textos, pretextos y otras mentiras...

..

El padre Claudio había conducido su existencia de acuerdo a una línea trazada mentalmente entre lo profano y lo divino. O al menos todavía quería creer que así lo había hecho, hasta donde pudo hacerlo. Y supo hasta dónde el día que de súbito se sorprendió a sí mismo en plena oración y, al mismo tiempo, pensando en Dios. Instante de luz, el que lo desplomó. Eso de tener un pie a cada lado de la línea en torno a la cual había concebido su existencia le pareció una insostenible farsa. Cuando se ora, a Dios se le siente, se le ama o se le odia, incluso, pero no se le piensa. Si Dios es objeto de pensamiento, la oración no puede ser más que una mecánica letanía sin gracia y que, por cierto, lo aleja a uno de la Gracia a la que se pretende acceder cuando se ora. Qué línea ni qué línea. Mera, imaginaria geometría que, como toda geometría, nos asigna una ubicación en el universo hasta que descubrimos que estamos en medio del universo desnudo cubriendo nuestra desnudez con los desnudos brazos de la razón. Cuando la fe ya no alcanza para completar una señal de la cruz más, nuestra humanidad ha sobrevivido a toda simbología e impuesto su desolada e inútil simbología al todo en que hemos sobrevividp. Hemos llegado a donde ha de llegar todo lo que piensa cuando, pensándose, se le agota el tema de su mismísima humanidad y lo hace a un lado, como el comensal con el plato objeto de su hartazgo y del que ya no quiere comer más. A eso había llegado el cura. El llegadero, llamaba a esa suerte de desierto intelectual en el que se quedaba mirando a su alrededor sin saber qué mirar. Qué línea ni qué línea, se repetía cada vez con más frecuencia desde el momento en que, ya en Buenaventura, iba advirtiendo día a día su imposibilidad de diferenciar entre lo profano y lo divino. Profano, lo que no es sagrado o no sirve a lo divino. Y, bien pensado, todo lo es, porque lo sagrado sólo puede serlo en cuanto impensable, ya que el sólo pensarlo lo profana. Una vez más, el cura y sus rigurosas majaderías racionalistas. Luego a quejarse de que la fe no le dura. Bueno, no es cierto. En realidad, este cura ya no se queja. Sólo que mira y comenta como una vieja asomada a la ventana de su ánimo ¿Qué? ¿No tiene nada qué hacer? ¿Algo útil en qué empeñar el tiempo? La verdad, no. Quien sabe, a lo mejor no debió haber sido cura. Como si valiera de algo decírselo ahora. Como si valiera de algo habérselo dicho antes o después de ahora. 

Pero, eso sí, el traje siempre le sentó bien. Es verdad que, medido por las piernas y los pies, este cura debió haber sido futbolista o corredor de los cien metros planos. Pero, medido por dentro, la pereza física era más grande que su pereza mental y sus extremidades. Además, por otra parte, también es verdad que este cura siempre tuvo cara de cura. Cabello de recluta, lentes redondos y esa expresión de personaje shakesperiano perdido en un siglo que ya no le va como el suyo. Ah, silenciosa calavera largándose su abismal monólogo frente al espejo de un aburrido sí mismo. Bien, bien, a parar ya, que, independientemente del tamaño de las patas y la pereza, línea ya no hay. No hay frontera posible en un universo del que sólo podemos sabernos atrapados. Tierra de nadie. Sólo fugitivos, ladrones furtivos y patones curas de paso transitan por allí. Mira: se encienden y apagan como luciérnagas en la noche interminable de una historia sin final. El rumor de fondo debe ser, como siempre, el mar. Esa claridad metálica que nunca terminará de estallar debe ser la falsa luz lunar. A veces, croan las ranas. Con el tiempo, casi olvidado del asunto, el padre Claudio sólo miraba al cielo de vez en cuando como quien mira al patio vacío y silencioso del vecino y se pregunta, curioso, si el sujeto aún seguirá allí. Para nada le hubiese extrañado saber que no, que se mudó a otro lugar. Los aires de Buenaventura. Será que no le sentaron bien. El cura tomó la Metafísica y volvió a colocarlo en su lugar. Era el único libro que aún tenía un lugar en aquella habitación. Ya no lo leía. Se lo sabía de memoria. Sólo que, a menudo, lo tocaba y, mientras reposaba entre sus manos, rememoraba pasadas experiencias que giraban en torno al ejercicio consumado de su lectura.

En realidad, había dicho Julián, el anciano maestro del seminario, respecto a la susodicha línea, no es así, pero funciona. La realidad no sirve para nada. La metafísica para todo. Créeme, muchacho, Aristóteles es la mejor manera de aguantar las cosas en su lugar, que no se te vengan encima y te sepulte el caos bajo la lápida de tu propia incertidumbre. Yo que te lo digo: la humanidad le debe más a ese sujeto de lo que solemos reconocer. Y la Iglesia también ¿eh? Aunque sus autoridades no sean precisamente pródigas a la hora de reconocerlo. ¿Cuánto crees que habría soportado sin un sistema eficiente que la pusiera a salvo de la efímera emoción de la rebelión y la catacumbas? Habríamos enloquecido, pasado la página y a otra cosa. ¿Pero qué? Las páginas pasan. y allí seguimos. Cuida, pues, de esa línea y te perderás lo menos posible ¿Y la oración? Preguntaba el discípulo. La oración. La oración es ritmo de la emoción, entusiasta reloj de la fe, la invocación fundamental. Yo hablo de disciplina mental ¿Entiendes eso, no? ¿Eh? He dicho más de lo que me hubiera permitido de no ser tú, muchacho. No me pongas en la odiosa circunstancia de explicarlo con más detalle. La oración salva almas. Sirve para eso, que ya es bastante, pero para nada más. Para todo lo demás sólo la razón puede conducir a algún sitio. Tú verás. A menos, claro, que te dé por el misticismo. Eso es otra cosa. Yo digo que para una propuesta así hay que disponer de un verdadero genio poético y, aún así, ser un gran suertudo para que el camino de la oscuridad te conduzca a la luz. Y no es fácil poseer dotes semejantes. Y si se poseen, entonces no se precisa de líneas. La frontera se borra. La razón se aparta. Y te conduces a tus anchas en el desordenado universo del corazón. Es la mejor manera de vivir sin lugar. Tú decides. Algo así siempre será tu decisión. Duda apremiante que no te dejará. Por lo que es bueno precisarlo cuanto antes. Aún tienes tiempo. Pero no te confíes en que te sobre. Nunca sobra. El tiempo nunca sobra para los mortales. La eternidad es un bien que nos seduce sólo a partir de la resignación que nos impone la muerte y el hecho inminente de que estamos condenados a morir. Al menos, claro, que seas un pagano antiguo: a esos sí que les sobraba el tiempo. Demasiado tiempo. Nunca supieron qué hacer con él. Tenían dioses, pero no lo que nosotros llamamos una mentalidad religiosa. El Olimpo no es cielo ni eternidad, sino tiempo total que no se puede medir. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que mientras la teología es ciencia del misterio, la mitología es mero inventario de deidad y poderío, recreación de la historia como cúmulo de camnos posibles que conducen siempre a lo imposible. Y no me mires así. Pausa. Piensa, muchacho. Muchacho piensa. A ver, dime ¿por qué crees que los antiguos no tuvieron libro sagrado? ¿eh? Nunca te lo has preguntado ¿verdad? Preguntas así no se enseñan, pero son las que nos enseñan. Sin doctrina, verdad, futuro...¿cómo construyes uno de esos libros? Mitología: apuntes de la experiencia, sólo eso. Poesía. Sublimación de lo inexplicable. Dramatización excelsa del sin sentido. ¡Ah, estos griegos!. Son unos vivos. Yo que te lo digo. No resolvieron nada. Cristo nos salva muriendo en la cruz ¿cierto? El asunto está resuelto; es el signo de toda revelación. Ahora dime algo que resuelva Sísifo ¿Te das cuenta? Los griegos no resolvieron absolutamente nada. Una suerte de culto a lo imposible los mantiene a salvo de las soluciones y los terribles compromisos morales que tales soluciones pueden imponer. Nuestros maestros nos enseñan hoy que el hombre antiguo es una suerte de ser amoral. Pero, en realidad, es de una moral incomprensible para nuestra moral cristiana. Toda una moral que llega hasta el borde del abismo y, allí, se encoge de hombros frente a lo impenetrable. Por eso digo: no resolvieron nada; se mezclaron en la nada como parte del problema mismo. Zeus. Piensa. Tiempo. No hay más dios para el griego antiguo. Para nosotros el tiempo es el gran problema, desde Agustín, lo menos ¿o no? Bien. El tiempo es, pues, el problema que nos lleva a buscar a Dios, mientras que el antiguo se conforma con asignarle un nombre sublime ¿Te das cuenta? La estética, muchacho, la estética, y no la teología, es la que permite concebir la historia misma como Dios, contemplarlo sin sacar conclusiones morales que nos comprometan con la nada a la que pertenecemos sin saber cómo ni por qué. Geniales sujetos, hay que reconocerlo. ¿Para qué un gran libro cuando lo que se tiene de la vida es apenas pequeñas ideas, reflejos posibles de lo imposible de concebir, poesía en el más riguroso sentido trágico? Geniales.

