textos, pretextos y otras mentiras...

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Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Sin embargo, habría que comenzar preguntándose si acaso la severidad con la que solemos juzgar a Heródoto en este sentido no pasa por alto con mucha facilidad al menos dos cosas. Por una parte, que toda historia, incluso la de intenciones más objetivas, no escapa del todo a las redes de lo metafísico. Y, por otra, la significación del oráculo y lo divino en el contexto filosófico del discurso que fluye a través de los Nueve Libros. Yo podría acumular un montón de citas de Heródoto para que el inequívoco racionalismo que penetra toda su obra arroje suficiente sombra sobre tal ingenuidad y primitivismo a la hora de permitir el paso de lo divino en la comprensión de lo histórico. Así, al menos, lo que consideramos un defecto sería compensado con las facetas más bondadosas de su discurso desde un punto de vista racionalista. Pero no hay por qué ser condescendiente con Heródoto, ni perdonar lo imperdonable. No es el método de la balanza para medir desaciertos y virtudes el que interesa aquí, sino aproximarse lo más posible, sin cortesía ni disimulo, a un historiador que, como Heródoto, cree en el oráculo.

Ahora bien. esta actitud de creer y dar un lugar a lo divino como forma de comprensión de lo que se intenta hacer comprensible se corresponde con una época y una cultura en la que no se precisa ser ateo para reconciliarse con la razón. Dios (los dioses) y Hombre (los hombres) coexisten en el marco de la cultura antigua como parte de un mismo ciclo cósmico. La idea de Dios y Hombre como representaciones de lo eterno y lo perecedero. de instancias cósmicas diametralmente separadas y de naturaleza estrictamente disímiles, es propia de la era cristiana, pero extraña al humanismo de la Grecia Clásica. La muerte de dios, tan celebrada por los racionalistas desde el siglo XVIII, hubiese sido la más incomprensible alaraca para la mentalidad filosófica del mundo antiguo, que no tuvo, como aquellos, un dios que derribar para poder pensar libremente, vale decir, pensar en el hombre por el hombre. Así, Heródoto es un humanista para el que creer en el oráculo y reconocer la intervención de lo divino en la historia no es, como para nosotros en el marco del cristianismo, un problema de fe, sino de ser en el curso de lo histórico. Cuando actúan, las acciones de los dioses están implícitas en el torrente histórico, no son trascendentes al devenir, se despliegan y ejecutan en su seno. El dictamen divino, pese a su poderoso e ineluctable que pueda parecer, queda atrapado como destino en las redes de lo histórico. En el discurso de Heródoto Dios (los dioses) no está al margen de la historia, es mero agente de ella. En el marco de la cosmogonía griega, tan sensible al alto contraste entre ser y devenir, lo apolíneo y lo dionisiaco, la historiografía es un extraño subproducto que intenta recoger lo acontecido como noticia y lo eterno o verdadero como parte del acontecer, de su naturaleza. A lo primero lo llamamos hoy etnografía, y a lo segundo moralización, justificación metafísica.

Partiendo de este presupuesto general, el papel de lo divino en los Nueve Libros debe ubicarse en el contexto histórico y cultural que ellos representan. Se trata de un papel muy diverso, a través del cual Heródoto intenta ofrecernos a veces una caracterización antropológica, otras una significación filosófica, y no pocas en pocas oportunidades una sentencia moral. Así, el papel de lo divino en el discurso histórico de Heródoto puede plantearse como un problema cultural, como un problema intelectual, como un problema filosófico y ético .

Creer en el oráculo es un problema cultural, tanto como la devoción hacia Cristo o el dar por descontada la pureza de las vírgenes. Salvo que la historia se resigne a la mera crónica, que no es necesariamente mala historia, sino mas bien historia sin historiador, el discurso histórico parte de un complejo cultural y está, en consecuencia. históricamente determinado por él. Creo que todo el mundo estará de acuerdo en esto y que, por ende, sería innecesario extenderse sobre algo así. Sin embargo, no siempre nos acogemos a esta evidencia para ubicar en su justa perspectiva nuestra apreciación sobre un autor y su obra. Si el historiador es un agente de su propio complejo cultural y el conocimiento histórico que genera es, como decía Carr, el resultado de un diálogo entre pasado y presente, lo primero que habrá que deducir de la debilidades religiosas de Heródoto es la debilidad misma de la historiografía como producto cultural. A nosotros hoy aquella nos parece una historiografía pobre, y en cierto modo lo es, es decir, en el sentido histórico que tal pobreza supone. Heródoto vive una cultura que no cuenta con la riqueza y complejidad de los conceptos de una actividad intelectual como la de nuestras sociedades modernas, altamente especializada. Esta condición de ser de las culturas modernas puede ser tomada como virtud o decadencia, pero, en cualquier caso, es una realidad histórica que, normalmente, nos impone una perspectiva simplista de la simplicidad característica del mundo antiguo en general y del modo cómo éste se expresa en los Nueve Libros, en particular.

En una época en la que cada acción, trascendente, como la de ir a la guerra, o cotidiana, como la de cocer el pan, estaba adscrita a alguna forma de representación divina, debilidades intelectuales como las de la historiografía herodotiana no son de extrañar. Construido sobre un inconfundible racionalismo, el discurso herodotiano parece hacer aguas aquí y allá, cada vez que frente a una determinada situación o circunstancia humanas que el narrador parece tener por crucial, se traiciona a sí mismo apelando a la intervención divina. La historiografía nace en una época llena de mito, leyenda e ignorancia. Cuando Heródoto hace referencia a una fuente, menciona a Homero. Todo lo que relata se basa en testimonios orales reconstruidos según sus propias deducciones y representados literariamente según los patrones estéticos del drama.

Sin embargo, tales deducciones y representaciones se rigen por un estricto racionalismo, incluso hasta cuando tienen que ver con el papel de los dioses, sin el cual los Nueve Libros serian literatura maravillosa. El racionalismo de Heródoto, incluido los momentos en que su discurso historiográfico nos pasea por entre los entretelones de lo divino, queda claramente expresado cuando. por ejemplo, pone en boca de Temístocles la máxima según la cual los dioses favorecen la razón humana y pierden al insensato2. Aquí, la dimensión de lo divino se muestra al desnudo, sin secretos, y representa poco menos que una consecuencia o prolongación de la voluntad del hombre.

El caso mismo de la furia de Taltibio, acaso uno de los pasajes más citados cuando se quiere argumentar la debilidad de Heródoto frente al manejo de los divino3. la acción de los dioses no escapa al racionalismo de Heródoto. La muerte de los emisarios espartanos, hombres de noble cuna y alta condición moral, puede apreciarse en dos planos. El primero, el histórico, rigurosamente hablando, que no esconde ningún secreto, pues Heródoto se ha encargado de detallarnos el modo en que esta muerte tardía tiene lugar como consecuencia de una traición y a manos de una condena ejecutada por los atenienses. Desde el punto de vista estrictamente histórico el hecho, la muerte de los emisarios espartanos, está agotado, explicado hasta dónde le es dable a la historia explicar las cosas. Todo lo demás es accesorio como explicación en sí. Pero es tal el repudio del crimen cometido antaño por los espartanos, que ni siquiera Jerjes osa tomar una venganza que, de acuerdo a la máxima del “ojo por ojo y diente por diente”, lo rebajaría al nivel de los criminales, amén de que considera mucho más hiriente y cruel que éstos jamás lograsen purgar su pena. Así nos lleva Heródoto a un segundo plano, más de fondo y que trasciende lo estrictamente histórico, o lo redimensiona, y nos coloca frente a un problema moral, el de la justicia, que sólo adquiere la solemnidad que le quiere imprimir Heródoto a través de una evidencia divina. Es entonces que nos dice sin tapujos que la muerte de los emisarios espartanos es resultado de un acto divino. Pero la acción de los dioses no alberga, tampoco, ningún secreto. No es capricho ni incomprensible destino de lo humano, sino una expresión de la inapelable fuerza de la justicia. Aquí, habría que reconocer que, como moralista, Heródoto no se distancia mucho de autores como Marx cuando nos hablaba de la evolución hacia la sociedad sin clases como un problema de inevitable ciencia y justicia. De este modo, si es cierto que los emisarios espartanos murieron como consecuencia de que sobre ellos recayera la furia de Taltibio, la acción de los dioses, divina y todo, ha quedado atrapada en los hilos del humanismo que teje todo el discurso histórico de Heródoto .

