textos, pretextos y otras mentiras...

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De regreso a Buenaventura. De alguna manera reproduzco lo que ya he hecho más de una vez de lo que hablaré un poco más adelante y gracias a lo cual he podido comprender, nunca antes como ahora, que no es lo mismo largarse a la mismísima mierda que llegar a ella. Las horas compartidas con el viejo Rangel en El Mesón fueron, como antes lo he indicado el arribar, en el sentido de alinear la dirección de la quilla de un barco con la del viento. Pero, una vez aquí, a casi tres meses de haber llegado, y muerto el viejo, hay días en que me siento como uno de esos maderos podridos que flota junto a los bordes babosos del malecón, golpeándose contra su negra muralla. Así yo, cuando floto en las aguas turbias del proceso de escritura y golpeo esta cabeza de escribidor contra lo que Beckett llamara el negro cristal del silencio. No me quejo. Es parte del proceso mismo, supongo. Pasa que el heroísmo de la largada no tarda en mostrar esa otra cara de la moneda que es la abulia de la llegada. Lo contrario de heroísmo es cobardía. Más no se trata tanto de su contrario, como del ser mismo que deviene el arribar. Es la razón por la que digo abulia: pasividad, desinterés, falta de voluntad. Es a lo que pretendo referir. Por eso hablo de la otra cara de la misma moneda. También pasa, claro está, que, sin las dos caras, sería imposible apreciar una y otra; no serían dos, sino ninguna, y no habría moneda con que ilustrar, como pretendo, este existir temporal y en constante movimiento que me saca y vuelve al mismo lugar

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En mi caso, esto de largarse a la mismísima mierda se ha convertido en algo más que una mera referencia a la vulgaridad de una expresión en boca en todos y cada uno de los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad de los que alguna vez tuve noticia. Y de los no tan temporales también, por cierto ¿o qué hizo su dios con Adán si no largarlo a la mismísima mierda? Del polvo vienes y en polvo te convertirás. Ésta es, justmente, la parte de la historia de dioses como éste que cuenta en ésta, la que escribo. Esto quiere decir que no me interesa tanto un dios creando a su imagen y semejanza, como el barro con que lo hace y en el que su criatura se deshace. Eso sí me parece crucial y fascinante.

Para entender esto hay que remitirse a la utopía, idea que, como se sabe, alude al pasar como forma de acceder al mundo mejor. Esto es filosofía de la historia pura; que es la forma en que la teología penetra la filosofía y la historia, haciendo del devenir una teleología. La puerta la abrió el ingenuo de Platón, cuando escribió el Timeo. Y el primero que se aprovechó de ello fue el astuto de Agustín, inventando la filosofía de la historia, que tiene en la utopía una versión modernista y secular del más antiguo mito judeocristiano.

Mi largarme a la mismísima mierda ha terminado siendo utopía de revés, en la que el mundo mejor no es algo a lo que se accede deviniendo, sino, por el contrario, la forma narrativa de acceder, precisamente, al devenir, y con ello dar uno de tantos sentidos posibles al incesante movimiento que es la vida. Largarse a la mismísima mierda es como hacerlo al silencio de dios, pero a sabiendas de que no es de dios alguno, y con la disposición a reconocer que todos los dioses y mundos mejores juntos no cambian en un ápice el absurdo esencial de existir. La fuerza de la vida no radica en su verdad sino en su misterio.

Con lo cual, mi largarme ha adquirido un curioso rango ontológico, que no me esperaba y que, por supuesto, no podría pasar por alto en una historia acerca del hecho de escribir historias. Hablamos de un largarse a la mismísima mierda que implica tiempo como medida y como concepto del pasary lenguaje como administrador de sentido. Lo primero me obliga a considerar la idea que tenemos del devenir. Y lo segundo la que tenemos del término mierda, que, malsonante y polisémico, muy pocos tendrán por digno de ontología. Comenzaré por esto último.

Proveniente del latín merdam, y este del protoitálico merd-ā-, que a su vez se cree que proviene del protoindoeuropeo merd-h- (tufo o hedor), la palabra mierda existe en todos los idiomas, y probablemente en todos los espíritus y todas las conciencias, dado que alude a una realidad fisiológica imposible de evadir y tan inherente a la vida cotidiana y la supervivencia como el comer o el dormir. En el paso del latín al castellano, la “e” tónica de merda acabó digtogando. Lo que. sin embargo, no ocurrió en el resto de la lenguas romances. Por lo que en portugués, gallego o italiano la palabra correspondiente es merda, y en francés merde.

Normalmente clasificado como termino malsonante y polisémica, mierda es de uso coloquial. Por lo cual, y como era de esperar, nunca ha contado y probablemente nunca lo hagacon las suficientes credenciales culturales y la solvencia moral como para ingresar al selecto léxico de la filosofía, del que, como es sabido, la academia y la teología siempre han sido tan recelosas. Sin embargo, al mismo tiempo, su arraigo en la vulgaridad lo ha dotado de una universalidad que ya envidiarían otros términos, tan célebres para los que piensan, como ser o alma; o como el de devenir mismo, idea ésta última con la que guarda lazos ontológicos cruciales y todavía por explorar. Ya que si nos apegamos al espíritu de la metafísica desde Parménides y Platon ¿cómo calificar, ontológicamente hablando, su profundo desprecio por lo que deviene, y en el que se funda toda su verdad respecto al ser? Desde esta perspectiva ¿acaso sería exagerado afirmar que el devenir no es otra cosa que la mierda de la existencia? Y, desde el punto de vista de la dialéctica agustiniana, que tanto debe al idealismo de Platón ¿sería igualmente exagerado concebir el reino de su dios como el grande y cósmico proceso digestivo del que la existencia temporal no es sino mero residuo; es decir, mierda pura?

Precisamente, en sentido estricto, mierda es el resultado del proceso digestivo, y se refiere a los desechos fecales de un organismo vivo, normalmente expulsados del cuerpo por el ano. Si se sigue su historia semántica en los documentos oficiales, esta definición remite exclusivamente a lo humano, tal y como se la encuentra, entre otros, en el Diccionario de Autoridades, hacia mediados de la primera mitad del siglo XVIII, o en los diccionarios de la Real Academia de las últimas décadas de este mismo siglo. Fue a inicios del XIX que la Real Academia incluyó el excremento animal en su definición oficial de mierda; acepción ésta que ha perdurado hasta nuestros días.

No obstante, esta exclusividad del organismo humano en la primera definición de mierda no parece corresponder a la realidad de su uso, ya que se han encontrado textos que se refieren a la mierda de modo mucho más amplio y general. En todo caso, según la Real Academia, el texto más antiguo en que se halla el término mierda data de 1218. Se trata de un documento público aparecido en un pueblo de la actual provincia de Guadalajara y en el que se establece la pena por defecar delante de la casa de una persona: todo aquel que puerta ajena cagare, pague dos maravedís, y que él mismo limpie la mierda.

Esta acepción del término mierda restringida a su sentido fisiológico a lo más, ampliada a la idea de suciedad y porquería en general, y que le sigue asignando una connotación física perdurará por largo tiempo en el diccionario. No obstante, es difícil de creer que, a lo largo de casi dos siglos, el término no penetrara ámbitos mucho más allá de la dimensión material a la que pretendió limitarla la academia. Acaso temieran sus autoridades que la mierda se le fuese de las manos. Como fuese, y por sorprendente que pueda parecer, no será hasta las postrimerías del reciente siglo pasado 1984que la definición de mierda se amplíe y, más allá de la estricta dimensión fisiológica a la que hasta entonces estuvo limitada, incorpore otras acepciones, hoy por hoy tan familiares, tales como “interjección ofensiva” y “hombre despreciable”; además de expresiones tan útiles y utilizadas como “a la mierda”, “enviar, mandar, irse a la mierda”.

