Una vez más. por cima de los muros grisáceos asomaban con molicie las cimas pelonas de los cerros que dejan caer sobre Buenaventura la mirada impasible de su lejanía. Sólo que esta vez Martín Romero no otea desde el patio de la “Pensión Rita”, sino que ha de conformarse con lo poco que alcanza ver desde la celda de su propio comando policial, y lo hace a través del tragaluz abierto arriba. Pero, además, lo hace a una hora distinta: ya no el pesado inicio de la tarde −al que en éste país llaman la hora del burro− sino el aún ligero y fresco de la mañana, cuando el nuevo día todavía parece nuevo antes de arrastrar tras de sí la misma maldición del mediodía. Luego no serán, entonces, los mismos cerros, los mismos azules y amarillos, ni la misma lejanía. No. Aparentemente, no. De la misma manera que Romero, al parecer, tampoco, ahora que Medina muerto ya forma parte de su haber. Es como haberse posesionado en el instante de un disparo del tiempo total de la historia de Medina. La magia de la muerte. No. No es la magia de la muerte, sino la del matar. La muerte de cada quien empieza al nacer. El matar es el roque personal de quien interviene en un proceso que no es el suyo, sino ajeno, y con lo que se posesiona de su final. Así que ese muerto es más tuyo que todo cuanto siempre te has negado a poseer. Precisamente en eso pensaba el policía cuando, una vez dentro de la celda, dijo a Colmenares, antes de que éste saliera, que cerrara bien la reja.
−Pero algo así no es necesario, Jefe. Ni que fueses un delincuente común. Insisto: por qué hay que meterte aquí, si puedes permanecer allá, en la oficina. No tienes por qué estar aquí, donde se mete a todos. No veo por qué te empeñas en esto. −Colmenares.
−¿Qué todos? −preguntó Romero.
−Todos. Qué sé yo. Al Moise lo metíamos aquí ¿Recuerdas? ¿Dónde más? −respondió Colmenares.
−Y a nadie había matado. Mejor así. Aquí me siento menos policía. Y, ahora que lo mencionas, me siento más como un Moise. Algo mejor vestido, quizás. Pero igual de fantasmal, al fin y al cabo; como todos, tal y como tú lo has dicho. Así que cierra esa reja. ¿sí? −Romero.
−Está bien, Jefe. Como quieras. −Colmenares.
−Por cierto; ¿recogieron al muerto? −preguntó Romero.
−Sí. Yo me encargo de todo. Yo creo que el asunto no tiene vuelta de hoja. Fue en defensa propia. Tenía el arma en la mano. Y todavía la tenía cuando lo recogimos. Fue directo a tu casa con la clara intención de agredirte ¿o no es así? −Colmenares.
−No lo sé. Medina nunca disparó. No le di tiempo −Romero.
−Bueno, pero igual tenía un revólver en la mano. Además, te apuntó. Te seguro ue no levantó el brazo para brindar por ti. Por lo demás, a las personas no se les visita revólver en mano ¿o si? Es verdad que nadie puede saber cuán decidido estaba. Pero allí, en tu casa, con eso en la mano: es una evidencia inobjetable. ¡Qué vaina, con Medina! Nunca imaginé que iría tan lejos, el viejo. Pero vaya uno a saber lo que pasa por la mente de las personas. Hace años que ni siquiera cargaba con ése viejo treinta y ocho. En realidad, el viejo nunca lo había disparado. Luego de tantos años, si lo hubiera hecho, quien sabe si el arma se hubiera atascado. Jamás, que yo sepa, cambió esos proyectiles. Hubo un tiempo en que se lo advertí. Mire, el día en que a UD. en verdad le toque accionar esa cosa se va a quedar con el susto en la boca. Pero el viejo nunca hizo caso. Lo manoseaba un poco, lo limpiaba y lo volvía a guardar en la caja. Sólo lo sacaba para manosearlo y limpiarlo. Pero, esta vez, como que tenía otras intenciones ¿no?. −Colmenares.
−Quién sabe. Es posible. −Romero.
−Cómo ¿Quién sabe? Jefe, Fue a tu casa, revólver en mano ¿Qué intenciones podría tener que no fuesen matarte? −Colmenares.
−¿Tú crees que, en realidad, de haberlo dejado, hubiese disparado? No estoy tan seguro −Romero.
−Por supuesto que no ¿Y que se debe hacer en esos casos? ¿probar? Aquí no se trata de estar seguro. No hay manera de estar seguro. Veamos, si este fulano me mata es porque tenía las intenciones. Vamos, Jefe. Yo, ni nadie, sabe las reales intenciones que pudo tener Medina, y mucho menos de lo que hubiera sido capaz en tales condiciones. Si es preciso responder, digo que sí, iba a matarte −Colmenares.
−Aún así, estaba borracho. −Romero.
−Precisamente: de haber disparado, podía haber atinado como no hacerlo. Pero, igual, el asunto es que hubiera disparado ¿Sabes lo que pienso? Que bueno y sano, en plena conciencia, el viejo no lo hubiera hecho. Ni siquiera hubiera ido hasta tu casa, eso pienso. Pero borracho, hay que pensar que estaba dispuesto a todo. Debe haber estado todo el día de trago en trago, preparándose de ánimo, tú sabes, armándose de valor para el asunto. En fin ¿quién puede determinar con precisión las intenciones de quien te amenaza con un revólver? Puede que se haya convencido de meterte un balazo. Puede que sólo intentase amedrentarte. Pero la posible víctima no tiene forma de saberlo. Lo objetivo es la amenaza y el revólver, ¿Qué más? Eso te da derecho a defenderte ¿o no? −Colmenares.
−En eso tienes toda la razón Ya puedo imaginar el expediente y cuánto me favorecen los argumentos objetivos. En fin, de todo ello se encargará Rengifo, me imagino. Eso no me preocupa gran cosa... −Romero.
−¿Rengifo? −interrumpió Colmenares.
−Es el tipo de la correspondencia ¿recuerdas? −Romero.
−Ah, sí. El de las cartas ésas. Por cierto, que más no ha escrito, que yo sepa ¿Es abogado, el tal Rengifo? −Colmenares.
−Debe serlo ya. −dijo Romero.
−¿Y de los buenos? Mira que en estas vainas, por más que estén a favor, hay que manejarse con mucho tacto. Lo mejor siempre es un tipo con experiencia, Jefe. −Colmenares.
−La tiene, Colmenares, la tiene. −Romero.
−¿Lo llamaste? −Colmenares.
−Temprano. Apenas llegué al Comando. −respondió Romero.
−Bien. Entonces ¿qué es lo que te preocupa? −preguntó Colmenares.
−Que Medina haya pasado a formar parte de mi propia historia. Durante años años, nunca lo imaginé así. Es como si ahora me tocara cargar con él. Y no me refiero a culpa ni nada parecido, sino al hecho de que entras en la muerte de otro para decidir sobre un proceso que, hasta entonces ajeno, pasa a formar parte de tu propio proceso. Los espectros van y vienen, como entidades solitarias que son, hasta que sus destinos se entrecruzan y confunden, sin que dejen por ello de ser solitarias. Matar hace de la mera muerte una intersección. −dijo Martín Romero, y se quedó mirando hacia el tragaluz. Al rato agregó− Consigue café ¿quieres? Eso me vendría muy bien.
−Voy a lo de Rita para llenar el termo ¿Y tú, Jefe, en verdad, vas a quedarte allí? −insistió Colmenares
−Sí, cierra esa reja. −Romero.
