textos, pretextos y otras mentiras...

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Pies descalzos. De muchacha. De Susana, deben ser. No hay cara. Sólo pies, que también son rostro. Graciosos. Que sonríen, puede decirse así. Una sonrisa blanca que, como vida paralela, recorre la de esos pies descalzos en movimiento. Sin embargo, Martín Romero no logra asir con la precisión que quisiera la imagen de la muchacha que, en puntillas, va dando pasos de revés. Uno, dos. Uno, dos. Así, de dos en dos. No alcanza para contar tres. Aquellos pies, descalzos. El hombre los sigue a lo largo del zaguán ensombrecido y fresco que desemboca en el patio interior de lo que debería ser la casa de Medina. El viejo debería aparecer, en cualquier momento del trayecto ¿Medina? Debería ser. Eso sería lo lógico. Zaguán interminable, no lógico. No hay patio, ni Medina, y de pronto ya ni siquiera zaguán por donde regresar. Quisiera regresar. Presiento que este sueño termina aquí. Los sueños son así. Al fin y al cabo, tampoco hubiera querido regresar. Mejor quedarse allí ¿Dónde? Y qué sé yo. Sólo allí, solo. Sólo mar. Aroma de alga, aliento de inmensidad, señales invisibles de un horizonte sin fin ¿Y Susana? Tampoco hay ya muchacha. Debe haberse quedado allá atrás ¿Dónde? Y qué sé yo. Pies y sonrisa. Nada. Ni rastro dejó. Buenaventura pelada que moja sus pies de arena en la playa. Mejor no despertar. Mejor volver atrás. Susana. Pies descalzos, en puntillas. Pasos de revés. Blanco sonrisa. ¡Bah! Nada. No hay retorno. Cada quien sueña para ser arrojado de su sueño. Es como que lo echen a uno de sí mismo, por los huecos de los ojos, a lo que llamamos realidad ¿Realidad? Debe ser. Huele mal.

Martín Romero despertaba. Intentó inútilmente conservarse en aquel ambiente de imágenes y sensaciones inasibles. Pero nada. Despertaba al atardecer. Lo supo cuando, aún volcado boca abajo, desde la cama alcanzó ver a través de la estrecha ventana en lo alto lo que supuso era manchones de un crepúsculo que, aburrido de contemplarlo, ya mostraba su mansa disposición a dejarse tragar por la noche. Hay días en que la luz del día nos mira como un mendigo a un mendigo. Iba a agregar algo más, pero entonces sobrevinieron aquellos golpes en la puerta. ¡Mierda! ¿Quién será? La realidad. Huele mal.

 

−Eres tú , Colmenares. −dijo el Comisario asomado por detrás de la puerta y mientras contemplaba aquella realidad inesperada que se ofrecía a modo de calva, ligeramente rojiza, pecosa, brillante ...un, dos, tres por dos... sí, no más de seis u ocho pelos, incluyendo un margen de error, no más de diez... ¿Qué hay, Jefe? A ver. Y Colmenares hubo de llevarse la mano regordeta hasta la cabeza, se alisó los escasos pelos y el Comisario Martín Romero bajó la mirada hasta los ojos del subalterno que lo miraban con incertidumbre y ligero nerviosismo.

−¿Estás bien, Jefe? −preguntó Colmenares.

−¿Qué? −preguntó Martín Romero

−Que si estás bien, digo −insistió Colmenares

−Sí, claro que sí ¿Por qué preguntas? −dijo Martín Romero.

−No sé. Te noto como perdido. −dijo Colmenares mientras hacía el clásico gesto giratorio en la sien con que los cuerdos presumen de su cordura para referirse a a locura de los locos.

−¿Y cómo es perdido? −preguntó Martín Romero

−¡Qué sé yo! Mirabas como si de pronto te hubiera alumbrado a la cara con una bombilla de 200 vatios. Bueno, y la verdad que en esta oscuridad −agregó Colmenares al tiempo que lanzaba una ojeada al interior de la habitación.

−La verdad, ahora que lo dices, casi nunca enciendo la luz. No había reparado en eso. Mientras estoy aquí, duermo. −respondió Martín Romero.

−¡Vaya Que si duermes! Jefe. Pero, en fin, siento mucho haberte despertado. −dijo Colmenares.

−Es igual. Tenía que pasar. ¿Y qué es lo que traes? −preguntó Martín Romero.

−Tuve que venir, Jefe. Te estuvimos esperando en el comando. Luego vine para acá y, desde hace rato ya, estuve esperando. Rita dijo que no debíamos molestarte. Tú sabes cómo se esmera la vieja en cuidar a su huésped preferido.

−Lo dices como si fuera un privilegiado −dijo Martín Romero

−Más o menos, más o menos. El comisario está profundamente dormido. Es mejor esperar a que despierte. No tardará en salir de la habitación a tomar su café, y señala el pocillo ése de peltre que dice es tú pocillo. Parece tu mamá. −dijo entre sonrisas burlonas y entrecortadas Colmenares.

−No sentirás envidia por algo así ¿verdad, Colmenares? −preguntó martín Romero.

−¡Por favor, Jefe!. Sólo bromeaba −se apresuró a acotar Colmenares.

−En verdad, ése es mi pocillo −advirtió Martín Romero.

−¿El blanco con florcitas? −preguntó Colmenares.

−Sí. Con el borde azul, algo mordisqueado. Ese es. No me negarás que es un gran pocillo −afirmó Martín Romero. Luego insistió− Bueno, pero ¿y qué es lo que traes?

−Yo no quería sacarte de la cama, pero tuve que hacerlo. Como que no ibas a despertar nunca. Vaya hasta allá, vaya hasta allá y toque la puerta, dijo el Padre Claudio cuando llegó. Me convenció, y entonces me vine. −relató Colmenares en tono de excusa.

