textos, pretextos y otras mentiras...

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La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

Con lo cual este dios se ha metido en un callejón ontológico sin salida. Por una parte, ha hecho de la eternidad un producto histórico; sin más, la génesis de una estructura de cambio que sólo es posible en términos temporales y narrativos. Bien como dios. bien como criatura, no hay cómo participar de esta eternidad sin apelar al cuchillo ontológico del acto narrativo, que la desangar y desgarra en retazos de pasar. La obra de Dios, se mide en días. Pese a su inocencia, la criatura se rebela. El creador que le niega el saber y sólo pretende de ella que lo adore, sin embargo, planta un árbol para provocarla. Y una serpiente que pasaba por allí, le hace el trabajo sucio de seducirla para que caiga en la trampa. Y, una vez que ha caído en ella, este dios, lleno de ira, se frota las manos, como quien consuma su venganza. Ya la tiene donde quería. Ahora se trata de salvarla. ¿Dónde queda la eternidad en esta novela negra de intriga, traición, rebelión y venganza?

Por la otra, ha hecho del tiempo un ente, que pasa y que, por tanto, sólo puede tener inicio y final, como parte del pasar mismo y en una dimensión igualmente narrativa y temporal. Dicho en otros términos, la eternidad de este dios requiere nada más y nasa menos que de inicio y de final del tiempo; sólo que, para que haya un inicio y un final del tiempo, ha de haber tiempo y narración en los que este tiempo-ente pueda tenerlos. De modo que, por omnisciente que sea, este dios se ha equivocado haciendo su propia historia, al no tener en cuenta que el tiempo es una relación con el pasar, susceptible de ser establecida sólo mediante el lenguaje y en el todo de una narración. Esto es realidad del discurso que ni su omnipotencia puede cambiar. Así que, al hacer de su reino un ciclo temporal, ha hecho de él, en tanto que eternidad, un imposible.

Y, por cierto, en tanto que ciclo temporal, también. Bien se trate de su existencia temporal, bien de su vida eterna -en el paraíso o en el infierno- la esencia de la criatura es condena. En efecto, como el de la silla o el de la mesa, el ser de la criatura está predeterminado por el acto mismo de su creación. Si la silla, según la ha concebido el carpintero -su creador- es para sentarse o la mesa para comer, la criatura es para adorar a su propio creador. Su rebelión la desencaja de esta predeterminación, pero no la libera de su destino como criatura; en virtud del cual ha sido condenada a la eternidad en el instante mismo de su creación; antes, incluso, de serlo a la temporalidad, tras su rebelión, y ser arrojada lejos del seno de su señor y a una dimensión supuestamente distinta de la eternidad que ambos compartían. Para que esto fuese así, algo pasó en esa supuesta eternidad. La historia sagrada llama hecho rebelión y caída. Y sin importar que el hecho sea cierto o no, implica dos cosas. Por una parte, que no es posible una eternidad en la que ocurren cosas y, por las otra, que, con la ocurrencia de este hecho, el reino queda patas arriba y el mismísimo Dios, fuera de sí mismo, inicia su gesta histórica, comparada con la cual haber creado el universo fue un juego de niños. La vida que insufló a su criatura para que lo adorase, se ha convertido en la cadena que lo ata históricamente al pecador. Si crearla fue acto de magia, ahora pecador, rescatarla, es una tortura teleológica que jamás terminará. Este dios ha enfermado. Si hasta puede que, como dice Agustín, no seamos sino personajes de la pesadilla soñada por Dios. Con lo cual, hablamos de un neurótico.

En todo caso, tiempo y pasar no son, pues, sólo lugar de condena del rebelde que comió del árbol que no debía, sino, al mismo tiempo, instrumento de revelación de la divinidad, y de reconciliación de la criatura con su creador. De manera tal que los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente hemos sido colocados por la narrativa teológica ante un dios que es inseparable de la historia misma, y que, más allá de su ser, si es que lo tiene, hace de sentido inmanente y causa trascendente de ella. Más que ante un dios, estamos, como digo, ante una teleología, en la que este dios se despliega como esencia del pasar y que, según esta misma narrativa, determina nuestro ser temporal. Con lo cual, este dios no es, como asegura el astuto Agustín, el creador del tiempo; sino el mismísimo pasado-presente-futuro con que la teología pretende dar sentido al pasar. Es decir, narrativamente hablando, Dios es concepto de pasar y, por lo tanto, creación de tiempo; no ha creado el tiempo, sino que ha sido creado por él en el todo temporal de una narración. Ciertamente, su reino no es de este mundo; es el mundo mismo, mitificado como ciclo dialéctico en que confluyen eternidad y temporalidad. Empero, el problema acá es que, historizándolo teleológicamente, la narrativa teológica ha hecho de este dios, ontológicamente, un imposible.

