionarse de su misterio temporal como única manera de darle un sentido, que no es otro, claro está, que el del advenimiento de su reino mismo. Este posicionarse como sentido de la historia es lo que proporciona a este dios la base de operaciones metafísica desde la cual actúa como Salvador. Misterio de la Santísima Trinidad, la llama, y es el arquetipo del que emana la verdad a modo de revelación; verdad en la que debemos creer, aunque no podamos comprender. Lo primero que nos revela el arquetipo es que Jesucristo es una de los tres entidades en las que este dios se desdobla a un mismo tiempo. La verdad os hará libres, y hasta puede que algo necios también.

Bien poco es lo que se sabe de Cristo. Incluso hay sólidas razones para dudar de su existencia histórica. De lo que sí podemos estar seguros es de que se trata del hijo de Dios, Relación filial ésta cuyo único sentido acaso sea la correspondencia que guarda con el signo patriarcal al que tributa. Podemos estar igualmente seguros de que el Padre delegó su concepción en el Espíritu Santo. tercer integrante de la misteriosa tríada y que, a diferencia de Cristo, su par en este hermético cuerpo colegiado que rige los destinos del cosmos a partir del Nuevo Testamento, escapa al esclavizado antropomorfismo y adquiere forma de paloma. Lo cual ha debido ser de una gran ventaja a la hora de cumplir, con la discreción que se requería, la crucial misión que Dios le encomendara. Tal encomienda ha de ser cosa igualmente segura, pues dudar de ello seria tanto como incurrir en el sacrilegio de suponer que el emisario actuó por cuenta propia. Y ya sabemos de la ira de Dios cuando a sus espaldas se actúa. No sabemos nada acerca del criterio en que se basó el escogimiento de la Madre, ni del curioso hecho de que fuera virgen, pese a ser casada. De lo que sí podemos estar seguros es de que lo que para el pecador es un dato capcioso, para el Creador puede ser signo de virtud. Y si se tiene en cuenta que éste es otro detalle que tributa al patriarcado, el asunto se torna muy coherente. Por otra parte, es del todo comprensible la pelea que el súbito embarazó desató entre marido y mujer. Sin embargo, más allá de este inconveniente menor y de los malintencionados comentarios de los vecinos, al tenor de los cuales un modesto y sacrificado carpintero quedaba tan mal parado, la cuestión no pasó a mayores. Todo lo cual hace de este dios, a diferencia de Zeus y demás dioses del Olimpo -y si no es que su género forma parte del mismísimo misterio- un asexuado y, con ello, una entidad lo suficientemente abstracta como para que el misterio sea lo suficientemente impenetrable por el rigor lógico y mundano del ahora pecador. Además, después de todo, no sería la primera vez que este dios se ve envuelto en líos de falda.

Lo malo de las verdades que sólo son accesibles por la fe −gracias a que son inaccesibles por la razón− es que su misterio es presa que nunca escapa al rigor lógico y mundano del ahora pecador. Cómo explicar el que, para acceder al pecador, el todopoderoso creador haya tenido que recurrir a artimañas tales como hacerse de un hijo y de una paloma que lo engendre. Aquí ha pasado algo. O este dios ya no confiaba en sus capacidades como creador −y buenas razones que tendría para ello− o el haberse convertido en gestor de un proyecto histórico desvirtuaba hasta el colapso su condición de dios. Acaso las dos cosas, pues una es la consecuencia de la otra; sea cual sea el orden que se dé a la relación, se condicionan entre sí. En cualquier caso, con la Caída, se ha abierto la brecha ontológica en que este dios se hunde y se degrada. Es lo que tan engorroso y poco edificante misterio pretende infructuosamente corregir.

En efecto. Si este dios, hundido en la iracundia, no hubiera cometido con la Caída el crucial error con el que su creación devino proceso histórico, no se habría visto envuelto en estos líos de baja categoría que implican la aparición de Cristo y el Espíritu Santo, y con los que da inicio el melodrama de la Salvación. Ésta no es otra cosa que el modo en que el triunvirato del misterio intenta hacer control de daños tras desastre desencadenado con la Caída. Lo poco que exigía a Dios la criatura se lo ha multiplicado por mil el pecador. Es el gran problema de la historia: todo el mundo sabe donde empieza, pero nadie a dónde va a parar; ni siquiera Dios, ya que, si lo supiera, no sería historia y no habría que esperar por el final de los tiempos para saber a dónde va.

