Primero fue el aroma del café colado. Vino de la cocina, traspasó la puerta, penetró el entorno tibio que a esa hora reinaba en la habitación, se mezcló con el aliento del cura cuando bostezó. Leve sacudimiento del cuerpo amodorrado. El crujido del cuero de debajo del culo me recuerda que sigo aquí, en la habitación de Medina. Veamos. Y éste qué ¿aun moribundeando? Porque, si no ha muerto ya, a esto no se le puede seguir llamando morir. Vamos. No exageres. Que si al caso vamos, tú no has hecho algo muy distinto desde que te viniste a Buenaventura, sólo que de pie, y hasta con mejor color. Sutileza ésta que, por cierto, bien poco ha de aportar en esta diferenciación, pues has de reconocer que cualquiera, incluso muerto, con sólo tener color, siempre tendrá mejor color que Medina. En alguna medida avergonzado por la crudeza de su propia conciencia, el cura miró a otro lado.
La puerta de nuevo cerrada. Sí. Fui yo mismo quien la cerró cuando Susana salió. No sé por qué insisto en hacerlo. Es como si quisiera tomarme para mi sólo este velatorio, como si una nefasta intimidad con el moribundo me obligara a ello. Al fijarse en la rendija al ras del suelo, advirtió que todavía había luz en el pasillo del otro lado. Nada se escuchaba. Sólo el aroma del café indicaba que Susana debía estar por allí. Que bien huele, se dijo el cura tras una inspiración profunda y sostenida, y que, de inmediato, sin él proponérselo, acarreó un rápido, imprevisto y confuso fluir de imágenes y sensaciones. La silueta femenina, algo encorvada, como reducida por un envejecimiento prematuro, ha ser mi madre. Por qué tan acabada, no lo sé. La verdad no recuerdo haberla visto tan desgastada en vida. O es que el recuerdo nos permite percibir de la vida cosas que jamás percibiríamos mientras la vivimos, o será que las imágenes del recuerdo, como nosotros mismos tras vivir, también envejecen en la memoria. Qué tontería. La asocio con una voz lejana, gutural que quizá pronuncia mi nombre ‒Claudio, Claudio…‒ y con la luz aún opaca de un amanecer nublado, agradable si no hubiera que salir de casa. Mamá siempre traía café para sacarme de la cama. Caliente, lo dejaba allí, en la mesa de noche, para que su aroma fuera desmantelando silenciosamente mi sueño. Yo veía esta misma silueta de lentos movimientos difuminados por las últimas sombras ya débiles de la madrugada, borrosa, así como ahora. Era una mesita de noche parecida a ésta. Mirada a la mesa de noche junto a la cama de Medina. Sin esa dentadura allí, claro. En fin, todas las mesas de noche se parecen.
Luego fue el olor a jabón y talco. La pastilla espumosa, la lluvia de silicato de magnesia, blando, suave al tacto, de textura hojosa, que, reducido a polvo, se expende por toneladas en perfumerías y farmacias, ondeaba su victoria al amanecer. El cura no tuvo tiempo de hacer más consideraciones al respecto. De inmediato se escucho el crujir de la puerta al abrirse, y una respiración un tanto agitada para el mortuorio sosiego que seguía imperando en aquella habitación. Susana pasó y, como antes, se detuvo a escasos pasos de la puerta. Otra vez, el aire tibio, hecho de expiración y medicamento se le fue a la cara. Llevaba una taza de café en sus manos menudas, blancas y aniñadas que puso en las manos grandes y huesudas del cura. El Padre Claudio agradeció la gentileza con un murmullo salido de entre los restos de su ánimo arruinado y que ella no comprendió, pero que, supuso, por la escuálida sonrisa que se dibujó en la boca del cura cuando elevó la vista y la miró por encima de los lentes, era de agradecimiento. Ya era éste un gesto familiar, que le inspiraba confianza y una tan agradable como inconsciente sensación de ternura. Eran los momentos en que el cura no le parecía cura, sino un niño grande, un poco tonto y digno de atención por el modo jocoso en que dramatizaba sus relatos. Le correspondió con una sonrisa vivaz dibujada sin esfuerzo en sus labios gruesos y que dejaba ver los dientes frontales un poco más grandes que el resto. Ligera desproporción. Graciosa imagen de conejo, pensó el cura que, con la taza en la mano, volvió a bajar los ojos, sopló suavemente y se puso a sorber el café.