En efecto, este dios ni siquiera tiene ser en sí, sino que hace de ser de la historia en una historia que le atribuye facultades que, históricamente, no puede poseer, o que sólo podría poseer a costa de su naturaleza divina. Éste no es un dios que es, sino uno que hace para ser otro. No hablamos de un ser pleno, sino de un ente que actúa y hace parte de una narrativa que pretende dar razón de ser de la historia mediante su curiosa entidad: eterno, omnisciente, omnipresente, omnipotente; cualidades que nada tienen que ver con la historia, pero que, no obstante, actúan históricamente y la determinan en su devenir. Hasta entonces sumido en el misterio, ahora sabemos que el devenir en que estamos insertos es el plan de un dios haciéndose con su reino para la eternidad. Para presentárnoslo como el creador de todo y ejecutor de un proyecto divino, cuyos designios sólo a él es dable conocer -por eso es divino, diría el astuto de Agustín- ensalza su poder y lo colma de atributos absolutos y magníficos. Así, con un dios que todo lo puede, suerte de superhéroe de historieta antigua, ciertamente esta narrativa no ha despejado el misterio de existir, pero sí que se ha apoderado de él, para explotarlo en su propio beneficio. El misterio ya no es más tierra de nadie, buena para el arte, la ciencia, la filosofía y la poesía, sino predio moral de una narrativa que se abroga los derechos de autoría del no saber y administra nuestra soledad cósmica e ignorancia.

Con lo cual, los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente -es decir, siendo el no ser que su propio devenir les impone como tales para ser- hemos sido despojados de lo único que nos haría libres: el absurdo. Ya no más de ese mundo segmento entre dos nadas y cuya historia sólo podría justificarse en tanto que fenómeno estético, como ya advirtiera Nietzche. Pues aunque nadie pueda asegurar, ni siquiera la teología, que un mundo con sentido sea mejor que uno que no lo tiene, de lo que aquí se trata es de privarnos del derecho al misterio, ya que la plenitud de la existencia en medio de su propio absurdo es dato demasiado subversivo para el devenir histórico mismo en el que la teología pretende prevalecer como saber. Así lo sugiere el mismísimo Génesis, ese primer capítulo en la historia de un dios que, para ser, se ha historizado; es decir, ha devenido esencia y trascendencia de la historia, a la que él mismo ha dado inicio con la expulsión de la criatura. El misterio sigue siendo el árbol y nosotros adanes y evas a los que se prohíbe comer de él. Sólo que ahora, pecadores, con la salvación y para concluir el ciclo, no se trata de caer; o sí, de hacerlo, una vez más, pero al revés.

Ahora bien. Esta secuestro narrativo del misterio tiene sus costos, y no tan sólo literarios -que ya son altísimos- sino, sobre todo, ontológicos. Si somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, es porque, siendo el no ser del devenir en que participamos en tanto que finitos y mortales, la única forma de tener ser es dándonoslo narrativamente. Dicho de otra manera, en tanto que materia perecedera y que en su perecer se transforma, somos entes que duramos y que, para tener ser, hemos de crear tiempo que haga de la duración un todo. Y esto sólo se puede hacer mediante el lenguaje y la narración, que son lo que da forma -histórica- al movimiento y el pasar en que el nacer nos inserta y el morir nos excluye.

La historia sagrada no es más que el botón que basta para muestra. Sin embargo, al insertarnos en su teleología, esta historia confisca nuestra entidad, en aras de un proyecto ajeno a nuestra temporalidad y en el que ya no somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, sino criaturas; es decir, entes creados, cuya existencia ha sido predeterminada por un creador que les ha dado, más que ser, propósito. Como el carpintero crea una silla con el propósito de servir de asiento, o el albañil una casa para ser habitada, este creador crea seres sin ser para que lo adoren. Por eso, en lugar de ser -históricamente adquirido- sus criaturas tienen alma -mágicamente insuflada. Pero no la tienen, obviamente, como la forma de un ser que en potencia tiene vida -según reza la entelequia aristotélica- sino como el pase al más allá de la muerte que los ata a una curiosa eternidad que, alguna vez perdida, están llamados a recuperar. Sólo con un dios historizado y un alma como pase es posible salir y entrar al espectáculo de la eternidad como pedro por su casa; o, para guardar el mayor apego posible a la narrativa teológica, como hincha al estadio en el que Pedro vigila la taquilla.

Con su confiscación narrativa, nuestra entidad -finitud y mortalidad; como quien dice, esa intratemporalidad que nos corresponde en tanto que arte y parte del devenir total y que realmente nos determina como seres en movimiento- deja de sernos propia, para convertirse en mero efecto moral de la condena de que somos objeto por parte de un creador decepcionado e iracundo, que tan sólo pretendía ser adorado y tanto desprecia la inteligencia, memoria y voluntad. En realidad, con esta confiscación narrativa de nuestra entidad, somos doblemente condenados: como criaturas, a la existencia temporal, y, como pecadores, a la vida eterna. De modo que nuestra historicidad -o sea, nada más y nada menos que la posibilidad y el arte mismo de darse ser en la medida que se deviene- ha quedado reducida a mero instrumento de revelación para un pecador que ha de reconocerse como criatura para ser salvado por el mismo que lo condenó.

