Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.
Ahora, luego de no sé cuánto tiempo, vuelto al mismo bar y sentado a la misma mesa, desde la que la vuelvo a observar sin que ella se dé por observada, me empeño en reconstruir esta historia, que no comenzó en la cuarenta y ocho, pero tiene en ella su genio creador. Eta historia comienza en el escritorio, donde, en realidad, comienzan todas. Pero no tengo un nombre con el cual empezar. Lo he olvidado. Y hasta que no lo recuerde, este historia no será tal. Anónima, no será más que una invocación graciosa de pasado, como la que se hace a la ley, a la amistad o a lo sobrenatural; en suma, a lo intangible. Y yo la quiero palpable, como la vida misma. Sin embargo, aún así, lo intentaré.
Así como Dios, según reza el mito bíblico, creo la mujer de la costilla del hombre, yo he creado una puta de la costilla del fracaso. Por lo que no puede caber duda de que, también, la he hecho a mi imagen y semejanza. Sólo que, para ello, algo más generoso que el Creador, he empleado el costillar completo. Y con lo que me quedó luego de ser arrojado del paraíso divino, la arrojé a ella del de la cuarenta y ocho. Pasado el tiempo, hoy, al igual que aquel dios, sigo aquí sólo para advertir que he perdido los hilos de mi creación; ni siquiera he podido recordar el nombre de aquella a la que cree en una noche de infamia y lujuria. ¿Por qué tememos tanto las tinieblas y sublimamos tanto la creación, cuando todo lo creado sólo puede provenir de ellas, o volver a ellas, y, por lo tanto. son dimensiones de la existencia que participan de la misma naturaleza?
Claro que yo jamás habría podido crear algo como el universo, o como quiera que se llame lo que este dios creo en siete días. Soy de los que piensa que estas cosas hay que meditarlas mejor y que, como dicen los viejos, del apuro sólo queda el cansancio. No entiendo a cuenta de qué tanto apuro en crear crear lo que sea que haya de ser, cuando se dispone de la eternidad para ello. Ni siquiera entiendo que lo eterno, por ser, requiera, como el devenir, de acto creador alguno. Siempre me ha parecido que en este apuro, que, más que a lo divino, apunta a lo temporal, hay algo que huele mal, y no se trata, como en este inmundo de bar, de orines viejos, sino de algo más podrido y que a la teología le da asco tocar.
Por lo demás, carezco de la perspectiva paisajística apropiada para crear algo así como el universo, ese ambiguo hueco a partir del cual imaginar horizontes lejanos desde los que emerge la luz o sobreviene la tempestad. Y, también, debo carecer del espíritu apropiado, pues, modorra, la que me inspira suponer cada día que mañana amanecerá. Pasa que, para ser un creador del universo, siete días es muy poco tiempo, su se quiere acertar y si quien lo hace es un mortal; o demasiado, para ser la obra de un ser eterno que, como tal, no tiene necesidad alguna de crear. La creación es signo de mortalidad y finitud, El problema acá no radica en la obra que se ha creado, sino en que todo acto creador implica devenir y tiempo. En todo caso, por mi parte, qué universo ni que universo; que con lo que quepa en una noche entre las cuatro paredes de este bar de mierda es más que suficiente para crear lo que creo, ahora que la estoy viendo.
Su cara cuadrada y falsamente alegre me lo hace saber. No era así en aquel entonces. En aquel entonces, esa cara dura era carita. Además de redonda, triste, inquieta, y perdida como la de todo aquel que se pierde sin saberlo en el intento de parecer que no está perdido. Apareció por esa misma punta de la barra a la que desde hace tanto tiempo me siento cuando vengo aquí, si, como digo, la mesa de siempre ya ha sido ocupada por algún otro cretino que, como yo ahora, la ocupa. En aquel entonces ella sólo era un rostro marcado por la ansiedad, y en el que todavía se podía advertir la bofetada que el desamparo va dejando en cada uno lanzado a ser uno. Algo mortal para una puta, esa cara de niña que ya no le alcanzaba para cubrir su recién adquirida desnudez. Hoy la he visto de nuevo; por primera vez desde aquél entonces. Y la he reconocido. De súbito ha aparecido, salida de una de las habitaciones del fondo, mientras bebía mi segunda cerveza y, plácidamente abatido, mi pensar se diluía en la chanza y la habladuría de todos. Sentí como si hubiesen transcurrido siglos desde los tiempos de aquél polvo en la cuarenta y ocho; el primero y el último.