Como problema intelectual, creer en el oráculo es también expresión de la siempre tan cuidadosamente observada tolerancia con la que Heródoto se conduce en sus apreciaciones sobre lo que relata. No obstante el entorno mítico y maravilloso en medio en el cual nace la historiografía, Heródoto no necesitó en su época, como Voltaire o Marx en las suyas, de arremeter intelectualmente contra lo religioso. Sabemos que sin dios muerto no hay liberalismo ni marxismo; ambas son filosofías que se nutren de la misma carroña metafísica. Pero el racionalismo herodotiano coexiste con los dioses sin ningún conflicto, en una época en que el humanismo, para ser tal, no requiere ni desentenderse de lo religioso, como fue el caso de la historiografía renacentista, ni sobreponerse y enfrentarse a ello, como fue el caso del racionalismo del siglo XVIII o el evolucionismo del XIX. Para Heródoto, los dioses y la creencia en los dioses son cosas sagradas, pero sagradas en el sentido profano, es decir, que no son sagradas por su propia naturaleza divina, sino porque son inherentes al comportamiento y condición humanos. A un dios se le respeta, más que por ser dios, porque hay hombres que creen en él como tal. Antes que un problema teológico dios es una problema cultural e intelectual. Leyendo a Heròdoto habrá que dar razón a Nietzsche cuando pensaba que dios es la huella antropológica más auténtica que un pueblo puede dejar de si mismo. Y Heródoto, antes que dejarse engañar por lo divino, es de los que cree en esta autenticidad histórica de lo divino .

Así, más de una vez veremos a Heródoto referir y transcribir oráculos sin que ello suponga que está dando fe de la veracidad de los mismos, bien porque simplemente señala la coincidencia entre un oráculo y los hechos. como en el caso de la asalto de Mileto por los persas4, bien porque el oráculo ha sido manipulado y encierra una estafa, como en el caso de los espartanos cuando intentan averiguar si Demarato es hijo de Aristón5. Hay momentos, incluso, en que la referencia al oráculo es una forma de recrear el miedo6 humano como emoción fundamental de pueblos y sociedades sometidos al constante vaivén del acontecer. En cualquier caso, como el mismo Heródoto lo afirma al referirse a un oráculo de Bacis que vaticinaba el resultado del enfrentamiento entre griegos y persas como el triunfo de la justicia sobre la soberbia, ”no puedo oponerme a los oráculos, porque no sean verídicos, pues cuando reparo en semejantes casos no quiero tratar de destruirlos, ya que hablan claramente”7, Aquí el mensaje del oráculo es el fondo cosmogónico que utiliza Heródoto para dramatizar la realidad del pasado y exponerla ante nuestro ojos como un enfrentamiento entre la libertad y el déspota invasor. En tiempos más recientes hemos visto interpretaciones semejantes respecto a las guerras mundiales que marcan la primera mitad del siglo XX, sin recurrir, desde luego, a la versificación del oráculo, pero con un trasfondo similar, encarnado en la idea de progreso o el ideario político de un líder, partido o nación.

Pero a no pasar por alto que el griego antiguo era sustancialista. Su cultura y pensamiento están enmarcados en un todo histórico sin principio ni fin, y condicionados por una percepción cíclica del tiempo según la doctrina del llamado eterno retorno. El oráculo expresa este drama cósmico que el hombre moderno cree haber conjurado a través de la teleología y la idea de progreso. Mas que expresión de un destino manifiesto, el mensaje del oráculo encierra cruel incertidumbre, duda sólo despejada a través de la acción humana y el ineluctable acontecer, cuando ya no hay remedio. El oráculo nos dice que algo acontecerá, e incluso nos vuelca de cara a sus insólitas consecuencias, pero las más de las veces lo hace en tan oscuro simbolismo que cualquier cosa puede ocurrir, cualquier cosa puede ser insólita consecuencia que siempre está supeditada al modo cómo el hombre se ha conducido. El destino no está escrito, el hombre lo desencadena no pocas veces a partir del error inadvertido, del azar más pueril. Mas que profecías, la pitia proporciona a los hombres enigmas de la más diversa naturaleza. El oráculo es uno de los usos culturales más característicos del mundo antiguo. Encierra un símbolo lo suficientemente totalizador, enigmático y sublime como para que los pueblos de la antigüedad sometieran a su interpretación los más decisivos asuntos militares y políticos, así como para que el historiador entretejiera en torno suyo un acontecer que, de otro modo, vagaría a la deriva en el torrente de un relato de escasa significación y esterilidad crónica.

La referencia a lo divino es, pues, múltiple y variada en los Nueve Libros, tiene distintos sentidos y, en general, sirve a Heródoto para recrear los hechos y asignarlos a una dimensión más amplia y generalizadora que, rescatándolos de la minucia cotidiana, les imprime fuerza y significación filosófica o ética. Por eso es que muchos de los oráculos que nos transcribe Heródoto nos suenan francamente artificiales, porque son, como el arriba señalado de Bacis, demasiado claros y precisos, forzados a decir lo que Heródoto quiere que digan, a trasmitir las verdades y significaciones trascendentes que Heródoto nos quiere trasmitir. Claro que este papel historiográfico del oráculo en Heródoto es confuso y sirve para los más diversos fines, no rigurosamente históricos. A veces representa la doctrina del eterno retorno en su más estricto sentido, como en el mencionado caso de Creso. Hay momentos en que Heródoto utiliza el mensaje divino como salvoconducto histórico para otras referencias de tipo filosófico y ético, en virtud de las cuales un determinado hecho particular se convierte en símbolo y expresión del todo cósmico, trascendente a lo humano e inseparable de él. Poder, justicia, equilibrio, tradición; los hechos de la trama histórica parecen entretejerse por entre los tensos hilos de fuerzas impersonales, que no pertenecen al plano de los minuciosos hechos histórico descritos. Así, por ejemplo, Glauco, tentado a quedarse con el dinero que le ha sido entregado en custodia, consulta al oráculo para averiguar qué castigo le puede costar esta acción inmoral. Glauco descubre que con la sola intención el crimen ya ha sido cometido, y en castigo es eliminada toda su descendencia8. Hay que señalar, además, que este tipo de referencias trascendentes no son transferidas al discurso historiográfico únicamente a través de la figura histórica del oráculo. Muchas veces, también, un personaje, por lo general los que reencarnan al sabio, como, por ejemplo, Solón o Artabano, o incluso el mismo narrador, cargan con el peso de lo filosófico y lo ético en el discurso historiográfico de Heródoto .

