Allí va, pudo decir quien lo vio. Una cabeza chica agigantada por la cabellera gris, mustia y abundante. Unos hombros de niño que nunca terminaron de crecer. Unas manos huesudas y largas que asoman temblorosas por las mangas del saco. Unos ojos hundidos y vivaces bajo las cejas peludas. El ánimo descabezado del que permaneció postrado en la cama durante tres días. El caminar del burócrata. El burócrata. Allí va ¿Y ése, comisario de mierda, era el gran enemigo a vencer, el cancerbero que no os dejaba pasar al otro lado de la historia, donde os esperaba, como reza la utopía, el mundo mejor? Ése mismo ¿Seguro? Lo habrás confundido con otra cosa, Romero. Porque, a decir verdad, éste mas bien parece lagartija con peluca recién mudada de piel. Míralo bien y dime: ¿qué peligro puede representar una cosa así? Rana ¿Rana? Precisamente, el señor manos de rana. Lo que toca, lo marca. No sé cómo lo hace. Pero una suerte de inútil, babosa desgracia te marca con que sólo te toque esa mano. Padeces entonces grande desgracia, Romero. No, grande no. Sólo que siento su mano fría y húmeda, aquí, en mi antebrazo, como si todavía me estuviera sujetando. Aquí, en el antebrazo izquierdo. Es una sensación pegajosa. El miedo, supongo. Debe ser. Que mezclado con copiosa estolidez, el miedo es lo más pegajoso que pueda haber. Como sea, llevo ese miedo allí, en el antebrazo, sin que sea mío, desde hace no sé cuántos años. Lo llamo la marca de Medina. Algo así. Cuando veo al viejo, se me alborota la sensación. Es como un viejo escozor de viejo. Ya no va ¿El escozor? No, el viejo, digo. Ya no va. Pasó. Paso pausado. Corto y lento. Sin embargo, a paso tal ha dejado la calle desierta. Sólo el viento calmoso sigue arrimando la arenilla y las hojas tostadas hacia el borde de los brocales.
Allí va, pudo decir quien lo vio ¿Empezamos de nuevo? Sí. Preciso es revisarlo todo desde el principio ¿Y eso por qué, Romero? No hay otra cosa qué hacer. Pero, además, una vez vine a Buenaventura a matarlo, cuando ni siquiera lo conocía. Entonces lo dejé ir. Ahora, que creo seguirlo conociendo, parece que he venido a esperar,como todos, que se tan sólo se muera; a presenciar, desde las gradas de esta mediocre existencia, el espectáculo de Medina muriendo. Bien. Después de todo, esa es también una forma de dejarlo ir. De nuevo. Allí va, pudo decir quien lo vio. Yo lo vi anoche. Tomé su pulso, tras un aire frío que, al pasar, supuse podría ser la muerte. Pero nada. Si la muerte era, pasó de largo, como si sintiera asco. Vaya uno a saber si acaso no sea un asco así la fuente de la virtud de aquellos que mucho duran. Y tú. comisario de mierda, ¿cuánto duras ya? ¿cuánto asco más te propones inspirar a la muerte? Luego fue la dentadura riendo a mis espaldas. Lo más profundo que alguien haya logrado penetrar la intimidad de alguien. Lo juro. Que me desgarre aquella dentadura, si es que estoy mintiendo. En fin. Así yo, por mi parte, lo vi anoche, desde dentro de él mismo, y así lo sigo viendo ahora. Hay quien lo observó de reojo, desde la duda del ánimo asombrado por el inusitado evento de verlo venir. Hay, también, quienes desde las sombras calenturientas de sus casas cerradas y a través de las ventanas entreabiertas. Susana fue la primera. Ella jura haberlo visto moverse mientras yacía de largo a largo en la cama y todos esperaban a que muriera. Todos lo hemos visto venir. Verlo venir no. No exactamente. Verlo venirse. Me gusta más así. Porque cada quien, en su peculiar ver a Medina salido del coma, lo que creyó ver fue un fantasma, y los fantasmas se nos vienen encima o no son fantasmas ¿Y no que estaba muerto? Nos preguntamos. Fue lo primero que cada uno preguntó. Pues ahí me tienen, parado en mis dos pies, dijo a todos Medina en la mañana al pasar por la calle rumbo a su oficina. Allí va, pudo decir quien lo vio ¿Quién lo hubiese imaginado, eh? Pasó. Paso pausado. Corto y lento. Manos de rana. Ancas de viejo. Si por donde pasó Aníbal no volvió a crecer la hierba, por donde lo hizo Medina jamás la hierba pensó en hacerlo.
Va blanco. O desteñido, mas bien. Metido en el saco gris, ancho para este viejo chupado que mas bien parece el gancho donde lo cuelga cada noche al entrar y descuelga en la mañana al salir. Arriba el sol brillante y el azul intenso se dejan caer sobre los marrones y los verdes esparcidos por los cerros. El aire venido del mar empuja sobre tierra firme. Al pasar nos deja un penetrante olor a alga y la sutil podredumbre quieta y sosegada del muelle ¿No que estaba prácticamente muerto, el viejo? Eso dijo el médico, que estuvo toda la tarde entrando y saliendo. ¡Bah!, los médicos. Qué saben los médicos. Hasta mandaron llamar al cura, en la tardecita. Así que muy bueno no estaba el viejo. Pero allí va. Quién sabe si es el último aleteo. Hay enfermos que, antes de morir, amanecieron. Pero, igual, el trabajo ya está hecho. Son como muertos mañosos. Ellos para fuera y la muerte para dentro. Pero éste se pasó de rebelde. Hasta la calle a venido a dar. Pero igual volverá. Con esa cara y ese color, a nadie convence. Pero Medina es Medina. Sí, es verdad. A empujones de viento y bisbiseo, por fin, el viejo, lo ha logrado: penetrar en su despacho ¿Y ahora? Pobre Valbuena. El susto que se va a llevar cuando lo vea, allí, parado en medio de la oficina. Y el gordo que ya había acomodado el ancho trasero en la estrecha silla ¿Cómo lo habrá logrado? Quien sabe. El espíritu se va ajustando. Pero la grasa. Pasa, pasa. Siempre pasa la grasa. Ya dicen por allí que, durante los últimos tres días, no ha dormido esperando a que Medina, por fin, pegase el salto. Gordo espantado frente al espanto. Ojillos mirando. Correr ni puede. Pobre Valbuena. Alborotóse el alma cuando sentíase en calma y apareció el viejo ¿Y eso? Imagino a Valbuena. Ah, sí, es verdad, el pobre gordo. A esta hora ya debe estar sudando su incomodidad frente a la imagen repelente en medio de la oficina. Y nosotros ¿qué haremos? Veremos. Tengo hambre. Imagino que a lo de Rita.
Hay que matar a Medina ¿Quién dijo eso? Todos lo han dicho. Hay quienes hasta en silencio lo han hecho; son los más, los que se han limitado a callar su deseo. Quizás haya sido yo el único que no ha sido, nunca, realmente, afectado por la ocurrencia, ni siquiera cuando, una vez, lo tuve a punta de pistola en medio de la noche húmeda, hoy surcada por la calina de recuerdos difusos que no alcanzo asir del todo. Le dije que saliéramos. Fue entonces que, para levantarse, me tomó del antebrazo. Estuvimos largo rato dando vueltas por el monte, en plena oscuridad. Que, la verdad, tan oscuro no estaba. Pero había una neblina bastante tupida y una llovizna muy fina, como si las masas de aire sudaran su humedad. A ratos, nos chispeaba. Eso lo recuerdo claramente, como si lo viera en este instante, como si la llovizna me pinchara el cuerpo. También recuerdo que mi mano derecha, en la que llevaba el revólver, en algún momento que no recuerdo, se entumeció. Rozaba el gatillo con el dedo índice y, de pronto, se agarrotó ¿Será ése, digo yo, el punto en que había yo decidido plenamente no matarlo? Cuando fui a buscarlo al rancho no iba con la intención de hacerlo, es verdad, pero tenía la expectativa acerca de lo que haría o dejaría de hacer. En otras palabras, no tenía la intención de matarlo, pero estaba dispuesto hacerlo si era preciso. Por lo pronto, pese a Rengifo y los demás, el mundo mejor no era, a mi parecer, causa suficiente para algo así. Yo necesitaba algo más, sin saber qué. Hasta allí llegaba la evaluación moral de aquella posible muerte. Y, desde entonces, no he avanzado mucho más. Lo veo pasar, y aún no hallo la causa fundamental que, hecha convicción, me conduzca a matarlo, aunque igual que años atrás sigo convencido de que debe haberla, sólo eso. Ni el mundo mejor de Rengifo, en aquél entonces, ni el de Susana, ahora, son causa suficiente para mí. Eres. un hombre de paz, entonces, Romero. Lo soy, al menos, de pereza. Pero y tú, mi querido cadáver, pareciera que nada tienes que ver en el asunto. Y ¿acaso no es así? Soy libre, después de todo ¿o no? Eso es algo que, mucho me temo, tú, Romero, aún no estás en condiciones de comprender. Tendrás tu oportunidad. De eso puedes estar seguro, Romero. Es cierto. Este cadáver que cargo de un sitio a otro, a su vez, me carga jodido a mí. Hay momentos en que hasta se burla de mí. Ahora, mismo, por ejemplo, mientras miraba a Medina como un fantasma pasar por la calle camino a su oficina, se burla de mí, de lo que pienso y de lo que recuerdo. Es decir, éste se burla de todo aquello de lo que sólo él se desentiende, precisamente por ser el cadáver que en potencia soy. Pero no voy a caer en la trampa de pensar más de la cuenta en ello. Puede que sea justamente lo que el pretende. Este cadáver es un vivo. Y como tal sabe cómo joder.
Café. En lo de Rita. No es mala idea ¿Qué hora es? Las ocho y media o nueve de la mañana. Más o menos. No lo sé. Hasta hace poco era bueno en eso de calcular el tiempo transcurrido del día, desde aquí mismo, parado en esta misma esquina de la plaza, mirando a través de las anchas hojas de esa misma palmera. Pero ya hago lo que todos. Me conformo con una aguada aproximación de media hora. Y si me equivoco, me da igual. A plena luz del día puedo avanzar a través de la noche que dejo atrás y de la que nunca, lo sé, terminaré de salir. Bueno, bueno. Hora. La que sea, será buena para un café, en lo de Rita.
