textos, pretextos y otras mentiras...

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Blanco enredado en azulosa transparencia que poco a poco se despoja de sus más recientes oscuridades ¿Qué te dice este blanco? Nada. Se le siente como un bostezo. Sólo se ocupa de eso: despojarse de sus oscuridades, tornar su piel inasible en ese brillo matutino que a cada quien va empujando hacia las afueras de la caverna del sueño. Un día más, que le dicen, sin que este blanco diga nada, y mientras nada dice sigue en su silencioso ir de lo frío a lo tibio. Indiferente silencio sí; tiene que ser así o nunca amanecería. Blanco atrapado, para siempre allí, en su silenciosa pureza violentada por el ambiguo e inaprensible colorido que es la luz. En realidad, es un blanco inexistente, un blanco que es blanco pero que no existe, o que existe sólo en mi mente, concepto inútil que al final es una forma de existir. Blanco concentración de todos los colores que, descompuesto, desata el espectáculo del color. A esta hora es así. Luz que va de lo más frío a lo más caliente, como si la noche se desnudara y dejara ver las ondulaciones diversas e infinitas de su inexistente cuerpo blanco descompuesto en colores. Al atardecer, es como si se volviera a vestir con la engañosa luz del negro, ausencia de todos los colores. Eso sí es un vestido de noche ¿Cómo? ¿Otro concepto? Otra forma de existir sólo en mi mente. Vaya existencia agotadora, cura de Buenaventura. En un abrir y cerrar de ojos se puede sudar toda la copiosa y febril ambigüedad de estar vivo. Hay días en que atribula el corazón, y días en que lo alegra. Hágase la luz, y la luz se hizo. Ah cura maldito. De haber sido Dios no habrías podido inventar el mundo. ¡Qué digo el mundo! Ni siquiera esa montaña pelada de allá atrás por la que el sol se asoma y esos metros cúbicos de agua verde a esta hora que van y vienen sin cesar. El eterno retorno, sí, todo se va a la mierda y siempre vuelve. ¿Ves? No puedes. Nunca has sabido cómo empezar. Agazapado allí, bajo tu sábana, te la habrías pasado meditando sobre el asunto, desmontando en piezas, hasta el último tornillo, el enorme y complejo engranaje sobre el que se asienta el más pueril acto de voluntad. Adán y Eva, y toda su descendencia apeñuscados en desesperada espera a la puerta de atrás del paraíso para entrar en la escandalosa escena de la creación. Siete días. ¡Jah! Todavía estaríamos esperando. Crear el mundo no es cosa de meditar.

Quién sabe si así fue. El pobre de Dios caminando de un lado para otro del fastuoso palacio de su soledad…¿amigo de fausto, acaso? Quizás, quizá…¿por qué no? Bien. Ya veremos. Impaciente, camina para allá, camina para acá. El incesante cuchicheo de la turba afuera que no para. El Todopoderoso se pasea por todos los cálculos posibles ¿Son, en verdad, todos los posibles? Se come las uñas ¿Por qué he de dejarlos entrar, a ver? Dejarán su cálido e inmundo rastro por todos los rincones y querrán comérselo todo. Glotones, dice, mirando sus frondosos árboles silenciosos cuya hermosura adorna con graciosas salpicaduras verdimarrones los sublimes desiertos blancos de su eterna y siempre añorada nada. Mi nada. Mi exclusiva y adorada ausencia ¿Por qué he de compartirla con estos enanos de cien mil años que claman y vociferan su ansiedad allá afuera? Energúmenos. Mira sus manos y sus rostros de hambre. Mejor dejarlos allá atrás. Todo está bien así. Es el todo que nada significa porque no tiene a quién satisfacer con su significado ¿Qué? ¿aburrido? Un poco, tal vez, un poco. Pero quién asegura que no es preferible un decoroso aburrimiento a la ruin adoración y el vil compromiso de conciencia de la historia de nunca acabar que estos me quieren imponer. Me necesitan para inmolarme. Ah lo sé, lo sé. Quieren mi cabeza. Quieren que mi cerebro divino sueñe su destino y ser imágenes de la pesadilla divinamente construida. Lo sé, lo sé. Quieren mi cabeza, invadir mi paz, desmantelar los infinitos rigores de mi ausencia. Malditos. Esto es una rebelión. Siete días. Sí, quizás siete días pudo aguantar el pobre sosteniendo con sus propias manos enervadas y de uñas carcomidas aquella, la gran puerta de atrás.

El Padre Claudio, una vez más, a punto de fracasar en su intento número… en fin, el que sea, de crear el mundo. Bueno, en cierto modo, así es. Vivir en un mundo creado por otro es, quizás, una forma de crearlo no en siete días, sino en el inmundo día a día de nunca acabar y que ya acabará. Comprender es crear, aunque yo no comprendo nada. Bien. Bien, ya. Arriba. Ya es de día. Echa la sábana a un lado. Dobla el cuerpo a la altura del abdomen. Gira las piernas. Los pies ya tocan el piso apenas apoyados sobre el borde externo de la planta. Mira sus manos, que abre y cierra sin cesar. La enorme espalda encorvada. La cabeza se levanta. Y si se le ve de lado puede apreciarse la protuberancia en el cuello: bocado, manzana o nuez de Adán. Parece un bicho raro ¿Qué es? Un cura sentado al borde de la cama. No parece en verdad un cura. Sólo un viejo sin camisa. Viejo descamisado al borde de la cama que no parece cura deja de mirar sus manos que abre y cierra sin cesar, deja de abrirlas y cerrarlas para mirar hacia el escaparate donde cuelgan sus ropas negras. Cuando se meta en ellas volverá, así sí, de nuevo a adquirir su apariencia de cura ¿Está bien? Y después dicen que el hábito no hace al monje ¿Quién los entiende? Se rasca la cabeza. Siempre hay que hacerlo, es parte del amanecer, parte fundamental del amanecer cuando se amanece en un mundo inmundo creado por otro. También, quizás y le pique alguna idea debajo de la cabellera pinchuda. Eso también pasa. Las ideas son a la conciencia lo que las hormigas al pan dulce. O simplemente puede que este cura se esté rascando la ausencia de ideas. Pan dulce que nadie quiere comer. Miga reseca ¿Quién la aprecia? Quien sabe y a lo mejor también hay un blanco atrapado allí dentro ¿Dónde? En el cerebro del cura. Ah, puede ser. Y no es un concepto, sino un blanco de ausencia verdadera, como la miga del pan, como la ausencia a la que se abrazaba Dios antes de la rebelión…digo, de la creación, digo. No empieces de nuevo. Esas teorías tuyas son descabelladas, y te conducen por mal camino. Es posible, pero, al fin y al cabo, aquí en Buenaventura el mal camino es el único posible ¿o no? ¿Quién se enterará? Ni siquiera Dios, creo, podría darse cuenta de algo así. Crees tú. No desde aquí. Bueno. Pero ¿y el mundo? Ah, sí. Eso. Entraron y se lo comieron todo. Glotones. ¡Dale! Pero es verdad. No quedó árbol en pie. No hay fruto que no haya sido mordisqueado por las incansables mandíbulas de la significación humana ¿Y?