De hecho, si este dios, ahora convertido en triunviro mayor, lo hubiese sabido. no la hubiese dejado pasar por el boquete que dejó abierto en la eternidad la expulsión de la criatura. Pero lo hizo. Cegado por la rabieta, le propinó la patada en el culo que se volvería contra él mismo. Entonces hubo Jesucristo de asumir la ruda tarea -comparada con la del Espíritu Santo- de entenderse directamente con el pecador, muy a diferencia de la criatura, auténtico experto en cuestión de abandono cósmico y el sin sentido de la existencia temporal. Tarea ruda por sus dimensiones, la venida de Cristo es la lectura histórico-política que este dios hace de su malogrado proyecto. Su emisario llega dispuesto a darse un baño de desgracia en medio de la chusma a la que pretende agraciar con la posibilidad del retorno. Según los evangelios, viene a dar fe de la misericordia del Señor y anunciar su gracia como instrumento único de Salvación. Jesucristo es el plenipotenciario al que es dable otorgar al pecador el salvoconducto que se requiere para un viaje de retorno sin contratiempos.

Que se sepa, hasta ahora, en la historia del cosmos este dios es el único que se ha plantado a buscar su razón de ser en la historia. Dispuesto a hacer lo que dios pagano no habría hecho nunca, viene a tomarse en serio la historia, convertirla en eje en torno al cual gira su divinidad y con ello, como quien dice, mundanizarse a sí mismo. Este dios no va al mundo como Zeus, seducido por una fémina, para copular con la cual se convierte en lluvia, sin que eso afecte en nada su naturaleza divina e inmortal. Por ek contrario, este dios lo hace para padecer la existencia temporal y morir en la experiencia. Que posteriormente resucite no es sino el modo de imitar la futura experiencia del pecador una vez tocado por la gracia. En otras palabras, si Dios creó a su criatura a su imagen y semejanza, para salvarlo ha debido él mismo ser a la imagen y semejanza del pecador. Por lo demás, esta mundanización se expresa en el escenario del dolor y mediante la exaltación del patetismo propios del melodrama, es decir, apela a la semántica del sufrimiento. Porque este dios no sólo busca parecerse al pecador, sino a los más pobres de la ralea, que son la mayoría. Si con la Caída la criatura ha devenido pecador, con la venida de Cristo el pecador adquiere la forma histórica de la muchedumbre. Lo cual no es dato menor, y sugiere que la diferencia entre la Caída y la Salvación no la hace la metafísica; ni siquiera la teología, sino la política. Dios no sólo ha creado la historia. A estas alturas, su divinidad ha sido contaminada de dialéctica; su ser pleno de devenir.

En el mito de Prometeo, el hombre, creado como bestia más o menos inteligente para hacerse cargo de labores como la agricultura y la cría, recibe del condolido héroe el conocimiento. De esta manera colabora con la semibestia para aliviar su pesada carga. Sólo que, para ello, Prometeo ha debido robar el conocimiento a los dioses. Por lo que tal generosidad le cuesta el más cruel castigo. El conocimiento tiene aquí un valor eminentemente práctico, y el castigo no es más que el modo en que recae la justicia sobre aquel que ha subvertido por su cuenta el orden impuesto desde el Olimpo. Por el contrario, en el mito cristiano el conocimiento tiene un valor moral, es en sí mismo el móvil de la subversión y, por lo tanto, la causal del castigo. Pasa que el hombre de la mitología griega es creado como bestia, mientras que el del cristianismo es perfecto; imagen y semejanza del dios que lo crea, aunque se trate de un inocente sin conciencia llamado a adornar los jardines de la eternidad. La diferencia aquí es clara. Para la mitología pagana, el mundo de los dioses y el mundo de los hombres, aun cuando pueden relacionarse eventualmente, son dimensiones diferenciadas y excluyentes entre sí. Los dioses no lo son para darle sentido alguno a la historia y, con su indiferencia respecto a lo que en ella ocurra, reafirman su sin sentido esencial como tales. En un mundo así, el ser histórico no se salva de la muerte. Más bien ve en ella la posibilidad de librarse de la existencia temporal. Sísifo o Tántalo, y el mismo Prometeo, entre los grandes condenados de la mitología pagana, lo son, precisamente, por no morir nunca: dicho esto no en el sentido de gozar de la vida eterna, sino por tocarles vivir eternamente, una y otra vez, su finitud y temporalidad.

Al tenor de su concepción dialéctica del cosmos, el mito cristiano invierte esta lógica. El mundo de la historia y el mundo de la divinidad son concebidos como dimensiones concurrentes en el mismo proceso total y llamadas a integrarse en la síntesis del reino de un dios que, de mero creador de la historia, se ha historizado a sí mismo, como único modo de que el pecador retorne al paraido del que una vez lo echara. Su gracia disimula como capricho y poder divinos lo que, en realidad, es degeneración del su ser divino. De manera que Dios sólo puede ser dios en conexión con la historia. Y no en conexión formal, caprichosa o eventual; sino total, estructural y dialéctica.

