textos, pretextos y otras mentiras...

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Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida. 

Puede, pues, que para aquella primera historiografía, todavía tan vinculada a la barbarie mítica, no hubiese, como para la posterior, reales problemas de epistemología y método. No tenía por qué haberlos. Ello fue algo que se resolvió de manera súbita en la primera y original ruptura con la filosofía a la que se ha hecho referencia a lo largo de este ensayo. El filósofo mira al ser -lo esencia y eterno para el sustancialismo griego-, el historiador al devenir, el ámbito de la mera apariencia, lo perecedero. Y, de hecho, todo el pensamiento filosófico a lo largo de la historia puede verse a partir de esta contradicción ser-devenir que marca de modo inequívoco el humanismo griego a partir de la aprición de la historiografía. En cualquier caso, esta primera historiografía, con todo y la barbarie de la que aún no logra despojarse para nuestro gueto sofisticado y moderno, generó, no obstante, un pensamiento histórico, es decir, el terreno intelectual en el cual germinarían éste tipo de planteamientos, como sabemos cada vez más concientes y especializados en la mente del historiador a medida que el oficio se torna más amplio, diverso y complejo. Y es precisamente el pensamiento histórico el que constituye la divisoria entre mito e historiografía, ya que, por tosco que éste nos pueda parecer, impone irreductibles límites racionalistas al concepto del hombre como entidad histórico y, además, concentra la atención de la historiografía en la inagotable voluntad humana, su devenir constante, el quehacer humano en el tiempo perecedero. Tal es el signo distintivo del oficio respecto al mito y la misma filosofía.

Esta primera historiografía, por ser tal, no tiene modelo historiográfico a seguir. Descubre un hombre histórico, pero no sabe bien qué pensar de él. En la literatura épica, el hombre vivía subsumido en la irracionalidad del tiempo, abatido en la inexplicable confluencia de lo eterno y lo perecedero, sujeto a la fatalidad de su propio destino. Pero, terrible y todo, aquél destino era un ámbito fijo, total, sólido cosmogónicamente. La historiografía ha sacado a ese hombre histórico de este ámbito en que lo había colocado el mito, arrojado de lo eterno y colocado en una ambigua e inconexa cronología en la que aún no sabe cómo sostenerlo, qué propósitos asignarle, cómo significarlo, en suma. La racionalidad de esta primera historiografía mide el tiempo, describe el quehacer, husmea en la condición de ese ser que no es, desmantela el todo perfecto del mito, pero no todavía sabe bien qué hacer con los pedazos. El hombre histórico de esta historiografía seguirá siendo, como el de la literatura, un ambicioso y un apasionado, cada una de sus acciones continúa sujeta a la incertidumbre y el azar, su existencia se consuma sin sentido último. Dicho de manera sintética: el humanismo de esta historiografía primera se asienta en una razón sin razones trascendentes.

Así, sin propósitos teóricos o epistemológicos claramente definidos, ésta historiografía se seguirá apoyando en los referentes fundamentales del arte y la literatura. Heródoto guarda total silencio a este respecto. Nada opina ni razona sobre el modo en que forja sus opiniones y razonamientos. En sus manos, la historiografía parece, pues, haber nacido completamente huérfana de epistemología y de método, al margen de lo que en riguroso sentido Aristóteles llamó la filosofía, o ciencia primera, y las ciencias. Quien no tiene método no tiene ciencia y en consecuencia, solo tiene opiniones. El historiador es, en este sentido, un vecino más, algo erudito, si se quiere, en comparación con el vulgo. Así, la Grecia Antigua, la del llamado período clásico, caracterizada por una idea del saber predominantemente sustancialista, no parece ser, desde este punto de vista, un escenario propicio para la historiografía. Sobre historia sólo es licito opinar a quien sabe de sabiduría en aquella época, y al parecer el oficio de historiar es para entonces tan insignificante que en un par de párrafos se resuelve todo un problema que, después de todo, nunca fue tal para la época

Y aunque Aristóteles no hubiera dicho, como lo hace en la poética, nada directo a este respecto, todo estaba dicho en la Metafísica que, desde un punto de vista historiográfico, puede ser leída en gran parte como un eminente tratado de antihistoria. Como se sabe. Aristóteles construye allí una inconmovible jerarquía de! conocimiento que reserva a la generalización filosófica, ciencia del ser en cuanto que ser, el máximo rango; a las ciencias particulares un rango que se corresponde con el alcance de su particular especialización, y a la historia, a la que ni siquiera menciona pues toda su crítica, en cuanto tiene de expresa, está dirigida fundamentalmente a la sofística, la ausencia de rango, la dimensión del mero accidente. En la cantera de lo accidental no brilla gema valiosa, no se obtiene de ella piedra alguna que pueda constituir objeto de ciencia.

Francamente, luego de revisar un poco de la Metafísica hay que ser muy duro de carácter para dedicarse a la historiografía y mucho más para abogar por quien, como Heródoto, en nada ayuda con su obstinado silencio epistemológico, En las postrimerías de la civilización griega antigua Aristóteles vino a dictar justicia, impuso orden y adjudicó a cada quien su lugar antes de que ningún historiador se percatara de la poca significación del oficio. Y lo hizo según una concepción realmente rigurosa de lo que el conocimiento es. Durante siglos, lo que hubo fue acato y resignación, nadie, al menos hasta un Vico o un Voltaire, pretendió cambiar éste, el dictamen inicia! y al que, por cierto, hoy retornan constantemente los iniciados de la ciencia moderna para cuestionar el carácter científico de la historiografía.