−Buenos días, Comisario −dijo Rita.
−Buenos días −respondió Martín Romero.
¿El policía o el cadáver que en potencia eres, Romero? Es igual. La vieja no distinguirá entre lo uno y lo otro. De hecho, entre lo uno y lo otro ¿cuál sería la diferencia?. Y si en en verdad la hay ¿acaso tú mismo la captarías? ¿acaso ser uno mismo no consiste, precisamente, en que tú y el cadáver que en potencia eres son lo mismo? ¿Quién es el que hace estas preguntas? ¿El tú? ¿El yo? Voces. Voces más, voces menos. Ciertamente, a veces parecen venir de ultratumba, y otras desde dentro ¿y cual es la diferencia? La verdad, ninguna. Será que hay adentros que son su ultratumba. Ella, la vieja, como casi todos, piensan que, con la muerte, termina la vida, esta vida, y pasamos a otra que, algunos, llaman la otra vida. Ella no entiende que se puede morir antes de morir, y hasta vivir después de muerto, como éste. Bueno, Romero, no empujes ¿quieres? Tengo mis derechos, como quien dice ¿no te parece? Se burla, el muy maldito se burla. Desde el mismo día en que lo encontré vagando allá en la playa. Debí haberlo dejado allí. Pero no, el Comisario Romero, siempre tan presto a regarla. Ahora anda de un lado a otro con su cadáver parlanchín. Si quiere me vuelvo, Romero. No digo yo. Cállate ya. La vieja quiere hablar. Escuchemos, pues, lo que la vieja tiene que decir.
−¿Ya supo, Comisario? −preguntó la vieja.
−¿Supe qué? −replicó el policía.
−Lo de Medina −dijo la vieja.
−Ah, eso. Sí, Estaba yo parado en la plaza, y lo he visto pasar, hace un rato ¿Quién lo creería, eh? Pero allí va Medina, en sus dos pies. Para haber muerto, como dicen por allí, se le ve bien ¿Estuvo por aquí? −preguntó el policía.
−Aún no. es temprano todavía. Se lo dije ¿recuerda? Le dije que Medina aún no se moría, y ya ve. Yo sabía que ese reposo no era el fin. Yo lo sabía. Ahora anda por allí. La cuestión ha desatado un revuelo, porque todos decían que se moría. Pero yo ya lo sabía. Este no se muere hoy, me dije cuando lo ví ayer tarde. Aún no ha venido por aquí. Pero lo gará. De un momento a otro, llegará −respondió la vieja.
−O sea que UD. está segura de que vendrá. −observó el policía
−Como que me llamo Rita −dijo la vieja.
−¿Y por qué tan segura? −preguntó el policía.
−Conozco a Medina. Pedirá comida, aunque no tenga hambre. Se quejará durante un rato, de la comida y lo demás. −dijo la vieja.
−¿Y qué es lo demás? −preguntó el policía.
–La vida. Medina siempre se ha quejado de todo. UD. sabe cómo es. Y, en este caso, me temo que UD., Comisario, tenga mucho que ver con la vida. −dijo la vieja.
−O sea que, aún, no ha preguntado por Susana. −dijo el policía.
−Pero lo hará, Comisario, lo hará. −dijo la vieja.
−Está en mi casa ahora. −dijo el policía.
−Lo sé, Comisario, lo sé. −dijo la vieja.
−Y ¿cómo lo sabe? −preguntó el policía.
−Ya sabe cómo es en Buenaventura. Las cosas vuelan. Además, como ya le dije anoche: Hablé con ella ayer tarde. Dijo que se iba. Yo ya sabía a dónde. La encontré en el cuarto cuando metía la ropa en el maletín. Esa muchacha. Siempre caminando para atrás. Entonces me dije, aquí se va a armar la bronca. −dijo la vieja.
−¿Y ella? −preguntó el policía
−Ella ¿qué? −replicó la vieja.
−¿Ella qué decía? −insistió el policía.
−Nada. Caminaba para atrás. Se miraba al espejo. Sonreía. −la vieja calló por un momento, a ver si el policía decía algo, y luego agrego− UD. debe tener cuidado, Comisario. Una desgracia más se avecina.
La vieja como que quiere hablar del asunto. Mira esa cara. ¿Y Qué? ¿Vas a dejarla con las ganas? ¿Y tú qué? Vamos, Romero, tu cadáver favorito. Dejemos ya las formalidades ¿te parece? Se burla. El muy maldito se burla. Lo ha hecho toda la vida. Te escucho, Romero, te escucho. No soy como Dios, que está en todas partes, pero sí en todas partes en dónde tú estás, que es más que suficiente ¿no te parece?. Además, al menos, a diferencia de Dios, yo sí escucho. No te puedes quejar. Siempre te escucho. Así que no te quejes. Te pareces a Medina. Y, la vieja ¿qué hacemos con ella? Más café.
Pero no soy el único que se queja. Durante toda la noche estuve escuchando las quejas de Susana respecto a Medina. Tengo una idea grotescamente ilustrativa de pasajes de la intimidad del viejo. Mierda. Me parece haber vivido junto a él. Susana había escuchado los chasquidos que salían de la boca del viejo mientras tomaba su almuerzo y visto cómo la contemplaba con su mirada fija al tiempo que movía de una lado a otro las mandíbulas. A veces, como si su contemplación se quedara trabada en algún momento del pasado, el viejo pestañeaba y tragaba cuanto masticaba. Una vez que le servía el café y recogía los platos, desde la cocina comenzaba a percibir el olor del tabaco negro que inundaba toda la casa. Durante largo rato Medina fumaba sentado en un sillón especial de la sala; especial porque sólo su reseco trasero se aplastaba allí. Luego, ya en el cuarto, mientras se aproximaba la hora de acostarse, había visto la silueta del viejo en la penumbra pasar a la luz del baño para cumplir con su sesión de gárgaras antes de meterse en la cama. Pero antes se arrancaba la dentadura, y la dejaba sumergida en el agua del vaso qu siempre estaba en el lavabo. Lo había sentido meterse en la cama, su piel fría y escamosa como un pescado. Para mí, sigue siendo de rana, pero Susana habla de pescado. En fin ¿para qué discutir este tipo de cosas? Y cuando, al fin, creía haberse librado de la pesadilla por haber cumplido con ella, y poder dormir profundamente, se despertaba al sentir que el viejo salía de la cama. Entonces lo había escuchado arrastrar su pies por toda la casa durante la madrugada, casi hasta el amanecer. Lo más terrible quizás era sentir sus pasos de regreso detrás de la puerta, las noches en que el viejo decidía regresar, el crujir de la puerta al abrir, el olor renovado a anciano y tabaco, el cuerpo enfermo introducirse otra vez bajo la misma cobija. Si Medina me marcó con sólo tomarme del antebrazo, no quiero ni pensar lo que habrá hecho con la pobre de Susana. Quizás por eso ella habla de pescado, lo que le permite la ilusión de sacudirse las escamas. Por eso no discutí el asunto. Aunque, para mí, sigue siendo asunto de rana.
Durante las últimas semanas en su despacho, la ausencia de Medina había sido cada vez más notoria. Se le veía a retazos, casi siempre por la mañana, no más de una o dos horas, y el viejo volvía casa. Ahí, su cuerpo doblegado permanecía durante largas horas postrado en el sillón, mientras su mirada, que no podía permanecer fija en el periódico que leía, circundaba los alrededores, se metía en la cocina y las habitaciones, o en cualquier sitio a donde se dirigiera Susana. Al caer la tarde, tomaba su cena a solas en el comedor, luego de ver a Susana que, sin mirarlo y sin decir palabra, sin ni siquiera mostrar la más mínima expresión en su rostro, servía con pasmosa calma los platos. Luego de cenar, tomaba un café del termo que la muchacha dejaba sobre la mesa y fumaba un cigarrillo. Ya no intentaba hablarle, prometerle recompensas o castigos de ningún tipo. Sólo la veía moverse de un lado al otro, como una máquina, y marcharse a la cama. Al anochecer, Medina se aseguraba de que puertas y ventanas estuviesen bien cerradas y, a lo largo de un insomnio que solía prolongarse hasta la madrugada, revisaba varias veces, una a una, cada tranca. Pero anoche la puerta estaba abierta. Una tenue luz salía de la habitación del viejo. Por allí mismo debe haber salido Medina esta mañana, para toparse de frente con la ausencia de Susana, que, ahora, bien lo sabría el viejo, seguramente, no volvería ¡Cuánto te habrá maldecido Medina! Vaya historieta, Romero ¿Algo más que quieras consignar al respecto? Es todo lo que recuerdo, dicho en mis palabras, según me contó Susana hasta bien entrada la madrugada mientras los dos estábamos apretujados en la hamaca y nos bamboleábamos levemente. Agreguemos. La noche se había ido tornando más fresca. Por lo que, poco a poco, ya no sentíamos el tierno contacto pegajoso de nuestros sudores resbaladizos. Sólo el tierno pegoste, el contorno de su cabeza recostada en mi hombro, el calor de su cuerpo a lo largo de mi cuerpo, su aliento en la oscuridad, el roce del dedo gordo de su pie en mi pie. Su voz era de radio. Quiero decir, cuando ella hablaba, yo sentía lo que siento cuando escucho un radio encendido: algo que dice cosas desde el fondo de una caja cerrada. Susana, entonces, hablaba desde el fondo de su corazón ¿Algo más? A ver. Sí. El rechinido del mecate que soportaba muestro peso. Todavía lo tengo aquí, en los oídos. Bien. Rechinido de mecate. Croac, croac. Más o menos ¿Qué más? Falta algo. No es sólo cuestión de palabras y onomatopéyicos que se dicen rápido y transcurren fugaces en el tiempo del relato. Debe ser el tiempo verdadero, o más bien el vivido hasta bien entrada la madrugada, mientras ambos, apretujados en la hamaca, nos bamboleábamos levemente. Sí, eso debe ser. El modo en que ese tiempo ficticio transcurre verdadero, hasta formar la idea que de él tengo ahora: las gruesas gotas de sus minutos y segundos cayendo en pasmosa lentitud desde el cielo de la pasión adormecida arriba en el pozo cenagoso de mi ánimo abajo. Bien. Plop, plop. Vete a la mierda. Así no. Plop… plop… plop… Así está mejor ¿Algo más? Hablo ahora, o callo para siempre ¿Es eso? No, Romero, es más jodido que eso. Callas ahora, o hablas para siempre.
