Entre la tercera y cuarta largada, veintitrés años. Entre la cuarta y la quinta, dos días. Entiéndase por largada ida y vuelta, y Buenaventura por la mismísima mierda. Ya comienzo a sentirme como en casa. Más sólo lo siento así cuando estoy aquí, en la ensenada, y la casa sigue allá, del otro lado del promontorio de monte y piedra tras el que se esconde vista desde aquí, y de la que me separa ese sendero por el que casi todos los dias voy y vengo; que me conozco de memoria y del que, sin embargo, desconozco su longitud. Un día de estos cuento los pasos. Lo que ahora me ocupa son esos veintitrés años, más lo que llevo desde entonces hasta hoy, hasta hace un rato, hasta el instante en que tuve la ocurrencia de hacer un ejercicio del tipo durmientes de Cerdeña. Aunque en mi caso no dormí durante esos veintitrés años —¿o sí?. En todo caso, de lo que se trata es de unir el ahora anterior con el posterior en un único ahora —narrativo
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Para empezar, he dicho ...estoy aquí, en la ensenada... Cuando, en realidad, como es obvio, estoy en la mesa, escribiendo que ...estoy aquí, en la ensenada... Como también es obvio que al decirlo así, no como si lo contara —lo que pasó— sino como si lo viviera —lo que está pasando— asigno la distancia necesaria entre el yo y el amasijo como para contar lo que en este momento vivo como si fuera aquél. Esa magia de la narrativa salida del sombrero del lenguaje y la semántica, está en la esencia misma de nuestra existencia temporal; es la que nos permite que, viviendo temporalmente, existamos históricamente. Con lo cual me queda claro que la unión entre ahoras no es tan sólo cronológica. Quiero decir que no tan sólo se trata una suma de momentos o instantes fijos y fijados por la memoria que guardamos del pasar; sino que, además de eso —y sobre todo— es una acción de intervención intencional de la conciencia que asigna forma específica al pasar.
En esto pensaba cuando desperté, hace un rato ya, precisamente en la ensenada, como cadáver que el mar dejó en la playa del seguir, a solas y volviendo sobre las huellas que la marea del pasar ha borrado. En realidad, hoy no amanecí. Más bien anochecí. Tras pasar la mayor parte de la tarde en la ensenada, al final, sin darme cuenta, me quedé dormido. Desperté gracias a Diógenes, que con inquieto hocico estuvo husmeando por las orejas y cuello del cadáver que yo era, probablemente alarmado por tanta demora en levantarme de mi catre de arena. Esto me ha hecho pensar en la escritura como una guerra. Pero no sólo una contra el misterio de la existencia, sino, la más de las veces, contra la indiferencia y el tedio que tal misterio pueda inspirar, y que suele manifestarse en esa particular forma de inteligencia corporal que es el cansancio. Esto demuestra que no sólo se piensa con la mente y el espíritu, sino de cuerpo entero, y que la carne es sensible no sólo a los estímulos físicos, sino, también, a esos materialmente inaprensibles que llamamos ideas.
Al menos en Buenaventura, el cansancio siempre está a la vuelta de la esquina. Cuando no te vence la molicie, lo hace el sueño, como me ha sucedido hoy. Claro que, durmiendo, nadie tiene la oportunidad de lamentarse por lo que no hace, o por no tener la capacidad ni la disposición a hacerlo. Quizás Diógenes imaginó que yo estaba muerto. Pero la muerte no es cansancio, sino un acto de consagración, en virtud del cual el cadáver que en potencia soy se habrá realizado plenamente. Por otra parte, sin embargo el perro no se equivocó al proceder como lo hizo, pues, de no haberlo hecho así, quien sabe si seguiría yo allí, por los siglos e los siglos, hasta despertar, no obstante, junto al amasijo. Pero no morí, salvo por la porción que en esto de seguir vivo le corresponda al cadáver que en potencia soy. Dicho en apego a la dialéctica de Quevedo: el que muere no tiene más qué morir, y el que vive tiene que morir más. Y como aún soy de este último tipo, por más que el sueño me demorara y en mi demora confundiera al mismísimo Diógenes, al final terminé levantándome de mi enorme catre de arena. Fue en ese momento que se me ocurrió lo del ejercicio.
A diferencia del chinchorro, que me seduce con su curvatura, ese catre de arena en el que abrí los ojos al inminente negro de la noche me reta con su horizontalidad. De vuelta a la casa y mientras me alejaba, me era más fácil percibir ese aire de tumba al aire libre que se da. Después de todo —pensaba— puede que el universo tenga mucho de misterio; pero, sin duda, es el más grande y popular de los cementerios. Como sea, lo cierto es que aquél enorme catre de arena ha tomado vida gracias a la idea que me sugiere del sueño y de la muerte, que, sin ser lo mismo, tanto se parecen en que no percibimos el pasar y nos desentendemos del tiempo; vale decir, de la existencia misma. De modo que, sin que yo me lo haya propuesto, este catre de arena ya forma parte de esta historia, que he reiniciado gracias a lo que me sugiere.
Pero esto lo percibo ahora, mientras lo escribo e intento atrapar en la escritura el instante que va entre, digamos, abrir los ojos, gracias el contacto con el perro, y retornar a la casa, movido por el impulso de sentarme a escribir de inmediato. Sólo que, no más poner el culo en la silla, y aquél impulso lo sentí ajeno, como si la ensenada por sí misma me hubiese arrancado de mi catre de arena —que en realidad no es mío — para lanzarme a lo mío: el amasijo de mierda. Supongo que la voluntad tiene formas muy curiosas de manifestarse. Así, de nuevo andaba yo por ese más allá que la escritura es, en el que los espectros deambulan a la espera de adquirir vida por un rato gracias a la sangre prestada de la narrativa. En alguna medida, todo escribidor de historias es un Odiseo remontando el Leteo del pasar. Así he arribado al Hades de veintitrés años atrás.
Lo primero: estoy en la barra de El Mesón, divagando acerca de creer en lo que hago; cualquier cosa, pero, muy particularmente, en esto de escribir libros. Es lo que hago: divagar, junto al viejo Rangel ya bastante pasado de tragos, y un poco a propósito lo hago; como si le echara en cara el haberme sacado de Buenaventura y encaramado en el estrado. El viejo me mira con sorna. Saca un billete de su cartera y lo extiende sobre el mesón. Luego hace señas a Manolo y, cuando éste se acerca, le pide que se lo cambie en monedas sueltas. Manolo asiente yse va con el billete. Yo sigo con lo mío. El asunto no radica en dar con el objeto de nuestra creencia, sino, como decía Onetti, con el sentido en sí mismo del creer. Si el creer en algo es lo que da sentido a ese algo ¿qué es lo que da sentido al creer? ¿Creer en creer? ¿Y cómo se hace eso? El viejo se ríe, mientras, con el dedo y una a una, cuenta las monedas que Manolo ha traído de vuelta. Luego se para, toma las monedas, y se fue hasta la rocola.