Para finales del siglo XX, ya se había incluido la connotación que asocia mierda con el consumo de droga y con “cosa mal hecha, escasa o de ningún valor”, así como de “exclamación vulgar y de indignación”. De modo que, a la postre, y en virtud de su cada vez mayor alcance semántico, mierda puede actuar como un sustantivo y como una interjección. Como sustantivo es del tipo de palabras cuyo significado determina la realidad, en cuanto que nombra las cosas: personas, objetos, sensaciones, emociones, sentimientos. Como interjección remite a una impresión súbita. o un sentimiento profundo, bien de asombro, sorpresa, dolor, contrariedad o molestia. La mierda es el límite, más allá del cual sólo cabe ella.

De tal manera que la mierda ha llegado mucho más lejos de lo que filósofo, teólogo o académico alguno haya podido imaginar. En torno suyo se entreteje una de las historias semánticas probablemente más ricas, universales y complejas. Y no dudaría en agregar que una de las mas épicas para el mundo de la existencia temporal, en el que, dicho con toda propiedad, todo se va a la mierda, por el simple hecho de que se va. Mierda es el sentido de lo que carece o pierde su sentido; el destino de todo destino. Si hay que referirse a la nada, nada como la mierda para asignar corporeidad a la referencia. Y cuando a lo innombrable hay que dar un nombre, sólo mierda es el adecuado y preciso.

Como interjección, mierda expresa enfado o contrariedad. Como eufemismo, tiene a miércoles, porque hasta en la coincidencia fonética aparece la mierda vinculada al pasar y su medida. Como sustantivo, puede significar malo, en el sentido que se dice de un sujeto (fulano es una mierda) o de la poca o ninguna calidad de una cosa. También puede significar nada, cuando de algo decimos me importa una mierda; o compromiso y embarazo cuando, para describir el estado emocional o legal de una persona, se dice que está hecho una mierda o está de mierda hasta el cuello. Mierda se puede utilizar con una connotación rigurosamente despectiva para referirse a cosas o ideas: deja de decir esas mierdas; o como un calificativo de impotencia: con esta mierda no voy a ninguna parte, o no tengo ni para empezar. No hay mejor manera de mostrar desprecio ante alguien, o de manifestar el deseo de tenerlo lejos que mandarlo a la mierda. Si no se aprueba lo que una persona hace, nada como preguntar ¿qué mierda haces?.

Los muertos de hambre no sólo no comemos, sino que, más allá del hambre, hemos de comer mierda para sobrevivir. Y, como a los muertos de hambre en el reparto social de la riqueza, cuando a alguien toca asumir la peor parte de una circunstancia o de una tarea, dice: me tocó a mí comerme la mierda. También, come mierda es persona despreciable, arrogante, con aire de superioridad, que goza de hacer sufrir a otros; los políticos y burócratas suelen ser los primeros de todo grupo social en ganarse el honor de este calificativo. Del que miente o es superfluo en su decir se dice que habla mierda. Para que huela a mierda, una cosa no precisa de ser excremento; cualquier situación sospechosa, turbia o poco clara expele el mismo aroma. En cualquiera de sus aspectos o manifestaciones, hasta lo que llamamos vida, tiene mucho que ver con la mierda; por lo que Céline aseguraba que el olor a mierda es el que mejor guía.

Y hablando de muertos de hambre. Recuerdo que un día, a media mañana, en el que Diógenes, Mudito y yo esperábamos por el discurso del Licenciado Valbuena y la bolsa de la revolución de los bolsas, un negro, igual de desgarbado y patón que Mudito, pero mucho más viejo y con una sonrisa de oreja a oreja, pasó de largo y, mientras levantaba su brazo con el dedo en clásica señal de victoria, gritó a Mudito: ¡Háblame, Mierda! A lo que Mudito respondió con el brazo en alto, la misma sonrisa, pero más corta porque entre sus orejas hay menos distancia, y la misma señal de dedo vencedor. Luego, ya en la tarde, cuando íbamos de regreso a la casa, saciados de fervor revolucionarios y abrazados a la bolsa que nos saciaría el estómago, nos volvimos a topar con el negro de la víspera, que iba en sentido contrario −pero no ideológicamente hablando, creo: ¡Háblame, Mierda! Pero como quiera que Mudito, al igual que yo, iba abrazado a su bolsa, esta vez no pudo responder con la misma señal ya indicada. Más no era necesario. Aunque muda, la mierda habló.

Cualquiera podría pasar el resto del día ilustrando la enorme riqueza semántica del término. Como es obvio, esto es sólo una muestra del mar de significación en el que la mierda flota. Y, ontológicamente hablando, nunca fue más apropiada la imagen, si se tiene en cuenta que el devenir, a diferencia del ser cautivo en los inaccesibles sótanos de la metafísica y al igual que la mierda, siempre ha gozado de una libertad discursiva al aire libre y a la que sólo el vulgo en su cotidianidad tributa. Ya quisiera el mismísimo ser gozar de la mitad de la fuerza expresiva y significativa de la mismísima mierda. Si hasta puedo ver en ello una suerte de venganza semántica del despreciado devenir respecto al platónico siempre igual a así mismo del que siempre se ha jactado el ser. No lo sé. Lo que sí, es que, desde que la mierda invadió los bastos predios de la semántica, la guerra filosófica entre ser y devenir, hasta entonces librada en el espacio puro de la metafísica, se le fue de las manos a los filósofos, para pasar a tener como campo de batalla la existencia temporal misma.

Este enorme valor simbólico que la mierda se ha ganado a lo largo de la historia no puede deberse a otra cosa que a su identificación con el devenir y el modo en que nos recuerda que no somos sino eso: pasar. Inteligencia, memoria y voluntad siempre en movimiento, yendo y/o viniendo, pero nunca llegando. Eso somos: nuestro propio e inagotable no ser. En cualquier caso, de lo que sí podemos estar seguros es de que, a estas alturas de la historia, semánticamente nos sería imposible vivir sin el término; sería tanto como privarnos, fisiológicamente, de la mierda misma. Desplegada en su enorme riqueza semántica, como si su aroma el que mejor guíafuese capaz de llegar a dónde el poder de la razón le es imposible, puede que la mierda no sea sino conciencia de sí del movimiento y su propio absurdo. Pero no nos adelantemos más de lo necesario respecto a cosas sobre las que habrá que volver en lo adelante.

Un día me largué a la mismísima mierda. En mi caso, Buenaventura. De entonces a esta parte, nunca he dejado de preguntarme de cuando en vez en qué podía consistir este hecho. Me ha tomado más de una ida y venida para darme cuenta de que no se trata de un hecho, sino de un acto de identidad del existir con su propio movimiento; del cual los hechos no son sino una configuración narrativa, con el propósito de dar sentido y significación al pasar; o sea, de dar historicidad a nuestra temporalidad. Habiéndome dejado engañar por la distancia que impone la lejanía entre el largarse y el llegar, debo haber estado ciego por los trescientos kilómetros que he de recorrer cada vez que voy y vengo para no darme cuenta antes.

Lo cierto es que sólo ahora me fijo en algo de suyo evidente: hecho implica tiempo y espacio; independientemente de lo cual, movimiento es voluntad; vida. Nada hay que lo justifique: el movimiento es razón de sí mismo. Ciertamente, se le puede medir y conceptuar. De hecho, mediante el concepto de tiempo y el lenguaje como conciencia, es lo que hacemos para darnos ser, o sea, temporalidad en la cual ser relativamente al pasar. Esto es lo que solemos llamar ser histórico, y que es lo que nos permite hacernos de la vista gorda con el absurdo del movimiento por sí mismo y en tanto que imposible de razonar. En este sentido el narrativo, digoes que el tiempo puede dar ser, como diría Heidegger. Pero si, tal y como ya lo advirtiera Aristóteles, no hay tiempo sin movimiento, el absurdo de la existencia prevalece, por encima de cualquier medida o comprensión de ser también así diría Heideggercon la que pretendamos captar y significar el pasar.

