Rodillas. Si Baudelaire estuviera aquí. Ya hubiese escrito lo menos otro tomo de Las Flores del Mal. No sé por qué digo eso. Sólo lo hago por exagerar. Lo sé bien. Siempre lo hago, aquí, allá, así, mudo siseo por entre los huesos de lo que, imagino yo, debe ser mi mente: allá voy, calladito, oculto, disimuladamente oculto en el bosquecillo de esta imaginación necia que nunca, por lo que puedo ver, me dejará en paz. Porque, lo juro, el asunto me viene a la mente sin querer. Mi poderosa mente deductiva: la que se topa, sin saber cómo ni para qué, con sus conclusiones. El policía. Sí, claro, el policía, diría Rengifo si ahora estuviese aquí. Si Baudelaire estuviera aquí, se reiría. El sujeto, el título… alguna vez lo estuve hojeando, no sé hace cuánto tiempo ya. Bastante ya. No fue en lo de Montenegro. De eso sí estoy seguro. Mucho antes. Mierda. Aún estábamos en la universidad, y Salvador me pasó el libro. Ahora lo recuerdo. Siempre tan exquisito, el Salvador. Te lo regalo, dijo. Sé que no te gusta la poesía. Pero ésta te gustará. Fueron las palabras exactas de Salvador. No sé por qué lo recuerdo con tanta precisión. Bien, Romero. Ya no importa. Es sólo eso: un sujeto, un título, las fugaces hojeadas y la ojeada repentina de un recuerdo. Nada más. Pero Romero tiene que exagerar, claro. Entonces se viene con lo de un segundo tomo, y demás. Unas rodillas, y ya. Por cierto, bonito título ¿no? La verdad, eso sí es un título, Romero. Ese sí que sabía nombrar cosas. Pero tú. Que si el señor tequeño. Que si el señor manos de noche ¿Qué más? !Por favor, Romero! Bueno, que éste es todo un poeta, y yo ni que me trague entera la biblioteca del viejo. Eso es cierto.
Hermosas rodillas ¿Qué más puedo decir? No soy poeta ni obsesivo. Que me provoca rozarlas con mis dedos, cosquillearlas así, con las puntas de mis dedos arqueados, sí. No lo niego. Es lo único que me inspiran unas rodillas así. Macizas. En realidad, viendo el asunto con más cuidado, no pueden ser hermosas, porque ni siquiera necesitan serlo. Sólo macizas. Más que suficiente para ser rodilla. Pero, al final, ni que me trague entera la biblioteca de Montenegro hallaría yo en esas rodillas otro motivo que la cosquilla. No es lo mismo leer que escribir, y mucho menos leer por leer. Al final, las palabras. Sacadas de contexto, como se dice, es su silencio inútil el que en verdad dice. Qué extraño poder sin nada ser ¿no? Las palabras. Se las lleva el viento. Sí, por supuesto. Lo malo es que igual se las trae. No hay modo de librarse de ellas. Si hasta las mismísimas cosas, a veces, si uno lo piensa bien, parecen estar allí sólo para que se las nombre y se les aprehenda a punta de nombrarlas. Esas rodillas, por ejemplo. A ver, Romero ¿Qué pasa con las rodillas ésas?
Macizas rodillas. Sí, ya lo sabemos. Allí siguen. También lo sabemos. Rodillas vistas de reojo. Y que te han de dejar tuerto si sigues viéndolas así. Podría verlas directamente, con descaro. Pero ¿y si ésta no está, en verdad, dormida? Si supiera que no está dormida, miraría hacia esas rodillas con descaro. Pero yo debo suponer que está dormida, si es que en realidad no lo está, porque eso es lo que ella quiere que yo suponga, creo. Rodillas: unión del muslo con la pierna. Hecha de partes blandas, duras y hasta porciones líquidas. Hasta allí todo está claro. Ahora, allí asomadas. No, no es tan sencillo como parece. Más bien habría que decir premeditadamente abandonadas al asomo, que no es lo mismo que tan sólo asomarse, pueden sugerir desenfrenado deseo y pasión. Quisieras tú. Observadas en su mera estructura, voluntad y convicción, por aquello de rodilla en tierra, como gusta decir Chávez y sus seguidores. Pero dobladas y apoyadas en el suelo, mientras el cuerpo entero está descansando sobre ellas, pueden mas bien sugerir respeto, veneración, castigo, penitencia o sumisión. Pero, además, la cosa no tiene por qué terminar allí, ¿o acaso no puede el castigo, o la sumisión sugerir deseo; o la rodilla en tierra una forma de oración? Por eso es que siempre le he dicho a Rangel que para escribir habría que vérselas de frente con el monstruo de mil cabezas que Uds. los escritores tan irresponsablemente llaman significación, lo que supone escoger entre posibilidades infinitas de combinación y, por si fuese poco, ser verosímil y coherente. Ah, y por añadidura, agradar y atrapar al lector. No digo yo. Atrapa moscas; eso son. Lo siento, Rangel. Definitivamente no estoy hecho para ello. Sólo Rangel es capaz de empeñarse en algo así. Lo admiro, de veras. Pero para nada lo envidio. Mas bien diría, si hubiese algo que decir en este caso, que él envidia un poco mi consagrada molicie en el asunto. Nunca se lo he dicho, claro. Prefiero callarme, que correr el riesgo de ofenderle. Yo no me lo perdonaría, en verdad, aunque Rangel creo que sí. Tiene un gran corazón. Pero, pese a ello, en el fondo, sospecho que los muy lúcidos no dejan de guardar un sutil pesar por el bien ajeno de la conformidad y la ignorancia. Para mí está bien con ese cuaderno que nunca terminaré de llenar. Amanda creyó haberse desecho de él. Pero lo traigo aquí, guardado, en el bolso. Con todo el desprecio o lástima que pueda yo sentir hacia ese cuaderno, me gusta saber que está allí. Mierda. Casi requiero que esté allí, sin que yo aspire a otra cosa. Amanda siempre decía que si yo aspirara a algo sería aspiradora. Yo me mostraba ofendido para que ella no sintiera que su crítica era inútil. Pero, en realidad, creo que es la percepción más acertada sobre mí mismo. Enchufado a la vida, comienza el motorcito de la voluntad su imparable vibración, mientras el chupón de la conciencia recorre de punta a punta la interminable alfombra polvorienta de la existencia. Cielos, Romero, cuanta poesía, cuán profundo eres capaz de llegar. Bueno, bueno, no quiero exagerar. Me conformo con ese cuaderno, y me conformo con que esté allí. Eso es todo. Pudiera agregar que nombro las cosas para mi propio consumo. No estoy obligado a trasmitir algo más. Allá Rangel, naufragando en el mar de su propio genio. Hay quienes nos disponemos sólo a chapotear en la charca de nuestra propia mediocridad.