El Padre Claudio echó una mirada más al libro que acababa de colocar en su anaquel. Lo tomó de nuevo. La voz dulce y al mismo tiempo recia del maestro se iba apagando gradualmente a medida que se mezclaba con el aire moderadamente frío, o que daba la sosegada sensación de tal. Descansado, sereno, milenario pero exento de las lastimosas fatigas de lo milenariamente acontecido: así era el aire que imperaba en aquel quieto recinto y que el padre Claudio, en las mañanas, cuando se lo proponía en su recuerdo, casi podía sentir de nuevo. Seguir sintiéndolo tras una interrupción de ¿cuántos años? ¿treinta? Podían ser treinta siglos. El recuerdo es quietud, espacio suspendido en el que nada transcurre, suma de instantes habidos, amontonados al margen de las miserias de la cronología. Quien sabe, a lo mejor fue en aquél agradable recinto donde comenzó la racional duda con la que, en plena oración, solía mirar a Dios.

Largas hileras de anaqueles llenos de tomos inmóviles que bordean en derredor la larga mesa impecable. Duermen, se diría, en sus cuerpos macizos. Miran desde el codiciado secreto de sus emparedadas páginas. Ese olor a papel impreso y madera pulida que en tono sagrado invita a la profanación. Vibración quieta de sabiduría silente, integrada a la sombra fresca y húmeda de un tiempo en el que ya nada transcurre y que casi se deja tocar en la mansedumbre de su indiferencia. Es mi rincón medieval, dijo Julián la primera vez que lo invitó a entrar. Y el padre Claudio lo repite en la voz de su recuerdo cada vez que recuerda el lugar. La voz del anciano ha vuelto a elevarse de tono. Cordialidad que se mezcla con la dignidad del maestro eclesiástico. Entra, muchacho. Muchacho entra. Cuando ya nadie te toma en serio ha llegado la hora de ponernos a pensar. No es mucho. Nuestro objeto nunca es tan grandioso como creemos. Es el momento crucial, la única prueba para nuestra vana inteligencia, o lo que nos quede de ella luego de haberla malgastado en las vicisitudes vanas de la academia. Tú sabes, la gran oportunidad para largarte un par de opiniones más o menos válidas, o medio valiosas. Quizás te alcancen para envejecer lo suficiente, para esperar sin desesperar, quiero decir, tú sabes. Tampoco esperes mucho más ¿eh? No es decoroso morir y cerrarle la puerta en la cara a tu propio fantasma de esperanza. Así que, cuidado: el buen gusto debe privar. Cierra la puerta. Muchacho cierra.

Inhalación profunda que no alcanza, sin embargo, para que se enderece la figura encorvada del anciano Julián. Sonrisa. Se dibuja en sus labios estrechos que apenas si se abren, pero ilumina oscuramente su rostro entero. Acaso sea ese sutil tono diabólico el que lo hace tan encantador. ¡Ah, venid, mis demonios todos!. Que ésta, mi soledad, no es un castigo, sino mi vana misión. Mirada al vacío hasta que se detiene en uno de los anaqueles de la biblioteca. Aquí: historia, hasta allá, señala el brazo corto en alto, como quien saluda algún personaje a lo lejos pasar ¿Ves? Hasta aquí griegos y romanos. De aquí para allá cristianos. Mejor mantenerlos separados. La mezcla puede ser inútilmente volátil. Sonrisa cómplice. Recuerda: Aristóteles, siempre Aristóteles. Aquí Edad Media. Esta franja de abajo, moros. Tampoco es bueno mezclarlos; eso sí que puede ser explosivo. Bien. Sin embargo, no todo es malo, como dicen, de este lado. Inquisición y miseria. Es verdad. Occamistas y ciencia, también. Hacia allá más ciencia, y más ciencia. La desolación de la historia contra sí misma y el antropomorfismo genial. El hombre a solas, presa de su propio genio. También se le conoce como civilización y progreso, tu sabes. Ceño fruncido y mirada acuciosa fija sobre un improvisado, rápido y engorroso movimiento de dedos. Invento, y más invento. Homo fáber, que le dicen, ¿no? Locus febrilis, también podría uno decir. Ah, y mira esto: místicos, de todas clases, y también novelas de misterio. Me gustan las novelas de misterio ¿A ti no?

Como sabemos, los misterios en sí son insolubles. Por sí mismos no son nada. ¡Pero vaya potencia la que son capaces de generar!. Nada atiza tanto la pasión como su incógnita, la respuesta imposible a la que condenan nuestro entendimiento. En realidad, hay que ser sinceros: a nadie le interesa resolverlos. De no ser así perderían toda gracia, para el místico y cualquiera que intente vincularse con Dios y cualquier forma de orden cósmico. Sin misterio, sin su oscuridad impenetrable, no hay luz que brille. ¿Comprendes lo que digo? Los griegos inventaron la filosofía y la historia. ¿Sabes por qué?, muchacho: se cansaron de lo divino, lo sagrado se les gastó demasiado pronto. Un cosmos encerrado en la mecánica sosera mítica se les torno harto tedioso. Sus dioses eran muy próximos al hombre como para recrearse en auténticos misterios, y, al mismo tiempo, demasiado alejados de él como para razonar a partir de ellos. Rebelión del intelecto. Inevitable. Siempre pasa. El problema con el cielo es que siempre está uno a punto de caerse de él ¿Te das cuenta? No es lugar seguro, según parece. Por eso la Metafísica y las novelas siempre resuelven el misterio que se plantean ¿Cuál fue la causa? ¿Quién fue el asesino? ¡Je, je…! Un par de preguntas hechas en un segundo alcanza para entretenerte una vida entera.