−Bueno, como quieras. Pero sin llave ¿no? −Colmenares.
−Como quieras −Romero.
Colmenares que, al parecer, había entendido que lo mejor era marcharse, en efecto, se marchó. Un nombre para cuando viene. Un nombre para cuando va. Pero Romero no recuerda ninguno de los dos. Recuerdo, sí, que una vez dejé el asunto pendiente para un mejor momento. Pero èste no es el momento, Romero. Es más, bien que sabes que el momento ya no será. Sí. He perdido la facultad de nombrar cosas, o ya no encuentra gracia alguna en hacerlo. Tiempo atrás, hacerlo era como profanarlas. Pero ahora, cuando las encuentra ya abiertas como tumbas ¿qué gracia puede tener? Todas son más o menos iguales. Nada distingue la inmaterialidad de sus vacíos expuestos a las noches y los días vacíos. Y quizás sea la música Insonora del vacío lo que lo ha adormilado. Se ba de lado hasta cabecear bruscamente, cuando de súbito siente que se precipita en el vacío. No. Allí está el suelo. Lo siento bajo sus pies. ¿Y si ,e saco los zapatos? Pero aún no lo decide. Este Romero, siempre en una encrucijada. Dejemos que lo medite cuanto tenga que meditarlo. Romero se ha vuelto lento hasta para decidir en este tipo de cosas. A ver. Esperemos.
¿De dónde habrá tomado esa maña de mover los dedos así, como si se tratara de un mago manipulando sus polvos mágicos? Por fin. Toma una punta de la agujeta del zapato. ¡Detente, Romero. Mucho ojo con lo que vas a hacer ¿eh?! Romero sabe que hay que tener cuidado. Un paso en falso puede ser fatal. Si toma esa punta de la agujeta puede que, en lugar de deshacer el lazo, haga un nudo que le costará trabajo deshacer. Esto, considera Romero, es estar al filo de la coyuntura. Toma la otra punta. La misma incertidumbre. O quizás mayor. Más opciones, más libertad. Y, también, más incertidumbre. Para despejarla, preciso es analizar cuál es la mejor. Para eso, Romero recurre al método del descarte. Que no es lo mismo que el método de Descartes. Ah, si la duda en realidad fuese metódica y nos condujera a la perfección, estaríamos hechos. No. Romero es de los que están convencidos de el olor a mierda es el que mejor guía. Filosofía del sabueso, la llama él, según le enseño a llamarla el viejo Rangel, que a su vez la copió de un literato francés tan célebre como odiado. ¿Qué habrá sido del viejo Rangel, por cierto? A lo mejor y el licor ya terminó por reventarle el hígado. Un gran tipo, el viejo. Y cuanto se empeñó en que Romero era un posible escritor. La borrachera, debe ser ¿Y que tal si hubiese sido cierto? ¿Si el viejo tenía razón? Nunca lo sabremos. Bueno. Olvida eso, Romero ¿Las agujetas o el cuaderno? Las dos cosas al mismo tiempo no es posible. Filosofía del sabueso. Sí. Veamos. Ir descartando una a una las opciones, hasta quedarnos con la única. Menos incertidumbre. Y, también, menos libertad. Menuda lucha ésta, hasta lograr aplastar a su mínima expresión el libre albedrío. Ah, por fin, la ansiada paz de nuestra esclavitud a la ausencia de opciones ¿Estás seguro? Mira que esa punta puede conducir al horrible desenlace, que no es, en verdad, tal, sino un intrincado nudo que vas a tener que morder con la punta de los dientes para deshacerlo. Y tú no quieres eso, Romero. A Romero jamás le ha gustado morder tela con la punta de los dientes, porque eso le produce dentera. Pero va a tener que decidirse. Porque eso de estar allí doblado, el pecho sobre las piernas y las manos en los pies, tomando alternativamente una y otra punta de las agujetas del zapato a ver si acierta y, en lugar de atar un nudo, atina deshacer un lazo, y evitar así la frustración de tener que sacarse el zapato a la fuerza y la incómoda dentera de morder con la punta de los dientes el nudo de la agujeta en que terminó su fallido intento de deshacer un lazo, cansa. No lo puedo creer: Romero ha optado por dejar las cosas así. Es decir, frente al desafío, ha reculado. Mejor dejarse puestos los zapatos ¿Retirada estratégica? Sí, podemos llamarla así. Suena muy bonito, muy técnico, fríamente técnico. Es el sonido de la dignidad, o lo más parecido a ella, que tanto reconforta al corazón humillado. Además, después de todo, si al caso vamos, reculando también se es libre.
Ahora, con los zapatos puestos, Romero yace recostado en un rincón. El cuerpo se extiende a lo largo de un segmento corti de la alargada plancha de concreto que bordea las paredes de la celda. Desde donde está el policía aun alcanza mirar por el tragaluz. Las cabezas y espaldas grasosas de los que antes han estado también allí, a la misma altura, han ido dejando la huella de su mugre. Romero, pues, hace su personal aporte en tal sentido. La plancha se interrumpe en la pared izquierda, donde se abre el hueco de la puerta que conduce al baño. Está oscuro adentro, y ahora el policía mira hacia esa oscuridad ¿Qué será lo que ve? Por ahora no lo sabemos. Pero sí sabemos que Romero algo inventará. Cosas. Está bien, Romero. Cosas. Sabemos cuánto te gusta la palabra, con ese dejo de magia que deja tras sí el sólo pronunciarla. En efecto. A las cosas no se las analiza. Si en verdad algo son, tan sólo se tropieza con ellas, para sorprenderse, tocarlas o recular. Romero se dedica a imaginar y recordar cosas como sombras que se mueven y despliegan en la oscuridad. Divertido, el juego. Tropiezo, reculo, recuerdo. Así anda Romero por el mundo, como por una habitación a oscuras llena de cosas. De pronto, emergen de ella, muestran su rostro enigmático incluso en su misma banalidad o estupidez. La cosa, se dice Romero. Así dijo hace un rato cuando, al amanecer, echó una última mirada a Medina en el suelo. La cosa. Ciertamente. Acabo de recordarlo en este instante. Y por eso tienes ahora esa cara del que revisa los detalles de la obra terminada. La cosa. Hace rato, cuando lo dije, apenas iniciaba el amanecer. Entonces nos vinimos, temprano, directo al comando. Ya no hubo trilogía. Mudito y Perro no daban señales de vida por todo aquello. Sólo el policía, y yo, que, como se sabe, no cuento. Romero no dijo nada durante todo el camino. Desde entonces no me habla. Y hasta parece no tomar en cuenta para nada mis opiniones. Ni mis silencios. Éste, quizás, lo que está pensando es deshacerse de éste, su cadáver preferido. Ya sabemos cómo es Romero. Conozco esos amagues de soberbia, y ese invisible gesto de distanciamiento que me depara desde el otro extremo de la lejanía en el que cree ubicarse cada vez que quiere deshacerse de mí. Es nuestro juego. Él lo sabe. Cuando no lo pueda jugar, se va a aburrir. Un aburrimiento tan grande que le va a faltar cerebro para consumarlo completo, Romero. Pero esto también lo sabe. Saberlo es parte del juego. Ahora se propone revisarlo todo de nuevo, una vez más. Está bien, Romero.