Así pues, el vicio herodotiano de creer en el oráculo se corresponde con el de cualquier historia que, más allá del relato de lo que pasó y del inventario de la acción humana, intenta aproximarnos a un sentido, una forma particular de coherencia concebida en el que dicho pasado se haga comprensible y, además, significativo. Para ello es preciso alejarse del campo de los hechos, tomar distancia de lo acontecido para contemplar el acontecer como naturaleza y entelequia. El historiador puede contar esclavos, electores o quintales de café, pero lo hace con la intención de hablar de la esclavitud, las elecciones o la economía, y a través de tales entidades proporcionar un perfil de lo humano en una dimensión ética o filosófica; libertad, justicia, etc. Siendo el tema de los Nueve Libros la voluntad humana en el despliegue de sus mas diversas y no pocas veces desconcertantes expresiones, el oráculo proporciona, en el estilo y uso de la literatura antigua, un medio idóneo para lograr tal significación Ciertamente la historia, y no sólo la de Heródoto, va al hombre, pero se torna más especulativa a medida que más se aproxima a él. Su mismo horizonte humanístico la traiciona y atenta contra sus estrictas pretensiones temporales y espaciales .

Así, como problema filosófico y ético, en los Nueve Libros los dioses y el oráculo representan la dimensión cósmica en que se desenvuelve el hombre histórico. Interpretamos mal el papel del oráculo en el discurso historiográfico cuando lo reducimos a la mera explicación histórica, pues, al hacer así, confundimos filosofía y teoría. En Heródoto hay filosofía, pero la misma simplicidad conceptual antes referida hace imposible la reconstrucción de una teoría, por no haber, como diríamos hoy, elementos de método. Las dilatadas, prolongadas y astutas consultas que Creso realiza al Oráculo de Delfos y el fatal dictamen siempre repetido de éste no son, historiográficamente hablando, de la misma naturaleza que las disertaciones racionalistas acerca del curso del Nilo. Aquí, Heródoto intenta explicar un fenómeno natural, allá proporcionarnos uno de los más contundentes conceptos que pueda hallarse del devenir según la cosmología griega antigua, Creso no se pierde a si mismo y su imperio por un capricho divino, el mensaje de la pitia no anuncia un destino a ser consumado, sino un enigma, la tentación cósmica que inspira al hombre Creso a construir su destino. El oráculo, pues, no explica la caída del Reino Medo, sino que la significa como expresión histórica de que todo lo que asciende cae, todo lo que es tiene como destino último dejar de ser, y de que cada cosa en este mundo cumple con esta máxima a través del despliegue de sus propias potencialidades y en el marco de sus históricas circunstancias, error y azar incluidos. Mas que explicar circunstancias particulares referidas a un hombre, un ejército o un pueblo. el oráculo las adscribe, las generaliza como expresiones de un todo cósmico regido por máximas fundamentales. Desde el punto de vista filosófico y ético, en los Nueve Libros el oráculo no es una explicación histórica particular, sino una forma de tomar distancia de las particularidades, de llevar la descripción de la voluntad humana a un éxtasis de significación y trascendencia.

De tal manera que, a modo de ilustración, podemos decir que el papel historiográfico del oráculo en la obra de Heródoto es equivalente al de la razón en la de Voltaire, la lucha de clases en la de Marx. el héroe en la de Carlyle. No nos dejemos confundir por las complejidades metodológicas de estas últimas y que permitieron desarrollar un aporte teórico tan importante para la historiografía moderna. Claro que, en el marco de una historiografía especializada, como suele ser cualquiera después de la de Heródoto, se le puede dar nombre preciso a lo que en los Nueve Libros aparece como mero dato confundido en el mar de datos. Pero si intentamos sumirnos en el contexto cultural apropiado, la utilización del oráculo se corresponde, pues, con un tipo de noción de rango filosófico y generalizador por si mismo, historiográficamente tan inútil como filosóficamente imprescindible para que el discurso historiográfico adquiera algún sentido más allá del mero acopio e información. Nadie, salvo por mojigatería ortodoxa que no se puede tomar en serio, pretende explicar este hecho o aquel según una íntima y directa conexión de causa y efecto entre máximas fundamentales. Marx escribe la Lucha de Clases en Francia y el 18 Brumario de Luis Bonaparte, trabajos que siguen siendo fuente fundamental para la historia política de Francia en el siglo XIX, tanto para marxistas como para liberales, sin mencionar la lucha de clases o el modo de producción. Pero, de alguna manera, todos sabemos cuando leemos un racionalista, un marxista o un romántico lo que estamos leyendo. Sólo no lo sabemos cuando leemos a Heródoto, quizás entre otras cosas, porque nadie nos enseñó a no ir contra los oráculos aunque no sean verídicos.

La palabra oráculo aparece 204 veces en los Nueve Libros. Aunque, por supuesto, Heródoto puede estar haciendo referencia a lo divino sin que aparezca el término, creo que este planteamiento inicialmente cuantitativo del problema puede orientarnos para seguir la pista de un historiador que, como Heródoto, cree en el oráculo, y tratar de reconstruir una visión de conjunto respecto a su uso como instrumento de significación e interpretación en el todo del discurso historiográfico. Lo primero que he hecho es clasificar el uso del vocablo según el contexto en el que aparece y las consecuencias que ello tiene para el desarrollo del relato .

De esta manera, he descontado aquellos casos en los que la mención de la palabra oráculo forma parte de una descripción general, es un detalle más, incluido en alguno de esos amplios y ricos inventarios etnográficos a los que Heródoto nos tiene tan habituados. Así, por ejemplo, en el Libro Segundo Euterpe, en lo fundamental de su extensión y de su interés dedicado a Egipto, aparecen un total de 37 menciones, las más de las veces referidas a descripciones de costumbres, tradición, lugares y templos de esta región. En el Libro Tercero, Talia, la aparición del término oráculo se limita a un total de siete menciones, estrictamente descriptivas, sin consecuencias para la especulación filosófica y el dictamen moral, salvo quizás las referentes a la muerte de Cambises9, que constituyen una dramática ilustración de cómo el destino de los hombres puede tejerse en base a los errores, la confusión y el azar. Las catorce menciones que aparecen en el Libro Cuarto se remiten fundamentalmente a descripciones etnográficas, la mayor parte de ellas referidas a orígenes étnicos y cuestiones poblacionales. Del total de las 22 menciones ubicadas en el Libro Quinto, Terpsícore, las relativas a Hipías y los oráculos de los Pisistrátidas10, y de las 16 del Libro Sexto, Erato, habría que considerar cinco11, como las del arriba citado caso de Glauco.

Descontado este tipo de casos, sin consecuencias para nuestro interés inmediato, que montan a 106, restan un total de 98 menciones de la palabra oráculo que si reúnen implicaciones evidentes dentro del discurso historiográfico que despliegan los Nueve Libros y que es menester considerar para evaluar el uso que hace Heròdoto del oráculo como valor cultural a través del cual darnos una dimensión significativa de las acciones humanas más allá de mero recuento de particularidades de las que se ocupan los personajes .

Lo primero que salta a la vista de este último tipo de menciones es su concentración en el todo del discurso, particularmente significativa en el Libro Primero. Clío12, y en los libros Séptimo, Polimnia; Octavo, Urania13; y en menor medida en el Libro Noveno14; Caliope. Éstas son, precisamente, las partes de la obra en las que Heródoto, alejándose un tanto de la inmediatez descriptiva y etnográfica que lo ocupa constantemente como narrador, toca lo que constituye los momentos mas cruciales de su relato: el ascenso de los reinos lidio y persa, en el Libro Primero, las guerras entre griegos y persas, en los libros Séptimo, Octavo y Noveno .