−¿El cura está aquí? −preguntó Martín Romero.

−Sí. Allá en el comedor, con Rita. Bueno, en realidad, no con Rita. Él en el comedor. Rita en la cocina. El cura no está hoy de humor. Llegó hace un rato. Se sentó sin decir nada. Rita le sirvió. Se puso a buscarle la lengua. El cura ni la miró. O mejor, sí la miró, vaya que la miró, de tal manera que Rita se levantó y volvió a la cocina. También él quería hablar contigo. −respondió Colmenares.

−¿Y qué hora es? −preguntó Martín Romero

−Casi las seis. Menuda faena ¿no? −dijo Colmenares.

−¿Qué faena? −preguntó Martín Romero

−En lo de Clarita, digo. −aclaró Colmenares.

−Ah, eso. No es para tanto. Lo de siempre, tú sabes. −antes de continuar, Martín Romero se retiró hasta la mesa de noche y tomó la caja de cigarrillos. Encendió uno. Retornó y ofreció uno a Colmenares.

−Yo no fumo, Jefe. Tú lo sabes. −respondió el otro extrañado.

−Cierto. No sé qué estoy pensando. La verdad no estoy pensando ¿Quieres que te diga algo, Colmenares? Todavía tengo sueño. Seguiría durmiendo hasta mañana, lo menos. Qué digo hasta mañana. No debería levantarme de esa cama para nada nunca más. −dijo Martín Romero mientras miraba hacia el patio de la pensión un viejo matero del que sobresalía el tronco reseco de una planta.

−Lo siento, Jefe. Pero tenía que venir a…

−Está bien. Está bien. No lo dije para que te sientas culpable, Colmenares. Tenías que venir y listo. Es tu trabajo. Igual yo hubiera tenido que ir al comando. Es mi trabajo. ¡Ja! ¿Qué tal el moralismo profesional de tu Jefe? ¿eh? −Colmenares se quedó mirando sin saber qué decir− No. Olvídalo. No es el momento. Lo entiendo. A ver ¿Cuál es el asunto?

−La gente... −dijo Colmenares, sin saber cómo continuar.

−La gente ¿Qué gente? −preguntó Martín Romero

−La gente aquí, en Buenaventura… −seguía un Colmenares dudoso, que se rascaba la cabeza y miraba alrededor.

−¿Qué pasa con la gente de Buenaventura? −Inquirió impaciente Martín Romero.

−Ya todo el mundo sabe que El Moise apareció de nuevo y que está en casa del Padre Claudio. Yo creo que él vino también a hablar del asunto contigo. Bueno. Creo no. Vino a eso. Me lo acaba de decir, mientras esperaba a que te levantases. Creo que por eso me dijo que viniera a tocarte la puerta.

−Está bien. ¿Y qué es lo que pasa con la gente? −preguntó Martín Romero.

−La gente está alborotada, Jefe. Mira. Esta tarde, había un grupo frente a la casa del Padre Claudio. Durante horas estuvieron allí con un jaleo. Pedían hablar con él. Se quejaban de que tenían mucho rato esperando. Sabemos que el negro está allí, decían. Incluso uno de ellos, el más enardecido, golpeó varias veces la puerta, con violencia, mientras que exigía al cura que abriera o lo lamentaría. La cuestión no me gustó nada, como es obvio, y tuve que dispersarlos. No fue fácil. Tuve que insistir. Pero, al final, me hicieron caso. Al más alzado, sin embargo, hube de llevármelo un par de horas al comando. Y luego estuvieron allá también. Se quejaban de lo mismo.

−Supongo que por lo del Moise. −dijo Martín Romero.

−Ajá. Que lo sacaran de allí. Eso querían, a gritos. −confirmó Colmenares.

−Y ¿qué es lo que esperan? ¿Acaso que ahorque al negro, o que lo fusile? ¿O qué? −preguntó Martín Romero

−La gente piensa que el Moise es el propio demonio en persona. tú sabes cómo son estas vainas, Jefe.

−Tú ¿qué piensas? −interrumpió Martín Romero.

−¿Yo? −titubeó Colmenares.

−Sí, Colmenares ¿Qué piensas tú? −Insistió Martín Romero.

−No sé. Creo que El Moise es un pobre diablo. No creo que sea, en verdad, peligroso.

−Por supuesto que no tiene nada de peligroso. Además ¿ya no lo fusilaron una vez? −Insistió impaciente Martín Romero. Luego, durante un rato, ambos quedaron en silencio. Martín Romero dejó la puerta abierta, se retiró y se sentó en una esquina de la cama, donde encendió otro cigarrillo. La noche había caído casi por completo. Cuando un aire ligeramente frío atravesó la habitación, ambos se miraron, mientras pensaban en el desgraciado negro. Seguidamente Colmenares dio un paso y se animó a seguir.

 

−La verdad, Jefe, no sé cómo decirlo… me siento un poco culpable en todo esto. Nunca imaginé que las cosas fuesen a tomar ese rumbo con lo del pobre negro. La noche que Medina y yo lo llevamos al cementerio −al Moise, digo ¿recuerdas que te lo conté, no?− Medina estaba realmente convencido de matarlo. Entonces no lo pensé así. Para mí, el viejo sólo quería darle un escarmiento. Pero con el tiempo, he pensado que de verdad quería matarlo. El viejo tenía una cara extraña ¿sabes?, un brillo en los ojos que lo delataba. Orgullo, soberbia… se sentía maléfico.

−A mí me ha reclamado el por qué lo dejamos ir −dijo Martín Romero.

−Sí, es lo que yo digo, que la ha agarrado con el negro, desde hace tiempo, además. Al Padre Claudio siempre le ha reclamado lo mismo. Un día, hace tiempo ya, luego que el Moise se marchó, como siempre hace, Medina, luego de enterarse de que lo habíamos dejado ir, reclamó al cura y hasta le gritó que si era un verdadero cristiano o un maldito comunista.