Por cruel que pueda parecer, todo el mundo sabe por qué fue castigado Prometeo. En la explicación consiste el mito. Pero si uno se pregunta por qué fue sacrificado Cristo, paradigma de bondad, nobleza y obediencia, la respuesta no es tan fácil de encontrar. No está en los evangelios y las historias que recogen, sino en la lógica misma que rige la teleología cristiana, en virtud de la cual el Salvador tiene que morir a nombre del proceso total y de largo plazo de la Creación, como parte de la dialéctica que integra a lo divino y lo histórico en una misma historia hacia la eternidad. Con ello la muerte, tanto para Dios como para el hombre, no es, a diferencia del mundo pagano, un acto de liberación respecto de la existencia temporal, sino su trascendencia a modo de eternidad. En tal sentido, Dios no está dispuesto a salvar al hombre por misericordia −lo que, desde el punto de vista político, no puede considerarse sino vulgar propaganda− sino porque así lo requiere en tanto que dios, ya que no habría otra manera de restablecer el reino que él mismo ha desmantelado en un arranque de ira y el decreto de la Caída.



Con un pecador muerto y sin trascendencia, el fin de la historia es, en la lógica de la teleología, el fin del reino o, más exactamente, la no conclusión de su Creación. La eternidad, el fin último de la Creación y, con ella, de la historia, sólo es posible con un pecador salvado de la muerte o, para decirlo con más precisión, uno que, pese a morir, pueda seguir siendo la criatura que acompañe a Dios en y por la eternidad. Sólo los dioses paganos, para los que la historia es mero envite y azar, espectáculo que aburre o entretiene, se pueden dar el lujo de ser indiferentes ante la muerte como signo de la existencia temporal. Por el contrario, el este dios cristiano no, pues es mucho lo que pende y depende de ella; para comenzar, el alma, que, en apego a su escatología, viene a ser una suerte de reencarnación de la criatura con la que Dios espera algún día refundar su reino.

Pero para el dios que ha hecho de la historia la única dimensión en que la gracia puede tener sentido como instrumento de salvación y puerta abierta hacia su propio reino, él mismo ha de morir en ella y por ella. Más que de misericordia, es cuestión de lógica dialética. Este dios se mundanizó muriendo; no por el pecador, sino como modo de perpetrar su divinidad como sentido de la historia de la que el pecador es protagonista desde la Caída. Dios no se interesa sólo por el principio y el fin de la historia; sino igualmente por el desarrollo del proceso mismo. No es la primera vez que un dios desciende al mundo histórico. Zeus lo hacía, con relativa frecuencia, a veces con propósitos, tan poco edificantes para un cristiano, como copular, o tan crueles como vengarse de algún hombre o algún semidiós. En todo caso, era éste descenso que en nada afectaba el sinsentido esencial del mundo histórico. Es con un dios que muere y que, muriendo, abre las puertas de la salvación al pecador, que el mundo histórico se convierte en antesala del estadio superior de la existencia eterna. A los efectos, la narrativa del melodrama de la Salvación opera en base a dos datos principales. Por una parte, la diferenciación respecto al mundo pagano y, por la otra, la definición de la humanidad como pueblo elegido. Aquí el cristianismo da pruebas de una racionalidad ideológica y política que contrasta grotescamente con su fantasía mítica y metafísica.

En efecto. La originalidad del cristianismo en tal sentido es única. La idea de un dios único, y por tanto el único verdadero, tal cual fue planteada por el judaísmo, fue un paso crucial en este camino. Pero, con el cristianismo, el dios único no se identificaba con un pueblo en particular, sino con la humanidad entera. El pueblo elegido ya no será éste o aquél, sino el hombre como animal histórico. La universalización de la criatura era, a la vez, la universalización de la historia como parte del universo divino. Con ello, el resto de los dioses habidos, pasaban a ser cacharros míticos, falsas entelequias, idolatría y herejía. Aparece así la intolerancia religiosa, relativamente extraña para el hombre del mundo antiguo y signo distintivo del cristianismo. Lo que no tardaría mucho tiempo en ser motivo de inspiración de su liderazgo para acometer los crímenes más infames de la historia a nombre de la verdad en cuestión religiosa. Si la muerte, según Pablo, entró en la historia de manos de un pecador, con el advenimiento y expansión del cristianismo se institucionalizó como terror y disposición al exterminio. Y no me refiero aquí sólo a la muerte física, que pocas no son las almas con las que que este dios se ha hecho por esa vía. sino, más aún, al crimen cultural, el etnocidio que ha conducido a la hoguera de la verdad segmentos completos de la historia humana. Del cristianismo de las catacumbas al de la corte romana se desarrolla este período de posicionamiento del dogma. En este sentido, muy probablemente este dios deba más a Cesárea y Agustín, que al mismo Cristo, los doce apóstoles y los cuatro evangelistas juntos. Y si uno compara lo bien que habla la Iglesia de Constantino con las pestes que emplea para referirse a sus sucesores, no debería caber mucha duda al respecto.