Tales son los dos escenarios del discurso en los que Heródoto intenta liberar al relato de las monótonas cadenas de la cotidianidad y el detalle, de manera que su historia pueda, así, mostrarnos cosas que en la historia no se ven, pero que Heródoto sabe que están allí, como parte del todo de la vida y la voluntad humana, significándola, no por sus acciones en sí, sino por la comprensión que el hombre logre de sus propias acciones. El oráculo es uno de los medios fundamentales que permite a Heródoto conducir el relato a un ambiente más propicio para la reflexión y el significado. Salvo el paradigma del hombre sabio, los destellos casi artificiales de sensibilidad de un monarca siempre más guerrero que sabio, y hasta la sabiduría propia del dicho popular, éste, el mensaje sabio aunque enigmático del oráculo, es prácticamente el único medio posible en el ambiente cultural e intelectual en que fueron escritos los Nueve Libros. La justicia y la fuerza, el orden y el equilibrio, la tradición y la felicidad, no son para Heródoto ideas, sino mas bien agentes históricos concretos implícitos en el accionar mismo de un devenir sometido a la dinámica del poder y el eterno retorno ¿De qué modo, si no a través de la sublime impersonalidad del oráculo, nos lo puede hacer saber?

Veamos estos dos escenarios en conjunto, partes fundamentales de la historia de Heródoto, y donde el oráculo parece jugar un papel tan importante .

Al parecer, el potencial de la expansión persa era lo suficientemente amenazador como para que Creso fuese distraído de la pena que, durante dos largos años, le ocasionara la muerte de su hijo y concentrara todo su ánimo en la posibilidad de arrasar Persia cuanto antes15. De súbito, prácticamente aquí se agota el cuadro histórico en el que Heródoto ubica el conflicto entre dos reinos del antiguo Próximo Oriente, lo que sin duda debe haber sido tan decepcionante para Tucídides, ya en su época, como lo es para nosotros en la nuestra. Echamos en falta esas fuerzas agentes fundamentales que, tanto en Las Guerras del Peloponeso, como en los más sofisticados tratados sobre imperialismo, subsumen este tipo de conflicto en una comprensión histórica racionalmente apropiada, al menos para nuestro gusto: la economía y el comercio, la política y la geopolítica etc, y que permite expresar a través de los hechos históricos concretos la condición de el poder como pathos del devenir .

Pero Heródoto nos deja con el pathos a secas, filosofía desnuda, enunciado sin teoría, y todo el relato histórico de la caída de Lidia y el ascenso de Persia queda encerrado en el clásico substancialismo del eterno retorno. Su interés en la caracterización y detalle de los hechos, si !o tuvo, como nos puede constar en muchos otros pasajes de su obra, queda paralizado en la escena del hombre Creso frente a la incertidumbre de expandir su ya dilatado y rico imperio, que nos ha descrito detalladamente en páginas anteriores. Si, luego de una inicial etnografía, el tema del Libro Primero, Clío, iba a ser la guerra imperialista entre dos reinos, no mas anunciado el conflicto el tema ha cambiado. La ambición, el azar y la necesidad humanas son su objetivo, de indudable contenido moral e ilustrado con las hechuras del acontecer que lo ocupa. Heródoto no ha abandonado la historia para dedicarse a la filosofía. Heródoto sigue en el relato histórico, pero todo lo que nos relata, entretejido por un casi interminable hilo oracular, son hechos históricos, no para ilustrar el conflicto lidio-persa, sino la esencia cósmica y siempre presente del eterno retorno.

En efecto. Apenas vemos a Creso asomarse por cima los muros de su depresión emocional, percibiendo el peligro que lo amenaza desde el otro lado de la frontera de su poderoso reino, y ya Heródoto nos vuelve de cara a la intimidad de los aposentos del rey que, según nos indica, se ha dedicado a averiguar la verdad que le deparan los oráculos. Y aquí el plural es importante, pues al parecer, la verdad es algo tan endeble y sutil que no es patrimonio de ningún oráculo en particular. Lo que Creso inicia antes de ir contra los persas es una auténtica encuesta de la opinión divina. Y esta encuesta es el fenómeno histórico que va a ocupar a Heródoto hasta la caída del reino Lidio .

Está claro que, inicialmente, Creso se mueve por una muy señalada mezcla de temor y ambición. Si uno toma en cuenta la descripción que hace Heródoto de su imperio y, además, se fija oportunamente en las sabias observaciones que hace Solón16 al rey acerca de la felicidad humana -que Creso no parece comprender apropiadamente- no encontramos otra razón, según el relato de Heródoto, para comprender la necesidad de Creso de ir contra los persas. Este impulso inicial, constante, propio y característico de la voluntad humana, coloca al hombre en las más complejas y previamente indeterminables circunstancias. El hombre actúa, porque siempre actúa, y lo hace en medio de la incertidumbre, aún en aquellos casos, como el de Creso al final de su encuesta, en que cree conocer la certeza de sus decisiones.

Antes de tomar la decisión final de ir contra los persas, Creso recibe y examina las innumerables respuestas que durante dos meses han estado recogiendo sus emisarios en distintas partes de Asia. ¿Cuál debió considerar Creso la acertada, y en base a qué criterio? Heródoto nos dice no conocer ninguna, salvo la de Delfos17, que transcribe y que Creso tomó por verídica, dada la coincidencia según la cuál éste oráculo, el de Delfos, era el único que sabia lo que él estaba haciendo mientras esperaba. El oráculo de Anfiarao, que Heródoto desconoce como los demás, también según indica, fue juzgado por Creso como verídico.

En cuanto a los resultados de esta encuesta en particular, tal cual nos la pinta Heródoto, hay que señalar dos cosas significativas. La primera: Heródoto, inicialmente, siempre deja la veracidad del oráculo en manos del parecer del personaje. La segunda, el oráculo no es, de por sí, verdad o falsedad, es sólo enigma. De tal manera que, dicho en otros términos, el relato de Heródoto no se ocupa del oráculo y su verdad contenida, sino del modo cómo el hombre construye las verdades que, consideradas tales, coadyuvan a su acción. El tema en este caso es la voluntad humana, sometida a la incertidumbre y en un intento incansable por librarse de ella. Existen diversidad de oráculos, así como diversidad de opiniones sobre la veracidad de cada uno. La veracidad del oráculo es un hecho histórico menor, en comparación con la incertidumbre humana frente al hecho de! transcurrir. En su imperfección, Heròdoto aquí ha entrado de lleno en la dimensión tabú para todos los modelos históricos perfectos desarrollados desde Tucídides: el azar, frente al que toda teoría palidece, solo lejos del cual florece la sensación intelectual de estar ajustando el devenir a una explicación racional apropiada

Heródoto aprovecha su relato sobre Creso para dramatizar al extremo esta dimensión de lo histórico visto desde el ángulo de la voluntad humana y el azar. Creso, prologando su encuesta con la consulta a los oráculos que le son más complacientes respecto a sus intenciones de expansión sobre los persas, va consolidando la certeza de que su decisión es la correcta18. Incluso. y en función de ello. tal y como le había sido indicado en alguna de sus consultas, estableció alianza con los griegos, particularmente con Esparta19. Al final, Creso está presto a ir contra Ciro. Su decisión no ha sido tomada a la ligera, sino tras un prolongado período de tenaz paciencia y concienzuda espera.

