Extremaunción. La última, a última hora de la tarde. Gracia especial del Espíritu Santo. A ver si el espíritu del viejo casi muerto alcanza la luz de la perfección. No digo yo. Espíritu el destello de terror que ha de haberlo sacudido. Mira esa cara. Es fácil de imaginar. Asomado al borde del abismo, ha clamado salvación. Siempre pasa. Nadie se salva de un clamor así. Y estos, con esas caras largas y esa postura de palo ¿qué se traen? Juran que lucen lo más adecuado para la ocasión. Bueno, y así es. Como sea, he aquí al cura. Allá voy. Vaya uno a saber quién fue el que tuvo la genial ocurrencia de llamarlo. Pero, en fin, el cura fue llamado, y el cura se vino a lo de Medina. A última hora de la tarde, cuando la luz languidece y el viento, empujado por la noche, sopla fuerte, el cura se presentó. Tardó en llegar, ciertamente. Un poco más y se muere el viejo antes de que el cura llegue. Claro que tardó. Quizás lo que esperaba era encontrarlo muerto. ¿No han pensado en eso, verdad? Después de todo, nadie puede negar que Medina es de los que, así, inspira menos repulsión. Bueno, pero el cura llegó. Nunca es tarde cuando la la salvación llega ¿Y llegó? El cura, al menos. No se puede pedir más.
Por otra parte, nadie piensa en cuánto le costó al cura llegar. Habría que estar en su pellejo. Pero, en fin, la gente, siempre cruel, sólo piensa en las dos cuadras y media que el cura ha debido caminar desde la puerta de su casa hasta lo de Medina. Pero ¿y el otro tramo del camino, el más prolongado y tortuoso, el que empieza detrás de la puerta, allende el sueño del alma? ¿Qué alma? Bueno, allende el sueño, no más. Lo que pasa es que el cura llama alma a eso de soñar despierto, mientras espera, sin saber qué, y se entretiene matando el tiempo. Que esto del alma ya hace tiempo que le suena cosa hueca. Los aires de Buenaventura, debe ser. Bueno, pero esto es otro tema. ¿O no? Pensándolo bien, acaso no. Aunque el cura ya está aquí, detrás de aquella puerta, la de su casa, aún cerrada, continúan esos aires, los de Buenaventura, que hoy, durante casi todo el día, han llevado y traído por la casa olor a hervido de cabeza de pescado. Su presencia aquí, en lo de Medina, es una suerte de versión indeseada de su ausencia allá, en la casa, cuando, adormilado, se disponía a seguir así, antes de ser llamado y decidir venir. Hay decisiones que se toman a empujones. Es decir, en realidad no lo son. Los empujones de qué o quién dirán, en este caso. Está bien, dígale al Médico que ya voy para allá, dijo a Colmenares cuando, al abrir la puerta, éste anunció el inminente deceso. El cura cerró la puerta. Se volvió al sillón donde había pasado casi todo el día, y sintió un poco de esa lástima muy próxima a la ira que, cuando se refiere a uno mismo, se llama contrariedad. Medina muere. ¿Y qué? Hubiera sido tan sencillo dejarlo hasta allí. Pero el cura nunca ha dejado de atender un llamado. Que contrariedad.
Los pantalones. Por allí hubo que empezar. Buscar los pantalones. Luego de un prolongado y exhaustivo esfuerzo anímico para remontar la cuesta del desasimiento y la repulsión hacia aquel llamado, el cura empezó a vestirse. Muere Medina. Bueno, será Medina. Pero, igual, hay que ir. Tardó mucho. ¿Medina?. No hombre. El cura, en vestirse. Ciertamente. Estuvo largo tiempo sentado a la mesa pensando en cómo sería no acudir, dejarlos a todos allí, con esas caras, rodeando al viejo moribundo. El muerto suyo de ellos. Con el Moise no fue así. Cuando vinieron a avisar, el negro ya estaba muerto. Igual hubo de acudir el cura. Un montoncito de carne sucia y sanguinolenta en medio de la calle y una turba que salió corriendo en desbandada cuando apareció la policía. Eso fue lo que encontró. Otro muerto suyo de ellos. Pero, al final, siempre se vino. Era su trabajo. Fue lo que al final concluyó. Conclusión estúpida. Sí. Pero, cuando logró por fin decidirse según una estupidez así, creyó que estaba listo. Entonces aprovechó para terminar de vestirse y salir afuera. Sin embargo, claro, estupidez al fin, la justificación bo le duró ni media cuadra. En realidad, nunca se está listo en Buenaventura. No es necesario. En Buenaventura, los que aún viven, sólo lo hacen porque no han muerto todavía, y para no levantar sospechas acerca de algo así.
Ya en la calle, se topó por segunda vez con el licenciado Valbuena, y caminaron juntos hasta lo de Medina. El cura tocó a la puerta. Susana abrió. Como siempre, sin zapatos, pensó al ver los pies desnudos de la muchacha. Luego la sonrisa ligera a la que el cura correspondió con una igualmente ligera. Pasó. Atravesaron el fresco zaguán. Al desembocar en el salón, los presentes, sin disimular cierto grado de desaprobación por la tardanza, abrieron paso, y el cura llegó hasta la puerta de la habitación. Por más que intentara ocultarlo, se le notaba el desgano ¿Y éste qué? ¿Viene a salvar al moribundo o a terminar de sucumbir con él? Fariseos hipócritas. Ritual de moribundos. En fin, manos a la obra o, en este caso, más bien a las sobras, porque, cuando vio a Medina de largo a largo en la cama, eso fue lo que le pareció, una suerte de secreción de la existencia temporal. Antes de que esta cosa pegue el salto al otro mundo, aparece la mano misteriosa cuyo dedo engrasado le mancha la adusta frente en signo de gracia de última hora. Signo el de la muerte, que nos toca y nos deja, al mismo tiempo, seguir siendo. Pero, igual, aquí vamos. A ver esa frente. Ex opere operato, digo, si es cierta la especie de que el sacramento en sí mismo conlleva la gracia de Dios con independencia de la fe y del carácter moral y mortal del celebrante y de su destinatario. Menos mal y no se trata de despertar la gracia que se supone debía estar en el mismísimo Medina, sino de conferírsela, muy a su pesar, y aunque el mismísimo cura esté en pecado mortal. El sacramento no es magia. Pero funciona como tal. Porque para que a los aquí involucrados les sonría la gracia por sí mismos, ya te digo. Así. Listo ¿Ya? ¿Y no que el Padre Claudio debió haber uncido ojos, oídos, nariz, labios y manos con aceite bendecido por un obispo en Jueves Santo? Vaya uno a saber dónde conseguir aceite así ¿Éste? A lo mejor ni bendecido estaba ¿Y no que sólo en caso de emergencia se aplica la unción sobre la frente? Pero eso fue lo que el cura hizo, y ya. Rapidito. Como que andaba apurado, el cura. Al parecer, se diría que lo que quería era salir del paso, cuanto antes. Algo dijo. Casi ni habló. Soltó algunas palabras, entre dientes, que nadie entendió ¿Qué dijo? Se preguntaron en silencio y con miradas entremezcladas los presentes. Y aunque tenía el librito azul de oraciones en la mano, ninguna pronunció. De súbito, el cura, tras una mirada en derredor, dio por terminado el asunto ¿Ya? Volvieron a mirarse entre sí los escasos presentes.
El médico, Rita, Colmenares, Susana y el licenciado Valbuena. Solo faltaba el Comisario Martín Romero. Pero ello a nadie extrañó. Colmenares, siempre tan oportuno, dijo que el jefe estaba ocupado. Pero nadie le creyó. Ese policía lo único que hace es andar por allí. Mas parece un vagabundo que un guardián de la ley y el orden. En Buenaventura se dice que está medio tocado, el Comisario. Que dicen que lo vieron por el “Claro de Luna”, comentó malicioso el licenciado. Susana miró con rabia e impaciencia al gordo cuando dijo eso. El Padre Claudio les pidió que se callaran y los invitó a salir del cuarto. Extremaunción. Se cree que los efectos incluyen no solamente la curación espiritual, sino también la restauración de la salud corporal, si es la voluntad de Dios, claro. Pero Medina como que va a tener que conformarse con la pura salud del alma. Ya veremos. Todos salieron de la habitación. Sólo el cura se quedó. Arrimó una silla, y se sentó.