Pese a los aportes de la patrística, el cristianismo fue, hasta Agustín, dogma de fe sin filosofía. Sólo la tuvo tras echar mano del paganismo e inventar lo que nunca cupo en el pensamiento antiguo: la filosofía de la historia. Los antecedentes se encuentran en Eusebio de Cesárea y su concepto de historia universal, en virtud del cual el Imperio Romano no fue sino hechura divina con el propósito de dar espacio histórico a la religión de un dios que, como el cristiano, demandaba la revelación de sí mismo como el único y verdadero. Con lo cual, atrás quedaban los tiempos en que la historia era un juego entre fortuna y virtud, en un ciclo constante y repetitivo de nacimiento y muerte, tal y como había sido concebida en el marco de lo que, desde entonces y gracias al cristianismo, se conoce como paganismo. El que concluye lo que Cesárea inició con el auspicio del emperador Constantino, fue San Agustín. Si con aquél se consagró el dogma como institución oficial del imperio, con éste se implantó como la base ideológica de la historia del mundo occidental. La Historia de dos Ciudades es el primer manual de teleología aplicada.

Concebido a raíz de las invasiones bárbaras del 400 y sus efectos traumáticos para la Roma imperial -lo que no pocos se apresuraban a interpretar como el fin del mundo- San Agustín se afanó en la tarea de dejar claro que el fin del mundo era asunto que sólo Dios podía decidir a discreción y que no cabía a los mortales sacar conclusiones al respecto, basadas en profanas consideraciones de orden político o militar. Claro, el fin de los tiempos no podía tener ámbito temporal. Es parte del misterioso proyecto divino, del que, sin embargo, la Historia de dos Ciudades nos da la versión particular de este padre de la iglesia católica. Más que un aporte teológico, esta obra es el modo en que la teología, al fragor de aquella crisis histórica, sale a plantar cara a la historia misma, y lo hace en términos filosóficos. Así, la filosofía de la historia nace como subsidiaria de la teología y herramienta ideológica estratégica del proyecto divino de un dios que deja de ser entre otros a lo largo de la historia, para convertirse en el dios de la historia. A través de Agustín, el primer especialista en el tema del tiempo, la dilosofía de la historia corrije la plana al dios de la creación y pone orden al desorden que éste ocasionara con la Caída,

En efecto. Dividiendo la humanidad entre los descendientes de Abel y los de Caín, construye Agustín la genealogía de la criatura, gracias a la cual los primeros son objeto de salvación y los segundos de condenación. Si bien alegóricas, las ciudades de Agustín no son una representación maniquea de cielo y tierra, paraíso e infierno, sino una representación maniquea y caprichosa de a quiénes toca ir al cielo y a quiénes al infierno, A esto se ha dado el pomposo nombre de doctrina de la predestinación. No hay cómo saber el modo en que aquél que ha proclamado a los cuatro vientos la naturaleza impenetrable de los designios de su señor, no obstante, le es dado conocer cómo éste ha decidido distribuir su gracia. En cualquier caso, y en correspondencia con la mencionada doctrina, las ciudades de Agustín son, en sí mismas, históricas, coexisten como dimensiones distintas de la existencia temporal. Pero, al mismo tiempo, esta coexistencia, determinada así por secreto designio de Dios, nos indica que el curso de la existencia temporal no es autónomo ni independiente. sino que está sujeto al proyecto divino; responde a él, tanto en su forma como en su contenido, independientemente de lo que en ella suceda al pecador y del modo en que éste se comporte.