Ahora bien, si uno se toma en serio este absurdo esencial de existir y va un poco más allá del mero sentimentalismo que suele inspirar, el largarse a la mismísima mierda adquiere en seguida rango ontológico, que apunta directamente al movimiento y la vida misma. ¿O es que acaso, con sólo nacer, se ha hecho algo distinto que arrojarse a un pasar que ya tiene forma de mundo e, independientemente de ello, participar de su movimiento sin inicio y sin final? La vida está allí, en el nacer y el vivir mismos que nos determinan como parte de su finitud y mortalidad. Nuestra tarea existencial es vivirla; ser su movimiento, o sea, su no ser. Para lo cual hemos de darle forma histórica. En realidad, no hemos sido arrojados a la historia, sino brotado del pasar en medio de su transcurrir. La idea de arrojo es ya una forma histórica con que, desde nuestra temporalidad, intentamos dar sentido a este absurdo.

Como es bien sabido, hay mitos que imputan tal arrojo a un acto de voluntad divina. Con lo cual no despejan su absurdo; apenas si lo desmerecen. Sin embargo, ello en nada cambia el absurdo esencial del movimiento en que se expresa la existencia. Tan sólo se le ha sustituido por una narrativa tan arbitraria como el absurdo mismo, pero despojada del encanto del misterio. Como en toda narrativa, su verdad cojea de la para de la temporalidad. El problema de los dioses es que sólo pueden tener sentido en relación con nuestro propio pasar; participan de su narratividad, penden de ella y sólo son en la medida que hacen de objeto de ella. Son, y sólo pueden ser, personajes. Por eso hacen cosas actúany ejercen su voluntad, es decir, omnipotencia, que, por cierto, no es otra cosa que una modalidad superlativa de aquella. Los dioses, pese a su divinidad eternidad, trascendencia, y demás datos exclusivos del ser, y nunca del devenir demandan ser histórico, y lo adquieren vía nuestra conciencia temporal y narrativa; incluso cuando, como casi siempre sucede, tal ser se manifieste en los más fantásticos relatos, bien que traten de guerras titánicas, o de la creación del mundo y sus casi siempre infames criaturas temporales.

Obsérvese el mundo mitológico griego, en el que todas las deidades importantes, además de formar parte de una estructura genealógica que determina su jerarquía, son protagonistas de un relato, en el que consiste, precisamente, el mito. Por eso Tánato, pese a ser, nada más y nada menos, el dios de la muerte, es, sin embargo, un dios menor; porque no tiene historia, y toda la cosmogonía de la muerte se entreteje en torno al Hades. Por su parte, el dios cristiano debe todo a la historia sagrada de la que es personaje central, y que, no por sagrada, proporciona menos historicidad que el más profano o laico de los relatos. ¿Y qué son éstos sino pasar narrado; es decir, devenir elaborado y comprendido en forma de acontecer? Si no fuese así, sin una dimensión narrativa a través de la cual interactuar con el pasar y la conciencia de pasar de los entes temporales los dioses serían impenetrables e inaccesibles para nuestra temporalidad; o sea, absurdo puro.

Pero los dioses están allí, entre el devenir de la existencia y el absurdo del que ésta fluye, para que los entes temporales con conciencia de temporalidad se guarden muy bien de identificar su propio arrojo al mundo y con el que participan plenamente de aquél fluircon un coloquial y siempre malsonante aún cuando ontológicamente decisivolargarse a la mismísima mierda. En realidad esa es la única función de estos personajes. sin los cuáles no habría narrativa teológica. Porque es histórica es decir, porque forma parte del acontecer y porque está basada en una historia o la suma de ellastoda religión es mito; o sea, acción narrada en el que un dios, que ha de hacer de personaje central, se reserva para sí la facultad cósmica de largarlo todo a la mismísima mierda o de traerlo de ella, que, a los efectos, es lo mismo. Es lo que hace el dios cristiano con su criatura, o los paganos con las suyas. Serían nada, sin la mismísima mierda de la que han debido posesionarse y en ella posicionarsepara reinar. Son los autócratas eternos, dueños de los muertos de hambre, y señores que han hecho de la mismísima mierda su feudo. Desde allí acometen sus proezas y sus ruindades; son históricamente inexpugnables, pero moralmente palpables. Por no humano, pero humanamente configurado, todo dios es un héroe villano, en la medida en que actúa independientemente de todos pero nadie puede actuar contra él. Eso sería rebelión, pero, sobre todo, herejía; es decir, cuchillo del devenir para la garganta del ser. Aunque, en realidad, tal y como el rey del cuento aquél, el ser va desnudo; apenas sostenido en sus enclenques piernas por una teología que, desde el punto de vista filosófico, no es sino la policía ontológica llamada a cuidar el orden cósmico en que su personaje ha convertido la mismísima mierda.

Tal es el prototipo de narrativa en que se apoyan dos milenios de cristianismo. Del absurdo sale el ente temporal, que ella convierte en criatura; del movimiento la vida, que, gracias a su magia, degenera en don. Convertido en caída, que hay que leer como resultado de un premeditado empujón, el arrojo ya no es vida, sino síntoma de algo superior a ella y que no es ella; o sea, la vida misma, que nos es extraña y no nos pertenece. Vida ésta que no implica la voluntad, sino la gracia; no el saber, sino la fe. De esta manera hemos enajenado a un ser, que sólo tiene de sí mismo aquello que le concede como personaje el acto narrativo, lo que nos es más propio como entes temporales: nuestra naturaleza finita y mortal. Convertido en sagrado, el misterio de la existencia hace de la vida pecado y del existir condena. De todas las rebeliones, sólo la que reivindique el absurdo podría liberarnos como pasar de la condena que esta narrativa hace pesar sobre lo que pasa.

Señores de la mismísima mierda, los dioses reinan desde allí porque en ninguna otra dimensión narrativa les cabe sentido. Desde tiempos inmemoriales dicho así, como si acaso fuese posible el tiempo sin memoriavienen a dictar, acerca del devenir, las lecciones que jamás podrían dictar acerca de sí mismos; del ser por sí mismo. Y, en efecto ¿cómo podría abrirse al mundo aquello que siempre es igual a mismo y para nada requiere del mundo?. En este sentido, la historia de cualquier dios no puede ser sino la de un fracaso, por consistir, precisamente, en tener una. Un ser con historia sólo puede ser histórico. Nunca dios. Narrativamente hablando, así es como burla la mismísima mierda todo cuanto pretenda reinar sobre ella.

Con lo cual, paso a considerar el otro aspecto antes indicado de este asunto: la idea que tenemos del devenir. De antiguo, y gracias a Platón, aprendimos a asociar el ser con lo superior, lo bueno, lo perfecto; y el devenir con lo inferior, lo malo, lo imperfecto. Los dioses deben mucho más de lo que creen a ésta metafísica —¿o mitofísica?— que contaminó el célebre paso del mito al logos que el pensamiento occidental se atribuye a sí mismo. ¿Metafísica? preguntaría el viejo Rangel en este punto. Y acto seguido, él mismo se respondería: o moral encubierta. Me parece estarlo escuchando, como si estuviera delante de mí en este momento y tuviera sus ojos clavados en lo que escribo. Lo cual tomaré como señal de que voy por buen camino, y no precisamente al cielo.

En todo caso, la filosofía nunca alcanzó romper los atávicos lazos que la atan al mito. Al menos no en el mismo sentido y con la misma rigurosidad con que sí lo hizo la historia, precisamente, para estudiar aquello que la filosofía tanto despreciaba: el devenir; el pasar de las cosas; los recovecos de su existencia. Lo que no quiere decir que la historiografía, a la hora de explicar la razón de ser de las cosas que pasan, haya quedado absolutamente libre de interferencias míticas, por supuesto; pero sí que de la fantasía mítica al realismo historiográfico hay un paso narrativo mucho más descollante que el del mito al logos. La metafísica del ser es prueba de ello.

