textos, pretextos y otras mentiras...

..

Recogida. Mujer que vive retirada en determinada casa, con clausura voluntaria o forzosa. Rita podría ser. Pero esa donde ha transcurrido toda su existencia no es casa de recogidas, sino la “Pensión Rita”. ¡Nada más y nada menos! Así dijo el Indio cuando así la llamó y aún llevaba en la mano la brocha con la que había terminado de pintar el letrero que, de inmediato, procedió a colgar a la entrada. Ya verás cómo aumenta la clientela. Agregó. Rita mirando. Claro que, durante la semana la gente es poca. O, mejor dicho, ninguna. Nadie va a salir de su casa a comer en la casa de al lado ¿verdad? Pero el fin de semana, ya verás. Siguió el Indio hablando, al tiempo que remataba su obra con los últimos martillazos de rigor. Cuando estuvo seguro de que el letrero no se caería, soltó el martillo, que le cayó sobre el pie. Pero no se quejó. Sólo continuó su visión acerca del volumen de la clientela. Sábado de gloria. Domingo de resurrección. El lunes, ¡bueh! De vuelta a las catacumbas hasta el viernes, cuando comience de nuevo el milagro. Rita se quedó parada sin decir palabra. Un tablón fondeado de amarillo con letras en negro bordeadas de rojo y verde. Que pasión por el color, la del Indio. El pobre. Tan buena intención en todo lo que dice y hace. Listo. De los anchos labios del Indio brotó una sonrisa blanca hasta donde alcanzaban los pocos dientes y que todavía está allí, pese a la carcoma del tiempo.

Voluntaria o forzosa. Si se le preguntara a Rita, a estas alturas le daría igual responder cualquier cosa. Allí ha vivido toda su vida. Y si de cuánto le queda se trata, es como si ya lo hubiera vivido también. De tal manera que Rita sí que echó ya, como se dice, el resto. De pronto, le ha sobrado existencia. Sólo hay que esperar a que termine de morir ¿Cuánto falta para eso? Quién lo sabe. Mucho no será. El caso Rita ha sido largo, más de lo esperado y hasta un poco diríamos ¿burocrático? Puede ser. Porque, luego de tantos años, Rita parece que se ha quedado a la deriva, como esos inofensivos ciudadanos en el frío pasillo de la más impenetrable oficina gubernamental. Hay días en que, por momentos, algún detalle rompe la rutinaria ilación de su memoria. Edad, por ejemplo. Rita se queda en blanco, y luego, mientras recuerda cosas, sigue esperando. Si Rita hubiese aprendido a coser o a bordar, tendría ahora con qué entretenerse. Y ésa que va a aprender, si no hace más que brincar como un muchacho. ¿Quién diría eso? Seguramente la tía Trinidad. Es el tipo de cosas que ella diría de Rita. Bien. Quizás Rita se entretenga bordando recuerdos en el intangible tejido de su propia muerte, en proceso, como todas. Una espera así es cosa extraña para quien no haya esperado, como Rita, sin esperar nada. Mana como un sudor del alma hasta que deviene alma que mana como un sudor. Las consecuencias fluidas del error de haber nacido. Debe ser.

¿Achaques? No muchos. Sin embargo, hoy, al amanecer, de nuevo ese dolor frío en los huesos y que desde hace tiempo ya se viene repitiendo. A media mañana va pasando. De él entonces sólo queda una señal. Se lo sabe, pero no se lo siente. Quizá sea una forma de recordarlo hasta el día siguiente. Como sea, curioso frío éste, el de la oculta osamenta en medio de tanto calor aplatanado contra la piel al descubierto. Con todo, al final del mediodía va cediendo su latoso recorrido de adentro, como si cansara también, y entonces Rita ya puede moverse con más agilidad. Esa muchacha parece un ratón. Y esta vieja también, aunque mas lenta. A esa hora del día, Rita termina de preparar el almuerzo, hace las viandas y sale a llevarlas al comando policial. Porque lo que es durante la semana, no hay alma que pene por aquí. De vuelta, Rita pasa la tarde sentada en una silla hacia una esquina del patio. Poco tiempo atrás se dedicaba todavía a regar las matas cuyos materos el Indio ubicaba a veces aquí, a veces allá. Ponla donde tú quieras. Y allá va el Indio, matero en mano, caminado hacia aquí y hacia allá, siempre tan preocupado porque la vieja tenga un patio bonito ¿Por qué no las has regado? Ahora Rita sólo se dedica a ver cómo se van secando. Porque, salvo para la mujeres bellas, marchitarse también tiene su encanto. Ese, donde las hojas del tallo ya pelón han ido cayendo, es buen sitio para mirar. Rita no podría explicarlo, pero ha aprendido a escuchar los golpes de sus cuerpos livianos al caer sobre la tierra cuarteada. Así oficia Rita en la íntima liturgia de sus contemplaciones de tarde en tarde. Al final de esta tarde, le ha cortado el cuello a una gallina y la ha pelado. Trabajo limpio. Sangre, la mínima necesaria. Cacareo, ninguno. Muerte silenciosa. Silencio profesional el de Rita cuando se levanta de la silla, toma el machete y zás. Todo ha quedado listo para la comida de mañana. Ahora va atravesando el patio en diagonal, camino a la ducha. Nadie hablaría de muerte. Otra más.