Yo sigo en lo mío. Pero ahora a solas. Cuando intentaba convencerme de escribir, Rangel tenía razón en una cosa: no te preguntas por el sentido de la tarea; te conformas con poseer la capacidad de realizarla, si es que en realidad la tienes, lo cual no sabrás hasta que te avoques por entero a ella y sin dar importancia alguna a otra cosa que no sea despejar la duda que ha aparecido no más proponértela. Yo que te lo digo, Romero, quien fracasa escribiendo siempre será más escribidor que el que cree en el triunfo de haberlo logrado, sin advertir que quien escribe no puede llegar a ser más que un buen plagiario de sí mismo y cuyo único destino sólo puede ser el irse quedando sin que decir. El silencio no es la ausencia de decir, sino aquello contra lo que todo decir ha de estrellarse.
No sé por qué, hasta ahora, no había reparado en observación tan incisiva y que en este momento recuerdo como si estuviera escuchando la voz viejo Rangel allí mismo; no esa noche en El Mesón, sin mucho tiempo antes, en el chinchorro, meciéndose mientras lo decía, y mientras yo observaba desde aquí, sentado a esta mesa y en la misma silla, los cuatro pelos que sobresalían de la calva asomada por el borde tenso de la maya que cortaba su rostro en diagonal. Al mismo tiempo, eso de no preguntar-se por el sentido de la tarea y conformarse con la capacidad de realizarla, me ha recordado igualmente los tiempos en que estuve al servicio de Montenegro, muchísimo antes, cuando volví por segunda vez a Buenaventura y yo era lo que él llamaba un ejecutor; es decir, uno que cumple con la tarea asignada sin preguntar por ella. Ahora, en mi tercera venida a Buenaventura y de donde él mismo me sacara, era el viejo Rangel quien me asignaba la tarea. Y no porque de libros se tratase he hallado en ello diferencia alguna.
Pero pasa que Rangel está muerto y que su ausencia viene a completar esta suma de ahoras que intento unir. Nadie, pues, demanda o dispone la tarea de escribir libros que yo debo ejecutar escribiéndolos. Lo cual sería para cualquier ejecutor que se precie de tal más que suficiente para dejar de escribirlos. Y esto debe ser lo que tanto temo. En realidad, no tengo forma de creer en este amasijo, ya que ni siquiera sé si llegará a ser libro. Pero, a la vez, no quiero dejar de escribirlo, acaso, precisamente, porque es la única forma que tengo de saberlo. Estoy entrampado. Aunque no sepa muy bien cómo, por primera vez he asumido como propio un destino que hasta entonces me era impuesto. Con lo cual, me siento como el que lo ha dispuesto todo para tenga lugar su esplendorosa derrota. A ello me avoco con todo el ingenio y la voluntad de la que soy capaz. Sólo así habré encontrado sentido a la tarea que −ahora yo y no ya otro− me he asignado.
El meollo del asunto está en otra parte: quien te asigna una tarea hace tu destino y, con ello, te ahorra la imperiosa necesidad de encontrarle un sentido. Se ejecuta lo que otro dispone o demanda; y es éste el que tiene que determinar el sentido de la tarea que aquél ejecuta. Ahora bien, de ser así, ¿qué gracia puede haber en ser ejecutor al servicio de uno mismo? Me doy cuenta ahora de que, poniéndome a escribir libros, en apego a la persistencia del viejo Rangel, de alguna manera yo asumía que el que disponía y demandaba la tarea era él. Yo no era más que el llamado a ejecutarla, y, por lo mismo, no era responsable de darle sentido a la misma. Y es esto lo que, mucho tiempo después, me pone de cara a creer en el creer. Para que este amasijo tenga sentido, ya no basta con el desafío de escribirlo. Si así fuera, hasta en mi fracaso cabría plenitud. Pero, muerto el viejo Rangel, me toca creer en el creer que tenga sentido escribirlo. Y, la verdad, sigo sin saber cómo se hace eso.
Cuando retornó de la rocola, el viejo se encaramó de nuevo en su taburete, giró un cuarto de vuelta, como para quedar de frente, y alzó su mano, con el índice en señal de que algo iba a decir. Acostumbrado como yo estaba a su histrionismo en medio de los vapores del alcohol, no le hice mucho caso. Lo que sí me sorprendió fue que, de súbito, era como si no hubiese bebido ni un trago. No era la primera vez que presenciaba este tipo de cambio en su estado etílico, que él mismo llamaba el arte del borracho. Pero, que yo recordara, nunca lo había visto emular de modo tan perfecto la sobriedad. Entonces giré mi cuarto de vuelta, mientras preguntaba por lo que le había sacado a la rocola. Gramófono —aclaró el viejo— gramófono que funciona con monedas. Calló por un rato, y luego volvió: para existir, no se precisa de que la existencia tenga sentido. Existimos. Lo del sentido viene después, y en forma de historia, por cierto. Es como un accesorio; un anexo del acta —o del acto— de nacimiento. Según Sartre, primero la existencia y luego la esencia; luego, ya sabes, no somos más que un proyecto finito y mortal. Como quien dice, un ensayo de ida y vuelta. Yo estoy por concluir el mío.
El viejo volvió a alinear su frente con el de la barra, y durante los siguientes diez minutos dijimos nada. Pasa que ya, para esa hora, mi estado etílico estaba lejos de ser la emulación de la lucidez. Recuerdo las palabras; algunas con toda precisión, como acta y acto; y reconozco en su juego, sin duda, la mano del viejo Rangel. Más no lo recuerdo pronunciándolas. Igualmente, recuerdo la palabra Sartre, así como las ideas asociadas a ella. Pero tampoco recuerdo al viejo haciendo la asociación; la mirada y los gestos que han debido estar involucrados en ello. Lo puedo imaginar, claro. Lo que sugiere, sin embargo, que algo también puede haber de mi en la forma en que estructuro lo que recuerdo de ese ahora en la barra de El Mesón; de los anteriores y de los posteriores. También recuerdo que no quería beber más; el movimiento impulsivo y repulsivo en mi gargata. En señal de lo cual empuje el vaso con mis dedos, como evitando que el vaso atrapara mi mano. Y, en ese preciso instante, el viejo me detuvo, y, como antes, volvió a alzar la mano, con el índice en señal de que algo iba a decir. Pero nada dijo. Se limitó a señalar su oído, convocándome a escuchar las piezas que una a una iban saltando en la rocola. Gramófono —volvió a aclarar el viejo. Aunque yo no había dicho nada, y como si se estuviese adelantando a éste, el momento en que lo escribo.
Lo único que pasaba por mi mente en aquel momento era lo incongruente de aquellos minutos, en los que yo preguntaba al viejo por lo que había sacado a la rocola y el viejo me contestaba con frases de filosofía; yo empujaba mi vaso con un dedo, y el viejo me detenía para que prestara atención a lo que venía de una rocola que él se empeñaba en llamar gramófono que funciona con monedas. No sé cuántas piezas cayeron. No recuerdo ni una; pero sí el que sonaban una a una, inclusive el intervalo que la maquina, en su reproducción, abría entre cada una. Por lo que debo corregir: aquél silencio duró mucho más de diez minutos, y no fue para nada un silencio, sino un callar en el que hacia aguas cualquier cosa que estuviera a punto de decir. Y estuve a punto de decir más de una. Lo recuerdo muy bien, aunque no recuerde ninguna. Damos por sentado que el recuerdo lo es conforme las palabras de las que nos valemos para evocarlo, cuando, en realidad, lo más de él es inaprensible para la narración; sólo que, precisamente gracias a la palabra, gozamos de la auténtica facultad de re-crear, como existir, lo que vivimos. En cirto odo, toda nuestra existencia no es más —ni menos tampoco— que un decir intencional acerca de esa realidad. en sí misma inaprensible, que es vivir.