−¿En serio? −interrumpió Martín Romero en medio de un inesperado ataque de risa.

−En serio, Jefe. Las vainas de Medina, digo yo ¿no? Pero el viejo, de verdad, que estaba furioso. Todos en el comando escuchamos el alboroto y nos fuimos a asomar al patio, tú sabes, a la entrada de la reja en la que siempre metemos al Moise. El Padre Claudio siempre recoge el trapero sucio que deja el negro cuando se va. Medina estaba rojo de furia y le hablaba al cura señalándolo así con el dedo, como si fuese a meterle el dedo por los ojos. Sólo que no alcanzaba, claro; tú sabes lo chiquito que es Medina. Se veía gracioso. Y el cura, desde arriba, mirando al otro como a un bicho raro que se le quiere subir por las piernas. Tú sabes lo alto que es el cura. Suerte que el Padre Claudio es un tipo calmado y paciente ¿No te parece? Si no, de un solo manotazo habría mandado a Medina al otro lado del patio.

−O al otro mundo. Bueno ¿y entonces? −inquirió Martín Romero

−¿Entonces qué? −preguntó distraído Colmenares.

−Aquella noche… decías −recordó Martín Romero

−Ah, sí, claro. Aquella noche. Medina me ordenó que fuese a prender al negro. Fue fácil. Di una vuelta por allí y lo encontré en la plaza, como siempre, completamente borracho. Para eso, en el caso del Moise, bastan un par de tragos. Se jactaba delante de otros de lo que había hecho con Medina.

−¿Y qué había hecho? −interrumpió Martín Romero

−Según él, iba a fusilar a Medina, lo tenía ya listo. Pero que unos maricones burgueses −así los llamó− lo dejaron escapar. Eso decía, mientras vociferaba cualquier tipo de maldiciones al cielo. Después de lo del cementerio, el negro no volvió a hablar. Yo no iba a matarlo, por supuesto, y me pareció que con un escarmiento así era más que suficiente. Pero después de aquella noche, no volvió a hablar.

−¡Coño, Colmenares! ¿y qué esperabas? Lo ponen a cavar su propia tumba, lo meten en un saco, le echan un tiro y lo lanzan al foso. Lo menos que odía pasar al negro de mierda es perder el habla −dijo Martín Romero

−¿Sabes? Incluso alcancé a oír cuando dijo: aún no estoy muerto. −dijo Colmenares en voz baja.

−Quizás hubiese sido preferible matarlo ¿No te parece? −preguntó Martín Romero.

−No lo sé. Pero yo no iba a matarlo, y la verdad, en aquel momento, no vi el asunto tan grave. Para mí seguía vivo, y eso era lo importante. Durante un largo tiempo no apareció más por Buenaventura. Nadie sabe dónde se la pasa el negro. De pronto aparece, y pasan vainas aquí que la gente adjudica a su mala influencia. Por eso la gente piensa que el negro...

−¿Y tú qué piensas? −preguntó Martín Romero

−¿Yo? Y qué sé yo. Es verdad que el Moise y el Indio anduvieron un tiempo con unos locos que venían por allí, estudiantes, digo yo, y que Medina tenía por comunistas. Para mí eran turistas, como tantos que vienen por acá. Pero como él a todo el mundo acusa de lo mismo. Siempre ha sido así. En todo caso, no creo que hubiese nada de eso de que fuesen a fusilarlo o algo parecido. Es verdad que se perdió un par de días, pero no es la primera vez que pasa. Para mí que andaban de putas. Acaso no conoceré yo a Medina.

−¿Y por qué, entonces, esa tirria con el negro? −preguntó Martín Romero.

−Yo no creo que Medina tema, o haya temido alguna vez que El Moise pudiera hacerle daño o algo parecido. No. Ese no es el problema de Medina con el negro. Lo que Medina ha temido siempre es que, luego de acusar al Moise de comunista y de atentar contra su vida, el mismo negro, que siempre ha sido medio bobo, lo ponga en ridículo, sin querer, y todos en Buenaventura concluyan que la noche del supuesto atentado no fue más que una estúpida farsa. Desde entonces Medina hizo creer a todos que Buenaventura iba a ser invadida por guerrilleros venidos de Cuba o cualquier parte, y cosas así. Tú sabes, como dice el Padre Claudio, para esta gente no hay mucha diferencia entre un comunista y un demonio.

−De lo cual los protegería Medina −interrumpió Martín Romero.

−Ajá −confirmó Colmenares.

−¿Y de verdad esta gente cree algo así? −preguntó Martín Romero

−Quizás al principio ¿Quién sabe? En el fondo yo creo que a Medina nunca lo han tomado muy en serio aquí. Pero el asunto es que muchos creen que el Moise está muerto, y que se aparece a joder a los vivos. El primero en verlo escaparse de la tumba, según dice él mismo, fue El Indio, la noche del supuesto fusilamiento, tú sabes.

−¿Un testigo? −preguntó Martín Romero

−Es posible. Imagino que, luego de irnos Medina y yo, El Moise se salió del hueco y El Indio lo vio. Tamaño susto se debe haber llevado.

−¿Y Medina no teme que el Indio…?

−No hombre, qué va. Si el Indio nunca ha hecho otra cosa que hablar del Moise como un aparecido. Si andaban con comunistas o no, ya es cosa que a nadie importa. Al final, Jefe, ni el mismo Medina cree ya nada esas vainas. Que si los comunistas esto, que si los comunistas lo otro. Su joda con el negro es pura majadería. La gente tampoco; pero sí cree que El Moise es un espíritu maléfico. Y lo quieren joder. Yo te lo aseguro. Hay que hacer algo ¿No crees? −concluyó Colmenares.