Por su parte, o no me ha reconocido o ya es lo suficientemente puta como para manejar con maestría esa indiferencia de saber quién soy sin hacérmelo saber. He sentido por ella lo que por la tarea bien realizada. Su puterío es mi obra maestra. Ella no es como esas páginas de mi escritorio, arrancadas de la fantasía de lo real, para ir a morir en la realidad de la fantasía. Es un fracaso real, inmundo; trágico porque sólo las cosas menudas pueden ser inmensas en su inmundicia y trágicas en su menudeo. Las grandes también lo serían, a no ser porque la grandiosidad que las desmerece. Ella no. Ella es. Una vez creada y mirando siempre con indiferencia al mismo cielo, muestra esa voluntad siempre dispuesta a cubrirlo de un sólo escupitajo.
Hasta ahora sólo la he inventado como la que yo creo que es. Y para que este invento tenga sentido, es preciso que tenga nombre. Pero la memoria me hace trampa o me traiciona. Mejor alejarse. Me alejo. Mejor Retornar. Retorno. De nuevo mi casa. mi sitio, mi memoria en derrota, que es la única forma de retornar al reino cuando se ha olvidado el nombre de lo que se ha creado. Introduzco la llave en la estrecha ranura de la cerradura. Abro la puerta. Tiro la chaqueta. Abro la nevera. Bebo agua. Voy hasta el escritorio y, tras sentarme, luego de encender un cigarrillo, me digo, con la bocanada de humo saliendo de mi boca: esta mierda no va a ninguna parte.
Pasan los días y, en efecto, esta mierda no va a ninguna parte. Me aburro en el esfuerzo de recordar el nombre de la mujer que en noches anteriores reapareció, o al menos yo quiero creer en su reaparición. Mi obra maestra me ha vuelto a mis tinieblas. La he encontrado, o, mejor dicho, ella me ha encontrado a mí, y lo que ahora busco no es ella, sino el fantasma que ella es encerrado en las cuatro paredes de aquél bar de mierda. En medio del bullicio, sigo como un sabueso el rastro de humo y urea en los recovecos de mi memoria, pero no alcanzo dar con su nombre. Está tan cerca de mí, tan unida a mi ruindad y mi silencio de tumba abierta. Y, aún así, he perdido su nombre; lo único que de ella podría retener, y más que suficiente para que esta mierda que no va a ninguna parte tenga algún sentido como historia.
De súbito, la cuarenta y ocho. Puede que esta mierda que no va a ninguna parte comience a moverse con pereza insoportable. En todo caso, las cosas parecen ir tomando cuerpo y nombre en las cavernas de mi memoria. Trepando por la escalera de un presente antiguo, mis pasos golpean escalón a escalón hasta llegar al segundo piso. Veo la puerta estrecha a un costado del pasillo, el cuarenta y ocho de hojalata que brilla sobre la madera oscura y opaca. Abro aquella puerta, tras la cual ha permanecido encerrada aquella, nuestra primera escena de amor pagado, deshilachada hoy y junto a la hilacha amontonada de tantas otras que han tenido lugar en la cuarenta y ocho. Allí sus paredes y techos forrados en madera pulida y por cuyo brillo asoma el desgaste. Aquel olor a cosa húmeda entre el friso y la madera, como si algo vivo, emparedado, que no se termina de pudrir, nos escuchara entrar. Allí también el piso de baldosas verdes, demacradas y carcomidas, sobre el que nuestros pies fríos dejaron las huellas de una ausencia compartida y que, ahora, me mira; incluso me sonríe. El sonido de agua que gotea viene del grifo del baño. Pero eso es todo. Para que este cuadro de mi memoria tenga algún sentido, falta su nombre. Hasta entonces no será más que un cuadro vacío, o lleno de imágenes vacías. Por ahora lo dejo hasta aquí. Mañana volveré al bar.
