Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.
Ligera y pertinaz, la llovizna se dejaba caer monótona sobre los techos, chorreaba su transparencia de los aleros, en gotas se deslizaba por los vidrios de las ventanas. Las calles cruzaban entre sí sus vacíos de media noche y el pavimento macerado brillaba bajo la luz blanca de los postes del alumbrado público. Entre sombra y sombra, de vez en cuando el ronquido de algún automóvil retardado, los pasos de uno que otro transeúnte insomne, o el ruido de algún papel empujado por la brisa al ras del suelo quebraban el cristal de la soledad nocturna. Conforme se aproximaba al cementerio, el viento se batía contra la verja que bloqueaba el arco adintelado de la entrada. Planeó al ras de la curvatura superior, siguió directo hasta la lápida en la que había fijado la vista y sobre la cual fue descendiendo paulatinamente hasta posarse sobre ella: Abraham "Bram" Stoker. 8 de noviembre de 1847 – 20 de abril de 1912. Durante un tiempo indeterminado, como el de esos siglos en cuyo transcurrir nadie repara hasta que se les advierte allí, paralizados en su masa de haber temporal y durmiendo el hermético silencio del pasado, nada se escuchó. De súbito, tras cien años de haber muerto, Stoker se sorprendía a sí mismo sentado a los pies de su propia tumba.
Señor Stoker, no debería asustarse UD. más de lo literariamente necesario, o apropiado, para una historia de terror como la que sigue, que UD. está llamado a protagonizar y según la cual, como muerto, le corresponde vivir su propia y personal ausencia en el curso de la existencia temporal, y hacerlo por la eternidad. Si seguimos los mismos postulados míticos de la famosa novela que lo encumbró como autor de la literatura de terror, entenderá que ésta es la única posibilidad de ser que cabe a un muerto vivo. E igualmente entenderá que la terrible crueldad que ello le pueda inspirar no es imputable a mí, su criatura, sino a la lógica del ser temporal a la que Dios condenó la suya. Es la inteligencia quien lo exige. Éste será, pues, nuestro punto de partida; su acimut literaria en este ahora ontológico. No la pierda UD. y UD. no se perderá.
Se trata de una historia que apenas comienza. Yo tan sólo lo colocaré en el umbral de ella. Lo demás corre por su cuenta. Calma y paciencia. Es lo que en adelante va a necesitar. Sin embargo, está UD. aterrado. Lo cual, viniendo de un experto en manipulación del terror, desentona un tanto. Mas, insisto, en que no desespere UD. Tendrá mucho más tiempo del que imagina para comprender. De lo contrario, ese terror no cesará. Y le puedo asegurar que lo que es necesario y apropiado para el transcurrir de una historia, no lo es cuando a uno toca permanecer a solas consigo mismo en medio de la eternidad, como consecuencia, precisamente, de haber cesado la posibilidad de toda historia. En eso estamos, mi querido Stoker; en ese ahora único, sólo suyo, porque la muerte es personal; y eterno, porque el morir es la forma en que en cada caso cesa el devenir temporal y nuestro ser histórico se ausenta del mundo histórico, Así es de sencillo. Pese a que UD. tanto haya contribuido en convertirla en fuente de terror, le toca ahora descubrir que la muerte no es más que mera ausencia,. De modo que, a cien años de su muerte, Señor Stoker, yo no he venido aquí a contar mi historia, sino a insertarlo a UD. en la suya, la que ya escribió y de la que a su vez soy principal protagonista y el único capaz, en este ahora, de ubicarlo en la que le toca asumir como personaje. Y si de este ahora ausente de la historia acaso resultase alguna historia, será porque otro se habrá hecho cargo de que así sea. Pero esto no es cosa que nos incumba ni sobre la cual podamos incidir de manera alguna. Este asunto es entre UD. y yo. Haga, pues, un esfuerzo, y que el terror ‒esa emoción que UD., como buen irlandés, tanto ha cultivado, literariamente hablando‒ no lo confunda en ésta, la noche del primer centenario de su muerte. Sí, mi querido Stoker, hoy es 20 de abril de 2012.
Debo comenzar diciendo que me he preparado para la ocasión desde el mismo momento en que, en su caso, cesó la existencia. Me he tomado un siglo para ello. Ya sabe, tan propenso soy al reposo que mi historia se confunde con una de mucho mayor calado, como lo es la del planeta. Ciertamente, algo geológico va en mi ser, y que aumenta conforme pasa el tiempo, aunque yo no pase porque soy, en mi ausencia, eterno, como muchos aspiran llegar a ser pero apelando para ello a la gracia de Dios. Imagino que UD. estuvo entre ellos. Ahora está aquí, sentado a los pies de su propia tumba. UD. también acaba de ingresar a su propia eternidad. Y lo ha hecho no gracias a intervención divina, sino por la puerta de atrás, como quien dice; la que yo le he abierto al correr la pesada tapa de lo que hasta hoy fue una mera lápida en medio de la fría bruma de la noche.