La mano tendinosa agarró el grifo, lo giró con monótona lentitud aprendida de memoria, mientras los ojillos se clavaban en los ochenta y cinco huequitos salitrosos y, venidos de la boca agujereada de la regadera, los ochenta y cinco hilos de agua corrieron a lo largo del cuerpo corto de Rita abajo. Ahora, Rita de brazos recogidos contra el pecho. Qué pensará mientras corre esa agua fría sobre la superficie pelada de la piel caliente. Tirita. Quizás no piense. Quizás sólo se ocupe en tiritar. Los labios tiemblan. De la afilada barbilla que sigue por sí sola las remarcadas comisuras de la boca, caen gotas de agua que brillan al ser atravesadas por la luz. Siempre ha sido así en Buenaventura. Fuera del baño, un calor como de fin de mundo. Bajo la ducha, el fin del mundo a modo de cuerpo torturado por el agua fría. Luego del baño, Rita sentada al borde de la cama. Rita estirando las piernas para meter los pies en los zapatos de tela suave y floja. Regalo del Indio para que a la vieja no se le maltraten las patas. Patas no. Pies. Pero Rita siempre habló de patas cuando se miraba los pies. Rita calzada. Rita levantada ya. Sus manos tomaron el vestido extendido sobre la cama. Se lo puso y caminó hasta el espejo empotrado en la puerta del escaparate. Es la hora en la que el sol refleja una fuerte y última luminosidad sobre el espejo que no deja ver. Lastimoso chillido de bisagra. Así, abierta hasta allí. Entonces Rita vio la imagen de Rita en el espejo.

De los pies a la cabeza acaso metro y medio, y algo más que, de tan poco, a quién podría importar. La verdad, sobraba espejo. Metro y medio. Medida desde el pie izquierdo si éste estaba apoyado por completo en el suelo. Nunca los dos pies. Porque si el izquierdo estaba de verdad plantado en el piso, al derecho, entonces, le faltaba siempre algo más para plantarlo allí mismo. Esto si quería mantener los hombros al mismo nivel. De manera que si se paraba, como se dice, sobre los dos pies, todo su cuerpo lucía descompensado por una ligera torcedura que lo recorría de largo a largo. No importa, Rita, que lo lindo de cada quien va en el espíritu. Sí, está bien. El espíritu. Si cuando se es coja, hasta el espíritu cojea. Allá va. Pero si casi no se nota. No claro. Sólo al caminar. No era para tanto. Pero cuánto no deseó que aquél algo más que inútilmente la coronaba por cima de la cabeza hubiera servido para compensar el poco menos que la traicionaba por los pies. Qué hacer. La vida es así. Hasta en una de metro y medio puede que sobre lo suficiente para joder al universo entero del corazón. Unos centímetros más o menos, y todo se va a la mierda por una pierna que no terminó de nacer. El cuerpo se bambolea. Disimulo. Igual, aunque uno no quiera, algo le pesa a ese cuerpo, y anda, claro, jalonado por una monótona desgracia de algo más de metro y medio que desde lo profundo del suelo le indica el camino a empujones. Por allí ¡Pum! No suena, pero igual se siente cómo golpea en el orgullo. Ésta como que no crece más ¿Quién dijo eso? Ah, la tía Trinidad. Y ¿cuántos años tiene ya? Cuando se pregunta así, la vida va mal. Porque la pregunta es ¿cuántos años tiene?, y ya. Para qué preguntar ¿cuántos años tiene ya? Como si se le hubiera olvidado algo en el transcurrir. ¿Por qué ese maldito ya encajado allí, al final, como una acusación? Ah, claro. Sucede que algo debía haber sucedido ya y no había sucedido ¿Cuántos años tiene ya? Mala señal.

¿Cuántos años tiene ya? Sólo ambiguas estimaciones. Ninguna fecha precisa. Cuando el fulano tal ganó las elecciones, Josefina contaba más de dos meses de embarazo. A ver. Dos menos nueve son siete, y las elecciones fueron en diciembre del año tal. O, cuando Josefina murió, Rita estaba así. Apenas si caminaba. No. De caminar, caminaba. Bueno, la Rita siempre floja, hasta para caminar. Yo no sé. Como que la amamantaron con postura de pato. Uno la manda y ya puede sentarse a esperar. Tú sabes que en todo eso tiene la mano metida La Pelona. Si no fuese por La Pelona la madre aún estaría viva y Rita no sería coja. Pero ¿cuántos años tiene ya? Rita siempre tuvo la edad que a cada quien le parecía según sus deducciones, cálculos y largos comentarios de pasada. Y mientras duró la ambigüedad, metro y medio. Ya crecerá. Y fueron naciendo otros que crecieron más. Metro y medio. Era fácil de nombrar. Allá va metro y medio. Y se jodieron esos centímetros de algo más que, por lo demás, ya debía haberlos perdido, porque cuando uno envejece no sólo se encorva, sino que se va encogiendo como tela de mala calidad. Como decía la tía Trinidad: mira nada más, una lavada y ya tiene uno que andar con el ombligo afuera. Quizás fue por eso que, durante tantos años, Rita había vivido con el ombligo afuera. Aunque en Buenaventura algo así era normal. Tela de mala calidad. Sólo las viejas se cuidaban de algo así metiéndose en esos vestidos largos adornados con lunares o florcitas de escote hasta arriba y, más arriba, el aparejo de tendones a flor de piel que todavía sostienen el esmirriado cuello. Rita terminó de abotonarse y se dispuso a peinar su cabello.