Sin embargo, Creso cae ante los persas. Se pierde para siempre su Imperio y se inicia la hegemonía de uno de los más poderosos imperios del Próximo Oriente, el mismo que, a la larga, se enfrentará con Grecia. En la ruina, Creso se queja de su cruel destino ¿acaso no había indicado el oráculo que destruiría un gran Imperio? Las dudas se despejan racionalmente, aunque Heródoto lo vuelve a poner todo en boca de la Pitia

...Por lo que hace al oráculo no tiene Creso razón de quejarse. Lo que se le predijo fue, si hacia la guerra a los persas, destruiría un gran imperio. Ante tal respuesta, si había de resolverse sabiamente, debía enviar a preguntar de cual de los dos imperios se trataba si suyo o el de Ciro. Si no comprendió la respuesta ni quiso volver a preguntar échese la culpa a sí mismo ...

Pese al ambiente mágico, el racionalismo es brutal. Una vez más estamos ante una intervención de lo divino atrapada en las redes del humanismo historiográfico de Heródoto, que no logra, o no quiere, desentenderse del azar como dimensión implícita en lo histórico y frente al cual hacen aguas los mas sólidos criterios de causalidad.

Las circunstancias en las que se produce el enfrentamiento greco-persa están igualmente carentes de lo que los historiadores modernos llaman contexto, a menos que se entienda por tal una similar descripción de situaciones aparentemente aisladas y que, el final, son las que, en conjunto, han conducido a la guerra. Este contexto, en el que los mensajes del oráculo desplazan nuestra atención de un lado a otro, proporciona la sensación de gravísima inestabilidad, fuente fundamental de incertidumbre en la que Heródoto ubica, más que el conflicto en sí mismo, la actitud humana ante el inminente escenario de la guerra.

Este contexto es inicialmente ilustrado en el párrafo VII 620, en que Jerjes aparece sometido a las presiones de los reyes de tesalia, así como a la de los Pisistrátidas, incluido entre estos un tal Onomócrito, un adivino, suerte de exiliados del régimen ateniense donde, para entonces, reinaba Hiparco. Lo único que Heródoto indica respecto a tales presiones es el que Onomócrito sólo hablaba al rey persa de los oráculos que le eran de mayor beneplácito. Jerjes actúa, como es normal en estos casos, movido por su ambición como monarca pero también es, al parecer, en cierta medida, victima de un engaño, proveniente de individuos que, enemistados con Grecia, favorecen la decisión de intentar su conquista.

Visto desde el otro lado del conflicto, el contexto es ilustrado inicialmente en el párrafo VII, 14021, luego de una breve introducción en la que señala que la salvación de Grecia se debe al papel de la armada ateniense22, nos exalta e! valor ateniense en medio de los más espantosos y terroríficos oráculos. Aquí, en cuanto tiene que ver con el planteamiento de! contexto, el uso del oráculo adquiere un valor adicional como instrumento estético que acentúa una atmósfera turbulenta, fuente del temor humano. El hombre teme, y es este temor sublime, de raíces cósmicas, en medio del cual debe tomar las más cruciales decisiones, el constante corolario de su voluntad. El primer oráculo que nos refiere Heródoto respecto a la Atenas que mira hacia el amenazador oriente es completamente desolador: muerte y extinción es lo único que haya la pitia23 en el destino ateniense. Un segundo oráculo proporciona a los atenienses una tan lejana como enigmática esperanza: la que hace referencia al inexpugnable muro de madera24.

Con esto ya Heródoto ha colocado a sus personajes donde los quiere, y a nosotros a decidir si vale la pena haberlos colocado allí, en ese escenario tan inaprensible para un historiador, por todo lo que éste tiene que arriesgar en términos de comprensión del fenómeno descrito. Pero Heródoto sigue constante en su tema, que aquí, al igual que el caso de Creso, no es en realidad la guerra, ni desde el punto de vista militar (área en la que Heródoto, a diferencia de Tucídides, ha dejado clara constancia de su incompetencia) ni desde ningún otro punto de vista que no sea el de la voluntad humana enfrentada a un tan posible como incierto destino

Este es, nos guste o no, el contexto y el interés historiográfico de Heródoto. Tan legítimo como haber tratado la problemática económica, política, social, cultural implicada en la guerra, aspectos estos que, cuando aparecen en su obra, Heródoto parece sólo describir como de interés meramente etnográfico. Heródoto ha despojado al tema de aspectos sin duda importantes, pero nos equivocamos al pensar que con ello lo ha empobrecido, aunque a nosotros nos parezca así. Al contrario, lo ha despojado de lo que él considera minucia cotidiana (¿y qué otra cosa son la economía…?) para convertirlo en síntoma de una época, expresión de un ciclo cósmico. Esta guerra va a ser un momento crucial del acontecer humano, no por las inmediatas razones políticas o económicas o geopolíticas que conducen al Reino Persa a expandir sus fronteras, o por las genialidades tácticas de los estrategas atenienses en lucha a muerte por salvar la patria y el pellejo. Esta guerra es un momento crucial, sublime del acontecer humano por el modo en que en ella confluyen fuerzas fundamentales implícitas en la idea misma que Heródoto tiene de la voluntad humana como fuente constante e inagotable del devenir. Desde este punto de vista, éste es un enfrentamiento entre dos formas de vida, dos realidades culturales: la tendencia monárquica del Próximo Oriente y la libertad de la polis griega, sin que la simpatía de Heródoto por esta ultima signifique un desprecio o desvalorización de aquélla.

Podemos acusar a Heródoto de haber conducido su tema a una dimensión excesivamente especulativa, en el mismo sentido que a Voltaire de pensar que el siglo XVIII fue, junto con el mundo antiguo y el Renacimiento, la tercera gran época de una historia universal que sigue la dinámica de la razón, pero jamás podemos acusarlo, como tampoco a Voltaire, de haber empobrecido su tema histórico, o de no haberlo comprendido o, simplemente, dejar la historia en manos de los dioses. Y así como Voltaire consideraba que la historia, al igual que el teatro, debía representar un nudo inicial, un desarrollo y un final, y se inspiró en Moliere, Heródoto también basa su discurso historiográfico en un modelo dramático. Esquilo es su Moliere. Y el oráculo juega un papel fundamental en esta dramatización, pues constituye la llave para que la menudencia de lo histórico abra las puertas de lo cósmico y sus grandes dictámenes en el orden estético moral y filosófico.