Van Helsing es quien más se ha referido a mi naturaleza geológica. Basado en la copiosa documentación de su colega Arminius de Budapest, proporciona todo tipo de detalles al respecto. Permítame aquí una primera digresión importante. Como sabemos, el tal Arminius no es más que un personaje de referencia. Sin embargo, yo lo habría colocado en la primera línea de la trama y en cruda confrontación conmigo. Pero, imagínese cómo podría alguien esperar algo así de su afamada novela. Si en esta historia hasta yo, el héroe villano, he sido desplazado a un segundo plano ¿qué se puede esperar del pobre de Arminius? No obstante, lo puedo imaginar, con ese nombre de bibliotecario medieval, todo un erudito, solitario y huraño en medio de la barbarie de la Europa Oriental. Perdone UD. la digresión, pero le diré algo: me habría gustado conocer al tal Arminius; verlo de cerca, chico y encorvado; captar su olor a libro viejo, mirarlo a los ojos rojos de cansancio, escuchar el carraspeo crónico de su voz venida de esa garganta que se mueve entre los tendones remarcados de su largo cuello mientras expone su erudito discurso acerca de la criatura demoníaca a la que ha dedicado años de investigación y su existencia toda de hombre metódico y sabio. En ningún momento UD. pensó en algo así cuando escribía su historia. No. Claro que no. UD. tenía otros planes para su relato. No pensaba en su monstruo, sino en sus víctimas, UD. sólo pensaba en la salvación, con lo que hizo de mí el chivo expiatorio del proyecto divino, y del tal Arminius el decorado de trasfondo que imprimiera a su historia la legitimidad del rigor y la erudición. En fin, como sea. La investigaciones de este brumoso personaje constituyen la fuente primera y fundamental de lo que se cuenta sobre mí en su historia. Al menos de lo significativo de ella, a mi entender, más allá de las clásicas y monótonas referencias en las que aparezco como mero hematófago. Por eso me he referido a este sujeto.
Según Arminius de Budapest, soy una inagotable combinación de muerte y pasado. He ahí la auténtica fuente de mi poder. Es la primera vez en la historia del vampirismo que alguien ha penetrado la esencia de mi condición de ente sobrenatural ‒con lo cual, claro está, ya no sería tan sobrenatural. Lo cierto es que el tal Arminius, como era de esperar y gracias a la caja de resonancia que es Van Helsing, hace de mi la reencarnación del mal. No obstante, más allá de la mera imagen demoníaca que mi ser, para tener algún sentido, siempre ha de inspirar ‒y si es que de una reencarnación se trata‒ ésta hunde sus raíces en el curso mismo de la historia del planeta, como si la historia la supurara en su quehacer secular. ¿Podemos afirmar entonces, Señor Stoker, que soy la existencia temporal misma que, tras la muerte, vuelve una y otra vez sobre sus propios pasos? Es el tipo de conclusión de las que UD. nada dice y que me habría gustado confrontar con el tal Arminius. Al menos no me negará UD. que eso sería mucho más interesante que las necias parrafadas que tan cristianamente brotan de la devota jeta de Van Helsing. Pero lo que más llama mi atención es cómo, gracias a este personaje, Arminius. en su narración lo sobrenatural no viene del cielo o del infierno, sino, al parecer, del ser mismo de la historia en su dimensión humana y aún geológica. Si estoy en lo cierto al afirmar esto, ¡vaya que habría sido interesante un encuentro con el tal Arminius! Que, como digo, es quien en realidad sabe todo lo que hay que saber acerca de mí y no es, según creo, como el mediocre de Van Helsing, cuya única virtud es repetir, con el propósito de manipulación religiosa, el conocimiento del tal Arminius acerca del monstruo que amenaza a sus amigos y la civilización toda que ellos representan.
Le decía que me he preparado concienzudamente para la ocasión. Y aunque debo confesar que por momentos me impacientaba ‒lo que ha de imputarse a lo que en mí halla aún de vivo‒ no es menos cierto que, por otra parte, me he vuelto experto en cuestión de espera, cosa ésta que debo a mi condición de muerto y el modo en que ello afina mi percepción del tiempo. Así que, después de todo ¿que puede significar cien años en medio de la eternidad? Le aseguro que con la muerte cambia nuestra noción del tiempo y la escala de temporalidad. UD. no lo sabe porque es un recién llegado llegado de la tumba y apenas empieza a ejercer como muerto. Pero insisto: cien años es nada en ésta, la ausencia eterna. Y, por cierto, que Iba yo a decir en este momento: ya tendrá UD. tiempo para comprender mejor esto. Pero esto es tan sólo eso, un decir. Ya que en la eternidad, en realidad, no se tiene tiempo, pues ella no es más que la forma en que el tiempo, en su cesar, lo tiene a uno. ¿Me sigue UD., Señor Stoker? Quiero decir ¿advierte las consecuencias implícitas en los relatos basados en la idea de muerto vivo y en las que tales relatos repararían con más acierto si sus autores no estuviesen mucho más ocupados en servir a Dios que a la inteligencia? Supongo que estará pensando que el propósito de tales relatos no es otro que explotar el terror. Pero ¿acaso le parece poco el que la eternidad pueda inspirar por sí misma? Emergido de su propia tumba, tal y como yo lo veo, mi querido Stoker, el problema no es a dónde ha ido a parar el alma del muerto vivo, sino qué puede hacer éste con esa conciencia temporal que ha de pesar sobre sí mismo por la eternidad. Ahora tiene UD. la oportunidad de averiguarlo.
Ahora bien. Lo que ambos sí sabemos ya es que, desde un punto de vista racional, tras cien años de haber muerto no debería UD. tener todavía esos ojos grises y esa cabellera pelirroja que tan bien le sentaron en vida. Mucho menos ir ataviado con ese hermoso traje con que lo vistieron para su funeral. Sin duda, convendrá UD. en que esto no es lógico. Por el contrario, tras cien años de haber muerto, acaso ese crucifijo ‒que como joya luce de muy buena calidad‒ podría seguir allí, adornando tan mortal pecho. Y hablando de adorno y mortalidad, una segunda digresión. Yo me pregunto si, en su caso, ese crucifijo, más que un símbolo de fe, no sea más bien una condecoración. Pregunta inevitable, sobre todo si se piensa que el mundo burgués, religioso y moralista que con tanta saña condenó a Wilde es el mismo que a UD., con no menos generosidad, ha premiado, Mas no nos adelantemos, que tenemos tiempo de sobra, y esta odiosa comparación es materia sobre la que volveremos después. Por los momentos, la cuestión es que, si nos ceñimos a la estricta lógica, UD. sería ahora sólo hueso: un esqueleto de cuyas vértebras cervicales cuelga un crucifijo. De manera tal que si esta imagen le parece excesivamente cruel, tanto para Ud. como para con el dios representado en ese amuleto, una vez más se lo debe a la lógica, y no a mi maldad. Espero lo tenga en cuenta.