Enfermos, los hombres esperan que Dios logre todo aquello que no esté al alcance de una aspirina, pensaba el padre Claudio mientras, sentado junto al lecho de Medina, manipulaba el librito azul de oraciones impreso en letra menuda para implorar a la enormidad del cielo. Más que esperar, albergan esperanza mientras esperan, como para no desesperar. A Medina no se le nota porque está quieto, casi muerto. Pero en algún lugar de esa escueta geología corporal, a nivel de algún imperceptible estrato aprisionado bajo cada capa de carne blanca y reseca, debe palpitar todavía la vida. Signos vitales, gustan llamar los técnicos al asunto. Dicho así, suena a señales remotas y débiles emitidas desde el otro mundo por el moribundo. Pero lo que es éste, a simple vista, nada. Ni la más leve indicación. Será que ya se murió. Cómo saberlo. En fin, ni que le inyecten el bendito aceite en las venas, éste se recupera. Habrá que esperar un rato todavía. Paciencia.
El atardecer había sido lento y denso. El día se había ido apagando con la pesadez y quietud de una vela derretida. Sin darse cuenta, el cura se había quedado a oscuras y, de pronto, se sobresaltó. Entonces caminó hasta la mesita de noche junto a la cama y encendió la lámpara. La noche se había instalado en Buenaventura, una vez más ¿Y ahora qué? Miró el librito de oraciones que aún tenía en la mano. Orar. Acto de comunión con Dios, o las meras palabras utilizadas con este fin. Las meras dos cosas. Bueno, sí. Pero lo que cuenta es la comunión. Y sin algo así ¿qué? Invocación, alabanza, acción de gracias, petición, confesión y llamamiento al perdón. El modelo del Padre Nuestro, es decir. Palabras. Sin magia no hay oración. La comunión es magia. La magia está en sentirse parte de algo. Y el cura sólo estaba allí, sentado, a la diestra de su propio ánimo también sentado. Vieja crisis ésta de no hallar sentido a la oración, que ya no parecía crisis. Más bien una costra de conciencia. Porque la conciencia, como la piel, se arruga y encostra al contacto con el tiempo y los aires de Buenaventura. La primera vez que habló del asunto, por poco y lo votan del seminario. Lo salvó el viejo Julián. Tú quédate quieto, muchacho. Paciencia. Date tiempo. La cuestión llega poco a poco. Mucho ejercicio y mucho tesón. Ya verás. Con el tiempo conoces la verdadera comunión. Tiempo y paciencia. Y la crisis se repetía, cada vez con más ahínco y contundencia ¿Vocación? Claro que hay vocación. Por eso no te preocupes. Sólo ten paciencia. A punta de paciencia se envejece. Y envejeció. Uno se acostumbra. La costumbre lo condenó. Lo que crujió fue el cuero de la silla al sentarse.
Y qué con todas aquellas horas por venir, hasta ahora empeñadas en monótona negrura y el infecundo bostezo de la espera. Espera: que el viejo termine de morir. Eso es lo que el cura espera. Más o menos lo mismo que todos en Buenaventura, sólo que al cura ha tocado hacerlo de cerca, sentado a su lado, mirando de largo a largo ese cuerpecillo de niño avejentado, que parecía haber nacido viejo y cargado de una vez de todos los años que iba a tener. Vaya espera. Por otra parte, si aún no se ha muerto, el viejo Medina también espera. El cura lo que hace es esperar a que el viejo ya no espere más. Así, sin mirarse ni escucharse, tan ausentes entre sí y tan próximos, las esperas se entrecruzan, mezclan y enturbian el transcurrir de las horas. Acaso las esperas tienen vida propia y de allí proviniese esa sensación de sentirse mirado, escuchado o expiado por el viejo moribundo. A ver. Una mirada atenta a lo largo del cuerpo inerte. Cabeza hundida en la almohada entre la cabellera grisácea y enmarañada. Cuerpo embojotado y brazos por fuera cubiertos por las mangas anchas del pijama azul claro y por las que se asoman las manos blancas, quietas sobre el vientre. Al final, las puntas de los pies. Deben ser esos picos. Recorrido de vuelta. Nada. Ningún movimiento o signo en ese rostro de papel. Acaso respira. Debe ser, aunque no parezca. Vaya quietud que inquieta. Es como si mirase desde ella. Quietud que se siente como una mirada. Éso, concluyó. En fin. Mejor mirar este librito. Si no para orar, al menos servirá para esperar.
Edición de bolsillo. Barata. Tapas plásticas, normalmente azules, o rojas. Igual, siempre chillonas. Esos ribetes y letras doradas, brillantes, mugrientas y desconchadas. Porque el sudor humano todo lo desconcha. También el tiempo. Sí, también el tiempo desconcha. Mira esos dedos. Y el simple abandono en el fondo del cajón también desconcha. Pero igual siempre ese dorado imitando oro, supongo. Metáfora pobre, quién diría si de lo sublime, o de lo costoso. Librito de oraciones. La oración derrite el más duro de los corazones, ha dicho alguien. No recuerdo quien. Quizás la memoria, que falla, o me está jugando sucio. Es igual. Lo dijo un místico, seguramente. Quién más. Sólo un místico es capaz de arder en comunión con lo divino. Los demás puede que nos recalentemos algo al mirar el cielo, si antes no nos pinchan las ganas de comer o dormir. Exhaustos ayunos de San Juan de la Cruz. Verbo misterioso y delirante. Pastores de las majadas ¿por fin habéis visto aquél que yo más quiero y por el que aún adolezco, peno y muero? Amor a Dios. Erotismo vehemente. Seducción total. Cuando de invadir el cielo se trata, no hay límites. Estos místicos. Nada los detiene. Pedazos de carne y pescado cuelgan del cuello de Ángela desnuda por calles y plazas: aquí tenéis la criatura más vil ¿Cómo se sentirá Dios ante devociones así? Y yo que ni siquiera habría podido declarar mi amor abiertamente a la sirvienta que, de niño, recuerdo hacía mi cama. Cuando de silencio se trata, dura como tumba. Y si el asunto es gritar, hasta los muros del convento se resquebrajan. Que, la verdad, estos místicos… uno no sabe si es ardor o ferocidad lo que los guía en la misión que se han impuesto por propia voluntad. Debes tener miedo de corazones así derretidos por los divinos rayos de tu luz. Digo. Pero, en fin, era otra época. El misticismo es historia de guerreros y conquistadores. Otra época. Este mundo moderno es demasiado blando para algo así. A lo sumo gritones de plaza y librito de oraciones, curas que tardan más de lo debido en ponerse los pantalones cuando los llaman a la puerta. Pero nada más. Nada que inspire ese miedo sublime que, desatando las llamas de la más erótica devoción, conduzca a la comunión. Bien. Quizás la oración derrita al más duro de los corazones. Pero este librito. A ver.
El padre Claudio todavía conservaba bastantes ediciones de este tipo: el Elogio a la Locura, los poemas de Mao Se Tung, todos los manuales del comunismo, el Sentimiento Trágico de la Vida y otras cosas de Unamuno que no pudo recordar, y éste mismo librito de oraciones del que aún le quedaban seis o siete ejemplares. Distribuidor de mediocridades. Los demás los había ido obsequiando a quienes, de visita en la Iglesia, permanecían largo rato, esperando algo que él no les podría dar jamás. Entonces iba al cajón (nunca los puso en la biblioteca porque ese no era sitio para libros así), sacaba uno y lo dejaba en la mano abierta del feligrés. El acto siempre adquiría, de manera automática y sin él pretenderlo así, el sentido de una entrega e inmediato retiro solemnes. O al menos así era percibido por la oveja en cuestión, digo yo, que se levantaba, en silencio, y tras una tímida reverencia se despedía y se ponía de nuevo en camino ¿A dónde? No lo sé. La tierra prometida. Siempre nos dirigimos a alguna. Siempre alguien, como yo, observaba alejarse al desdichado. Mientras más lejos, esa desdicha más se va semejando una mezcla de paz y resignación que lo invade todo como un agua quieta y turbia. Luego la puerta, el modo cuidadoso, casi delicado, en que el golpe al cerrarla cae sobre la espalda del que se va. Y ya no hay nadie allí, de este lado de la puerta.
