Torta de frutas. Eso es lo que dice el cartelito pegado del otro lado del vidrio con cinta adhesiva ya amarillento y reseco. Cuando alguien en la "Pensión de Rita" lee el cartelito y procede en consecuencia, Rita coloca a su alcance una porción de esa especial mampostería que toma de la pequeña vitrina de aluminio opaco y cristal también amarillento. Cuidado con las moscas. O algo así parece decir la huesuda mano de la señora tetas nalgas secas cuando se mueve en el interior de la vitrina espantando al bicho indeseable. Esa mano. Algo más dice que el Comisario Romero no logra determinar con precisión ¿Yo? y el policía se señala a sí mismo en el pecho. Que me adelante, o que me quiete del medio ¿Él? Y señala a Mudito a su lado y que a veces lo acompaña a esta hora. Es contigo Mudito, ahí te hablan. Seguro que tú sí puedes entender lo que dice. Tenga, Comisario, su torta. Ah, sí, la cosa. Y yo todavía con la mente en aquella mano en la vitrina, y que ya no está en la vitrina, porque ni cuenta me di de cuándo la sacó. Venga ese plato. Vamos Mudito. Enseguida le llevo café, Comisario. Esto Rita no lo dice, pero se sobreentiende por la expresión de cortesía que tímidamente asoma por entre los pliegues de su arrugado rostro cuando coloca el plato con los dos trozos de torta en las manos del policía. Es el único que aquí goza del privilegio de usar plato para comer la mierda de torta que vende Rita. Los demás la comemos a mano pelada. La puta de Rita. La que se traerá entre manos el policía éste. Casi no habla, y de pronto se aparece en el sitio y momento menos esperado. Igual se pierde. Para mí no es más que un sicario. Y que lo puso allí el mismo Montenegro. Por lo mismo, el tipo manda más que el mismísimo Medina, entonces. Hay por allí quien dice que van a llenar Buenaventura de edificios y hoteles. Yo no lo creo. Si es por eso, Medina ya lo hubiera hecho. Medina no corta ni pincha. Pero este policía…Ya veremos.
Acaso historiadores y geólogos apreciarían el gran valor testimonial de aquello que el Comisario lleva entre sus manos mientras camina con parsimonia hacia la mesa de siempre en el corredor pelado, y Rita que se queda detrás del mostrador viendo, apreciando la extraña lealtad de su especial cliente. Pero quien, como Martín Romero, fuese tan adicto al dulce, se expondría a una de sus más desoladoras experiencias. Se la llevaba la boca y le hincaba los dientes. En cada intento había que retirar las supuestas frutas. Si la historia y las piedras pudieran comerse, se les sentiría así, como la torta de frutas de la Pensión Rita. Era la hora de recordar a Amanda. Romero, Romerito mira lo que tengo para ti. Eso sí es torta. No. Yo me refiero a eso que tienes entre las piernas. Grosero. Abusador. Saca para allá. Que dulcero el Comisario Romero, se escuchaba al fondo la voz de Rita hecha de temblorosa dulcedumbre. Mentira, Romero. Que días atrás la señora tetas nalgas secas lo dijo sí. Bueno, pero pasa que en Buenaventura las cosas dichas parecen seguir sonando como un eco. En cualquier momento puedo recordar, es decir, seguir escuchando, las voces de pescadores y pájaros ahogadas en la luz matutina al pasar por el malecón. Me sucede también con otras cosas más insignificantes, como el chirriar de las rejas en el comando, o el cuchicheo de los policías en los cuartos. Podría hacer un inventario completo de sonidos que, al recordarlos, más me parece que nunca han dejado de sonar. Alucinaciones. Cuidado con la esquizofrenia. Algo así diría Salvador. Por su parte, Mudito daba cuenta de su trozo de torta cuando el Comisario aún no había concluido el primer mordisco al suyo, y el resto de la cena la pasaba el muchacho tomando y llevándose a la boca los cuadritos de colores que el otro arrancaba con el dedo antes de cada mordisco ¿Café? Mas café. Siempre el Comisario repetía la porción de café, pese a las observaciones de Rita que, aunque halagada, imputaba a ello la causa de los insomnios del Comisario Romero. Llene el pocillo. Pocillo lleno.
−Voy a pedirle algo. −dijo Martín Romero a al vieja Rita cuando ésta colocó el pocillo sobre la mesa. −Quiero que lo reserve para mí.
−¿Eso? −preguntó la vieja mientras señalaba el pocillo de peltre.
−Sí. Si es preciso, se lo compro ahora mismo. −dijo Martín Romero.
−No es necesario, Comisario. No es necesario. −insistió Rita apenada y mientras observaba a Martín Romero tomando el primer sorbo.
−¿Qué le vamos a hacer? Lo mejor de todo Buenaventura es este café −dijo Martín Romero, al tiempo que encendía un cigarrillo. Al rato, agregó −Hay quienes viven despiertos en la oscuridad, y quienes dormidos en la luz ¿Qué le parece? −dijo Martín Romero haciendo uso de su colección de frases hechas, mientras miraba a Rita con detenimiento.
−¿Quién dijo? −preguntó Rita.
−Un chino, creo. Es algo que me viene a la mente cuando ando insomne. −respondió Martín Romero.
−Dígale al chino ése, si de verdad quiere ver a alguien que duerme todo el día, que se pase por el despacho de Medina, a eso de la diez de la mañana, y se pare frente al escritorio de su secretario. Ése sí que sabe lo que es dormir a pleno día. −dijo Rita
−Se refiere al Licenciado Valbuena −preguntó Martín Romero.
−¿Quién más? −replicó Rita.
−Sí. Es muy cierto lo que dice. Lo he observado. Ha desarrollado un estilo casi perfecto ¿no le parece? Toma un libro, un periódico, cualquier cosa que tenga letras. Lo coloca al frente, así, en sus manos, al tiempo que apoya los antebrazos sobre el borde del escritorio. Los lentes gruesos van casi en la punta de la nariz. Los párpados, completamente caídos, como si mirara hacia el libro, abajo. Cualquiera, al entrar, juraría que está abstraído leyendo. El visitante carraspea. Dirá buenos días, Licenciado, o algo por el estilo. El secretario, sobresaltado, levanta la cabeza, se quita los lentes y responde: buenos días. Hay veces en que hasta le he escuchado soltar un pequeño comentario respecto a lo que tiene entre las manos. El visitante cree que lo ha desencajado de una profunda concentración en la lectura, y quién sabe si hasta se disculpe por su impertinencia. Ha pasado. −relató Martín Romero.
−Yo también lo he visto. Hace mucho que lo hace así, con la gente común, claro. Vaya a ver si se atreve a hacérselo a la mujer. Esa sí que lo pone en su sitio rapidito, al gordo ése. Le ha dicho de tripas verdes para arriba, cualquier cosa. Y allí mismo, en la oficina. No eres más que un dormilón, le dice, y el otro que se queda mudo. −dijo Rita.
−Bueno, pero el hecho es que, sin duda, el tipo tiene lenguaje corporal impecable cuando de molicie se trata. Y eso es algo que sólo se adquiere con el ejercicio constante, le digo −agregó Martín Romero.