La insignificancia, que ella siempre sintió como vacío, pero que los demás siempre observaron como poquita cosa, debía ser eso que casi siempre se llama alma o espíritu. No importa, Rita, que lo lindo de cada quien va en el espíritu. La gente habla sin saber. Lo que fuese, llenaba su cuerpo menudo y se derramaba por fuera de él, piel sin color sobre la piel. Quizás eso la hacia lucir mucho más joven de lo que realmente era. Cuánto lo era, no podría decirlo con exactitud. No tenía papel, documento o huella alguna relativo a su nacimiento. Una partida de bautismo, sí. Pero tarde ya, cuando mamá ya había muerto y todos habían perdido la cuenta, hasta la tía Trinidad, que había dejado de gritarle, después de que, primero, dejó de tirarle las de las orejas. Rita se echó una última mirada. El cabello recogido hacia atrás y tras las orejas. Vaya con la vieja. Ya metida en la caja, y parecía seguir mandando. Peinada cabellera plateada sobre los pliegues del tafetán plateado. Nariz filuda tras el cristal. Un poco más y le machucan la punta. Uno se acercaba y era como si lo oliera a uno con aquella punta. Rostro quieto trazado en los magistrales y diminutos pliegues de la sombría vejez. Cómo miraba a todos desde su muerte, la tía Trinidad. Uno a uno, asomados a ver lo que había pasado tras aquel cristal. Ahora ella de cabello recogido hacia atrás y tras las orejas. Cierto parecido había. Menos en la nariz. Si, además de corta y coja, le hubiese tocado llevar esa nariz, a la mierda. Menos mal y hay cosas que no se heredan.

Sin embargo, cuando la tía Trinidad pasó a mejor vida, Rita también. Ésta era su cama, tan oscura y tan alta que, para bajarse, Rita debía estirar lo más posible las piernas para tocar el piso. Ésta era su almohada. Éste su cubrecama hecho como de corazoncitos acolchados. Ésa su lámpara. Aquel su escaparate de dos puertas −la izquierda con espejo− y lleno de vestidos largos que colgaban su vacío de tía muerta, todos exactamente del mismo tamaño. Aquél rincón, a continuación del escaparate, era su altar, lleno de velones y santos. El murmullo que aún podía escucharse en ese rincón, las voces repetidas de lo que era su oración. En efecto, el tiempo de ese rincón silbaba aún los vientos sutiles de su siseo y que sólo el oído de Rita era capaz de percibir. En el día, correr y brincar por la zona del malecón, sin importar la cojera. En las noches, desde su habitación, inmóvil en su catre de insomne, mientras escuchaba las largas letanías y percibía el inquieto resplandor de los velones del altar al centro de la habitación y el piso sobre el que se proyectaba la sombra sentada de la tía Trinidad, Rita juraba que se iría de Buenaventura. Así envejeció Rita.

Así, durante años, la memoria de Rita había transcurrido a punta del juramento repetido según el cual un día se marcharía de Buenaventura y no volvería jamás. Lo de no volver jamás le daba al juramento una contundencia y convicción lo suficientemente engañosas como para no percatarse de que, al final, se trataba mas bien de un diferido anhelo. Porque era sólo eso, un anhelo, una forma tediosa de comprometerse con la nada vivida de las cosas que nunca son, y atisbar desde lo más remoto de sí misma el horizonte dormido en su eterno sueño de ausencia y lejanía. Pobre Rita, se decía a sí misma, sin que sintiera su voz como algo suyo, sino de un ser siempre extraño, venido de un mundo que no estaba del lado del suyo, que le hablaba en un lenguaje cada vez más inteligible. Así envejeció Rita, al ritmo de su íntimo juramento. Sólo por el cansancio y el ácido úrico acumulado en las coyunturas, sin saber qué eran, lo sabía. Su vejez nada tenía que ver con una forma especial de sentir o saber de la vida. Sólo un día a día, una colección de actos y escenas que iban desde ver nacer y morir a la gente de Buenaventura, hasta preparar café. Por cierto, ya había que cambiar esa bolsa, que de tiesa y emborronada, se parecía a la cara de la tía Trinidad hasta en lo marrón con que mancha la borra. Siempre había querido cambiarla, pero no por otra bolsa, como siempre hizo, sino por una de esas máquinas pesadas y con tubería y manijas cromadas, que soplan agudo su vapor mientras el comensal, ansioso, aguarda atrapado en la magia del aroma. Un restauran sin máquina no era tal. Seguía siendo un comedor de casa. Siempre oía decir a los viajeros que nada como el café colado y la comida casera. Pero Rita hubiera querido un restauran de verdad. Con máquina y letrero iluminado. No con esos pescados que el Indio pintaba a lo largo de las paredes de color amarillo, rojo y verde sobre el fondo azul a media altura. Éste, el mar. Hasta aquí. El azul claro de arriba, el cielo ¿Ves? Pescado frito. Cruzado. Tostones de plátano verde. Coco frío. Y al lado de cada título el plato dibujado según el dudoso virtuosismo del Indio. Pobre. Lo hace con la mejor intención. Pero eso no era un restauran, sino una casa grande con paredes pintarrajeadas y llenas de dibujos bobos. Ambiente familiar. Sí, claro que familiar.