Durase lo que durase, así fue en aquél ahora aquél silencio que, recordado en este, no es tal; hasta que el viejo Rangel, en un brusco cuarto de giro y en medio de un intervalo, clavó su mirada en mí, mientras señalaba al aire con el mismo dedo con que antes había indicado su oído, y cayó la pieza: el famoso Volver, de Gardel. Que esa sí que la recuerdo. Pero no porque recuerde su sonar esa noche, sino porque desde hace mucho que me la aprendí de memoria. De hecho, la asocio con cosas de la vida cotidiana de mi niñez, como, por ejemplo, cuando mi padre hacía trampa en el dominó, para facilitar a su compañero una base de cálculo a partir de la cual considerar la posibilidad de trancar o no la partida, cantando aquella estrofa que incluye que veinte años no es nada. Y éste es dato de un ahora remoto con el que, hasta ahora, para nada contaba.
Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor
Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde el eco dijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer
Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia
Hoy me ven volver
Volver
Con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir
Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada
Errante en las sombras, te busca y te nombra
Vivir
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo que lloro otra vez
Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
A enfrentarme con mi vida
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
Encadenen mi soñar
Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión
Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón
Volver...
Vuelvo aquella noche en su hora decadente, en la barra de El Mesón. Ahí la tienes —dijo el viejo Rangel: toda una lección de filosofía de la historia. Pidió dos tragos más. Los últimos —aclaró, adelantándose a mi previsible negativa.
Hasta allí la escena en mi recuerdo. Trazada en gruesas, toscas y ambiguas líneas, la he reconstruido hasta donde puedo. Aunque lo que haya reconstruido no sea más que un haber sido, en memoria; independientemente de la correspondencia real que guarde con la realidad de aquella noche que ya no es; o que sólo puede ser en tanto que ahora narrado. Ya que revivir algo mediante el recuerdo no es repetirlo en su devenir, sino darle forma de acontecer, que es la única forma en que, realmente, más que vivirlo, o revivirlo, lo somos. Vivimos el pasar dejando de ser, y sólo el tiempo nos da ser, y esta es la única forma de darlo: interpretando el pasar a modo de acontecer. Y aún cuando yo no haya reparado, hasta hoy, en aquella observación del viejo respecto al más famoso de los tangos de Gardel y que determina para mí el significado de aquél ahora narrado, más de veintitrés años después viene a adquirir todo su sentido en este ahora narrativo. El problema acá no es, pues, cuánta razón cabe a observación como ésa, sino cuánto he de haberme ido a la mismísima mierda para captarla en su dimensión hermenéutica.
Al final, he retornado de la ensenada a la casa también, como dice el tango, bajo el burlón mirar de las estrellas, y su dulce indiferencia —el toque de dulzura lo agrego tras haberlo tomado del extranjero de Camus que espera en su celda la hora de su ejecución. En mi caso, hablo de retornar al amasijo. Que no es un dulce recuerdo que me haga a llorar, ni mucho menos. Pero sí, mucho más que eso, un procesador de memoria que me ha hecho parir, incluso, una escena tan brumosa y ambigua como la de esa noche en la barra de El Mesón. Debe ser por eso —bruma y ambigüedad— por lo que no la había tomado en cuenta, hasta hoy. No lo sé. Lo cierto es que al despertar en la ensenada, con las primeras luces del anochecer en mi mirada, aquella noche en El Mesón fue lo primero que vino a mi mente y, particularmente, aquella conclusión de Rangel respecto al más famoso tango de Gardel. De inmediato, comencé a hilar aquél ahora narrado, con lo que alcanzaba atrapar en medio de la bruma y ambigüedad de la memoria. No. No es el pasado el que empuja la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera. Si acaso hay tal puerta, ésta siempre está abierta. Más bien es la conciencia la que constantemente ha de estar saliendo a la oscura noche del pasar para poner a salvo, hacer entrar y dar cobijo a su propio haber sido. Sin lo cual, no sería más que un fantasma hucheando su vacío en el bosque encantado y absurdo de un devenir sin sentido. Si hay tal puerta, no será para que el pasado no entre, sino, por el contrario, para que no se vaya. En este sentido, el pasado es como el vampiro literario: no puede entrar a la casa a la que no haya sido previamente invitado. En todo caso, allí, en aquella escena brumosa y ambigua, convertida, gracias a esta historia, en ahora narrado, empieza la escritura de esta historia; no en cuanto a la acción de escribir, pero sí en lo que tiene que ver con su ahora narrativo. Al menos, ha de tener allí uno de sus comienzos, pues, seguramente, a lo largo de veintitrés años, podría yo dar con más de uno.
He repasado varias veces ese tango. No sólo en su texto, sino en el todo de su decir que, además de apalabrado, es, sobre todo, obviamente musical. La primera lección acaso sea que no se debería prescindir de la musica a la hora de hablar del pasado. Pues es la música lo que pone en evidencia que el pasado bien poco tiene que ver con esa idea de colección de anticuario, de la que tanto gustan los eruditos de la ciencia histórica, sino que, por el contrario, el pasado es siempre lo que en la historia que este tango: el protagonista de un viaje —existir— que, finito y mortal, consiste en pasar o, para guardar mucho más apego a su tono, en ese soplo que es vivir. El pasado es, ciertamente, lo que pasó, pues, para que tega gracia y sentido, ha de guardar alguna relación con la realidad de un devenir en el que todo lo real deviene irreal. Pero, por otra parte, el pasado nunca es todo lo que pasó, sino aquello susceptible de ser, en presencia, un haber sido en relación con la ausencia real y total del pasar. Dicho de otro modo, porque se trata de la vida misma en su pasar, el pasado nunca pasa, aunque, para que así sea, necesariamente tenga que ser parte de lo que del pasar pasó; más siempre según voluntad y conciencia en acto narrativo. El pasado no es la vida, pero sí aquello que de la vida, en su pasar, sigue, a modo de presencia, vivo. El pasado es un haber sido; o sea, ausencia que vivimos. Es eso —y no la realidad del pasar— lo que con el recuerdo y las historias reconstruimos.
En tanto que arte y parte del acto narrativo, todo pasado es lenguaje. Aun cuando pueda estar determinado por diversos materiales —vestigios de todo tipo— no tiene materialidad alguna, ni forma alguna que no implique la palabra en su configuración como todo narrado. Con lo cual, obviamente, el pasado no será la mera suma de palabras, sino que, para ser pasado, ha de serlo estructurado en un decir; o sea, la afirmación de un ser, o, mejor dicho, de un haber sido, que es lo que proporciona ser a lo que en pasar consiste. Por eso digo que el pasado es el autentico protagonista de la historia que relata este tango; encarnado, claro está, en esa presencia que la misma define como el viajero que huye y que tarde o temprano detiene su andar. Hablamos, más que de un pasado a cuestas, evocado, de esos que tocan la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera, de uno que es la conciencia misma; nuestro ser mismo en un fugaz viaje de ida y vuelta. Y ¿qué es tal fugacidad sino la dimensión total de la presencia en y ante el pasar?