¿Cuántos de esos libritos habría entregado? ¿A cuántos había privilegiado con aquél salvoconducto para andar seguro en el universo de la desolación? Quién podría saberlo. Y contaba con los dedos de la mano. Sí recordó que cuando llegó a Buenaventura (hacía una buena cantidad de libritos ya) se trajo consigo un cajón lleno. Quedarían seis o siete en el fondo. Podía contemplar aquel fondo de la caja ya destartalada en el fondo destartalado de su propia memoria. Quizás ocho. Inquietud. Siempre la ruda exactitud de los números genera inquietud. Salmos y oraciones. Allí en el fondo de aquella caja. Al final ¿Qué podía importar hubiese impreso allí? Alabanza, doctrina y mucho pensamiento. Papel barato y tipografía de segunda, la más grande obra o la más mísera. Aquellos libritos, como el que ahora reposaba entre sus manos entumecidas, siempre le parecieron ausentes de sabiduría y cualquier forma de valor ¿Qué cosa? ¿Sabiduría? ¿En qué piensas, viejo? Si eso que tienes entre tus manos parece más bien algo para engullir que para leer o estudiar. A ver ¿Qué es eso? Una pastilla de jabón, un atado de cigarrillos, una cajita de perfume caro, o barato. ¡Ah no!. Pero si es un libro, chiquito, sí, muy chiquito tal vez, y con letras y todo dentro. Las de afuera las peló el tiempo o el uso, que es mas o menos lo mismo. El tiempo. Aquí en Buenaventura esa palabreja rechina ¿eh? Tu eterno gruñido, digo yo. ¡Ah!, si me escuchara Agustín, esta pobre teología mía le arrancaría un gesto más de ira e impotencia. Quizá, en realidad, no seamos más que imágenes de la divina pesadilla que a Dios ha tocado soñar. A ver qué dice el librito. Casi no puede leerse. Pero no es sólo porque esté mal impreso. No te engañes echando la culpa al tipógrafo. Tú también tienes tu buena parte en este desgaste. Te estás quedando ciego. Desde hace mucho has debido ya cambiar los cristales de esos viejos anteojos.
Apagón. Lo que faltaba. El cura hubo de pararse y encender la vela que estaba en la mesita. Acercó la silla y se puso otra vez a leer. Bajo los párpados caídos del cura sus ojos se toparon con un texto ya hecho de manchas deformes que parecían elevarse levemente de la superficie de la página, reflejando sombra y todo, en medio de la luminosidad movediza de la luz de la vela. No distinguía una letra de la otra. Ni siquiera lograba definir con precisión las líneas. Apenas manchones leves, nada más que manchones leves, cada vez más leves, y que parecían alejarse y acercarse como quien juega con una lupa. Maldita corriente eléctrica. Ya no la repondrán por lo que resta de noche. Aquello ya no era texto, sino suerte de danza sucia en que cada palabra, desnuda de sentido o significado alguno, muestra la escueta risa brutal del esfuerzo absurdo. Mera burla. De súbito, llegó hasta su nariz el olor de la esperma derretida, y acto seguido abrió los ojos por completo. El cura arrugó con molestia el entrecejo. Ya no estaba, en realidad, leyendo y, sin embargo, su boca seguía bisbisando aquellas frases tímidas en medio de la penumbra. Oraba de memoria. Se había callado. Incluso apretó los labios en un gesto infantil, y sin embargo aquellos retazos de oración seguían sonando allí, entre sus labios adormecidos, ecos silbantes que, como gotas de sudor de la noche, corrían por la paredes de aquella penumbra en la que seguía sumido. Padre Nuestro. Que estás en los cielos. Y este cura aquí abajo, velando este muerto. Bueno, se supone que aún no está muerto. Y éste médico ¿no piensa venir a ver? Se volteó hacia la puerta. Atento, aguardó escuchar algo. Pero, al parecer, para entonces todos se habían marchado.
¿Había llegado vasi al anochecer? Sí, en efecto, se dijo, en un intento de despejar cualquier duda. Y ya era casi medía noche, supuso. A veces se hacía este tipo de pregunta. Lo comenzó a notar años después de haber llegado a Buenaventura. Surgía sola, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Era como quién, borracho, despierta sin tener idea de dónde. Olor a muerte. Y eso ¿a qué huele? Muchas cosas. En este caso a almizcle, o cualquier otra de esas sustancias odoríferas que venía del pecho de Medina. Miró el reloj en su muñeca varias veces. Un poco más de las diez. Comparó la hora con el reloj de la pared. No halló casi diferencia. También se acercó a observar el reloj de muñeca de Medina, para lo cual tuvo que aproximar la vela hasta el vientre del cuerpo tendido de largo a largo, donde reposaban las manos del viejo. Tampoco allí encontró diferencia significativa. Los relojes de Medina eran exactos, nada podía ganarles en exactitud en todo Buenaventura, y pensarlo así proporcionó al cura una muy superficial sensación de realidad, pero que requería casi con angustia. Casi dos horas para la media noche. Se quitó los lentes. Se estrujó la frente y restregó los ojos. Volvió a ponerse los lentes. Hizo todo esto con mucha paciencia, imprimiendo a cada movimiento un dejo de indiferencia que, después de todo, nadie podría notar en el encierro de aquella habitación ¿A quién engañas, cura de pueblo? Se te nota en el rostro la perturbación por el miedo que en un instante te ha recorrido los huesos. Pero, ya lo digo, es algo que nadie notará en el encierro de esta penumbra. Por un rato puso atención al sonido del reloj. Cada tictac era un paso de su ánimo hacia tierras más seguras. Miraba en la penumbra. Miraba hacia el reflejo de la luna que se metía por la ventana. Sus ojos volvían a perderse en la oscuridad amontonada en los rincones. Se levantó y caminó a tientas. Se asomó a la ventana. Asoció la luna con la cabeza de un pescado que había adquirido la víspera. La había encontrado, muy temprano en la mañana, en un puesto del mercado. La compró y la llevó a casa para cocinarla. Salido del mar. Descabezado. Ahora volvía a estar allí, en el mar oscuro de su mente, brillando. Sabía que el mar estaba allá, pero no lo veía, pues quedaba tras el amasijo de casas. No. Él estaba en medio del amasijo de casas, y el mar quedaba por fuera. Así su sonido, ahí, pero al mismo tiempo muy a lo lejos, sin que nadie pueda saber cuánto de agua, cuánto de sal, cuánto de noche y luna, cuánto de lejanía o cuánto de encierro y grillo. Del mar sólo le quedaba, por ahora, aquella cabeza de pescado. Entonces, aquello de fuera también era un amasijo de sonido penetrando el último rincón del silencio de la noche. Sus ojos iban de adentro hacia afuera, y viceversa. Su oído se cansó. Y el cura volvió a la silla de palo y cuero de cuyo crujido ni siquiera se percató. Colocó el librito sobre la mesita, al lado de la vela, en el mismo sitio de dónde lo había tomado. Se estiró y luego de nuevo estuvo observando el cuerpo inmóvil de Medina.
Ya debería estar muerto hace rato. Frío y tieso. Una vez más la imagen de la cabeza de pescado que había comprado esa mañana. Sin embargo no se animó a tocarlo. Sin apartar la mirada del moribundo, se puso a revisar los hechos recientes. Siempre lo hacía en momentos así, cuando, de pronto, le sobrevenía esa sensación de aparecido en medio de su propia presencia. Hechos recientes. Inventario uno a uno, como si no fueran parte de una escena, y hasta de una historia más completa, sino estuvieran allí, colgados del hilo inútil de su coherencia en el tendedero de la memoria.