Ya de grande ¿Grande? Preguntaba la tía Trinidad cada vez que Rita, en clásico gesto de rebeldía, decía que ya estaba grande. Y entonces sobrevenía un instante de silencio durante el cuál la vieja lanzaba aquella gran mirada de desprecio sobre el metro y medio. Rita, contenida, salía corriendo. Directo al malecón. De no haber sido por el mar, habría seguido corriendo. Pero ¿quién puede con algo tan inmenso? Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Para mí el más grande símbolo de la libertad ¿no te parece? ¿Y a éste qué le pasa? Los turistas, vestidos, o más bien semidesnudos con prendas de colores muy diversos, iban y venían riendo y agazapados bajo sus gorras y sus sombreros. El de éste era un sombrero de paja, de ala ancha y muy caído al frente, que ocultaba su cara en la sombra. Sólo se dejaba ver la boca. Se sentó, así, sin más, al lado de Rita, y sin reparar lo más mínimo en lo enfurruñada que estaba. Daba insistentes chupadas al pitillo que brotaba del termo plástico que traía consigo ¿Quieres? Lo que habrá quedado de aquella chupada. Anda, no te de pena. Es sólo agua de coco. Está fría. Sí, fría que estaba. La chupada se le fue a Rita hasta la frente en una prolongada puntada ¿Rica, verdad? Una sonrisa borró con su magia la rabia en la cara de Rita. Quizás el mar le comenzaba a parecer un símbolo de libertad, o lo que fuese, y no ese charco imposible de cruzar por o enorme. El sujeto hablaba en palabras tan raras como ininteligibles, pero que a Rita se le antojaron tan bellas. Salidas de entre sus labios, aquellas palabras eran sueños a la mano. ¡Qué labios! Gruesos, y como si alguien los hubiese dibujado a propósito, sólo para que Rita los viera allí, bajo la sombra de aquel sombrero, húmedos, chupando, diciendo cosas. Qué podía importar lo que pudieran decir unos labios así. La verdad, el sujeto estaba un poco chiflado ¿El sujeto? Rita recordó que jamás supo cómo se llamaba. Mejor así. El mar es la pasión de la inmensidad ¿Qué cosa? La pasión perfecta, si pudiera decirse así. Extraña libertad que lo arrincona a uno en la intimidad de su propio pensamiento y soledad. Poesía, en fin. Poesía aquellos labios chupando. Ven. Vamos a caminar, dijeron aquellos labios desde lo alto, luego de que el sujeto se puso de pie. Rita casi se para también. Dispuesta que estaba a sujetar la mano de aquel extraño parlanchín de hermosos labios. Casi. Antes de pararse echó una mirada al hombre ya arriba. Viéndolo, uno entiende a Descartes: pienso, luego existo. El famoso cogito, tú sabes. Pero ven. Casi. El impulso se le atascó a Rita en el culo. Sí, conozco bien esa desgracia. Y a quién le importar el maldito cojo ése. Rita sentada. Rita vuelta al mar de mierda. Rita muda, hasta que el sujeto, harto de insistir y esperar, se largó de allí y se llevó aquellos labios siempre chupando.