Tras haberlo matarlo, Martín Romero estuvo largo rato parado frente a Medina, contemplando el montón de carne y hueso que el disparo certero había dejado en el suelo. Al principio, ni siquiera se acercó a verlo de cerca y tomarle el pulso. En parte porque, policía al fin, el muerto podría no estar tan muerto y aguardando un mejor momento. Tenía las manos en el vientre y aún sujetaba el revólver. Desde allí, a cuatro o cinco pasos de distancia, aunque Romero sabía que el viejo estaba muerto, sin embargo, aguardaba. Esperaba la mínima señal, el más imperceptible movimiento. Pero nada. Por otra parte, había algo que le repugnaba. Pensó en ello mientras observaba detalle a detalle el inmóvil cuerpo. Se percató entonces de que lo que en realidad no quería era tocar aquella mano ¿Tomarle el pulso a esto? El señor manos de rana muerto. O el señor muerto manos de rana. O el señor manos de rana muerta. O el señor manos muertas de rana. Las rases recorrían el plano negro de su mente como los créditos de una película siguen a su final. Todas las posibilidades cabían, ajustándose a una lógica que sólo la muerte puede implicar de modo tan perfecto en su objeto. Y ahora, Romero ¿cómo llamamos a eso? ¿eh?, pregunté. Pero Romero nada dijo. Es que no sabría cómo llamarlo. Y ya sabemos cuánto se jactaba Romero de la grotesca posibilidad de nombrar las personas y las cosas. O más bien la posibilidad de nombrarlas grotescamente. Bueno. Como sea. Romero ya no se interesaba en nombrarlas. Se ha dicho. Medina fue el último, que recordara Romero, y sin saberlo. Pero lo supo, al final, cuando lo vio en el suelo e intentó nombrarlo, lo supo. Si de rana se trataba, ya no había una, sino manos, pies, brazos, piernas, cabeza, dentadura y demás partes sueltas, allí amontonadas. Montoncito de cosa humana, que no deja terminar de ver lo humano; como los que vemos en el mostrador de la carnicería sin que veamos la res o la gallina. Así era Medina muerto. Aquellas piezas podían ser de rana y. si así fuese. ya no había ninguna gracia en ello.
Medina murió de culo. De no haber sido por la borrachera que traía, lo habría hecho de pie, como dicen los valientes que hay que hacerlo. Por eso quedó como un montoncito de carne y hueso, tratando de cubrirse el vientre con los brazos, y esa porción de cabello desmarañado cubriéndole la frente y los ojos. Pero, para quien se fijara con más detalle, como se fijó Romero, los ojos del viejo no quedaron ocultos por completo y, mientras lo contemplaba desde el otro lado, se estuvo imaginando no la mirada de Medina, que seguía allí congelada en su inercia, sino su mirar por entre aquellos mechones de cabello. Comisario de Buenaventura, habría dicho el viejo, según Romero, hasta aquí llegaste ¿Lo habría reconocido? No había forma de saberlo. Sin embargo, según Romero, a juzgar por la mirada del viejo después de muerto, sí. Quizás sea mera majadería de policía. Pero, a decir verdad, quien vea los ojos de Medina muerto mirando a Romero aún no muerto, no dejará de dar crédito a sus conjeturas. Luego fue aquél esfuerzo de Medina para levantar el revólver que, de tan pesado, no alcanzó a levantar completo y mucho menos a apuntarlo como debía si lo que pretendía era matar a Romero. Allí quedó esa mirada de odio incompleto, exaltada por el terror y congelada en el tiempo. Debe ser que ya miraba hacia adentro.
Mientras todos estos detalles le sirven de contexto, durante lo que va de mañana Romero se ha repetido varias veces la misma secuencia: policía saca su revólver del cinto, viejo tambaleante cae sentado de culo, viejo eleva la mano donde lleva el viejo treinta y ocho, policía le mete una bala en el pecho al viejo. Es tan simple, y aún Romero no termina de convencerse de ello. Cuando, veinte años atrás, tuvo la misión de matar a Medina, no lo mató. Veinte años después, cuando jamás pensó en hacerlo, Medina termina muerto a manos suyas. En ambos casos ha sobrevivido Romero. Todo esto bien puede ser mera casualidad, lo sabemos. Pero toca a Romero vivirlo como si hubiese venido a Buenaventura a concluir aquella misión estúpida, de la que tanto se habían burlado todos, menos El Moise. Romero siente ser lo que ya no es pero aún vive como para revisar los detalles. Piensa en el presente como su imperecedera antigüedad y el espanto en que consiste saberlo así. Al mismo tiempo, comienza a percibir en cuanto le rodea la curiosidad, el distanciado y sutil afecto del anticuario por la pieza sublime e inútil. Heme aquí, digo a estas paredes sucias que me rodean y miran con hierática curiosidad. Esas paredes, esa reja, ese hueco que conduce al baño, y hasta la oscuridad que lo llena son, por ahora, combinados en forma de celda al fondo del comando policial, el museo que me conserva. Colmenares ha sido el primer visitante del día ¿Quién más vendrá? Veremos. “Museo Martín Romero”. Ya empieza éste de nuevo. Sí. Imagino un cartel. No. Mejor una placa modesta, de ésas gris oscuro con letras blancas. Así: “Museo Martín Romero” ¿Entramos? Entremos. Como se puede ver, una colección de piezas antropológicamente más o menos completa. Cabeza. Brazos. Tórax. Piernas. Se ha logrado establecer, sin lugar a dudas, que el espécimen alcanzó la posición erguida en dos pies, lo que le ha valido el reconocimiento unánime respecto a ésta, la más notable de sus realizaciones intelectuales ¿Y por qué en dos pies? Porque debía andar el camino al mundo mejor, se supone. Pero éste, que va. Sólo describe círculos que a ninguna parte van. De pronto, un día cualquiera, luego de tanto caminar, se despierta en el mismo lugar de dónde una vez creyó partir. Se rasca la cabeza. Así lo ha encontrado el cura. Sorprendido en sus lucubraciones, Martín Romero dijo:
−Padre ¿Ha venido UD. a tomar mí confesión? −Del otro lado el Padre Claudio, para quien Colmenares hizo traer una silla, permaneció sentado y de brazos cruzados. De vez en cuando se espantaba las moscas que revolotean en tomo suyo y posaban sobre su rostro sus patas inquietas y peludas. Miró al policía con paciencia, y respondió:
−De ninguna manera.
−¿Y a qué, si no, entonces? −replicó el policía.
−No lo sé. Por lo demás, UD. no espera realmente que lo haga ¿o sí? Por lo pronto traje esto. Susana me lo entregó hace un rato, cuando estuve en su casa. De allá vengo. Llegué justo cuando la muchacha estaba a punto de marcharse. Entonces le die que yo me hacía cargo de traerlo. Me pareció lo mejor.
−La casa −dijo el policía.
−Ah, sí claro. “La casa”, como UD. prefiere referirse a ello −dijo el cura, y sonrió mientras acercaba al policía el bolso que trajo consigo. Era el mismo bolso con el que Romero había a Buenaventura. Luego de reclinarse y abrirlo, en su interior observó el policía la gorra y el cuaderno, junto a otras pertenencias. Miró el cura. Luego volvió a mirar al interior del bolso, y preguntó:
−¿Y mi pocillo?. −el cura mira con extrañeza hacia el bolso que sostienía el policía abierto entre las manos, y se encogió de hombros. Qué pocillo ni qué pocillo. El cura no lo dice. Pero esto es lo que dice su mirada cada vez que va del bolso a los ojos de Romero y de éste al bolso. El pocillo. Ante la inocente mirada del cura, Martín Romero sacude la cabeza, como para quitarse de encima aquella mirada, al mismo tiempo que sonríe, y continua.
