He observado que, al parecer, en esto de largase a la mismísima mierda siempre ha de haber una puerta de por medio. En mi caso, por ejemplo, aquella a la que apuntaba el científico dedo de la gorda de Lacatos. También, aquélla otra, la del aula, que yo mismo, como siempre, abriera al entrar, y, por última vez, cerrara al salir, tras veinte mil años transcurridos en el país de la ciencia de eunucos y doncellas, el día en que la tierra se llenó de peludos y cabezones, para volverme a Buenaventura. Aunque esto de volver, lo sé bien, siempre ha sido parte del mismo y reiterado largarse en que consiste este pasar con forma de laberinto. Hablamos del devenir mismo; de ese no ser en curso, que, sujeto a tiempo, adquiere forma de historia para tener y dejar de tener ser.
En cuanto a las puertas, las hay algo más definitivas de las que mencioné, como aquella que, al poco tiempo de haberme largado a Buenaventura —para siempre, según creí— abrió la mano suicida del viejo Rangel, por la que entramos los dos, a media mañana, y por la que salí yo sólo —y más solo— al atardecer: la del cementerio. Vista desde aquí, ya no desde aquél Buenaventura al que me largué una y otra vez, sino desde éste, al que, una vez más, he arribado, se trata de una gran verja, de viejo y pesado hierro, que empieza abajo, al ras de un suelo verdadero, en una linea recta y gruesa, y termina arriba, al ras de la falsedad del cielo, en forma de arco y llena de arabescos. Irónicas, grotescas y cursis: ¿por qué las puertas de los cementerios siempre son así? Quizás, si nos tomáramos la muerte un poco más en serio, no nos permitiríamos el mal gusto a propósito de algo tan crucial, que, como la muerte, no es, sino que somos. Nuestra autoestima pasa por nuestra mortalidad. Y pasar por aquella puerta fue perderla. Aún asi, el viejo y yo traspasamos; él para ser enterrado y yo para enterrarlo.
Sea como sea, aunque la ignoremos, o ni siquiera reparemos en ella, nuestro estar ahí, en el laberinto, tiende a tener forma de puerta, que se abre o que se cierra, pero que, de alguna manera, hace nuestro pasar indescifrable, hasta que la tras-pasamos. Es este traspasar el que dota al pasar de posible narratividad; de antes y después, de inicio y de final. Sin puertas, no hay cambio ni curso, y, por lo tanto, tampoco relato, ni mucho menos hermenéutica. Requerimos de ellas para estar ahí, siendo, y darnos significado, comprendiendo. En tal sentido, las puertas son los oráculos del laberinto.
Y hablando de puertas. Me gustaría saber ahora por dónde se habrá largado el glotón de Adán. Por cuál borde del Edén cayó el sujeto tras la patada cósmica que le propinara su propio creador. Y que no se tome esto por pregunta rebuscada; acaso capciosa —difícilmente haya una que para la teología no lo sea— pero no rebuscada. Porque ¿acaso, como el pasar sujeto a historia, puede la eternidad tener límites, o puertas? O ¿por dónde —entiéndase por cuál puerta— se habrá metido la serpiente aquélla que este dios condenara a arrastrarse por la tierra? Ya que, digo yo, si serpiente era aquello a lo que este dios imputa la tentación ¿de qué podría valer semejante condena? Es como si a mí me condenara a escribir historias porque me ha descubierto escribiendo ésta. Esto es algo a lo que sólo puedo condenarme yo mismo; pero nunca un dios que ni siquiera tiene cómo captar el sentido de semejante condena. Una cosa es crear el reptil, y muy otra ufanarse de haberlo condenado a que se arrastre por el suelo.
En fin, el asunto acá es ¿cómo tomarse en serio a un dios que condena las cosas a ser lo que ya son? ¿Es un creador de hecho, o sólo un ente más al que toca, como a mí, lidiar con lo ya existente, en cuyo caso la creación no es más que un descubrimiento y, como tal, para que tenga sentido, un juicio? Ya que crear es acción que sólo tiene sentido como acto dador de sentido. Toda historia es creación porque da ser a un pasar, sin lo cual dicho pasar no existiría; es decir, quedaría en su mero no ser. Si este dios dijo haya luz, y hubo luz, es porque previamente a su creación había oscuridad. Y si creó la oscuridad, es porque previamente había luz. De hecho, según su propia historia, el tiempo y el espacio ya eran, y, por si fuese poco, hasta nos dice qué eran: caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Con lo cual, tenemos la única parte de esta historia que nos podría interesar: el abismo. Que si el día, que si la noche; que si las plantas con semillas y los árboles con frutos, y las aves aladas —esto no lo digo yo; es redundancia sagrada— que si el calendario, y ese sujeto retorcido, hecho, no obstante, a su imagen y semejanza: con su historia, este dios —para el que cada cosa que iba haciendo días tras día estaba bien— no hace otra cosa que llover sobre mojado, es decir, justificarse a sí mismo. Un dios que hace es un dios en curso, y, si en curso, no es pleno, y si no pleno, no tiene ser, o sólo es capaz de ser su no ser; y si no es ¿cómo ser dios? Estas preguntas ya me aburren un poco. Pero me asaltan de modo inevitable.
Aunque, por otra parte, al parecer no todo estaba tan bien como suponía este creador sin criterio ontológico durante aquellos primeros siete días de una historia, como la de la creación, con inicio y final, y que, sin embargo, todavía no termina. Esta creación es como un primer capítulo introductorio; más bien el espectacular prefacio de un largarse a la mismísima mierda que llega hasta hoy. De hecho, tras unos cuántos milenios, que han de ser bien poca cosa vistos desde su supuesta eternidad, a este dios se le fue a la mierda el entusiasmo inicial, según el cual todo estaba bien. Tras lo cual optó por el exterminio total de la vida, con un diluvio. Siempre pasa con las historias, que aquéllos polvos traen estos barros. Y la de este dios no es excepción. Hasta aquí, su luna de miel como creador en el laberinto temporal de la voluntad y del quehacer. Ya no más el estático, insípido está bien de la primera semana de la historia; su historia. De hecho, el mismísimo dios que, arrancando a Adán del polvo, lo volvió polvo, confesó ante el único mortal probo —el bueno de Noé— estar arrepentido de haber creado aquella cosa que, pese a haber sido hecha a su imagen y semejanza, hubo de echar del paraíso, para que trajera tras de sí toda esa caterva de descendientes de mierda, enanos de cien mil años, y que no hacían otra cosa para existir que acarrear más mierda a la historia de mierda que él había iniciado con la creación. No quiero ni imaginar a este dios, lloroso y pataleando, cual niño rico, solo y malcriado en medio de su frustrada fiesta, quejándose ante un Noe que lo observa con paciencia: yo sólo quería que me adorasen ¿cómo iba a imaginar que todo resultaría en esta mierda? No lo puedo creer. No lo vuelvo a hacer… Es éste un dios, no de la eternidad, sino de la experiencia; arrepentido, fracasado, histórico y humillado por su propia y defectuosa obra tras no se sabe cuántos miles de años de degeneración. Y menos aún quisiera imaginar al bueno de Noe, a quien tocó asumir los platos rotos y la regeneración.
De modo que, ensayo y error; había que mandarlo todo a la mismísima mierda y empezar de cero. Aún cuando, historia y experiencia de por medio, esto de empezar de cero hay que leerlo siempre como continuar de cero. Y hasta los dioses son muy sensibles a la semántica; sobre todo aquellos que, como éste, penden de la memoria. En todo caso, hablamos de un nuevo inicio, o de un reiniciar lo ya iniciado; lo que es, obviamente, el colmo de su historicidad. Con lo cual, queda claro que, más que un tema de eternidad, la creación es dato de amarga experiencia. Y lo de amarga es lo de menos. Pues siendo esta suerte de creación en segundo grado —en la que participa un mortal— partía de todos y cada uno de los ejemplares de la vida que este dios arrepentido se propone exterminar, hablamos, ni más ni menos, que de experiencia respecto del pasar. Y si algo demuestra la historia de este dios, sobre todo en su iracundia, es no estar preparado para algo así —ningún ser histórico lo está; precisamente por eso es histórico— amén de no poder resistirse a algo así. Humano, demasiado humano, diría alguien por allí. Sospechosamente humano, cabe colegir.
No obstante, demos algún crédito a esta historia, que, de una semana en la que todo estaba bien, pasó a gesta milenaria en la que todo estaba mal. La cuestión es que a este dios el acto creador se le ha ido de las manos. De alguna manera, siempre pasa. Allí esta Frankenstein: ¿quién para dar mayor fe de ello? El asunto acá, sin embargo, es que no hablamos de un científico obcecado y ambicioso, sino del dios al que debemos el ser. Lo cua contradice la idea central a la que se aferra esta historia acerca del hecho de contar historias: es el tiempo el que da —y quita— ser. El problema no es, pues, crear el mundo, sino el que, para hacerlo, haya que narrarlo. Asignar un inicio al pasar —lo cual implica un final— no nos habla tanto de lo que pasa, como de la voluntad que en si es el acto narrativo. Con lo cual el acto creador —simbología pura— degenera en acción; es decir, relato, discurso e intención. Y esto, aunque inevitable, no por inevitable es bueno para un dios y su eternidad, ya que, inevitablemente, lo temporaliza. Y, de ser posible, un dios temporal sólo podría ser pasajero; es decir, acaso un creador de tiempo —como cualquier ente con conciencia de su propia finitud y mortalidad— pero nunca creador del tiempo, como la teología pretende presentarnos a éste. El unico creador del tiempo que podemos imaginar es el pasar mismo, y sólo en la medida en que únicamente el pasar puede ser narrado y en que lo único que podemos hacer ante el hecho de que todo pasa es, precisamente, narrarlo.