Mientras, Susana se retiraba, hacia atrás, caminando de espaldas, cuidadosamente y sin dejar de ver a Medina tendido de largo a largo en la cama. El cura pensó que la muchacha se marchaba. Sin embargo, se quedó allí, bajo el dintel de la puerta. Ahora, parada por detrás del padre Claudio, desde la puerta, Susana observaba alternativamente la calva incipiente del sacerdote y hacia la cama, donde yacía Medina, el cuerpo de Medina. El rostro del viejo hundido en la vejez, bordeado por la cabellera gris, mustia y abundante pero sin forma, despatarrada, y toda aquella cabeza hecha así, de pelo, rictus sin diente y silencio hundido a su vez en la almohada. Era una almohada blanca, enorme. O aquella cabeza era demasiado chica para reposar allí. No reposaba allí. Alguien o algo la había olvidado, abandonado allí, unida aún al palo caído de su cuerpo o lo que fuese aquello que no se dejaba ver ni sentir bajo la sábana. De nuevo la cabeza semipelada del sacerdote. Se escuchaban los sorbos, cortos y tímidos, y el tintinear cada vez que volvía la taza al plato.
‒¿Ya se va, padre? ‒preguntó la muchacha.
‒No. me quedaré un rato más. ‒respondió el cura.
‒Bueno, no ...yo me refiero a...‒y señaló con el dedo hacia el viejo moribundo.
‒Ah. Tú preguntas que si éste…–dijo el cura mientras señalaba a Medina con el dedo gordo de la mano izquierda
‒Ajá. ‒confirmó la muchacha.
‒La verdad, no lo sé. A veces me parece que ya está muerto, pero no lo sé. Habrá que esperar que venga el médico. El dirá. ‒dijo el cura mientras lanzaba una mirada rápida hacia el viejo.
Luego el cura tosió, miró a Medina, sucesivamente a Susana, al café, otro sorbo y se encogió de hombros.
‒La verdad, no lo sé. ‒insistió, al rato, el sacerdote, y volvió a mirar a la muchacha.
Susana se quedó viéndolo por un rato a los ojos, a ver si por allí encontraba algo más sustancioso que aquellas palabras y gestos desganados. Pero el cura no dijo más. Sólo bajó la mirada. Otro sorbo de café. Otro tin tin de la taza que fue a dar al fondo de la quietud de aquella noche.
No lo sabe. Habrá que esperar lo que el médico diga. Lo mismo había preguntado al médico durante la tarde. No sé, no sé. Estoy apurado. Espera. Ya vuelvo. Lo mismo se había preguntado a sí misma desde el primer día que fue a parar a casa de Medina. Maldita pregunta sin maldita respuesta. No sé. No sé. Mero balbuceo baboseando las paredes del silencio. Al final, siempre aquel sabor a ansiedad ya rancia que fluía y se derramaba en el pozo de su incertidumbre cada vez que pensaba en el asunto.
La muchacha había pasado buena parte del día en la habitación contigua, husmeando tras la puerta y las paredes, simulando ocuparse en los quehaceres de los que ya no se ocuparía más. De vez en cuando hacía recorridos cortos por toda la casa. Iba descalza, metida en una bata ancha que ondeaba al ritmo de su infantil e innecesaria premura y dejaba traslucir entre luces y sombras una tenue desnudez. Murmullos, sonidos extraños, frascos y utensilios diversos, como cuchillos, quizás, al menos brillaban, o sonaban como cuchillos, eran de metal frío como cuchillos y tenían que ver con sangre y con carne como cuchillos. Parada frente al mesón de la cocina, mientras levantaba alternativamente uno y otro pie que deslizaba sobre la pierna en que se apoyaba para espantar los mosquitos, destajaba un pollo frío, tocaba su carne blanda, babosa y desangrada como su pensamiento acerca de Medina. El médico salía y entraba de la casa. Cada vez que salía, ella corría al salón y aguardaba su regreso echada en el sofá. Cuando el médico regresaba, abría la puerta, y se quedaba viendo al hombre pasar de largo, sudoroso, arremangada la camisa, el maletín sujeto en una mano, directo a la habitación del moribundo. No sé. No sé. Entonces se cerraba aquella puerta, y ella se iba corriendo a la habitación contigua. De nuevo sonido de frascos, y metales como cuchillos.
Después del mediodía, comenzó a llegar la gente. La primera fue Rita que, dos veces por semana, venía a realizar labores de limpieza en la casa. Fue directo a la habitación de Medina y, durante largo rato y en total silencio, estuvo quitando el polvo a los muebles. Por momentos, Susana, parada en la puerta, la veía moverse por la habitación mientras Rita trapeaba el piso de un lado para otro. Luego llegaron el Licenciado Valbuena y Colmenares. Todos pasaron al salón. Susana se retiraba a ratos y volvía. Por último optó por irse a su habitación y, de vez en cuando, abrir la puerta a ver qué pasaba. Por fin, cuando escuchó al Licenciado Valbuena decir que lo mejor era que viniera el Padre Claudio, Susana entendió que lo de Medina era cuestión de tiempo ¿Qué duda podía caber? Quiso entenderlo así, se obligó a entenderlo así para convencerse de ello ¿A qué otra cosa podía venir el cura? Si las cosas las va a arreglar el médico ¿para qué el cura? El cura aparece cuando no hay remedio. Lo sabía, lo sabía. De un momento a otro el viejo estira la pata. Si no, por qué llamar al cura, a qué tanto ajetreo y habladuría en voz baja.