Por otra parte, si bien ideológica y moralmente muy efectiva -como lo demuestra más de dos mil años de historia decadente y criminal de cristianismo- esta tarea narrativa, sin embargo, ha sido llevada a cabo al alto costo ontológico de historizar a Dios. Si todo lo sabe, si está presente a todo tiempo en todo lugar, si todo lo puede, más que un dios, éste parece un ente con inteligencia, memoria y voluntad y, por tanto, llamado a hacer-se para tener ser. En el mejor de los casos, diría que se trata de un pecador especial, o, mejor dicho, de una criatura con licencia para pecar; salir de sí, moverse por el cosmos y así, integrado al movimiento -que es el ser propiamente dicho del misterio- dar rienda suelta a su instinto creador. En cuyo caso sólo cabe preguntar quién se la otorgó. Obviamente ha de haber sido otro más eterno, omnisciente, omnipresente y omnipotente que él. Y así, sucesivamente, pecador tras pecador, perdería el privilegio que lo hace especial y el misterio seguiría intacto. Este dios no puede haber sido creador del tiempo, porque el tiempo es narrativo; sólo puede ser creado mediante narración. Como quien dice, este dios nació caído, en la misma trampa temporal en la que su historia asegura haber arrojado su criatura, en medio de un pasar que ya era, antes y después que él mismo. Para ser, hubo de hacerse de una historia en la que aparecer como el creador del tiempo y de la historia.

Y, siendo que este dios sólo puede ser y hacer-se en movimiento, tampoco puede ser eterno, pues una eternidad en la que determina el movimiento no puede ser otra cosa que movimiento. Lo que sí parece este dios es duradero: eso sí, todo un experto en no morir. Sólo que durar eternamente es algo bien distinto a ser eterno. Que se lo pregunten a Prometeo. Pero entonces, incapaz de morir, este dios no todo lo puede. ¿Y cómo saber todo quien no es capaz de estar a la hora y en el lugar de su propia muerte? Y esto que se lo pregunten a Melmoth, el más ilustre de los pecadores -Dios incluido- que hace lo que el pusilánime de Adán cuando se rebeló, pero con una autenticidad, dignidad y entereza históricas de las que sólo el terror gótico ha sido capaz y comparado con el cuál el Génesis es canción de cuna. Claro que, para saber algo así, el dios de la historia sagrada tendría que ser, como Melmoth, mortal, o sea, vivir muriendo, y hacerlo hasta el punto de despreciar esa eternidad prestada que lo condena a no morir y que hace hasta del mismo infierno un consuelo. Empero, al parecer, este dios no es más que un viejo que envejece eternamente. Su reino no es la eternidad en cuanto que absoluto inamovible, sino un proyecto: ser y hacer-se mediado de historicidad. Lo que hace de éste un dios a la espera, que pende de un acto creador inconcluso y de un reino diferido.

Todo ello hace de la historia sagrada una hipótesis de trabajo deficiente y muy mal planteada. Cualquiera con algo de criterio historiográfico podría corregir la plana a este señor. Se trata de una historia que pretende dar cuenta del inicio del universo, sin advertir-nos que todo él ya es movimiento, devenir, pasar sin inicio ni final y que, precisamente, requiere de una historia para tenerlos. Dar cuenta de su inicio es ya historizar el universo, concebirlo como momento de un pasar, y a su creador mismo actuando, sin medir las consecuencias ontológicas de ello para quien pretende ser eterno. Empero, además, en este caso, hacerlo diciendo nada de aquél que, según ella, lo inició. Es como dar inicio a la historia de Roma sin decir ni ñé de Pómulo y Remo, y la loba que los amamantó. Y a éste ¿quién lo amamantó? ¿El misterio? Caos, incertidumbre, miedo a existir u horror ante la soledad cósmica: ¿cuál es la leche de la loba a la que aquél que todo lo puede lo debe todo? Éste es problema de asignar una historia al que pretende aparecer como eterno y fundador de ella: al ponerlo en acción, se lo saca de sí; se le asigna conciencia de su propio pasar, se lo dota de voluntad y se lo pone a darse el ser que, en realidad, no tiene, porque pasa.

De hecho, pese a ser incapaz de morir, a este dios, en algún momento, se le ha ocurrido lo de la muerte. Lo que demuestra que goza de plena conciencia de lo perecedero y del pasar que toda forma de duración implica; o sea, que Dios goza de conciencia histórica. Bien. ¿Y cómo le ha sido posible tenerla si él mismo, siendo eterno, no pasaba y el devenir del que, por tanto, participaba, no era previo al inicio mismo del que la historia sagrada pretende darnos cuenta como de su exclusiva creación? Salvo que se endiose al movimiento -lo cual en nada despeja su misterio- el uno es imposible, pues el mismo movimiento lo excluye como tal. Espacio y tiempo: sólo esto hace posible la omnipresencia de Dios. Jactarse de la cual es hacerlo de bien poco, cuando hasta el más inmundo de los pecadores es capaz de ello, gracias a esa, la conciencia histórica, que es, precisamente, la que nos permite estar presentes a un mismo tiempo en eventos que han tenido lugar en tiempos y espacios distintos. Si este dios supiera narrar, que sin lenguaje, todo temporal y acción narrada no es posible ser histórico, lo sabría. Pero, al parecer, a su omnisciencia escapan detalles decisivos, y que le han valido dejar su autobiografía en manos escrupulosas. El demonio no estaba, como creyó, en la serpiente a la que condenó a arrastrarse -es decir, a ser lo que ya era, serpiente- sino en las sutilezas del acto narrativo, que constituye la esencia misma de nuestra conciencia histórica.