En efecto, sólo el pasar es susceptible de un antes y un después, en torno a los cuáles se teje el todo temporal de ese ser —histórico— que adquiere forma en una narración. Empero, en relación con un dios,, el antes y el después no es sino el talón de Aquiles de un ser despojado de plenitud por la misma historicidad que demanda; es decir, un dios des-eternizado y, como tal, entrampado —pasajero— en su propia ser histórico. Tal cual el más infame de los entes finitos y mortales, marcado por el tiempo —incluso por el mismísimo calendario— y puesto a crear el mundo en siete días, este creador, supuestamente anterior a todo, en realidad, se da de narices con lo dado; y lo llama abismo, con el fútil propósito de él representar lo opuesto —la luz— y legitimarse como aquello que ha de ser adorado. Por lo que no ha podido más que dar nombre a lo que ya era. Y, en esto, tampoco fue mucho más original que el resto de peludos y cabezones, llamando a la luz día y a la oscuridad noche. Es tan temporal este dios, que hasta se ocupa de las estrellas que han de servir de señales para las estaciones, los dias y los años, y las conmemoraciones en su honor.
A diferencia de otros menos dignos de adoración, este dios no viene del caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Por el contrario, va hacia ello. Como aliento divino recorre la acuática faz de lo insondable —con lo cual sólo hago un aporte expresivo que mejoraría en mucho el pésimo estilo narrativo del Génesis. Empero ¿qué puede tener de divino el ser que se mueve y actúa; con una historia que contar y con los días contados de una historia? ¿No es más que obvio que su supuesta criatura es la que ha hecho a este dios a su imagen y semejanza? Como sea, no puedo creer que, ante semejante espectáculo, como lo es el del abismo, lo único que se le ocurra a este dios sea encender la modesta vela cósmica de un reino aparte; el suyo, al que llama paraíso y en el que se dispone a reunir un puñado de idiotas —inocentes, sin conciencia y absolutamente ignorantes— que lo adoren. Hay que ser idiota para adorar lo otro —cualquier cosa esto sea. Pero aspirar a ser adorado por un idiota no cabe en la idiotez. Con lo cual este dios lo único que ha hecho es convertirse en el señor de una fértil y prolija huerta; acaso muy extensa, incluso envidiable, pero no infinita; ni siquiera eterna, pues el abismo ha quedado fuera.
Pero ¿cómo? ¿eternidad con fronteras; opuesta a algo distinto de ella y con lo que ha de competir en ser? Yo no sé qué piensa este dios, si es que acaso piensa. Pero, dicho en términos ontológicos, hay una enorme diferencia entre largarse a la mismísima mierda y heder. Si no es absoluta, la eternidad no es. Claro, puede que la suya sí —hablando en términos narrativos— por ser demasiado histórica, y convertirlo a él, como creador, en puerta —propia de un común pasar— entre su reino y la historia. Con lo cual, a este dios ha pasado lo que a Beckett: exigirse una historia, cuando con ser bastaba. Y ese ha sido su error.; uno de sus errores. Y como, según él mismo asegura, con la creación ha puesto la cagada, lo veremos cometer una y otra vez el mismo error, tan eternamente esencial en los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, pero del todo aberrante en el caso de uno que, para ser, nunca ha debido salir de sí. Menos aún a crear el otro que lo reconozca y adore. El infierno es los demás, decía Sartre. Cosa que ya habrá pensado Noé, mientras compilaba uno a uno en el arca los ejemplares con los que salvar la raza que su dios se había propuesto exterminar; el compilador el primero.
Este dios es tan histórico, que depende del tiempo y del espacio desde los que se ve a sí mismo como creador. Si en lugar de tomar forma en el Oriente Fértil lo hubiese hecho en la Grecia Clásica, Platón y Aristóteles, de buena gana, lo hubiesen salvado a tiempo. Y no porque lo retornaran al reino desde el que nunca ha debido salir, sino, precisamente, porque jamás lo hubiesen dejado salir de él. Pero ya es tarde para eso. La puerta, en cursi forma de árbol, ha sido abierta. Y la narrativa se ha hecho cargo de un dios que, arrepentido, se ha largado a la mismísima mierda por su propios pies. No me extrañaría encontrármelo por acá, en Buenaventura. Quién sabe. Hasta puede que, sin saberlo, ya haya compartido con él una de esas jornadas revolucionarias en las que el Licenciado Valbuena nos arenga mientras echa de comer. Puede que no sea más que un muerto de hambre que viene a por su bolsa. Después de todo, si, como señala su propia historia, acaso ya estuvo en el laberinto para experimentar la muerte, nada pierde con experimentarla un poco más, y aprender, con Quevedo, que el que muere no tiene más qué morir, y el que vive tiene que morir más. Esto, seguramente, no es sutileza fácil de captar para un dios que ha tomado partido entre la luz y la oscuridad. Pero le puedo asegurar que la relación entre vida y muerte es algo más interesante que ese maniqueo y cursi contraste ente fallecer y resucitar.
Porque este dios tiene pies. Y acaso de mucha mayor envergadura que las mismísimas patas de Mudito. Casi nunca se habla de ello, salvo en el caso del Jesús ése, que es el mismo dios que, histórico como el que más, tras poner la cagada con lo de la creación e ir a por la vindicta con lo del diluvio, ahora le toca hacer de pregonero de su propia historia y de sus planes a futuro. Porque este dios es tan histórico que, no conforme con tener un pasado de mierda, ha de pensar en un porvenir de mierda con el cual corregir aquél. Por eso anda por allí, cual demagogo en campaña, reclutando muertos de hambre de mierda para su causa de mierda, y que son los que, con su propia historia de mierda, siempre han de pagar las consecuencias. ¡Quién lo diría! Después de tanto tiempo y esfuerzo, que lo único que haya logrado este dios sea parecerse cada vez más al Licenciado Valbuena. Sólo que, dada su talla, sería mucho más difícil dar con una cruz que le ajustase al gordo. Pero lo importante no está en la materia, sino en la esencia: el Jesús y el gordo son la misma mierda.
Casi nunca se habla de este dios visto por los pies, salvo, en su forma crístológica, para lavárselos. Acaso porque aquellos eran los tiempos en que, creyendo la tierra plana, era mucho más fácil que ahora, sabiéndola redonda, y que estar ahí es gravitar, confundir el largarse con el caer; siendo que éste no es más que un accidente en que se expresa aquél. Pero el hecho es que este dios es tan historico que tiene pies, con los que largarse a la mismísima mierda en busca de un futuro mejor que corrija su equívoco pasado, y ser así parte —desde hace tiempo ya— del mismo laberinto. Con lo que su acto creador sólo cabe como accidente en el curso de una eternidad que, por lo tanto, no es tal, o que, abriendo la puerta de la historia, se historizó a sí misma; esto es, como acción y sólo con sentido en un todo narrativo. Este dios no la cagó, como él mismo cree, creando aquella raza que él mismo exterminó con el diluvio, sino con la acción misma de crear. Después de lo cual, convertido en ente que para existir actúa, no le quedaba otra cosa que seguir actuando; como quien dice, largarse a la mismísima mierda, o, dicho con más sutileza, en palabras de Beckett, hay que seguir, voy a seguir. Que esto hiciera en forma de paloma o de pregonero, es cuestión de estilo. A otros nos da por escribir libros.
Lo que cuenta aquí es que se ha entrampado. Ya no se trata de ser en el cielo, sino de devenir en el laberinto, donde lo que vale no es lo verdadero, sino lo narrativo. Ya no más ser pleno. Si tiene inicio, a este dios le toca lidiar con el salido de sí mismo, como cualquier ente atrapado por el tiempo en las redes del lenguaje y engullido por el animal de su propio discurso. Si tiene historia, tiene destino. Sólo ha de largarse a la mismísima mierda para saber cuál y, sobre todo, para saber que da igual cuál sea. Tras haber enfermado de tiempo con la pócima de la narratividad ¿qué puede importan cuál sea el destino de un dios que, comko cualquier ente temporal, se ha condenado a tener uno? Según su poropia historia, este dios es a la historia lo que la vagina al nacer: una puerta. Otra cosa es que, no conforme con ello, se haya empeñado en traspasarla él mismo. Y pasa no se apuesta a lo temporal sin perder en lo divino.