−No me haga caso, Padre. Es sólo un trasto. Susana lo sustituyó por un lindo par de tazas. Si UD. las viera. La mía tenía un mono. La de ella una vaca ¿Sabe por qué la de ella tenía una vaca? Piense. A ver. Porque ella toma café con leche. Ah, con que años de sesuda teología y, ante semejante lógica, también UD., cura de Buenaventura, debe callar. Lo entiendo, Padre, lo entiendo ¿Cómo puede uno estar preparado para una lógica así? Yo también me quedé callado, yo también. El amor me silencia. Sus detalles me amedrentan como duendes en los penumbrosos salones de mi soledad. Anoche yo iba a preguntar por mi pocillo. Sólo eso me preguntaba. Pero callé. Aquella lógica me acobardaba. Mi poderosa mente deductiva tenía poco que concluir. Debe haberlo echado a la basura ¿Qué más? Ya me disponía a buscarlo, anoche, en la madrugada, antes de salir. Debí haberme quedado en la casa buscando mi pocillo. Pero salí. Quizás Mudito o Perro anduvieran todavía por allí. En fin, salí y me topé con Medina. Me habría gustado encontrar ese pocillo y tenerlo ahora, aquí. Creo que me sentiría un poco más completo. Lo sostenía. Tenía los bordes escarapelados que ya me eran familiares cuando lo elevaba hasta mi boca y posaba allí mis labios, y ligeras abolladuras que, reconocidas al tacto, se acomodaban en mi mano. Nunca había yo pensado en ello. Créame. Todo eso apareció claro, y hasta un poco hiriente, diría yo, cuando vi aquellas lindas tasas frente a mí sonriendo su lindura como una burla. El mono ama a la vaca. El mono toma café negro. El mono duerme poco. La vaca ama al mono. La vaca toma café con leche. La vaca duerme mucho. El pocillo de peltre escarapelado yace volteado en el fondo ácido y mugriento de algún bote de basura ¿Obsesión inútil por una flor marchita en medio de un jardín florido? Podría ser. Pero habrá que reconocer, también, que sólo lo inútil nos proporciona alguna pista mas o menos certera acerca de nosotros mismos ¿No le perece? Pero, en fin, el caso es que ese pocillo… UD. sabe, extraña maña la que se dan los objetos personales para formar parte de nosotros, sin ser nosotros. He pensado que esas cosas que, además de tales, percibimos como los objetos personales, afirman su existencia inorgánica como órganos materiales de nuestra inmaterial soledad. Creo que se entiende ¿o no? Bueno, yo lo entiendo. −concluyó el policía y calló de súbito. El cura tardó mucho más de lo que hubiera imaginado en responder:
−Bueno. La verdad, no sé qué decir. Lamento lo del pocillo, Comisario. Yo sólo vine a traerle eso, y a ver cómo le iban las cosas por acá.
−Pero no se marche UD., por favor. No se desanime. Créame, no he querido ser descortés. Lo del pocillo no es culpa suya, por supuesto. Ni de nadie más. Ni siquiera de Susana. En cierto modo, creo que lo que quiero es confesarme. Eso, me parece. −dijo el policía
−¿Que UD. qué? −preguntó el curacura
−Sabía que pondría esa cara. Pero no me mire UD. así. Hablo en serio, Padre. −dijo el policía.
−Pues yo aseguraría que me toma UD. el pelo. −respondió el cura
−Claro que nada oficial. Quiero decir, nada que cuente a la hora del juicio final, digamos. Sólo pido que me escuche. Estará de acuerdo conmigo en ése es el único sentido que puede tener una confesión. Incluida la liturgica. A ver. Vivimos como si, en realidad, fuese posible hacerlo distinguiendo entre el bien y el mal. Eso es lo que nos ha enseñado cualquiera que pueda considerarse nuestro maestro. Nuestra moral es, o debería ser, un mecanismo perfecto. Esto virtud. Aquello pecado. Como de esto. De aquello no, porque me indigesta y se paga caro. Pero, como todo mecanismo perfecto, hay lagunas y penumbras que quedan fuera del área de perfección. Por ejemplo ¿Quién, frente al hecho de que el mal fuese su única opción, pondría fin a su existencia? Y acaso ¿no sería una inconsecuencia no hacerlo? Por otra parte, de hacerlo, además, estaría igualmente condenado ¿cierto? En primer lugar, se vive como se puede. Luego, si es posible y en segundo lugar, distinguiendo entre bien y mal. Esto podría hacer de cualquier existencia un único, prolongado y aburrido objeto de confesión. −apuntó el policía.
−Entonces tenga cuidado, Comisario. Mire que, si de juicio se trata, todo lo que diga puede ser usado en su contra. −agregó el cura.
−Sentido del humor ¿eh? Eso es bueno. Sabía que me entendería UD. Por cierto, mire ¿Me haría el favor de darle esto a Mudito? −continuó el policía, al tiempo que àsaba la gorra sacada del maletín al cura.
−¿Mudito? ¿Y quién es Mudito? −interrogó el cura.
−Mudito. Bueno, el mudito, quiero decir. La verdad no lo sé, Padre. A veces lo he visto junto con los demás que se reúnen en la iglesia con UD. No sabría cómo describirlo. Es negrito, patón y un poco bobalicón, como todos, creo. Últimamente, se me había pegado como un chicle. Así decía Susana, al menos. Salíamos los tres. Él, yo y Perro, en ese orden. De la casa al comando. Del comando a la casa. Un gran equipo. −sonrió el policía.
−Sí, el perro gris ése ¿no?. −indicó el cura.
−Perro. −aclaró el policía.
−El perro. Sé cual es. Debe ser viejo. Hace años que lo veo por el malecón. Llegó allí. No sé de dónde. Hay seres que parecen fantasmas, aparecidos de repente, quiero decir, sin genealogía posible. Eso siento cuando veo un perro callejero. Bueno, no sólo con los perros, por cierto −dijo el cura.
−Perro. −insistió el policía.
−¿Perro? −preguntó el cura.
−Se llama Perro, el perro −dijo el policía.
−Se llama Perro, el perro. Muy apropiado el nombre. Entiendo. Pero me decía UD. que iban los tres...−intentó retomar cura.
−Mudito, yo y Perro. O, también podría decirse, Perro, yo y Mudito. Dependiendo por donde empiece uno a contar el asunto. Pero, al final, el resultado es el mismo. Para el que va en el medio, digo, al menos, es igual. Siempre en ese orden. De un lado las patas de Mudito arrancando polvo del suelo. Del otro el jadeo de Perro lengua afuera. Ras ras, ras ras. Jaffgg jaffgg, jaffgg jaffgg. Mas o menos ¿no? Bueno, ya puede UD. imaginarlo. Había veces en que Mudito se adelantaba demasiado. Otras, quizás, éramos Perro y yo los que nos quedábamos atrás. UD. tiene razón. Ese perro está viejo. Y también yo, por cierto. También yo. −dijo el policía.
−Eso que dice me recuerda al Moise. −observó el cura.
−¿Qué cosa? −preguntó el policía.
−Lo de ir de aquí para allá, sin que importe por dónde se empiece a contar −respondió el cura
−Sí. Todo un modelo, el Moise ¿no? Hace un rato estuve pensando en él. Pero, en fin, le será fácil dar con el mudito. La verdad no sé si es mudo. UD. sólo póngase la gorra y verá cómo él mismo se denuncia. No podrá quitarse su mirada de encima, y cuando se la entregue verá al ser más feliz sobre la faz de la tierra. Esa gorra es para él algo así como el mundo mejor para el Moise y el resto de la especie. −el cura se estiró hasta alcanzar la mano estirada del policía y tomó la gorra. Retornó de nuevo a su posición y volvió a cruzarse de brazos. En ese momento, entró Colmenares.