En efecto, hasta en los más fantasiosos textos historiográficos, como lo son, por ejemplo, las historias de santos de la alta edad media, directamente vinculados al ser divino, hay realismo historiográfico, por cuanto tratan de la realidad del devenir y la existencia temporal, independientemente de cuánto dejen a la interferencia divina en los asuntos humanos. Pero la narrativa del ser trata de la idea de dios misma, o de cualquier otra forma trascendente que, por racional que pudiera parecer, tiene más de mito que de realidad. En este sentido, no serían Platón y Aristóteles, sino San Agustín y Santo Tomás las cumbres del pensamiento filosófico occidental. Pero estos deben demasiado a aquéllos como para arrebatarles el sitial. Aín así, hay que reconocerles cierta originalidad. Al uno porque inventó la filosofía de la historia. Al otro por el modo en que reconcilió razón y fe. Sin curas así, la narrativa del ser habría sucumbido bajo las ruinas del paganismo mismo y las iglesias, que, en la eterna guerra de los símbolos, se hicieron con el botín filosófico de la antigüedad clásica, no vivirían de esa tan dudosa distinción entre religión y mito.

Si Platón está en el cielo en cuyo caso lo deberá a la intercesión de Agustín, que guardaba hacia él tan interesada simpatíaHeráclito. de seguro. todavía ha de estar ardiendo en el infierno. Cosa ésta que el oscuro deberá, igualmente, al santo; sólo que, claro,, a su tirria y encono. De alguna manera, en la escena metafísica siempre habrá la mano teológica que, entre bastidores, mueve los hilos para que un pérfido devenir nunca alcanza la bondad, pureza y perfección del ser. En este sentido, más que filosófica, es teleológica la mano que mece la cuna entre ser y devenir. De un lado está el demonio en que se manifiesta el no ser; del otro el ser pleno, único y siempre igual a sí mismo. De modo tal que, a lo largo de la historia de la filosofía, casi siempre ha sido esta narrativa del ser la que ha remitido la existencia temporal a su propia moralización de devenir. Lo paradójico es que, resultado de todo ello, así como más sabemos de dios por el pecador que por dios en sí mismo, más sabemos del ser por lo que no es, que por él ser en sí mismo.

En virtud de esta moralización, más teológica que lógica, el devenir es una suerte de ser falso, maltrecho, a medias que, enfermo de no ser, jamás alcanzará el verdadero ser. Sin embargo, siendo éste un presupuesto, como digo, eminentemente moral, nada hay que me impida plantearme el asunto al revés, tal y como me lo sugiere éste, mi reiterado regreso al sitio al que me largué y del que siempre juro no volver a irme nunca más. Efectivamente. Puede que, en realidad, no se trate de que el ser sea inalcanzable para el devenir, sino, muy por el contrario, la más repugnante de las posibilidades que le quepa imaginar, y que, en consecuencia, en lugar de aspirar al ser, lo que suceda sea que el devenir huya de él, y que el supuesto sin sentido de no ser con el que siempre se le ha caracterizado ontológicamentesea, en realidad, su único sentido posible: negación del ser. Más bien pareciera que es el ser el requiere del devenir para cebarse en su perfección y pureza, tal y como los dioses requieren del pecador para cebarse en la suya. Lo que sólo es posible a costa de la degradación de su contrario; o sea, del no ser. Si, como reza la metafísica, el ser es esencia y eternidad, no es que el devenir carezca de ello; es que ni lo quiere ni lo necesita; lo excluye como posibilidad de la existencia temporal. En tal sentido, por tanto, no es que se agote en el plano de lo pasajero y lo aparente; sino que es infinito en su finitud y aparecer.

Si el ser es como dios, no es de este mundo, aunque su idea, como la de dios, haya dado lugar a una narrativa de la existencia temporal. Si se trata de narrativa, sólo puede serlo de este mundo; del laberinto de la existencia temporal. Y la metafísica no es otra cosa que eso, una narrativa, que tiene en clásicos como el Timeo, o el Antiguo Testamento los modelos más representativos de la divisoria entre ser y devenir, que asocia a lo uno con la verdad y a lo otro con el demonio que escamotea escamotea, falsea o disimula aquella verdad tras la apariencia pasajera de su finitud y mortalidad. En este sentido, sólo del ser cabe saber. Del superficial y pasajero oleaje del devenir no cabe más que opinión. En esto, salvo Heráclito, coinciden todos los filósofos de la antigüedad clásica, y que, no en balde, tanto despreciaban sintieron por la historia; incluso Aristóteles, el más antiplatónico de los discípulos de Platón, y pese a que su materialismo, a este respecto, establece, sin duda, una enorme diferencia.

En cualquier caso, la verdad del ser nunca ha dejado de participar de una concepción elitista del saber, en virtud de la cual el grueso de lo que existe se ignora a sí mismo como ser. Es la razón por la cual el tan celebrado mito de la caverna define a los entes temporales con conciencia de temporalidad como idiotas que no tienen la más puta idea de la verdad del ser, salvo, desde luego, el autor mismo de la metáfora más famosa en la historia del pensamiento filosófico y, como cabe suponer, sus más fieles seguidores. Por otra parte, como consecuencia de la relación dialéctica que el dogma cristiano plantea entre lo profano y lo divino, el de la caída los tiene por doblemente idiotas, ya que, habiendo participado los entes temporales de aquella verdad, sin embargo, han de sumirse en la farsa del pasar para saber de ella y volver a participar de ella. No creo necesario extenderme a ilustrar cómo esta narrativa está en la base de toda forma de poder y de control de unos pocos sobre los más. Pero toda fe en lo extra temporal no consiste en otra cosa que abrazarse —y hasta abrasarse— al dios que otro ha creado. Con lo cual, respecto la idiotez que prevalece en su célebre caverna, habrá que conceder algo de razón a Platón, y aún cuando sea por razones bien distintas de las que tanto él como Agustín hubiesen celebrado.

Es a partir de esta narrativa que suponemos que el devenir es inferior al ser porque en el pasar no puede haber verdad ni saber. Y es con los ojos metafísicos como hemos aprendido a leer el pasar en clave demoníaca hasta donde cabe llamarla así en un sentido dionisíaco y contrapuesto a lo apolíneoy a percibir en la finitud y mortalidad, que le son propios e inherentes algo maligno, por precario o imperfecto. Llevando esta visión dionisíaca al extremismo moralista, la teología hizo del devenir el demonio mismo, con el que, contrapuesto a Dios y la eternidad, degrada nuestra mortalidad y finitud al nivel del pecado y la condena. En este sentido, la existencia temporal no es, en realidad, y en sí misma, existencia, sino la mera provisionalidad de un pasar, acaso llamada a revelar la verdad de la vida eterna; esto es, del ser, en cualquiera de las versiones que ha tenido desde Parménides y Platón, a quienes tanto debe la patrística desde el punto de vista filosófico, y nosotros, tras más de dos mil años de cristianismo, desde el punto de vista histórico, semántico y cultural.

El problema acá, sin embargo, es que uno no se puede zafar del demonio del pasar espetando en la horrible cara de su absurdo la cruz del ser, tal y como suele hacerse con los vampiros y demás entes malignos, cuya temporalidad, precisamente, se sobrepone a su propia muerte. Son malos porque carecen de alma posibilidad de ser eternoy siguen pasando más allá del límite de su propia muerte. Con lo cual, la literatura de terror basada en los muertos vivos no es otra cosa que uno de los más populares y conmovedores exponentes de la narrativa del ser. Pero el problema acá, como digo, no es metafísico, sino de orden narrativo. Nuestra conciencia del pasar implica que sólo podemos concebirnos como temporalidad. Aunque lo imputemos al pecado y la condena, somos, por definición, pasar, y, en tal sentido, profanación del ser en cualquiera de sus versiones metafísicas. Es decir, sujetos a finitud y mortalidad, somos, por temporales, necesariamente profanos respecto al ser, ya que lo único que podemos hacer por él es narrarlo. Y, convertido en personaje, sólo el histórico tiene ser; el que el tiempo da: una hora a la que ser y, a la vez, dejar de ser.

