Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.
Las dificultades en el campo fisiológico no son sólo expresión de la complejidad de la realidad físico química de la estructura cerebral y de las posibilidades de acceso a ella, sino, también, de la complejidad misma del fenómeno de la memoria como experiencia, desde el punto de vista de su comportamiento. En este sentido, durante la primera mitad del siglo XX, en los estudios de la memoria predominó la visión de la escuela conductista. Para quienes participan de esta tendencia, apegada al positivismo lógico y el empirismo, la psicología como ciencia sólo debía ocuparse de lo observable y objetivamente cuantificable. Esto dejó de lado trabajos importantes que se venían desarrollando desde finales del siglo XIX, que la psicología cognitiva rescató y que, desde mediados del siglo XX, se convirtieron en los puntos de partida de un nuevo enfoque dispuesto a afrontar la complejidad del fenómeno de la memoria en toda su dimensión, aún cuando su estudio, más allá de lo experimental, suponga, inevitablemente, un alto nivel de especulación.
Es así como los teóricos del tema de la memoria han pasado a elaborar diversos esquemas con los que intentan distinguir entre los niveles en que se expresa su complejidad como función fundamental de la existencia en general y, muy particularmente, como componente del proceso cognitivo -percepción, aprendizaje, memoria. En virtud de ello es que se ha afirmado la existencia de diferentes mecanismos de almacenamiento para la memoria a corto y a largo plazo, y que si lo aprendido no pasa del primero al segundo la información se pierde. Al parecer, no se trata, pues, de memorias diferentes en sí mismas, sino de momentos que, si bien relativamente autónomos, forman parte de un mismo proceso. En este sentido, el camino hacia una comprensión de la enorme complejidad que supone el proceso de la memoria, se inicia en Alemania, a finales del siglo XIX, con los experimentos de Hermann Ebbinghaus4. Éste psicólogo estudió cómo se retienen las sílabas sin sentido. Y concluyó que la repetición es la única actividad que la memoria requiere para que los datos que recordamos se asocien entre sí. Es ésta, como se ve, una visión bastante simplista del asunto, y que acaso esté en la base de esa concepción que se tiene de la memoria como una actividad de segunda categoría, en comparación con el pensar y la inteligencia.
Posteriormente, Frederic Barlett5, quien acusaba a Ebbinghaus de un simplismo extremo y superficial en su concepto de memoria, realizó experimentos similares, pero utilizando historias en lugar de sílabas sueltas y sin sentido. A partir de ellos introdujo en el estudio de la memoria el muy importante concepto de esquema. La teoría del esquema sostiene que el recuerdo es un proceso reconstructivo, determinado más por el entorno cultural del sujeto, sus intereses y emociones que por los registros concretos. Tal concepto de esquema hacia alusión al conocimiento almacenado en la memoria proveniente de experiencias transcurridas. Dichos esquemas constituyen representaciones mentales, es decir, son en sí mismos conocimiento adquirido con el que la memoria interviene en la elaboración y evocación del recuerdo. Y este es el punto de partida de la psicología cognitiva actual. Los recuerdos no son una reproducción exacta y fiel del acontecer que capta la memoria, sino una representación elaborada a partir de los registros codificados de una determinada manera en la memoria, y en cuyo proceso de elaboración inciden tanto nuestra propia experiencia en el evento como los conocimientos previamente adquiridos. Todo recuerdo incorpora su elaboración como tal a lo acontecido, como probablemente también le reste cuanto contradice su elaboración. La memoria no es un mecanismo que podamos considerar como mera herramienta para realizar actividades superiores y complejas, sino, en sí misma, un conjunto articulado de sistemas, procesos y niveles de análisis. El recuerdo, su proceso de elaboración y evocación, supone datos, hechos y conocimiento sujetos a las tres funciones características de la memoria como sistema de procesamiento de información: codificación, almacenamiento y recuperación. Codificación es la transformación de los estímulos en una representación mental. Almacenamiento es la retención de datos en la memoria para ser utilizados posteriormente. La información se almacena de manera organizada. Es aquí donde los esquemas, como unidades previamente estructuradas que reúnen conceptos, categorías y relaciones, juegan un papel fundamental en la elaboración del recuerdo. La recuperación es la forma en que accedemos a la información almacenada en la memoria, bien de manera espontánea o de manera voluntaria.