−Ah, mire UD. De lo de Rita, han traído café, Padre. Aún está caliente ¿Un poco? −preguntó el policía.
−Sí. Un poco. −respondió cura.
−Es uno de los privilegios de ser el jefe aquí. Porque, aunque del otro lado de la reja, sigo siendo el jefe. Curioso ¿No? −dijo el policía.
Tras salir Colmenares, hubo un silencio que se prolongó por un largo rato. Martón Romero se levantó y se puso a servir el café. Tú como que quieres que el cura no se vaya, al menos todavía ¿Y eso qué es? ¿Debilidad? ¿O qué? Confesarte. Mira que se te ocurre cada vaina, Romero. Ganas de hablar paja, Romero. Sí, claro. Lo que pasa es que hay conversaciones así, que parecen confesiones. Con el cura siempre son así. No es la primera vez ¿Por qué será? Éste debe ser un verdadero cura, aunque ya no sirva como tal. Si Rengifo lo viera, cómo se burlaría de éste Romero. El azúcar ¿Dónde puso Colmenares el azúcar? Colmenares entró con el azúcar, y volvió a salir. Se te ocurre cada vaina, Romero. Y en medio de la ocurrencia, entonces, me abirro. Confesarás su aburrimiento, entonces. Un buen pecado, el aburrimiento. Largo. Constante. Esencial. Una vida entera, o casi ¿Y cómo se confiesa eso?.
−Está bueno. −dijo el cura.
−El café de Rita; lo mejor de Buenaventura. Siempre lo he dicho. Inevitable pensar en mi pocillo. El pocillo me lleva a aquellas tazas. Las tazas a Susana. Antes no era así. Todo quedaba allí, en mi pocillo. Por cierto, ¿Ha visto a Susana? ¿Qué dice ella? Cuando me vine, aún dormía. Ni se enteró, hasta que Colmenares y los muchachos fueron a recoger a Medina, creo. Colmenares no supo decirme nada. Que Susana estaba allí, sentada. Le dijo lo del bolso, pero no trajo nada. −dino el policía.
−Lo sé. Colmenares me dijo que iba a buscar el maletín, y yo le dije que lo recogería; de paso veía a la muchacha. La he dejado en la casa antes de venir para acá. Como le digo, estaba a punto de marcharse cuando llegué. En realidad, creo que espera que UD. vuelva allí. No habló mucho. En realidad, casi no habló. Está como asustada por lo de Medina. −dijo el cura.
−¿Asustada? −preguntó eñ policía.
−Eso me pareció. ¿Sabe, Comisario? Ña otra noche, cuando se marchó de lo de Medina, la vi. Entusiasmada, decidida. UD. sabe. Recién bañada. Vestida. Lista, como quien dice. De pronto gritó y dijo que Medina se había movido. Salió corriendo y no la vi más. Cuando la vi esta mañana, no quedaba ni resto de aquél entusiasmo. Estaba sentada en la hamaca, sin decir nada durante un largo rato. Le pregunté por lo que había pasado. Pero nada. Permanecía callada. Tras largo rato, sólo preguntó que si UD. volvería. No supe ni qué responder. −dijo el cura.
−!Vaya!. Asustada. Y ella misma me pidió que lo matara. −dijo el policía.
−¿Que lo matara? −preguntó el cura.
−Sí. A Medina. −aclaró el policía.
−¿Susana? −insistió el cura.
−Ella misma. −respondió policía.
−¿Y UD. qué le dijo cuando le pidió algo así? −preguntó el cura.
−Que no lo haría. Que era tonto que me pidiera algo así. Según ella, para mí sería algo fácil, porque soy policía. Eso pensaba Susana cuando me lo pidió −respondió policía.
−Bueno. Debo decir que en el fondo la comprendo. −dijo el cura.
−¿Y al final qué? Igual voy y mato al viejo. −replicó el policía.
−No es igual. UD. lo sabe. Comisario. −cura.
−Yo no lo sé. No lo hice por la petición de Susana. Es verdad. Pero, por otra parte, si Susana no se hubiera ido a la casa, no hubiera pasado esto. Eso lo sabemos. Cuando acepté que Susana se quedara, de alguna manera estaba provocando, por otra vía, un desenlace similar. No lo pensé así entonces, pero debí haberlo hecho. −dijo el policía.
−Pero no creo que la muchacha lo haya hecho con esa intención ¿o si? ¡Pobre muchacha! Sólo quería librarse del viejo. Pedirle a UD. que lo matara acaso sea una muy irresponsable forma de haberlo expresado. Y ahora ¿qué? Le diré. Ya la veo metida de cabeza en el "Claro de Luna". Lo digo porque ya una vez creí salvarla de algo así. ¿Sabía que se vino a Buenaventura con esa otra del “Claro de Luna”.
−¿Clarita? −preguntó el policía.
−Sí. Era una niña. Decía que era su tía. Pero, la verdad, no le creí. Ahora, quisiera hacer algo por ella, pero no me atrevería a darle mi consejo. La última vez que lo hice la mandé directo a lo de Medina. Luego apareció UD. No sería peor que permanecer en lo del viejo, me dije. −observó el cura.
Por un instante, Martín Romero imaginó su regreso junto a Susana. Ese hogar, esos hijos, ese sexo, y cuántas presencias extrañas en que pudiera degenerar el fantasma de aquella, la casa, de súbito convertida en la cosa invadida por una existencia ajena, curiosa y espesa, y por la que, como un héroe, debería el policía morir. Se acuerdó entonces de Amanda. Susana era también, como aquella, un dios que desde su reino de la eterna espera le suplica comprometerse con la ley sagrada de un universo que ya este Romero aborrece. Mejor dejarlo así. Que los muertos entierren a sus muertos.
−Aunque pudiera, Padre, yo no volvería. Acaso la salvaría del oficio de puta. Pero la hundiría en el vicio aún más deleznable de amarme, el de “ser mía”, como ésa casa, ese pocillo, o cualquier otra cosa. ¿Se imagina UD.? Jamás he podido ser dueño de nada. UD. sabe, en cuestión de pertenencias sigo siendo un auténtico comunista o, quién sabe, un capitalista fracasado. En fin, cómo explicar a Susana que no me halaga una espera así, como la que UD. indica, ni ese tono de súplica que suena, sigiloso y nada confiable, tras su silencio. Ese tono. Lo conozco bien. Llega hasta aquí. Clama como sólo las causas justas son capaces de clamar. Aunque no sean tan justas, claman. Yo puedo morir. Claro que sí. Sólo que puedo morir sin necesidad de morir por cosa alguna. Quizás haya que ser policía para entenderlo. En todo caso, ni los dioses ni las mujeres entienden algo así.