Ejemplo de ello lo encontramos en el mismo libro séptimo cuando, a propósito del segundo oráculo, que vaticinaba, como se ha indicado, una tenue luz en comparación con la total oscuridad del primero, los atenienses se entregan a una discusión de interpretaciones que, una vez más, coloca la intervención divina en el discurso de los Nueve Libros en el plano del racionalismo y las conjeturas25. Divididas las opiniones entre quienes consideraban que lo del “muro de madera” simbolizaba la antigua acrópolis de Atenas circundada por una empalizada y, en consecuencia, sólo quedaba abandonar la ciudad, y quienes consideraban, como Temístocles. que se refería a las naves atenienses y que, por lo tanto, lo que había era que prepararse para luchar por mar, triunfa este último parecer. En este sentido, el heroísmo de Temístocles, que Heródoto se encargará de resaltar mas adelante, está directamente vinculado a la facultad humana de discernir, pese al anuncio de las más terribles circunstancias. Heródoto pone a Temístocles a observar un detalle pasado por alto por los intérpretes y los ancianos, y según el cual si el oráculo fuese, como pensaban algunos, expresamente desfavorable para los atenienses y la guerra por mar, no hablaría de ”sacra Salamina”, sino de ”fatal Salamina”. Previamente, a propósito del enfrentamiento con Argos y gracias al mismo Temístocles, Atenas había ahorrado dinero y construido 200 barcos, con lo que se había convertido en la primera potencia naval de la Hélade. Si uno sigue a personajes como Temístocles, en el caso de las crisis bélica, o a Solón o Artabano, en el caso de las reflexiones filosóficas acerca de la conducta humana, pareciera haber en Heródoto una constante en deducir la acción humana del enfrentamiento entre incertidumbre y razón, pasión y sensatez. Ya hemos visto antes a Temístocles (y esto corresponde ya al libro Vlll)26 afirmando que hasta los dioses ayudan al hombre sensato y pierden al insensato. Yo creo que, en este sentido, el papel asignado por Heródoto a los dioses representa en su discurso un reconocimiento de la razón, inteligencia y valor humanos.

Circunstancias naturales como la acción de los vientos, que hunden la flota persa fondeada cerca de Salamina27, o arrastran los restos de naufragio de Salamina a las playas de Colíade28 y coinciden con oráculos anteriores, algunos muy antiguos y que habían sido pasado por alto por los griegos, son un componente estético importante del relato y que proporcionan al mismo una atmósfera de conjunto a la que quedan suscritos detalles que de otra manera aparecerían como meras menciones aisladas, y lo enriquecen. A veces, también, la misma inteligencia humana se vale del miedo que sabe pueden infundir los oráculos en el hombre, y utiliza dicho miedo a favor de sus planes concretos. Tal es el caso de los atenienses que, mientras se entrevistan con los embajadores enviados por Mardonio para proponerles una alianza con los persas, pacientemente esperan la reacción de los espartanos que, según sus propios cálculos, se aprestarían a aliarse inmediatamente con Atenas y evitar así un acuerdo que sería fatal para Esparta29. Los Lacedemonios, nos dice Heródoto, temían un antiguo oráculo que vaticinaba el que serian expulsados del Peloponeso por los bárbaros y los atenienses. Tal es el caso también de Tisárneno30 para adquirir la ciudadanía espartana. Mardonio va a la batalla final contra los griegos forzando como respectivo a los persas un oráculo que, según Heródoto, había sido pronunciado respecto a los ilirios31 y que, interpretado según Mardonio, si los persas no saqueaban el templo de Delfos, ganarían la batalla. Cómo fuese, el propósito de Mardonio era asegurarse ia adhesión de Ias opiniones a favor de su decisión de dar batalla a los griegos, y lo consigue.

Así comienza la larga víspera en que ambos ejércitos, ubicados en sendos campamentos, uno frente al otro, protagonizan una de las más prolongadas y agotadoras esperas, y de la que Heródoto nos ofrece una detallada descripción, de muy escaso aporte para la historia militar y política, pero muy rica y magistral como cuadro psicológico de la conducta humana dominada por el temor y la incertidumbre. Por último Mardonio, muerto en el campo de batalla, salda la deuda de los persas con los lacedemonios, que habían perdido al rey Leonidas en Maratón32. Esto estaba, desde luego, ya indicado por los oráculos. Puede uno captar en toda su intensidad la hasta entonces disimulada ironía por parte de Heródoto de colgar en el vacío un pasaje anterior en que Jerjes (que para entonces ya ha abandonado Grecia y dejado a Mardonio al frente de la empresa), cuando los embajadores espartanos, según dictamen del oráculo, van a pedir reparación por la muerte de Leonidas, responde ”Pues bien, Mardonio, aquí presente, dará tal reparación como a aquellos corresponde”33.

Heródoto cree en el oráculo. Más si leemos con atención, nos ubicamos en el contexto cultural y el contexto que Heródoto mismo nos proporciona como historiador, esto no es una manera de echar a perder el relato con fantasías míticas. Su noción de imperialismo, o de guerra imperialista toma por mera minucia lo que para nosotros es esencial a la explicación histórica: la economía, la geopolítica, la estructura social, la estrategia militar. Heródoto no. Él se dedica a lidiar con el ambiguo drama entre el hombre y nada. El hombre vive la existencia como en medio de un bosque encantado, las voces del oráculo lo acosan, e intimidan la incansable voluntad humana que ha de medirse día a día con la incertidumbre. Y cuando Heródoto va a las descripciones concretas uno parece estar en un museo de antropología, pero no en el escenario geopolítico de una guerra imperialista. La verdad sólo a Heródoto se le ocurre perder paginas enteras en describir la vestimenta de la soldadesca que, según orígenes étnicos integraban los ejércitos griego y persa en las guerras médicas.

Tenemos todo el derecho de sentirnos alejados de algo así, de perder el interés por el modo en que Heródoto se interesa en los procesos más importantes de su historia. Pero hay que entender que, en verdad, el tema de los Nueve Libros no es las guerras médicas. sino, más bien, la voluntad humana. Por eso, seria un total despropósito tildarlo de ingenuidad y primitivismo, mas aun si se entiende por tal, como creo que puede entenderse en la mayoría de los casos, de falta o debilidad de su racionalismo.

Ciertamente Heródoto es un historiador muy próximo a la barbarie y su grado de ingenuidad corresponde al de una cultura muy próxima a la barbarie. Pero acaso tal barbarie fue la que le permitió aproximarse al abismo del que, históricamente, ha huido toda la historiografía posterior: la incertidumbre y el azar como instancias del devenir. Cualquier historiador moderno ya sabe que allí nada tiene que buscar. Los más sutiles criterios de causalidad, las más sofisticadas y duras teorías son, como sabía Carr, mudos reflejos de nuestra impotencia para sistematizar el azar. Heródoto ve hacia aquello de lo cual nos hemos desentendido los modernos. El oráculo es un instrumento fundamental de esta visión. Heródoto no nos dice nada de la guerra más importante de su época, y sin embargo, nos lo dice todo. Quien sabe si su ingenuidad sea mero e incomprensible coraje.

1Los espartanos, con el propósito de reparar la ofensa hecha a los persas en tiempo de Darío, enviaron a Jerjes emisarios que ofrecían su vida por la de los emisarios persas muertos tiempo atrás (véase Heródoto VII.134, 135). Sin embargo. aunque Heródoto caracteriza a los emisarios como hombres nobles, la muerte de los emisarios de Darío. cuando, en su momento, exigían a los espartanos, como a otros griegos, tierras y apoyo para el ejército, es considerada por Heródoto una imperdonable y degradante infamia. El mismo Jerjes se niega a cometer un acto semejante en compensación. “Jerjes respondió con grandeza de alma que no imitarla a los lacedemonios, ellos por haber matado a los heraldos habían trastornado las leyes de todas las gentes, pero él no cometería lo que reprendía en aquellos ni matando a su vez a los enviados, absolvería de culpa a los lacedemonios” (Heródoto, VII,136). Aunque los enviados salen ilesos de manos lo persas, morirán más tarde, traicionados y condenados a muerte en Atenas. Esto es, para Heródoto un acto de justicia implacable “...es claro para mi que fue suceso divino, acontecido a consecuencia de aquella ira. Porque los mensajeros enviados por los lacedemonios al Asia, traicionados por Sitalces. hijo de Tereo, rey de Tracia, y por Ninfodoio. hijo de Pites, ciudadano de Abdera, fueron hechos prisioneros cerca de Bisante, la del Helesponto, y conducidos al Atica, fueron condenados a muerte por los atenienses y, con ellos Aristeas, hijo de Adimanto, ciudadano de Corinto. Pero todo esto sucedió muchos años después de la expedición del Rey” (Heródoto, VII.137)