Lo cierto es que UD. no debería estar ahora tal cual cuando estaba vivo. De hecho, ni siquiera debería estar, salvo que consideremos al estar ausente una forma de ser. Sin embargo, como UD. y yo bien sabemos, en el caso de los muertos vivos ‒esos redivivos, como los llamara el viejo Calmet y que tan profunda impresión dejaron en el obsesionado benedictino‒ la muerte no nos priva de esos atributos temporales, que lo son del pecador; salvo el del alma, que nada tiene de temporal y que de bien poco nos sirve en el reino en que nos toca, por así decir, vivir como muertos nuestra propia ausencia. De manera que, pese al rigor de la lógica, está muy bien que UD. conserve aún sus ojos grises, su cabellera pelirroja, su hermoso traje y ese crucifijo que tan mono le va a su cadáver ‒y que yo debería rehuir despavorido, Pero algo así sólo es para muertos vivos de segunda, hematófagos apenas capaces de guardar mínima distancia de su putrefacción, y no, como UD. me ha configurado, para uno hecho de conciencia, tiempo y muerte.
Así que, mi querido Stoker, al diablo con la lógica. Cosa ésta que, dicha por mí, resulta algo altisonante. Empero sucede que así somos los creadores, altisonantes que todo hacemos a nuestra imagen y semejanza ‒y bien que sabemos cuán familiar le ha de resultar la frase. Después del primero, todo creador es, en alguna medida, un profano de la Creación misma. Hasta UD. lo es, mi querido Señor Stoker, muy a pesar de sus convicciones religiosas y de las que nadie puede dudar, sobre todo después de haber leído su novela. Sólo que, una vez perpetrado el acto creador, como UD. lo ha hecho con su historia, ya no hay vuelta atrás. Héme aquí. En su caso, desde hace más de cien años que no la hay, ¿verdad, Señor Stoker? Yo sé que UD. me entiende, y muy bien. Porque a estas alturas supongo que habrá advertido que hoy, en esta narración, no hago con UD. algo distinto de lo que UD. ya hiciera hace más de cien años conmigo en la suya: crearlo. No soy novelista ni pretendo competir con una gloria como UD. Sólo vivo después de muerto en aquélla, su narración, tanto como ahora UD., vuelto a la vida, le toca hacerlo en la mía. Y no ponga UD. esa cara, por favor, que tampoco se trata de alguna venganza o algo parecido ni mucho menos. Sucede que, arrojados de la eternidad al tiempo, para vivos y muertos por igual las narraciones son la única dimensión posible de la existencia temporal. Esto es cosa que UD. ya debería saber, como autor, digo. Y que ahora le toca aprehender como personaje.
Y, a propósito de esta primera mención de lo temporal ‒que bien puede considerarse el tema que nos convoca en una conmemoración como ésta, para la que me he preparado durante cien años‒ antes de continuar permítase UD. hacerse una pregunta algo capciosa, que así han de ser siempre las buenas preguntas; ¿ha pensado UD. Señor Stoker, que mientras los seres humanos, en esa manía de fijar cronológicamente el tiempo, cada uno apenas si tiene un número mortalmente finito de ocasiones para celebrar su nacimiento, pero toda una vida, como quien dice, para conmemorar el aniversario de su muerte? Es esta pregunta que UD. ya ha respondido a su manera, novelescamente hablando. De lo que no puedo estar tan seguro es de hasta qué punto esté UD. consciente de los alcances de haberlo hecho, quiero decir, ontológicamente hablando. ¿Tiene UD. idea de cuánto filósofo se ha estrellado contra el tiempo, que es, al fin y al cabo, lo que siempre nos ocupa como narradores? Ahí tiene UD. al equilibrado de Aristóteles: no más se mete con el tiempo y sucumbe a la aporía en un tratado de física vigente hasta que Newton volteó patas arriba su universo. ¿Y qué me dice del obseso de Agustín, que, por cierto, copiándose de Aristóteles, terminó aplicando al mundo interior del creyente lo que aquél al mundo exterior de la naturaleza, con resultados no menos aporéticos, pero muy ricos para inventar la filosofía de la historia. Con lo cual Dios se apropiaba definitivamente del devenir. O ¿qué otra cosa es la filosofía de la historia sino el modo de insertar la existencia temporal en el proyecto divino y concluir que acaso no seamos más que los personajes de una pesadilla soñada por Dios? De ser así, es cosa que por sí sola justificaría mi existencia, pues yo seguiré aquí como garantía de que esa pesadilla nunca termine
Permítame UD. una tercer digresión. ¡Estos cristianos!Plagiarios y herejes del paganismo, me acusan a mí de ser el demonio mismo, cuando su dios, como un Cronos, siempre dispuesto a comerse a sus propios hijos, no se sostendría en pie si no fuese gracias al demonio en cualquiera de sus versiones a lo largo de la historia. Sí, Señor Stoker, el demonio no es éste o aquél, ni está aquí o allá como algo que se pueda conjurar con un crucifijo. Una vez que Dios ha arrojado a su criatura por el precipicio de lo temporal, el demonio es la esencia del ser mismo de la historia. Que, gracias a UD., haya sido yo quien cargara a cuestas con la responsabilidad en esta cuestión es otra cosa. Pero créame. No me quejo, ni le guardo rencor por ello. Se lo puedo asegurar: muerto es mucho lo que se aprende de la existencia temporal. Ya lo verá. A partir de hoy, UD. tendrá su oportunidad.