−¿Y qué hará ahora, Comisario? −preguntó el cura
−No lo sé. −respondió el policía, y calló por un rato antes de continuar− Bien. Hablo como si ahora no supiera, y la verdad es que no lo he sabido nunca. He dejado que los demás lo sepan por mí. Siempre lo hice así. Hallarme en medio de esta celda no es muy distinto a hacerlo en medio del universo; un poco más incómodo, claro, pero sólo eso ¿Quisiera salir? Por supuesto que sí. Pero sólo eso. Como escuché a Medina decir una vez, la muerte es ese silencio que uno lleva por dentro y lo va callando de a poquito. Yo enmudezco desde hace tiempo. Ha arribado a un lugar desde el que aún se dejan oír a lo lejos las voces de mi charlatanería. Hubo días en que, como hoy, se me ocurrió anotar cosas en este cuaderno. Pero siempre fracaso en el intento. Este mugroso cuaderno es como yo. ¡Báh! Esta es otra comparación que me he repetido tantas veces. Olvídelo. −mientras esto decía, sus dedos, que, rozaban las páginas del cuaderno que sostenía entre las manos, pensaba en esas notas que le sonreían allende la boca desdentada de su escritura. Entonces devolvió el cuaderno al maletín, y volvió a mirar al cura para decir:
−Éste no volverá a salir de allí. Bueno, me lo digo. No es la primera vez que me lo digo, y por eso sé que no puedo confiar en lo que me digo. ¿Sabe las veces que he salvado al mugroso éste de la basura? Nunca dije nada cuando lo lanzaron al basurero. Ni siquiera un tímido reclamo a propósito. Nada. Cuando pasa, hasta me muestro conforme; liberado, incluso. Adiós al mugroso. Sin embargo, cuando nadie se da cuenta, me agacho, me arrastro raudo y preciso como cucaracha, voy hasta el bote de la basura y lo saco. Una vez más, he salvado al mugroso.
−¡Vaya! Al parecer, Comisario, ha tomado UD. el más engorroso camino para no hacer nada. A mí me pasa. Pero simplemente no hago nada, y ya. Pero Ud. acomete el asunto con un heroísmo casi que conmovedor. En fin, como sea, Buenaventura es el paraíso del perezoso. −dijo el cura
−Es cierto. Lástima tener que irme ahora. Si pudiera, resucitaba a Medina, se lo juro ¿Sabe? De pronto, se me ocurre que nunca debí separarme de Mudito y Perro. No más lo hice, y mire. Perdí el camino correcto. La regué. −dijo el policía.
−Bueno, pero, y digo yo. Si lo que UD. pretende es escribir… ¿un libro? o cualquier cosa ¿Por qué no hacerlo? Y listo. Que la cuestión resulta peor de lo que imaginó: se acabó, y ya. Siempre será mejor que andar en ese rodeo interminable ¿No le parece? Tendrá la oportunidad de no hacer nada, y de deshacerse, en verdad, del mugroso, como UD. lo llama. −observó el cura.
−He pensado en ello, se lo aseguro. Sin embargo, sucede que no tengo ni la paciencia ni el talento. Aunque eso es lo de menos. La cuestión está en que, por otra parte, padezco una sensación de morbosidad más o menos incontrolable por el rodeo interminable, como UD. bien lo llama. Precisamente, es eso lo que me lleva al rodeo interminable. Creo que, en el fondo, lo que necesito es salvar al mugroso una y otra vez. Aunque me ahogue en la charlatanería, nunca he tenido, en realidad, mucho qué decir, ni una imperiosa necesidad de hacerlo. Creo que un libro entero, de ser posible para mí hacerlo, nunca me colmaría tanto como ese instante en que salvo al mugroso. Tiempo atrás yo llamaba a esto duda. Usted sabe, la duda que nos lleva a crear, y ese tipo de pendejadas propias de quien ve en la creación un acto sublime. Pero que va, se trata de mera morbosidad. La misma que me despierta el curioso hecho de estar vivo cada vez que despierto cada mañana. Y, aquí entre nos, Padre, hasta ahora, pareciera que lo de Medina ha acentuado más aún el asunto ¿Más café? −preguntó el policía
−Sí, por favor. −asintió el cura
−¿Un cigarrillo? −preguntó el policía. Luego de servir el café y encender el cigarrillo al cura, agregó:
–¿Quién lo creería, no? Me preguntaba cuando venía para acá esta mañana. Hace veinte años, como un dios perdoné la vida a Medina. Y hoy ese mismo dios, lo mata sin pensarlo dos veces. Y no fue casualidad, ni un acto irreflexivo del que, en la serenidad de mi ánimo, me arrepienta. Sé que si el viejo se volviera a parar lo volvería a matar, las veces que fuese necesario. No tengo límites cuando de monotonía se trata. −dijo el policía.
−¿Cómo es eso de que hace veinte años UD….? −preguntó lleno de curiosidad el cura.
−Sí. Hace veinte años, más o menos. No se lo había dicho, pero cuando lo del secuestro de Medina, andaba yo con El Indio y El Moise. Yo era uno de los malditos comunistas de los que hablaba Medina. −dijo el policía.
−Entonces fie cierto lo del secuestro. −observó el cura.
−Bueno, en cierto modo. Que estábamos allí, yo y los otros, es cierto. Que nos llevamos al viejo, también. Hasta allí. Ahora, que luchábamos por el mundo mejor y que por ello íbamos a fusilar a Medina, eso es otra cosa. Jamás, nadie pensó, en realidad, matar a Medina. Es verdad que El Moise y El Indio lo decían. Pero estaban borrachos, y decirlo era como tratar de acallar esos horribles silencios que nos gritamos desde el fondo mismo de nuestra inutilidad. Lo cierto es que mos llevamos a Medina y después no supimos qué hacer con él. Matarlo hubiera sido todo un acto de consagración en la metafísica de las causas justas, si en realidad hubiésemos tenido alguna. Todo fue planificado por Rengifo. Siempre tan eficiente, el Rengifo. Estuvimos en el lugar indicado, a la hora indicada. El único que llegó tarde fue Rengifo, pero no nos importó. Una curva del camino, allá arriba. El viejo. Lo detuvimos. Nos lo llevamos, atado de manos. Un ambiente tenso. Se podía oler la adrenalina, como dicen. Eso era lo que queríamos. Llegamos a donde teníamos que llegar. Metimos en el rancho a Medina. Por fin, llegó Rengifo. Y allí estábamos, sin que supiéramos qué decirnos, sentados, casi aburridos. Y, entonces, ahora ¿qué hacemos? Pobre del viejo Medina −al que, por cierto, recuerdo tan viejo como ahora. Son de esos seres que parecen nacer ya viejos, con la edad que van a tener al morir de una vez. Era como un trofeo a nuestra inutilidad. En algún momento, ya en la madrugada, El Indio dijo: hay que matar a Medina. Todos volteamos a verlo. El Moise fue quien lo secundó. Entonces comenzó la algarabía. Que si sí. Que si no. Al menos salimos de aquel aplastante silencio que pesaba sobre los hombros de cada quien. −dijo el policía.
−¿Y Medina? −preguntó el cura.
−El viejo seguía en el rancho. Dejé a los demás discutiendo y me fui hasta allá. Cuando entré, el viejo estaba sentado en el suelo, con las piernas encogidas y abrazadas. No se movió. Me acerqué. Encendí un cigarrillo. Y entonces volteó el rostro hacia mí. ¿Y es esto lo que tengo que matar? Me pregunté. El viejo vociferó algunas amenazas vagas. UD. sabe, lo que los expertos llamamos pataleo de ahogado. Le dije que se levantara; nos íbamos. Fue entonces que me tomó del brazo para erguirse. La sensación de esa mano de rana allí, en mi antebrazo, es lo único que conservo vivo en el recuerdo. Lo demás, es como andar por un cementerio, por entre las nubes calinosas de la memoria. Dimos vueltas por allí, por casi una hora, y lo dejé ir. −respondió el policía.
−Ese día, casi al amanecer, Medina llegó a mi casa. Yo no sabía qué pensar. Al principio pensé que estaba borracho, o algo así. Luego me di cuenta que estaba aterrado. Pero, en realidad, pensé que todo lo que me decía lo había inventado. Que si El Moise y El Indio. No podía tomarlo en serio. −comentó el cura.