Martín Romero intentó callar por un momento esa extraña y curiosa vocería que, suponía, era su mente. Cuando esto hacía, se pasaba la mano derecha por la cabeza, de adelante hacia atrás, como si se alisara el cabello, y se rascaba ligeramente la nuca. Esa sensación de más de una voz hablando al mismo tiempo, incidiendo y opinando sobre lo que era su ánimo, sin que en realidad supiese qué era, se había ido haciendo más intensa en los pocos días transcurridos desde que habló de ello a Salvador. Lo que fuese aquello, ahora, lo inquietaba un poco. Quizás fuese el viaje lo que acrecentaba su inquietud, pensó por un instante, al tiempo que lanzaba una tímida mirada alrededor y reparaba en los monótonos detalles del ronquido del motor en el fatigoso trabajo de tragar aquella cuesta interminable. Luego optó por recostar la cabeza completamente en el respaldo del asiento e intentó fijar su mirada adelante, en la estrecha porción de carretera que se alcanzaba a ver a través de la ventana delantera del autobús, hacia el lado derecho del conductor, quien –notó entonces- maniobraba afanosamente de un lado a otro, contorneando su voluminoso cuerpo, según las acentuadas curvas del sinuoso trazado que se alargaba por entre los cerros y los matorrales a un lado y otro de la vía. A ratos, el conductor tomaba un trapo de entre sus piernas y se enjugaba el rostro. Luego lo soltaba, giraba el volante hacia un lado, luego hacia el otro, volvía a tomar el trapo, a soltarlo, y de veulta a girar el volante a un lado y luego al otro. Sin moverse en su asiento, Martín Romero sentía aquel esfuerzo ajeno como suyo propio; la tensión en el cuello, espalda y brazos, contracción en la frente y fijación de la mirada que no añcanzaba ver pero que estaba allí, del otro lado de la cabeza redonda y trasquilada fija sobre el sinuoso trazado del camino que él, por su parte, en su quietud, también intentaba fijar. Por momentos el sol pretendía irradiarlo todo. Sin embargo, las más de las veces, las sombras movedizas de los árboles se interponían unas sobre otras, trayendo una frescura breve y fugaz. A ratos, Martín Romero captaba la mirada del conductor reflejada en el retrovisor y de la que se desprendía una remota familiaridad que, por confusa, lo incomodaba levemente.
Y ésta qué ¿se habrá dormido, en verdad? ¿o más bien yo, que sigo aquí, sentado a su lado, luego de no sé cuántas horas de camino, sólo imaginé que se había dormido porque ella quiso que lo imaginara así? Mierda, Romero, di lo que tengas que decirle, hazlo y ya. De lo contrario, trata entonces de dejar en un sitio fijo la cabezota llena de vaguedades, a ver si logramos dormir por un rato, porque lo que es este carcamal de hierro y gasolina antes de que llegue nos llaga de culo en la butaca. Quién sabe si la muy disimulada viene escuchando hasta lo que pienso. Es como si hubiera dejado esas rodillas allí, olvidadas al borde del asiento y semi hundidas en el respaldo del asiento delantero. Es como si se hubiese dormido y me mirara con las rodillas, y no cesara ni un instante esa mirada huesuda sobre mi huesuda presencia del otro lado del asiento ¿Las habrá dejado allí para mí, quiero decir, para cualquiera que venga sentado a su lado, lo que, vaya uno a saber por qué, hoy me ha tocado a mí? De pronto y a ratos, ese calor de su brazo sobre el mío me recuerda a Amanda. No sé por qué. Ella no se parece a Amanda, salvo en el calor que emite lo femenino. Será eso. Tengo la idea de que las mujeres son más calientes que lo hombres, pero nunca lo digo porque me repugna esa significación de vanidoso apasionamiento tropical que tiene el término de este lado del planeta. Yo me refiero a la temperatura corporal, sólo eso, y a la relación que, imagino, guarda el asunto con el componente hormonal que recorre el sistema circulatorio. Lo demás no me interesa. Que alguien sea capaz de engullir vivo a otro con las incandescentes mandíbulas de su pasión no me parece para nada edificante. Y, hablando de mandíbulas, mira que ésta las tiene como para temer ¿eh?. Provoca acariciárselas, como para mantenerla en calma, digo. Si yo la amara, siempre la tomaría por esas mandíbulas, no me descuidaría ni un instante.
Mierda. De cocido ya debo traer el culo cosido. No te quejes, Romero. Fuiste tú el que se empeñó en venir en autobús. Que si te traías el vehículo que te ofreció Montenegro, no, porque tendrías que estar pendiente del vehículo. Que si te traía Rengifo, no, porque ibas a tener que soportar a Rengifo.
−Falta poco. −indicó Clarita, mientras se enderezaba en el asiento. Martín Romero observó cómo la mujer retiraba las rodillas del respaldo del asiento delantero, sobre cuya superficie de cuero quedó el brillo del sudor. Luego replicó, mientras levantaba levemente la mirada hacia el rostro de la mujer y se percataba de sus ojos algo hinchados, lo que le indicó que, al parecer, si venía en realidad dormida.
−No tengo idea. Ni siquiera sé dónde estoy. Si cuando lleguemos logro despegarme del asiento, me daré por satisfecho.
−Cuando comencemos a bajar faltará poco menos de media hora. −dijo la mujer, y un instante después el autobús comenzó el descenso.
−Debes haber hecho el mismo viaje más de una vez ¿no? −observó Martín Romero.
−¿No viste las columnas rotas allá atrás? −preguntó Clarita.
−¿Las columnas? No. La verdad no. −respondió Martín Romero.
−Bueno. Ése era el mirador. Mientras funcionó, los autobuses se detenían allí. Se puede ver todo Buenaventura allá abajo. Se ve bonito, al menos a lo lejos, desde aquí arriba. Pero hace mucho que no funciona. −dijo la mujer, mientras hurgaba en el interior del bolso, del que sacó una polvera para acicalarse. Martín Romero observaba de reojo las manos gruesas de la mujer. Con la izquierda sostenía el estuche, con la derecha manipulaba la pequeña mota que se pasó varias veces por la cara.
−Hace calor ¿eh? −dijo Martín Romero. Vaya que estoy lúcido para estos comentarios, pensó, mientras seguía viendo de reojo a la mujer, que ahora se untaba pintura de labios.
−Tranquilo. En una o dos semanas no te importará. −respondió la mujer, mientras movía los labios entre sí para fijar la pintura. Luego agregó −Buenaventura es caliente, pero es fácil aclimatarse. Digo, si se dura lo suficiente ¿no? Tú ¿en que plan vienes?
−Buenaventura −bisbisó Martín Romero.
−¿Cómo? –preguntó Clarita, que con un peine acomodaba su cabello hacia atrás con el propósito de juntarlo en una cola. Martín Romero volteó para ver directamente a la mujer; observó sus axilas recién afeitadas y el movimiento de los senos bajo la franela ceñida, mientras la mujer, ligeramente inclinada hacia delante, levantaba los brazos para atarse el cabello.
−Nada... Buenaventura…sólo pensaba en voz alta. −dijo Martín Romero.
−¿Has venido antes aquí? −preguntó Clarita.
−No. −dijo Martín Romero. Acto seguido agregó −¿Y cómo sabes que voy a quedarme tanto tiempo?
−No lo sé. Tú lo estás diciendo ahora. Y ¿qué? ¿de vacaciones o qué? Porque hoy es martes. Es raro ver a un turista por aquí de lunes a viernes. −comentó la mujer.
−Policía −dijo Martín Romero.