Muchacho de ojos fascinados que siguen el caminar pausado del anciano Julián por el pasillo libre entre los anaqueles y la larga mesa. Mientras camina, el anciano apoya su mano blanca sobre el respaldo arqueado de cada silla y va sujetando muy levemente el arco de cada una rigurosamente alineada a lo largo del borde también curvo de la mesa. Cada dos cortos pasos, una silla. Nunca le vi sentado mientras visité aquella biblioteca. Caminaba con una coordinación tal que no se cansaría jamás. Debe haber muerto caminando. El otro mundo. La nada, quizás. Quién lo sabe. A dónde sea, debe haber entrado caminando.

Y casi siempre el padre Claudio recordaba el brillo en los ojos de aquel anciano, algo jocoso en sus maneras y que, pese a su edad y lo encorvado, lucía tan fresco y vertical. En aquel entonces le pareció el brillo de la sabiduría. Ahora, desde este más acá recalentado y quieto que es Buenaventura, quizás fuese lúcido, mero, locuaz disimulo de sutil locura. Pero había funcionado, hasta donde funcionó. La línea divisoria había funcionado. Era preciso reconocerlo. Desde el día en que quedó trazada a punta de lápiz aristotélico, ni el mismo acto de la creación, en caso de repetirse, alcanzaría borrarla. Inicialmente, mozalbete, era una frontera impoluta, rigurosamente dibujada según el parecer de una mente rigurosamente deductiva, en el universo plano y perfecto de esta soledad. Mi misión. Aquí yo. Allá Dios. El cura caminaba de un lugar a otro de aquella frontera mental. Las cosas fueron cambiado un poco desde entonces. La frontera se tornó móvil y borrosa, divisoria en una soledad convertida en paraje agreste, campo minado. Lo profano y lo divino se traspasaban entre sí, comían de la misma espera, se agotaban en el mismo tedio, retozaban en una tregua metafísica cada vez más prolongada y descuidada, incierta, casi promiscua. Por más que lo intentó, el Padre Claudio no había alcanzado a Dios. Se lo había topado en el camino, sin querer, como quien pisa a un transeúnte en la acera. Perdón, señor. O mas bien ¿perdón, Señor?, debo decir. El encuentro debe haber tenido lugar en algún momento indefinido de mi tiempo mental, sin que por ello brillara luz alguna en el más apartado rincón de un universo demasiado común y confuso como para llamarlo reino.

Últimamente, cada mañana el Padre Claudio se burlaba de sí mismo cuando, parado en la puerta de la sacristía, a la que accedía directamente desde su habitación, con una taza de café humeante en sus manos, se decía: mi rincón medieval, e imaginaba la mirada que el anciano maestro lanzaría hacia aquel desordenado lugar. Debes reír de algo así, viejo, o quizás compadecerme por algo así, cada vez que el vaho de este cuartucho llega hasta tu rostro de otro mundo. Paredes blancuzcas. Techos de opaca madera ennegrecida que cruje con los vientos inesperados que azotan los recovecos de la memoria. Los libros, que con tanto esmero seleccionó y empacó para traérselos a Buenaventura, habían ido saliendo de las cajas desatadas y se habían ido amontonando en torres por lo rincones. De un lado un catre y el escaparate en que guardaba los objetos sagrados del culto. Del otro una mesa destartalada pegada a la pared, sobre la mesa un radio, que el cura encendió maquinalmente, como hacía cada mañana, y a su la lado un atril sobre el que reposaba una gorda Biblia cerrada. Había días en que recordaba los días pasados en la biblioteca de Julián. La magistral armonía entre el silencio y el ejercicio mental de quien, atento, se había entregado a la lectura incansable de aquellos densos volúmenes. Vorágine de la razón. Sensación, duda y evidencia sometidas a procedimiento. Ritmo del pensamiento.

Hoy, vuelto de lo de Medina, había pasado la madrugada en vela, y eso lo tenía de mal humor aquella mañana. Decidió cerciorarse por sí mismo de cuánto de cierto había en los rumores que pululaban desde temprano por Buenaventura y según los cuales Medina se había instalado de nuevo en su despacho. Cosa que, hasta el momento en que lo vio traspasar la puerta de la sacristía, ifual que todos no podía creer. A ver si comienzan a hacer con ése lo que con el Moise. Ah, si tuviera yo la mitad de una imaginación así ya sería una célebre figura de la literatura romántica. O, quien sabe, el más aguerrido de los místicos. Después de todo son lo mismo: inmoladores del alma. El cadáver aún tibio y ya han visto al pobre diablo vagando por allí como alma en pena. No, si no me extraña, para nada. Ya han comenzado a entretejer los primeros hilos. Una aparición por aquí otra por allá. Después le agregarán vagas intenciones que hagan vibrar su alma al ritmo del lamento y la venganza. No tardarán en responsabilizarlo de esto o de aquello. En cierto modo los entiendo. La ortodoxia no permite aceptar este tipo de cosas, lo sé. Pero las ortodoxias se ablandan mientras más se aproxima uno a lo humano. Qué se le va a hacer. Uno mismo envejece, y se va ablandando en el barrizal de sus propios empeños por mantenerse firme. Tú sabes. Entre oración y oración, pensamiento y pensamiento, vacío y vacío. Sin saber cómo, comienza a escaparse un suspiro aquí, uno allá. Al final, no tardan en sobrevenir la sonrisa y el bostezo. Las puertas se han abierto: he ahí lo que la ortodoxia no puede conjurar. Superchería. Dios verdadero. Guerra a muerte a la herejía. Lo sé. Pero no es tan sencillo ¿No que había que estar cerca del hombre? Seminarios, libros: tienen algo de hermoso que, creo, es la distancia que guardan con lo real y desconocen. Pero cuando esa distancia se acorta, ¡ah Señor!, la disciplina y los rigores se trastocan, se desdibujan las nociones, el alma se nos encoge, nos queda corta. Una cosa es estar cerca del hombre, y otra de los hombres, compartir con ellos una a una las majaderías del día a día. He allí tu rebaño, la mismísima horda de siempre entregada a su magistral locura: toda su historia es, teológicamente, una infamia que los convierte en feroces criaturas tras la presa de la salvación. El mito los conciliaba irremediablemente con la nada. La teología, la gran opción imposible los colocaba contra de ella. De no haberles Tú prometido un paraíso, se habrían inventado uno. Te lo aseguro. Pero, mientras tanto, les sobra imaginación. Mira que, por lo demás, hay que reconocerlo, el viejo es un excelente tema de historieta. Hasta donde yo la dejé, me pareció que estaba muerto.

Quizás fue la oleada de sueño que le sobrevino y el ruido de la radio encendida lo que no le dejó escuchar los pasos que venían desde la nave de la iglesia. Un pequeño golpe de tacón sobre el piso de cemento pulido a lo largo del pasillo que quedaba libre por entre las sendas hileras de bancos de madera a lado y lado. La mano blanca y temblorosa que iba tocando uno a uno cada respaldo. La mirada sobre el altar, y sobre la pared blanca al fondo del altar sobre la que colgaba una gran cruz de gruesa madera pulida. Sin Cristo, la sola, pelada y limpia madera simbolizando el sublime sacrificio es mas sugestiva que la dramatización del sacrificio mismo ¿Está seguro, Padre? Por supuesto que sí. Pero parece que falta algo; un toque de vida ¿Toque de vida? ¿Cuál toque? ¿La corona de espinas? ¿Los clavos? ¿El gesto dolorido, caído y sangrante de un cuerpo que expira? Nada de eso. El símbolo, mientras más sencillo más símbolo. En fin, así es este cura. El cura así lo quiso. Giro a la derecha. Giro a la izquierda. Llamamiento. Advertencia. Quizás desesperanza. Lo que fuese, el Padre Claudio no escuchó. Pero allí estaba. Aparecido. Aparejado con su propio espectro. Medina sonriendo. Desde el catre en el que había permanecido sentado durante largo rato, el sacerdote pudo ver ahora la dentadura postiza metida dentro de la boca del viejo. Era igual que verla afuera, sólo que allí, semioculta tras los labios, parecía el ente que daba vida a lo que hasta la noche anterior había supuesto muerto. Hasta donde yo lo dejé, me pareció que estaba muerto. Y lo mismo me sigue pareciendo. Es el espectro perfecto. Nada que añadirle. Nada que quitarle. Palo forrado en el cuero de una biología exhausta, harta de sí misma. Rostro alargador de largas fantasías, cubierto de cabello blanco gris y también largo. El pobre, ha hecho todo cuando pudo por peinarlo ¿Cómo es posible que en cuerpo tan corto quepan cosas tan largas?.