La genialidad de Aristóteles comenzó advirtiendo a tiempo esta crucial paradoja. No hay un mundo puro del ser y distinto del de la degradación del devenir. Hay un solo mundo, en el que se despliega la existencia temporal en todas sus manifestaciones. A los efectos, el estagirita, que no estaba dispuesto a que lo timaran con cuentos de timeo, dio por dado y sin posible explicación un primer motor, que para nada influye en el curso de aquello que desencadena como causa originaria; y a otra cosa. Tuvo entonces las manos libres para dar su propia versión de un mundo único, cambiante, en constante movimiento y que, lejos de estar dividido entre el cielo de las ideas y tierra de la mudanza, participa de una realidad en la que, muy por el contrario, confluyen alma y cuerpo, espíritu y materia, vida y muerte.

Uno ha captado en su justa dimensión el materialismo aristotélico cuando entiende por qué el autor de la Física fue para la patrística y durante tanto tiempo más; hasta Santo Tomás, lo menos− el más odiado y defenestrado de todos los paganos; tanto como Platón desde siempre ha sido y sigue siendo el más tolerado y, aún, amado. ¿Y cómo podría ser de otra manera, cuando el materialismo aristotélico, que, gracias a los árabes, sobrevivió a esa política de tierra arrasada que fue el cristianismo respecto al paganismo, acaso representa la mayor afrenta acometida por un ente temporal con conciencia de temporalidad ante la narrativa del ser? En todo caso, mucho antes que Heidegger, Aristóteles ya sabía que nada puede hacer el filósofo para penetrar la eternidad y que la filosofía sólo puede ocuparse de lo temporal. No tenemos la más puta idea de cuándo creó Dios el infierno. Curiosamente, las sagradas escrituras nada dicen al respecto. Pero, según mis indicios, debe haber sido cuando Aristóteles, cerrándole a los dioses en la cara las puertas de la filosofía, se vino con aquello de la forma y la materia, y defin el alma como la forma de un ser que en potencia tiene vida. Aristóteles también tuvo su dios. Ciertamente; uno al que dijo, no sin antes reconocerle belleza y perfección absolutas, y condecorar con la medalla al mérito de la causa primera: ahora tú ve y agárrate ese terreno de allá; dele, pues y esperó, mientras se aseguraba de que se alejaba hasta desaparecer, para siempre, en la niebla de la eternidad. Entonces, pudo dedicarse a pensar en este mundo; Aristóteles, digo. Desde ese día, los dioses son sólo pensamiento hecho de malos pensamientos. Los hay que crean. Y también hay a quienes, para pensar en lo creado, no les tiembla la mano para hacerlos a un lado. Es a estos a los que siempre toca dar el auténtico paso del mito al logos, que nunca se termina, pero sólo a partir del cual puede que todavía valga la pena insistir en esto de la filosofía.

Con su dios a salvo en el inmóvil jardín de lo eterno, pudo Aristóteles poner manos a la obra y y seguir dando cabida al auténtico acto creador, que es el del pensar. Lejos de Platón y pese a las lagunas y los errores que no se pueden evitar si de verdad se piensa, no estaba, sin embargo, dispuesto recrear el cuento de nunca acabar de la eternidad. Se plantó en medio del pasar. El mundo no era una inerte caverna llena de movilidad, sino, más bien, un laberinto infinito de movimiento en el que los dioses, existan o no, están de más. El pasar implica el tiempo. Un segundo, un minuto, una hora, un día, o un siglo sólo lo son en tanto que referente de un determinado transcurrir. O, dicho en términos aristotélicos, no hay tiempo sin movimiento. Tiempo que el mismo Aristóteles, por cierto, incluye en el no ser. Sin que ello obste para que se tome todo el libro IV de un tratado sobre la naturaleza para definir lo que es: número del movimiento, nos dice. Y en otro, dedicado a la memoria, nos dice que los hombres recuerdan con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Nunca nos dice cuál. Pero, siendo que el alma es forma y la memoria consciencia, con ello, la cuestión del tiempo, no se queda en el plano objetivo de la naturaleza material y su medida, sino que, además, tiene una dimensión subjetiva en el plano de la percepción y la experiencia. El tiempo mide y comprende pasar. De esta manera, Aristóteles nos está indicando que el tiempo es medida del pasar o sea, una forma de fijar el antes y el después− y, también, una forma de relacionar el antes con el después, y que, cuando esto hacemos, nos relacionarnos con el pasar mismo mediante la memoria.

De manera que el tiempo no ha sido creado por dios alguno, como suponía Platón, y más tarde Agustín, el más postrero y aprovechado de sus discípulos. La percepción y experiencia respecto del mismo pasar es la fuente creadora del más racional de los conceptos, con el pretendemos hacer de él algo relativamente inteligible: el tiempo. Y la primera certeza que tenemos a partir de dicha inteligibilidad es que yendo al futuro, arribamos al pasado. En esta paradoja consiste la forma propiamente temporal de nuestra existencia. Husserl la formula con todo rigor: lo real deviene irreal, pues todo lo que es, a consecuencia de que es, habrá sido como es por completo evidente y obvio y, a consecuencia de que es, es un futuro haber sido. Descrita analíticamente en las aporías aristotélicas del tiempo y del ahora, la paradoja constituye la esencia misma de una existencia en devenir: somos aporéticos; somos nuestro propio no ser. El pasar es vivencia del devenir y tiempo su demonio. Nadie tendría por qué temer al demonio, ni venderle el alma; o sea, la forma en sí misma temporal que somos. En realidad, lo llevamos dentro; lo somos. Para ser, un día le hipotecamos nuestro pasar mismo en forma de historia; en alma y cuerpo nos ponemos en sus manos al nacer, según contrato narrativo del que sólo nos liberamos al morir. Mientras tanto, en un ineludible ejercicio de finitud y mortalidad, vivimos muriendo y morimos viviendo. No sólo hay un Platón que todos llevamos dentro, como solía decir Bergson. El grueso de ese adentro lo ocupa un Melmoth. El más afamado de los pecadores angélicos en la historia de la literatura.

Devenir y movimiento son prácticamente sinónimos. Sólo que en la narrativa del ser nos muestra de ellos un retrato inerte, y que sólo sirve para referirse al ser haciendo referencia a lo que el ser no es. Aún cuando se le suponga como infinito torrente de movimiento y mudanza, la narrativa del ser nos habla de un devenir que más bien parece un estanco, en el que pasa nada dado que todo pasa. Hecho a lo aparente y pasajero, en esta narrativa el devenir es la mera negación del ser; pero, al mismo tiempo, todo cuanto podemos saber del ser, ya que, siendo éste siempre igual a sí mismo, pleno y autosuficiente; sin inicio y sin final, y, por lo tanto, eterno ¿qué habría que saber de aquello que, sometido al pensar, sería, de ser posible y en el mejor de los casos, degradarlo a una forma superior de no ser? Y ello para afirmar la verdad de un ser −pues, saber de por medio, ya no sería el ser− que, por siempre igual a sí mismo, ha de ser lo más aburrido de saber.

Ahora bien. Con lo dicho hasta acá me ubico en el lugar que me corresponde como escribidor de esta historia acerca del hecho de escribir historias. Prescindo de ser y dioses; de metafísica y eternidad. Esta historia no es más —ni menos tampoco que un ejercicio del acto narrativo al que está sujeta toda conciencia de temporalidad. Escribiéndola, encarno mi propia imposibilidad de ser, o, mejor dicho, reafirmo mi no ser largándome a la mismísima mierda del proceso de su escritura. Por allí va la cosa, creo, al menos hasta ahora. Y, como antes lo he indicado, lo ontológico no está en el hecho de escribir historias, sino en la largada; es decir, en la identidad que el hecho representa entre existir y movimiento; cosa de la que el hecho no es sino concreción de la acción narrativa llamada a dar sentido y significación al pasar.