Con lo cual, tenemos otra lección. El tiempo da ser en la medida en que somos la ausencia —o sea, el ya no ser del pasar— que nos asignamos narrativamente como pasado, o que —igualmente, podría ser— nos negamos a ser el que otra narrativa pretende darnos. Hecho de lo que pasó, y al contrario de lo que nos han enseñado los coleccionistas de antiguallas, el pasado no pasa; siempre está allí, siendo nuestra presencia misma en y ante el pasar. Y no es que esté, por cierto, como dice Bergson, de modo tan melodramático, detrás de la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera, sino que lo está como acto narrativo en presencia y sin el cual ni siquiera tendríamos conciencia. ¡Qué digo está, como si se tratara de un objeto distinto de nuestro propio estar! Si el pasado no es otra cosa que ejercicio de conciencia realizado en ese campo de entrenamiento del existir que es la memoria. El pasado, sin duda, es memoria. Pero al decir esto, estamos diciendo mucho más que esto: el pasado es presencia, mediante la memoria, en tanto que acto narrativo respecto del pasar en que consistimos.
Y es tal el protagonismo del pasado en la historia de este tango, que el héroe le teme; teme a su encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarlo con su vida. Porque su pasado no es otra cosa que la vida misma o, para mejor decirlo, la vida interpretándose a sí misma en su pasar a través de un pasado. El pasado no es, pues, una reconstrucción de lo que quedó allá, del otro lado de la vida. y tenido por tal a partir de una frontera que llamamos presente. El presente no existe como dimensión temporal. y el pasado no es otra cosa que la ausencia del pasar que somos en presencia en y ante el pasar mismo. Por eso el temor del héroe. Su heroísmo en esta historia no consiste en otra cosa que en su temor a enfrentarse consigo mismo. A diferencia de esa visión coleccionista que tenemos del pasado gracias a los historiadores, deberíamos aprender de este tango a escuchar que el pasado está vivo, no porque esté ahí, sino porque lo somos, junto con el futuro mismo, como nuestro propio estar ahí, en el laberinto del tiempo del pasar.
El pasar es devenir; incluida su vivencia, a la que estamos sometido con tan sólo estar ahí. El devenir no tiene adelante ni atrás. Somos nosotros los que, a partir de la expectación y la memoria, le asignamos un antes y un después. Es nuestra forma de lidiar con él: intervenirlo racionalmente, sometiéndolo al lenguaje y, así, hacerlo susceptible de narratividad. Futuro y pasado son los equivalentes cósmicos del antes y el después marrativos, y que nos sirven para distinguir entre lo que aún no es y lo que ya no es; es decir, para lidiar con la realidad de un devenir en el que todo lo real deviene irreal, y que es la única de la que los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad nos toca extraer un ser —histórico. Y, en este sentido, el futuro es lo que hace de todo pasado un desafío lanzado al horizonte del pasar, que, como todo horizonte, al moverse mientras nos movemos, siempre será imposible de alcanzar, ya que, desde nuestra presencia, todo lo que será no es más que un futuro haber sido.
Y he aquí otra de ls pardojas a la que nos asoma el más famoso tango de Gardel. Es más, diría que es su tema crucial: el eterno retorno de la existencia. Y no se trata de un retorno mítico, celestial, atemporal… sino fenomenológico, en el estricto sentido en que ya lo planteara Husserl, cuando afirmaba que todo lo que es, a consecuencia de que es, habrá sido, y, a consecuencia de que es, es un futuro haber sido. De modo que este tango no es sólo una narrativa que apunta a la fugacidad de la existencia; cosa ésta que, por lo demás, es y ha sido tema bastante recurrente en todos los ámbitos de la narrativa humana, Su originalidad no está allí, sino en el modo en que rompe con la supuesta linealidad del devenir; algo a lo que nos hemos acostumbrado gracias a las más consuetudinarias metáforas de la filosofía de la historia representativas del pasar, como lo son, por ejemplo, la del camino −con que se identifica la teleología del judeocristianismo y de la revolución− o la del río −con la que Heráclito, a decir de Platón, simbolizaba el movimiento del que participa todo cuanto existe. No obstante, el pasar al que se refiere el tango de Gardel no encaja en este tipo de imagen lineal, colocándonos, al ritmo de su cadencia, en una visual sutilmente compleja y en la que, a medida que avanza, es cada vez más difícil distinguir entre el antes y el después del viajero que huye y que, tarde o temprano, ha de detener su andar.
En efecto. Este tango es una historia no sólo porque nos relate un episodio en el andar de su héroe, sino, sobre todo, por el modo en que hace de ello el retrato de un momento, un ahora narrativo en el que el héroe despliega todo su poder de penetración como ente temporal; entiéndase como estar ahí o presencia que, a partir de la memoria y la expectación, experimenta el pasar. Con lo cual, más que una historia, este tango es una auténtica metáfora de presencia en y ante el pasar; o de aquél fluir de todo en un eterno presente del que hablara Joyce; o del triple presente con el que Agustín copia a su maestro Aristóteles en el tema del tiempo. Este tango es una versión vívida y musical de la fenomenología.
En efecto. Cuando el héroe adivina el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno, lo que adivina es el pasado; pero no en tanto que evocación, sino en cuanto que futuro hacia el que se dirige; por eso, más antes que recordar, adivina. Y, si bien se trata del punto del que ha partido, no obstante, ahora que retorna, el ir hacia él forma parte del mismo andar, que es su ser histórico mismo. Si esto no es un principio hermenéutico expuesto poéticamente, no sabría cómo llamarlo. He ahí el ahora narrativo en que se centra el relato. Ya no se trata, como se puede ver, del mero diálogo entre pasado y presente, sino, mucho más que eso, de presencia en y ante el pasar —en este caso del héroe narrador— descubriéndose a sí misma en su pasar, y haciéndolo a través de la confluencia entre pasado y futuro que el retorno —por histórico— implica. Por eso las luces −por cierto, las mismas que ya alumbraron con hondas horas de dolor el ayer de su ida— marcan su regreso al hoy —convertido en haber sido— al que se dirige. Porque esas luces no son ni del pasado, ni del presente, ni del futuro, por sí mismo considerados, sino acto de presencia en tanto que tiempo extenso; o, si se quiere, fluir de todo su pasar en un eterno presente.
Ciertamente, tal y como nos lo ha indicado Carr, podemos entender toda historia como un diálogo entre pasado y presente. Al menos, pareciera razonable. Pero, también, demasiado simplista, respecto al pasar mismo y nuestra condición de entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente. Ya que no existe presente, sino presencia en y ante el pasar —es decir, percepción desde nuestro estar ahí, en el laberinto— y tampoco existe pasado, sino ausencia del pasar, con la que, a partir de expectación y la memoria, hemos de relacionarnos para darnos ser —histórico. El pasar es mucho más paradójico de lo que un diálogo entre cosas inexistentes puede sugerir. Lo que aún no es ya es un futuro haber sido, y el pasado sólo es posible como la dimensión narrativa de un haber sido. Por lo que, a la hora de metaforizar lo que una historia es, acaso sea más preciso pensar en ella como un monólogo, en el que el pasado es muñeco y la presencia ventrílocuo. Al final, un diálogo; pero conscientemente ficticio y, sobre todo, realista; como corresponde a las historias, que, si bien no pueden ser reales porque la realidad de su objeto ha devenido irreal, sí están llamadas a emular la realidad con su realismo.