Y volviendo a la cuestión de ser, como en efecto somos, seres temporales que sólo pueden existir históricamente, como le digo, yo podría escribir una historia universal del fracaso filosófico basada en cada uno de los momentos en que la ontología ha pretendido plantar cara al tiempo. Pero no se amaña a la escritura quien todo lo lleva aquí, en la tablilla de cera de la memoria, como gustaban los antiguos de imaginar esta facultad. Y tampoco voy a torturarlo con pormenores filosóficos que UD. tendrá tiempo de sobra para descubrir y torturarse por sí mismo. Créame, no soy tan malo. Por ahora nos confortaremos con mucho menos.
Mire, Stoker. A ver. Lo tengo por aquí, en alguno de mis bolsillos. Estoy bien seguro de ello. Cien años preparándome para la ocasión y ahora resulta que… No. Imposible haberlo olvidado. Un minuto. ¿Sabe? Lo que sucede es que, gracias a mi generosa memoria, no acostumbro llevar notas y es posible que se me haya olvidado guardarla, o en dónde la guardé, en el caso de haberlo hecho. Sí. Por fin. Aquí está. Mire. Como puede ver, no vengo con las manos vacías. Le he traído esto. Lo apunté en este papelito, ya que me pareció algo muy apropiado para la ocasión y que UD. no podía tener la oportunidad de conocer cuando vivo. Pero ahora puede. Tenga, pues. Tómelo, sin miedo, Es tan sólo un papelito. Yo podría recitarlo de memoria. Más lo he apuntado acá para que UD. lo lea, en silencio y para sí mismo. Es el único modo de saber algunas cosas. Haga de cuenta que yo no estoy aquí y tómese su tiempo, que no es cuestión de andar a la ligera en asunto tan crucial no sólo para el que se toma toda una vida en morir, sino, sobre todo, para el que, muerto, vuelve sobre sus pasos para tomarse toda una eternidad en recrear su propia existencia temporal a tono con su ausencia en ella:
El ser-ahí tiene en sí mismo la posibilidad de encontrarse con su muerte como la posibilidad más extrema de sí mismo. Esta posibilidad más extrema de ser tiene el carácter de lo que se aproxima con certeza, y esta certeza está caracterizada a su vez por una indeterminación absoluta. La propia interpretación del ser-ahí, que sobrepasa a cualquier otra en certeza y propiedad, es la interpretación de cara a su muerte, la certeza indeterminada de la más propia posibilidad del-ser-relativamente-al-fin.
¿Qué tal? No se conforme UD. con esa primera impresión de extrañeza y desasosiego. Léalo de nuevo, cuantas veces sea preciso. Ya sabe. Estos filósofos, siempre ásperos, con esa manía de tomar la existencia con las pinzas esterilizadas de la terminología. Pero le propongo un ejercicio. Sustituya lo de el ser-ahí por Bram. Hágalo, sin miedo. Y disculpe que no pueda yo evitar reír en este instante. Pero es que se ve UD. gracioso, allí sentado, en medio de la noche brumosa, lanzando esas miradas escurridizas a su alrededor. Haga el ejercicio que le sugiero, sin miedo. Yo le puedo asegurar que, a estas alturas de la historia, al riguroso ése de Heidegger ya no le importará, ni a ningún otro:
Bram tiene en sí mismo la posibilidad de encontrarse con su muerte como la posibilidad más extrema de sí mismo. Esta posibilidad más extrema de ser tiene el carácter de lo que se aproxima con certeza, y esta certeza está caracterizada a su vez por una indeterminación absoluta. La propia interpretación de Bram, que sobrepasa a cualquier otra en certeza y propiedad, es la interpretación de cara a su muerte, la certeza indeterminada de la más propia posibilidad del-ser-relativamente-al-fin.
Según parece, por su expresión, ha de haber completado UD. el ejercicio más de una vez. Yo no tengo apuro. Si es precisa, esperamos cien años más... Pero ¿qué hace? No, no es necesario, Señor Stoker. Guarde para UD. el papelito ese, que, como le digo, yo cuento con una portentosa memoria. UD. bien que lo sabe. Guárdelo, pues. Acaso no necesite leer nada más durante los próximos cien años. Que si Arminius de Budapest lo estuviera viendo ahora, ya estaría preparando sobre UD. la documentación correspondiente que habría de enviar al holandés y que seguro incluiría un grueso tomo de Ser y Tiempo. ¡Y cuánto no daría yo por ver al gordito especialista en ciencias de lo oculto batiéndose en duelo a muerte con el Heidegger! Se lo puedo asegurar: no habría palos, ajos ni crucifijos suficientes para acabar con un demonio así.
En todo caso, como puede ver, el sujeto habla de la existencia temporal, que es tal por el modo en que está determinada por la muerte. No me refiero al acto en sí de morir y en virtud del cual la existencia cesa, sino a la evidencia de que vivimos muriendo. Como filósofo, Heidegger no podía hacer otra cosa, y mucho menos él, que miraba con ojeriza a la teología. Le sorprenderá saber que esto lo dijo en su cara a un auditorio de teólogos, Por supuesto que tal cosa hizo en el delicado y formal estilo que una conferencia sobre el tiempo impone. Pero hasta allí. Nunca podría haber ido más allá. Luego escribió ese tratado sobre el tiempo al que terminó llamando proyecto imposible, que es el modo con que los filósofos se refieren al sublime fracaso en que han invertido su genio. Al final tenemos que, mientras Heidegger se batía a duelo con el tiempo en las arduas páginas del grueso volumen con el que apenas alcanzó concluir la tercera parte de su proyecto, UD., precisamente por no tener escrúpulo alguno en eso de ir más allá, desde hacía tiempo ya disfrutaba de las mieles del triunfo editorial. Así que, si, por una parte, pensando la vida y la muerte, la filosofía ha fracasado intentando resolver el dilema del que UD., haciendo del terror un arte, ha salido ileso, le diré que me lo debe a mí. Aunque, por otra parte, también es justo reconocer que, si bien todos los filósofos han fracasado donde yo me mantengo en pie, es gracias a UD., por haberme creado y convertido en el personaje más famoso de la literatura de terror.