−Bueno. Por lo momentos está a salvo, el negro. Mientras esté en casa del Padre Claudio, no creo que le vaya a pasar nada. Ya veremos. Por ahora, deja que me vista y salgo. El cura ya debe estar más que impaciente. Dile al cura que ya voy ¿Sí?. No más me visto. Luego voy al Comando. Me esperas allá. −encomendó Martín Romero al subalterno.

 

Luego de salir de la habitación, cuando Martín Romero pasó por la cocina, encontró a Rita parada junto a la estufa mientras preparaba café. En verdad que la vieja se las ingeniaba para coincidir con las entradas y salidas del comisario Martín Romero. Como lo hacía, no podía saberlo, pero siempre encontraba café recién colado, venido en las manos resecas y huesudas de la vieja que sostenían el humeante pocillo. Mi pocillo. Ahí viene, se acerca, el mordisqueado borde azul busca mis labios. El encuentro. Rita coloca el pocillo de manera tal que el policía pueda tomarlo por el asa y no quemarse. Ella sabe que soy un cobarde en eso. Mis manos jamás alcanzarán la heroica resistencia de costra de las suyas. Humo bajo la nariz. Tímido sorbito. Una vez más, henos aquí.

 

−Le he guardado un plato de hervido del mediodía, Comisario. Puedo calentarlo, si lo desea. −dijo Rita, mientras veía al policía beber del pocillo.

−Por ahora no, Rita. Quizás luego. d−ijo Martín Romero

¿−Y torta? p−reguntó Rita

–No, tampoco. Estoy bien así. Quizás luego. El Padre...

−Allá lo espera, en la mesa. No se ha ido porque aguardaba por UD., Comisario −se adelantó a decir Rita, con tal aspereza, que Martín Romero se vio obligado a preguntar

−¿Pasa algo con él? −y señaló con la cabeza hacia la mesa donde estaba sentado el Padre Claudio.

−Nada, nada. Sólo que hay cosas que el Padre Claudio no entiende.

−Tiene que ver con El Moise, supongo −observó Martín Romero

−Sí. La verdad, nadie aquí entiende qué tiene que hacer el negro en casa del cura.

−¿Cómo qué? Lo de siempre. El tipo está completamente perdido. Aparece de repente. El Padre le da algo de comer, ropa y qué sé yo. Es sólo cuestión de caridad. No veo nada de malo en ello. No entiendo de qué se queja UD. ¿Qué les pasa a todos? ¿Están locos o qué? −dijo Martín Romero en tono evidentemente seco.

−UD. No entiende, Comisario −dijo Rita paciente

−No. Claro que no entiendo. Dejen al pobre negro en paz y ya. Ese no le hace daño a nadie. −dijo Martín Romero.

−Ese negro, Comisario, es de mala entraña −dijo Rita. Luego, se acercó lo más posible al policía para susurrar −María… la pelona− agregó en voz casi imperceptible.

−¿La pelona? −preguntó Martín Romero. El cura, desde la mesa en la que continuaba sentado, volteó inmediatamente al escuchar lo que ya sospechaba había dicho Rita. La vieja miró al cura, luego a Martín Romero, se llevó el dedo a la boca− Shsssss…− dijo al policía. Luego miró al cura, y este volvió su mirada al plato, el policía la suya a Rita, y la vieja miró al pocillo vacío en la manos de Martín Romero.

−¿Más café, Comisario? −preguntó.

 

Martín Romero le dio el pocillo a Rita para que lo llenara de nuevo. Cuando la vieja retornó con el pocillo lleno, Martín Romero, que se disponía a ir hasta la mesa donde lo aguardaba el cura, sintió la mano de Rita en su antebrazo. Mucho más fuerte de lo que hubiera podido imaginar en aquel cuerpo escuálido, era como ser sujetado por una tenaza. Su voz gutural, dura y sólida, era un eco que resonaba entre las paredes inasibles de la somnolencia que invadía el cerebro de Martín Romero. A ratos, el cura los observaba con ojos adormecidos por el peso de la superchería y como oscurecidos por la seriedad del arrugado entrecejo, que hacia las veces de una segunda forma de mirar profundamente marcada por el desprecio. Como bibliotecaria frente a la estantería del más allá, la vieja iba revisando casos. En el torrente de su discurso rodaban animales degollados, ruidos de pasos y voces abiertas como rasgaduras en la quieta piel de la noche, bolas de pelo, huesos, como salidos de las manos blancas de la negra esa confundida en la negrura de la noche. Ojos encendidos, siempre. Porque con tan sólo el mirar de aquellos ojos confundidos en el blanco enorme, uno enfermaba. Y señalaba el lado de su pierna corta como prueba. Para mí que ésa no dormía nunca ¿Y cómo? Quien pacta con el diablo, no duerme. ¿Por qué se le fue el homvre, si no? Porque la pelona le puso pelo en la sopa.

 

−Yo sé lo que digo, Comisario. Si no tendré yo experiencia en estas cosas. No sale uno de una desgracia cuando ya el demonio lo revuelve todo para colocarnos en otra. Hace días que la pesca es mala ¿no se ha fijado?. El padre Claudio −recalcó la vieja al tiempo que movía la cabeza para mirar al sacerdote, que seguía sentado a la mesa− ha dicho, aquí y en misa que eso nada tiene que ver con los maleficios. Pero lo dice sólo por tranquilizar. Yo sé cómo son estas cosas. Empiezan con la pesca mala. siguen con las trifulcas, donde siempre sale algún muerto que nadie sabe quién mató, las mujeres se preñan sin haber tenido hombre y los hombres, que siempre escasean, escasean más. ¿Supo ya lo de Bernarda, Comisario?

 

El comisario se entretenía sintiendo el vapor del café en los labios y la nariz, el modo cómo se iba enfriando, como la vida, antes de haber concluido, No tenía la más remota idea de quién era Bernarda, pero escuchar su nombre en la voz gutural que sonaba en lo mas profundo de su ensimismamiento, le bastaba para sentirla como un recuerdo.