Con esta suerte de autoconcepto hegeliano muy anterior a Hegel, este dios ha dejado de ser el mero espectador de la degeneración temporal de la criatura y que aguarda su retorno a la vida eterna. Gracias a la teleología agustiniana, se convierte en protagonista de su propio proyecto. Historia de dos Ciudades dista mucho de ser un libro de historia, y no menos de ser una fantasía teológica. Entre Heródoto y Agustín hay tanta distancia como entre éste último y los evangelistas. Si de lo que se trata es de robustecer el divino proyecto de Dios en los predios del mundo temporal, bien sabe Agustín que Lucas o Mateo aportan mucho menos que Platón o Aristóteles. En sus manos, la filosofía de la historia ha sido el metafísico adiós de la iglesia al cristianismo de catacumbas y el abrir sus puertas de par en par a la lógica dialéctica. El dato más significativo aquí es que Agustín mira hacia la historia no como mera consecuencia del acto que hace de la criatura un pecador, sino como continuidad del acto creador mismo. Con lo cual nos presenta a un dios que piensa la historia como un estratega, la contempla como el reino que debe conquistar. Más que un objeto de misericordia, el pecador es un objeto de conquista. Con un empujón así, con la determinación intelectual que carga en hombros de la filosofía el proyecto que hasta entonces a duras penas arrastraba la teología, lo más eterno para este dios ha de ser la deuda que adquirió con San Agustín. ¿Quién puede asegurar que no somos sino personajes de una pesadilla soñada por Dios? No lo digo yo. Es su acreedor quien pregunta.

Desde Pedro, y a cabalgadura de lo eterno, este dios ha venido arrasando los campos en que alguna vez florecieran los más ricos frutos del humanismo pagano. Como el de Atila, dónde su caballo pisó, la hierba no volvió a crecer. Pero, al mismo tiempo, se hizo con los despojos de lo que exterminaba al pasar. Por intermedio de la obra de Agustín, Dios ha librado una batalla más, pero no por ello menos fundamental que todos las anteriores juntas. En la guerra titánica que desde la Creación sostiene contra su propia criatura, ha logrado establecer su más importante cabeza de playa en los dominios de la existencia temporal, y a partir de la cual puede avanzar con paso firme. Sin duda que la experiencia de la venida de Jesucristo fue un paso decisivo, y el que a la larga permitió hacer del Imperio Romano la plataforma histórica de su expansión ecuménica. Pero sin Agustín todos sus logros históricos se habrían hundido junto con el Imperio, del que se convirtió en el más servil y envidiado heredero. Es gracias a Agustín que la visión teleológica del devenir se impuso como modelo de la existencia temporal. A esto se refería Nietzsche cuando calificaba a la historia de la filosofía, desde Sócrates, de decadencia.

Pero la criatura no sólo ha sido incluida filosóficamente en el proyecto divino. Políticamente también. Nada sabemos de la existencia de Dios. Y lo que se nos exige saber respecto a la existencia histórica del hijo que envió como prueba del proyecto divino es tomado del Nuevo Testamento, en lo fundamental de los evangelios, redactados lo menos medio siglo después de la muerte de Cristo. A falta de fuentes históricas más fiables, este dios ha debido apelar a la apologética y la propaganda para dejar constancia de su compromiso con el pecador y con la historia. En este sentido, Jesucristo ha sido el personaje en torno al cual gira la cosmogonía cristiana. Aunque su reino no sea de este mundo, es la carta credencial con la que Dios se juega el reino en este mundo. Menos mal y lo que aquí nos interesa, más que la existencia histórica del sujeto, es lo que representa en la relación dios–historia que nos ocupa.

A decir de los evangelios, Jesús de Nazaret fue un predicador judío, itinerante, campesino que vivió a comienzos del siglo I en las regiones de Galilea y Judea, y que murió en Jerusalén, en torno al año 30. Su vida pública duró de uno a tres años, según sea el evangelio que se considere. Fue discípulo de Juan el Bautista. El tema de su prédica era el reino de Dios, del que, aseguraba, era El Mesías. Su misión como tal era redimir al hombre del pecado; esto es, negociar con el pecador el retorno al paraíso y el goce de la vida eterna, a cambio de la única cosa que podía salvarlo de ir directo al infierno: la gracia de Dios. Según Lucas, la llegada de Jesús fue profetizada por su primo, Juan el Bautista, quien lo bautizó en el Jordán, célebre evento en que participó el Espíritu Santo en característica y ya clásica forma de paloma. De acuerdo a los demás evangelios, el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto. Allí ayunó durante cuarenta días y resistió las diversas tentaciones del demonio. Luego de lo cual arribó a Galilea, en donde inició su prédica.