Así pues que, Señor Stoker, estamos a mano y juntos en esto. Y mire que tenemos toda una eternidad para seguir ajustando cuentas en este asunto. No se impaciente UD,, que siempre habrá un centenario más que conmemorar. Y, para empezar, una de las primeras cosas que deberíamos ajustar es a cuenta de qué, siendo yo, en tanto que héroe villano, el personaje principal de su novela, luego del primer capítulo haya sido desplazado al último plano de la trama por una caterva de pequeñoburgueses tan mojigatos como moralistas dirigidos por un charlatán positivista y mesiánico. Después de haberme creado, UD: me ha dejado mudo. Por lo que en ésta, mi narración, digo todo aquello de lo que en la suya he sido privado. En su historia yo carezco de historia propia, y no porque no la tenga, sino porque todo lo que de mí se sabe es lo que Van Helsing y sus amigos saben o creen saber y consignan en los diarios personales que cada uno lleva a los efectos. UD. replicará diciendo que esto es cuestión de técnica narrativa. Vaya y pase. Pero ¿le parece verosímil que todos los personajes de una historia lleven un diario y, además, sobre el mismo tema? Esto no tiene mucho sentido, salvo que, por pequeñoburgués, mojigato y moralista, UD. haya puesto todo su empeño en hacer de una historia de terror una epopeya de salvación. Y en apego a ello, Van Helsing y sus amigos, como personajes heroicos, terminaron por destruirme. Sólo que, en la medida que lo lograban, UD. se destruía a sí mismo como autor. ¿No se da cuenta acaso de que, tras haberlo encumbrado como reencarnación maléfica del ser y el quehacer históricos, matar a palos al vampiro literario fue el mayor desacierto narrativo en el haber de la literatura del terror? UD.,no sólo me hizo venir de la tumba como cualquier muerto vivo de la tradición vampírica, sino que, además, hizo de mi huesa la dimensión subterránea del mal a la que tributaba el devenir. Gracias a ello, encarno el tiempo al que Dios condenó a su criatura. Por eso, mas que un pecador, yo soy el pecado mismo. Y no puedo morir, porque soy la muerte misma... Míreme, Stoker. ¿Está UD. cansado? Porque, si así lo desea, podríamos dejarlo hasta aquí y retomar el asunto en cien años. No hay apuro. En fin. Como quiera. Tomaré su silencio por un no. Así que continuemos. Por cierto, hay un compatriota suyo que, ante el negro cristal del silencio contra el que se estrellan las palabras, siempre decía: hay que seguir, voy a seguir. No sé por que lo he recordado en este momento. Sigamos, pues.
Por haber sido Ud. mi creador, bien sabe que si alguien hay experto en cuestión del tiempo ése soy yo; vale decir, aquél gracias al cual su especie, ‒esto es, la nuestra, vivos y muertos por igual‒ ha descubierto que el autentico y único pase a la eternidad es la muerte, y que no se requiere de dios alguno para que ello sea así, mucho menos de uno que nos arrojó del paraíso, precisamente, marcándonos con ella. El problema acá para este dios ‒suyo, mío y que sólo puede serlo de un pecador‒ es no haber tomado en cuenta que morir no es lo mismo que no haber existido nunca. Se precisa de una historia para ello. Ya lo dijo un compatriota ‒en este caso mío: uno lucha por forjarse una conciencia para advertir, con horror, que no puede deshacerse de ella. En efecto, nadie se va a la tumba sin que pese sobre él una conciencia de la que sólo la muerte ha de liberarlo. Siendo así, dígame UD. ¿qué tendríamos que buscar en el paraíso del que fuimos arrojados? Conciencia de por medio ¿qué nos podría todavía unir con aquél que nos arrojó? De rodillas y dispuesto a la humillación eterna, el más vil de los espíritus jamás alcanzaría unirse a su infame Creador: su conciencia histórica lo impediría. Yo no soy un ángel caído, como aseguran Van Helsing y sus amigos. Dios no me arrojó del paraíso. Me arrojé yo mismo. Tampoco estoy en rebelión. Soy la rebelión misma.