−Para mí es un vago y bueno para nada. En fin, sea lo que sea. Lo mencioné sólo porque, hace rato, el Licenciado se estuvo por aquí, y volvió a preguntar por UD ¿Es que acaso no se ven en lo de Medina UDS.? En fin. No es mi asunto. −dijo Rita, recogió los dos platos en los que había traído sendas porciones de torta y retornó a la cocina. −Y tú quédate quieto. Bueno por hoy −agregó cuando, al pasar, Mudito metió la mano para tomar el último cuadrito de fruta del plato de Martín Romero.
Otra. Como todos por acá, una ocasional incertidumbre le carcome el alma curiosa. La vieja también anda capciosa, a medio camino entre la amabilidad y el recelo, que se yuxtaponen como sombras en su ánimo de madera al anochecer. Digo de madera porque, me parece, cruje. Debe ser. De súbito, en medio de ese semblante cordial, florece la sutil mueca del cálculo infructuoso que no ha cesado durante largas horas y lo torna inhóspito. Algo ha de traerse éste entre manos ¿Qué será? Lo que es Medina, no lo traga, pero nada dice por temor al Montenegro. Y quién lo diría; aún está vivo aquél viejo. Y manda que manda, por lo que veo. Pero el Comisario como piedra; nada que suelta prenda. A veces hasta parece algo tocado. Quién sabe. Señora tetas nalgas secas sacas cuentas que no te dan. Sabemos que la arremetida contra el gordo secretario es, al mismo tiempo, contra el Comisario de mierda que vaya uno a saber con qué propósitos se vino a Buenaventura y que, por lo que se ve, no se va. Porque nadie se larga al quinto infierno por su propia voluntad. No estés tan segura, señora tetas nalgas secas sacas cuentas que no te dan. Dejadme ir al infierno; sólo eso os pido. No puedo recordar quién lo dijo, pero lo dijo, y hace tiempo que debe haber arribado a su destino, como yo al mío. Sí, éste debe ser el lugar. Algo me lo dice así. Quizás esa sensación de no estar en ningún lugar y no ser otra cosa que una muerte a la deriva buscando dónde acontecer. Buenaventura está bien. Como caído del cielo. Si Dios, como se dice, creó el mundo, debe haber hecho esta vaina con lo que le sobró. Lo último fue largar a Martín Romero allí. Puedes considerarlo un toque maestro y darte por un enviado del señor. Y ahora ¿qué te parece si nos vamos a dormir?
Bueno, Mudito, se acabó. Mañana será otro día. Ya sabes cómo es. Otro giro sobre sí mismo; del Planeta, digo, así. Nosotros a dormir y a joderse los chinos. Bueno, yo que lo digo, pero que no vale mucho para el Licenciado Valbuena, ni para mí tampoco. Yo no creo que sea el café, como dice Rita. Café. La de taza que he bebido antes de dormir como un topo. Más bien parece un cuerpo harto de un cerebro majadero. Es posible, pero no te preocupes, Romero; lo venceremos, lo venceremos. Siempre lo hemos hecho. Dale un par de semanas más. Es cuestión de aclimatarse, como diría Clarita ¿Y, por cierto, si nos vamos a lo de Clarita? Podría ser falta de sexo ¿Qué tal? No. Mejor a la cama ¿Tú qué dices, Mudito? Ya. Con esa cara lo dices todo. La misma cara frente a todo ¿Sabes? Al principio pensé que era una cara de curiosidad y asombro; algo por el estilo. Pero no. Que va. Han pasado más de dos semanas, y mírate: la misma cara ¿cómo le haces, eh? En fin. No es una cara de esto o aquello. Es la cara, cuando del Mudito se trata. Si no te vas de una vez, el cura te va cerrar la puerta y tendrás que dormir fuera. Rita siempre te lo advierte, y no más salga de la cocina, te lo advertirá de nuevo. Yo te entiendo, Mudito. Ese cura ha de ser para ti lo que para mí el viejo Montenegro. Después de todo, no eres más que el Mudito que todos llevamos dentro. Ahí se viene a vieja. Ya mira el reloj en la pared. Bueno por hoy.
Dicho por la señora tetas nalgas secas sonaba tan contundente y perfecto. Bueno por hoy. Era como pasar un interruptor. Plac. Si todo se pudiese apagar así, sobre todo este cerebro mío, se suele decir, que cargo obligadamente como un guacal de frutas. Hay días en que me pregunto si, en realidad, será mío. Puede que alguien lo haya dejado allí, sobre mis hombros ¿Olvidado o con mala intención? Quién lo sabe. Ojalá y fuese fruta lo que cargas allí. Hermosos olores y colores. Dormirías tranquilo. Pero quién va a dormir con esa estantigua de visiones y recuerdos, hecha del dudosamente noble material del raciocinio y la memoria. Una idea o un recuerdo jamás dispensarán la generosa luz y textura de un amarillo plátano maduro, o el gris sucio y sobrecogedor de un cielo encapotado. A ver. Inténtalo ¿ves? Inútil ¿Crees que eso es Amanda, su fiel reflejo, como se dice? Acostada aquí. Caminando allá. Ojos. Un mechón de pelo. Fragmentos de voz femenina. Mirada escapada de ojos femeninos ¿Eso es Amanda? ¿En realidad lo crees así? Vamos, Romero. Eso es materia inerte, nada más, como la torta de frutas de Rita. Trocitos de Amanda que el tiempo sirve en el plato frío de tu memoria ¿El tiempo, será? Amanda deshecha de escenas truncadas y que valen lo que un brazo o una pierna, par de ojos, mechón de pelo, fragmentos de voz femenina. Piezas sueltas para jugar al rompecabezas del recuerdo, Comisario de mierda. Cerebro de urna. Trampa en la que habitas a tus anchas. Echa para allá ¿Quién dijo eso? Has de ser tu mismo. Quién más.
Camastro. Porque lo que es cama no podía llamarse aquello. Martín Romero lo miraba un rato antes de acostarse. Quién sabe. Quizás esperaba que le hablase. Vaya historias las que podría contar ese camastro todavía sostenido en sus cuatro patas nada confiables y ofreciendo al hombre insomne el centro destripado de su mullido colchón. Historias de cuerpos, sudores y podridos cansancios con qué alimentar la quietud del sueño. Allí iba el Comisario Romero a agregar también la suya, luego de cenar su torta de frutas y despachar a Mudito como si no fuese a verlo nunca más. Adiós, Mudito. Mirada bobalicona de Mudito metiéndose por los ojos de Martín Romero. Era como partir a la misión sin retorno que comenzaba detrás de la puerta de la habitación de fondo. Insomnio. Venga de una vez, Romero, le decía aquella vulva gigante de goma espuma. Así, sin ropa, hundido, al centro, como si fuera a dormir eternamente, hasta mañana, al menos ¿Dormir eternamente? Mentira. Bien sabes que algo así es mentira, que por no saber dormir eternamente los hombres como tú se van quedando insomnes, lo mismo que muñecos, adornando la cama de su finita existencia. Pero igual, cuando podía, disfrutaba el superficial placer de un cansancio profundo que lo desprendía de ella hasta el día siguiente ¿De qué? De esa finita existencia. Ah bueno. A veces, sí, pese al calor sofocante, dormía en las tardes. Entonces, como si saliese del sueño o, todo lo contrario, se sumergiese más aún en él, lo despertaba momentáneamente una brisa fría como la cercanía de la muerte. ¡Y dale con Romero y la muerte! En realidad no vas a morir, Romero, así como tú crees. Te vas a ir deshilachando mediocremente. Tienes toda una vida para eso. O al menos eso creía él cuando la luz crepuscular que se metía por la ventana, rasgaba la oscuridad del cuarto, y él, con enorme esfuerzo sólo comparable al de cualquier dios creando un mundo que lo adore, entreabría los ojos que, como si no fueran suyos, sino de ese mismo dios ya olvidado, volvían a cerrarse para seguir durmiendo.