Ahora bien ¿y qué del abismo? ¿Acaso se puede existir por la eternidad —lo cual es ya una contradicción, que, desmereciendo su ser pleno, la haría en sí misma trascurrir— haciéndose de la vista gorda con lo del abismo? Si para algo ser descubierto o sabido —traer a lo claro, diría Heidegger— primero ha de ser en el abismo ¿cómo pretende este dios el ser eterno al margen del caos, la confusión y la oscuridad? Si el hágase la luz no despejó absolutamente todo, entonces no hay eternidad, pues, de ser, ésta no habría podido dar lugar a algo tan infame como la historia y sin la cual este dios no habría tenido a donde arrojar su infame criatura. La historia —es decir, el tiempo y el pasar— no es más que evidencia de que la eternidad de este dios es por sí misma insuficiente. Requiere del laberinto, que no es otra cosa que el abismo mismo como fuente de ser histórico y de inspiración para su narrativa. El amor al saber con el que históricamente se define la filosofía es inseparable del abismo. El acérrimo odio de Tertuliano y la patrística a los filósofos y la filosofía —lo más propio de lo que los cristianos llamaron paganismo— no es sino la reivindicación de ese amor ciego a lo divino en que consiste la Fe y que hace de este dios el más antifilosófico de los dioses y, sin embargo, al mismo tiempo, tan histórico como para dar lugar a la filosofía de la historia. Lo que para cualquier dios pagano habría sido despropósito, a éste, creador historizado, condena a la historicidad
Ciertamente. El tema con este dios es que, para ser, ha devenido inteligencia, memoria y voluntad. Es un dios obstinado, creador y arrepentido, que ha de valerse de artimañas para lidiar con su infame criatura en el laberinto. Extermina la primera raza, pero guarda su semilla para eternizarla. Se convierte en paloma y pregonero, y hasta es capaz de morir en el intento para reivindicarla. Más no se trata de una muerte auténtica, sino de éso: una artimaña. Y, al parecer, ni siquiera se da cuenta de que, haciendo de la muerte una experiencia pasajera que espera lo confirme en su eternidad, hace de la eternidad misma la gran patraña.
A la postre, como chicle pegado a la divina suela de su acto creador, devenido mera acción, este dios no se ha podido deshacer del abismo. Por más que haya encandilado a su criatura y, con ello, pretendido que existiera eternamente de espaldas al abismo y con el único sentido de adorar a su creador, el abismo sigue allí. tan rico en pasar como intacto en su caos, confusión y oscuridad. De allí que, habiendo largado a su criatura, el reino quedara sitiado por el mismísimo abismo, del que este dios pretendió montar carpa aparte. Porque, más allá del árbol del fruto prohibido ¿qué del abismo si no el mismísimo laberinto del tiempo y del pasar? Este dios me recuerda al positivista aquél que, habiendo extraviado la moneda que se le cayera del bolsilo mientras transitaba por la acera, fue interpelado por un discípulo que pasaba por allí y lo sorprendió buscándola en segmento de la calle iluminado por un poste del alumbrado público: —¿qué hace, maestro? Buscando una moneda que se me acaba de caer. Ah, se le cayó por aquí —dijo el discípulo, mientras señalaba el entorno iluminado y se disponía a colaborar en la búsqueda. No; no, por allá —replicó el maestro, señalando hacia el lado más oscuro de la calle. Perplejo, el discípulo preguntó: —¿Y, entonces, por qué la busca aquí? Porque aquí hay luz.
Mientras este dios, ante el abismo, creaba la luz con la que iluminar la pequeña y mítica huerta de la que él mismo se proclamara señor, debo haber quedado del otro lado; el del caos, confusión y oscuridad. Soy parte de la anónima manada de peludos y cabezones, hijos todos del caos, la confusión y la oscuridad. Tal la raza maldita y formidable a la que realmente pertenezco, y que nada tiene que ver con su mítica descendencia y con la que, según su propia historia, este dios ha de seguir lidiando históricamente por la eternidad, siempre a medio camino entre el exterminio y la salvación.
En todo caso, a lo que voy: este dios no es más que una de tantas puertas narrativas que la historia ha abierto para acceder a su propio laberinto; que es el mismísimo abismo. Más no mirado desde arriba, desde su cielo atemporal e infantil, como hace este señor desde su huerta, sino vivido como minotauro; como quien dice, desde la mismísima mierda de su adentro. Ciertamente, aquí todo es caos, confusión y oscuridad. Y, sin embargo, a su vez, la única dimensión posible para la existencia temporal. El abismo es el corazón a desentrañar del animal vivo del pasar. Sin la sangre a borbotones de su narratividad no hay sentido. Este sacrificio ante el altar de la incertidumbre es lo que hace la diferencia entre estar ahí y eternidad.
Y no sé por qué, pero en Buenaventura es más fácil dilucidar estos misterios teológicos que, valiéndose de la atemporalidad del mito, en realidad, cojean de la temporalidad de su narrativa. Debe ser que, por estos lares, entre sol y arena, se advierte cuán poco tiempo nos hemos tomado peludos y cabezones en evolucionar. Ahí está Mudito, por ejemplo, que de un salto pasó de la caverna de Platón a la revolución del Licenciado Valbuena. Y qué decir de mí mismo, que en los mismos veintitrés años, pasé de bárbaro a escribidor, a sabiendas de que jamás superaré la barbarie, que es el cordón umbilical que me une al abismo del que este dios pretendiera apartarme. No es posible en tan corto tiempo olvidar a los ancestros y copartícipes del mismo abismo. Diógenes es el más clásico de los tres. Aunque menos cabezón, ése sí que se pasó de peludo. Pero lo que en realidad nos diferencia es que él anda en cuatro patas. Lo cual puede que sea una señal de superioridad disimulada, si se la interpreta, tal y como he llegado a hacer aquí en Buenaventura, como que el negarse a la posición erguida es la forma más inteligente de cuidarse de la inteligencia. En rodo caso, así es Buenaventura; un abismo de sol y arena, en el que los dioses son inseparables de los tiempos, tanto como el cielo lo es de la tierra. Separar la luz de la oscuridad es pretensión de necio.
Pero no siempre las puertas abren paso a las historias. En el caso de las de amor, que son las más difíciles de narrar sin caer en la farsa o la cursilería, al parecer lo cierran. Y es en esto en lo que pensaba cuando me senté a escribir. Lo que pasa es que me distraje con este dios, que de amor si que no tiene la más puta idea. El ama a todos, como si fuesen sus hijos. Vaya amor de mierda. Cualquiera puede ser dios valiéndose de un amor así. Mas no es a esa fruslería a la que me refiero aquí. Sino a la otra. A la que te pone a lidiar con el otro, en carne y hueso; con su carne y con su hueso temporales en la paila de un mismo infierno.
Ciertamente. Cualquiera puede contar la historia de una guerra, como, de hecho, lo hace magistralmente Tucídides. Pero ya quisiera verlo contando la historia entre dos, en la que ninguno gana y ambos mueren. Porque en el laberinto no sólo es posible morir para subir al cielo a reunirse con un dios que ni siquiera existe. También se puede descender a lo más profundo de ese abismo entre dos que es el amor y no regresar jamás, sino seguir descendiendo. Aquí no vale eso de recorrer como un aliento divino la acuática faz de lo insondable. Hay que mojarse, y completo. De tal manera que las puertas no siempre están allí para traspasarlas. Hay veces en que, para largarse a la mismísima mierda, sólo se requiere del otro que lo haga; de modo que con quedarnos de este lado es más que suficiente. Así fue como pasó con Amanda. Así que voy a intentar lo que Tucídides, aún cuando con una guerra imposible de narrar. Pero que, por lo mismo, cabe en una historia imposible como esta.
¡Ay! el mismo Romero de siempre. Eso dijo Amanda, y lo hizo así, sin coma. A lo que me refiero es a que no dijo: ...el mismo de siempre, Romero. Porque, para ser exactos, cuando lo dijo, no se refería propiamente a mí —en ese momento su interlocutor— sino a esa cosa extraña y ajena en que nos convertimos, vistos desde la perspectiva de aquél otro en cuya existencia hemos estado involucrados, como se lo está en un crimen o cualquier otra forma de estar que implique algún grado de complicidad. Nos habíamos dado una segunda oportunidad, que, al igual que la primera, estaba por dejar de ser tal: una puerta, no de las que se abren, sino de las que se cierran. Pasa que el amor no es como la eventualidad en virtud de la cual el destino nos pone a compartir el mismo asiento en un autobús, sino el autobús mismo en virtud de cuyo movimiento creemos ser entre dos el destino. y todo lo demás eventualidad. Los destinos no se cruzan; se confrontan y revuelcan al traspasar una misma puerta del azar.
Aunque lo que Amanda hubiera querido es que compartiéramos el mismo asiento en el autobús de la revolución con destino al mundo mejor, esto no cambia, en lo esencial, lo que digo. Por el contrario, lo confirma, y con algún grado de escalofriante certeza, si se piensa que, con ello, Amanda no hacía otra cosa que identificar su propio destino −el nuestro− con el camino correcto; en este caso, el de la revolución, que venía a reivindicar lo que de por sí era absurdo: el amor. Pero ¿cómo? −preguntaba yo. Si su absurdo es lo más atractivo que el amor pueda tener, hasta el punto de eximirlo de todo significado. No lo requiere. Es el amor el que significa, por atracción fatal; no por sentido. Es lo que nos empuja a bordear el abismo de la pasión, que es una de las más atractivas facetas del caos, la confusión y la oscuridad de las que tu dios, por cierto, siempre ha pretendido privarnos. Tan sublime como ciego, tan sutil como bestial ¿cómo puede haber amor sin abismo; sin ser en caída libre? Eso es el amor, el acto del abismo. Todas sus acciones han de conducir al mismo acto: el abismo de la pasión. No hay lugar al sentido. El sentido lo desmerece. Ese discurso psicológico y sociológico del equilibrio y la comunicación puede ser muy bueno para curar el amor. Sólo que, si se le cura, será, ciertamente, equilibrio y comunicación, pero nunca amor. El amor termina donde empieza la comunicación. Se esfuma cuando, conjurando su absurdo, se le encuentra sentido. Y cuando por fin advertí que Amanda me miraba con la tolerancia y paciencia con la que se espera que el orate calle, callé. Entonces, allí intervino ella, con su amable acusación: ¡Ay! el mismo Romero de siempre.