El largarse y el llegar. Visto desde el autobús en que me transporto, distancia es lo que media entre lo uno y lo otro. Y dado que toda distancia implica lugar, en mi caso Buenaventura es el lugar, porque, como tantas veces me he dicho entre idas y venidas, cualquiera ha podido ser el lugar. Pero, decirme esto, ya implica tiempo, que es el único modo en que la distancia puede ser vivida: lo rápido y lo lento; lo cerca y lo lejos, lo habido y lo por haber. Nada de esto existe sino como representación temporal del movimiento. Ahora entiendo mucho mejor cuando el viejo Rangel decía que largarse a la mismísima mierda puede tener lugar a la vuelta de la esquina. Claro que, a los efectos, Buenaventura tiene el atractivo de estar del otro lado de estos cerros, iniciando en la parte más baja de su sima, y de confundirse con el mar; como si no tuviera final, o lo hubiese negociado con este mar, en secreto y en lo más oscuro de sus profundidades. Si a ello se suma ese viento que todo lo empuja, sacude o envuelve como decir de silencio que roza la piel material de mi presencia pasajera, no cabe menos que confirmar, tal y como en este momento en que estoy a punto de llegar, una vez más, hago, que Buenaventura es el lugar. Pero al tiempo le da igual. Se precisa de él para vivir la distancia; gracias a lo cual, cualquiera ha podido ser el lugar.

Debe ser por eso que, cada vez que estoy a punto de llegar, el escalofrío del ridículo recorre la piel de mi espera, a medida que advierto que, por más distancia que medie entre el punto de llegada y el de partida, haberme largado tan lejos es tanto como haberlo hecho a la vuelta de la esquina. Sensación de ridículolo suficientemente persistente como para tenerla en cuenta. Empezó cuando todavía venía yo sentado en el autobús, que se desplazaba con notorio esfuerzo mecánico por la carretera empinada y abierta por entre el tupido bosque que hay que atravesar para llegar a Buenaventura. Luego, cuando comenzamos a descender por el lado en que los cerros se muestras mas despejados de vegetación, seguía allí. Y aún después de no sé cuántas horas, tras haber llegado, entrado a la casa y sentado a escribir, sigue en mí. A estas alturas, ya ha dejado de ser algo que siento, para convertirse en algo que soy. Como diría Sartre a propósito de la nausea: no la siento; la soy.

De modo que hace rato hube de parar. Y, después de no sé cuántas horas de vigilia, he retornado a la mesa y aquí sigo, lidiando con este amasijo. Pasa, según supongo, que uno acomete un tema y que, por momentos −a veces mucho más largos de lo que se espera− es el tema el que lo acomete a uno. Es como si uno, de escribidor, se convirtiera en su venganza. Lo cierto es que al rato me metí en el chinchorro. O, más bien, para ser más exacto, debería decir que tomé por los pelos esas masa extraña y palpitante que llamamos cuerpo y lo eché dentro. Es lo único que me consuela cuando hay que parar sin saber muy bien por qué y aún cuando lo que pretenda sea seguir. En momentos así, con sólo mirar hacia el chinchorro quieto y colgante, puedo presentir la generosidad de su molicie y cómo me conmina a recogerme y participar de ella. Nunca falla. Estaba dispuesto a dormir hasta el día, siglo o milenio siguiente. Sin embargo, no lo hice. Y aquella vigilia, en manso bamboleo, acompasada por el chirriar corto y seco de los mecates colgantes del techo y el muy lejano rumoreo de los vientos, no tardó en convertirse en el escenario de un curioso recuerdo cuyos detalles llamaron mi atención. Lo curioso es que no lo hubieran hecho antes.

Me refiero a un día en que el viejo Rangel entró como siempre al salón: maletín en mano, con paso largo y rápido, y emitiendo el gruñido de siempre, a modo de formal saludo. Dejó el maletín sobre el escritorio, pero, por esta vez, sin abrirlo, que era lo primero que normalmente hacía. Luego se sacó el saco, que siempre colgaba del respaldo de la silla, y se sentó. Encendió un cigarrillo. Tosió. Entonces, calvo y cejudo, entre las bocanadas de humo, estuvo mirando a todos, tal y como era de esperar, en silencio. Sólo que en esta oportunidad, el silencio se prolongó lo suficiente como para que un decir que antecedía al del viejo cuando dijo: debí haberme dedicado a criar gallinas. Luego abrió el maletín, extrajo el amasijo de exámenes corregidos, y lo dejó sobre el escritorio. Seguidamente, cerró el maletín, se levantó de la silla, se terció el saco, y se marchó a paso largo y rápido, mientras emitía el mismo gruñido, pero ahora a modo de despedida.

Hasta hoy, nunca había recordado la imagen calva y cejuda en medio de la humareda que salía de su boca. Tiempo después, cuando yo ya comenzaba a asomar mi heroica intención de largarme a Buenaventura, a propósito del asunto me dijo: para largarse a la mismísima mierda no se precisa de mover ni un pelo. Se pasó la mano por la calva de cuatro pelos, y, como para no volver a hablar del asunto, agregó: la mismísima mierda está a la vuelta de la esquina. No sé ṕprqué, hamás imaginé cuánta razón tenía. Lo cierto es que, ahora, el ridículo sobreviene en quien, como yo, ha debido trasladarse más de trescientos kilómetros para creer que lo hacía y que, porque se ha largado más lejos, jura que se ha largado más, He salido del chinchorro sin poder evitar cagarme de la risa. Con lo cual, por primera vez, siento haberme largado verdaderamente.

Lo sé porque sólo ahora, cuando he terminado de reír, es que he caído en cuenta de qué fue lo que, en realidad, quiso decir el viejo. De alguna manera se burlaba de mí. Ya que, pese a que largarse a la mismísima mierda pareciera lo más opuesto a la utopía, en realidad, en esencia, coinciden más de lo que parece a primera vista. Y ello tiene mucho que ver con la dimensión esencialmente narrativa de la existencia temporal. Largarse y utopía. Puede que, en cada caso, la trama sea distinta; pero ha sido tejida con el mismo hilo del seguir. En un mundo en el que todo es devenir, sólo hay espacio para el seguir. Podemos llamarlo voluntad de ser. Nietzsche prefería hablar de voluntad de poder, y Sartre de posibilidad de ser. Tras las más extremas, retorcidas, ridículas y absurdas peripecias, el innombrable de Beckett concluye que hay que seguir, voy a seguir. Es ley del devenir: existir no es otra cosa que seguir. No es ley sujeta a dioses ni ser alguno, sino su mismo no ser y el movimiento por sí mismo el que la demanda. Largarse a la mismísima mierda y nunca llegar. Es lo que hacemos todos y cada uno, aquí o en cualquier lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar. Una vez se aparece en la corriente eterna de lo vivo, no queda de otra que largarse a la mismísima mierda; a conciencia o por fe ciega. A la existencia le da igual. Lo único que cuenta para la vida es ella misma; su devenir, su no ser, su movimiento total, y hasta brutal en la más sublime de sus manifestaciones. La utopía no es más que una versión, si se quiere edulcorada, de la misma eterna largada, que es el hilo con que se tejen las mil y una tramas en este laberinto del tiempo y el pasar.

Casi que estupefacto, estoy a punto de concluir que largarme a la mismísima mierda no ha sido otra cosa que mi utopía. Si el viejo Rangel me viera en este momento, me estampaba este amasijo en la cabeza y pasaba el resto del día revolcándose en suelo sin poder contener la risa. Ya lo puedo imaginar, tosiendo y con los ojos rojos, casi lagrimeando, mientras estira la larga mano para que le alcance este cigarrillo ya encendido. Y aunque sólo se trate de mi imaginación, siento haberlo sacado de la tumba, como si ésta. Más allá de ser una historia, fuese un conjuro. ¿Y qué es la historia incluso aquella que se cree la ciencia del pasado si no la suma de tods los conjuros gracias a los cualés el cadáver del pasado se levanta y anda? Puede que en este momento parezca que reivindico a Cristo. Pero no. Esto es una historia. Y, reales o ficticias, todas las historias son realistas. Los milagros sólo pueden ser realmente falsos.