Como se sabe, con la entrada de Cristo en la escena cósmica, este dios asume una doble naturaleza: divina y mortal. Al margen de la polémica teológica a que ello ha dado lugar, se presenta, además, una contradicción difícil de resolver. En efecto. Los relatos que hacen referencia al nacimiento de Cristo proceden de los evangelios de Mateo y Lucas, que guardan entre sí muy significativas diferencias, particularmente respecto a sus genealogías. La de Mateo se remonta a Abraham, y la de Lucas a Adán. Respecto al lapso comprendido entre Abraham y David, estas genealogías son idénticas. Pero, a partir de éste último, Mateo hace descender a Jesús de Salomón, mientras que para Lucas desciende de Natam, otro de los hijos de David. Cualquiera sea el caso, uno se pregunta, si lo que aquí se está mostrando es la ascendencia de José ¿no estaba claro, según el relato de estos mismos evangelios, que José era sólo el padre putativo? ¿Qué tiene que ver el linaje cuando, como hijo de Dios, nacer es descender del cielo? Aunque así sea, es muy comprensible que, desde el punto de vista social, se requiere adjudicar a tan importante personaje algo del abolengo que se remonta a los tiempos más antiguos.

Sin embargo, la prédica de Jesús en bien poco se corresponde con la de un sabio aristócrata. Se trata, más bien, de un campesino que predica al campesino. Gran parte de su vida pública transcurre al norte de Galilea, especialmente en la ciudad de Carfanaúm. También visitó el sur de la región, incluso Nazaret, donde fue tratado con hostilidad por sus convecinos. Su prédica se extendió igualmente a Judea. Visitó Jerusalén, Jericó y Betania. De Galilea salieron los apóstoles. Predicó tanto en sinagogas como al aire libre. A menudo, su prédica se vale de la parábola, de carácter enigmático y contenido escatológico. Se trata, pues, de un personaje y de una prédica provinciana y popular, en la que el reino, más que la única opción que le queda al pecador para no seguir directo al infierno, mas bien se nos presenta como la esperanza para el que sufre. El dios del que habla este predicador busca a los marginados y oprimidos, a los que ofrece su misericordia. La vida pública de Jesús incluye diversos eventos que refirman su naturaleza divina. Si nos apegamos a los evangelios, un inventario incluiría veintisiete milagros, cinco exorcismos, tres resurrecciones, dos prodigios naturales y tres signos extraordinarios. Todos ellos son actos sobrenaturales que, en alguna medida, vinculan la naturaleza divina de Dios con una situación general de pobreza.

Visto desde el Antiguo Testamento, Dios es un iracundo descargando su cólera que, a modo de anatema y maldición, recae sobre aquél que, teniéndolo todo, sin embargo, sucumbe a la tentación del demonio. Suerte de padre justiciero, éste es un dios que, muy a su pesar (cosa que no sabemos) somete a su criatura a la dura pedagogía del sufrimiento. Pero, visto desde el Nuevo, la cuestión parece haber cambiado. A Dios no ocupa ni preocupa la experiencia de la criatura como pecador. Pareciera que el episodio de la Caída nunca hubiese tenido lugar, que este dios no viene a aplicar justicia al pecador, sino a mostrarse condolido, amoroso y solidario con su sufrimiento y su pobreza. Nadie sabe cuánto tiempo transcurrió entre la Caída y la venida del Mesías. Tampoco qué hizo Dios mientras tanto. Pero, de entonces a esta parte, lo que una vez fue objeto de maldición, se ha tornado sujeto de devoción. Demasiado ocupados del Hijo, los evangelios dejan una enorme laguna respecto al Padre.

De esencia pura, Dios ha devenido presencia dialéctica. Apelando menos a su dignidad que a su astucia, y valiéndose de una versión antropomórfica de sí, se diría que es éste un dios que se propone reconquistar su criatura, no ya desde el paraíso del que la ha arrojado, sino desde la temporalidad misma al que la arrojó. Se convierte así en uno que, además de ser el origen de todas las cosas, se aventura también a ser el porvenir de todas ellas. Si con el Creador del Antiguo Testamento la criatura era objeto y fin de la Creación, con el Mesías del Nuevo el pecador ha sido convertido en medio e instrumento de ella. Ahora, de cara a la historia que desencadenó, es que toca a Dios realizar su reino, para lo que requiere del pecador, sin el cual no hay objeto de gracia, sin gracia no hay salvación y sin salvación tampoco hay recuperación del paraíso. Consecuencia de haber arrojado a la criatura a la historia, para recuperar su propio reino este dios depende ahora no de un inocente, sino de un pecador. Salvando al hombre, este dios, en realidad, no está haciendo otra cosa que salvarse a sí mismo. Al descender al mundo histórico, Él mismo ha caído, devenido. Con lo que en cierto modo ha desvirtuado su esencia -si es que alguna vez la tuvo, como en consecuencia cabe aclarar- y se ha insertado a sí mismo en la existencia temporal de aquél al que condenó con la marca de la muerte. Y si tuvo que hacer esto como único modo de recuperar su criatura, entonces queda demostrado que la Creación, en tanto que acto exnihilo, de bien poco sirvió. Con ello, este dios ha puesto en evidencia que su reino no pudo ser creado de un porrazo, y que sólo como fin último de un proyecto histórico es posible terminar de crearlo.