Fue entonces que, habiendo yo caído en la trampa del equilibrio y la comunicación, para explicarme mejor, me vine con algo que ya he mencionado en alguna otra parte que por ahora no recuerdo: en cuestión de amor sólo se ha de dar crédito al bolero. Y también, podría ser, al cine negro, que en mucho participa del mismo instinto atento. ¿Recuerdas Adiós Muñeca, la película de Robert Mitchum? —pregunté, con ánimo sincero. Amanda para nada la recordaba, o no quería hacerlo, pese a que la habíamos visto juntos más de una vez: yo no sé qué le ves tú a esas películas, que ni color tienen −fue lo único que dijo, para desmerecer de antemano cualquier posible argumento de mi parte. Pese a lo cual, yo insistí. Quiero que consiga a mi Belma −dice un Mus Maloy, del tamaño de la estatua de la libertad, al ya cansino y escéptico detective Marlov. Y esto hace tras haber pasado siete años en prisión, por asaltar un banco, haber salido de la cárcel con el único propósito de reunirse con su amada, y poder así, al fin, disfrutar juntos del botín. Pero Belma, que durante ese tiempo ha seguido su propio y engorroso destino, y sin poder zafarse del sabueso Marlov, no más ver a su otrora amante, le dispara al estómago. A lo que un asombrado Mus, cayendo, sin entender y a punto de exhalar el último suspiro, responde con voz trémula ¿por qué? Para terminar yéndose a la mismísima mierda sin saberlo. Gracias al amor, a Mus, el amante, no le importó la traición ni el engaño. Y si acaso hubiese sido posible sobrevivir a aquellos terribles y mortales disparos, ni siquiera le habría importado el ser asesinado por la mujer que ama. Aquí no cabe el equilibrio ni la comunicación, que sólo atienden a la conciencia social y moral. Eso es amor. Una vez más, ¡Ay! el mismo Romero de siempre.
Si el dios de Amanda hubiese participado de la estética del cine negro no habría cometido y acometido el yerro de apartar su reino del abismo, sino que, por el contrario, se habría insertado él mismo en la única dimensión en que la luz puede tener algún sentido. No es que el blanco y negro carezca de color; es la ausencia de color como identidad de la luz con el abismo, de la vida con la muerte, del inicio con el final, del ser con el no ser. Por eso, para ser, la existencia ha de ser narrada; lo cual sólo se puede hacer partiendo del abismo que en sí mismo es pasar. Una narración sólo puede tener sentido en medio del caos, la confusión y la oscuridad. No importa a dónde vaya, porque lo que cuenta es ir y seguir. Pero claro, esto no lo puede entender un dios cuyo único propósito sea ser adorado. Y tampoco una Amanda que quiere saberse amada. Sin embargo ¿quién se queda sentado, a adorar lo que ya sabe, a sabiendas de ese caos, confusión y oscuridad que lo aguarda a la vuelta de la esquina para pasar la noche de su vida? Siempre he pensado que, más que un pecador, Adán es un pusilánime. No obstante, estoy seguro de que, si le preguntaran si lo volvería a hacer, diría lo que Wilde: la experiencia carece de valor ético. Lo único que realmente demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.
Por supuesto que nada de esto trasmití a Amanda. En su casa no se hablaba mal de su dios, ni de su Gigante Muerto, que era como una suerte de réplica provisional, en carne y hueso, que todavía no había muerto. Pero yo nunca he hablado mal de lo uno ni de lo otro —replicaba yo, en tono resignado, o, más bien, ridículo, como si estuviera a punto de ser expulsado de aquel paráiso llamado su casa. Sólo he pretendido ir un poco más allá de la mera adoración. ¡Ay! el mismo Romero de siempre. No lo dijo en ese momento, porque no le di tiempo y, antes de que fuese a hacerlo, agregué algunas observaciones más o menos inocuas. Lo bueno de las películas en blanco y negro es que no necesitan del color, que tanto distrae al espectador y tanto contribuye a su existir sin saberlo. Así nos lo indica Buñuel al inicio de Un Perro Andaluz, cortometraje en donde, no digamos ya el color; ni siquiera la palabra es necesaria. ¿Acaso sería factible esta ausencia si no en blanco y negro? —¿lo recuerdas?. Si, claro, porque a Romero le parece muy bonito que le estén arrancando el ojo a una persona en plena pantalla como inicio de una historia. Sí, en efecto, Amanda recordaba a Un Perro Andaluz. Habíamos visto el corto tiempo atrás. Pero nunca había mostrado semejante asco, brillando, como ahora, en el horizonte límpido del equilibrio y la comunicación. Sólo que, comparado con su respuesta, un ¡Ay! el mismo Romero de siempre habría sido un consuelo.
Ya no supe por dónde seguir. Como digo, pasar del amor al equilibrio y la comunicación es como irse de culo por la pendiente escarpada de la pasión que se derrumbó. No se nota; la derrapada va por dentro. Pero como parte del equilibrio y la comunicación es hacer de tripas corazones, uno insiste y sonríe, con la esperanza de que el otro lo haga primero. No obstante, la magia no funciona. Una vez que se ha metido la pata, sólo queda seguirla metiendo; que, en cuestión de amor, no en otra cosa consiste ir a fondo. Es como irse a la mismísima mierda, pero en vertical. En fin. Cura al amor del absurdo, y tendrás acaso una de esas pandillas disciplinadas que llamamos familia; una célula de la sociedad para la que lo mejor que puede pasar es existir en sociedad, sirviendo a su orden y aunque todo los males provengan de ella. Pero qué puede importar algo así cuando, gracias a la familia, se puede vivir en sociedad aislado de los demás y acorde con una historia mediocre, al titmo de la cual envejecer en paz contigo mismo y en conjunción con los demás que hacen la misma mierda. En familia, nadie aspira largarse a la mismísima mierda; ya se está en ella. En este punto, hasta un ¡Ay! el mismo Romero de siempre le quedaba corto a Amanda. Sólo se limitaba a mirar, con sus ojos de perro andaluz brotados por la cuchilla de mi decir. Aún así, tras una pausa casi imperceptible, seguí. El amor no puede ser un proyecto, de orden divino o secular. Tu dios no ama, Te lo puedo asegurar. Siendo dios, sólo puede tener ojos para sí mismo. Y si no, fíjate en aquella Ángela, la mística; desnuda por calles y plazas, y de cuyo noble cuello cuelgan pedazos de carne y pescado, proclamándose a sí misma como la criatura más vil. Eso sí que es amar a su dios, por imposible. Esto es, como Mus ama a su Belma; absurdamente.
Amanda ya no me miraba. Quiero decir, sus ojos seguían sobre mí; pero sólo sus ojos, fijos en el mismo Romero de siempre, pero sin mirarme; como si lo que mirasen no fuese yo, sino la mera frase, hecha de caracteres ininteligibles; que es en lo que se convierte el objeto amado cuando naufraga en el manso mar del equilibrio y la comunicación. Ya no venía al caso seguir metiendo la pata. Pero como, cuando se va al fondo de las cosas, nunca se toca fondo, yo habría podido seguir un poco más con lo de Mus y Ángela. Igual lo puedo seguir haciendo ahora, a solas, aquí en Buenaventura, a donde ha ido a parar aquél objeto amado que sigo siendo; sólo que largado a la mismísima mierda del otro lado de la puerta. Al fin y al cabo, esos ojos siguen allí, fijos sobre el mismo Romero de siempre. Si el vacío tuviera mirada, se le sentiría así.
En tanto que amantes, Mus y Ángela, cada uno a su manera, solo son en la medida en que su objeto de amor es imposible. Mus ama una Belma en cuya historia ya no pincha ni corta, e incapaz de reconocer el trágico heroísmo en virtud del cual la ha seguido amando interrumpidamente durante siete años. Belma —el imposible de Mus— sólo puede existir, en tanto que objeto de amor, en la dimensión heroica de Mus. No es que Belma no sea real. Es que su realidad la hace tan imposible como amable. Y qué decir de Ángela, que no solo ama lo desconocido, sino lo que ni siquiera es susceptible de existir. Pero pasa que el amor de Ángela es tan grande y trascendente que ni siquiera requiere de existencia por parte del objeto amado; una vez más, no es su irrealidad la que cuenta aquí, sino su real imposibilidad. Y acá hay también un heroísmo trágico, en virtud del cual la heroina, como Mus, se basta a sí misma en tanto que dimensión real del amor. Y uno se regunta ¿quién tan orgulloso de su virtud como Ángela de su vileza? El amor de Mus, como, igualmente, el de Ángela, sólo es posible en la medida en que le es imposible ser correspondido. Ésta es la clave de su absurdo. Gracias a lo cual, prevalece por sí mismo. En el caso de Mus, no lo afecta la traición ni la muerte. Y ¿cómo podría el dios de Ángela corresponde al suyo? Si, para amar a todos, este dios no puede tener compromiso con ninguno. Completamente racional e interesado, el de su dios es un amor de segunda; propio de un objeto de amor que no ama, y que sólo está allí para ser amado. Mientras que el de Ángela —inspirado en la infamia de su propia existencia— la enaltece. Gracias a su vileza y, más allá de ella, es un amor total, corpóreo; toda ella, por sí sola, putrefacta y desnuda. Mus y Ángela nos enseñan que quién en verdad ama abraza lo imposible y se abrasa en su imposibilidad. Para lo cual, no se requiere de vida ni de ropa. La pasión está en comunión directa con lo imposible. Si algo hay que aprender de las historias de amor de Mus y de Ángela, es que equilibrio y comunicación son dimensión de lo posible. Y, al parecer, quien en verdad ama requiere del abismo de la pasión. porque sólo lo imposible es capaz de conmoverlo.