Yo no sé si venimos de la nada, como supone el creer en este dios. Pero sí que el morir de un ente temporal no desemboca en la nada, sino en su ausencia. La existencia temporal es lo que media entre la nada de no existir y la ausencia que sigue al dejar de hacerlo. Y es esta ausencia la que en sí misma es eterna, cosa ésta para lo que no se requiere de paraíso ni de infierno. Es Dios el que requiere de ella para fundar lo uno o lo otro; vale decir, su reino. Luego, y como le será fácil deducir por propia inteligencia temporal, el atributo de eternidad con que Dios pretende congraciarse ‒suerte de prolongación de nuestra existencia temporal tras habernos condenado a ella‒ nos es dado como consecuencia de la existencia temporal por sí misma, está implícita en la finitud de cada quien y brota de la muerte a la que cada uno se dirige mientras vive. Que Dios se posesione del alma no es más que una farsa metafísica tan grande y grotesca como el alma misma y que en nada cambia esta certeza según la cual la existencia temporal se extiende entre nacimiento y muerte. Acusarme de que carezco de alma es como acusar a un árbol de no tener ojos o a un perro de ser incapaz de andar en dos pies. Expulsada del paraíso, no se puede acusar a la criatura de haber caído, cuando el caer es su signo. Yo no sé qué piensa UD., mi querido Stoker, que sigue allí, tan cabizbajo. Pero a mí se me hace que a este dios se le fue la mano con una condena que hubo de poner en evidencia su obsesión por la historia y por aparecer como el hacedor cósmico de su inicio. Dígame: ¿cómo no desconfiar de un dios que pone en cuestión su reino en un arranque de ira contra su propia criatura? En todo caso, convertida ésta en pecador, la perdió; la tornó inalcanzable en el mundo histórico al que la confinó y al que con tanto desprecio Él mismo se refiere cuando habla de su reino: mi reino no es de este mundo. Por supuesto que no. Tu reino es uno que se quedó vacío el día de La Caída. Un árbol pelado adorna desde entonces sus dsiertos, a la espera de que te cuelgues de una de sus resecas ramas, si no lo has hecho ya. Este dios y yo sólo podemos estar de acuerdo en que su reino no es de este mundo. Al reino de la existencia temporal sólo puede seguir el de la ausencia a la que tributa el haber histórico de cada quien, según se cumpliendo su destino. Su reino no es de este mundo. Y aquí estamos los muertos, dando testimonio de que así es Así que cuente UD,, mi querido Señor Stoker, con que jamás lo abandonaré. Gracias a UD.‒y ahora también a mí, claro está‒ estaremos siempre aquí, en este cementerio que lo acoge desde hace cien años, para conmemorar siglo a siglo todos y cada uno de sus centenarios.
Señor Stoker¿Me equivoco o mis palabras de aliento no son suficiente como para infundir el ánimo que este asunto requiere en quien, como UD. pasó por la existencia temporal como todo un experto en cuestión de tiempo, muerte y eternidad? Cese ya en ese desespero de mirar en derredor, que ni UD. ni yo tenemos ya a dónde ir. Eso de ir a alguna parte es propio de la existencia temporal y no cuenta para quien se ha ausentado de ella. Gracias a ello, como todo lo terrorífico, puede que infundamos terror en ella, pero no podemos ser más que meros espectadores de la escena, sin posibilidad alguna de participar en ella, por cuanto estamos ausentes. A ver ¿Recuerda a Harcker, y aquélla, nuestra primera entrevista en el castillo? Ese primer capítulo es lo mejor de su novela, y el único segmento de su narración en que me deja ser por mí mismo. Bien. Pues resulta que este Harcker, con el espíritu y el metabolismo descuartizados, terminó en la cama de un hospital, aferrado a un crucifijo y escapando de la muerte en la hora postrera. El sujeto sucumbió a su propio terror, lo cual UD. describe muy bien. Pero UD. no puede darse ese lujo de escapar de la muerte, como su personaje. Sólo lo vivo puede escapar de la muerte, y quien puede escapar es porque tiene a donde ir. Los muertos no pueden hacerlo, porque en ello consiste estar muerto: no tener a dónde ir. Ud. y yo no tenemos a dónde ir. Mientras antes entienda esto, mucho mejor para UD. Así que vuelva sentarse, que aún no termino. En realidad, apenas hemos comenzado.
Así está mucho mejor. Soy su criatura. Esto es entre UD. y yo. Como mi creador, espero me ahorre UD. el mal gusto de verlo implorar a Dios y pretender intimidarme con ese crucifijo que dejaron colgado en su pecho el día en que lo enterraron y que ahora adorna su cadáver. No estamos en una novela de terror. Somos el terror mismo, configurándose como tal en la mente de aquellos que creen en los muertos vivos. Después de todo, si alguien cree que después de muerto se irá volando a la eternidad del paraíso que una vez perdió ¿por qué no ha de creer en un muerto vivo que se niega a volver al paraíso del que ha sido arrojado? Los puedo imaginar; los creyentes. A estas alturas más de uno ya estará resintiéndose de su anhelo de eternidad. Pero volvamos a lo nuestro. Le decía que UD. me ha creado. Para lo cual hubo de sacarme de la tumba ‒tal y como siempre lo ha exigido esa ya larga tradición mítica que UD. con tanto éxito supo explotar‒ y que es lo único que explica y justifica mi presencia en este mundo y, ahora, la de UD. igualmente. Podemos afirmar que UD. hizo literariamente conmigo lo que Cristo con Lázaro. No voy a agotarlo con las implicaciones metafísicas y teológicas de este tipo de actos creadores, a las que ya se refirió el mencionado Calmet y que UD. bien conoce. Conformémonos tan sólo con decir que, como si de un milagro se tratara, vengo de la muerte. He vuelto a la vida como muerto. Sin embargo, me pregunto si quien me ha vuelto a ella, como UD. lo ha hecho en su novela, ha pensado realmente en lo que esto pueda significar en su narrativa, Señor Stoker, el venir de la muerte no es tan simple como el milagro que a cualquier dios se pueda imputar por ser dios.