Susana entreabrió la puerta muy levemente para ver al Licenciado Valbuena. Estaba parado en medio de la sala intercambiando palabras en voz baja con el médico. Era gordo, mucho más gordo que el médico, a quien miraba hacia arriba y diciendo a todo que sí. A su vez el médico, que miraba hacia abajo, como si hablara directamente a nombre de Dios, sujetaba con una mano su maletín abombado y negro, y con la otra hacía toda clase de gestos circulares, como si siguiera el fluir de una ola, a veces más grande, a veces más chica. Hasta que la ola se desinfló. El mar de su discurso se había secado abruptamente. A decir de su cara, se diría que Medina ya estaba muerto. Susana esperó a ver si el galeno hacía la clásica señal de recorrer su cuello con la punta del dedo índice. La imagen de Rita pasó veloz por delante de los ojos de Susana y fue directamente hasta el centro del salón, donde los dos hombres continuaban hablando.
‒¿Qué pasa? ‒preguntó Rita.
‒Que es mejor llamar al Padre Claudio ‒se adelantó a decir el Licenciado Valbuena antes que el médico hablara. Luego agregó ‒El doctor dice que no es muy probable que pase de esta noche. Es decir, que antes de que amanezca… Medina… UD. sabe, así son estas cosas. Después de todo, dada las circunstancias críticas, lo importante, creo yo, es que ha estado en paz y tranquilo. ‒mientras esto decía, el gordo miraba alternativamente al médico y a Rita. Calló por un momento, mientras secaba el sudor de su cara. Rita miró interrogante al médico para conocer su versión del asunto. Pero el Licenciado Valbuena volvió a adelantarse. ‒Hemos hecho cuanto se ha podido. Todo queda en manos de Dios. –El gordo advirtió que Rita se persignaba y se dispuso emularla. Pero, al llevarse la mano a la frente, todavía sujetaba el revuelto pañuelo con el que acaba de secarse el rostro. Miró a Rita, luego al médico, luego al pañuelo que tenía en la mano. Lo guardó en el bolsillo del pantalón. Sacó la mano, miró de nuevo a la vieja y al médico, y se persignó.
‒¿Y quién va a traer al Padre? ‒preguntó Rita cuando el gordo hubo terminado.
‒Yo mismo voy ‒dijo el gordo y se dispuso a salir.
El médico y la vieja le abrieron paso. En ese momento, Susana salió de la habitación. Tropezó con el gordo y lo dejó pasar. Esperó hasta que el Licenciado Valbuena salió afuera y cerró la puerta. Luego se quedó viendo al médico y a la vieja, que desaparecían tras la habitación del enfermo ¿O del muerto?. Piecitos delicados y graciosos, blancos y ligeramente sucios de polvo, de punta sobre el cemento duro, frío, liso y negruzco del piso. Desean levantar vuelo. Anhelo leve pero inquieto, de poca altura, como para iniciar una sencilla, improvisada, menuda e incierta danza alegre que atraviesa sigilosa la de la muerte. Pero nada pasará. Nunca habrá vuelo ni danza. Los dedos siguen allí, afincados en corto paso. Sólo eso. Sigiloso caminar. Un pie. Otro pie. Un siseo ondea sus eses por todos los rincones del cerebro atento a pescar cualquier ruido enredado en el tupido tejido de los silencios. Los ojos fijos en la puerta cerrada. Madera oscura. Marrón barnizado que permanece imperturbable tras el barniz de la tarde calurosa. Detrás de la puerta las sombras, las de su mente y las que deben estar allí, expandiendo sus cuerpos inmateriales por las paredes y por entre los objetos del cuarto. Lenguas de oscuridad movediza. Oídos atentos. El crujido de la silla de cuero cuando alguien se sentó. No hubo más. No importa cuánto esperó. Los pies retornaron al paso normal. Planta al ras. Las piernas salidas por debajo de la bata alternaban lerdas sus posiciones. Adelante. Atrás. A la habitación contigua. Adelante. Atrás. Cerró la puerta, retrocedió. Adelante. Atrás. Se fue hasta la cocina. Pellizcó un trocito del trozo de bacalao colgado de la pared. Estuvo durante largo rato mordiéndolo con los dientes delanteros, como conteniendo una rabia o impotencia muy ligeras producto de la incertidumbre, la duda de que viejo no se muriera esa misma noche. La otra noche, cuando le pidió a Martín Romero que se hiciera cargo del viejo, sintió algo parecido, más intenso, claro, rabia e impotencia crudas, pero lo mismo. La noche se haría cargo. Cuestión de esperar un poco. Miró el reloj. Las tres de la tarde. Faltaba lo menos tres horas para que la noche cayera y empezara a hacerse cargo. Se acentuaba la rabia e impotencia de Susana. Pero ya habían ido a buscar al cura. Eso la calmaba. Caminó hasta la nevera. Abrió. Tomó la jarra de agua y bebió directamente del borde helado. Eso no se hace muchachita, decía Medina. Y la muchachita volvió a beber otra porción de la misma forma. Cerró la puerta de la nevera, con la idea de que dejaba al viejo dentro. Se sobó la barriga llena. Sonrió. De súbito volvió a abrir la puerta de la nevera. Miró dentro. Era sólo una idea. Cerró. Sonrió de nuevo. Salió de la cocina y se fue a la habitación contigua a la del viejo.