A ver ¿de quién ha sido la idea de nombrarse a sí mismo con el nombre genérico de su especie? ¿Acaso hay oscuros intereses ocultos tras semejante arrogancia? ¿A este dios alguien lo nombró Dios -con lo que lo elevaba al rango de uno- tal y como pasó al analfabeta de Carlomagno, o, como el pragmático y arrogante de Napoleón, se nombró y coronó a sí mismo? No puedo evitar preguntarme si esto, asunto tan determinante como lo es la diferencia entre dios y Dios, es cuestión de semántica y, por tanto, de voluntad de poder, o también es parte del misterio que este dios es y la historia sagrada no puede despejar, pero del se ha apropiado, narrativamente hablando. Porque, si, como bien afirma Joyce, el lenguaje es conciencia, he aquí otra evidencia de la conciencia histórica del dios que se hace llamar a sí mismo Dios para aparecer como el uno a costa de todos los posibles dioses juntos. Su monoteísmo no es gratuito ni espontáneo, sino intencional, agresivo y calculado. Ser único no es verdad, sino estrategia que se despliega a lo largo y ancho del histórico campo de batalla de las representaciones temporales del más allá. Y éste dios, más que eterno, inmortal y duradero conquistador del movimiento, es de los que sabe que, a los efectos de esta guerra, el discurso es el más valioso de los pertrechos.

En efecto. Conciencia histórica y voluntad de poder, este dios no tiene ser; es movimiento que va a por él. Es pasado-presente-futuro; el tiempo extenso del que hablaba Agustín, el más antiaristotélico discípulo de Aristóteles, y que ve emerger de sí mismo, de su hombre interior en tanto que alma en comunión con su señor. Este dios no tiene ser; es pasado-presente-futuro que va a por él, con el cuchillo entre dientes y degollando a cada dios que ose interponerse en su camino. Porque este no es un dios eterno, apoltronado en su trono, en el que todo lo es y nada hay que perder. Es un andariego, y no tiene tiempo que perder. Su trono quedó vacío, cubierto de polvo y pátina, tras la rebelión de su infame criatura y el estallido de ira que le ocasionó. Más que un dios, es la ferocidad en dos patas del ser que no es en busca de su ser, transitando de ida y vuelta, una y otra vez, ese camino entre el inicio y el final en que él mismo ha convertido su propio reino. La historia sagrada es la primera cruzada de la que se tenga noticia, cuando ni siquiera se hablaba de la cruz, pero ya había suficiente historia como para emprender la conquista del abismo, allende, en el país del misterio, en el que siempre ha pululado el impío absurdo.

¿Cómo es eso de un universo que no sabe de dónde viene ni a dónde va? Es la única pregunta que pasa por la mente maligna y calculadora de este dios-héroe, conquistador del universo y expropiador del misterio. Porque es un dios que tiene mente y ha enfermado; él mismo se ha internado en el hospicio del movimiento, en el que pulula obsesionado por el fantasma de la historia. Donde hay un reloj, el ve una serpiente; si planta un árbol, no es para cosechar, sino para provocar; si se trata de finitud y mortalidad, el no percibe vida sino pecado; y si el que vive se quita la vida, el pecado es mortal, pues se ha quitado lo que no le pertenecía, sino que le fue dado y con lo que estaba obligado a cargar; si alguien pretende saber o imaginar, para él es un conspirador; la soledad cósmica no implica, como para Sartre, responsabilidad y libertad, sino la mera oportunidad de infligir miedo y consagrarse como objeto de adoración. Por todo ello, este dios enfermo detesta la literatura, en cualquiera de sus manifestaciones, salvo la historia sagrada, que él mismo inspiró y es francamente mala y, sobretodo, maluca. En suma, del lenguaje y del discurso, este dios, personaje de su propia historia, sólo admite la oración.

En todo caso, para ser, este dios no requiere de entes, sino de criaturas. Ya no más de ese ente temporal que no sabe de dónde viene ni a dónde va, Si lo que requiere es tiempo, aquí está este dios, todo él pasado-presente-futuro, y que se hace llamar Dios, como para que no quepa duda de que es único en su clase. Así. al misterio le salió dueño. Como un Ricardo cualquiera, este dios ha clavado la espada de su verdad en el corazón del abismo. Desde entonces, el abismo sangra y las tinieblas lloran. Del pecho roto de la oscuridad salieron la luz y los pajaritos con los que adornar el huerto que ahora llama reino y que perdió en un pestañeo de eternidad y por culpa de una serpiente que conspiró contra él aprovechándose del par de mocosos de mierda que compró con una manzana.

Todo esto está muy bien para quien sólo pretende ser adorado. Tampoco era para tanto, y hasta estaría dispuesto a conceder que a Adán y Eva se les fue la mano. No obstante, el problema acá, el autpenticamente peliagudo dilema para este dios y su historia, por sagrada que ésta sea, es otro: ¿de dónde proviene el movimiento del dios que, por propia conciencia y voluntad, se mueve para crear el movimiento? Si de la nada, entonces la nada es antes que el mismo Dios, independientemente de cómo se nombre y de sus intenciones, y su eternidad no es más que un episodio en el devenir total que ya era. No se puede poner la carreta a tirar de los caballos. Este dios no ha creado el movimiento: se ha puesto en medio, Con el propósito de adueñarse del pasar, ha quedado atrapado entre el antes y el después que todo pasar implica. Su reino no lo arruino la serpiente de la temporalidad. Inició como eternidad arruinada, es decir, eternidad que nunca ha sido -salvo en mente enferma- precisamente porque inició, y desde entonces espera por el final que la termine de arruinar.