Medina echó lo que él creyó una rápida mirada en derredor, pero que, en realidad, era un escudriñamiento lo suficientemente lerdo y desfachatado como para que el cura advirtiera la censura que su gesto dejaba caer sobre aquel desorden. Lo dejó así. Ya el viejo hablaría por sí solo. Y por fin el viejo habló.

‒Buenas días, Padre. –dijo el viejo.

‒Buenos días. UD. por aquí. ¡Vaya que es una sorpresa! –exclamó el cura al levantarse. Acto seguido apagó la radio.

‒Una sorpresa. Por lo que se ve, todos como que piensan lo mismo ¿Por qué una sorpresa? –preguntó el viejo.

‒Bueno, entenderá que, hasta ayer…–dijo el cura.

‒Hasta ayer todos me daban por muerto. –interrumpió el viejo en ostensible tono de inconformidad.

‒Bueno, bueno. Fueron días enteros en cama ¿no? ¿Qué esperaba UD.? Incluso el médico…Pero, adelante, adelante. Me sorprendió en plena faena. Aunque, en realidad, aún no sé por dónde empezar. La verdad, cada día que pasa lo sé menos. Quizás éste sea el único orden posible aquí. UD. no me cree ¿verdad? Cree que lo digo por decir. –dijo el cura, mientras acompañaba a Medina en su mirada en derredor.

‒¿Dónde empezar? –preguntó el viejo.

‒Sí. Me refiero a poner orden aquí. –dijo el cura.

‒Ajá. –exclamó el viejo.

‒No sé que es más estorboso, si los libros o la moral sublime que uno desarrolla hacia ellos. En fin. Puede tomar una de esas sillas, si lo desea. –dijo el cura, al tiempo que señalaba hacia la mesa que tenía enfrente.

‒Bien.–aceptó el viejo.

‒¿Ya conoce la noticia? –preguntó el cura.

‒¿La noticia? ¿Qué noticia? –preguntó el viejo.

‒Chávez amaneció de primero en las encuestas. –dijo el cura.

‒De primero en las encuestas. No digo yo. Uno la pasa en cama tres días, y el país aparece patas arriba. No puede uno descuidarse ¿verdad, Padre? –exclamó con sorna el viejo.

‒Hablo en serio. –advirtió el cura.

‒¿Habla en serio, Padre, o me toma UD el pelo? –preguntó con asombro el viejo.

‒Para nada. Hablo en serio. Acaban de decirlo por la radio. –insistió el cura, al tiempo que señalaba hacia el aparato que acaba de apagar.

‒Bueno, ahora me dará UD. la razón ¿no? Como siempre vengo diciendo, este país se fue a la mismísima mierda. Y, por favor, perdone que me exprese así, aquí en su casa. Pero no hay otra manera de decirlo. –dijo el viejo al tiempo que inclinaba la cabeza.

‒No exagere, Medina, no exagere. –dijo el cura.

‒Exagero ¿Cree UD. Que exagero? Le diré, mi querido Padre, ese sujeto es peor que un comunista. Ese aún no muestra lo que realmente es. –insistió el viejo.

‒Bueno. Si fuera como UD. dice, Medina, sería primero candidato presidencial, antes que haber intentado un golpe de estado ¿no le parece?. Reconozco que tiene un discurso nacionalista y antiliberal, pero ¿es eso malo? Es una forma de pensar, una forma de ver las cosas, tan válida como cualquier otra, y, quién sabe, si más válida que la que defienden los niños consentidos de Oxford. –dijo el cura.

‒Tenga cuidado con lo que dice, Padre ¿Desde cuando la Iglesia lo autoriza a defender comunistas y asesinos? –preguntó el viejo.

‒La Iglesia, Medina, es muy grande y diversa. Se sorprendería de saber cuánto. Y si por excomulgarme es, le aseguro que ya he hecho méritos, mucho antes de que Chávez apareciese de primero en las encuestas. –dijo el cura.

‒UD. sabrá. Pero en fin, esto es culpa de los políticos. De los viejos y de los nuevos, digo. Caldera, el primero, que por soberbia y venganza, lo indultó. Y los otros, que mierda; son unos estúpidos ¿Por qué extrañarse, la verdad? Siempre me pareció que estos políticos modernos, mucho master y mucha especialización, pero unos niñitos de papá. Esos no saben lo que es partirse el culo en política. No hombre. Ellos están en el poder viviendo de las glorias de papá democracia. Que si la gerencia esto, que si la gerencia lo otro. Que mierda ni que mierda. La política es lidiar con el diablo. Pero ellos, sólo llenándose la boca. Sólo para eso sirven. De repente ¿qué pasó? Ahí está: viene un oscuro comandante, comunista disfrazado de militar, y se les cuela por donde menos lo esperan. Porque yo digo, que este loco se impusiera como militar, a la fuerza, vaya y pase. Pero que les gane en su propio terreno, que se lo restriegue en sus caras de especialistas. Vayan a la mierda. Para eso hubieran dejado que el tipo se montara en el coroto, y ya. De ser así era cuestión de bajarlo ¿no le parece? Pero no, estos genios lo llevan preso, lo sacrifican delante de todos, se olvidan del asunto, siguen como si nada hubiese pasado y ahora lo tienen como presidente. –habló el viejo.

‒Sólo de primero en las encuestas, por ahora –advirtió el cura.

‒Ese por ahora le va a costar a este país Dios y su ayuda. ¿Le parece poco? Ni en las encuestas pueden disimularlo. De poder, ya lo hubiesen hecho. –replicó Medina.

‒¿No va a sentarse? –preguntó el cura.

Medina aproximó la silla con mucha paciencia. Permaneció callado mientras miraba hacia las torres de libros amontonados en los rincones de la habitación y, al mismo tiempo, luego de hurgar en uno y otro de sus bolsillos, sacaba del interior del saco el librito de oraciones. Lo acercó al cura. Sólo entonces se sentó.

‒¿Y eso? –preguntó el cura.

‒Vengo a devolvérselo. –dijo el viejo secamente.

‒No es necesario. –dijo el cura, ligeramente apenado.

‒Ya me ha dado UD. uno igual ¿Lo recuerda? Fue hace muchos años. Aquella mañana que yo vine aquí, muy temprano... –dijo el viejo.

‒Sí. Ya lo recuerdo. –interrumpió el cura y, apenado, tomó el librito de la mano de Medina.

‒Susto el que me llevé esa día ¿sabe? Esos malditos…Perdón. Ahora están muertos y enterrados, y sé que no debo expresarme así, menos aún aquí, en su casa, Padre. Pero es que, en fin, UD. entenderá, creo. Siempre recuerdo esos momentos angustiosos, mientras me tenían con los ojos vendados...y luego dando vueltas por el monte...y luego corriendo perdido en la oscuridad. ¡Qué se yo!. Francamente angustiante.