En todo caso, lo uno y lo otro, el largarse y la utopía, son tiempo; esa forma de todos los fenómenos, diría Schopenhauer. La utopía no ve en la existencia temporal mero devenir, sino devenir hacia mejor. En eso consiste su ir al futuro. ¿Y qué es el largarse si no, igualmente, un ir al futuro? Aunque con la expectación de revés, lo imposible entre ceja y ceja, y la esperanza en el culo ¿no se trata del mismo no ser que, en forma de pasado-presente-futuro, nos da ser histórico, claro está? Me gustaría pensar que la diferencia entre uno y otro ir al futuro es la que media entre esperanza y voluntad. Pero esto sería trampa para bobos; como si en la más mínima expresión de esperanza no involucrase toda la voluntad de la que un ente sea capaz. Además, allí sigue el viejo Rangel, mirándome con sus ojos burlones y a punto de volver estallar en carcajadas. Bien. Entre lo uno y lo otro no cabe sino matices; variaciones de un mismo tema, como quien dice. Vamos, pues, a ello. Y, para este viejo, otro cigarrillo.

Ciertamente. De lo que se trata no es del camino, sino del seguir mismo. Golpeando con los puños del decir el absurdo de existir formas religiosas incluidasy a sabiendas, sin embargo, de la imposibilidad de ser: así se va uno a la mismísima mierda. Para lo cual hay que entrenar mucho frente al espejo de lo imposible. Es así como se aprende que, puestos a participar de una existencia absurda y, al mismo tiempo, obligados a darle algún sentido, el fracaso siempre es primero, y el seguir viene después. Lo que mueve al mundo del devenir no es el sentido del ser, sino su imposibilidad; la confrontación de todos los sentidos posibles ante la imposibilidad de darse alguno. Desde esta perspectiva, el mundo de la existencia temporal no es un camino que seguimos, sino el laberinto en el que somos al tiempo que dejamos de ser siguiendo mil y uno. Sólo tiempo y pasar prevalecen en el laberinto. No hay teseo que le dé sentido. Estamos hechos del mismo material que el minotauro; somos igualmente voraces, mortales y finitos. Cuando se aprende esto, ya no es necesario largarse a la mismísima mierda: uno se descubre siendo ella.

Mas que utópico, el largarse a la mismísima mierda es una suerte de odisea de ida y vuelta. No obstante, entre el largarse y el llegar, hay una diferencia temporal que la transforma, y que tiene inequívoca expresión en el lenguaje. En efecto, una vez que se ha llegado. ya no cabe hablar de largarse, como hiciéramos al partir, a tono con la voluntad sublime que nos empujaba a hacerlo: ahora toca hablar de venirse a ésta, la mismísima mierda, en la que uno se hunde no más tocar la tierra que se prometió al largarse. De modo que, cumpliendo su cometido. se ha vencido uno a si mismo. Pasa entonces que, víctima de la derrota auto infligida, el impulso inicial que empujaba al expectante futuro va dejando paso a la inercia final que anuncia el roñoso pasado. Entonces es más fácil entender a Sartre y su idea de la existencia como posibilidad de ser: siendo que el ya no ser es cuánto se puede llegar a ser, uno debería estar yéndose siempre a la mismísima mierda, pero sin llegar nunca. Y esto es lo más utópico que se pueda imaginar

Detesto tener que hacerlo, pero a estas alturas he de reconocer que entre el mundo mejor y la mismísima mierda no media más que una diferencia narrativa; por suerte, la misma que me viene como anillo al dedo para continuar con esta historia, ya que, de otra manera, algunos de esos vientos que siempre lo rondan habría dado cuenta de este amasijo. El de hoy ha estado cerca. Menos mal y no lo traía conmigo. Me estuvo tentando desde el otro lado de la ventanilla. Ni siquiera esperó a que llegara a Buenaventura; se adelantó y me emboscó en plena la carretera. Se metió por la ventanilla abierta, Me rozó el cuello, tal y como la soga acaricia el del suicida. Hurgó entre mis dedos, y luego, cuando saqué el encendedor para encender con una mano el cigarrillo que me había llevado a la boca, apagó varias veces el fuego que yo me empeñaba en proteger con la otra. Al final lo encendí y, al mejor estilo del viejo Rangel, me puse a fumar, como si el acoso no fuese conmigo.

Después de todo, tratándose de la mismísima mierda, todavía había mucha tela que cortar. Para empezar, mis idas y venidas a Buenaventura. Es la quinta vez que arribo a Buenaventura. La primera fue para matar a Medina, lo cual me propuse como una forma de contribuir al advenimiento del mundo mejor. Fracasé, como tantas veces ha fracasado el mundo mejor mismo, aunque muy probablemente nada tenga que ver lo uno con lo otro. Para fracasar no se requiere de causas sublimes; pasa que sólo hay que estar siempre listo para ello. En cierto modo, el fracaso es el auténtico tema de la temporalidad. Y en este tema mi disposición es tan grande como mi voluntad. Es lo que me inspira: ser testigo de lo imposible; arte y parte en una guerra que se sabe perdida de antemano, tomar nota de cada detalle en el más curioso de los espectáculos a los que siempre da lugar la voluntad humana: morir en el intento. No puedo encontrar mas grande heroicidad que en la obstinación de existir en un mundo en el que todos los caminos posibles conducen a lo imposible.

Veinte años después volví a Buenaventura y maté a Medina, para lo cual no necesité de mundo mejor alguno; el peor fue más que suficiente. Matar a Medina no era mi propósito. Fue él mismo quien me empujó a hacerlo en un acto de defensa personal. Más allá del cual, sin embargo, uno se encuentra con que ha realizado el sueño en el que Adán fracasó: ser igual a su dios. Pues haber matado a un hombre sólo puede ser interpretado como una forma de descrearlo, si es que hay que dar algún crédito a esa especie, tan difundida en el mundo de la existencia temporal, de que los dioses gobiernan el universo; y si no, también. Sucede que a todo dios termina pasando lo que a Frankenstein: jamás ninguno ha sabido qué hacer con lo que ha creado. La prueba de ello es que existimos, y esto hacemos como sus engendros.

Esto de no llegar a hacer lo que con toda convicción nos hemos propuesto y, por otra parte, terminar haciendo sin querer lo que nunca nos propusimos, me remite a una de las más interesantes formas del fracaso: alcanzar éxito total en aquello de lo que nunca tuvimos la más puta idea de estar involucrados y en lo que, cuando llegamos a tenerla, hasta último momento siempre nos negamos a ello. La gran ventaja de esta irónica forma de fracaso es que uno puede hacerse de la vista gorda y contar la historia como si en verdad fuese el resultado inevitable de haber cumplido con su propio destino. Los héroes son quienes mejor conocen esta forma de fracaso.

No conforme con fracasar una y otra vez, al poco tiempo regresé a Buenaventura: nada me propongo. Es la muerte quien ha de hacerlo. ¡Ah¡ es UD., diré yo entonces. La esperaba. Aunque nunca imaginé que se presentase así, en chancletas, haciendo mera rutina de lo que para mí, hasta ahora, debía ser tenido por el más crucial de los momentos en la vida de un hombre. Hasta entonces no me moveré de aquí y sólo lo haré en los brazos de quien se haga cargo del cadáver; éste mismo, el que en potencia soy. y que, para entonces, habría alcanzado su ser pleno y, con ello, mi pleno no ser.

Hasta donde alcanzo recordar y reproducir literalmente, esto fue lo que respondí a Rangel y Rengifo aquella tarde en que, de súbito, se presentaron a la puerta de la casa, según dijeron, para salvarme de mí mismo. En ningún momento dije que me iba a suicidar −aclaré. Y luego agregué, mientras guiñaba el ojo al viejo: aunque tampoco veo en ello motivo alguno que me convierta en objeto de salvación. Luego pasamos a la mesa y nos sentamos a beber de la botella de ron que habían traído consigo. El viejo Rangel reía con picardía. Rengifo no. Bruto como era, sólo se le enrojeció el rostro, ya que no podía comprender mi desprecio hacia el gesto generoso y desinteresado de un amigo. Siempre he dicho que, si alguno de esos vientos que soplan en Buenaventura, en lugar de llevarse por delante lo que se interponga en su pasar, se detuviese a explicar las razones de por qué lo hace, sería como Rengifo.