Y ahora que he vuelto, permanece encaramado en el taburete: el vaso frío en los labios, y la mirada fría en sus ojos. Sigo su frialdad y sigo sin saber su nombre. Aunque se me ha ocurrido, de nada me serviría acercarme a ella y preguntárselo, pues en caso de responder me dará un nombre falso, de burdel, y yo quiero aquel con el que la bautizaron, el que su progenitora soñó durante nueve meses, y que a cada quien marca desde antes de haber nacido.
‒¿Puedo sentarme?
Fue lo que dijo en aquél entonces, la primera noche que la vi. Y lo dijo en un tono lamentable, desencajado por el nerviosismo y la vergüenza de acercarse a mí.
‒¿Puedo sentarme?
Insistió una vez más. Más bien, clamó.
Ese día llevaba un vestido negro, de escote semicircular y que, alejado lo más posible de su cuello, bordeaba los senos redondos y que alcancé ver hasta donde era posible, el resto había que imaginarlo, tal y como hago ahora con lo que de ellos recuerdo. Es curioso: imaginamos lo que será, para luego imaginar lo que fue; a esto llamamos recuerdo y expectación a aquello. Sin imaginarlos, no habría cómo vivir según los hechos. Un grueso cinturón blanco le ceñía la cintura, e iba encaramada en unos zapatos, igualmente blancos,que, de altos, parecía a punto de caer. También, vi aquellos pies hasta donde pude; y el resto, igualmente, lo imaginé, entonces y ahora. Cabellera suelta y cara maquillada evocaban la quietud de los muñecos; es decir, el modo en que, quietos, sugieren, por imposible, el movimiento. No parecía haberse ataviado para una faena de burdel. Más que para estafar a un hombre, aquella mujer parecía haberse preparado para agradar de todo corazón. Algo también mortal para una puta.
‒¿Puedo sentarme?
Insistió por tercera vez, paralizada, hasta que comenzó a asomarse a sus labios aquella mueca de derrota con la que se disponía a volverse a la esquina de la barra dónde había venido. La misma, por cierto, de la que ahora se aparta, para perderse en penumbra del pasillo que conduce a las habitaciones del fondo; quizás a la cuarenta y ocho. La acompaña un tipo corpulento que, como yo alguna vez, fabrica su propio mito tras haberla observado durante horas. Yo sigo en el mío, sólo que para medirlo ya habría que hacerlo en siglos.
‒Por supuesto‒ Asentí, con tono que ponía en duda mi convencimiento. Por lo que sonreí, como para corregir. Ella se pasó la lengua por los labios. Se acomodó el vestido y el cabello, aunque nada hubiera que acomodar de su atuendo. Y luego no supo qué más hacer con su lengua y con sus manos, con su presencia toda en este mundo de tarifa cara y consuelo barato. No me lo esperaba, pero, rayana en el miedo, aquélla, su duda, me invadió como una sensación placentera.
‒Nunca te había visto antes por aquí‒ dijo al rato de haberse sentado a mi mesa, con voz ya más tranquila y que produjo en mí esa curiosa mezcla de inquietud y monotonía que siempre me inspira el primer contacto con quien, desconocido, ahora me toca conocer.
‒Yo tampoco te había visto‒ respondí. Y antes de que dijese más, me apresuré a continuar, como si ella no estuviera allí. ‒Lo bueno siempre comienza con algo o alguien que desconocemos, y dura lo que tardamos en conocerlo.