La forma más popular de explicar el funcionamiento de la memoria es el modelo multialmacén propuesto por Atkinson y Shiffrin hacia finales de la década de 1970. Según este modelo, la memoria está integrada por estructuras diferentes, cada una de las cuales almacena diferente tipo de información, y la procesa también de manera diferente. Según este modelo, la memoria sigue un flujo que comienza en los sentidos -primer almacén o memoria sensorial- pasa a un segundo almacén -o memoria a corto plazo- donde es codificada, bien para su paso al tercer almacén -o memoria a largo plazo-, bien para elaborar una respuesta inmediata.
De capacidad ilimitada, la memoria sensorial es un concepto muy discutible. En cualquier caso, sería ella la que permite reconocer las características físicas de los estímulos, y actuaría como una suerte de retención de material en bruto, con poca persistencia temporal y disponible para su procesamiento posterior. Lo que no queda en la memoria sensorial, se pierde. La memoria a corto plazo trabaja con la información de la memoria sensorial o la información proveniente de los sentidos. En la memoria a corto plazo se determina la pertinencia y ulterior destino de la información. Es una memoria limitada, que puede guardar hasta siete unidades de información al mismo tiempo, por un lapso mayor al de la memoria sensorial y que se ha establecido entre 4 y 18 segundos. En esta memoria la información es codificada y organizada en múltiples categorías, según su diversa naturaleza (fenómenos visuales, verbales, auditivos, semánticos etc). A diferencia de la supuesta memoria sensorial -y por lo que este concepto en cierto modo pierde sentido como tal- la memoria a corto plazo es un sistema de retención y procesamiento de información. Proveniente de la memoria a corto plazo, según la experiencia y la dinámica del proceso de aprendizaje, la información pasa a la memoria a largo plazo, es decir, otro tipo de almacén, donde es objeto de nuevas formas de organización y procesamiento. La memoria a largo plazo ha sido equiparada con una gran base de datos, de carácter permanente y donde estaría almacenada toda la información sobre el mundo y sobre el individuo como tal. Esta memoria tiene una capacidad ilimitada, tanto en el sentido cuantitativo como de la persistencia temporal. Es aquí donde la más diversa información adquiere un significado específico e íntimamente vinculado con nuestra experiencia personal. Es aquí donde actúan los esquemas de los que habla Barlett y, en general, los conceptos en virtud de los cuales definimos el mundo y nos definimos a nosotros mismos como parte del mundo o al margen de él. Desde este sitio en la memoria es que evocamos y predecimos; y comprendemos.
La memoria a largo plazo es, sin duda, por la que más se puede interesar un historiador, o cualquiera que guarde por el tema un interés más filosófico que neurofisiológico. Esta es la memoria de las grandes líneas, de las definiciones determinantes para la existencia, tanto biológica o física, como emocional o espiritual. La memoria a largo plazo es en realidad un concepto tan complejo que equivale a designar con él la complejidad del mundo. En el campo de la psicología cognitiva se ha determinado a su vez la coexistencia de diversos tipos de memoria en la memoria de largo plazo. Se habla, por lo menos, de una memoria procedimental o implícita, y de una memoria explícita o declarativa. La primera estaría llamada a registrar los datos concernientes a las reglas de actuación y comportamiento, así como las estrategias para la realización de tareas concretas. Gracias a la memoria procedimental hay cosas que nunca olvidamos después de aprenderlas -incluso aunque dejemos de realizarlas por largo tiempo- como manejar un vehículo o pedir la bendición al abuelo. Esta faceta o dimensión de la memoria a largo plazo funciona en base a la relación condición-acción. Mientras que la memoria declarativa constituye la dimensión de la significación de la existencia. La memoria declarativa concentra la mayor complejidad del concepto de memoria a largo plazo, y de memoria en general. Por ello ha debido, a su vez, de ser dividida en dos grandes formas de memoria: la memoria episódica y la memoria semántica.