Todo empezó… ¿Hermoso día? Podría decirse que sí. Porque, total, en Buenaventura todos lo son, incluso los nublados y lluviosos, cuando el mar y hasta el aire se tornan grises. Hay veces que, como hoy, a la mañana soleada sigue una tarde nublosa. De modo que una claridad tempranera, cuya tibieza se siente no más abrir la puerta, ha dado, pues, inicio al día. El cura se dispone a salir. Y salió. Así, en la mañana, temprano, cabeza de pescado en un puesto del mercado y cura mirando a ver si se decide a llevarla a casa. Aún son pocos los clientes. Pero hay movimiento incesante de hombres cargando y descargando pescado. Olor a salitre, licor y muerte aún fresca allende las blancas panzas. La pesca ha sido buena, se comenta. Se sobreentiende, entre comentario y comentario, que la muerte del Moise ha contribuido a que mejore la suerte de los pescadores ¿Lo ve, Padre? Ha hablado Rita, en tosco e ingenuo gesto de confirmación. La vieja estaba al lado del cura y el cura no la había visto. Giró la cabeza y bajó la mirada para verla mejor. En efecto, allá abajo estaba Rita, viéndolo desde sus ojos hundidos y atrapados en su cara arrugada. Volteó hacia la cabeza de pescado. Estará más vieja la vieja, pensó el cura. Luego volteó de nuevo hacia Rita, que se había arrimado un poco para mirar otros pescados. El cura miró por encima de Rita, hacia la playa. Por allá, por el malecón, va el Comisario Martín Romero. El muchacho delante y el perro enorme atrás. Últimamente andan así, por allí, esos tres. Vuelve a hablar Rita, que ha seguido la mirada del cura y captado al policía en la otra punta. Hay quienes dicen que el policía está medio loco. Quién sabe. ¿De dónde vendrá a ésta hora? De guardia, se supone, dijo el cura sin mirarla. Si es cierta la especie de que se está viendo a escondidas con la Susana, menuda guardia. El cura volvió a mirar la cabeza de pescado ¿Y Medina? Preguntó el cura. Va para el tercer día consecutivo sin pararse de la cama ¿UD. qué cree,? Preguntó a su vez Rita. Nunca se sabe. Al tercer día, Cristo resucitó. Silencio. Largo silencio que venía de abajo, allende la boca de Rita. El cura habló sin dejar de ver la cabeza de pescado. No supo por qué dijo algo así ¿Se la empaco, Padre? Dijo el tendero. Cuando el cura hubo levantado de nuevo la cabeza, el Comisario ya había pasado de largo, camino al Comando Policial, y Rita se había retirado. La observó alejarse, cada vez más chica, cada vez menos notoria su cojera ¿Se la empaco, Padre? Insistió el tendero ¿Qué? La cabeza. El cura se llevó la mano a la cabeza. El tendero señaló la cabeza de pescado. Sí claro. El cura se retiró luego de haber pagado y se propuso ir directo a su casa.
Entonces, tropezón con el licenciado Valbuena. Perdone UD., Padre, dijo el gordo mientras sacaba el pie de debajo del pie del cura. Éste, que ha de haber metido el pie allí abajo para gozar la oportunidad de mostrar esa cara bondadosa. Siempre lo hace. Siempre quiere hablar, congraciarse. Ahora soltará alguna estupidez. Ahí va. El gordo toca con su dedo el paquete que lleva el cura. El cura mira el paquete, y luego vuelve a mirar al gordo. Con que temprano para llevar lo mejor de comer a casa ¿eh? Lo hizo, no más. El otro día hizo algo parecido, cuando se topó con el cura en el malecón. Con que contemplando la tarde para llevar lo mejor de la inspiración a casa ¿eh? Idiota. Es de los que jura que hay más inspiración en un crepúsculo que en una cabeza de pescado. Forzada sonrisa del cura ¿Ya supo lo de Medina? Sigue allí, sin pararse de la cama. Sí, gordo, sí. Por tercer día consecutivo. El cura, que ha decidido retirarse antes que el gordo se venga con otra sobre Medina, se dispone a emprender la retirada. Aprieta la cabeza de pescado y de un largo paso emprende la fuga. Ha dejado al gordo atrás con esa expresión bobalicona dibujada en la boca. No la ve, pero puede imaginarla y sentirla pegada a su espalda ¿Cuánto caminó, el cura? Cuatro o cinco cuadras. Intenta precisar. Pasó de largo por lo de Rita y casi llegó al camino que lleva al “Claro de Luna”, donde apalearon al Moise, por cierto. Allí, en el suelo, el montón de carne y hueso del negro. Una mueca de desagrado aflora en la boca del cura. Hay recuerdos así. Se van a los labios y afloran como muecas. Es su forma de convertirse en hecho del inventario. Media vuelta. El cura se devuelve. Menos mal y era temprano todavía. Al parecer, por allí no había nadie. Si alguien lo vio, seguro habrá dicho que el cura se iba de Buenaventura. Se devolvió rápidamente. Mejor ir a casa de una vez y preparar esa cabeza.
Cabeza de pescado. El cura se lo dijo a sí mismo mientras se miraba frente al espejo, porque siempre le pareció que su cabeza era como de pescado, con anteojos. Después de todo, razón que tenía la muchachada aquella de la cuadra cuando lo veía pasar: cabeza e’ pescao. Malditos. Pero esa cabeza no es de pescado, mi niño, decía mamá al mocoso, recordó el cura mientras observaba la cabeza de pescado en la mesa. Una mueca de desagrado aflora en la boca del cura. Hay recuerdos así. Se van a los labios y afloran como muecas. Es su forma de convertirse en hecho del inventario. Tomó la cabeza, la troceó, colocó los trozos en una olla y la puso al fuego. Ya no más recuerdo. Caminó hasta la ventana y estuvo largo rato asomado. Largo día. Lo sabía. Preparar hervido de cabeza de pescado es bueno para días así. Minutos antes de salir al mercado estuvo pensando en componer la desordenada biblioteca. Antes lo hacía. Pero, al final, se convenció de que preparar hervido de cabeza de pescado es mejor para días así.
Los hechos. Qué hechos ni qué hechos. Luego de arrojar la verdura a la olla, fue a sentarse en el sillón. Allí pasó casi todo el día. A ratos se levantaba, iba hasta la cocina, removía la olla y volvía al sillón. En cada ir y venir, de vuelta, se quitaba los anteojos, empañados por el vapor. Cabeza de pescado. Cabeza vacía, como de pescado, por dentro y por fuera. Ni una idea. Ni una sola ocurrencia. El calor que aumenta. Gotas de sudor corren por la frente y las mejillas del cura. Cada vez es más intenso el olor que viene de la cocina.
Luego de un gran plato de hervido de cabeza de pescado, el cura ha entrado en pesada somnolencia. De súbito, golpes en la puerta. Tres. Golpes en la puerta escuchados. Tres. Espera. Tres golpes más. Entonces la pregunta del que no está dispuesto ni a pestañear.¿Quién será? Por debajo de la puerta se advertía la sombra del que estaba del otro lado. La cara impaciente de Colmenares detrás apareció violentamente al abrir. Sí, está bien, dígale al doctor que voy enseguida. Pero el cura ya sabe: enseguida, en Buenaventura, no existe. Más bien todo aquí tiene lugar de seguidas. No importa cuáles hechos, no importa cuánto tiempo. Lo mismo cien años que cien segundos. El antes y el después pueden ubicarse en cualquier punto, incluso intercambiarse; igual todo aquí va de seguidas, una cosa detrás de la otra, como los cuadros de una película. Medina dijo. Medina hizo. Ahora: se muere Medina. Ahora voy, enseguida, –¿o de seguida?– no más me levante de esta silla en la que ahora estoy sentado y a punto de permanecer así para siempre. Eso sería bieno. Pero el Señor dijo: Claudio, levántate y anda. Y yo mirando en la mesa el plato vacío, los restos amontonados a un lado; el vaso boca abajo, junto a la jarra de agua; la cesta con la hogaza de pan, y una mosca revoloteando sobre la envoltura de tela roja con lunares blancos con la que había envuelto la pieza. El cura toma un pedazo de pan y se lo lleva a la boca. No es en realidad comer, sino una forma de preguntar al estómago si quiere más alimento. Engulle. Aguarda un rato. La boca seca como algodón. Esta vez no hubo señal. Vuelve a envolver el pan con la tela. Entonces sólo bebe agua. Luego, y antes de buscar los pantalones, fue remontar la terrible cuesta hasta convencerse de que debía ir a lo de Medina. En realidad nunca se convenció. Pero, al final, terminó de vestirse. La noche, aunque todavía lejana, ya mostraba ganas de meterse por la ventana. El cura se secó los labios con la servilleta y salió. Allá va, de seguida.