2…”cuando los hombre forman planes razonables, por lo general suelen cumplirse; pero cuando no forman planes razonables, ni Dios suele favorecer los designios humanos. (Heródoto, VIII, 60)

3Véase, por ejemplo, Víctor Sanz. La Historiografía en sus textos, pp. 74

4”Vencedores los persas de los jonios en la batalla naval sitiaron por mar y tierra a Mileto, cavaron galerías bajo sus muros y aplicaron todo genero de maquinas. La tomaron totalmente a los seis años de la sublevación de Aristágoras y la esclavizaron y así coincidió el desastre. con el oráculo acerca de Mileto (Heródoto VI,18) Porque consultando los argivos en Delfos acerca de la conservación de su propia ciudad. Les fue dado un oráculo común, que aludía en parte a los argivos mismos, pero que intercalaba uri vaticinio para los milesios. Mencionaré la parte tocante a los argivos, cuando me halle en ese pasaje de mi historia. Lo que pronosticó a los milesios que no se hallaban presentes, dice así: Y en ese día Mileto, tú que urdiste malas obras, de muchos serás convite. de muchos presa brillante. Tus esposas lavarán los pies de muchos entonces, y vuestro templo de Didima caerá en manos extranjeras. Todas estas calamidades cayeron entonces sobre los milesios, cuando los más de los hombres murieron a manos de los persas que llevaban pelo largo, sus mujeres e hijos fueron reducidos a la condición de esclavos, y el santuario de Apolo en Didima, con su templo y con su oráculo, fue saqueado y quemado. Muchas veces, en otra parte de mi historia hice mención de las riquezas de ese santuario (Heródoto, VI,19)

5Al cabo, como se producían contiendas sobre ello, resolvieron los espartanos interrogar al oráculo de Delfos, si era Demarato hijo de Anston. Formulada la pregunta a la Pitia a instigación de Cleómenes, éste se ganó a Cobón, hijo de Aristofanto, el hombre rnás poderoso de Delfos, y Cobón persuadió a la profetisa Periala a decir lo que Cleórnenes quería que dijese así, cuando le interrogaron los enviados, respondió la Pitia que Demarato no era hijo de Aristón. si bien tiempo después se descubrió la trama, Cobón fue desterrado de Delfos, y la profetisa fue privada de su cargo (Heródoto, VI,66). Véase también Heródoto, Vlll,132.

6Sabido esto por los argivos. acudieron a la costa, al llegar cerca de Tirinto, en un lugar llamado Hesipea, plantaron sus reales frente a los lacedemonios, dejando entre ambos un corto espacio. Los argivos no temían la batalla campal, pero si temían ser tomados por fraude, pues a eso aludía un oráculo que a ellos y a los milesios había vaticinado la Pitia, y que decía así. Pero el día que la hembra venza en la batalla al macho, le arroje y gane renombre entre todos los argivos. muchas mujeres de Argos desgarrarán sus mejillas y así dirán a la vez entre las gentes futuras ”La sierpe de triple espira pereció bajo la lanza” Todas esas circunstancias reunidas inspiraban miedo a los argivos A ese propósito decidieron valerse del heraldo del enemigo, y una vez resuelto hicieron así: cuando el heraldo espartano daba una señal a los lacedemonios también hacían los argivos lo mismo..Véase también Heródoto. VIII 141

7Heródoto, VIII, 77

8Heródoto, VI, 85

9Véase Heródoto III,64, III.65 y III,66 donde Cambises, violento y cruel conquistador de Egipto que, según dictamen del oráculo, pensaba que moriría viejo en la ciudad de Ectabana, en Media, En efecto, accidentalmente va a morir en Ecbatana pero de Siria. Además, Cambises ha asesinado innecesariamente a su hermano por haberlo creído una amenaza para su permanencia en el trono. Estos párrafos resaltan de manera dramática el modo cómo el destino de los hombres puede tejerse según la error y el azar.

10Heródoto V,90, V,91 V,92: V.93

11Heródoto, VI,18; VI,35. VI,66, VI,76 VI,85

12De un total de 48 menciones del término oráculo, solo ocho son meras indicaciones etnográficas. De las 40 restantes, 36 integran una ilación importante para sostener la historia de Creso y el Imperio Lidio frente al ascenso del imperio persa. Las otras cuatro están vinculadas a la expansión Persa, por entonces un problema menor en la historia de Heródoto.

13Entre los libros Séptimo y Octavo se suman un total de 48 menciones del termino oráculo, 44 de ellas pueden ser consideradas de significación filosófica y ética, particularmente referidas al conflicto entre griegos y persas.

14En las menciones del Libro Noveno. en total 12, sólo cinco pueden ser consideradas con significación, y pueden ser consideradas una mera prolongación de las indicadas en el libro anterior, pues tratan de la muerte de Mardonio, el estratega persa, que es tenida por Heródoto, según dictamen del oráculo, justa compensación por la muerte, del lado griego, de Leonidas en las Termópilas.

15Creso, privado de su hijo, permaneció dos años entregado a su gran dolor, luego la destrucción del imperio de Astiages. hijo de Ciaxares, por Ciro, hijo de Cambises, y la prosperidad creciente de los persas, suspendió su duelo y le indujo a cavilar si de algún modo podría abatir a los persas antes que aumentase su poderío. Con esta idea, puso a prueba la verdad de los oráculos tanto de Grecia como de la Lidia, y despachó diferentes comisionados a Delfos, a Ahas, en la Fócide y a Didima. También despachó comisionados a los oráculos de Anfiarao y de Trofonio, y al de los Bránquidas en el territorio de Mileto. Éstos fueron los oráculos griegos que Creso envió a interrogar y mandó otros consultantes al templo de Ammón en la Lidia. Los enviaba para poner a prueba lo que sabían los oráculos, y caso de hallar que sabían la verdad, para preguntarles con una nueva embajada si emprendería la guerra contra los persas ’ (Heródoto I. 46)

16Heródoto. I,32

17Heródoto 1,47; 1,48; 1,49

18Heródoto 1,53. l,54 I 55.

19Aquí Heródoto aprovecha para dar una panorámica de la situación que. para entonces vive Atenas. en el marco de la tiranía y Esparta. con las reformas de Licurgo Vease Herodoto, I,64 I,65; I,66, I,68

20Así hablaba Mardonio, porque era amigo de novedades y porque deseaba ser gobernador dc Grecia. Y con el tiempo logró su intento, y persuadió a Jerjes a la empresa, concurrieron también otros accidentes que contribuyeron a persuadir a Jerjes. En primer lugar, llegaron embajadores de Tesalia, de parte de los Alévadas, invitando al rey con todo empeño a marchar contra Grecia (eran estos Alévadas los reyes de Tesalia) En segundo lugar, los Pisistrátidas que habían venido a Susa sostenían las mismas razones de los Alévadas, y por añadidura le solicitaban con algo mas, porque habían venido a Susa trayendo consigo a Onomicrito de Atenas, adivino y de los oráculos de Museo, con quien habían hecho las paces. Había sido Onomicrito expulsado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, porque Laso de Hermiolia le había sorprendido en el acto de interpolar entre los oráculos de Museo uno acerca de que desaparecerían en el mar las islas adyacentes a Leirir>o. Por eso le haba expulsado Hiparco, aunque antes había tenido gran trato con él. Pero entonces había acompañado a los Pisistrátidas, y siempre que llegaba a la presencia del Rey, ante quien los Pisistrátidas le hacían reverentes elogios, recitaba algunos oráculos y si había algo que significase al bárbaro alguna calamidad no decía nada de ello, sino que. escogía los más felices, decía que un persa había de echar un puente sobre el Helesponto y explicaba la expedición a éste, pues, le hostigaba con sus oráculos, y los Pisistrátidas y Alevadas con sus pareceres.. Heródoto, VII, 6.