‒Los comunistas. –dijo el cura.

‒Sí, los comunistas. –asintió el viejo.

‒¡Por favor. Medina! Hablamos del Indio y el Moise. –exclamó el cura.

‒Yo sé que UD. nunca le ha dado importancia al asunto. Pero tampoco nadie le dio importancia a Chávez, y ya ve. Bueno, pero a lo que iba. Aquél fue un día jodido. Pero nada como lo de anoche, Padre. –dijo el viejo.

‒¿A qué se refiere? –preguntó el cura.

‒Lo de anoche, digo... Por cierto, debo decir que también he venido para agradecerle que hubiera estado allí. Fue muy considerado de su parte. –respondió el viejo.

‒¿En dónde? –preguntó el cura.

‒Pues en mi casa. Estuvo UD. allí, en mi habitación, mientras yo... ¿o no?. –preguntó el viejo.

‒Sí. Pero no es necesario que agradezca nada... ¿Y cómo sabe que estuve allí, Medina? Yo pensaba que UD. estaba inconsciente. Al menos eso fue lo que el médico dijo. –advirtió el cura.

‒Lo deduje por el librito. Yo estaba inconsciente, como se dice. Pero, créame, pasaron cosas...no sé cómo describirlas. Incluso creo que le escuché rezar, o algo así ¿Rezaba UD.? –preguntó el viejo.

‒Un poco. A ratos. Es lo que se hace en estos casos ¿o no? –dijo el cura, evasivo.

‒Sí. Claro. –dijo el viejo, seco.

vQuizás soñaba UD., Medina. Eso puede confundir. Es normal, creo. –dijo el cura.

‒Sí, supongo que soñaba. También lo he pensado. Pero era como si discutiera conmigo mismo en el sueño acerca de lo que soñaba, y, en plena discusión, escuchara voces y sintiera olores que estaban allí mismo, en la habitación ¿Nunca le ha pasado soñar y, al mismo tiempo, saber que está soñando, y preguntarse cosas que uno, al final, no sabe si forman parte del sueño o la vigilia?... Uno siente, huele y escucha, pero no sabe lo que siente, huele o escucha. De alguna manera uno sabe que está allí, pero no entiende para nada el estar allí. Es como contemplar el espectáculo que uno mismo protagoniza, en silencio, a solas, sin entender nada. Pensará UD. que estoy loco. Pero es que no hay forma de describir con lógica algo que no la tiene ¿Sabe lo que pienso? –dijo el viejo.

‒No. –respondió el cura.

 

Medina calló por unos segundos. Advirtió la ya tradicional y conocida distancia que el cura imponía cuando su conversación con él iba algo más allá del saludo. Así, reclinándose sobre sus piernas, se acercó un poco hacia el cura para decirle en voz baja, como en secreto:

‒Que estaba muerto... o casi listo, como quien dice. –prosiguió el viejo.

‒Un pie en la tumba. –añadió el cura.

Había sentido el aliento del viejo en la cara y visto de cerca aquella dentadura que lo miraba de cerca. Habló con voz firme, más que para Medina, para contener su repulsión. Pensó que si no dejaba lugar a dudas de que entendía muy bien, Medina se retiraría, cuanto antes, convencido de que era innecesario aproximarse tanto. Hacia atrás, por favor.

‒Un pie, y algo más. –agregó Medina.

Y, sólo entonces, se retiró hacia atrás. Su espalda retornó cansina al respaldo de la silla. Desde allí, como quien espera que el comensal convidado opine sobre el plato que se le acaba de servir, aguardó ansioso lo que su interlocutor tuviera que opinar.

El padre Claudio, que no terminaba de sobreponerse a su reciente repulsión y creía sentir aún la tibieza de aquel aliento sobre el rostro, aquella dentadura a punta de mordisquearlo, se pasó el dorso de la mano por la cara y, acto seguido, posó sobre Medina una paciente mirada venida con desgano de sus ojos hinchados por el cansancio y la falta de sueño. Actitud de espera. Rostro viejo en actitud de espera. Viejo sólido como plomo derretido en su silla de madera ¿Qué espera? Quiere que muestre mi rostro impresionado por el abismo al que me ha asomado. Quiere que sienta miedo, temor, duda. Quiere conmoverme. Me has conmovido. Lo que se me viene encima debe ser lo menos una jornada de dos horas de entrega a la charla inútil ¿Por qué a mí? ¿Ves lo que digo? Mira tu rebaño. Tu oveja trasquilada, llena de un miedo intransmisible que la lastima hasta los huesos. Y yo, sostenido sólo por mis huesos, no sé qué decir. En realidad, nada hay que yo quiera decir. La muerte es cosa íntima. Un tabú. Medina retira su mirada y se la lleva de nuevo hacia las torres de libros en los rincones de la habitación. Por fin. Contempla el desorden. Al rato, impaciente, Medina se adelantó.

‒Debo confesarle...Padre... –el viejo duda.

‒¿Si?... –dice maquinalmente el cura.

‒En realidad no es una confesión. Digamos... mas bien… es algo no oficial, quiero decir. Me entiende UD. ¿verdad? ‒preguntó el viejo.

‒No oficial. No entiendo. ‒dijo el cura.

‒Más bien una forma de sincerarse ¿Comprende? ‒volvió el viejo.

‒Creo que sí, con tal que no me obligue UD. a aceptar que no hay sinceridad en la confesión.‒sonrió con cortesía el cura.

–Claro que no. Sólo me refería a que no es una confesión de... ‒el viejo buscaba la palabra apropiada.

‒Que no se refería UD. al sacramento, quiere decir. ‒dijo el cura..

‒Exacto. ‒celebró el viejo.

‒Confesión de amigo, digamos. ‒comentó el cura con gran esfuerzo.

‒Ajá. ‒asintió el viejo.

‒Porque también podría ser confesión de reo ¿No? –agregó el cura.

‒No, claro que no. ‒se apresuró el viejo.

‒¿Y qué tiene en contra del sacramento? Lo pregunto porque quizás sea una manera de comenzar esa confesión no oficial de la que habla. ‒dijo el cura, extrañado del tono institucional que, sin querer, lo invadió por un instante.

‒UD., siempre tan adecuado a la circunstancia. ‒celebró de nuevo el viejo. El cura iba a dejar que Medina terminara aquella sonrisa que se le olvidó en la boca mientras pensaba en otra cosa. Pero la cosa, al parecer, se alargaba demasiado. Entonces hubo de llamar su atención.

‒¿Y qué tiene contra el sacramento? ‒preguntó el cura.

‒Contra el sacramento...la verdad, nada. Nada. ‒aseguró el viejo.

‒¿Y entonces? ‒replicó el cura.

‒La verdad, hace mucho que no me confieso, en un confesionario, quiero decir, y frente a un cura, formalmente. Hace muchos años, muchos desde la última vez, que yo recuerde. Lo que sí recuerdo, cuando me viene a la mente el asunto, es que para hacerlo pasaba yo largos momentos en… ¿cómo se llama? ‒preguntó el viejo.

‒Constricción. ‒respondió el cura.

‒Ajá. Constricción de corazón, creo que le dicen ¿no? Era el primer paso, creo, de aquel proceso espiritual, o no sé bien cómo llamarlo. Lo cierto es que uno se siente como quien arrastra un fardo pesado, muy pesado. Entonces comenzaba el inventario de pecados. Luego propósito de enmienda y, por último, decir los pecados al confesor. ‒dijo el viejo.