Esos ojos siguen allí, como si siguieran línea a línea lo que escribo Pero bien sé que no es así; que soy yo el que, gracias al recuerdo, hace las veces de mirada de ellos. Y es por eso que acaso en el recuerdo, dada la ausencia e imposibilidad que siempre conlleva el recordar, haya mucho mas amor del que somos capaces de profesar en plena presencia. En la medida en que también es pasar, puede que recordar sea la única forma en que el amor adquiera sentido —histórico— y textura; ser, sin más. Si, en lugar de esos ojos que siguen allí sin mirar, Amanda estuviese aquí, seguramente, estaríamos hablando del mismo romero de siempre. Más, devenidos entre dos lo mutuamente imposible, ya no cabe el decir en forma de equilibrio y comunicación. A cada quien toca amar por su cuenta un posible imposible configurado como recuerdo. Además del par de ojos inútiles que sigue allí, cuyo espléndido no mirar sólo puede tener significado para mí en el contexto de esta historia, recuerdo aquella tarde en la ciudad universitaria, cuando tuvo lugar nuestro reencuentro. Quiero decir, además de recordar, apunto lo recordado en este amasijo. Con lo cual, me hago de mi propio imposible. Amanda, por su parte, se ha hecho el suyo. Lo llama revolución. Lo cual es una forma de amar al tiempo. No como yo, que lo que intento es un equilibrio y comunicación con el pasar, a través de el tiempo. Pasa que, visto así, el tiempo no es un imposible, sino la forma en la que todos los caminos posibles conducen a lo imposible.
En fin, el hecho es que los ojos de Amanda quedaron allí, en las cuencas sin fondo del vacío. Hasta ese momento, su disposición al equilibrio y la comunicación se había limitado a ¡Ay! el mismo Romero de siempre. Que no tomó mucho más decir para convertirse en la sentencia —mi sentencia— para siempre: lo que yo quiero es una relación para construir. Supongo que la revolución le enseñó eso Tras lo cual, la vi salir por aquella puerta. Fue así que, largándose ella a la mismísima mierda, me largaba yo mismo. Para lo cual nada como una buena puerta, de las que resuenan entre las cuatro paredes en que se ha compartido ese toda una vida en que el amor consiste, y cuyo eco retumba en las cavernas de la memoria, en las que huchea el fantasma de una mutua ausencia. Y eso también es amor: el huchear de la mutua ausencia entre dos. Que nunca cesa, ya que el amor, como todo pasar, sólo en las historias puede tener inicio y final. Cosa de la cual intento hacerme cargo. Es así como el mismo Romero de siempre interpreta su sentencia.
Sigo del otro lado de la puerta. Aquellos ojos, también; en su inolvidable no mirar. Una relación para construir que se ha ido a la mismísima mierda. Sí, ciertamente, he pensado mucho en el asunto. Se sabe de casos conmovedores, como el del monarca musulmán que construyó el Taj Mahal, ese gran mausoleo levantado en honor a una esposa que murió dando a luz a su decimocuarto hijo, y al que el poeta Tagore se refiere como una lágrima en la mejilla del tiempo. ¡Lágrima!, la que derramaron los más de veinte mil obreros y más de mil elefantes que, durante la temporal mejilla de más veintidós años de trabajo forzado, participaron en el sublime enterramiento de una mujer que no parió más. Hay relaciones para construir de las que, sólo llorando, el mundo se ha liberado. Pero también hay casos mucho menos escandalosos y algo más discretos. En efecto, menos sonado y algo más lúgubre, es el del extraño sujeto −creo que londinense; aún cuando por el estilo podría ser irlandés, pero cuyo nombre igual no recuerdo− que se pasó la vida construyendo para su amada una mansión de piedra en la que envejeció solo y que aquella nunca habitó. Si esto no es, en su más puro estado y curioso solipsismo, una relación para construir, no sabría cómo llamarlo. Y en este tema, por cierto, en el que el amor se convierte en la puerta arquitectónica que se abre al ser entre dos en medio de un devenir que todo arrastra y sin necesidad alguna de distinguir entre uno y otro, el cine en blanco y negro también tiene qué decir, o ¿qué representan un ya calvo ciudadano Kane y la fracasada cantante de su esposa, juntos y aislados en el inaccesible Xanadu, si no una relación para construir? Nunca se lo dije a Amanda, porque, en auella segunda oportunidad, no me dio oportunidad. Empero habría que tener más cautela y prudencia con la metáfora, pues, si bien no es la realidad misma, sino una mera forma lingüística de referirla, su poder sí que es real, y podría tener un alcance mucho más allá de la semántica.
La primera vez que Amanda dijo ¡Ay! el mismo Romero de siempre, comenzaba lo que, sin saberlo, a la postre sería, como digo, nuestra segunda oportunidad de irnos a la mismísima mierda; vale decir, una segunda puerta. Pero una cosa era el Romero que Amanda tenía al frente mientras departíamos en un cafetín de la universidad, tras haberse topado con él en medio de un pasillo por el que transitaba el gentío de finales de la tarde, y otra muy distinta ése, el mismo Romero de siempre. He dicho segunda puerta. Pero más bien, esta segunda oportunidad era como regresar por la misma puerta por la que nos habíamos largado en la primera. Pasa que si el amor, sólo pleno en su absurdo, se permitiera tales disquisiciones, no sería tal. De allí que el mismo Romero de siempre fuera, pues, uno degradado y que jamás podría reivindicar el delito de ser el mismo. Aquél otro, el que de súbito apareció aquella tarde, era uno del mundo ideal. El mismo de siempre, lo era de la experiencia y la memoria.
El hecho es que ya no es aquella tarde en la ciudad universitaria, que ahora recuerdo, y que solo en la dimensión de mi personal soledad es susceptible de tener ser. Valga esto como apunte de teoría y método de la historia. Tema: el hecho. El hecho es que ya no es aquel ahora —el anterior— que reconfiguro en éste —el posterior— a partir del recuerdo que evoco a los efectos de esta historia. La historia no tiene método. Es el método del que se valen los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad para existir históricamente.
Si se me hubiese ocurrido aquella tarde, a lo mejor hubiese bastado para darme ánimo y entrar a dictar la clase. Pero lo cierto es que no quería asistir; que mi cabeza estaba más vacía que los ojos esos, que siguen allí. Justamente, por aquél pasillo voy a paso lento, mientras busco en aquél vacío el argumento que me dé la excusa para no asistir. A tres horas de la pautada, albergaba la esperanza de que algún evento catastrófico me lo impidieron. Que el dios este se topara de nuevo con el abismo y los vientos de su misma temporalidad ni siquiera lo dejaran encender la vela con que alumbrar la huerta en la que reina. O que los vientos de la lógica, que igual lo són de la temporalidad, hicieran que Noé naufragara en el charco del diluvio, ya que el arca no soportó con semejante peso. Aquella tarde, cualquier detalle, sencillo y catastrófico, hubiera estado bien como motivo justificado para no entrar al salón de clase y exponerme aquella suma de miradas de peludos y cabezones echándome en cara su gran problema. Y en este ahora, esos ojos también sigue allí, sujetos, como los de Amanda, a las inexistentes cuencas del mismo vacío. No obstante, todavía puedo distinguir su no mirada de la de los ojos de Amanda. Era la cuarta o quinta vez que repetía el mismo recorrido por el tramo del pasillo que circunda el edificio de aquella escuela de hstoria de cuyo nombre no quiero acordarme.
Pasillo largo y ancho, de techo abovedado, sin inicio ni final, como el pasar de los que lo hacen en un sentido y los que en sentido contrario. Cada quien en lo suyo mismo, todos hacemos lo mismo. Así es el laberinto. Una brisa amable llega hasta allí; amable y cortés, como la sombra que nos acoge en el curso de nuestro recorrido. Nunca entendí el lema preferido de esa universidad: la casa que vence las sombras. Y cómo, si lo mejor que tiene esa casa, precisamente, es la sombra, a lo ancho y largo del pasillo sin inicio y sin final que la recorre. Ese lema ha de haber sido inspirado por el mismo esta bién que hizo recular al dios este que. tras toparse de narices con el abismo, fue a refugiarse en su huerta, con la esperanza de que una pandilla de idiotas cuide de su divinidad. No es de extrañar. Pasa que lo intangible siempre se las ingenia para estar por encima de la existencia material de las cosas. Si lo sabrán los dioses, que no solo no existen aunque tengan ser; es que no se atreven a hacerlo, porque no sabrían cómo y no lo soportarían. Su incontrovertible ausencia y nefasto silencio, no es más que cobardía. Porque, para existir aquí, en el laberinto, hay que tener cojones ontológicos con que ganarse el ser y no conformarse con un otro que nos lo dé. Técnicamente, lo que Nietzsche llamaba voluntad de poder. Y los dioses no pueden. Que todopoderoso como el que más, que no más con mover un dedo... Ya les digo yo a los dioses estos lo que pueden hacer con el dedito ese y por dónde se lo pueden meter. Si no, que lo haga Aristóteles, que siempre ha tenido mucho más tacto que yo para estos menesteres.