¿El amor de su vida? Podría ser. Pero, que va. habría tenido que pasar sentada toda la vida. Te amo, Mi vida. Mi vida piernas encogidas y cruzadas. Mi vida siempre sentada. ¡Pum! Mi vida en la cama. ¡Pum! Mi vida en la silla. ¡Pum! Mi vida en las piernas. ¡Pum! Mi vida de vuelta al muro enano del malecón, a lo largo de la playa, donde Mi vida se quedó sentada mirando qué. Ah sí. Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Porque no importa dónde estuviera Mi vida. De alguna manera, siempre, día tras día, uncida al carro del juramento según el cual un día se marcharía de Buenaventura para no volver nunca jamás, se quedó allá, al borde del malecón, sin que nadie la mirase al pasar y mirada sólo por el mar largo, mar ancho, mar sin final, mar de mierda. Y dale con este mismísimo mar. De tanto ventear su aliento ya debe haber secado la piel de Mi vida de sueño en sueño que ya no sueña. Sus transparentes colores hace rato ya deben haber asimilado tanta mirada echada por Mi vida a los confines de su lejanía. En la mañana sus verdes. Azules por la tarde. Los deja allí, a ver si Mi vida se distrae un rato jugando con ellos. Pero Mi vida no entiende, o no sabe jugar con la luz y los colores que el mismísimo mar le trae de tan lejos durante el día para volvérselos a llevar por la noche. Todos los días lo mismo. Mi vida ya entenderá. Paciencia la que se requiere. Paciencia la de este mar empeñado en hacer reír a Mi vida con las morisquetas geológicas de su inmensidad. Hasta sus pies ha llevado ese arrecife y la música de las piedras de retorno en la resaca. Cuando hay lluvia, le hace trompetillas desde el horizonte brumoso. Tanto movimiento, tanta cosa que aparece y desaparece, y Mi vida absorta, quieta, empeñada en durar, sigue sentada en su muro sin mirar. Mareas las que se han tragado las noches de Mi vida. Amaneceres los que han dado cuenta de sus días. Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Sus ojos de sal en sal la convirtieron. Eso le pasa a Mi vida de tanto jugar a la espera con el mar largo, mar ancho, mar sin final, mar de mierda.

No todo es como ese mar inmenso e incomprensible, con el que, al parecer, sólo pueden entenderse los poetas y el cojito aquel ¿cómo se llamaba?. Como se llame. A quién le importa. A Rita no hay cojo que le gane. Por dinero es diferente. Ella lo sabe. Se ofrece lo que se tiene y se toma lo que hay. Mi vida nada tiene que ver en el asunto. Ella allá, historia en la historia del mismísimo mar. Rita aquí, donde no hay historia que contar, sino día a día entre hombres y esperar. Nada de consideraciones. Así es la vida. Salvo las del justo precio, claro está. Así, todo tiene un límite, y no sólo la estatura de Rita o su pierna inconclusa. Todo tiene un límite, hasta el tiempo. Ah, sobre todo el tiempo. Mídase en centímetros, minutos o billetes. Todo tiene un tiempo. Fue durante algún tiempo que, si alguien quería de verdad tirar en Buenaventura, nada como la coja. Muy buena debió haber sido, porque, por dinero, a nadie importó cuánto media, nadie podía esperar a que terminara de crecer. Si hubo hasta quien dijera, con perverso afecto, mi cojita, mi cojita, mientras caminaba detrás, aferrado al cuello de Rita, pegajoso y zumbando como un moscardón. Y hasta hubo quién ni siquiera se fijó ¿Qué todas son iguales? ¡Hum! Ya verás. Nada que ver en aquella oscuridad húmeda. Pero los más en Buenaventura aseguraban que quien llegara hasta allí se había ganado media hora de cielo, y media hora más, si tenía con qué pagar. Las más envidiaban aquello que oían decir, y dejaban correr rumores de temor y desprecio que, salidos de las sigilosas habitaciones del cuchicheo, se iban a la calle en reguero, trepaban por las paredes y se dejaban caer desde los techos. Cosa de brujería, se decía siempre de Rita por allí, como si Buenaventura hablara consigo mismo. Lo que pasa es que te han echado pelo en la bebida. Eso no es bueno ¿Sería el pelo, entonces, lo que enredó a Medina? Medina. Que si no es porque se larga de Buenaventura, mata a más de uno. Pregunta al mismísimo Colmenares, que tuvo que salir corriendo calle abajo con ropa y zapatos en la mano. Maña es maña, sin importar a quién se la hagan. Que si es el sobrino del prefecto. Que si no es más que un pata en el suelo. En el caldo o la bebida, pelo es pelo.

Mirada de Rita al comedor. El hombre no la advierte, pero es una acuciosa mirada que se viene desde el fondo del patio, y se fija en esa silueta que camina pausado a lo largo de la hilera de mesas del comedor. Algo de tarde. Un retazo tardío, mas bien, aún pedía clemencia que la noche no estaba dispuesta a conceder. Ahora, sombra sentada en medio de la sombra. Cara debía tener. Fogonazo. La brasa del cigarrillo indicaba que por allí estaba la boca. Bocanada de humo. Aroma de café. ¡Ah, café! Nada como esta hora de sol vencido invadida por ese aroma. Y ése ¿quién será? A esta hora. Rita se acercó sigilosa.

 

−Buenos noches −dijo Martín Romero. Rita encendió la luz.

−Ah, el comisario Romero, debe ser −respondió Rita, con voz gutural, al tiempo que detallaba la facha del recién llegado.

−¿Y UD cómo lo sabe? −preguntó el hombre.

−¿Qué es lo que aquí no se sabe? En un pueblo tan pequeño llegar o marcharse es todo un acontecimiento. Desde hace días todo el mundo comenta acerca de la llegada del nuevo jefe de la policía. Además, Colmenares, en el comando, me lo ha confirmado varas veces ¿Quién más podría ser? ¿Café?−preguntó Rita.