No esperemos, pues, en la historia que este tango es por los hechos y las causas: un motivo, este amor, o aquél recuerdo dan exactamente igual; el héroe no se interesa por lo que pasa, sino por el pasar mismo. En este sentido, y pese a partir de su propia experiencia, su heroísmo se limita a ser el narrador a través del cual se manifiesta el demonio del pasar, que, en el fondo, es el verdadero héroe o, si se quiere, antihéroe, de la historia que el tango nos relata. Si el héroe adivina es porque lo hace desde una perspectiva de futuro, es decir, desde la expectación. Lo que nos está indicando que el aún no ser del futuro se revela como el ya no ser del pasado al que retorna, y al que, sin embargo, el héroe se enfrenta con expectativa de futuro. La historia nos coloca así ante la paradoja, según la cual el héroe adivina un futuro que se revela como pasado. Y esto pasa bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy lo ven, precisamente, en un paradójico ir, que no es otro que un volver.
Como digo, esta historia expresa una narrativa que rompe con la linealidad del devenir para llevarnos al laberinto del pasar, que es el mismo devenir, sólo que sujeto a presencia, es decir, a la experiencia resultante de ese complejo proceso de existir en que participa la expectación, la percepción y la memoria. Está en la esencia misma del existir el nunca librarnos de un círculo en virtud del cual yendo al futuro vamos al pasado; y no podemos hacerlo porque la existencia, más que un camino, o que el curso de un río, es nudo de ahoras en el haber de nuestra temporalidad. Por supuesto que hay mil y un caminos o ríos; sólo que de ida y vuelta, y atrapados en el mismo laberinto del tiempo y el pasar.
Se me ocurre que si Husserl no se hubiese dedicado a fundar la fenomenología y hubiese sido argentino, no hubiese podido escribir mejor tango a propósito del del pasar que éste que escribiera Le Pera. Como casi siempre sucede con el tango, sus historias no pueden prescindir de un trasfondo de ironía que da vida a la vida misma en una última y postrera sonrisa. Empero. en este caso, se trata de una que es, toda ella, un tributo al movimiento que en sí mismo es vivir. Este tango es una historia acerca de por qué los entes temporales con inteligencia memoria y voluntad tienen que narrar-se historias para existir. Por lo que no me cabe la menor duda de que el demonio del pasar ha de haber asesorado a su autor en la escritura de esta historia, al final de la cual no cabe sino preguntar si es que, después de tanto andar y seguir, de idas y venidas sin parar, acaso hay en este mundo de la existencia temporal algo que realmente se haya movido, o, mejor dicho, que no tenga que rendirse ante la ficción de su propio andar por el laberinto. Ésta es la historia del viajero que huye, el que tarde o temprano detiene su andar; más no la de aquello que le pasa, sino la de su pasar mismo sujeto a los caprichos del mismo demonio que, así como hoy marca su retorno, un día lo pusiera a andar. Como quien dice, uno debería estar yéndose siempre a la mismísima mierda, pero sin llegar nunca.
Llegado a este punto, debo decir que, en el caso de mi retorno a Buenaventura, no ha habido luces a lejos que lo marcaran, sino lejanía pura. Cada vez que voy y vengo, la recuerdo más. Con lo que se va haciendo a sí misma más lejana. Lo que no quiere decir, por otra parte, que no haya allí un pasado dispuesto a enfrentarme conmigo mismo. Pero esto ya es rutina. Si hasta puede que entrambos, el pasado y el yo, nos hayamos hartado un poco del jueguito. Tampoco ha habido parpadeo, ni señal alguna que adivinar; sólo esa suma de mar y cerros que una caprichosa geología ha ido arrumando en su pasar de milenios y que el sol alumbra, para que, acto seguido, la luna venga a transparentar con su noche lo que el día disimula con su luz. Y en cuanto a las nieves del tiempo, qué puedo decir: ni siquiera tuvieron tiempo de platear mi sien. Más bien diría que me fui con una cabeza sobre los hombros y volví con esa curiosa bola gris entre manos, que no era sólo pelo, sino, sobre todo, ceniza; de esa que el fuego del pasar siempre deja, tras su fugaz llama. Como sea, lo cierto es que, habiendo retornado, la bola sigue allí: es como esos regalos incómodos que uno no espera y que, recibidos, ni siquiera sirven para adornar la sala de nuestra espera. De modo que habrá que seguir cargando con ella. Después de todo, no se precisa de una cabeza sobre los hombros; que, como los adivinos, con una bola entre manos igual se piensa.
Algunos otros detalles que vale la pena referir. Lo de la vieja calle tampoco cabe en éste, mi retorno, ya que en Buenaventura siempre han sido siempre las mismas tres. Sólo que hoy, gracias al celo, cuidado y sentido de progreso del Licenciado Valbuena, el precario rancherío de la guerra fria ha devenido lujosa guarida de turistas opulentos y colorados que, en plena globalización, todavía vienen al último de los mundos que en su momento llamaban tercero a disfrutar de la tenebrosa magia de la de la pobreza y a bajarse de la mula de la civilización en valiosos dólares. Por otra parte, lo del eco sí va. Aún cuando no dice, se le siente a lo largo y ancho de toda la geografía de Buenaventura. Es como el rumoreo del mar, que, sin revelarlos, prolonga sus secretos más allá de la playa; o como la plenitud del mediodía, chamuscando la joroba de esos cerros que se niegan a crecer más; o como los vientos, que burlones siempre llevan su mensaje, a sabiendas de que es indescifrable. Sí, el eco sí va en éste, mi eterno retorno. Es como alma al aire libre de idas y venidas. Se le siente como bisbiseo cósmico del laberinto. No importa cuántas veces vaya y vuelva. El eco es la música del retorno, o el retorno mismo en forma de música; el tango de este cosmos en que, yendo y viniendo, me he convertido.
Insisto en lo del eco. Sólo un eco: el de un murmullo, musitar o bisbiseo. Pero no un decir; nunca un decir, sino el no saber nunca qué dicen esas mil y una voces de la ausencia que siempre está allí en modo pasado-presente-futuro. Sólo un eco. No un decir. El decir lo ponemos nosotros, los que vamos y volvemos. Y lo hacemos en forma de lenguaje que se estrella contra el negro cristal del silencio. Pero funciona. Vivimos del estallido. Por eso siempre se vuelve bajo el mirar burlón e indiferente de las mismas estrellas que nos vieron partir: porque no andamos el aséptico camino del no ser ontológico del devenir, sino que recorremos, una y otra vez, con nuestra presencia, el mundano laberinto de la ausencia de ser. Finitos y mortales, nuestro no ser no es platónico, sino temporal y, por ello, narrativamente histórico; es decir, lo somos. No venimos del paraíso y, si acaso fuésemos a él, no se trataría más que de un vulgar volver. Pero, en realidad, no somos adanes caídos del cielo, sino espectros que vagan un hades de fuego y materia al que hemos puesto el nombre redondo de mundo. Que puede ser mejor o peor; pero siempre nuestro objeto predilecto de narración. Con todo lo cual, somos los más fieles imitadores de Odiseo, remontando nuestro propio leteo del pasar. En este infinito laberinto de temporalidad, no somos más que expectación y memoria, a la grupa de un ánima de carne y hueso.