Y es precisamente aquí, en esta decisiva historización de lo divino, donde la pobreza juega un papel fundamental como valoración histórica y simbólica de la criatura. Dios ya no se interesa por una criatura pura, un inocente que sólo como banalidad puede caber en el paraíso, sino por una realmente temporal, mortal, histórica, en ejercicio de su voluntad, social y económicamente estructurado en estratos de ricos y de pobres. Dios no vino a salvar un inocente arrepentido de ya no serlo, sino al pecador en pleno ejercicio de su temporalidad y en sus múltiples y más diversas formas de manifestarse: la adúltera, la prostituta, el andrajoso, el miserable, el ciego, el avaro, el paralítico, el leproso. De modo que, hasta en su empeño de salvar al hombre de la muerte -o de demostrar que a eso viene- este dios predica a los muertos mismos y los pone a caminar. A todo ello es inherente, a su vez, un no menos calculado desprecio a poderosos y ricos que le granjee el apoyo que su proyecto requiere de la mayor cantidad de pecadores, léase las mayorías. El hombre histórico que este dios, como mesías, se ha propuesto salvar es expresión de la más cruda forma histórica de la voluntad de poder: la lucha de clases. Mientras más arruinado el pecador mucho mejor para un dios que se ha arrojado él mismo al tiempo y la historia, buscando alcanzar la gracia mortal de que el pecador reconozca y acepte la que él le ofrece como divino camino a la eternidad.

Nadie duda que lo que permitió al cristianismo pasar de un movimiento sectario y localista a uno de los más hegemónicos y expansivos, mas que la verdad revelada y absoluta, fue poner la verdad relativa del hombre pobre en devenir al servicio del dios que, se supone, lo ha creado. La criatura, ahora pecador, se hacía así con una nueva causa para volverse a rebelar, pero ya no contra su Señor celestial, sino contra el imperio de los señores de la existencia temporal, el de los ricos; es decir, el de los pecadores que siempre han sacado el mayor provecho de la primera rebelión. A cambio, Dios lo releva de aquel primer castigo devolviéndolo al cielo, al costo, claro está, de volver a ser, tal y como estaba originalmente pautado en la Creación, su sempiterno servidor. Así, el Nuevo Testamento puede leerse como un replanteamiento táctico de la estrategia ya anunciada en el Antiguo. La criatura que en aquel cayó tras desatar la ira de dios, en éste se le recoge como pecador por la gracia de su Señor.

A César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, nos recuerda el redentor. Con lo cual el Nuevo Testamento es un tratado de desprecio y aborrecimiento por la historia, en el que Jesús y la gracia hacen de hipótesis principal. La universalización del dios cristiano como verdad eterna tiene su corolario en esta particularización ideológica de Dios como el hombre histórico venido a hacer a la pobreza, en el cielo, el sitio que jamás conseguiría hacerse por sí misma en la tierra. Con lo que creo queda muy claro que su propósito no es la rebelión contra el orden histórico, ni mucho menos la dignificación del hombre histórico, sino su encadenamiento al orden divino que Dios intenta imponer mediante su hasta entonces malhadado proyecto. Sólo los pobres van al cielo. Nadie dice que los ricos no. Pero habrán de esperar a que un camello sea lo suficientemente pequeño como para pasar por el ojo de una aguja, o una aguja lo suficientemente grande como para lograrlo, cosa en la cual, seguramente, ya han de venir trabajando las más grandes acerías del planeta. En realidad, pese a la forma histórica que asume para su venida, el desprecio de Dios por la historia es tan grande como su necesidad de ella. Jesús no es, como tantas veces se ha dicho, un revolucionario, pues no vino a cambiar la historia, sino a vengarse de ella como reino del pecador, y saldar así la deuda que tiene consigo mismo como Creador.

Desde un punto de vista histórico, con la verdad revelada asistimos a la estafa metafísica más grande de que se tenga noticia en la historia, pues este dios no ha venido tanto a dar un sentido y significación a la historia por sí misma, sino a diferir su posible sentido o significación a un tiempo no histórico, susceptible de ser experimentado sólo en una dimensión no temporal, a la que se accede no por razón, sino por su gracia. En cierto modo, la historia ya tenía sentido, desde el momento mismo de la rebelión de criatura, como fuente de conocimiento y lugar de castigo al mismo tiempo. Pero con ello, precisamente, lo que quedaba sin sentido era el dios mismo que así lo había estipulado y el reino que se había creado para ser adorado por la misma criatura a la que hizo pecador. Por eso este dios se vio obligado a bajar a la tierra y, valiéndose de la pobreza, rectificar sus propios designios, que al parecer no lucen tan secretos como nos los presenta Agustín. Por el contrario, si algo los pone en evidencia es su misma venida con el propósito de sacar el mayor provecho de la lucha de clases en la que se sume el mundo histórico.