‒Esa manía de caminar en retroceso.‒dijo Rita cuando advirtió que Susana entraba.
‒¿Y tú aquí? ‒preguntó Susana sorprendida.
‒Recién acabo de terminar la limpieza. El doctor dice que quizás y la cosa no pase de esta noche ¿Y ese maletín? ‒preguntó la vieja al tiempo que señalaba hacia la cama.
‒Son mis cosas. ‒respondió la muchacha.
Me imagino. Pero… – dijo la vieja.
‒Me voy. ‒se adelantó la muchacha.
‒Con el policía. ‒reparó la vieja.
‒Ajá. –confirmó la muchacha.
‒Ojalá que no haya más problema aquí ‒advirtió la vieja, mientras veía hacia el techo.
‒Yo lo quiero –dijo la muchacha.
‒Lo sé –dijo la vieja.
‒No tiene por qué haber ningún problema. –dijo la muchacha.
‒No creo que a Medina le guste eso ‒dijo la vieja.
‒Yo no quiero estar más aquí. Además, después de esta noche… ‒dijo la muchacha.
‒¿Y si no se muere, el viejo…? ‒inquirió la vieja.
‒Pero ya mandaron buscar al cura ¿no? ‒replicó Susana.
‒Bueno, sí. Pero Medina aún no está muerto. Dime una cosa, muchacha ¿qué dice el Comisario Romero de todo esto?
‒¿Qué dice? ‒preguntó la muchacha.
‒Sí ¿Él sabe que te vas para allá? ‒preguntó la vieja.
‒Él me quiere. ‒dijo la muchacha, mientras se disponía a tomar el maletín para terminar de empacar.
‒Pero ¿él sabe? –insistió la vieja.
‒No sé. Pero, si me quiere, debe imaginarlo ¿no? ‒dijo la muchacha en tono impaciente.
‒¡Ay, muchachita! ‒exclamó la vieja.
‒¡No me digas así! –replicó la muchacha, al tiempo que lanzaba el maletín contra una de las paredes de la habitación. La vieja, asustada, dijo:
‒¿Qué te pasa? Yo sólo…
‒Detesto lo de muchachita. Así me decía el viejo… toda la vida me ha dicho muchachita esto,, muchachita lo otro… lo odio. Ya no lo dirá más. Yo no sé si está muerto; si hay que esperar que el cura o que el médico… Para mí ya lo está. ‒concluyó con rabia la muchacha.
‒Y Clarita ¿qué dice? ‒preguntó la vieja.
‒¿Mi tía Clarita? ¿Qué tiene que decir? ‒replicó Susana.
‒No sé. Fue de ella la idea de enviarte aquí ¿No? ‒dijo la vieja.
‒Ella no tiene nada qué decir. Nadie tiene nada que decir. Y yo no quiero hablar más del asunto. ‒dijo la muchacha terminante.
Rita se quedó viéndola en silencio, y luego salió salió y cerró la puerta. Adelante. Atrás. Continuó Susana. Y, por último, estuvo sentada hacia una punta de la enorme cama cubierta con un edredón púrpura que, junto a las cortinas del mismo tono, el piso de cemento rojo y las paredes amarillo claro, daban a aquella habitación un aire de capilla fúnebre y a quien, como ella, allí durmiera, de cadáver en pleno velatorio. Sobre el silencio, que por un momento desatendió, se lanzaron como buitres los años pasados allí, que también estaban allí. El tiempo dormido, roto en su sueño, por un momento bostezó. Pero sólo eso. Demasiado joven para saber cuánto había muerto, Susana se levantó bruscamente, tomó el maletín que había lanzado y lo volvió a la cama. Luego abrió el escaparate y sacó la ropa que había preparado desde el mediodía. La colocó también sobre la cama, y volvió sentarse en el mismo lugar. Fue entonces que pensó en irse de una vez. Cuestión de vestirse y ya, se dijo, mientras veía los enseres y el maletín en la cama. Pero, por otra parte, lo mejor era aguardar a que llegara el cura. Esa era una señal segura. Esperó largo rato, hasta que se adormiló.