 

−Por supuesto. −respondió Martín Romero, y la mujer se fue a la cocina.

 

Mientras esperaba por el café, Martín Romero observó las mesas cubiertas con mantel plástico de cuadritos rojos y blancos. Al centro de cada una un florero larguirucho de vidrio con un manojo de flores plásticas cubiertas de polvo. Primero pensó en el jardín de Montenegro. Y luego en Amanda adornando los salones de la mansión con aquellos nutridos ramos de hermosas rosas traídas desde el jardín. Has bajado de categoría, Romero. Como un plomo. Si por el decorado es, has llagado al mismo infierno. Mentira. En verdad no lo sentía así. Así lo habría sentido Amanda. Para Martín Romero sólo era el mismo infierno. De un lado frondosos jardines. En el otro sólo el plástico y el polvo florecen. Veamos el café. Eso sí es importante. Luego del primer sorbo, el hombre sentenció:

 

−Excelente.

 

Lo afirmó sin titubeos, por el café y para la mujer, con un leve entusiasmo en los ojos que, por un instante, despejó su somnolencia. Desde hacía muchos años Rita no escuchaba una palabra así, menos aún pronunciada en tono tan especial, sutilmente verdadero, como si el hombre la hubiese pronunciado para sí mismo, en voz alta, mientras, por descuido, la miraba a los ojos con agradecimiento. Había que ser extranjero para sentir tan sincero entusiasmo por algo así. Pero, con todo, debía ser una opinión muy sincera, porque era venida de un hombre cuyo aspecto, cuando le vio sentado allí, no se diferenciaba del de un muerto sentado esperando que pase la caja en donde lo han de meter. Y si alguien conocía de hombres, esa era Rita. El instante la hizo transportar a remotos tiempos, la prehistoria de su biograía, olvidada como toda historia, incomprensible ya en los signos y significados fósiles de su hermosura. Su figura era una sombra opaca en medio de las paredes amarillentas y escarapeladas del comedor. Pero su imaginación era otra cosa, una imagen de sí misma en otro tiempo y otro espacio. Si ella hubiese sido joven, quién sabe en qué hubiese terminado ese entusiasmo por el café. Y Rita se sonreía cuando pensaba así, se sonreía sin querer, con una malicia de mujer que se perdía entre los pliegues resecos que le quedaban de lo que una vez fue, a decir de más de uno, la boca más deliciosa que había besado. Quizás fue por ello que, tras una fugaz florescencia en la mirada de Rita, desapareció por segundos el desierto en las cuencas de sus ojos. Por su parte Martín Romero, que en medio de aquella opaca atmósfera no podía percibir el aire de modesta liberación que sopló por entre los rincones ya intransitables de la juventud de la mujer, dio aquella sonrisa por una expresión diabólica.

 

−¿Ya se estuvo UD. por lo de Medina? −preguntó Rita.

−Aún no. Recién llego, y estoy un poco cansado. −respondió Martín Romero. luego preguntó −Hay habitaciones aquí ¿no?

−Si, claro. Modestas. Pero habitaciones. −dijo Rita, y señaló hacia el patio interior de la casa. Martín Romero vio las puertas cerradas a lo largo del corredor que bordeaba el patio.

−Se ve fresco −opinó Martín Romero.

−No se confíe. Aquí en Buenaventura, cuando uno menos lo espera, el calor mata. Pero puedo poner un ventilador en la suya, si lo desea. De verdad que se le ve cansado. −dijo Rita

−El viaje fue largo. Pero nada que un baño y unas cuantas horas de sueño no puedan remediar −dijo Martín Romero.

−Las habitaciones no tienen baño. Pero puedo darle la que esté más cerca. Si quiere pasar, está lista −dijo Rita un poco apenada.

−No hay prisa ¿Más café? −preguntó Martín Romero con amable sonrisa.

−Traeré más café −se apresuró a decir Rita con entusiasmo,

 

Pese al calor y el cansancio, Martín Romero sintió que de súbito lo invadía el sosiego de transcurrir sin necesidad de imponerse un para qué. ¿Para qué va el viento de un lado para otro? Quizás fuese la noche, que traía consigo aquella generosa brisa marina. En cualquier caso, confirmaba Martín Romero, lo que un par de horas atrás: éste es el lugar. Ésta es la brisa frente a la que me debo tender. Éste el café que debo beber. Ésta la vieja coja que debo escuchar. La sabiduría del pueblo, diría Rengifo. Yo no quiero su sabiduría. Más bien su inmisericorde ignorancia de piedra expuesta al sol en medio de un camino que no elegí. Algo así será suficiente para mí. Estas flores plásticas pueden ser el jardín por el que no he de desvivirme para cuidar y esos pescados y tostones de la pared muy bien pueden ser el arte que he de admirar. Ah, si Salvador estuviera aquí ya se le hubiera arrugado el alma viendo ese mural. Cómo me habría gustado verlo en esta silla, apartando lejos de sí este pocillo cochambroso. Cuántas bocas pegadas a su escarapelado borde de peltre. La humanidad entera sorbiendo en el mismo borde, Aquí yo, a poner mi granito de arena. Sorbito. Bien podría ser este pocillo tu pieza de colección ¿No te parece? Martín Romero coleccionista. Hoy se expone en la galería tal el pocillo de Martín Romero. Si Amanda supiera lo que estoy pensando. No tienes remedio, Romero. Sí, eso diría ella. No tengo remedio. No. No lo tengo.