 

−¿Me escucha UD. −Comisario?

–−Sí. por supuesto.

−Pues esta mañana la sacaron directo al hospital, y allí está todavía. Para mí que lo pierde antes de parir, Siempre le pasa lo mismo cada vez que aparece el negro. Todo el mundo dice que Medina lo debió haber trincado ya, pero yo creo que no lo ha hecho porque no puede. A ese negro no se le jode sólo con policía.

−Bueno. El que tendría que hacer eso soy yo. −aclaró Martín Romero

−Y el Comisario no es tan necio como para dejarse llevar por los rumores de la gente. Cosa con la que tú, Rita, deberías entusiasmarte menos, por cierto. −gritó el Padre Claudio desde su silla. Súbitamente la mujer calló, de mala gana. El policía se retiró hacia la mesa y se sentó junto al Pcura. Martín Romero sacó la caja de cigarrillos y lo convidó. Cuando ambos estuvieron fumando, Martín Romero habló.

 

−Esta pelona de la que habla rita...

−La madre del Moise −dijo el Padre Claudio. Esperó soltar la bocanada de humo y luego continuó −Al menos es eso lo que dicen todos aquí. Para todos una bruja y, por ciertos detalles, parece que en verdad practicaba el oficio. Se supone que tenía vínculos con el diablo, –el Moise sería fruto de tal relación– que le daban poderes especiales, como que Rita naciera coja y estéril, y que su marido, o el que ella consideraba tal, se fuese un día de Buenaventura. −relató el cura

−¿Y dónde vive la pelona? −preguntó Martín Romero.

−Un día le quemaron el rancho y la sacaron a palos de aquí. −dijo el cura.

−Entiendo −dijo martín Romero

−Días después, de en medio de los escombros aún humeantes, apareció el Moise. −agregó el cura

−¡Mierda! −expresó Martín Romero.

−Y hasta hay quien dice que era un niño blanco, que así fue el parto de la negra. Rita misma es una de las que asegura que lo vio al nacer. Pero, en castigo, UD. Sabe, la candela hizo justicia. −dijo el cura

−Bueno, Padre, no negará UD. que, al menos, imaginación tienen. ¿eh? −comentó el policía.

−¿Imaginación? ¡Ja! Si el mundo se acabara, si Dios diera por un error su creación, esta gente se las ingeniaría para inventarlo de nuevo. Esta gente está cada día mas trastornada, Comisario. Sé que no me luce muy bien, como sacerdote, al menos, decirlo así. Pero es la verdad. Lo que quiero decir es que, en cierto modo, pienso de ellos lo mismo que del Moise: nada se puede hacer por ellos. Puede que alguien como UD. no halle inconveniente alguno en ello. Pero yo soy cura. Se supone que estoy aquí para hacer algo por ellos. Ese es mi problema. Hoy vine aquí. Lo hago una o dos veces por semana, desde hace tiempo ya. Para despejar la mente, que le dicen ¿no? −el cura señalaba su frente con los dedos con que sujetaba el cigarrillo− ¡Y vaya despeje! No le queda a uno idea en pie en miles de kilómetros a la redonda de ese desierto que la mente. Quizás ya esté viejo para esto, digo yo.

−¿Para qué? −preguntó Martín Romero

−Para escuchar estas cosas, digo. El modo en que la gente pinta los más espeluznantes paisajes a su alrededor y luego se sienta a contemplar horrorizada su obra. Lo peor es que alguien debe pagar por ello. Sin un culpable al que podamos lanzar a las pailas del infierno, el horror es ¿cómo diríamos? ¿ilegítimo? En fin, como sea. En este caso, el culpable es El Moise. −respondió el cura

−Bueno, Padre, pero todo ello es parte del oficio ¿o no? Imagino lo que habrá escuchado en el confesionario, por decir lo menos. −dijo Martín Romero

−¡El confesionario! Si yo le cuento, Comisario. −dijo el cura, y sonrió. esperó un momento y luego agregó −Aunque, en honor a la verdad, debo decir que mis encuentros en el confesionario con esa gente son cada vez menos frecuente. Al principio no era así. Pero últimamente, mire, casi puedo contar con los dedos de estas manos las confesiones que celebro por mes. Hay meses en que me sobran dedos. Yo creo que la gente cada vez atiende menos esas formalidades del espíritu. En parte, quizás, buena culpa tenga yo en ello. Aquí entre nos, Comisario, cada vez me siento menos propenso a ello. Y UD. dirá ¿Por qué? ¿Se tambalea la fe? No lo sé. Lo que sí sé es que puede UD. ir y encender la radio, lo hago todas las mañanas ¿Cómo puedo yo competir con un sujeto que habla delante de una masa de gente al mismísimo demonio que ha ocupado la personalidad de un desgraciado? ¿Estás ahí, Lucifer? ¿Eh? Claro que estás allí. No te hagas, Lucifer. Y Lucifer comienza a chillar desde aquella garganta desgañitada. Ajá. Duele ¿verdad? Claro que duele. Temes al Señor, maldito. Claro que le temes. Y más chillidos. Hordas completas, obsequiadas con aguas del Mar Negro y granitos de las arenas del Sinaí, se extasían durante horas frente al espectáculo del mediocre exorcismo. No. No se puede competir con algo así.

−Entonces, quizás pase que uno llega a estar viejo para escuchar. Y, en su caso, más de la mitad del oficio consiste en escuchar, supongo. Aunque, le diré, que a mí me habría gustado estar en su lugar. −dijo Martín Romero.

−Bromea, Comisario, o no sabe lo que dice. −dijo el cura.