Es conducta nueva, relativamente reciente esa de criticar a la filosofía y cualquier planteamiento que, apegado a los más genuinos principios aristotélicos de ella, construya conocimiento al margen del movimiento y el cambio. Nada más antiaristotélico que plantear las cosas en su contexto ¿A quién se le ocurre, que no sea Voltaire o Marx, que pueda haber filosofía fuera del recinto de la mera y ociosa contemplación, cuando la acción es, por definición, la negación de la filosofía? Basta de contemplar e! mundo, hay que transformarlo, rezaba el Manifiesto Comunista, y sabemos que este tipo de cosas sirve para hacer política, para que lo que era normal aparezca ante nuestros ojos como un régimen podridamente antiquísimo, y crear, así, esos truculentos y fascinantes abismos históricos que llamamos revoluciones. En suma, cosas para actuar, pero no para hacer ciencia. La ciencia sigue siendo, como decía Aristóteles, cuestión de contemplar el ser en potencia, y no de la voluntad.



En el mundo antiguo las cosas no funcionaban así. De alguna manera los historiadores en general se mantuvieron dentro del original silencio epistemológico herodotiano. No es que no se les ocurriera nada al respecto, sino que lo que se les ocurrió fue sencillo, lo conservaron para sí y no salieron a batírselo en la cara al primer filósofo que se encontraron. Los primeros atisbos en este sentido aparecen con Tucídides y, posteriormente, con Polibio, ya en muy otro contexto Cuando Tucídides distingue entre causa y comienzo de un hecho, y Polibio, algo mas cínico, sofisticado y escéptico, entre causa, comienzo y pretexto, es que nos encontramos frente al problema fundamental del conocimiento histórico: la síntesis. En virtud de ello es que sabemos que las guerras del Peloponeso no fueron, como en su momento creyeron los griegos, el resultado del conflicto comercial entre Corinto y Megara, sino, realmente, una faceta histórica concreta de las tendencias hegemónicas de Atenas y Esparta, los dos grandes centros políticos y administrativos de aquél mundo griego que, sumido en este conflicto bélico, ingresa en su fase de decadencia y disolución. Con ello Tucídides ha dictado la primera gran lección de la historiografía, nos ha proporcionado una visión de conjunto de Grecia como cultura o civilización, una síntesis o generalización desde la cual comprender, históricamente, la guerra como un proceso, es decir, algo más que la suma de sus avatares y contingencias.

Sin embargo, con ello la historiografía no ha demostrado ser algo distinto de lo ya tácitamente sugerido en la Metafísica o expresamente en la Poética. Para hacer algo más que la mera reproducción de lo accidental y la contingencia, el historiador tiene que recurrir a algo que no toma de lo accidental y contingente, sino que se lo proporciona a si mismo a través del ejercicio de la razón. Aplicado a lo histórico, tal ejercicio seguirá siendo para el filósofo un lamentable y epistemológicamente injustificable desperdicio, pero el historiador sólo puede proporcionarnos alguna forma de conocimiento (aunque sólo se trate, como diría Aristóteles, de la mera opinión significativa y coherente) basado en un modelo no de lo histórico sino de lo racional. Tucídides se basó en un modelo hipocrático, rigurosamente práctico. Heródoto en un modelo trágico, sublimemente literario.

Como se sabe, en lo referente al mundo antiguo precristiano, el modelo de lo racional en la historiografía está sujeto, desde el punto de vista cosmológico, a la idea del Eterno Retorno y la concepción cíclica del tiempo a ella inherente. Esto vale tanto para la historiografía griega como para la latina. Esta cosmología permite a la historiografía herodotiana ver la historia como una concatenación múltiple de procesos de ascenso y decadencia, de expansión y contracción de poderío, de sutiles, sublimes y precarios puntos de equilibrio trágicamente protagonizados por las distintas formas de cultura y civilización del hombre. El azar, la fortuna juega en todo ello un papel estelar (y que probablemente ningún otro género literario haya puesto tanto en evidencia como la historia), no como causa (o habría que decir mas exactamente ausencia de causa) en lo histórico, sino como trascendente de lo histórico. Heródoto sabe que ser ateniense o espartano es un mero accidente del ser hombre. Pero también sabe o intenta saber hasta qué punto de ello depende el régimen político de Atenas o Esparta. La indagación herodotiana, y con ella la de la historiografía, sigue un camino inverso al posteriormente propuesto por la aristotélica. No va en dirección opuesta a la de lo accidental, buscando la playa segura de la lógica y el axioma, sino que se mueve según el vaivén de lo superficial y cambiante. La historiografía pretende acceder al lugar que la filosofía se prohíbe a si misma, y dar su opinión sobre aquello respecto a lo cual e! filósofo. igual que el historiador. sólo podría proporcionar la mera opinión.

Claro que Heródoto no hace esto como un desafío a lo filosófico, sino por propia fascinación frente al espectáculo de lo perecedero, !o accidental que siempre, una y otra vez, acontece temporalmente al ser, es decir, la cultura o civilización humanas. Lo hace, como él mismo nos indica, no a nombre de la sabiduría, sino de la memoria. En sus manos. la historiografía es una forma de salir al mundo sin dioses, ni principios, ni verdades; en busca de agregados. Intenta así esta historiografía establecer una verdad acaso epistemológicamente muy pobre, pero moralmente muy digna, porque sólo consiste en no mentir ¿Mera opinión? Por supuesto que sí, pero esgrimida con la intención premeditada de elevar un modesto monumento intelectual a la voluntad humana.

Voluntad humana. Tal es el tema por excelencia de los Nueve Libros. Todo lo demás, esta guerra, aquel reino, este hombre o aquel pueblo, son mero argumento, Como tema, la voluntad humana ocupa en los Nueve Libros el sitial de honor que la ciencia primera en la Metafísica y que, por lo mismo, jamás habría podido ocupar en ningún texto aristotélico. La voluntad humana era tema que en la Grecia Antigua no podía tratar ni la mitología ni la filosofía; aquélla porque todo lo dejaba en manos de los dioses, ésta porque, teórica y socialmente, al definir afirmativamente al ser en potencia como la dimensión de su objeto, al mismo tiempo se definía a si misma según la negación fundamental de este objeto: la acción humana a través del tiempo y el espacio. La mitología no indaga, el filósofo indagación es contemplación desde el espíritu y la razón. La indagación herodotiana, al interesarse por la voluntad humana, quedaba fuera de toda dimensión del conocimiento o la tradición religiosa. El género historiográfico fue inventado en la acción misma de historiar, indagar acerca de la voluntad humana y sus consecuencias: la cultura.