Dejémoslo así. Otro día. Sólo eso, otro día. Si esto hubiese sido algo nuevo, seguramente el cura se lo habría dicho a sí mismo en silencio, mientras se vestía frente al escaparate. Hoy sólo se limitaría a sacar algunas inútiles cuentas. Este amanecer que se repite, una y otra vez, que se ha repetido cuántas veces…a ver, cincuenta y nueve por trescientos sesenta y cinco −habría que descontar los bisiestos…− en fin, cuanto sea, no ha sido tanto si se le compara con otras duraciones, como…a ver…la montaña que está allá atrás. Que estará allí todavía, digo. Si no es así, menudo pelón me habré echado. Y, sin embargo, este amanecer que se repite; hay días en que se parece tanto a la inmutable eternidad, perfecto en su claridad paulatina que todo lo invade de tibia quietud. Quizás la eternidad sea eso, una mera repetición vaya UD. a saber de qué fragmento definitivamente olvidado, irrecuperable, que sólo Dios (¿a quién puede ocurrírsele algo así sino a un dios) intenta recuperar. Vaya. Con que husmeando otra vez por los paisajes arqueológicos del Eterno Retorno, diría Edigardo. Pasa, pasa. En algún momento todos lo hacemos. Claro que pasa ¿Quién puede vivir todo el tiempo erguido en fe? Encogimiento de hombros. El encogimiento de hombros nos mantiene sanos, en un relativo equilibrio. Pasa, claro que pasa. Pasa que los paganos formularon la única pregunta posible imposible de responder y, en sana lógica, no respondieron. Humilde silencio clásico. Los demás, los que pretendemos responderla, siempre sucumben a la tentación de la sabiduría original, cuando no puede hacer más que encogerse hombros, coexistir con la incertidumbre original. Entra muchacho. Muchacho entra. ¡Pam, pam, pam! Mierda. Y antes de sentirse adentro los golpes desmantelan aquel ensueño al que llegaba sin esfuerzo, solo, sólo dejándose llevar y en el que el cura se encontraba con las piezas más agradables e intactas de su pasado. ¿Por qué así? Esos golpes en la puerta. A esta hora. Son golpes de hombre. Algo urgente. Así es en Buenaventura ¿Por qué siempre a esta hora? No lo sé. Sí recuerdo que cuando llegué a aquí no me molestaban tanto esos golpes. Ahora quisiera no volverlos a escuchar nunca más. ¿Y no que viniste aquí buscando la paz, la reconciliación con la naturaleza… así, creo, llamabas entonces a la vulgar idea de venir a morir a Buenaventura. ¿O, en realidad, viniste a otra cosa? Debo haber venido a otra cosa,,, pero se te olvidó ¿ves?, lo que digo: a morir. Te conozco, cura maldito.

 

−Ah, es UD., Colmenares −dijo el Padre Claudio asomado a la puerta.

−Buenos días, Padre. Disculpe que lo moleste a esta hora. Es el Moise. Como UD. dijo que le avisaran no más apareciera de nuevo. Bueno. Apareció de nuevo. −dijo Colmenares.

 

Siempre decía lo mismo. Siempre. Cuando aparecía el Moise venía Colmenares en la mañana a decir la misma vaina. Como UD. dijo que le avisaran no más apareciera de nuevo. Bueno. Apareció de nuevo. Después de tantos años, uno diría que se burlaba, el Colmenares. Pero nadie puede burlarse con esa cara hierática, semioculta bajo la gorra de policía. O quizás sí que se burlaba. Sólo que nadie podría, así, reprochárselo. Bueno, pero, en verdad, tú dijiste aquella primera vez, luego que el Moise se marchó y mientras lo veías alejarse por la calle y sin rumbo. que te avisaran no más apareciera de nuevo. Lo sé. Lo sé. Lo dije, y casi que me arrepiento de haberlo dicho.

 

−Apareció de nuevo. −dijo el cura para sí mismo en voz baja.

−Anoche. El Comisario Romero y yo hacíamos ronda por el malecón. Y, de pronto, allí estaba. Vagando como alma en pena. Medio desnudo y en el hueso. Lo trajimos al comando. Está de mugre hasta el último poro. Tiene esa celda hedionda. Allí está ahora. Como siempre, sentado, despatarrado. No ha dicho una sola palabra, como siempre. −se apresuró a explicar Colmenares.

−¿Y en qué estado se encuentra? −preguntó el Padre Claudio, que no había prestado atención a lo que recién le describía Colmenares.

