El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.
Definido en pocas palabras, éste Bolívar es una conciencia semántica de la modernidad, en el entendido de que una definición así es tan parcial como específico el tema sobre los que versan los ensayos que recoge este libro. Insisto en que, aunque estrechamente vinculado con él, no es el pensamiento político de Bolívar el tema fundamental de estos ensayos. Eso es sólo parte de sus argumentos y motivaciones. Intento dilucidar cómo el pensamiento político de Bolívar -y sus acciones-, en tanto que libertador y máximo líder de la emancipación americana, se sirve de la palabra como herramienta de significación de la guerra de independencia. A tales efectos, más interés tiene el discurso de Bolívar como narrativa y tarea semántica de significación, con el propósito de asignar a la guerra una temporalidad específica, que sus ideas políticas en sí mismas consideradas. Bolívar nos coloca ante un discurso tan sutil como complejo; una faena semántica de recreación de la guerra como inmanencia de un nuevo tiempo histórico de alcance nacional, continental y aún mundial. Mas que de un Bolívar político y militar, de lo que aquí hablamos es de uno creador de mundos, según definía Hegel al hombre moderno. Bolívar es un vocero de la civilización moderna acometiendo su faena histórica de transformación en la barbarie colonial. Lo que aquí pretendo es captar su discurso como testimonio de dicha vocería.
Esta vasta obra discursiva gira en torno a una propuesta única y, por ello, fundamental: la independencia. Es importante tenerlo muy claro, si pretendemos, en realidad, captarlo y comprenderlo como hombre histórico. Y si acaso esto pueda lucir una mera perogrullada, no es menos cierto que el no tenerlo siempre presente ha dado lugar a confusiones y discusiones estériles que parten de puntos de vista mal empleados. Ejemplo de ello es la pregunta cuánto hay en Bolívar de liberal y de conservador. Clásica interrogante a la hora de evaluar al Bolívar histórico, es lo que llamo un punto de vista mal empleado. En Bolívar hallaremos tanto de lo uno como de lo otro, pero no como resultado de su particular apego a determinados principios de la teoría política, sino de su realismo y pragmatismo político al servicio del objeto histórico fundamental, único, estratégico al que están supeditados de manera indiscutible todos los demás, inclusive las formas de gobierno: la independencia. Bolívar no combate teorías, sino el modo en que los hombres se apegan ingenuamente a ellas y se tornan ciegos y sordos a la realidad que están llamados a transformar. Bolívar es un republicano y un jacobino, con un sólo objetivo estratégico para crear la república: la independencia; y una sola táctica para realizarla: pensar y actuar a tono con los hombres, las circunstancias y los tiempos. En tal sentido, sus propuestas pueden ser, desde luego, discutibles. Pero no hay contradicción alguna entre su republicanismo y su centralismo y las polémicas propuestas a las que su obsesión por un gobierno estable y fuerte hayan podido dar lugar.
En una obra discursiva así determinada, nos encontramos con una dimensión lingüística, semántica y simbólica de ella que atiende a los mismos fines tácticos y estratégicos que la independencia impone. En tal sentido, los discursos de Bolívar no son sólo una exposición de ideas y conceptos políticos y militares respecto a los quehaceres de la guerra, sino, mucho más que eso, una auténtica y calculada acción semántica de representación y significación de ella en el terreno simbólico. No se trata de un accionar accesorio o suplementario, propio de las tareas de propaganda y proselitismo del proyecto que atenta contra el poderío español y el orden colonial, sino de una tan intensa como concienzuda obra desarrollada a lo largo de su existencia política y militar en el terreno de la guerra cósmica de los símbolos, el signo y la representación de la realidad a la que el discurso bolivariano lleva el conflicto militar y político. En tal sentido, el discurso de Bolívar hace de la independencia una realidad histórica total y, al hacerlo, la convierte en un campo de batalla total en el cual él mismo funge como héroe y conciencia. Así, por ejemplo, el cruel y al mismo tiempo generoso libertador que en Trujillo decreta la guerra a muerte a los españoles y el perdón a los americanos; o el americano meridional, que en Jamaica recrea la leyenda negra de la España Imperial son, más allá de su alcance político y geopolítico, datos simbólicos de esta totalidad que representa la independencia como trascendente y el libertador como conciencia.