La memoria episódica es el lugar de la autobiografía en la memoria. Allí aparecen los eventos de nuestra existencia a través de un proceso de representación que los relaciona con el espacio y el tiempo. Es gracias a la memoria episódica que recuerdo haberme cruzado en la calle con un amigo que no me saludó. Pero como los hechos que se recuperan a través del recuerdo no se reconstruyen como una mera copia de lo que aconteció y como de nada me serviría, de poder hacer algo así, una recuperación así, pues nada significaría en mi existencia, es gracias a la memoria episódica que no sólo recuerdo haberme cruzado en la calle con un amigo que no me saludó, sino que lo recuerdo con tristeza, inconformidad o indignación por lo que considero una indiferencia ingrata o un inmerecido desaire que no se corresponde con el concepto de amistad que norma mi comportamiento en esta materia. Lo que resulta de una memoria así son historias que cambian cada vez que las contamos, cuando cambian los contextos, nuestras intenciones, lo que, por la misma acción de historiar, nos cambia. Pero, entonces, de súbito surge la pregunta ¿a esta altura del proceso de recordar, en la que ya no sólo se trata de evocar el hecho cruzarse en la calle con un amigo que no saluda, sino de concebir dicho hecho en las coordenadas conceptuales de mi existencia personal y social, estamos todavía en le memoria episódica? ¿No habremos ingresado ya a los aposentos de la información, o a los registros de la enorme base de datos que la memoria a largo plazo es, donde la psicología cognitiva comienza a hablar de otro tipo de memoria, cual es la semántica?
Lo que en la psicología cognitiva se denomina memoria semántica vendría a ser la dimensión más compleja de la memoria. La memoria semántica es el reservorio de complejas estructuras de hechos, conceptos y habilidades obtenidos a lo largo de la experiencia. Allí los recuerdos no están ligados a contextos específicos, determinados por espacio y tiempo, sino que formarían parte de sofisticadas redes semánticas organizadas jerárquicamente en categorías. En este sentido, cada concepto puede ser representado como el nodo de una red de significación. Cada nodo se conectaría con otros, estableciendo relaciones de distinto tipo, y que son esenciales al proceso de significación y comprensión de la experiencia: relaciones de pertenencia -en virtud de las cuales tal cosa es un...-; o de atribución, tal cosa tiene, puede...- y así por el estilo. Los conceptos se incorporan a la memoria a largo plazo en su dimensión semántica, y para que ello sea así ha de ser integrado en una red semántica. Aunque siempre se supone la existencia de un flujo permanente de información entre las diversas memorias, se desconoce hasta qué punto ellas residen en áreas diferentes del cerebro y hasta qué punto son, en realidad, memorias diferentes, almacenes relativamente autónomos, o, mas bien, fases y niveles de complejidad de un mismo y único proceso. Se han propuesto teorías alternativas al modelo multialmacén que, sin restarle complejidad al proceso de la memoria, incluso sin negar la distinción entre las dimensiones de corto y largo plazo del proceso, intentan explicar esta complejidad de una manera diferente.
Así, a inicios de los años setenta, surge la teoría de los niveles de procesamiento, de Craik y Lockhart, que, a diferencia del modelo multialmacén de Atkinson y Shiffrin, no ponen el énfasis de la cuestión en el tipo de información que la memoria está llamada a procesar, sino en el procesamiento mismo, es decir, en el proceso de codificación de la información. En esta nueva interpretación, tanto la permanencia del recuerdo como la complejidad en el proceso de su elaboración dependen fundamentalmente de las operaciones que se realizan para codificar la información recibida de los sentidos. Este proceso tiene tres niveles: estructural, fonológico y semántico. Se trata de tres niveles de procesamiento que ocurren desde el momento en el que la información es captada por los sentidos hasta el momento en el que se le atribuye un significado.
La memoria no es un almacén de información, sino una compleja fábrica, siempre activa, de producción de significado. Los registros son la materia prima de este proceso. En el nivel estructural se procesan las características físicas y sensoriales de la información, tales como, por ejemplo, la forma de la letra, número, palabra. Desde este nivel, el sujeto sólo es capaz de recordar la estructura. En el nivel fonológico se analizan los rasgos fonológicos del estímulo. Es desde este nivel que el sujeto añade el sonido que está asociado a las letras, para lo cual ha de tener en cuenta el contexto de la palabra de la que forman parte. El nivel semántico es el más profundo del proceso de la memoria. Es el nivel del análisis de la palabra, tomando como referencia el contexto de la frase de la que forma parte. En este momento se elige para la palabra el significado que tengamos almacenado más adecuado. En lo que tiene una influencia determinante la intención del sujeto, el tipo de análisis que se haga de la información y el contexto en el que se produce el análisis. De lo que aquí se trata es de una codificación de las propiedades semánticas, es decir, de un nivel de procesamiento que afecta directamente las posibilidades del conocimiento, pues incorpora conocimientos previos tanto para el análisis como para la posterior interconexión. A mayor nivel de procesamiento mayor garantía de que se pueda recordar. Partiendo de este enfoque, la memoria se concibe como un procesamiento de información que va de lo superficial a lo profundo, de lo simple a lo complejo, del registro al significado. La persistencia del recuerdo, -esto es, el tiempo que la información puede permanecer en nuestra memoria- está en función de la profundidad de análisis; a más profundidad corresponde información más elaborada y un almacenamiento más perdurable. La mera repetición de la información sirve para mantenerla en la memoria a corto plazo, pero no garantiza que el almacenamiento en la memoria a largo plazo sea mejor. Para que la repetición de la información sea efectiva, debe ir acompañada de la construcción de vínculos entre la información que recibimos y la que ya está almacenada.