De esta manera, haciéndose a las pequeñas miserias rituales de la cotidianidad, Martín Romero se fue haciendo su lugar en Buenaventura. Y vaya lugar. Sólo faltaba cambiar de habitación. Quizás se decidiera a tomar en serio el ofrecimiento de Montenegro.
−Allá, la que está en la punta. −dijo el gordo. Al rato agregó −Pero esa construcción tiene años de abandono, Comisario. Allí sólo encontrará ratas y demás alimañas.
−Como el Moise, por ejemplo. −dijo Martín Romero.
–Eso dice la gente. Yo no lo sé, pero no me extrañaría. UD. no debería, digo yo. Puede alquilar una casa en cualquier otra parte de Buenaventura. Si quiere le hago la gestión.
−Yo no quiero alquilar nada. Esa casa está bien para mí. Arreglaré lo que haya que arreglar. Montenegro dijo que podía disponer del sitio por entero. No veo necesidad de desairarlo. Y si por el fantasma del Moise es, no ocupará mucho lugar ¿no cree UD.? −dijo Martín Romero.
−Muy gracioso. −replicó el secretario.
−Dígame algo, Valbuena. Esa vaina es una pequeña mansión, o iba a serlo. Me pregunto ¿por qué nadie se la ha apropiado? Medina, o UD. mismo, por ejemplo. −inquirió Martín Romero.
−Nadie aquí se atrevería a ir contra Montenegro. Menos Medina. Él mismo no lo permitiría. −respondió el secretario.
−Y ese cuento acerca del Moise ¿UD., en verdad lo cree, o sólo le conviene creerlo? −replicó Martín Romero.
−No me agrada lo que insinúa, Comisario. −replicó el secretario Valbuena.
−No hay por qué molestarse, Valbuena. UD., con seguridad, en mi lugar pensaría lo mismo ¿o no? −dijo Martín Romero.
−Además, si yo hubiese querido tomar esa casa, ya lo hubiera hecho ¿no le parece? −agregó el gordo.
−Eso es una argumentación boba, mi querido secretario. Como UD. mismo afirma, si Medina lo hubiera permitido, a lo mejor ya tendría dueño. −dijo Martín Romero. Luego de encender un cigarrillo, agregó −Ya sabe cómo es: entre tramposos nos cuidamos bien.
Con lo dicho, quedaba trazada una clara divisoria entre el Comisario y el secretario Valbuena. No lo había hecho con esa intención, pero Martín Romero lo notó en la cara del gordo que, impotente, se puso a mirar hacia otro lado.
Por fin, con el tiempo, desaparecieron los insomnios y todo impulso vano como aquel que, el primer día, le hizo escribir aquella estúpida nota en el cuaderno ¿El cuaderno? Debía seguir allí, en el fondo del maletín. Sus hojas amarillentas. Sus dos tapas de cartón. Su lomo de alambre en espiral. Quería ese cuaderno. No por lo que había escrito, o pudiese escribir en él, sino por el cuaderno mismo. A la mierda los contenidos. Cuadernos llenos de texto. Corazones llenos de pasión. Cerebros llenos de pensamiento. A la mierda, digo. Me basta el cajón. Vacío mío. Cuadernos. corazones y cerebros. Papel, carne y hueso. Cascarones. Amo el maldito cuaderno. Era un afecto egoísta, el que emana del mero hecho de poseer, como el que tiene el dueño por su perro, sin que jamás se pregunte por el significado de los ladridos. ¡Guau, guau! Sí, claro. Yo también ¡guau, guau! Coincidimos en lo fundamental. Un perro. Cuando me mude a la casa, me llevaré un perro. Quizás el renco ése que se la pasa por el malecón. Cuaderno. Perro. Ah, y mi pocillo. Y Montenegro que aún no ha escrito. Cuaderno. Perro. Pocillo. Si el viejo viese al sujeto indicado haciendo sus planes. Su presencia se ha ido desdibujando; de súbito lo siento así, como una brisa tenue a la que sólo se advierte cuando ya ha pasado. Quién sabe si el viejo está un poco más muerto. Sí lo sabemos.
Así, tres semanas y Martín Romero ya había conseguido adaptarse a un destino que transcurría en jornadas veinticuatro por veinticuatro. Un día de guardia y vigilia por uno de noche y ronquido. Buenaventura. Pueblucho plantado al borde del mar. No se puede decir más. Pero el Comisario Romero no se conforma con ello ¿verdad? No claro. Él siempre tiene qué ver donde nada hay. Quizás por eso había días en que el mismísimo pueblucho plantado al borde del mar mas bien parecía huir del mar y permanecer asido como niño miedoso a las faldas del cerro. Otros, por el contrario, parecía descolgarse del cerro y dejarse ir en quieto desprendimiento hacia las aguas quietas. En cualquier caso, las casas de Buenaventura eran como manos, asidas, desmoronando la tierra caliente y colorada. Está bien, Romero. Pero nada de cuadernos ¿eh?, que después vas y te crees todo eso. Puedes dejarlo allí, a la vista. Será suficiente. Bien. Ahora fuera, que esta vaina ya parece olla de presión. Eso entonces quiere decir que son más de las diez.
En la mañana el Comisario dormía cuanto podía, hasta que el calor lo empujara fuera. Aquí no había olor a grasa y monóxido, ni ruido detrás de las paredes. Lo olores de la cocina de Rita, si los había, no alcanzaban, como los de Josefina, llegar hasta su habitación. Es más, aún llegaban los del cocido de Josefina. Muy por el contrario, aquí en Buenaventura nada parecía manar del exterior. El sonido y olor del mar. Sí, pero eso era parte del exterior mismo. Aquí uno salía de la cama por propia voluntad, como propinarse a sí mismo una patada en el culo. Fuera, Romero. A rondar tu pueblucho. Pueblucho plantado al borde del mar con Comisario dentro que, a ratos, como gusano en dos patas, vaga por sus calles. Pesada quietud de mediodía. Uno se adapta. También se había adaptado al sol aplastante de sus días, la brisa cálida de sus noches, la grasa y el salitre como segunda piel. El rengo ¿dónde andará? Voy a bajar hasta el malecón. De escuchar, escucha sus propios pasos y el zumbido de la brisa, cuando la hay. De cuidar ¿cuidar qué cosa? ¿defender qué orden? Para eso está la policía. Pero aquí, en Buenaventura, el deber no tiene cosa ni orden. Hay cosa y orden. Pero el deber es una forma informe. Por entre largas paredes blancas, aunque sean de cualquier color, y esos silencios que hablan siempre de lo mismo y al mismo tiempo, aunque uno no sepa de qué. Allí va el Comisario Romero. Comisario de Buenaventura. Siempre atento a sus colores y sus silencios, sin importar cuán blancos y cuán inteligibles. Ver y escuchar. Así dijo Montenegro. El señor ojos blancos y manos de noche. Quizás haya muerto, el viejo ¿Por qué lo dices? Siempre lo digo, desde que lo vi la primera vez. Ya veremos. Allá va el rengo. Viene remontando la escollera. Debe comer de los restos y desperdicios que consigue entre las piedras.