‒Y cumplir la penitencia ‒agregó el cura.

–Ah, sí. Claro, claro. La penitencia. El Padre Nuestro y cosas así. Mientras más cochino uno, más oraciones incluía la penitencia. En mi caso, de niño me tocó un cura bastante jodido ¿sabe? Yo le calculaba un Padre Nuestro a razón de tres o cuatro groserías. Cuando hacía mi inventario de pecados, trataba de reducir lo más posible; por ejemplo, tres o cuatro mentadas de madre las contaba como una sola, porque si no imagine UD., todavía estaría yo rezando padres nuestros. Claro que, por allí, se colaba otro tipo de culpa, porque yo no dejaba de pensar que estaba haciendo trampa. Pero, claro, como era la misma mentada de madre… Yo me preguntaba ¿qué será lo que Dios castiga? ¿la mentada de madre en sí, o las veces que uno la mienta? Yo no sé qué piense UD., Padre, pero yo nunca pude dilucidar el asunto, y, por supuesto, que jamás me atreví a averiguarlo con mi confesor, temiendo, como temía, que mi método no fuese el más apropiado. ¡Si ustedes los curas, Padre, supiesen de las dudas que acosan a los que estamos del otro lado!. Para ustedes todo parece fácil; en lo que tiene que ver con Dios y demás cosas inmortales, quiero decir, parecen saberlo todo. Pero de este lado, le juro que no es así. De niño estudié en un colegio de monjas ¿sabía?. ‒comentó el viejo entre dientes.

‒De curas, querrá decir. ‒aclaró el cura.

–No, no. De monjas. Había muchachas y muchachos. Y era dirigido por monjas. Idea del tío Segismundo. Para entonces aún no era sólo Montenegro. El decía que allí recibiría una buena formación. A mi no me gustaban esas mujeres trajeadas en blanco largo, ni esos crucifijos enormes colgados en sus pechos como en las paredes. Pero, en fin, no había nada qué hacer. Le diré que son mucho más déspotas que los curas –sin ofender–. Hay dos cosas que nunca olvido: rezar el rosario completo luego del recreo. Imagine UD. el sudor y el cansancio de cuarenta muchachos metidos en una estrecha capilla durante una hora y media de monótono rosario. Bueno, quiero decir, algo muy largo, para un muchacho ¿No le parece? Lo otro: la confesión, semanal. Semana tras semana. Yo pasaba largos momentos rebuscando pecados durante los últimos siete días transcurridos. Si no ¿cómo presentarse uno ante el confesor? ¿sin nada? ¿con las manos vacías? Ningún confesor creería algo así. Además, algo así era una suerte de papelote, de ridículo. Como fuese, uno se esforzaba en reunir la mayor cantidad de groserías dichas no repetidas y pensamientos sucios albergados que hicieran de uno un digno pecador. Menos mal y la Iglesia contempla el pecado de pensamiento. Allí pueden pasar muchas cosas, y nunca queda muy claro lo que realmente es y lo que uno se imagina. Usted sabe. El tema casi siempre era el mismo: sexo e inmundicia en general ¿Qué otra cosa puede caber en la cabeza y jeta de un muchacho? Era un procedimiento exhausto, se lo aseguro. Imagine, semana tras semana. Y como uno nunca sabía quién podía estar escuchando sus pecados del otro lado del confesionario, estaba descartado repetir los de la semana pasada.

‒Pero, al final, siempre repetiría algo, supongo. ‒dijo el cura.

–Por supuesto ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Cuántas groserías se pueden decir? ¿Cuántas tetas o pubis pelones se pueden ver en una semana? A veces, cuando no iba a misa, y como no hacerlo es pecado mortal, me sentía flamante. Pecador completo. No es que me sintiera orgulloso de algo así, o que no me importara, desde luego. Si se es cristiano, esas cosas pegan. Pero ese día no tenía que esforzarme en inventar muchos pecados (¿veniales?, creo que se dice), dado que llevaba uno mortal, que valía mucho más que todos los de la semana juntos, deducía yo. No tenía forma de estar seguro, pero si uno va a la silla eléctrica por matar a alguien, poca importancia tiene si no era legal el arma con que la mató ¿No cree UD.? Bueno, pero, como sea, no podía abusar mucho de esta especie, pues la falta a misa, aparte de ser una falta grave, era causa de rebaja en las calificaciones de la escuela, lo que suponía vérmelas con mi tío Segismundo al fin de mes, cosa nada halagadora para el espíritu, mucho menos para el trasero. ‒dijo el viejo.

‒Segismundo. Se refiere a… ‒dijo el cura.

‒Segismundo Montenegro. Sí, a Montenegro. Sólo que, como le digo, por entonces todavía era el Tío Segismundo. UD. sabe. Desde que me fui de Buenaventura, se hizo cargo de mí. Bueno, hasta cierto momento. Llegó el día en que no volví a verlo. Y cuando, años después, supe de él de nuevo, ya lo llamaba simplemente Montenegro. No sé por qué. ‒aclaró el viejo. Medina sonrió. Hizo un gesto de parada con la mano. Se detuvo para toser y mondar garganta y pecho con carraspeos repetidos. Luego, algo enrojecido, miró al cura con cierta pena.

‒¿Puedo fumar? ‒preguntó el viejo.

‒Sí. Aunque… ‒dijo el cura.

‒Ya sé. ‒interrumpió el viejo‒ Déjeme así. Un poco más de humo y nicotina no hará gran diferencia ¿No cree? Además, estar mas o menos enfermo, le aseguro, Padre, no es cosa que me importe ahora. Si saliera a la calle en este momento y escuchara el estruendo de un ferrocarril, igual cruzaría. Se lo aseguro. ‒comentó el viejo mientras encendía el cigarrillo que se había llevado a la boca.

‒Si UD. lo dice. ‒dijo el cura.

‒Decía UD... –dijo el viejo.

‒Yo no. UD. hablaba de los tiempos en que aún se confesaba. ‒dijo el cura.

‒Sí. Hace tiempo. ‒dijo el viejo.

‒Del inventario de pecados. ‒insistió el cura.

‒De cuánto costaba de muchacho inventarme uno cada semana... Sí. Uno cuenta sus propias historias como si fuesen ajenas ¿verdad, Padre? Y, de pronto, cae en cuenta que son suyas, que ése de la historieta es uno mismo… En fin. Pero, además, la cuestión no queda allí, digo ahora. Uno deja de confesarse cuando envejece porque, en realidad, no haya cómo hacerse del pecado, ni mucho menos cómo trasmitirlo a confesor alguno. Un muchacho miente o dice groserías. Confiesa: mentí a mi mamá; el lunes dije tales cochinadas, el martes pensé tales otras. El miércoles vi tales teticas. Es simple. Se trata de una versión muy ligera del pecado ¿No le parece? ‒dijo el viejo.

‒Quizás se corresponda con la ligereza con la que el joven suele ver la vida, supongo. ‒respondió el cura, al tiempo que se sentía ridículo por decir cosas así. Pero, con cosas así, mantendría a Medina a raya.

‒Eso mismo digo yo. Cuando se envejece, y más cuando se llega a viejo sin remedio, se tiene una visión muy distinta del asunto. Imagínese si uno se pone a ir al confesionario cada vez que dice una grosería o se entrega a alguna inmundicia. El pecado tiene otra cara. El detalle cuenta poco. Más que al acto de un día, es algo que le sucede a la vida entera. Ambición, lujuria, gula...qué se yo... capitales, ¿no?. Preguntó el viejo.