Casi al final e la tarde Susana se levantó. Caminó lentamente hasta la puerta. Esperó. Abrió y se asomó a la puerta. El médico estaba sentado en un sillón del salón y Colmenares en el otro. No hablaban ni decían nada. Rita salió de la habitación de Medina y fue a sentarse también allí. Tampoco dijo nada. Entonces Susana salió de la habitación y fue hasta el salón. Todos la miraron, sin decir nada. Fue entonces que tocaron a la puerta. Susana corrió, y abrió. Por fin. Allí estaba el Padre Claudio, asomado por detrás del Licenciado Valbuena. Los tres volvieron al salón por el zaguán.
‒Buenas tardes… o, mejor, buenas noches ‒dijo el cura, al ver que todos lo miraban mientras se preguntaban por qué había llegado tan tarde.
‒Cuando volví de nuevo a buscarlo, el Padre ya venía para acá ‒aclaró el Licenciado Valbuena.
Entonces Susana supuso que, mientras se adormiló, el gordo había regresado y vuelto a llamar al cura por segunda vez. El médico se levantó de su asiento y se dirigió al cura para indicarle que pasaran a la habitación. Todos los siguieron. Lo de las caras largas confirmó a la muchacha que la cosa no pasaba de aquella noche. Ya en la habitación de Medina, vio al cura dejar aquella señal de aceite en la ajada frente del viejo. Supuso, como todos, que era una cruz. Todos, luego de advertir que el cura había terminado tan rápido, se miraron entre sí. Fue entonces que Rita preguntó:
‒¿Y el Comisario Romero?
‒Está ocupado –respondió Colmenares, mientras veía la cara incrédula de cada quien.
‒Dicen que lo vieron por el “Claro de Luna” ‒agregó el Licenciado Valbuena. Susana miró con rabia e impaciencia al gordo.
‒Bueno, éste no es lugar... ¿verdad? ‒dijo el Padre Claudio y pidió a todos que salieran.
Todos salieron de la habitación, menos el cura, que se quedó dentro tras cerrar la puerta. Volvieron al salón. Se dispusieron a marcharse. Los primeros en salir fueron Colmenares y el médico. Rita y el Licenciado Valbuena aún permanecieron por un rato sentados en el salón. Ya había caído por completo la noche. Rita, luego de mirar a Susana que permanecía de pie, dijo:
‒Lo mejor es irnos también.
La noche. Por fin había llegado la noche, y a solas el cura se hacía cargo de todo. La muchacha se acercó a la habitación de Medina. Pegó la oreja de la puerta cerrada. Nada escuchó. Esperó un rato. Sólo una vez crujió el cuero de la silla que estaba junto a la cama de Mediana y donde, suponía, se había sentado el cura. Susana volvió a la habitación contigua, y de nuevo se echó en la cama. Pero esta vez no se durmió. Se quedó viendo las maderas del techo inclinado.
Venida del vientre de Bernarda ‒la Loca‒ y tras deambular de casa en casa, mientras no le tocara pasarla en la calle, cuando Susana apareció en casa de Medina, lo hizo por la puerta de atrás. La sirvienta venida a cuidar y, sin saberlo, a alegrar lo que al viejo le quedara de vida, se dijo Medina a sí mismo al verla entrar y sentir su vejez invadida por las vibraciones de la carne pubescente. Susana ni se percató de aquella mirada que la atrapaba en las fantasías del viejo. Para ella, su ingreso aquella casa era hacerse un sitio en la sombra fresca, a cubierto del sol y la lluvia de Buenaventura, una cama donde dormir y un bocado con que olvidarse del estómago hasta el día siguiente. Eran éstos privilegios de los que muy pocos podían gozar en aquel pueblo miserable. El mismo cura la había aconsejado en tal sentido, convencido de que era mejor algo así que ir a parar de prostituta al "Claro de Luna". Aunque no fuese santo de su devoción, el viejo cuidaría de ella.
Y durante algún tiempo fue así, mientras que el esfuerzo de cuidar del viejo se limitó a limpiar el polvo de su casa, lavar sus ropas, preparar y servir sus comidas en la mesa. Medina no la acosaba bruscamente sino que, por el contrario, desde el quieto espacio de su vejez, dejaba emanar los sutiles vapores de un interés paternal. Susana llegó a sentir la inconsciente satisfacción de que, contrariamente a como siempre había imaginado, no estaba tan sola en este mundo. Y hasta su percepción del viejo, hecha de la aversión y el desprecio silenciados por la servidumbre, comenzó a desplazarse hacia la tolerancia e, incluso, una tímida ternura según la cual, en medio de la fantasía de que un día se largaría de Buenaventura, volvería, de vez en cuando.