−Como le digo −insistió el policía− yo lo veo igual que siempre. Inmundo, flaco y en silencio. UD. sabe que nunca dice nada. Parece que lo hubieran cosido por dentro. Uno le pregunta: ¿Moise, tienes hambre?. ¿Moise, qué te duele? Y nada. Es como hablar con un animal asustado. O peor. Un perro gruñe ¿verdad? O mueve la cola ¿verdad? Pero a este no se le saca nada, ni un gruñido. Yo recuerdo que la primera vez que apareció (hace tiempo ya ¿verdad?) al menos gruñía. Bueno, en realidad gruñó un par de veces, cuando le hundí el rolo por un costado para obligarlo a entrar a la celda. En realidad no dijo nada. Sólo unos gruñidos. Pero ahora, ni eso.

−Va a haber problemas, esta vez. −advirtió el cura, como si pensara en voz alta.

−¿Por qué lo dice, Padre? −preguntó Colmenares.

−La gente ya anda murmurando por allí. Que si el negro esto, que si el negro lo otro. El negro terminará por ser culpable de todo lo malo. Ya sabe cómo es, Colmenares. −concluyó el cura.

−Bueno, sí, como UD. dice, ya sabemos cómo es. Pero no creo que sea para alarmarse. Esas cosas son así. La habladuría de la gente nadie puede detenerla. Pero, la verdad, no creo que vaya a pasarle nada, al negro. En el fondo la gente le tiene afecto. El pobre diablo no le haría daño a nadie. En fin. −dijo Colmenares mientras miraba en derredor, como si por allí anduviese la habladuría de la gente.

−Está bien, Colmenares. Está bien. Ojalá y fuese como UD. asegura. Pero no sé. Presiento cosas que no me agradan. Son las mismas habladurías de siempre. Es verdad. Pero como marcadas por cierto tono… No sé. En fin, como sea. Hizo bien en venir a avisarme. Adelántese. Yo lo alcanzaré en un rato. Me termino de vestir, preparo algunas cosas y salgo para la comisaría. −dijo el padre Claudio, y tras un gesto de despedida del policía, al que respondió tímidamente, cerró la puerta.

 

¿Por qué no dijiste que no querías verlo, que estabas harto de ese aparecer desaparecer del negro? Cuánto se parece ahora ese eterno retorno a los costrosos pies del negro. Pero era cierto. El cura recordó cómo, desde la primera vez que el Moise apareció deambulando por una de las tres calles de Buenaventura y fue a parar al comando policial, dijo que le avisaran si aparecía de nuevo. Cierto, muy cierto. Saliste del comando policial con una cara ahogada en preocupación e, indignado, retornaste aquí, mientras acusabas al mismísimo Medina de haber vuelto loco al pobre negro. Todavía la vibración inquieta y decidida de tu voz aquel día, la primera vez, reverbera en tus oídos ¿Acaso no sientes el cosquilleo de la transcurrida abnegación? Es curioso. Uno recuerda con los ojos y los oídos, aunque no vea ni escuche nada. Los recuerdos son visiones y sonidos que ya no se ven ni se escuchan, sólo están allí, ocupando un inaprensible espacio en la memoria. No. Ojalá fuesen meras visiones y sonidos pelados, allí. Están cargados de una mortuoria simbología que arrastran como cadenas por entre las calles del pasado, es decir, del cementerio que llevamos dentro, que somos hacia dentro, hacia ese extraño adentro del ya no ser. Entonces, en aquel entonces, sintió la viva y irreprimible responsabilidad de velar por el negro. Cura compadecido, ciudadano bendecido. El hecho siempre reconfortante de compartir la desgracia ajena convirtiéndose en receptáculo del dolor que ella es. Ah, que fortuna si aún pudiera vivir de una conmiseración así. Ya iban más de veinte años de apariciones esporádicas del negro, siempre en la noche, seguidas de las compasiones del cura al amanecer. Se lo llevaban al comando y, a la mañana siguiente, venía Colmenares a avisarle que el negro estaba de nuevo allí, agazapado en el rincón de una celda. Hasta allá iba el Padre Claudio. Hasta allá iría ahora. El blanco del amanecer se curtía, como si la mugre del negro lo alcanzara sin querer. Pobre blanco. No. Pobre negro, quise decir. Siempre lo he dicho, desde aquel maldito primer día en que lo dije al verlo en un rincón de la cochina celda. Agua y jabón. Cepillo para estregar la piel inmunda. Zapatos viejos y algo de ropa... esta camisa está bien, este pantalón está bien, siempre han estado bien. Claro que el cura es el doble del negro, o el negro es la mitad del cura. Cabrían lo menos dos negros más en esas ropas y esos zapatos. Pero está bien. Siempre ha estado bien ¿O no? Una vez zampado dentro de ellas, cuando se aleja el negro, parece que el viento se lo fuera a llevar volando ¿Y si se lo lleva? Quizás pase esta vez. Colmenares dice que está más flaco, el Moise. Lo que el viento se llevó al cura liberó. No. Ni el viento quiere llevarse a ese negro. Pobre viento. Digo, pobre negro. El volverá, el Moise siempre volverá, inmundo a su celda hedionda de donde lo he de sacar oloroso a jabón y zapato viejo. Bien, aquí vamos. Allá va el Padre Claudio, presto siempre a salvar al negro, con su generoso corazoncillo hecho de compasión agazapada en el pecho y la bolsa bajo el brazo. Pobre padre. Digo, pobre negro. En la bolsa lleva el jabón, la camisa, los pantalones y un par de zapatos viejos ¿Y el pan? Mierda, me olvidé del pan.