−Comisario Romero −sorprendió el Licenciado Valbuena al policía que, desde hacía un largo rato ya, permanecía sentado a una mesa de la pensión Rita. Martín Romero vio en lo alto la cabeza redonda del secretario, que se había parado a un lado.
−Valbuena. UD. por aquí, a esta hora. Yo lo hacía en el despacho. Con el jefe de vuelta, debe estar UD. muy atareado, imagino. ¡Cuánto trabajo ha de tener el secretario!, me dije… −dijo el policía.
−Por favor, Comisario. Allá lo dejé. En su oficina, digo ¿Sabe qué fue lo primero que pidió Medina? −preguntó el secretario.
−No ¿Qué? −preguntó el policía.
−La agenda −dijo el secretario.
−¿La agenda? ¿Qué agenda? −insistió con curiosidad el policía.
−Bueno, pues la agenda en la que se anotan todos los asuntos de interés para el despacho y de los que tiene que encargarse el despacho. La agenda. −dijo el secretario.
−¿Y algo así existe en ese despacho? No imaginé que allí fuesen tan ordenados. −comentó el policía.
−Bueno, sí. Se supone que hay que llevar una agenda. UD. sabe. Hubo un tiempo en que lo hacíamos, hace mucho. Pero ahora. Ni recuerdo cuándo fue la última vez que abrí esa agenda. Debe estar por allí. Nunca boto nada ¿Pero cómo pretende éste que le traiga la agenda de hoy, como dijo? Está loco. Qué hoy ni qué nada. Acaba de pararse de la cama y pide la agenda de hoy ¿Sabe lo que pienso? Que el tiempo que pasó allí, en cama, medio muerto, le nubló el cerebro, o algo parecido. Es como si hubiera perdido la noción del tiempo, de la actualidad, quiero decir. −dijo el secretario.
−¿De la actualidad? ¿Cómo es eso, Valbuena? −preguntó el policía.
−La noción de la actualidad. Quiero decir, que es como si Medina hubiera borrado de su mente los días más recientes, y hasta los años, creo yo. Habla de la agenda, como si fuesen los tiempos en que aún llevábamos una ¿Comprende? Incluso habló de Montenegro, como si fuesen los tiempos en que todavía esperaba que viniera a Buenaventura. −dijo el secretario.
−¿Y cómo hizo con la agenda? ¿Qué le dijo UD.? −preguntó el policía.
−Qué iba a decirle. Me sorprendió con ello. Yo estaba cambiando unos anaqueles ¿recuerda?, el de libros viejos. Ese. Y, de pronto, el olor a tabaco negro. Volteo, y veo pasar al viejo. No podía creerlo ¿Qué es esto? Me dije. Pasó de largo, lentamente. Buenos días, dijo, cuando estaba ya a punto de abrir la puerta de su oficina. Y yo que había recogido todo allá dentro. Él cerró la puerta y yo me quedé atento a ver qué oía. Nada. Sólo ése olor a tabaco negro que, desde hacía días, ya no se sentía por allí. Cuando entré a su oficina, estaba haciendo dibujos raros sobre el polvo de las ventanas. Se quejó del polvo de las ventanas, cuando hace no sé cuántos años que no se limpian. Luego preguntó por la agenda de hoy. No supe qué decirle. −respondió el secretario.
−¿Y de Montenegro? −preguntó el policía.
−¿Qué con Montenegro? −preguntó el secretario.
−¿Qué le dijo respecto a Montenegro? −insistió el policía.
−Ah, eso. Otra cosa más ¿Qué iba a decirle, Comisario? En principio no dije nada. Pero ni modo que estuviera callado todo el tiempo. Terminé por soltarlo. Le dije, sin más, que estaba muerto. −respondió el secretario.
−Y Medina ¿qué dijo de eso? −preguntó el policía.
−No mucho. El piensa que UD. es un estafador. −dijo el secretario.
−¿UD. qué piensa? −insistió el policía.
−Yo no sé qué pensar, Comisario. Ya hemos hablado de eso. Por ahora, lo que importa es que Medina, dijo que tenía que arreglar cuentas más importantes que las que pudiera tener conmigo. No me gustó para nada su tono, se lo advierto. Él piensa que todos somos estafadores de alguna manera. Pero es UD. el que más le preocupa, por lo que veo. Imagino que su rabia también tiene que ver con lo de esa muchacha. Ya todos por allí dicen que se fue a su casa. Creo que UD. debería tener cuidado, Comisario. Medina no se va a conformar con amanecer un día y que la Susana lo haya burlado con un policía. Amanece sin mujer...
−Y sin despacho −interrumpió el policía.
−Bueno, sí. Pero yo lo que hice fue arreglarlo todo… en fin, UD. tiene razón. Yo pensé que ya no se paraba de la cama, y me imagino que UD. también lo ha pensado, como todos ¿No es cierto? Pero, como sea, le digo, según lo que acabo de hablar con él, que, por ahora, en quien se fija es en UD. Yo que se lo digo ¿Sabe? Me pidió le buscara una botella de güisqui. Esa no es su costumbre. La ira y la rabia se lo están comiendo vivo. Debe tener cuidado, Comisario. Yo que se lo digo. −dijo el secretario.
−¿Y UD.? −preguntó el policía.
–A mí también me odia, pero eso es algo ya viejo. Conmigo no creo que pase de desatar su desprecio. Estoy acostumbrado a ello. Siempre ha sido así, después de todo. Por ahora me voy a mi casa. Le dije a Medina que tenía algunos asuntos que arreglar. Vaya, vaya que yo me hago cargo, dijo. Está loco, Comisario. Ese viejo está loco −dijo el secretario, mientras se secaba el sudor que le corría copiosamente por la frente y la cara.
−¿Y su mujer? −preguntó el policía.
−¿Qué mujer? −replicó el gordo.
−Sí. Me refiero a su esposa, Valbuena. −aclaró el policía.
−Ah. Mi esposa. Ayer le dije que Montenegro había muerto. Hoy que Medina sigue vivo. En fin, qué mierda. −dijo el gordo como si hablara para sí mismo. Ambos callaron por un rato hasta que el policía volvió a hablar.
−¿Qué hora es, Valbuena? −preguntó el policía.
−Las once, casi −respondió el secretario.
−Las once. Eso quiere decir que ya llevo casi dos horas aquí. Debería levantarme e ir hasta el Comando ¿no le parece, Licenciado? −preguntó el policía.
−Y yo qué puedo decir. Si UD. quiere salimos, y lo acompaño. Yo voy a mi casa. −respondió el secretario.
−No. Vaya UD. Yo me quedo aún otro rato. No tengo apuro. Debe ser los aires de Buenaventura. Sí, eso debe ser. Ahora lo entiendo mejor. La magia del ya voy... cuando no se tiene un destino mejor. Y nunca, destino alguno, será mejor. Ya voy. Dígame cómo le suena, Licenciado ¿eh? Ya voy. Dígame. −dijo el policía.
−¿Qué le diga qué cosa? −preguntó el secretario.
−“Ya voy” ¿cómo le suena? −insistió el policía.
−No entiendo ¿Cómo me suena qué cosa? −preguntó de nuevo el secretario con inquietud.
−Ya voy… ya voy,,, −repetía el policía.
−Oiga, Comisario. No sé qué pretende, pero no me gusta ese tipo de cosas ¿Se hace UD. el loco? ¿Me toma el pelo? ¿Qué pasa? −preguntaba el secretario.
−Ya voy… ya voy,,, −repetía el policía.
−Yo mejor me voy. −dijo el secretario y se paró de la silla. De pie, se detuvo un momento a mirar al policía.
−ya voy… ya voy... −repetía el policía en el mismo tono.
El Licenciado Valbuena salió de la “Pensión Rita”, y Martín Romero, luego de seguirlo con la mirada, se quedó mirando la calle de nuevo vacía. Espantaste al gordo, Romero. Ni yo lo hubiera hecho mejor. Aprendes rápido, Romero. Aprendes rápido. Ya voy… ya voy. Y el gordo que se va. Y ahora qué ¿Nos vamos al Comando o qué? Ya voy… ya voy. Extraña calle esa ¿Qué tiene de extraña? Quizás su vacío. Como el de todas las calles cuando no pasa gente. Sólo que nunca me había fijado en ello. La gente pasa y, vista así, la calle, es como si se la hubiese tragado ¿Y éste? La calle lo devuelve, será. El cura pasó.
Martín Romero salió de la “Pensión Rita” y siguió al Padre Claudio, camino al comando policial. El cura se quedó parado en la puerta de la oficina de Martín Romero, mientras Colmenares, que desde el fondo del pasillo lo había visto entrar, se aproximaba.
−Buenos días, Padre. −dijo Colmenares.
−Buenos días. −respondió el cura.
−Pase y siéntese, Padre. −luego de que el cura hiciera lo indicado, prosiguió Colmenares− a ver, dígame ¿qué lo trae por acá?.
−Yo venía a hablar con el Comisario Romero ¿Está aquí? −dijo el cura.
−La verdad, Padre, no lo he visto durante toda la mañana. Dijo que vendría temprano, pero no lo he visto. Pensé en ir a su casa, pero… en fin −se calló súbitamente Colmenares.
−Pero… seguramente el Comisario no está sólo ¿Es eso? −dijo el cura.
−Bueno… UD. sabe… −dijo Colmenares.
−Claro que lo sé. Todos lo saben, Colmenares. −interrumpió el cura. Luego de una pausa, agregó− Precisamente, ése es el problema, creo.
−¿Cuál es el problema? −preguntó Martín Romero al entrar a la oficina.
−Hola, Jefe −dijo Colmenares.
−Comisario Romero. Le decía a Colmenares... −dijo el cura.
−Lo escuché, Padre. Lo escuché. Yo venía detrás de UD. Lo vi pasar mientras estaba en lo de Rita. Sólo que sus pasos son realmente largos ¿no? −interrumpió Martín Romero.
−¿Y no se topó UD. con Medina, entonces? −preguntó el cura.
−La verdad, no. Sí lo he visto esta mañana, temprano, camino a la oficina. Allí lo vi entrar. Pero no en lo de Rita. −respondió el Comisario.
−Medina dijo que tenía hambre y que iría para allá. −dijo el cura.
−¿Hambre? Debe estar bastante bien, si hasta ganas de comer tiene. Los enfermos no gustan de comer, que yo sepa −comentó el Comisario.