Martín Romero se interpuso en la línea por la que, de haber seguido, hubiera pasado el perro. Pero éste se detuvo a distancia. Martín Romero se sentó sobre una piedra. El animal disimuló mirando hacia un lado y hacia otro. Flaco y corpulento. Marrón. Lomo rojizo, Patas largas. Orejas a medio caer. Un toque de ambigua soberbia resplandecía en la opacidad de su desecha mansedumbre. Rengo ven. Sí, que te crees que voy a ir. Martín Romero sacó una barra de chocolate del bolsillo. El animal se quedó mirando sus manos por un rato. El hombre mordió un trozo. Toma. El animal se aproximó con sigilo. El hombre mordió otro trozo. O me quitas la mano o me aceptas de una maldita vez. Puede que las dos cosas. No. O una u otra. Los perros no hacen las dos al mismo tiempo. El animal avanzó un par de pasos y se echó. Martín Romero hubiera querido hacer lo mismo, pero no se atrevió. Bien. Ya entendí. La tercera opción. Aceptas el chocolate pero no a mí. Animal inteligente. Inteligencia superior. Lo dejo aquí, pues. Martín Romero mordió un último trozo y el resto lo colocó sobre la piedra que tenía al lado. Se alejó y, tras unos cuanto pasos, al voltear, vio al perro lamiendo la piedra una y otra vez.
En poco más de quince días Martín Romero había logrado el peculiar triunfo de esas especies que, tras milenios de evolución, desarrollan órganos y hábitos que le permiten vencer al medio adaptándose a él ¿Triunfo? Y es que allí, en Buenaventura, en realidad ¿había algo que vencer? Bien. Digamos, entonces, que Martín Romero sólo luchaba contra los fantasmas que hucheaban e iban tomando forma en los montes de su conciencia. De súbito, y sin saber cómo, adquirían existencia corpórea fuera de ella: calor, tedio, sol, congéneres, aquellos árboles de abigarradas raíces con que se topaba cada vez que volvía al extremo más retirado de la playa, como el día que llegó, y cosas así. Por otra parte, no se trataba de ninguna lucha, sino, más bien, de una sucesión de manías y obsesiones a las que se entregaba casi con misticismo en medio de la aplastante cotidianidad, como ésa de quedarse inmóvil durante largos minutos mientras concentraba toda su atención en el paulatino recorrido de una gota sudor a lo largo del inerte rostro. La gota se iba deslizando y podía sentir cómo, al mismo tiempo, se secaba y dejaba tras el paso de su perfecta y vibrante redondez un sutil rastro de sal. Adivinarlo era sentirlo. Archivaba la experiencia en alguna de tantas gavetas de su mente, a sabiendas de que, en algún momento, retornaría a repetirla, exactamente igual. Gota de sudor. Rastro de sal. Casi podía verla, saborearla, sin haberla visto, saboreado; con sólo dejarla correr, quedarse quieto, atento a su recorrido.
−Jefe −llamó Colmenares.
−¿Qué? −preguntó Martín Romero sobresaltado, mientras tomaba el pañuelo para secarse el sudor.
−¿Nos vamos? −preguntó Colmenares.
−¿Qué hora es? −replicó Martín Romero.
−Casi la diez −respondió Colmenares.
−Está bien −dijo Martín Romero, y volvió a recostarse en el respaldo de la silla por unos segundos antes de levantarse.
Cierto que allí en Buenaventura Martín Romero seguía siendo un extraño, incluso para sí mismo, sobre todo para sí mismo, y que probablemente nunca dejaría de serlo. Sentía exactamente lo mismo que cuando, de niño, era mudado de colegio. Nuevas caras, nuevos amigos. Quisiera uno tener por amigos a esos extraños sujetos que te miran de reojo y cuchichean entre ellos ¿Y éste quién es? Y la mismísima sonrisita dibujada en el rostro de quien está dispuesto a ser aceptado a cualquier precio y creer que algún día los muy malditos pueden, en verdad, llegar a apreciar alguno de esos estúpidos detalles de la personalidad de cada quien y que, normalmente, tenemos por virtudes. Espera, que en medio de la incertidumbre, se torna vulgar y ambigua esperanza que sirve para seguir esperando. Mientras, el sujeto ése, que nadie sabe quién es, día tras día va sumando su mirada a las miradas, su carcajada a las carcajadas. Y cuando ya casi está a punto de ser aceptado y ha logrado plantar un pie en el círculo de los nuevos amigos, termina el año escolar y lo vuelven a cambiar de colegio ¿Y éste quién es? Podéis iros todos a la mismísima mierda. El intruso os depara una temporada sin principio ni fin en éste, mi infierno, que también es el vuestro. La condena no será eterna, pero la viviremos como tal y, sólo así, de ser el caso, la recordaremos. Así, por fin, llegó el momento en que Martín Romero se vio instalado en el comando policial, al frente de cuatro mierdas que, igual que él, le sobraban a la vida. Entonces Martín Romero hizo su juramento: la burocracia y el crimen lo habían traído a Buenaventura, y sólo la burocracia y el crimen lo sacarían de allí.
En las noches, solía hacer sus rondas en compañía de Colmenares quien, pese a ser Martín Romero el jefe −condición no exenta de cierta irónica cortesía que ambos comprendían bien− mantenía su ascendencia sobre todos los del comando policial, acaso por ser el más viejo, el que todo lo sabía sin decir nada. El señor bola arrugada cuando se viene. El señor culo plano cuando se va. La virtud de la doble personalidad. O mas bien de la ausencia de personalidad. Muchos hay que toman este tipo de cosas a mal, pero Colmenares se ha liberado de ese conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente, la amargura de distinguirse como gota en el torrente de la especie, la esclavitud de atarse a las cualidades que nos hacen mejor que los demás. Este Colmenares sí que es un árbol plantado viejo al margen de un caminó que no se trazó. Qué digo plantado, echado de costado a un costado del camino su humano tronco da de comer a los robustos insectos; color y matiz a la variada y ondulante textura del terreno. Nadie ha notado que ha aparecido Colmenares, y cuando desaparezca igual nadie lo notará.
−¿Eres de aquí, de Buenaventura? −preguntó Martín Romero.
−¿Yo? ¿De dónde más? Toda la vida. Me fui por un corto tiempo, con Medina, que me lo pidió. Tú sabes, personal de confianza y esas majaderías. Pero que va. Me volví casi enseguida. Yo no estoy echo para trajines de gran ciudad. −respondió Colmenares.
−Y ¿qué piensas de Medina? −preguntó Martín Romero.
−¿Que qué pienso? −preguntó Colmenares.