–No, Padre. Lo digo en serio. ¿Sabe por qué? Siempre he querido… y esto es confesión ¿de acuerdo? −el cura mostró la palma de su mano en señal de acuerdo− siempre he querido… no, siempre no; a veces he querido escribir un libro. No sé exactamente qué cosa. Imagino que una novela podría ser. Si estuviera detrás de un confesionario ¿imagina cuánta trama para algo así? −dijo Martín Romero

−Bueno, Comisario, pero para eso no hace falta ser cura. −replicó el Padre Claudio.

−En mi caso, sí −aseguró Martín Romero

−¿Por qué tan seguro? −preguntó el cura

−Porque, en realidad no soy escritor. No tengo maña, ni paciencia, ni mucho menos talento. Soy perezoso y muy aguado de ánimo. Cuando se me ocurre algo, soy incapaz de continuarlo, no sólo por mi pereza, por cierto, sino porque, además, ante el tímido e inicial empeño surge una voz que se burla de mí. Es como si mi conciencia se desdoblara una y otra vez. Tuve un profesor que dice que yo soy un poco estúpido. Que el desdoblamiento de conciencia es una de las minas más ricas para cualquier escritor, cualquier sea su género. Pero yo me amilano, y dejo las cosas así. Si yo estuviera detrás de un confesionario, transcribiría lo que la gente dice, sin necesidad de penetrar su intimidad, ni exponerme a los desdoblamientos de conciencia ni de nada, sino, simplemente, dejándome colmar por ella. −dijo Martín Romero

−Bueno. Pero lo que la gente dice son retazos, diversos, sin ilación. Cada quien por su cuenta es una historia aparte. Y, a veces, hasta la historia de una misma persona está hecha de retazos inconexos. Tendría UD. que concatenarlos para obtener una historia, un libro. Eso es lo que hace un escritor, creo. −advirtió el cura

–Pero para eso basta con un policía. −concluyó Martín Romero.

−Pero ¿por qué me dice UD. todo eso −preguntó el Padre Claudio, a quien le pareció que el policía estaba más hablador que de costumbre.

 

De súbito, el cura y el policía callaron. Ambos se quedaron viendo pasar al hombre rechoncho que cruzaba el patio de la pensión. Andaba descompuesto por la borrachera e iba soltando injurias y maldiciones a las que el cielo les quedaba chico. Elevaba los brazos y lanzaba manotazos al viento, hasta que se perdió tras la puerta de la habitación del fondo, mostrando su espalda desolada, como quien, según él mismo decía, partiera al más allá.

 

−Ahí tiene. Comisario. Toda una historia. Y no necesita ser cura. Sólo escuchar, si realmente tiene el ánimo para ello. −dijo el Padre Claudio, armado de tolerancia y sin poder, no obstante, ocultar los trazos de la obstinación y la contrariedad que se dibujaron en su rostro. Para Martín Romero, que lo observaba desde atrás de la taza de café que se había llevado a los labios, eran trazos ya familiares.

−Y, por cierto, ahora que lo veo. Este sujeto ocupa la habitación contigua a la mía aquí en la pensión... −dijo Martín Romero.

−El Indio −interrumpió el cura

−¿El Indio? −preguntó el policía

−Así le dicen −aclaró el cura

−Uno de los que andaba con el Moise la noche de lo de Medina ¿no? −preguntó Martín Romero

−Éso dice Medina −respondió el cura.

−Bueno. El sujeto ocupa la habitación contigua a la mía aquí en la pensión. Si lo escuchara UD. cada mañana cuando entra al baño. Un concierto completo de retortijones, gárgaras y escupitajos. El punto es que el tipo ocupa la habitación contigua, pero no siempre está allí. Con frecuencia, creo, pero no siempre. Sin embargo, lo he visto, y así fue el primer día, cuando llegué a Buenaventura, en una casa ubicada poco más allá del malecón, un poco más allá de donde termina el paseo.

−Sí. Sé cuál es la casa. Es su casa. Quiero decir, allí vive con Bernarda, la mujer de la que hace rato hablaba Rita. Ella, Rita, es la dueña de esa casa, según creo. Los dos, El Indio y su mujer, viven como perros y gatos, en una constante riña. Por eso lo ve tan a menudo por aquí. No se hospeda en la pensión. En realidad, vive en ella. Es una especie de hijastro y utilero de Rita. No sabría cómo llamarlo. Rita nunca pudo tener hijos, según dice ella misma. El Indio viene a ser una suerte de sucedáneo. UD. sabe, uno de esos ambiguos vínculos, nadie sabe bien de qué naturaleza, algo similar a la de esos hijos adoptivos que se convierten en sirvientes de la casa que los adopta. Así es desde que yo estoy aquí. Como casi todos vive de la pesca. Aunque este, los fines de semana se dedica a vender baratijas, hechas o robadas, a los turistas que transitan por el paseo del malecón. ¿Por qué? ¿Algún problema con él? −explicó el Padre Claudio.

−No. Para nada. Sólo que, según me ha dicho Colmenares, éste fue el que inició la bola de que El Moise había vuelto de la tumba. −dio Martín Romero.

−No sé si lo inició, pero asegura haberlo visto con sus propios ojos. −aseguró el cura. −agregó luego.

−Imagine UD., Padre, que presencia el momento en que al negro le pegan un tiro y lo dejan caer en el foso de la tumba y que, al rato, lo ve emerger de ella ¿qué pensaría? −preguntó Martín Romero

−Macabra escena. Supongo que saldría corriendo. No lo sé −dijo el cura.

−Eso fue lo que le pasó a éste. −dijo Martín Romero al mismo tiempo que señalaba hacia el patio, por donde acababa de pasar el Indio.