−A mí no me parece que ande muy bien que se diga. Me parece que más bien anda haciendo un exagerado esfuerzo para parecer menos enfermo. Es propio de Medina. Yo pasé de largo por lo de Rita porque me imaginé que estaría allí, y que UD. podría estar aquí, en el comando. −dijo el cura.
−¿Un cigarrillo? −preguntó Martín Romero.
−Sí. −respondió el cura. Ambos callaron por un rato, y Colmenares se retiró. Una vez a solas, Martín Romero reinició la conversación:
−Bien, Padre ¿Y qué es lo sucede? ¿Cuál es el problema? Imagino que tiene que ver con Medina y el hecho de que Susana esté ahora en la casa. Desde ayer todo el mundo debe estar hablando del asunto. Es lo malo de los pueblos. Todos piensan y sienten al unísono, con los ojos puestos en el mismo objetivo. En momentos así añoro el anonimato de las ciudades. Es lo único que extraño de la ciudad ¿Nunca le ha pasado, Padre? −preguntó Martín Romero.
−Claro que sí. −consintió el cura.
−Bueno ¿y cuál es, entonces, el problema? −volvió a preguntar martín Romero.
–La verdad, Comisario, no sé si es un verdadero problema. No sé hasta qué punto pueda yo estar afectado por el correveidile. UD. sabe, hay una suerte de terrorismo psicológico en el modo como vuela el chisme. Pero, lo pensé y me pareció mejor prevenirlo. UD. verá. Ambos sabemos que Susana está en su casa ¿cierto? Y que Medina puede tomarlo muy a mal ¿cierto? Ese es el problema. Hace un rato estaba conversando con él. Él mismo fue a buscarme a mi casa, lo que ya es muy extraño, no es su costumbre. Por lo demás, Medina y yo jamás nos hemos llevado bien. Sólo hablamos cuando es rigurosamente necesario. Sin embargo, esta mañana se aparece en mi casa, sin más. Me quedé tan sorprendido como todos. Yo juraba que no pasaba de anoche. Pero allí estaba. −dijo el cura.
−¿Y entonces? −preguntó el policía.
−No es sólo que estuviera allí, sino el modo en que se puso a hablar, conmigo, acerca de cosas de las que nunca había hablado; probablemente con nadie, imagino. Estaba locuaz, el viejo. Nunca lo había visto así.
−Dijo que me mataría por lo de Susana, imagino −comentó el policía.
−La verdad, Comisario, que no habló de eso. No de manera directa, al menos. Habló de muchas cosas… que había tenido un sueño… el pecado, la muerte… y qué sé yo. Yo no sabía ni qué decirle. No estaba preparado para eso. Aparte de que tenía mucho sueño. Estuve hasta la media noche en su habitación, luego que el médico me mandó llamar. Pero ése es el punto. Si me hubiera dicho que pensaba matarlo a UD. quizás me habría preocupado menos el asunto. No sé. La cuestión, en ese caso, me habría parecido una mera bravuconada, muy propia de Medina, por cierto. −dijo el cura.
−¿Y entonces, qué es lo que en realidad tanto le preocupa, Padre? −preguntó el policía.
−Que, conociendo a Medina, precisamente lo que me extraña es que no lo halla mencionado para nada. Mire, Comisario, puede que esto no sea más que una falsa alarma, que me equivoque y que mi intuición no se corresponda con las reales intenciones de Medina. Si es así, mucho mejor. Pero ¿y si no? En Buenaventura uno se acostumbra a intuir. Se huelen cosas, se perciben sin que uno sepa exactamente por qué ¿Recuerda lo del Moise? Percibí su desgracia desde el primer momento, se lo aseguro.
−En eso tiene UD. razón, Padre, en lo del Moise, al menos. Me lo dijo desde el primer día. Y, la verdad, que a veces pienso que si hubiera yo tomado más en cuenta sus intuiciones, como UD. las llama… quién sabe. Quizás el pobre diablo aún estaría vivo. Me siento un poco culpable por ello. −dijo Martín Romero.
−Bueno, Comisario, no lo dije con esa intención. Además, nada indica que lo que pasó se hubiese podido evitar. A mí me parece que un día u otro iba a suceder. Lo supe desde el primer día en que volvió El Moise. ¿Recuerda que se lo dije? −advirtió el cura.
−Lo sé, lo sé. No se preocupe UD. Sólo le comento porque, a decir verdad, no terminé de tomar el asunto en serio. Es la verdad. En fin. −dijo el policía.
−En fin, pues, en este caso, Comisario, siento que la cuestión que es parecida. No sé qué se pueda hacer UD. para evitarlo. Lo que sí le digo, sin duda alguna, observé que el viejo llevaba un revólver, UD. sabe, disimulado, aquí, en el cinto. Eso también ha llamado mi atención. Yo nunca lo había visto armado, que me halla dado cuenta, al menos. UD. dirá. −reafirmó el cura. Martín Romero calló por un rato. Estaba a punto de evadir el tema, tal y como lo había hecho en otras ocasiones, frente a Rita y al licenciado Valbuena. Sin embargo, optó por referir algunos detalles.
−¿Qué le puedo decir, Padre? No sé. En principio es algo muy simple. Si Medina intenta dispararme, por lo del revólver, digo, imagino que intentaré hacerlo yo primero. Ahora ¿cómo evitar eso? No lo sé. En algún momento nos encontremos. Hoy. Mañana. Qué sé yo.
−¿Y no ha pensado en irse? −preguntó el cura.
−¿En irme? ¿yo? ¿De aquí, de Buenaventura? −preguntó a su vez el policía.
−Ajá −dijo el cura.
−No ¿Por qué? ¿Debo hacerlo? −preguntó el policía.
−Claro que no. No he dicho eso. Es sólo que yo pensaba que UD. estaba mas o menos de pasada por acá. Sólo lo dije por eso. −respondió el cura.
−Al principio, sí. Es cierto. Vine de pasada. Jamás pensé que estaría aquí por mucho tiempo. Pero las cosas han cambiado. De pronto, ya no tengo a dónde más ir. El sujeto para el que trabajaba pasó a mejor vida. Montenegro. Estaba muy enfermo. Los últimos cuarenta años los pasó en una silla de ruedas. No sé qué cosa le roía los huesos y las coyunturas. De pronto, se acabó. Puedo imaginarlo ¿Ha visto el polvillo que sueltan las puertas y los muebles de madera picados de polilla? Uno los cree enteros y un buen día los toma con la fuerza que esperamos oponga el peso, y resulta que están huecos. En el suelo, el fino polvillo. Mas o menos así lo imagino, al viejo.
−Yo no sabía. Entonces se queda. Y yo que pensaba que más bien UD. se largaba de aquí no más tuviera la oportunidad de hacerlo. –dijo el cura.
−¿Y eso por qué? −preguntó el policía.
−No lo sé. La verdad, no lo sé. Siempre he imaginado que el que está en Buenaventura es porque no tiene más remedio. −dijo el cura.
−Y, en cierto modo ¿no es lo que todos hacemos, donde estemos? Piense en su mismo caso, Padre, desde que se vino aquí, a Buenaventura. −preguntó el policía.
−Creo que sí. Después de todo, yo mismo soy el ejemplo ¿no? Sí, creo que sí. −reconoció el cura. Luego preguntó− Y ¿por cuánto tiempo?
−No lo sé. −dijo el policía.
−Bueno, pero ¿y con Medina qué? −preguntó el cura.
−Como le dije, no lo sé. Creo que por no saberlo realmente no he pensado mucho en el asunto ¿Sabe? Ya me han hecho desde hace días advertencias parecidas. Me refiero a Rita y a Valbuena. Ellos también piensan, como UD., que debo tener cuidado con Medina. Tengo la sensación de que cualquiera con el que me tope hoy en Buenaventura me diría algo parecido. Lo capto en sus miradas o en el cuchicheo a mis espaldas. No me agrada eso. Uno se siente como en un enjambre de abejas, o de moscas. Qué sé yo. Seguramente no me creerá, Padre. UD. ni nadie. Pero yo no quería que Susana se fuese a la casa. −dijo el policía.
−Su casa, quiere decir ¿no? −interrumpió el cura.
−No, no. La casa, dije, y eso quiero decir. No la siento mía, y no quiero nunca llegar a sentirla tal. No he tocado nada. Todo está tal cual lo encontré al llear, hasta donde ha sido posible dejarlo así. Hasta el polvo lo he respetado. Ya sabe, creemos que las cosas nos pertenecen y, de pronto, nos damos cuenta que, en realidad, pertenecemos a ellas. Así una casa, cualquier objeto, las personas. No me siento capaz de poseer nada. La sola posibilidad me agobia. Mire −indicó el policía
−¿Qué? −preguntó el cura.
−Allá fuera. El animal −dijo el policía y señalo al perro echado en la puerta.
−¿No es el perro que en estos días vagabundeaba por el malecón? −preguntó el cura.
−Ajá. Perro. −dijo el policía.
−Sí, el perro. −dijo el cura.
−Se llama Perro −aclaró el policía.
−¿El perro? −preguntó el cura.
−El perro se llama Perro. −dijo el policía.
−Lindo nombre. O muy apropiado, al menos. −dijo el cura al tiempo que sonreía.
−Apropiado, sí. Le puse ese nombre porque es el único que no me inspira la perversa suposición de que el perro me pertenece ¿Qué nos brindamos mutua compañía? Algo. UD. lo ve. Pero no nos pertenecemos. Perro y yo somos bárbaros. Sólo la civilización nos ha convertido en meros, vulgares poseedores. −dijo el policía.
−Todo eso suena a comunismo, Comisario −advirtió el cura.
−Es peor que eso, Padre. El comunismo no cambia esencialmente el asunto. Ese, creo, ha sido su gran error. Ha creído resolver el problema del hombre reivindicándolo como poseedor colectivo, lo que si bien puede considerarse cuestión de elemental justicia, para nada cuestiona la naturaleza misma de la degradada civilización. −replicó el policía.
−Y, entonces ¿cuál sería la solución del problema del hombre? −preguntó el cura.