Luego de la teoría de los niveles de procesamiento, el modelo de las redes neuronales -basada en el concepto de engrama- ha pasado a ser el enfoque más relevante en los estudios de la memoria. Esta nueva teoría sienta sus bases en la neurología. El funcionamiento de la memoria se basa en el modo en que funcionan las neuronas. La memoria funciona como una red. Los primeros modelos de esta teoría fueron formulados en 1979 por Hastie y Kumar, que afirman que la información se organiza en la memoria en forma de nodos. Un nodo es un punto de la memoria correspondiente a un determinado objeto: una persona, un edificio, un partido político, una idea. Puede tratarse de una cosa concreta o de un concepto abstracto. Alrededor de cada nodo se organiza información que guarda alguna relación con el objeto al que el nodo hace referencia. Cuando un nodo se activa, activa aquellos otros nodos con los que está asociado, activación que incluye la posibilidad de inhabilitar o inhibir otros nodos, como de echo sucede cuando el recuerdo de ciertos objetos dificulta el recuerdo de otros.
Esta teoría viene a definir a la memoria como parte de una existencia psíquica que transcurre a lo largo y ancho de una enorme y compleja red neuronal estructurada en base a infinitas conexiones sinápticas resultado de una combinación de situaciones específicas. Los sentidos captan estímulos que, trasmitidos al cerebro, activan un determinado conjunto de neuronas, dando lugar a relaciones funcionales de contacto entre las terminaciones de las células nerviosas; fenómeno éste denominado sinapsis. Las neuronas activadas de manera conjunta conforman lo que se conoce como engrama, es decir, una parte de la red neuronal constituida por las neuronas conectadas entre sí en razón de los impulsos nerviosos trasmitidos a través de las conexiones sinápticas. Un engrama es, pues, una estructura de interconexión neuronal estable, también conocida como ciclo o bucle neuronal, que actúa como un subsistema de la red de neuronas para generar respuestas que regulan el comportamiento ante un determinado estímulo. Los engramas pueden generarse de manera inconsciente. Los engramas psíquicos son los que tienen lugar como resultado de una actuación consciente y voluntaria del individuo. Como es de suponer, el aprendizaje es una enorme fuente generadora de engramas y la memoria un proceso constante de activación y reactivación de los mismos. Los conocimientos del mundo percibido, lo que pensamos y lo que sentimos, generan engramas en tiempo real que son registrados por la memoria y que evocamos, como evocamos las imágenes o los sonidos. Toda la existencia psíquica, la heredada y la adquirida, se asienta en esta enorme red neurológica, capaz de desarrollar específicas combinaciones de interconexión. A partir de la percepción, el aprendizaje y la memoria, el proceso cognitivo se convierte en reservorio infinito de intercambio neuronal. Los engramas así generados son de todo tipo: sensitivos, perceptivos, cognitivos, lingüísticos, emocionales... que se activan y desactivan de manera ordenada y lógica.
De acuerdo a la misma teoría, el olvido no sería otra cosa que la desintegración de engramas, como resultado de una prolongada desactivación o de lesión. El olvido es un proceso natural y esencial de la memoria. Para su funcionamiento, como máquina, el cerebro siempre opta por el mínimo gasto de energía. Gracias a nuestra capacidad de olvidar, nos deshacemos de lo insignificante, es decir, de lo que no tiene -o aquello en lo que no encontramos- poder de significación en nuestra existencia. Si no fuera por el olvido, jamás podríamos llegar a hacernos una idea del mundo, ya que viviríamos, como Funes, sin sentido ante un torrente de recuerdos que nada dicen por sí mismos. La memoria es la relación entre recuerdo y olvido, es decir, el punto de partida de la conciencia.