Bien. Todo esto para decir que, como sea, volví a Buenaventura. Y no he vuelto a salir de aquí, salvo por el par de días en que, como ya lo he indicado, hube de ocuparme de enterrar al viejo Rangel. De lo cual he dicho más que suficiente. Solo lo menciono ahora para insistir en que escribir no es cuestión de musas, sino de voluntad; no de inspiración, sino de supervivencia. Y el término sobrevivir es acá el más apropiado, pues vivo después de la muerte de Rangel, después de no encontrar sentido alguno al creer y, por añadidura, lo hago con escasos medios y en condiciones precarias. No se puede exigir más precisión semántica y biográfica en el uso del término. Hasta el viejo Rangel lo celebraría. Y a estas alturas me pregunto si acaso será por todo esto que hoy, cuando me senté a escribir, lo hice convencido de que debía empezar con mi salida del cementerio el día del sepelio del viejo Rangel. Como es obvio, no lo he hecho. Sin embargo, está bien que haya sido así, pues éste es el momento para seguir con aquel volver.
Ese día, al salir del cementerio, me puse en dirección a la universidad, con el propósito de recoger mi carta de despido, de cuya existencia sabía desde un año antes, por comunicación telefónica del jefe de personal, y tras casi dos de haber abandonado el cargo. No sé si será por sus efectos legales y el modo en que ello incide en la vida de las personas, pero los documentos oficiales gozan del poder mágico que sólo la estricta formalidad puede otorgar. Y para mí aquella carta era el reconocimiento máximo a veintitrés años de farsa dedicada y laboriosa que, habiendo empezado en la mismísima mierda, terminaban en un volver a ella.
Desde entonces quise tener esa carta en mis manos y verme reflejado, con la plenitud de mi fracaso, en el documento oficial que me acreditaba como desertor de las filas de la docencia y que no dejaría lugar a dudas de que yo había sido despedido por abandono de cátedra, tal y como contempla la ley en estos casos. Más cual no sería mi sorpresa cuando, al leerla, advertí que dicha causal no aparecía por ninguna parte del texto. Tras hacerle ver aquella ausencia y exigir una rectificación al hombre que, hasta el momento en que me entregó la carta, me había tratado con la cortesía con la que se evita patear a un perro callejero −quizás porque había sido alumno mio− me miró con asombro y sin entender mi reclamo.
Preferí pasar por alto su condición de exalumno, y mantener así la mayor distancia posible. Entonces me senté frente a él. Releí algunas líneas de aquella carta. Hecho lo cual, levanté la mirada y le dije sin dejar de mirarlo: érase una vez un profesor leyendo en su cubículo una novela de Vásquez Montalbán −El Delantero Centro Murió al Atardecer, creo− Se la recomiendo. Particularmente llamó su atención el momento en que el detective Carvalho, a propósito de una reflexión sobre el arte, decía que él siempre se había interesado por el arte, pero para traficar con él y no, como le sucediera en algún momento de su vida, para enseñar arte. Enseñar al que no sabe es oficio de mediocres, concluye aquel personaje, tan dado a circundar lo sórdido y todo un experto en la culinaria española; que aborrece las olimpiadas y para el que un buen chorizo representa mucho mejor el nacionalismo que cualquier teoría política. Por aquel entonces la cuestión no pasó del reconfortante efecto literario que siempre había despertado en él aquella novelística policíaca. Con el tiempo, sin embargo, la cuestión se fue tornando un tanto más inquietante. Hasta que advirtió que le había tomado veintitrés años aprender lo que Carvalho en un segundo literario. Entonces se largó a la mismísima mierda. ¿Se entiende?.
Ahora pregunto ¿Cómo se llama eso? Y respondo, para su información: abandono de cátedra. No hay de otra, mi estimado Jefe de Personal. Pero en esta carta sólo se refieren pareceres y ambigüedades —entiéndase chismes— incluida esa suerte de concierto de la comunidad académica que, se entiende vendría a legitimar mi despido. ¿Y es que, en verdad, se requiere de tal concierto para dar una patada en el culo al sujeto que abandonó su lugar de trabajo?. Está en la ley, señor Jefe de Personal. Es causal inapelable. Y coloqué la carta sobre el escritorio, en señal de que debía ser redactada de nuevo y en apego a los rigores legales a los que estaba sujeta aquella institución.
No soy yo quien ha redactado esa carta, Profesor —replicó el sujeto, esmerándose en imprimir a Profesor el mismo tono irónico que yo había utilizado al pronunciar su cargo. Luego agregó: esa carta emana directamente del Decanato. Yo no tengo nada que ver ni en su redacción ni en el procedimiento que a UD. lo afecta. No, por supuesto. Usted sólo es la voz cantante en el concierto de una comunidad académica que no puede dejar pasar una oportunidad en la que hacer gala de su mal gusto. Incluso una tan insignificante como la remoción de un sujeto que abandona su cargo. En fin —repliqué, mientras me levantaba de la silla— ésta es una de las cosas a las que uno se acostumbra luego de veintitrés años, durante los cuales me he revolcado en la charca de la burocracia, he chapoteado a mis anchas en sus aguas turbias, y hasta he vivido de ello. Y, por favor —agregué al momento de salir de aquella oficina— no me llames profesor; que, si ésta fuera una carta seria, tendría en mi mano el documento que me acreditaría para negarme a ello.
Una vez en la calle, tiré la carta. Habría preferido metérmela por el culo, que es lo que realmente me merecía. Pero así es la justicia: nunca la hay cuando se la necesita. Trasnochado como estaba, me fui al hotel, donde dormí el resto de la tarde. Soñé que el viejo Rangel me visitaba y, sentado en la silla junto a la ventana que reflejaba el blanco de la luna, sin que pudiera ver su cara y mientras bebía una cerveza, me felicitaba por mi decisión de abandonar la cátedra. No abandoné; apenas si desentoné en el concierto de la comunidad de mierda. ¿Y ahora tú, quien tanto insistió en que ingresara a ella, me felicita por ello? Preguntaba yo en medio de una irónica sonrisa. Pues sí. Y no me arrepiento de mi empeño. Al fin y al cabo, para salir fuera hay que haber estado dentro. Pero lo cierto en este momento es que hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer, —replicó el viejo Rangel. Yo me dejé pudrir lentamente, concluyó.
Aunque cada vez que yo le hablaba de mi cada vez mayor disposición a largarme a la mismísima mierda, el viejo se había referido a su pudrirse más o menos en los mismos términos. Imagino que fue mi decepción a propósito de la carta de mierda el material con que mi psique elaboró aquél encuentro onírico. Sobre todo con la mierda. Empero, ciertamente que fue el viejo Rangel el que a empujones me sacó de Buenaventura y me encaramó en el estrado. Cosa que logró a pesar de que —como el viejo mismo dijera en más de una oportunidad— cuando él remaba en esa dirección, yo lo hiciera en sentido contrario. A los efectos, el mismo viejo Rangel en persona se presentó aquí, en Buenaventura, en la casa, una tarde, que me sería imposible de determinar con exactitud, y con una botella de ron en las manos, que puso en la mesa cuando dijo: nos vamos. ¿Cómo vamos? −repliqué− Yo ya me fui, a la mismísima mierda; es decir, me vine; estamos aquí. Así que ten en cuenta que hablamos desde ella.