Así, la historia sagrada nos coloca ante un dios personaje, acción, hecho; que es sólo y en la medida en que encarna e impone su proyecto en tanto que sentido del movimiento que él mismo ha creado para tener a dónde arrojar la criatura que, en castigo por su rebelión, pierde la vida eterna. Pero esto sólo es posible en el contexto de una historia que, como la sagrada, hace de la historia la dimensión de la condena y de Dios su creador. Se trata, como digo, de una historia mal planteada respecto a su objeto; que no se ocupa de lo que éste es, de dónde viene y dónde va, sino de lo que hace. Y no puede ser de otra manera, ya que Dios no puede ser sino una representación antropomórfica de un misterio imposible de dilucidar, al menos históricamente. Dicho en otros términos, Dios no puede ser tratado sino como personaje de una narración. Más allá de lo cual, dilucidar el misterio sólo cabe a la superchería que llaman teología.

Siendo que el origen de Dios, y su proceso hasta convertirse en creador nos son desconocidos por completo, la historia sagrada no ha despejado el misterio. Mas no podemos quejarnos de este desacierto historiográfico, pues no se trata de despejarlo, sino de apropiárselo, y que nunca participemos de él. Si la historia es condena, la fe es enajenación; todo ello a costa de nuestra entidad y naturaleza temporales. Este dios no quiere que sigamos comiendo del maldito árbol. Nos quiere pecadores arrepentidos para salvarnos, y, sobre todo, gnoseológicamente mansos, para seguirlo adorando. Cosa que, por lo demás, ha conseguido durante más de dos milenios y a un costo intelectual ridículamente modesto. Pero como no se trata de saber, sino de defender y reivindicar la ignorancia, de la que este narrativa siempre ha sido tan recelosa, se puede entender su efectividad.

En cualquier caso, hay dos formas de no-conocer a Dios. Una, porque el fenómeno no ha sido indagado, ni mucho menos documentado históricamente. Lo cual supone, sin embargo, que se trata de un ente que deviene; que pasa y al que pasan cosas, como es tener un origen y, porque pasa, un final. La otra forma de no-conocer a Dios es adorándolo, como el ídolo que realmente es. En el primer caso, lo concebimos como fenómeno. En el segundo, como eterno incognoscible y sin relación posible con el pasar y nuestra calidad de entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente. Lo que no se puede hacer, sin caer en el ridículo ontológico, es pretenderlo eterno y tratarlo como fenómeno.

Por eso Aristóteles se maneja con una idea de dios que asigna a éste la condición de motor inicial, pero, al mismo tiempo, incapaz de condicionar lo que inició y sin relación alguna con lo iniciado. Aristóteles advirtió a tiempo que, de no seguir su propio camino, lo creado arrastra consigo a su creador. Le pasó a Frankenstein con su engendro, y le pasa a este dios con el suyo. Aristóteles entendió que lo único que puede hacer por el misterio es asignarle un creador, y desentenderse de los dos al mismo tiempo. Como se ve, lo contrario de lo que hace la historia sagrada. Pero pasa que sólo es posible filosofar cerrándole las puertas del pensar a la teología. Por eso dice Heidegger que la eternidad no es tema filosófico. Con lo que hizo lo que Aristóteles, cortésmente, frente al auditorio de curas ante el que dictaba su más famosa conferencia sobre el tiempo.

El problema se presenta cuando a Dios, siendo eterno y siempre igual a sí mismo, se lo pone a participar del tiempo y de la historia, incluso creándolos. Pues si tuvo lugar la acción de crear es porque temporalidad y pasar ya eran, y son, anteriores a él y cuestionan su eternidad. Da igual si existe o no existe. Filosóficamente, por Dios sólo se puede hacer lo que Aristóteles o Heidegger: ponerlo a contemplar su propio ombligo. Como quien dice, ve y agárrate ese terreno de allá. Que no es, por cierto, el mismo más allá de la muerte y el fin de los tiempos, tan caros a la escatología, sino el reconocimiento ontológico de un imposible, del que hay que desentenderse si queremos ocuparnos, realmente, de nosotros mismos. Con esto en mente, volvamos a la historia sagrada de este dios que, en sentido contrario a lo advertido por Aristóteles o Heidegger, se ha empeñado en salir de sí mismo.

Si yo digo que la humanidad nació de una patada en el culo estaré haciendo una indicación tan indemostrable como la que afirma que nació de la iracundia de un dios al que las cosas salieron mal. Ambas afirmaciones son no debatibles, porque apuntan a algo en sí mismo misterioso y absurdo, e imposible de desentrañar en tanto que causa inicial o primera; es lo propio del pasar total al que está sujeta la existencia y que, en tanto que movimiento, no tiene inicio ni final. Se precisa de una historia para que los tenga. Pero las historias, incluso las sagradas, no son pasar, sino lo que del pasar queda atrapado en todo temporal de una narración. Que el pasar sea real o imaginario, en nada cambia esta condición esencial del acto narrativo inherente a nuestra conciencia temporal. Toda narración es trampa lingüística en la que un pasar hace de presa.