En una de tantas veces que hice el mismo recorrido por aquél pasillo, me detuve en un puesto de libros. La mujer que, de súbito, advertí a mi lado, hojeaba un ejemplar de la Italia Loca, de Malaparte. Tenía el libro abierto entre sus manos largas con uñas pintadas de gris claro. Eran unas manos sin mucha gracia femenina, pero agradables, fuertes y, en cierto modo, temibles. Cuidado, señorita −dije, al tiempo que señalaba el libro que sostenía en sus manos− que ese sujeto es un fascista. A lo que la mujer, tras un gesto de repudio, dijo entre dientes: Uy, con razón se llama así. Yo solté una carcajada, como seguramente lo habría hecho Malaparte de haber estado allí.
Entonces la mujer me miró y, antes de que yo le explicara, como me correspondía y había propuesto hacer, el por qué había dicho lo que dije de aquél autor, me interrumpió: ¿Romero? Sí −dije sin haberla reconocido. ¿No me reconoces? −preguntó. Pero yo no recordaba a ninguna mujer con el cabello casi tan corto como el de un varón y que, ligeramente abombado sobre las orejas, le daba una curiosa apariencia de joven paje. ¿Romerito? −preguntó, la mujer, sin dejar de mirarme directo a los ojos. Fue entonces que reconocí aquella voz, y ésa, la peculiar entonación que adquiría al pronunciar el diminutivo. Y, cuando besó mi mejilla, también reconocí ese olor. Y no me refiero al perfume, sino al hormonal, la marca por la que nos guiamos los perros. Y echo una mirada de soslayo a Diógenes que, a esta hora de la madrugada, duerme en rincón.
Por los momentos, a la mierda con Malaparte. Reconocer a Amanda fue el empujón temporal que me hizo caer en la trampa del reencuentro. Y, al hacerlo, he de haberme mostrado tan dócil que, tras esa graciosa sonrisa que deslumbraba en su rostro cuando presentía que la situación estaba bajo su control, Amanda se tomó de mi brazo como una colegiala y ella misma me condujo hasta el cafetín. Una oferta que yo no podría rechazar, según advirtió, en medio de una maliciosa sonrisa, y con la que me recordaba que tal era una de mis frases favoritas durante el tiempo que estuvimos juntos. Con lo que, obviamente, la alusión iba mucho más allá del objeto aludido.
Pero no me detuve a pensar en ello. Sólo pensé que, al decir de su maliciosa sonrisa, Amanda, al igual que yo, también era la misma de siempre y que, tras nuestro primer sorbo de café, iba a preguntar en qué estaba yo pensando. Y, en efecto, al verme absorto tomando mi café, eso fue lo que preguntó. No cabía duda: la misma de siempre, sin comas. ¿Me estás escuchando, Romero? −insistió. Si, claro. Estaba yo pensando en lo que hace un rato; en la casualidad de habernos encontrado y cuando me dirigía a ti, como una desconocida, a propósito del libro que estabas hojeando. Por cierto, no es que Malaparte sea un fascista; pasa que en medio del desquiciado entusiasmo que generó Mussolini, escribió La Italia Loca −respondí. Y esto era lo que en realidad yo estaba pensando. Pero Amanda nada dijo al respecto. Sólo preguntó: ¿y por qué tan seguro de que fue casualidad? Yo me quedé mirando aquellos ojos redondos, vivaces y, al mismo tiempo, esperando por las palabras que habrían de colarse por entre aquellos labios gruesos. Ella, que advirtió mi espera, se contuvo por un momento, como si revisara al detalle lo que estaba a punto de soltar. Entonces continuó: es curioso que para alguien, a quien tanto obsesiona el destino, exista la casualidad. Pero acá, como en todo, yo que te lo digo, Romerito, nada de azar: sólo necesidad y causalidad −concluyó la mujer, mientras se llevaba la taza de café la boca, y se recostaba suavemente en el respaldo de la silla.
Le habría hablado a Amanda de la idea que ya he expresado aquí, y en virtud de la cual lo que llamamos destino no es otra cosa que nuestra percepción —necesariamente histórica— del pasar como entes que, a su vez, pasan. Captamos ausencia que sólo es tal en relación con nuestra presencia, y que a la vez nos refiere a lo irremediable del pasado y a la incertidumbre del futuro. Pero, para entonces, esto era algo en lo que aún no había pensado. Lo que sí no dejó de causarme impresión fue el que Amanda se hubiese fijado en algo así como mi obsesión por el destino −que no es otra cosa que mi obvia obsesión por el tiempo− aun cuando lo hiciera según ese modelo maniqueo de destino basado en la idea de necesidad y causalidad. Entonces, desde la relativa lejanía que había ganado con sus estudiados movimientos, volvió mirarme. Yo hubiera querido prolongar aquél silencio que, de súbito, había surgido entre los dos; porque me era agradable y porque, además, hay temas que sólo dan para uno; que sólo se pueden asumir en soledad, asomados al abismo que somos. Pero, convencido como estaba de que Amanda también seguía siendo la misma de siempre, la prolongación de aquél silencio le sería tan incierta como hostil.
Y como quiera que yo no quería algo así para ella, me apresuré a decir, sin pensar mucho en lo que decía y sin recordar, hasta que lo dije, que ya lo había dicho en alguna otra oportunidad: son los deterministas decimonónicos y los autores de libros de autoayuda quienes creen en la necesidad y la causalidad. De súbito, el cadáver que en potencia soy me interrumpió: la cagaste, Romero; la cagaste. Mira esos ojos, esa boca… por qué no dejar pasar un tema que, ya sabemos, no conduce a nada que no sea esa cara de inconformidad. Y pensar que, además, estuve a punto de llamar la atención sobre cierto tono tan intelectual para alguien tan pragmática. Al final, fue Amanda la que se hizo cargo de que saliéramos de aquel silencio sin mucho que lamentar, cuando, sin tomar en cuenta mi comentario, dijo: la verdad, ese encuentro en el pasillo se lo debes −se lo debemos− al Profesor Rangel. ¿Al viejo Rangel, dices? −Interrumpí con asombro. No sé por qué te refieres de esa manera a él. Es un gran tipo, ese señor. A mí, en lo particular, me ha ayudado muchísimo −replicó Amanda. Si no lo hago por ofender ni mucho menos. Le digo así desde siempre. También le guardo mucho afecto al viejo −reparé a tiempo.
Entonces supe que, gracias a tan valiosa ayuda, Amanda se había recuperado de nuestro rompimiento cuando me fui a Buenaventura, que había ingresado a las misiones educativas de la revolución −que abrieron, como decía, un nuevo horizonte en su vida, como lo habían abierto en la vida de todo el pueblo− y que estaba a punto de graduarse en Ciencias de la Educación. Rangel aseguraba que podía ser muy buena para la docencia, según observó. Sí, el viejo es todo un experto en cuestión vocacional. De mi dice que soy bueno para escribir libros −observé por mi parte. Y ante la pregunta de si había escrito alguno, respondí que no; sólo notas sueltas, por montones, a propósito de posibles libros. Estoy hasta aquí de ellas. Pero ninguno me parece posible −dije, al tiempo que indicaba con la mano que no quería hablar más del asunto. Recuerdo que fue la primera vez que esto de la escritura me pareció un tabú. Sólo hablaba del asunto con el viejo Rangel, como si fuese mi confesor. Y no sé por qué, en este momento se me ocurre que si algún día llegara a hablar con Mudito del asunto sentiría lo mismo que aquella tarde con Amanda. Por suerte, ese día nunca llegará. Pero aquella misma tarde, en medio de una risa tan inocente como sonora, Amanda, que no había reparado en mi seña, agregó algo que yo no olvidaría jamas: entonces tendrás que escribir uno imposible. Fue en ese preciso momento que comencé a pensar en éste que ahora escribo, aún cuando no comenzaría a hacerlo hasta mucho tiempo después, luego de venirme, una vez más, a Buenaventura.
Tendrás que escribir uno imposible. Sin saber cómo ni por qué, la ocurrencia me sonaba a maldición y condena; lo que despertaba en mi cierta fascinación. Ahora lo sé: la idea del libro como imposible no es más que la sublimación del acto de escribir; lo imposible haciendo de la escritura justificación de sí misma. Por el momento, ambos festejamos la ocurrencia con la misma intensidad con que nos olvidamos de ella, y Amanda no tendría nunca la más puta idea de la puerta que, sin querer, había abierto. Lo único que por entonces importó, es que habíamos traspasado el silencio.