Los Nueve Libros se acogen a un esquema que en términos éticos y estéticos sigue los patrones que hasta entonces ha desarrollado el drama griego. Hasta cierto punto, ellos representan un conjunto de dramas diversos y particulares, entrelazados por un ambiguo y difuso sentido de continuidad, que nos ofrece una visión trágica del hombre y su historicidad que, a diferencia de la del clásico drama, siempre encerrado en las dimensiones religiosas y morales que se impone a sí mismo, es rebasada, sobrepujada por un acontecer crónico. Esta es, a mi juicio, la diferencia fundamental entre lo que toca al historiador y lo que toca al dramaturgo en el marco de humanismo griego antiguo. Moralmente hablando, historia y tragedia tienen el mismo tema, se ocupan del mismo hecho fundamental, lo que Nietzsche llamó la ruptura del ser frente al devenir. Y ambas, partiendo del mismo sin sentido originario del acontecer, intentan darle una dimensión religiosa y moral a éste. Pero mientras la tragedia se afana en una imposible reconstrucción del ser, y se afirma en esta imposibilidad sublime, la historiografía se conforma con el recuento de lo posible. La historia no renuncia, claro está, a las implicaciones religiosas y morales de la acción humana. En esto, Heródoto sigue al dramaturgo. Pero, a través de !o que él llamó la indagación, la historia intenta colocarse por encima de ellas, racionalizarse a si misma a pesar, incluso, de tales implicaciones.

Así, en su contexto originario, el modelo de la historiografía es tomado de la literatura, particularmente del teatro. Esquilo y Sófocles son los paradigmas de la obra herodotiana. En este sentido, los Nueve Libros constituyen una suerte de síntesis en la que confluyen rasgos fundamentales de la épica tradicional de Los Persas y de la psicología de Edipo Rey o de Antígona. Y la forma en que los Nueve Libros expresan su construcción basada en el modelo de la tragedia, podría plantearse en tres planos o aspectos principales divididos, claro esta, sólo a efecto de tal planteamiento: lo estructural, lo argumental y lo temático y conceptual

Desde el punto de vista de su estructura, el discurso historiográfico de los Nueve Libros está constituido por un cúmulo de dramas y un narrador. Cada drama es una suerte de unidad escénica que se agota en si misma, que tiene sus propios, únicos personajes y acciones características, y es relativamente autónoma respecto al conjunto de la obra. Hasta aquí Heródoto muestra un apego casi mecánico respecto a las técnicas del teatro. En su discurso, la descripción es siempre una cuidadosa definición de personajes y acciones escenario por escenario, sin que ninguno de los dramas así construidos logre trascender al todo del discurso. No se trata aquí de que todos estos dramas tengan el mismo valor, ni para Heródoto ni para el espectador, pues, sin duda, que la guerra entre Atenas y Persia es más importante que la anécdota del anillo de Polícrates. Pero tal importancia no es suficiente para romper con la autonomía fragmentaria de lo particular del relato dentro del todo del discurso. Heródoto sabe la importancia de esa guerra, conoce su significación y trascendencia, para el mundo y para Grecia: pero no sabe cómo apreciarla fuera del escenario literario mismo que ha construido para describirla y relatárnosla. Es así como, por apego insustituible al modelo dramático, los diez años más cruciales en el devenir de una civilización ocupan, desde el punto de vista estructural, un espacio similar a la monótona buena suerte que teje la vida entera de un individuo. Sabemos que la guerra entre Atenas y Grecia es importante porque Heródoto nos lo indica con el dedo, señala hacia sus personajes y sus hechos como realidad concreta. No hay selección ni jerarquía, supeditación entre los hechos, o lo que posteriormente se ha dado en llamar criterio de causa y efecto. Heródoto se dedica a mostrar, sin que su concepción dramática del hombre histórico le permita demostrar. La unidad dramática es. al mismo tiempo, desintegración de la totalidad historiográfica. El llamado escenario isotónico, es decir, la reconstrucción historiográfica de un determinado contexto dentro del cual establecer interrelaciones entre los hechos, es, en los Nueve Libros, mera reconstrucción dramática, directa, sin teoría o interpretación alguna, nada hay fuera de escena.

No por ello, sin embargo, los Nueve Libros son, como a veces se ha dicho, una mera retahíla de hechos inconexos. La desintegración de la totalidad del discurso, que impone la misma rigurosidad de la unidad dramática, es de tipo estructural y no indica que el discurso herodotiano esté exento de significación e intencionalidad más allá de los avatares implícitos contenidos en el relato. Lo que sucede es que el peso de la significación y la intencionalidad recae sobre los hombros del otro elemento fundamental en la estructura del discurso: el narrador. Es este un componente mucho más complejo y difícil de determinar, pues se comporta de diferentes maneras: a veces, incluso, a través de una determinada dramatización, como el caso de los diálogos que sostienen Solón o Artabano, o el de los persas acerca de la mejor forma de gobierno. Hablando siempre desde el punto de vista de la estructura del discurso, el narrador en los Nueve Libros es inicialmente un instrumento igualmente tomado de la tragedia griega. Como se sabe, en la tragedia clásica, el coro estaba integrado por un grupo de individuos que actuaban como una unidad, contemplando el espectáculo mientras se representaba la acción principal e interviniendo en las mismas escenas bien por boca del corifeo, bien comentando la acción en los intervalos con cantos y alocuciones referidos a lo que se había representado. Parte esencial de las representaciones, e! coro estaba allí, pues, como voz de la humanidad, alternando con dioses y hombres, desde un plano casi sobrehumano, pero lo suficientemente mezclado con lo humano (tal es la estructura escénica misma del drama) para proporcionar el perfil moral característico de la tragedia, fuente de prudencia y sentido común. Por ello define Aristóteles la tragedia como el arte cuyo fin es purificar las pasiones, inspirando el terror y !a compasión,