Ya afuera, a punto de cerrar la puerta, se detuvo. Palpó sus bolsillos. Entonces empujó la puerta, fue hasta el cajón de los libritos y tomó uno. ¿Seis o siete? Quizás ocho. No sabía lo que haría con el librito. Dejarlo a Medina, quizás. Ya le había dado uno ¿por qué hacerlo de nuevo ahora? La muerte. Bueno, la verdad nunca había sentido que debía hacerlo, ni con Medina ni con nadie, ni en vida ni en muerte. Solo lo había dado, sin saber por qué. Además, si el viejo estaba como decían, ni cuenta se daría. Salió de nuevo. Cerró. Caminó dos cuadras hacia abajo, en ruta al malecón. Aunque por allí era más lejos, prefirió hacerlo así. En seguida voy. De seguida. Así era en Buenaventura. Ya lo había dicho, y no sabía porqué lo repetía. Supuso que era por lo de Medina, porque intentó así apartar su repugnante imagen de sí y que se hacía más repugnante en el umbral de la muerte.
Allá va, dijo el licenciado Valbuena al ver subir al cura desde el malecón a lo de Medina. Figura agigantada. Caminar lento y pausado del peregrino que no tiene a dónde peregrinar. Cabello corto, como el de un soldado, de hebras gruesas y rebeldes, y un bigote espeso que casi cubría por completo el labio superior. Desaliñado y, sin embargo, de presencia ligera, en sus ojos relucía siempre un brillo violento detrás de los lentes de cinco dioptrías. El vientre ligeramente hinchado iba acorde con su estampa ligeramente encorvada. Al caminar, su cuerpo perdido dentro de sus ropas anchísimas batidas por el viento. Arriba, el follaje de los árboles batido por las brisas. Más arriba, trepando por el verde intenso de los cerros, todavía podían seguirse las tonalidades rosas que la humedad de la lluvia por venir imprimía a los restos del día. Del sol sólo quedaba una última claridad persistente. Las nubes ya se habían tragado las cimas de los cerros.
Pese a su aspecto huraño, olvidado por Dios y por el mundo, aquel cura era el hombre más culto que el licenciado Valbuena hubiera conocido jamás. El Padre Claudio había tenido que aceptar sus halagos en este sentido, aunque, como bien sabía, el criterio del gordo y rollizo secretario no fuese, en realidad, algo digno de tomar en cuenta. El cura no ocultaba del todo su desprecio hacia el secretario, y acaso por lo mismo, pese a conocerlo desde hacía más de veinte años, éste nunca había podido acceder a él de manera alguna. Su sola presencia lo incomodaba. Ciertamente, en el cura había algo de erudito que no alcanzaba a aniquilar del todo al hombre tosco. Y esto era algo que el licenciado Valbuena no lograba manejar. En él se mezclaba con violenta parsimonia el monje medieval, el enciclopedista dieciochesco, el filósofo darwinista y el existencialista de post guerra. Era lo más parecido a un Guillermo de Baskerville de finales del siglo XX, aunque un poco más desilusionado; los occamistas vivieron deslumbrados por los albores de una nueva era a la que entraron por las puertas del progreso científico, mientras que ese cura que deambulaba por Buenaventura era apenas un despojo lúcido de la era del progreso y de la ciencia. Condenado como cualquier mortal, habitaba el mismo universo que una vez fue incomprensible, luego aristotélico, más tarde Newton–copernicano y hoy por hoy lleno de huecos negros como la ausencia de Dios.
‒Precisamente, iba yo a buscarlo –dijo el licenciado Valbuena, rojizo y jadeante, que había acelerado el paso para alcanzar al cura.
‒Ya me han avisado –contestó secamente el cura.
‒Sí. Colmenares dijo que UD… pero como no llegaba yo vine a ver… ¿Y UD. va a…?
‒En realidad no sé a qué voy, licenciado. No puedo saberlo. –dijo el cura.
‒Yo sólo pensaba…–dijo el licenciado Valbuena
‒En la extremaunción. –Interrumpió el cura.
‒A decir del médico, el hombre no pasa de esta noche. –dijo el licenciado Valbuena. El cura esperó unos segundos antes de continuar, sin que el licenciado Valbuena dijera nada. Luego continuó, como quien lee en voz alta:
‒Sacramento de la Iglesia, que consiste en la unción con óleo sagrado a los fieles que se hallan en peligro inminente de morir.
‒La cosa es grave ¿no? –preguntó el licenciado Valbuena.,
‒Sí. Así parece. Así dicen. –dijo el cura.
El cura se puso a caminar. Miraba hacia el suelo, como si inspeccionara la calle por la que avanzaba. El licenciado Valbuena reaccionó con leve retardo y compulsivamente dio uno pasos rápidos, hasta que logró alcanzar al cura y ponerse a su ritmo. Allí iba el secretario, en su natural nerviosismo, empeñado torpemente en mantenerse al lado del otro, para lo cual debía dar tres pasos por cada dos del cura. De vez en cuando lanzaba miradas de soslayo a su acompañante y buscaba en su mente algo que valiera la pena decir ante un hombre que siempre lo evadía para no tener que mostrar su aversión. Caridad cristiana, a lo mejor. Primero pasa un camello, pero este gordo ni que lo empuje la mano del mismísimo Dios.
Aunque el cura no observaba al secretario y continuaba con la mirada distraída por el suelo, tenía clara, como si lo estuviera viendo, la imagen del burócrata. Su cara rojiza y circundada por la barba espesa y que siempre iba enjugada en sudor. Por más que llevara la corbata completamente desceñida, igual parecía ahogado por un lazo fuertemente atado al rollizo cuello. Hablaba con voz gutural y jadeante, y las comisuras de la fina boca se le llenaban de saliva tras cada palabra pronunciada, masticada, se diría mas bien, como si fueran gusanos reventados por las estridencias de su voz y que soltaban allí la leche de sus significados. El secretario tenía la costumbre de mirar a cada instante la esfera blanca de su reloj amarillo hundido en la pelambre negra del antebrazo derecho. Porque era de los que usan el reloj en la derecha. Luego se lo pasaba por la frente. Vuelto a ver la hora. Vuelto a la frente. No era preciso mirarlo para sentir el movimiento de aquel brazo. Un leve vapor se dejaba ir en cada giro maquinal. En el brazo izquierdo, recogido sobre el pecho, llevaba una carpeta con papeles. Tampoco era preciso mirarlo para escuchar los pasos de sus zapatos de punta ancha y redonda, brillantes, de un brillo que se dejaba percibir bajo el polvo. No era preciso mirarlo para saber que estaba allí, en todo su volumen, y que, luego de marcharse, seguiría por un rato más, como si su ausencia tuviera su propia voluntad aparte. Así, pese a las intenciones del secretario, ambos caminaron en silencio hasta que arribaron a la casa de Medina. Entonces, tras un esfuerzo que lo enrojeció aún más que la misma caminata, el licenciado Valbuena habló:
‒Cree UD., Padre, que Medina ...es decir... –dijo el licenciado Valbuena
‒¿Que Medina no vuelve a levantarse de la cama? –preguntó el cura.
‒Bueno…yo… –balbuceo el licenciado Valbuena.
‒No se angustie UD. licenciado, que si es por el parecer del médico, ya es UD. el próximo Jefe Civil de Buenaventura. Y si a lo que se refiere es al parecer de Dios, no hay quien pueda saberlo. Seguramente le dará igual. Sea lo que sea, es cuestión de tiempo. Duerma tranquilo esta noche. Y mañana, como siempre, a las ocho en la oficina ¿Le parece? ‒concluyó el cura.