Pero, por otra parte, si bien ambas afirmaciones son igualmente indemostrables, no son, sin embargo, del mismo tenor ontológico. En efecto, mientras la patada en el culo se reconoce a sí misma como afirmación, precisamente, en el misterio y lo absurdo de la existencia temporal a la que pretende dar inicio, la iracundia de un dios le asigna un creador como protagonista de una historia anterior a la historia misma de la humanidad. Con lo cual, ontológicamente, la patada en el culo es impecable, en la medida que deja el misterio y el absurdo al que se pretende referir intactos; los reafirma como tales y les otorga una dimensión vital, que nos reconcilia con un no saber del que participa la vida misma. Mientras que la iracundia de un dios es la degeneración ontológica que abre las puertas de la eternidad a su fracaso e impotencia como creador.

A esta degeneración ontológica llamamos historia sagrada. Mas, no por sagrada una historia deja de ser historia. Implica movimiento, devenir, pasar informe, torrente fenoménico susceptible de ser captado en un todo temporal y narrativo que le da forma. No hay cómo historiar lo que pasa en la eternidad, porque, si pasa, no le cabe eternidad, sino duración y, para durar, sólo puede ser dejando de ser para ser otro y nunca igual a sí mismo. Y si lo que pasa dura y no es eterno, es porque está llamado a perecer; es decir, se trata de ser siendo su no ser hacia su más extrema posibilidad de ser, que no es otra que su muerte. Por sagrada que sea, la historia de este dios hace de él y su reino un contrasentido que la teología no puede resolver. Si salió de sí, no era ser pleno, sino voluntad y acción de uno que deviene y que, por tanto, para ser, ha de hacer-se en tanto que ser, actualizarse; una entelequia, diría Aristóteles. Y si no salio y es plenamente, no le cabe devenir. Entonces ¿para qué una historia?

Pero la tiene. Porque es la única forma de que los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente den algún crédito a la existencia. La fe viene después. Sin importar cuán sagrada pueda ser, la tiene, y penetró el reino, antes, incluso, de que la serpiente conspirara contra él, desatara la rebelión de la criatura y, con ella, diera inicio una historia en el todo de un devenir que ya era. De modo que esta historia penetró el reino antes de la creación misma, y lo hizo con un dios que, de súbito, mientras se movía en un universo en movimiento, se topa con el abismo. Con lo cual este dios es parte del movimiento, cuya historia, anterior a la creación misma, desconocemos. Pero que, si se trata de movimiento, le cabe historia. No es cuestión divina, sino del antes y el después; del inicio y del final. Aquí no manda dios alguno, sino el acto narrativo y la conciencia temporal.

De tal manera que, por sagrada que pueda ser, esta historia, como toda historia, profana toda posible eternidad, tomando nota, incluso, del abismo y las tinieblas como contexto sobre el que su dios-héroe estaba llamado a actuar. Y no se detuvo allí. Una vez creado, hizo del reino eternidad en la que pasan cosas -entiéndase acontecer- y de Dios personaje -ente al que, como Alcibíades, pasan cosas. Apela incluso a la cronología, al día y la noche como ciclos de medida del pasar. Hablamos, pues, de tiempo y narración, desarbolando el reino, y comparado con lo cual la conspiración de la serpiente es casi que consuelo para el Edén. Y como sólo cabe historia a lo que dura -nunca a lo eterno- la de este dios ha hecho de él mero personaje: un tirano insoportable y majadero; viejo en bata larga, espiando mocosos en pelotas, que sólo sirve para envejecer y en cuya mente atribulada confunde ser eterno con nunca morir. Dios no tiene talón de Aquiles; es el talón de Aquiles de su propio reino.

Si algo queda claro con esta historia sagrada es que la creación ha sido un acto inconcluso, premeditadamente inconcluso. En realidad, no se trata tanto de dar un inicio a la historia como de subsumirla en un entorno divino y hacer de ella el misterioso proyecto dialéctico en que se combinan tiempo y eternidad. Lo que Dios creía haber concluido en siete días, la criatura lo desbarató en el instante de su caída. El Creador culpa al demonio. Con lo cual queda en evidencia su propia negligencia, pues ¿cómo es posible que el demonio tuviera jurisdicción en el reino del omnipotente, y aún en sus propias narices? Pero no nos adelantemos, que la presencia del demonio en el evento más crucial de la historia sagrada representa uno de los más peliagudos dilemas de la metafísica cristiana: la conciencia de la criatura que, en esencia, se supone, es inocente, nada más y nada menos. En todo caso, la Caída marca el momento a partir del cual el reino hubo de ser diferido y en espera del retorno de la criatura que, llamada a compartir vida eterna con su creador, pasaba ahora a ocuparse de su propia existencia temporal. Todo ello gracias a un arranque de ira del que este dios ha de arrepentirse. La salvación es evidencia de ello.