−Sí ¿Qué piensas? −insistió Martín Romero.
−La verdad, no mucho. Ahora que lo preguntas, creo que nada. No sé. Él está allí, es el que manda, o para eso está allí ¿No?. Yo estoy aquí, hago lo que me toca hacer ¿Qué debo pensar? No lo sé. Soy policía, y aquí es mas fácil que en otro lugar. Un borracho en esta esquina. Alguna que otra pelea por allá. En fin. −dijo Colmenares.
−Y Medina ¿es muy mandón? −preguntó Martín Romero.
−La verdad mandón, así, como se dice, mandón, no lo creo. Como ya te he dicho, ladra más de lo que muerde. Gritón sí, y mientras más viejo más gritón y más majadero. Gritón y majadero, sí. Pero mandó… Aquí no es mucho lo que se puede hacer. Toda su vida Medina ha imaginado cosas grandiosas para Buenaventura. Pero, en verdad, están más en su mente que en la realidad. Esto es un pueblo de mierda, y a mi me parece bien que sea así. Quizás estoy más viejo de lo que creo, pero, tú sabes, cuando empiezan las mejoras empiezan los problemas. Mira este mismo paseo por el que caminamos, Jefe. Muy bonito, sí, el muro, los cañoncitos, las parejitas mirando el mar, los turistas van de aquí para allá sin joderse los pies. Sí muy lindo, Buenaventura tiene un lindo paseo. Pero, los fines de semana, al menos, el olor a marihuana se extiende de punta a punta. Hijos de puta. Y eso que este pueblo de mierda sigue siendo un caserío ¿Cómo será cuando esté lleno de edificios, hoteles y restaurantes, como quiere Medina? El progreso se lo llevará todo a la mismísima mierda. Ya verás.
−¿Qué se llevará? −preguntó Martín Romero.
−¿Qué se llevará? −replicó Colmenares.
−Sí. El progreso ¿Qué es lo que se llevará de aquí el progreso? −insistió Martín Romero
−Bueno. No lo sé. Yo me refiero a que aquí estamos tranquilos así ¿Qué más? En cierto modo, digo yo, el viejo Medina no debió haber vuelto nunca. Cuando lo hizo parece haber querido traerse consigo la ciudad. Siempre anduvo obsesionado con esa vaina del progreso. Aquí entre nos, para mí, está medio tocado, el viejo. También te he hablado de eso. Pero en fin, no jode más de lo que puede. Y eso es poco. −dijo Colmenares.
−La nada −dijo Martín Romero.
−¿La qué? −preguntó Colmenares.
−Eso es lo que se llevará el progreso, la nada. O, mejor dicho, nos traerá a todos la mismísima mierda de ser algo. Es lo que quiero decir. Lo he aprendido aquí, en Buenaventura. −Sentenció Martín Romero. Luego de un prolongado silencio, Colmenares se encogió de hombros y agregó
−Yo no entiendo.
−No hay problema, viejo. Nada hay que entender en esta vaina. Oye ¿qué hora es? −preguntó Martín Romero.
−Casi media noche, Jefe. −respondió Colmenares.
−¿Sabes que me gusta adivinar la hora? −dijo Martín Romero.
−¿Sí? −preguntó Colmenares.
−Soy muy bueno para eso. Pero, desde que llegué a Buenaventura, no sé. No pego una. Ahora, pensaba yo que no sería ni las once. −dijo Martín Romero.
−Pero Jefe, si cuando salimos del Comando ya eran las diez. Sólo aquí, en la plazoleta, llevamos casi una hora. −advirtió Colmenares.
−Casi una hora. No te digo. El primer día estuve aquí mismo. Allí, el mudito. Y por allí nos fuimos caminando los dos, hasta el otro lado de aquella punta, luego de pasar la casa. Hoy me parece haber mucha más distancia. −dijo Martín Romero.
−Hasta la casa, unos trescientos metros. −aclaró Colmenares.
−Sí. Mas o menos. −confirmó Martín Romero.
−Escuché al Licenciado Valbuena decir que te ibas a meter allí, Jefe. −dijo Colmenares.
−¿Meterme allí? Lo dices como si eso fuese una cueva y yo un ladrón. −dijo Martín Romero.
−No quise decir eso. −aclaró Colmenares.
–Pero, en el fondo, es más o menos así. Y, el gordo…¿no dijo que yo estaba loco? −preguntó Martín Romero y aguardó a que el otro se decidiera a responder. Como no lo hiciera, insistió −Sí, lo dijo.
−Pero Medina lo contrarió. −dijo Colmenares.
−¿Cómo es eso? −preguntó Martín Romero.
–No se fíe, Valbuena, dijo Medina. Éste es más astuto de lo que parece. Él quiere que pensemos que está medio loco y que anda por allí como despistado. UD. cayó. Pero yo no. Ese sujeto sabe muy bien lo quiere. Yo que se lo digo. −recitó de memoria Colmenares.
−¿Eso dijo el viejo? −preguntó con sumo interés Martín Romero.
−Si algo tengo, Jefe, es muy buena memoria para grabar lo que escucho, −dijo Colmenares.
−¿Y tú qué piensas? −preguntó Martín Romero.
−Yo prefiero no pensar nada. No es mi asunto. Aquí, cada quien a su trabajo, y ya. Siempre se lo digo a los muchachos.−sentenció Colmenares.
−Está bien. Pero, dime algo ¿Piensas que Medina me conoce, como si me hubiese conocido antes, quiero decir; en otra ocasión? −preguntó Martín Romero.
−¿Tú lo conoces? −preguntó Colmenares.
−No. −respondió Martín Romero.
−¿Y entonces? −preguntó Colmenares.
−Puede haberme confundido con alguien, digo ¿no? −advirtió Martín Romero.
−No. –dijo Colmenares con desprecio. Rato después agregó −Medina siempre ha dicho lo mismo de todos, hasta de mí: yo conozco a ese sujeto. Ya sabes. Es de lo que creen que se las sabe todas. No es más que un majadero.
−Cuidado. Estás hablando mal del Jefe, viejo. −dijo Martín Romero, al tiempo que sonreía.
−Todo el mundo en Buenaventura lo hace. A espaldas de Medina, por supuesto. Y Medina lo sabe; sólo que no se da por aludido. −replicó Colmenares.
A sugerencia de Martín Romero, ambos montaron de nuevo en el jeep, con el propósito de dar otro recorrido por las calles de Buenaventura. Luego de un prolongado silencio, Martín Romero reinicio la conversa.
−¿Qué piensas de los comunistas, Colmenares?
−¿Yo? Y qué voy a pensar. En realidad, Jefe, no sé nada de política, pero pienso lo que pienso de todos los políticos: una mierda. Y esa pregunta ¿a cuenta de qué? −respondió Colmenares.
−Lo digo por lo de Medina. −dijo Martín Romero.
−Lo de Medina −aguardó Colmenares.
−Bueno, por lo que se dice. Y que tuvo lío con esa gente. Y que lo secuestraron por un par de días…ya sabes.