Durante la última semana, el licenciado Valbuena había hecho la misma pregunta a todos en Buenaventura. Día y noche la había pasado en vilo entregado de cuerpo y alma a aquella encuesta sobre el destino. En su mente había ido reuniendo las opiniones, restando los "síes" de los "noes", descifrando los silencios y los encogimientos de hombro de todo aquel que, experto en la tarea de durar, exponía sus impresiones. El padre Claudio sabía, como todos en Buenaventura, que el licenciado Valbuena ya daba a Medina por muerto y que era tal su convicción al respecto que ya había reorganizado todos los papeles de la oficina, aunque aún no se atrevía a sentarse en la silla del jefe. No pudo el cura evitar la tentación de inquietar un poco al secretario quien, ante la irónica ternura con que se expresaba, se paralizó.
Fue entonces que se abrió la puerta y apareció el cuerpo menudo de Susana. Ambos caminaron por el largo zaguán. Adelante el secretario. Pliegue rollizo de cuello gordo. Calva incipiente. El rostro burocrático enmarcado en la barba espesa desapareció, y ahora vuelve a estar aquí, rojizo, pero tan frío como aquella cabeza de pescado, que ya no está aquí. Es un rostro más que se fosiliza en la piedra de mi mente; toda su estolidez y toda su angustia por el puesto que Medina está a punto de dejar. Hecho.
Se acabó el inventario de hechos recientes. No. Puede que lo que se haya acabado sea esa lógica que habita en la casa de tu cerebro como uno de esos personajes ricos que, soberbio y solitario, deambula por entre las paredes y entrepisos de su magnífica mansión. ¿Desde cuándo? Desde que tienes uso de razón –¿no es que le dicen a ese primer paso firme y sin retorno en abismo del envejecimiento?– Bueno, como sea, allí, por entre los resquicios de ese aposento de hueso y que difícilmente sostiene su precario equilibrio por cima de los hombros, la vieja se aburre y entrega a sus aristotélicas aporías, ordena sus tesoros depreciados por el transcurrir, disecciona vacíos, arruma horas, deviene tiempo devanado en el enorme ovillo de su tedio. Pobre Agustín ¿Y a qué viene eso? El viejo se fue a la tumba. Por lo del tiempo, digo. Si. El tiempo es este tictac en la cabeza de un viejo cuya vida está al servicio del señor y que a media noche, sobresaltado, como un borracho al que el guardián del parque ha sacudido para que se levante de su duro banco, se pone a revisar uno a uno los hechos recientes. Aquí te escondes, o te pierdes –¿cuál es la diferencia?–. Llegaste hasta aquí, en lógico inventario, de pieza en pieza hasta el fondo de esta penumbra densa que huele a madera antigua. Penumbra tibia, casi fría como el aliento de este moribundo. Penumbra: sombra débil entre la luz y la oscuridad. Sombra raída que me obsequia y me cobija con su negro enfermo. Todo aquí está enfermo.
Sobre la mesita que estaba junto a la cama, había varios frascos y cajas de medicamentos, una antigua cucharilla de plata, una medallita de oro con la inscripción del bautizo de Medina, y un vaso con agua en el que, desde hacía casi tres días, permanecía sumergida, sin usar, la dentadura postiza del viejo. Desprendida de Medina, semiabierta, protagonizando una mueca de pasta y porcelana, aquella dentadura era todo Medina sin necesitar de Medina. Lo sobrevivía en su hora poetrera. Eternizaba sus ademanes y manías, los dolores de viejo que ya no duelen, los hedores de enfermo que ya no hieden. En la ortopedia de aquella sonrisa fósil se conservará por los siglos la muerte que no muere. Cada vez que se despabilaba, inmóvil en la penumbra, el cura observaba uno a uno cada diente, el modo cómo todos ellos no habían dejado de vigilarle ni por un instante, hasta que volvía a sumirse en la incontrolable somnolencia. Entonces la sonrisa en escena de aquellas piezas dentales blancas y perfectas desaparecía tras el telón caído de sus párpados. Vuelto a despertar, la dentadura seguía allí, en el falso movimiento de su inamovilidad circular, la tramposa divisoria entre la hilera de arriba y la de abajo, y en esa disposición a masticarlo todo. Sobre todo eso, la disposición: ordenada distribución, calculada colocación. Podría comenzar por este dedo, este brazo, este cuerpo, y continuar con el universo entero, y esperar, seguramente tendría la paciencia de esperar –siempre esperamos– por si acaso quede algo más. Quien contemplara el silencio postizo, no propio del material dental, sino agregado, limitado, fingido o sobrepuesto de esta dentadura suelta en la noche, con una temperatura sensiblemente inferior a la del medio ambiente y que produce efectos macabros como el verde azul del agua en que permanece quedamente sumergida desde hace tres días, despejaría de un porrazo todo el misterio que cree lo ata a la vida. No se precisa de grandes eventos para algo así. Baste una dentadura, aunque sea postiza, con qué ejecutar la feroz mordida a la nada que es vivir. Asquerosa, repetida, sí, se repetía el cura en cada abrir y cerrar de ojos en medio de aquella vigilia a medias, torpe como manotazos al sueño y que, al mismo tiempo, sin embargo, no alcanzaba para insomnio. Tan cierto le parecía su desprecio por Medina como su sentimiento de que en cada quien hay un Medina que lucha por vivir, una dentadura de verdades postizas que convierte a cada uno en cancerbero de su propia mentira de durar. Quien desee ver en cada hombre las heces en que consiste la presencia de cada hombre, podía lanzar una mirada a Medina. Ya no verá almas, buenas y malas, sino el mismísimo espectáculo humano de tener una ¿Cómo evitar estos ataques de misoginia? se preguntó el Padre Claudio mientras se incorporaba obstinadamente de la silla y, al mismo tiempo, imploraba a los cielos de su propio silencio. Volvía a sentarse. Crujido del cuero de la silla. De nuevo Medina hecho al horizonte de su perfecta quietud. Si el viejo volviese a ponerse de pie, pensó, lo echaría todo a perder.
Allí seguía Medina, pues, de largo a largo, a un costado de la cama enorme, su cuerpo enjuto cubierto hasta la mitad del pecho por una sábana. En los extremos de la cabecera se erguían dos puntas de madera laboriosamente torneadas. Del otro lado de la cabecera se alzaba levemente la sábana al cubrir los pies juntados. Pies chicos, como de niño, que le daban el aire de un niño envejecido. La cabeza, hundida en la almohada, o se le había achicado o le sobraba cabello, nariz y cejas. Las orejas se le habían llenado de pelo. He aquí al hombre. El dueño de la dentadura postiza. El que con la voz de su mutismo de moribundo le insufla vida. Se le han aflojado las comisuras de la boca y de los párpados. Quizás sea esa la causa del tono acobardado que se ha apoderado su rostro blancuzco. Se le ve tranquilo, como si no supiera que va a morir, quizás no sabe que va a morir, o ya murió. La última vez que lo supo estaba aterrado. Una mezcla de rojo cólera con amarillo miedo. Así lo recuerdo ahora. Allí no había nada de blanco resignación, como ahora. No sé, quizás los degradados manchones verdosos en las mejillas, ahora, en aquel entonces fuesen soberbia o el mero artificio de creer que nos hemos liberado de algo por el hecho de seguir vivos. Se le veía tan diferente, entonces. Hace tiempo ya ¿no? Veintitrés años casi. A ver.