Ahora bien. si asumimos que, en cuanto que narrador, Heródoto tiene en los Nueve Libros un papel equivalente al del coro en la representación dramática, suerte de conciencia que observa, percibe y dictamina sobre la acción de los personajes en escena, se hace mucho mas coherente y comprensible la estructura de su discurso histórico. Me inclino a pensar en esta posibilidad porque yo veo que, como narrador, aparte de no tener a la mano ningún otro modelo literario, el discurso herodotiano comparte con la tragedia griega dos elementos peculiares, particularmente definitorios del coro: la percepción impersonal de !a voluntad humana y la disposición al dictamen moral. Como el coro, Heródoto observa sus personajes en escena, los deja actuar y conducir sus acciones a las más extremas consecuencias y, en su momento. deja entrever su opinión. Tal opinión no es, por supuesto, desde el punto de vista formal, un canto ditirámbico ni nada parecido, pero siempre intenta mantenerse en la atmósfera impersonal y moralizante característica del coro. No importa cuan terrible o cruel pueda ser la escena narrada; el juicio herodotiano siempre se mantiene en el marco de una aplastante moderación. Incluso en los casos en que tal opinión se confunde con la escena, en decir, los casos en que el narrador dramatiza su condición de tal para proporcionarnos su opinión a través, por ejemplo, del prototipo del sabio (pienso en las intervenciones de Solón o Artabano), lo característico de tal intervención es precisamente la ecuanimidad y el sentido común, según consideraciones racionalmente argumentadas. En cierto modo, la historiografía es, también en sus orígenes, una forma de purificar la pasión implícita en la acción humana a través del terror y la compasión, propósito éste que más tarde se trocaría por el de explicar la acción humana, La intención de explicar ya está presente en el obra de Heródoto, pero por lo pronto, muy confundida con el perfil estrictamente moralizante tomado de la tragedia, El narrador de los Nueve Libros sabe, como e! poeta dramático, que un devenir sin sentido pesa de manera terrible sobre la conciencia humana, y sabe también que los hombres están condenados a ese devenir, labrarse su propio destino en medio del azar y el capricho de los dioses. Jerjes, encumbrado por su fortuna, se muestra, no obstante, compungido ante esta evidencia que Artabano, en despliegue de inútil sabiduría, le confirma. Pero a diferencia del poeta, Heródoto no va a conjurar este horror por la historia, sino, por el contrario, a sumirse humanísticamente en él, pues la historia, amén de la vinculaciones morales y religiosas que guarda con el drama, se hace a nombre de la memoria, y su interés es dar con la verdad de lo que aconteció. Esto es suficiente para una mente racional, no mítica. Con ello, Heródoto ha incorporado un sentido último a la narración histórica que la separa de la narración dramática tanto como del mito.

Razón tenía Aristóteles en cuestionar a la historia, según el sustancialismo propio de la época, como forma de conocimiento, precisamente por su particularismo. Al ser hecha a nombre de la memoria, según un proceso de indagación de la cultura, la historia es, necesariamente, una reivindicación de lo particular. Su verdad se atiene a las estrechas y perecederas dimensiones de lo acontecido. Vista así, en e! contexto intelectual y filosófico del humanismo griego, la historiografía es un género nuevo y único. De allí que el perfil del narrador en los Nueve Libros no mantenga los mismos precisos contornos que el coro en la estructura del drama, pues lo Nueve Libros son un conjunto amplio y diverso de dramas, como se ha dicho, dispersos entre si, pero sujetos a una sólida unidad narrativa en la que se confunde el tradicional papel moralizante de la tragedia griega con la curiosidad y el interés por las expresiones particulares de la cultura, Este interés por lo particular y la reivindicación de la acción humana por si misma que encontramos en el discurso herodotiano no es, sin embargo, exclusiva del genero histórico. A la larga, lo vamos a encontrar en la evolución misma del genero dramático en el transcurso del periodo clásico. Pasemos a indicar algunos detalles respecto a esta evolución que nos permitan, al mismo tiempo, referir el problema historiográfico y sus vinculaciones con la tragedia desde un punto de vista argumental y desde un punto de vista conceptual y temático, tal y como ha quedado anunciado más arriba

Los orígenes de la tragedia son tan difusos como otros tantos elementos característicos de la polis clásica. Aristóteles nos indica que tales orígenes están en los cantos ditirámbicos, es decir los realizados en honor a Dionisos, en los que se sacrificaba un macho cabrío y se cantaba y danzaba, mientras una persona (el corifeo) recitaba unos versos, Hacia el siglo VI a C, Tespis transformó los cantos en tragedia al reemplazar el corifeo por un actor que interpretaba un personaje, o varios de ellos, para lo que se valía de diversas máscaras. Hacia el siglo V, el gran momento del género dramático en la Grecia Antigua, éste va estar representado por tres grandes autores. Esquilo, que añadió un segundo actor e introdujo el diálogo; Sófocles, que añadió un tercer actor, y Eurípides, que incorporó el prólogo. De alguna manera, la purificación de la que hablaba Aristóteles fue siempre el interés fundamental del género, signado por un profundo contenido moral y religioso. Sin embargo, de Esquilo a Eurípides, la tragedia se va, por decirlo así, humanizando, secularizando, tanto en sus narraciones como en sus intenciones.

Pese a lo indicado por Aristóteles, que coloca los orígenes de la tragedia en el momento en que el líder de un coro del siglo VI a.C asume el papel del personaje principal en una historia de un ditirambo, la evolución de la tragedia, muy elaborada y sin precedentes, tal y como aparece en el siglo V a.C, es difícil de explicar. Esquilo, Sófocles y Eurípides representan este momento cumbre del arte griego antiguo. En términos generales las obras son solemnes, escritas en verso, y estructuradas en escenas entre personajes e intervenciones del coro en forma de canción. Las historias están basadas en su mayoría en mitos o antiguos relatos, aunque el objetivo no era simplemente volver a contar esas historias, sino hacer consideraciones sobre el carácter de los personajes, el papel de la humanidad en el mundo y las consecuencias de las acciones individuales1.