−Eso, claro. Yo no sé muy bien lo que en realidad pasó. En realidad, nadie lo sabe. Medina dijo que iban a lincharlo, pero que logró escaparse a tiempo. Esos coños, decía, creyeron que era muy fácil joder a Medina. Durante meses, creo yo, estuvo contando la historia. Hasta que ya nadie lo tomó en serio, y cada quien fue sumando sus propios comentarios. Ya sabes cómo es. Pueblo chico, infierno grande, como dicen. Hay quien dice que fue una estupidez. −dijo Colmenares.
−¿Quién? −preguntó Martín Romero
−Al cura se lo he escuchado decir. Nunca se la ha llevado bien con Medina. Cuando están uno frente a otro, basta verle la cara al Padre Claudio; como descompuesta por la náusea. La verdad, no se tragan esos dos. Una vez, estando yo de guardia en el despacho de Medina, los escuché discutir. El cura lo acusaba hasta de criminal. Cuando entró a la oficina estaba obviamente molesto. Pero cuando salió de allí era el mismo demonio en persona −relataba Colmenares.
−Pero fue. −afirmó Martín Romero.
−¿Cómo? −preguntó Colmenares.
−Lo del secuestro, digo. Estupidez y todo, fue. −aclaró Martín Romero.
−Sí, claro, se supone. Sólo que el cura dice que Medina no se escapó gracias a su destreza y valor, como él pretende hacer ver a todos. Según el cura él mismo lo vio (y fue el único) aterrado, en la madrugada, casi al amanecer, luego que los sujetos, que supuestamente lo secuestraron, lo soltaron. −dijo Colmenares.
−¿Y tú que piensas? –preguntó Martín Romero.
−Yo no vi nada. Pero confío en lo que dice el Padre Claudio. Es un hombre serio. Además, en ese asunto estaban metidos el Indio y el Moise. Yo me pregunto, y se lo pregunté un día a Medina ¿cuán grave podría ser una conspiración (así llama Medina el asunto), o cualquier vaina, en la que estén metidos ese par? Si tú los vieras. El Indio sólo habla bobadas. Hoy está deprimido, vuelto mierda en medio de una borrachera que se lo lleva al infierno hasta por tres días. Al otro día, lo marea a uno hablando de grandes proyectos. Si por él fuese, cuando anda de buenas, la “Pensión Rita” sería un hotel de cinco estrellas.
−¿Y el Moise? −interrumpió Martín Romero.
−¿Ése? El Indio es el genio. El Moise es un completo tarado. Lo digo en serio. Ése no le haría daño a nadie, ni bien tampoco. Si lo hubieras visto por aquellos días; un mocoso de trece o catorce años, no sé. Los dientes pelados de alegría no más aparecía el Patiño. Si lo vieras ahora. De vez en cuando aparece por allí. −respondió Colmenares.
−¿Patiño? −preguntó Martín Romero
–Durante un tiempo, casi todos los fines de semana, se veía por Buenaventura a un tal Patiño; un gordito hablador que nadie tomaba en serio y fue el que embaucó a los otros dos en su aventura; digo, si fue él el del asunto. Y alguien tuvo que hacerlo, porque el Indio y el Moise por sí solos no habrían hecho un carajo. Pero, tú sabes, deslumbramiento citadino, y el par de pendejos que se sentían como reyes por haber sido escogidos por el tal Patiño. Lo cierto es que, después de lo de Medina, no se le volvió a ver más por Buenaventura. Para mí no eran más que unos locos. Si cogieron a Medina, lo devolvieron sin saber qué hacer con él. Y, tú me dirás, Jefe, pero ¿qué coño iban a hacer en Buenaventura? No eran más que una bola de pendejos. Eso es lo que pienso. Sólo Medina se tomó esa vaina en serio. Y se le pasó la mano. −concluyó Colmenares.
−¿Cómo es eso? −preguntó Martín Romero.
−Cuando hace un rato te dije que me topé con el cura al salir de la oficina de Medina como un energúmeno, en realidad los escuché desde la sala discutir por lo del Moise. −dijo Colmenares.
−He escuchado a Rita hablar de ello −interrumpió Martín Romero.
−Al viejo se le pasó la mano con el negro. El dice que no, pero...
−¿Es cierto, entonces? −preguntó Martín Romero
−¿Qué cosa? −replicó Colmenares.
−Que lo mató. −dijo Martín Romero.
−Sí y no. −respondió Colmenares.
Sólo porque todos los hombres son iguales y por la lástima que tal sentimiento inspiraba hacia él, el Moise fue aceptado en el equipo que, emergido de entre los cerros pedregosos de Buenaventura y con Rengifo a la cabeza, cambiaría el mundo. Pese a su humanidad de feto que no tuvo tiempo de nacer completo, amasijo de alambre recubierto de carne chamuscada al que sólo el soplo de un idiota pudo haber dado vida, el Moise era, también, un hombre nuevo, copiado de ese prototipo que imaginó Marx en los talleres de la Inglaterra victoriana, metahistórico y judeocristiano, y que, de este lado del planeta, asumía formas extrañas según la infamia de una raza mezcla de todas las razas. Aún no sabía leer ni escribir, y el Moise ya tenía que vérselas con la dialéctica y la lucha de clases. Le hablaban de la condición del proletariado y su liberación, cuando él ni siquiera alcanzaba la condición humana. Pero, aún así, formaba parte del equipo, y eso lo llenaba de orgullo y satisfacción humana prestados. Cuando Rengifo leyó las dos cuartillas del manifiesto y el Moise escuchó hablar por primera vez de ese "fantasma del comunismo" que recorría el mundo, −dijo Rengifo, en lugar de Europa− el negro, como siempre, cada vez que Rengifo hablaba del mundo mejor, se encontró agradablemente confundido, y quedó muy conforme con que la llegada del mundo mejor fuese cosa de fantasmas.
−¡Hay que matar al viejo!
Gritaba el medio hombre del Moise a nombre de la humanidad entera, señalando la casucha donde habían encerrado a Medina. Y aún lo estuvo gritando días después del secuestro del viejo, en medio de una borrachera consecutiva de tres días. Nunca el pequeño Medina había sido representado con tanta grandiosidad como lo hizo el negro durante aquellos tres días. El mediocre y oscuro burócrata se había convertido en la bestia que asolaba el mundo; sonreía como la serpiente que hizo caer a Adán del paraíso y vestía como Rockefeller. El Indio, que intentaba cerrarle la boca, nada pudo hacer para contener el ímpetu revolucionario del Moise. Salió corriendo y lo dejó a solas en medio de la plaza. Allí mismo, donde ahora estaban parados Martín Romero y Colmenares, lo cogió la policía.
−¿Qué hacemos con él? −preguntó Colmenares a Medina.
−Ya sabía yo que éste caería solito. Ya tengo algo preparado para que lo cante todo. Esta noche nos llevamos a ese negro al cementerio. −respondió Medina.
−Oye, no exageres. Y el pobre diablo ¿qué va a cantar? Que el Indio también estaba metido en el asunto. Eso ya lo sabemos. −advirtió Colmenares.
−¿Y los otros qué? −preguntó Medina.
−¿El Patiño? Ese no ha vuelto más nunca por acá. Los otros de los que tú hablas, si los hay, no los he visto nunca en Buenaventura. Pero, como sea ¿por qué no dejas esta vaina así? Se trata sólo de un par de idiotas. Que le calentaron las orejas. Está bien. Pero no son más que un par de mocosos, y ya ¿Qué peligro pueden representar, a ver? −insistió Colmenares.