‒El que destruye la gracia y nos hace dignos de pena eterna. ‒sentenció el cura que, en este caso, quedó muy conforme con el tono de sentencia.

‒Peor todavía. En fin, pregunto yo ¿cómo se les confiesa, digo yo? Si de verdad están allí, destruyendo el alma, como UD. dice y marcando la historia de cada quién, no son cosas que suceden el lunes o el martes, y de las que nos podemos limpiar el domingo, una vez cumplido el propósito de enmienda y la penitencia. No señor. Son la vida, la vida como una enorme destrucción, será ¿Cómo debo decirlo a mi confesor? ¿Hay vida que pueda repararse con una par de oraciones? La ambición no se comete. Se entrega uno a ella, sin importar lo que realmente se alcance con una entrega así. Yo, por mi parte, lo he ambicionado todo, aunque sólo haya llegado a Jefe Civil de Buenaventura. Ridículo ¿no le parece? Pero eso poco importa. En esto, el resultado es un mero detalle ¿Qué debería hacer? ¿Confesar mi ambición y devolver el cargo? ¿Me redimiría? ¿O, más bien, mi confesor estallaría de risa? Yo que se lo digo: el resultado, el fracaso, en mi caso, aquí no cuenta, sino la entrega, el ejercicio sin descanso. ‒el viejo calló de súbito.

–Vender el alma al diablo, que le dicen. –comentó el cura para rellenar el hueco del silencio repentino. Pero nada. El silencio se prolongó más de lo que el cura hubiese deseado.

‒¿Cómo dijo? ‒preguntó el viejo.

‒Vender el alma al diablo… ‒repitió el cura.

‒Eso es lo que cuenta. Siempre lo hacemos ¿O no? Algunos, como yo, obtienen sólo una jefatura en un pueblucho miserable. Otros gloria eterna que llena páginas completas de historia. Al final, el juicio final, No hay confesor que asista a nadie. César: el gran emperador. Medina: el viejo de mierda encerrado en su despacho. En cuanto a logros, ni qué decir tiene: la diferencia no es poca. Pero, digo yo, en cuanto pecadores, ambiciosos frente al tribunal de Dios ¿hay realmente diferencia? ‒preguntó el viejo.

Al mismo tiempo el cura miraba. Desgastado el cielo, harto del vaho de la terrena esperanza, brotó el humor de la costra de lo eterno. De su azulada paz inanimada emerge apocalíptico el brazo justiciero que indica el final del tiempo. San Agustín, ya puedes descansar en paz. Humanidad impotente y sometida, sorprendida en su inútil quehacer histórico, gira en la doble espiral ya cósmica del todo. Unos suben, por la derecha y otros bajan, por la izquierda. En simétrico, implacable movimiento concuerdan salvación y condena, bienaventuranza y maldición alrededor de un escorzado Cristo en majestad rodeado de sumisa corte: virgen implorando, santos, apóstoles, patriarcas, mártires, bienaventurados, confesores y demás segundones del miedo divino rendidos en absorta contemplación. Arriba, en los lunetos superiores, ángeles portan los símbolos de la Pasión: corona de espinas, cruz y columna. Abajo, parrilla de San Lorenzo y piel mortuoria de San Bartolomé. Los nuevos vivos se evaporan, livianos tras deshacerse del lastre de la carne. Los muertos en todo su peso continúan cayendo al montón último del infierno. Burocracia y multitud, vulgo municipal y espeso, como diría el poeta, historia sin final que largo trámite os reserva el sufrimiento. Esperad pacientes vuestro turno. El barquero Caronte, cabeza de gato y mirada pérfida, agita su remo para trasladaros ante Minos, terrible escribano de este más allá, cuerpo rodeado de serpiente. Boca de Leviatán. Y para que nadie duerma en paz y podáis integraros sin descanso a esta eternidad de insomnes, ahí está, presta a escandalizar por los siglos de los siglos amén, la corte de ángeles trompeteros.

–¿Me escucha UD. padre?

Preguntó el viejo, al ver al cura que se había quedado callado por completo y con la mirada perdida y quieta. Emergió la voz de Medina abriéndose camino por entre ruidosos acordes de trompeta. Pero el padre Claudio no logró distinguir a Medina. Después de todo, el viejo tiene razón, según parece. El anonimato es la esencia del pecado. Todos somos, en cuanto pecadores, originarios, mendigos en tránsito tras los que se cerró el enorme portón nebuloso de la eternidad. Quien ponga cuidado aún podrá escuchar tras sus pasos el cruel crujir de las bisagras y el estruendo del enorme pestillo. Una vez caídos en ésta, la fosa común de la historia, compartimos el mismo padecimiento, nos ejercitamos en el hades de lo temporal, ponemos nuestras almas a tono, vacías de las banalidades de lo particular, para exponernos, platónicos, a la transferencia última, al mismo juicio, imputados de la misma causa. Tú no piensas en éste o aquél pecado. Para Ti no hay criatura preferida, aunque, según Agustín, pueda haber, como él, privilegiados. Sólo tienes ojos divinos para el acto de pecar. Y, digo yo, es que acaso ¿hay acto que no lo sea? Tu criatura se consume generación tras generación en borroso transcurrir sin matices. Tú sólo te interesas en su disposición a entregarse al pecado todo e inevitable de la historia. Medina o César, da igual. El terror implacable de tu espiral no se detiene en matices biográficos ni dicta sentencia personal. El juicio final no atiende argumentos. Más que un acto de justicia, es una orden de leva, que homologa a todos y los reparte entre los que se quedan y se van. Les abriste las puertas del tiempo para volvérselas a cerrar. En tu divina soledad pareces haberte creado muy grandiosos escenarios del principio, y del final. Grandiosidad que le queda grande a una criatura tan mediocre y formidable. Llegaste haciendo mucho ruido, y, al parecer, así te vas. Y ahora ¿qué harás? Sin tiempo no hay misterio. Sin caída no hay pecado y sin pecado no hay historia. Y sin historia, digo yo, ¿qué puede hacer un dios? Sólo se adora y se requiere lo imposible, aquello, la tierra prometida, mientras se trate de aquello a lo que no se puede acceder. Habiendo accedido a ella hemos profanado tu reino. Libres ya de voluntad y pecado, la misma razón por la que nos largaste, nos convierte ahora, dentro, en inmutables huéspedes indeseables ¿O acaso es posible adorar lo eterno desde la mismísima eternidad?

El padre Claudio no pudo evitar soltar una risotada. Medina quedó en silencio, sin saber qué pensar de aquella actitud.

‒No piense UD. mal, Medina. Le he seguido en todo, de veras. Es sólo que me ha causado gracia el modo cómo lo plantea. ‒dijo el cura.

‒Le parece que estoy loco ¿verdad? ‒preguntó el viejo.

‒Por supuesto que no. No he dicho eso. Ni siquiera pretendo insinuarlo. Pensaba, no más. Veía cosas, mientras UD. hablaba ¿Que Dios no hace diferencia? No. En verdad, creo que no. Si quiere que le sea sincero, le diré que no creo que haya nada más difícil y complicado que tratar con Él. vcomentó el cura.

‒¿Con quién? ‒preguntó el viejo.

‒Con Dios, digo. ‒insistió el cura.

–Ajá. –exclamó el viejo.

‒Cuando uno se embragueta de todo corazón en el asunto, se lo aseguro, no es fácil. Definitivamente no lo es. ‒seguía insistiendo el cura, como si estuviera hablando solo.

vImagínese, si lo dice UD. ¿qué quedará para los demás?