−¿Cómo? −preguntó Clarita. Martín Romero advirtió que la extrañeza de la mujer era, al parecer, auténtica, por lo que dedujo que debía parecer, en verdad, policía.
−Policía. −repitió Martín Romero. Y fijo la mirada directamente en el rostro de la mujer, con el propósito de detectar cualquier indicio que le hiciera suponer que ésta dudaba de lo que decía. Frente al silencio de la mujer, Martín Romero repitió por tercera vez.
−Policía ¿qué nunca has visto uno o qué? −Clarita se mantuvo unos instantes más en silencio, hasta que, por fin, dijo, como si hablara consigo misma:
−Entonces era verdad lo que dijo Colmenares el otro día.
−¿Quién es Colmenares? −preguntó Martín Romero.
−El encargado, por ahora, del comando. −respondió Clarita.
−Ya ¿Y qué dijo Colmenares? −preguntó Martín Romero.
−Que mandarían un nuevo comisario a Buenaventura. −dijo la mujer.
−Está bien. Eso dijo Colmenares. −replicó Martín Romero.
−¿Así que tú eres el comisario…? ¿Cómo fue que dijo Colmenares? No recuerdo bien…algo así como… ¿Tortolero? ¿Rebolledo? −preguntaba Clarita a ver si acertaba.
−Romero. Martín Romero. −interrumpió Martín Romero.
−¡Eso! Claro. Romero. −dijo Clarita, al tiempo que señalaba con el dedo a Martín Romero. Luego, mientras bajaba el dedo y se fijaba con detalle sobre el hombre, agregó; −Yo te hacía más alto y más gordo. Colmenares dijo que nunca te había visto, pero yo te imaginé más alto y más gordo.
−Bueno, quién sabe. Quizás sólo hayan enviado poco más o menos la mitad del Comisario a Buenaventura. Puede que más atrás venga la otra mitad. −dijo Martín Romero.
−No lo dije para que te molestaras. Sólo te imaginé más alto y más gordo −dijo la mujer.
−¿Como Colmenares? –−preguntó Martín Romero.
−Pues sí. Más o menos. Como Colmenares podría ser. −dijo la mujer.
−¿Y cómo es Colmenares? −preguntó Martín Romero.
−Pues más gordo y más alto. −respondió Clarita en tono cansino.
−¿Cuánto más? −preguntó Martín Romero. Acto seguido, la mujer se volteó en el asiento hacia Martín Romero, para verlo de frente. Martín Romero esperó a que la mujer recorriera su vista por todo el cuerpo, como quien observa un cadáver, pensó Martín Romero, a ver si la posible causa de muerte salta a simple vista. Luego dijo, en tono frío, muy frío, pensó Martín Romero:
−El doble.
Martín Romero se reacomodó en el asiento. Por un momento se había olvidado del calor, pero la espalda empapada de sudor volvió a recordárselo. Se tocó la caja de cigarrillos que llevaba en el bolsillo de la camisa.
−¿Me das uno? −dijo Clarita.
−¿Un cigarrillo? −preguntó Martín Romero.
−Sí. −replicó Clarita.
Martín Romero tomó la caja de su bolsillo, y obsequió a la mujer. Tomó otro para sí. Luego estuvo buscando el yesquero en todos sus bolsillos, y en el bolso, hasta que por fin lo halló donde menos lo esperaba. Encendió el cigarrillo que la mujer se había llevado a la boca, y el suyo.
−Debes pensar que soy un poco estúpido. −dijo Martín Romero mientras soltaba la primera bocanada de humo.
−No. Un poco distraído sí. −dijo la mujer.
−No. Sí lo soy, de veras, aparte de distraído, quiero decir −replicó Martín Romero. Esperó un instante, mientras observaba la mirada de extrañeza de la mujer, y entonces continuó −Si uno dice que es brillante, Uds. las mujeres puede que le crean. Pero si uno dice de una vez que es un estúpido, desconfían ¿verdad? Luego, con el pasar del tiempo, se dan cuenta de que, en verdad, el tipo es un estúpido, y se entregan por entero a su exquisita decepción por haber pensado que se trataba de un tipo brillante. Y ahora estarás pensando, bueno ¿y a éste qué le pasa? La verdad no parece policía. No me equivoco ¿verdad? En fin, no espero que me respondas. Sólo pienso en voz alta. −concluyó Martín Romero.
−Además es pelón. −dijo de pronto Clarita.
−¿Pelón? −preguntó Martín Romero.
−Colmenares, digo. Ya se ha quedado calvo. Apenas le quedan unas pelusas así, enrolladas por encima de las orejas, y unos blancuzcos bigotes gruesos y despeluzados que casi le tapan la boca entera. Yo le digo que para qué tanto pelo en la boca; que debería transplantárselo a la cabeza. El siempre se ríe. Se pone más rojo de lo que es. Buena gente, el viejo Colmenares. Siempre compartimos, y ahora ¿qué? Hasta vamos a tener el mismo jefe. −dijo Clarita, al tiempo que estiraba su mano y propinaba un apretón al muslo de Martín Romero..
−No entiendo. −dijo Martín Romero, mientras reía.
−Colmenares es el dueño del “Claro de Luna” ¿No lo sabías? Claro. Cómo ibas a saberlo ¿eh? Pero, te digo, ése iba a ser el bar más lujoso de Buenaventura. Pero, en fin, es lo mejor de Buenaventura. Yo me hago cargo de todo cuando Colmenares no está. Dice que en poco tiempo, cuando lo jubilen, le meterá más dinero al sitio, haremos las remodelaciones y todo irá mejor. Yo sé que eso nunca será. Pero, en fin. Tú eres el jefe de Colmenares, y Colmenares es mi jefe, así que también eres mi jefe ¿o no? −y la mujer volvió a repetir el apretón en la pierna del hombre. Luego agregó −Es muy cómico cuando uno lo ve de espaldas.
−¿Quién? −preguntó Martín Romero, que ahora veía la mano que lo había apretado un instante antes.
−Colmenares, digo. Con esa pelusa blanca por encima de las orejas y el cuello. −dijo la mujer. De pronto, mientras se erguía para alcanzar ver al chofer por sobre la hilera de asientos, la mujer gritó −Bueno, Indio ¿qué pasa contigo? ¿es para hoy o qué? −Martín Romero alcanzó ver la mirada de impaciencia del chofer reflejada en el retrovisor, y entendió por qué le parecía familiar.
−¿Cómo lo llamaste? −preguntó Martín Romero a la mujer.
−¿A quién? ¿a éste? −preguntó Clarita.
−Sí, al chofer, digo ¿cómo lo llamaste? −insistió Martín Romero.
−¿El Indio? Es el Indio. Así lo llaman todos en Buenaventura desde que nació. En verdad no es él el chofer del cacharro éste. Lo que pasa es que cuando el hombre se enferma, el dueño, digo, éste le hace quite con el viaje. Todo el mundo se queja porque y que es muy lento. Yo no sé. A mí me parece que anda igual que todos. Pero, en fin…de pronto hay que quejarse ¿no crees tú? Uno siempre se queja. Si no se lo digo yo se lo dice otro cualquiera. Al final ¿qué mas da? Y Tú ¿por qué preguntas?