Pero no tuvo Susana la oportunidad de avanzar mucho en este nuevo ensayo de papeles encontrados entre la sirvienta y la hija. Medina se aproximaba sigilosamente. Hubo veces en que el viejo, inmóvil en su cama, pasó la noche entera escuchando, o creyendo escuchar, la respiración que llenaba la habitación contigua, el más leve crujir de la cama, e imaginando el movimiento inconsciente del cuerpo dormido. De un lado. Del otro lado. Los pliegues de la sábana. Los pies salidos, distraídos de la quietud del resto del cuerpo. Las pantorrillas cruzadas. A veces era el brillo de la piel. En la espalda. En los hombros. En la cara abandonada al descanso. Los labios gruesos algo abiertos y que dejaban escapar sueño tras sueño en cada bocanada. ¿Qué soñaría? Que sueños. Que noches. De largos parecían no terminar al amanecer, sino más bien continuar, en pleno día, sus lujuriosas majaderías desnudas al sol. Que noches. Que días. La misma vigilia continua, paciente. De la intensidad y el éxtasis del esfuerzo, emergía un Medina agotado, un poco obstinado y molesto, sentado solo en medio de la última madrugada mientras fumaba un cigarrillo de tabaco negro cuyo olor se metía por debajo de la puerta como un espantajo. Por fin, algún día, llegó el día de romper los tules de aquella vigilia repetida. ¿Cómo fue? No hubo imágenes. Una Susana de ojos cerrados sólo imaginó la noche como un cuarto oscuro que arrojaba fuera de sí el carraspeo repetido y obstinado, el siseo rastrero de las zapatillas, el aire caliente de afuera que se mezcló con el calor quieto de adentro al abrirse la puerta, la mano en el picaporte, la espera bajo el dintel, la respiración contenida, una vez más el siseo rastrero de las zapatillas, pero ahota más intenso y cercano, y el mullido colchón cuando cedió. El olor a tabaco y el calor humano confundidos en la misma versión del otro próximo allí casi encima. La primera noche que el viejo se atrevió a meterse bajo la misma sábana, Susana, petrificada, y que, mientras pudo, permaneció inmóvil haciéndose la dormida, supo que para Medina era algo más que la ambigua visión que ella tenía de sí entre la sirvienta y la hija.
Ahora, sentada en aquella misma cama, Susana volvió a escuchar el crujido de la silla de cuero en la habitación contigua. Esperó. Sonido corto, seco, exactamente el mismo cada vez que el cura reacomodaba el aplastado trasero. Deseaba escuchar la puerta de la habitación contigua abrirse, el entrar y salir de gente, el anuncio definitivo del médico y el ajetreo que supone la preparación y movilización del sepelio. Pero nada. Apenas aquel crujido, repetido en jornadas de más o menos media hora de duración y tras las cuales todo en la casa volvía a ser silencio que se tragaba el ruido del mar y la noche un enorme hueco cuyos confines se perdían más allá del hueco de la ventana.
Cuando se agachó para amarrarse los zapatos, el cabello, muy liso, se le fue a la cara. Zapatos lindos, que casi nunca usaba, porque casi siempre andaba descalza. Pero nadie puede marcharse descalzo. Lo primero que hay que hacer es calzarse los zapatos. Negros. Botín que le bordeaba el hueso del tobillo con un borde grueso, acolchado y lleno de finos huequitos por los que se traslucía la goma espuma blanca. Se mordió suavemente los labios mientras ataba con fuerza las trenzas. Estiró las piernas para mirarse mejor los pies. No. Mejor con medias. Se descalzó. Hurgó dentro del bolso que había dejado en la cama. Sacó un par de medias blancas y gruesas que nunca había usado. Si los zapatos los usaba poco, se había olvidado de la última vez que había cubierto con calcetines aquellos pies. Se los pegó de la nariz para sentir el olor a tela nueva. Rompió la etiqueta. Movimiento de los dedos de los pies. Alegría silente. Y volvió a reiniciar todo el proceso. Por alguna razón que no entendía no terminaba de marcharse de aquella casa detestable. Esperaba a que el viejo exhalara el último suspiro, que su muerte hiciera de su fuga algo legítimo e irreversible. Nunca, como ahora que todo indicaba que el viejo iba a morir, se había percatado Susana de cuánto había deseado que muriera. De haber sentido antes, en alguno de esos momentos miserables de impotencia a los que tan fácilmente sucumbió durante años, lo que ahora, ella misma lo habría matado. Yo te lo dije Martín Romero. Te lo pedí. Pero ya no era necesario sentirlo así, inútil desgastar el ánimo en un anhelo semejante. Todo se había vuelto tan sencillamente inapelable. El destino, Dios o cualquiera de esas cosas incomprensibles y culpables de todo cuanto no se puede comprender, la liberaba, le gratificaba en justa compensación. La penumbra, el silencio, el olor a vida descompuesta y cuerpo inmóvil, la mesita de noche cubierta de frascos de medicamento y el vaso en que permanecía sumergida la dentadura del viejo. Todo aquello era una extraña presencia de por sí insoportable, pero agradable en cuanto a su significado de ausencia. Estiró otra vez las piernas. Ahora sí.