−Al final, lo maté ¿Se da cuenta? Sólo que tardé un poco más de lo previsto. −observó el policía.
−¿El Destino, acaso? −sugirió el cura.
−No he dicho eso. Simplemente no lo sé. Aquél día no lo maté porque no creí hallar alguna razón para ello. Esta mañana ni siquiera me pregunté si tenía alguna razón para ello −respondió eñ policía.
−Pero fue en defensa propia ¿Qué otra razón tendría que tener? −dijo el cura.
−Ciertamente. Defensa propia. Pero el punto está en que yo sigo vivo y que, para algo así, siempre, al final, he debido matar al viejo. Y he debido volver a Buenaventura para ello. No se vaya a reír UD., Padre, pero siento como si esta mañana, al hacerlo, hubiese saldado una vieja deuda que jamás sospeché tener con mi existencia. −dijo el policía.
−UD. puede sentir muchas cosas. Eso es comprensible. Pero, lo objetivo, mi querido Comisario, y lo que cuenta en estos casos, es que de no haber sido él hubiese sido UD. Así son estas cosas. −dijo el cura.
−Lo que cuenta ¿para qué? Para el sujeto del tribunal que, dado que se trata de un caso de defensa propia, me deje libre para seguir como si nada. Eso está bien. Esa es una cara de la moneda; acaso la más superficial y menos discutible. Soy un sujeto éticamente sano. Sólo mato cuando no hay más remedio. Pero, como le digo, éticamente sano… que sigue vivo sólo gracias al hecho de haber matado al mismísimo viejo. Éste es, para mí, el caso. Y, por cierto, de mi única jurisdicción. El problema aquí no es de absolución, sino de entendimiento. Esos son los jodidos, cuando no se es gato o perro. Observó el policía.
−¿Y qué es lo que hay que entender, en tal caso? −preguntó el cura.
−Que matar, amén las implicaciones éticas que cada quien pueda deducir de ello, es un infame descubrimiento. Siempre actuamos en defensa propia. Por encima de cualquier cosa, defendemos ésa, nuestra miserable existencia ¿No se da cuenta, Padre? La existencia de cada quien es como el mugroso cuaderno ése. Una y otra vez nos arrastramos al basurero de la circunstancia para ponerla a salvo, aunque después no sepamos qué hacer con ella. Y volveremos a salvarla cuantas veces sea necesario, aunque nuca sepamos qué hacer con ella. Hasta el día en que conseguimos la causa justa. Cualquiera puede servir de tal; esto no importa. Entonces, no es que nuestra existencia valga algo más, sino que, en realidad, sólo aquello por lo que no creemos capaces de dar la vida nos permite deshacernos de ella. Ah ¿lo ve? La liberación. La liberación. Por eso Dios, Amor, Revolución… ¡qué sé yo!: tienen siempre ese curioso efecto liberador, a pesar de lo devastadores que de hecho puedan ser para nuestra individualidad, pese a la agotadora enajenación en nos puedan sumir. Los valores supremos son, en cierto modo, como la muerte misma. Sólo que con tan sólo morir no sometemos a nadie. La muerte de cada quien consuma la existencia de cada quien. La causa justa la deshace, la somete y empuja a actuar bajo pena de muerte. Entonces actuamos, igual, en defensa propia; en este caso, nos salvamos de nosotros mismos, de la estupidez y mediocridad intrínseca que tanto nos acongoja ¿Más café? −preguntó el policía.
–No. Está bien, por ahora –cura.
−Yo sí ¿Sabe? Cuando me vine a Buenaventura, lo hice con el único propósito de cumplir ciertas instrucciones. Esto es algo que siempre me ha sido fácil. Uno actúa como un autómata ¿qué dificultad puede haber en ello? Sin embargo, no más llegué aquí tuve una impresión extraña respecto a mí mismo. Estaba parado en la playa, cerca de la casa, en lo que después llamé la ensenada ¿Sabía que lo de ensenada viene de seno? El mar, en esos sitios, forma como un seno. Me gustó saber eso. Es el tipo de cosas de las que me gusta enterarme. Ligeros y curiosos detalles. En fin. Hay por allí unos curiosos árboles cuyas ramas entran y salen de la arena, y así recorren un alargado espacio con sus troncos pelados y retorcidos. Es un increíble espectáculo de fuerza, tenacidad y desierto. Ligeros y curiosos detalles a granel. Ya le digo, me gusta eso. A veces hasta recogen un insospechado concepto de la mismísima vida. Como le digo, estando allí parado, frente a aquellos árboles y el mar del otro lado, sentí que yo, si acaso fuese yo, no era más que el arduo trabajo de cargar con el cadáver que aún no soy, una suerte de memoria de esa máquina en dos patas que aún no se ha detenido por completo. Desde entonces me imagino que lo llevo de una lado a otro. En la mañana lo saco al sol. En la noche lo tumbo a soñar, y hasta velo su sueño. Cuando tiene hambre lo siento a comer. Y si de amar se trata, lo desnudo y dejo que se deshaga, hasta recogerlo y, de nuevo, a cargar con él. Mi cadáver preferido. Puedo llamarlo así.
−Y ahora ¿dónde está? −preguntó el cura.
−Aquí. No iba a dejar que Medina lo matara. −replicó el policía.
−Menuda faena, la suya, Comisario. Yo nunca lo hubiera imaginado así. −dijo el cura.
−Quizás porque UD. tiene, o ha tenido, otras cosas que atender, cuando de existir se trata. Como Dios, por ejemplo. UD. debe haber cargado con lo suyo, y me puedo imaginar cuánto; hasta poner a Dios del otro lado, donde ya no es posible alcanzarlo, según ha dicho UD. mismo. En mi caso es un poco diferente. Mi universo es provinciano, comparado con el de aquellos que salen a buscar a Dios. Yo no. Sólo he dado pequeños recorridos furtivos alrededor de mí mismo. Ha escuchado aquello de que el hombre es esclavo de sí mismo. Bueno, sé algo sobre el asunto. −dijo el policía.
–Y sólo por curiosidad, dígame algo ¿quién habla ahora? ¿UD., Comisario, o su cadáver preferido? −preguntó el cura.
−No es tan sencillo. No es cuestión de doble personalidad ni nada parecido, sino lo propio, creo, de quien para vivir ha de hacerlo muriendo. Así que, en principio, hablo yo, el mismísimo Comisario de Buenaventura, si lo quiere llamar asi. Sin embargo, siendo que el tal comisario no es otra cosa que la memoria del cadáver que aún no es ¿cuál cree será la fuente de todo cuanto dice? Así como lo asoleo, lo duermo, le doy de comer, le salvo la vida y demás, también, cuando el muy majadero quiere hablar, es a mí a quien toca hablar por él. Sólo digo lo que él ha de decir. La cuestión, como le digo, no es tan sencilla. A veces, hasta nos contradecimos. A éste cadáver soy yo quien le da vida, una que sólo puede decir de sí lo que ya no es −apuntó el policía.
−¿Y quién se la quita? −preguntó el cura.
−Yo mismo, en la medida que se la doy. −replicó el policía.
−Y si yo le preguntara ahora ¿UD. quién es? −preguntó el cura.
−¿Yo? El policía. Si me preguntara ¿UD. qué es? Le diría el cadáver que aún no soy, su memoria, existencia compilada. Si me preguntara ¿Quién mató a Medina? Le diría que yo, sólo que por demanda de aquél, para salvarlo a él. Él es, en suma, el autor intelectual. Yo un mero sicario. −respondió el policía.