Esquilo2, a quien se considera el primero de los grandes trágicos griegos, escribió unas noventa obras, de las que se conocen sólo siete. Al introducir un segundo actor en escena creó el dialogo dramático propiamente dicho, además de haber desarrollado cuidadosamente la representación, introduciendo los vestuarios y decorados apropiados. Mito y pasión humana son el tema fundamental que recogen sus argumentos. En La Orestíada, por ejemplo, normalmente considerada su obra más madura, Esquilo nos proporciona una intensa visión de sus conceptos de justicia y piedad y de su creencia en una voluntad divina con ayuda de la cual el hombre puede alcanzar la sabiduría a través del sufrimiento. Sin embargo, Los Persas, presentada el 472 a C, tiene un interés particular: es una tragedia histórica, referida a la batalla de Salamina, en la que Esquilo participó, y que asigna a la tragedia un importante papel ideológico que ensalza el patriotismo griego en un marco cosmogónico. La acción tiene lugar en Persia, el reino vencido, en la corte de la madre del rey Jerjes I.

Sófocles3, a menudo considerado el mas grande los autores trágicos griegos. escribió más de 100 tragedias, de las cuales se conocen también siete. De entre ellas, al menos Antígona y Edipo Rey son unánimemente consideradas obras maestras. Antígona relata el rito funerario de su hermano Polinice, muerto en combate al desobedecer el edicto de Creonte, gobernador de Tebas. El entierro del hermano acarrea para Antígona su propia muerte, la muerte de su amante, Hemón, que no es otro que el hijo de Creonte, y la muerte de Eurídice, esposa de Creonte. Esta obra propone como uno de sus principales temas el carácter de los protagonistas, las decisiones que toman y las consecuencias, a menudo dolorosas, de estos dictados de la voluntad personal. Con ello la tragedia se aleja del pesado simbolismo al que la había sometido Esquilo, para ganar en equilibrio expresivo y profundidad psicológica, Aunque la religión y la moral siguieron siendo los principales temas dramáticos, la voluntad, las decisiones y el destino de los individuos pasaron a ocupar el centro de interés de la tragedia griega.

Eurípides4 completa la trilogía de los grandes poetas dramáticos griegos. Recibió la influencia de los sofistas y de filósofos como Protágoras, Anaxágoras y Sócrates. A diferencia de Esquilo y Sófocles, Eurípides representaba los nuevos movimientos morales, sociales y políticos surgidos en Atenas hacia finales del siglo V a C. Fue éste un periodo enormemente fructífero en el plano intelectual, durante el cual el conocimiento era considerado como el mayor de los logros terrenales. Anaxágoras acababa de demostrar que el aire era un elemento y que el Sol no era una divinidad, sino pura materia. Se establecían nuevas verdades en todos los campos del saber, y Eurípides, sumamente receptivo a todas ellas, introdujo una nueva conciencia en la tragedia. Se interesó ante todo por el pensamiento y las experiencias del ser humano ordinario, más que por las figuras legendarias del pasado heroico. Si bien bebió en las fuentes de la mitología antigua, Eurípides trataba a sus personajes de un modo realista. Ya no eran símbolos idealizados y ajenos a la vida normal, sino que se comportaban como sus contemporáneos atenienses. Eurípides compartió el escepticismo intelectual de su época y arremetió en sus obras contra los dogmas morales y religiosos del pasado, que aún gozaban de cierto crédito entre el pueblo llano. También se le ha criticado el uso de un prólogo explicativo en el que pone en conocimiento de los espectadores sucesos anteriores al comienzo de la obra y a menudo esboza también los acontecimientos futuros. Aristófanes lo ridiculizó por el uso mecánico y exagerado de este recurso. Así, en la evolución del la tragedia, Eurípides representa una de las mayores expresiones de secularización del humanismo clásico griego.

Desde el punto de vista argumental, los Nueve Libros comienzan por el final, o, lo que es lo mismo, al final, la historia herodotiana está de nuevo en el punto donde había comenzado: el Próximo Oriente. Como se sabe, en el Libro Primero Heródoto expone rápidamente su objetivo: la guerra entre griegos y persas, niega que la guerra sea producto del rapto de mujeres, y comienza a hablarnos del reino de Creso. Vencido Creso, y convertido en el consejero de Ciro, el relato constituye una especie de prolegómeno al ascenso de gran Imperio Persa que, a lo largo de toda la obra, se expande hasta chocar con Grecia. Los libros Séptimo, Octavo y parte del Noveno se ocupan del conflicto greco persa. Al final nos encontramos de nuevo en el Próximo Oriente, mas ya no en aquel ambiente de vigor y ascenso imperial de los momentos iniciales de la obra, sino el del reino vencido, vuelto a si mismo, de regreso de una experiencia de dos generaciones, que reconoce su yerro y más dispuesto a mandar y vivir en un rincón árido que sembrar una llanura y ser esclavos de otro pueblo5. Artaicles es ei último de los persas que huye del Quersoneso, donde se había refugiado luego de la derrota en Platea, que cae en manos de los griegos y es ajusticiado. Era el nieto de Artembares, quien había incitado a Ciro a iniciar la ambiciosa expansión de la que, dado los resultados, terminan arrepintiéndose los persas. Esta base argumental evidencia, claro está, la concepción cíclica del devenir inherente a la cosmogonía griega antigua, propia tanto de la historiografía como del drama. Pero, además, si uno revisa Los Persas es fácil advertir que ésta es la fuente principal de inspiración de ella. La gran lección de Esquilo se centra en lo que nos dice el espectro de Darío en sus reflexiones acerca de cómo se ha perdido un gran imperio por la insensatez juvenil de Jerjes. Sin ambición no hay poder, pero el poder, guiado por la sola ambición, sin prudencia ni medida, se pierde a si mismo. Inconsciente de sus propias debilidades, ciego de soberbia el hombre poderoso yerra y se trona fugaz víctima de su mismo poderío6.