Así como la física ha aportado poco a nuestra noción del tiempo como experiencia propia de la existencia humana, al parecer no es mucho más lo que la neurofisiología ha aportado respecto a nuestra noción de memoria en el mismo sentido. Al insertarla en el proceso cognitivo, la psicología ha dado, sin duda, un gran paso, que hace de la memoria un complejo proceso cuyo estudio no puede limitarse a una concepción mecanicista que haga de ella un mero registro de datos. Pero, al mismo tiempo, esa complejidad ha sumido el concepto en una ambigüedad que lo torna confuso y difícil de diferenciar de otras dimensiones de la mente humana. Así, por ejemplo, en esa fábrica a gran escala de representaciones, análisis, abstracciones y conceptos que es la memoria semántica ¿cuánto corresponde a la memoria propiamente dicha y cuánto a cosas como la imaginación y la inteligencia? Por otra parte, si la memoria episódica es el lugar de la autobiografía y, por lo tanto, de la relación del individuo con el tiempo ¿cuánto y de qué manera incide ello en la memoria semántica y en la elaboración de conceptos como tiempo histórico? Una vez establecida la diferencia entre una memoria y otra ¿Cómo relacionamos lo episódico con lo semántico a nivel de elaboración y registro de memoria? Este es el problema que plantea la concepción de distintos tipos de memoria. La diferenciación entre memoria de corto y de largo plazo no representa tanto un problema, por ser de tipo cuantitativo, es decir, un problema referido a la persistencia temporal del registro en la memoria. El problema está en la diferenciación, dentro de la memoria a largo plazo, de distintos tipos de memorias, similares en cuanto a la persistencia temporal, pero diferentes en cuanto a la calidad de sus contenidos y manera de procesarlos. De allí la tendencia a desplazar el modelo multialmacén por conceptos que ponen el énfasis en la naturaleza de la memoria como proceso único, tal como lo sugiere la teoría de los niveles de procesamiento, o el modelo de las redes neuronales.
En cualquier caso, sabemos que la memoria no es, como ha indicado Borges, ni almacén, ni biblioteca, ni enciclopedia. Y lo suponemos así porque en su misma estructuración, de por sí compleja, intervienen criterios y esquemas que la redimensionan y la significan de una manera específica y, al mismo tiempo, forman parte de ella. En la medida en que tales criterios y esquemas provienen no solo de nuestra propia iniciativa personal, sino, mucho más, del entorno social y cultural en que nos sume el proceso de aprendizaje, la memoria es un concepto que rebasa la dimensión de lo estrictamente individual. Aunque esto es algo que sepamos más por experiencia e intuición que por certeza científica. En virtud de lo cual hemos asignado a la memoria un lugar vital para la existencia humana, junto con la percepción y el aprendizaje, como componente del proceso cognitivo propio del desarrollo de la existencia humana en sociedad.
Desde el punto de vista histórico en particular, sabemos que la memoria es la función que nos permite conceptuar la experiencia y relacionarnos con el tiempo, aunque no sea ella misma la que conceptúe y elabora tan complejas relaciones con lo que no existe o es aporético. Pero son los registros de la memoria los que nos permiten el encadenamiento y conexión temporal de unos sucesos con otros, con lo que construimos nuestra biografía. Y acaso sea esta biografía el modelo al que apelamos para construir la biografía de los otros que llamamos historia de. Después de todo, se trate de nuestra biografía o la del otro, actuamos más o menos de la misma manera. Nos valemos de los registros del archivo en el mismo sentido que nos valemos de los de nuestra memoria: unimos de manera específica y selectiva el acontecer, organizamos la experiencia por días, meses y años, y la significamos según una escala que va de lo inútil y pueril a lo sublime y lo importante. El pasado, el presente y el futuro no son realidades físicas, sino dimensiones de la memoria, conceptos elaborados a partir de ella con el propósito de captar y sistematizar de alguna manera el devenir, de seres y cosas, individual y colectivo, y sin lo cual el acontecer no tendría sentido alguno. Somos animales históricos porque somos en la dimensión de la memoria.