El cura hubo de regresar a buscar el pan. Doble camino. Doble esfuerzo. No tanto. Que exagerado. No son más de quince o veinte metros de más. Sí, pero volver a empezar lo empezado es más pesado que empezar ¿Qué pasa? Pasa que flaquea la voluntad. Claro, si no, no fuera voluntad. ¡Uy, que lógica tan aplastante que todo lo ilumina desde el manantial aristotélico que fluye en lo más profundo de la caverna cerebral del cura de Buenaventura. Mira pues a donde fueron a parar dos milenios de filosofía para que un cura de mierda se sostenga mas o menos vivo en medio de su esplendorosa muerte moral. Sí, la muerte tiene un sutil esplendor que sólo los muertos saben captar en cada cosa que miran o, quizás, mas bien en cada cosa por la que son mirados. Ese trozo de pan me mira; desde sus ojos de miga brilla la opacidad inerte de su entendimiento. El pan sabe que se trata de un cura de mierda. Claro. Ése, su esplendor. ¡Zás!, a la bolsa y ya. El negro se lo comerá. Pobre pan. Digo, pobre negro.

La boca sin dientes del Moise se cerraba una y otra vez sobre el mullido cuerpo del pan que el cura había traído. El cura permanecía en cuclillas frente al Moise en un rincón de la celda. Las paredes peladas rezumaban un vaho de media mañana. Colmenares tenía razón. Una hediondez tibia lo invadía todo. El Moise, mutis, seguía comiendo lentamente. Pero el cura no desesperaba. Se levantaba en señal de pausa, respiraba profundo, inhalaba un poco de aquella hediondez ya familiar, y volvía a agacharse frente al negro. Quién le había enseñado eso no lo recordó. Recordó sí el modo en que quien se lo enseñó cerraba los ojos, así como él ahora, como si el aire inhalado tuviera un poder sanador. Fue una mujer. Quizás mamá. No. Mamá no haría cosas así. Casi ni respiraba. Hay seres que parecen no respirar, como si nada de dentro les exigiese cumplir con ése o cualquier otro tipo de función vital. Y así era el negro. Cada trozo blando de pan desaparecía tras el abismo del paladar, y el Padre Claudio esperaba verlo descender por la garganta. Ahí va. Sin decir nada. Habla, negro, habla ¿Por qué no te callas? Nada dices. Me pregunto qué piensas. Digo que por qué no te callas ¿Por qué no gastas hasta la última hebra del hilo de tu moral maltrecha cosiéndote la jeta de tus tribulaciones de cura? Ahora deberías estar en la biblioteca del viejo Edigardo, sumido en la frescura en la que flotan fragancias de papel viejo ¿No es eso lo que quisieras, eh? Ya no más sigilosas escapadas al mundo pagano que tanto disfrutabas. ¿No es allí donde querrías tener metidas las narices de tu entendimiento, en lugar de estar respirando en medio de semejante pestilencia? Cada vez que intentas encerrarte más en tu cueva, y pam, pam pam: otra vez el negro. Otra vez el negro que vieno a comer tu pan y calzar tus zapatos viejos. Mira esas patas, no más. Y acaso no sería mejor, digo yo, que el negro se fuese a la mismísima mierda, que se lo llevara el viento, y ya no más negro; se elevó como un angelito al cielo. Mira esas alas blancas pegadas con la goma de la fe a sus enclenques espaldas y cómo le cuelgan las patas. Que se las lave Pedro. Eso. El negro al cielo y el cura a la biblioteca pagana de su cerebro. Ya no más arrancadas tempraneras de la cama y la fresca hediondez de la mañana que se mezcla con éste, tu viejo y añorado salitre marinero. A ver ¿Dónde estará ese mágico remolino de la nada que ha de limpiarlo todo? Tú no quieres que el negro se muera. La magia en la que piensas no es como morir ¿eh? Morir es una forma de hacer, de perpetrar la obra maestra de nuestra permanencia en el museo del olvido. No. Tú no quieres eso. Es como no haber sido nunca. Eso es distinto. Eso sí es limpio. Lo verdaderamente limpio. La auténtica liberación que tanto anhelas desde que viniste una vez a parar aquí, a este pueblucho miserable ¿Te has preguntado, cura, acerca de esa grande deuda que crees tener para con la humanidad? Quizás sea sólo una forma de sentirte menos solo en ésta, tu real soledad. Hay quienes no gustan de visitar enfermos en el hospital, y por eso se abstienen de tener amigos. Tú no tienes amigos, pero te empeñas en tener a este negro por el que sientes lo que sientes por el resto de la especie. Y la deuda nunca se salda. Mas bien crece ¿No es verdad? No importa cuántos panes y zapatos viejos traigas. Ah, pobre cura. Digo, pobre negro.

Por más que lo intentara, Martín Romero no lograba recordar a ése que vio pasar raudo por el pasillo con una bolsa debajo del brazo y por la que asomaba la punta de un largo pan. Salió de su oficina y lo siguió hasta la celda donde habían metido al Moise la noche anterior. Allí se quedó, a la entrada, junto a Colmenares. El negro elevó una lánguida mirada hacia lo alto, hasta alcanzar los ojos del cura. Era la primera vez, desde que lo encontraron, que el Moise miraba hacia algún objeto con precisión. El objeto era una extraña mezcla de compasión y repugnancia que manaba de los ojos del cura cuando se quitó los anteojos y se quedó mirándolo sin saber qué decir. Por un momento cesó aquella mirada vaga y perdida del Moise. Pero sólo por un momento. El cura arrancó un pedazo de pan y lo pasó al negro. Este no lo tomó. El cura dejó el trozo de pan sobre sus piernas. Al rato el negro lo tomó, y retornó la mirada vaga y perdida que ni la presencia del mismo cura logró recuperar más.

 

−Siempre es igual −al rato comentaba Colmenares en voz baja al comisario Martín Romero− Primero esperamos que coma algo. Luego, manguera con el negro. Pero siempre hay que esperar que coma algo. Sólo así reacciona. Es normal, supongo.