−Ese es el punto. No la tiene, como tal. Y no lo digo yo ¿eh? Lo dice la misma forma en que la civilización nos ha enseñado a concebir el tiempo y la historia. Hace días, hablando de este tipo de cosas, UD. dijo que el problema no es la existencia de Dios, sino el que no haya posibilidad de comunicación entre su mundo y el nuestro. Creo que eso fue, mas o menos ¿no? Bien. Ahora, piénselo por un momento y dígame si no ve la conexión ¿eh? ¿no se da UD. cuenta que algo muy parecido pasa entre la historia humana y el mundo mejor? La civilización ha extraviado la solución del problema del hombre de las posibilidades históricas de su humanidad como tal ¿Por qué? Me pregunto ¿Por qué ese riguroso paralelismo entre los postulados teológicos de la religión y los postulados teleológicos de la civilización? Siempre me he reservado mis sospechas sobre este asunto. Bien por la vía religiosa, bien por la histórica, siempre encuentro a un hombre como conejo tras la zanahoria. Yo no sé UD., Padre, pero a mí aquí algo me huele mal. Entonces, me digo, ¿y si la solución del problema del hombre no existe, no está planteada como posibilidad? Cuando pienso en el asunto siempre me alcanza un tufillo a crimen y estafa. Yo digo que la podredumbre viene del futuro. El futuro es el crimen ideológico para el que nos constituimos cuerpo del delito. Comunistas, cristianos. Para mí son sospechosos por igual −rl policía se detuvo por un momento. Encendió otro cigarrillo. Esperó a ver si el cura decía algo. Pero éste, con su silencio, le pareció, lo convidaba a continuar. Entonces el policía continuó.
−¿Recuerda al Moise, Padre? Por supuesto. Ahora, digo yo ¿Y si ése es, como me temo, el hombre nuevo, sólo que de vuelta del dichoso paraíso que le prometimos? Estamos tratando con el aún inexistente futuro ¿no? Así que nada nos desautoriza a plantearnos esta hipótesis como posible. Como no lo comprendimos, como no tuvimos, en tanto que civilizados, ni el coraje ni la inteligencia para hacerlo, sólo por eso, terminó tan mal el pobre negro. Sobre él cayeron los palazos de la civilización, y nunca deberíamos esperar otra cosa de ella, por cierto. Fue nuestra sutil manera de decirle al negro que no pertenecía a ella, y por nuestra parte reafirmar nuestra pertenencia. Ya ha pasado muchas otras veces ¿no es así? Tú, maldito lo que seas, no eres más que un animal ¿Cuántas veces ha escuchado lo mismo en todos los idiomas y versiones? ¿Cuántas veces esa manera tan peculiar de lo superior para juzgar lo inferior? ¿Cuántas veces esa condición casi inanimada de lo inferior que tanto nos exaspera? Pero, en realidad, quien de verdad pretenda meter el hocico en eso que llaman el problema del hombre, se cerciorará fácilmente de que el hombre es el problema. Dígame UD., Padre, que tanto, imagino, habrá pensado en el asunto ¿se ha preguntado alguna vez por el problema del perro, o del gato? Seguramente no. Yo, por mi parte, he llegado a la conclusión (y la evidencia aquí en Buenaventura ha aflorado por completo) de que el hombre debería ser reducido a su condición de animal y que sólo él mismo puede asumir la tarea.
−¿Cómo es eso? −preguntó el cura.
–Es ésta cuestión ineludible. Mientras más tarde en hacerlo, peor para él. Sólo conseguirá prolongar esa agonía que por ahora se ufana en llamar civilización. En otros términos, el hombre, esa maldecida cumbre de la creación, sin que importe lo que la haya creado, ni el propósito que tuvo al hacerlo, es un despropósito, un error incorregible y debe, como tal, abolirse a sí misma como especie. Diluirse en su transcurrir histórico, eso debe. En el pozo de la inamovible nada, deshistorizarse y así cocerse en la mismísima sopa hirviente y espesa de su conciencia de sí. Este es el único gesto de liberación y generosidad que estoy dispuesto a reconocer al degenerado género. Y amén. El último, por fin.
−¿Y después? −preguntó el cura.
−Eso es un falso dilema. No hay después. Nunca lo ha habido. −dijo el policía.
−Entonces, el hombre desaparece. −dijo el cura.
−Desaparecerá, yo que se lo digo. En algún momento, UD. y yo, o cualquier otro par de parlanchines como UD. y yo, se mirarán a la cara con total obstinación y sin tener nada qué decir, ni que decirse. Nuestras mentiras se nos caerán de la boca, como dientes viejos, antes de intentar convencernos entre sí. Plenos en nuestra desdentada soledad, ya no nos acusaremos de brutos o insensibles, y no nos quejaremos del silencio. No habrá interlocutor válido, porque nada de lo que podamos decir despertará interés alguno. Hartos, pues, de civilización, luego de esta prolongada comilona a la mesa del progreso que hemos compartido durante milenios, nuestras virtudes nos inspirarán náusea, nuestros logros un irreprimible desprecio, nuestra esperanza coincidirá con nuestro aborrecimiento. Envidiaremos a las piedras y las arenas. Amaneceremos en medio de la noche de la historia, tratando de ver a través de la calina de nuestra mentira, bostezando, sin saber qué ver, frente al paralizado horizonte de nuestro formidable fracaso, y puede que nuestros enormes ojos hinchados de vergüenza milenaria aún alcancen ver el sobrio vuelo de algún pájaro al pasar.
Martín Romero se detuvo y esperó a ver qué había en el rostro del cura. Una ligera mueca que no alcanzaba a definir. Como si fuese a sonreír, pero se detuviera en el último momento ¿Qué has hecho con el cura, Romero? Pobre. Míralo ¿eh? Míralo ¿eh? El cura viene hasta aquí, preocupado porque Medina esto, Medina lo otro. Y tú ¿qué? Lo asaltas con una sarta de majaderías según la cual la civilización esto, la civilización lo otro. Debe pensar que estoy loco. No, el cura no piensa así de ti, y tú lo sabes. Por eso lo haces objeto de tus majaderías.
−No ponga UD. esa cara, Padre. Tales son, según mi parecer de policía en Buenaventura, los albores de un nuevo tiempo en el que, desengañados del tiempo y de la idea que de él nos hemos hecho para creer que nos pertenecía y que le pertenecemos, el planeta, o lo que de él aún quede será bendecido con nuestra inminente y liberadora ausencia. Lo lograremos, Padre, algún día lo lograremos. Es cuestión de tiempo ¿Me creerá UD. ahora, Padre, cuando le digo que no era en realidad mi intención llevarme a Susana a la casa? −dijo el policía.
−No era para tanto, Comisario. Yo no tengo por qué dudar de lo que UD. dice. Me refiero a Susana. −dijo el cura.
−¿Y respecto a lo otro? −preguntó el policía.
−ampoco −dijo el cura, y, por fin, sonrió.
−UD. debe estar un poco harto ¿no es así? Primero Medina, ahora el policía ¿Un cigarrillo? −dijo el policía.
−Como digo siempre en estos casos, es mi trabajo. Pero no crea, Comisario, sé bien de lo que habla. Quizás yo no lo diría así, pero sé de qué se trata. −dijo el cura.
−Es el único en Buenaventura que puede escuchar cosas así. Debe ser por eso que yo... En fin. Le decía que Susana… En realidad, no fui yo quién se la llevó a la casa, como dicen por allí. Ella sola se presentó, y se instaló. Tomó posesión. Considera que tiene pleno derecho a ello. UD. sabe, el derecho que da el amor a quienes tanto aman. Cuando salí esta mañana, aún dormía plácidamente. Es una respiración suave, profunda, despreocupada ¡Qué envidia ¿no?! Creo que es una de las pocas cosas que lamento haber perdido ¿Sabe qué fue lo primero que dijo no más hicimos el amor y se quedó mirando alrededor, mientras pasaba el dedo por el alfeizar? Mira nada más, que polvero. Mañana tu putica lo va arreglar todo. A esta hora ya siento que lo ha profanado todo. Nada en esa casa y sus alrededores debe haber quedado fuera del alcance de su amor y su derecho a ser amada. −dijo el policía.
−Medina, se lo aseguro, nada de eso entenderá. −dijo el cura.
−Lo sé −reconoció el policía.
−Anoche, casi a la medianoche, digo, Medina se movió de repente. Al menos, fue eso lo que Susana, tras pegar un salto, dijo. Yo había pasado toda la noche esperando, y ahora me pregunto ¿esperando qué? Medina no había dado señales de vida desde que llegué al atardecer, atendiendo el llamado del médico. No hay nada qué hacer. Es sólo cuestión de tiempo, dijo el médico. Se entiende ¿no? Si Medina hubiese muerto yo no me habría dado cuenta. Cuando el médico se fue, yo me senté junto al lecho, y allí me quedé. Si Medina no se hubiera movido, imagino que hubiera pasado allí toda la noche, hasta el amanecer, cuando, el médico, diera su opinión oficial sobre el asunto. Medina estaba tan quieto que para mí no había diferencia. Ya hablaría el médico. Pero Susana se adelantó. Ella dijo que se movió. Entonces me levanté, lo miré de cerca. Para mí estaba muerto, y me marché. Esta mañan, me disponía a ir a buscar al médico, y me encuentro con que todo el mundo comenta que Medina está en su despacho… −decía el cura.
−¿Qué pasó con la dentadura? −interrumpió el policía.
−¿La dentadura? −preguntó el cura.
−Sí. Estaba en medio de otras cosas regadas en la mesa de noche. −dijo el policía.
–Sí, es verdad. La dentadura. Con el sobresalto tropecé y me llevé varias cosas por delante. De pronto, la dentadura estaba en el piso. Debo haberla arrojado sin darme cuenta. Yo mismo la recogí y la dejé allí. Pero ¿y UD. estuvo allí? −preguntó el cura.
−Sí. Medina aún estaba vivo. No se movía, pero estaba vivo. Todo un espectáculo ése el de ser observado por una dentadura ¿eh? Hay intimidades de las que, una vez expuesto a ellas, uno no se recupera ¿No le parece? −dijo el policía.
−La tuve en frente toda la noche, aunque no la viese. Sólo que dentro del vaso con agua, claro. Ahora que UD. lo menciona, no sé qué es peor −el cura calló por un momento y luego preguntó −¿Y a qué fue UD. allí?
−Me dijeron que UD. estaría allí. Pensé en pasar… no sé. Digamos que no me pareció justo que cargara con el muerto UD. solo. −dijo el policía mientras sonreía. Luego agregó− En realidad, no me sorprendió tanto verlo de pie esta mañana.