−Por nada, por nada. Sólo me pareció curioso que lo llamaras así. −dijo Martín Romero.
−Ja!. Si por eso es, aquí todos tienen un apodo. Si te hago la lista, dirías que allá abajo lo que hay es un zoológico. En verdad El Indio es uno de los pocos que no tiene sobrenombre de animal. Pero, igual, los indios son como animales ¿o no? −dijo Clarita, y se puso a mirar hacia fuera por la ventana.
−¿Y por qué dices eso? −preguntó Martín Romero.
−¿Por qué digo qué? −preguntó Clarita.
−Lo de que los indios son como animales −dijo Martín Romero.
−Bueno, no serán animales, pero son salvajes. Eso es lo que quise decir. La civilización va por un lado. Ellos van por otro. Allá abajo lo que hay son indios y animales. La civilización quedó atrás, yo que te lo digo. Si yo te contara todos los planes tejidos en torno al “Claro de Luna”. Pero que va. La civilización no tiene cabida allí. Por qué no se dejan de tanta pendejada, viejitos de mierda ¿eh?, les decía yo siempre. A Colmenares no le gustaba, pero al final me dio la razón y hasta una pequeña parte en el negocio. Al final soy yo la que se encarga de todo, porque lo que es Colmenares, si se queda solo, tiene que cerrar esa vaina. No me quejo. Es mejor que nada allá abajo, en esa vaina. Pero, en fin, como digo, uno se aclimata. −terminó concluyendo Clarita.
−Dos o tres semanas ¿no? −preguntó Martín Romero.
−Sí. En poco tiempo. No es tan malo, después de todo. Yo que te lo digo, es un lugar muy bonito. −replicó la mujer.
−Y tú qué ¿perteneces a la civilización o a allá abajo? −preguntó Martín Romero.
−Las dos cosas, creo. Sólo que en la civilización cabe cada vez menos gente. Aquí no. Allá abajo sobra espacio. Que si sobra. −respondió Clarita mientras sonreía.
Aparecieron las primeras casas a lado y lado. El autobús se deslizaba lentamente a lo largo de una calle empinada. Clarita se levantó del asiento a la primera parada:
−¡Te quedas aquí? −preguntó Martín Romero.
−Por ese camino, al final. El “Claro de Luna”. No encontrarás nada mejor en Buenaventura. −dijo la mujer, mientras señalaba una vereda que se abría al costado izquierdo de la calle. Martín Romero también se levantó y tomó su maletín.
−Pero tú puedes baarte más adelante. Dos cuadras. Antes de llegar a la plaza. El cacharro éste llega hasta allí. Si quieres le digo al Indio que te avise, y ya. Estarás más cerca del comando. −dijo Clarita.
−Eso no importa. Prefiero bajar aquí mismo. Caminaré. No es mucho, después de todo. −insistió Martín Romero.
Martín Romero alcanzó advertir el modo en que el chofer del autobús miraba a los dos que se apeaban. Y desde la acera, lo miró con mayor detenimiento, pero no logró recordarlo. La leve familiaridad inicial de la víspera se esfumó. Si se trataba del Indio, como había dicho Clarita, no alcanzaba reconocerlo. El autobús reinició la marcha, y Martín Romero se sintió algo decepcionado. Miró a su alrededor, y luego a lo largo de la calle, desolada a esa hora. El hombre y la mujer cruzaron la calle.
−Yo me voy por allí −dijo Clarita al tiempo que señalaba la estrecha vereda.
−Antes de que te vayas −dijo Martín Romero− Hay por aquí una casa…cómo decirlo ¿lujosa? Entiendo que está abandonada, en ruinas, pero, ya sabes, una de esas casas construida con mucha soberbia, como quien dice ¿Sabes dónde está? No debe haber muchas por aquí.
−Sí, claro. Queda casi fuera del pueblo. Desde el malecón, caminado a lo largo de la playa, llegas directo. Pero esa vaina está arruinada por completo, entiendo ¿Qué vas a hacer allí?
−No, sólo preguntaba. −dijo esquivo Martín Romero.
−Mira −agregó la mujer, mientras señalaba calle abajo− Un par de cuadras, consigues la plaza, tomas a la izquierda, pasas la Iglesia y estás en tu Comando. Si tomas a la derecha, en lugar de a la izquierda, te consigues con la pensión de Rita. Digo. No sé donde vas a dormir. Si continúas derecho, estarás en el malecón. Caminado hacia la izquierda, llegas a las ruinas esas. Y si quieres algo de aquello, aguardiente y compañía, ya sabes, te vienes al “Claro de Luna”, por aquí. −terminó, mientras se volteaba y señalaba hacia la vereda, por la que comenzó a caminar.
Martín Romero aguardó que la mujer se perdiera a lo largo de la vereda. La mujer. El cuerpo de la mujer. El cuerpo desmontable en piezas. Las piezas. Hasta que nada quedó tras la curva. De súbito le pareció extrañar aquella presencia, el olor del cosmético al rozar su mejilla en el beso de despedida, la manera de siempre sonreír, la mano en la frente para tapar su cara del sol mientras decía: y si quieres algo de ambiente, aguardiente y compañía. Superficial y muy ligera melancolía que no caló, apenas si cruzó de largo a largo el rostro del hombre. Aunque, la verdad, yo más bien diría la monomanía de Romero de alejar las cosas, como los viejos el papel que intentan leer, y detallarlas con la morbosa curiosidad con que nos hacemos de los recuerdos. Tú y yo lo sabemos, Romero. Y ahora ¿por qué no nos movemos, a ver si logramos quitarnos este sol de encima por un momento, eh? Dos cuadras. A la izquierda el Comando. A la derecha ¿la pensión qué? Algo de agua y un café. Vamos, Romero, mueve esos pies. Antes, el hombre sacó del bolso una gorra negra y se la encasquetó.
Tras una cuadra de camino, Martín Romero alcanzó ver la plazoleta y las lanchas atadas al muelle del malecón. Más al fondo, el mar entre los dos promontorios que flanqueaban a lado y lado la quieta ensenada de Buenaventura. Sin pensar en otra cosa, continuó caminado en línea recta. Verde. Pero no sólo verde. Allí también cuenta un gris que no termina dejar de ser al verde lo verde que podría ser. Y, entonces, qué decir ¿El gris resta al verde o lo enriquece? ¿O será el verde el que aplasta al gris a punto de vencerlo hasta desaparecer camino de la noche, cuando ya no habrá ni gris ni verde? Porque el gris lunar de la noche no es este mismo gris plomizo dela tarde. Es un negro resquebrajado por el blanco lunar. Como una herida en la negrura que mana sangre luminosa. Claro, si hay luna. Eso lo sabemos bien. Lo sabrás tú, Romero. Porque yo, aunque reconozco que suena bien, no lo sé. Y esto qué es, por cierto ¿el paisaje como un crimen o algo así? Quizás, el primer crimen que debe investigar el comisario Romero. También suena bien. Por favor, Romero ¿Qué no tienes hambre, o sed o deseos de dormir? Mira, atrás, a la derecha ¿recuerdas? Pensión no sé qué; un nombre de mujer. Un almuerzo tardío o una cena prematura, lo que sea a esta hora, y una cama nos vendría bien. Lejanía. Se diría que Buenaventura es la antesala. Y eso sí que lo recuerdo bien. Veinte años atrás, lo sentí exactamente igual. No me lo dije así, como ahora. No me dije nada. Sólo sentí lo que ahora, al decírmelo, recuerdo a plenitud. Pero aquello que por entonces no me dije, lo callé en el mismo tono burocrático con que ahora se instala en mi ánimo la palabra antesala. El silencio también tiene tono, que podemos tardar años en percibir. El siguiente ¿Yo? Sí, UD. Nadie más hay aquí ¿O UD. ve a alguien más aquí? No. Nadie. Bien ¿Cuál es el caso? Caso Martín Romero: otro que tramita su pasaporte a la mierda ¿El policía? ¿El mismísimo comisario? Sí, señor. Bien. Veamos ¿Al cielo o al infierno? No, no, nada de mitología. A la mismísima mierda, el lugar de donde vengo, como no haber nacido nunca, digamos ¿Me entiende, ahora? Ah, eso. Está bien. Espere un momento, por favor, dice la mecánica voz que, como bien se sabe, no ha entendido nunca. Espera en la antesala. Se espera en la antesala. Se puede esperar toda la vida en la antesala. Mientras más se espera, la lejanía es más lejana. Y a este mar de Buenaventura que, como cualquier mar, ya alguien describió de color verde moco, le ha sido asignado su significado.