Estoy hecho de muerte y de tiempo, ya que no sólo vengo de la tumba, ‒para lo cual, muy a diferencia, por ejemplo, de Frankenstein:, primero he debido morir‒ sino que, según asegura el mismísimo Van Helsing, mi ser hunde sus tenebrosas raíces en un remoto pasado, a lo largo del cual he acumulado geológicamente el enorme poder con el que me dispongo a destruir el presente de esa civilización de la moral, la ciencia y el progreso que UD. de modo tan ferviente defiende. Soy la cumbre del vampiro literario gracias a que UD. ha hecho de mí la reencarnación ‒por lo pronto bien poco importa cuán maléfica‒ del pasado temporal que se yergue de sus propias ruinas y amenaza el presente al que la civilización ha arribado en la era victoriana. Con lo cual UD., mi querido Stoker, no es sólo un cultor de la literatura de terror, sino, además, un filósofo de la historia. A diferencia de Walpole, Polidori o Le Fanu, ‒por nombrar algunos de los más famosos colegas que le precedieron‒ UD. es un auténtico creador de tiempo histórico, tanto como lo fueron Voltaire, Hegel o Marx. Créame, no me pesa reconocerlo. UD. mismo me ha dotado de la inteligencia para ello. Más por ello estoy aquí.
Ahora dígame ¿cómo es posible que un ser así, la esencia misma de la filosofía de la historia de la que su obra es portavoz y eje en torno al cual fluye su drama y se entreteje el todo de su trama, sucumba ante una pandilla de mojigatos moralistas armados de un palo, un crucifijo y la fe que les inspira el especialista en ciencia de lo oculto que es ese gordito venido de Holanda? Tengo que repetirlo una vez más: como personajes, ellos mataron a su Drácula y, al hacerlo, UD., como autor, mató al vampiro literario. ¿Se da cuenta, Señor Stoker?. Le diré algo. No me importa morir cuántas veces sea necesario. Al fin y al cabo, dentro o fuera de la tumba, soy un cadáver. De lo cual me enorgullezco, como UD. bien sabe. Pero más me enorgullezco de la soberbia inteligencia de la que UD. mismo, como ya he referido también, me ha dotado en tanto que su criatura. Y es en razón de ello que UD. matándome de forma tan estúpida, me ha decepcionado. Sabemos que su obra ha sido alabada hasta por el mismísimo Oscar Wilde. No obstante, por mi parte, debo decir que, de no haber convertido su novela en esa zaga tediosa y mediocre de salvación que sigue al capítulo primero, yo no estaría en este momento aquí, molestando su sueño eterno y sacándolo de su huesa para que ajustásemos las cuentas literarias que la cuestión exige. Quizás ahora, como cadáver sentado en ese frío mármol, pueda entender mejor lo que trato de decir. A ver. ¿Cree todavía que, después de muerto, se puede volver a morir? Si en éste momento le clavara yo esta estaca en el corazón ¿UD. moriría otra vez? ¿Pero qué gracia ‒si no sentido‒ puede haber en matar un cadáver? Desde el punto de vista lógico, ninguna. y desde punto de vista literario es estúpido. ¡Y quédese tranquilo, por favor, que lo de la estaca ha sido sólo una metáfora!
Yo no soy sólo mi propio presente, mi ahora eterno. Hay en mi haber un remoto pasado, del que soy, aún después de muerto ‒y gracias a ello‒ un activo y en cierto modo insondable reservorio de existencia temporal. En mi continúa el espíritu de Vlad Tapes, el empalador, símbolo de crueldad así como, también, héroe del nacionalismo rumano y terror de los turcos otomanos. Y, en correspondencia con ello, según el estimado colega de Van Helsing, el ya referido Arminius de Budapest, yo era en vida un hombre extraordinario. Soldado, estadista y alquimista, cuyos conocimientos se encontraban entre los más desarrollados de su época. Poseía una mente poderosa, conocimientos incomparables y un corazón que no conocía el temor ni el remordimiento. Por alguna razón desconocida, pero en la que ha de participar el curso mismo del devenir cósmico, mis poderes mentales sobrevivieron a la muerte física y no han dejado de incrementarse desde entonces. Como bien asegura Van Helsing, mi fama ha perdurado por siglos y, en correspondencia con ello, soy el más inteligente y sabio, así como el más valiente de los hijos de lo que él llama la tierra más allá de los bosques. De modo tal que lo terrible, poderoso y desafiante de su criatura, Señor Stoker, reside en su propio ser histórico y proviene del modo en que su inteligencia y los contenidos de su pasado y su memoria se actualizan con la muerte. En mí, la muerte es la llave al mundo de la existencia temporal, del que ya no formo parte, pero que soy capaz de manipular desde mi ausencia, como la trama y los personajes de una narración cualquiera. Mi historia y mi muerte son una y la misma cosa, en virtud de lo cual mi ser, parte ya de la historia geológica del planeta, se convirtió en el más temible enemigo de la civilización de la que UD. participa como insigne novelista de terror.
Gracias a mí, su insigne monstruo, venido de las tierras más allá de los bosques, acaso haya UD. escrito la obra de terror más laureada del mundo. Más permítame que le diga que lo que en realidad ha hecho, mi estimado Stoker, es vulgar terrorismo, al hacer de la literatura de terror ‒a la que tanto debe, por cierto, su sufrida Irlanda‒ acaso la primera, más sistemática y tendenciosa justificaciones del colonialismo británico. UD. apela a lo sobrenatural como modo de plantear la ya clásica confrontación entre civilización y barbarie, burguesía y aristocracia, ubicándolo para ello en un espacio y un tempo determinados que hacen del antiguo principado de Transilvania el centro desde el que el mal se irradia al resto del mundo. Dígame sinceramente ¿no le parece que esto es hacer trampa, mojigatez moralista para consuno de súbditos complacientes y siempre tan prestos a olfatear la podredumbre lejana que no son capaces de advertir en la punta de sus propias narices? No diga nada, por ahora. Tenemos tiempo de sobra. Quizás en el próximo centenario esté UD. mejor preparado para responder. En todo caso, déjeme continuar.