No es ésta tarea fácil. La de Bolívar, me refiero. Como tampoco lo es, en muy otro sentido, intentar acceder a ella desde una posteridad en que el Bolívar histórico y el mitológico se entrecruzan. El problema aquí es que el heroísmo, normalmente tenido por el modo en que el Bolívar mítico se hace del histórico, es, en el caso de la obra discursiva de Bolívar, también un dato histórico implícito en su narrativa de la independencia como proceso. El libertador, el título que sus hazañas militares le han validado en la guerra, es, al mismo tiempo, en el plano del discurso, la instancia que hace de su narrativa una forma heroica de conciencia.
Con el título de este trabajo -historia, lenguaje y voluntad de poder- pretendo indicar de una manera sintética las dimensiones temáticas de una tarea así planteada y que, por sí solas, pueden dar una idea de su complejidad. Con ello aludo a la conceptuación que hago del discurso de Bolívar en tres sentidos: como forma de inserción del conflicto de la independencia en una narrativa histórica que le asigna significación y temporalidad específicas; como herramienta simbólica de este proceso semántico de significación y temporalidad; y, por último, como forma en que el autor se inserta a sí mismo, como héroe y conciencia histórica, en dicha narrativa. Todos estos sentidos apuntan a un mismo objeto: el Bolívar histórico como creador de tiempo histórico.
Otro aspecto que complica este trabajo es la evolución del mismo Bolívar como político y militar -lo cual, como es de esperar, es determinante en la evolución del discurso- así como el inevitable contraste entre el Bolívar público y el privado. Como lo ha indicado Rufino Blanco Fombona al estudiar a Bolívar como escritor, uno es el de las proclamas y discursos oficiales, y otro el de las cartas; diferenciación que siempre hay que manejar con la debida perspicacia y sutileza. Por otra parte, el desarrollo de su estilo -apunta también Blanco Fombona- nos muestra un Bolívar que va del optimismo utópico transcendental al escepticismo y desengaño total.1 Aspecto éste igualmente dificultoso de manejar a la hora de intentar precisar aspectos y nociones de su pensamiento político y social, y el impacto que, como antes se indicó, ello ha de tener en su narrativa.
Al respecto, dos cosas. De alguna manera, el Bolívar público, el de las proclamas y, sobre todo, de los grandes discursos -en los que se basa la realización de este trabajo-, depende en mucho del privado, el menudo, el de las cartas. Lo cual nada tiene de extraño, pues, como es lógico suponer, la correspondencia privada, incluso la oficial, siempre será portadora de datos y reflexiones que no caben en el discurso público. Es allí donde encontraremos las referencias de Bolívar sobre sí mismo que constituyen pistas, contexto y orientación para captar la dimensión semántica de sus grandes discursos. Y en cuanto a la evolución de su estilo, tal y como la plantea Blanco Fombona, hay que decir que ello se refleja de manera evidente en la evolución del Bolívar discursivo.
Siguiendo mas o menos la misma divisoria en la caracterización del estilo de Bolívar, según una narrativa que va del optimismo utópico al desengaño total y que Blanco Fombona ubica hacia mediados de la década de 1820, yo encuentro que el factor que determina este cambio es el paso de la guerra a la paz. Ello representa el momento crucial para el Bolívar creador de tiempo histórico. A medida que todo lo alcanzado en la guerra, incluso su propia gloria, se va derrumbando en la paz, al Bolívar histórico se le van cerrando las puertas del tiempo histórico abierto con el ariete de su propia narrativa. El Bolívar de Cartagena, Carúpano, Jamaica y Angostura es el de la guerra, el que labra la independencia y su propia gloria en el extenso campo de batalla que, como el mismo nos indica, se extiende del Orinoco al Potosí. Es éste un Bolívar que, desde las cimas de la victoria, otea un futuro de expectativa. El discurso de presentación de la constitución de Bolivia, es ya parte de la narrativa de un guerrero que se quedó sin guerra, un libertador al que nada queda por libertar. Al libertador que tanto aborrece la burocracia y la política de palacio, le toca hacer de legislador. Poco más tarde, lo veremos como simple ciudadano clamar en Ocaña por lo que siempre exigió como libertador: leyes inexorables. El futuro sigue allí, pero signado por la corrupción y la anarquía. Bolívar es un personaje trágico. Su victoria total como máximo líder de la independencia de América terminó por ser más aplastante para sí mismo que todas las derrotas juntas que hubo de padecer para emanciparla. Sin embargo, el libertador seguirá siendo, hasta el último día, la instancia fundamental del discurso.