Recién llegado a Buenaventura, no era yo tan indolente como ahora. También se me veía tan diferente, entonces. El Padre Claudio esto. El Padre Claudio lo otro ¿Le dijeron al Padre Claudio? Nuevos, la gente gusta estrenar curas y zapatos. Pero no negarás que, por un tiempo, al menos, fue bueno sentirte útil ¿Al servicio de la humanidad? Al servicio de la humanidad, aunque sea la humanidad de Buenaventura. Eras un tipo en crisis ¿recuerdas? Así gustabas de llamarte, en silencio. Y luego las clásicas preguntas de rigor. Dios: ¿símbolo de fe? ¿instrumento de justicia? Nunca, en definitiva, has terminado de resolver el asunto que, en parte, te trajo aquí. Así es en Buenaventura. Las cosas adquieren un color distinto al que tenían antes de llegar. Fe o justicia. Aquí es difícil de precisar ese tipo de cosas. Pasa que uno, sin querer, se topa de frente con uno mismo ¿y éste? ¿Quién es? ¿Qué se trae? Y termina uno por allí, objeto de su propia perdición. O perdiciones. Porque, en realidad, hay muchas. Casi todos los días una distinta. O, quizás, la misma, y sólo pasa que no se le siente igual. Mírate hoy. Aquí frente a Medina, a lo mejor ya muerto ¿Será que ya no es? Cómo gustas de esas formas aristotélicas, tan perfectas que no conducen a ningún sitio. Ni siquiera sabes donde estás parado, o sentado. Bueno, sí, en lo de Medina casi muerto o muerto ya ¿Es igual? Pero genial, el tipo ¿eh? Hay que reconocerlo. Todo tú eres un silencioso tributo de reconocimiento. Hay cierto placer en ello ¿orgullo de pagano derrotado? Creo que así podría decirse. Pero eso suena a mierda. Es mierda. Se le puede oler desde aquí, en Buenaventura.
Leves toques a la puerta. El cura se volteó y esperó. En efecto, leves toques a la puerta. El cura se levantó y abrió. Era Susana, que estaba allí parada, sin decir nada. El cura abrió la puerta por completo, y dijo:
‒La verdad, no sé por qué la mantengo cerrada. Hace calor. Mejor dejarla así ¿Vas a pasar? ‒preguntó el cura.
La muchacha, al principio no dijo nada ni se movió. El cura esperó un momento. Vio sus pies, siempre descalzos. Luego volvió a mirarla a los ojos. La muchacha pasó. El aire tibio, hecho de expiración y medicamento se le fue a la cara. Avanzó apenas un par de pasos, dejando con ello clara constancia de su negativa a avanzar más al interior de la habitación. El cura tomó la silla, la ladeó un poco para poder quedar sentado frente a Susana. Esperó a ver si la muchacha hablaba. Al rato, el cura volvió a hablar:
‒Yo pensé que dormías.
‒No. No tengo sueño –replicó la muchacha.
‒¿Se fueron todos? –preguntó el cura.
‒Se fueron temprano –respondió la muchacha.
‒¿Y tú? ¿Por qué estás despiertas todavía? –insistió el cura.
‒Ya le digo. No puedo dormir.
‒¿Qué te pasa? –preguntó el cura.
‒Nada. –respondió la muchacha.
‒¿Tienes miedo?
‒No.
‒Y, entonces ¿qué pasa? –insistió el cura.
‒No me pasa nada.
‒Está bien. Si no quieres hablar… ‒concluyó con tono obstinado el cura.
El cura no supo qué más decir. Se consideraba bueno para tratar con niños o con viejos, incluso con el mismísimo Medina, pensó, y volteó para echarle una rápida mirada. Seguía allí, quieto, de largo a largo en la cama. Y qué ¿pensabas que podía haberse ido? Con niños o con viejos. Pero los jóvenes se le hacían intratables. Mejor era dejarlos hablar o que se pudrieran en su silencio. Volvió a ver a la muchacha. Esperó. Rato después, Susana, por fin, habló:
‒¿Es verdad que andaba por el “Claro de Luna? –preguntó.
‒¿Cómo? –replicó el cura sorprendido.
‒Lo que dice el gordo, UD. sabe. –dijo la muchacha.
‒El gordo no. El licenciado Valbuena, querrás decir. –advirtió el cura al rato, mientras recordaba lo que el licenciado Valbuena podría haber dicho en la tarde.
‒Bueno, como sea. –siguió la muchacha en tono contrariado.
‒¿Quién andaba por el “Claro de Luna”? –preguntó el cura.
‒UD. sabe. –se limitó a decir la muchacha.
‒¿El Comisario? –preguntó el cura, al recordar lo que había dicho el secretario.
‒Ajá –confirmó la muchacha.
‒Sí, eso fue lo que dijo el gordo. Digo, el licenciado Valbuena. La verdad, Susana, no lo sé. Hace días que no veo al Comisario Romero. Pero tú no deberías estar preocupándote por cosas así ¿No te parece? Seguro que es por eso que no puedes dormir ¿eh? No eres más que una niña, Susana ¿Qué edad tienes, a ver? –preguntó el cura, mientras buscaba sus ojos difusos en la penumbra.
‒No lo sé. –respondió la muchacha.
El cura se levantó y caminó, una vez más, hasta la ventana. Hizo un rápido recorrido por la sombras azules de la noche. Se volvió. Susana tenía la mirada fija en Medina. Al principio le pareció que la expresión en ese rostro de niña era de odio. Pero, al observar con más calma, notó más bien espontáneo desprecio con inconfundible pinceladas de asco. Así lo percibió, cuando pensó aquel rostro con más calma. Calma aristotélica. Sí, sirve para eso, para captar las frescas líneas de la naturaleza, que nunca son, por cierto, rectas.
‒¿Quieres que te diga la verdad, Susana? No sé si está muerto ya, o sigue vivo todavía. Y creo que prefiero no saberlo, si el costo es acercarme a él y tocarlo. Cuando le puse el aceite, lo hice con éste dedo, de punta y rápido. (el cura muestra el dedo a la muchacha y hace una rápida y corta señal de la cruz). Todavía siento aquí esos pliegues de la frente. ‒Y con el mismo dedo señala la frente de Medina. No es para nada agradable su cercanía, yo que te lo digo. ‒Y su mirada se cruza con la de la muchacha. Entonces calla por un momento y, rato después, agrega. ‒Lo que, imagino, sabes tú mucho mejor como mujer de lo que yo como cura ¿verdad?
El cura se acercó de nuevo a la silla y se sentó. Luego de un rato, viendo que Susana no daba señales de salir, continuó.
‒¿Sabes? Hace casi veintitrés años que conozco a Medina, o que lo vi por primera vez, mejor dicho. Y es sorprendente que, durante ese tiempo, no se haya modificado ni un milímetro la distancia que nos separa. Nada nos ha acercado, es verdad. Y también es verdad que nada, tampoco, nos ha separado. Es como si estuviéramos juntos, aislados, en el mismo lugar. Ahora lo veo allí, y no sé bien qué sentir. Un poco de desprecio y asco, creo. Pero ello, seguramente, se debe tan sólo a la proximidad física. Y pensar que fui yo quien intercedió para que te vinieras a vivir aquí. Eso es algo que me hace sentir un poco culpable, lo confieso. De pronto, en este momento, me parece que debería yo patearlo, en lugar de estar aquí, esperando... Pero ¿para qué? ¿verdad? ‒el cura se detuvo para mirar a Susana que, al mismo tiempo, lo miraba ¿Estará escuchando ésta? ¿Y qué importancia puede tener si escucha o no? Puedes continuar. El cura continuó.
‒Cuando tocaste a la puerta pensaba yo en el día en que Medina apareció temprano en la mañana, luego de que, según dijo, lo hubiesen secuestrado los comunistas. Lo recuerdo y todavía me dan ganas de reír. Yo estaba recién llegado aquí, a Buenaventura. No más acabo de llegar, y mira lo que uno tiene que escuchar. Comunistas en Buenaventura, Bueno, esa mañana, temprano, escuché, si se puede llamar así a lo que uno percibe como sonido en medio de la inconsciencia del sueño, golpes desordenados a mi puerta. Pam, Pam ‒el cura simula golpes a una puerta imaginaria y se lleva la mano al oído para escuchar‒Largo rato, aunque no sé cuán largo. Primero fueron golpes cuyo ruido se perdía en el sueño antes de llegar a mi oído y que traspasaban como fantasmas la pared del entendimiento. En algún instante aquellos golpes fueron golpes allí, tras la puerta, sin más. Por fin, cuando mis ojos dieron con la puerta, en realidad los escuché, y aún así dudaba de su realidad. Claudio, levántate y anda ‒el cura se levanta y camina como sonámbulo hacia la ventana de la habitación de Medina, la muchacha lo sigue atentamente con la mirada‒ y de paso abre la puerta para que sepas quién es el impertinente que está del otro lado. En fin ‒el cura, de súbito, medio apenado, retorna a la silla y continúa desde allí‒. Todavía me tomé algún tiempo para elaborar alguna hipótesis. Mientras, aprovecharía para ponerme los pantalones y la camisa. Noche calurosa, me dije, cuando en realidad ya no era de noche. Amanecía. Emergencia. Asunto que requiere una especial atención por ser imprevisto, urgente, apremiante, peligroso ‒el cura se lleva la mano a la frente, como si atisbara algo en el entorno de oscuridad. Luego mira a la muchacha‒ No me gustan las emergencias ¿Sabías? ¿Emergencia de qué? No. No estoy hecho para ese clase de ritmo. Ahora lo sé. En fin, en aquél entonces, primero me dije: ¿emergencia de quién? Eso me daría el qué ¿Pero quién, en Buenaventura, podría requerir de este cura a esta hora? Próximo el amanecer, según la tonalidad morada que alcancé percibir por lo bordes de las cortinas. Al final, me eché la camisa encima. Los golpes, inicialmente desesperados, habían adquirido un ritmo débil y resignado. Abrí. Medina estaba allí.