‒¿Quiere decir que esto ya te parece algo bueno?‒ dijo.
‒¿Esto? ‒resalté‒ Tú me pareces algo bueno.
‒¿Bueno por qué?
‒Porque estás buena.
Seguramente que esperaba mucho más que esto como opinión sobre “esto”, Como sea, calló y cayó por un buen rato. Luego, como quien desanda lo andado, empezó por el principio.
‒No, por supuesto. Es la primera vez. Digo, que no me has visto nunca por aquí porque es la primera vez.
‒¿La primera vez que qué?
‒Mi primer día de trabajo, quiro decir.
‒¿Aquí o en la vida?
‒Nunca antes había trabajado en un sitio así. Es mi primer día de trabajo, Una se siente...
‒Asqueada‒ me adelanté.
‒Creo que sí.
‒Y tienes miedo
‒Un poco
‒¿Por qué?
‒La verdad es que todos me parecen feos y sucios.
‒Ser feo es un defecto Pero ser sucio un crimen. Tendrás que acostumbrarte a los defectuosos y los criminales.
‒Lo sé. Pero me da miedo.
‒¿De ellos por feos y sucios, o de ti?
‒¿Por fea y sucia, quieres decir?
‒Fea no.
‒Entiendo.
‒Tienes miedo de no soportarlo.
‒Tendré que hacerlo.
‒Seguro que lo lograrás. Ten fe. No desfallezcas y serás capaz de hundirte hasta lo más profundo de lo podrido, Lograrás ser peor que ellos. Ellos lo son sólo a ratos, o mejor dicho, sólo a ratos saben lo podrido que son; por eso lo disfrutan. Allí es donde tú entras en juego. Y no me mires con esa cara. Así no vas a hacerle creer a nadie que eres una puta, y eso es mortal para una puta.
Hace mucho que para ella ya no es trabajo hacérselo creer a todos. Incluso a mí, que la miro mientras la reconstruyo y, haciéndolo así, la vuelvo a vivir, en detalle, menos su nombre. Aquella noche me marché temprano a casa y volví al día siguiente. La mujer aún no había librado su primer lance. Al menos eso fue lo que dijo cuando, al verme entrar, se vino hacia mí sonriente, como si yo fuese un viejo pariente. Cuando le pregunté si por fin se había inaugurado, la mujer bajó la mirada, se le desmoronó la sonrisa, algo estaba a punto de rompérsela por dentro como un himen. Callamos.
‒¿Y tú?‒ Preguntó
‒¿Yo qué?
‒¿Qué haces aquí?
‒Lo mismo que todos. Intento parecer un poco menos feo y un poco menos sucio; pero no te fíes. Hago lo mismo que todos. Sobre todo, me aburro.
‒¿Estás aburrido?
‒Soy aburrido.
‒A mí no me parece‒ A sus labios afloró de nuevo la sonrisa.
‒Igual debes tener cuidado.
Y ahora que reparo con mayor detalle en aquella, su acritud, creo que por primera vez pensó seriamente en irse, largarse de mi lado antes de estar a mi lado. Probablemente le parecí verdaderamente aburrido, Indiferente y cruel hasta lo huraño. He debido parecer un verdadero huraño. Pero no se decidía a levantarse de mi mesa.
‒Pues a mí me parece que eres muy distinto a todos aquí.
‒¿Te parece?
‒Sí.
‒¿Y cuánto me va a costar ser distinto?
Unos minutos de silencio, un poco más de duda amontonada como ropa sucia en el cesto de los pensamientos. ¿Retornaría a su sitio en el extremo de la barra, el mismo donde ahora se acicala? La mujer me miró, volvió a sonreír. Pero su sonrisa aún no era de puta: tan sólo se aferraba a la imagen que tenía de mí como uno distinto a los demás. Entonces dijo:
‒Si tengo que irme a la cama esta noche, prefiero que sea contigo.