Signo de la semántica histórica de la modernidad, la narrativa bolivariana recorre un largo, intenso y complejo itinerario al que este trabajo intenta aproximarse, basado para ello en los siguientes textos fundamentales de su acervo político:
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Manifiesto de Cartagena -15 de diciembre de 1812
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Manifiesto de Carúpano -7 de septiembre de 1814
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Carta de Jamaica -6 de septiembre de 1815
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Discurso de Angostura -15 de febrero de 1819
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Discurso de presentación de la Constitución Boliviana -25 de mayo de 1826
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Mensaje a la Convención de Ocaña -29 de febrero de 1828
Estos documentos son, en conjunto, un acucioso ejercicio de semántica histórica basado en los dos conceptos fundamentales con que la modernidad transforma la relación del hombre con el tiempo y su percepción de sí mismo como ente histórico: revolución y heroicidad. Lo que da lugar a una narrativa de estilo utópico, que concibe la historia desde el futuro que la trasciende y la significa como proceso. La independencia, como proceso así concebido, pasa de ser mera ruptura del lazo colonial a hazaña heroica de un pueblo que se crea a sí mismo como nación. Lo que para los teóricos del contrato social era el resultado del común acuerdo al que conducía la voluntad general, en la América irredenta sólo puede serlo de la más cruda y cruel de las guerras contra la metrópoli española. Si el contrato social era la base de la soberanía -lo que podía conducir a la guerra- la América en proceso de emancipación ha de cambiar esta dialéctica haciendo de la guerra la base del contrato social y la soberanía. Tal es la tarea de la narrativa bolivariana: insertar el salvajismo secular de la colonia en la incipiente civilización moderna. El Bolívar histórico de los discursos no es un teórico puro, sino un militar pragmático y un político realista; vale decir, un enciclopedista, volteriano y jacobino, de la barbarie y de la guerra.
Aplicado a la coyuntura de la guerra de independencia, estos documentos constituyen una enorme contribución al desarrollo del concepto de revolución de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Insertándola en el contexto político y geopolítico de la civilización mundial en expansión, dicha coyuntura adquiere una significación específica como proceso histórico de creación y desarrollo del Estado Nacional y la implantación de la república como forma de organización política y administrativa. Por otra parte, una contribución a esa semántica del devenir que hace del tiempo histórico un instrumento de la voluntad humana y en la que el héroe tiene un rol determinante. Con ello estos discursos nos colocan ante una narrativa del pensamiento y la acción, encarnados en el mismo autor como hombre histórico y en el libertador como la instancia fundamental de dicha narrativa.
Esos documentos, además, como es e esperarse, forman parte del proceso de evolución y desarrollo de los acontecimientos a los que hacen referencia, y del mismo Bolívar como máximo líder político y militar. Por lo que cada uno de ellos ha debido ser trabajado en un contexto histórico específico, que incluye la referencia a otros materiales de Bolívar en conexión con la problemática a la que alude cada uno de ellos. En lo que sigue, una muy breve presentación de cada uno de ellos.
En el Manifiesto de Cartagena Bolívar se dirige a los americanos, y establece las bases de una teoría revolucionaria del proceso de independencia: centralismo, unidad de los pueblos americanos y la proyección continental del movimiento son las premisas de ella. A tales efectos, Bolívar desempeña una intensa actividad de propaganda en busca del apoyo logístico y militar que requiere para emprender su plan de reconquista de Caracas. Pero éste es sólo su objetivo de corto plazo. Este primer gran documento de Bolívar constituye una nueva concepción política y geopolítica del movimiento independentista que, basado en las lecciones extraídas de la caída de la Primera República, nos ofrece una visión total y de largo alcance de la emancipación americana, y que en alguna medida será la base de toda la actividad de Bolívar como máximo líder político y militar.