Si lo que anhelaba era ser adorado, este dios se equivocó por completo. No creó el idólatra que requería, sino el engendro con inteligencia, memoria y voluntad que lo sabotearía y haría del acto creador cuchillo para su garganta. De modo que, si hemos de creer lo que nos cuenta la historia sagrada, este dios no creó el mundo histórico; lo perpetró como yerro de un ente que, habiéndose hecho con su reino en siete días, se transformaba en el uno que vaya uno a saber cuántos milenios se tomará en reparar. Acaso nunca fue más cierto aquello de que del apuro sólo queda el cansancio. Pero no nos engañemos, que esto no es cuestión de prudencia y parsimonia. Desde el inicio de esta historia, estamos ante un dios contaminado de temporalidad, cuya omnipotencia no alcanza cubrir los huecos y fisuras de su omnisciencia. La conducta de la criatura sugiere que su ser -que anhela y, por tanto, carece de plenitud- no es adorable. Y su eternidad, medida en días o milenios, es patética. Si las cosas hubieran salido bien todo habría concluido en siete días, ni un minuto más. Claro que siete días, minutos más minutos menos... esto es ya hablar en términos temporales de una curiosa eternidad objeto de medición cronológica, que dura, con inicio y final. Y, aunque no sepamos lo que sea, si acaso es, una eternidad medible no es mas que una fanfarronada ontológica.

Pero la historia sagrada, que ignora los más sensibles detalles ontológicos de su preciado objeto, pero experta en magia y superstición, se apresura a sacar del sombrero de la caída el conejo con el que disimular el yerro de su dios: el pecado. De súbito, ya no hablamos de un dios errante y errado, sino de uno eterno y traicionado por el engendro que creó. Incapaz de adorarlo, su criatura quiere saber, o sea, ejercer la inteligencia, memoria y voluntad con las que ha sido dotado como ente temporal que para existir ha de hacerlo históricamente. Lo que quiere decir, obviamente, que el que se rebela es ya un ente finito y mortal; por eso se rebela, porque no es criatura, sino ente temporal, cuya entidad se convierte, narrativamente, en condena por parte de su creador.

Sin embargo, flaco favor el que, con su magia narrativa, hace esta historia a su dios. Al consignar como efecto lo que, en realidad, sólo podría ser causa, ya tan sólo no estamos ante un dios contaminado de temporalidad, capaz de disimular la gripe conteniendo el estornudo, sino ante uno -el uno- que ha enfermado por completo de historicidad. De la criatura al pecador, la historia sagrada se juega su inicio narrativo: como resultado de la condena de Dios, ha tenido lugar el cambio más crucial de la historia, el que da lugar a la historia. Con lo cual, el remedio ha sido peor que la enfermedad. Estamos ante un dios totalmente temporalizado, de cuya falsa eternidad no quedan sino los viles harapos de su ira. No sólo porque tendría que haber historia para que haya el cambio más crucial de la historia, sino, sobre todo, porque, con dicho cambio, la enfermedad de este dios se ha hecho, literalmente, crónica. Con el pecado no sólo cambió la existencia de la criatura que perdió su eternidad, sino también la del mismo dios que la creó y que ahora, tras su condena, se ve a sí mismo arrastrado por ella en tanto que pecador, que ha de ser salvado si quiere recuperar el reino que perdió en una rabieta. Con la caída, aquellos polvos de la creación trajeron estos barros de la salvación, y un extraño dios que padece de cronología severa e irreversible.

Se puede dar todo el crédito que se quiera al demonio que la sedujo y la criatura que se rebeló, pero, técnicamente hablando, la salvación es control de daños del yerro de Dios. Recuperar la criatura es conciliación con el pecador y con la historia de la que, ahora, el uno eterno pasa a ser encarnación. Resultado de la condena divina, con el pecador, el devenir se ha convertido en campo de batalla en que se enfrentan creador y criatura. Adoración e inteligencia; inocencia y experiencia: la historia como voluntad de poder, pero que la narrativa teológica prefiere llamar plan divino. No importa cómo se la llame ¿es factible esperar que este dios recupere su reino si ello depende de recuperar su criatura y que todo retorne al orden previo a su rebelión y condena? Porque, de suyo es obvio que cualquier cosa puede seguir al fin del tiempo y de la historia, menos la inocencia.

La historia sagrada nos asegura que la criatura perdió su inocencia al comer del árbol que no debía. Y, con el mismo desparpajo, nada dice acerca de la conciencia que tal decisión implica, pues se trata de distinguir entre el bien y el mal, e responder al estímulo de la tentación y ejercer la voluntad. Con lo cual, el pecado, en lugar de representar su condena por parte de su creador, puede leerse como la liberación de él. En cualquier caso, el pecado es, pues, signo de desastre cósmico que conmueve el acto creador, al creador y su reino mismo. Tornando lo esencial en devenir, lo puro en impuro, lo apolíneo en dionisíaco, la criatura, echado del reino y ahora pecador -criatura consciente de sí y del dios que la desprecia- por voluntad propia, arrastra consigo al reino entero. Al ser condenada por su creador a una existencia temporal, el pecado ya no reside sólo en la mera criatura devenida pecador, sino en el devenir total y sólo en el cual su temporalidad, en tanto que ente finito y mortal, puede tener sentido.