El muchacho, semidesnudo, con un pantalón descuartizado a la altura de las rodillas, descalzo y patón, venía pateando sobre el piso de cemento caliente cubierto de fina capa de arena que el viento traía desde los bordes pelados de la playa. El sol de las tres y media aún arrancaba una luminosidad reseca de la cabeza del muchacho, y bajo los talones costrosos, a paso duro y constante, saltaban montoncitos de arena que, dispersos, volvían a caer. Cuando vio la silueta del hombre a lo lejos, se detuvo ¿Quién sería aquél, aparecido de repente, allá, que miraba en derredor y dejaba caer al vacío sus ya a esta hora muertas impresiones y gestos cansinos? El muchacho frunció el entrecejo y se llevó la mano en forma de visera a la frente para ver mejor. Cansado estaba. Esperó. El hombre quería fumar, pero la brisa no le dejaba encender el cigarrillo. Entonces el hombre se encorvaba, como si fuese a meter la cabeza hacia el ombligo. Luego chupaba. Pero nada. Que bobo. El muchacho se fue poco a poco hacia una esquina, hasta que se sentó sobre uno de los antiguos cañones oxidados y carcomidos que apuntaban hacia el mar.
¿De dónde los habrán traído? ¿De quién habrá sido la idea de ponerlos ahí, a lo largo del paseo, a cuidar qué cosa? No es la primera vez que pasa. Cañones destruidos por el tiempo adornando la costa con sus bocas sucias e inútiles mirando hacia el océano. Decorado histórico para una historia destruida. El extraño se sentó a un lado del cañón que observaba, uno de los tantos colocados a tramos de cinco metros para adornar el enano muro de piedra que se extendía a lo largo de la playa. El hombre recorrió con la mirada el muro que, desde el embarcadero, describía una trayectoria sinuosa hasta la plazoleta, en la que estaba el muchacho, y que se cerraba en ángulo recto. En medio de la plazoleta se erguía un carrasposo pedestal que sostenía un busto. Por allí se vino el hombre, mientras una voz, la suya misma, supuso, pero que le pareció tan extraña, acaso por el modo en que se mezclaba con el sonido del mar, decía: me gusta éste sitio. Ojalá y fuese cierta esa apariencia de último rincón del mundo que tiene y que como manto de olvido cae sobre cada uno, seres y cosas, que adornan su quietud. Taciturno conformismo; la sombra que oscureció sus ojos.
Desde la esquina de la plazoleta en la que permanecía sentado, el muchacho observaba acucioso al hombre extraño desde que se vino del otro lado. Tipos así había visto, y muchos, los fines de semana. Pero no un lunes. Tenía un caminar curioso, como si arrastrara los pies. Pies de plomo. Lo fue detallando por partes. Los zapatos de cuero marrón, de esos de suela blanda y que apenas tienen dos ojetes por las que pasan unas trenzas largas. El clásico blue jeans. Un maletín grande terciado al hombro izquierdo. Una chaqueta también marrón, ligera, que colgaba de los dedos en el hombro izquierdo. La franela se transparentaba por la amplia mancha de sudor en la espalda. Todo aquello lo contemplaba casi con fruición. Pero lo que más le gustó de todo fue la gorra militar de larga e inclinada visera que tapaba casi por completo la frente y cubría con una sombra oscura el resto de la cara ¿Qué tan alto sería? Se preguntaba el muchacho a fin de calcular cuánto habría de brincar para arrancársela. Le dejaría todo lo demás. Sólo quería esa gorra, se planteaba, como transacción justa y con la esperanza de que, de pronto, el hombre se sentara. Porque lo que era de pie, nada. El hombre no era tan alto. Pero él si era aún demasiado chico.
Más allá del límite de la plazoleta, hasta donde el muro del paseo terminaba, la playa continuaba su curso natural, por donde había venido el muchacho desde hacía rato. El extraño miró en ese sentido. Y el muchacho volteó para ver hacia dónde miraba el extraño. Cuando volvió la mirada, notó que el extraño ya no miraba y se había detenido un momento frente al busto. En la inscripción apenas se leía Dr. y otras letras sueltas más. Lo demás había ido desapareciendo, o apenas se distinguía a trazo borroso, como la cicatriz de una herida de la que la piedra se había curado.
El muchacho se impacientó. Quizás el extraño ni siquiera se había dado cuenta de que él lo observaba. Seguía parado allí, frente a la estatua, un poco inclinado hacia delante, tratando de descifrar la inscripción. Si se agachara un poco más, sólo un poco más sería suficiente. A una altura así había grandes posibilidades. Un par de brincos, un manotazo en la cabeza, y a correr se ha dicho. No lo alcanzaría jamás. Claro que tendría que estar a la altura correcta justo cuando él pasara a su lado en veloz carrera. Pero el hombre se erguía, se sacaba la gorra por un momento, se secaba el sudor con el antebrazo, volvía ponerse la gorra, y se quedaba viendo otra vez las letras desdibujadas. El muchacho pensó en otras opciones. Por momentos soñaba que se la pedía y el hombre, amablemente, se la obsequiaba. Entonces le parecía un gran sujeto. Pero luego, dada su corta estatura y esmirriados brazos, lp percibía tan inalcanzable que le parecía un ser abominable, al que patearía, si pudiera, hasta hacerse con aquella gorra que lo deslumbraba con tan sólo imaginarse bajo ella.