−Si es así, no es para menos. Y ¿cómo lo sabe UD.? −preguntó el cura

−Colmenares me lo dijo −respondió el policía. Luego agregó− Lo que quiero decir, Padre, es que, contrariamente a lo que indicaba hace un rato a Rita, en cierto modo uno entiende que pasen estas cosas. Éste es un lugar extraño. ¿Recuerda que una vez me habló de cuando UD. llegó aquí y de cómo lo que al principio pareció una liberación se tornó agobiante y pesado? −se detuvo Martín Romero.

−Ah, eso. Sí, claro, lo recuerdo. −respondió el cura

−Bien. He pensado en el asunto. Y creo que, como le digo, éste es un lugar extraño. No sé a qué me refiero exactamente cuando lo califico así. Hay como una magia aquí, que todo lo penetra cuando uno mira en derredor, sin querer. Un lugar curiosamente abierto al mar y, al mismo tiempo, encerrado en sí mismo, aislado, entre esas dos enormes montañas de allá atrás. Me he parado en al comienzo de esa carretera y le juro que me faltan fuerzas para regresarme, aunque haya pensado en ello. Es como si uno estuviera parado frente a un enorme muro infranqueable. Me pasó anoche, antes de toparme con El Moise en la plaza. Me sobrevienen sensaciones extrañas, y no soy precisamente supersticioso, se lo aseguro. Si uno quisiera echar a la basura un pueblo, sin que nadie se diese cuenta, lo haría aquí. A veces, cuando camino distraídamente por el malecón, por ejemplo −se reirá UD.− he sentido miedo ¿De qué? ¿Qué me atraquen o me maten? No. Nada de eso. Aquí se llega a sentir miedo de lo que uno pueda llegar a sentir.

−Creo que sé lo que quiere decir, Comisario. −dijo el Padre Claudio

−Puedo ilustrarlo de otra manera −sugirió Martín Romero

−A ver −dijo el cura con curiosidad

−¿Recuerda el coco? −preguntó Martín Romero

−¿El coco? −replicó el cura.

−¿De niño nunca lo amenazaron con que se lo iba a comer el coco? −preguntó Martín Romero

−Ah, eso. Por supuesto que sí −dijo el cura sonriendo

−¿Y recuerda cómo se sentía ese miedo?. −preguntó Martín Romero

−Entiendo. Sólo que, de adulto, o más bien de viejo, habría que decir, no se le siente tan ligero ¿verdad?. −concluyó el cura.

−Es como si esas montañas circundantes estuvieran siempre a punto de cerrase sobre uno, como si uno estuviese parado en la mismísima garganta de la inmensidad. Esa, creo, es una sensación que se vuelca sobre todos. Unos la pagan con el Moise. Otros nos sabemos del todo inútiles frente a ello. Nos comerá el coco. −dijo Martín Romero

−¿Y el Moise? −preguntó el cura

−A ése ya se lo comió −dijo Martín Romero.

−¿Qué hacemos con él? −preguntó el cura

−Quizás lo mejor sea llevarlo al comando −respondió Martín Romero.

−Dejémoslo por uno días. −propuso el Padre Claudio.

−¿Ve lo que digo, Padre? El Moise no lo deja en paz. Véalo UD, mismo. El pobre diablo se está volviendo loco.−aseguró Rita que, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, se había aproximado hasta la mesa. Luego de asomar la cabeza al patio y confirmar que la puerta seguía cerrada, continuó− Y no es para menos. Durante el último mes, noche tras noche, el negro se ha aparecido en su habitación. Yo sé que al Padre no le gusta que uno hable de estas cosas −continuó Rita huyendo de la censura del cura y dirigiéndose al Martín Romero− pero es la verdad.

−La verdad, está atolondrado− dijo el cura con desgano.

Iba a agregar que, sin embargo, eso no quería decir que todas las patrañas que llenaban la cabeza de Rita y de todos en Buenaventura tuvieran sentido alguno. Pero le faltó ánimo, y lo dejó hasta allí, en un cerrar de ojos que, por un instante, relajó su fruncido entrecejo y transformó su rostro, como si descansara el cerebro entero. Acto seguido, arrimó su taza hacia delante, se despidió y salió. Rita esperó a que el cura se marchara. En tono de complicidad, siguió hablando de aquel que atravesó el patio en medio de un zafarrancho, ya para entonces tan lejano y extraño que se había quedado hundido en el silencio tras la puerta de la habitación. Unas catorce horas más tarde, a pleno mediodía, gubo que descolgar al Indio de la viga principal.

Fue Colmenares el que trajo la noticia. En el comando los policías se rascaban la panza después de un suculento almuerzo. Esta vez no habría siesta de la una. Todos se miraron entre sí. Rostros sudorosos. Ojos apagados. Indio colgado. Muy a su pesar, Martín Romero y tres de sus hombres se pusieron en camino a la Pensión Rita ¿Cuánto pesará? A ochenta kilos, sale a veinte por cabeza. Aunque con un litro de caldo en el estómago, el peso, lo menos, se duplica. Y este sol ¡Diablos! Parece más plomizo que de costumbre. Aunque no lo creo. Debe ser la idea de ir a descolgar un muerto a la una lo que lo hace más plomizo que de costumbre. Cómo sea, es igual. Al final más plomizo que de costumbre. Pies de plomo, también. Mira a Colmenares. Casi se arrastra. Pobre ¿Por qué pobre? Y qué sé yo. El sudor que le corre por el cuello le ha empapado la camisa, y un hombre, de espaldas, camino bajo el sol, siempre inspira algo de conmiseración. ¿Y tú? No lo sé. No puedo verme de espaldas. Pero siento el sudor. Puedo imaginarme. Pobre. Y esa gente. ¡Mierda! Zamuros. Habrá que abrirse paso a través del gentío, sumirse en ese calor humano, compartir su respiración, esquivar su jaleo. Sigue tú, sigue. Mejor que Colmenares siga adelante. Es bastante corpulento. Te vas detrás, pegadito. Te dejará siquiera medio respirar. Allá está el gordo Valbuena. Desde aquí se puede distinguir su camisa blanca arremangada, y la cosa gorda pegada por detrás: su mujer, supongo. Y va llegando más gente, de todos lados. La cosa se pone más jodida para el Moise. Mejor que luego me lo lleve al comando. Ya veremos.