−¿Sabe qué pienso? Quizás Medina estaba más consciente de lo que imaginamos. No digo que su estado no fuese más o menos comatoso, o que incluso se pudiera calificar de tal, sin más. Pero Medina debe haber escuchado cosas, advertido presencias. −dijo el cura.
−¿Y por qué piensa eso? −preguntó el policía.
−Lo digo por el modo en que habló esta mañana. Él mismo asegura que no estaba tan inconsciente como dicen, y que hasta se dio cuenta de que Susana estaba allí. Aunque sólo se refiere a ella y sólo lo haya imaginado, es cierto que Susana estuvo allí, casi hasta medianoche, poco antes que yo me fuese. Luego el viejo estuvo hablando sobre el pecado, y la muerte. Estaba medio obsesionado con un extraño sueño, o lo que imagino yo era un sueño. Le digo que Medina anda por allí como si fuese una suerte de elegido o privilegiado. Ya una vez lo percibí mas o menos así. Me refiero a aquella vez que lo tuvieron, según dice, secuestrado y a punto de matarlo. Real o imaginario, el haber sobrevivido a ese atentado lo hacía sentir más o menos inmortal, digo yo. Entonces no lo tomé muy en serio. Esta vez, la cuestión fue similar, y me parece que el sujeto anda de nuevo obsesionado. Estos últimos días deben haber sido de mucha confusión, seguramente. Él mismo lo expresaba esta mañana. No logra distinguir con mucha precisión entre sueño y realidad, por lo que veo. Pero, como sea, ha sabido sobrevivir, o se ha empeñado en sobrevivir a la confusión. En fin, se sabe vivo, y de alguna manera lo atribuye a una condición especial. −dijo el cura.
−¿Qué de especial? −preguntó el policía.
−Inmortal, diría yo. Obsérvelo. UD. y yo, y todos, creemos que se ha escapado de la tumba por un pelo ¿verdad? Pues Medina cree en el hecho de haberse escapado de la muerte por un pelo. Lo que para nosotros es mera circunstancia, absurda y eventual, que no intentamos explicar y lo imputamos a la mera suerte, para Medina es el síntoma que lo hace especial. Yo no sé si Medina se muere esta noche, Comisario. Pero, le digo, hasta entonces, el sujeto se cree a sí mismo como tocado por el don de la inmortalidad. −concluyó el cura.
−¿Y, en verdad, es eso un don? −preguntó el policía.
−Tal no es el tema ahora, Comisario. −afirmó el cura secamente.
−Sólo preguntaba por curiosidad −dijo el policía.
−Como cristiano, yo debería decir que sí. −agregó el cura en el último instante, antes de dar al asunto por concluido.
−A eso me refería. Pero, bien. El asunto aquí es lo que Medina imagina de sí. Ahora entiendo mejor lo que me quiere decir. Si el viejo se sabe inmortal, debe estar mas o menos dispuesto a enfrentarme, a matarme, digamos, bajo el supuesto de que yo no lo puedo matar. Eso lo hace un sujeto realmente peligroso. −resumió el policía.
−Mas o menos. −asintió el cura.
El cura se marchó, y Martín Romero permaneció en el Comando Policial hasta bien entrada la tarde. Perro se levantó y, luego de estirarse, salió a la calle. Martín Romero observó el modo en que la mirada del animal se perdía en la lejan{ia calle abajo.
−Oye, Jefe −dijo Colmenares, que se había topado con el perro al venir por el pasillo −este animal se mete aquí cada ve que tú vienes, y a veces hasta antes, como si lo previniese. Lo malo es que se va a acostumbrar y después no va a querer marcharse. Tú sabes cómo es.
−Perro −dijo Martín Romero.
−Sí, el perro, digo. −dijo Colmenares.
−Perro. Perro, el perro. −dijo Martín Romero.
−Bueno, sí ¿y yo qué dije? −preguntó Colmenares.
−El perro −dijo Martín Romero.
−¿Y cómo es? −preguntó Colmenares.
−Perro. −dijo Martín Romero.
−No te entiendo, Jefe. −dijo Colmenares, y se encogió de hombros mientras se sentaba frente a Martín Romero.
−El perro se llama Perro. −dijo Martín Romero.
−El perro se llama… !Ja! ¿Y quién le puso ese nombre? −preguntó Colmenares.
−Yo. Te lo dije aquél día, pero no me tomaste en serio. −respondió Martín Romero.
−No entiendo. En fin, es tu perro. −volvió a decir Colmenares.
−No lo es. −advirtió Martín Romero.
−¿Qué? Se la pasa aquí. Se la pasa en tu casa. Esta mañana llegó temprano. Estuvo allí echado, donde está ahora, hasta que llegaste. Y no es tu perro. Bueno, como sea, tú sabrás. Yo sólo quería hablarte de lo de Medina. Escuché parte de lo que el cura te dijo. Y creo que tiene razón. Debes tener cuidado ¿eh?. Recuerdas que te conté la noche que nos llevamos al Moise? Medina tenía una extraña cara. No sabría bien cómo decirlo. Yo he dicho que soberbia, orgullo; no sé bien. Pero, quizás, sea lo que dice el cura ¿no?. Bueno, lo que sea, yo puedo ponerme de acuerdo con los muchachos, y durante algunos días, mientras vemos qué pasa, mejor que uno o dos de ellos anden contigo a todas partes, incluso en tu casa ¿No te parece?
−La verdad… no, Colmenares. −dijo Martín Romero.
−¿Por qué? −preguntó Colmenares.
−Es innecesario. −dijo Martín Romero.
−¿Tú crees? −preguntó Colmenares.
−Claro, hombre. −exclamó Martín Romero.
−No crees que el cura tiene razón. −dijo Colmenares.
−Puede que sí. De hecho, no creo que se equivoque en cuanto a Medina. Lo conoce bien, y en eso estoy de acuerdo. El viejo, qué duda cabe, está medio obsesionado. Eso puede ser cierto. Convengo en ello. Lo que me parece, sin embargo, innecesario, es que me pongas guardaespaldas y qué sé yo. Tendré cuidado. Pero no creo que sea para tanto. Perro se encargará de todo. −concluyó Martín Romero, mientras señalaba al perro que, ya en la calle, había vuelto a pararse ante la puerta y miraba hacia adentro del Comando Policial.
−¿El perro? −preguntó Colmenares, cuando volteó hacia donde miraba Martín Romero.
−Perro. Se llama Perro, el perro. −dijo Martín Romero.
Mudito adelante. Luego el policía. Perro atrás. De vuelta a casa. Sí, lo que es estos no se puede decir que anden precisamente tras la tierra prometida. Mas bien, se diría que retornan a las finas arenas y las piedras quietas ya olvidadas. Viento. Siempre, en las horas postreras del día, antes de que la luz se apague lentamente como se apaga en Buenaventura, ese viento. Es un viento desordenado, como si estuviera compuesto de varios vientos, con temperatura diferente y distinta intensidad, que se apretujan entre sí a ver quien pasa primero por el cada vez más estrecho atardecer. Mudito. Policía. Perro. Del futuro ha de venir un viento así que los empuja en fila india sin que los muy bobos se den cuenta de que, en realidad, giran en el monótono e infinito remolino del nunca acabar. Y si se dieran cuenta ¿qué? Como si acaso se fuese menos bobo por entender la boba realidad. Mudito. Policía. Perro. Mañana han de empezar de nuevo. Mudito adelante. Paso firme y redoblado. Poderosas patas. Abrecaminos. Policía en medio. Calladito. Con que otro día más ¿eh? Mediocrecaminos. Perro. Atrás. Tan leal como sólo los perros, ya sabemos, pueden serlo. Como siempre, Perro viene de último siguiendo nuestro elocuente e interminable rastro de mierda. Huelecaminos. Vaya trilogía. No me cuento porque, como yo vengo sobre los hombros del policía, la cuenta da igual. Veamos. Uno, dos, tres; si empezamos a contar por el mudito. Veamos de nuevo. Uno, dos, tres, si empezamos ha hacerlo por el perro. En efecto, confirmamos que la cuenta da exactamente igual. Ahora, confirmado esto, podemos preguntarnos a dónde van. Mudito. Policía. Perro. Y una pregunta así sería exactamente equivalente, mas no igual, a preguntarnos de dónde vienen. Perro. Policía. Mudito. Los extremos se tocan. Es decir, dependiendo de la punta por la que empecemos, Mudito huele el culo a Perro. Perro huele el culo a Mudito. La hediondez es equivalente, pero no igual. Sin embargo, sea cual sea la punta, el policía siempre es el número dos, el del medio. En eso, nadie lo puede superar. Yo voy a donde él va. Si él se detiene, yo me detengo. Si se agacha, yo me agacho. Y cuando se vuelve a levantar, yo me levanto. Hay días en que le permito que se olvide de mí por un rato. Pero, de pronto, siente mi peso de nuevo, como si le cayera del cielo. El policía se sacude como para hacerme caer. Me jalona e injuria, aunque en silencio, porque le apena mucho que lo vean hablando sólo ¿Y a éste qué le pasa? ¿Como que se volvió loco? ¿Cómo que se volvió loco? Los aire de Buenaventura. Debe ser. No, Romero nunca permitirá que preguntas semejantes arrojen sobre sí tan vergonzosa duda acerca de si mismo. Además, es tipo que se precia de su conciencia. A veces juega, pero nada más. Así que sus gritos e insultos contra mí tienen lugar en riguroso y sepulcral silencio. Pero, que va. Yo ya soy experto en Romero. Y si dejo que me golpeé, insulte o empuje es porque es a él a quien duele. A veces me bajo, por un rato, y camino delante de él. Me empuja a placer y con desprecio de policía. Entonces puede pensar que somos cuatro. Pero eso sólo lo puede pensar así él. Quien en realidad cuente, seguirá contando tres. Él en medio, cualquiera sea la punta por la que se empiece a contar los que andan en fila, de aquí para allá o de allá para aquí, siempre es igual. También hay días en que me le escapo al policía. Entonces, no más siente la extraña ligereza a la que aún no termina de acostumbrarse, empieza a mirar para los lados, como transeúnte desolado en medio de la atiborrada autopista. Se palpa los hombros y el resto de su cuerpo desnudo con sus extrañadas y miedosas manos. Sin embargo, Romero es un sujeto de recursos. Da con la caja de cigarrillos, luego con los fósforos, y enciende uno. Comienza así a operar, como pesada y mostrenca locomotora, la poderosa mente deductiva del policía. Desde donde esté, puedo oler el carbón que va quemando idea tras idea, y advertir el vapor sucio que mana allende los encendidos hornos de su maquinal cerebro. Uuuuuuuuuhh uuuuuuuhhhhh. Suchhhhhh Suchhhhhh, Suchhhhhh Suchhhhhh. Tiling, tiling, tiling, tiling. Pobre Romero, ahí se viene otra vez. Luego de tanto luchar por deshacerse de mí, me ha encontrado. No se muestra muy feliz por ello. Pero no hago caso de su cara hosca. En el fondo, lo sé bien, quiere llevarme de nuevo. Me monto. Volvemos a ocupar nuestro lugar en la trilogía, entre Mudito y Perro. Perro Mudito. Es igual. Romero nunca sabrá si va o viene. No me cuento porque, como yo vengo sobre sus hombros, la cuenta, para quien se tome en serio el trabajo de contarnos, siempre da igual. Yo voy a dónde él va.