−Es normal ¿qué? −inquirió el Comisario

−Digo, que no reaccione hasta haber comido algo. El padre dice que los carbohidratos, y la depresión, y la energía muscular y…en fin. Algo así dice el Padre. −dijo Colmenares, esperó un rato y luego continuó−Ya verás, jefe. Ahora, en lo que salga de allí, dice el Padre: ¿por qué no me avisaron antes? Siempre pregunta lo mismo. Y, digo yo ¿para qué tanto apuro, verdad? Después de todo, además, es mejor que el Moise se vaya de día y no de noche. Así que ¿para qué ir a avisarle antes? Pero, igual, el Padre siempre pregunta.

 

Martín Romero volvió a fijarse en el Padre Claudio. De haberlo visto alguna vez no lo hubiera olvidado ¿Por qué? No lo sé. Quizás esa suerte de estremecimiento adormilado que cruza el rudo rostro del cura. La verdad, no parece cura, salvo por la vestimenta. Quién sabe. A lo mejor es tan cura como tú policía, Romero. Y ¿qué nombre le pondremos? Matarile li le lo. Con que no lo sabes. Te jodiste, Romero. No lo sé. Tiene que haber algo espontáneamente captado, directo, que el nombre vaya justo a ello y lo atrape sin dejarlo escapar. En el caso de este cura ya lo he pensado demasiado. Quizás ya no tenga gracia. Entonces puede quedar como el reverendo Matarile. Es posible.

Martín Romero se percató entonces de que de ese Buenaventura de quince años antes no recordaba gran cosa. Apenas Medina, y ahora al Moise. Ni siquiera Rita. La torta de fruta de la señora tetas nalgas secas sería inolvidable para cualquiera. Bueno, quizás quince años atrás… no; la torta no. Esa siempre ha sido y será la misma. Así que Medina, el Moise. De resto nada. Como si nunca hubiese estado en Buenaventura. Claro, si el fin de semana que pasaste aquí lo hiciste metido en el cerro. Ni siquiera la playa te podría ser familiar, salvo por el hecho de ser eso, playa. Mar que no pudo más, es que te gusta llamarla ¿no? Lo anoté en el cuaderno una vez, no sé cuando, pero ni siquiera tenía puta idea de que volvería a esta mierda. No había una playa delante. Ni siquiera estaba pensando en alguna playa. Bah, Romero. Aquí no tienes nada, ni siquiera recuerdos ¿Creías venir al sitio dónde transcurrió algo así como un gran episodio de tu vida? ¿Por qué te ríes? Bueno sí, es para reírse. Pero, en verdad ¿creías venir al encuentro de un gran trozo podrido de tu propio ser? Claro, así te hubiese gustado que fuese este retorno a Buenaventura ¿eh?, algo así como retornar a un gran cementerio, todo tuyo, todo lleno de ti, de tus pedazos, mientras más podridos mejor, siempre tuyos ¿Pero qué es esto? Oh, el corazón de aquel Romero que ahora es Comisario de Buenaventura. ¡Saca para allá!. Eso te gustaría mucho. Ejercer el desprecio profundo hacia lo que fue. Manso, entregarte a la terapia de tu propio cinismo tan rico cuando se ejerce sobre uno mismo. Muy bien, Romero, muy bien. Sólo que aquí no hay nada. El idiota de Medina y este pobre negro cuya mirada ni siquiera se deja precisar por tus observaciones. ¿Qué más? A ver, trata de recordar, sigue exprimiendo tu mamoria. ¿Acaso crees que, en realidad, puede llamarse episodio, o como quieras llamarlo, a un fin de semana con Rengifo y el Moise echando pestes de Medina, el imperialismo, y haciendo votos por el hombre nuevo. No, tú no crees algo así ¿O sí? Es posible que los días pasados allí, metido en ese monte, hayan distorsionado un poco tu percepción de la realidad. Es posible que las evocaciones de Rengifo alimentaran esa distorsión. Pero esa distorsión no dura. Si fue, te alcanzó hasta hoy. No hay nada, no eres nada. Ese negro de mierda, al menos, sigue aquí, igual que aquél día, deambulando como auténtico fantasma del hombre nuevo que una vez creyó encarnar. El permanece, Puede verse y sentirse. Tú puedes verlo y sentirlo como nunca te verás ni sentirás a ti mismo. Podrías largarte ahora mismo de Buenaventura, y sería como no haber estado nunca aquí, una vez más. Ya pasó. Estuviste aquí una vez. Sólo eso.

Martín Romero volvió la mirada hacia dentro de la celda. Ahí, de nuevo en cuclillas, la corpulencia del cura tapaba casi por completo al negro. Apenas asomaba por encima algo de su cabeza y, por un costado, un largo pie mugroso. El sacerdote no lograba sacarle palabra al negro, si es que era eso lo que, al parecer, intentaba. No podía ver su rostro, pero Martín Romero lo imaginaba inquiriendo con la mirada la mirada esquiva del otro. Es gracioso, pensaba el Comisario, cuánto vociferó el negro aquella frase aprendida de Rengifo, el gran maestro: la religión es el opio del pueblo ¿Qué estaría pensando ahora el negro, mientras veía al enorme cura sobre él mientras sacaba el pan de la bolsa, la enorme camisa, los enormes zapatos con que se disponía a vestir, una vez más, al hombre nuevo? ¿Cómo se sentirá el hombre nuevo vestido con ropa y zapatos viejos? Te quedarás con las ganas de saberlo.

 

−¿Por qué no me avisaron antes? −dijo el cura al salir por un momento de la celda y toparse con la caras aún soñolientas de Colmenares y Martín Romero.