La gente se había acumulado a la entrada. Martín Romero caminó detrás de Colmenares, que con los brazos a un lado y otro iba apartando a los curiosos. De pronto, en medio del tumulto, apareció Susana. Martín Romero, que había percibido la insistente mirada de la muchacha, volteó a mirar, vio sus ojos y su boca pero, sin detenerse, siguió directo a los pies. El piso estaba lleno de pies. Grandes. Chicos. Gordos. Anchos. Todos chancletudos. Si allí estaban los de Susana, ni lo notó. Ahora si fue a mirar a la muchacha. Pero no la encontró. Bueno, y ¿esta mocosa qué? Otro fantasma.

Una vez dentro de la pensión, la misma Rita los llevó hasta la habitación del Indio. Aunque Martín Romero la observó con detenimiento, no captó ninguna expresión especial en el rostro de la mujer. El de Rita era de esos rostros donde ya no cabe más expresión. Martín Romero se dispuso a cerrar la puerta, pero Rita no lo dejó. Lo tomó de nuevo por el antebrazo. Martín Romero, al igual que el día anterior, miró la tenaza. El Comisario, entonces, hizo señal a sus hombres para iniciar la faena. En pleno trajín se les notaba el peso del sueño en los ojos, la torpeza en los movimientos, hasta la molestia en el ánimo por aquél que había escogido hora tan chata para aparecer colgado.

Rodearon al Indio y, luego de mirarse entre sí, todos miraron hacia arriba. Estaba inmóvil, tieso, con los ojos abiertos. El torso desnudo. extrañamente encogido, como si tuviera frío. Llevaba puesto un pantalón ancho y recortado a la altura de las rodillas, las piernas ligeramente separadas, los pies descalzos de dedos entreabiertos. Un hilo de saliva, ya reseca, remarcaba la comisura izquierda de la boca. Trajeron una escalera. Todos volvieron a mirarse, y Martín Romero subió. Encaramado arriba, observó al hombre de perfil, el pronunciado entrecejo, la nariz chata, la boca prominente y gruesa. Miraba como los pescados, con esa mirada vidriosa de los animales de sangre fría. Bueno, el Indio ya es de sangre fría. Frialdad cadavérica. Enfriamiento del cuerpo después de la muerte. Si está determinada principalmente por la temperatura ambiental, este ya debe ser un trozo de hielo en medio del horno de Buenaventura. Lividez cadavérica, coloración violácea que aparece en las partes declives del cuerpo, y que es el resultado de la acumulación de sangre. La coagulación de la sangre, así como la autólisis se inician al poco tiempo de la muerte. Desintegración de las células causada por enzimas en un organismo muerto. El cerebro muere primero, a los quince minutos. Bueno, en esto el Indio le llevaba una buena ventaja a la muerte. Rigor mortis, por coagulación de la proteína muscular. Lo que es éste lleva lo menos cinco o seis horas de muerto.

 

−Oye, Jefe, ¿qué pasa allá arriba? −preguntó Colmenares.

−¿Qué? −preguntó Martín Romero

−Que si te vas a pasar allí todo el día. Bájalo ya, antes de que empiece a pudrirse ¿eh? −apremió Colmenares en voz baja.

 

Martín Romero miró hacia la puerta, donde Rita permanecía parada. Quizás no oyó, la vieja. Quizás es así, la vieja. Si al caminar brotara un horripilante monstruo de debajo de sus pies, se asustaría, seguramente, pero nadie encontraría el rastro de aquel susto en el desierto de su rostro. El policía, que aún sentía la mirada impaciente de Colmenares abajo, desató la correa que bordeaba el cuello del ahorcado, escuchó el leve sonido seco que produjo el cuero al desprenderse de la piel, observó la marca profunda y negra en derredor. Abajo, Colmenares y otro lo sujetaban por sendas piernas, con movimiento a un lado y otro para conservar el equilibrio. Aquí. Allá. Cuidado. No lo dejen caer. Se va, se va. Ya. Así, poco a poco, en medio de la tensión de lo vivo y lo muerto, el asco y el jadeo, lo condujeron hasta acomodarlo en el suelo.

 

−Está bastante tieso ¿eh? −dijo Colmenares a Martín Romero cuando éste bajó de la escalera.

−Lo menos doce horas, digo yo −dijo Martín Romero

 

Rita, que se había abierto paso por entre el grupo de curiosos, trajo una sábana. Colmenares tomó una punta y Martín Romero la otra. El indio continuaba con los ojos abiertos, la misma cara de borracho furibundo de los tiempos en que, recordó entonces Martín Romero al reconocerlo, hablaba del "hombre nuevo", Si Rengifo estuviera aquí. Su porte militar, sus voluntad de acabar con el sucio capitalismo, su mirada atisbando siempre el mundo mejor. Ya llegará, ya llegará. No más dejen que nos deshagamos de este montón de esperanza corrompida antes de que nos desanime el mal olor. Es cuestión de abrir un pequeño hueco,,, no, un gran hueco, en este caso, para que éste quepa, y ya. Lo sembramos. Siempre vivirá con nosotros. Su espíritu, se entiende. Ese no ocupa espacio y no hiede. Éste y Rengifo eran muy unidos, o al menos el Indio requería que así fuese, que Rengifo lo adoptara, y Rengifo lo adoptó. ¡Ah la revolución! el gran lema de los desgraciados, la ilusión de ese estar aquí sólo y porque el tiempo en su pasar nos depara algo mejor ¿Qué diría ahora Rengifo, viendo este bulto bajo la sábana?.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.