Lo cual no pasó de ser un mero jugar a la lógica. Cosa a lo que el viejo ya estaba más que acostumbrado y que, por lo pronto, lo hizo sonreír, mientras destapaba la botella y escrutaba en derredor en busca de un vaso. No obstante, aunque yo no insistí y con mi sonrisa me incorporé al entusiasmo de la suya, yo hablaba en serio o al menos, claro, creía hacerlo así. En todo caso, recuerdo mis palabras y, también, mi convencimiento. Pero nada respecto al modo en que me dejé llevar; y no lo digo sólo en sentido metafórico. Lo cierto es que nunca he sabido dilucidar por qué accedí con tan relativa facilidad a aquella demanda. Yo estaba bien aquí. Como siempre dije, y me sigo diciendo ahora, éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar para quien sólo aspira largarse a la mismísima mierda. Que recuerde, es lo único para lo que he tenido vocación —acoté, tras el primer sorbo del vaso que el viejo empujó hasta mí. Siempre habrá tiempo para algo así, dijo el viejo Rangel, sentado de ese lado de la mesa, hacia el que ahora miro mientras tomo el café con el que se inicia, para mí, la noche. Ahora sería tanto como perderte el momento más interesante de la historia política de este país —acotó por su parte el viejo Rangel.
Me eran del todo familiares las opiniones del viejo Rangel a este respecto. Lo que no alcanzaba ver era su validez como argumento para convencerme de que éste no era, por ahora, el lugar, sino aquél, el del estrado en el aula. Por lo demás, jamás he sido propenso a la cuestión política. Y, por añadidura, ese estilo cristiano, misional, mesiánico y salvacionista con que gigante muerto la concebía siempre me repugnó. Más no me cuesta reconocer que el sujeto era un fenómeno de masas cuyas victorias electorales terminaron por convertirlo en líder histórico, pese a que los continuadores de su legado lo hayan convertido en nuestro gigante, es decir, el bobo mitológico bajo cuya sombra disimulan su histórica y fatal mezquindad. En fin. Yo iba arrimando argumentos que se quedaban allí, sobre la mesa y en medio de los dos.
Ese no es el punto —objetaba el viejo Rangel a cualquier cosa que yo dijese. Se trata de que, para bien o para mal, estamos ante una marejada sin precedente, Romerito. Lo cual no era cierto. Desde los tiempos de la independencia, la historia de este país es la de una marejada de frustración. Pero no dije nada al respecto, y me limité a escuchar lo que el viejo Rangel continuó diciendo. Yo no te estoy sugiriendo que hagas la revolución; tan sólo que no te prives de presenciar el espectáculo. Pero para eso no necesito ingresar a la docencia; desde aquí, en Buenaventura, puedo verlo todo; como un paisaje —objeté por mi parte. Claro que no. Pero necesitas un trabajo. Lo dejas cuando quieras. Te vuelves cuando quieras. Siempre habrá tiempo para largarse a la mismísima mierda. Por lo demás, tendrás que darme la razón en una cosa: ¿cómo puedes estar seguro de que la mismísima mierda está aquí y no allá, a donde yo mismo me he largado? ¿O en realidad crees que eres el único que ha tenido la genial idea de largarse a la mismísima mierda? Después de todo, no eres muy original. Yo que te lo digo. No hay lugar sin momento. Si me convences de que éste es el lugar y éste el momento, te lo juro, Romero, que no insisto más. Es más, si me convences, puede que hasta yo mismo me quede acá, en Buenaventura.
Fue aquí cuando, en algún punto, me perdí. Más que sus argumentos, lo que me cautivaba era el tono de complicidad con que el viejo los exponía. De alguna manera −me daba cuenta entonces− era aquel tono que imprimía a todo lo que decía lo que me había empujado a seguir y terminar la carrera y, ahora, a seguir al mismo viejo en su terminar, que, a la postre, se hizo mucho más largo de lo que él y yo creíamos. Todavía recuerdo, con una aplastante precisión, cómo entre sus argumentos dejaba flotando la pregunta: cuando te viniste a Buenaventura, haciendo de policía ¿inquiriste acaso en las razones por las cuáles lo hacías? ¿A cuenta de qué tanto prurito ahora para hacer de profesor? A estas alturas casi habíamos terminado la botella de ron que el viejo Rangel había traído consigo y, prácticamente, exigiéndome que lo convenciera, me había convencido.
Complicidad. Debe haber algo más preciso que eso. Pues cuando me largué por tercera vez a Buenaventura lo hice con tal convicción que todavía me asombra la facilidad con la que accedí a la demanda del viejo. De hecho, tengo que reconocer que, después de graduarme, no tenía otra opción. Por lo que, si lo pienso bien, alardear de mi convicción sería jactarme de bien poco. Me otorgaron el grado a regañadientes; después de lo cual, nada tenía yo que buscar en una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme y a donde sólo se va a aprender que la historia es una ciencia, para salir convencido de que no lo es. En cuanto a futuro, tampoco tenía nada que buscar. Jamás he tenido interés alguno en ese mundo del que Rengifo siempre decía: hay que ir a por él. Como siempre le dije a Rengifo, este sentido de apropiación me repugna, y un mundo que responda a él me repugna mucho más. De modo que, en tal situación, largarme a la mismísima mierda era lo más esperable y natural.
Pero regresar-me no me parece igual. Pese a toda la influencia y seducción que el peculiar carácter del viejo pudiera ejercer sobre mí, me parece que debe haber algo más. Y yo creo que ese algo más tiene que ver con el destino; quiero decir, con la posibilidad de que en verdad haya uno que, independiente de nosotros, nos arrastre, sin intervención alguna de la conciencia, salvo aquella en la que se hace de mero testigo. De esto, obviamente, no dije nada al viejo en aquel ahora, porque es en este ahora en que lo pienso. De la misma manera que, para aquél entonces, el viejo aún no era tan viejo y tan muerto como ha llegado a ser al momento en que escribo esta historia. El problema acá es que toda historia se narra desde el futuro al que ya ha arribado su pasado, y que sólo ese pasado, narrado desde ese futuro que ya no es tal, puede dar cuenta de lo que pasó. El ser histórico es una paradoja de yuxtaposición temporal.
Esa noche me pasé al catre, ya que el viejo Rangel se empeñó en dormir en el chinchorro. Cosa en la que, sin duda, se daba mucha más maña que yo, como bien pude comprobar mientras se mecía ligeramente y se escuchaba el rechinar de los mecates anudados, que terminaría por sumirme a mí también en un sueño profundo. Pero antes de que así pasara, e viejo dijo en voz baja y pausada, como si hablara consigo mismo: tienes razón cuando dices que éste es el lugar porque cualquiera ha podido serlo. Una pausa, y agregó: o te vas conmigo, o nos quedamos los dos. La verdad es que, a estas alturas, me da igual.