 

Colmenares se limitó a mirar de reojo al Comisario. Éste, por su parte, se entretenía sacando sus propias conclusiones acerca del aborrecimiento que creyó descubrir en el rostro del cura al asomarse por la puerta de la celda. Era la primera vez que lo veía de cerca. El sacerdote guardaba por Moise un especial afecto y consideración, seguramente nacido de las más elementales nociones cristianas de amor y caridad. A partir de algún momento, aquel sentimiento mas o menos vulgar se fue convirtiendo, sin que él supiese exactamente cómo, en una suerte de camino hacia la misoginia y un cada vez más incontrolable desprecio por la humanidad que ni él mismo sabe precisar ¿Por qué dices eso, Romero? Lo sé, como se adivina la lluvia gracias a algún dato peculiar en un día soleado, o como intuimos que, de seguir en contacto con el sujeto que tenemos delante, vamos a chocar con él. En este caso es algo que se dibuja en el rostro del cura, o más bien se desdibuja, quizás, bajo esos pómulos huesudos; una extraña mueca, que cualquiera confundiría con un trazo de mera vejez. Y lo es, sin duda que lo es. Sólo que los trazos del envejecimiento son algo más que la mera geometría del envejecimiento; son el discurso de la vejez misma asida de aquello que envejece. Vamos, Romero. Sólo te estás viendo tú mismo metido en esa sotana. Déjalo ya. Deja al pobre señor matarile en paz. Señor matarile. ¿Para qué más? No. No es tan simple. Este cura merece más. Mira como mira. Ansioso y agotado, este cura no sabe cómo mirar. Acaso sea, como dicen por allí, los aires de Buenaventura. Pero, sea lo que sea, un desequilibrio atraviesa de largo a largo su corpulenta humanidad. ¿Acaso no era su misión, señor cura, la de estar con los hombres, cualquiera fuese su condición, como una vez hizo Cristo? ¿No tenía UD. la sagrada obligación, en cualquier circunstancia, de aproximarse a la conflictiva y turbulenta conciencia humana con la única y sagrada misión de iluminar, hasta donde le fuese posible, el camino a la salvación? Ah claro. Pero y ¿ quién era UD., mediocre y vulgar mamífero en sotana, para juzgar la condición humana? ¿No es esto, acaso, juzgar la creación de Dios y, con ello, perpetrar el más aborrecible de los crímenes, madre de todos los demás, como es la rebelión? Entiendo. Uno se rebela contra este gobierno, aquel maestro, este jefe de la fábrica. Pero un cura, si en realidad lo es, sólo podría rebelarse contra Dios. Es eso ¿no?

 

−En realidad −dijo Colmenares tras un prolongado silencio− no tiene por qué preocuparse mas de la cuenta, Padre. Esto ya es cuestión de rutina ¿no le parece? Mírelo, ya está de nuevo comiendo. Casi se ha hartado el pan completo. Yo diría que hasta come con ganas ¿no le parece?

 

El cuerpo de Cristo. Cállate, Romero, y deja que el cura hable… no, nunca hablará. Hay confesiones de las que nunca nos desharemos. Las mandíbulas del Moise arrancaban otro pedazo de pan. Fieles a las recomendaciones de nuestro salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir. Nada. Este cura no se atreve a decir nada. Eso es.

 

−Esperamos un poco. −siguió Colmenares, mientras el Padre Claudio miraba al Moise masticar− Cuando termine de comer, lo bañamos, y luego lo vestimos. Lo de siempre. Es lo único que podemos hacer por él.

−Y siempre lo hacemos− cortó el cura sin apartar la mirada de aquello que seguía viendo dentro de la celda.

 

Es un hombre. Sólo un hombre, mi estimado cura de alma volteada por lo aires de Buenaventura. Un auténtico representante de la especie. Sólo eso. Quizás lo que de él tanto te atormenta es saber que no se puede hacer nada por él, que con tus ropas y zapatos viejos es más que suficiente.

 

−¿Tendría un cigarrillo, Colmenares −pregunto el Padre Claudio

−Yo no fumo, Padre −respondió el policía

−Sí, claro. Lo sé −dijo el cura, mientras miraba la caja de cigarrillos que le aproximó Martín Romero −Gracias, Comisario −gracias agregó el cura luego de una leve sonrisa para con Martín Romero, y tomó un cigarrillo.

−Con que UD. está del lado despreciable de la especie, Padre. −dijo Martín Romero mientras encendía el cigarrillo que el cura se había llevado a la boca. Observó la boca larga y fina que, entreabierta, dejaba ver la hilera de dientes amarillentos.

−¿Cómo dice? −preguntó el cura

−El lado despreciable de la especie −volvió a decir Martín Romero, al tiempo que señalaba con la boca la bocanada de humo salida de la boca del cura.

−Ah, eso. Sí. Así parece… el lado despreciable,,, claro, claro. Los fumadores nos hemos convertido en seres despreciables, sin duda. La gente miente, azota, ofende; comete los actos más abominables contra el prójimo. Pero se preocupa porque el fumar es el peor de los vicios. Mire a este −y el cura señaló hacia el Moise, que había quedado a sus espaldas mientras hablaba al Comisario −nunca se ha fumado un cigarrillo en su vida, creo. Y ya lo ve. Un cigarrillo no sé cuantos minutos menos de vida. Pero hay vidas que… ya UD. ve.

 

El cura se volteó y, de espaldas a Martín Romero, se quedó mirando de nuevo al Moise. El negro ya se había terminado con el pan que le había dejado en las piernas, y el cura volvió adentro para darle la otra mitad. El negro ni se inmutó. El cura lo siguió mirando por largo rato. El Moise que todos llevamos dentro.