21Heródoto, VII, 140 y siguientes

22Aquí me veo obligado a manifestar una opinión que será odiosa a la mayoría de la gente, no obstante, como me parece verdadera, no la callaré Si los atenienses. espantados ante el peligro que venía sobre ellos, hubieran desamparado su tierra, o sin desampararla y quedándose en ella, si se hubieran entregado a Jerjes, nadie hubiera intentado oponerse al Rey por mar. Y si nadie se hubiera opuesto por mar a Jerjes, por tierra hubiera sucedido así aunque se hubiesen levantado muchas ”corazas de muros”, a través del istmo del Peloponeso, al ser traicionados los lacedemonios por los aliados (no de grado sino por fuerza, ya que cada ciudad hubiera sido tomada por la armada del bárbaro), hubieran quedado solos; y solos, tras realizar grandes proezas, hubieran muerto noblemente. O de este modo lo hubieran pasado o bien, viendo antes que los demás griegos favorecían a Jerjes, hubieran pactado con el. Y así, en ambos casos, hubiera caído Grecia en poder de los persas; pues no alcanzo a comprender de qué hubieran servido los muros levantados a través del istmo, si el Rey hubiera dominado en el mar. Así, pues, quien diga que los atenienses fueron los salvadores de Grecia no faltara a la verdad, pues la balanza se inclinaría a cualquiera de los lados a que ellos se hubieran vuelto, Habiendo decidido mantener libre a Grecia, ellos fueron quienes despertaron a todo el resto de Grecia que no favoreció a los persas y quienes, con ayuda de los dioses, rechazaron al Rey. Los oráculos espantosos y terroríficos que venían de Delfos no les ”persuadieron a abandonar a Grecia. Antes bien permanecieron y osaron enfrentar ai invasor de su país.

23...habían enviado los atenienses a Delfos sus delegados, dispuestos a consultar el oráculo, y a ejecutar en el templo los actos prescritos, cuando entraron y se sentaron en el santuario, la Pitia, por nombre Aristonica. vaticino así: Miserables. descansáis? Huid al confín de la tierra, dejad casas y ciudad. muro redondo y alcázar. Ni está firme la cabeza ni queda ya firme el cuerpo, ni pies, ni manos, ni pecho, todo muere, todo abrasa ei fuego y Ares veloz que avanza en su carro sirio. Mucha almena arrasará, que no tan solo las tuyas, y dará al fuego voraz muchos templos de inmortales que ahora manan sudor, estremecidos de espanto Negra sangre se derrama por lo alto de las techumbres, presagio de ineluctable calamidad. Salid digo, del santuario, y esparcid tristezas sobre vuestra alma (Heródoto. VII, 140)

24…”No puede Palas Atenea propiciar a Zeus Olimpio, aunque elocuente le implora con densa sabiduría. Mas te diré nuevo oráculo sólido como diamante: mientras yazga en cautiverio cuanto abarca la montaña de Cécrope. y las gargantas del divino Citerón, Zeus el de voz anchurosa otorga a Tritogenía que perdure inexpugnable sólo un muro de madera. refugio que ha de salvarte y ha de salvar a tus hijos. No tú aguardes sosegado las huestes innumerables de infantes y de jinetes que de allende el mar avanzan. Cede el paso, da la espalda, que ya les saldrás al frente. Y tú, sacra Salamina, matarás hijos de madres cuando esparza las espigas Deméter o las reúna. (Heródoto, VII, 141)

25Heródoto. VII. 142; Vll.143. VII.144. VII.14

26Heródoto VIII,60 y siguientes

27Cuéntase que los atenienses, movidos por una profecía, invocación ai Boreas, que le había llegado otro oráculo que les aconsejaba llamar como aliado a su pariente politico. Y el Boreas, según la tradicion de los griegos, tiene por esposa a una mujer atica, Oritia, la hija de Erectco. Conforme a este parentesco, es fama que los atenienses, conjeturando era el Bóreas su pariente politico, cuando desde su puesto en Calcis de Eubea, advirtieron que arreciaba la borrasca, o aun antes. sacrificaron e invocaron al Bóreas y a Oritia para que les socorriesen y destruyesen las naves de los báibaros, como lo hahian hecho antes cerca del Atos. No puedo decir por qué causa cayó el Boreas sobre la escuadra fondeada de los barbaros; pero los atenienses sostienen que asi como les habia socorrido en aquella primera ocasión también entonces fue el Boreas quien hizo aquel estrago, y de regreso levantaron al Bóreas un santuario a riberas del lliso (Herodotu, VI I : 89)

28Cuando cesó la batalla los griegos remolcaron a Saiamina todos los restos de naufragio que todavía estaban por allí y se dispusieroin a otra batalla esperando que el Rey emplearía aún las naves que le quedaban. Pero un viento céfiro arrastró muchos de esos restos de naufragio y los llevó a la playa del Ática llamada Colíade. Y así se cumplió no solo todo el oráculo pronunciado acerca de esta batalla por Baci. y Museo, sino también lo que muchos años antes se había dicho en el oráculo del adivino ateniense Lisístrato tocante a los resto de naufragio, y que había pasado inadvertido por todos los Griegos: Las mujeres de Coliade harán lumbre con los reinos. Pero esto hubo de suceder después de la partida del Rey.

29 ... Los lacedemonios, enterados de que Alejandro había llegado a Atenas para poner a los atenienses de acuerdo con el bárbaro, y recordando los oráculos (según los cuales ellos y los demás dorios habían de ser arrojados del Peloponeso por los medos y los atenienses tuvieron gran temor de que los atenienses pactaran con el persa, y resolvieron inmediatamente enviar embajadores Y sucedió justamente que su audiencia fue simultánea, porque los atenienses se demoraron y dejaron pasar tiempo, sabiendo bien que los lacedemonios se enterarían de que había llegado un mensajero del Rey para tratar de un pacto y que, en cuanto se entrasen. mandarían embajadores a toda prisa Lo hacían pues, de intento, para demostrar a los lacedemonios su propia decisión (Heródoto, VIII.141)

30Heródoto, IX,33

31Heródoto IX 42

32Allí se cumplió la reparación de la muerte de Leónidas que, conforme al oráculo, debía Mardonio a los espartanos. Pausanías Cleombroto, hijo de Anaxándridas obtuvo la mas honrosa victoria de todas las que nosotros sepamos (...) Murió Mardonio a manos de Aeirinesto varón principal de Esparta quien, tiempo después de las guerras médicas, llevo el ataque con trescientos hombres en Esteniclero, durante la guerra contra todo los mesenios, y murió él mismo con sus trescientos (Heródoto, IX,64)

33Heródoto Vlll 114

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.