 

–Más café −dijo Rita, y colocó un termo lleno en la mesa.

 

Fue un gesto inesperado que Martín Romero celebró con entusiasmo mientras se servía el pocillo completo. Rita sonrió. Debe haber adivinado que el hombre quería seguir allí. Y ésta su manera de expresarlo. Desde entonces, y sin que ninguno de los dos supiera cómo o por qué, tuvo lugar entre ambos una especial intimidad, que, ciertamente, nunca trascendería los límites de la formalidad, pero que siempre hizo espacio a una peculiar, tímida y tosca camaradería, como la que se da entre los sirvientes fieles, cuya vida es la suma de las miserias de la vida. Había días en que Martín Romero pasaba la mañana entera escuchando cuentos y anécdotas banales, en buena medida −para él− escasos de significación, pero que, en boca de Rita, adquirían una suerte de sentido sublime y religioso, como el de los dioses y rituales pasados, a los que ya no se venera, pero se les rinde culto correspondiente a lo pasado. Eran cosas que a veces tenían que ver con la fe y la superchería −que para Martín Romero eran la misma cosa− como en el caso del Moise y el modo cómo éste emergió de entre los muertos para vengarse de toda Buenaventura.

 

−Tenga cuidado, comisario. Se va a desvelar. −advirtió Rita.

−¿Qué se le hace? Está bueno −respondió Martín Romero luego de un sorbo al pocillo. Al rato agregó, mientras miraba en derredor −Mucha gente no viene por aquí ¿verdad?

−Sólo los fines de semana. Turistas. De resto, es poco lo que hay que hacer. Preparar el almuerzo a la gente del comando. Les llevo las viandas todos los días. No es gran cosa. Pero, en fin. Mejor que nada. −explicó Rita.

−Inclúyame en la lista −dijo Martín Romero

−¿Vianda para UD. también? −preguntó Rita

−Ajá −dijo Martín Romero

−Como UD. diga. −dijo Rita

−Dígame algo… −Martín Romero esperaba que la mujer dijera su nombre.

−Rita. −aclaró la mujer

−Rita. ¿Es UD. de aquí, de Buenaventura? −preguntó Martín Romero.

−Sí −respondió Rita

−Y, al parecer, ha vivido siempre aquí −dijo Martín Romero

−¿Cómo lo sabe? −preguntó Rita.

−Sólo lo imaginé −respondió Martín Romero.

−Toda la vida. −respondió Rita, entonces.

−Entonces debe saber UD. todo cuánto sucede aquí, y conocer bien a Medina, supongo. Dígame algo, Rita ¿Es cierto que una vez iban a matarlo? −preguntó Martín Romero,

−Y UD. ¿cómo sabe eso? −preguntó Rita.

−En realidad no lo sé. Uno escucha cosas, husmea, mete el hocico por aquí y por allá. Es lo que hace un policía ¿no? −dijo Martín Romero.

−Medina. Hace mucho que nadie cree en lo que dice Medina. Eso fue hace muchos años, y yo no sé en realidad lo que pasó. Nadie lo sabe. Sólo lo que Medina dijo. Un día, todavía era un retaco así, Medina se fue de Buenaventura. Se lo llevó un tío medio rico que siempre le decía al viejo Medina: este muchacho, en esta lejanía, se va a perder. Deja que me lo lleve y te lo devuelvo hecho completo. Ya verás. Hasta que lo convenció. Y luego llegó el día en que tenía que volver, pero se quedó. Sólo venía de visita, porque, la política, decía Medina, lo tenía muy ocupado. Pasaba por aquí los fines de semana, y todo el mundo detrás de Medina. Y ya verán cómo van a cambiar las cosas aquí en Buenaventura. Y así como hablaba muy fino y muy técnico, no había diputado tal y el juez tal que no fueran sus amigos del alma, todo el mundo abría la boca como idiota para que le cupiera tanto proyecto y promesa de Medina. Yo creo que se le subieron os humos de más. Le digo, comisario, que a mí nunca me convenció. Jamás he salido de Buenaventura, pero sé muy bien cómo se pierde un hombre cuando se va completo por sus ambiciones de jeta. Eso fue lo que pasó con Medina. Un día volvió, y se quedó, como todos los demás. Pero seguía hablando lo que ya nadie creía. Ahora yo no sé si eso fue también un invento. Pero, lo que sea, hubo muerto. −dijo Rita hablando pausadamente

−¿Muerto? −interrumpió curioso Martín Romero

−Medina siempre ha acusado del asunto al Indio y el Moise. Con el Indio no hizo nada. Pero con el otro…

−¿Qué paso con el Moise? −preguntó Martín Romero

−Ese negro, Comisario, yo que se lo digo, no descansará hasta aniquilar al último de nosotros, sobretodo a Medina. −dijo Rita

−¿Y por qué a él, especialmente? −preguntó Martín Romero.