Esa misma tarde supe que había ido a la universidad con el premeditado propósito de dar conmigo y que se había detenido en lo del librero sólo para hacer tiempo y coincidir con mi horario de clases; información ésta que, a los efectos, le había proporcionado el viejo Rangel. Fue por su intermedio que también supo Amanda que yo había regresado, y que lo había hecho de la mano del mismo viejo Rangel, que en persona me fue a rescatar del pueblucho ése de mierda −¿cómo se llama?. Ella también sabía que, gracias a Rangel, había ocupado una plaza docente, por lo que yo debía considerarme un tipo con suerte, pues más de uno desearía estar en mi lugar. De todo lo cual jamás se habría enterado por mí mismo, se quejaba con sutiliza Amanda, al mismo tiempo que, por otra parte, celebraba con entusiasmo que yo estuviese de vuelta. Todo lo cual no dejaba de incomodarme un poco, sobre todo por el modo en que dicho entusiasmo, de alguna manera, me dejaba tácitamente comprometido como ese deber ser que se asomaba desde el trasfondo de su mirada, cuando dijo: a ver si por fin Romero sienta cabeza. Según Amanda, esto fue lo que dijo al viejo Rangel, poco antes de ella decidirse a reencontrarse conmigo. Nada dije. Convencido como estaba de que lo único que una cabeza requiere para sentarse es ser culo, callé a tiempo. Es el tipo de silencio que el tiempo torna proteico y del se alimenta este amasijo.
A todas estas, yo me limité a preguntar: ¿y qué más dijo el vejo Rangel? Que sí −se apresuró a responder Amanda− Que ya veremos. Yo no creo que el viejo Rangel haya dicho eso, pero sí que Amanda quería escucharlo decir eso, y que lo dio por dicho. Cosa que, en aquel momento, para nada me importó. Disfrutaba de su compañía, de su gracia y de sus gestos, y hasta de ese tono intelectual que ponía en todo lo que decía, y que era algo del todo desconocido para mí, pero que, al mismo tiempo, como digo, disfrutaba y me hacía sentir tan cómodo en su compañía. Y si lo que quería era prologar esta sensación, lo único que podía hacer por mí mismo era que Amanda dejara de hablar de mí. Para lo cual, recurrí al viejo truco: ya no hablemos de mi, que es aburrido; ¿porque no hablamos de ti? Y, sin dejarla responder, agregué lo bonita que estaba, no sin dejar entrever mi torpeza: estás más bonita que cuando me fui, fue exactamente lo que dije. Por suerte, Amanda antepuso su satisfacción por el halago a cualquier otra consideración. La gracia con la que sonrió no dejó duda al respecto.
Cuando le pedí que hablásemos de ella, Amanda sólo habló de la revolución. Sólo que antes de comenzar, primero quiso saber cuál era mi condición política. Cosa que hizo, a la usanza y estilo de la revolución, preguntando que si yo estaba con el proceso. Y cómo responder a eso, si nunca se está con el proceso, sino en el proceso. No es cuestión de parecer, sino de ser en un contexto. Lo que tú quieres saber es hasta qué punto ello me complace o no. Entonces ella saltó al ruedo con el cuchillo de su progresismo entre los dientes: o sea que eres un escuálido −sentenció, y la luz mortecina de la decepción apagó su rostro. Aún agregó: sorprende, de alguien tan inteligente como tú. Por mi parte, hubiera preferido que Amanda me tomara por bruto −y acaso lo sea mucho más de lo que ella pueda imaginar− y que tuviera mi brutalidad por razón suficiente para no ser revolucionario. Pero eso de reconocer mi supuesta inteligencia de hecho, para tener el derecho a descalificarla moralmente era del todo innecesario.
Debía hacer algo antes de que los mismos Romero y Amanda de siempre se nos fueran de las manos. Pero hasta en eso el amor es absurdo. Lo único que se me ocurrió fue apelar a un argumento con el que me las jugaba todas: no soy un escuálido y, a los efectos, en todo caso, sería un reaccionario. Que tampoco lo soy, por cierto, pues para ello tendría que estar viviendo un proceso venido a destruir el podrido capitalismo de mierda; lo que tampoco es el caso, como es, por lo demás, evidente u obvio. O sea, esto no es una revolución. La Rusia bolchevique: esa es una revolución. Porque una revolución lo es hasta en su mismísimo fracaso. Y ésta, la que ustedes llaman, proceso, ni siquiera tiene la oportunidad de fracasar, sencillamente porque no lo es −terminé concluyendo. Una vez más; la cagaste, Romero. Ciertamente. Pero supuse que para Amanda sería muy preferible que el proceso no fuese una revolución a que yo fuese un escuálido. Y no me equivoqué. Para cuando volví la mirarla, el velo de la decepción estaba corrido y su rostro se dejaba ver de nuevo en esa gracia espontánea.
Entonces Amanda tuvo su turno: yo no veo la diferencia. Y como si yo no hubiese dicho nada, aseguró: para mí se está o no se está con el proceso. Si se está, se quiere el bien del pueblo. Los escuálidos son los que no lo quieren. Es tan simple como eso, Romerito Se detuvo un instante, como buscando con qué aderezar tanta simplicidad, y entonces continuó: ¿Sabes qué? La primera vez que me fijé en Chávez me di cuenta de que era un líder auténtico. Así lo he pensado hasta hoy y creo que no me equivoco en esto. Porque no me negarás que eso de analizarlo todo desde la ciencia histórica y hacer del pueblo el protagonista de su propia historia no se había visto nunca en la historia de este país −sentenció, satisfecha, con todo el aplomo y seguridad que siempre proporciona el pragmatismo; no importa que, como en este caso, raye casi en el desparpajo con que los líderes de la revolución suelen distinguir entre quienes los siguen y quienes no.
A estas alturas, ya se podía sentir en aquel cafetín el intenso calor con que el diálogo de sordos puede alimentar la llama de la pasión. Y si es cierto que, como reza el dicho, donde hubo fuego cenizas quedan, en lo adelante, con tal y algo ser entre ambos, cada uno podía seguir siendo el mismísimo mismo de siempre. Era mi turno. Podría haberme venido con lo peor que se me ocurriese, que Amanda seguiría igualmente tranquila, fresca, incluso risueña. Ya no era la Amanda casi analfabeta que una vez amé con toda la fuerza de mi siempre analfabeto corazón, sino una que había entrado al escenario de la historia política por la puerta grande que el verbo de Gigante Muerto había abierto de par en par a esa masa, tan variopinta como amorfa, que él mismo llamara el pueblo. Segura como estaba de que en cada una de sus palabras la seguía el pueblo, Amanda me miró: ya podía el mismo Romero de siempre decir lo que se le ocurriese. Sin embargo, lo pensé dos veces. Y como quiera que no estaba seguro de ir a meter la pata, me fui por lo seguro y la meti por por completo.
Ni la historia es una ciencia, ni eso de que el pueblo es el protagonista de su propia historia es original de Chávez; eso ya lo dijo el más ilustre de los desarrollistas que ha parido este país −observé con malicia, a sabiendas de que Amanda ya sabía a quién me refería. De inmediato replicó, casi que saltando de su silla: vamos, Romero, no vas a comparar al Presidente con ese gordo escuálido y repulsivo. Pareciera exagerado, pero los que creen que la historia es una ciencia, al margen de cuánto se contrapongan sus verdades, están condenados a coincidir en la forma de creerlo; como si fueran siameses. Por lo demás, en este caso, las coincidencias son asombrosas. Lo que, en todo caso, no quita al ilustre desarrollista ni lo gordo ni lo escuálido; ni al Presidente lo popular y lo revolucionario −precisé. Y me quedé disfrutando de la mirada perpleja de Amanda cuando dijo: quién te entiende, Romerito; eres historiador, pero como que no crees en la historia.
La historia no es para creer en ella, sino para cuestionar el creer mismo del que dependemos para ser. No es oración, sino imaginación. No trata de dios, sino de dioses. No apunta a la verdad, sino a su imposible. No es la reconstrucción del pasar tal cual, sino su narración posible y necesaria para hacernos de un pasado y un futuro. No es la ciencia de lo que pasa, sino el pasar mismo en clave discursiva. En lo que no creo es en la cientificidad de las narraciones, y mucho menos de las históricas, precisamente porque son lo único que se puede tener de la existencia temporal. Y no se cree en la existencia temporal, o se deja de creer en ella, en el mismo sentido que se está o no con el proceso, como dicen ustedes, los revolucionarios. Se está ahí, en ella, aunque no se sepa cómo ni para qué. Y acaso porque estar en ella, justamente, consista en no saberlo, es que podemos escribir historias, y aún estamos obligados a ello. Dicho en otros términos, si supiéramos para qué existimos, no precisaríamos de las narraciones históricas y éstas no tendrían razón de ser. En tal sentido, la existencia temporal es una farsa; lo que no le quita lo terriblemente real. No se trata, pues, de que eso que llamamos verdad histórica no exista y no se le requiera, sino de que para existir ha de ser contemplada como tal en un relato. A diferencia de los dioses, la existencia temporal no es para creer o no en ella, sino para ejercerla como lo que es: voluntad de poder. Si el tiempo está de por medio, no hay lugar para la fe. El tiempo es un mago haciéndote creer que te da con una mano lo que, en realidad, te está quitando con la otra. La existencia temporal no es más que un acto de magia, y nosotros, a la vez que su objeto, espectadores en vilo. Mucho nos gustaría mirar tras bastidores para descubrir cómo funciona. Sólo que, de descubrirlo, perdería toda su gracia y ya no habría magia; se abuchea al mago cuyo acto se ha descifrado y que, incapaz de preservar el misterio que lo engrandece, nos priva con ello de nuestra embelesamiento.