Manifiesto de Carúpano. Si algún documento quisieran esconder quienes han pretendido hacer de Bolívar un progresista puro y, en el sentido más moderno del término, incluso un socialista o precursor del socialismo, hélo aquí. Es el tipo de documento que confirma que las lecturas maniqueas entre un Bolívar conservador y uno liberal, son siempre ingenuas, por maniqueas y extemporáneas, aunque resulten del mas concienzudo manejo político del pasado. Es el tipo de lectura que, ante el Manifiesto de Carúpano, sólo alcanza ver el más recalcitrante y retrógrado mantuano a la defensa de sus intereses de clase, y nada o muy poco del político pragmático que ha de ratificar su título de Libertador y está a punto de partir, una vez más, a la Nueva Granada, como hiciera casi dos años atrás y con propósito similares. En esta oportunidad, el libertador nos coloca ante el acta de la derrota militar y política del proyecto independentista vista en contraste con el desbordamiento social de los sectores excluidos. Presentado por El Libertador como su vindicta pública, tras este discurso la guerra de independencia ha sido convertida en una confrontación entre el bien y el mal, la libertad y la esclavitud, el espíritu y la materia. Esperar que Bolívar saliera a reivindicar al pueblo de la llamada rebelión popular es tanto como suponer que la susodicha rebelión es expresión de un proyecto popular y no de la mera vorágine propia de una guerra a muerte. En Carúpano el proyecto independentista ha encontrado su techo. La derrota militar es síntoma de su fracaso político. 1814 es el signo de la guerra civil, de la que hablaba Vallenilla Lanz como historiador y sociólogo, y que la genialidad de Bolívar se ha encargado de elevar a la guerra cósmica de los símbolos como estratega político y militar. En Carúpano la narrativa bolivariana cumple con su cometido fundamental como tarea semántica, para mostrarnos, en esta oportunidad, que, hasta en sus derrotas, la independencia es un proceso en íntima conexión con la historia universal.
Considerada cronológicamente, la Carta de Jamaica es el punto de intersección entre el ascenso de Bolívar y la caída de Napoleón, dato cronológico no menor y que, por el contrario, a los efectos de su comprensión como documento fundamental tiene mucho significado. Tradicionalmente conocida como la profética, la Carta de Jamaica puede más bien leerse como un manual de la geopolítica mundial de la primera mitad del siglo XIX, vista específicamente desde el proceso de la emancipación americana. Tiene un valor y una vigencia mucho más grande en este sentido, que el de la utopía y bola de cristal con el que normalmente se le resalta. Y es este sentido de visión geopolítica, al cual tributa la utópica, el que expresa su genial estructura semántica. El americano meridional es la vestimenta de paisano que luce el libertador en esta narrativa, que lo convierte en vocero de una América sola en el mundo indolente frente a la causa independentista. Dirigida a un caballero inglés de la isla que le ha dado asilo, el libertador hace de su misiva el foro internacional de su mensaje. Como también se ha dicho, la Carta de Jamaica recoge la leyenda negra sobre el imperio español. Ciertamente, sólo que, en este caso, ello es el desafío en el que insiste Bolívar como parte de su visión geopolítica. De hecho, en este aspecto en particular, la Carta de Jamaica es, respecto al contexto internacional, lo que el Decreto de Guerra a Muerte respecto al local.