‒Y ¿de dónde venía? ‒preguntó Susana. El cura, que hasta entonces creía estar hablando solo y sorprendido porque no imaginaba que la muchacha estuviese, en realidad, escuchando y siguiendo lo que decía, respondió.
‒Al marcharse, dijo que iba a entrevistarse con Montenegro. Por fin, dijimos todos por aquí, a ver si nos deja quietos con su majadería acerca del progreso. Luego de casi dos días de ausencia, Medina apareció en Buenaventura. Desgreñado, sofocado, el hombre entró corriendo. Llevaba la cara sucia y las ropas desechas. Se dejó caer en una silla y hundió el rostro entre las manos. Yo imaginaba que aquellas manos eran, como siguen siendo ahora que las veo, animales salidos por las mangas de la camisa. ‒dijo el cura, y señaló las manos de Medina en la cama. Susana miró, soltó un mueca de desagrado, y sonrió. Lo cual el cura consideró una generosidad. Sonrió y, acto seguido, se levantó de la silla para continuar con el relato, mientras repetía un pausado ir y venir entre la silla y la ventana.
‒Esos malditos –dijo Medina, envuelto en una rabia pasmosa.
‒Malditos ¿quiénes? –pregunté.
Después de un rato, cuando se hubo calmado y luego de beber el vaso de agua que le aproximé, volvió a hablar.
‒Querían matarme. Así, sin más. Un tiro en la cabeza ‒el cura, que intentaba en voz baja simular la voz gutural de Medina, se apunta con la punta del dedo en la cabeza y ponía cara de desesperado. Susana, por su parte, ríe‒. Pero se equivocaron los malditos. Comunistas ‒voz muy chillona y muy baja‒ Ahora es que hay Medina para rato. Ellos a cambiar el mundo de mierda, Dios está de mí lado. ¡Ah, claro que sí! Quien se salva de algo así es porque algo superior vela por él ¿no lo cree UD., Padre? Ya los tendré en mis manos, antes que llegue el día del mundo mejor, los tendré en mis manos. UD. verá, en mis manos, y vaya que van a llorar, los escucharé rogar.
‒Pero ¿a quiénes? ¿de qué está hablando UD.? Todos aquí lo hacían bebiendo güisqui con Montenegro ¿o no? ‒pregunté.
‒Me estaban esperando –dijo Medina.
‒¿Quienes? ‒insistí.
‒Para empezar, el Moise y el Indio. A los demás no los conozco. Jamás los había visto por aquí. Pero esos dos ya regresarán. Ese par no tiene a dónde ir. Ni que existiera el mundo mejor tendrían a dónde ir. Ya se arrepentirán. Y entonces van a cantar de lo lindo. –dijo Medina.
‒¿Y esos dos qué hacían allí? Seguro que eran ellos ‒pregunté, sin dar mucho crédito a lo que el viejo decía.
‒No los vi.la verdad. Pero los escuché. Los reconocí enseguida. Eran sus voces, entre otras, claro, pero inconfundibles. Estaban medio borrachos, pero no me equivoco. Estoy seguro. UD. sabe, cualquier imbécil los halaga con un par de frases acerca de la igualdad de los hombres, el mundo mejor y esas majaderías. Decidí volver y quedarme aquí, en Buenaventura, porque supuse que aquí estaríamos en paz. Pero se les va a pasar. Yo los voy a curar de su fiebre. Se lo prometo. ‒Aseguró Medina.
‒¿Y yo qué puedo hacer? –pregunté entonces.
‒Nada, Padre. Supongo que nada. Sólo necesitaba decírselo a alguien. Di vuelta toda la madrugada hasta llegar aquí. Iba a seguir a mi casa. Pero preferí llegar aquí. Es la iglesia ¿No? –Protestó el viejo.
‒Por supuesto. ‒respondí. Transcurrió un largo silencio. Al rato me levanté. Fui hasta el cajón. Tomé el librito de oraciones como ése que ves allí en la mesita y lo entregué a Medina. Éste lo miró con extrañeza y nada dijo. Permaneció por unos minutos más en total silencio. Luego se levantó y salió, sin ni siquiera despedirse.
El cura volvió a sentarse. Entonces agregó:
‒Hoy le traje otro de estos. ¿Qué te parece? –dijo, mientras tomaba el librito de oraciones de la mesita de noche.
‒¿Otro qué? ‒preguntó la muchacha.
‒Otro de éstos ‒dijo el cura, mientras mostraba el librito de oraciones que tenía en las manos a la muchacha.
‒Es bonito –dijo la muchacha.
Aquella noche, la de su relato, el cura observaba cómo la mirada de Medina, a medida que se recuperaba del susto y la desesperación, se clavaba con más vehemencia sobre todas las cosas a su alrededor, como si mordiera las carnes de las paredes, los muebles, la luz tímida del alba y él mismo, camisa abierta, recién salido de la cama y sin entender nada de lo que sucedía. En los ojos de aquel hombre asustado, salido como rata apaleada de en medio de la hondura del monte, destellaba la magnificencia de los resucitados. Ahora, veintitrés años después, lo veía inmóvil, aquellas mismas manos reposando en el vientre, los ojos cerrados, toda aquella vehemencia pudriéndose como tez de viejo muriendo ¿O ya murió? Pero de esto nada dijo.
Esta noche, mientras Susana seguía allí parada, acaso esperando que el cura dijera algo más, volvía a ver todo aquello, lo imaginaba o creía percibirlo en forma de opacidad blancuzca, ambigua que se desdibujaba tras el cristal del negro nocturno. Más allá del estrecho y débil haz de luz de la vela, el resto de la habitación estaba a oscuras. Aquella luz ni siquiera alcanzaba el rostro de Medina. Por momentos, cuando la luz de la luna se libraba de la cortina de nubes, se metía por la ventana, alcanzaba la cabecera de la cama, aparecían las protuberancias huesudas de la frente del viejo, y también los labios finos, apretados, de su boca llena de silencio sin dientes. Pero sólo a veces, por momentos. Quizás fue por eso que el cura no se daba cuenta de que Medina acusaba señales de movimiento: primero muy leves, pero cada vez más inequívocas. Los párpados, los dedos de las manos y de los pies, las mejillas. Cada parte del viejo que dejaba de ser iba siendo otra vez objeto de la irracional palpitación de la vida.
De pronto, retornó la corriente eléctrica. La habitación se clareó con la luminosidad que venía del pasillo y la lámpara nuevamente encendida de la mesita de noche. El cura miró a la muchacha, que volvió a sonreír y preguntó con entusiasmo inesperado:
‒¿Quiere café, Padre?.
‒¿Cómo dices? –preguntó el cura distraído.
‒¿Qué si quiere tomar café? –repitió la muchacha.
‒¿Café? Sí, claro. Eso sería bueno, café. –dijo el cura, sin mirar a la muchacha.
‒Bueno, Padre. Voy a bañarme, preparo café y vuelvo ¿sí? –dijo la muchacha, y salió corriendo, sin esperar más comentarios.