Esta lección esencial ha sido transferida a los Nueve Libros a través de su base argumental y, en cierto modo, recorre toda una obra para la que la historia no es más que voluntad humana, suma de irreversibles momentos de ascenso y decadencia. Es la lección que siempre nos recuerda Heródoto a través de la intervenciones del prototipo del sabio, como en el caso de Solón o Artabano o de cualquier otro personaje que, en momentos de euforia y esplendor, interviene con una nota de advertencia acerca de la fragilidad de tales momentos, los sutiles rasgos de disolución involucrados en toda acción que conduce al hombre a la grandeza. Claro que lo que en el drama es representado como moral pura (y en esto acaso Los Persas sea caso único en que un personaje –el espectro de Darío- sobrepuja por cima del mismo coro) en los Nueve Libros va a aparecer en intima vinculación con el entorno cultural en que se desenvuelve esa voluntad humana. La ambición persa se echa a rodar en la historia encarnando el ideario político de la monarquía absoluta, y a la larga chocara con Grecia, que históricamente representa el ideario político de la libertad griega. Y, a pesar de su obvia simpatía por ésta última, no por ello Heródoto nos está ofreciendo una lucha entre buenos y malos, a la que nos tienen tan acostumbrados los progresistas de nuestro tiempo. Heródoto, mas bárbaro,. es menos ingenuo, o si se quiere menos autocomplaciente, moralmente hablando. Lo que nos ofrece Heródoto es un ejemplo vivido de la voluntad humana percibida no sólo en sus apreciaciones morales, sino,. además,. en sus realizaciones culturales, según dos formas de vida diversas, contradictorias y en algún momento, incluso, opuestas hasta la muerte. La historiografía herodotiana está eximida de los dudosos compromisos intelectuales que mas tarde adquiriría la disciplina en el marco del universalismo y las grandes teleologías trascendentes de raíz judeocristiana (progreso libertad, mundo mejor etc.) La libertad es solo una forma de vida, y no un destino manifiesto. Los griegos vencieron a los persas, no a sus ideales, cultura e instituciones políticas. Heródoto intenta relatarnos cómo ocurrió, deteniéndose para ello en todo tipo de detalles que a veces, incluso. rayan casi en el ridículo, como en el caso de Pausanías llevando los soldados espartanos de un ala a otra del ejército griego para evitar el enfrentamiento directo con el contingente persa de Mardonio7.

El tema fundamental de los Nueve Libros, la voluntad humana, coloca el trabajo de Heródoto en el mismo ámbito de interés intelectual que los dramas de Sófocles. Sin perder el entorno mítico que siempre inspiró la tragedia, Sófocles conduce el drama por un derrotero humanístico, apto para explotar el carácter y psicología de los personajes, la naturaleza de la pasión que conduce sus acciones y las consecuencias de ellas. Así, la acción aparentemente más pueril puede dar lugar a un desastroso y fatal encadenamiento de acciones entre personajes que a veces ignoran, incluso, su filiación entre sí, dando lugar con ello a un drama donde la expectativa, pasión, esperanza y dolor humanos son objeto predilecto en la captación del autor. En ello Antígona y Edipo Rey son ejemplos contundentes.

Los Nueve Libros nos colocan en una ambiente intelectual parecido. A lo largo de su discurso histórico Heródoto se ha ido convirtiendo en un artífice de dramas, auténtico y experto artesano en la reconstrucción de detalles narrativos que nos aproximan al hombre histórico en su más cruel, fatal y desolada realidad. Podrían citarse muchos de estos detalles narrativos que constituirían, si es que algunos no constituyeron ya, rica cantera humana para la inspiración poética de un drama de Sófocles, e incluso de Eurípides. Así, por ejemplo, el manto que la esposa de Jerjes teje para su infiel marido, que es el símbolo material del terrible tejido de desgracias y muertes que envuelve al mismo Jerjes, a su celosa esposa, a su hermano Masistes, esposa y toda su descendencia, incluido el ejército que éste posee como gobernador de Bactra y con el que intenta sublevarse contra el rey8.

Lo Nueve Libros están llenos de tejidos de este tipo, nudos de voluntad humana que, una vez desatados por el azar más impredecible, la intención más noble o más ruin, o las más fútiles e inconscientes querencias, que desencadenan un talud de situaciones dramáticas, no pocas veces desgraciadas o fatales. Como historiador, Heródoto va tirando de un hilo aquí y otro allá, y así va poniendo a rodar la madeja interminable del hombre histórico y su destino, que no es otra cosa que devenir constante según impulso de la voluntad humana.

Esos tejidos o detalles narrativos, como antes los he llamado, constituyen, tomados uno a uno, incipientes piezas dramáticas que sólo el poeta trágico estaría llamado a desarrollar en sí mismas hasta sus últimas consecuencias y las más sofisticadas sutilezas morales y religiosas. Pero vistas en conjunto, constituyen la esencia misma de lo que los Nueve Libros nos proporcionan como conocimiento histórico. Un conocimiento histórico que hoy nos puede parecer pobre, excesivamente descriptivo, ingenuamente carente de teoría, sin hipótesis ni propuestas explicativas salidas, como deben salir, de la mente del historiador. Pero si lo vemos en el ámbito temático aquí propuesto para los Nueve Libros, la voluntad humana, acaso tengamos una idea algo distinta del mismo. Detengámonos un momento en este aspecto.