‒Los demás no se embraguetan, de verdad. Les basta con libritos como éste. ‒replicó el cura.

‒Pero UD. también usa el librito ese ¿no? Que yo sepa, todo el mundo aquí ha de tener uno. ‒dijo el viejo, con moderada sorna.

‒Sí, es cierto. Y no diré que sea muy halagador para con mi persona. Pero, por otra parte, es suficiente para lo que los demás quieren. A muy pocos interesa saber realmente de Dios. Les basta con estar, o creer que están de buenas con él. Estar en Gracia, para hablar en el lenguaje técnico apropiado. Sólo el místico, o el ateo, se siente en cabal compromiso en este asunto. Yo sólo soy un sacerdote, al fin y al cabo. Un funcionario, como un policía o como UD. jefe civil. Los demás sólo quieren dormir tranquilos. Mi misión es cantarles canciones de cuna en ese lecho de muerte que su existencia es. ‒dijo el cura, que seguía hablando como si estuviera solo. De haber hablado a Medina, seguramente, pensó, no habría dicho nada.

‒Eso es verdad. Yo que se lo digo. No quisiera volver a pasar otra noche así. ‒dijo el viejo.

‒¿Lo ve? Nadie quiere saber de trompetas. ‒advirtió el cura.

‒¿Qué trompetas? ‒preguntó el viejo.

‒Las que mantienen vivos a los muertos en el infierno. ‒dijo el cura, y esta vez sí miró a Medina.

Lo ojos del viejo se clavaron aterrados en los del sacerdote. Con torpes movimientos, sus manos temblorosas sacaron otro cigarrillo de tabaco negro y lo encendieron. Sobrevino la tos y el carraspeo. El rostro de Medina enrojeció sin dejar de mirar al cura. Nadie podría decir de dónde viene tanto fuego en un cuerpo tan débil y pequeño. Cuanto teme, como todos, al infierno, o cualquier cosa que lo insinúe. Yo, que ya no soy capaz de un temor así, sé lo que Te digo. Hay quienes un terror así pueden retornártelo en encendida fe. La oración que ya no puedo pronunciar ¿qué quieres que te diga? Bueno, mejor sigo con éste, o se le va a encender la cara.

‒No se alarme, Medina. Es sólo una manera figurada de referirse a, digamos ¿la conciencia?. Eso lo entiende, creo. ‒dijo el cura.

‒¡Horrible!. ‒exclamó el viejo.

‒No es para tanto ¿Nunca ha escuchado UD. los trompetazos? ‒preguntó de nuevo el cura.

‒Claro que no. ‒respondió el viejo.

‒Y entonces ¿por qué está aquí hablando de pecado… y todo lo demás? ‒preguntó el cura..

‒Ah. UD. se refiere a que uno anda ¿cómo decirlo? ‒preguntó el viejo.

‒Agobiado, creo que es la palabra. ‒dijo el cura.

–Sí. Eso es. Tras años de letargo, de pronto la inquietud desconocida nos quita el sueño y comenzamos a hacernos preguntas que no tienen respuesta. Trompetazos que nos retumban en las paredes del ánimo durante días enteros, quien sabe si durante toda una vida.

Medina se dio tiempo para largase un par de bocanadas mientras ordenaba lo que iba a decir a continuación. El Padre Claudio esperó. Entonces el viejo continuó.

‒Lo que sentí anoche es que yo no estaba preparado. ‒comenzó de nuevo el viejo.

‒¿Preparado para qué? ‒inquirió el cura, impaciente.

‒Es como si uno tuviera que salir de viaje, de repente, sin saber a dónde ni para qué, sin haber hecho las maletas, revisado cuentas, garantizado el hospedaje… ¿me entiende?

‒Creo que sí. ‒dijo el cura.

‒No estoy preparado. Sería mejor morir de golpe. Sin víspera. ‒concluyó el viejo.

‒Puede que nunca se esté preparado. Si alguien lo estuviera, probablemente no tendría tiempo para otra cosa. Y, aún así, siempre aparecerían, en algún momento, detalles pendientes. Ahora, dígame una cosa, Medina, ¿A qué precisamente le teme? ¿Al hecho de morir, o a lo que pueda esperarle después de la muerte? ‒preguntó el cura.

‒Eso. Imagine que la muerte sea no despertar nunca de un pavoroso sueño, a sabiendas que uno está soñando. Ese es el punto. Uno duerme, pero, de alguna manera, uno lo sabe; sin despertar, lo sabe. El médico dijo que yo estaba inconsciente ¿no? Bueno, dormido, vaya y pase. Puede ser. Pero ¡Inconsciente cuernos!. Le diré, Padre: ahí estaba mi rabia de viejo, suelta desde tres días antes buscando vengarme de la Susana y de todo lo que me daba por muerto y, si no, viejo, que es lo mismo que no estar, pero burlado. Escuché cada palabra, sentido cada gesto y movimiento, olfateado el aroma a piel y vulva lavadas. En el momento todo era confuso. Pero, ya despierto, uno precisa las cosas. Todo lo que aconteció en aquella maldita habitación lo viví segundo a segundo sin poder saber de qué se trataba. Incluso sentía hambre y frío. Y, digo yo, ahora, qué tal si morir no es más que llevarse toda esta maldita vida a la otra vida, que no es, en verdad, vida, sino arrastrar por la noche los mismos ruidos, los mismos gestos y los mismos olores, la misma hambre y el mismo frío, sin saber que son la mismísima mierda que ya vivimos y que, sin embargo, nos acompañará por la eternidad. ‒dijo el viejo.

‒En verdad ¿lo imagina UD. así? ‒preguntó el cura, en el fondo sorprendido porque en la mente de aquel viejo cupieran imágenes así.

‒Así mismo. Como esos mendigos locos que arrastran por la calle latas, ropas viejas, artefactos y demás peroles sin saber qué son. Así me lo imagino. Lo de anoche no fue un simple sueño. Sino un ensayo. Yo que se lo digo, padre, no puede haber peor castigo. No quiero volver a dormir nunca. ‒aseguró el viejo.

El cura se levantó del catre en donde había permanecido sentado. Con el librito de oraciones entre las manos, caminó hacia la caja de donde lo había sacado y lo echó dentro.

‒Tengo hambre. ‒dijo el viejo.

El cura escuchó la voz de Medina a sus espaldas. Esperó unos segundos. Se volteó, y se quedó mirando al viejo, que ya se había levantado de la silla y se disponía a marcharse. Medina prosiguió con amarga cortesía:

‒Antes de pasar por aquí, me disponía a ir a comer algo a lo de Rita. Si gusta, lo convido.

‒No, gracias ‒respondió el cura tras una ligera sonrisa‒ Yo tengo sueño, y prefiero, pese a su invitación, primero dormir un poco.

‒Está bien. ‒dijo el viejo, mientras se volteaba para salir. Ya en la puerta, se detuvo y preguntó al cura:

‒Por cierto, Padre ¿ha visto UD. a Susana?

‒Anoche. Cuando estaba en su casa. ‒respondió el cura.

‒¿Y el comisario Romero? ‒preguntó seguidamente el viejo.

‒Él no. Según dijo Colmenares, estaba de guardia. ‒respondió el cura.

‒De guardia. Sí, claro. De guardia. ‒iba murmurando el viejo mientras se disponía a marcharse.

Bostezo del cura. Mirada en derredor que se pasa a Medina como si no estuviera allí. Se rasca la cabeza, el cura, cabizbajo entre torres de libros levantadas por todos los rincones de la desordenada habitación. A otra cosa. Dormir sería lo mejor.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.