‒Si vas a ser puta debiste haberte ido a la cama hace mucho con quien te toque hacerlo. ¿Crees que es cuestión de elegir? Te mal acostumbrarás pensando que en la vida puedes elegir. ¿Nunca te has ido a la cama?
‒Por supuesto que sí.
‒Pero nunca has cobrado por ello.
‒Ajá.
‒Como ser virgen por segunda vez.
Durante varios días no he vuelto al bar. He preferido quedarme a borronear estas páginas. Sólo que, igual: sin aquel nombre esta mierda no va a ninguna parte. Pero al final he vuelto. Allí sigue ella, en la podrida esquina de siempre. Me gusta la forma en que se rebela contra mí ahora.
Aquella noche no fue así. La madrugada se nos fue a los ojos y el amanecer lo aplastó todo con su enorme pisada de luz. A través de la ventana de la cuarenta y ocho que da al patio, yo contemplaba a la vieja de siempre apilar las sábanas percudidas, una tras otra, como edades geológicas del puterío, cuya geología continuaba allí, en forma de ella y yo en la caverna de la cuarenta y ocho. Allí donde fuimos a morir la muerte de la madrugada, y compartir, como cucarachas, nuestra pasión a ras del suelo. A esta hora, ella yacía dormida. Yo la observaba como quien estudia el cuerpo del delito. Desnuda, estirada boca abajo, pesada como un muerto, alargado su cuerpo blanco sobre el curtido y menudo oleaje de la sábana arrugada. Se podía escuchar su respiración profunda y descuidada.
Me vestí. Bebí lo que restaba de cerveza en la lata. Estuve mirándola hasta que la mujer abrió los ojos hinchados y preguntó:
‒¿Qué hora es?
‒Las seis.
‒¿Cómo lo sabes si no miras el reloj?
‒Es la hora en la que la luz del día parece herrumbre que dejó la noche al pasar.
‒¿Siempre eres tan antipático? No me quejo. Me has tratado bien, me has dicho cosas bonitas. Ni siquiera has regateado en el precio. Sabía que eras distinto.
Convencida, se fue de puntillas hasta el baño. Estuvo largo rato sentada en el retrete. Yo alcanzaba ver sus pies blancos, escuchaba el ruido del jabón frotado en su entrepiernas. Entonces tomé su bolso y sustraje los billetes que había dentro. Toda una noche de esfuerzo por convertirse en puta se esfumó entre mis manos ladronas. Y salí.
Al poco rato, tras de mí, ella, sus gritos y maldiciones vociferadas a todo pulmón. Corrimos calle abajo. Salté de un lado a otro, hasta que me escabullí en un cafetín abarrotado de obreros que bebían café y leían el diario matutino. Ella pasó de largo. Poco rato después la vimos pasar de regreso. Al llegar a la esquina se detuvo, jadeante, se calzó los zapatos, se ajustó el cinturón, miró con rabia hacia el cielo. Luego se alejó, estafada, más puta que nunca.
A punto de salir del bar, he vuelto sobre mis pasos para mirarla una vez más. No tengo cómo saber si la expresión de desdén que me ha hecho es una forma de desprecio especial para con su puto creador, o mera, anónima, indiferencia de puta. El problema, al parecer, siempre es el mismo: consumado el acto creador, entre creador y criatura nada hay qué decir. La creación misma es ruptura pura, y siempre abre ese espacio del que, si no es arrojada por su creador, la criatura ha de arrojarse a sí misma. Y ahora que lo pienso, quien sabe: si sigo sin recordar su nombre, a lo mejor sea porque no lo dijo nunca. Lo cierto es que esta mierda no va a ninguna parte y que, como el de aquel dios, tras haber expulsado su criatura del paraíso a ganarse el pan con el sudor de su frente, mi reino ha quedado vacío.