En historia la teoría es, ante todo, selección. Selección de hechos según un conjunto de criterios previos de interpretación y explicación, y selección de causas que puedan interrelacionarlos. Yo recuerdo el modo en que Carr9 nos habla de la teoría del imperialismo que, por cierto muy bien podría ajustarse al modo en que Heródoto concibe el poder y la voluntad humana como esencia misma de los histórico, pero, claro está, para algo así habría que eliminar de los Nueve Libros lo más característico desde el punto de vista cosmogónico y estético: la concepción trágica de la historia, lo que, precisamente, no deja espacio para el discernimiento teórico. Justamente Carr nos coloca al borde de esta concepción trágica, aunque lo hace de una manera intencionadamente risible cuando, frente al fenómeno –la primera guerra mundial- nos pone ante la posibilidad de elegir de entre una gama de diversas y no pocas veces azarosas posibilidades que van desde la del mordisco que un mono casero propina al príncipe de Sara]evo, hasta los intereses multinacionales involucrados en el conflicto. A sabiendas de que con el azar, fatal muro de la nada frente al que se estrellan todas las posibilidades de teorizar en historia, no hay nada que hacer sino taparlo con un dedo, Carr nos indica que sólo el sentido común puede guiarnos a la hora de la selección respecto al espectro de infinitas posibilidades que supone la causalidad en historia.

Y el sentido común, bien para Carr, bien para Heródoto, no es otra cosa que cultura, forma de ser y de creer, mentalidad históricamente determinada. Heródoto habría visto muy bien una exposición de la primera guerra mundial que comenzase con la mordida de un mono: un movimiento reformista con un monje casi analfabeto engullendo una suculenta salchicha en las frías profundidades de la Selva Negra; o un imperio sacudido por las intrigas y sutilezas de la bella Cleopatra. ¿Puede haber algo más digno de una pieza dramática que un monje ahogado en los conflictos religiosos y acometiendo acciones tan insignificantes como la de clavar sus pensamientos en las puertas de una iglesia y desatar, sin quererlo, las mas controvertidas disputas en el seno de la jerarquía eclesiástica y las más indeseadas, sobre todo por él mismo, sublevaciones de hordas campesinas?

No creo, pues, que Heródoto habría tenido algún problema en representar, como lo hace Carr, los hechos históricos según la célebre metáfora de un montón de pescados ofrecidos a la venta en un puesto del mercado. Pero mientras Carr selecciona los que, según su sentido común, considera, desde el punto de vista teórico, mas gordos y nutritivos, Heródoto se dispone a comprarlos todos, exhibirlos en la vitrina de lo histórico como nociones vividas de un devenir que, por ser tal, voluntad humana en constante despliegue, es, por lo mismo, trágico en su esencia. El conocimiento histórico de los Nueve Libros es una suma de los más diversos detalles que nos muestran siempre lo mismo: la esencia trágica de la vida. El conocimiento histórico no puede ser, desde este punto de vista, el de la historia vista como despliegue de la voluntad humana, resultado de una selección teórica. Si hay selección, ésta remite siempre a una cuestión meramente pragmática de ordenamiento del discurso, o de su impacto moral o estético. Carr, al igual que Heródoto, y que Marx, Voltaire y otros muchos, creía que la historia es, en esencia, voluntad de poder. Definiéndose a sí mismo como un “marxista chapucero”, afirmaba que la historia es, ampliando la noción de lucha de clases, lucha entre grupos, clases, partidos, naciones etc. Pero era esta noción esencial propia de la filosofía, más que de la historia, incluso, históricamente indemostrable. En los Nueve Libros se confunden historia y filosofía. Su discurso nada demuestra, apenas muestra, y mientras más diverso es lo mostrado, mejor. Como decía Vayne10, la historia es explícita, pero, en realidad, nada explica. Por ello es que los Nueve Libros, al igual que el drama griego, nos proporcionan esa visión inmóvil, mas no inmovilizada, esencialista del devenir en el que todo transcurre y, sin embargo, nada pasa.

Pero la propia naturaleza intelectual de la investigación, el acucioso interés con que Heródoto se entrega a la acción y voluntad humanas lo lleva, necesariamente, a dar la espalda a !as connotaciones religiosas y morales del esquema sobre el que ha ido montando su obra. Lo que Heródoto honra como seguidor de la moral lo profana como espectador de lo histórico. Al final, aquellas connotaciones, tan propias y fundamentales en la tragedia, son lo menos importante en la historiografía, en el sentido de que son útiles, constituyen el fondo del escenario que le da significación, pero no son su objeto en sí ni su realización. Las realizaciones de la historiografía son de naturaleza distinta a las de la tragedia. Heródoto ha partido de la pieza dramática para construir una pieza histórica que se alimenta de dramas, insaciable, que lleva al primer plano lo que en la tragedia se ha intentado conjurar: el acontecer

1 Las obras se representaban en festivales en honor de Dionisio. Estos festivales incluían el Gran Dionisiaco de Atenas, en primavera; el Dionisíaco Rural, en invierno, y la Lenaea, también en invierno, tras el Rural. Se seleccionaban las obras de tres poetas para su representación. Aparte de tres obras trágicas (una trilogía), cada poeta tenia que presentar una sátira, una farsa, a menudo atrevida parodia sobre los dioses y sus mitos. Después se representaba la comedia, que se desarrolló hacia la mitad del siglo V a C. Las comedias más antiguas que se conservan son las de Aristófanes. Tienen una estructura muy cuidada derivada de los antiguos ritos de fertilidad. Su comicidad consistia en una mezcla de ataques satíricos a personalidades públicas del momento, atrevidos chistes escatológicos y parodias aparentemente sacrílegas de los dioses. Para el siglo IV a C, la comedia había sustituido a la tragedia como forma dominante.