De súbito afvierto que, traído a este ahora, aquel diálogo de sordos ha devenido simple y vulgar monólogo. Qué le voy a hacer. Ando como dormido en esta historia. Como un sonámbulo, la cuento y, al mismo tiempo, me la cuento. En fin. Recuerdo que en algún momento callé, y que Amanda volvió a la carga, sin que ya importe en qué momento lo hizo y cómo. En todo caso, habló para decir que yo parecía más un poeta que otra cosa. Y ya sabemos que cuando alguien dice eso nos está indicando con toda cortesía que estamos diciendo chorradas. Y ella, por supuesto, pensaba que había que tener los pies en la realidad. Yo no iba a discutir eso. Menos aún cuando aquellos, sus divinos pies, eran más reales que cualquier realidad que hayan podido pisar alguna vez. También recuerdo que dijo que ella era de los que piensan que las cosas pueden cambiar si se empuja en la dirección correcta, y que eso era lo más importante que nos había enseñado el comandante, hoy Gigante Muerto. Ésta debería ser la esencia del ser de todo revolucionario en una revolución que no lo es. Esto último, desde luego, que no lo dijo Amanda; lo agregué yo, pensándolo y sin decirlo.
Según Amanda, a los efectos del empujón, el camino lo marca el pueblo, y aseguraba que los escuálidos no son más que unos fascistas que empujan en dirección contraria. Es así de simple −concluyó. Siempre me asombró su enorme capacidad para no caer en las garras de lo complejo, gracias a la destreza que tenía para conformarse a lo simplejo −el término no es invento mío, sino de García Bacca. Lo cierto es que entonces se me hizo mucho más coherente el tono intelectual en alguien tan pragmático como Amanda, pues ¿qué puede ser más práctico que la necesidad y la causalidad a la hora de creer que estamos en el camino correcto? Sin embargo, el problema para mí, el mismo Romero de siempre, no era creer que estuviéramos o no en el camino correcto, sino el que el curso de la existencia temporal pudiera estar sujeto a algo así como un camino que, calificado de correcto, es eminentemente moral. ¿Y acaso es esto lo que puede esperarse de una ciencia, como la historia, sujeta a la necesidad y la causalidad? Sé que, en tanto que relación presencia-ausencia, el pasar implica el juicio respecto de lo que pasó. Pero ¿qué puede tener de científica una apreciación moral del pasar?
Pero esto son cosas que agrego a aquél ahora vivido, en éste, en el que lo narro. De no ser así, la relación entre ahoras no tendría sentido, y, con ello, sería imposible la narración de historias, pues al ahora narrado no sería sino la mera repetición del ahora vivido, sin que mediara entre ellos esa posibilidad de distinción e interpretación que, más allá del cuándo y el qué, sólo puede proporcionar el cómo a través del tiempo extenso.
Y podría agregar muchas más cosas. Como, por ejemplo, el nombre que, a lo largo de la filosofía de la historia, ha recibido el teleológico y bíblico camino correcto. Kant hablaba de un plan oculto de la naturaleza, según el cual, persiguiendo sus intereses egoístas, los hombres, sin saberlo, empujan hacia el bien común que prevalecerá en la humanidad futura. Como bien se sabe, a esta esencia o motor de la historia, Voltare llamó progreso y Hegel autoconcepto. Marx le dio el nombre algo más brutal de lucha de clases. Y así por el estilo, nunca falta el gran tratado de magia, en el que cada uno da nombre al conejo que saca del sombrero de su narrativa a correr por el bosque de la existencia temporal.
Cualquiera sea el caso, la idea de tales tratados siempre ha sido que el camino correcto lo es porque conduce a un imposible en la historia misma y, por lo tanto, trascendente, y que, como tal, presupone el fin de la historia. De modo tal que la filosofía de la historia no es otra cosa que asignar al devenir un inicio y un final; esto es, sin más, hacer del pasar un lo que pasa. Con lo que el filósofo no ha hecho otra cosa que lo que cualquier narrador. Pero si respetamos la diferencia entre devenir y acontecer −entiéndase por tal devenir narrado y sujeto a inicio y final como todo temporal− preciso es concluir que en el plano de la existencia temporal todos los caminos posibles conducen a lo imposible. Dicho en otros términos: el paraíso nunca puede ser temporal ni histórico. Ha de haber sido el caradura de Adán el primero en comprenderlo así, si, como es de suponer, la crucial experiencia de pasar del plano divino al secular, de criatura a pecador, de inmortal a mortal no fue el resultado de una reprimenda en balde.
Claro que nada de esto dije a Amanda aquella tarde. Todavía estaría metiendo la pata. Y eso es lujo que uno sólo se puede dar escribiendo una historia, como ésta, imposible. Aparte de que sólo ahora lo veo algo más claro. Por lo demás, Amanda se mostraba tan contenta y plena en sus convicciones que me pareció un exabrupto incomodarla con el escepticismo del mismo Romero de siempre. Que la revolución no fuese más que una pelota de mierda que se agigantaba a medida que rodaba cuesta abajo por el propio camino correcto que aseguraba seguir, no podía ser dato más relevante que Amanda con sus poderosas manos tomando de su bolso el estuche con el que se disponía a retocar su maquillaje; lo que hizo con una maestría que me era harto familiar. Luego volvió el estuche a su lugar, mientras decía: estoy retrasada, Romerito. E imagino que tú también. ¿Nos volveremos a ver? Claro que sí.
Y nos volveríamos a ver, una y otra vez, hasta que se nos acabase la historia que, ese día, llamamos segunda oportunidad. Ya al anochecer, nos despedimos con un beso que, de haberse prolongado algo más, habría terminado al día siguiente, cuando, salidos de la cama, no hubiese quedado otra cosa que volverse a besar. Amanda seguía siendo, toda ella, un testimonio de los poderes hormonales de la existencia temporal. Porque el tiempo, al parecer, no sólo da ser, sino que el que da siempre ha de tener mucho más de animal de lo que la metafísica está dispuesta a reconocer. Los filósofos lo saben; incluso los de la filosofía de la historia, porque son historia en sí misma; es decir, existencia temporal que, como una mujer, tan absurda como ella, se mira a sí misma en los mil espejos del acto de narrar.
Mas yo no estaba, como Amanda, retrasado. Para cuando ella se hubo marchado, retorné al pasillo por el que había venido. Pero caminé en dirección opuesta al salón de clases. Ese día no habría mono que se encaramara en la tarima a hacer el número que le correspondía en el circo de la ciencia histórica. Ese día el maldito se había escapado y no habría quien desentonara en el coro de eunucos y doncellas. Iba solo por el pasillo por el que a esa hora apenas transitaba alguno que otro, quién sabe si, como yo, mono escapado de su propio jaula. Iba pensando en mi encuentro con Amanda. Era aquél un pensar distraído, laxo, ambiguo que se fijaba más en su olor o sus gestos mudos y los míos que en lo que nos habíamos dicho. Un pensar agradable, que se desvanecía al mezclarse con el frescor de la noche recién caída y que caía con ella, hasta perderse, de largo y cortés, en el abismo que yo era.
Me sentía liberado de no haber tenido la necesidad de disimular por temor a espantar a Amanda. Si acaso se espantó, fue ella la que hubo de disimular su espanto. Y, de ser así, la Amanda de siempre lo había hecho muy bien. Sólo en una cosa había yo mentido: cuando dije que no había podido escribir libro alguno. Al principio no supe por qué lo hice. Mas, a medida que avanzaba en mi recorrido de vuelta, la cuestión se fue aclarando. En realidad, para entonces ya había escrito dos manuales de historia, uno sobre este país, y otro sobre este mundo, aunque en éste último no aparecía aquel país, ni la mayoría de los muchos de que el mundo consta. También había escrito una novela en la que afirmaba, como ya lo he indicado arriba, que todos los caminos posibles conducen a lo imposible. Yo escribía por encargo, hasta me pagaban por hacerlo, pero jamás había tenido la satisfacción de haberlo hecho.
Alguna vez, acorde con su estilo burlón y estrafalario, el viejo Rangel me dijo que no reparara mucho en ello, pues no pocas veces pasa que, queriendo ser escritor, de tanto pretenderlo, se convierte uno en mero escribidor. Lo dijo riéndose, pero con absoluta convicción, como si se hubiera estado preparando para ello y esperando la ocasión para decirlo. Incluso agregó: puede que lo de escritor no sea más que el nombre que, por convicción, damos a la imposibilidad contra la que sólo somos capaces de estrellarnos como escribidores. En realidad, Romero, no hay consagración; puede que fama, y hasta gloria, pero nunca consagración. La consagración de uno como escritor no puede ser otra cosa que la huesa en que ese uno se convierte para enterrar el cadáver de la escritura. En todo caso −digo yo ahora, en honor a las palabras del viejo− lo que hace a la escritura no es tanto el libro, como el acto de escribir, en tanto que autocondena de escribidor.
Y por eso −pienso ahora− mentí a Amanda. Se trató de una mentira piadosa, porque no quería hablar de consagración y porque, de haberlo hecho, ella jamás lo entendería. Ni yo mismo lo supe entonces, al menos no del modo en que he llegado a saberlo tras haber ido muriendo poco a poco en el intento y pese a lo que aún me falte por morir en saberlo. Eso sí: sin quererlo, Amanda −la misma de siempre− había abierto una puerta, que sólo el mismo Romero de siempre estaba llamado a traspasar, y a hacerlo solo.