Cuando el extraño se volteó para seguir, el muchacho se sobresaltó, y fue entonces que Martín Romerp se percató de que el muchacho estaba allí. Apenas le hizo señas para que viniera, la actitud de gato en cacería que hasta entonces mantenía tenso al zagaletón, se desarmó. Desinflado, bajó del cañón. Obediente caminó. El hombre lo vio aproximarse. Al caminar, los pies largos y curtidos volvieron a levantar la arena esparcida por el viento sobre el piso de cemento de la plazoleta. Hay vida aquí. Incluso el lunes. Extraño espécimen. Cerebro cubierto de una gruesa capa de pelo. Quizás un segundo cerebro; más que suficiente para sobrevivir en este inhóspito medio. A través de sus ojos ovalados llega hasta este tiempo una mirada de otro tiempo, que se remonta al terciario, lo menos. Como permanece fuera del agua, puede suponerse que no tiene branquias. Y como no tiene alas, puede suponerse, en consecuencia, que no es alado. Me inclino, pues, a pensar que es mamífero bípedo, hasta que la experiencia me indique lo contrario. La poderosa mente deductiva de Martín Romero. Estaré atento. Muy bípedo. Sus patas son así de grandes. Acaso duerma parado ¿Vives aquí? No, idiota, se cayó del cielo. Que no es una hipótesis descabellada, Romero. Quizás sea el cielo la expresión inmensa y sublime del gran fracaso cósmico, y cada quién un síntoma particular de ello. ¿Cómo te llamas? No. Un nombre destruiría su encanto. Mejor anónimo. Un episodio impreciso en esa ambigüedad existencial sin existencia que llaman evolución de la especie. Mejor así ¿Preguntarías por el nombre del primer bípedo o del primer reptil? Eso de poner nombre a los animales es parte de las miserias de la civilización. El primer bípedo ¿Te interesarías por su éxito o su fracaso? Ajá ¿Y ahora qué? Tendrás que quitártelo de encima. Esa sensación de molestia indica, sin margen de error, que la criatura es humana. Si fuese del reino animal no habría preguntas ni angustia. Pero no se va. Bien. Disimulo. Cualquier cosa.
−¿Y este quien es? −¿preguntó Martín Romero cuando el muchacho llegó hasta él. Pero el muchacho no contestó. Apenas lo miró con tímida curiosidad por un instante y bajó la mirada. Entonces el hombre se agachó, lo tocó en el hombro y volvió a preguntar:
−¿Éste, ¿quién es?. No le han puesto aquí si no fuese alguno importante. Entonces ¿Quién es?
Necio el falso interés que ponía en la pregunta. Necio el tono en que era hecha. Necia la cara del muchacho callado. Necio el mundo desde el que se quedó viéndolo. Muchacho idiota. El otro sólo estaba absorto por la gorra, que ahora tenía tan cerca, y privado de impotencia ya, que la sola idea de arrebatársela, avivada por la proximidad, se desintegró cuando vio la cacha del revólver que se asomaba por el borde del pantalón a la altura del cinto.
–Bueno. Olvídalo. Si este fuese el mismo Dios, tampoco te habrías dado cuenta. Ni tú ni yo ¿verdad? Así que ¿Qué más da? Aunque mal no le vendría pasar un día por aquí ¿verdad? y echarle un vistazo a este lado del mundo que Él creó, a ver qué hay de su pesadilla en pleno transcurrir. Bueno, que mucha actividad aquí no hay ¿verdad? −agregó el hombre mientras echaba una mirada en derredor− ¿Quizás se haya hartado de éste, su sueño repetido. Eso pasa. Yo que te lo digo. En fin, olvídalo.
Martín Romero calló por un momento. Luego preguntó:
−¿Oye ¿Eres mudo?
Martín Romero ya no sabía qué más decir. Se sentía culpable por haberlo llamado y ahora, que el chico no se movía de allí, no sabía que hacer con él. No hubiera sido justo un "lárgate de aquí", que no se merecía, y optó por largarse él mismo, a lo que ya se había hecho acreedor por demanda propia. Pero apenas anduvo unos pasos más allá de la plazoleta, se volvió y vio que el muchacho seguía allí. Claro que seguía allí. Si no podía caminar sin sentir su mirada pegada a la espalda, como si se agrandara e hiciera más intensa la mancha de sudor de la franela. Entonces se volvió otra vez e hizo señas al muchacho para que lo siguiera. Esperó y, cuando em muchacho se hubo acercado, preguntó:
−¿Qué hay allá? −al tiempo que señalaba hacia el lado de la playa por la que había venido el muchacho y que, según calculó, a doscientos o trescientos metros se perdía de vista luego de dar vuelta en torno a un montículo enano y pedregoso que se internaba en el mar. Conforme con que no le sacaría una sola palabra, al rato agregó −¿Vienes conmigo, si quieres. Pero me llevas la maleta un rato ¿de acuerdo?.
El muchacho, que seguía sin hablar, al menos entendía, porque de buena gana se terció el maletín, y ambos se pusieron caminando. Bien. Martín Romero, se iba diciendo para sí mismo, comienzas a cumplir con tu misión en Buenaventura que, hasta ahora, consiste en esperar. Suponía que Montenegro, si lo viera, estaría orgulloso de él. !Ah!, que bien Romero, ha conseguido UD. un negrito sordomudo para que le cargue la maleta. Siempre he dicho que tiene UD. un ojo especial para escoger a la gente y mover las piezas. Ya sabe lo que dicen: primero escuchar luego actuar... iban y venían a su mente palabras y frases sueltas, pronunciadas al ritmo de la voz estridente del viejo, y como empaquetadas en la formalidad distante y no del todo exenta de burla con la que Montenegro halagaba la fría y maquinal actitud de su subalterno. Si lo pienso bien, este viejo no me adora. Pero tampoco me toca esperar de él la medalla al mérito. Ni de ningún otro. Sólo me corresponde esperar. Ésa es mi única función. Puede tratarse del fin del mundo o del autobús; del mundo mejor o del niño Jesús. Es igual. Esperar. Sólo esperar. Bien, Romero, muy bien: autobús rima con Jesús. A escasas dos horas de haber arribado a Buenaventura, y ya tiene lugar tu primer estallido poético. Serán los aires de Buenaventura, como quien dice. Debe ser. Y Martín Romero pensó en el cuaderno que se había traído. A última hora, lo sacó de la papelera donde lo había echado Amanda y lo metió en el bolso. Entonces se detuvo, frío y se quedó viendo al muchacho que venía detrás y que, a su vez, también se detuvo. Martín Romero sonrió. Segundos después, reanudaron la marcha.
Entonces advirtió que sentía por aquel cuaderno lo que por el pordiosero dormido en la acera que de súbito nos topamos a la vuelta de la esquina y ante el que intentamos reprimir un gesto a medio camino entre el desprecio y la vergüenza. Después de todo, pensó tras un encogimiento de hombros, ese cuaderno soy yo. En el basurero. En el bolso. Si ahora mismo tuviera la disposición de arrojarlo a este mar gris y picado, seguiría siendo yo, hecho de esa retahíla de citas que, por alguna razón, se han desprendido de los libros de la biblioteca del viejo y han ido a parar a los escondrijos de mi memoria, desde la que hago uso de ellas según se me antoja de ocasión en ocasión. Sí. ¿Qué duda puede caber? Ese cuaderno soy yo. Soy mi propio cofre metido en mi propia cabeza. Y éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar.