Ya no se trata de la criatura de un dios, sino de un ente que para existir ha de hacerlo históricamente. En virtud de lo cual, aunque sea por demanda de su creador, el pecador ya no es criatura, sino ente temporal, o sea,, con conciencia de pasar. Su conciencia es irreversible y, al caer, ha descubierto, con horror, como diría Cioran, que no puede deshacerse de ella, o de lo contrario nunca ha caído. Ahora, mortalizado, hasta para arrepentirse de su pecado y reconocerse en su señor devenido salvador, depende ella. Como pecador representa un dilema: sin conciencia es nada y, gracias a ello, jamás podrá volver a ser la criatura que era y por la que su creador espera. Por experiencia, Dios no puede ser más que recuerdo y, como futuro, expectación. Lo único que podría hacer este dios para salvar al pecador, es hacer de él un desmemoriado. Pero, entonces, se quedaría sin pecado, y todo su proyecto se lo llevaría el viento, si es que aún no se lo ha llevado. Como sea, si no se trata de una lobotomía, no modo de que la salvación recomponga el reino que este dios mandó a la mierda en un arrebato de ira. Hasta ese punto la ha liado este dios.

Quizás debió habérsela pensado mejor y hacerse de la vista gorda con lo del árbol. Si bien lo echó todo a perder y, al hacerlo, se colocaba tú a tú con su dios, la criatura aún no se había estrellado contra el suelo cuando el tal Dios, desde arriba, se rascaba la cabeza mientras pensaba en cómo rescatarla. Entonces se inventó lo de la salvación, que es como volver a condenarla, pero al revés; a nunca morir. Debe haber sido ésta la primera vez en que, tras la ira que lo cegó, se dio cuenta de su fracaso creador y, al mismo tiempo, de que, como dios, era un fracaso. Como quiera que sea, lo cierto es que objeto de adoración devenido instrumento de salvación, Dios se ha traicionado a sí mismo como dios; se ha, ontológicamente hablando, autoprofanado.

La creación es, pues, un ciclo cósmico no concluido. Cuando este dios condenó a su criatura a ser histórica, se condenó a sí mismo a ser dato inmanente y sentido trascendente de la dimensión temporal a la que la arrojaba. Pero, como digo, no hay que engañarse con los entuertos ontológicos de la historia sagrada. Por contradictoria, incoherente, absurda y de mal gusto que pueda ser, una cosa es la narración y otra la narrativa. Que, a diferencia de a aquella, el propósito de ésta no es despejar el misterio y dar inicio a la historia, sino apoderarse del hecho, misterioso e inescrutable, de que exista historia. La creación ha de ser una historia inconclusa porque, con esta falta de conclusión, el dios de la historia sagrada se apodera de la historia. Dios e historia no son lo mismo. Pero gracias a la falta de conclusión del acto creador, han de coexistir en una misma dimensión cósmica, en la que un dios manda en el más allá y su iglesia en éste, el mundo que pertenece por ser su creador.

Por mi parte, para quien la humanidad nació de una patada en el culo y reivindica el absurdo como lo único que nos haría libres, no me preocupan tanto los enredos, las incoherencias y las contradicciones de esta historia sagrada, que, para ser tal, ha debido divinizar lo profano tanto como profanar lo divino. No me afecta, pues, lo confuso, ni siquiera lo ridículo. Me apena, mas bien, lo que es claro y decisivo en esta literatura de mal gusto: la creación como expropiación del misterio; los conceptos mismos de Caída y Salvación como el inicio y el final de una historia en la que un dios, sujeto como títere grotesco a los hilos del entuerto ontológico de la más servil narrativa, en realidad, se pierde a sí mismo.

Demostrado como queda que, al menos en cuestión ontológica, la teología no es buena consejera, este dios debería cambiar de historia, que, si lo que quiere es sobrevivir a la soberbia y el mal gusto, la sagrada no le va. Aunque, claro, a estas alturas, es poco lo que se puede hacer por él Se ha quedado sin criatura y sin reino. El pecador no le pertenece; él mismo se ha encargado de que sea así. Lo único que puede hacer ahora es sentarse junto a él, a compartir el llanto por el hecho de que exista historia -como diría Levi Strauss- y, en lugar de negarle tan mezquinamente como lo ha hecho el saber, saber-se parte de la mismísima patada en el culo que nos trajo hasta aquí. Mas, no por ello estoy diciendo que haya de convertirse al estructuralismo, ni mucho menos al nihilismo, Como bien sabrá ya este dios, de las conversiones sólo queda el arrepentimiento, con el que nada se puede hacer. Sólo digo que esta podría ser su oportunidad de compartir aquél sí dicho a la vida con el que Zaratustra la lata tanto dio. En todo caso, nada pierde esta dios con probar existir temporalmente, que es lo que hacemos los entes con inteligencia, memoria y voluntad: antes que saber por qué se vive, vivir. Lo otro es volverse por donde vino y, con el rabo entre las patas, mimetizarse en el misterio, que es de todos o no tiene dueño, y que es el único lugar en el que disimular lo que realmente se ha prestado a ser: el dios que nunca ha sido.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.