Años atrás no era así. No. Ese cura recién llegado a Buenaventura estaba lleno de voluntad y pasión. Bueno, bueno, no exageres. Voluntad puede ser, pero ¿pasión? Si siempre, en el fondo, no has sido sino un frío aristotélico empedernido. Bueno para razonar. No tan bueno para creer. En vano pasó aquel cura días enteros hurgando en los cajones de la doctrina a ver si daba con el antídoto que detuviera los efectos devastadores de aquel veneno que se extendía hasta penetrar los más recónditos rincones de su conciencia. Por donde se le mirase, la salvación era cuestión de orden, y él no era sino el reservorio de su propio silencio en rebelión. Serán los aires de Buenaventura. Sí, seguramente. Así dijiste aquel día en que se te ocurrió encaramarte en lo más alto del cerro con el propósito de calmar y ordenar tu mente. Mientras subías, te imaginabas entrar al cielo por la puerta de atrás y sorprender a los ángeles en su vacío eterno. Pero ya en la cima, viene el ventarrón, y por poco y no te larga de culo por el otro lado del cerro. Te imaginas cuántas interrogantes se te deben haber caído allí, en aquel fondo azul y quieto, mientras pataleabas sujeto a las rocas. Sí, han de ser los aires de Buenaventura. Qué más. Del otro lado las casas, regadas como piedras dejadas en la playa del tiempo según el ir y venir de un mar siempre eterno; sus techos, brillando como temporales cielos por entre las copas de los árboles para protegerse del cielo; sus mujeres y sus hombres, viviendo una vida miserable de cuerpo entero. Claro, han de ser los aires de Buenaventura, volvió a decir aquél cuya humana soledad era igual a la de todos, sólo que siempre había estado, como era de esperar, invadida por Dios.

El cura retornó a las afueras de la celda. Colmenares, mientras miraba dentro de la bolsa que el Padre Claudio había traído, dijo:

 

−¿Que seria de estos desgraciados si no fuera por gente como UD. Padre? −acto seguido, miró a Martín Romero, buscando su aprobación

 

Martín Romero sólo sonrió. No quiso agregar nada porque, para una faena de mal gusto, le pareció suficiente con lo que Colmenares acababa de decir. Pero lo suscribió con su sonrisa y su silencio. Por su parte, el cura calló, sin saber a dónde mirar ni qué decir, como si se reprochara por algo que faltara y hubiese olvidado. Pero bien sabía el Padre Claudio que nada había olvidado. Hubiera repetido mil veces el trayecto entre la iglesia y el comando, y sólo hubiese traído otros mil panes y mil pares más de zapatos viejos para salvar al negro.

 

−Bueno. Terminemos de una vez −dijo el Padre Claudio en tono áspero.

 

El hombre nuevo no era más que un mono caído del árbol del mundo mejor, vuelto a los más infames rigores de una historia que transcurría entre miseria y miseria. Hecho un ovillo, permanecía tras la reja, tal cual lo dejaron aquella noche, fragmento de historia a modo de montoncito de basura en un rincón y que hacía temblar los labios a quien pensara, como el cura pensó, en la palabra hombre. Martín Romero estaba más ocupado en prestar atención al cura que del mismo Moise. Y cuando lo vio blanco y de labios temblorosos, tuvo el impulso involuntario de sujetar a quien, supuso, se habría mareado. Pero lo detuvo su forma de mirar. Era una mirada firme, dura, casi impasible, que nacía de un estado ubicado al otro extremo del desvanecimiento que parecía apoderarse del resto del cuerpo. Mas que mirar, aquel cura parecía un general degradado pasando revista a la soldadesca de la humanidad que se disponía a fusilarlo.

 

−Vamos. No esperen, que éste no va a reaccionar por sí solo. −dijo el cura

 

Colmenares soltó el chorro de agua sobre el cuerpo encogido del negro. Así comenzó a deslizarse la grasa y la tierra pegadas. El cura lo tomó por los largos cabellos enmarañados y lo volteó poco a poco para que el agua alcanzase llegar a las distintas partes. El hombrecillo cedió; sin oponer la más leve resistencia se dejó llevar sobre sí mismo. El cura le espolvoreó el jabón por todas partes y empezó a estregarlo con el cepillo. Al rato, el cura se apartó del Moise y Colmenares terminó de quitarle el jabón con el chorro de la manguera. El Moise se quedó quieto, tiritando de frío, los brazos abrazando su enclenque tórax, de cara al rincón. De la bolsa que trajo el cura Martín Romero había sacado un pantalón recortado. La camisa blanca y los zapatos todavía enteros eran obviamente del cura. Ya bañado y vestido, le entregaron la bolsa con el resto de pan que el mismo cura había preparado. Salieron de la celda y caminaron junto a él. Colmenares lo tiraba del brazo cada vez que el Moise equivocaba la salida metiéndose por la primera puerta que encontraba. Ya afuera, lo colocaron de nuevo en la acera, y todos se quedaron viendo mientras se alejaba a lo largo de la calle.

 

−Se perderá de nuevo y volverá a aparecer en cualquier sitio, acaso muerto la próxima vez. −dijo el padre Claudio

−¿Está loco? −preguntó Martín Romero, sólo por escuchar lo que el cura tuviera que decir ante una pregunta así de boba.

−Cuando la condición humana está por debajo de lo humano, Comisario, eso no tiene importancia. En su caso, sería mejor que lo creyeran loco. Hizo bien en traerlo aquí, pero no permita que eso dure mucho. Pueden lincharlo. La mayoría de las personas aquí cree que el Moise es la reencarnación de algo maléfico que mora en las montañas de los alrededores. −dijo el Padre Claudio.

−Si, ya he escuchado sobre eso. Algo maléfico ¿Cómo qué? −preguntó el policía

−Cualquier cosa. No me haga repetir las sandeces con que la gente alimenta su miedo al más allá −respondió el cura.

 

Los dos hombres se pusieron a caminar en dirección contraria a la que se había marchado el negro. De vez en cuando volteaban para observarlo.

 

−¿Y qué con eso de que el Moise estuvo con los comunistas? −preguntó Martín Romero

−Una especie que el mismo Medina se encargó de regar hace mucho tiempo... −respondió el cura

−Veinte años. −interrumpió Martín romero

−¿Y cómo lo sabe? −preguntó el cura.

−Lo que oigo por allí. −dijo Martín Romero.