Quizás debió haber hecho caso a Amanda, pues ahora, en aquel lugar inmenso se sentía preso entre la tierra y el cielo, hasta el punto que llegó a añorar aquel nidito, mas modesto, de veinte metros con mujer y todo dentro. Pero bien sabía que tampoco servía para eso. Así como aquí el aire se metía en masa por la nariz, allá le faltaba cada vez que Amanda le decía te quiero. El también la quería, pero con la suficiente pereza y desidia entre cada encuentro. No había en su corazón un manantial de sentimiento, sino, también, un cofre. Y hacia falta algo más para que las mujeres, que tanto gustan de los cofrecitos, se sientan amadas de verdad.
Martín Romero seguía caminando, junto al muchacho un poco más atrás que no dejaba de mirar aquella gorra inalcanzable. Sus zancadas iban dejando huecos en la arena que marcaban un camino a ninguna parte y que poco más tarde la marea se encargaría de borrar. Cuando Martín Romero se volteaba a ver al muchacho, éste lo dejaba de mirar, y colocaba su mirada hacia el otro lado, donde el mar seguía en sus incesante tarea de traer ruidos de piedras y conchas arrastradas que mostraba por unos momentos para volvérselas a llevar. Martín Romero miraba la cabeza chica del muchacho, redonda, cubierta de una pelusa corta y abigarrada como la de esos cepillos viejos arrumados que han dejado de limpiar. Se detuvieron cuando apareció entre los matorrales a la izquierda, la techumbre de la casa.
−Espera un momento. −ordenó Martín Romero, y se aproximó a ella. Entró al enorme corredor del frente y se detuvo para mirar el techo. En realidad, estaba mucho más enteró de lo que imaginó inicialmente. Se volteó e hizo señas al muchacho para que lo siguiera. Pero el muchacho no se movió. Martín Romero insistió, y el muchacho, en una actitud de miedo, le replicó que no moviendo la mano de una lado a otro. Aunque hecha sólo de gesto, era la primera vez que obtenía de él un respuesta. Entonces, Martín Romero se devolvió.
−¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no vienes? Sólo quería ver la casa. Pareces que hubieras visto un espanto o ¿qué? Bueno. No importa. −concluyó para sí Martín Romero, mientras echaba otra mirada a la casa. Luego volteó de nuevo hacia la playa. Calculó en unos cincuenta metros más allá la distancia hasta el promontorio que, internado en el mar, ponía tope al camino por el que habían venido.
−¿Y ahora? −preguntó Martín Romero. El muchacho sólo se quedó viendo. −Si, ya sé. El sabio escucha, el necio calla. Pero quizás tú, además de mudo, seas sordo. Así que no te hagas. Somos igualmente necios. Sólo que a mí se me nota más. Bien. Sigamos por allí, entonces.
Ambos siguieron caminando. Comenzaron a bordear el cerro por la parte de las rocas que se internaban en el mar. El mar picado les salpicaba sobre la cara. Pese a que iban en cuatro patas, el muchacho no dejaba de mirar la gorra de Martín Romero que iba adelante. Y así, distraído, resbaló. Martín Romero lo advirtió a tiempo e inmediatamente lo tomó por un brazo. De un tirón, más fuerte de lo necesario para el peso del muchacho, lo trajo hacia si, y éste se estrelló contra el pecho de Martín Romero, que quedó sentado con muchacho y maletín encima. Ya casi habían llegado al otro lado, donde el mar estaba mucho más picado y la playa se estrechaba por la vegetación reseca que la separaba de tierra adentro. Más allá, otro cerro igual al que acababan de bordear. Martín Romero se detuvo junto a un tronco, y se sentó. El muchacho, que ahora podía ver la gorra a su misma altura, no le quitaba los ojos fascinados de encima. Pero Martín Romero, que creyó que aquello era miedo, le dijo:
−¡Vaya susto!, ¿eh, mudito?. Bueno. He salvado a la especie. La evolución puede continuar. Pero ya no caminemos más ¿te parece? Esto fue una bobada de mi parte. Tú sabes, debilidad, que le dicen. Vamos hacia allá. Necio. No hay nada que buscar más allá. Más arena, más matorral, más piedra y más mar. Con este es suficiente ¿no te parece? El mar es bello, lo sé, aunque para ti una belleza a sí te debe saber a mierda. Pero así es el mar: uno ve una onza y ya lo ha visto todo. Oye, baja esa maleta ¿quieres? o te vas a achicar más de lo que ya eres. Toma −dijo mientras le acercaba la mitad de una barra de chocolate− para que te recuperes del susto. Mira. Descansamos. Me llevas a un sitio donde pueda pasar la noche. Cuándo me bajé allá arriba, alguien me dijo que fuera a la Pensión no sé qué. No debe haber muchas aquí, supongo. Me llevas hasta allá. Te recompensaré ¿De acuerdo?. Eso es lo bueno contigo. El acuerdo fluye rápido. Bien. Termina de comerte eso.
A esta hora, una franja de sombra cubría ya las tres cuartas partes del cerro a su izquierda. El de la derecha, bañado por la luz de la tarde, mostraba su rostro de tierra colorada salpicada de vegetación enana y reseca. Martín Romero se levantó y estuvo un largo rato estirándose. Dio media vuelta. Se había movido en el mismo sentido que lo hace el planeta, cumpliendo con el mismo sin sentido de su movimiento. El mar quedaba a sus espaldas. Ahora el sol estaba del otro lado, el cerro de la izquierda era el de la derecha y viceversa. A todo este absurdo placentero, si quería, podía llamarlo armonía, gravitación universal. Sólo eso hacia, y sólo a ello se dedicaría: nombrar cosas, Este era Mudito, sin mas. Si, sólo a eso se dedicaría, nombrar cosas, como si el nombre les diera sentido por sí solo e hiciera innecesario cualquier forma de ser. Nombrar cosas, suponer que ellas son eso con que las nombro y, a veces, hasta apunto en mi cuaderno. Soy ese cuaderno. Rumio su vacío. Jamás lo llenaré. Tampoco lo necesito. Soy ese cuaderno.