Al final, me salvaron. Aunque todavía nadie sepa de qué. Lo cierto es que, resultado de aquel encuentro inesperado, tuvo lugar otra de esas jugarretas del destino, en virtud de la cual terminé encaramado en el estrado de la docencia, el mismo del que la burocracia había bajado a Rangel y del que yo tardaría veintitrés años en bajar. O más bien caí, como Adán tras ser expulsado del paraíso; sólo que, en mi caso, me arrojé yo mismo. Y, una vez más, de nuevo a rodar hasta Buenaventura, donde retomé aquélla, mi diferida espera frente al mar.

Ya no espero la muerte. Voy a su encuentro. La percibo en cada una de esas olas que, repetidamente, una tras otra, se deshacen cada vez que el mar baña la costa, tal y como hace el oleaje de la muerte sobre el continente todo de la existencia temporal. En este ir y venir a la mismísima mierda, Buenaventura es mi propia costa y yo el mar que, temporal y narrativo, baña sus bordes de arena y piedra. Ésta, mi última venida a la mismísima mierda, tendría que haber sido la definitiva. Sin embargo, aún cuando sólo interrumpida durante algunos días por lo del sepelio del viejo Rangel, voy a computarla como la cuarta, y mi regreso a partir de este último evento con el que he dado inicio a la escritura de esta historia como la quinta, y que ahora pasaría a ser como espero la definitiva. Por ahora me apego a aquello de que no hay quinto malo.

Mis idas y venidas a Buenaventura han terminado por asignar al mero hecho de largarme a la mismísima mierda no sólo un rango ontológico, sino, al mismo tiempo, mítico y que hacen de ella una forma de participar del eterno retorno. Borges decía que ésta es la idea más pavorosa que Nietzsche encontró para exponer a la expectación de la gente. Lo cual me suena a ingenua exageración de un espíritu teleológico. Para mí el eterno retorno es la idea más majestuosa y certera de toda la filosofía; no por fecunda, desde luego, sino por estéril; no por las puertas que abre al pensar, sino por el modo en que las cierra todas, no sin antes habernos dejado creer en que las abríamos. En el laberinto de la existencia temporal, el eterno retorno no es la iluminación de la salida, sino la negación de la idea misma de salida; no la luz al final del túnel, sino el túnel mismo, sin inicio y sin final. Si hemos de seguir a Cioran en su tajante afirmación de que toda idea fecunda degenera en creencia y que sólo las estériles mantienen su estatus de idea, entonces he ahí la del eterno retorno. Lo cual nos autoriza, por lo demás, a afirmar que incluso las hay que no sólo mantienen su estatus de idea, sino que se tienen y sostienen a sí mismas clavadas como una espina en el corazón de lo fecundo.

Sísifo, el más famoso símbolo del eterno retorno en el mundo antiguo, pasa a ser en el siglo XX la fuente de inspiración de Camus para escribir el más famoso ensayo filosófico sobre el suicidio en el mundo moderno. Nietzsche, que asegura haber experimentado en toda su intensidad la idea del eterno retorno gracias a la imagen de un niño jugando en la orilla del mar que un día, de súbito, advirtiera en uno de sus acostumbrados paseos por la playa para favorecer la digestión, clavó la espina en el corazón mismo del historicismo y el evolucionismo decimonónicos, que, orgullosos herederos de Voltaire y el enciclopedismo, siempre fueron lo mejor del culto al mito del progreso. He aquí dos formas de verse en el misterioso espejo de la existencia temporal: si el progreso es la sublimación del hombre como ente creador y transformador a través del tiempo, el eterno retorno es la idea del tiempo mismo como determinación de la existencia y voluntad humanas.

Lo mejor del eterno retorno es cómo pone en evidencia que nada en la existencia hay al margen del tiempo y la temporalidad; ni siquiera los mismísimos dioses y la extratemporalidad que desde ella les adjudicamos. Es Heidegger quien, al parecer, mejor lo ha comprendido y quien, al mismo tiempo, mejor se las ha ingeniado para que nadie lo comprenda a él. Ha debido llegar harto profundo en aquella primera parte de Ser y Tiempo,, pues si con ello cambió la historia de la ontología desde Aristóteles ‒hazaña en la que todos parecemos estar de acuerdo y dispuestos rendir los merecidos honores uno no puede ni imaginar lo que habría alcanzado cambiar de haber escrito las otras dos de las tres con que quedó comprometido en la introducción misma de su obra maestra. En todo caso, puede uno dar por sentado que hay inteligencias filosóficas tan portentosas que impactan no sólo con lo que perpetúan en el papel, sino, incluso, con aquella parte al caso la más extensa que nunca llegaron a realizar, por imposible.

No obstante, siempre pasa que hasta a los más profundos algo se les escapa de la aérea profundidad en la que reinan y alguna migaja cae desde tan sublime altura en la que se han hundido para siempre. Y es entonces cuando el resto de los mortales, frotando nuestras manos toscas y con una sonrisa malévola asomada a nuestras bocas desdentadas, tenemos la oportunidad de participar en el festín del pensar. En este sentido, al menos de mi parte, en esta historia no hago sino seguir lo que, siempre lapidario, Vayne ya dijo: sólo nos hemos alimentado de las migajas caídas de la mesa de Aristóteles y Tucídides. Lo que nos deja plenamente autorizados para pensar que, si de captar y comprender el misterio de la existencia temporal se trata, para sobrevivir, a la civilización le ha sido más que suficiente con las migajas y que, en el infame festín de los pordioseros del saber, yo sólo intento hacerme con la mía. Engullo, pues, mi migaja, convencido como estoy de que ella será más que suficiente para acometer esta historia; incluso para perpetrarla, ya que, si en realidad se la logra, es lo que corresponde a una historia estéril llamada a clavarse en el corazón de lo fecundo. Mucho más que flotar a solas en el universo hasta dar con su lector apropiado, esto es lo que cuenta para ella: clavarse; que sólo como una espina puede tener algún sentido.

Como puedo ver, voy comprometiendo la escritura de esta historia acerca del hecho de escribir historias con cosas que van asomando y que, con ello, ya son material del proceso que ello implica. Supongo que habrá que ocuparse de ellas en su momento. En todo caso, así es la escritura de una historia: sea lo que sea que uno se proponga, se va haciendo de cosas que se asoman, tal y como sucede al caminante desconocido cuando, al transitar la calle por la que se dirige a su dudoso destino, es objeto de las miradas y comentarios furtivos de aquellos que lo observan desde sus ventanas y puertas sombreadas a medio abrir. Conozco la sensación. La he experimentado más de una vez, tal y como hoy mismo, en mis reiteradas idas y venidas a Buenaventura. No obstante, y si bien puedo explicarme ése asomarse de la gente, por curiosa, tal y como lo siento ahora ¿cómo hacerlo respecto de las cosas que, en cuanto tiene que ver con esta historia, lo hacen como material susceptible de ser procesado en su escritura? En esto, por supuesto, ha de haber algo de imaginación casi que rayana en la esquizofrenia. Bien. Vaya y pase. Sin embargo, además de eso, ha de haber algo más. Quiero decir, no es lo mismo imaginar libremente, como quien dice, según los vientos de la memoria soplen en una u otra dirección de nuestro haber, que hacerlo encadenado al mismísimo acto de escribir la historia a la que nuestra imaginación nos ha condenado. La escritura es acción y un proceso harto complejo, sin duda. Pero es en la condena donde reside el acto. Lo cual, por cierto, tiene que ver con el tema, que, en en el tupido bosque sin fin de la posible escritura de cualquier historia, viene a ser el árbol del que, como condenados a ella, hemos escogido colgarnos. Empero, esto es otro asunto; otra cosa que se asoma.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.