Martín Romero se ha empeñado en no dar la importancia debida a la advertencia que le han hecho durante todo el día. Apuntó todo cuanto le dijeron. Ajá. El siguiente. Ajá. Lo que cada quien dice va siendo grabado en su burocrática memoria, sin clasificación, tal cual, palabra a palabra, en orden de llegada. Ahora, el asunto le ronda la cabeza. Observa aquellos signos, como quien intenta descifrar un antigua estela. La importancia debida ¿Cómo saber si el no darle importancia es, precisamente, la importancia debida? Espera, a ver si la respuesta aflora sola en medio del florido campo de su ignorancia y si, en caso de ser así, es posible distinguirla. Porque, según Romero, una cosa es saber algo, y otra si lo sabido es de naturaleza esencialmente distinta de lo que se ignora. Romero gusta de juegos así. De una duda a otra. Mientras más insoluble, mejor. Este Romero. Casi ha anochecido por completo. Resta una leve incandescencia que bordea la cima de los cerros. Mira mientras camina y, de pronto, siente que quiere que el camino nunca termine. Entonces ve desde lejos el techo de la casa e imagina que se mueve un poco más allá, como un caracol enorme. Así se distrae Romero cuando piensa. Empieza un pensamiento y, entonces, mira ese cielo, esa luz, esa oscuridad, esa manera de caminar del negrito patón o la de este perro y su empeño de seguir atrás ¿Cuánto falta? Casa que no se mueve como si fuese un caracol. Este Romero. Nunca espera tener un pensamiento completo. Se conforma con los pedazos que arranca ¿de dónde? Ahora Romero se pregunta de dónde arranca esos hilos de palabras que llama pensamiento. Pero no lo hace en serio. Pregunta por preguntar. Y si pudiese alguna vez dar respuesta a algo así, tampoco tomaría en serio una respuesta así. Así es Romero. Bueno ¿y qué? Nietzsche lo hacia a martillazos ¿no? Está bien, está bien, Romero. Cada quien tiene su forma de espulgarse. Vaya majadero. Vaya cerebro éste. Nunca ha funcionado un ciclo completo, sino a retazos. Si la filosofía, la literatura o cualquier otro de esos sublimes oficios hubiese empezado con Romero, estaríamos aún en los inicios, esperando a que Romero terminara de arrancar esos hilos de palabras ¿de dónde? Mudito y Perro esperan. Han echado una paciente mirada al policía, que, de súbito, se ha detenido. La cuestión es, según el policía que mira hacia atrás ¿Medina, en realidad, no representa peligro alguno, o es que Romero se empeña en pensarlo así a ver qué pasa? Para mí, que éste algo se trae. Debe ser que está tentando su suerte.
Mudito. Policía. Perro. En el mismo orden en que salimos volvimos a la casa. El la, piensa Romero, permite aún salvar la debida distancia. Volver a casa. Volver a la casa. Se lo ha repetido varias veces durante el camino de regreso, y no tiene dudas de que no es lo mismo lo uno y lo otro. Insiste, pues, en llamarla así, por aquello del sentido de pertenencia, con lo que tuvo jodiendo durante la mañana al cura. Por un instante aparece en su mente la imagen del cura, y la aparta, rápido, para seguir mirando aquella casa. Esas ventanas limpias y la calzada barrida no le inspiran confianza. El noble curso de la ruina ha sido tergiversado. Algo sospechoso subyace a esa pulcritud, venida de dentro cual espíritu renovador y que ha desbordado las paredes de la casa. La casa, se repite. Mano peluda. Sí, la mano peluda del amor. Henos aquí. Ya es de noche. La luz de la bombilla colgada en medio del salón ilumina la casa por dentro. Todos esperamos a que el policía termine de animarse y abra la puerta. Pero que va. Martín Romero es duro para los detalles. Si hubiese meditado su existencia con la misma parsimonia con la que se detiene en el más banal de los detalles, quién no sería el maldito policía. A Mudito la espera le ha agrandado los ojos; su estómago se impacienta. Perro, ha dado dos vueltas y media y se ha echado a un lado. Por mi parte me he quedado con la boca abierta y suspendida en un interminable bostezo que no me deja cerrarla de nuevo. Estoy a punto de propinarle un manotazo por detrás de la oreja. Mejor un empujón.
Pero no ha sido necesario. Susana, que seguramente nos esperaba desde hacía rato, ha sido quien abrió la puerta. La puerta. Ahora la muchacha está colgada del policía. Vaya abrazo. De manos, por el cuello. De piernas por el trasero. Menos mal y sólo tiene cuatro extremidades. Dicen que el grande se come al chico. Pero éste no es el caso. Si, para cuando termine de abrazarlo, todavía queda algo de Romero, que se de por satisfecho. Desde la puerta, a punto de entrar, Mudito y Perro miran, sin comprender.
‒¿Y estos qué hacen aquí? ¡Fuera, fuera!
Es Susana que, luego de bajarse de encima del policía, hace señas de desprecio a Mudito y Perro para que se alejen de su casa. Romero voltea y nos mira. Al amanecer ha salido de la casa; esta mañana aún se empeñaba en ello, a pesar de Susana. Al anochecer ha vuelto a casa; ahora se resigna a ello, muy a pesar de sí. Eso dice su muda mirada de perro. Mansa. Cuando la mansedumbre es el toque frío y digno de la distancia. Insiste Susana. La mano repite el gesto de desprecio. Mano peluda. Ya sabemos que esto no es cierto. Es una mano blanca, delgada y suave. Luce muy suave. No más verla y ya uno puede darse por acariciado. Pero Romero, en este momento, la ve peluda, negra y gorda. Igual puede darse por acariciado. Y eso hace Romero. La mano peluda nos sigue espantando. Al principio no nos dimos por aludidos. ¡Fuera, fuera! Pero ya es hora de captar la sutileza, o ésta nos lanza lo que encuentre a mano. Es fácil darse cuenta, porque la muchacha ha mirado a los lados. La piedra que sostiene la puerta. El palo de la escoba. La silla donde Romero se sienta cuando se sienta a la mesa ¿y de dónde salió esa otra silla? ¿y esos platos? ¿y ese porrón con flores de plástico? Un mantel de cuadritos como los que ha visto en la “Pensión Rita” ¿Y mis cosas? Romero debe referirse al pocillo y el cuaderno. Objetos personales. Piensa en el afecto que ha llegado a desarrollar por los objetos personales. Pero nunca lo había sentido así, como una profanación acometida contra el templo del sí mismo. ¡Fuera, fuera! Mano peluda. No, no es peluda. Ni siquiera es una mano. Un gesto. Un garabato dibujado en el aire frente a nuestro aire desdibujado en la oscuridad para que nos terminemos de desdibujar a ver si al fin nos marchamos. Mudito y Perro, primero, se asustan y dan un paso atrás, casi a gachas. Luego, resignados, se vuelven. Han comprendido lo que tenían que comprender. Los tres nos retiramos. Ya no hay mano ni gesto que mirar. Y el distraído de Romero que vuelve a mirarnos cuando ya no estamos. La noche. Debe ser. La que nos ha tragado. Es una retirada estratégica. Cuando no se tiene a dónde ir, sólo queda quedarse por allí, en el infinito alrededor hecho de finitos merodeos. La puerta se cierra. ¡Pum! No. Mejor ¡pam! Bueno, lo que sea, es igual. Lo que cuenta, sin que yo me cuente en esta trilogía, es que entre los tres hemos escuchado la suma de lo que cada uno quiere escuchar. Primero nos miramos. Mudito se voltea. Perro para las orejas ¿y el policía? El policía se quedó del otro lado. Si lo contamos a él, seguimos siendo cuatro en esta trilogía. Pero, por ahora, no vendrá. Vendrán, eso sí, otros momentos. Otras puertas se abrirán. Y, quien sabe, si hasta logramos colarnos por el techo o las ventanas. Merodeemos. Siempre podremos entrar. Es Romero el que, una vez adentro, ya no tiene oportunidad para merodear. Se quedó en casa, meced a una mano peluda. Bueno, que ya no es una, sino dos, lo menos. No más verlas, y ya puede uno darse por acariciado. Acariciado, y ya puede uno darse por manoseado. Manoseado, y ya puede uno… ya no son dos manos, sino tres, cuatro, cinco… Romero ha perdido la cuenta de la cantidad de manos blancas, delgadas y suaves con que es capaz de manosearlo la mano peluda que lo acaricia y que, como se sabe, está detrás de todo esto. El rostro del amor se ha mostrado en toda su plenitud. El policía tendrá que hacerse cargo él solo. Para eso cuenta con sus carnes y sus huesos. Susana tendrá carne y hueso para el resto de la noche. Ya no tarda en iniciarse la carnicería. Nosotros esperaremos aquí. A ver qué pasa.