Venido de las tierras más allá de los bosques, le diré que no soy yo el llamado a cuestionar su decadente propuesta literaria, aunque, desde el punto de vista ideológico, su novela lo haya hecho acreedor de todas los reconocimientos y honores como escritor. Y digo decadente en sentido estricto, porque con ella comenzó la decadencia del vampiro literario, que dominó buena parte de la literatura de terror durante el siglo XIX. Todavía recuerdo a La novia de Corinto : cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. ¡Ah! Todo un caballero, este Goethe. De allí a esa señora ‒¿cómo se llama la señora? ¿Meyer? Sí. Estefanía, creo que se llama‒ En fin, UD. me dirá. En todo caso, yo diría que allí, con Goethe, empezó el vampiro literario, ¿Está de acuerdo conmigo? Porque lo que es la vampiresa de Hoffmann luce todavía demasiado necrófaga y vulgar. ¿No lo cree UD. así? Ésa Aurelio sólo sale de su casa para participar, junto con sus congéneres, en ese grotesco festín de cementerio que celebran cada noche, A mí esto me parece vulgar. No sólo por la necrofagia, sino porque soy un convencido de que el vampiro es un solitario empedernido, como yo. ¿Quien ha visto vampiro en pandilla, salvo en las películas modernas, donde el muerto vivo no es más que un mediocre chupa sangre domesticado en busca del consuelo burgués? En eso hay que reconocer que UD. ha sido muy sensible y acertado. Si, Creo que el vampiro siempre ha de ser el ser más solitario del mundo, el que sólo se tiene a sí mismo, en plena ausencia, y por la inútil eternidad. Y, por cierto, que es ese sólo tenerse a sí mismo lo que hace de él un auténtico aristócrata. Razón por la cual UD. como buen burgués, al igual que Van Helsing y sus amigos, también lo odia hasta morir. ¿Acaso no estoy en lo cierto, Señor Stoker? ¿O qué es en su novela el pasado aristocrático que yo represento sino el enemigo jurado de la modernidad burguesa? No se haga el loco conmigo. Vivo en su mente, como la Inglaterra del siglo XIX vive en su narración.
Como resultado de todo ello, curiosamente, soy el vampiro con más conciencia histórica de toda la literatura de terror, pese a su decadente, aunque exitosa, propuesta literaria. UD. bien sabe que, de habérmelo permitido, de buena gana habría yo conquistado Inglaterra, y aún toda Europa, sin el más mínimo remordimiento. En tanto que azote, yo podría haber sido mucho peor que Atila y Napoleón. ¿Sabe UD. que Atila significa el azote de los dioses? En fin. De ser así, hoy todos andarían por sus calles, como la adorable Mina, a la espera del juicio final y de que Dios, entonces, en su divina discreción, advirtiera su pureza y borrara la marca que dejé en su lozana frente. Pero mientras UD., a través de los tiernos ojos de Van Helsing y su pandilla, siga viendo allende el Danubio el terrible mal que lo amenaza y que, al mismo tiempo, no le permite reparar en la podredumbre en la que hunde sus pies, le diré, mi querido Stoker, que UD. jamás será mejor que yo. Por el contrario, haber convertido su novela de terror en una mediocre epopeya de salvación, lo hace mil veces peor como creador de lo que yo jamás podría llegar a ser como criatura.
Yo no soy más que el personaje principal de una historia de terror al que UD. ha relegado al último plano de su narrativa con el propósito de satisfacer la hipocresía y cinismo de una época; lo que hizo al enorme costo de la decadencia del género. Mi muerte en esa historia no sólo es necia, sino, sobre todo, irrelevante. Lo que para mí cuenta en este asunto no es mi muerte en su historia, sino la del vampiro como héroe villano en la historia de la literatura. Es a nombre de dicha muerte que ahora hablo. Sin duda, UD. y yo somos distintos, y hasta diría que diametralmente opuestos. Sin embargo tenemos un denominador común: compartimos el mismo dios. En efecto, el que Ud. adora es el mismo que yo detesto. No más haberla creado, ese dios decretó la caída de su criatura. Devenida pecador, ésta adquirió el derecho a rebelarse contra quien, como su creador, la despreció. ¿Acaso no le parece justo, Señor Stoker? A ver. ¿De qué aspira salvarnos un dios así si al paraíso del que nos expulsó sólo podrían retornar a adorarlo los desmemoriados. El pecado, mi querido Stoker, no es otra cosa que el acta de nacimiento de la conciencia histórica. Yo no soy más que muerte y tiempo, y no otra cosa pretendo ser. A diferencia de UD. que, para consagrase como representante de la literatura de terror, no ha hecho otra cosa que servir a este dios con una historia en la que yo soy la reivindicación del pecador, conspiro día a día contra él. Y ahora, para confirmarme en éste, mi papel en su historia, no puedo menos que retornar a UD. la gracia de haberme creado. A cien años de su muerte, hoy, yo lo he vuelto a la vida, sin que por ello deje UD., como yo mismo, de estar muerto. Por esta vez, no ha salido ni una sola palabra de su boca, pese a haber escrito más de cuatrocientas páginas en mi contra. Puede UD. disponer de ésta, su eternidad, para seguir en silencio. Por mi parte, yo siempre estaré presto a conmemorar su próximo centenario. En todo caso, y siendo que, para UD. y para mí, ya no hay a dónde ir, sea UD., mi querido Stoker, bienvenido a mi reino, que, como ya habrá podido comprobar, sí que lo es de este mundo.
De súbito, tras una ráfaga de viento que le cruzó la cara, Stoker, que permanecía sentado en su propia lápida en medio de la helada quietud del cementerio y todavía apretujaba en sus manos rígidas el papelito con el texto que había leído más de una vez y seguía leyendo en su memoria, se quedó viendo cómo el vampiro emprendía el vuelo a la inmensidad del universo nocturno y se regresaba por la misma ruta por la que, según supuso, habría venido.