−Bueno, Comisario, si es así, le recomiendo no mencionar el asunto en un tribunal ¿eh? Lo pueden tomar muy a mal. −acotó el cura.
−Lo sé. Lo sé muy bien. Ellos me absolverán porque fue en defensa propia. No tengo que decir nada. Ellos lo pensarán, dirán y concluirán todo por mí. Basta con que yo calle y que mi silencio tenga cara de yo no fui. Ahora ¿si va con ese café? −preguntó el policía.
−Sí, por favor. Y un cigarrillo también −dijo el cura. Y acto seguido preguntó− Puedo preguntar, Comisario ¿por qué me dice a mí todo esto?.
−¿Por qué? Porque UD. ha sido una suerte de fuente de inspiración. Colocar a Dios del otro lado, es decir, buscarlo, como seguramente UD. se ha empeñado, y encontrarlo del otro lado, tras algo así como un vidrio a través del cual podemos verlo completo, sin acceder a él, sin ni siquiera escucharlo y ser escuchados, y sin embargo viviéndolo allí, del otro lado, la sublime oportunidad de lo inaccesible. Eso me parece genial, Padre. Normalmente el problema de Dios ha sido colocado en la maniquea perspectiva de su mera, pueril posibilidad de ser o no ser. En uno u otro caso, no hay desafío. Si lo trascendente está a la mano como posibilidad afirmativa o negativa, se torna pueril. Si Dios es, para qué buscarlo, si está allí. Y, por otro lado, si no es, para qué buscarlo, si no está allí. Los comunistas me enseñaron que no, y yo dejé el asunto así. Ellos decían que afirmar o negar la existencia de Dios era un punto de vista mal empleado. Y es cierto. Simplemente no despertó ningún interés en mí. Pero pienso que planteado de otra manera, como UD. lo hace, por ejemplo, el asunto de Dios se torna realmente interesante. Según su punto de vista a nadie le es dado renunciar a la búsqueda de Dios y confirmar que, con ello, ha tomado el camino de lo imposible. Del reino de la fe y la esperanza al mundano mundo de la voluntad y la espera. A eso llamo yo arrancar al hombre del paraíso, y en la feroz arrancada llevarse a Dios consigo. Genial, Padre. Pensar que tuve que venir a Buenaventura para enterarme del asunto. Cuando le dije que me quería confesar, lo dije en serio. −dijo el policía.
−Yo… ¿qué puedo decir? Yo sé que le dije cosas. Lo dije por decir. No pensé que prestara verdadera atención a lo que decía ¿Sabía UD. de alguna manera que yo vendría hoy? −preguntó el cura.
−No. En realidad no lo sabía. Pero sí sabía que, si UD. venía, iba yo a confesarme. Es como si me hubiera preparado toda la vida para ello. − respondió el policía.
−Quizás tenga UD. razón, después de todo. Si el que come azúcar carga su terrón, pues poco ha de extrañar que el que viva que cargue con su muerto ¿no? −cura.
−¡Ese es el espíritu! Sí, señor. −celebró el policía.
–Cuando dijo que quería confesarse, en realidad, no lo tomé en serio, Comisario. Pero, pensé, que lo que quería era hablar de Medina; es decir, de su muerte y demás. Yo ya estaba más o menos preparado para ayudarlo con lo que suponía podría ser el sentimiento de culpa por haberlo matado. UD. sabe cómo es ¿no? Y, por cierto ¿cree UD. que Medina sabía que UD. era el mismo fulano que una vez…? −preguntó el cura.
−La verdad, no lo creo. Mejor dicho, no tengo forma de saber si lo que sentí al verme mirado por sus ojos muertos, es cierto. Según esto, sí. Pero no tengo argumentos para asegurar que es así. Sin embargo, hubo veces en que lo imaginé en plena faena de venganza. Un revólver, un cuchillo, sus propias manos, quizás, salidas de la noche como un sueño arrancándome del sueño de estar aún no muerto. Pero, le diré, Padre, que hasta las mentiras que nos construimos para durar nos duran poco. Ahora, luego de haber matado a Medina, lo siento así. Quizás, si, como me digo, al matar al viejo salvé a mi cadáver preferido, al salvarlo, el cadáver se me deshizo. Todo esto me hace sentir necio, hasta el punto de que no me basta con sentirme así, y me dedico a saber que soy así. No lo sé a través del pensamiento, sino de un aburrimiento tan grande que me va faltar cerebro para terminar de pensarlo completo. Cuando es necesario fingirlo todo, hasta ser necio cuesta trabajo. Sigo aquí, en el mismo sitio que mi ausencia de mí ocupa desde no sé cuándo. Me he quedado sin espacio y sin tiempo. Sólo caigo en el abismo donde no termino de caer, porque hasta para eso hay que tener fuerza y dedicación. Así que, en verdad, sólo imagino que caigo, porque imaginar cuesta menos y los sueños son más verdaderos que la realidad en la que ya no creo. Creí que mi abdicación era real, o más bien creí en la realidad de una significación así. Pero nada de eso hay. −dijo el policía.
–Comisario, abdicar, como UD. lo llama, supone tanta voluntad humana como creer que se es hombre por el accionar. Aunque en UD. haya tanta vida como en una lata de sardinas, si no ha muerto completo, sigue siendo un hombre, aunque sólo se trate de un "no muerto todavía". Llámelo como quiera; después de todo, vivir no es más que muerte transcurrida. Pero aunque hubiesen transcurrido milenios en ese morir, no ha muerto aún. No confunda muerte con mortalidad. −dijo el cura.
−Sólo soy memoria del cadáver que aún no soy, decía yo hasta hace un momento. −replicó el policía.
−Supongo que en algo así consiste ser mortal. Medina es el muerto. −acotó el cura.
−Le diré algo: aún me parece estarlo viendo sentado en el suelo. No es cuestión de remordimiento. No fue un acto de justicia, venganza; ni siquiera de conservación. Ni su cadáver, ni la conmoción de su deceso; nada de cuanto es motivo de escándalo, condolencia o resignación me pertenece. Mía es la magnitud de la hazaña, el esfuerzo consumado en mí como homicida, toda la culpa y la causa de su muerte, la voluntad de crear ausencia a falta de algo mejor. La verdad, me parece haber culminado la obra que Dios dejó a medio terminar. El creó al hombre, a su imagen y semejanza, y yo me he encargado de descrearlo, a la imagen y semejanza de mi fracaso. He dado sentido a lo que en sus manos era absurdo acto fallido. Quizás haya sido a eso a lo que vine a Buenaventura. Quien sabe si el auténtico drama de la teología no sea, en realidad, Dios, sino el mero hombre, solo, en dos patas, sin nada que ver en sus congéneres. Hay días en que aquél sólo parece ser la propuesta intelectual para lidiar con la imperecedera voluntad de éste. Puede que no estemos condenados a nada que no sea nuestra propia voluntad. De ser así, cada quien ha de hacerse cargo de sus cargos. −dijo el policía.
−Ese tema, Comisario. Ya no soy quien para tratarlo. −dijo el cura.
−¿Lo aburre? −preguntó el policía.
−Un poco −respondió el cura.
−Se acaba el juego −dijo el policía.
−¿Cómo dice? −preguntó el cura.
−Mi confesión… llega a su final. −observó el policía.
−Eso es algo que nunca terminará. UD. y yo lo sabemos. −dijo el cura.
−Pero se acaba el juego… se acaba. −insistió el policía.