Nada. La carnicería ha concluido. Soy el único que lo ha presenciado todo. Desde aquí, Mudito y Perro no alcanzan ver nada. Además, estos toscos e insensibles sólo piensan en el hambre. Egoístas. Todo lo ven desde el estómago. Lo que, obviamente, les enturbia la mirada. Ronquidos. Se suman al reposo y el silencio que reina en la casa. Hace rato ya que se durmió la muchacha. Desde allá dentro vienen ronquidos. Se elevan al aire. Oraciones de la inconsciencia, se deshacen arriba. Antes de tocar el techo ni siquiera han imaginado el cielo. La verdad que ¿para qué subir tan alto? Desde aquí mismo arriba, los dioses chicos, los que haya, escuchan las oníricas plegarias. Desde el cielo nadie puede escuchar nada. Los grandes dioses no están para eso; sumidos han quedado en la sordera de su divina soledad. Y, hablando de soledad, hay que ver eso, allí, fuera de la hamaca. Los pies de Susana se han salido de la hamaca. Así, pasada la media noche, uno diría que se quieren escapar ¿A dónde irían? Al piso. A dónde más. Caminar para atrás. Es lo que saben hacer esos pies. Esos pies. Fue lo primero que se comió el policía. En esto se parece Romero a esas viejas quisquillosas frente al mostrador de la carnicería. Paticas de res. Paticas de cochino. Paticas de pollo. El señor ¿Desea? Paticas de muchacha ¿Cuántas? Dos. Romero conoce del amor sólo su versión en dos patas ¿Quién sabe si, en vez de una mano, acaso lo que esté detrás de todo esto sea un pie peludo?
Sentados en la silla en la que se sientan a la mesa, que es su silla pero ya no sienten suya, las carnes y los huesos del policía fuman otro cigarrillo. Querían tomar café en su pocillo, pero Susana dice que esas tazas son más bonitas ¿Qué habrá hecho ésta con el pocillo? ¿Qué habrá hecho con el cuerpo del delito? Porque si el cambio de pocillo por taza no es un delito, entonces ¿qué lo es? Mejor no pensar mucho en eso. Romero se conforma con que las tazas son más bonitas por los animalitos. Blancas azulosas con bordes dorados. La de Romero tiene un mono. La de Susana una vaca. Ella, a diferencia de Romero, lo que toma es café con leche. La vaca le va, pues, mejor a ella, y no sólo por ser mujer. Además, las tazas son más bonitas porque, sobre todo, son dos, y no uno, allí pelado en medio del universo, como ese pocillo de peltre carcomido ¿Y el cuaderno? Lo guardó en el maletín, junto con la carta de Rengifo y el bolígrafo. También, en este caso, esas tazas debieron parecer más bonitas ¿No te parece? Sí, claro, muy bonitas. Generosidad de policía. Carnes y huesos de policía complaciente. Las tazas también han de ser más bonitas que la carta de Rengifo, que había dejado sobre la mesa. Incluso más bonitas que la respuesta que nunca Romero podrá dar a esa o cualquier otra carta.
Mudito y Perro ¿por dónde andarán? Bien, el policía os ha recordado, muchachos, Aunque no parezca, está pensando en salir a buscarnos. No descansará hasta dar con nosotros. Lo que pasa es que, en este momento, el sueño y la modorra lo tienen de aplastado culo pegado de la silla. Pero no desesperemos. Nunca hay que perder la esperanza. En algún momento este policía se levantará. En terrible gesto de quien se dispone copar el mundo entero, Romero estirará sus brazos, y el silencioso grito de un bostezo desgarrador lo invadirá todo. Romero, pues, nos rescatará, nadie sabe de qué, pero nos rescatará. Vendrá a sacarnos de lo más profundo del estómago de la noche ésta, la que nos ha tragado. Hace rato, cuando la muchacha dijo: no sé qué le pasa a ése perro que ahora se la pasa pegado de ti. Entonces, Romero, siempre tan categórico él, dijo: Perro. Sí, hombre, el perro ése. Perro, repitió el circunspecto Romero. Se llama Perro. Bueno ¿y yo qué dije? Entonces Romero ya no dijo más. Sólo miró hacia la puerta cerrada, el invisible otro lado de la noche que nos había tragado y del cual quedamos Mudito, Perro y yo, que no cuento. Mientras, la muchacha ya había empezado a sacarle la camisa.
La puerta ¿La puerta? Sí, la puerta. A ver. Romero mira de nuevo hacia la puerta. Mudito no puede ser. Ese nunca toca a la puerta. Entra o sale, si está abierta. Pero, a esta hora ¿quién puede ser? Colmenares ¿y por qué no toca otra vez? Romero va a tener que pararse si quiere saber quién es. Lo que pasa es que, en este momento, el sueño y la modorra lo tienen de aplastado culo pegado de la silla. Veremos. No. No puede ser Colmenares. Lo que sea aúlla. Un aullido entrecortado, fatigado. De pronto, dice. ¿Qué dice? Está diciendo, o quiere decir algo. No es bueno lo que dice, o quiere decir. Injurias y maldiciones. Barbotando. En medio de la oscuridad, el policía busca sus pantalones. La brasa del cigarrillo se mueve por la habitación. Una mentada de madre universal ha sido pronunciada muy bajito, pero tan sincera y profunda que el infinito seguramente ha acusado recibo de ello. Así, luego de haberse golpeado, Martín Romero, Comisario de Buenaventura, ha dado con sus pantalones. El revólver si lo ha encontrado rápido, colgado del respaldo de la silla. Lo saca de la funda, lo abre y, mientras revisa a tientas el cargador, piensa en Rengifo. Siempre lo hace. Porque es un regalo de Rengifo, debe ser. Bueno, no todo él, sino la diferencia entre su costo y el del treinta y ocho aquél. Un treinta por ciento. Esa es, en realidad, la parte correspondiente al obsequio. Tanto así del muerto le corresponderá. Durante un largo rato no escucha nada. De repente, de nuevo otra vez aquella suerte de aullido, mezclado con el cual va tomando amorfa corporeidad sonora otra dosis de injuria y maldición barbotada. Romero bosteza. Mira hacia a la hamaca. Camina hasta ella. Susana ha dejado de roncar. No se había dado cuenta de ello. Ahora duerme un sueño tan profundo que hasta el silencio se estremece. Bueno, así fuese, si los aullidos de allá afuera no interviniesen de vez en cuando ¿Y éste qué? ¿Por qué no ha vuelto a tocar a la puerta? Aúlla, barbota maldiciones, a ratos cada vez más prolongadas, como si se estuviera apagando. Ahora camina hasta la ventana y se asoma por un lado. Comienza a aparecer el cabello despeinado y grasiento. La frente sudada. Los ojos somnolientos. Los labios ligeramente abiertos. Éste, tiene lo menos tres o cuatro días que no se rasura. Es cuanto, reflejado en el vidrio que se interpone entre la oscuridad de adentro y la de afuera, ha podido el policía ver en la ventana. Ha podido ver más. Romero. Hasta de día se la da de especialista en oscuridades. Pero mejor no dar rienda suelta a Romero. De majadero, ya sabemos. Pega la cara al vidrio. Eso opaco es tierra. Caliente y colorada en el día. Húmeda y parda a esta hora ¿Qué hora? Tres o cuatro. Es la hora en la que la noche comienza a refrescar un poco. Bueno, y ¿éste como que piensa quedarse allí, pegado? No. Ya se retira. Al crecer, el silencio no será alterado de nuevo. Sólo lo normal. Respiración de Susana. Crujir de algún madero. Mar afuera. Mudito y Perro. Romero piensa que debe irlos a buscar ¿Para qué? Ya no deben estar por allí. Con todo, quizás valga la pena una vuelta por la ensenada, donde solía verse con la muchacha. Entonces era la muchacha. Ahora es Susana. Reina allí, en la hamaca. Para eso nada como saberse reina de casa. La ensenada. Que tiempos aquellos. Los siente así, como si hablara de un pasado milenario. Allí se encontró con éste, su cadáver. Quizás se tope con él de nuevo. Se ciñe el revólver a la cintura. Para qué la camisa y los zapatos.
Pero,al salir, Romero se ha topado con Medina. Estaba allí mismo, a unos pasos de la puerta, barbotando sus injurias y maldiciones. Con que era eso. Medina. Quién iba a pensar que vendría hasta aquí, y a esta hora. Mira nada más. Viejo borracho, sólo la ira lo mantiene en pie. Se tambalea. Viste una camisa blanca, descompuesta. Pobre ¿Qué habrá hecho con el saco? En la mano derecha lleva el revólver, advierte el policía. Entonces, mejor retirar lo de pobre. En la otra una botella de licor a medias. Romero recuerda que Medina es diestro. Esa mano no la olvida ¿cómo? Escozor en el brazo del policía. El señor manos de rana, sí. Pero el señor manos de rana ahora lleva un revólver en la mano. Con eso puede provocar algo más que escozor, y hasta la posibilidad misma de no sentirlo nunca más. Los cabellos enmarañados le caen sobre el rostro, y Medina inútilmente intenta apartárselos con el brazo que sostiene la botella. Si pudiera, lo ayudaría. Este no debe ver nada con esos pelos en la cara. Pero Romero, en realidad, tiene la mirada fija en la otra mano, temblorosa de licor y años y, aún así, tan fuerte, criminal y, sólo por eso, temible. El señor manos de rana temible. No. Manos temibles de rana. ¡Bah! Como sea. La cuestión es que a éste se le escape un tiro. Más vale prevenir que lamentar, y si éste viejo dispara quizás nada haya entonces que lamentar. Martín Romero saca el revólver. Medina se desploma y cae sentado. Mierda, si no fuese por la pea que carga Medina, cualquiera diría que el sólo gesto del policía lo ha fulminado. Al caer el viejo, la botella se ha reventado contra el suelo de tierra apelmazada. Se rompió en silencio. Entonces aflora a los labios del viejo la sonrisa siniestra, inconfundible, de su boca semiabierta que muestra los dientes postizos. Esa dentadura. La misma de aquella noche. Quien no la ha visto fuera de Medina no imagina cuán siniestro puede ser el silencio con que habla desde dentro de Medina. Ahora Medina mira el revólver en su mano, como si de pronto hubiera recordado qué llevaba allí. Mira con la mirada y comprende con la sonrisa. Pero ha tardado demasiado en la ejecución de lo que decidió mientras miraba. Le ha sobrado tiempo al policía para advertir sus intenciones. Para cuando Medina logró levantar el brazo y casi apuntar, Martín Romero ya había disparado, certero, al pecho, donde el plomo abrió una gruta de hueso y carne. La boca sigue semiabierta. Medina se está muriendo. La cuestión es, como siempre, confusa. El viejo se sujeta el vientre, aunque el destrozo ha sido en el pecho. Pero lo ilumina la sonrisa de aquella dentadura, como si la muerte le riera por dentro. Ahora se deja ir de lado. Ya no debe tener dudas: antes de que la incertidumbre se despeje del todo, el horror le ha llenado los ojos. Sólo esa dentadura sigue viva, como si nada hubiese sucedido.