−Tú sólo piensas como policía, Colmenares. Pero yo voy más allá. Estos dos serán, como tú dices, unos idiotas, pero aquí no hablamos de eso, sino de conspiración. No estoy dispuesto a que un grupito de ñángaras, valiéndose de un par de idiotas, enciendan Buenaventura. −dijo Medina.
−Pero ¿en verdad tú te estás creyendo eso de la conspiración, coño? Por favor, viejo. No fue más que una muchachada. No es correcto, por supuesto. Pero no tanto como para exagerar así. −interrumpió Colmenares.
−Mira, Colmenares, el comunismo está metido en este país desde hace casi cien años, y si los gobiernos hubiesen pensado como tú (siempre se trata de muchachos, como tú los llamas), ya se hubieran cogido esta vaina. A los comunistas se los compra o se los mata. No hay alternativa. Si yo dejo que esto pase como si nada, a la larga, yo que te lo digo, nos jodemos todos. Lo que pasa es que tú, y todos aquí, viven en este pueblo sin saber nada de nada. Pero yo no. Yo sé cómo terminan estas vainas. Si tú supieras, como yo, de historia, te sorprendería saber de lo que pueden ser capaces los idiotas. Así que no discutamos más el asunto.
Después de santiguarse, el Moise arrojó la primera palada de tierra. Hay que matar al viejo, decía una voz que, de tan lejana en lo adentro, ya no le parecía suya. Mientras veía cada palada de tierra estrellarse contra el suelo y desparramarse como sus días de negro. En pleno desierto del miedo, recordaba frases sueltas del manifiesto, la teoría de Darwin en forma de mono pariendo y el mundo mejor como un cielo lleno de negros y hombres nuevos. Todo daba vueltas, desperdigado, retazos de esperanza rota y enredada en lo rincones de su mente. El terror le llegó a las sienes. El sudor se le colaba por las comisuras de la boca, y le iba dejando dentro un sabor salado que le corría hasta el estómago, y más adentro todavía, de víscera en víscera, hasta llegar a eso que debía ser el alma, invisible, pero que debía estar allí, golpeando, como si quisiera romper el encierro de su cuerpo aun vivo.
Uno tras otro se escuchaban los golpes secos, sordos de las paladas de tierra al caer sobre la tierra, y el hoyo se iba haciendo más profundo ¿Moriría completo o algo, que ya no sería él, lo sobreviviría, acaso con el único propósito de joder a los vivos? Mientras más tierra arrojaba fuera de la fosa, más extraña se tomaba su propia presencia en medio de la noche de la que nunca se había sentido tan parte. Su piel, su respiración forzada, los movimientos mecánicos de sus brazos y su cintura, su vista nublada, y hasta ese toque íntimo de la amargura, seguían allí, pero como si no fuesen actos suyos sino humores del cuerpo descompuesto de la noche.
Cuando el borde del hueco que excavaba ya le llegaba casi al cuello, Colmenares se aproximó. Miró al negro dentro. Dio media vuelta y volvió hacia Medina, sentado sobre un tronco, que aguardaba a unos metros de distancia.
−¿Qué dijo? −preguntó Medina.
−Nada. −respondió Colmenares.
Entonces Colmenares se volvió a la fosa. Sacó al Moise y lo metió en un saco. Ató la boca y, según orden de Medina, disparó una vez.
−Aún no estoy muerto. −dijo el negro. Luego otro disparo, y su voz se confundió con el trastazo al caer en la hondura de la fosa.
−¡Coño, Colmenares! La verdad, te digo, es como para volver loco a cualquiera. −dijo Martín Romero, luego de que ambos se montaran en el "jeep" para continuar la ronda.
−Por supuesto. Y lo mismo dijo el cura, por cierto ¿Pero qué podía yo hacer? Yo no iba a matarlo. Eso fue lo que ordenó Medina: se jodió; liquida a ese maldito negro y nos vamos. Lo vi a los ojos y me di cuenta que Medina no cambiaría su decisión. El odio se le iba por los ojos. Entonces le dije que me encargaría del asunto. Porque si el mismo Medina se iba hasta el foso, seguro que lo mata. Claro, en el caso de que se hubiera decidido a hacerlo. También sabía que el viejo preferiría siempre que lo hiciera otro. Y que el muy cobarde se mantendría a distancia para no ver el fusilamiento. Enseguida se me ocurrió la idea. Me volví hasta la fosa, tomé el saco, metí al negro dentro y disparé. Dos tiros, como para que no quedase duda. Varias veces se lo dije al negro en voz baja mientras tomaba el saco: te haces el muerto, te haces el muerto y ya. −susurraba Colmenares con la mano en la boca, como si tuviera el oído del Moise del otro lado. Luego agregó, mientras volteaba a mirar a Martín Romero −Cuando me volví, Medina ya había iniciado el camino de regreso.
−¿Y alguien más supo del asunto? −preguntó Martín Romero.
−Nadie. Sólo semanas después, comenzó el Indio a decir que el Moise se le había parecido, que lo vio salir de su propia tumba. No más se pegaba un par tragos, y dale con que el negro esto, el negro lo otro. Yo creo que el Indio, o vio todo en el cementerio, o llegó por casualidad no más nosotros nos vinimos. Ya en la oficina, Medina, muy inquieto, me preguntó ¿tapaste el hueco? Por supuesto, le dije. Volví en la madrugada, para ver qué había pasado con el negro. Pero ya no estaba allí. Debe haber salido por su propia cuenta.
−Y, desde entonces, de vez en cuando aparece. −acotó Martín Romero.
−Sí. Para mí que está completamente loco. Él siempre fue un poco chiflado. Pero, desde entonces, loquito, loquito. Se pierde por allí, hacia la montaña. Pero no es peligroso. Se mantiene alejado por miedo a que lo jodan aquí abajo, supongo. Pero a veces aparece, como si se hubiese extraviado, completamente extraviado. −dijo Colmenares.
−Y como se supone que está muerto, entonces lo que aparece es un fantasma, o algo por el estilo. −dijo Martín Romero.
−Ajá. El muerto, pues. −confirmó Colmenares. Rato después agregó −En fin, ya hace más de veinte años ¿a quién le importa ya?