El Discurso de Angostura es la base doctrinal para la implantación del Estado Nacional, un plan táctico que busca la confluencia de lo político y lo militar como modo de fortalecer la estrategia independentista y una clara concepción geopolítica que le asigna a dicha estrategia la proyección continental ya planteada en el Manifiesto de Cartagena. En cierto modo, en Angostura ha llegado la hora de concretar lo proyectado en Cartagena. Incluso los inicios de la existencia republicana, tan criticados en Cartagena, son igualmente cuestionados aquí, pera, a diferencia de entonces, no para romper con aquél pasado de repúblicas áreas, sino para subsumirlo como experiencia del mismo proceso que a partir de Angostura deben ser superada. La narrativa bolivariana, siempre ocupada en significar la guerra de independencia como proceso, logra aquí una dimensión de alcance total. Aquí el libertador asume la forma de guerrero ciudadano. Convoca a los representantes de la soberanía nacional, les asigna tareas jurídicas y educativas, dicta cátedra de historia, política y geopolítica, y se reafirma a sí mismo como máximo líder político y militar del proyecto independentista. Es éste un discurso de corte rigurosamente racionalista en sus conceptos y de calculadas e irónicas sutilizas románticas en el estilo. Volteriano en lo filosófico, rousseauniano en lo político, es el discurso en que la narrativa de Bolívar ocupa todos los espacios de la realidad que la consolidación de su posición militar le permite en lo político.
El Discurso de presentación de la Constitución Boliviana es el instrumento conceptual concebido y presentado como modelo para la organización política e institucional de las naciones surgidas de la América emancipada del imperio español y que, concluida la guerra y arrastradas por la anarquía, tienden a la disolución en la paz. La visión de Bolívar es tan aguda para los grandioso como para el desastre y la ruina. Y es éste el primero de sus grandes documentos que pone en evidencia el contraste entre lo uno y lo otro. Aquí el libertador se despoja del uniforme con que ha caminado hacia la gloria para vestir de civil y andar el mismo camino que, de regreso, le ha deparado una paz que lo conducirá a la soledad política total. El libertador de Bolivia es el legislador, en cuya improvisada túnica aún pueden advertirse los polvos Ayacucho y presentado irónicamente como aquél que se debate entre la inmerecida gloria que le hace la tarea encomendada y su real capacidad para llevarla acabo. En esta narrativa, la modestia del preámbulo es la antesala que da paso al centralista que viene a sentar la república en las polémicas columnas de los altos cargos vitalicios y hereditarios.
Por último nos encontramos con el Mensaje a la Convención de Ocaña, poco menos que el final del camino de retorno iniciado en Bolivia, la antesala de la dictadura. El libertador nos coloca ahora de frente ante la cruda y pormenorizada radiografía de la disolución que viene anunciando desde antes de Ayacucho y para la que ha preparado su primer antídoto constitucional en Bolivia. Con un preámbulo casi folletinesco, la narrativa bolivariana nos empuja a asomarnos a lo incierto. Es la luz del escándalo la que en esta oportunidad ilumina la realidad de una república que la burocracia y la corrupción han convertido en casa de los misterios. A renglón seguido, pasamos a la crítica pormenorizada del estado de disolución. El Bolívar de Ocaña es el que se deslinda de la dirigencia y ha declarado la guerra a los liberales puros atrincherados en la convención. El libertador es un ciudadano más que, sumido en la decepción del pueblo, clama por leyes inexorables.
Estos son los documentos fundamentales objeto de estudio en este trabajo. Cada uno de ellos ha dado lugar a un ensayo que desarrolla las ideas expresadas en la presentación que antecede. En conjunto se trata de una lectura personal, resultado de mi propia experiencia intentando captar y comprender la narrativa de Bolívar como herramienta de significación de la independencia. No se trata de una lectura entre líneas -aunque algo de eso habrá-, sino de un ejercicio de comprensión íntima y personal; pensar a Bolívar, en suma. Lo que hace grande a un hombre histórico no es el culto que le rinda la posteridad, sino el desafío que pueda representar para nuestro pensamiento. Si no somos capaces de advertir algo así, inutilizamos su grandeza y, lo que es peor, dejamos la puerta abierta para que otros lo hagan por nosotros.
1Este proceso de su estilo puede seguirse en el Epistolario del Libertador, que es, quizá, lo mejor de su pluma. También puede seguirse allí el proceso mental del prócer y advertirse que al optimismo de 1810 a 1824, mientras fue menester vencer, sucedió hasta promedios de 1826 la embriaguez del triunfo, y luego vino poco a poco el pesimismo apoderándose de su espíritu hasta que, en 1830, la desesperación lo aniquila. Rufino Blanco Fombona. “Bolívar Escritor”. en Bolívar. Compilador Manuel Trujillo. Biblioteca Ayacucho. p. 268