Sabemos todas estas cosas. Saberlo es lo que nos ha permitido abrirnos a las más complejas especulaciones acerca del animal histórico que el hombre es. A su vez, tales especulaciones son, en cierto modo, el ejercicio que, de hecho, nos ha permitido saberlo. Y, sin embargo, pese a todo ello, la memoria ha sido, y en buena medida lo sigue siendo, un misterio. En cierto modo, nos movemos en un círculo vicioso, en virtud del cual es la dimensión individual de la memoria la que ha llevado necesariamente a plantearse la existencia de una memoria episódica, suerte de reservorio de la identidad y autobiografía del individuo. Y en la medida de que la existencia individual está sujeta a un entorno que la determina, a una memoria semántica dotada de las herramientas con las que intentamos comprenderlo y significarlo. Gracias a la neurofisiología y la psicología cognitiva, sabemos que las neuronas, estructuradas en conexiones singulares ubicadas en regiones específicas del cerebro, y a partir de ciertos mecanismos bioquímicos, son los conductores y procesadores de la información que recoge la memoria a través de los sentidos y según la experiencia. Pero nada sabemos acerca de qué es esta información, cuál es su naturaleza o su esencia, como diría Aristóteles. De hecho, la conexión directa entre el sistema neurobiológico y la memoria como función cognitiva es más un presupuesto científico que una demostración científica, y supone un salto sin solución de continuidad de la realidad fisiológica a lo abstracto y conceptual.6
Pocos temas tan vitales a la hora de considerar la naturaleza humana, tanto desde el punto de vista físico como espiritual, como la memoria. Pero, al mismo tiempo, es un tema en el que el conocimiento anda a tientas, guiado más por el instinto y la experiencia, que por las certezas de la ciencia. Más allá de la dimensión fisiológica que han alcanzado penetrar los estudios modernos sobre la memoria, el componente psicológico y social sigue jugando un papel de primer orden en este tema, y que lo vincula a planteamientos que, en sus orígenes, se remontan a tiempo muy anteriores. Así como en lo que refiere al tema del tiempo, también en el de la memoria Aristóteles y San Agustín son los referentes iniciales.
1El filósofo y médico islámico persa Avicena (980-1037), conocedor de Aristóteles y que difundió su pensamiento, al parecer fue el primero en determinar tal ubicación. Su obra, El canon de la medicina, fue una de las más importantes en Próximo Oriente y Europa. La primera traducción al latín se hizo en el siglo XII.
2Neurobiólogo austriaco, que nació en 1929 y recibió el Premio Nobel de Medicina en el año 2000, por sus investigaciones acerca de la forma en la que se transmiten los mensajes a través del sistema nervioso y los procesos moleculares responsables de la memoria y el aprendizaje.
3Así, por ejemplo, estudios con animales ubican la memoria espacial en un circuito entre el hipotálamo y el tálamo, mientras que en otro circuito, entre la amígdala y el tálamo, podría ubicarse la memoria emocional. También se ha afirmado que las habilidades psicomotoras y las intelectuales se corresponden con una codificación de almacenamiento diferente. La pregunta es ¿hablamos de memorias diferentes, o de diferentes momentos de un mismo proceso?
4Hermann Ebbinghaus (1850-1909), psicólogo alemán, pionero de la psicología experimental. Realizó importantes experimentos sobre el valor de la repetición en la memoria, empleando sílabas sin sentido (quel, bol, ras...)
5Frederic Charles Bartlett (1886—1969). Psicólogo británico, primer profesor de psicología experimental de la Universidad de Cambridge, de 1931 a 1951. Precursor de la Psicología cognitiva contemporánea.
6Según el Diccionario de la Lengua Española, memoria es la “facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Curiosamente, se delimitan dos aspectos fundamentales: retener (en Neuropsicología lo llamaríamos fijar y consolidar) y recordar (evocar). En Wikipedia, la Enciclopedia libre por Internet, figura la siguiente definición: “la memoria humana es la función cerebral resultado de conexiones sinápticas entre neuronas mediante la que el ser humano puede retener experiencias pasadas. Los recuerdos se crean cuando las neuronas integradas en un circuito refuerzan la intensidad de las sinapsis”. No sólo este punto no está demostrado, sino que supone dar un salto de lo abstracto a lo material, es decir, no dar el significado en cuanto significado sino en cuanto explicación del significado. Así, la memoria pasa de ser retención y evocación de hechos a una función neuronal que se da cuando ocurren determinadas actividades intra y extraneuronales. Www Sociedad Española de Neurología ...