−Todavía lo recuerdo. Se diría que venia huyendo de las garras del mismo demonio. Me causa un poco de gracia recordar su cara. −dijo el cura

−¿En verdad iban a matarlo? −preguntó Martín Romero

−La verdad no lo sé. No puedo asegurar cuánto habrá de cierto en eso de que una vez fue secuestrado y que astutamente escapó del fusilamiento. Es sólo su versión. Todo quedó en las nebulosas. Según dijo, reconoció al Moise y al Indio, que para entonces eran unos muchachos. −Explicó el Padre Claudio

−¿Y UD. qué cree? −insistió el policía.

−No sé. Es posible. Lo digo por el Indio, siempre fue muy atravesado. El Moise sólo lo copiaba en todo lo que podía. Un día le dije que estaba loco, que para eso de jugar a la revolución había elegido el sitio equivocado. Imagínese, Buenaventura. Llevo aquí casi treinta años, y le digo que esta gente no sabe distinguir entre un comunista y un espíritu maléfico. Yo he querido hacer algo, no sé qué; en realidad, ya no lo sé. Se supone que para eso se es cura ¿no?, para hacer algo por la humanidad.

VLos comunistas también suponen eso. −aclaró el Comisario

−Sí, también. Pero cuando la humanidad es esta gente...

 

Antes de terminar, el cura volteó. Del Moise sólo quedaba un manchón difuso que se confundía con la sombra de la hilera de cocoteros apostados a lado y lado de la entrada del pueblo.

 

−Como sea, me parece que Medina exagera −dijo Martín Romero.

−Para Medina sirve todo cuanto le dé poder sobre los demás. Su más reciente ataque cardiaco, que lo tuvo durante casi una semana al borde de la muerte; ya no tarda en convertirse en una prueba de su capacidad de librarse de la muerte. Si UD. lo conociera como yo he llegado a conocerle, sabría bien de lo que hablo. Es el típico héroe funcionario forjado por la democracia. Dictadores en miniatura; eso fue lo que nos dejó la dictadura, uno en cada escritorio, puerta o bebedero de oficina pública. Ahora se la dan de postmodemos. ¿No ha tenido aún la oportunidad de presenciar el espectáculo de Medina estrenando su argot liberal? −preguntó el cura

−Sí. Creo que algo de eso. −respondió el polucía

−Si no, ya la tendrá. Causa risa ver como se le llena la boca de recetas a lo Adam Smith. mercado, antisindicalismo y demás manías de moda hoy en día. La globalización para arriba y la globalización para abajo, a la derecha y a la izquierda. Buenaventura, piensa él, dejará de ser este rincón olvidado y miserable del planeta para formar, ahora sí y como siempre dice, parte del mundo. −continuó el cura

−¿Lo ve? Otro que piensa en hacer algo por la humanidad. −dijo Martín Romero.

−Al final, quien sabe si la humanidad se la pasaría mejor sin sus bienhechores. −aseveró el cura. Calló por un momento, como si midiera su ánimo para seguir hablando. Luego continuó −No es que yo esté en contra del progreso, se lo aseguro. Pero cuando el progreso consiste en saltarse el atraso que supone la miseria, el retraso mental y la superchería es un crimen de lesa humanidad. Y cuando veo a estos fanfarrones del modernismo que, desde el más apartado rincón del planeta, pretenden sentirse parte del planeta por la mera repetición que hacen de las frases hechas, le juro que olvido mi condición de cura.

 

Cuando llegaron a la iglesia, el Moise ya había desaparecido completamente. De él sólo quedaba en Buenaventura lo que cada quien tuviera en la mente. El cura se detuvo e hizo la pausa que, según lo que pensaba el comisario, marcaba el fin de su discurso y precedía a la despedida. Martín Romero ya tenía preparadas en su boca las formales palabras, "hasta luego, ha sido un placer" o cualquier cosa por el estilo, cuando el cura, de manera automática y casi involuntaria, continuó:

 

−Nuestro siglo parece extraño, y lo es, pero sólo porque es la primera vez que lo vivimos. Se sorprendería quién tuviera la paciencia y disposición para ponerse a detallar la de cosas que se repiten una y otra vez.

−La verdad que en eso de creer que la humanidad es una sola, los cristianos llevan dos mil años de adelanto a nuestros modernos liberales −interrumpió sin querer Martín Romero. El cura, algo perplejo porque no esperaba una salida así del policía, y porque se sintió expresamente aludido por ella, continuó

–Yo me refería a eso de andar con los ojos deslumbrados por la tecnología y midiendo la vida en término de estadísticas y economía política. Es algo ya viejo; de por lo menos unos ...trescientos años; diría yo. Los hombres no son hombres; sino individuos, números que expresan fuerzas impersonales, bien la mano de obra, el crecimiento demográfico o el índice de analfabetismo. Pero, la verdad, ¿quién sabe para qué trabaja, procrea o aprende a leer y escribir? El hombre se toma cada vez más inútil en medio de un mar cada vez más profundo de cosas inútiles, fantásticamente eficientes...

 

La voz del cura se fue quedando ahogada en medio de la algarabía de un grupo de niños desarrapados que a esa hora iban llegando a la puerta de la iglesia. El grupo ya alcanzaba el número de ocho o diez, que se tiraban de los cabellos, brincaban, y vociferaban a todo pulmón. El cura se volteó a mirarlos, dejando ver en su mirada una mezcla de lástima y aburrimiento. Martín Romero, que hasta entonces estuvo escuchando mecánicamente lo que el cura decía, se ajustó la gorra y la sombra de la visera ocultó su rostro de un sol que ya comenzaba a mostrarse agresivo. Señalando hacia atrás con el pulgar de la mano izquierda, el cura dijo con obvia resignación, como quien confiesa una culpa, y que contrastaba con su entusiasmo anterior:

 

−Los preparo para la primera comunión.

 

Acto seguido se despidió, y el Comisario se quedó viendo cómo se acercaba a la iglesia mientras los niños, entre los que estaba su compañero patón del primer día, se adherían como insectos a los pantalones anchos del hombre corpulento y piernilargo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.