Susana se levantó para poder verse de cuerpo entero frente al espejo. Se desabotonó la bata y con un movimiento contorsionado la fue dejando caer. Los hombros. Los senos. Las caderas. Allí, pasada la línea de mayor contorno, la pieza, harta de tanta insinuación y lenta desnudez, cayó precipitadamente a sus pies. Buenos hombros. Buenos senos. Buenas caderas. Piernas de muchacho flaco. Conclusión: aquellas piernas larguiruchas eran compensadas por todo lo demás. Por lo que, aún así, se pondría la falda que había decidido ponerse desde muy temprano en la mañana. Ya vestida, volvió al espejo. Nunca se había detenido en un análisis tan detallado. Buenos hombros. Buenos senos. Buenas caderas. En total, un todo descompensado por piernas larguiruchas de muchacho flaco. Entonces se dispuso a tomar un baño. Volvió a quitarse la ropa y los zapatos. Se envolvió en la toalla.
Así, abrió la puerta, y comenzó un vago recorrido por toda la casa. Tantos años, y era la primera vez que se ponía a contemplar con detenida curiosidad cada uno de sus rincones, sus objetos y hasta sus vacíos. Parada frente a la puerta de su habitación y en dirección hacia el fondo de la casa, se quedó mirando el pasillo a lo largo del cual se extendía, de un lado, el patio interior, separado por una pared elevada a media altura y sobre la que solía pasar largas horas sentada a caballo imaginando el día en que se largaría de Buenaventura. Así fue hasta el día en que Medina decidió enrejar lo que quedaba libre entre la cima de la media pared y el techo. Desde entonces no se pudo sentar más allí. Susana, sin caballo, ya no soñó más que se largaría de Buenaventura. Desde entonces no hubo más dentro de aquella casa quien soñara aquél sueño de estar fuera que se trocó en paciente, mecánica espera de quien al pasar por aquél pasillo miraba de reojo hacia el patio desde este lado de la reja. De este lado, corrían los huecos ocultos tras las puertas: su propia habitación, la cocina, el baño y un último cuarto al que iba a parar todo lo que, considerado inútil, no volvería a salir de allí jamás. Su mirada quedó fija en la pared del fondo mientras calculaba que, pese a lo que le había parecido siempre, aquél pasillo no era, en realidad, tan largo. En la mañana era un lugar sombreado en comparación con la intensa luminosidad que invadía el patio. Por la tarde, el día se iba arrinconando allí, el piso brillaba con su luminosidad regada por los suelos. Por las noches, si había luna, hasta allí mismo se largaban los matices fríos de su transparencia. Pasos lentos. Piernas larguiruchas de muchacho flaco van. Se alternan, una a una. Adelante. Atrás. Se detienen. La mano recorre de memoria la pared y la oscuridad total huye espantada. Como no hay ventanas, debe haber atravesado la pared. Acto de magia. Sin embargo, pese al encierro, es un lugar fresco, saturado de un aroma que viene de las mismas paredes de concreto, como si el olor de todo lo que allí se hubiese cocido se hubiera vuelto también de concreto. Lo que una vez fue un pez cuelga de un clavo en la pared un trozo de sus carnes saladas. Los dedos desprenden un pedazo largo, que los dientes muerden y deshilachan, mientras la garganta aguarda hasta tragar. Debajo de las mandíbulas se dibuja en el cuello el movimiento de las mandíbulas. Lo mismo de todos los días. Pero hoy sabe a gloria. Un toque de sonrisa boba, y agua para calmar la sed. De vuelta al pasillo. Mano suave a lo largo de la hilera de barrotes de hierro. Entrada al baño. Era una sala larga. Muy larga para ser baño. Un templo con un retrete por altar y un inodoro por centro. Se sacó la toalla. Estuvo largo rato sentada. Sendos codos apoyados en sendas rodillas y la barbilla entre las manos abiertas. Una carita alegremente redonda decorada con un par de ojos tristes miraba feliz sin saber qué ver tras la puerta cerrada. Vista desde un retrete es lógico pensar que a la vida no se le tiene sino que, por el contrario, es ella la que a cada quien, capricho de caprichos, posee. A la víbora de la mar. Por aquí podrán pasar. Los de adelante corren mucho. Los de atrás se quedarán
Cantaba la muchacha bajo la ducha. Luego del prolongado baño, volvió a envolverse en la toalla, y salió. Se devolvió por el pasillo con la misma lentitud con la que había venido. Pasó a la habitación y, mientras se vestía, pensó que aquello ya se había prolongado demasiado. Se marcharía de una vez. Tomó el maletín y salió de la habitación mientras aún se sacudía el cabello mojado. Ya en el salón se paró frente a una de las ventanas, también enrejada como cualquier hueco, salida o entrada, de aquella casa. Buscó en su bolsillo la llave que días antes había tomado de la mano de Medina con el propósito de escaparse y la arrojó sobre la mesa tras un gesto de desprecio. Escuchó el pesado tictac del reloj de pared. Abrió la puerta y se dispuso a marcharse.