La gracia no es ni misericordia ni perdón, sino el modo en que este dios aparta al hombre de la incertidumbre -o la libertad del sin sentido- con el propósito de sujetarlo a las cadenas de una razón de ser que como animal histórico desconoce. En realidad, se trata de un dios que no despeja el enigma de la existencia temporal, sino que lo redefine para poder apropiárselo y ponerse él mismo como sentido de la historia. Lo que este dios pretende es hacer de la historia fuente de su poder, instrumento de su terror. El proyecto de Dios implica una infame demanda de transformación dialéctica, en virtud de la cual la criatura ha de pasar de la incertidumbre inquietante a la ignorancia solaz; de la voluntad como desafío intelectual a la resignación como virtud moral; de la inteligencia como instrumento de discernimiento a la oración como privación del entendimiento. A partir de ello, la historia del cristianismo es el proceso de enajenación mental más grande, profundo y total al que haya sido sometida esa especie sin razón de tal que es el hombre. La historia del cristianismo no puede ser otra que una historia criminal.

Tras la venida de Cristo y vista desde el reino, la historia se convirtió en objeto de salvación. Para lo cual el hombre debió ser tenido por un proscrito, el conocimiento por subversión. Pero hasta en eso, la perversión cristiana supera todo reino conocido. El hombre a quien Prometeo lleva el conocimiento es una bestia, sufrida y explotada. Lo que Prometeo se propone es salvar al hombre de la cruel barbarie. Desde este punto de vista, el mito de Prometeo nos habla, al mismo tiempo que de la crueldad de los dioses, del conocimiento como instrumento sublime de la civilización. Pero en el paraíso donde manda el dios cristiano, habitado por una criatura feliz, satisfecha y estúpida, el conocimiento es vehículo de tentación. Todo ello quizás sea muy útil para que algún exquisito teólogo nos hable de la doctrina del libre albedrío respecto a una entidad cuyo destino ya está, sin embargo, predeterminado de antemano por el concepto de Salvación. Lo que en realidad sucede aquí es que este dios requiere de un pecador, es decir, un objeto de salvación, sin el cual no podría justificarse a sí mismo. A diferencia de Prometeo, Dios niega al hombre el conocimiento. Y cuando tienta a que acceda a él, es con el propósito de castigarlo por su osadía, precipitándolo en la desgracia y el infierno del que sólo Él mismo podrá rescatarlo. Para disimular tan miserables intenciones, mimetizar su inmoralidad en la moralidad del libre albedrío, deja por allí un árbol, como por descuido, en medio de la eternidad, a sabiendas de que el muy estúpido comerá del fruto que lo precipitará en la desgracia. Es éste un dios verdaderamente maligno. ¿Qué hacía este dios mientras llegaba el momento en que ocurriría lo que ya se sabía que iba a ocurrir? ¿Se frotaba las manos, oculto y a la espera del primer mordisco?

Para un dios así lo que cuenta es que la historia ha comenzado, y además que ha comenzado a tener sentido, aunque ahora nos parezca mucho más estúpida que cuando no lo tenía. Pero esto no es gratuito, pues tal sentido es el sacrificio de la inteligencia, la memoria y la voluntad humanas en el altar de la vanidad en que este dios oficia. Al parecer, cuando el hombre no le vende el alma al diablo, es porque ya la ha negociado con Dios.¿Qué puede en verdad importar la conducta de un hombre que está condenado a la muerte? Pero hasta el mismo Agustín indica que hay que portarnos bien. Sin saber para qué, siempre hay que buscar a toda costa la Salvación, por si acaso. Como siempre Agustín, lo que logra con las manos lo destroza con los pies. Con todo, le debemos la filosofía de la historia y, en buena medida, el largo proceso de enajenación de la existencia temporal en que consiste la historia criminal del cristianismo. Aunque -habrá que reconocer- fueron Platón y Aristóteles, que, a diferencia de Constantino, muy probablemente jamás alcanzarán el cielo, quienes lavaron la cara y vistieron decentemente a ese cristianismo andrajoso que se trajo a la culta y poderosa Roma el salvaje pordiosero de Galilea.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.