−Este es el lugar, Mudito, porque cualquiera ha podido ser el lugar. −dijo de repente en voz alta, al tiempo que se quitaba la gorra y alzaba los brazos. El muchacho, sentado en el tronco sin moverse, lo miró como a un loco. Por primera vez se fijó en el hombre y no en la gorra, que Martín Romero volvió a ponerse. Luego el hombre agregó, mirando fijamente al muchacho a los ojos:
−¿Sabes, Mudito? No sé por cuánto tiempo más siga excavando esta tumba abierta de lo vivo. A veces, cuando me siento a descansar al borde del enorme hueco, sueño mi muerte. Y para quien espera la muerte, o mejor dicho, su momento, éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar. No sé cuál será el momento, pero sé que llegará, lo voy adivinando como un pájaro la lluvia. Está próximo, comienzo a vivir esa proximidad, cada vez me es más familiar. Probablemente, se me ocurre, no esté más allá de octubre o noviembre. Acaso todavía llegue al día de la raza, de los santos, de los muertos. Sólo fechas. Sí, puede que todavía alcance ver un escolar recitando su lección sobre el Descubrimiento de América, o una viuda de domingo camino al cementerio. Nada de esto importa. El día llegará y yo transcurriré con él. De todo ello, al final, me habrá quedado la estupidez de pensar en todo ello, vivirlo y haber creído en vivirlo −concluyó Martín Romero como si sacara cuentas en un libro de auditoría. Estuvo un rato protegiéndose de la brisa mientras intentaba encender un cigarrillo. Cuando por fin lo consiguió, fue a sentarse al lado del muchacho. Durante varias bocanadas mantuvo silencio hasta que, volviendo a posar su mirada sobre la del muchacho, retornó al monólogo:
−Imagino que tú crees en los muertos ¿verdad, Mudito? Pues aquí tienes uno. ¡Qué vaina, Mudito! Todo es tan lejano como este mar. Tan cálido como este sol, sin que me logre alcanzar su calor. Tan vivo como esta brisa, sin que su luz pueda invadir la oscuridad de mi fascinación muerta. Soy el monumento antropológico a mi propia estupidez. Y aún me empeño en seguir registrándolo todo (hechos, recuerdos, circunstancias o sueños), cuanto me desencaje del tedio y letargo que, por simple comodidad de lenguaje, ahora llamo paz. Quiero que sepas que no vengo buscando la paz interior del alma que no tengo, la solvencia existencial del que se encuentra a si mismo. Ni cielo ni infierno. Sino el posible apagamiento de mí mismo, el disimulo de no pensar y no sentir, la sutil renuncia a ser algo, yo que soy nada. Mi aislamiento, Mudito, no es tal, sino una forma de sumar mi nada a la nada de cada cosa. Incluso la tuya. Y, la verdad −concluyó tras sacudir levemente la cabeza del muchacho− luego de disfrutar más de una hora de tu compañía, siento que he empezado con muy buen pie.
Martín Romero tomó el maletín e hizo una señal al muchacho para que volvieran. Antes de iniciar el retomo se quedó viendo la vegetación abigarrada que quedaba hacia atrás. Lo conmovieron esos raros árboles que, sin saber dónde nacían, se erguían frente a ellos, según una trama abigarrada de raíces desnudas y ramales retorcidos, que se hundían en las arenas y emergían de ellas; cuarteados y resecos, sus múltiples brazos rugosos se extendían por la playa como criaturas prehistóricas. Si yo volviera a nacer, pensó en este momento, si no estuviera condenado a pensarlo todo para creer que soy algo, desearía ser uno de esos árboles, apenas uno de sus ramales sin nombre.
–Vamos, Mudito.
Caminaron de vuelta hasta la plazoleta. El muchacho hizo señas para seguir hasta el embarcadero. Cuando llegaron al mismo sitio donde el extraño había aparecido, Martín Romero se detuvo. Eran casi las cinco, y una brisa húmeda y grasosa traía un olor a alga fresca que se mezclaba con el del aceite quemado y la madera podrida de los muelles. Nadie había por allí a esa hora. A lo lejos, por una calleja a medias empinada que se abría camino por entre el montón de casas blancas de cal, un perro caminaba con el hocico y la cola pegados al piso. El agua mecía levemente los pedazos de palo, las manchas de aceite y las lanchas amarradas en el embarcadero. ¡Qué vaina! Más de veinte años diciendo que el país está en crisis, al borde de la guerra y el desastre; siempre vociferándolo. Y de pronto ¿qué? El país sólo está allí, al borde de un mar que con pereza moja su panza arenosa de lagarto. Me gusta este sitio. Quizás más tarde apunte alguna frase al respecto en el cuaderno ¿Otra más? Otra más.
Un grupo de pescadores que se preparaba en los muelles para salir se les quedó mirando al pasar. Martín Romero les sonrió sin ganas, como si con algo así fuese a pasar, como hubiera querido entonces, inadvertido. Pero nadie podría quitarse de encima aquéllas miradas. Se pegaban como moscas. Se siente uno algo así como un tumor o una herida putrefacta. Bueno, y en cierto modo ¿qué eres, Romero? Tampoco es para tanto. Ni que estuviera podrido. Suerte que el alma es inodora. Una cuadra hacia arriba, por donde mismo vine, en sentido hacia la plaza principal, y aún puedo sentir las podridas miradas de ésos ¿El zumbido? Quién sabe. A lo mejor es el de sus curiosidades estúpidas, absortas e implacables. Bien. Déjalos ya ¿Y éste a dónde va? Ah, dobló en la esquina. Linda iglesia. Toda una simbología de la pobreza. Mira que imitación de columnas. La cagada. Estos retoques de fastuosidad degradan la sobriedad esencial de la pobreza. Es como cuando Amanda se ponía esos vestidos con ribetes brillantes o imitación de lentejuela. La prefería en chancletas. La plaza. Este Mudito no es tan tonto. La cruza en diagonal. Bolívar en versión económica. Se ve que no hubo dinero para más. Ni caballo ni espada. Nada de eso. Un poco menos y en lugar de un busto ponen ahí la cabeza pelada. "Comando Policial". Mi nueva oficina. Pero no entraré ahora. No. Buenas tardes. Y todos mirándome con esa cara de apendejeados que deben tener a esta hora. Mejor no. Además ¿cuál es el apuro? Volveré mañana, y ya. Yo también estoy bastante apendejeado. Sólo una mirada, así, de soslayo y rapidito, de esas que, en verdad, no pretenden ver nada, sino sólo pasar, de largo. Ya. Vaya cueva oscura. Si hay alguien allí debe tener hongos. No. En este calor, no lo creo. Hongos en el cerebro. De eso tenemos todos. Materia gris. Sí, ya te digo de qué está hecha. Mejor me apuro o voy a perderlo. Este Mudito y sus zancadas ¿Es que no se va detener? Claro, con esas patas. Por fin: "Pensión Rita". Sí, así dijo Clarita. Lo mejor de Buenaventura. Martín Romero miró el letrero y luego al Mudito. El muchacho se encogió de hombros. Esa en su rostro no es, en realidad, una expresión bobalicona. No. Es su rostro mismo, cuya presencia ya empieza a cansarme. Mudito. El muchacho tomó los billetes que Martín Romero puso en su mano cuando dijo:
−Toma. Cortesía de Montenegro. No tienes puta idea de quién es, pero, por lo mismo, puedes hacer con él lo que se hace con Dios: considerarlo tu benefactor. La verdad, el viejo tendrá que invertir mucho más para hacer de todo esto un paraíso ¿Está bien? Ahora puedes irte.
Parado a la entrada, como si calculara el enorme peso de la modorra que lo invadía, lanzó una ojeada en derredor. Del día quedaban una transparencia de tonalidades gris rosa, una brisa perezosa, y unas cuantas brasas de cielo vespertino que empezaban a consumirse en el horizonte. Luego retornó la mirada al interior. Aquellos retazos de luz eran aún suficientes para ver el patio que se abría dentro de la casa, parte de la hilera de columnas que lo bordeaban y sostenían los techos de cinc y caña, y sobre el que se reflejaba la claridad decadente del cielo. Una mirada más Mudito, que todavía seguía allí. Se dispuso a transitar por el corredor, a lo largo de la hilera de mesas vacías cubiertas con manteles de cuadritos. El muchacho no se movió. Pero igual Martín Romero tomó el maletín que éste había dejado en el piso, y pasó adentro con la sensación de que se internaba en una eternidad ajena donde el tiempo se había paralizado por completo.