Pero no había terminado de cerrar la puerta, cuando bruscamente se devolvió. Había prometido llevar café al padre Claudio ¿Cómo iba a marcharse así, sin ni siquiera esa mínima cortesía para con quien cargaba a solas con lo de Medina? Los retortijones de la culpa. Ese cura allí, solo, frente a Medina muerto, entre sombras, frascos y olor a medicamento. Imagen conmovedora que le arrancó una sonrisa de salvación. Fue directo a la cocina. Preparó el café. Al rato, con una taza llena en las manos, se pasó a la habitación del moribundo.
Crujido de la silla de cuero. Cuando la muchacha entró a la habitación, el cura volvió a advertir el brusco contraste de su piel limpia y perfumada, el andar ligero, amable para con el hecho de seguir viviendo, su rostro cortés y sereno. El cura lanzó la mirada directamente a las manos de la muchacha. Café. El cura sonrió. Sonrisa de niño que ocultaba su verdadero pensamiento. Nada que pensar. Sólo el eterno deseo de beber café. Observó la graciosa vestimenta de la muchacha y su cara risueña. No sentía la más mínima exigencia de recriminarla por una conducta descuidada, casi dichosa o, cuando menos, demasiado ligera para la ocasión. Hay muertes que pueden significar un acto de justicia, y la de Medina era una de ellas. Si ni siquiera él mismo sentía remordimiento alguno por pensarla así, ¿qué podía esperar de una chiquilla que ni siquiera había terminado de crecer y ya había tenido que vérselas con el viejo en la cama? Al mismo tiempo, claro, tampoco era cosa de que él, cura de Buenaventura, llamado a administrar los últimos sacramentos al moribundo,. compartiera con ella tan peculiar dicha.
‒Creí que ya no volverías. ¿Y qué harás ahora? ‒preguntó el cura. Para Susana fue una pregunta enorme, que creyó imposible de contestar en dos palabras, hasta que las halló:
‒Me largo.
El cura sabía que la mujer se iba a lo de Martín Romero. Pero esta vez no se atrevió a opinar sobre el asunto. Por el contrario, mientras contemplaba la mirada alegre de la muchacha, un profundo sentimiento de vergüenza lo enmudeció. Devolvió la taza vacía a la muchacha. Pero de pronto aquella mirada alegre se trocó en pánico. Se escuchó el estallido de la taza al estrellarse contra el suelo.
‒¿Qué pasa, muchacha?! ‒preguntó el cura
‒Se mueve. ‒dijo Susana con horror.
‒¿Qué se mueve? ‒insistió el cura.
‒Se mueve!‒repitió Susana señalando hacia Medina.
‒¿Qué dices, muchacha? –replicó el cura. Y de inmediato se volvió hacia la cabecera de la cama, buscando el rostro de Medina perdido en la penumbra. ‒A ver, acerca para acá esa lámpara. ‒pidió a la muchacha.
Pero Susana no reaccionó. Fue el mismo cura el que tuvo que soltar el librillo y, al mismo tiempo, tomar la lámpara de la mesa de noche. En la confusión, arrastró con el cable de corriente casi todo lo que había sobre ella y, al levantarse, se enredó con la silla. Sin tiempo para reparar en la torpeza, perdió el equilibrio, cayó de medio cuerpo sobre la cama. Se escuchó el estruendo de las cosas al caer, al tiempo que los reflejos alocados de la luz caían sobre el rostro del viejo. El cura sintió en su cuerpo el cuerpo inmóvil y tibio de Medina, y retrocedió con brusquedad, asqueado por el contacto tan próximo. Cuando recuperó el equilibrio, enfocó la lámpara hacia el rostro de Medina: continuaba inerte, ni siquiera sabía si habría muerto. No se atrevió a tocarlo.
‒Habrá que llamar al médico... Susana. iSusana! ‒gritó el cura al voltear hacia la puerta.
La muchacha había desaparecido. Entonces el Padre Claudio volvió la lámpara a la mesa. Comenzó a recoger los restos de lo que se había caído. Primero los frascos que no llegaron a romperse, la medallita. Con los pies iba apartando los pedazos de vidrio. Colocó la silla en su sitio y volvió a aproximarse a la cama. No percibía signo alguno de vida en aquella carne blanquecina bajo la cual ya podía adivinarse las formas de la osamenta. Dejó de observar cuando sintió que pisaba algo duro. Al agacharse, vio bajo su pie, casi debajo de la cama, la dentadura. La tomó con la punta de los dedos y la soltó rápidamente sobre la mesa. Salió de la habitación. Sin más abandonó la casa.