−Porque fue quien lo mató. −aseguró Rita.

− Y...¿cómo lo sabe UD.? −insistió Martín Romero.

−Aquí todo se sabe. −dijo Rita.

−¿Por qué no está Medina preso, entonces? −preguntó Martín Romero.

−Nadie apostaría un centavo por ese negro, y menos en contra de Medina. Después de todo es el jefe aquí ¿no? Pero el destino, Comisario, siempre hace justicia; ya lo verá. −dijo Rita.

−Pero, y si está muerto…−dijo Martín Romero.

−Muerto, pero sale −se adelantó la vieja.

−Ah. Ya entiendo. −dijo Martín Romero.

−UD. no cree en esas cosas ¿verdad, Comisario? Pero es así. Muchos le han visto por aquí. Dicen que casi siempre está en la casa abandonada… −dijo Rita.

−¿Del malecón, al final de la playa? −preguntó Martín Romero.

−Sí ¿Cómo lo sabe? −preguntó la vieja.

−Vengo de allá. −replicó Martín Romero. La vieja lo miró con extrañeza. Y el hombre agregó

−Sólo paseaba. Llegué al malecón y de súbito me dio por caminar en esa dirección. Iba a ser una gran casa, por lo que se ve.

−La mandó construir el tío de Medina, que jamás estuvo por aquí. Luego, un día cualquiera, se detuvo la construcción. Medina quiso terminarla. Pero desde que el Moise apareció allí, ni el mismo Medina se atrevió a quedarse allí. −dijo la vieja.

 

Rita calló y observó a Martín Romero que apuntaba mentalmente: Mi primer caso es, o debería ser, el asesinato de un negro que sigue vivo. Nada que ver con la ortodoxia según la cual no hay crimen si no hay cuerpo del delito. Pero, al parecer, aquí todo el mundo es cuerpo del delito del crimen perpetrado por la nada, el tiempo o el mero aburrimiento. El universo entero está bajo sospecha.

 

−¿Pasa algo, comisario? −preguntó Rita

−No. Sólo tomo nota, UD. sabe. Aquí, en la cabeza. −respondió Martín Romero, mientras indicaba con su dedo índice en la sien.

 

Para quien, como Rita, estaba habituado a vivir la vida de memoria, era completamente extraño el que alguien tuviera que “apuntar” las cosas. Martín Romero se apresuró a cerrar “el cuaderno”, esconder las imágenes que como un relámpago iluminaban por instantes su propio absurdo en medio del absurdo. Desde entonces, lo que realmente gustaba Martín Romero era esa sensación de abismo en cada una de las evocaciones de Rita. Si fuese posible sentir el infinito universo a través de los huecos finitos de lo cotidiano, debía sentirse así, pues lo mismo sentía, incluso, en los casos en que Rita no hablaba de muertos y venganzas del destino, sino de meras recetas, platos preparados en los tiempos de una pasada bonanza. Así supo Martín Romero del pescado relleno de Rita, aderezado con ajo y pimentón picado que, a decir del gesto de su mano izquierda a modo de cuchillo sobre el dedo índice apoyado en la superficie pelada de la mesa, debía ir en trozos muy menudos. De su pasado, amores y puterío, Rita nunca dijo nada. Era como esas cosas sagradas, que se practican, pero de las que no se habla.

 

−Por cierto ¿cómo llego a la oficina de Medina? −preguntó Martín Romero.

−Es aquí cerca. Se vuelve a la principal, y sube una cuadra, como si fuese a salir de Buenaventura. −dijo la vieja, mientras recogía el termo y el pocillo de café de la mesa.

−Bien −dijo Martín Romero al tiempo que se levantaba de la mesa.

−¿No va UD. a comer algo, Comisario? −preguntó Rita.

−Por hoy no. Tengo sueño. −respondió Martín Romero, y se terció el maletín.

Entonces la vieja también se se levantó, e hizo señas al hombre para que la siguiera hasta la habitación. Fue entonces que Martín Romero se percató de su cojera, que pudo fijar en el más minucioso detalle, ya que se mantuvo detrás ella a lo largo del recorrido. Ambos caminaron a paso lento por el pasillo que bordeaba el patio, iluminado de tramo en tramo por una bombilla amarillenta que colgaba de la pared a la altura de la puerta de cada habitación. La que estaba al final, donde terminaba el pasillo, era, tal y como volvió a indicar la vieja una vez más, la más cercana al baño. Privilegio de comisario, se decía a sí mismo Martín Romero, tras haberse duchado y volver a la que ahora era su habitación, pelada, desde la que se dejaba ver la inmensidad de la noche a través de una ventana chica. Y así permaneció despierto hasta ya muy entrada la madrugada. La vieja tenía razón, Romero. Se te pasó la mano con el café.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.