Nada respondí. En ese momento me daba cuenta de que el asunto estaba decidido por mi parte. Por lo demás, si no fuese así, con imaginar al viejo cada mañana saliendo del chinchorro, me habría bastado para terminar de decidirlo. No fue hasta la mañana siguiente cuando retomé el asunto, tras regresar del patio, donde Perro se había echado a morir en un rincón. Nos iremos. Pero tendremos que esperar algunos días. El perro está mal, y no quisiera dejarlo así. Ya es cuestión de tiempo, como quien dice. Por su parte Rangel, que permanecía sentado en el chinchorro, hizo un gesto de lamentación con la mano y apuntó: lo vi entrar en la madrugada y pasar directo al patio ¿siempre dejas la puerta abierta? Miré hacia la puerta, como si dejarla siempre abierta fuese lo más normal. Si no es Perro ¿quién más entraría aquí? Dije. ¿Y el mudo? Preguntó el viejo y él mismo respondió: ayer, casi al anochecer, mientras tú estabas en el patio, hizo igual que el perro; ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba aquí, en el chinchorro. Sí, Mudito. Claro. Mudito también, dije. Siempre fuimos un equipo los tres. No sé de qué ni para qué. Pero un equipo. Ya sabes. Algo une. Algo se comparte. Aunque nunca sepamos bien qué. Los perros y los pobres −dicho en ese orden− son la mejor fuente de inspiración para algo así. Son como musas que iluminan nuestra propia miseria. En todo caso, es una de las pocas cosas que habré de romper cuando me vaya. Lo demás está roto de antemano; ya lo estaba con mi llegada. Bueno, en eso, reparó Rangel, el perro se te ha adelantado. Sí, es verdad. Después de todo, siempre fue el más inteligente de los tres.
A la mañana siguiente Perro había muerto. Poco antes del mediodía, ya lo había enterrado. La víspera permanecí despierto hasta que la madrugada me venció. Hasta entonces lo contemplé. La muerte se daba demasiado tiempo, pese a que el animal debía desearla tanto como yo. Aunque por razones distintas, nos liberaría. Más durar tiene sus rigores. Compartirlos forma parte del proceso. Debe haber sido esto lo que trajo el recuerdo de los ratos en que solíamos compartir cualquier bocado. El primero fue aquél en el malecón, cuando lo vi por segunda vez, y logré que aceptara parte del chocolate que yo comía. Sin embargo, para bocado, el que nos tocó aquella última madrugada en el patio, el de la mutua espera entre dos por la muerte de uno. Yo sentado en un cajón, lo suficientemente próximo como para largar mi mano de vez en cuando y dejar una caricia en su cabeza o su cuello. Él flaco, con las patas delanteras ligeramente abiertas, cansinas, y una respiración entrecortada. Estuvo igual sentado toda la noche. Yo lo miraba a él mirando desde la lejanía que le iba llenando los ojos con lo que a mí no me tocaba aún mirar. Tendré mi oportunidad. Poco antes de amanecer, como digo, me venció el sueño. Me dormí allí mismo, ahora sentado en el suelo y recostado de la pared. Desperté, y lo primero en mi mente fue la imagen del perro, como si no se hubiese apartado de mí ni por un segundo, como si hubiese estado todo el tiempo allí, velando mi sueño desde el solo portal de su muerte. El perro ya estaba muerto. Aún tibio y con los ojos abiertos, que ya no miraban, yertos en la misma lejanía, pero desde la que ya no había nada que ver. El cuerpo quedó tendido de largo a largo. Al levantarlo, advertí, por la posición de la pata trasera que estaba aún debajo, que el perro había muerto sentado. Al final, morir había sido el modo en que el soplo de la vida se lo había llevado de lado en el proceso total del morir.
Me lo eché al hombro. Tomé la pala y me fui camino de la ensenada. Bordeé lentamente el promontorio que se interna en el mar y en el que Mudito y yo por poco caemos el día que llegué por segunda vez a Buenaventura. Aunque el mar no estaba tan picado como aquella vez. Por el contrario, mucho más tranquilo, parecía hacer una concesión de su parte para con el exiguo cortejo. Ya del otro lado, atravesé la franja de árboles de raíces peladas y ramales retorcidos que normalmente separa la playa del monte. Pelé de monte un pedazo de terreno. Marqué el rectángulo de la fosa y me puse a cavar. Como era tiempo lluvioso, la tierra estaba húmeda y la hoja de la pala se encajaba con suavidad. Esto es bueno. El hueco se hace siguiendo un cuadrado casi perfecto. La proporción geométrica, me parece, dignifica el proceso. Entonces uno aprende que el más allá no está tan allá y que lo que tiene de más no es más que unos cuantos centímetros cavados con las propias manos en un modesto lote de tierra húmeda. Pero suficiente para hacerse un lugar en la nada cósmica. Se acabó. No hablaré de mi melancolía. Eso último no cuenta. Otro tema. El de la muerte se agota en la sepultura.
Cuando ya me disponía a volver a la casa, Mudito, a lo lejos, entraba en escena. Su tomuza asomaba por el mismo promontorio por el que yo había venido un rato antes y por el que ahora me disponía a volver. Me quedé parado, mientras clavaba la pala en la arena. Al principio no lo reconocí, por el atuendo. Pero, a medida que se aproximaba, se iba despejando la duda. Con una mano en el agarradero de la pala, me quedé esperando a que terminara de llegar. Se le dibujaba una sonrisa de oreja a oreja, a través de la cual mostraba sus enormes dientes y que se hacía más grande a medida que se acercaba. Sólo le vi una sonrisa similar la última vez que me fui de Buenaventura y le obsequie la gorra que tanto había codiciado durante el tiempo que, por aquel entonces, había pasado aquí. Como siempre, cada vez que venía y cada vez que se iba, me quedé observando ese caminar desgarbado, que yo sabía de memoria, registrado en sus más ínfimos detalles y que, incluso, hasta había compartido siguiendo la dialéctica de ida y vuelta de Mudito, Policía, Perro; Perro, Policía, Mudito; propia de nuestras caminatas por Buenaventura. Las grandes zancadas de sus piernas largas marcan el paso acelerado, mientras el mar observa las huellas que van dejando esos pies, para venirse a borrarlas. Sus brazos, también largos, van alternativamente hacia adelante y hacia atrás, según el ritmo de cada uno, ya que, aunque cuelgan del mismo cuerpo, parecen llevar una existencia independiente. Su cabeza describe un movimiento de balancín, interrumpido constantemente por una breve pausa en la que parece calcular los efectos de aquél.
Todo eso lo conocía yo muy bien. Pero en aquella falta de garbo sobraba algo que yo no alcanzaba determinar. Algo del todo desconocido para mí y que, acaso por el modo en que acentuaba la intensidad de los movimientos de cada miembro, me llevó a pensar que Mudito sufría de algún trastorno. Y como quiera que dejaba atrás la pubertad, quizás hubiese sobradas razones para pensarlo así. A unos pocos metros de mí, como un corredor victorioso, levantó los brazos en señal de que había llegado a la meta. Entonces me fijé en su atuendo, al que Mudito, mostrando con orgullo la franela y gorra rojas con que lo habían vestido ese día, señalaba con entusiasmo. La revolución había llegado a Buenaventura. Dos días después yo me marché, convencido de que no volvería nunca. Y, cuando volví, aquél convencimiento fue lo primeo que recordé.