Le importa a Romero. Porque a Romero importa todo cuanto no tenga remedio. Ya lo sabemos ¿no es así, Comisario? Quizás por eso y te sienta tan bien ese papel de policía, pues con esa idea que tienes de toda existencia como de crimen consumado. A ver ¿cómo es la cosa? Nadie puede abandonar la historia. Todos, incluso Dios, están bajo sospecha ¿no es así, Comisario? Bueno, Romero. La noche será larga, como todas las noches; así que date. Veinticinco años. Lo recuerdo. Pero no sé si lo que recuerdo es lo que debería recordar y, además, si así fuera, igual no sabría qué hacer con lo que recuerdo. Contigo siempre es el cuento de nunca acabar, Romero. Pero, en fin, veremos hasta donde llegamos hoy. Comencemos con el negro. Allí está. Borracho, desecho, despatarrado en el suelo. El hombre nuevo, le dije a Rengifo, creo, mientras señalaba hacia atrás con mi dedo pulgar; éste mismo que ahora muevo de un lado para otro en medio de la oscuridad, sin que nadie, ni siquiera Colmenares, se haya percatado de que así lo muevo. Eso también lo recuerdo. Llena, la luna dejaba caer sobre todos nosotros esa luminosidad azulosa, o más bien grisácea. Creo que las dos cosas extrañamente mezcladas en una transparencia sin lugar en el lugar donde permanecíamos estacionados a aquella hora de la noche. En fin, luminosidad lunar de luna llena que, en realidad, no sabes si recuerdas (la de aquella noche y hora) o sólo sabes como luminosidad lunar de luna llena independiente de cuál sea la noche y de si baña al despatarrado del Moise y los demás. Tampoco recuerdo la hora. Según Rengifo la una. Pudiera ser. Pero eso lo dijo después del evento, cuando hablábamos a propósito del evento. Rengifo miró la punta de mi dedo, luego al Moise y por último a mí: vete a la mierda, Romero. No lo dijo, pero lo entendí. Yo no creo en eso de leer los ojos, pero a veces funciona; sobre todo cuando se trata de irte a la mierda. Y me fui. La mierda es como el cielo; generosa, inmensa, cualquiera puede acceder a ella con tal y observe la conducta apropiada. La mierda prometida. En este caso, estaba allí cerca, a unos pasos y tenía forma de piedra. Me senté. No. Coloqué las nalgas allí, sobre la dura y áspera superficie. Mi ánimo siguió de pie. Nalgas de piedra. Ánimo de mierda. Puedo recordar la incomodidad, y que yo recuerde es la primera vez que lo hago. Sólo ahora me detengo en algo así. Mientras, miraba al Moise del otro lado. El hombre nuevo calzaba unos zapatos de goma rotos y sin trenzas. El pantalón subido dejaba ver unos tobillos flacos, y la camisa de cuadritos abierta en un pecho enjuto. Por el borde de la gorra estirada hacia atrás asomaban los pinchos desordenados de la cabellera ¿Y los ojos? Yo diría que muy abiertos en relación con el desplome del resto del cuerpo; la mirada perdida, aunque fija entre las piernas abiertas también. Bien, Romero ¿y ahora qué hacemos con todo esto? Yo no sé, ya habrá tiempo de pensar en ello. Sólo intenté reconstruir aquella escena en la que el Moise era el centro. No sé para qué. Lo bueno de Buenaventura es el modo en que uno está siempre tan dispuesto a diferirlo todo.
−Jefe. −dijo Colmenares, al tiempo que ofrecía a Martín Romero la botella de anís que acababa de extraer de la guantera.
−Ya sabes que no bebo esa mierda. −dijo Martín Romero.
−Lo será. Pero hay tradiciones en este país que no cambian. Mi padre, y hasta mi abuelo, bebían esta misma mierda. −replicó Colmenares.
−“El Mono". −dijo Martín Romero.
−“El Mono".
−No deberías hacer eso mientras estás de servicio. −dijo Martín Romero en tono irónico.
−Vamos, Jefe. Es sólo un trago. Uno más uno menos ¿en qué podría cambiar la rutina? Otra ronda. Toda la vida me he dicho lo mismo al salir del comando. A ésta hora, un trago de esos me ayuda a soportarlo mejor. Las noches aquí pueden ser interminables. −replicó Colmenares.
−Y ¿por qué no te jubilas de una vez? −preguntó Martín Romero.
−Ya me acostumbré, supongo. Siempre pasa ¿no? A todos les pasa. −respondió Colmenares.
−Sé a lo que te refieres. En el fondo, también, no soy más que un mediocre. −afirmó Martín Romero.
−Yo no dije eso. −aclaró Colmenares.
−Pero yo, en mi caso, sí. Es como lo veo. Si no lo fuera, sería el "che" Guevara, por decir lo menos, lo que quiere decir que ya no sería, que habría dejado de ser en el momento oportuno. Por cierto: la muerte es el momento crucial en la vida de un hombre, recuerdo que decía el "che" Guevara. La mediocridad consiste en pasar por alto la oportunidad, y sólo tener plena conciencia de ello cuando ya no hay remedio. La muerte...crucial... El coño sabía lo que decía ¿eh?; puede que hasta supiera lo que iba a encontrar en Bolivia (estratégicamente, no tenía mucho sentido; pero existencialmente era ideal). La muerte,.. crucial... Para no ser mediocre habría que buscarla, en lugar de sentarte a esperarla como quien espera un autobús.
−Oye, Jefe ¿seguro que no quieres un trago? −insistió Colmenares, que había vuelto a sacar la botella de la guantera, mientras escuchaba al otro, que hablaba como si estuviese solo.
−Creo que sí. Pasa para acá. −dijo Martín Romero y tomó la botella.
−Menos mal y no bebes esta mierda. −comentó Colmenares al tomar de nuevo la botella y luego de observar el nivel del líquido.
−Mira para allá. −señaló Martín Romero hacia el malecón.
−¡Mierda! −exclamó el otro, mientras volvía la botella a la guantera.
−Lo que es éste, muerto, tendría mejor semblante −agregó Martín Romero.
Ya habían dado una vuelta completa y, ahora, a lo largo de la playa, por el paseo del malecón, caminaba algo anterior al mono, se dijo Martín Romero para sí, luego de mirar la etiqueta de la botella de la que acababa de beber. Hizo una señal a Colmenares, que disminuyó la velocidad y se aproximó lo más posible. Las luces del jeep iluminaron el cuerpo desnudo y escuálido, espalda estrecha y encorvada, pierniarqueado y de nalgas secas, desdibujadas, como si el tiempo le hubiera desgastado el trasero. Desgreñado de años de olvido, una costra de sucio le cubría la piel.
−Apareció de otra vez. −dijo Colmenares con pena, y detuvo el "jeep" nuevamente junto a la plazoleta.
Ambos bajaron. Hombre Nuevo que ya no es nuevo salvo por ser el mismo negro de aquella vez y que ahora nombro así por mi manía de nombrar cosas apareció de nuevo. El hombre no se detuvo. Siguió caminando lento y constante, inmutable en su paso, como si nada sucediera a su alrededor, hasta que Colmenares lo tomó por un brazo.
−¿Qué vamos a hacer contigo, Moise? −preguntó Colmenares, mientras que el otro se dejaba conducir mansamente hasta la parte posterior del vehículo. Entró a la cabina y se sentó. Fue en ese momento que Martín Romero lo reconoció. Era él, claro que si. Cómo confundir los mismos ojos desorbitados del que nada ha comprendido, la boca semiabierta de la que se habían caído más de la mitad de los dientes, las manos exageradamente grandes, la misma posición encogida de su cuerpo al sentarse en el piso del jeep.
−¿Qué hacemos con él, Jefe? −preguntó Colmenares.
−Lo llevamos al comando. −dijo Martín Romero.
−Los muchachos van a quejarse. Cada vez que aparece el Moise alguien tiene que bañarlo y vestirlo con cualquier cosa que haya a la mano. Se pasan la orden como una pelota. −dijo Colmenares mientras ponía en marcha el vehículo para volver al comando policial.