2 Esquilo (525-456 a C) dramaturgo griego nacido en Eleusis, cerca de Atenas, fue el primero de los grandes trágicos de esta ciudad. En cuanto predecesor de Sófocles y de Eurípides, es el fundador de la tragedia griega. Combatió contra los persas en Maratón, el 490 a C. en Salamina el 480 a C y posiblemente, en Platea, el año siguiente. Hizo al menos dos viajes, puede que tres, a Sicilia y allí murió, en Gela, durante su ultima visita.Posteriormente se erigiría en este lugar un monumento en memoria suya. Se ha dicho que Esquilo escribió unas noventa obras. Sus tragedias, representadas por primera vez el 500 a C, se ofrecían como trilogías, o grupos de tres, unidas habitualmente por un asunto común, y cada trilogía venia seguida por un drama satirico (una comedia vulgar en la que intervenía un héroe mitológico, con un coro de sátiros). Se conocen los títulos de 79 de sus obras teatrales, pero sólo han sobrevivido siete. La más antigua Las Suplicantes, un drama con poca acción pero con muchas canciones corales de gran belleza, se cree que es la primera obra de una trilogía sobre el matrimonio de las cincuenta hijas de Danao, que incluía las obras Los Egipcios y Las Danaides. Los persas, presentada en 472 a.C., es una tragedia histórica sobre la batalla de Salamina, y la acción tiene lugar en Persia, en la corte de la madre del rey Jerjes I. Los siete contra Tebas, presentada el 467 a C, se basa en una leyenda tebana: el conflicto entre los dos hijos de Edipo. Eteocles, y Polinices, por el trono de Tebas. Se cree que es la tercera obra de una trilogía y que las dos primeras son Layo y Edipo. Prometeo Encadenado, una obra de fecha incierta, relata el castigo del rebelde Prometeo por parle de Zeus. Probablemente sea la primera obra de una trilogía prometeica, cuyas otras dos serian Prometeo Desencadenado y Prometeo el que trae el anillo. Las tres obras restantes. Agamenón, Las coeforas, y Las Euménides (Las Furias), presentadas en 458 a C, forman la trilogía conocida como La Orestiada, o historia de Orestes. En Agamenón, una de las mas grandes obras de la literatura dramática, el rey Agamenón regresa al hogar desde Troya y es asesinado a traición por su infiel esposa Clitemnestra. En la segunda obra, Orestes, hijo de Agamenón, regresa a Argos y venga la muerte de su padre asesinando a su madre y a su amante Egisto. Este matricidio es castigado por las vengadoras divinidades, las erinias. En Las Euménides, las erinias persiguen a Orestes hasta que este queda limpio de su sangre culpable y le declara inocente el antiguo tribunal del Areópago gracias a la intercesión de Atenea, diosa de la sabiduría.

3 Sófocles (c 496-c 406 a C ). Nació en Colono Hípico (hoy parte de Atenas) alrededor del año 496 a.C. Hijo de Sofilo, un acomodado fabricante de armaduras, Sófocles recibió la mejor educación aristocrática tradicional. De joven fue llamado a dirigir el coro de muchachos para celebrar la victoria naval de Salamina, en el año 480 a C. En el 468 a C, a la edad de 28 años, derrotó a Esquilo, cuya preeminencia como poeta trágico había sido indiscutible hasta entonces. en el curso de un concurso dramático. En el 441 a C fue derrotado a su vez por Eurípides en uno de los concursos dramáticos que se celebraban anualmente en Atenas. Sin embargo, a partir del 468 a C., Sófocles ganó el primer premio en veinte ocasiones, y obtuvo en muchas otras el segundo. Su vida, que concluyo en el año 406 a.C, cuando el escritor contaba casi noventa años coincidió con el periodo de esplendor de Atenas. Entre sus amigos figuran el historiador Heródoto y el estadista Pericles. Pese a no comprometerse activamente en la vida política y carecer de aspiraciones militares, fue elegido por los atenienses en dos ocasiones para desempeñar una importante función militar. Las siete obras conservadas son Antígona, Edipo Rey, Electra, Áyax, Las Traquinias, Filoctetes y Edipo en Colono (producida póstumamente en el año 401 a C ).

4 Eurípides (c. 480-406 a.C.). Según la tradición, Eurípides nació en Salamina, un 23 de septiembre, probablemente del año 480 a C, el día de la gran batalla naval entre los griegos y los persas. Sus padres, según afirman ciertos expertos, pertenecían a la nobleza, en opinión de otros, sin embargo, eran de origen humilde. Eurípides, en cualquier caso, recibió una esmerada educación. Las obras de Eurípides comenzaron a representarse en los festivales dramáticos del Ática durante el año 454 a C. Pero hasta el año 442 a. C el autor no obtuvo el primer premio. Esta distinción, pese a su prolífico talento, no recayó sobre él más que en cuatro ocasiones. Además de sus escritos se intereso muy especialmente por la filosofía y la ciencia. Las obras de Eurípides eran criticadas por su carácter anticonvencional, por sus diálogos naturales (sus héroes y príncipes hablaban un lenguaje cotidiano) y por su independencia de los valores morales y religioso tradicionales. A pesar de todo sus obras se hicieron famosas en toda Grecia. Al final de su vida abandonóAtenas y se instalo eri Macedonia. De las numerosas obras atribuidas a Eurípides se conservan diecisiete tragedias y un drama satírico, Los Cíclopes. Entre las tragedias de fecha conocida figuran Alcestes (438 a C ) Medea (431 a.C.), Hipólito (428 a C ), Las troyanas (415 a C ), Helena (412 a C ), Orestes (408 a.C.), Ifigenia en Áulide y Las bacantes (ambas representadas póstumamente, en el 405 a C ). Entre las obras de fecha incierta destacan Andrómaca. Hércules, Hécuba, Las Suplicantes, Electra, Hércules Loco, Ifigenia entre los Tauros, lón y Las Fenicias.

5 Heródoto IX. 122

6 Véase Esquilo. Los Persas

7 Herodoto, IX, 46

8 Heródoto, IX, 108,109,110,111,112,113

9 Véase E Carr. Qué es la Historia? ”La Causalidad en Historia”

10 Vayne. ¿Cómo se escribe la historia? Ensayo de espistemología. Pp. 75y ss.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.